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Capítulo I

Las invasiones bárbaras

However, when it comes to the limit of that [internal] difference, autochthony constitutes an ultimate line, the fons et origo of fealty, affect, attachment. Whatever other identities the citizen-subject of the 21st century may bear, s/he is unavoidably either an autochthon or an alien.

Jean and John Comaroff, “Nations with/out Borders.
The Politics of Being and the Problem of Belonging”

Las elecciones de 2007: de un resultado imprevisto a una victoria inevitable

A los ojos de un observador mínimamente familiarizado con la escena política de Villa Gesell, las elecciones municipales de 2007 presentaban un innegable aire de déjà vu. En efecto: la disputa por el Ejecutivo local enfrentaba una vez más al intendente Luis Baldo, dos veces reelecto, como candidato por la Unión Cívica Radical (UCR)[1] y a su proverbial contendiente de la última década: Jorge Rodríguez Erneta, representante de la encarnación coyuntural del peronismo oficialista, el Frente para la Victoria (FpV).[2] Resultaba razonable, asimismo, anticipar una vez más resultados no demasiado auspiciosos para el candidato justicialista: no solo porque en términos generales Villa Gesell había adquirido desde los inicios de la era democrática un aura persistente de bastión del radicalismo,[3] sino porque Rodríguez Erneta había sufrido ya varias derrotas en las urnas a manos de su proverbial antagonista, al punto de haberse hecho acreedor entre propios y ajenos del mote de “el eterno perdedor”.

La confianza original que Baldo mostrara respecto de sus posibilidades de acceder a un cuarto mandato consecutivo, sin embargo, comenzó a resquebrajarse sobre el final de la campaña, cuando los sondeos comienzan a sugerir la posibilidad de una victoria de su rival.[4] Todos los escenarios, no obstante, anticipaban una diferencia ajustada, de modo que los resultados finales del escrutinio –una victoria aplastante de Rodríguez Erneta, con casi el 61% de los votos contra un 29,5% de Baldo– sorprendieron prácticamente a todo el mundo en la escena local, comenzando por los propios vencedores.[5]

Conocido y consumado el resultado, sin embargo –y dando la razón a las usuales aseveraciones acerca de la clarividencia de los pronósticos hechos “con el diario del lunes bajo el brazo”–, esta imprevisibilidad de las vísperas comenzó casi de inmediato a ser reescrita en forma retrospectiva como algo “que se veía venir”. Al fin y al cabo, tras doce años de gestión y luego de una década de recesión de la actividad turística[6] y una crisis nacional de proporciones mayúsculas,[7] a la vez que alineado con un partido considerado responsable de esa misma crisis y situado en las antípodas de un oficialismo triunfante a nivel nacional y provincial, resultaba razonable pensar que la derrota de Baldo estuviera, digamos, sobredeterminada. Resultaba igualmente evidente, en términos de esta certeza retrodictiva, que el acceso de su rival al ejecutivo municipal no constituía sino un resultado adventicio y complementario de esta derrota: tal como se encargaron de explicarnos pacientemente una y otra vez numerosos geselinos –y en particular los correligionarios del ex intendente derrotado–, no se trataba tanto de que Erneta hubiese ganado la elección, como de que Baldo la había perdido.

[Erneta] lo mató [a Baldo], le ganó por muchísima diferencia… Cuatro mil votos de diferencia (…) Pero se lo tenía merecido porque además de que era un soberbio y que el poder se le había subido a la cabeza, [los últimos años no hizo directamente] nada, [ni] mantener la cosa… las calles estaban sucias, la suciedad era terrible… y la inseguridad ya empezaba a ser un problema y lo que la gente te decía todo el tiempo es que el tipo se desentendía del asunto… jugaba al gran estadista, pero no te arreglaba los baches (Pedro, 56 años, docente de escuela media).[8]

Luis [Baldo] arranca en el 95. (…) del 95 al 2003, que pasó entremedio la crisis [de 2001], la sorteó bastante bien pero a partir de ahí, Luis, digamos, se instaló como diciendo: “A ver, yo no te subo mucho las tasas, pero no me pidan que haga mucho tampoco”. Entonces empezó a abusar [de ese argumento] en esa época porque claro, pasó el 2001. En el 2001 nadie le creía nada a nadie [así que no tenía sentido prometer, ni nadie esperaba que lo hicieses]. Con que no explotara… con que no se prenda fuego el pueblo [suficiente]. Y Luis se plantó sobre eso: “No me pidan nada”. Esto fue en el 2001, 2002, 2003, vuelve a ganar las elecciones en el 2003. Y sigue de ahí al 2007 (…) haciendo la plancha. La gente ya tenía las pelotas por el piso. A mí me pasó que en el 2007, iba a repartir… yo siempre laburé en todas las campañas. De ir a ver la gente esa que es la que te vota de toda la vida y se lleva la boleta [de la casa]. Le llevaba la boleta y decía: “No [Carlos]. No quiero: no lo quiero más a Luis”. A punto tal que nos ganaron –digo nos ganaron porque soy del partido, no porque haya formado parte de esa lista, nos ganaron estrepitosamente. 60 a 30. Más del doble. O sea, ellos fueron con 60 y Luis sacó 29. Nos pegaron una paliza de esas… ¡descomunal!… que nunca… en Gesell, las elecciones siempre han sido muy reñidas. Gana uno, gana otro. Pero por 500, 800 [votos]. Siempre son elecciones reñidas. En una elección que te ganen por más de 4000 y pico de votos… histórico. Con lo cual, el partido, bueno… ¿por qué Luis con la gente perdió el voto? Lo mismo de ahora, no hacía obras… La gente le reclamaba servicios básicos, como levantar las ramas, limpiar las calles. El tema de la seguridad ya era un tema que se empezaba a poner difícil, y se cometió un error importante que fue pretender sacarse en todo momento el tema de la seguridad de encima, diciendo que era responsabilidad de la Provincia… Y… se lo podés decir un día, [dos]. El tema es que llegado un momento, tenés que decir: “Bueno, a ver, ¿qué hago?”. Y Luis: “No, que es un tema de la Provincia, que lo tiene que resolver la Provincia, no me tengo que meter” (Carlos, Concejal por la UCR, 55 años).

Reinterpretaciones ulteriores: de una victoria inevitable a una victoria inverosímil

Apenas un año más tarde, sin embargo, para el momento en que nuestro desembarco etnográfico en la Villa estaba ya consumado, las interpretaciones que encontrábamos circulando ampliamente en los espacios de sociabilidad frecuentados por diversas fracciones de los sectores medios de la ciudad –tales como mesas de café, colas de banco, salas de espera y paradas de taxis– eran notoriamente distintas. Allí donde en 2007 nadie parecía dudar de que la victoria de Rodríguez Erneta había sido resultado de una mezcla de agotamiento y hartazgo colectivos ante la inacción, la torpeza política y la putativa soberbia de Baldo, tres años más tarde las mismas personas aparecían convencidas del carácter inverosímil de esta victoria del candidato peronista –que para colmo había logrado el mayor caudal de votos de la historia política geselina hasta el momento (Brunet, 2009)–, al punto de afirmar que dicha victoria no hubiese sido posible sin una operación político-demográfica de gran envergadura: el traslado masivo a Villa Gesell de residentes del conurbano bonaerense,[9] que habrían votado al nuevo intendente a cambio de privilegios y favores preacordados, tales como viviendas gratuitas, servicios públicos, exenciones de tasas o esos planes sociales omnipresentes en las exasperadas impugnaciones que los sectores medios gustan de lanzar sobre el comportamiento político-electoral de los sectores populares (Neufeld et al., 2002; Noel, 2006; Noel y Palazzesi, 2006).

No obstante, esta explicación en clave motivacional e indirecta sería rápidamente desplazada por una alternativa más mecanicista, que postulaba un traslado forzoso de estos votantes a la ciudad como consecuencia de las voluntades a la vez interesadas y eficaces de una ‘clase política’ (y más específicamente de ciertos intendentes) que concertarían alianzas entre ellos y con las autoridades provinciales o nacionales a los efectos de desplazar masas de ‘indeseables’ a lo largo y a lo ancho de la provincia de Buenos Aires, en particular desde el conurbano bonaerense hacia localidades del interior de la provincia. Así, ante una serie de transformaciones deletéreas que decían percibir en la ciudad –y de cuya enumeración y caracterización nos ocuparemos en breve–, nuestros informantes e interlocutores procedían a explayarse a la menor excusa (o incluso sin ella) a lo largo de una serie de elaboradas explicaciones que atribuían la victoria electoral de Rodríguez Erneta en 2007 a estos factores exógenos, cuya racionalidad subyacente remitía a la ya señalada lógica electoral: una redistribución táctica a través del tablero de la provincia de Buenos Aires de poblaciones de votantes cautivos, con el fin de alterar los resultados de los comicios según la conveniencia de los gobernantes de turno y obtener una legión de intendentes afines al gobierno nacional y provincial, en particular en plazas recalcitrantes como Villa Gesell.[10] La realidad de estos procesos aparecía como un hecho autoevidente para nuestros informantes:

Sí (…) esto es algo que viene planteándose desde hace rato, especialmente tiene que ver con las elecciones: para las elecciones traen las personas acá, entonces tratás medianamente de transformar el padrón. Ahora, ninguno, jamás se ha visto a nadie con una cámara presente [que pregunte] ¿A vos te trajo fulano de tal?. Ninguno te lo va a reconocer, pero es vox populi… en efecto la vox populi te está diciendo que mucha gente es traída acá, por cuestiones políticas… por clientelismo político, en primer lugar” (Pedro, 56 años, docente de escuela media).


… yo no te puedo asegurar de donde vienen, pero vos ves cuando hay elecciones que viene gente y después hay asentamientos… (Adriana, 48 años, empleada de comercio).

A su vez, esta racionalidad estrictamente electoral aparecía en ocasiones complementada por una motivación adicional, que leía estos traslados como parte de un intento por aliviar la presión demográfica y edilicia en las ‘saturadas’ jurisdicciones del conurbano “donde ya no cabe un alma”, o con menor frecuencia, como parte de un potencial negocio inmobiliario que beneficiaría a las autoridades de la ciudad y sus amigos:

y en segundo lugar, como este gobierno supuestamente está en relación [vel. alineado] con el gobierno provincial, hay pago de favores: [les dicen] “esta gente la tenés que recibir allá (Pedro, 56 años, docente de escuela media).

lo último que ha hecho este buen hombre [el intendente], en conjunto con el gobierno de la provincia y (después me entero) en conjunto con el gobierno de la Ciudad, en conjunto con el gobierno nacional, es ir vaciando la [villa 1.]11.14 y la [villa] 31: están acá (…) Esta es una ciudad de 40.000 habitantes… bah, serán 45 ahora… ¡y siguen trayendo gente! ¡Siguen viniendo! ¡$150.000[11] paga la provincia, no sé… cada… [tanta gente]![12] (…) el tema parece ser, yo no tengo ningún dato fehaciente, que Macri[13] tiene un arreglo con nación para ir limpiando la [1.]11.14 y la 31 por razones de valor inmobiliario del terreno [y] por más que se peleen en lo público, en lo privado [arreglan], [porque pese a que son rivales en política] [el dinero no tiene ideología] (Bruno, 59 años, bancario jubilado).

Como puede verse a partir de este último testimonio, nuestros informantes se mostraban más que dispuestos a presentar datos numéricos en apoyo de sus imputaciones. Pero aun en los casos en que las reconstrucciones no reclamaran semejante precisión aritmética, no parecía caberles duda alguna de que el gobierno de la provincia (o en menor medida el de la Ciudad de Buenos Aires o el de determinados municipios sobrepoblados del Gran Buenos Aires) ofrecía recursos económicos a cambio de la cooperación, la connivencia o –en el mejor de los casos– la pasividad de las autoridades locales, recursos que serían volcados en una serie de maniobras con las que se buscaba obtener rédito electoral, en particular –siguiendo las ya mencionadas y habituales reconstrucciones nativas del ‘clientelismo político’ (Noel, 2006)– hacia “planes”, viviendas y servicios para estos ‘recién llegados’:[14]

y con este tema de que la presiden… [se corrige] el intendente está haciendo casas, por allá por los barrios, por 123 y 24 [atrás de Circunvalación]… y con el tema de las Intendencias, también, que trae[n] gente para que haya votos… (…) Porque es justamente gente que trajo el intendente, gente que trajo por los votos y que es justamente a las que les prometió por ejemplo las casas que están haciendo ahora, o que les da un trabajo… (Soledad, 22 años, estudiante).

[Los trae] la municipalidad, el gobierno. A cambio de plata… por ejemplo ahora [están asfaltando] la entrada, hacen la sala de conferencias, hacen la rotonda nueva: todo eso es plata que da la provincia para… fomentar el crecimiento… [es una cuestión de] ¿vos qué necesitás?, ¿yo qué necesito?, es una negociación. Vos sos el intendente de Gesell y yo soy el [gobernador] de la provincia. Te digo, ¿qué querés?, ¿hacer obras? Bueno, yo te doy tanta plata para hacer tus obras. Pero vos me tenés que hacer una gauchada a mí”. ¿Qué? Bueno, yo tengo unas villas que revientan de gente. Necesito mandarte… lugar para tanta gente”. ¡Listo! Y acá no se ve [esto]. Yo lo veo porque conozco gente que vive por ese lado, que labura por ese lado y que ve entrar los camiones cargados de gente, que entran de noche, a escondidas, camiones y camiones y camiones, y los meten ahí, y les dan los materiales y todo y construyen los rancheríos, incluso, en [algunas] partes, arriba de los médanos pelados… Ahí arriba arman el chaperío, ¡sin nada eh! Como indios (Adrián, 34 años, empleado de comercio).

Resulta interesante notar que estas reconstrucciones político-demográficas no se limitan a los relatos obtenidos en nuestras observaciones, conversaciones y entrevistas. Al cabo de un tiempo y en virtud de su insistencia y ubicuidad, comenzarán a adquirir una nueva notoriedad –y una nueva forma de legitimidad– al ser reproducidas en medios gráficos de circulación nacional, tal como lo muestra el siguiente ejemplo, que hemos seleccionado en virtud de su carácter emblemático:

Política | Sospechosa radicación de gente en Villa Gesell

Una extraña maniobra estaría teniendo lugar en Villa Gesell y muchos signan al propio intendente de la localidad, Jorge Rodríguez Erneta, como el ideólogo.

Una extra�a maniobra estar�a teniendo lugar en Villa Gesell y muchos signan al propio intendente de la localidad, Jorge Rodr�guez Erneta, como el ide�logo.

Según denuncian algunos vecinos de la localidad balnearia, se estaría radicando una importante cantidad de habitantes del conurbano bonaerense. Asimismo, señalaron que para facilitar su llegada a la tranquila localidad de la Costa Atlántica, desde el Municipio les darían enormes facilidades para obtener las tierras y servicios como luz eléctrica.

Las versiones indican que semejante dádiva por parte del intendente tendría un fin electoral: garantizarse un buen número de votos para ir por la reelección el año próximo.[15]

Ahora bien: ¿por qué razón una elección que en menos de un año había pasado de imprevista a inevitable era considerada de repente lo suficientemente inverosímil como para requerir de explicaciones de esta naturaleza y de esta escala? ¿Cuáles eran los indicios y síntomas que justificaban esta percepción de inverosimilitud? A los fines de responder estas preguntas deberemos detenernos con mayor detalle sobre las prácticas –y en particular sobre la retórica– de la propia gestión Erneta.

La refundación

Aun concediendo que su victoria se debiera a la desaprobación colectiva hacia la putativa inacción o la soberbia de su predecesor, el intendente Rodríguez Erneta aprovechará en los años sucesivos una coyuntura tan inédita como favorable para llevar adelante una política unánimemente percibida como novedosa en el contexto de la Villa. En efecto: a diferencia de lo ocurrido durante los doce años de la gestión Baldo, en los que la filiación del Ejecutivo local con un partido de oposición –a nivel nacional, provincial o ambos[16]– funcionaba a la vez como límite objetivo y como coartada pública y notoria ante la imposibilidad de asegurar recursos de una u otra procedencia para la comuna, Villa Gesell contaba a partir de 2007 con un intendente activa y visiblemente alineado con una y otra administración. Asimismo, en un contexto de políticas públicas a nivel federal con frecuencia calificadas –de forma más o menos feliz– como ‘neokeynesianas’, el Ejecutivo municipal comenzará a multiplicar una serie de anuncios que anticipan futuras obras de infraestructura, vivienda y mejoramiento urbano[17] como consecuencia de lo cual Villa Gesell, al igual que muchos otros municipios de la región en manos del oficialismo, comenzará a ver su paisaje urbano salpicado tanto con los carteles blancos y celestes de los proyectos financiados por el Estado nacional, como con sus homólogos naranjas y negros de los ejecutados con fondos provistos por el gobierno provincial.[18]

Resulta importante señalar a este respecto que los anuncios en cuestión implicaban iniciativas a realizarse en la mitad oeste de la ciudad, históricamente más postergada,[19] y no en las zonas turísticas que fueran el objeto habitual del desarrollo urbano de la ciudad durante las cinco o seis décadas precedentes. Al mismo tiempo, esta pública exhibición de liquidez municipal a partir de la novedosa afluencia de recursos provenientes de las arcas nacionales y provinciales sería complementada por un cambio en la política tributaria local. En virtud de contar con mayoría propia en el Concejo Deliberante, el intendente Rodríguez Erneta llevará adelante una reforma del código tributario que implicó una fuerte reducción de la carga impositiva para estos barrios periféricos situados al oeste de la ciudad (reducción que llegaba a la exención lisa y llana en buena parte de los casos) a la vez que recargó fuertemente las tasas sobre locales comerciales, hotelería y propiedades en la zona céntrica y norte de la ciudad –correspondientes en un porcentaje significativo a propietarios absentistas (Brunet, 2009).

Ahora bien: todas estas medidas serán presentadas por el intendente en discursos y gacetillas de prensa –en particular en los años iniciales de su gestión– como parte de un proyecto político de nuevo cuño al que se alude con el nombre de “refundación[20] (de la ciudad, se entiende). Aun cuando significativamente el contenido de este proyecto nunca haya sido explicitado de manera inequívoca en la retórica del Ejecutivo municipal –al punto que cuando preguntábamos a nuestros informantes por su significado, la diversidad de respuestas nos hacía pensar en ella como en una suerte de variedad local del Test de Rorschach–, sus fundamentos y objetivos pueden ser reconstruidos en la sucesión de intervenciones públicas del intendente Rodríguez Erneta durante los primeros años de su Gestión (cf. infra). Reducida a sus rasgos fundamentales y más característicos, la refundación de la ciudad implicaría reemplazar el proyecto fundacional de una villa balnearia de temporada, “manejada por comerciantes y hoteleros” y orientada en forma exclusiva al turismo y sus actividades subsidiarias para transformarla en una ciudad “para todos y todas” –si se nos permite el recurso a uno de los eslóganes más característicos de la retórica kirchnerista–, que trascendiendo la maldición secular de la estacionalidad pueda ofrecer servicios y oportunidades de manera equitativa a todos sus pobladores, en especial a los establecidos en los sectores más postergados de la trama urbana.

Como puede imaginarse, este proyecto de “refundación”, especialmente en el marco de la retórica militante y de barricada en el que fuera habitualmente presentado, implica a la vez una crítica, una ruptura y un desafío a una manera de concebir y gestionar la ciudad en las décadas anteriores. En efecto, como ya tendremos ocasión de mostrar, todas las administraciones municipales precedentes, sin importar su signo, concibieron sus planes de desarrollo como una cuestión ante todo de políticas turísticas y comerciales, y el crecimiento de la Villa estuvo, en consecuencia, volcado sobre esos dos ejes: la ampliación de la infraestructura turística y de sus servicios anexos y el crecimiento de la oferta comercial y de negocios a ellos vinculada. A su vez esto implicó que las formas habituales de adquirir y acumular tanto capital político como legitimidad aparecieran mediadas por una serie de alianzas con las “fuerzas vivas” de la ciudad, esto es, los principales comerciantes, emprendedores turísticos y operadores inmobiliarios, así como con las instituciones y las redes de afinidad que los reunían. Todos estos actores individuales y colectivos concebían a Villa Gesell primordialmente como un destino balneario de verano y al turismo como única fuente de prosperidad, crecimiento y desarrollo.

No obstante y de manera paradójica, el éxito sostenido de estas políticas que a lo largo del tiempo proyectaron a Villa Gesell e hicieron de ella –como ya hemos visto– el segundo destino turístico balneario a nivel nacional tuvieron como consecuencia no planificada ni deseada el crecimiento sostenido de la población permanente de la ciudad, en buena medida como resultado de un importante saldo migratorio dejado por el reflujo de cada temporada.[21] Estos migrantes que se establecían en la Villa con intensidad creciente correspondían en gran medida a una población originalmente flotante de trabajadores temporales que, atraídos por la masiva oferta estival de puestos de trabajo y luego de una experiencia laboral exitosa durante la temporada –al menos en términos de sus beneficios económicos–, buscaban prolongar su estadía en la ciudad para “probar suerte” durante el resto del año, en espera del verano siguiente.[22] Como veremos en lo sucesivo, la inmensa mayoría de estos migrantes se establecían en la franja oeste de la ciudad, y correspondían a ese nicho ocupacional que ha sido denominado “proletariado urbano de servicios” (Svampa, 2005) –mozos, bacheros, jardineros, electricistas, pintores, plomeros, servicio doméstico–, quienes descubrirán demasiado pronto la precaria e inestable realidad económica y laboral de los largos inviernos geselinos[23] –muy lejana de la exuberante prosperidad estival– así como las carencias estructurales y edilicias de estas zonas de la traza urbana de la ciudad.

Es precisamente en el marco de esta tensión ofrecida por el contraste entre la persistente (auto)imagen de Gesell como exitoso balneario de veraneo y un crecimiento demográfico sostenido que hizo de ella una ciudad media heterogénea y económicamente deprimida durante buena parte del año que la retórica de la “refundación” de la gestión Erneta buscará su punto arquimédico y las raíces de su legitimidad: si se admite que la clave turística, comercial e inmobiliaria en la que la ciudad fue pensada durante varias décadas tuvo como consecuencia un crecimiento irregular en el cual una porción significativa de la población vive en condiciones de precariedad estructural, habitacional, laboral y social, no puede menos que comprenderse la necesidad y la urgencia de compensar estas desigualdades en pos de una ciudad más “integrada”. Como veremos en breve, sin embargo, esta visión aparece teñida de sospecha para varios de los actores centrales de la escena local –tanto individuales como colectivos– para quienes representa un intento, desgraciadamente eficaz, de transformar lo que fuera una Gemeinschaft paradisíaca y armoniosa en una ciudad degradada, insegura y hostil, con bolsones de miseria generados y mantenidos artificialmente en la dependencia con fines clientelares y embarcada en una virtual lucha de clases azuzada por el Ejecutivo, en la cual este sería a la vez instigador y parte interesada.

A los efectos de nuestras inquietudes intelectuales, sin embargo, lo interesante es que aun tratándose de una disputa explícitamente presentada por ambas partes como política, una parte notoria de los diagnósticos y las impugnaciones dirigidas hacia este programa de gobierno no tomaban la forma de un argumento estrictamente político. Asumían por el contrario una forma fuertemente personalizada y sobre todo moralizada, que buscaba cuestionar sobre la base de ciertos atributos de Jorge Rodríguez Erneta, vinculados a su relación con la ciudad de Villa Gesell, y a una serie de disposiciones morales negativas que se seguirían de ellos, su legitimidad a la hora de representarla en el doble sentido del término: el metonímico y el político, al tiempo que proponían deducir de estos atributos, more geometrico, los motivos reales a la vez que inconfesables de sus políticas, objeto de impugnación y de sospecha. De esta manera, las objeciones y condenas más usuales no se dirigían tanto a medidas concretas de gobierno per se –aunque por supuesto las críticas de esta clase nunca dejaban de estar ausentes– y ni siquiera al proyecto general que las sustentaba y que acabamos de recapitular en forma estilizada en los párrafos precedentes. Apuntaban por el contrario a la persona del intendente, a ciertas disposiciones suyas y en particular a la intensidad de su relación afectiva y moral con la ciudad –o más bien a las insuficiencias de ellas– a través de una serie de recursos encarnados en un repertorio de tropos y retóricas recurrentes que procuraremos reconstruir a lo largo de la sección subsiguiente, a los efectos de poner de relieve las articulaciones que diversos actores realizaban entre autoctonía, moralidad y legitimidad política, en un proceso de transformación sociodemográfica sostenida y polarización política creciente.

La corrupción de la Villa

Como señaláramos en la sección precedente, los actores individuales y colectivos que dominaron la arena política geselina durante las décadas precedentes a la llegada de Jorge Rodríguez Erneta al sillón municipal leyeron su propuesta de “refundación” en clave de ruptura y de amenaza. ¿Cómo argumentaban los fundamentos de este rechazo? Ante todo mediante la constatación de que la mayor parte de sus iniciativas aparecían como antitéticas respecto de una serie de atributos de la localidad y de su “estilo” considerados por sus críticos una parte indisoluble de su “esencia”.

¿Cuáles eran estos rasgos centrales de la quidditas geselina contra los que la gestión habría arremetido? Ante todo, como sustrato general y verdad autoevidente, el ya mencionado carácter turístico de la localidad, y la centralidad tanto económica como identitaria de las actividades y emprendimientos relacionados con la temporada estival, carácter que aparecía putativamente negado, por ejemplo, por el relegamiento de las obras del frente costero –que ocuparan un lugar central durante la Gestión Baldo– en favor de una concentración (al menos en términos retóricos) de la obra pública y sus anuncios en la mitad oeste de la ciudad.

Ante el argumento de que este vuelco admitía lecturas alternativas y virtuosas –al fin y al cabo podría sostenerse, como lo hicieron de hecho en su momento varios de los voceros de la gestión, que se trataba de una reparación histórica luego de varias décadas de relegamiento–, los críticos del ernetismo agregan un hecho presentado en una clave fuertemente alegórica: terminada la temporada estival del año 2009 (esto es, la segunda bajo signo ernetista) y hecha pública la renuncia del secretario de Turismo por motivos personales, el intendente municipal anunció que en lugar de designar un reemplazante se encargaría personalmente de supervisar el área en cuestión. Ciertamente, este gesto podría interpretarse –y esta será de hecho la fundamentación lanzada ex post por aliados y afines al oficialismo– como un involucramiento directo del Ejecutivo municipal en esta área central para la gestión de la ciudad. Pero la que terminará por imponerse será una lectura alternativa y sedevacantista promovida por los voceros de la oposición según la cual la ausencia de un secretario de Turismo, tan inédita como escandalosa en una localidad de naturaleza indudablemente turística, expresaría el lugar entre marginal y nulo que la principal actividad comercial y económica de la ciudad –una parte significativa de la cual, no está de más señalar, se encuentra en manos de aliados o incluso actores centrales de las fuerzas políticas de oposición– tendría para el proyecto ernetista. Al mismo tiempo, se subrayaba, esta marginación involucraba dimensiones tanto identitarias como pragmáticas: a la vez que una negación tan necia como absurda de la razón de ser de la ciudad, un ataque directo y suicida a la principal (o incluso a la única) fuente probada de ingresos, de trabajo, de prosperidad y de desarrollo de la Villa.[24]

La segunda de estas características ‘esenciales’ de Villa Gesell a las cuales la administración le habría dado la espalda guarda en parte relación con la precedente, e involucra una solución de continuidad respecto de una concepción estética y paisajística encarnada en un estilo urbanístico y arquitectónico singular y propio de la ciudad,[25] y que habría sido agredida por una serie de obras de factura tan impersonal como desagradable.[26] Rodríguez Erneta y las iniciativas surgidas de su gestión traducirían, en esta clave, un cierto mal gusto plebeyo y contrario a la sensibilidad local, que se encarnaría de manera eminente en la estética basta y despersonalizada de sus emprendimientos arquitectónicos. Tal como lo caracterizara uno de nuestros informantes:

Cualquier geselino que tiene [la opción de] un techo de teja o uno de chapa, no tengas dudas que le va a gustar el techo de tejas, esto es así. Un galpón como el Centro de Convenciones no tiene nada que ver con la estructura… Hacelo con… un estilo te diría más madera, con tejas, ese tipo de cosas, con un estilo como el de la iglesia. Ese tipo de construcciones son tan frías Ahí quedaría como ejemplo [de] qué pensamos unos y qué pensamos otros (Manuel, 72 años, Funcionario Municipal Jubilado).

Acusaciones similares fueron pronunciadas ante la prensa por Rosemarie Gesell, hija del fundador de la ciudad:

Mi papá y la gente de Gesell han luchado por años para darle a la ciudad un estilo propio, que esta gestión (Erneta) está destruyendo”. Lo hizo al referirse a la estética de la nueva cuadra de Peatonal, 3 entre 105 y 107, inaugurada durante la fiesta de la Raza.[27] En declaraciones al programa radial “Noticias desde la Isla” que por FM La Isla conducen Jorge Goodbar y Amadeo Montenegro; y al ser consultada sobre el nuevo paseo, la hija del Fundador de la Ciudad señaló “ni hablemos de la porquería esa del paseo, es berreta, no se merece Villa Gesell eso.[28]

Los dos últimos rasgos de la identidad geselina que habrían sido avasallados por la actual gestión remitían a ciertas formas de sociabilidad: una más general, que tiene que ver con ciertas formas de armonía –la que habría sido reemplazada, como hemos ya adelantado, por una lucha de clases espoleada desde el Ejecutivo con fines electoralistas–, y una más específica que se refiere a ciertos modos de hacer política desde el consenso, aun entre opositores –y que habría sido sepultada por una suerte de guerra de trincheras entre adversarios mortalmente enfrentados. A veces se enfatiza más una u otra de estas dimensiones:

y el tipo este [Erneta] vino a imponer el criterio de “Estos son los comerciantes, oligarcas, este es el sector que se enriquece del resto del pueblo y el resto son pobres pibes”. Cuando en Gesell, la realidad es que el entramado social siempre se llevó muy bien, entre una clase y la otra, donde se juntaban… a mí me pasa que tengo un grupo que nos juntamos a jugar al truco hace 15 años, 15 personas donde hay desde el último empleado del banco… hasta el comisario de Gesell. Vamos todos juntos a comer asado, a tomar vino, jugar al truco y divertirnos. Y donde nadie hace ninguna división. Y eso ha sido tradicional en Gesell, donde las escuelas eran las escuelas para todos. Yo iba a la Escuela 1 y era la única escuela que había en Villa Gesell. Y después surgieron otras pero tenían la misma impronta, donde todos estábamos juntos en la misma [escuela]… Entonces no hubo esas divisiones tan claras y tan expuestas y tan complicadas de un lado y del otro. Este tipo vino a exacerbar eso (Enrique, 53 años, comerciante).

Erneta representó una ruptura… bah, varias. Por empezar desde la convivencia. Cuatro años fui concejal opositor con Taboada. Ocho años concejal oficialista con Baldo, y no sé si todos los años, pero casi todos los años, una o dos veces al año nos juntábamos a comer un asado con los concejales opositores. Íbamos al jardín de infantes a buscar a nuestros pibes, o a la escuela a buscar a nuestros pibes, o en los actos escolares o en el supermercado y había una relación de cordialidad. De los grandes amigos que hice en la política la mitad ha estado en el justicialismo. Que hoy son mis vecinos, [con quienes] somos re amigos, nos tenemos mucho afecto compartido. Pero este tipo trajo la discordia (Rodolfo, ex concejal por la UCR, 58 años).

Otras veces ambas características (y su negación) aparecen combinadas, tal como ocurriera en una entrevista radial realizada a Jorge Martínez Salas, concejal por la UCR, el último día del año 2012:

Hay que desactivar la lucha de clases en Gesell, [porque] somos todos vecinos, se va el 2012 (y) siento que nuestra sociedad geselina está cada vez más dividida y eso no conduce a nada bueno. Esta noche pidamos todos por un buen año y comprometamos nuestro esfuerzo para querernos y respetarnos más entre los geselinos. Debemos, entre todos, recuperar el buen clima social que siempre tuvo Villa Gesell, donde nadie es más ni menos que otro.

El fin de la Gemeinschaft

Todas estas evidencias –pero en particular las dos que mencionáramos en último término– aparecían reunidas con suma frecuencia en un repertorio narrativo que podemos denominar el fin de la Gemeinschaft, en el cual el proceso de crecimiento poblacional y transformación social experimentado por Villa Gesell en las últimas décadas –y sobre el que tendremos ocasión de extendernos en los capítulos II y III– es leído en clave de síntoma e insertado en el marco de un relato que da cuenta de una transición cualitativa, objeto de preocupación o de censura: la de la Gemeinschaft a la Gesellschaft (Tönnies, 1979).[29] Así, en el marco de este relato, a partir de la llegada del intendente Rodríguez Erneta y su proyecto la Villa habría pasado de ser una comunidad virtuosa de iguales, fundada sobre el conocimiento y la confianza mutuas –un “lugar donde nos conocíamos todos” y “donde cada uno sabía quién era quién” (cf. Oviedo, 2004)– a una ciudad opaca y crecientemente impersonal, donde “aparece gente nueva” en forma constante y “ya no hay forma de saber quién es quién”, tal como nos lo relatara una de nuestras informantes:

[Villa Gesell es] una ciudad muy tranquila, en lo que es… en gente [se corrige rápidamente] aunque ahora no está tan tranquila igual… los tiempos cambiaron… antes éramos nosotros, nos conocíamos más… los propios de acá… [los que vivieron toda la vida]… Ahora ves más gente que no sabés quien[es] son… (Soledad, 22 años, estudiante).

Los diagnósticos acerca de la putativa disolución de los vínculos cara a cara de la antigua Gemeinschaft comienzan, como puede verse claramente en la afirmación de Soledad, por una estimación cuantitativa que involucra en primer término el crecimiento desmedido de la población. La preocupación por la envergadura de este crecimiento aparecía refractada de manera muy característica en las sospechas recurrentes expresadas por nuestros informantes en torno del último Censo Nacional de Población, llevado a cabo en 2010. Este era objeto de un cuestionamiento permanente por parte de los geselinos en la medida en que se le atribuía un subregistro flagrante del total de la población local, distorsión cuyo alcance devenía objeto de una verdadera puja aritmética. Así, resultaba habitual que nuestros informantes –en modalidades que se extienden entre la coloquial y la conscientemente reflexiva– elevaran rutinariamente la cifra oficial que colocaba para esa fecha a la población del partido de Villa Gesell en 31.353 residentes permanentes a la más contundente y redonda de 35.000, a la más ambiciosa de 40 o 45.000 habitantes –como hemos visto hacer a Bruno en una cita precedente– o incluso a la inverosímil cota de los 50.000 habitantes.

Si en un momento [de los 90] éramos 14 mil y pico… no éramos más de 15 mi (…) veinte años después somos el doble, bah, más del doble. Eso del censo olvidate. Hay más (Guillermo, 61 años, periodista).

Lo del censo es mentira. ¿Cuántos dice que somos? Treinta y tres mil… Nah… somos cuarenta largos (Juan José, 32 años, abogado).

Tenés que pensar que aunque hoy [por 2010] seamos una comunidad de 50.000 habitantes, seguimos teniendo problemas muy parecidos que hace veinticinco años (Martha, 50, docente de nivel terciario).

Las razones involucradas en la proclamada distorsión de las cifras censales varían entre las coyunturales, las estructurales y las abiertamente conspirativas:

Tenemos un censo mentiroso: somos muchos más de los que dice que somos. [Para mí tiene que ver con que ese día] había muerto Kirchner,[30] ¡no podemos ser [solo] 35 mil! A pesar de que el padrón y todo lo demás… hay un número que no cierra (Roberto, 59 años, periodista).

El Censo está hecho como el orto, porque te dicen los punteros que el Oso[31] Erneta no quería tal o cual que los chabones, los encuestadores, vayan a tal o cual barrio (Lisandro, 27 años, abogado).

La preocupación de nuestros nativos no surge sin embargo –o al menos no principalmente– como consecuencia de este incremento cuantitativo, por más alta que coloquen la cifra ‘real’ de pobladores de la Villa. Al fin y al cabo, el crecimiento poblacional bien podría leerse en clave de éxito, como de hecho solían presentarlo las autoridades municipales de diverso signo político e incluso hasta no hace mucho varios de quienes hoy lo deploran con vehemencia en público o en privado. Más aún: la ciudad ha registrado desde sus orígenes y prácticamente a la vista de sus pobladores una afluencia migratoria que durante varias décadas multiplicó por varios órdenes de magnitud el crecimiento vegetativo, y que según veremos fue percibido como problemático solo en determinadas coyunturas específicas. Lo que resulta inquietante para nuestros informantes no era, por tanto, el mero incremento cuantitativo, sino el hecho de que este apareciera acompañado por una mutación de carácter cualitativo, de que “la gente” que se ha estado estableciendo recientemente en la ciudad pertenezca a “otra clase” de personas, no homologable a las previas oleadas de migrantes y pobladores con las que nuestros interlocutores gustan de identificarse:

desde que yo vine, en el 90 a esta época [ha cambiado] la gente. La gente. Porque vino mucha gente, de muchos lugares, inmigrantes, no solo los viejos que eran los italianos… Hay gente… mucha gente [distinta]… ¡mucha mezcla! (Sonia, 29 años, ama de casa).

Ahora bien: más allá de que las reconstrucciones nativas de esta dinámica demográfica sobrevaloren o no, en mucho o en poco los datos que disponemos acerca del volumen del crecimiento demográfico, las alteraciones más notorias que encontramos en el cuadro que nos presentaron nuestros informantes tienen que ver con su cronología. En efecto: buena parte de los geselinos con quienes conversáramos acerca de las putativas transformaciones sufridas por la ciudad circunscribían un proceso cuya reconstrucción sociológica, como hemos visto y como tendremos ocasión de ampliar, lo remonta a más de cuatro décadas en el pasado a un horizonte cronológico relativamente reciente, que lo acerca a meros cinco o seis años de distancia o, en el límite, al advenimiento de Rodríguez Erneta y su gestión.

Todo esto empezó hace tres o cuatro años, con [la llegada de] este intendente… con el anterior intendente era otra cosa; resulta evidente que fue el cambio de intendente (Atilio, 57 años, empresario hotelero).

Llegar, siempre llegó gente… esta ciudad se hizo así después de todo… pero… mirá: yo vivo acá hace un montón de años, casi toda mi vida y te puedo decir que la clase de gente que vos ves ahora no la veías antes de que el Oso [fuera] intendente (Enrique, 53 años, comerciante).

La ciudad de repente explotó… y explotó en un momento concreto: cuando llegó este tipo y de repente se llenó la ciudad de gente (Elizabeth, 34 años, contadora).

Tal compresión temporal le imprime a un proceso, ya de por sí acelerado, una apariencia vertiginosa que, a través de una asociación elusiva y nunca explicitada del todo (aunque sin duda fundada en cierta perplejidad ante la violación flagrante del principio de que natura non facit saltus), permite leerlo en clave de amenaza. Las principales consecuencias de esta aceleración perceptiva del proceso son dos: en primer lugar, permite –como tendremos ocasión de exponer en detalle sobre el final de nuestro recorrido– a aquellos actores cuya legitimidad puede pensarse como precaria argumentar una precedencia temporal que puede esgrimirse como garantía de autoctonía. En segundo lugar, permite reconstruir el proceso como una suerte de catástrofe repentina, expresada a través de la imagen de una ciudad que, hasta hace poco –muy poco– habría conseguido conservar una homogeneidad tranquilizadora y que se habría fragmentado y diversificado en un tiempo demasiado breve.

Al mismo tiempo, en la medida en que la velocidad del cambio se concibe como incompatible con los morosos ritmos habituales de las transformaciones sociohistóricas (y de ahí su carácter Unheimlich), hace su aparición una anomalía que requiere de explicación. A esta anomalía se le adjunta la percepción ya señalada de que “está llegando gente que no es como nosotros” o “que no debería estar acá” para apuntalar la constatación de que estaría teniendo lugar un proceso sin precedentes. Y así, a través de un lazo epistemológico implícito, que recoge la constatación de que los efectos extraordinarios requieren de explicaciones igualmente extraordinarias, nuestros informantes construyen esas etiologías que ya hemos visto, que combinan lo epidemiológico y lo conspirativo y que intentan explicar mediante combinaciones variables de push y pull, del maquiavelismo de los ‘barones’ de la política, por un lado, y de la docilidad y el oportunismo de los sectores populares metropolitanos por el otro, un quiebre visible en una comunidad otrora idílica que según las apretadas cronologías nativas del cambio demográfico nada permitía presagiar hasta hace muy poco.

La forastería del intendente y sus consecuencias

Ante estas evidencias irrefutables de una acción tan deliberada como hostil contra la ciudad, su esencia y su historia, puede comprenderse sin dificultad por qué la política de la gestión Erneta aparecería ya no solo como una amenaza, sino como una anomalía ominosa que irrumpiría brutalmente sobre un trasfondo de varias décadas de consenso político, armonía social y acuerdo identitario y moral. Es este carácter anómalo del ernetismo, de sus iniciativas políticas y de su Kulturkampf plebeya el que parecía desvelar constantemente no solo a los geselinos que explicaban su advenimiento en la ya mencionada clave maquiavelista, sino incluso a sus opositores más sofisticados, que procuraban una y otra vez articular explicaciones que volvieran legible la etiología de su continuidad (especialmente considerando la reelección del intendente en 2011, para la cual las explicaciones que sostuvieron en su momento la plausibilidad retrospectiva de su triunfo en 2007 ya no eran aplicables).[32]

La clave de arco de las explicaciones que a este respecto sus opositores presentaron con certeza apodíctica descansa sobre el hecho de que Jorge Rodríguez Erneta, a diferencia de sus predecesores en el Ejecutivo municipal, “no es de Gesell” sino que “viene de afuera”. Esta forastería es presentada en contraste explícito con la relación que los anteriores intendentes electos habrían tenido con la ciudad, ya que todos ellos contaban no solo con varias décadas de residencia sino con una notoria presencia pública que los hacía acreedores del tratamiento de “vecinos”. Héctor Allo, por ejemplo –intendente por la UCR entre 1983 y 1987– se estableció en la Villa a comienzos de la década del 70 y se desempeñó durante muchos años como directivo y docente del más antiguo colegio secundario de la ciudad. Su sucesor, José Luis Fernández Heredia –intendente por la UCR entre 1987 y 199 –llegó a Gesell a mediados de los 60 desde la que era entonces la cabecera municipal, General Madariaga (donde se había establecido en la década precedente) y desempeñó una notoria actividad tanto comercial como social (al frente del Club Español, una de las instituciones más antiguas y respetadas de la Villa). Roberto Taboada –intendente por el Peronismo Renovador entre 1991 y 1995– se estableció entre fines de los 60 y comienzos de los 70, en una exitosa carrera como escribano que se prolonga hasta hoy. Luis Baldo, por su parte –quien como hemos visto fuera intendente por la UCR durante tres períodos sucesivos entre 1991 y 2007– reside en la Villa desde su infancia (sus padres se mudaron a mediados de los 60), tanto él como el resto de su familia tuvieron varios emprendimientos comerciales notorios y su esposa es una de las primeras personas nacidas en la ciudad.

Lejos de estas impecables credenciales de autoctonía, Jorge Rodríguez Erneta, médico cirujano nacido en el partido de San Martín en el conurbano bonaerense, llegará a Villa Gesell recién en 1991, respondiendo a una convocatoria del entonces intendente Taboada para ocupar el cargo de director del hospital local. Asimismo, su residencia en la Villa ha estado desde entonces puntuada por notorias ausencias, incluyendo la suscitada por su designación como secretario de Salud del municipio de Maipú (Buenos Aires)[33] y la que respondiera a su elección como senador provincial entre 2005 y 2007, que lo llevó a la trasladarse a la capital provincial, la ciudad de La Plata. En la medida en que estos desplazamientos fueron suscitados por cargos obtenidos en el marco de su carrera política, sus opositores los presentaban como evidencia del carácter circunstancial de su relación con Gesell, idéntica a la que ha tenido con sus otros lugares de residencia, y que por tanto “está acá como podría estar en cualquier otro lado” que sirviera a sus fines de “hacer carrera”.[34]

A su vez, esta forastería era declamada una y otra vez como premisa menor de un silogismo cuya conclusión era que si el intendente Erneta no servía a los intereses genuinos ni al bien común de la sociedad geselina, es porque no los conocía, y porque en cualquier caso no le interesaban ya que –a diferencia de sus predecesores– no contaba con un vínculo afectivo o identitario con la ciudad que precediera a su carrera política local y que pudiera funcionar como potencial contrapeso a sus intereses personales y venales o a su ambición política. Al mismo tiempo, esta forastería predicaba por extensión de su base electoral: más allá de las circunstancias peculiares que hicieron posible su triunfo en 2007 y a las que ya hiciéramos referencia al comienzo del presente capítulo, si Erneta ha sido reelegido en 2011 y ha conservado apoyo político incluso ante la evidencia flagrante de una política contraria a la “esencia” de la ciudad y al “sentir” de los “geselinos auténticos”, es porque quienes lo siguen, lo apoyan y sobre todo lo votan son gente “de afuera” traída por él y que al igual que él se movilizan ya sea por un cálculo egoísta, cortoplacista y utilitario, ya por ignorancia de la singularidad de la ciudad a la que han migrado y, por tanto, de la agresión que está sufriendo por parte de la actual gestión. Dando por supuesto que un geselino auténtico comprometido con la Villa y consciente de su especificidad, su “espíritu” y su “historia” no puede votar a Rodríguez Erneta, la única forma en que el Ejecutivo municipal puede sostener políticas contrarias al sentir de los geselinos sin que los costos políticos susciten una estrepitosa derrota electoral involucra la llegada a la ciudad de “gente de afuera” como él, con una relación con Gesell tan accidental, contingente e interesada como la suya, y que sobre la base de un pacto fundado a medias en el egoísmo y a medias en la ignorancia, le permitan desviar a la Villa de una historia tan singular como privilegiada que hiciera de ella un lugar “mágico” y distinto a cualquier otro. A los ojos de sus opositores, la forastería del intendente y la de sus votantes se sostienen mutuamente, con los resultados conocidos: la experiencia de una ciudad sitiada por bárbaros de allende los limes, que usufructúan sus beneficios de manera depredatoria y sin haber hecho nada para merecerlos. La siguiente cita –sobre la que volveremos en el capítulo III– captura de manera particularmente gráfica esta imputación:

[se trata] de una nueva población en carácter circunstancial (…) golondrina, de paso o simplemente con una actitud de prueba o cierto desinterés por el lugar, que se acerca a él en términos depredativos [sic], es decir para ver qué se le puede sacar (Oviedo, 2008: 60, énfasis original).

Como acabamos de ver, y siguiendo una intuición adelantada por John y Jean Comaroff (2011), todo ocurre como si el eje autoctonía/forastería definiera un marco fundamental sobre el que se articula el juicio político local. Aun cuando tanto el intendente y su gestión puedan ser criticados con frecuencia a partir de la movilización de recursos más o menos típicos de los repertorios de la moralidad política ‘generalizada’ como la “deshonestidad”, la “incapacidad” o la “falta de idoneidad”, todos ellos resultan, en último término, objeto de una reductio que los deriva por vía deductiva de una ilegitimidad fundamental: la ausencia de compromiso, esto es, de un vínculo auténtico entre la persona de Rodríguez Erneta –o a fortiori de sus votantes traídos de fuera– y la ciudad que gobierna, que al vaciar esa relación de contenido afectivo y moral la reduce a un carácter meramente instrumental: su déficit de autoctonía priva a su práctica política de una garantía moral que la mantenga dentro de los límites exigidos por un compromiso genuino con la ciudad y su “esencia”.

Al mismo tiempo, la circulación cada vez más ubicua y exitosa de este repertorio entre sus adversarios tuvo como resultado su aparición en otros procesos análogos de impugnación, como lo muestra un comunicado de los Concejales de la UCR con fecha del 4 de julio del año 2009 en relación con la mencionada vacancia de la Secretaría de Turismo:

En la sesión ordinaria de este lunes, desde el radicalismo volveremos a reclamar la designación de un secretario de Turismo, cartera vacante y acéfala desde la renuncia del hotelero Portas. Esperamos que Erneta no se descuelgue con otro “importado” como lo hizo con la inexistente dirección de Turismo; ni tampoco con alguien que le da lo mismo hacer negocios aquí o en La Quiaca.

Necesitamos un secretario de Turismo de la Ciudad, que conozca y defienda a Gesell, y no alguien que use el cargo para hacer sus negocios particulares.

Ya no hay tiempo para más improvisaciones, necesitamos una voz fuerte que represente a los intereses del sector, que esté comprometido con nuestra identidad, Gesell no da más para experimentos, tampoco para andar con figuritas intercambiables, que no son de aquí ni son de allá. El nuevo secretario de Turismo de Gesell debe ser alguien que lleve a la práctica aquel enunciado de recrear la singularidad geselina como centro turístico articulado a la región.[35]

O en las críticas ya mencionadas de Rosemarie hacia la ‘agresión estética’ perpetrada contra el centro de la ciudad:

[Rosemarie] Gesell atribuyó estas acciones a la falta de pertenencia de quienes hoy gobiernan: “no son geselinos, hay que ser geselino para darse cuenta lo que Villa Gesell es, lo que quiso mi papá, lo que ha luchado por años con los habitantes de la ciudad para darle un cierto nivel, una categoría, un estilo propio que esta gestión está destruyendo”.[36]

Asimismo, a partir de la campaña electoral del año 2011 al cabo de la cual, como hemos visto, el intendente Rodríguez Erneta será reelegido, su forastería habría de adquirir un relieve adicional a raíz del hecho de que su principal adversario político, Jorge Martínez Salas –ganador en 2011 y 2013 de las PASO[37] por el principal frente de oposición y competidor en los últimos comicios por el cargo de intendente– es nieto del fundador de la ciudad, Carlos Idaho Gesell e hijo de la ya mencionada Rosemarie, su hija más conocida y visible en la escena pública. Precisamente la campaña electoral del año 2011 en la que Martínez Salas intentó disputarle el Ejecutivo local a Erneta representó un paso adicional en la movilización de la autoctonía como recurso de legitimación política, ya que tuvo como consigna principal de la oposición “Salas es Gesell”, eslogan que buscaba consagrar en una atribución bifronte la consolidación de este dispositivo. Salas es Gesell porque es un Gesell –nada menos que el nieto del fundador de la ciudad, un autóctono entre los autóctonos–, pero sobre todo Salas es Gesell porque en tanto geselino en grado eminente conoce como nadie los intereses de la comunidad y es, por tanto, capaz de representarlos y custodiarlos. La misma autoctonía que sirve, por vía negativa, para explicar e impugnar a la vez la distancia irreparable que Erneta tiene con la ciudad que gobierna, su relación instrumental con ella que le impide gobernarla comme il faut y a fortiori sus continuas agresiones a su “esencia” es presentada, por vía afirmativa, para postular una afinidad constitutiva entre Salas y Gesell de la que se sigue analíticamente su idoneidad como putativo intendente de esa ciudad que lleva inscripto su linaje en su toponimia: aquí su autoctonía indisputable es movilizada como garantía de que jamás supeditaría el bien de una ciudad con la que tiene vínculos afectivos y morales a sus propios intereses personales o políticos.

Ahora bien: todo indica que este déficit de autoctonía que fuera movilizado con creciente frecuencia para impugnar su legitimidad no habría pasado desapercibido para el propio intendente, en la medida en que este desplegó casi desde los inicios de su gestión una serie de recursos que aparecían como dirigidos a mitigar los potenciales efectos deletéreos de su forastería. Así, por un lado, las reseñas biográficas que acompañaban páginas web y notas de opinión fueron virando desde un énfasis en su formación profesional como cirujano y su vocación política de larga data hacia un foco en su relación de longue durée con la Villa que se retrotrae a los 70, y que a falta de la posibilidad de habilitar esa metonimia privilegiada configurada por la figura del residente, le reserva al menos la de turista fiel o la de sacrificado trabajador de temporada en diversos locales emblemáticos de la ciudad.[38] Aun así, esta identificación aspiracional con la Villa está condenada a quedarse corta, ya que por razones que se volverán evidentes en los capítulos sucesivos, incluso el más fiel de los turistas continúa separado por un abismo del menor de los residentes y difícilmente podrá reclamar algún tipo de identificación sustancial con la ciudad sobre una base tan endeble.

Así las cosas, Rodríguez Erneta procuró reforzar sus reclamos de afinidad identitaria por otra vía, sin duda menos sutil pero potencialmente más efectiva: la construcción de una suerte de alianza estratégica con Marta Soria Gesell, hija de Juana Gesell –la mayor de las hijas del fundador de la ciudad, fallecida en octubre de 2012– y prima hermana de su rival Jorge Martínez Salas. Unos meses antes de las elecciones, más precisamente en agosto de 2007, Marta Soria –quien se desempeñaba como directora del vivero municipal– había publicado su primer libro, Mi Abuelo… Carlos Gesell (Soria Gesell, 2007), escrito a cuatro manos con el periodista José Luis Korpic, el cual recibiera unánimes elogios y declaraciones de interés por parte de todo el arco político de la ciudad.[39] A lo largo del texto, Soria recupera algunos de los topoi más fatigados de la historia local y de la hagiografía de su fundador (y que serán objeto del capítulo II), desde un relato en primera persona que hace hincapié en su relación singular con su abuelo, que es presentado dispensándole un trato afectuoso que contrasta en escorzo con la relación más conflictiva que habría mantenido con sus hijos (Gesell, 1983). Asimismo, resulta sugestivo que uno de los puntos sobre los que tanto el texto como las fotos vuelven una y otra vez es el rol central que Marta habría desempeñado junto a su abuelo como “primera dama” en los principales eventos de la naciente ciudad.

Entonces: en este preciso momento en que la estrella de Marta Soria se encuentra en ascenso y en que merced a su obra acaba de ser ungida en forma unánime como la más reciente escoliasta del canon local que habremos de reconstruir en el capítulo siguiente, Rodríguez Erneta le ofrece una candidatura al cargo de primera concejal en la lista que habrá de llevarlo a la intendencia en 2007, oferta que esta acepta. Una vez electa[40] –y aun cuando a mediados de 2008 habrá de pedir licencia por razones de salud– su presencia pública y su visibilidad irán en aumento, aunque no estrictamente en su rol de funcionaria: Marta Soria ocupará un lugar cada vez más central al lado del intendente, en un papel en todo homólogo al que ocupara junto a su abuelo, como ubicua primera dama y embajadora de la familia Gesell en las filas del ernetismo. Así, habrá de figurar de manera prominente en lo sucesivo en todas las fotos de prensa de la intendencia y aparecerá como oradora obligada en las apariciones públicas de Rodríguez Erneta, o al menos aquellas que están de algún modo relacionadas con las efemérides, la historia o el patrimonio de la ciudad.

Al mismo tiempo y en el mismo movimiento, tanto la figura de “Don Carlos” como las de la epopeya fundacional comenzarán en lo sucesivo a ser activa y visiblemente incorporadas a la política cultural y patrimonial del municipio. La multiplicación de la participación y del apoyo discursivo del intendente a diversos homenajes organizados por diversos colectivos que representan a los principales actores de esa gesta dan testimonio de ello, al igual que los múltiples eventos conmemorativos y rituales que tuvieron lugar con motivo del 80º Aniversario de la Fundación de la Ciudad (celebrado el 14 de diciembre de 2011, apenas a cuatro días de la asunción del intendente en su segundo periodo consecutivo), en los cuales la presencia física de los “pioneros”, y la celebración de sus virtudes ocuparon un lugar central.[41] En esta misma sintonía, el proyecto ernetista de “refundación” de la ciudad –que como viéramos en la sección precedente fuera recibido con hostilidad por los opositores de la gestión, en la medida en que parecería sugerir que la fundación original de la ciudad habría tenido algo de fallido o de desencaminado– comenzará a ser reformulado en los discursos públicos del intendente en clave de continuidad y como una suerte de coronación, prolongación y expansión del empeño originario. A título de ejemplo, podemos citar un discurso del intendente con ocasión de una visita del gobernador de la provincia de Buenos Aires:

Villa Gesell está viviendo una etapa de su vida muy importante. A Marta Soria, nieta de don Carlos, le decía “tenemos que refundar Villa Gesell, tenemos que hacer la segunda fundación de la ciudad”. Este es el sentido que le damos a la obra pública, pensar la ciudad veinte o treinta años hacia adelante como pensó don Carlos la ciudad que dejó inconclusa y que nosotros tenemos la obligación de construirla hacia delante. Estamos trabajando en la segunda fundación de Villa Gesell.

Así como una intervención pública con ocasión del 119º aniversario del natalicio del fundador de la ciudad:

estamos celebrando el nacimiento de este hombre extraordinariamente visionario y hacedor, cuya vida y obra es conocida y admirada en todo el país y el mundo entero. Esta ciudad en la que hoy nos desarrollamos es fruto de su determinación, llevada adelante con esfuerzo, trabajo y solidaridad, con una clara visión estratégica, una inquebrantable voluntad de lucha frente a las condiciones más adversas y una admirable capacidad para la creación de condiciones óptimas para su desarrollo. Por eso sostengo que en nuestros días, debemos recoger ese legado y continuar en el camino del esfuerzo constante, de la visión de futuro, del trabajo responsable, y para ello necesitamos de la unidad de nuestra comunidad en pos de este objetivo común que nos permita recrear esas óptimas condiciones para nuestro desarrollo.[42]

O en oportunidad de la conmemoración del 159º aniversario del fallecimiento del padre de la patria, el general San Martín:

[Tenemos que] seguir adelante con el legado de San Martín, el de la integración y la solidaridad para construir entre todos la comunidad que queremos, a pesar de algunos incrédulos nosotros avanzamos hacia la refundación de la ciudad manteniendo los valores de Don Carlos.[43]

No obstante, más allá de estos recursos, dispositivos y posicionamientos discursivos, los intentos de Jorge Rodríguez Erneta por responder a las impugnaciones hacia su persona y hacia su gestión a través del trazado de continuidades con la figura, la visión, los proyectos y los valores de “Don Carlos” y los “pioneros” siguen estrellándose contra una objeción fundamental: que el intendente no actúa como se esperaría que lo hiciera un “auténtico geselino”. Aun cuando estos recursos que acabamos de mencionar le permitieran a Rodríguez Erneta zanjar la cuestión de su legitimidad de origen, subsistiría de todos modos un déficit en lo que hace a la legitimidad de ejercicio. Como hemos insinuado en la sección precedente, todo ocurre como si los opositores de la actual gestión la juzgaran sobre la base del dictum escolástico operatur sequitur esse, sobre la base del cual sus acciones no permitirían reconocer continuidad alguna con el fundador, su espíritu, sus valores o su filosofía. Más bien al contrario: haciendo un ejercicio inverso de exégesis, las acciones, las políticas y sobre todo el estilo del intendente deberían permitirnos leer entre líneas su auténtica e indisimulable naturaleza. Esta naturaleza se seguiría una vez más de su forastería, pero ya no de manera general y por via negationis sino bajo una modalidad precisa y una predicación afirmativa. Ya no se trata –o no tan solo– de que Erneta “venga de afuera”: el auténtico problema radica en que viene “del conurbano”.

La conurbanización de la Villa

A la hora de describir el proceso de deterioro que el advenimiento del ernetismo habría suscitado en todo lo referido a la sociabilidad, el estilo o la estética de la ciudad, el lexema “conurbanización” ocupa un lugar de destaque (Noel y de Abrantes, 2016). En efecto, hablar de una Villa “conurbanizada” se ha vuelto un recurso taquigráfico sumamente frecuente entre los geselinos a la hora de referirse a todo lo que de censurable tienen las transformaciones de la ciudad acaecidas bajo el signo del intendente Erneta y su gestión.

Como en parte hemos adelantado, esta “conurbanización” tiene dimensiones tanto literales como metafóricas. Metafóricas cuando se refieren a la transformación de una antigua Gemeinschaft virtuosa, segura, armoniosa, en contacto con la naturaleza, próspera y a escala humana en una ciudad desbordada y atravesada por el hacinamiento, la pobreza, el delito y la lucha de clases. Literales, porque como también hemos mostrado, la sustentabilidad política del intendente estaría montada para sus opositores sobre la base de una homología con sus votantes, que habrían llegado a la ciudad como consecuencia de un trasvasamiento demográfico y forzado de población marginal del conurbano en el marco de un putativo intercambio nacido de la necesidad de diversos actores gubernamentales –del nivel nacional, provincial o municipal, dependiendo de las versiones– de “aflojar la presión” en las hacinadas y peligrosas villas del Área Metropolitana de Buenos Aires, y que ofrecería a las ciudades bajo gobiernos afines generosos subsidios a cambio de “recibir” y “absorber” esta población “sobrante”. Así se explica que, como hemos ya adelantado, cuando les preguntábamos a nuestros informantes acerca de la putativa composición y procedencia de estos grupos de ‘recién llegados’, las imputaciones se mostraban prácticamente unánimes: se trataba de un “exceso demográfico” (Oviedo, 2006: 117), de “grupos de gente distinta”, “indeseables”, “gente que no debería haber venido” o “negros” –según el grado de autoconciencia o de corrección política del interlocutor en cuestión– procedentes del conurbano bonaerense.

… y, supuestamente todo el mundo dice que la zona de atrás se agrandó un montón… yo los últimos dos inviernos los pasé acá [en Buenos Aires] y a veces cuando hablo con mi papá o con conocidos siempre te dicen “Gesell está lleno de negros” [ríe] (Mariana, 20 años, estudiante).

Aún más, resultaba frecuente que nuestros interlocutores introdujeran especificaciones geográficas que hacían referencia a las áreas urbanas más recurrentemente estigmatizadas por los medios, como Fuerte Apache, la Villa Carlos Gardel, La Cava o la Villa 1.11.14 del Bajo Flores.[44] Así, varios de nuestros informantes aseguraban:

… lo último que ha hecho este buen hombre [el intendente] (…) es ir vaciando la [villa 1.]11.14 y la [villa] 31: están acá (Bruno, 59 años, bancario jubilado).

ahora, en los últimos años vino mucha gente de afuera que los traen de Fuerte Apache, de todas las villas del conurbano (Adrián, 34 años, empleado de comercio).

Asimismo, estos “negros del conurbano” que se habrían establecido recientemente en “la Villa” eran invariablemente descriptos como portadores de una marginalidad endémica leída ora en clave culturalista (y hasta cierto punto exculpatoria), ora, con mayor frecuencia, en clave moral y por tanto condenatoria (Noel, 2009). Más allá de las etiologías, tanto las caracterizaciones que nuestros informantes hacían de estos ‘nuevos migrantes’ como las que hemos recogido en las fuentes escritas coinciden en una serie de atributos, entre los cuales se destaca la “falta de cultura de trabajo”, casi siempre considerada la matriz y el origen de todos los restantes. Ya sea por no haber sido socializados en la práctica del trabajo asalariado –en las versiones culturalistas y compasivas–, ya por preferir “hacer la fácil” o “ser vagos” –en las moralizantes y condenatorias–, los nuevos pobladores están, en el mejor de los casos, “acostumbrados a vivir de la dádiva del Estado”, acogiéndose “a cierta gratuidad del vivir por políticas de mantenimiento estatal, planes trabajar, comedores escolares, etc.” (Oviedo, 2009), que los vuelve vulnerables a manejos electorales y clientelares y en el peor de los casos, directamente implicados en la comisión de actividades delictivas: más específicamente modalidades violentas, incluso letales, del delito callejero, otrora postuladas como inexistentes, o bien prácticas “importadas del conurbano”, como el “peaje”:[45]

esta es gente muy pesada… no son niños de pecho, y esa es la gente que está robando a mano armada (Bruno, 59 años, bancario jubilado).

Hoy en día hay mucha inseguridad en Villa Gesell, sobre todo comparada con años anteriores… Mucho delito callejero, mucho delito con armas… eso antes no se vivía… (Sonia, 29 años, ama de casa).

Cuando yo vine en el 2000 no había la cantidad de robos a mano armada que hay ahora… en temporada, sí, porque es obvio ¿no?, viene mucha gente, mucha plata, porque la plata viene para acá, porque la gente viene con plata, pero en invierno no había tantos robos… O sea: siempre hubo robos, que te violentaran una ventana y te sacan algo… pero robo a mano armada no había tanto… eso fue creciendo. Hoy en día hay muchas armas en la calle… (…) y ahora hay mucha violencia en los robos, antes, en un robo a mano armada, te robaban, te mostraban el arma, no te golpeaban… (Jonathan, 36 años, arquitecto).

[Ahora] hay más robos, más afanos… de hace 15 años a ahora cambió muchísimo. Acá hace quince años no había robos a mano armada, no existían. El robo clásico, el delito clásico contra la propiedad era el escruche [robo con escalo]: (…) pero nunca nadie que le robaran a él [directamente]… siempre “dejé la moto ahí y cuando vine no estaba”, “dejé la notebook ahí y cuando vine no estaba… ahora hay todos los días robos a mano armada, robos a comercios… nunca había robos a comercios [antes]… (Adrián, 34 años, empleado de comercio).

A la ya mencionada “falta de cultura de trabajo” se agregan con frecuencia otros atributos que –incluso en sus versiones más compasivas– expresan acusaciones de irresponsabilidad moral hacia los ‘recién llegados’ que los distancian de los ‘pobladores de bien’ y que marcan diferencias sustantivas entre ellos y los miembros de pleno derecho de la comunidad local:

… [la obligación de] no tener una familia numerosa, pensar si podrá mantenerla, tener un trabajo estable, y su liviandad cuando lo tiene, ser responsable de irse a otros lugares con una mano adelante y otra atrás y levantar en un lugar determinado un refugio de chapa y cartón formando nuevos asentamientos (Oviedo, 2009: 121).

Las enumeraciones de los aspectos más literales de esta conurbanización en clave de invasión migratoria enhebraban, a modo de evidencia, varios hechos visibles y notorios a los ojos de quienes los formulaban, en particular la multiplicación de planes sociales y subsidios en una ciudad que aunque económicamente deprimida durante buena parte del año no parecía haber requerido de ellos hasta entonces, los ya mencionados anuncios referidos a un putativo aumento de la obra pública en infraestructura acompañado de la proliferación retórica –enormemente publicitada a través de medios gráficos y radiales– de programas de vivienda y mejoras estructurales en las zonas periféricas de la ciudad (los “barrios”) y last but not least, una presencia sumamente visible de los sectores populares en el espacio público, que se materializaba en la proliferación de ciertas estéticas musicales y de indumentaria que nuestros informantes señalaban como típicas (o, incluso, exclusivas) del conurbano bonaerense. Así, cuando pregunté a uno de mis informantes, docente en la escuela media pública local, cómo y cuándo se había dado cuenta de la llegada de estos migrantes procedentes del conurbano, contestó sin dudar:

la primera pista fueron los pibes en [la escuela]… Vestían como los pibes del conurbano, ¡vestían como los piqueteros! Y dije: “¡Ah! ¡Llegó el conurbano!” Por ejemplo, tenía el hijo de una amiga que en ese momento tenía 12, 13 años y yo le digo “¿por qué te vestís así?” “Y bueno [responde] porque me gusta, porque así se visten los pibes de allá, del conurbano, esta es la moda, es la onda, es todo eso” (Pedro, 56 años, docente de escuela media).

Resulta evidente a la luz de esta caracterización que Pedro (al igual que muchos otros de nuestros informantes) leía lo que indudablemente no es más que una circulación de estilos y estéticas apropiados por jóvenes locales a partir de repertorios de amplia difusión en los medios masivos de comunicación y las redes sociales (Semán, 2013) como efecto de una circulación de personas que serían portadoras materiales de esos estilos, sustrayéndose a la posibilidad más verosímil de que los repertorios culturales circulen sin la mediación material de sus usuarios originales.

Como quiera que sea, el lexema “conurbanización” aparecía movilizado en forma ubicua por nuestros nativos como una expresión amenazadora que remitía a la vez al ya mencionado ‘exceso’ cuantitativo (Oviedo, 2006) y a un ‘deterioro’ cualitativo, que se expresaría en “prácticas o conductas propias del conurbano bonaerense como el clientelismo político, la delincuencia, la violencia, la prostitución (Oviedo, 2009: 115). Era sin duda esta última dimensión cualitativa la que ocupaba el lugar central en la preocupación de nuestros interlocutores y la que aparecía en forma más frecuente y vehemente en sus caracterizaciones de las transformaciones sufridas por la ciudad, así como en las discusiones de las redes sociales, los foros y los medios electrónicos locales. A modo de muestra, podemos citar la siguiente nota, aparecida en un periódico local de circulación electrónica:

Los vicios del conurbano –

ADQUISICIÓN GESELINA

Posteada en Inseguridad

Nota de tapa Nº 9, 28 de octubre de 2010

Sociedad

Semanario Médanos

Podríamos hablar del exponencial crecimiento de la inseguridad en la Villa. Podríamos recalcar el incremento de violencia en los delitos, o la multiplicación del uso de armas de toda índole. Podríamos hablar de la facilidad para conseguir “merca” de cualquier clase, o de la generalización del consumo de paco, que lleva implícita la existencia de “cocinas” de cocaína.

Podríamos limitarnos a responsabilizar a la gestión, que ha incumplido sistemáticamente sus promesas de campaña en materia de seguridad, que se ha olvidado de la anunciada Policía Comunal, que ha gastado inútilmente en camionetitas y cámaras ciegas y que gasta, no se sabe en qué, la tasa de seguridad.

Pero todo esto ocultaría, a pesar de su peso específico, el hecho más grave que nos está ocurriendo, que es la “conourbanización” de muestras costumbres. Ya nos resulta normal que nos asalten y hasta agradecemos que no nos maten.

Hace 15 días desapareció una niña de 12 años en plena Villa Gesell[46] y nadie reaccionó en forma acorde con la dimensión del hecho. Más aún existiendo el antecedente, hace pocos meses, del asesinato de una joven en el sur de la ciudad.

La municipalidad no hizo nada, ni siquiera pegó un mísero afiche con la cara de Agostina, ni siquiera pegó su foto en las camionetas y vehículos que todo el día dan vueltas por la Villa. Mucho menos pidió a los medios provinciales y nacionales que denunciaran el hecho para ver si alguien sabía algo. Hasta sus medios miraron para otro lado.

Pero la sociedad, nosotros, tampoco hicimos nada. No salimos a la calle ni armamos el escándalo que amerita un episodio de esta gravedad. Tomamos con normalidad la desaparición de una nena en pleno día.

¿Qué nos pasó? ¿Cuándo dejamos de ser geselinos y nos volvimos ciudadanos del conurbano? ¿Cuándo nos dejaron de importar nuestros vecinos? ¿Cuándo nos empezó a parecer normal convivir con la violencia, la muerte y la indiferencia?

Pensemos. Algo hicimos y algo estamos haciendo mal. No olvidemos que nuestros hijos también caminan por las calles de esta Villa.

Muchos de nuestros entrevistados, provenientes a su vez del conurbano bonaerense, lamentaban en tono irónico la futilidad de haber intentado “huir del conurbano” y sus amenazas, en la medida en que “el conurbano nos siguió acá y terminó por alcanzarnos”. En palabras de uno de nuestros informantes, residente en Gesell desde hacía diez años:

igual ahora las cosas cambiaron mucho (…) hoy por hoy ya no sabés qué lugar está peor y qué está mejor [si el conurbano o acá] (…) cuando nos mudamos, una de las razones fue [para] que los chicos pudieran andar tranquilos por la calle (…) hoy lamentablemente no es más así (Jorge, 51 años, cuentapropista).

La “conurbanización” de la ciudad, sin embargo, sigue siendo casi siempre predicada en clave emanatista y en un movimiento descendente. La cuestión fundamental parece ser aquí que el intendente Erneta –proveniente, como señaláramos, del partido de San Martín, en el primer cordón del Gran Buenos Aires– se comportaría en su manera de pensar y hacer política como se esperaría que lo hiciera un “intendente del conurbano”. De esta manera, su proceder es asimilado al de varios de los más conocidos “caciques” o “barones” que campearían a sus anchas en las tres coronas del conurbano bonaerense, amparados o incluso alentados, ora por un gobierno provincial que necesita sus apoyos territoriales para conservar y consolidar una hegemonía siempre en riesgo,[47] ora por un gobierno nacional que desde hace ya algunos años habría decidido “puentear” una relación inestable y sospechada con su contraparte provincial para “operar” directamente sobre los intendentes, aumentando la visibilidad y la capacidad de maniobra de los municipios por vía de un mayor acceso a recursos que los independiza relativamente de sus propias capacidades de recaudación tributaria.

Lo más importante del caso, sin embargo, es que en virtud de un deslizamiento semántico tan ubicuo como automático, “del conurbano” funciona en estas imputaciones como sinónimo de “peronista”. En efecto: aun cuando, como hemos visto, Rodríguez Erneta no sea de hecho el primer intendente geselino proveniente de las filas del justicialismo,[48] lo cierto es que a medida que transcurría su gestión, opositores y adversarios se referían a él con énfasis creciente como el primer intendente “peronista” de la ciudad, movilizando en este atributo, casi siempre de manera implícita, pero a veces sin disimulo alguno, toda la carga racial, moral y políticamente peyorativa que amplios sectores de las clases medias urbanas han depositado en esta etiqueta en la Argentina del último medio siglo (Grimson, 2019) y a las que tendremos ocasión de referirnos en breve. Ciertamente esto es cualquier cosa menos sorprendente, en la medida en que el advenimiento de Rodríguez Erneta a la intendencia coincide con una coyuntura a nivel nacional en la cual las identificaciones construidas sobre la base de ciertos recursos persistentes del repertorio peronista –en particular su carácter masivo, plebeyo y reivindicatorio, así como una encendida y en ocasiones sobreactuada retórica de barricada– se vuelven no solo disponibles sino eficaces en un contexto de creciente polarización política (Biglieri y Perelló, 2007; Lucca, 2012). Resulta innegable en este contexto que la gestión Erneta echó mano generosa de estos recursos para intentar acumular legitimidad política en una performance retórica cuyos destinatarios parecen localizarse no tanto ‘abajo’ o ‘adentro’ –esto es, en la escena política local, donde su eficacia se muestra cuando menos dudosa– sino sobre todo ‘arriba’ y ‘afuera’, es decir, en dirección hacia las administraciones provincial y nacional con las que la gestión cerrara filas, y de las cuales obtuviera tanto recursos económicos como apoyo político.

Sin embargo, estos repertorios de alcance nacional a los que la gestión municipal recurriera para construir esta legitimidad hacia arriba y hacia fuera podían ser movilizados con usos alternativos o incluso contrapuestos a los suyos. Así, si el intendente Erneta podía recurrir –de manera análoga a como lo hacía en forma continua el gobierno nacional con el que estaba explícitamente alineado– a la retórica de cierto peronismo para presentar su gestión de gobierno como una revolución social o una cruzada justiciera contra las oligarquías minoritarias que monopolizaron el poder político y económico de la Villa durante toda su historia, esa misma jugada habilitaba simultáneamente a sus opositores a utilizar recursos de una serie de repertorios asociados –movilizados también a escala nacional– para impugnar la legitimidad, la sinceridad o la pureza moral de ese empeño. En consecuencia, en el marco de esa polarización creciente de las posiciones en torno de la política del gobierno nacional que el periodismo consagrara con el nombre de “la grieta” –y mutatis mutandis de las correspondientes a su encarnación a nivel local representada por el ernetismo–, los sectores económica y socialmente dominantes de la ciudad, afines a las fuerzas de oposición, y que habían conseguido mantener su hegemonía política y social durante las décadas precedentes comenzaron a interpelar a la nueva gestión a través de una serie de recursos de impugnación del peronismo históricamente sedimentados, y que incluyen tanto referencias a lo que podríamos denominar ‘desviaciones antirrepublicanas’ –nepotismo, corrupción y negociados, personalismo y autoritarismo– como las que tendrían que ver con una putativa degradación y degeneración del proceso del sufragio –demagogia, manipulación de los sectores populares, clientelismo (Aboy, 2008; Grimson, 2012: 175 ss. y 2019). Son precisamente estas dos series convergentes las que se funden con frecuencia en los usos de aquellos de nuestros informantes que cerraban filas contra Erneta y su gestión, y que se soldaban en ese gentilicio permanentemente movilizado como acusación: la “política del conurbano”.

Héctor, concejal opositor, condensa estas acusaciones de modo sumamente elocuente, y merece ser citado in extenso:

¿Qué es lo que percibe la gente? Lo que la gente percibe que ha perdido la tranquilidad (…) La gente siente ahora que le han cambiado el pueblo por el que vino. La gente, todos, no solamente los pioneros… la gente que ha ido eligiendo… Ese es un sentimiento que hemos rescatado mucho de la gente que dice: “Yo me vine de Buenos Aires, por esto, por esto, por lo otro. Buscando un lugar tranquilo”. (…) la gente siente que está perdiendo [eso] y que este gobierno –bueno, no lo personalicemos, este estilo va a cambiar ese lugar donde optamos venir a vivir. Y lo va a transformar en un pueblo más del estilo conurbano (…) Además está el clientelismo, toda la gente que puso su voto, esas cosas que hoy en día se han instalado lamentablemente en este país, (…) en esta elección, lo hemos visto mucho en la interna esta, han hecho un despliegue… presenciamos el 14 de agosto la primer elección conurbanizada al cien por cien de la historia de Gesell (…) Movilización de vehículos (…) contrataron 200 remises [ie. autos de alquiler]. Ahí donde tienen el bunker ese, varias cuadras [alrededor]… todos los remises contratados por ellos… Punteros con plata afuera de todas las escuelas. Y ahí se hacían los números de la elección, compraban la elección. Paraban los autos ahí, charlaban, todos identificados con los gorritos. Vos veías que en un momento, les daban un cosito y arreglaban para que vuelva con el remís. Y casi a la vista de todo el mundo. Acá nunca existió [eso]. (…) un dispositivo como este, en Gesell no lo hemos visto nunca. Todos nos quedamos asombradísimos de la magnitud del dispositivo y el descaro (…) ¡Total descaro! Paraban los autos en las escuelas y hacían lo que se les cantaba. Tenían la cantidad de gente. Todos. Empleados municipales, presionados con su laburo… y lograron un dispositivo sorprendentemente [eficaz]. (…) Lo que me impresiona… Me escandaliza el descaro. Porque realmente es decir… ¿Viste esas cosas que te cuentan del conurbano, de esos lugares? Bueno, lo han puesto en vigencia acá. Y les salió muy bien. Deben estar chochos y lo van a perfeccionar para la elección (…) Me asusta el esquema… esa es la forma de pelear una elección con ese descaro. Es la forma de traer a los empleados municipales, de enfrentar a los comerciantes… Todo es un paquetito… que establece un estilo de gobierno (…) Realmente [Erneta] es un tipo que tiene una impronta de conurbano, de un tipo patotero (…) con todo el resto, con todo el arco político (…) teníamos diálogo entre nosotros, un consenso (…) pero Erneta vino a romper ese estilo. Es un estilo super confrontativo, super confrontativo. En el Concejo Deliberante es de terror. Ellos tienen la mayoría. Un tipo que es intendente y jamás va a convocar a la oposición, ni siquiera un concejal. Nada. Es él y el resto no existe (Héctor, 51 años, ex concejal por la UCR).

Así las cosas, mal nos puede extrañar que en el marco de estos procesos y atribuciones, esta “conurbanización” que ya habíamos visto predicada en una forma literal en la demografía de la ciudad, haya terminado por ser proyectada en forma retrospectiva: he ahí la razón –o al menos una de las razones principales– por las cuales si en 2007, como hemos visto, nadie dudaba de que la victoria de Erneta era un resultado plausible aunque imprevisto de una mezcla de agotamiento y hartazgo frente a la prolongada gestión Baldo, cuatro años más tarde se había vuelto evidente que esta victoria no hubiese sido posible sin una operación político-demográfica de gran envergadura: el traslado masivo a Villa Gesell de residentes del conurbano bonaerense. Cuando agregamos a este cuadro el hecho también mencionado de que los barrios más postergados del oeste de la ciudad y sus habitantes eran fuertemente visibilizados al ser colocados en el centro de la escena, el discurso y la retórica política de la nueva gestión, se comprenderá hasta qué punto el camino se encontraba abierto para una explicación en clave conspirativa, que de manera tan elegante como económica permitía dar cuenta a la vez de las causas de la emergencia inexplicable de “esta gente que ayer no estaba” –si están y son tantos es “porque los trajeron”– como de sus propósitos –“los trajeron para volcar el padrón local y hacerse con la intendencia”– y sus mecanismos de radicación y sometimiento –los trajeron con la promesa de “darles cosas”, y “mientras les sigan dando cosas, seguirán viniendo, y votando a Erneta”.

Así las cosas, en el marco de la movilización creciente de estos repertorios consolidados del peronismo y del antiperonismo (y sobre todo, a medida que se acercaba el proceso electoral de 2011 en el que como hemos visto Rodríguez Erneta buscaría y conseguiría su reelección al frente del municipio), esta confrontación comenzó a derivar, siguiendo líneas análogas a lo ocurrido a nivel nacional, hacia una auténtica y exacerbada polarización –una vez más, “la grieta”– que la gestión en el gobierno habría de presentar como síntoma y resultado de la resistencia de los privilegiados ante un acto de reparación histórica y las fuerzas de oposición como esa falaz y disruptiva lucha de clases a la que hemos hecho referencia. Como ya tendremos ocasión de ampliar, esta oposición se expresará cada vez más en términos de dos ‘proyectos’, que serán objeto de identificación contrastante a la vez que de impugnación cruzada. Así, por un lado, los campeones y voceros de la gestión Erneta –entre los cuales, por supuesto, el propio intendente ocupaba el lugar de preeminencia– decían representar los intereses de una ciudad de más de 30.000 habitantes para los cuales la estacionalidad estival ya no era –si es que alguna vez lo fue– un escenario económica, laboral y socialmente viable, lo cual implicaba compensar varias décadas de postergación de la mitad oeste de la ciudad y sus habitantes. En este esquema, y en una retórica de barricada que recogía los ecos distantes del “combatiendo al Capital”, la insistencia en la continuidad con la ciudad balnearia de otrora era vista como un proyecto parasitario y explotador, a manos de los “fenicios” de la ciudad: comerciantes históricos en una posición monopólica u oligopólica a los que se suman una serie de explotadores y especuladores tanto locales como foráneos que solo ven en Gesell su oportunidad individualista de hacer negocio dos o tres meses al año con los menores costos y los mayores beneficios posibles.[49] Al otro lado, los opositores de la administración en cuestión denunciaban que la política conurbanizante y conurbanizada del intendente Erneta representaba una renuncia y un desprecio a esa “esencia” de la Villa a la que también hiciéramos referencia, sobre la base de un mezquino electoralismo cortoplacista que buscaba el propio y venal beneficio y la perpetuación indefinida en el poder con fines de rédito personal sin importar los costos para la ciudad y sus pobladores de mayor arraigo.

Al mismo tiempo, aun cuando las impugnaciones a la legitimidad del intendente y su gestión, deudoras de lo que podríamos llamar su ‘forastería generalizada’ y de las taras morales a ella ligadas, nunca desaparecerán del todo, lo cierto es que esta creciente polarización de la escena política local –que parece replicar en menor escala la que atravesaba buena parte de su contraparte a nivel nacional– las colocaba en un segundo plano. Incluso cuando el déficit de autoctonía de Erneta siguiera siendo el fons et origo de su ilegitimidad y de las agresiones que la ciudad habría sufrido de su parte, la explicación plena de una y de otra no se satisfacía con la constatación negativa de otrora –esto es, que el intendente “no sea de acá”–, sino con la especificación completa y desplegada de su quidditas política –“es del conurbano”. Indudablemente sus críticos siguieron hablando el lenguaje de la autoctonía y de la forastería, pero esta vez bajo una modalidad específica que permitía no solo explicar sino predecir retrospectivamente la decadencia de una ciudad que, otrora un paraíso de tranquilidad, armonía y belleza, se habría transformado en una extensión extramuros de las barriadas más sórdidas del conurbano “peronista”.


Hasta aquí hemos procurado presentar de la manera más sistemática posible algunos de los rasgos fundamentales del escenario político y social con el que nos encontramos en el momento de nuestro desembarco etnográfico en la ciudad a fines del año 2008, y a partir de cuya constatación y reconstrucción fuimos enhebrando las preguntas que habrían de orientar nuestra investigación en los años sucesivos. ¿Cómo debemos leer esta escena? ¿Dónde debe buscarse el fundamento de las pretensiones de legitimidad de los distintos actores y sus posiciones, o al menos el de su verosimilitud? ¿Cuáles son los contornos fundamentales de la génesis histórica de los principales recursos que movilizan a esos fines? ¿Cómo es que se fueron transformando a lo largo del tiempo, en la medida en que la configuración de la ciudad iba mudando a su vez? ¿Cuáles son las relaciones entre la emergencia y movilización de esos recursos y las transformaciones en las posiciones de los actores cuyas mutuas relaciones configuran la morfología de la ciudad (Halbwachs, 2008; Urteaga, 2011)? Finalmente, ¿cómo es que se combinan con recursos adicionales y se articulan en el relato reconstruido a lo largo del presente capítulo? ¿Cuál es la naturaleza específica de esta modalidad de articulación?

A los fines de comenzar a responder estas preguntas resulta indispensable acometer la reconstrucción detallada del proceso de sociogénesis de los principales recursos y repertorios que hemos visto circular en el presente capítulo. Esto implica a su vez producir una caracterización sociológica de las formas en que la ciudad y su morfología fueron modificándose a lo largo del tiempo, prestando una atención particular a las modalidades en que determinados recursos morales fueron siendo puestos en circulación, apropiados y movilizados con diversos propósitos y en coyunturas específicas, en particular cuando estas coyunturas aparecieron como momentos críticos a los ojos de los principales emprendedores morales de la ciudad. De esa tarea nos ocuparemos en los capítulos siguientes.


  1. La Unión Cívica Radical (UCR), fundada en 1891, es hoy el partido político más antiguo de la Argentina, y ha ocupado durante la segunda mitad del siglo XX con su tradicional rival –el Partido Justicialista (PJ)– uno de los dos polos de un sistema electoral a todos los efectos bipartidista. A nivel nacional, el radicalismo resultó victorioso en las primeras elecciones posteriores a la dictadura militar, en el año 1983 –infligiéndole al peronismo la primera derrota electoral de su historia en elecciones presidenciales– y volvería a triunfar en las elecciones de 1999, en el marco de una coalición con otras fuerzas políticas habitualmente denominada “la Alianza”. El peronismo, por su parte, triunfó en 1989, en las segundas elecciones de la era democrática y –luego de una reforma constitucional que habilitó la reelección consecutiva a la vez que redujo el período presidencial de seis a cuatro años– nuevamente en 1995, 2003, 2007 y 2011.
  2. El Frente para la Victoria es el nombre con el cual se presentó a elecciones la fracción del Partido Justicialista que habría de darle la Presidencia de la Nación a Néstor Kirchner en el año 2003 y a su esposa Cristina Fernández en 2007 y 2011. A partir de la victoria de Kirchner, el Frente para la Victoria cobijó a aquellos políticos peronistas explícitamente alineados con el oficialismo, al que habitualmente se designaba como “kirchnerismo” o “peronismo K” (Lucca, 2012).
  3. Aun cuando los intendentes municipales entre 1983 y 2007 –con una excepción entre 1991 y 1995 sobre la que oportunamente volveremos– surgieron de las filas de diversas facciones de la UCR, esta imagen sumamente extendida de Villa Gesell como ‘bastión radical’ debe ser relativizada a la luz de los resultados de las sucesivas elecciones, en las cuales las victorias fueron obtenidas casi siempre con un margen relativamente estrecho (Cemborain, 2013).
  4. Qv. Diario Página/12, “Contra viento y marea, Villa Gesell quiere los balnearios de madera”, 3 de octubre de 2007. Disponible en <https://bit.ly/2qw9bPv> [consultado el 30 de octubre de 2019].
  5. A los fines de ponderar los resultados, debe tenerse en cuenta que la elección local expresó una polarización más acentuada que la que se verificó a nivel nacional y provincial. Así, el 29,5% de Baldo superó el 17,68% recogido por su partido a nivel nacional. El 61% de Erneta, por su parte, supera con creces el 48,12% obtenido por el FpV a nivel nacional, pero la diferencia no es tan holgada respecto de la obtenida por sus candidatos provinciales (57,2%). Los datos pueden consultarse en <https://bit.ly/32lij78> [consultado el 30 de octubre de 2019].
  6. Las razones de esta recesión y sus principales consecuencias serán expuestas en detalle en el capítulo III.
  7. Nos referimos a la denominada “crisis de 2001”, que hace referencia en la Argentina a una serie de eventos que configuraron la mayor crisis institucional, política, social y económica de las últimas décadas, y que representó la eclosión de las consecuencias deletéreas de una década de políticas neoliberales (qv. Pereyra, Vommaro y Pérez, 2013). Tendremos ocasión de referirnos a ella en detalle en los capítulos III y IV.
  8. En esta, y en todas las citas sucesivas, las expresiones entre corchetes son interpolaciones o glosas de nuestra autoría que tienen como objetivo principal volver inteligibles expresiones truncas o sistematizar afirmaciones demasiado extensas e irrelevantes.
  9. Aun cuando en un sentido meramente descriptivo ‘Conurbano’ remite a los municipios del AMBA situados en la provincia de Buenos Aires (cf. Nota 17, supra), sus resonancias morales, como veremos en lo sucesivo, desbordan ampliamente esta denotación (véase también Segura, 2015).
  10. Apenas hace falta señalar que esta caracterización de los desplazamientos con fines supuestamente electorales omitía la dificultad para obtener modificaciones de los padrones electorales en un plazo lo suficientemente expeditivo como para que los cambios de residencia se registraran en la subsiguiente elección: en épocas de una informatización aún precaria o inexistente, la modificación de una entrada en el padrón electoral de la provincia de Buenos Aires podía por entonces demorarse por varios años, atravesando dos, tres o incluso más llamados electorales.
  11. Los montos monetarios a lo largo del presente texto están expresados en pesos argentinos ($). La equivalencia entre el peso argentino y el dólar norteamericano osciló entre aproximadamente unos $3,50 por cada dólar entre el comienzo de nuestro trabajo de campo y enero de 2014 y unos $8,5/$13 por cada dólar (según se trate del mercado formal o el informal) a lo largo del año 2014.
  12. Otros entre nuestros informantes hablaban de montos “por cabeza”, cuya variabilidad oscilaba, según los distintos responsables de los cálculos, entre $300 y $8.000 por poblador desplazado, y que el gobierno de la provincia pagaría al municipio local a modo de contraprestación por “recibirlos”.
  13. Mauricio Macri, presidente de la nación entre 2015 y 2019, era al momento de la entrevista el jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y uno de los más notorios opositores al partido gobernante.
  14. Apenas hace falta señalar (y volveremos oportunamente sobre este punto en el capítulo V) que esta asignación de recursos en favor de los ‘recién llegados’ es denunciada como una flagrante injusticia por parte de aquellos que residen en “la Villa” desde hace varios años, en virtud de que, como dijera uno de nuestros informantes: “a mí cuando vine no me dieron nada, y me tuve que romper el lomo para tener lo que tengo, mientras que ellos lo tienen todo de arriba”.
  15. Véase: <https://bit.ly/33p14mq>. Actualmente el link no se encuentra disponible.
  16. Diez de los doce años de gestión de Baldo (entre 1995-1999 y entre 2002-2007) tuvieron lugar bajo gobiernos justicialistas tanto en el nivel nacional como en el provincial. Aunque los dos años de gobierno de la Alianza (1999-2001) encontraron a Baldo alineado con el gobierno nacional, la parálisis económica y la crisis posterior (cf. supra) le impidieron capitalizar la convergencia, máxime cuando su interlocutor principal y directo, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, seguía estando en manos del Partido Justicialista.
  17. Cabe destacar que más allá del entusiasmo retórico del intendente y sus funcionarios, muchas de las obras anunciadas quedarán inconclusas o se ejecutarán de manera mucho más modesta que lo presagiado a partir de los anuncios originales, en el marco de una serie de maniobras que muchos de nuestros informantes señalaran como fraudulentas y que habrían implicado empresas “fantasma”, quiebras fraudulentas y prebendas. Como resultado, muchas de ellas serán objeto de denuncias y disputas judiciales que conocerán amplia difusión periodística, incluso a nivel nacional (un ejemplo particular e ilustrativo de este tipo de procesos fue publicado en el semanario La Tecla, a cuyas imputaciones el propio Rodríguez Erneta publicó a modo de respuesta una solicitada en los periódicos locales Data Gesell y El Fundador).
  18. Según señala Brunet (2009: 7-8), con la llegada de la administración justicialista al palacio municipal en 2007, “inmediatamente el Estado [provincial] licita 230 millones [de pesos] en generación y distribución eléctrica, concesiona rutas por 300 millones [de pesos] anuales, con BAGSA y ABSA lanza un plan de gas, agua corriente y cloacas a fondo perdido y la nación financia obras por 400 millones de pesos”.
  19. Esta zona comprende una franja situada en promedio entre diez y veinticinco cuadras desde el frente costero, y cuya frontera respecto de las secciones más prósperas de la ciudad está marcada por una avenida denominada ‘Boulevard Silvio Gesell’. Nos detendremos sobre ella y sobre las razones de esta postergación en el capítulo III.
  20. Como veremos en breve, esta noción de “refundación” –actualización local de esa persistente tendencia a ‘comenzar desde cero’ de la cultura política argentina (Grimson, 2007)– será fuertemente resistida casi desde sus comienzos por buena parte de los pobladores más antiguos (Brunet, 2009), sobre la base de que parecería implicar que hubo algo de fallido, errado o trunco en la fundación original de la ciudad. En la medida en que, como veremos en el capítulo II, esta ‘fundación’ original ha adquirido ribetes canónicos e incluso mitológicos, el concepto de “refundación” no alcanzará la eficacia retórica que sus acuñadores avizoraron, y será paulatinamente minimizado por el discurso de la gestión, al punto de su súbita desaparición en el transcurso de los años subsiguientes.
  21. La evidencia indica que el peso relativo de este saldo migratorio en el crecimiento demográfico de la ciudad ha ido disminuyendo en las últimas décadas. Actualmente, la tasa de crecimiento vegetativo, unos 500 nacimientos anuales según los datos recogidos por el último censo, representa dos tercios del crecimiento poblacional intercensal de la ciudad.
  22. Tendremos ocasión de analizar este proceso con más detalle en el capítulo III.
  23. Al igual que los Nuer inmortalizados por Evans-Pritchard (1992: 114-115), los geselinos dividen el año en dos estaciones denominadas “la temporada” y “el invierno” y separadas por dos períodos más o menos liminales sin límites definidos. Así, en su formulación actual “la temporada” se extiende aproximadamente entre mediados de diciembre y mediados de febrero, y “el invierno” entre el domingo de Pascua y el fin de semana extendido del 12 de octubre (feriado móvil en la República Argentina). Los periodos intermedios no tienen un nombre específico, y pueden adosarse a la “temporada” –sobre todo el comprendido entre octubre y diciembre o al “invierno”–, en particular el que va desde mediados de febrero a Semana Santa.
  24. La Secretaría de hecho permanecería vacante hasta la renovación del mandato de Erneta en las elecciones de 2011, en cuya ocasión el entonces director de Turismo, Walter Fonte, será promovido a secretario.
  25. Varios de los principales rasgos de este canon estético y arquitectónico pueden encontrarse en Castellani (1997), Magst y Roncoroni (1998) y Bevacqua (2002). Una caracterización más sistemática aparece en Do Eyo y Faggi (2007) y Dosso y Muñoz (2011).
  26. Para un análisis de las maneras en que la estética funciona como mecanismo políticamente correcto de reprobación moral, véase Low (2009).
  27. La fiesta mencionada corresponde a la anteriormente denominada “Fiesta de la Raza” y “Semana de la Raza en el Mar”, recientemente rebautizada como “Semana de la Diversidad Cultural”. Tiene lugar a lo largo del ya mencionado fin de semana extendido del 12 de octubre, y además de ser la principal fiesta de la ciudad, constituye una suerte de prolegómeno de la temporada estival (cf. supra).
  28. Qv. diario Sí Gesell, “Rosemarie Gesell: ‘Erneta está destruyendo el estilo de la Ciudad’, 14 de octubre de 2009. Disponible en <https://bit.ly/2Nk0hh4> [consultado el 30 de octubre de 2019].
  29. A los efectos de nuestro argumento, el concepto de Gemeinschaft será utilizado en forma exclusiva a título de glosa de un repertorio nativo que da cuenta de la existencia de una putativa comunidad pasada y su ulterior deterioro. Los interesados en recuperar el concepto en su dimensión específicamente analítica pueden consultar los esclarecedores textos de Brint (2001), Delgado (2005) y De Marinis (2013).
  30. La referencia de Roberto alude a la muerte repentina del ex presidente Néstor Kirchner, ocurrida en el transcurso del operativo censal.
  31. Oso” es un apodo notorio con el que fuera conocido el intendente Erneta; era utilizado con frecuencia a título coloquial (y no necesariamente peyorativo) por numerosos geselinos.
  32. Rodríguez Erneta conseguirá en 2011 su reelección con el 53,69% de los votos (contra el candidato de UDESO, Jorge Martínez Salas, que logró el 41,32%). Aunque ligeramente inferiores, los resultados del ernetismo a nivel local siguen de cerca los de su partido (FpV) a nivel nacional (54,11%) y provincial (56,15%).
  33. El desempeño de Erneta en este municipio ha quedado inmortalizado en una serie de graffiti que se multiplicaron por la ciudad en vísperas de la campaña electoral de 2011 y que rezan “Erneta, volvete a Maipú”.
  34. En este sentido, resultaba frecuente que en vísperas de las sucesivas campañas electorales a nivel nacional, así como en determinadas coyunturas críticas a nivel local, comenzaran a correr rumores (multiplicados, como es de rigor, por las redes sociales) de que el gobierno nacional le habría ofrecido a Rodríguez Erneta algún cargo electoral, diplomático o administrativo a nivel nacional o provincial y que su renuncia y su alejamiento definitivo de Gesell sería inminente. La confirmación apodíctica de esta imputación a los ojos de sus opositores tendrá lugar el 31 de marzo de 2014 cuando Jorge Rodríguez Erneta renunciara a su cargo como intendente –ante la negativa del Concejo Deliberante local de concederle una licencia– para ocupar el cargo de secretario de Interior de la provincia de Buenos Aires, y como mano derecha de Florencio Randazzo, ministro del Interior y Transporte de la nación desde 2007 y por entonces uno de los precandidatos por el Frente para la Victoria a las elecciones presidenciales de 2015.
  35. Los énfasis son nuestros.
  36. Qv. diario Sí Gesell, “Rosmarie Gesell: “Erneta está destruyendo el estilo de la Ciudad”, 14 de octubre de 2009. Disponible en <https://bit.ly/34ClxVi> [consultado el 30 de octubre de 2019], énfasis nuestros.
  37. Las PASO, elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias fueron creadas en la Argentina en el año 2009, tras la aprobación de la Ley Electoral n° 26.571. En ellas cada agrupación política presenta sus candidatos, pudiendo tener una o más líneas internas, y la ciudadanía elige entre los candidatos de las agrupaciones alternativas de uno de los partidos, escogido a voluntad.
  38. Qv. diario Página/12, “Internas y vacaciones”, 31 de enero de 2008. Disponible en <https://bit.ly/2JVMNpA> [consultado el 30 de octubre de 2019].
  39. Véase, por ejemplo, la reseña publicada en <https://bit.ly/32nFRIq> [consultado el 30 de octubre de 2019].
  40. Uno de nuestros informantes, periodista y escritor local, lee la puja política, partidaria y electoral de los últimos años como una disputa interna entre facciones de la familia Gesell –representadas por las alianzas entre Jorge Rodríguez Erneta-Marta Soria, Luis Baldo-Rosemarie Gesell y José Luis Fernández-Jorge Martínez Salas–, que expresaría el férreo control que la familia del fundador sigue teniendo sobre la ciudad y su vida política.
  41. Estos aparecen cubiertos exhaustivamente en la edición de El Fundador del viernes 16 de diciembre de 2011 y en la de Realidad Geselina del jueves 22 de diciembre de 2011.
  42. Véase <https://bit.ly/2PR9nni> [consultado el 30 de octubre de 2019].
  43. Véase <https://bit.ly/32lcC95> [consultado el 30 de octubre de 2019].
  44. Aun cuando veremos que resulta sumamente difícil establecer la procedencia específica de los migrantes del interior de la propia provincia de Buenos Aires que pudieran haberse establecido en Villa Gesell, nos permitimos introducir un fuerte escepticismo metodológico sobre la base de habernos encontrado con este mismo relato de ocupación hostil de la ciudad a manos de las huestes de desposeídos del conurbano en no menos de una decena de ciudades del interior bonaerense –en muchas ocasiones muy distantes entre sí– y en al menos tres de otras provincias adyacentes, en las cuales sí pudimos establecer de manera rigurosa la inexistencia de estos (Noel y de Abrantes, 2016). La narrativa se repite con insistencia y remite siempre a las mismas áreas urbanas estigmatizadas constantemente por los medios, las cuales por motivos diversos habrían derramado su población sobre las prósperas e indefensas ciudades del interior (Kessler, 2009).
  45. Se denomina “peaje” al pedido de pequeñas sumas de dinero a cambio de transitar por un espacio, respaldado por una amenaza explícita o implícita por parte de quien lo pide.
  46. La referencia alude a Agostina Sorich, quien desapareciera el 15 de octubre de 2010 y de quien hasta el día de hoy no se tienen noticias fehacientes –aunque una serie de indicios apuntan a la hipótesis verosímil de su secuestro en el marco de una red de trata de personas.
  47. Aun cuando ambos pertenecen al mismo signo político, las relaciones entre el gobernador de la provincia de Buenos Aires Daniel Scioli y el Ejecutivo nacional representado primero por Néstor Kirchner (2003-2007) y luego por su esposa Cristina Fernández (2007-2015) han sido históricamente tensas, sobre la base de la supuesta ambigüedad política de aquel en torno de una posición de centro-derecha neoliberal que constituyera el enemigo retórico del kirchnerismo (qv. Biglieri y Perelló, 2007).
  48. Como ya hemos adelantado, incluso cuando superficialmente la elección del candidato justicialista, Roberto Taboada, en 1991 (y su reemplazo por su hermano David en 1993 cuando aquel fuera convocado desde el gobierno provincial) parecieran implicar un interregno en lo que de otro modo hubiese sido casi un cuarto de siglo de vida política bajo el signo del radicalismo, lo cierto es que la gestión de los hermanos Taboada es presentada aún hoy por nuestros informantes más en términos de continuidad que de ruptura. Las principales razones por las cuales la gestión Taboada no es percibida como “peronista” tienen que ver en primer lugar con la posición ya mencionada de los Taboada como miembros antiguos y de pleno derecho en la sociedad local –y por ello su gestión es calificada con frecuencia de “vecinalista”– y en segundo con la erosión relativa (o al menos la eufemización) que las identificaciones peronistas más canónicas sufrieron durante la década menemista.
  49. Volveremos sobre este punto con mayor detalle en el capítulo III.


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