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Introducción

As a site of (…) fantasy production, the beach’s job is not to conceal but reveal and revel in revealing just such play, announcing itself as playground and transgressive space par excellence, displacing by far all previous rituals of reversal and pleasure. The beach, then, is the ultimate fantasy space where nature and carnival blend as prehistory in the dialectical image of modernity.

Michael Taussig, “The Beach (A Fantasy)”

Representaciones de Villa Gesell en la Argentina metropolitana

La ciudad de Villa Gesell, situada a 350 km al sur de la Capital Federal y sobre el litoral atlántico bonaerense, disfruta de una generalizada notoriedad en la Argentina metropolitana, producto de dos atributos fundamentales. El primero y principal tiene que ver con su popularidad como destino turístico de veraneo: con una afluencia que en la temporada estival puede alcanzar al millón y medio de turistas, la localidad constituye el segundo destino balneario del país y el tercero en la oferta turística a nivel nacional.[1] La segunda razón remite a su papel emblemático como escenario de una primavera contracultural que representó la encarnación local del momento hippie[2] (Hall, 1968; Hopkins, 1969; Willis, 1978; Hall y Jefferson, 2002) y cuya eflorescencia entre mediados de los 60 y principios de los 70 ha dado entre sus principales frutos el fenómeno poético, estético y musical que los argentinos denominan ‘rock nacional’.[3] Ambos factores aparecen a su vez entrelazados con frecuencia en las representaciones más extendidas de la ciudad como destino turístico, que le imputan con frecuencia un ethos juvenilista que haría de ella el destino favorito de los jóvenes de la Argentina.[4]

Asimismo, puede constatarse con facilidad que esta doble caracterización de “la Villa[5] como ciudad turística y como paraíso hippie aparece replicada de manera notoria en el registro académico producido en torno de la ciudad, en el cual la bibliografía disponible tiende a concentrarse con fuerza –y a todos los efectos en forma exclusiva– alrededor de los dos ejes temáticos que acabamos de señalar.[6]

De este modo, por un lado, encontramos una prolífica producción a cargo en su mayor parte de geógrafos y arquitectos –entre la que se destaca la de los investigadores del Centro de Investigaciones Turísticas dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata[7] –que se ocupa de la ciudad en tanto destino turístico (muchas veces en clave comparativa con otras localidades), y que incluye el análisis de su historia, su configuración espacial y sus transformaciones sucesivas (Bertoncello, 1992; Mantobani, 1997; Bruno, 2009; Hernández, 2009a y 2009b; Do Eyo y Faggi, 2007; Domínguez de Nakayama y Marioni, 2009; Furlán y Ordoqui, 2010; Benseny, 2011a y 2011b; Dosso y Muñoz, 2012), el de la relación entre el turismo y el desarrollo territorial (Benseny, 2007; Cruz, 2011; Castelucci y Varisco, 2012), el de las interacciones entre turistas y residentes (Mantero, Barbini y Bertoni, 1999a y 1999b; Mantero, Barbini y Bertoni, 2000a y 2000b; Barbini y Bertoni, 2002) o el de su especificidad en tanto destino turístico juvenil (Barbini, 2000). A estas preocupaciones podemos agregar la producción de análisis de los impactos ambientales suscitados por la actividad turística y de recomendaciones sobre políticas ambientalmente sustentables que han conocido un visible incremento en los últimos años (Bau, 1992; Guido, 2004; Barbini, 2010ª; Benseny, 2010a y 2010b; Dadón 2011).[8] A esta extensa producción a escala regional podemos agregar una bibliografía metropolitana de cuño historiográfico algo más reciente que inscribe a Villa Gesell en una historia del turismo a escala nacional (Pastoriza, 2008 y 2011; Piglia, 2014).

En lo que se refiere al segundo eje de caracterización de la ciudad, que la tematiza en tanto foco contracultural y cuna del rock nacional’, hace ya más de dos décadas que ha sido recogido en el marco de una serie de obras periodísticas y autobiográficas con fuertes resonancias épicas y que configuran un género literario por derecho propio. En ellas Villa Gesell ocupa un lugar fundacional junto con un puñado de escenarios adicionales que por momentos comparten y por momentos se disputan la factura original del modernismo cultural argentino, como el club de jazz La Cueva, el bar la Perla del Once o el Instituto Di Tella (Grimberg, 1993 y 2008; Olivieri, 2007; Ábalos, 2009 y 2011; Provéndola, 2010 y 2017; González, 2012). A esta producción podemos sumar la inscripción algo más reciente de la ciudad en la historización de la emergencia de la juventud como actor político, social y cultural en la Argentina del último tercio del siglo XX (Cattaruzza, 2008; Manzano, 2014a y 2014b).[9]

Villa Gesell en el contexto de las ciudades medias de la Argentina contemporánea[10]

Apenas necesitamos señalar que el interés sociológico y antropológico de Villa Gesell no se agota en la imagen consagrada por este doble sesgo bibliográfico, sesgo que –como hemos visto– reproduce en sede académica las representaciones más usuales que circulan sobre la ciudad en la Argentina metropolitana y que la presentan ora como una localidad balnearia preeminentemente concentrada en lo que la literatura especializada recoge con la doble sinécdoque de ‘turismo de sol y playa’, ora como una suerte de encarnación local de Haight-Ashbury entre los médanos,[11] cuya intensa pero breve efervescencia contracultural de mediados y finales de los 60 contribuyó de manera tan notoria como fugaz a lo que habrían de ser las primeras vanguardias musicales, artísticas y filosóficas de la Argentina del último tercio del siglo XX. Solo para comenzar por lo más obvio, Villa Gesell y su crecimiento constituyen fenómenos de gran interés demográfico, en la medida en que la ciudad ha registrado consistentemente en las últimas cuatro décadas una de las tasas de crecimiento intercensal más grandes de la provincia de Buenos Aires –rasgo que comparte en términos generales con sus homólogas de la franja norte del litoral atlántico bonaerense.

Tabla I. Evolución de la población en el partido de Villa Gesell (1970-2010)[12]
Año

Población

Crecimiento intercensal

1970 6.341
1980 11.632 +54,51%
1991 16.012 +37,65%
2001 24.282 +51,64%
2010 31.353 +29,12%
Fig. 1. Localización del partido Villa Gesell
en la provincia de Buenos Aires[13]

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Fig. 2. Localidades del partido Villa Gesell[14]

C:UsersPalpatineDocumentsAnthropologyCONICETTC en Villa GesellLibro GesellWorking MaterialsMapasLocalidades Villa Gesell.png

En efecto: como desde hace algún tiempo han venido señalando los demógrafos con insistencia, la evidencia disponible para la Argentina señala que las ciudades medias[15] han venido registrando un incremento poblacional sostenido y a un ritmo creciente (muchas veces a expensas de los grandes conglomerados urbanos, cuya tasa de crecimiento se desacelera), al tiempo que se modifica su peso en las tramas nacionales, regionales y provinciales (Sassone, 1992; Torres, 1993; Vapñarsky, 1995; Lindenboim y Kennedy, 2004; Usach y Garrido Yserte, 2008; Leveau, 2009; Noel, 2016d). En algunas zonas del país –como es el caso que nos ocupa, el del litoral atlántico de la provincia de Buenos Aires– la situación que hemos presentado para el caso de Villa Gesell está lejos de ser excepcional: por el contrario, no es extraño que las tasas de crecimiento intercensal de las últimas cuatro décadas alcancen el 30%, con picos ocasionales que llegan o rebasan el 50% (PNUD, 2003). Más aún, este fenómeno no solo se verifica en el extremo inferior de la escala urbana –donde un incremento numérico moderado o incluso pequeño de la población en términos absolutos conlleva un alto impacto en términos porcentuales–, sino incluso en aglomeraciones de tamaño considerable. Al mismo tiempo, la evidencia disponible indica que este crecimiento cuantitativo ha estado acompañado de un incremento de la heterogeneidad social, una complejización de la trama urbana y en una gran cantidad de casos la aparición o acentuación de procesos de fragmentación social en localidades donde esta era escasa o al menos poco visible, al igual que la emergencia de una serie de fenómenos habitualmente asociados a los grandes conglomerados urbanos (problemas sanitarios o asociados a la provisión de determinados servicios públicos, inseguridad, violencia social y delictiva, cuestiones de salubridad y deposición de residuos, etc.), de los cuales estas localidades y sus habitantes durante mucho tiempo se pensaron como preservadas (Kessler, 2009; Noel, 2011, 2014, qv. también Gravano, 2005 y 2006; Noel, 2016d).

Resulta paradójico que aun cuando estos procesos hayan sido abundantemente documentados en su dimensión cuantitativa general, sean frecuentemente mencionados en fuentes periodísticas y se encuentren notoriamente presentes en las representaciones que sus propios pobladores se hacen de estas ciudades y sus transformaciones recientes, la producción antropológica local haya mostrado una notoria renuencia a ocuparse de ellos. Incluso cuando existen tanto en sociología (Lynd y Lynd, 1957, 1965; Warner, 1963; Bell y Newby, 1971) como en antropología (Wilson, 1942; Redfield, 1944; Miner, 1953; Southall, 1961; Hannerz, 1986; Vincent, 1990) antecedentes notorios y emblemáticos del estudio de diversos procesos acelerados de transformación estructural y cultural de este tipo de aglomeraciones, lo cierto es que la antropología urbana local ha preferido por regla general o bien abordar aglomeraciones de escala muy pequeña que permitan una aproximación etnográfica clásica ‘de aldea’ (Ratier, 2009), o bien más frecuentemente ocuparse de los grandes conglomerados urbanos, en la célebre tradición iniciada por la Escuela de Chicago (Park y Burgess, 1952; Park, 1925; Wirth, 1964) y en una aproximación cuya estrategia metodológica implica una suerte de maniobra de pinzas: por un lado un trabajo de gran escala utilizando datos estadísticos que busca capturar dimensiones más abstractas y estructurales de los procesos bajo análisis, y por otro un trabajo cualitativo más minucioso que involucra una operación que podemos denominar insularización:[16] recortar de o en la ciudad un barrio, una institución, una clase de actores o un escenario cuidadosamente delimitado que en virtud de su escala reducida pueda ser abordado etnográficamente como una ‘aldea virtual’ (cf. Lacarrieu, 2007).

Ciertamente puede comprenderse por qué esta doble maniobra constituiría una tentación recurrente, en la medida en que permite transformar la necesidad en virtud. En efecto, desde un punto de vista cuantitativo contamos para los grandes conglomerados urbanos de la Argentina –y en particular para el Área Metropolitana de Buenos Aires[17]– con una serie de recursos estadísticos que proveen una gran cantidad de datos, comenzando por la Encuesta Permanente de Hogares.[18]

Por otro lado, nos encontramos con que la ya mencionada operación de insularización a la que recurren con frecuencia los abordajes cualitativos –sobre todo los de inspiración etnográfica– no resulta difícil de imaginar y proyectar sobre una trama urbana que se piensa como una suerte de mosaico, resultado de la intensificación y la consolidación de los procesos de fragmentación. Sin embargo, para el caso específico de las ciudades medias –que superan con holgura la escala de la aldea, pero que no alcanzan la envergadura o la importancia suficiente como para ser cubiertas por la EPH–, no solemos contar con demasiada información estadística a excepción de los censos, cuya frecuencia decenal vuelve difícil captar procesos acelerados como los que han venido afectando a estas localidades,[19] al tiempo que tanto su tamaño como la configuración de su trama hacen difícil pensar como verosímil un tratamiento etnográfico ‘clásico’ a través de una serie de operaciones analíticas de insularización.

Asimismo, debemos agregar a estas consideraciones metodológicas la centralidad no solo estructural, cultural y económica sino también epistemológica del AMBA, que sigue atrayendo las miradas de investigadores, equipos y proyectos con tanta fuerza como lo hiciera con los literatos y ensayistas de finales del siglo XIX y principios del XX (Gorelik, 1999). Como incluso la más somera de las revisiones bibliográficas muestra con elocuencia, una gran parte de la profusa y rigurosa producción antropológica y sociológica de las últimas décadas está concentrada temáticamente en el AMBA, el cual pese a su centralidad, extensión y peso específico no deja de ser un caso enormemente singular que no puede ser generalizado al resto de la Argentina y probablemente ni siquiera al de los otros grandes conglomerados urbanos como La Plata, Rosario, Córdoba, Mendoza o Mar del Plata. A este fenómeno ciertamente contribuye que una gran parte de los recursos cruciales para la investigación –comenzando por las instituciones de producción de conocimiento– estén concentrados en torno de la metrópoli, y que resulta muchas veces considerablemente oneroso para los investigadores (en términos de tiempo, esfuerzos o recursos económicos, como hemos tenido ocasión de constatar demasiado bien en el transcurso de la investigación que dio origen a este libro) desplazarse a realizar investigación lejos de sus áreas de residencia y desempeño profesional, con frecuencia situadas en la misma región metropolitana.

Al mismo tiempo, a la hora de explicar esta ausencia relativa de las ciudades medias en las agendas de investigación en ciencias sociales debemos introducir consideraciones de otra índole, particularmente cuando esta no solo afecta a la academia local. En efecto, la escasez relativa de trabajos sociológicos o antropológicos sobre ciudades medias es un fenómeno que han comprobado una y otra vez investigadores de diversas latitudes (UNESCO-UIA, 1999; Bellet Sanfeliú y Llop Torné, 2004; Bell y Jayne, 2006; Cebrián Abellán y Panadero Moya, 2013). Sabemos de sobra que pese a nuestras pretensiones de vigilancia epistemológica, los científicos sociales estamos con frecuencia sometidos a la tentación de ceñir nuestro abordaje a objetos preconstruidos, sobre todo si son prestigiosos. En este sentido, creemos que la fascinación moderna por la gran ciudad (Berman, 1988) recogida por los ya mencionados pioneros de Chicago no ha dejado de ejercer efecto sobre la producción de conocimiento –tal como puede verse en su prolongación contemporánea en el estudio de las ‘ciudades globales’ o las grandes metrópolis vertebradas por las tecnologías de la información (Sassen, 1999; Castells, 1999; Veltz, 1999)–, al punto de bloquear otras escalas en el abordaje de los fenómenos urbanos.[20] Ciertamente, esto no implica que las ciudades medias no hayan sido abordadas en absoluto, pero incluso allí donde han sido tematizadas, el interés específico parece estar casi siempre en los obstáculos, posibilidades, desafíos y ventajas para su desarrollo económico o cultural[21] (Randle, 1992; Bell y Jayne, 2006; Michelini y Davies, 2009; Cebrián Abellán y Panadero Moya, 2013), en su papel correlativo como potenciales agentes del desarrollo (UNESCO-UIA, 1999) o en un abordaje cuantitativo y estrictamente demográfico de su crecimiento absoluto y relativo (Vapñarsky y Gorojovsky, 1990).[22] Todo ocurre, en síntesis, como si las ciudades medias debieran ante todo ser pensadas como un problema económico o urbanístico, o como una serie de mapas o cuadros estadísticos, pero rara vez como escenario de procesos sociológicos o antropológicos que merezcan un interés sustantivo.[23]

Villa Gesell en el marco de una agenda de antropología de las moralidades

A los fines de nuestra propia agenda de investigación, orientada hacia la elucidación del papel de los recursos morales en la configuración de las prácticas sociales –esto es, a los modos en que diversos actores sociales, en el marco de su vida colectiva, movilizan categorías y operaciones que implican operaciones de evaluación[24]– los fenómenos de crecimiento y heterogeneización de la trama social y urbana que los conglomerados de esta escala han estado atravesando proveen un escenario privilegiado para un abordaje etnográfico. Nuestro interés específico en la ciudad de Villa Gesell tuvo precisamente como inspiración inicial el potencial heurístico de las transformaciones que acabamos de recapitular, basado en la constatación surgida de nuestra propia experiencia de más de una década de investigación en el campo de la antropología de las moralidades (Noel, 2009, 2013c y 2014a) de que las coyunturas conflictivas (Noel, 2009), las situaciones-límite (Noel, 2013d) y las transformaciones sociales súbitas o aceleradas (Alexander, 2009) constituyen terrenos sumamente propicios para la elicitación de las competencias morales de los actores sociales, en la medida en que proveen interpelaciones que los incitan –o en el extremo los obligan– a posicionarse públicamente (Noel, 2013c).

A partir de estos supuestos y a la luz de nuestras prospecciones iniciales, la elección de Villa Gesell se nos presentaba en ese sentido como particularmente prometedora,[25] en la medida en que las tres condiciones arriba enumeradas aparecían amplia y visiblemente satisfechas. Como mostraremos en el capítulo siguiente, enfrentados y atravesados por los procesos enumerados en los párrafos precedentes, los geselinos con quienes entablábamos diálogo casual se declaraban notoriamente perturbados o incluso amenazados, y las disputas por la caracterización, la interpretación y la etiología de esas transformaciones de la trama social de la ciudad configuraban un escenario públicamente conflictivo en el que las acusaciones, imputaciones y (des)calificaciones morales surcaban la escena política y social en forma tan virulenta como visible. Así las cosas, nos dispusimos en el lapso de seis años sucesivos a reconstruir etnográficamente las principales controversias políticas, identitarias e históricas que atravesaban y configuraban las arenas políticas y sociales de la ciudad, para utilizarlas como punto de partida para analizar las relaciones entre las posiciones que ocupaban y tomaban determinados actores individuales y colectivos, y los recursos –en particular los recursos morales– que movilizaban para hacer efectivas (Werneck, 2012) determinadas operaciones de clasificación con efectos performativos muy concretos y visibles en diversos escenarios y coyunturas de la ciudad.

Al mismo tiempo, el desarrollo de nuestro trabajo de investigación en el campo de la antropología de las moralidades (Pharo, 2004; Balbi, 2008 y 2011; Zigon, 2008; Heintz, 2009; Fassin, 2012; Csordas, 2013; Noel, 2014a) se había enfrentado en más de una ocasión con los límites epistemológicos y metodológicos de las modalidades más habituales de concebir la relación entre los recursos morales y las posiciones y trayectorias de los actores sociales:[26] la vulgata bourdiana, por un lado, que en sus versiones más estilizadas y extendidas termina reduciendo las operaciones morales de los actores a una suerte de distorsión fetichista de su posición en la estructura social; y los culturalismos de diversa estirpe, por el otro, que tienden a autonomizar la vida moral de los actores sociales, disociándola de sus anclajes sociológicos e hipostatizándola bajo la modalidad de un putativo e inverosímil código de inspiración lingüística o jurídica que les impondría condiciones (Noel, 2013c). Así las cosas y más allá de nuestros intereses sustantivos, nos propusimos como objetivo adicional de nuestra investigación en ciernes la producción y refinamiento de diversas herramientas conceptuales y metodológicas que se mostraran más adecuadas a los propósitos de reponer la vida moral de los actores sociales, sobre la base de ese proceso inductivo tan familiar a los etnógrafos y que implica construir un aparato conceptual –o más modestamente un léxico– sobre la base de los propios datos de campo y ponerlo a prueba ‘en tiempo real’ en diálogo continuo con esos mismos materiales, en un recorrido en el cual la teoría, los métodos y los datos de campo se coproducen mutuamente, en un proceso sin solución de continuidad.

Los resultados y la genealogía minuciosa de este proceso de construcción de teoría ya han sido expuestos en forma exhaustiva en otro lugar (Noel, 2013c[27]), de modo tal que no tiene mayor sentido volverlos a recapitular en detalle. No obstante, en la medida en que esa propuesta conceptual y metodológica constituye a la vez el producto y el marco general que estructura los hallazgos reconstruidos en el presente libro, resulta imprescindible detenernos en una exposición mínima y sistemática de aquella a los fines de que el lector pueda reponer y seguir sin tropiezos el vocabulario teórico y descriptivo que utilizaremos para presentar y hacer avanzar nuestro argumento.

Recursos y repertorios en las prácticas morales de los actores sociales

Nuestro léxico conceptual está articulado en torno de las nociones de recursos y de repertorios[28] y sus complementos activos, las de apropiación, movilización y formas de uso habituales (o socialmente disponibles) de estos recursos. Partimos del supuesto de que los actores sociales, en virtud de sus posiciones y trayectorias en el marco de sus colectivos de referencia[29] (su ‘sociedad’ en el sentido más amplio de la palabra, pero también cada nuevo escenario social o institucional al que acceden) entran en contacto a través de sus trayectorias biográficas –esto es, de los procesos de socialización[30]– y la configuración y reconfiguración permanente de sus lazos de sociabilidad con diversos recursos,[31] tanto materiales como simbólicos.[32] Tales recursos son habilitados o puestos al alcance de los actores en relación con estas posiciones sucesivas que van ocupando en la estructura de sus colectivos de referencia en el despliegue de sus trayectorias biográficas,[33] estructura que por su parte también es resultado de un proceso continuo de construcción/transformación. Asimismo, los actores sociales no solo entran en contacto con los recursos propiamente dichos, sino también con formas socialmente disponibles o habituales de utilizarlos, combinarlos y movilizarlos para fines determinados.[34] Estas formas socialmente disponibles de uso, por supuesto, no solo son aprendidas de otros actores[35] sino que cada vez que son puestas en práctica se abren a la interpelación potencial de terceros que tienen acceso directo o mediato a ellas o a sus consecuencias, terceros que sienten con frecuencia la inclinación de pronunciarse, opinar, aprobar, juzgar o sugerir alternativas más deseables.

Más aún, son esas formas socialmente disponibles las que hacen de los recursos, recursos de determinada clase, en la medida en que una o más de estas formas de uso estarán asociadas a ellos con mayor o menor grado de intensidad. Además, si bien en principio todo recurso aparecerá objetivado en alguna forma, ya sea como un ‘objeto’ propiamente dicho o como parte de la práctica de otros actores, muchos de entre ellos irán siendo incorporados –juntos con una o más de sus modalidades socialmente disponibles de uso– como disposiciones más o menos duraderas (Bourdieu, 2006). De otros recursos solo se incorporarán una o más de sus modalidades habituales de uso y estos permanecerán en estado objetivado para ser movilizados a futuro con diversos fines y en diversos escenarios de la vida colectiva.

Los recursos con los que los actores sociales van siendo puestos en contacto a lo largo de sus trayectorias biográficas pueden ser analíticamente reunidos en una serie de repertorios. Los repertorios pueden pensarse como conjuntos más o menos abiertos y más o menos cambiantes de recursos asociados sobre la base de afinidades fundadas en sus modalidades socialmente habituales de adquisición, circulación, acumulación, acceso o uso en determinado colectivo de referencia.[36] Es importante subrayar que ‘repertorio’ no puede pensarse o utilizarse como si fuera un eufemismo políticamente correcto para ‘código’: los repertorios no son códigos no solo porque no se supone que estén cerrados o sistemáticamente articulados sobre la base de lógica alguna, sino porque no puede pensárselos ni como activos ni como prescriptivos dado que no son, en último término, más que un dispositivo analítico que nos permite organizar taquigráficamente las formas más frecuentes en que los recursos se asocian –es decir, son asociados por los actores– a la hora de ser adquiridos, puestos en circulación o movilizados. Los repertorios, si se nos permite decirlo de manera tan impropia como gráfica, no tienen el mismo grado de “entidad” que los recursos: son solo una etiqueta conveniente para referirnos a un conjunto de asociaciones habituales que los actores establecen a la hora de movilizar, apropiarse, hacer circular o asociar recursos de cualquier otra manera concebible. Los repertorios son, para ceder al lenguaje escolástico, “entes de razón” y pensarlos bajo la modalidad del código supone caer en una doble falacia que confundiría los usos habituales de los actores con putativas prescripciones acerca de los usos, que serían además parte de la “realidad” de la cultura.

Autores como Brumann (1999) y Grimson (2011) están en lo cierto cuando afirman que las formas en que los recursos se asocian no son aleatorias ni arbitrarias, y es verdad que no cualquier asociación de recursos es igualmente probable –o siquiera concebible– en la medida en que determinados usos socialmente disponibles de recursos extendidos en el espacio y en el tiempo producen efectos de sedimentación histórica que los transforman en disposiciones incorporadas. Pero aun así no todas sedimentan por igual o con igual fuerza y es por ello que el grado en que las asociaciones de recursos son movilizadas de manera “compartida” en las prácticas de los actores es bastante irregular –y correlativo con el grado de sedimentación o incorporación de estas– en un continuum decreciente que va desde, digamos, la gramática del lenguaje articulado hasta el efímero hit musical de las discotecas de Villa Gesell en el último verano.

‘Apropiados’ y ‘movilizados’ constituyen términos clave en este esquema: los recursos con los que las trayectorias biográficas ponen en contacto a los actores sociales están en disponibilidad, por así decirlo, hasta que sean efectivamente apropiados, ya sea que esto implique el ser incorporados junto con determinadas maneras socialmente disponibles de utilizarlos o que estas sean incorporadas mientras que los recursos se conservan en un estado objetivado a la espera de ser ulteriormente movilizados para algún propósito específico. Como debería quedar claro a esta altura del argumento, el proceso de apropiación es parte integral de la noción de recurso tanto como el de sus formas socialmente disponibles de utilización: sin agencia no hay recursos más que ‘en potencia’ aunque esa agencia, por supuesto, no sea una entelequia a-cultural, sino una forma de ser y de obrar configurada por los usos habituales y más o menos aceptables que estos actores han visto a otros actores hacer de estos recursos, por los usos precedentes que ellos mismos hayan hecho de estos y de otros recursos en situaciones anteriores y por lo que otros dicen y permiten en relación con lo que un actor hace con ellos. Justamente esta última dimensión atañe a los efectos de las diferencias de poder, que podemos referir no solo a la legitimidad potencial de los usos que un actor hace de un recurso a los ojos de otros actores –es decir, a la posibilidad de interpelación– sino también a la cantidad y variedad de recursos a los que un actor tiene acceso en un momento determinado, así como a la posibilidad de imponer o retirar recursos del acceso de terceros o –en último término– de transformar a los propios actores sociales y sus recursos en recursos para uso propio.

A diferencia, por tanto, de lo que implican las nociones usuales de ‘código compartido’ y de ‘comportamiento sujeto a reglas’, la relación entre los actores sociales y los recursos a los que tienen acceso debe pensarse siempre como abierta (o dinámica, si se prefiere) y esto por varias razones. En primer lugar, porque los actores sociales se desplazan continuamente tanto en sentido literal como metafórico,[37] de modo que sus trayectorias biográficas con frecuencia los ponen en contacto con nuevos recursos, con nuevos usos para viejos recursos o con nuevos juicios acerca de los usos habituales de estos viejos recursos, a la vez que pueden volver irrelevantes otros que serán movilizados cada vez con menor frecuencia para ser finalmente abandonados o dejados a un lado. En segundo lugar porque, como hemos adelantado, los repertorios no pueden pensarse como ‘lógicas’, ‘sistemas’ o conjuntos cerrados en la medida en que no son sino una manera taquigráfica de referirnos a asociaciones habituales de recursos en un escenario dado: los actores sociales por consiguiente no solo pueden contribuir sino que de hecho contribuyen con frecuencia a la reconfiguración activa de uno o más repertorios –esto es, de asociaciones socialmente disponibles de recursos– modificando viejas asociaciones, agrupando, reinterpretando, trasladando o removiendo recursos en asociaciones nuevas, a la vez que desarrollando, transformando, imitando, aprobando o censurando formas socialmente disponibles de movilizarlos y combinarlos.

Del mismo modo, los repertorios a los que los actores sociales tienen acceso son siempre múltiples y variados y si bien aquellos dispuestos a dejarse tentar por el esprit de géometrié pueden consolarse pensado, así más no sea a título de hipótesis de trabajo, que los repertorios disponibles para un actor social cualquiera en su o sus colectivos de referencia estarían más o menos articulados –un poco al modo de las metáforas wittgeinstenianas del “aire de familia” (Wittgenstein, 1996) o de los hilos de la cuerda (Wittgenstein, 1999), o del símil de Geertz (1987) cuando piensa la articulación de la cultura como análoga a la del sistema nervioso del pulpo–, no hay razones en principio para pensar que los repertorios sean consistentes en un alto grado ni en lo que hace a la articulación de los recursos reunidos en cada uno de ellos, ni en lo que hace a las mutuas relaciones entre repertorios disponibles para actores de un determinado colectivo de referencia.[38] Tampoco tendría sentido pensarlos como compartimientos estancos o mutuamente excluyentes: en la medida en que, como señaláramos, la noción de repertorio no es más que un atajo analítico para caracterizar recursos que en algún sentido ‘suelen ir juntos’ en los usos habituales de los actores de un colectivo social determinado, puede pensarse sin dificultad en una multitud de recursos adjudicables a múltiples repertorios, o incluso en grandes porciones de recursos ‘compartidos’ por uno o más de ellos. En la medida en que la articulación de los recursos en repertorios es en el mejor de los casos una articulación contingente que tiene que ver con la frecuencia de las asociaciones socialmente habituales entre ellos, se comprende por qué y hasta qué punto sea central el rol de la agencia en la apropiación y movilización de los recursos. Aunque uno pueda pensar que por efecto de la sedimentación histórica repertorios similares estarían en principio disponibles para aquellos actores sociales que ocupen posiciones homólogas, o que hayan transitado trayectorias análogas en la estructura social, los recursos que serán efectivamente movilizados en una situación concreta dependerán de los procesos específicos de apropiación que unos y otros desplieguen en relación con sus biografías acumuladas, incluyendo las interpelaciones específicas sufridas con ocasión de su movilización previa y sus efectos sedimentados.

Llegados a este grado de complejidad conceptual y de proliferación terminológica, quizás sea oportuno introducir una analogía a la que, aunque limitada y potencialmente distorsionadora como todas las analogías, hemos recurrido con frecuencia a la hora de iluminar al menos en parte los principales aspectos de nuestra propuesta y de las mutuas relaciones entre los conceptos que hemos estado discutiendo y los procesos a los que se refieren.

Imaginemos un supermercado virtualmente ilimitado (aunque no infinito) en el cual se encuentran dispersas un número indeterminado de personas, agrupadas en ‘racimos’. Cada persona, si bien potencialmente podría recorrer buena parte del local, de hecho permanecerá la mayor parte del tiempo –y sobre todo al inicio de su estancia– en uno o en unos pocos sectores: ese sector o sectores constituyen el más amplio colectivo de referencia del actor en cuestión (dicho de modo desprolijo, su ‘sociedad’), en el cual tendrán lugar las primeras etapas de su proceso de socialización.

Como todo supermercado, el que nos ocupa está poblado por un conjunto de góndolas con estanterías, que van desde el suelo hasta el techo de modo tal que cada uno de nuestros agentes tendrá, en virtud del lugar donde se encuentre, acceso potencial a un número más o menos reducido de góndolas. Cada góndola contiene en sus anaqueles numerosos productos, aunque a diferencia de los supermercados convencionales, en el nuestro hay productos que se repiten en varios estantes de una misma góndola, y aun entre muchas góndolas distintas, incluso cuando estas góndolas puedan estar muy distantes las unas de las otras. También se diferencia de ellos por el hecho de que los productos en una góndola o estante no suelen ser tan homogéneos como los de un supermercado: los hay de muchas clases distintas. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que como los estantes están a distinta altura el acceso efectivo que cada uno de nuestros actores pueda tener a los productos colocados en ellos dependerá en gran medida de su estatura: cada persona podrá en principio acceder con comodidad a los estantes que están más o menos a la altura de su cabeza –y a uno o dos situados más arriba o más abajo, poniéndose en puntas de pie o inclinándose–, pero acceder a los estantes que están muy por debajo de la propia cabeza requiere de algunas contorsiones incómodas y acceder a los que están muy por encima resulta, al menos en un primer momento, imposible.

Como la gran mayoría de los lectores habrá ya adivinado, las góndolas y estantes se corresponden con lo que hemos denominado ‘repertorios’ y sus contenidos representan nuestros ‘recursos’. La estatura, por su parte, funciona como una analogía unidimensional y muy inadecuada de la posición de los actores en la estructura de sus colectivos de referencia.[39]

Continuemos: en un principio, como decíamos, las personas tienen acceso a los estantes situados en las góndolas más próximas a ellos y que se encuentran más o menos a la altura de sus cabezas. Asimismo, pueden ver lo que otras personas, de estaturas similares o distintas de las propias, hacen con los contenidos de los diversos estantes, y también se ven continuamente interpelados por indicaciones, mandatos, comentarios, sugerencias, sonrisas de aprobación o ceños fruncidos en señal de impugnación cuando se enfrentan a las góndolas y los productos, en especial cuando lo hacen por primera vez. Además, las personas no solo toman y guardan lo que encuentran en los estantes, sino que someten estas mercancías a distintos usos, una vez más sobre la base de lo que ven a otros hacer con ellas. Claro está que no toda mercancía permite cualquier uso, y que en ocasiones los márgenes de uso potencial son estrechos, pero aun así, las personas no dejan de experimentar con ellas de cuando en cuando. Muchas veces, como en el caso de los alimentos, las bebidas, los cosméticos, los medicamentos, las prótesis o las tintas para tatuar, las asimilan o las unen de manera más o menos duradera al propio cuerpo.[40] Algunas veces se las ponen y otras las guardan a la espera de una oportunidad de utilizarlas. No resulta inusual que se aficionen a una o más de ellas, y que las busquen activamente una y otra vez. Otras veces las prueban y deciden que no son para ellos, u otros les dicen que no son para ellos y pueden terminan por acordar y rechazarlas, o más infrecuentemente intentar convencer a sus interlocutores de lo contrario. Asimismo, nuestros agentes en ocasiones reorganizan los estantes, cambian cosas de lugar, trasladan cosas hacia arriba o hacia abajo o –si a lo largo del tiempo se han desplazado a sectores más remotos del supermercado– traen o llevan cosas de estantes lejanos hacia estantes más cercanos y viceversa, o prueban combinaciones de productos o usos novedosos. Y, por supuesto, instruyen a los recién llegados en los productos y en los modos correctos de utilizarlos y disfrutarlos, así como discuten con sus semejantes respecto de virtudes y defectos de unos y de otros.

Las góndolas y estantes, si bien tienen sus contenidos organizados bajo cierto criterio de afinidad que resulta de la suma de sus usos previos por parte de anteriores usuarios, invitan pero no prescriben. Más allá de las limitaciones señaladas –si soy de muy baja estatura, no voy a poder alcanzar los estantes más altos sin elevarme de alguna forma, obteniendo algún producto que me permita elevarme o la ayuda de alguien más alto que yo que tenga acceso a ellos–, los actores tienen un margen relativo de elección, mayor en relación con algunos estantes y productos, menor con otros, y esto siempre en el marco de lo que otros actores han hecho o hacen con unos y con otros, o de lo que indican, afirman o sentencian que puede, que debe o que no debe hacerse. Apenas puede dudarse de que es muy probable que un actor determinado preste mayor atención a los productos que están juntos en un mismo estante, máxime si ese estante está delante de él o no exige agacharse demasiado, y aún más si ha visto a otros hacer lo mismo a lo largo de un lapso regular, pero estrictamente hablando no hay ninguna obligación de consumir juntos los productos que aparecen contiguos en el estante (por más que la comodidad, el hábito o la historia acumulada de los consumos anteriores puedan llevarnos a hacerlo sin mayor detenimiento). Sin duda alguna, un observador podría, incluso con cierta facilidad, deducir patrones de lo que las personas consumen y algunos de estos patrones se le aparecerían como muy extendidos y estables, pero esos patrones no están predeterminados por el contenido de los estantes ni pueden deducirse de ellos a priori, ni los estantes tienen nada que decir acerca de lo que las personas hacen con los productos que contienen en su interior –aunque por supuesto, las otras personas cercanas sí se pronuncien con frecuencia y sin mayores reparos acerca de estos productos y de los usos que ven a otros hacer de ellos– y de que no todos los usos o combinaciones sean igualmente frecuentes, posibles o, en el extremo, imaginables.

Quizás sea un buen momento para detener la analogía, antes que el entusiasmo retórico nos lleve más allá de lo prudente: como quiera que sea, a lo largo del presente libro tendremos amplia ocasión de movilizar estos conceptos y este léxico de modo tal que el recurso a ellos se vuelva si no evidente, al menos familiar. Nuestro propósito al introducir el símil –aun conscientes de las limitaciones y los riesgos de un procedimiento como este– fue tratar de ilustrar mediante una imagen lo más gráfica posible el modo en que pensamos la relación entre ‘cultura’ y ‘agencia’, de modo tal que se entienda de la mejor manera posible qué es lo que queremos decir exactamente cuando afirmamos que el comportamiento social –y por añadidura el moral– no debe interpretarse como si surgiera de la aplicación mecánica de reglas internamente consistentes y jerarquizadas que los actores seguirían de acuerdo con un procedimiento (Noel, 2013c), sino que resulta de la movilización de ciertos recursos apropiados activamente a lo largo del proceso siempre inacabado de socialización, en formas socialmente disponibles que los actores ponen en juego de manera igualmente activa en el transcurso de la vida social, en forma relacional e interpelando y siendo interpelados por otros, en orden a procurar fines diversos en escenarios específicos. Los recursos, a su vez, son transformados en este proceso, en la medida en que sus usuarios articulan, rearticulan, crean, destruyen y transforman las modalidades habituales –los repertorios– en los que estos aparecen, se adquieren y circulan en forma siempre dinámica, y a veces novedosa.

Genealogía y reconstrucción de los recursos y repertorios morales, su apropiación y su movilización en una ciudad media en transformación

Llegados a este punto, nos encontramos en posesión del instrumental necesario para presentar de manera sistemática los objetivos, alcances y estructura argumental del presente texto. Nuestro punto de partida estará dado en este sentido por la constatación de la magnitud y profundidad de los cambios demográficos y sociales atravesados por la ciudad de Villa Gesell en las últimas cuatro décadas, y por el carácter perturbador o incluso amenazador que –como hemos insinuado y como veremos en detalle en el capítulo siguiente– adquieren unos y otros a los ojos de buena parte de la población de la ciudad. Veremos también hasta qué punto y de qué manera estas transformaciones y estas percepciones a nivel local configuran una arena conflictiva en la que las interpretaciones acerca de estas mudanzas y de su alcance, así como su etiología causal, la putativa responsabilidad por estas y las consecuencias que de ellas se seguirían se entrecruzan de manera tan notoria como habitual en la escena pública de la ciudad. Sobre esta base, el presente texto se propone reconstruir los principales recursos y repertorios movilizados en estas disputas colectivas, para proceder luego a dar cuenta tanto de las condiciones sociales e históricas de su emergencia –a las que nos referiremos en aras de la brevedad con la expresión taquigráfica de ‘sociogénesis’[41] (Elias, 1982, 2000)– como de los prerrequisitos sociológicos de su despliegue efectivo y persuasivo en tensión con diversos recursos y repertorios alternativos.

Con estos fines en vista, el capítulo I procurará reconstruir la escena social y política materializada a partir de las elecciones nacionales de 2007, en las que Jorge Rodríguez Erneta, candidato del Frente para la Victoria, accederá por primera vez al Ejecutivo municipal de la ciudad de Villa Gesell. A lo largo del mencionado capítulo veremos de qué manera las interpretaciones iniciales de la victoria electoral de Rodríguez Erneta y la adjudicación de sus causas irán siendo progresivamente reelaboradas a partir de los meses sucesivos, configurando un escenario fuertemente moralizado en el que empiezan a circular en el debate público cuestiones relacionadas con la autoctonía, la autenticidad y la fidelidad a una putativa “esencia” de la ciudad, así como la prescripción de ciertos modos legítimos o ilegítimos de pensar y actuar en política, y de pertenecer, merecer e identificarse con ella. Veremos asimismo como esta moralización de la escena política y social geselina suscitada por el advenimiento de la Gestión Erneta –y por su continuidad ulterior a partir de la reelección del intendente en 2011– precipita a la ciudad y a sus habitantes en un profundo y sostenido debate identitario y moral que excede los habituales límites del debate político, y reconstruiremos los principales recursos y repertorios movilizados en el transcurso de este debate.

Una vez presentados de manera sistemática los rasgos principales de esta coyuntura, nos ocuparemos a partir del capítulo II de rastrear la sociogénesis de los principales recursos y repertorios que hemos visto circular en el marco de las polémicas suscitadas por ella. Esto implica reconstruir las relaciones recíprocas entre el modo en que la ciudad y su morfología (Halbwachs, 2008; Urteaga, 2011) fueron modificándose a lo largo del tiempo, y las principales modalidades en que ciertos recursos morales de identificación fueron siendo puestos en circulación, apropiados y movilizados en coyunturas específicas, en particular cuando estas aparecían como críticas a los ojos de los principales emprendedores morales (Becker, 2008) de la ciudad. Así, veremos cómo dos crisis sucesivas de esta naturaleza –una representada por la eclosión del momento hippie de mediados de los 60 y comienzos de los 70 al que hiciéramos referencia al comienzo de esta introducción, y otra por la vertiginosa expansión inmobiliaria, turística y demográfica de la ciudad que tuviera lugar entre mediados de los 70 y comienzos de los 80– fueron acompañadas por la puesta en circulación, en particular a partir de dispositivos literarios sumamente exitosos, de una serie de recursos morales que habrían de constituir la base de buena parte de las sucesivas maniobras de identificación con la ciudad. Veremos además cómo la visibilización selectiva de estos procesos invisibilizó por contraste otros no menos importantes, en una operación que habría de suscitar consecuencias tan visibles como dramáticas en las décadas sucesivas.

Continuando con la reconstrucción de este proceso, a lo largo del capítulo III seremos testigos de las transformaciones sucesivas experimentadas por la ciudad a partir de la obtención de la autonomía municipal, y en particular de los efectos de la irrupción durante la década del 90 de una nueva crisis que amenaza por primera vez la sustentabilidad del modelo turístico sobre la base del cual Villa Gesell creció y prosperó durante las primeras cinco décadas de su historia como balneario. Una vez más, mostraremos de qué manera esta crisis, su interpretación y una serie de medidas destinadas a paliar sus efectos implicaron la puesta en circulación de una serie de repertorios morales que en gran medida reelaboran y reinterpretan varios de los precedentes mediante la inclusión de nuevos recursos, pero que profundizan una vez más una ceguera selectiva que tendrá consecuencias tan explosivas como notorias en las décadas sucesivas. Llegaremos así nuevamente a las vísperas de la jornada electoral de octubre de 2007, pero esta vez provistos de una representación sistemática de sus precondiciones sociológicas y de los repertorios y recursos morales de los que los geselinos disponen para posicionarse en torno de ella.

El capítulo IV por su parte estará dedicado a un ejercicio comparativo, fundado en la reconstrucción de un proceso relacionado con el que recapituláramos en los capítulos precedentes, aunque de emergencia más reciente. Se trata del que involucra a Mar de las Pampas, una localidad situada al sur del partido, que a partir de comienzos del año 2002 y como consecuencia imprevista de una singular coyuntura económico-financiera será atravesada por un boom inmobiliario de una intensidad vertiginosa –y comparable al sufrido por la cabecera del partido a mediados de los 70– a partir del cual sus escasos pobladores se sentirán por primera vez interpelados como potenciales miembros de un colectivo social. Los detalles, avatares y disputas en torno de la construcción moral de este colectivo constituirán el objeto de análisis del mencionado capítulo, y nos proveerán por contraste elementos adicionales a la hora de comprender el modo en que los recursos morales en general y los correspondientes a ciertos repertorios específicos en particular son movilizados por actores concretos del partido de Villa Gesell en coyunturas de una transformación social que es experimentada como acelerada y percibida como amenazante.

Finalmente, en el capítulo V volveremos a la coyuntura original presentada en el capítulo I, con el objeto de esclarecer –movilizando los hallazgos presentados en los capítulos precedentes– la dinámica que subyace al debate que atravesara de modo característico la ciudad de Villa Gesell en el período cubierto por nuestra investigación, poniendo de relieve la modalidad singular que asume la articulación de los recursos y repertorios puestos en circulación en el transcurso de esa coyuntura.

La reconstrucción del derrotero general de nuestra investigación, la presentación de algunos de los principales desafíos metodológicos que hemos enfrentado en su transcurso y el modo en que hemos procurado resolverlos serán objeto de un apéndice metodológico específico.

Convenciones tipográficas

Las comillas simples [‘ ’] serán utilizadas para expresar o bien el uso idiosincrático de una palabra (las habitualmente denominadas scare quotes) o bien para expresar que se está realizando una mención de una expresión o vocablo.

Ejemplo

Las razones de esta ‘invasión’…

Nuestros nativos designan este proceso con el lexema ‘conurbanización’…

 

Las comillas dobles [“ ”] rodeando una o más palabras en itálica designan términos nativos o citas textuales.

Ejemplo

A todos los efectos, según se nos dice, estos “fenicios” obran…

Lo que afirman nuestros informantes es que este proceso “no corresponde en realidad a la esencia de la Villa”

 

Las palabras en itálica cuando no se encuentran rodeadas de comillas designan una locución extranjera.

 

Las palabras en negrita expresan énfasis.


  1. El primer puesto corresponde en ambos casos a Mar del Plata, aún hoy la ciudad de veraneo por antonomasia de la Argentina (Sebreli, 1970; Torre, 1995; Cacopardo, 1997 y 2001; Pastoriza y Torre, 1999; Zuppa, 2004; Pastoriza, 2008). El segundo de los destinos turísticos locales preferidos por los argentinos es San Carlos de Bariloche, en la provincia de Río Negro (Pastoriza, 2011).
  2. Cabe señalar que Villa Gesell no ocupa este lugar de modo exclusivo, aunque reclame en ciertas ocasiones, como veremos, un cierto carácter de primus inter pares. Como informantes y fuentes no se cansan de señalar, la efervescencia de los 60 aparece también asociada a localidades como El Bolsón (Río Negro), San Marcos Sierras y el Valle de Punilla (Córdoba), y en menor medida Punta de Vacas (Mendoza) –foco del movimiento Humanista de Silo–, que forman junto con la Villa los vértices de una suerte de cuadrilátero hippie en la Argentina.
  3. Rock nacional” es una categoría tan escurridiza como amplia, que se utiliza en general como sinónimo de ‘música contemporánea no académica ni popular’ en la Argentina. En sus usos habituales el sintagma cubre una amplia panoplia de géneros musicales asociados tanto al pop como al rock, y si bien en sus orígenes el foco principal giraba en torno de la música progresiva, el rythm and blues, y el folk, sus contenidos han experimentado en las décadas sucesivas numerosos deslizamientos (cf. Seman, 2006).
  4. La atribución juvenilista a la ciudad y a quienes la frecuentan puede rastrearse verano tras verano en una proliferación de notas periodísticas en los principales matutinos de la Argentina, que fatigan los mismos topoi con una obstinación que bordea la caricatura. Las notas en cuestión se dividen entre notas ‘de color’, que califican a Villa Gesell como “la favorita” o “la meca de los jóvenes” (en particular de quienes eligen veranear por primera vez sin sus padres) mientras enumeran las principales modas o “tendencias” juveniles; y notas “policiales” o columnas de opinión que presentan y denuncian los perturbadores “excesos” de una juventud desbordada en una escena configurada por el alcohol, las drogas ilegales, las riñas y los accidentes motociclísticos y automovilísticos, en esa clave tan conocida que presenta tanto a los jóvenes como a la nocturnidad en clave amenazante (Reguillo. 2007). Con ellas coexiste otra versión de este putativo ethos juvenilista, algo más amigable y romantizada, y que puede encontrarse por ejemplo en la filmación y exhibición a lo largo del año 2014 de una exitosa tira televisiva que lleva por título Viuda e Hijas de Rock and Roll, cuyos protagonistas se conocen durante un veraneo juvenil en la década del 90 en Villa Gesell, presentado mediante numerosos flashbacks filmados en la ciudad.
  5. La Villa” es el etnónimo que diversos habitantes y visitantes de Villa Gesell –en particular los que migraron allí o la conocieron antes de los 90– utilizan con frecuencia para referirse a la ciudad. Apenas hace falta aclarar que está desprovisto de todas las connotaciones estigmatizantes asociadas al término “villa” en el imaginario de los sectores medios metropolitanos de la Argentina (Guber, 1984), en la medida en que su uso original remite a un período histórico previo al de la popularización de este último como sinónimo de “villa de emergencia” o “villa miseria” (Ratier, 1973). Los visitantes y residentes más jóvenes de la ciudad rara vez utilizan este término, y suelen referirse a la ciudad con la apócope de “Gesell”. Haciéndonos eco de este uso familiar y extendido, utilizaremos el apelativo coloquial de “la Villa” para referirnos a la ciudad a lo largo del texto.
  6. Excluimos de esta caracterización general la prolífica literatura local, a la que ya tendremos ocasiones de referirnos in extenso en los capítulos sucesivos, y que incluye un puñado de textos en los que puede encontrarse una intención analítica (aunque no estrictamente académica) en la cual hemos reconocido con frecuencia intereses convergentes con los nuestros. Cabe aclarar, sin embargo, que se trata casi siempre de ediciones de autor, con tiradas cortas, que no han hallado mayores ecos en la producción académica y que circulan muy poco fuera de la ciudad (o incluso, como nos lo han señalado con frecuencia sus propios autores, dentro de ella).
  7. La producción de estos investigadores se encuentra en su totalidad disponible online en el repositorio Nülan de la Universidad Nacional de Mar del Plata (http://nulan.mdp.edu.ar), el cual hemos tenido ocasión de mencionar en nuestros agradecimientos.
  8. Cabe señalar que aun cuando la mayor parte de estos trabajos provee información original e invaluable para el análisis de varias dinámicas que afectan a la localidad que nos ocupa –sobre todo en lo que hace a datos cuantitativos que no suelen estar disponibles en las fuentes oficiales–, suelen adolecer por regla general de una relativa ingenuidad en la producción y procesamiento de datos cualitativos, que reproducen con frecuencia verbatim las fuentes textuales procedentes de la historiografía local (sobre cuyo carácter hagiográfico ya tendremos ocasión de ocuparnos in extenso en el capítulo II) o que realizan una mera transcripción en registro erudito y sin mediar análisis ninguno de las representaciones más extendidas en la sociología nativa de los geselinos. Mutatis mutandis, análogos vicios metodológicos aparecen reproducidos en ocasiones en la literatura de síntesis que incorpora estos estudios como fuente (eg. Pastoriza, 2011).
  9. Cabe agregar como ejemplo ilustrativo de la recuperación de esta épica y del lugar central en él de la localidad que nos ocupa, que en el momento en que nos encontrábamos cerrando la investigación que diera origen al presente texto, estaba teniendo lugar la muestra itinerante “Rock Nacional 19671989: un antes y un después”, para cuya apertura fue designada precisamente la ciudad de Villa Gesell.
  10. La presente sección recoge en parte las contribuciones colectivas a la presentación de un proyecto realizadas por Natalia Barrionuevo, Evangelina Caravaca, Lucía de Abrantes, Sergio Kaminker, Gabriel Kessler, Johana Kunin, Melina Fischer, Vanesa Parziale, Valeria Re y Graciela Tedesco. Agradezco a todos ellos la gentileza de permitirme utilizarlas en el marco del presente argumento.
  11. Médanos” es el término que los geselinos utilizan para referirse a las formaciones arenosas que caracterizaban el paisaje local antes de su modificación antrópica y que subsisten en las zonas aún agrestes de amplias porciones de la región atlántica del litoral marítimo bonaerense. Aun cuando en términos estrictamente geológicos el término ‘médano’ se reserva para formaciones continentales (mientras que a estas formaciones litorales les corresponde el nombre de ‘dunas’), el uso de los términos “médano” y “médanos” para las dunas costeras constituye una regularidad regional que registra pocas excepciones, acentuada entre los geselinos por razones que se volverán evidentes en el capítulo II.
  12. Los datos corresponden a los Censos Nacionales de Población de 1970, 1980, 1991, 2001 y 2010 (Fuente: INDEC, 2015).
  13. Imagen generada con base en información pública del Departamento Sistema de Información Geográfica de la Dirección Provincial de Ordenamiento Urbano y Territorial, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Disponible en urBAsig, <https://bit.ly/2qmPJos>. Agradecemos una vez más a Jimena Ramírez Casas su inapreciable ayuda con la cartografía del presente texto.
  14. Imagen generada con base en información pública del Departamento Sistema de Información Geográfica de la Dirección Provincial de Ordenamiento Urbano y Territorial, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Disponible en urBAsig, <https://bit.ly/34CFVpj>.
  15. La literatura especializada muestra una considerable vacilación en torno de los criterios para la definición de las ciudades medias (o intermedias), y los rangos de población involucrados en las caracterizaciones cuantitativas de estas varían en forma notoria: así, para el caso europeo por ejemplo suelen caracterizarse como ciudades medias aquellas que poseen entre 20.000 y 500.000 habitantes; mientras que en Latinoamérica –debido a la magnitud de la primacía y la habitual macrocefalia– el rango suele situarse entre 50.000 y 1.000.000 de habitantes. La bibliografía de otras latitudes muestra rangos igualmente variables (como en el caso de Asia, donde la bibliografía consigna como ciudades medias aquellas con una población entre los 25.000 y los 100.000 habitantes [cf. Brunet, 2000]). Considerando el creciente escepticismo respecto de la conveniencia de definirlas sobre un criterio de esa clase (UNESCO-UIA, 1999; Bellet Sanfeliú y Llop Torné, 2002 y 2004), optamos a los fines de este trabajo por una delimitación heurística laxa que califica como ciudades medias aquellas que cuentan con una población de entre 25.000 y 350.000 habitantes.
  16. Calificamos de “insularización” el proceso mediante el cual los investigadores –en particular los antropólogos, que parecen ser más vulnerables a este automatismo– intentan delimitar sus objetos empíricos (instituciones, clases sociales, barrios, grupos cualesquiera) mediante una operación que busca reducirlos a unidades análogas a las islas del Pacífico, las aldeas africanas o las reservaciones indígenas en las cuales el arsenal teórico y metodológico de la etnografía clásica fue forjado y puesto a prueba (qv. Lacarrieu, 2007). Más allá de su ubicuidad y de su adopción tan omnipresente como acrítica, este proceso implica con frecuencia mutilar los objetos analíticos de manera ingenua y heurísticamente estéril (qv. Ortner, 1997 y 2003) y ha contribuido, como señalamos en los párrafos que siguen, a una serie de omisiones en la producción de las ciencias sociales difíciles de justificar teóricamente.
  17. Se denomina Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) a la conurbación que reúne a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y a 24 jurisdicciones municipales (partidos) del Gran Buenos Aires (GBA) adyacentes que forman, sin solución de continuidad, una única mancha urbana (Kessler, 2015).
  18. La Encuesta Permanente de Hogares (EPH) es un programa nacional de producción sistemática y permanente de indicadores sociales que lleva a cabo el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) conjuntamente con las Direcciones Provinciales de Estadística (DPE). Tiene por objeto relevar las características sociodemográficas y socioeconómicas de la población. A través de la realización de encuestas familiares, se reúne información y detalles de los hogares y propiedades demográficas del lugar; mientras que por medio de un cuestionario individual se relevan datos laborales, de ingresos, de educación y de migraciones de cada uno de los integrantes del hogar. La EPH se ha venido aplicando en Argentina desde 1973, mediante la medición puntual en dos ondas anuales (mayo y octubre), y se lleva a cabo en los principales aglomerados urbanos de la Argentina y en las capitales de provincia (ie. Bahía Blanca, Catamarca, Comodoro Rivadavia, Ciudad de Buenos Aires, Concordia, Córdoba, Corrientes, Curuzú Cuatiá, Formosa, Goya, Gran Buenos Aires, Jujuy, La Plata, La Rioja, Mar del Plata, Mendoza, Neuquén, Paraná, Posadas, Rawson, Resistencia, Río Cuarto, Río Gallegos, Rosario, Salta, San Juan, San Luis, San Nicolás, Santa Fe, Santa Rosa, Tucumán, Ushuaia, Viedma). A partir del año 2003, la metodología de la EPH sufrió una serie de modificaciones que reemplaza las dos ondas anuales de recolección por un sistema de captación continua de datos.
  19. A esto podemos agregar que el procesamiento de los datos censales suele ser lento, y con frecuencia irregular. Como tendremos ocasión de exponer en nuestro apéndice metodológico (qv.), a lo largo de la presente investigación hemos tenido que enfrentarnos con frecuencia a las limitaciones de los sistemas nacionales de producción y procesamiento de información estadística y la inexistencia a todos los efectos prácticos de series estadísticas provinciales desagregadas a nivel del municipio.
  20. En este sentido, a fines del siglo pasado la “Declaración de Lleida sobre las Ciudades medias y la Urbanización Mundial”, presentada en el XXº Congreso de la UIA en Beijing señalaba con preocupación la inexistencia de trabajos o estudios que pudieran desentrañar el carácter complejo de las ciudades medias y el rol que estas desempeñan a escala mundial, haciendo hincapié en la marginación que las ciudades medias sufren en ámbitos académicos y organizaciones internacionales, a la vez que en la importancia que estos espacios sociales tienen tanto a nivel funcional como territorial, cultural y social (UNESCO-UIA, 1999).
  21. Como hemos en parte adelantado, existe para muchas localidades de esta clase en la Argentina una extensa bibliografía ligada al análisis de su potencial para el desarrollo turístico, en particular en contextos de depresión económica (cfr. Da Orden y Pastoriza, 1991; Mantero, 2001; Dadon, Chiappini y Rodríguez, 2002; Calvento y Ochoteco, 2009; Endere y Prado, 2009; Castronovo y Valenzuela, 2010; Fernández y Ramos, 2010; Mantero et al., 2010; Kaczan y Sánchez, 2013).
  22. Una excelente crítica de los orígenes y las limitaciones de estos abordajes fundados en una “obsesión por el número”, así como una serie de aproximaciones alternativas puede encontrarse en Otero (2004).
  23. Una excepción notoria a este respecto en el ámbito nacional está dada por el trabajo que desde hace más de una década viene desarrollando un grupo de investigadores de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (con sede en Olavarría) bajo la dirección de Ariel Gravano. En este ámbito se ha conformado un colectivo de trabajo que ha comenzado a preguntarse, desde el ámbito de las ciencias sociales, por una serie de dimensiones características de las ciudades medias y cuyos trabajos empíricos se han localizado en torno de cuatro municipios del centro de la provincia de Buenos Aires: Tandil, Olavarría, Azul y Rauch (TOAR) (Gravano, 2005; Boggi, 2007; Boggi y Galván, 2008; Gravano, Silva y Boggi, 2015). También merecen ser citados a este respecto varios de los trabajos compilados por Ana Rosato y Fernando Balbi (en Rosato y Balbi, 2003), que se ocupan de procesos políticos en localidades de esta escala. Véase también Boivin, Rosato y Balbi (1998).
  24. A los efectos del presente texto, debe entenderse por prácticas morales aquellas que involucran la referencia a uno o más valores imputables a algún colectivo del que el agente reclama adhesión, y que configuran grados de obligación y deseabilidad relativa de un curso de acción comparado con otros cursos alternativos y posibles (cf. Firth, 1964 y Balbi, 2008 y 2011).
  25. Una caracterización más extendida de este proceso se encuentra en nuestro apéndice metodológico.
  26. Nuestra insatisfacción ante las limitaciones de estas modalidades de análisis estaba lejos de ser idiosincrásica: en los últimos años han aparecido a nivel local críticas agudas y alternativas productivas surgidas como respuesta a este doble reduccionismo (qv. Balbi, 2008; Grimson, 2011).
  27. Una versión condensada del argumento puede encontrarse en Noel (2014d).
  28. Nuestra noción de ‘recurso’ tiene una relación laxa con la revisión que Sewell (1992) hace del concepto de recurso originalmente introducido por Giddens (1995), mientras que su concepto de ‘regla’ ha sido recogido por nosotros en la formulación ‘formas de uso socialmente disponibles’ o su apócope ‘usos habituales’. Nuestra idea de ‘repertorio’ tiene muchos paralelos con la de Lahire (2004) –aunque él se refiera más bien a los repertorios de prácticas de los actores sociales individualmente considerados– y en menor medida con la de Swidler (1986), aunque nos distanciamos de su idea de agencia, que encontramos problemática en la medida en que la presenta como si fuera en cierto sentido ‘exterior’ o ‘anterior’ a la cultura.
  29. La ‘clase’ y el ‘género’ constituyen, sin duda alguna, dos de las coordenadas más visibles de esta posición pero no las únicas: dependiendo del contexto, la filiación nacional o étnica, la longitud de la residencia (Elias y Scotson, 2000) y muchos otros pueden tener un peso comparable.
  30. Utilizamos el plural para que no se piense que nos referimos exclusivamente a la ‘socialización primaria’: cada vez que un actor ingresa a un nuevo colectivo de referencia debe ser –y de hecho es– socializado en relación con los recursos y los usos socialmente disponibles de los mismos por otros actores proficientes en ellos. Circunstancias como estas son metodológicamente invaluables: seguir el proceso de socialización de un actor en un escenario nuevo suele revelar muchos de los recursos cruciales, así como sus usos socialmente disponibles con mucha más eficiencia que la mejor de las entrevistas, tal como tuvimos ocasión de verificarlo en relación con docentes noveles en escuelas de barrios populares (Noel, 2009) o –como veremos en los capítulos subsiguientes– con migrantes recién llegados a las localidades en las que nos encontrábamos haciendo trabajo de campo.
  31. Nuestra posición tuvo como punto de partida original una revisión sustantiva del esquema teórico “estructura-cultura-biografía” de Hall y Jefferson (2002) a la luz de las críticas realizadas por Cohen (2002) y de la respuesta posterior de aquellos (Hall y Jefferson, 2002). Para una versión embrionaria de nuestro argumento, véase Noel (2009).
  32. Dado que la distinción en la mayor parte de los casos parece ser meramente analítica, cabría hablar más bien de las dimensiones o aspectos materiales y simbólicos de los recursos.
  33. Cabe recordar que las trayectorias biográficas de los seres humanos no son monótonas, y que en virtud de esta propiedad, aún una transformación en la estructura de sus colectivos de referencia que sea lo suficientemente drástica como para afectar a todos los contemporáneos interpelados por un colectivo determinado no los afectara a todos por igual. Si se nos permite un ejemplo: es indudable que una crisis generalizada del empleo afectará a todos los miembros de la sociedad que comparten el mismo mercado de trabajo, pero no afectará por igual a un niño que está por fuera del mercado de trabajo, que a un joven que está por ingresar, que a un adulto joven que tiene empleo o a un jubilado que está saliendo de él (cf. Grimson, 2002).
  34. Si nuestros ‘repertorios’ remiten a lo que Grimson denomina “configuraciones culturales”, nuestros ‘usos socialmente disponibles’ se corresponden en parte con lo que el autor denomina las “lógicas de interrelación entre las partes” (Grimson, 2011: 176), aunque en nuestro caso, como se verá, no se trate de “lógicas” –lo cual reenvía a la perniciosa metáfora del código– sino de formas habituales de combinar recursos que los actores incorporan (o más bien pueden incorporar) al ver a sus semejantes emplearlas.
  35. Siendo como señalamos que los actores nunca se apropian de recursos sin una o más formas socialmente disponibles de movilizarlos, no debe subestimarse el rol que la imitación –en el sentido que le da el recientemente rehabilitado Tarde (2011)– tiene en la incorporación de esos recursos y esas formas.
  36. También podría usarse “repertorio”, como lo hace Lahire (2004), en un sentido ya no social sino individual para referirse a los conjuntos de recursos incorporados y objetivados disponibles para un actor social determinado o a uno de estos conjuntos. Nos apresuramos a señalar que no tenemos objeciones contra ese uso: sin embargo, a los fines de no complejizar la discusión en demasía, nos hemos abstenido de usar el término en ese sentido en el presente texto, en la medida en que no nos ocupamos más que muy tangencialmente del modo en que los recursos resultan “anudados” en la subjetividad de los actores sociales individualmente considerados.
  37. Quisiéramos dejar en claro que esta movilidad no debe entenderse como referida solamente a movimientos de “ascenso” o “descenso” en la estructura social, y ni siquiera a “movimientos transversales” (Bourdieu, 2006). Nos referimos al hecho quizás más banal –pero sociológicamente significativo– de que las personas con frecuencia aprenden nuevos idiomas, viajan, conversan, leen, frecuentan instituciones varias, hacen cursos, miran páginas de internet, películas o programas de televisión, todos los cuales ponen a su disposición recursos materiales y/o simbólicos que pueden ser apropiados como recursos incorporados u objetivados por estos mismos actores, así como movilizados en sus formas habituales de uso en los contextos locales, o en formas nuevas allí donde estas no existan.
  38. Cabe señalar que, siguiendo a Leach y su discusión de los modelos de equilibrio en la antropología social británica, no repudiamos la construcción de modelos sistemáticos de los repertorios culturales o morales, siempre y cuando quede claro que se trata de una simplificación analítica a fines heurísticos y se evite la falacia de la misplaced concreteness que confundiría el modelo de la realidad con la realidad del modelo (Leach, 1977) y que nos llevaría, una vez más, a la trampa del “código” (Noel, 2013c).
  39. La inadecuación es aún mayor si quisiéramos dar cuenta de un proceso de movilidad descendente, ya que si bien los ascensos pueden ejemplificarse con el crecimiento en estatura, los descensos requieren recurrir a catástrofes anatómicas algo más drásticas y forzadas.
  40. Somos conscientes de que nuestra analogía corre el riesgo de mostrar los recursos en gran medida como ‘externos’ a los actores sociales, pasando por alto lo que ya señaláramos respecto de su incorporación. A los fines de sobreponerse a esta limitación podemos pensar que una parte sustantiva de las mercancías en las góndolas son comestibles, cosméticos, medicamentos o prótesis, y por tanto susceptibles de una incorporación más o menos duradera por parte de los actores que los ‘consumen’.
  41. Aun cuando no compartamos su fundamento haeckeliano ni su alcance homológico literal, nuestros usos del término ‘sociogénesis’ pretenden recoger la intuición eliasana acerca de la importancia del vínculo entre el proceso histórico de configuración de la ‘estructura social’ y el desarrollo y despliegue de la subjetividad de los actores sociales que la constituyen y son constituidos por ella (Elias, 1982).


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