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Agradecimientos

Resulta frecuente oír –incluso de nuestros propios labios– que la investigación científica es una empresa colectiva, al punto que un oyente poco avisado puede pensar, en virtud de su repetición machacona y ritual, que esa afirmación no es otra cosa que un lugar común o una concesión políticamente correcta a la modestia intelectual. Hasta que, claro, llega el momento de leer agradecimientos ajenos o escribir los propios y uno cobra cabal dimensión de la cantidad de personas atravesadas por la línea de vida de un proyecto. Cuando de lo que se trata es precisamente de escribirlos, cualquier posible escepticismo inicial es reemplazado con rapidez justiciera por la constatación de lo titánico de la tarea y de los límites de nuestra humana fragilidad, que nos atormentan con la certeza de que por más obsesivos y escrupulosos que aspiremos a mostrarnos, muy probablemente olvidemos contribuciones significativas, incluso centrales. Como quiera que sea, es esta una de aquellas empresas (como la vida misma) en las que la certeza de que lo máximo a lo que podemos aspirar –y esto en el mejor de los casos– es a un fracaso elegante, lo cual no nos excusa de acometerla. Así las cosas, comenzamos.

La común herencia marxista de la que en mayor o menor medida todos los científicos sociales somos herederos nos ha enseñado cumplidamente que son las condiciones materiales las que determinan la conciencia –práctica de la antropología incluida– de modo tal que consideramos epistemológicamente sensato comenzar por las agencias individuales y colectivas que sucesiva o simultáneamente financiaron y por tanto hicieron posible en el sentido literal del término el proyecto de investigación que está detrás de este libro. El mencionado proyecto llevó por título “Fronteras morales-fronteras sociales: las moralidades en el proceso de articulación de identidades, alteridades y conflictos en condiciones de fragmentación social”, y fue en ese marco que accedí a la Carrera de Investigador Científico del CONICET, principal financiador de mis actividades de pesquisa. Asimismo, mi trabajo de campo se benefició también del financiamiento del programa “Naturalización y legitimación de las desigualdades sociales en la Argentina reciente”, dirigido por Alejandro Grimson en el IDAES/UNSAM y del Proyecto de Investigación Plurianual (PIP-CONICET) “Sociología del dinero: evaluaciones monetarias y jerarquías sociales”, dirigido por Ariel Wilkis. Agradezco a ambos la generosidad al invitarme a sumarme a sus proyectos respectivos. Además, durante los años 2011 y 2012 fui beneficiado con un Subsidio para Investigadores Jóvenes de la UNSAM, cuyo proyecto asociado llevó por título “Moralidades, fronteras sociales y acceso diferencial a recursos en condiciones de fragmentación social”, y agradezco por tanto a la universidad su generosidad a la hora de financiar las iniciativas de sus investigadores nóveles.

La idea inicial de llevar adelante el trabajo de campo en el partido de Villa Gesell surgió de una conversación mantenida con Ana Palazzesi e Inés Mancini durante el Vº Congreso de Antropología Social que tuvo lugar en la ciudad de Salta en el año 2006. Esto, por supuesto, no las hace responsables de ninguno de mis errores, pero sí, al menos en parte –en su carácter de inesperadas musas– de cualesquiera méritos que alguien pudiera encontrar en mi trabajo. Mi interés de larga data por la antropología de la moral y por su despliegue en escenarios urbanos se los debo a Alejandro Isla –de cuya trágica y repentina desaparición a comienzos del presente año aún no termino de sobreponerme–, a Gabriel Kessler y a Daniel Míguez –mi mentor y maestro–, respecto de quienes mi admiración no ha hecho otra cosa que crecer en los últimos años. Agrego en esta enumeración a Alejandro Grimson, quien a lo largo de los años en los que tuvo lugar la investigación que está detrás del presente libro fue fuente constante de apoyo intelectual e institucional. También quiero agradecer de manera particularísima a Pablo Semán, sin duda alguna una de las personas más estimulantes con las que uno puede querer discutir su trabajo antropológico y quien me enseñara ya hace algún tiempo a seguir la pista del cherchez les livres! Agrego en este mismo agradecimiento a Silvina Merenson, con quien recorrí parte de ese camino y de quien también he aprendido mucho. Calculo que a ninguno de ellos le costará encontrar su influencia en el presente libro.

A lo largo del trayecto que llevó a la construcción de las herramientas teóricas y metodológicas desplegadas en la construcción de mi objeto, conté con una gran cantidad de espacios e interlocutores que resultaron fundamentales para pensar y refinar constantemente unas y otras. Me temo que el nivel de exhaustividad aquí será particularmente pobre, simplemente por la fragilidad de mi memoria. Quisiera mencionar en primer lugar el Seminario Permanente sobre Clases Medias del CIS-IDES, criatura intelectual de Sergio Visacovsky, por quien también –como él sin duda sabe– tengo un cariño y una admiración que aumentan con el tiempo y quien, con la generosidad que bien conocemos los que hemos tenido la fortuna de frecuentarlo, ha aceptado prologar el texto que sigue. A Enrique Garguin, Ezequiel Adamovsky, Patricia Vargas y a todos los participantes del seminario, vaya también mi agradecimiento. Otro de los espacios que resultó para mí una enorme fuente de estímulo intelectual fue el Núcleo de Estudios Sociales en Moralidades, espacio de reflexión colectiva que funcionó en el IDAES-UNSAM entre 2009 y 2013, y en particular los aportes y comentarios de Ana Laura Lobo, Gabriela Wald, Mariana Álvarez Broz, Luciana Denardi, Jimena Ramírez Casas, Inés Mancini, Evangelina Caravaca, Guadalupe Moreno y Andrea Flórez Medina, con quienes tuve ocasión de discutir varias de las versiones originales de mis textos. Mención particularísima y múltiple merece mi amigo y colega José Garriga, con quien me unen más cosas de las que podría enumerar en el espacio reducido de uno o dos párrafos, de las cuales no es la menor mi admiración por la calidad de su propio trabajo etnográfico y la agudeza de su mirada crítica.

Sumo a este reconocimiento colectivo a Morita Carrasco y a Andrea Lombraña, responsables por la invitación a las II Jornadas de Debate y Actualización en Temas de Antropología Jurídica, a Ana Lía Kornblit y Gabriela Wald, quienes me convocaron a la reunión mensual de discusión del Área de Salud y Población del Instituto Gino Germani (FSCO-UBA), y a Alejandro Villa, Victoria Gessaghi y Alicia Méndez por invitarme a sus respectivos seminarios, espacios todos donde fueron discutidas de manera sistemática varias de las propuestas teóricas movilizadas en este libro. También incluyo aquí a mis estudiantes del seminario de doctorado Antropología de las moralidades. Cuestiones teóricas, metodológicas y éticas, dictado en la UBA y en la Universidad Nacional de Córdoba, con ellos discutí varios de mis textos. A mis anfitriones y colegas del CIESAS –Gonzalo Saraví– y de la UAM Iztapalapa –Rodrigo Díaz Cruz y Luis Reygadas–, con quienes tuve también ocasión de discutir avances de mi trabajo. Agrego a la lista a Mercedes di Virgilio y Mariano Perelman –y junto con ellos a los participantes del taller Desigualdades persistentes y territorialidades emergentes. Disputas por el espacio urbano, organizado por el Área de Estudios Urbanos del Instituto Gino Germani –donde tuve ocasión de presentar una versión resumida del argumento del presente libro. Incluyo aquí a Benoît de l’Estoile y los participantes del seminario Oikonomia. Gouverner les pratiques quotidiennes, dictado en la École Normale Supérieure, con quienes también puse a prueba parte de los hallazgos de investigación aquí plasmados.

La experiencia de los últimos años me ha enseñado a ser escéptico respecto del cinismo generalizado acerca de los congresos y su utilidad, puesto que ya sea por suerte o por designio he tenido experiencias incongruentemente buenas, que incluyeron la oportunidad de presentar mis ideas sin urgencias, recibir agudos y bien argumentados comentarios y discutir como corresponde muchos de los trabajos que estuvieron en la base de esta obra. Agradezco en particular a mis comentaristas y compañeros de las diversas mesas y grupos de trabajo en las que estos productivos intercambios tuvieron lugar, entre quienes se encuentran –hasta donde la fragilidad de mi memoria los dicta– los nombres de Alejandro Rodríguez, Ana Cláudia Marques, Ana Rosato, Claude Papavero, Cornelia Eckert, Fernando Balbi, Gabriel Feltrán, Gilza Sandre, John Commerford, Jose Resende, Julieta Gaztañaga, Luís Roberto Cardoso de Oliveira, Maria Eunice Maciel, Mauricio Boivin, Mónica Lacarrieu y Patrice Schuch. Agrego desde ya a todos aquellos a quienes pueda haber omitido y me someto de buen grado a la reparación que prescriban.

Uno de los mejores frutos –en lo personal tanto o más que en lo académico– del presente proyecto ha sido la fecunda influencia intelectual y la profunda y genuina amistad que he desarrollado con mis colegas y amigos brasileños Luiz Antonio Machado da Silva, Jussara Freire, Hernán Mamani –brasileño honorario– y Alexandre Werneck, mi hermano en nerdice. Todos ellos han enriquecido mi vida y mi carrera en direcciones tan inesperadas como inverosímil es la intensidad de su influencia, aunque queda claro que en modalidades siempre bienvenidas (y cada vez más). Incluyo aquí a Natalia Bermúdez, compañera infatigable de inquietudes morales allende el Río Iguazú, a Jose Resende –a quien hago extensivo mis elogios y mi afecto– y a todos los anfitriones y asistentes a las conferencias y demás actividades de intercambio de las que participé en las instituciones asociadas a la Red de Estudios Sociales sobre Moralidades, Conflicto y Violencia en Escenarios Urbanos del MERCOSUR, coordinada por mí y financiada por el Proyecto REDES de la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación de la Nación: la Universidad Estadual de Rio de Janeiro, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la Universidad Federal Fluminense en Campos dos Goytacazes y la Universidad Estadual del Norte Fluminense Darcy Ribeiro.

Debo agregar entre mis estímulos intelectuales a mis colegas y amigos del IDAES interesados en las dimensiones morales de la vida social, en particular a Sebastián Pereyra, Alexandre Roig, Ariel Wilkis, Leandro López, Marina Moguillansky, Máximo Badaró y Natalia Gavazzo –a quienes sumo a todos los que ya he mencionado y que no tendría sentido repetir. El IDAES es definitivamente lo más cercano que tengo a un hogar y una familia en un mundo académico frecuentemente inhóspito, y la experiencia de trabajar e investigar allí me han hecho (y me siguen haciendo) reconsiderar una vez más la universalidad de muchas de las proposiciones cínicas que sobre ese mundo se tejieron durante décadas, y que repetí con amargura sin la menor duda de su validez.

Algunas personas han sido castigadas –probablemente sin culpabilidad alguna de su parte, aunque nunca se sabe– con una cercanía especial a este proyecto y a sus productos, lo cual implicó para ellos el suplicio de Tántalo de leerme una y otra vez en carácter de first responders. Merecen por tanto –además de una indulgencia plenaria in articulo mortis– una mención especial, e incluyen a Andrea Hojman, Irina Rodríguez, Jimena Ramírez Casas, José Garriga, Lucía de Abrantes y Nancy Flores Palma, beta tester y triple outsider profesional.

Finalmente, para terminar con la parte que compete a este lado del Río Salado, van mis calurosos agradecimientos a Ingrid Baumann –y por interpósita persona a Oscar Ozslak– del CEDES, así como a Valeria Manzano del IDAES/UNSAM: todos ellos fueron generosos al infinito con sus propios datos de investigación y sus fuentes. Agrego también aquí a Mariano López Hermida y a Jimena Ramírez Casas por sus habilidades gráficas y cartográficas y a Luciana Denardi –infatigable desgrabadora de entrevistas al mejor precio de plaza (sí, la desgrabación de entrevistas se paga y no, explotar becarios o tesistas no es una opción legítima). Mención especial merece my friend and kinsman Pablo Moran –a.k.a. el Alemán–, quien con entusiasmo digno de mejor causa registró asistencia perfecta en una sucesión de grandes de muzzarella con fainá compartidas en los prolegómenos de mis periplos nocturnos a mis Trobriands sudatlánticas.

Merecen también especial mención mis editores de Editorial Teseo –y en particular Laura Díaz y Octavio Kulesz–, no solo a título personal por su amabilidad, profesionalidad y rigor, sino también por asumir la iniciativa tan riesgosa como necesaria de construir y sostener un emprendimiento editorial en ciencias sociales incluso en momentos hostiles e inhóspitos tanto para la industria del libro como para la investigación científica en general y nuestro campo de conocimiento en particular.

No quisiera omitir en esta enumeración a Alejandro López, Benjamín Noel, Carla Campagnale, Carla del Cueto, Carolina Calcagno, Dolores Lettelier, Enrique Minervino, Estefanía Feresín, Flor Blanco Esmoris, Gabriel Lerman, Georgina Terrier, Graciela Arnaiz, Graciela Tedesco, Helga Fourcade, Hernán Brignardello, Juan Suriano –otra pérdida reciente difícil de digerir–, Johana Kunin, Julieta Cánneva, Julieta Quirós, Laura Masson, Laura Panizo, Laura Spiatta, Leticia D’Ambrosio, Lorena Narciso, Luciana Anapios, Luis Ferreira, Magdalena Felice, María Celeste Godoy, María Graciela Rodríguez, Martha Bernal, Matías Muraca, Menara Guizardi, Micaela Antonini, Natalia Barrionuevo, Omar Pose, Pablo Figueiro, Rosana Guber, Sergio Kaminker, Silvia Alucín, Silvina Spitz, Tamara Barreiro, Valeria Ré, Vanesa Parziale, Vanina Soledad López, Victoria Lembo, Yamila Signorello y a los responsables y empleados de la Casa de Villa Gesell en Buenos Aires. Todos ellos fueron en un momento u otro, en mayor o menor medida, parte de mi experiencia de investigación. También quiero agradecer públicamente –aunque no los conozco personalmente ni ellos probablemente sepan de mi existencia– a los responsables del Nülan, el Portal de Promoción y Difusión Pública del Conocimiento Científico y Académico de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Como creyente firme y militante de la publicidad del conocimiento científico –en particular cuando fue financiado por el dinero de los sacrificados contribuyentes–, no tengo más que elogios para una iniciativa sin la cual no hubiese podido hacer una revisión mínimamente exhaustiva de todo un conjunto de fuentes y antecedentes –o al menos no sin un enorme esfuerzo físico y económico. Espero que su iniciativa inspire a otros centros académicos y de investigación a hacer lo propio y ofrecernos repositorios tan completos y accesibles como el suyo.

Nos trasladamos ahora unos 350 km al sur, hacia las ventosas y por estos momentos desiertas playas de Villa Gesell, para comenzar con los agradecimientos in situ. Quisiera reconocer en primer lugar a Melina Fischer, una de las primeras personas que tuvo conocimiento de la existencia –por ese entonces aún no consumada– de la presente investigación. A lo largo de ella Melina recorrió un curioso trayecto –al menos en lo que a su relación conmigo respecta– que la llevo de informante a asistente ocasional de investigación, de allí a compañera de trabajo, y finalmente a becaria, tesista y –junto con la ya mencionada Lucía de Abrantes– vanguardia de mi ejército etnográfico de ocupación en la Villa, del cual constituye su central quinta columna. En segundo lugar, quiero agradecer a Juan Oviedo, abundantemente citado en el libro que sigue y con justa razón: no sé si será cierto que Juan sea una de las personas que más ha reflexionado sobre la Villa, sus características y su historia, pero sí es cierto que está entre quienes más lo ha hecho de modo público. Sus textos y nuestras conversaciones ulteriores en torno de ellos constituyeron de hecho la base de muchas de las intuiciones que, transformadas más tarde en conjeturas y finalmente en hipótesis, vertebraron el argumento de este libro. Quiero creer que el tratamiento crítico que en él doy a su obra y sus ideas es el mejor homenaje que uno puede hacerles a quienes lo inspiran.

Lamentablemente, no podré hacer justicia a muchos de mis informantes, por las ya conocidas razones ligadas a la confidencialidad –o en este caso al menos– a la discreción etnográfica; en particular en lo que se refiere a una serie de funcionarios y empleados de la administración municipal, pasados y presentes, de quienes tengo razones para suponer que prefieren esta omisión, incluso cuando me impida retribuir la importancia de sus contribuciones. Aun así, no quisiera dejar de mencionar a un conjunto de personas que contribuyeron de diversos modos a mi investigación. No estoy diciendo que sean mis informantes, no estoy diciendo que los haya entrevistado, no intenten localizarlos en el texto porque no lo conseguirán: los incluyo porque atravesaron mi investigación de diversos modos, y por ello merecen un agradecimiento por breve y ligeramente indiscreto que sea. La lista incluye a Abel Goicochea, Adriana Pérez, Andrea Saporiti y su esposo, Andrés Hubert y familia, Aníbal Zaldívar, Beatriz Conde, Bonnie Favelis, Carina Batalla, Cristina Pereyra, Daniela Andreassi, Deby Tescione, Elisa Cappucci, Eva Sarka, Federico Spiner, Fernando Brunet, Gabriel Maccioco, Gabriela Pérez, Graciela Bernardo, Graciela Nievas, Guillermo Saccomanno, Guillermo Senn e Ida, Hernán Luna, Horacio Ruiz, Irene Balmayor, Irina Lucero, Jorge Martínez Salas, José Luis Fernández Heredia, José Roza, Juan Ignacio Provéndola, Laura Spiner, Leonardo Muñoz y Mariana Saizew, Liliana Buceta, Liliana Cassi, Lola Diez Campanini, Lola Long, Luis Baldo, Luis Castellani, Luz y Diego García, Manuel Díaz, Marcela y Gabriel, Marcelo Di Luciano, Maribel López Fuentes, Marisa Risoleo, Miguel Berger, Pablo Pinazo, Pedro Leontjew, Raúl Pujadas, Ricardo Tonelli, Roberta Müller, Roberto Taboada, Roberto Fischer, Rocío Salas, Santiago Abarca, Silvia Ezpeleta, Silvina Villar, Susana Valerga, Teresa Martín, Vanina Furlán, Verónica Río, Verónica Sendón, Virginia Rodríguez y Yohanna Rosa. Agrego aquí una mención especial a Tito Allo, Mónica García, Annie Taron y Manolo García, que fallecieron en los años que nos separan de la finalización de nuestro trabajo de campo y que por tanto no llegaron a ver materializados ni sus resultados finales ni mi agradecimiento, que sin duda merecen y en grado superlativo.

Todo trabajo de campo nos pone en contacto con una serie de personas que –por razones que casi siempre se nos escapan– comparten de inmediato nuestro entusiasmo y nos acompañan con una militancia above and beyond lo humanamente esperable (por no mencionar lo etnográficamente exigible) que supera con frecuencia la dedicación de nuestros más esforzados asistentes, colaboradores, estudiantes y becarios. Todos ellos, además, suelen proveernos de una serie de recursos –materiales o sociales– que con frecuencia nos permiten acceder a niveles de profundidad etnográfica que no hubiese habido modo de alcanzar sin su ayuda. Si es cierto que conservamos para siempre una deuda inextinguible de gratitud con todos quienes nos han acompañado en nuestra investigación antropológica, poco o mucho, en virtud de que ninguno tenía la más mínima obligación de hacerlo, para con estas personas la deuda suele ser, además de inextinguible, invalorable –aunque de hecho no penosa, en la medida en que la relación con ellos se transforma en algo muy parecido a la verdadera amistad, si no en la cosa misma. La lista de estas personas –por razones que ellos conocen muy bien– incluye a Carlos Rodríguez, Diego Lanzieri y Alejandra Stach de Color Shop, Eduardo Minervino, Gonzalo García de Piedra, Guadalupe Pagliano, Ignacio Paganini, Irina Rodríguez, Juan Pablo Trombetta, Leonardo Calderón, Lourdes Puentes, Mario Carlini, Santiago Massafra y Susana Río.

Last but not least, quiero agradecer de manera particular a Norma, Alicia y Mabel Fiamingo así como a Adrián Martínez y a Alejandro Repollo, mis anfitriones del Hotel de la Plaza, mi campamento base y mi home away from home, que me dispensaron un tratamiento principesco –o con más exactitud: de rockstar– y que tuvieron en todo momento una actitud para conmigo y para mi investigación que recupera el genuino y venerable sentido de la palabra ‘hospitalidad’, y que supera con creces las recomendaciones de cualquier manual de buenas prácticas. Cuando uno se encuentra haciendo trabajo de campo es frecuente que se vea obligado a pasar decenas de horas trabajando, sin detenerse para delicadezas como descansar o comer, de modo tal que la importancia de tener un lugar acogedor donde reposar la cabeza –como las zorras sus madrigueras o las aves del cielo sus nidos– no puede ser exagerada. Por haberme ofrecido ese refugio, a ellos, y a todo el resto del personal, mis agradecimientos.

Los reconocimientos no podrían nunca considerarse completos si no incluyeran a mis abuelos Lelelo y Lelela, a cuya memoria está dedicado este libro, y a quienes nunca he dejado de extrañar. Sumo en esa memoria la de mi tío Manuel y la de mis tíos Paco y Taita. Entre quienes todavía caminan conmigo en este Valle de Lágrimas quiero incluir especialmente a Oscar, mi viejo, a mi tía Adrio, y a mis primos Rodi y Nando –infatigables compañeros de mis veranos de infancia y adolescencia en la Villa. Todos ellos fueron, son y serán siempre sinónimo de Villa Gesell para mí.

La peor parte, por supuesto, la llevaron como es de rigor en estos casos mi progenie Lucas, Clari y Agus, a quienes la investigación y su aftermath –en particular el libro que sigue– privaron con frecuencia de un padre (o al menos de uno a disposición de sus innumerables juegos, preguntas, comentarios, historias bizarras y dibujos), ligeramente compensada por una proliferación de viajes al cabo de los cuales el padre ausente y culposo compensaba con regalos –arreglo, debo decir, a su entera satisfacción.

y por supuesto, y de manera eminente, a Monse, quien siempre fue y será el bosque.

 

Banfield, 30 de octubre de 2019



1 comentario

  1. librolab 02/10/2020 6:03 pm

    Presentación virtual del libro A la sombra de los bárbaros
      

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