Otras publicaciones:

Book cover

9789877230253-frontcover

Otras publicaciones:

DT_Descola_Tola_lomo_3.5mm

9789877230741-frontcover

3 Del cuerpo y de la ciudad

La violación como “acceso” a un territorio

Este capítulo tiene por objeto describir el modo en que el binomio interior/exterior opera –en distintos segmentos del corpus discursivo construido– organizando una particular manera de definir qué es una violación. En el Código Penal Argentino, analizamos el tecnicismo “acceso carnal por cualquier vía”, que segmenta el cuerpo de las personas agredidas (Chejter, 1996a) y lo codifica como un territorio invadido. En el discurso de la prensa diaria masiva, describimos la manera en que la dualidad interior/exterior modela una narrativa de la violación que privilegia determinados espacios, protagonistas y modos de ocurrencia de las agresiones sexuales. El recorrido parte del señalamiento de Sharon Marcus (1994) respecto de la relevancia de revisar críticamente las metáforas de la violación como invasión espacial y corporal, dado que, según advierte, estas figuras no hacen más que reiterar jerarquías e inequidades de género.

3.1. Las “vías” de “acceso” a la carne: el cuerpo que delinea la letra de la ley

“Acceso carnal por cualquier vía” es la fórmula técnica con la que el Código Penal Argentino distingue un abuso sexual de una violación.[1] En términos de la historia de su inscripción en el discurso jurídico, la expresión puede dividirse en dos partes. Mientras la definición “acceso carnal” fue introducida por primera vez en la legislación penal argentina en 1921 (Tenca, 2001), la aclaración “por cualquier vía”, en cambio, es reciente. Se incorporó tras la reforma promovida por la Ley 25.087, en 1999.[2] El objetivo de este agregado fue saldar una cuestión largamente discutida por los comentaristas jurídicos: si el sexo oral (fellatio in ore) forzado constituye o no “violación”.

Sin embargo, la especificación no logró resolver las divergencias. Aún luego de la reforma, las interpretaciones continuaron siendo encontradas. Valgan como una muestra de la persistencia del desacuerdo los siguientes comentarios elaborados con posterioridad al cambio penal:

No es nueva la discusión doctrinaria respecto a qué parte del cuerpo de la víctima debía ser penetrada (aunque fuera parcialmente) para que se considerara “acceso carnal” o “inmisión” (de acceder, de entrar, de ingresar). Creemos que la diferencia fue superada por la reforma de 1999, ya que al mencionar “por cualquier vía” la ley refiere al menos a las tres modalidades clásicas de contenido expresamente sexual. (Villada, 2006: 119)

…hemos demostrado que la expresión “acceso carnal” no contempla de ningún modo la fellatio in ore […] el agregado “por cualquier vía” aparece como sobreabundante o aclaratorio de lo que no cabe duda: la expresión refiere solo al coito vaginal y anal. (Tenca, 2001: 87)

Mientras que Villada sostiene que la reforma es clara al señalar que la fellatio in ore forzada constituye “violación”, Tenca opina lo contrario y afirma que la modificación penal no altera lo que para él es indidudable, esto es, que sólo cabe caracterizar como “violación” al “coito vaginal y anal”. Sin pretender resolver aquí la cuestión, encontramos fructífero recuperar el debate para interrogarnos acerca de la definición corporal que instaura esta particular expresión jurídica.

Metáfora adormecida (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 2006: 625) que ya no se percibe, tanto “acceso” como “vía” son términos que, semánticamente, están relacionados con la circulación espacial. “Acceder”, al igual que “ingresar” o “entrar” a un sitio, implica atravesar determinados límites. La definición condensa una analogía según la cual el cuerpo se configura como un espacio interior cerrado y la violación como el ingreso forzado al mismo. En esta disposición corporal, las “vías” serían los espacios propicios para entrar, las zonas donde aquello que separa el interior del exterior se vuelve permeable. Resulta sugerente a este respecto lo sostenido por Pandolfi (1999), un comentarista del Derecho Penal que toma partido en el citado debate proponiendo que la boca no constituye una “vía” de “acceso carnal”. El especialista afirma:

… detrás de una boca cerrada (lo que obviamente no ocurre con las otras dos) hay dos mandíbulas apretadas, con nada menos que treinta y dos dientes, lo cual entraña un potencial medio de defensa de terribles consecuencias para el agresor (la posibilidad de apretar las mandíbulas y provocar una tremenda herida en el pene de aquél mordiéndolo), circunstancia ésta que no se presenta en las otras vías. (ob. cit.: 49)

En el comentario del autor, la diferencia entre unas “vías” y otras reside en la variable permeabilidad que exhibe cada una de ellas. En su descripción, la boca es caracterizada como una región corporal que, si bien se encuentra abierta al exterior, puede ser cerrada y, además, agrega, añadiendo un tono belicista a su explicación, cuenta con los “medios de defensa” apropiados para repeler potenciales ingresos. Por lo tanto, afirma este doctrinario, no corresponde considerarla como equivalente en vulnerabilidad a las otras dos (vagina y ano).

El modo en que este comentario presenta la cuestión resuena con la lógica moralizante de la sospecha que recae sobre las personas agredidas, de la que nos hemos ocupado en los capítulos anteriores (en el análisis del topos del consentimiento y en el del honor). En este caso, el recelo supone que, contando con los medios de defensa apropiados, si hubo “acceso” en la boca es porque la víctima lo permitió, entonces, sugiere este estudioso de la ley, no hubo “violación”. Pero, además de esta valoración moral, el citado comentario reviste interés para nuestro análisis porque deja en evidencia lo que, a pesar del desacuerdo, mantiene en común con los demás comentarios doctrinarios citados. No sólo concuerda con aquellos en la consideración del cuerpo como un espacio interno que requiere ser protegido por barreras defensivas, sino también en la fragmentación que hace de sus “partes” conductos de ingreso. Las diferencias entre las posiciones terminan por mostrar aquello que es común a la perspectiva jurídica. Como señala Silvia Chejter en su análisis crítico del Derecho Penal, para el discurso jurídico, el cuerpo de la mujer vejada “es un vacío, pues es un orificio de acceso en torno al cual el discurso jurídico organiza su representación de la violación”. (Chejter, 1996a: 33) Cabe agregar, siguiendo los señalamientos realizados por esta autora, que los términos en los que se plantea el debate entre los juristas se circunscriben

…a un modelo de sexualidad falocéntrica, intrusiva y con un sujeto activo y otro pasivo: más aún limitada a una sexualidad activa, la mujer ultrajada es el fragmento de cuerpo donde se perpetra un ataque a otra cosa que no es ella. (ob. cit. 34)[3]

Tal como se puede entrever en los comentarios citados el desacuerdo que unos y otros mantienen no se centra en el daño provocado a la víctima, sino que lo que se proponen establecer es qué ha hecho el “miembro viril” del agresor (¿ingresó al cuerpo?, ¿por dónde lo hizo?).

Esta crítica de la definición penal coincide con las indicaciones que Sharon Marcus (1994) ha realizado respecto de lo que caracteriza como uno de los elementos que componen el “guión de la violación”. Al respecto, la autora afirma:

El guión de la violación describe a los cuerpos femeninos como vulnerables, violables, penetrables y heridos; […] caracteriza a la sexualidad femenina como espacio interno, a la violación como invasión de este espacio interno, y a las políticas anti-violación como los medios para salvaguardar este espacio interno del contacto con cualquier cosa externa a él. (Marcus, 1994: 96)

Siguiendo estas observaciones, cabría considerar la existencia de un enlace de sentido entre la definición corporal presupuesta en la fórmula “acceso carnal”, que hemos analizado, y las propuestas de “prevención de la violación” que impulsan el cercamiento y la implementación de barreras físicas como medidas tendientes a evitar los ataques. Buscando atender a la caracterización de este enlace, en los apartados que siguen describimos el modo en que la metáfora de la violación como invasión opera en otros segmentos del corpus discursivo considerado. Nos ocupamos del modo en que el discurso de la prensa gráfica masiva construye a la ciudad y a la casa como espacios que requieren ser cercados para evitar las violaciones. En consonancia con la configuración corporal establecida por el discurso jurídico, los relatos de la prensa masiva caracterizan las zonas de contacto con el exterior como espacios donde la vulnerabilidad y la exposición al peligro se acrecientan.

3.2. Adentro es seguro, afuera es peligroso

En este apartado, el análisis se ocupa de dos series de noticias publicadas tanto en la edición impresa como en la edición on-line del diario La Nación en dos períodos de tiempo diferentes: los meses posteriores al intento de violación y asesinato de Lucila Yaconis en el año 2003, y los últimos meses de 2008 y los primeros de 2009, en los que tuvo lugar lo que se conoció como una “ola de violaciones” en barrio Norte. La indagación pone el foco en el modo en que la reiteración y el enlace de unas noticias con otras va dando forma a una narrativa de la violación que reviste particularidades y similitudes. En un caso, la conexión establecida entre distintos episodios delictivos converge en la configuración del espacio de la ciudad como un territorio asediado por delincuentes que provienen del exterior. En el otro, la similitud entre las crónicas publicadas delinea una narrativa mass-mediática que caracteriza al espacio de la casa como una zona segura, mientras que describe a la calle y a las zonas de contacto con ella como regiones donde el peligro se acrecienta.

3.2.1. Cercar la ciudad para prevenir las violaciones

El 22 de abril de 2003, la prensa dio a conocer el intento de violación y asesinato de Lucila Yaconis. La adolescente fue encontrada sin vida en el barrio porteño de Núñez, cerca de las vías del tren. Durante los días subsiguientes al hallazgo, el caso fue objeto de atención mediática. Tanto la exhumación de sus restos como la movilización de familiares y vecinos bregando por el esclarecimiento de los hechos y la condena del asesino tuvieron cobertura en distintos medios gráficos y televisivos. Pero, lo llamativo de este episodio –y lo que hizo a este caso objeto de nuestra atención– es que el “asesinato de Lucila Yaconis” continuó mencionándose y siendo recordado en los medios masivos de comunicación mucho tiempo después, llegando a convertirse, con el transcurso de los años, en un emblema de las demandas de medidas represivas frente a la denominada delincuencia urbana.[4]

Esta vinculación, que se irá construyendo y reforzando a lo largo del tiempo, comenzó a delinearse a poco de trascendidos los sucesos. El 13 de mayo de 2003, algunas semanas más tarde de que el asesinato adquiriera estado público, una nota publicada en La Nación, que llevó por título “Temor en la zona norte de la capital por la inseguridad”, mencionó el episodio entre un conjunto de hechos delictivos de índole muy diversa. En el primer y en el segundo párrafo, puede leerse:

Sienten que los delincuentes pueden sorprenderlos en cualquier momento y lugar: cuando corren por los bosques de Palermo, entran en un comercio o a comer en un restaurante, y hasta cuando caminan por la calle. En las últimas semanas ha crecido la preocupación de los vecinos de la zona norte de la Capital ante una serie de hechos delictivos.

La lista incluye el crimen de Lucila Celeste Yaconis, el secuestro de un empresario y de su hija en el parque Tres de Febrero, dos robos sucesivos a la embajada de la República del Paraguay y el asalto al restaurante Bella Italia, entre otros hechos. Pero también deben citarse asaltos a la salida de cajeros automáticos, en comercios y en la vía pública, según denunciaron vecinos de Recoleta, Palermo, Belgrano y Núñez, durante una recorrida realizada por LA NACION.[5]

El “crimen de Lucila Yaconis” (intento de violación seguido de muerte) es ubicado junto al “secuestro de un empresario”, “dos robos a la embajada República del Paraguay”, “asaltos a la salida de cajeros automáticos”. En este agrupamiento, la violación cuenta como uno más entre los variados hechos de “delincuencia” que componen el macro-relato de la “inseguridad”. Se trata de una narrativa global que tiene por protagonistas a “los vecinos”, sujeto político que en las últimas décadas desplazó a otros actores en las demandas frente al Estado (pueblo, ciudadanos, trabajadores, etc.) y cuya configuración identitaria encuentra en el espacio geográfico su eje vertebrador. Trátese del barrio, de la manzana o, como un este caso, de una “zona” de la ciudad, “vecinos” son quienes habitan uno mismo territorio.[6] De manera implícita, la categoría traza una frontera que, en este caso, distribuye geográficamente a víctimas y victimarios de los delitos: unas habitan la ciudad, los otros provienen del exterior.

En lo que respecta a la serie noticiosa que aquí nos ocupa, la frontera semántica que la categoría “vecinos” instaura resulta fortalecida por la localización espacial de los acontecimientos delictivos. Si los hechos listados en la noticia citada ocurren en sitios de circulación de personas y de bienes, en la sucesión de crónicas que tendrán al caso Yaconis como antecedente, el contexto predominante de las agresiones serán las vías del tren y sus terrenos aledaños. Espacio de comunicación con el exterior de la ciudad –por allí llegan diariamente a la capital masas de personas provenientes del conurbano bonaerense–, las vías y sus alrededores son caracterizadas como una zona limítrofe, donde el roce con lo ajeno, con lo que viene de afuera, es postulado como la causa del peligro. Esta construcción se pone de relieve en la publicación del 16 de mayo,

En esa zona, muy transitada a cualquier hora del día pero que parece encaminada a convertirse en una nueva tierra de nadie, la chica fue abordada por un hombre que circulaba en bicicleta que la amenazó de muerte. Vanos fueron los intentos de resistencia o los gritos de auxilio que la policía no escuchó por no hallarse en el lugar. El delincuente tuvo tiempo suficiente para llevar a su víctima por la fuerza por el interior del parque Thays, o junto a la reja y el alambre que lo circundan, hacia las vías del tren, situadas en la parte posterior para concluir con la incalificable agresión sexual.

Tanto el alambrado que rodea a la reja del parque como el cerco de alambre que separa la calle posterior de las vías están rotos. En varios lugares es posible atravesarlos con sólo pasar la pierna por encima, pues ya fueron vencidos varias veces. Junto a las vías, en el terraplén del ferrocarril, la víctima fue sometida sexualmente, dijeron a LA NACION fuentes allegadas a la investigación.[7]

“Tierra de nadie”, la expresión con la que se caracteriza a la zona donde ocurrieron los ataques, condensa un conjunto complejo de sentidos sociales ligados con la apropiación territorial, el enfrentamiento armado y la falta de autoridad. Si en el léxico colonialista se utilizó para designar los terrenos sobre los que ninguna persona ni estado poseía titularidad jurídica reconocida, a partir de la primera guerra mundial, en el vocabulario bélico, la frase pasó a designar la zona que media entre dos trincheras enemigas. Extendida a otros ámbitos de la vida social, nombra a los espacios en los que la autoridad encargada de hacer cumplir las normas está ausente o no es reconocida. Dado este campo de sentidos, la violencia sexual deviene un problema de gobierno territorial: el espacio urbano pasa a ser el eje tanto de la definición del problema como del diseño de las estrategias para revertirlo.

En relación con este modo de nombrar el espacio, llama la atención en la crónica la mención de un dato que, en un primer momento, resulta desconcertante respecto de la conexión que mantiene con los sucesos narrados: el mal estado en el que se encuentran los cercos colindantes del parque y de las vías. El señalamiento motiva a preguntarse, ¿qué es lo que estas barreras debían mantener aislado? Párrafos más adelante, bajo el subtítulo “Quejas reiteradas” es posible dar con la respuesta:

Del otro lado del alambrado y las vías se encuentra la Villa 31, donde se sospecha que se refugian algunos delincuentes que se dedican a robar a los transeúntes que recorren el parque, pasean sus perros o hacen aerobismo.[8]

El motivo de las “quejas reiteradas” de los “vecinos” es que no pueden caminar, correr o pasear por las calles. La causa señalada es que el cerco que separa el barrio de la villa es permeable, deja pasar a quienes, desde su perspectiva, no deberían atravesarlo. La circulación se pretende garantizar clausurando determinada zona de la ciudad mediante barreras físicas que mantengan separados a los “delincuentes” de los “vecinos”. El discurso anima la construcción de una suerte de prisión al aire libre. Detrás de los muros habitarían sujetos sobre los que recae una sospecha que opera como condena (“encasillados como peligrosos”) y que, en confluencia con la narrativa de la inseguridad, se corresponden con los sectores más desfavorecidos de la sociedad (Beltrame, 20013).

Esta construcción narrativa de las zonas colindantes con las vías del ferrocarril como regiones favorables a la ocurrencia de violaciones se va fijando en la reiteración y, con ella, van delineándose determinadas características esperables para víctimas y victimarios. A comienzos del mes de agosto, en una noticia titulada “Protesta por una ola de ataques sexuales”, que se encadena con esta serie, puede leerse:

Luego de dos violaciones y un abuso deshonesto de tres jóvenes de 15 años ocurridos en los últimos días en terrenos y galpones linderos a las vías del ex ferrocarril Sarmiento, más de 2000 vecinos de Haedo, en el partido bonaerense de Morón, se movilizaron anoche para pedir más seguridad. […]

Pero los vecinos reunidos ayer en Rivadavia y Estrada no sólo se manifestaron para pedir el esclarecimiento de los abusos sexuales de los últimos días: además exigieron una mayor presencia policial en las calles porque afirmaron que la zona se convirtió en tierra de nadie y que a cualquier hora del día hay asaltos.

Para los residentes, el gran problema son unos terrenos de 12 hectáreas que lindan con las vías del ex ferrocarril Sarmiento donde, aseguran, hay cerca de 100 vagones abandonados donde se esconden los delincuentes.[9]

A pesar de que se trata de otra línea ferroviaria y de que los hechos no transcurren en la Ciudad de Buenos Aires sino en el conurbano bonaerense, la caracterización de la situación resulta muy similar a la descripción brindada en la noticia publicada en mayo: las vías del tren, los “delincuentes” “escondidos” en un terreno colindante con ellas, la falta de presencia policial, la zona devenida en “tierra de nadie”. También aquí la violación es agrupada junto con robos y asaltos y es convertida en un delito más entre los variados que aquejan a “los vecinos”. Como en las anteriores crónicas, se establece un vínculo entre este episodio y el asesinato de Yaconis. Esta conexión se exhibe al final de la crónica, en una lista que presenta a ese intento de violación como el primer caso en una línea temporal que recoge distintos sucesos de violencia sexual:

24 de junio – Coghlan: una joven de 17 años fue atacada cuando regresaba del colegio. El delincuente la obligó a subir a su auto, la llevó hasta cercanías de la estación ferroviaria Coghlan y cerca de allí habría abusado sexualmente de ella.

31 de mayo – Saavedra: un individuo sorprendió por la espalda a una joven peruana de 26 años a la que obligó a caminar junto con él, aparentemente con intención de violarla.

15 de mayo – Retiro: una joven de 19 años, de nacionalidad uruguaya, esperaba el colectivo, en las avenidas del Libertador y Callao. Un sujeto la amenazó con un arma, la llevó hacia las vías del ferrocarril y abusó de ella.

21 de abril – Núñez: la joven de 16 años Lucila Yaconis fue atacada por un individuo en las cercanías de su casa, en una zona con escasa iluminación donde las vías del ex ferrocarril Mitre se unen con la calle Vilela, en el barrio porteño de Núñez. Intentó abusar de ella y luego la mató.

La composición gráfica de la lista exhibe el efecto regulatorio que promueve el enlace de los episodios. La reiteración de la fecha, seguida de la ubicación geográfica (nombre del barrio) en el encabezado de cada párrafo induce en la lectura una sensación de continuidad y regularidad en el acontecer de los ataques. Si la noticia no incluye una estadística, el efecto de la disposición de los datos es similar al de aquella: fija un patrón en la ocurrencia de las agresiones sexuales. Promueve una escansión regular del tiempo y del espacio, que se trama con datos sobre las víctimas y las circunstancias en las que tuvieron lugar los ataques: mujeres jóvenes que transitan solas por la ciudad, esperan colectivos o caminan, son atacadas en cercanía de las vías del tren. La caracterización confluye, con los anteriores elementos analizados, en la composición de una distribución del peligro que hace de los espacios abiertos y de las zonas de frontera, donde la ciudad se pone en contacto con el afuera no-urbano o no-urbanizado, el escenario privilegiado de los ataques sexuales.

En la serie de noticias analizada, el conjunto de los elementos contribuye a componer una caracterización de la violación como forma de invasión. A saber, el enlace tramado entre las agresiones sexuales y otros delitos callejeros, el protagonismo de “los vecinos” como sujetos afectados por la violencia, la insistencia en la necesidad de reforzar los cercos que separan al “barrio” del exterior, la reiteración de las vías del tren y sus terrenos aledaños como escenario de las agresiones sexuales, la descripción de las zonas de circulación y transporte público como espacios peligrosos. Dado este conjunto, para prevenir los ataques sexuales, se demanda la vigilancia y el cercamiento, dos formas de limitar la circulación de determinados sujetos, señalados como peligrosos, a fin de garantizar la de otros, que se construyen como vulnerables.

En el aparatado que sigue, la serie de noticias que analizamos nos permite indagar en una variante de esta construcción discursiva. En este nuevo enlace noticioso, la distribución del riesgo mantiene similares coordenadas (interior seguro/afuera peligroso), pero cambia el lugar en el que se traza la frontera con el afuera amenazante: lo que ahora se recomienda cercar no son determinadas zonas de la ciudad, sino el espacio de la casa.

3.2.2. “Instale cerrojos y trabas”

Hacia finales de 2008 y comienzos de 2009, otra serie noticiosa “marcó” al barrio Norte de la capital como la zona de las agresiones sexuales.[10] En el conjunto de noticias que la componen, llamó nuestra atención una nota que llevó por título “Medidas de prevención del ataque sexual”.[11] Publicado el 2 de diciembre de 2008 en la edición on-line del diario, este artículo periodístico establecía un vínculo (link) con una crónica de la edición impresa que llevó por título “Creen que son dos los autores de violaciones en Barrio Norte”[12]. En sus reenvíos mutuos, ambas publicaciones traman una determinada escena de las agresiones sexuales que nos interesa revisar.

La crónica publicada en la edición impresa, es ilustrada por dos fotografías (tal como se observa en el documento disponible en el archivo digital on line del diario):

http://servicios.lanacion.com.ar/archivo/2008/12/02/017/DT

Las imágenes muestran a una mujer transitando frente a la entrada de un edificio. En la de la izquierda, un varón, cuyo aspecto es el de alguien que brinda un servicio (un repartidor o un cartero), aguarda frente al portero eléctrico. A primera vista, las tomas parecen ser casuales y el hecho de que los cuerpos hayan sido alcanzados por la cámara se deja ver como algo azaroso. Sin embargo, al avanzar en la lectura, se advierte que su posición se corresponde con el modo en que ocurrieron los ataques. En el cuerpo de la crónica puede leerse:

Según los investigadores, las jóvenes atacadas [en] los edificios habrían sido blanco de un sátiro que las abordó cuando ingresaban en el hall haciéndose pasar por un propietario, intentando abrir la puerta con una llave o hablando por el portero eléctrico.[13]

Siguiendo la metáfora del blanco podría decirse que las mujeres, fotografiadas, se encuentran en el centro de la mira. Ellas están pasando justo frente al sitio donde se concretaron los hechos, expuestas a que el agresor las alcance en cualquier momento. La posición del varón que espera a ser atendido coincide con la del victimario, que aguarda a que alguna potencial víctima se disponga a trasponer la puerta para atacarla. Personaje mitológico, embaucador y de insaciable apetito sexual, la designación del agresor como un “sátiro” afecta también a la caracterización de las víctimas: presas indefensas, vulnerables al engaño, que caen en una trampa cargada de lascivia. En la composición que se trama entre las fotografías y el texto, el espacio de tránsito entre el interior y el exterior se muestra como la zona del peligro.

En la edición on-line, una distribución similar del riesgo se percibe en las prescripciones de cuidados que se listan en la nota “Medidas de prevención del ataque sexual”.

  • En la casa, no deje puertas o ventanas abiertas. Instale cerrojos y trabas para sus aberturas. No abra la puerta a ningún repartidor o empleado de servicio sin verificar previamente su identificación, y si desconfía de la validez de la credencial, llame a la empresa. Si la llaman por teléfono equivocado, nunca dé su nombre y número de teléfono. Cuando sale, deje una luz prendida. No entre si al regresar encuentra la puerta de su casa o departamento abierta, y llame a la policía.
  • En el exterior, no transite por lugares solitarios u oscuros. Si siente que la siguen, vaya hacia otras personas. Llame la atención, y si es necesario, grite. Si un auto se le acerca y la llaman, aléjese. No acepte que la lleven, aunque sea tarde, llueva o haga frío. Mire fijamente a quien le habla. Muestre que no es una víctima fácil.[14]

Las instrucciones suponen probables escenarios de la agresión sexual, en los que, como si se tratara de variaciones de un único libreto, se reiteran los protagonistas y la posición que éstos ocupan: un agresor desconocido ataca a una mujer adulta, ya sea porque él traspone las fronteras que resguardan el espacio del hogar o porque ella ha abandonado el espacio cerrado de la casa. La sugerencia es la clausura (cerrar, trabar, no abrir, no dejar entrar): el espacio cerrado es sinónimo de protección; el exterior-abierto, de riesgo.[15]

Si en el apartado anterior analizábamos el modo en que el “barrio” se configuraba como una región invadida por agresores sexuales (provenientes de la villa, del conurbano bonaerense o de barios aledaños, variaciones del afuera del espacio urbano/urbanizado), en las crónicas que componen esta serie, la zona a ser resguardada es el espacio doméstico. Interior seguro/exterior peligroso, el dualismo se reitera, con la diferencia de que el cercamiento no se propone a nivel del barrio o de la ciudad, sino que es la casa lo que tiene que cerrarse como una trinchera para repeler posibles ataques. No importa donde se trace la división (si en la ciudad con respecto a la periferia o en la casa con respecto a la calle), el exterior siempre es una zona de riesgo y lo que viene de allí es amenazante.

Esta construcción se refuerza en el transcurso del año 2009 con nuevas publicaciones, de las que citamos algunos fragmentos que dan cuenta de esta insistencia:

El hecho sucedió durante la madrugada de ayer, cuando un delincuente ingresó por el balcón del edificio situado en Guatemala 6094, en la zona conocida como Palermo Hollywood. (9/1/2009)[16]

Una adolescente de 16 años denunció que fue violada anteanoche en los bosques del parque Tres de Febrero […]. El otro caso, que se conoció ayer, sucedió en la madrugada del domingo pasado […], la prima de la adolescente fue hasta un quiosco y, en un descuido, dejó abierta la puerta de la casa, según confiaron directivos de Avivi a LA NACION. (27/2/2009)[17]

Una de esas violaciones, relataron, ocurrió en noviembre pasado en la calle Tres de Febrero y Núñez, a tres cuadras de la comisaría 35a. “Por la noche, una mujer fue violada por un hombre que ingresó en su habitación, luego de haber trepado por el balcón, en un primer piso, al utilizar la cortina de un negocio lindero como escalera”, dijo Yeannes.

El otro hecho ocurrió en la esquina de Pico y Avenida del Libertador, cuando dos parejas jóvenes salían de un edificio. (28/2/2009) [18]

La hija de Cecilia tiene 9 años y vive en Núñez. Hasta la semana pasada, sacaba a pasear al perro todas las tardes. Sin embargo, desde que su madre se enteró de un nuevo caso de violación a pocas cuadras de su casa, le prohibió salir a la calle sola. “Esto es tierra de nadie. La nena no sale más”, aseguró Cecilia a lanacion.com. […]

Romina, otra vecina de la zona, afirmó: “Es bastante desagradable lo que está pasando. […] Salgo porque no me queda otra”. (2/3/2009)[19]

Ingresar y salir, son verbos de movimiento que denotan un trayecto y que tienen como especificidad el entrañar, de manera prominente, un límite (perpendicular al trayecto) que mide el cumplimiento del evento.[20] La particularidad que reviste el empleo que se hace de ellos en estos fragmentos es que el límite que instalan en el discurso distribuye la vulnerabilidad y el peligro de manera diferencial según el género. Las mujeres están seguras al interior de las casas, franquear los límites del espacio doméstico las expone a la amenaza de violación. Los agresores sexuales asedian estas fronteras, prestos a transponerlas. A dicha distribución espacial responden la prohibición de “salir” de una madre a su hija (“la nena no sale más”) o la voluntad de una “vecina” de limitar su propia circulación en el espacio exterior (“salgo porque no me queda otra”). La histórica división espacial que asigna los sujetos femeninos al espacio doméstico y los sujetos masculinos al espacio público, converge con la “gramática genérica de la violencia” que, tal como Marcus (1994) la define, caracteriza a las mujeres como vulnerables e indefensas, y a los varones como invencibles y agresivos. Esta lógica regula la particular distribución del riesgo en el espacio geográfico urbano que las crónicas citadas delinean: las violaciones ocurren cuando son traspuestos los límites que cercan y mantienen a resguardo los cuerpos femeninos. Resuenan con esta disposición del peligro, los presupuestos analizados en la fórmula jurídica “acceso carnal”. La violación ocurre en las zonas que son permeables al contacto con el exterior y, para evitarla, se demanda el cierre de las “vías” de ingreso.

*

La dicotomía interior/exterior funciona en ambos discursos como una premisa que da sustento a relatos, juicios y prescripciones que adquieren un carácter normativo. En la ley penal, la fórmula jurídica “acceso carnal” establece lo que debe entenderse como una violación. El análisis intentó mostrar los efectos regulatorios que este tecnicismo jurídico –de pretendida objetividad y autoevidencia– tiene respecto de la configuración corporal. Fragmentado en distintas partes, signadas diferencialmente por la vulnerabilidad, el cuerpo de la persona vejada es caracterizado como un espacio interno y la violación, como el ingreso forzado al mismo. En las narrativas mass-mediáticas, el análisis de la caracterización de la violación como una forma de invasión permitió describir sus efectos regulatorios sobre la distribución del peligro y de la vulnerabilidad en el espacio urbano. En las crónicas analizadas, las zonas de contacto con el exterior se construyen como regiones de riesgo y para evitar la violación lo que se promueve es la clausura.


  1. La definición figura en el tercer párrafo del artículo 119 del Código Penal: “La pena será de seis a quince años de reclusión o prisión cuando mediando las circunstancias del primer párrafo hubiere acceso carnal por cualquier vía.” Cabe señalar que la palabra violación no figura explícitamente en el Código, sin embargo, entre los comentaristas jurídicos hay acuerdo respecto de que “acceso carnal” refiere a violación (Villada, 2006; Pandolfi, 1999; Tenca, 2001).
  2. Nos ocupamos de otros aspectos de esta modificación penal en los capítulos anteriores.
  3. Negritas en el original.
  4. Colaboró con la persistencia del caso en los medios de comunicación masiva la actividad que llevó adelante la madre de la adolescente, Isabel Yaconis, con la fundación “Madres del dolor”. La fundación está integrada por madres de jóvenes que murieron en diferentes episodios de violencia, cuyas muertes no se han esclarecido en sus casusas y/o no han obtenido una resolución en el marco del sistema judicial. Respecto de la asociación: https://goo.gl/D8w3vU
  5. La Nación, 13 de mayo de 2003, “Temor en la zona norte de la Capital por la inseguridad”, edición impresa. Disponible en: https://goo.gl/De2AjG
  6. En la crónica citada, su protagonismo se pone de relieve no sólo en el contenido (nivel del enunciado), sino también en el punto de vista que organiza el relato (nivel de la enunciación). En el primer párrafo, la ausencia de marcas de discurso referido tiene por efecto hacer convergir la perspectiva del narrador con la de los protagonistas de la historia. Como toda focalización narrativa, ésta “exige al lector adoptar idéntica posición o perspectiva” (Klein, 2009: 62), fomentando en la lectura la empatía con los sentimientos de temor y la preocupación que se infunden en la anticipación de un posible ataque.
  7. La Nación, 16 de mayo de 2003, “Una joven fue asaltada y violada a pocos metros de Callao y Libertador”, edición impresa. Disponible en: https://goo.gl/wUKBVv
  8. La Nación, 16 de mayo de 2003, “Una joven fue asaltada y violada a pocos metros de Callao y Libertador”, edición impresa. Disponible en: https://goo.gl/Sjo4LH
  9. La Nación, 6 de agosto de 2003, “Protesta por una ola de ataques sexuales”, edición impresa. Disponible en: https://goo.gl/Vc4WhA
  10. El inicio de la serie puede señalarse en noviembre del mismo año con la publicación de la crónica que llevó por título “Un tercer intento de violación habría ocurrido en Recoleta el fin de semana” (La Nación, 25 de noviembre de 2008, edición on-line. Disponible en: https://goo.gl/M8US8V)
  11. La Nación, 2 de diciembre de 2008, “Medidas de prevención del ataque sexual”, edición on-line. Disponible en: https://goo.gl/oKnKBy
  12. La Nación, 2 de diciembre de 2008, “Creen que son dos los autores de violaciones en Barrio Norte”, edición impresa. Disponible en: https://goo.gl/Mv7G7S
  13. La Nación, 2 de diciembre de 2008, “Creen que son dos los autores de violaciones en Barrio Norte”, edición impresa. Disponible en: https://goo.gl/ow51nb. Los corchetes son nuestros.
  14. La Nación, 2 de diciembre de 2008, “Medidas de prevención del ataque sexual”, edición on-line. Disponible en: https://goo.gl/KKsxiq
  15. Ninguna recomendación alerta acerca de qué hacer si el atacante es un conviviente, familiar, amigo, novio o alguien con quien se ha concertado una cita. Como veremos en el apartado que sigue, esta construcción de la violación como algo que acontece en lugares abiertos, con desconocidos, será puesta en cuestión en el relato de una mujer entrevistada. Será para ella un descubrimiento las violaciones también ocurren en contextos familiares, y esto la conducirá a romper con una narrativa que encontraba ya preestablecida.
  16. La Nación, 9 de enero de 2009, “Violan a una joven belga en Palermo”, edición impresa, p. 13. Disponible en: https://goo.gl/yXdJhy
  17. La Nación, 27 de febrero de 2009, “Denuncian dos casos de abuso sexual”, edición impresa, p. 13. Disponible en: https://goo.gl/4i5jp3
  18. La Nación, 28 de febrero de 2009, “Afirman que en los últimos 4 meses hubo dos violaciones más en Núñez”, edición impresa, p. 25. Disponible en: https://goo.gl/U8o6EA
  19. La Nación, 2 de marzo de 2009, “Temor entre los vecinos de Núñez por varios casos de violaciones”, edición on-line. Disponible en: https://goo.gl/7mzNs1
  20. Se trata de verbos télicos. Como indica Paris (2008): “Los verbos de este esquema denotan Eventos, es decir, contribuyen a constituir descripciones semánticas télicas. La especificidad de este grupo reside en que un Límite (Lm) exterior y perpendicular al Ty [trayecto] determina sus puntos extremos. En este sentido el elemento que mide el cumplimiento del Evento es Lm.”(p. 6) La propuesta de Paris, que nos interesa retomar aquí, es que “en consecuencia, el Ty en estos verbos es obscurecido por el rol de Lm, que sobresale como el constituyente central.” (p. 6) Según la clasificación habitual, (Martínez Fuentes, 2004), se trata de verbos de cambio locativo con traspaso.


Deja un comentario