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Prólogo a la segunda edición

Esta edición se publica diez años después que la original, una edición electrónica de autor que, sin embargo, tuvo una repercusión bastante más amplia de lo que me hubiera animado a prever. Gracias a ella, en efecto, tuve la oportunidad de conocer, encontrarme y discutir con activistas e investigadores que encontraron el trabajo lo suficientemente interesante, hecho que quisiera interpretar no como mérito del texto propio sino de las ideas ajenas que lo motivaron.

Ya en 2006 quedaba claro el movimiento de propertización sobre la cultura y la naturaleza que hacía del trabajo inmaterial una fuente cada vez más importante de «riqueza», aunque con un margen de duda que todavía cuestionaba la capacidad del capitalismo para quebrar a la información en su deseo de libertad. «La información quiere ser libre»,[1] se solía decir, y los principales referentes intelectuales no dejaban de ser optimistas respecto a un escenario que combinaba la creciente incidencia del trabajo inmaterial en el aparato productivo junto a su carácter no rival y no excluyente, esto es: libre. La acumulación capitalista, se creía, tarde o temprano se encontraría en un brete por nutrirse crecientemente del hacer de la multitud -en términos del autonomismo italiano- o de un trabajo no directamente productivo -en términos de los teóricos del «fin del trabajo». Un eventual mundo de producción libre y comunitaria sostenido sobre algún mecanismo universal de redistribución de la riqueza como la renta básica no sólo aparecía como posible sino probable…

Sin embargo, durante la última década fuimos testigos de verdaderos saltos en la calidad de la apropiación, la cual se presenta con cada vez menos fisuras al tiempo que se constituye como regla en términos económicos, sociales y culturales. Baste confrontar lo ridículo que resultaban entonces aquellos videos del FBI que, en cada VHS, intentaban cimentar la idea de que copiar una película era el equivalente de robar un auto o una casa, con lo trágico que resulta hoy ver a las universidades y sus investigadores como activos agentes en las cada vez más numerosas guerras de patentes. El capitalismo ha encontrado en el trabajo inmaterial una nueva fuente de sustentabilidad, y logró imponer institucional y culturalmente la lógica de la propiedad privada tradicional a lo inmaterial. Como resultado, nos encontramos con un escenario global que, al tiempo que es hegemonizado por un cúmulo de corporaciones transnacionales nutridas por una eficiente asociación entre innovaciones tecnológico-culturales y mecanismos antiproductivos (como la publicidad, la obsolescencia programada o el control de los canales de distribución), produce cada vez mayor desigualdad y cada vez menos tiempo libre.

Esta es, quizás, una de las mayores paradojas políticas de nuestro tiempo, aunque la tensión que manifiesta no sea nueva. La oposición entre las condiciones materiales de la vida y el tiempo libre ha interpelado constantemente a la filosofía política, precisamente por definir a la economía misma y, de ahí, a todo sistema económico. El trabajo inmaterial ha introducido -y todavía lo hace- nuevos elementos para plantear esa tensión fundamental que lleva a pensar no sólo la propiedad intelectual sino toda forma de propiedad como una institución social, esto es, como una organización humana que debería definirse por los objetivos que persigue, las relaciones que genera, etc. En este contexto, la elocuente expresión de que «la información quiere ser libre» tiene una vigencia quizás todavía mayor entiéndola en su dimensión performativa antes que fáctica.

Este texto fue un intento jovial por hacer un abordaje filosófico de una problemática actual, la del trabajo inmaterial, a través de las ideas de otros -clásicos como Marx y contemporáneos como Stallman. Me atrevería a afirmar, entonces, que su aporte consiste en lo que literalmente expresa el título: cruzar las ideas disciplinares para abordar aquellos problemas que, en su importancia, las trascienden. Dos corolarios quisiera extraer de esto: por una parte, que el lector interesado debería profundizar las ideas aquí contenidas a través de sus fuentes. Por otra, que nuevos cruces -intelectuales, pero también (y especialmente) políticos- son necesarios ante la persistencia de los cambios estructurales que sigue reflejando el trabajo inmaterial como problema de la filosofía política.

 

Ariel Fazio

septiembre de 2017


  1. La expresión la realiza Stewart Brand en la primera Conferencia de Hackers en el año 1984, expresando la tensión entre el valor económico de la información y su costo de reproducción tendiente a cero: “Por un lado, la información quiere ser cara, porque es muy valiosa. La información adecuada en el lugar acertado simplemente cambia tu vida. Por el otro lado, la información quiere ser libre, porque el coste de sacarla a la luz sigue bajando. De modo que tenemos esos dos lados luchando uno contra otro”. Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/La_información_quiere_ser_libre


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