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4 Contar, romper… sanar

De maneras que podemos caracterizar como impensadas, y por medios que no son sólo verbales, en los fragmentos discursivos considerados en este análisis, el acto de contar exhibe la capacidad cuestionar los sentidos de la violación sedimentados en las palabras. El análisis pondrá de relieve que los gestos también colaboran con la tarea de deshacer –y hacer de un modo diferente– los relatos establecidos.

4.1. Lo que cambia al nombrar una violación

En el transcurso de la entrevista, Carla[1] recuerda el momento en el que el nombre “violación” se ligó con una agresión que había padecido. Fue en el marco de una conversación con un amigo, un muchacho que estaba interesado en ser su novio. Entonces, sintió la confianza para contar, por primera vez, algo que le había sucedido dos años antes, cuando tenía 17 años. Ella relata de la siguiente manera aquella conversación:

Hasta que conocí a un amigo, que no éramos novios, ni nada, pero él quería ser mi novio, y estaba así como pretendiéndome. Y nos hicimos muy buenos amigos y entonces le conté a él, fue la primera persona a quien le conté. Le dije mira, me pasó esto, esto, un tipo me agredió así, ta, ta. Y bueno, él me dijo, bueno, fuiste violada. Fue un descubrimiento, fue un momento de, ¡¿en serio?! ¡¿yo?!, o sea, yo soy una señorita de su casa, con todas las comodidades, con…, estee… siempre tuve lo mejor. O sea, no éramos millonarios, pero mis viejos siempre se esforzaron en que sus hijos tuvieran lo mejor. Así que no era una cuestión que distinguiera de clase o de raza de ningún tipo era una cuestión que le podía pasar a cualquiera de cualquier edad y, entonces, me doy cuenta de que… ¡fui violada! ¡Imagínate! Y esto fue qué te digo, un par de años después de que sucediera, dos años después.

La elocución “fuiste violada” no funcionó solamente como un enunciado constatativo o descriptivo. Si aquel acto de habla ‒que podría sintetizarse en la designación “tú, violada”‒ tuvo por efecto un “descubrimiento”, éste consistió en la emergencia de algo que hasta ese momento no estaba allí, de algo que hasta ese instante no existía. Fue una manera de “darse cuenta” porque dio lugar a una forma de contarse a sí misma diferente a la que había conocido hasta ese momento. De allí el asombro que manifiesta (“¡¿en serio?! ¡¿yo?!”).

Sin explicitarla, la designación ligaba con ella una historia que resultaba extraña para la manera en que se veía a sí misma. “Eso no es algo que le ocurre a las ‘señoritas de su casa’” parece ser una sentencia que hasta entonces trazaba una línea que distinguía entre ella y las “otras”, aquellas mujeres a las que “eso” les podía pasar. Sin embargo, ahora, esa línea comenzaba a palidecer. El “territorio seguro”, que estaba delimitado tanto por diferencias de clase (“con todas las comodidades… siempre tuve lo mejor”) como por paredes, puertas y ventanas ‒aquellas que cierran el espacio históricamente asignado a las mujeres, la “casa”‒, mostraba sus fisuras. El relato de la violación como algo que les ocurre a “las que andan por ahí”, circulando por un espacio que no es el propio de (ni el apropiado para) las “señoritas” no conseguía mantener su firmeza. El proceso desatado iniciaba movimientos orientados en varias direcciones. Como en un camino sinuoso e incierto, los sentidos se seguían y se abandonaban, se mantenían y se desviaban. Las palabras se anudaban y desanudaban con el nombre recibido. Si algunos viejos relatos sexistas parecían imponerse sobre Carla y sobre su cuerpo, otros se desarticulaban.

En el diálogo que mantenemos, tras la pregunta acerca de qué fue lo que cambió a partir de aquella conversación con su amigo, ella dice:

Fui víctima mucho tiempo, después de eso, después de que este amigo me da como la palabra del nombre de lo que había pasado, era víctima, era como ¡hay pobrecita yo!, alguien me violó, pobrecita, soy frágil, esto me pasó porque no me pude defender, porque no pude resistir el ataque de un hombre [con tono de lástima]. Qué se yo, es decir, había un autorreproche muy fuerte, una flagelación ahí de sí, soy una indefensa y cualquiera me puede hacer daño. ¡Y no!, ya pasó el tiempo, no hay nada de eso en el espíritu […] Pero sí creo que durante mucho tiempo fui víctima porque al oír la palabra dices bueno, si alguien me violó, entonces pobre de mí, pobre de mí. Y durante mucho tiempo fue así.

En un primer momento, el nombre arrastró consigo todo un conjunto de palabras, tonos e imágenes que construyeron una escena y delinearon los personajes que la habitaban: “víctima”, “pobrecita”, “pobre de mí”, “frágil”, “indefensa”, “no me pude defender”, “no pude resistir el ataque de un hombre”, “cualquiera me puede hacer daño”, “lástima”. Señala Inés Hercovich (1997), que

hay palabras como violación […] que contienen muchas otras palabras. Este tipo de palabras hacen surgir en quienes las intercambian figuras imprecisas, sin volumen ni tiempo, que sirven de base para el entendimiento. Dudosas certidumbres, fortalecidas por consensos añosos y generalizados, son su materia. (ob. cit.: 112)

En el relato de Carla, como eslabones de una cadena, que se enlazan y se siguen unos a otros, el nombre “violada” vino acompañado de la palabra “víctima”. Y ésta, a su vez, de calificativos que movilizan afectos (“frágil”, “indefensa”, “pobrecita”), entre los que la lástima y la conmiseración predominan. El efecto resultante fue una debilitante mezcla de “autorreproche y flagelación”: culpa y castigo confluían en la definición de sí misma como incapaz de defenderse. La fuerza estigmatizante de la palabra violación que, en el segundo capítulo de la presente tesis, puso de relieve el testimonio de Lorena –al describir el momento en que recibió el apelativo “violada” como un insulto–, se advierte ahora en lo efectos que acarrea asignar ese nombre a la experiencia. Darle el nombre violación a lo acontecido reavivó la larga e insistente historia que hace de esta forma de agresión una mácula injuriante. Recuperando la metáfora propuesta por de Lauretis (1996: 19), la palabra pareció haberse adherido al cuerpo de la enunciadora “como un vestido de seda mojado”.

Sin embargo, el relato pone de relieve que la historicidad de la denominación no se agota allí. Ésta también se juega en la posibilidad de que, en el transcurrir y en la reiteración, aquellos sentidos convocados que arriesgaban a consolidarse resulten desafiados, que el vínculo que los une resulte debilitado. “Ya pasó el tiempo y no hay nada de eso en el espíritu”, afirma la entrevistada con respecto al efecto de victimización padecido. El enunciado destaca la potencialidad que entraña la apertura temporal del acto de habla hiriente: con el paso del tiempo las palabras pueden perder su capacidad de lastimar. En su “reverberación” (“durante mucho tiempo fue así”) no sólo se reactualizan aquellos “relatos añosos”, sino que éstos también se exponen a inciertas e imprevisibles vicisitudes.

Entre estos sucesos imprevistos, la entrevistada menciona que, a partir de haber asignado aquel nombre a lo acontecido, comenzaron a perder su solidez algunos relatos que hasta ese momento se mostraban como evidentes:

…en mi colegio por ahí te decían mira, hay que tener cuidado, hay que ser precavido, no hablar con desconocidos en la calle, ta, ta, ta. Pero lo ponían en un espectro en el que tú no te imaginas que va a pasar en una situación familiar, ¿me entiendes?, o sea te lo ponen como que te va a pasar en un parque si estás sola estudiando. Y, no, ¡no!, ni siquiera pasa por ahí, es supremamente difícil, […] que te violen en un espacio público a que te violen en el entorno familiar o amistoso, es mucho más probable y es mucho mayor el cuidado que tienes que tener allí. Entonces, ese era mi malestar, porque no solamente estaba molesta con mi familia, si te pones a pensar, estaba molesta con un sistema de vida y con la forma en que hemos criado a los hombres, ¿entiendes?, que ha, yo quiero esto, lo tomo, ¡no!, ¡no!, si yo te estoy diciendo que no, no puedes tomarlo, es otro ser humano, no es una cosa, entonces también me molesta eso, aún hoy me molesta eso, trabajo por eso…

La agresión que ella padeció no coincidía con la narrativa escolar ni tampoco, podemos agregar, con la narrativa prefigurada en el discurso de la prensa masiva analizado en el capítulo anterior: no ocurrió en la calle o en el parque, ni fue perpetrada por un desconocido. Tuvo lugar en la casa de un familiar y fue ejercida por un pariente político. La nominación habilitó la apertura de una grieta, una fisura en lo que hasta ese momento se mostraba como clausurado. Todo un edificio discursivo comenzó a tambalearse. Y, en ese movimiento, el malestar, las críticas, la oposición encontraron un lugar. Ya no resultó aceptable la caracterización de la violación como algo que les ocurre sólo a las mujeres que circulan por el espacio público, ni tampoco el discurso que configura a esta forma de violencia como una prerrogativa masculina. Haber vinculado la palabra “violación” con aquel doloroso episodio ocurrido cuando tenía 17 años la condujo, entonces, a desarmar aquellas “imágenes” culpabilizantes que, de tan gastadas, parecían estar fuera del tiempo. Al recibir aquel nombre, no sólo sucedió que los sentidos dominantes de la violación se adhirieron a su experiencia y a su cuerpo, sino que también comenzaron a ser cuestionados. Tanto aquel relato que define a la violación como una amenaza o un castigo para las mujeres que transgreden ciertos límites espaciales, como aquel otro que construye el cuerpo femenino como frágil y vulnerable, perdieron su consistencia. El consenso que convocaban comenzó a desvanecerse. En el transcurso de ese proceso, resultó impugnado el universo simbólico que alimentaba su sentimiento de vergüenza, aquel en el cual las mujeres constituyen objetos apropiables. Su expresión “aún hoy me molesta eso, trabajo por eso” da cuenta de una reelaboración en el presente de aquel sentimiento humillante y doloroso, en una actividad que es, a la vez, reactiva y afirmativa. Al tiempo que rechaza aquel “sistema de vida” –todo un universo de narrativas, valores, normas y mandatos–, se afirma a sí misma y a su capacidad de acción. Cabe señalar que Carla, al momento de la entrevista, trabaja como periodista y activista social. En ambas tareas, se ocupa de cuestiones relacionadas con la violencia contra las mujeres. A partir de su testimonio, podemos preguntarnos si esta actividad no constituye una forma de agencia que –aunque más no sea parcialmente‒ emerge del seno mismo de la injuria de la que ha sido objeto.

Pero, el conjunto de impugnaciones y cuestionamientos avivado al contar no se agota allí. En el relato que la entrevistada hace de la reacción que tuvo al día posterior a la agresión, podemos dar con una forma resistencia que se lleva a cabo de una manera mucho menos voluntaria,

Y al día siguiente, cuando por fin me levanto y veo que ¡todavía! no ha llegado nadie, agarro una silla de plástico así [levanta los brazos en gesto de levantar una silla] y la parto contra el piso, así ¡tang!, ¡tang! [agita los brazos como si golpeara la silla contra el piso]. Y fue mi primera reacción orgánica con respecto a eso, quería destruir algo, ¿entiendes?, quería romper algo que no fuese yo, justamente eso, exteriorizarlo y alejarlo de mí, y creo que esa fue la única manera de sanar, exteriorizarlo, contárselo a… bueno, primero a mi hermana, luego a mi mamá, luego a mi hermano. Y bueno, todo un proceso, ¿entiendes?

En el fragmento citado, las palabras y los movimientos corporales (levantar y agitar los brazos) ponen en escena una descomposición: la silla, impulsada violentamente contra el resistente material del piso, estalla en pedazos. Las onomatopeyas que acompañan el gesto (tang, tang) hacen audible la fuerza del impacto. Pero, si en aquel acto iracundo algo se rompió, los efectos de esa “reacción orgánica” no terminaron en la destrucción de la silla. Junto con el objeto, el cuerpo de Carla se deshace como mero paciente del daño, para recomponerse como un cuerpo también capaz de ejercer violencia (“quería romper algo que no fuese yo”). El gesto se muestra como una forma de rechazar la pasividad y de evitar que los efectos de la agresión se adhirieran a ella misma (“alejarlo de mí”).

El desplazamiento del foco del relato de una acción (romper) a otra (contar), destaca que, como si de ondas expansivas se tratara, la descomposición iniciada prosiguió en otros actos. En el transcurso de la entrevista, se advierte que al contar también fue necesario ejercer una suerte de fuerza destructiva. Para que pueda ser oído, el relato de su experiencia debió producir una fisura en la apabullante y ensordecedora masa de discursos circulantes que tienden a fijar, de antemano, el sentido de la agresión sufrida. El gesto de romper y el acto de contar permiten, según ella indica, exteriorizar y, en ello, trastocar el discurso normativo que manda a guardar en el fuero íntimo la agresión sufrida. A la vez, cabe considerar su gesto destructivo como una forma de desarmar la caracterización de su cuerpo como frágil y vulnerable e incapaz de rechazar la violencia.

4.2. Hacer de sí mismo “algo distinto”

Martín tiene 35 años. Las agresiones que relata sucedieron cuando tenía entre 12 y 13. Durante la conversación que mantenemos, él se refiere a aquellos ataques como “abusos sexuales”, no emplea la palabra violación para designar la experiencia. Sin embargo, en la entrevista, los acontecimientos se traman con un caso de elevada trascendencia mediática que fue denunciado y juzgado como “violación” [2]:

…estos episodios de abusos son contemporáneos con lo que se conoció como el caso Veira. […] Bueno, nada, yo era un varón futbolero, hincha del cuadro del cual este tipo era el ídolo, San Lorenzo […] Y me acuerdo que yo iba a la cancha y, de pronto, estabas en una tribuna y miles de personas se tomaban en joda lo que estaba pasando. Eran los cánticos, era el motivo, viste que en las tribunas se canta […] y el motivo de cargada de una tribuna a otra, era…, es decir, la tribuna de San Lorenzo de la cual yo formaba parte era la que se dedicaba a agredir y a denigrar a la víctima, porque había que defender a Veira, y las tribunas contrarias se dedicaban a agredir a Veira pero, por supuesto, banalizando lo que estaba pasan…, lo que sucedía. Y por eso, me acuerdo, yo, víctima, estaba en una tribuna cantando cualquier barrabasada. Ahora, lo que sí entiendo, es que eso contribuyó en mi caso, de un mod…, […] me quedó claro cuál era el contexto ya más amplio […] con el que se podía enfrentar una víctima de abuso sexual, digo, alguien, que si uno hubiese ido a buscar ayuda al mundo, al universo de los adultos, no sé, yo lo vinculo mucho con esto que me pasaba en las canchas, realmente la sensación de que el mundo te iba a aplastar, en vez de ayudarte, el mundo te iba a aniquilar. Entendiendo el mundo de un modo muy difuso, como esto que yo sentía que vivía en una cancha de fútbol.

Si la tribuna es un sitio privilegiado para observar y para emitir un juicio –apoyar o rechazar, afamar o denostar, ya sea a un equipo de fútbol, a un cantante de rock o, en este caso, a un niño que había denunciado una violación–, Martín quedaba posicionado en un lugar muy particular. Los cánticos se emitían desde la masa de cuerpos masculinos reunidos en la tribuna, y él, al unísono con la multitud, como varón partícipe del ritual futbolístico, profería también aquellas burlas. En esta acción, su visión se componía con una mirada que le era, a la vez, propia y ajena. Simultáneamente, se sentía, jurado y juzgado, emisor y potencial objeto del desprecio y la denigración colectiva. La alternancia del uso de construcciones personales e impersonales (“yo iba a la cancha”, “de pronto estabas”, “en las tribunas se canta”, “el contexto con el que se podía enfrentar una víctima”, “si uno hubiese ido…”, “esto que me pasaba”, “el mundo te iba a aplastar”, “esto que yo sentía”) dan cuenta del modo en que se produce el pasaje de una posición a la otra. El tránsito acontece sin cesuras, como si se tratara del discurrir entre los pliegues de una misma superficie: la distinción entre el interior y el exterior se encuentra desdibujada.

Con aquellos cantos, se le imponía una grilla de legibilidad que él mismo replicaba sobre sí. Entonces, comprendía de qué modo podía llegar a ser considerada la agresión que había sufrido y qué clase de evaluación podía recibir él mismo, en tanto objeto de aquel ataque. La sensación que evoca es de abandono (no encontrar ayuda) y de amenaza (“el mundo te iba a aplastar, el mundo te iba a aniquilar”). Hacer saber lo que le había pasado comportaba el riesgo de ser doblegado, ser rebajado hasta quedar reducido a la nada, es decir, perder toda estima y quedar expuesto a la humillación y al sojuzgamiento.[3] Ése era el costo que, él percibía, tendría que pagar por hacer pública la agresión sexual sufrida.

El enunciado que cierra el fragmento (“entendiendo el mundo de un modo muy difuso, como esto que yo sentía que vivía en la cancha de fútbol”) destaca que aquellas expresiones denigratorias y agresivas urdían los hilos de una densa trama que resultaba “difusa”, no tanto por su vaguedad, sino, sobre todo, por estar esparcida, propagada. Eso que él sentía en la cancha de fútbol, no se circunscribía a los límites del estadio de juegos, sino que informaba todo un “medio ambiente”. Se trataba del “mundo” de los varones del que él participaba y al que aspiraba a integrarse. En ese universo masculino, las alternativas no parecían abundar. Sin importar de qué lado de la tribuna se estuviera, ni con qué equipo se simpatizara, ante la publicidad de una agresión sexual padecida por un varón, lo que podía hallarse eran burlas y desprecio. En el complejo proceso de verse, simultáneamente, como sujeto y objeto de la denigración Martín advertía que, para ser considerado un par entre los demás varones, era mejor guardar silencio sobre lo que le había sucedido, callar respecto de la violencia de la que había sido objeto. Obtener un lugar en ese espacio viril, requería negar la propia vulnerabilidad. La prefijada configuración de los cuerpos masculinos como cuerpos amenazantes e imbatibles, no dejaba lugar para que pudiera ser compartida la violencia sufrida, ni para exhibir el dolor que ésta le había causado.

Largos años le llevó romper el mutismo que, de este modo, se impuso.[4] En el transcurso de la entrevista, narra de la siguiente manera el momento en el que decidió comenzar a contar aquello que le había pasado:

…con este tema del abuso que cada vez me molestaba de un modo más fuerte, fue que finalmente llegué como, como a permitirme y a decidir, decir, bueno, tengo que asumir esto, tengo que afrontarlo, tengo que hacer algo [mientras habla golpea con un dedo sobre la mesa, ritmando y dando énfasis a cada una de sus afirmaciones], algo distinto a tratar de seguir reprimiéndolo, a tratar como de negármelo a mí mismo, de…. Y bueno, [tono de énfasis, inhalación como tomando impulso para continuar] no sé bien cómo, pero una vez, hablando con un amigo, logro ponerlo en palabras.

La repetición verbal (“tengo que…”, “tengo que…”, “tengo que…”), el gesto que la acompaña (golpes sobre la mesa ritmando y dando énfasis a cada afirmación), el tono de voz (énfasis) y la respiración (marcando el ritmo de cada enunciado y hacia el final tomando aire como una preparación para acometer con una acción) ponen en escena el esfuerzo requerido. La decisión de “hacer algo” no fue sencillamente “tomada” de una vez, sino que debió reiterarse, una y otra vez, hasta alcanzar el impulso necesario para “ponerlo en palabras”.

“Finalmente llegué […] como a permitirme”, dice. En las palabras se advierte que las fuerzas que debió enfrentar no eran completamente externas ni tampoco totalmente internas, sino que constituían una especie de afuera que lo habitaba. Sus golpes, pequeños martillazos que se estampan contra la madera de la mesa, suenan como el retumbar de la insistencia requerida para abrir, al interior de sí mismo, un intersticio que él pudiera ocupar de una manera diferente. Contar era una manera de darse un margen de acción que, hasta ese momento, se había negado. La tarea era ardua porque requería desarticular, al menos parcialmente, el modo de ser varón que hasta ese momento conocía y encarnaba. “Permitirse” no consistía simplemente en “hacer algo”, sino que lo que ponía en juego era la posibilidad de “hacer” de sí mismo “algo distinto”.

*

En este último segmento de nuestro recorrido analítico, se puso de relieve que el riesgo de contar el padecimmiento de una violación reside en que, como señala Butler (2004), las palabras pueden llegar a penetrar en los miembros, a modelar los gestos, a “hacerte doblar la espalda” (ob. cit., p. 255). Entonces, poner en movimiento los sentidos sedimentados en las palabras, puede requerir algo más que decir. Hacer el gesto de destruir un objeto, impostar el tono de la voz, machacar insistentemente una superficie, tomar impulso en la propia respiración, son acciones que, en el acto de contar, exceden al lenguaje verbal y despliegan una imprevista capacidad para trastocar la aparente evidencia y solidez de los sentidos que las palabras movilizan. Contar se muestra como un acto que puede actualizar relatos ya gastados de tanto reiterarse, a la vez que puede constituir la ocasión para subvertirlos. Al narrar la violencia padecida puede tener lugar lo que Butler llama un “momento subversivo de la historia” o la apropiación de las “normas para oponerse a sus efectos históricamente sedimentados” (Butler, 2004: 255).


  1. Ya hemos analizado otros fragmentos de su testimonio en los capítulos anteriores.
  2. El “caso Veira” se inició en el año 1987 con la denuncia realizada contra Héctor “Bambino” Veira –en aquel momento director técnico del club deportivo San Lorenzo de Almagro–, por parte de Luis José Candelmo, padre de Sebastián Candelmo, un niño de 13 años. Candelmo denunció que Veira había violado a su hijo. El proceso terminó con la condena de Veira por “violación en grado de tentativa”, un delito excarcelable.
  3. Respecto de la humillación como padecimiento de una fuerza aplastante, que doblega, cabe recuperar el señalamiento que Chaneton y Vaccarezza (2011) realizan sobre la etimología de la palabra “humillar”. “‘Humillar’ significa ‘abatir el orgullo’ (o ‘reducir a una posición inferior a uno ante la propia mirada y la de los otros’), pero sólo de una manera figurada. Porque la acepción original, la que se vincula con la historia etimológica, no se relaciona con la ‘interioridad’ (el ‘alma’, podemos decir) sino que tiene al cuerpo mismo como objeto. ‘Humillar. (Del latín humiliare) tr. Inclinar o doblar una parte del cuerpo, como la cabeza o la rodilla, especialmente en señal de sumisión y acatamiento’. Para mayor evidencia: la raíz de ‘humiliare’ es ‘humus’, tierra, suelo.” (ob.cit.: 23)
  4. Según relata en la entrevista, contó las agresiones sufridas, por primera vez, diez años más tarde que éstas ocurrieran.


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