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Capítulo IV

Asalto al Paraíso

Awake, arise or be for ever fall’n.

John Milton, Paradise Lost

Milagros inesperados

A comienzos del año 2003 y sobre el fondo de un relativo anonimato, la localidad de Mar de las Pampas comenzó a ser mencionada con cierta insistencia en los medios de prensa de alcance nacional. Localizada a unos 5 km del límite sur del casco urbano de la ciudad de Villa Gesell,[1] Mar de las Pampas se caracterizó durante mucho tiempo por una población minúscula y dispersa y una actividad turística de pequeña escala cuyo atractivo se reducía a un paisaje densamente forestado con una mínima oferta de servicios (Trombetta, 2013).

Lo inusual del caso es que estas menciones recurrentes presentaban algunos contrastes con el habitual tratamiento periodístico de los lugares de veraneo. En primer lugar porque aparecían como extemporáneas: lejos y por fuera de la temporada estival que constituye el foco de las habituales reseñas turísticas y notas de color que funcionan a modo de prólogo y de excusa para una publicidad entre abierta y torpemente encubierta. En segundo porque en muchos casos eran publicadas en suplementos distintos de los de turismo y ‘farándula’ que constituyen el marco usual de estos géneros periodísticos. Y en tercero y último porque su eje central se encontraba desplazado respecto de los habituales topoi del ‘sol y playa’ y de la correlativa oferta turística (aunque sin abandonarlos del todo). Las referencias en cuestión, por el contrario, se ocupaban de un proceso de crecimiento –edilicio sobre todo, pero también laboral y económico– cuya magnitud y velocidad parecían requerir del abuso de la hipérbole.

A modo de ejemplo arquetípico de las primeras apariciones de esta localidad bonaerense en la prensa porteña podemos citar una nota publicada en el matutino La Nación, el 22 de septiembre de 2003 y que lleva por título “Sorprendente boom inmobiliario en Mar de las Pampas”:

Abundan los emprendimientos privados y el trabajo. Bosques y arena se convirtieron de repente en un gran obrador. Las dunas compiten en altura con las montañas de ladrillos y bolsas de cemento. Casas, cabañas y aparts en los que predominan piedras y troncos dibujan la nueva y coqueta escenografía de este balneario que desde hace poco más de veinte meses vive una verdadera explosión inmobiliaria.

(…) en lo que va de este año se pusieron en marcha 234 obras. Es decir que cada día se rellenan los cimientos para una nueva propiedad. [Esta localidad] (…) cuadruplicó su población estable en los últimos dos años, y las empresas de servicios públicos apuran inversiones y proyectos para responder a la nueva y creciente demanda.

“Este año vendimos 410 medidores nuevos”, aseguró a LA NACION Rodolfo Tiedmann, presidente de la Cooperativa de Electricidad de Villa Gesell (CEVIGE) que a fines del mes próximo inaugurará una línea adicional de 13.2 megavatios para atender las necesidades de los vecinos y turistas de Mar de las Pampas y de los balnearios linderos, Las Gaviotas y Mar Azul, también en plena expansión.[2]

Aunque a casi dos décadas de distancia el énfasis y el tono de sorpresa puedan parecer impostados, no debemos olvidar que nos encontrábamos en 2003, y que el ciclo recesivo comenzado a mediados de los 90 y que encontrara su resolución explosiva en los ya mencionados eventos de diciembre de 2001 (Pereyra, Vommaro y Pérez, 2013) estaba aún presente –demasiado presente– en la memoria colectiva de los argentinos.[3] Solo así –luego de casi diez años de depresión económica con una tasa abierta de desempleo que en varias ocasiones rebasó el 20%– puede explicarse la insistencia entusiasta y elogiosa en la abundancia de emprendimientos, la magnitud de la demanda y la generosa oferta laboral. De idéntica manera se entiende que en el marco de un país que hasta hace poco tiempo contaba con casi la mitad de la población sumergida bajo la línea de la pobreza, el redactor se sintiera inclinado a subrayar que “Un lote de 450 metros cuadrados puede cotizarse aquí a partir de los 10.000 dólares y hasta los 50.000, según la ubicación” y a destacar el testimonio de una fuente que señala que “‘Los valores están igual o por encima de los de la época de la convertibilidad’”.

A lo largo de los meses sucesivos, los restantes matutinos porteños comenzarán a replicar las menciones a este auge inmobiliario, que aunque estaba lejos de ser privativo de Mar de las Pampas, encontraba en esta localidad un ejemplo exhibido como emblemático. Así, en los clasificados del diario Clarín del 29 de diciembre de 2003, encontramos un destacado que lleva por título “Boom en zonas turísticas” y que resume el proceso que nos ocupa[4] reproduciendo la perplejidad ante una zona que “hizo algo más que sobrevivir a la crisis de 2001: duplicó el valor de los lotes en dólares” y pocos meses después, el suplemento de arquitectura del mismo matutino menciona Mar de las Pampas entre “las ciudades que más crecen”, destacando la duplicación de su superficie construida en el transcurso del último año.[5] El tercer matutino de cierta importancia, Página/12 –al cual ya nos hemos referido en el capítulo precedente– titula “Explosión en las Pampas” su nota del domingo 4 de enero de 2004, y en su bajada recurre una vez más al gastado sintagma del ‘crecimiento explosivo’[6] continuando con una tendencia que habrá de prolongarse en una serie de notas de similares líneas argumentales, que aparecerán con cierta regularidad en los tres matutinos mencionados a lo largo de los siguientes cuatro o cinco años.

Sin embargo, este coro de tono optimista, que recoge las voces de contratistas y emprendedores inmobiliarios, funcionarios locales, propietarios de complejos turísticos y comerciales en construcción, trabajadores semi- o no calificados y periodistas que nos invitan a acompañar su fascinación ante el espectáculo de una ciudad que crece a ritmo acelerado donde hace poco no había más que recesión y estancamiento (y una vez más, debemos evitar la tentación del anacronismo y juzgarlos desde el futuro para ellos imprevisible del auge más o menos sostenido de los años subsiguientes), encuentra con frecuencia un contrapunto, que aunque en un principio aparece ocupando un segundo plano respecto de este panegírico al crecimiento estructural y económico, habrá de cobrar protagonismo creciente a medida que el proceso de expansión se prolongue y consolide. Este contrapunto aparece encarnado en los temores y reparos de una serie de ‘vecinos históricos’: comerciantes menudos, emprendedores de pequeña escala y otros residentes permanentes con un relativo arraigo –que antedata al comienzo del proceso de crecimiento[7]– a quienes parece preocuparles que el proceso de expansión de la infraestructura (y en particular de la infraestructura turística) arrase con ciertas peculiaridades que ellos consideran indisolubles de Mar de las Pampas y de un “estilo de vida” de las que estas son condición necesaria y muchas veces suficiente. Aunque estos “vecinos” afirman no oponerse al “crecimiento” –lo cual en todo caso sería impopular y por tanto implausible en un contexto como el que acabamos de reconstruir en escorzo–, su adhesión aparece condicionada a que este se dé de manera ordenada y regulada mediante una serie de disposiciones que limitan los usos legales y legítimos del espacio público y privado. Sin embargo, suelen manifestar sus dudas respecto de la efectividad de estos mecanismos, por lo cual subrayan su voluntad firme de movilizarse en defensa de lo que consideran un lugar privilegiado, respaldada por un compromiso a la vez moral, estético y afectivo.

Una vez más, la nota de La Nación con la que comenzáramos nuestra caracterización de la historia de Mar de las Pampas resulta emblemática a este respecto, en la medida en que permite vislumbrar las principales tensiones suscitadas entre las dos posiciones, y que habrán de ser recogidas por sucesivos textos periodísticos:

el plano de Mar de las Pampas está subdividido de tal manera que el crecimiento inmobiliario se torna previsible y limitado. “Las construcciones multifamiliares tienen su lugar y lo mismo las comerciales, de manera que el dueño de su casa sabe que en el lote vecino no levantarán un hotel o una cabaña”, resaltó el ingeniero Roberto Markowski, secretario de Planeamiento, Obras y Servicios Públicos de Villa Gesell.

El Código de Ordenamiento Urbano (uso de suelo) aún no fue aprobado por el Concejo Deliberante, y genera inquietud. “Hay normas que no se están respetando, como los movimientos de arena y la tala de árboles”, contó preocupada Marta Busteros, secretaria de la Sociedad de Fomento de Mar de las Pampas y vecina desde hace seis años.

Lo que sí se respeta a rajatabla es la llamada “anteduna”, una barrera natural de arena, que impide la vista al mar, pero genera un microclima en las inmediaciones. “Por eso tampoco hay avenida costanera”, explicó Marcowski.

Compromiso de todos

El buen posicionamiento alcanzado por Mar de las Pampas en las preferencias del turista no tiene demasiados secretos. Al menos para Ana Bianco, ex empleada textil que hace cuatro años vino de La Plata, compró una casa y la amplió para abrir Amorinda, un pequeño y cálido restaurante de pastas. “Aquí hay un bosque espectacular, playas vírgenes, música de pájaros y vecinos y comerciantes que nos unimos en la lucha para que el balneario crezca lindo, dijo a LA NACION. Y como presidenta de la Asociación de Emprendedores Turísticos lanzó una advertencia: “Seremos inflexibles con la zonificación vigente, dijo, convencida de que en un año o dos no habrá más lotes libres. “Nos opondremosdijo a cualquier tipo de excepción”.

El compromiso de los lugareños con su entorno es destacable. La Asociación de Emprendedores Turísticos le paga a una persona para que recoja la basura de las calles. Y los propios vecinos se movilizan mensualmente para hacer recorridos más amplios y dejar impecable cada rincón del balneario…[8]

Los relatos locales también recogen la percepción generalizada de un momento de quiebre que requeriría de una militancia vigilante y comprometida:

Como se desprende del aluvión de cartas donde se entremezclan denuncias, agradecimientos, susceptibilidades, reproches, aclaraciones, esperanzas y lamentos, aquel verano 2003/2004 resultó un hervidero, un punto crítico y ardiente en la brutal explosión de crecimiento concentrada en apenas dos años, si tomamos como “mojón” el verano 2001/2002 coincidente con el corralito y con la inauguración del primer paseo comercial. Para enero de 2004 se habían sumado [los paseos] Los Rosales, La Comarca, La Aldea Hippie, El Rincón del Duende y multitud de nuevos complejos hoteleros y gastronómicos. Mar de las Pampas era, sin duda, un caldo en ebullición; algunos turistas que nos visitaban por primera vez creían haber descubierto el paraíso y otros el infierno, según les tocara o no una motosierra permanente en la ventana (…) Podía añorarse, pero parecía inútil sentarse a renegar y así muchos tomaron la actitud de adaptarse a los nuevos tiempos y tratar, por todos los medios, de salvaguardar de la mejor forma posible aquel encanto que en diferentes momentos nos había traído hasta aquí. Decía Horacio Taranco en su extensa carta de febrero: “… permitir que [Mar de las Pampas] siga siendo lo que ha sido y cuidarla. Darle con claridad normas precisas, que regulen su crecimiento a partir de su esencia, que debe ser inamovible, porque fue lo que tanto atrajo desde sus primeros pininos(Trombetta, 2010: 25).

Aun a riesgo de precipitar el argumento, permítasenos adelantar que lo que en estas breves y preliminares caracterizaciones periodísticas se anuncia como tensión implícita y amenaza latente habría de transformarse en los años sucesivos en un conflicto abierto –en ocasiones de baja intensidad, en ocasiones algo más exasperado– entre estos vecinos, movilizados detrás de un ideal encarnado en un repertorio de características a la vez morales, estéticas y afectivas –un Mar de las Pampas “natural”, “tranquilo”, “ecológico”, “hermoso” o “a escala humana”– y una serie de actores del campo político o económico –funcionarios municipales, emprendedores inmobiliarios y agentes de turismo– cuyos proyectos estaban articulados sobre la base de un discurso de prosperidad y desarrollo, que buscaba la prolongación de esa curva ascendente de crecimiento que hubo colocado (y seguiría colocando durante bastante tiempo más) a Mar de las Pampas no solo en la agenda periodística metropolitana sino –más importante aún– en el mapa de las opciones turísticas de los sectores medio-altos de la Argentina contemporánea.

Ahora bien: si dejamos por un momento de lado las referencias episódicas y esporádicas a estos conflictos en la prensa de alcance nacional que nos han servido a modo de obertura del presente capítulo –apariciones que no son sino la resultante final y contingente de una serie de decisiones de agenda periodística que no estamos en condiciones de restituir aquí– y comenzamos a rastrear la trama de estos conflictos en la escena local, veremos que no solo se trata de un conflicto tanto abierto como prolongado, sino sobre todo continuo, en el que durante prácticamente una década –entre 2003 y 2012, para delimitarlo con una precisión probablemente falaz– se jugaron mes a mes (y a veces semana a semana) una serie de cuestiones que remitían en último término –y de manera bastante explícita y abiertamente reflexiva– a la pregunta que una vez más, al igual que sucediera con sus vecinos hacia el norte, parecía enhebrar todos los debates: la pregunta identitaria. A lo largo de los años sucesivos, los residentes permanentes de Mar de las Pampas[9] –habremos de mostrarlo en breve– aparecían cada vez más dispuestos a embarcarse, a la menor excusa, en consideraciones acerca de su identidad colectiva, siempre en diálogo con una serie de antagonistas –a veces específicos y personalizados, otras veces abstractos e innominados– que eran presentados como una permanente amenaza a un proyecto colectivo que si bien era reconstruido como varios años anterior al boom inmobiliario y comercial que esbozábamos en los párrafos precedentes –y esto, como veremos, es exacto hasta cierto punto– comenzó a ser articulado de manera cada vez más explícita y detallada como respuesta a los desafíos presentados por un proyecto alternativo y amenazante.

Así, cuestiones análogas a las que ya hemos tratado en los capítulos precedentes en relación con Villa Gesell y sus crisis sucesivas –y en particular la primera de sus crisis estructurales: la explosión de los 70 que según Oviedo le costara su alma y que fuera objeto de las primeras lamentaciones nostálgicas por la Gemeinschaft perdida[10]– aparecen con una regularidad impensada en las conversaciones de y con sus residentes permanentes y ocupan un lugar central –y a veces exclusivo– en la prensa local (que constituye, en este sentido, una fuente invalorable para reconstruir la dinámica del debate, los repertorios movilizados y las principales tensiones involucradas). Aun cuando cabe señalar que no estuvimos presentes durante sus comienzos, el ulterior desarrollo de esta coyuntura en Mar de las Pampas representó para nosotros una fascinante novedad metodológica en la medida en que ya no estábamos obligados a reconstruir sus contornos sobre la base de una combinación de evidencia indirecta –fuentes, equivalent ethnographers (Tilly, 1999) y relatos retrospectivos enunciados con la mediación de cuatro décadas de distancia– y ciertas operaciones de imputación analítica retrodictiva, sino que el conflicto se desplegaba, por así decirlo, en tiempo real y delante de nuestros propios ojos (y en cualquier caso su máxima profundidad temporal no superaba los cinco años desde nuestra llegada). Al mismo tiempo, la escala geográfica y demográfica de la población,[11] sumada a la relativa clausura de las redes de sociabilidad de sus habitantes, nos permitía por una vez reclamar el privilegio de recurrir a una de esas operaciones de insularización contra cuyo uso abusivo nos pronunciáramos en nuestra introducción, para tratar –con las reservas del caso– a Mar de las Pampas como la proverbial aldea etnográfica. Estos factores –la compresión temporal, la reducción espacial y el confinamiento social– nos permitieron un nivel de ‘resolución analítica’ –si se nos disculpa el abuso de la metáfora óptica– que hizo posible comprender en mayor detalle la naturaleza fundamental del proceso de delimitación moral e identitaria que estaba teniendo lugar –y que habremos de caracterizar al final del presente capítulo– y que, como veremos en el capítulo V, creemos que puede aplicarse de manera análoga a la ciudad de Villa Gesell y sus crisis sucesivas, incluyendo la más reciente de entre ellas.

En un escenario de esta naturaleza, rara vez nos vimos obligados a recurrir a las entrevistas, o a indagar específicamente a los marpampeanos acerca de cuestiones relacionadas con nuestros intereses teóricos. Al contrario: preguntas como ¿qué es Mar de las Pampas y qué clase de gente lo conforma? ¿Qué queremos llegar a ser y –más importante aún– en qué no queremos convertirnos? ¿Quiénes intentan transformarnos en algo distinto de lo que somos y por qué? ¿Qué podemos y qué debemos hacer para impedirlo? ¿Quiénes son nuestros aliados y quienes nuestros enemigos? Y –fundamentalmente– ¿qué valores últimos justifican lo que queremos y lo que hacemos?, se sucedían constantemente, de manera tanto implícita como explícita en la cotidianeidad discursiva de una notoria mayoría de los marpampeanos con quienes nos cruzábamos.

Sobre esta base, nuestro propósito a lo largo del presente capítulo implicará la reconstrucción –a partir de un análisis de fuentes periodísticas locales[12] y de sus repercusiones en la prensa metropolitana así como de los datos de observación y de entrevistas producidos en el transcurso de nuestro propio trabajo de campo– de la génesis y los contenidos de algunos de los repertorios morales, estéticos y afectivos a través de los cuales los residentes permanentes de Mar de las Pampas más movilizados –los “vecinos históricos” y comprometidos de las noticias periodísticas antes citadas– justificaban su pertenencia y sobre todo la legitimidad de sus posiciones y sus acciones en defensa de la “esencia” de su localidad. Al menos en parte, esta reconstrucción plantea un interesante –aunque no del todo sistemático– ejercicio de comparación por contraste con los procesos análogos que analizáramos para Villa Gesell en los capítulos precedentes, en la medida en que, como veremos, muchos de los repertorios y recursos cuya sociogénesis hemos ido construyendo –y en particular el último de entre ellos, el de los fenicios, que viéramos movilizado habitualmente como parte de una crítica moral fundada en la recusación a la motivación del lucro y al crecimiento inorgánico y desordenado– reaparecen aquí en formas que en parte los reproducen y en parte los reelaboran, en el marco de un proceso de rearticulación que propone repertorios específicos para su uso en la movilización pública y colectiva en defensa de la naciente comunidad.

Naturaleza y calidad de vida en el paraíso verde

Como hemos señalado en nuestra introducción, los actores sociales no inventan ex nihilo los recursos que movilizan en sus argumentos ni las formas ‘adecuadas’ de movilizarlos, sino que se sirven de repertorios y modalidades de uso preexistentes y a su alcance, de los cuales pueden suponer con algún fundamento que cuentan con cierta legitimidad entre sus públicos actuales o potenciales. Asimismo, una abundante bibliografía que podemos rastrear hasta la propuesta seminal de Fredrik Barth (1976) a la que hiciéramos ya referencia ha señalado la importancia de prestar debida atención al papel de los procesos de diferenciación y conflicto en la construcción de fronteras identitarias.[13] Sobre esta base, podemos esperar que nuestros informantes, esos residentes permanentes de Mar de las Pampas que la prensa metropolitana denomina “vecinos históricos”, articulen sus respuestas a la pregunta implícita por su identidad colectiva en el marco de un diálogo conflictivo con las respuestas alternativas de emprendedores y desarrolladores inmobiliarios de gran escala, y recurriendo a una serie de recursos morales y retóricos familiares y extendidos que han sedimentado lo suficiente como para ser considerados prestigiosos y persuasivos entre diversos públicos –en especial las autoridades locales, los turistas más o menos asiduos y la prensa de circulación nacional–, a quienes quisieran persuadir de la justicia de su causa.

Quizás el más extendido de estos repertorios y el que es invocado con mayor frecuencia es el ecológiconaturista, entendido desde una lente conservacionista que pone en primer plano el imperativo de minimizar el impacto de la ‘cultura’ –el hombre y sus obras, si se nos permite forzar el conocido sintagma evolucionista– sobre el ‘medio’, el ‘entorno’ o la ‘naturaleza’.[14] Según sus formulaciones más familiares –que hemos anticipado en parte en nuestra introducción– Mar de las Pampas constituiría un “paraíso verde” configurado por la yuxtaposición de “el bosque” y “el mar”, donde la arena, los árboles, las aves y los mamíferos silvestres habrían convivido hasta hace muy poco en un relativo equilibrio con sus habitantes, equilibrio posibilitado por una presencia humana dispersa con un mínimo impacto sobre el paisaje, y armónicamente integrada a él, tanto material como moral y estéticamente.

Una de las formulaciones más explícitas y acabadas de los usos de este repertorio puede encontrarse en un documento que lleva por título Mar de las Pampas: su espíritu y objetivos, que fuera presentado con ocasión de un debate llevado a cabo en la Sociedad de Fomento local (SoFo) en relación con un proyecto de modificación al código de ordenamiento urbano:

Definición: Aldea Turística que tiene como principal recurso el atractivo de sus bellezas naturales y cuyos habitantes le imprimen un perfil claramente ecológico encauzado conforme los criterios de desarrollo sustentable y ecodesarrollo.

Propuestas hacia un desarrollo armónico:

Playa: Deberá continuar manteniendo su carácter virgen, no debiendo ser invadida ni deteriorada por la acción del hombre (…) Los balnearios no podrán exponer en su exterior ninguna marca comercial (…) No se permitirá la pesca (…) [ni] los deportes náuticos a motor [ni] el tránsito vehicular [ni] la amplificación de sonido de ningún tipo, ni la iluminación nocturna de la playa. (…) en ningún caso la construcción privada se comunicará con la playa (…) El sistema de duna y antiduna permanecerá intacto (…).

Bosque: La superficie construida en el ámbito de Mar de las Pampas nunca podrá superar el 16% de su extensión total (…). Se respetará en todo su desarrollo el [diseño] urbanístico y paisajista de sus fundadores (…). Se promoverá la redacción de un Código de Construcción que apunte al uso de materiales preferentemente naturales, no contaminantes (…) Se prohíbe todo tipo de construcción en los espacios verdes (…) Se prohíbe la instalación de cualquier tipo de juegos electrónicos o eléctricos. La generación y desarrollo de fuentes alternativas de energía (solar/eólica) es compromiso de toda la comunidad, así como la eliminación definitiva de todo cableado aéreo. Se prohíbe todo tipo de actividad contaminante sin excepción (…) Queda prohibida la tala de árboles, excepto por razones de seguridad, por tareas de mantenimiento de bosque y de construcción conforme a lo normado (…) El alumbrado público será el mínimo e imprescindible (…) siendo en todos los casos de baja luminosidad, con iluminación baja, indirecta y cálida. Se alentará la tracción a sangre exclusivamente como medio de transporte público interno (…) Las calles solo podrán ser mejoradas mediante elementos provistos por la naturaleza en su estado original, pero nunca asfaltadas.[15]

Los diversos recursos que resultan ensamblados en este repertorio estético-moral derivan de genealogías fácilmente reconocibles y ampliamente extendidas –ninguna de ellas, cabe señalar, de origen local. En primer lugar, y de modo central, el discurso de “lo verde” –leído como sinónimo de una naturaleza opuesta a los excesos de una vida urbana presentada como tóxica, amenazante y en cierto sentido inhumana– que atraviesa buena parte de la seducción inmobiliaria dirigida a los sectores medios profesionales que consolidaron su ascenso social entre mediados y fines de la década de los 90, y que en el Área Metropolitana de Buenos Aires (así como de algunas de las ciudades más importantes del interior del país) ha dado origen a la expansión de las urbanizaciones cerradas (Svampa, 2001; Arizaga, 2005).[16] Y sin duda alguna, buena parte de su eficacia persuasiva debe también mucho a la sedimentación en la longue durée de una oposición bien conocida y de la que beben estos discursos: la antítesis de inspiración romántica que opone ‘el campo’ a ‘la ciudad’ como el ‘vicio’ a la ‘virtud’ (Gorelik, 1999; Sennett, 2001; Williams, 2001).

Mas el sintagma de ‘lo verde’ como metonimia de ‘lo natural’ no se agota en consideraciones arquitectónico-paisajísticas. Más allá de que buena parte (o incluso la parte central) del conflicto acerca de la putativa identidad de Mar de las Pampas gire –como lo veíamos en las notas periodísticas que nos sirvieran de introducción al presente capítulo– en torno del modelo de desarrollo inmobiliario y su impacto concreto sobre una naturaleza ‘preexistente’, ‘lo verde’ predica al mismo tiempo de un determinado estilo de vida (Maciel y Krischke Leitão, 2010). La naturaleza no solo debe ser protegida y conservada sobre la base de una ética de principios y su imperativo categórico: debe ser conservada porque de la preservación de esa naturaleza se sigue una calidad de vida particular, que buena parte del mundo urbano habría perdido a mano de las siempre voraces “fuerzas del progreso” y de la especulación sin freno.

Ahora bien: si a principios de la década los llamados a la ‘vida verde’ se presentaban y argumentaban en una forma débilmente articulada que apelaba tanto a recursos provenientes de vagas filosofías naturistas como de un hippismo epigonal –y que podríamos ordenar en un continuum que se extiende desde una suerte de libertarianismo individualista a un comunitarismo amorfo (Webster, 1975)– así como a su traducción a ciertas formas de consumo éticamente inspirado extendidas entre los sectores medios urbanos contemporáneos (Quirós, 2014), a medida que el proceso se prolongaba los principales emprendedores morales de la escena marpampeana procurarán subir la apuesta a través de la movilización de un prestigioso repertorio transnacional de creciente exposición mediática: el movimiento slow. Los avatares de esta apropiación pondrán de evidencia algunas de las complejidades y límites inherentes a la potencial movilización local de repertorios y recursos venidos de fuera, de modo tal que nos detendremos en ellos con cierto detalle.

De la ciudad slow al vivir sin prisa

Slow Food International, Cittaslow y el movimiento slow

La historia del movimiento slow en general y de Slow Food en particular ha sido reseñada con cierta frecuencia en la literatura antropológica reciente (Leitch, 2003; Meneley, 2004; Pietrykowski, 2004; Paxson, 2005; Peace, 2006; Schneider, 2008; Peace, 2008),[17] razón por la cual nos limitaremos aquí a una presentación estilizada que busca recuperar sus rasgos más relevantes.[18] La versión más o menos canónica del origen del movimiento nos presenta a su fundador y vocero, el periodista italiano Carlo Petrini –figura prominente de la izquierda italiana de los 70– siendo testigo en 1986 de la inminente apertura de un McDonald’s en la Piazza di Spagna, en Roma. La emergencia de esa suerte de templo de la junk food en el corazón de la capital de un país que se identifica con una serie de tradiciones culinarias antiguas y diversificadas fue causa de perplejidad primero y de indignación después, razón por la cual el 26 y el 27 de julio, Petrini y un puñado de amigos se reúnen en la cava de La Bella Rosin, un notable restaurante de Fontanafredda, para dar batalla contra McDonald’s y todo lo que este representa a título de sinécdoque. El resultado de esa ‘conspiración de los virtuosos’ será en primer lugar una resonante campaña mediática contra la instalación de los Arcos Dorados en la Ciudad Eterna (Leitch, 2003: 439) y a fortiori, la emergencia de Slow Food, un movimiento que se propone como objetivo defender:

… todo lo que McDonald’s no defiende: productos de temporada, frescos y locales; recetas transmitidas a través de las generaciones; una agricultura sostenible; cenar despacio con la familia y los amigos… Slow Food también predica la “ecogastronomía”, la idea de que comer bien puede, y debe, ir de la mano con la protección del medio ambiente (Honoré, 2006: 71).

Sin embargo, un análisis menos lírico revela un proceso bastante más largo y ciertamente más complejo. Petrini es oriundo de Bra, en el Piamonte, una región con fuertes conexiones con tradiciones locales en lo que hace a la comida y a los vinos, y su militancia gastronómica antedata la viñeta mitológica que acabamos de presentar. La primera encarnación de lo que luego sería Slow Food antecede en más de dos años al putativo momento fundacional: se trata de Arcigola, surgida en 1983 y constituida formalmente en 1986 a partir de Arci, la organización recreativa y cultural del Partido Comunista Italiano (Schneider, 2008). De su seno nacerá, un año después, en 1987, Slow Food, que se volverá internacional en 1989 y del cual resultará un manifiesto que será firmado por delegados de quince países. A partir de ese momento, Slow Food International habrá de experimentar un crecimiento sostenido,[19] estableciéndose en los Estados Unidos, Japón y el Reino Unido entre 2000 y 2003, y alcanzando en la actualidad varios millones de miembros en más de ciento sesenta países de los cinco continentes habitados.[20]

La filosofía del movimiento slow –explicitada ulteriormente en su Manifiesto de la Calidad– se resume en su lema: “buena, limpia, justa” (Schneider, 2008).[21] La presentación que puede encontrarse en la versión en inglés de su sitio web[22] resume de manera sucinta los principios que Slow Food intenta promover y sus fundamentos:[23]

Nuestra filosofía

Slow Food se erige en el cruce entre ecología y gastronomía, ética y placer. Se opone a la estandarización del gusto y la cultura, así como al poder irrestricto de las multinacionales de la comida y la agricultura industrial. Creemos que todas las personas tienen el derecho fundamental al placer de la buena comida y, consecuentemente, la responsabilidad de proteger el legado de comida, tradición y cultura que hace posible este placer (…).

Nuestra visión

Luchamos por un mundo en el cual todas las personas puedan acceder a y disfrutar de comida que sea buena para ellos, buena para quienes la producen y buena para el planeta.

Nuestra misión

Slow Food es una organización internacional de base [grassroots] cuyos miembros promueven comida buena, limpia y justa para todos.

Buena, limpia, justa

La aproximación de Slow Food a la agricultura, la producción de alimentos y la gastronomía está basada en un concepto de calidad alimentaria definida por tres principios interconectados:

Buena, una dieta fresca y de estación que satisfaga los sentidos y sea parte de nuestra cultura local;

Limpia, en lo que refiere a la producción y consumo, que no dañen al ambiente, el bienestar animal o nuestra salud;

Justa, con precios accesibles para los consumidores y condiciones y justo pago para los productores de pequeña escala (…)

Identidad local

Expresamos nuestro compromiso de proteger las comidas de calidad, tradicionales y sustentables, defendiendo la biodiversidad de variedades cultivadas y silvestres al igual que la de los métodos de cultivo y procesamiento. A través de la manutención de la diversidad de las tradiciones agrícolas y alimentarias locales, puede mantenerse la sabiduría de las comunidades locales de manera de proteger los ecosistemas que las rodean y ofrecerles perspectivas sostenibles para el futuro.

Sobre la base de una filosofía inspirada en Slow Food y sus principios, en octubre de 1999, bajo la iniciativa de Paolo Saturnini, alcalde de Greve en Chianti (Toscana) y con el apoyo de Francesco Guida, alcalde de Bra –la ciudad de Petrini[24]–, Stefano Cimicchi de Orvieto y Domenico Marrone de Positano, se lanza el movimiento Cittaslow[25] (Meyer y Knox, 2006), que se plantea como objetivo

la mejora de la calidad de vida (…) ampliando la filosofía de Slow Food a las comunidades locales y al gobierno de las ciudades (…) ciudades donde los hombres todavía tienen curiosidad acerca de los viejos tiempos, ciudades ricas en teatros, plazas, cafés, talleres, restaurants, y lugares espirituales, ciudades con paisajes intactos y artesanos encantadores, donde las personas no han perdido la capacidad de reconocer el lento curso de las estaciones y sus productos genuinos que respetan los gustos, la salud y las costumbres espontáneas[26]

Al momento de nuestra investigación, el movimiento sumaba poco más de ciento noventa ciudades certificadas, presentes en treinta países del mundo. La mayoría de ellas se situaba en Europa, y fuera de ese continente, solo nueve países contaban con ciudades certificadas como slow: Australia, Canadá, China, Colombia,[27] Corea del Sur, los Estados Unidos, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Taiwán y Turquía.[28]

Las condiciones de certificación para las localidades que quieren ser oficialmente reconocidas como slow cities son estrictas y taxativas, y siguen los lineamientos establecidos en el Manifiesto Cittaslow:[29]

Cittaslow son aquellas ciudades en las que:

– Se implementa una política ambiental que tiene como objetivo mantener y desarrollar las características del área y de la trama urbana, apreciando en primer lugar las técnicas de recuperación y reciclado.

– Se implementa una política de infraestructura que es funcional a las apreciaciones del territorio y no de su ocupación.

– Se promueve el uso de tecnologías que tienen como objetivo la mejora de la calidad del medio ambiente y de la trama urbana.

– Se estimula la producción y el uso de productos alimenticios obtenidos a través de técnicas naturales compatibles con el medioambiente, excluyendo productos transgénicos, y allí donde sea necesario, el establecimiento de instalaciones para la custodia y desarrollo de producciones tradicionales en dificultades.

– La producción autóctona, enraizada en la cultura y las tradiciones [locales] es custodiada y contribuye a una caracterización del territorio, manteniendo los lugares y métodos, promoviendo eventos y espacios privilegiados para el contacto directo entre los consumidores y los productores de calidad.

– La calidad de la hospitalidad es promovida en tanto momento real de contacto con la comunidad y sus rasgos definitorios, removiendo los obstáculos físicos y culturales que pueden perjudicar el uso amplio y extendido de los recursos de la ciudad.

A un nivel menos abstracto, esto implica que la ciudad que quiera ser reconocida y certificada como slow deberá implementar medidas dirigidas a la protección de los recursos ambientales de la ciudad, tales como el control de la calidad del aire, manejo de residuos, el control de la polución y el uso de energías alternativas. Mención particular merece el rol de la producción y el consumo de productos locales como estrategia central de crecimiento económico, como lo destacan Meyer y Knox:

la agenda de Slow City sugiere llevar a cabo un censo anual de productos típicos locales, conservar eventos culturales locales, desarrollar mercados locales en los lugares más interesantes y prestigiosos de la ciudad, el desarrollo de agricultura orgánica, programas para incrementar las tradiciones gastronómicas locales, e iniciativas para alentar la protección de productos y artesanías del área local (…) Es en este puntoel foco en los productos locales que las ideas de Slow City se distinguen de las definiciones [habituales] de sustentabilidad. Mientras que las agendas de sustentabilidad están motivadas sobre todo por el tema del uso y consumo de recursos, Slow Food y Slow Cities utilizan los productos locales como mediadores de sustentabilidad y particularidad [distinctiveness], mientras que los recursos y la calidad ambiental son solo parte de la preocupación (Meyer y Knox, 2006: 327, traducción nuestra).

La proyección internacional del movimiento slow encontrará un impulso sucesivo en la publicación en 2004 del libro In Praise of Slow,[30] escrito por el periodista canadiense Carl Honoré, que habrá de transformarse en best-seller y que será en lo sucesivo traducido a más de treinta idiomas (Honoré 2006). Aun cuando Honoré otorga un lugar central tanto a Slow Food como Cittaslowen los capítulos III y IV respectivamente– su caracterización del movimiento slow es a la vez más amplia y más difusa que la que hemos reconstruido en los párrafos precedentes, e incluye toda una serie de prácticas en diversas esferas de la vida individual y colectiva –el bienestar corporal y el ejercicio, la medicina y la vida sexual, el trabajo y el ocio, la música y la crianza de los niños– destinadas a ralentizar el tempo de la vida cotidiana. Sobre esa base Honoré se ha instalado como nueva referencia de un movimiento slow lato sensu, del cual él mismo se ha proclamado instigador, promotor y vocero. La presentación en su sitio web es bastante elocuente respecto del lugar que el autor se da a sí mismo y a su obra en el marco del movimiento a escala mundial:

el movimiento Slow (…) es una revolución cultural contra la noción de que más rápido es siempre mejor. La filosofía no tiene que ver con hacer todo a paso de caracol. Tiene que ver con la búsqueda de la velocidad correcta para cada cosa (…) Se trata de la calidad sobre la cantidad en todo, desde el trabajo a la comida pasando por la crianza de los hijos (…)

¿Cómo ha crecido el movimiento Slow desde la publicación de In Praise of Slow?

A los saltos. (…) Cuando comencé la investigación para mi libro, los términos de búsqueda “movimiento slow” no arrojaban casi resultados. Estaba Slow Food, pero eso era todo. Hoy uno encuentra en Google más de 500.000 entradas bajo “movimiento slow”. Y no solo se trata de profesores de yoga y aromaterapeutas embanderados en la causa slow; también involucra a los negocios (…)

Pienso que el modo en que In Praise of Slow se ha filtrado a los lugares más inusuales dice muchísimo. Ha sido traducido a treinta lenguajes y ha sido best seller en todas partes, desde Norteamérica a Gran Bretaña, España, Italia y Holanda a Argentina, Paraguay, Suecia y Taiwán. Sé de muchos religiosos (protestantes, musulmanes y católicos) que han citado el libro en sus sermones a lo largo y a lo ancho del mundo. Es promovido por profesores de yoga, instructores de sexo tántrico y practicantes de medicinas alternativas. Fue elegido libro del año por una buena cantidad de revistas de negocios y está actualmente en la lista de lecturas sugeridas por consultores de management, coaches y otros gurúes de los negocios (…) Escucho de muchas escuelas en el mundo donde los niños han estado haciendo proyectos basados en el libro. Y también de clubes de lectores que han leído In Praise of Slow.[31]

Como en cierto sentido lo sugiere la presentación de Honoré y su autoproclamación como abanderado de un movimiento que solo habría encontrado la consumación y el éxito masivo con la publicación de su libro, el modo en que se fue configurando la geometría del movimiento slow y sus instituciones a escala internacional es bastante compleja y en ocasiones conflictiva –aunque casi siempre de forma velada y bajo un barniz de cordialidad y bonhomía. A nivel ideológico, puede pensarse el movimiento como atravesado por una tensión entre, por un lado, una serie de tendencias centrífugas y eclécticas que surgen de su pretensión de apertura –es decir, su constante énfasis discursivo en que “no se trata de una secta”, lo cual expresa que la membresía no está atada al cumplimiento estricto de una serie de dogmas inflexibles– y por otro, una serie de tendencias centrípetas que tienen que ver con una institucionalización del movimiento que busca evitar la dispersión y sobre todo la trivialización que se seguirían de un uso abusivo de la ‘marca slow’. Así, donde Honoré y su propuesta se sitúan más claramente en el polo del eclecticismo, Slow Food International y sobre todo Cittaslow, con sus complejos procedimientos burocráticos de certificación y monitoreo se sitúan más cerca del polo de la institucionalización.[32] Es en el marco de estas tensiones que la localidad que nos ocupa, Mar de las Pampas, intentará formular una serie de reclamos morales e identitarios fuertemente articulados sobre la base del repertorio slow.

Mar de las Pampas: de “la primera ciudad slow” a la “ciudad sin prisa”

La consolidación de Mar de las Pampas en la prensa metropolitana de alcance nacional con la que comenzáramos el presente capítulo aparece casi desde el principio ligada a su presentación como “la primera ciudad slow de la Argentina”. De ello dan testimonio los titulares, las bajadas y los contenidos de casi todas las menciones a la localidad entre 2006 y 2008, tanto en los principales matutinos de la prensa metropolitana de alcance nacional –Clarín, La Nación y Página/12– como en otros de circulación menos masiva. Así, solo a título de ejemplo, podemos mencionar una reseña del sitio de interés general Terra.com que presenta a Mar de las Pampas como la localidad que “aspira a convertirse en la primera ‘ciudad lenta’ de América Latina”,[33] mientras que el matutino Infobae se adelanta a los hechos y nos anuncia “Conozca la primera slow city de la Argentina”.[34] Clarín por su parte nos anuncia que “la localidad está en camino de sumarse al movimiento internacional de ‘ciudades lentas’”,[35] Página/12 nos presenta a “Mar de las Pampas, la ciudad que será ‘slow’”[36] y La Nación relata que “en la última Feria Internacional de Turismo, de Buenos Aires, el Municipio de Villa Gesell presentó un ambicioso proyecto para la zona sur del partido por el cual Mar de las Pampas, Las Gaviotas y Mar Azul lanzaban su propuesta de incorporarse al movimiento mundial Slow City”.[37]

Los orígenes y la autoría de esta identificación de Mar de las Pampas con el repertorio del movimiento slow son objeto de una serie de reconstrucciones discordantes y disputadas. Así, un importante funcionario de la gestión municipal geselina durante el último periodo de la administración Baldo (periodo en el que, como ya señaláramos, se producen las primeras asociaciones entre la ciudad y el movimiento) adjudica la idea –en consonancia con la nota de La Nación que citáramos en el párrafo precedente– a funcionarios de la propia gestión:

Mar de las Pampas… “Ciudad sin límites” decíamos primero… “Ciudad Slow”, le pusimos después… ¡Inventamos cada cosa!

Entrevistador: Ah, ¿lo de Ciudad Slow surgió de la municipalidad también?

Sí, sí… eso lo hicimos nosotros (Bernardo, 53 años, funcionario municipal entre 1995 y 2003).

Los miembros de la Sociedad de Fomento local por su parte, protagonistas centrales como hemos visto en ese proceso de movilización colectiva continua que se presenta como interesado en preservar el “perfil ecológico” de su ciudad, se atribuyen la paternidad de la identificación, conjuntamente con la extinta Asociación de Emprendedores Turísticos (AET)[38] y en consonancia con lo presentado en la nota de Infobae que mencionáramos en los párrafos precedentes:

este movimiento slow no es una idea de Mar de las Pampas, es una idea italiana que surge de la comida slow [sic] y que nosotros después tomamos [como filosofía] para Mar de las Pampas… O sea surge del movimiento internacional slow, y eso lo tomó la SoFo y lo impulsó (Lorena, 27 años, responsable de la delegación Mar de las Pampas de la Oficina Municipal de Turismo).

Según estos “vecinos”, la participación del municipio y sus funcionarios en el proceso es tardía y adventicia. Así lo evoca Claudia, una cabañista local que tuvo una participación central en el proceso: “se prendieron cuando vieron que podían usarlo como estrategia comercial, pero claramente sus fines no son los nuestros”.

Algunos de nuestros informantes locales incluso adjudican el origen de la idea a la iniciativa de un huésped de uno de los complejos de cabañas:

Una de las personas del elenco estable [de la AET] me dice “Che, ¿sabés que tengo un huésped…”yo no tenía ni idea del movimiento “… tengo un huésped que a través de la revista Uno Mismo[39] [se enteró de que existía y me dijo]:Che, pero ustedes pueden, por las características de Mar de las Pampas, ustedes puede ser una Slow City”… Y ahí empezó… esto habrá sido, creo que 2004, 2005 (Claudia, 42 años, integrante de la SoFo).

Mientras tanto, los representantes del movimiento Slow Food en Argentina, como veremos en breve con algo más de detalle, atribuyen el origen de la identificación a “una idea de un desarrollador inmobiliario” deseoso de construir una estrategia turístico-comercial basada en el ofrecimiento de un producto diferenciado y de alto valor agregado.

Más allá de estas disputas en torno de su origen, las pretensiones slow de Mar de las Pampas darán origen a una serie de desencuentros reveladores entre algunos de los promotores locales de esa identificación y los representantes a escala nacional del movimiento slow internacional. Tal como estos lo reconstruyen, las primeras y entusiastas menciones periodísticas en la prensa nacional que enumerábamos más arriba –y que según los residentes de Mar de las Pampas a quienes hemos entrevistado tienen su origen en una conferencia de prensa llevada adelante por la SoFo y la AET en 2004– habrán de suscitar la sorpresa primero y la preocupación después de los representantes locales de Slow Food:

Leo un día en un diario “Mar de las Pampas, la primera ciudad slow de la Argentina” y me extrañó, porque se supone que si hay alguien que debería tener idea de eso soy yo. Igual por las dudas llamo a Cittaslow en Italia, y ellos me dicen que no, que no tienen idea (Ricardo, 59 años, ex representante del movimiento slow en Argentina).

Sin embargo, nuestros interlocutores del movimiento slow mencionan que al poco tiempo comenzaron los intentos por contactarlos de parte de algunos emprendedores de Mar de las Pampas:

Al poco tiempo me llaman un día para invitarme con mi familia a pasar unos días en Mar de las Pampas… me invita un tipo de un restaurante. Yo tengo claro que uno… digamos, cuando acepta la invitación ya estás generando una movida, y un tema [de reciprocidad] con la hospitalidad y las atenciones. Entonces… no, le dije que no. Esto ponele que sería agosto… les dije que yo en diciembre iba a pasar por ahí y los iba a conocer. Y caí sin avisar. Es decir, yo no quería que estuvieran esperando al “representante slow”, y caí ahí, empecé a dar vueltas. Pregunté por el tipo que me había mandado mails, que me había llamado y bueno, ahí lo conocí, el tipo me presentó dos o tres personajes de las comisiones que tenían ahí y un tipo muy simpático, que tenía un restaurante de comida judía espectacular, un tipo mayor, que trabajaba con su hija. Picoteamos algo, yo tampoco quise que me invitaran a comer. Tomamos un café, hasta ahí llegamos. Todo bien. Me parecía que era… y ahí le dije “Mirá, la verdad que ustedes no son slow” (Ricardo, 59 años, ex representante del movimiento slow en Argentina).

Tal como lo señala Ricardo –y como puede deducirse de los criterios y fundamentos que presentamos en la sección precedente–, las razones por las cuales la certificación como ciudad slow no estaría al alcance de Mar de las Pampas son numerosas, y si cada una de ellas bastaría por sí sola para excluir la certificación, la combinación de todas ellas resulta a todos los efectos inapelable:

Primero, no tienen producción. No producen nada”. “No, bueno, pero tenemos productores en la zona” [me dice él]. Bueno, vamos a ver [continuemos]. Segundo, las marcas [de la tradición]: no hay historia. No hay historia. Hay un problema de historia”. Yo presenté [la candidatura de] Purmamarca. ¡Y te estoy hablando de Purmamarca, que ahora es una cosa pero en 2002 era otra! ¡Y todavía no estaba declarada Patrimonio de la Humanidad![40] Y me dijeron que no [con la historia que tiene Purmamarca]… Y vas [a Mar de las Pampas] y están los carteles colgando… los cables [a la vista]Le digo, “mirá, esto es muy lindo, el proyecto inmobiliario, yo respeto profundamente las diez o veinte personas que viven acá todo el año y que sienten slow, me parece fantástico, pero a mí me parece que esto no es una ciudad slow (Ricardo, 59 años, ex representante del movimiento slow en Argentina).

A los ojos de Ricardo, por tanto, queda claro que Mar de las Pampas no es más que

un emprendimiento comercial, un loteo de un semi-country que encontró la veta slow. Mi sensación es que ahí [hay] una tendencia inmobiliaria de tratar de dar una imagen diferencial, de darle un valor agregado a través del concepto slow, no respondiendo en lo más mínimo al criterio slow. Porque la verdad que Mar de las Pampas de slow tiene poco (Ricardo, 59, ex representante del movimiento slow en Argentina).

Como emergente de estas disputas y su resultado relativamente decepcionante para las pretensiones marpampeanas, todo ocurre como si a partir de determinado momento la idea de movilizar in toto el repertorio slow –lo cual hubiese implicado certificar a Mar de las Pampas como la primera ciudad slow de la Argentina– hubiera dado paso a un objetivo menos ambicioso, que es el de activar selectivamente algunos recursos pertenecientes a este, objetivamente disponibles y que pudieran ser sustraídos a la impugnación moral y jurídica de los principales responsables del movimiento slow institucionalizado. Esto implicaba alinear la ciudad con una filosofía generalizada del estilo de la de Carl Honoré, en un tránsito que llevaría a los emprendedores morales de la identidad local del polo del institucionalismo al polo del eclecticismo. Sobre esta base, Mar de las Pampas comenzará a consagrar como su lema “la ciudad sin prisa” y “vivir sin prisa”, consignas que rápidamente habrán de proliferar en la cartelería, la folletería, los logos, las notas periodísticas, los textos y los documentales. Tal como lo repone Claudia, otra de nuestras informantes:

[Cuando] empezamos todos a investigar de qué se trataba esto, dijimos bueno, a ver, calificar como una Slow City [es difícil]… nos faltan muchas cosas todavía, hay muchas cosas que hay pero hay otras que faltan. Pero hay algunas cosas que sí [tenemos], entonces quizás al Slow City como marca quizás no la podemos usar, generemos el “Vivir sin prisa” (Claudia, 42 años, integrante de la SoFo).

Al mismo tiempo, sin embargo, la constante e insistente letanía mediática que en los años precedentes presentara a Mar de las Pampas como “primera ciudad slow” tuvo como consecuencia un efecto paradójico de visibilidad sobre el mismo movimiento slow en su conjunto: tal como lo reconocen sus propios representantes nacionales, una gran cantidad de personas ha descubierto la existencia del movimiento slow a partir de la difusión periodística de Mar de las Pampas. Siendo así, la eufemización de la asociación entre Mar de las Pampas y el movimiento slow perjudica más a este último que a la ciudad, cuya imagen de “ciudad lenta” está instalada o incluso consolidada tanto en el mercado turístico e inmobiliario de alto poder adquisitivo como en la opinión pública en general. En este sentido, Mar de las Pampas plantea al movimiento slow internacional y en especial a sus representantes locales un desafío similar al que señaláramos respecto de la figura epigonal de Carl Honoré.[41] Así, este es visto con una ambigüedad cuyos extremos están dados por un lado por una imagen de advenedizo o incluso de usurpador, y por el otro por el de un publicista eficaz y vocero a escala mundial del movimiento y sus ideales, y las lecturas de la ambición inicial de Mar de las Pampas por presentarse como ciudad slow oscilan entre la de una usurpación desfachatada de unas credenciales que no le corresponden y a las que no tiene el derecho de aspirar y la de una vidriera que le ha permitido al movimiento una visibilidad a escala nacional que de otra forma hubiera sido muy difícil procurarse.

Asimismo, la afinidad entre la propuesta de Honoré y el lugar que Mar de las Pampas ocupa en la economía representacional del movimiento slow en Argentina no es solo cuestión de homología: como lo hemos ya insinuado en la presentación de su filosofía de la vida slow –y como el mismo Honoré (2006) insiste una y otra vez en su obra–, la vida slow no es una cuestión de “todo o nada”.[42] En este sentido, no necesitamos extendernos demasiado respecto de la afinidad electiva de la propuesta marpampeana de “vivir sin prisa” –al menos tanto como sea posible en una ciudad balnearia con ocupación plena en la temporada estival– y la idea de Carl Honoré de hacer “cada cosa a la velocidad que corresponde”.

Cuando combinamos esta ambigüedad con el papel que acabamos de señalar ocupa Mar de las Pampas en las representaciones nacionales acerca del movimiento slow, podemos entender los esfuerzos que han hecho algunos de los representantes de este último por encontrar una solución de compromiso:

La intención de Mar de las Pampas [no debe ser censurada], porque… digamos, como ciudad slow no iba, pero sí podía ir como [un grupo de] gente vinculada al pensamiento slow. No lo llames “ciudad slow. No es slow pero sí es un modo de vida [slow]… es más yo propuse en alguna reunión en Italia, generar una categoría intermedia, que no fuera una marca [ni una certificación], que no fuera algo que necesita una inspección permanente. Slow implica un compromiso político, es decir, la… el intendente, la fuerzas políticas del lugar tienen que involucrarse en el concepto, tratar de apoyar al pequeño productor en el mercado callejero, que acá [en este contexto] es absurdo, pero bueno, genera un punto intermedio porque así como vos te acercaste a mí [por Mar de las Pampas], hubo mucha gente que en su imaginario tiene “Mar de las Pampas, ciudad slow. Hicieron bastante bien la campaña de prensa, y [por eso la gente] relaciona “slow” con “Mar de las Pampas”, no “Mar de las Pampas” con “slow” (…) Lo mismo que [pasa] con Carl Honoré. Está bien, no está dentro de la estructura, pero es un movimiento… juntemos a esta gente que quiere vivir de esa manera. Italia se maneja… digamos, el problema que tiene Slow Food es que no es una empresa, es un movimiento con jóvenes pasantes que están un año, dos años, después se van. Sí hay un núcleo base bastante interesante pero también lo manejan todo desde una manera muy movimentista digamos, muy… y eso hace que muchos proyectos queden a mitad de camino (Ricardo, 59, ex representante del movimiento slow en Argentina).

A partir del hallazgo de esta suerte de solución de compromiso, por tanto, la localidad de Mar de las Pampas comienza a (re)presentarse a sí misma como la “Ciudad sin prisa” y como refugio del frenesí de una vida urbana contemporánea caracterizada por una velocidad que no dejaría tiempo a la introspección, el ocio creativo y el disfrute. Con el entusiasmo del converso, sus habitantes embanderados bajo esta nueva causa comenzarán a hacer profesión pública de su repudio a ciertos principios que la sociedad de la modernidad avanzada invoca como bandera: la eficiencia, la velocidad, la conexión permanente, la centralidad del mercado y el consumo (Virilio, 1993), que comenzarán a ser imputados con una carga moralmente negativa a quienes “pretenden desvirtuar la esencia de Mar de las Pampas”. Y aunque no pueda estrictamente afirmarse que los recursos apropiados selectivamente a partir del repertorio del movimiento slow que precipitan en la divisa de “ciudad sin prisa” agreguen demasiados elementos novedosos a los repertorios que los habitantes de Mar de las Pampas presentaban como característicos de su singularidad moral y estética, lo cierto es que sí se los puede articular de una manera novedosa que multiplica su eficacia y que les permite construir una serie de discursos de promoción turística que estimulan la imaginación de esas fracciones de los sectores medios fascinadas por el discurso de ‘lo verde’, que comienzan a identificarse secundum quid con la causa de los pobladores locales, en una alianza que desestabiliza al menos una parte de los argumentos de los emprendedores de mediana y gran escala. Puesto que si es en efecto la singularidad de Mar de las Pampas en cuanto “ciudad sin prisa” la que atrae a la inmensa mayoría de sus turistas de alto poder adquisitivo, queda claro que el paso de una oferta diferenciada a una oferta masiva no tiene mayor sentido, incluso desde la más estricta de las racionalidades economicistas, dado que los turistas buscarían los mismos rasgos que los residentes permanentes defienden y no los servicios indiferenciados –aunque de alto perfil– que estos desarrolladores quieren desplegar. Como lo enuncia una carta del Correo de Lectores de El Chasqui:

[Mar de las Pampas] tiene su propia alma. Y se la quieren maquillar con eufemismos de confort (…) ¿qué infraestructura? ¿Qué confort? ¿No entienden que eso está en otro lugar? ¿No entienden que eso está en Buenos Aires y [la gente] viene a Mar de las Pampas buscando que hasta el celular no agarre señal? ¿No entienden que los chicos de Buenos Aires nunca vieron un sapo? ¿Que el animal más conocido es un Pikachu[43]? ¿Que el árbol más cercano que les tocó ver es el de la vereda? ¿Que a los ejecutivos tapados de laburo de la ciudad y con un stress galopante les encanta caminar en patas por las calles de arena, trepar un médano para clavar la sombrilla donde se les cante y hacer pis en el mar? Estamos indignados. Y nos sentimos impotentes y a la vez agradecidos por ver cómo están haciendo presión para que todo se arruine. Entendemos que es importante crecer, progresar, pero salgamos un poco del formato. No se crece ni se progresa de una única manera…[44]

Una vez más, podemos encontrar evidencia del empuje persuasivo de este nuevo repertorio en un subconjunto de estos argumentos que fueran reproducidos en tono elegíaco y prácticamente verbatim por los medios periodísticos metropolitanos de circulación nacional. A título de ejemplo podemos mostrar la siguiente nota del diario La Nación, aparecida el 13 de febrero de 2007:

Una aldea donde no hay otro afán que veranear sin prisa

Allí hasta los celulares quedan olvidados: no suenan porque no hay antenas

MAR DE LAS PAMPAS. En este balneario no hay supermercados, ni lavaderos, ni postes de luz en las calles. Tampoco hay discotecas, ni “fichines”, ni estaciones de servicio. No hay asfalto, ni carteles publicitarios. Y en la playa solo existe un parador.

Nada importa, porque los servicios que buscan los turistas son otros, tales como muchos espacios verdes, erradicación de la contaminación sonora y visual, playas libres de estructuras y, fundamentalmente, tranquilidad. Mucha tranquilidad.

“Lo que buscamos es descansar. Desenchufarnos de todo y, como dicen los carteles, vivir sin prisa. Bah, en nuestro caso, el lema correcto sería veranear sin prisa, porque lamentablemente no vivimos acá”, contó a LA NACION Isabel Vázquez, de Vicente López, que eligió esta localidad para disfrutar de sus vacaciones por segundo año consecutivo.

Entre los turistas del lugar predominan parejas jóvenes con hijos pequeños que consultados sobre por qué eligen Mar de las Pampas para veranear, responden, sin excepción alguna, que lo hacen “por su tranquilidad”.

Sucede que esta villa, situada en el km 420 de la ruta provincial 11, entre Villa Gesell y Mar Azul, se distingue del resto de los balnearios de la costa atlántica por cultivar un estilo desacelerado, donde el apuro es inconcebible o, mejor dicho, impracticable, porque todo tiende a imponer un ritmo de vida lento.

Sus calles, por ejemplo, no solo son de arena, sino que, además, el zigzagueo de las arterias principales y el sinnúmero de culs de sac [calles sin salida] reduce el impacto vehicular: “Cuando se realizó la traza urbana, se respetó el movimiento de los médanos, generando una traza azarosa que acompaña la topografía original del lugar y que promueve una circulación de tránsito más pintoresca”, explicó a LA NACION Jorge Ziampris, secretario de Turismo del partido de Villa Gesell. La velocidad máxima permitida es de 30 km por hora.[45]

“Mar de las Pampas es un destino residencial y tranquilo, que a partir de 2002 ha crecido sostenidamente, porque cuenta con un código de ordenamiento urbano muy restrictivo, que es una especie de garantía de que el lugar se va a conservar tal cual es”, agregó el funcionario. (…)

El lema “vivir sin prisa” surgió dos años atrás, de la Asociación de Emprendedores Turísticos (AET) local, que decidió ponerle firma a un proyecto que llevaba años de trabajo. “Encontramos que el camino que estábamos siguiendo ya lo habían transitado y plasmado por escrito otros, en otras partes del mundo, que hablaban del concepto de slow city. Así fue como decidimos promover, para Mar de las Pampas, la idea de vivir sin prisa”, explicó a LA NACION Eduardo Straffurini, presidente de AET. En tal sentido, Esteban Pallavicini, otro integrante de la asociación, señaló: “El punto es olvidarse de la correría y disfrutar más y mejor del tiempo. Acá, mucha gente llega, estaciona el auto, y no lo vuelve a sacar hasta que se va”.

La finalidad es preservar el lugar: “La gente que nos visita viene a buscar esto, que consiste en la no interferencia entre la naturaleza y el hombre. No hay iluminación en las calles, para que se puedan ver las estrellas y la luna. Estas son las cosas que conforman nuestro atractivo turístico”, sostuvo Straffurini.

Así, disfrutar de paseos sin ruidos molestos por los frondosos bosques de la zona, ver la salida de la luna desde el médano paralelo al mar que protege a la villa del viento y que se extiende por 2 km o bien, simplemente, caminar por calles sin publicidad son algunos de los programas recreativos que Mar de las Pampas tiene para ofrecer, y que cada vez más gente busca conocer.

Por Adriana Riva

Enviada especial[46]

Al mismo tiempo, en la medida en que los habitantes movilizados de Mar de las Pampas consiguen capturar la imaginación de los cronistas y corresponsales metropolitanos –y a fortiori de turistas asiduos o potenciales– a través de consignas naturistas que resuenan con fuerza con los habitus de ciertas fracciones de los sectores medio-altos y sus nuevas filosofías del ‘buen vivir’,[47] esto les permite presentar con fuerza renovada su relato identitario, de manera tal que su narrativa de ‘comunidad virtuosa amenazada por las voraces fuerzas de la modernidad y el mercado’ gana a la vez en visibilidad y legitimidad –así como en capacidad de resistencia– y crea una serie de espacios propicios a potenciales alianzas entre los “vecinos preocupados” y estos turistas “que busca[ría]n lo mismo” que ellos:

En Mar de las Pampas hay mar de fondo entre vecinos y shoppings[48]

Los habitantes de Mar de las Pampas se debaten entre fomentar una invasión turística que favorezca a los comerciantes o mantener la exclusividad del sosiego.

Por Carlos Rodríguez

Desde Mar de las Pampas

 

El ruido del motor del cuatriciclo, que pasa a toda marcha por la calle que lleva al centro comercial Aldea Hippie, interrumpe la charla con Luis Mazzoni y Eduardo Straforini, presidente saliente uno y actual el otro de la Asociación de Emprendedores Turísticos de Mar de las Pampas, que sigue alimentando el sueño de consolidarse como Slow City, la primera Ciudad Lenta del continente. Para no desentonar con el objetivo, los avances se van dando a paso de tortuga. En un año, a pesar de la aprobación de un Código de Edificación que restringe, aún más, el total de metros cuadrados permitidos para las nuevas viviendas o locales comerciales, es notorio el crecimiento de la ciudad que, por suerte para los defensores del proyecto original, todavía sigue perdida en el bosque. Claro que son varios los que temen que se convierta en una nueva Cariló.[49] Hoy viven en Mar de las Pampas, en forma permanente, unas 600 personas que conforman entre 150 o 200 familias, mientras que la capacidad hotelera llega a las tres mil plazas. “El problema no es el turista, que cuando hace su elección busca en Mar de las Pampas la tranquilidad de la que carecen otros lugares. El problema está en nosotros mismos”, asegura Straforini, en alusión a la población fija de Mar de las Pampas.

“Esto creció y creció mal. Tenemos que discutir mucho, para cambiar el rumbo si no queremos que esto deje de ser el lugar tranquilo que queremos y que buscan los turistas”, le dice a Página/12 otro de los “históricos”, que prefiere mantener su nombre en reserva. La eliminación de los ruidos –de motores, de alarmas de automóviles– es una guerra que tiene algunas batallas ganadas y otras perdidas. “Como la ciudad creció y gusta mucho, desde lo estético, se han organizado (desde Villa Gesell) visitas guiadas, lo que significa el arribo de muchas personas que, a veces, rompen la tranquilidad que todos buscamos. Claro que la presencia de contingentes importantes, potenciales compradores, resulta atractiva para los dueños de algunos locales comerciales y eso marca diferencias de opinión, entre nosotros, que vamos salvando de a poco”, comenta Mazzoni.

El proyecto que alientan, tanto Straforini como Mazzoni, es el de una ciudad sin autos circulando por sus calles, que siguen sin ser asfaltadas. Imaginan la construcción de una gran playa de estacionamiento, en la entrada a la ciudad, donde los turistas “dejen sus vehículos y los vayan a buscar el día en que decidan regresar a sus hogares”. La idea no cuenta con el apoyo decidido de los dueños de locales comerciales, a los cuales “les encanta que la puerta de sus negocios se llenen de autos con gente ávida de comprar, como en las grandes ciudades”, se queja una vez más el “histórico”, que insiste en su oposición a que Mar de las Pampas “se convierta en un shopping”. La tendencia, considerada negativa por la mayoría de los consultados, dio lugar a una dura controversia con uno de los nuevos centros comerciales.

Se trata del llamado Plaza del Lucero, que provocó movilizaciones de sectores de la población y reclamos de la Sociedad de Fomento de Mar de las Pampas. Las quejas se debieron a que los propietarios del centro comercial invadieron con la construcción espacios verdes comunes a turistas y pobladores estables. “Las dimensiones de la construcción lesionan las normas vigentes y por ese motivo se solicitó la intervención de la Municipalidad de Villa Gesell, pero de todos modos la construcción siguió adelante”, explica Pedro Lanteri, titular de la Sociedad de Fomento. Los propietarios alegaron que “no sabían” de la existencia de esas restricciones, algo que nadie consideró una excusa válida.

La lucha por mantener la ciudad lenta es permanente. Mazzoni recuerda que el año pasado hubo una gran actividad para impedir la instalación, en el corazón de Mar de las Pampas, de una antena para facilitar el uso de celulares en las 300 hectáreas que ocupa la ciudad balnearia. La tecnología que agobia en las grandes urbes es mala palabra en Mar de las Pampas. “El instalador quedó rodeado cuando estaba en las alturas, listo para terminar su trabajo. No hubo violencia, no es nuestro estilo, pero le dijimos que si ponía la antena, no bajaba”. El empleado de la empresa telefónica hizo consultas, por su celular. Luego de algunos cabildeos, recibió la contraorden y se fue sin instalar la antena. Como premio, lo invitaron a una comida con todos los chiches y la cosa terminó en paz. La firma igual instaló la antena, a ruta abierta, fuera de los límites de la ciudad. “No tiene el mismo alcance que pretendían y les salió mucho más caro”, afirma Mazzoni, mientras sonríe por la anécdota. (…)

Este año, a diferencia de los anteriores, las playas de Mar de las Pampas y de sus vecinas Las Gaviotas y Mar Azul estuvieron llenas como nunca en su historia. El mismo fenómeno se vivió en las playas más alejadas de Villa Gesell, porque la afluencia de turistas en toda la zona superó las expectativas. Para los vecinos “sensibles” de Mar de las Pampas el tema es mucho más que una anécdota de un verano “exitoso” en lo económico. “Lo que corre peligro es la ciudad que queremos y que tiene, como tope, una población estable de dos mil personas y cuando mucho, siete mil visitantes”, afirma el “histórico” quejoso…[50]

Vigilar y movilizar(se)

Más allá de las razones ya señaladas, la verosimilitud –y por tanto la fuerza persuasiva– de este relato de ‘comunidad amenazada’ obtiene ulterior respaldo de la evocación en clave de exempla de la trágica historia de dos localidades vecinas que, a partir de inicios promisorios a la vez que paralelos con los de la que aquí nos ocupa, habrían visto truncado un desarrollo potencialmente virtuoso a manos del canto de sirena de las fuerzas de un progreso desencadenado ya por la falta de previsión, ya por la voracidad del mercado y sus campeones.

El primero de estos casos implica, como nuestros lectores ya habrán adivinado, a la propia ciudad Villa Gesell, con cuya historia y ulterior destino –reconstruidos, claro está, en la clave del repertorio de los fenicios, y su correlativa crítica moral al espíritu de renta y el materialismo mezquino de la cual los textos tardíos de Oviedo son ejemplo eminente– la totalidad de los vecinos de Mar de las Pampas están familiarizados en abundancia. Esta familiaridad es cualquier cosa menos casual cuando se considera que, como ya adelantáramos, muchos de sus habitantes más antiguos corresponden a pobladores que “huyeron de Gesell” en la década del 90, y que han incorporado con soltura –y en muchos casos fueron incluso sus primeros promotores– ese repertorio ampliado que combinara en una síntesis armoniosa la gesta de los pioneros y el libertarismo hippie del que nos ocupáramos en el capítulo III. Así, muchos de los emprendedores morales de Mar de las Pampas recuperan en clave profética el emblemático y funesto quiebre que habría tenido lugar en Villa Gesell a partir de la década del 70, y que habría desbarrancado el ‘proyecto ecológico’ del viejo –repertorio que, como se recordará, recurría para la construcción de su singularidad identitaria a recursos análogos a los que los vecinos de Mar de las Pampas movilizan en la defensa de su propio proyecto– al sucumbir al canto de sirena de la prosperidad económica. Así fue que, como hemos visto, arrastraron a una Villa entonces virtuosa –y no muy distinta de la Mar de las Pampas de comienzos de siglo– a la espiral descendente de la especulación inmobiliaria y el turismo masivo, que fomentó la construcción desenfrenada y no planificada de la mano de una serie de ‘fenicios’ que promovieron (y consiguieron) “leyes permisivas” que “desvirtuaron” el proyecto original (Ortiz, 2010: 112-115, 162 ss.) y lo convirtieron en un mero emprendimiento económico e inmobiliario.

Las lecciones de esta historia, leída en clave de apólogo, resultan para los marpampeanos más que obvias. Si un proyecto tan promisorio y con tanto empuje, llevado adelante por la voluntad indoblegable de un hombre a todas luces excepcional como Don Carlos, pudo ser desviado –incluso en vida de este y ante sus propios ojos y su explícita desaprobación– y transformado en su doppelgänger por una combinación entre la falta de planificación y una voracidad económica cortoplacista, es menester permanecer vigilante y evitar por todos los medios posibles que la historia se repita. Máxime cuando hubo momentos de la historia reciente –como en los inicios del boom de comienzos de siglo en los que había razones para creer que un destino paralelo se cernía sobre el nuevo paraíso:

La irrupción del corralito en aquellos días [de fines de 2001] habría de provocar un quiebre, ya que tras la devaluación, una ola de inversores apostó por Mar de las Pampas y sobrevendría el boom de crecimiento, no paulatino ni armónico. Durante algunas temporadas no podría precisarse si se trataba de un lugar en construcción o en ruinas. Sin dudas un antes y un después, ya que terminaba el ciclo según el cual llegaban a este bosque familias con sus pequeños proyectos gastronómicos u hoteleros, para predominar emprendimientos de mayor envergadura, con inversores que no se radican, en la mayor parte de los casos, en Mar de las Pampas… (Trombetta, 2010: 12).

A los ojos de los “vecinos” de Mar de las Pampas esta movilización implica en principio dos dimensiones, a las que ya nos hemos referido en passant. En primer lugar, la promoción y defensa de dispositivos legales y administrativos que impidan formalmente una expansión edilicia descontrolada: de ahí, la letanía permanente de normas, regulaciones, códigos de edificación y disposiciones municipales que hemos visto en las notas periodísticas ya citadas, y con las que buena parte de sus habitantes están familiarizados. Asimismo, en la medida en que el valor performativo de estos dispositivos legales y administrativos es cuando menos dudoso –en especial frente al potencial poder corruptor del dinero (Reguillo, 2007; Wilkis, 2013)–, es menester realizar una vigilancia continua tanto sobre los agentes encargados de su ejecución y cumplimiento como sobre aquellos que querrían violarlos en beneficio propio o ajeno, y una movilización contundente y masiva allí donde aparezcan indicios de una violación real o potencial. Y la organización de esta movilización debe ser colectiva, dado que –como muestra la historia del viejo Gesell– ni siquiera el más excepcional de los mortales puede resistir por sí solo a las fuerzas destructoras de la codicia. Así es que se explica la existencia de ese estado de deliberación y movilización permanente al que hiciéramos referencia en los párrafos iniciales del presente capítulo, y que tiene como objetivo principal mantener el proceso de crecimiento y desarrollo de Mar de las Pampas dentro de los parámetros morales y estéticos considerados aceptables por sus residentes permanentes (y a fortiori por sus aliados entre los turistas más o menos fieles).[51]

Pero este destino de masificación turística y expansión inmobiliaria cortoplacista y predatoria que habría puesto fin al sueño naturista y libertario del viejo Gesell no es la única amenaza potencial que se cierne sobre el segundo “paraíso verde”. Veíamos ya en una de las citas periodísticas precedentes que se señalaba la importancia de que Mar de las Pampas no se convirtiera en “una nueva Cariló”, y es este balneario vecino –ya mencionado en los capítulos precedentes– el que irrumpe en los relatos de nuestros informantes y en las fuentes consultadas como un segundo analogado, más próximo tanto en el tiempo como en la imaginación a la localidad que nos ocupa.

Lo primero que llama la atención, sin embargo, es que si bien la comparación entre ambos balnearios se remonta a más de una década, esta ha invertido su signo de manera muy reciente. En efecto: en las primeras menciones periodísticas de Mar de las Pampas en la prensa metropolitana, las comparaciones son casi siempre en clave de elogio o de promesa, y así se habla de “la nueva Cariló”, “el pequeño Cariló[52] o “la versión en miniatura de Cariló”,[53] y los paralelos discurren por los ejes de “el bosque”, “la tranquilidad” y “el verde”. Sin embargo, la analogía habilita una segunda clave de lectura que, si bien rara vez aparece subrayada en estas primeras comparaciones, será la que concite la atención de esos inversores y grandes emprendedores comerciales e inmobiliarios que nuestros informantes consideran perjudiciales: la implicación de que Mar de las Pampas eventualmente se transforme, como lo es Cariló, en uno de los balnearios más exclusivos y de mayor exhibición de consumo suntuario de la costa atlántica bonaerense,[54] “la Punta del Este Argentina” (Ortiz, 2010: 185 ss.). Y así, a medida que esta lectura “elitista” y ‘neoexclusivista’[55] comience a traducirse en planes, obras y franquicias y que el centro comercial de Mar de las Pampas comience a crecer y a poblarse de emprendimientos hoteleros, gastronómicos y comerciales dirigidos a ese segmento de consumidores diferenciados que la jerga del marketing denomina ‘ABC1’ (Asociación Argentina de Marketing et al., 2006), las comparaciones elogiosas comenzarán a transformarse en voces de alarma.[56]

Ahora bien: aunque superficialmente la mayor parte de estas preocupaciones se expresen casi en los mismos términos en que lo hacían las críticas al crecimiento de Villa Gesell –la inquietud por un desborde edilicio que amenaza el entorno natural y la tranquilidad correlativa–, queda claro para cualquiera que haya puesto un pie en Cariló que no se ha producido allí nada que pueda compararse con la urbanización masiva de “la Villa” y que los “excesos” –como sus mismos críticos lo reconocen– se circunscriben a un centro comercial que no ocupa más de una decena de hectáreas. Un análisis más cuidadoso revela que la diferenciación moviliza un criterio menos urbanístico que de ethos de clase, y que se refiere a una proliferación exhibicionista leída como síntoma de un espíritu “comercial” o “consumista” llevado al extremo de la mano del consumo conspicuo y de la “obsesión por las marcas”, y encarnado con frecuencia en la doble sinécdoque de “el cuatriciclo y la [camioneta] 4×4” (Ortiz, 2010: 185, 199):

Porque las comparaciones son odiosas y quienes habitan Mar de las Pampas reniegan de que se los considere una hermana menor de Cariló. “Cariló está etiquetado, empapelado de marcas. Todos están pendientes de lo que hace el otro. El que busca unas vacaciones para figurar se va para allá, el que busca un sello de bajo perfil viene acá”, opina Vázquez. Mar de las Pampas diseñó un concepto de exclusividad propio que no pasa solo por los precios. No existen las mansiones majestuosas, pero sobran las casas que se levantan en culs de sac [calles sin salida] para evitar las aglomeraciones de tránsito. Hay un solo parador en la playa, no existen videojuegos ni discotecas; no hay asfalto y, a veces, la señal del celular se pierde. Aquí manda el “menos por más”.[57]

Creo que lo peor que podría pasarnos… bah, lo peor no, lo peor sería que asfaltaran todo y llenaran todo de edificios como en Gesell… pero una de las peores cosas sería que [Mar de las Pampas] se transformara en un lugar careta como Cariló, donde la gente vive pendiente de qué te pusiste… de qué auto tenés. Vos ves [a] la gente cómo va a la playa y parece que fuera a un casorio [casamiento] o a una fiesta de quince… quieras o no, eso es otra fuente de stress, además de que me parece una actitud de cuarta (Adriana, 29 años, cabañista).

Qué se yo… una de las mejores cosas de acá es que no se juzga a nadie por lo que tiene o no tiene… y aunque hay gente que por ahí la levanta con pala, no te lo anda refregando por la cara… por ahí ni te enterás. Me parece que a veces la cosa se entiende al revés… o sea, Mar de las Pampas no es para cualquiera, pero no porque tengas, no sé, una 4×4 sino porque el espíritu de Mar de las Pampas no es para cualquiera… exige una cierta forma de ser… y usar ropa de marca es como que no es… no pasa por ahí esa forma de ser, pasa más por algo de acá [una actitud mental] (Mario, 34 años, comerciante).

Como se ve, los residentes de Mar de las Pampas trazan una oposición neta entre un exclusivismo elitista[58] construido sobre la base de un consumo no solo conspicuo sino abiertamente ostentoso y pendiente del ‘qué dirán’ y una exclusividad virtuosa que excluye el consumo como marcador de distinción –en Mar de las Pampas no hay “gritos de la moda” enuncia con orgullo una publicación local (Mar Azul S.A., 2009: 24)–, basada en esa moral minimalista y conservacionista sobre la cual ya nos hemos detenido en abundancia[59] y reforzada por la condena retórica y moral al consumismo neoliberal de los 90 que hiciera eclosión –como ya mencionáramos– en los meses que sucedieron a la crisis de 2001.

A su vez, el repudio de esa identificación con Cariló que en principio aparecía como no problemática –o incluso como digna de elogio– hunde sus raíces en la afinidad solidaria entre dos ethos de clase desde los cuales buena parte de los pobladores de Mar de las Pampas recogen sus categorías morales: por un lado, un repudio de la artificialidad y la artificiosidad –y una profesión correlativa de la importancia de lo “sencillo” y lo “auténtico”– que puede encontrarse con mayor frecuencia entre los primeros pobladores, provenientes de sectores-medio bajos, con un pasado como trabajadores manuales, cuentapropistas, artesanos o pequeños chacareros (Trombetta, 2005: 18 ss; cf. Bourdieu, 2006) y por otro, una crítica a la desmesura y a la ostentación desde una posición que elogia la sobriedad y el justo medio –más típica de los sectores medios profesionales que se han instalado en los últimos años, o que frecuentan Mar de las Pampas como turistas (cf. Tevik, 2006; Adamovsky, 2009).[60]

Estética y temperamento en una localidad balnearia

Aunque tanto los residentes permanentes como los turistas asiduos tengan una conciencia más o menos nebulosa de que lo que está en juego es una diferencia de ethos de clase, lo cierto es que esta es constantemente presentada y argumentada en clave moral-psicológica (Noel, 2018b). Si decíamos antes que lo que está en juego en el naturismo de los residentes permanentes de Mar de las Pampas no es solo un conservacionismo que busca “defender la naturaleza de los excesos del hombre”, sino la protección de un estilo de vida que se traduce en calidad de vida –esto es, en ciertas virtudes que la vida urbana moderna habría negado–, muchos de nuestros informantes dan un paso más allá y anclan este “estilo de vida” en un “carácter” o “temperamento” que propone una auténtica homología entre el paisaje local y sus residentes. Según estas reconstrucciones –deudoras de ese determinismo geográfico que hemos visto aparecer con frecuencia en la literatura local en general, y en las hagiografías del viejo Gesell en particular–, la relación entre Mar de las Pampas (con frecuencia reducido a la expresión metonímica mínima de “el bosque[61]) y sus habitantes va más allá del bienestar o incluso de la identificación subjetiva, hasta alcanzar una inscripción objetiva en sus disposiciones y su temperamento, en una suerte de versión nativa del habitus bourdiano, aunque en clave geográfica y ya no sociológica. Es esta inscripción “en lo más íntimo de la persona” lo que diferencia al auténtico poblador, el residente permanente, del más entusiasta y comprometido de los turistas, cuya adhesión sería meramente subjetiva.

… acá es como que el lugar te cambia. Yo me acuerdo cuando llegué, empecé a ver que la gente de acá tenía… no sé cómo explicarte… como un aire, una actitud… es como que ves a alguien y sin que nadie te diga nada ya sabés si es de acá o [si] no es, por como camina, como se para, como mira… el modo [lento] de hablar… (Fernando, 37 años, abogado).

Los relatos que predican esta homología admiten por lo general dos variantes, no siempre excluyentes. La primera opera sobre la base de la vocación, en la cual el temperamento en cuestión preexiste hasta cierto punto al contacto con “el bosque”, pero solo es revelado en su plenitud en ese momento de claridad en el que se produce el encuentro efectivo, y con él un “clic” en el que el narrador encuentra –súbitamente y con la claridad diáfana de Saulo de Tarso en el Camino de Damasco– su auténtico y predestinado lugar en el mundo. Siendo así, resulta cualquier cosa menos sorprendente que estos relatos utilicen en abundancia –de manera literal y con un lirismo desenfadado que en otras circunstancias uno estaría tentado a sospechar de parodia– los tropos del enamoramiento y del “flechazo”:

… si bien andábamos buscando un lugar, no habíamos pensado en Mar de las Pampas… y no habíamos pensado porque no lo conocíamos [ríe]… Pero fue llegar y es como que todo se acomodó de golpe, es como que dije “Este es mi lugar en el mundo. Quiero pasar el resto de mi vida acá(Adriana, 29 años, cabañista).

… Vi los pinos y ¡chau! El flechazo. Fue amor a primera vista. Es como cuando conocés a la mujer de tu vida. No querés saber nada más. No querés que te presenten a nadie más, ni que te hablen de nadie más. Decís: es esta. Con esta me caso. Esta es la madre de mis hijos. No sabés por qué, pero lo sabés… es como que te hace un “clic” y todo te cierra (Nahuel, 34 años, comerciante).

La segunda variante, por su parte, comienza con una relativa indiferencia, un compromiso tibio o incluso cierto escepticismo para poner de relieve un proceso relativamente súbito de conversión[62] en el cual el ‘hombre viejo’ –al que se la atribuyen todos los vicios de la vida urbana a los que ya hemos hecho referencia: el estrés, el “vivir a mil”, diversas enfermedades orgánicas o psicológicas, etc.– es regenerado a través del efecto redentor del paisaje y transformado en un ser humano pleno, física, intelectual y moralmente saludable.

Tenías que ver lo que era yo cuando me vine: parecía mi bisabuelo… Tenía el colesterol por las nubes, vivía de mal humor, saltaba por cualquier boludez… el “estresazo”, ¿viste? Vos estás allá y ni te das cuenta… es como que te acostumbrás… y te juro que si no me venía, se venía el bobazo [infarto]… ¿sabés a cuántos vi de mi edad? Caen como moscas… y me vine acá y chau… es otra cosa, es como que el aire te limpia, te pone diez puntos… estoy hecho un pibe. Te digo que ni anteojos uso ya… Al principio la gente me decía “ya vas a ver, ya te va a pasar”, y yo ni bola les daba… o sea, es obvio que estás más tranquilo acá… pero de ahí a que te cambie la vida… y bué, les tuve que dar la razón (Arturo, 52 años, comerciante).

Los contenidos de este temperamento que es revelado en su plenitud –en la versión de la vocación– o suscitado por el contacto con el paisaje –en la versión de la conversión– implican un repertorio de virtudes y disposiciones que se predican como consustanciales al ‘estilo de vida’ de Mar de las Pampas.[63] En primer lugar se destacan la sencillez y la austeridad, un cierto “amor por lo simple[64] o incluso por “lo rústico”, aun cuando –o mejor aún, especialmente si– esto implica una cierta cuota de incomodidad: como hemos visto, vivir en Mar de las Pampas implica algunas privaciones desde el punto de vista de un urbanita acomodado, pero son precisamente estas privaciones las que a la vez hacen posible y dan testimonio de una relación privilegiada con el mundo ‘natural’ sin las prótesis adormecedoras de una Zivilisation inhumana y decadente.[65] Esta sencillez y la austeridad correlativa surgen como corolario de esa suerte de ‘naturalismo minimalista’ de los habitantes de Mar de las Pampas y de su énfasis en que la huella ecológica del impacto humano se mantenga lo más débil posible, en un escenario moral en el que las demandas del entorno tienen precedencia sobre las de sus pobladores. Así, la renuencia a la iluminación artificial se expresa en términos de resistencia a la contaminación lumínica, la lucha contra el asfalto en términos de conservación del ecosistema local y la denodada oposición a multiplicar los balnearios más allá del único existente, en términos del respeto por la dinámica geomorfológica de las playas.[66]

En segundo, y de la mano del “silencio” –en un lugar, se nos dice, en el que no hay “ruidos estridentes”, “casinos” o “discotecas” (Mar Azul S.A., 2009: 24)– y de ese “vivir sin prisa” que como hemos visto ha acabado por constituirse en divisa oficiosa de la ciudad, una cierta actitud “filosófica” o “contemplativa” (Oviedo, 2005: 19) que estimularía la introspección y el diálogo interno para los cuales “el ruido y el frenesí de la ciudad” no dejan tiempo, alentando una autorrealización en la cual “la persona se encuentra consigo misma” (Mar Azul S.A., 2009: 24) y “el hombre es redimensionado como eje de la vida” (Trombetta, 2005: 25). Esa introspección, a su vez, sometería a los espíritus a una dura prueba de autoconocimiento “que no todos están en condiciones de pasar”: su resultado sería la autenticidad que resulta de un conocimiento de sí transparente, del “oír la propia voz”.[67]

Acá es como que no tenés donde esconderte… no tenés el ruido, el gentío… acá sos vos, el bosque y vos… y no es para cualquiera, porque es como que te enfrentás a vos mismo, al vos auténtico… y más vale que te guste lo que ves… si no… si no … no sé cómo hacés (Arturo, 52 años, comerciante).

En tercer lugar, el arraigo, esto es, un amor incondicional por la localidad y su paisaje, que se traduce en un compromiso militante e insobornable: del mismo modo que se espera que uno defienda a cualquier precio –incluso el de su vida– a su familia, su pareja o sus amigos más íntimos, y se sobreentiende que jamás se dejaría sobornar o corromper en ese empeño, el amor “al bosque” debe traducirse en una lucha inclaudicable por su preservación, especialmente ante la omnipresencia de los intereses espurios que no quieren, no pueden o no saben reconocer la excepcionalidad de lo que tienen ante sus ojos. Como lo expresa –en una de sus primeras formulaciones explícitas– el primer editorial aparecido en El Chasqui…:

… Como quiera que fuese, a todos nos subyugaron el bosque, el mar, los pájaros, la paz. Es, pues, nuestro ineludible deber colaborar para que el crecimiento sea lo menos doloroso posible, para que un interés personal no se anteponga a los de la comunidad que pretendemos fundar [68]

y de manera algo más gráfica una de nuestras informantes:

… es como con tus hijos… si alguien amenaza a tus hijos, ponele… vos saltás. No pensás, no decís “Uh, por ahí hay que hacer esto o lo otro”. Saltás y te la jugás, porque son tus hijos, son parte de vos… son vos… en cierto sentido. Y esto es igual. Tenemos algo que nadie tiene… nadie tiene lo que nosotros tenemos… y conservarlo así, como está, con esta belleza… lo vale todo (Iris, 56 años, artista).

Como corolario de todas estas virtudes surge además un fuerte sentido de comunidad, en la cual los residentes se transforman en “vecinos” y “recuperan” una solidaridad que se expresa en modos de relación atribuidos al pasado y que la vida urbana habría arrasado, y en el cual se busca que “cada día el ‘nos’ reemplace el ‘yo’ y el destino común al triunfo individual”.[69] Una vez más, los habitantes de Mar de las Pampas no solo se enlazan con un destino común, sino con el paisaje y el Universo todo:

… Somos todos parte de una red infinita que nos vincula con todos los elementos y organismos del Universo en una total interdependencia (…) Cuidar es comprometerse, comprometerse es participar y la participación es de todos, ya que todos respiramos el mismo aire, bebemos la misma agua y compartimos el mismo suelo” [70]

… Nosotros, los mismos que criticamos a las autoridades porque “no hacen” o “hacen mal”. Nosotros, los mismos que nos quejamos de la basura, los perros abandonados, las ratas, etc., etc., etc. Nosotros, los mismos que cuando recibimos una invitación a participar de alguna reunión, debate, taller, propuesta de ideas, no concurrimos, esperando siempre que otro, ajeno a nosotros, resuelva los problemas (…) Apelo a que todos los vecinos ayudemos a cuidar y a mejorar el lugar donde vivimos. Un buen punto de partida para esto sería el participar de las convocatorias y las reuniones que realizan las distintas entidades, ONG, Sociedad de Fomento, etc. En ellas podemos plantear nuestras inquietudes, conocer las de los demás, exponer nuestros problemas y los de nuestros vecinos, proponer soluciones y ver, desde nuestro humilde lugar, qué podemos “hacer” y en qué podemos colaborar para que este lugar siga siendo el mismo del que alguna vez nos enamoramos. Solamente de nosotros depende. Recordemos siempre que el mismo espacio que nos separa es también el que nos une .[71]

Ahora bien: aun cuando los recursos movilizados en esta homología psicológicamente imputada sean de naturaleza moral, su fundamento es presentado específicamente como estético. Las virtudes que han enamorado o incluso transformado de manera radical a los residentes permanentes de Mar de las Pampas nacen fundamentalmente de “la belleza”, “la majestad”, “la tranquilidad” o “el silencio” de “el bosque”. Serían precisamente esta belleza y esta tranquilidad las principales fuentes del temperamento contemplativo de sus habitantes (Oviedo, 2005: 62-63) y el manantial permanente que genera tanto su virtud como su compromiso con la localidad y, por tanto, constituye el tesoro que debe ser protegido con más entusiasmo y compromiso de la actividad depredatoria de los “conquistadores”.

Aun cuando aparezcan como particularmente intensas, las relaciones entre paisaje y temperamento como las que acabamos de ilustrar están lejos de ser inusuales. Como lo han mostrado un número de trabajos recientes provenientes del campo de la geografía, los procesos de identificación con el paisaje y con el medio –refractados o no a través del prisma del ‘estilo de vida’– suelen tener un fuerte impacto sobre el sentido de la pertenencia (en particular entre la población de establecimiento más reciente) así como sobre lo que la literatura anglosajona suele denominar el ‘sense of place’ (Matarrita-Cascante et al., 2010; Brehm, 2007), particularmente cuando se trata de lugares con un notorio atractivo turístico fundado en ese mismo paisaje. También son frecuentes la imputación de afinidad electiva entre determinadas clases de paisaje y determinadas clases de personas, así como la idea de que ciertos rasgos de este funcionan como una especie de ‘prueba’ o ‘sacrificio’ que solo algunos habrán de superar con éxito.

Como ya señaláramos en el capítulo I, la cuestión de los fundamentos estéticos del compromiso moral, por su parte, también registra antecedentes de larga data en algunos procesos de suburbanización y gentrificación (Svampa, 2001; Low, 2004), en lo cuales –como lo ha mostrado el trabajo reciente de Setha Low (2009)– nociones de “lo lindo” o “lo bello” son movilizadas constantemente como manera de proponer criterios socialmente legítimos de exclusión –o al menos más difíciles de impugnar que otros que se saben ‘políticamente incorrectos’ como raza, clase u origen étnico o migratorio.[72] A la luz de estas consideraciones podemos ver cómo y hasta qué punto la exclusividad virtuosa de los habitantes de Mar de las Pampas a la que nos hemos referido en la sección precedente consigue diferenciarse con éxito –en términos de legitimidad moral– del exclusivismo elitista de sus homólogos de Cariló. Nuestros informantes alegan –y no nos cabe duda alguna de la sinceridad de su protesta– que en Mar de las Pampas “no se discrimina a nadie” y que ni el poder adquisitivo ni el origen de clase constituyen óbice para ser incluido como miembro de pleno derecho en la comunidad local. Pero al mismo tiempo, nunca dejan de señalar que es la localidad misma, a través de su paisaje, y más concretamente de cierta actitud contemplativa hacia la belleza que de él emana –una belleza “sencilla”, “natural”, en el doble sentido de arraigada en la naturaleza y desprovista de artificios y afeites–, la que “revela” quién porta el tau de los elegidos y puede, por tanto, aspirar a ser reconocido como legítimo partícipe del “estilo de vida” local y de su defensa colectiva. Como hemos intentado mostrar a lo largo de este texto, los residentes permanentes de Mar de las Pampas tienen muy en claro qué es lo bueno y lo verdadero, porque saben qué es lo bello… et unum convertuntur.

La confrontación y su papel en la génesis de la identidad colectiva

Como señalábamos en los párrafos iniciales del presente capítulo, uno de los rasgos en apariencia más sorprendentes que podían encontrarse en relación con los residentes permanentes de Mar de las Pampas al momento de llevar adelante nuestro trabajo de campo era su alto grado de reflexividad identitaria: se nos aparecían, todo el tiempo y a la menor excusa, como dispuestos a preguntarse (y a responder) acerca de los atributos que definían su identidad colectiva. A lo largo de nuestro argumento hemos intentado mostrar los aspectos seguidos por el proceso de creciente articulación de estos atributos en un repertorio de contornos altamente consensuados –moral en su contenido, estético en sus fundamentos y construido sobre la reelaboración de recursos y repertorios preexistentes– que se desencadena a partir de ese boom inmobiliario postcrisis que marca “un antes y un después” en la historia de la localidad y que habrá de encontrar su formulación más acabada en una convergencia parcial y conflictiva con el movimiento slow. A su vez, hemos visto de qué manera y hasta qué punto ese repertorio moral prescribe un compromiso colectivo y militante basado en el amor por el paisaje y en la contemplación de su belleza –y a fortiori en la inscripción duradera de ese lazo estético en clave psicológico-caracterológica.

Ahora bien, como lo ha mostrado Mary Douglas (1996, 1986: 65 ss.) sobre la base de su experiencia en África central, las ‘teorías conspirativas’ ocupan un lugar fundamental en la génesis del lazo social en pequeñas comunidades. Según el argumento de la autora, la transformación de un ‘grupo latente’ (Olson, citado en Douglas, 1986: 45 ss.) en un colectivo social más o menos consolidado implica la existencia de un mecanismo que permita el establecimiento de una frontera más o menos duradera que opere como barrera de salida y vuelva poco atractiva para los miembros de ese grupo latente la opción de defeccionar. Y en los procesos de establecimiento de una frontera de esta clase, ocupa un lugar central “una creencia compartida en una conspiración maligna” que suscita la posibilidad de movilizar “acusaciones mutuas de traición a los principios fundamentales de la sociedad” tanto hacia aquellos que amenazarían con retirarse como a potenciales free-riders o al menos hacia aquellos miembros cuyo compromiso es juzgado insuficiente (Douglas, 1986: 87).

A la luz de la evidencia que hemos presentado a lo largo del presente capítulo, esperamos haber dejado razonablemente claro que un proceso de estas características habría tenido lugar en Mar de las Pampas durante las últimas dos décadas y de qué manera la (re)construcción imaginaria[73] que estos vecinos realizan de su localidad, en el marco de una confrontación permanente con una serie de oponentes caracterizados en clave confrontativa –o incluso conspirativa– y concebidos como la encarnación de valores que se piensan antagónicos con su propio proyecto moral y estético de largo plazo así como con sus compromisos afectivos con la localidad y su paisaje, los constituye como comunidad relativamente cohesionada y refuerza la percepción de autenticidad y legitimidad de sus reclamos identitarios.

La existencia y la naturaleza específica de la conspiración involucrada –según nuestros informantes y nuestras fuentes– está a la vista:

Elias Pitluk, fomentista y dueño de Aike Malen, explica que conviene “saber diferenciar entre colonizadores,[74] los que llegamos aquí en busca de un cambio de vida, y conquistadores: aquellos inversores que ni siquiera vienen a ver qué es lo que están levantando.[75]

La cosa acá está muy clara: hay un par de tipos… bah, más de un par… que quieren hacer su negocio… aunque eso implique destruir todo lo que hace de Mar de las Pampas un lugar hermoso e inigualable… A ellos no les importa. Les importa el billete… y todos tiran para ese lado, negociantes [hombres de negocios], políticos… todos. Si nosotros no tiramos también todos para el mismo lado, nos pasan por arriba, porque mal que nos pese, ellos también tienen un proyecto, un proyecto de mierda, pero que lo tienen, lo tienen… Son como la langosta… pasan, te asfaltan, construyen, dejan tierra arrasada y empiezan de nuevo con el bosque de al lado… (Beatriz, 42 años, artesana).

Sus agentes constituyen la versión local de los “fenicios” geselinos, “conquistadores” que encarnan las fuerzas de un “progreso mal entendido” y voraz que amenaza con desencadenar sobre el nuevo “paraíso verde” un Kali Yuga edilicio, inmobiliario y consumista que ya arrasó con paraísos anteriores como Villa Gesell. Ante la amenaza de esta profanación no se puede ser neutral, de modo tal que la tibieza o la falta de compromiso militante pueden y aun deben leerse como sinónimo de complicidad o de “haberse vendido” a las fuerzas de la destrucción (como lo muestran las numerosas catilinarias que se multiplican en la prensa local hacia funcionarios insuficientemente comprometidos con la causa de la conservación).

Asimismo, la lucha permanente por la defensa de Mar de las Pampas y su especificidad exige una delimitación cada vez más precisa de qué es lo que se está defendiendo, con lo cual los contenidos morales y los fundamentos estéticos de ese repertorio identitario se vuelven cada vez más definidos y articulados, a la vez que adquieren un carácter progresivamente apodíctico que permite separar la cizaña del trigo con una eficacia creciente. No solo la pertenencia no es una simple cuestión de residencia o de afinidad, sino que una identificación legítima –en el sentido de pacíficamente aceptada por aquellos a quienes interpela: los restantes pobladores que se movilizan colectivamente en su defensa– se reconoce por su inscripción profunda en el temperamento, en los afectos y en el cuerpo, en ese amor militante que asimila a Mar de las Pampas a los afectos más íntimos, incuestionables y cercanos. Levantarse en su defensa o perderlo para siempre parecen ser las únicas opciones viables para quienes viven en este Paraíso.


  1. Junto con las localidades adyacentes de Las Gaviotas y Mar Azul, Mar de las Pampas –originalmente parte del mismo loteo, propiedad de Manuel Rico (Mar Azul S.A., 2009; Trombetta, 2013 y 2015)– depende administrativamente del partido de Villa Gesell, del cual está separado por una suerte de hinterland liminal al que la administración Erneta bautizará fugazmente con el nombre de “Colonia Marina”. Los geselinos se refieren colectivamente al continuum formado por Mar de las Pampas, Las Gaviotas y Mar Azul como “las localidades del sur”.
  2. Diario La Nación, “Sorprendente boom inmobiliario en Mar de las Pampas”, 22 de septiembre de 2003.
  3. Sobre el papel de ciertos “hechos traumáticos” del campo político y económico en la construcción de la subjetividad, véase Grimson (2002).
  4. Diario Clarín, Clasificados, sección “Inmuebles”, 29 de diciembre de 2003
  5. Diario Clarín, Suplemento Arquitectura “Investigación: las ciudades que más crecen”, 12 de abril de 2004.
  6. Diario Página/12, “La explosión de las pampas”, 4 de diciembre de 2004.
  7. En este sentido, no es casual que en la presentación de estos “vecinos”, tanto en las notas periodísticas ya mencionadas como en la prensa local a la que tendremos ocasión de referirnos en breve, su nombre sea inmediatamente acompañado de la longitud de su arraigo, en la medida en que esta suele ser una referencia crucial a la hora de argumentar la legitimidad de sus reclamos.
  8. Diario La Nación, “Sorprendente boom inmobiliario en Mar de las Pampas”, 22 de septiembre de 2003. Los énfasis son nuestros.
  9. Quisiéramos adelantar que si bien son estos residentes permanentes de larga data quienes aparecen ocupando el lugar central en relación con los conflictos descriptos en el marco del presente trabajo, sus repertorios morales y estéticos y hasta cierto punto su activismo también pueden encontrarse en muchos de los residentes ‘de temporada’, o al menos entre los más ‘fieles’ de entre ellos: quienes vuelven año tras año. Al contrario de lo que ciertos discursos –tanto nativos como eruditos –afirman acerca de la estacionalidad y su relación con el ‘sentido de pertenencia’, veremos en breve que muchos visitantes de temporada comparten la identificación con Mar de las Pampas y su ethos, así como el compromiso moral con la causa de sus residentes permanentes, lo cual a su vez se muestra consistente con una serie de hallazgos más o menos recientes (Matarrita-Cascante, Stedman y Luloff, 2010).
  10. Cabe señalar que la continuidad entre ambas ‘crisis’ –de la cual nos ocuparemos oportunamente– está lejos de ser objeto de una mera contigüidad retórica o incluso moral. Como veremos, muchos de los pobladores originales de Mar de las Pampas y a fortiori de las tres localidades del sur del partido se establecieron allí huyendo de la ‘urbanización’ de Villa Gesell, y buscando reproducir las condiciones residenciales y de sociabilidad imperantes en la Villa de los 60, o incluso de los 50.
  11. La población permanente de Mar de las Pampas experimentó durante esta última década un crecimiento notorio, aunque modesto en términos absolutos (y mucho más si lo comparamos con la explosión de la infraestructura turística). Los datos censales disponibles indican una población estable de 92 habitantes para 1991 y de 256 en 2001 (INDEC, 2001) y aunque los datos del Censo de 2010 no han sido procesados al nivel de agregación que permitiría delimitar la población de la localidad, las estimaciones más razonables sugieren que se habría triplicado o incluso cuadruplicado, alcanzando una cifra de entre 750 y 1.000 residentes permanentes. Más interesante aún, la composición socioeconómica de la población local también ha cambiado: allí donde los pobladores originales pertenecían por regla general a sectores medio-bajos o antiguos sectores medios empobrecidos por las sucesivas crisis –esos ‘nuevos pobres’ a los que ya hemos hecho referencia y que incluyen comerciantes minoristas con experiencias fallidas, pequeños productores y diversas clases de cuentapropistas (Trombetta, 2005: 18ss)–, los establecidos en los últimos años, que con frecuencia se describen a sí mismos como “la segunda generación”, “la segunda oleada” o “la generación postcorralito”, exhiben más bien un perfil social y familiar similar al de quienes a partir de fines de los ochenta comenzaron a poblar los countries y barrios privados de la periferia del Área Metropolitana de Buenos Aires: parejas jóvenes de entre treinta y cuarenta años pertenecientes a sectores medios en ascenso, generalmente con credenciales universitarias (Svampa, 2001).
  12. Más específicamente se trabajará sobre la base de El Chasqui de Mar de las Pampas, el único periódico local de circulación sostenida, cuyo primer número se remonta a octubre del año 2000 y que a partir de su número 6 –marzo de 2001– ha aparecido con frecuencia mensual hasta el final de nuestro trabajo de investigación. El Chasqui… se distribuye de manera gratuita en varios puntos de Mar de las Pampas y del resto del partido de Villa Gesell, así como en un puñado de lugares de la Ciudad de Buenos Aires y de algunas localidades del conurbano sur y norte. El Chasqui… es, en muchos sentidos, la obra material y el proyecto intelectual de un solo hombre, Juan Pablo Trombetta, a quien agradecemos su generosidad al habernos cedido una colección casi completa del periódico.
  13. Qv. Cohen (1985 y 2000).
  14. La ecología” y “lo ecológico” son, sin lugar a dudas, los temas que suscitan más atención por parte de la prensa local. El Chasqui de Mar de las Pampas publica ya en su número 4 (febrero de 2001) una “Introducción a la reflexión ecológica”, y las contribuciones de biólogos, geólogos, oceanógrafos, paisajistas, urbanistas, agrónomos o simplemente “vecinos” con “conciencia ecológica” aparecen de manera constante, junto a descripciones “por entregas” de la flora y la fauna local, recomendaciones sobre reciclado o referencias permanentes al “mundo indígena” en clave hiperreal (Ramos, 1994).
  15. Reproducido en El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 18, mayo de 2002.
  16. Apenas hace falta señalar que este recurso no es exclusivo siquiera del escenario nacional: también suele acompañar los procesos de suburbanización en diversas latitudes (cf. Low, 2004). Asimismo, en el caso concreto de las localidades balnearias de la costa bonaerense, algunos autores lo encuentran transfigurado en una propuesta turística particular que denominan “neoexclusivismo” (Hernández, 2009). Si bien en líneas generales existe evidencia de la existencia de un proceso ‘neoexclusivista’ como el postulado por Hernández, creemos que su caracterización adolece de un exceso de imputación analítica. Tal como el autor lo presenta, este ‘neoexclusivismo’ aparece como una estrategia de mercado ‘impuesta desde arriba’ de manera unilateral y monolítica. Sin embargo, la realidad empírica se muestra más compleja: si bien se multiplican una suerte de estéticas de “lo verde” y de “lo lindo” que forman parte de un nuevo modelo de comercialización de la propiedad inmueble en la costa bonaerense, no debemos olvidar –como nos recuerda con elocuencia Herzfeld (2005)– que símbolos formalmente idénticos pueden ser movilizados en sentidos divergentes, o incluso opuestos. Como veremos, nuestros informantes de Mar de las Pampas movilizan este discurso de “lo verde” y de “lo lindo” para oponerse a un conjunto de estrategias comerciales que podrían ser cubiertas por la etiqueta de ‘neoexclusivismo’ y para promover un modelo alternativo que si bien puede ser entendido en algún sentido como ‘exclusivista’ –o al menos excluyente–, está menos informado por el mercado que por una suerte de meritocracia moral y estética autogestionada.
    Si bien siguiendo la epistemología naturalista habitual de la modernidad (Descola, 2006) la ‘naturaleza’ es presentada por nuestros informantes como teniendo precedencia cronológica, lógica y moral sobre una presencia humana ulterior, adventicia y potencialmente depredatoria, cabe destacar –como ya lo hemos señalado para el caso de Villa Gesell– que la ‘naturaleza’ en cuestión es resultado de un proceso antropogénico de construcción del paisaje (cf. capítulo II) que ha transformado –y simplificado– de manera radical los ecosistemas costeros (Mar Azul S.A., 2009). Aunque, como ya hemos visto, este proceso de transformación –común a las localidades de la denominada “Costa Verde Argentina” (Guías Regionales Argentinas, 2001)– no solo es conocido sino que es incluso celebrado por sus habitantes como parte de las epopeyas fundacionales (cf. capítulo II), sus efectos son elididos en las reconstrucciones militantes de una naturaleza prístina y amenazada, lo cual muestra una vez más, como señalara Mary Douglas (1986), que las instituciones configuran formas específicas del recuerdo y del olvido.
  17. El sitio oficial de Slow Food International puede encontrarse en <http://www.slowfood.com> (consultado el 30 de octubre de 2019).
  18. Para una caracterización breve del movimiento slow en el marco de una discusión ligada a su lugar en la actividad turística, véase Sosa 2012.
  19. Una cronología sistemática del crecimiento y la expansión del movimiento puede encontrarse en <https://bit.ly/2CD7rHa> (consultado el 30 de octubre de 2019).
  20. Véase <https://bit.ly/2Xb6AH1> (consultado el 30 de octubre de 2019).
  21. Recuperado de <https://bit.ly/2NIJ6Gb> (consultado el 30 de octubre de 2019. Actualmente el link no se encuentra disponible).
  22. Véase <https://bit.ly/2ryOiUr> (consultado el 30 de octubre de 2019). Las versiones en otros idiomas –excepto, por supuesto, la original en italiano– están considerablemente abreviadas y condensadas, reduciéndose a uno o dos párrafos de extensión. La traducción es nuestra.
  23. Además, el mismo Petrini ha escrito varios libros sobre el movimiento (Petrini, 2001; Petrini, 2006; Petrini, 2007), los cuales exponen de manera detallada y sistemática su filosofía.
  24. Carlo Petrini expresará desde el principio una adhesión entusiasta a Cittaslow.
  25. Su sitio web puede consultarse en <http://www.cittaslow.org> (consultado el 30 de octubre de 2019).
  26. Véase <https://bit.ly/2O7WanB> (consultado el 30 de octubre de 2019). La traducción es nuestra.
  27. Durante mucho tiempo ningún país latinoamericano contó con ciudades slow, hasta que en el año 2014 la localidad de Pijao en Colombia fue certificada oficialmente como tal. Sigue siendo al momento (30 de octubre de 2019) la única en todo el subcontinente.
  28. La lista actualizada puede consultarse en <https://bit.ly/2O3evmM> (consultado el 30 de octubre de 2019). La lista es actualizada cada varios meses, para consultar el home, véase <https://bit.ly/2OqnPjN>.
  29. Véase <https://bit.ly/2pjmK4S> (consultado el 30 de octubre de 2019).
  30. La versión norteamericana, la que mayor circulación ha tenido, llevaba el nombre de In Praise of Slowness. La traducción al español lleva por título Elogio de la lentitud.
  31. Véase <http://www.carlhonore.com> (consultado el 30 de octubre de 2019). La traducción es nuestra.
  32. Sobre esta base, la actitud de los representantes y voceros de Slow Food y Cittaslow respecto de Carl Honoré y su autoproclamado rol como abanderado mundial del movimiento slow es ambigua. Si bien en las entrevistas mis informantes manifestaron de manera indirecta un cierto recelo ante el hecho de que Honoré les hubiera “secuestrado” el movimiento y las habituales descalificaciones de los ‘establecidos’ a los advenedizos, otros informantes señalaron que cerrarse sobre una disputa acerca de la paternidad o propiedad del movimiento resultaría en último término una actitud poco constructiva, vista la innegable contribución de Honoré en la difusión y visibilización del movimiento.
  33. “Mar de las Pampas: vivir sin prisa a 420 km de Capital”, publicado en Terra.com el 27 de octubre de 2006.
  34. “Conozca la primera slow city de la Argentina”, publicado en Infobae el 8 de octubre de 2006.
  35. “Un lugar para vivir sin prisa”, publicado en el suplemento “Viajes” de Clarín el 5 de noviembre de 2006.
  36. “Mar de las Pampas, la ciudad que será ‘slow’”, publicado el 22 de enero de 2006 (<https://bit.ly/2q069U9>, consultado el 30 de octubre de 2019).
  37. “Mar de las Pampas, vacaciones en cámara lenta”, publicado el 15 de enero de 2006 (<https://bit.ly/2X9Qldq>, consultado el 30 de octubre de 2019).
  38. La AET nucleaba a los principales propietarios de complejos de cabañas. Si bien quienes formaron parte de ella reconstruyen el número total de afiliados en alrededor de cincuenta, el núcleo duro de “los más comprometidos” es descripto como no más de una decena. Siempre según nuestros informantes, la AET comenzó a verse atravesada por procesos de fisión motivados por el cambio de signo político de la gestión municipal a fines de 2007, y terminó por disolverse.
  39. La revista Uno Mismo es una publicación mensual dedicada a temas de espiritualidad de inspiración new age.
  40. La referencia hace alusión a la declaración de la Quebrada de Humahuaca como parte de la lista de sitios Patrimonio de la Humanidad por UNESCO en 2003 (<https://bit.ly/373BJks>, consultado el 30 de octubre de 2019).
  41. La homología es de hecho, explícitamente reconocida por algunos de nuestros informantes dentro del movimiento slow, que afirman que Mar de las Pampas “responde más al movimiento slow de Carl Honoré que a la filosofía del movimiento slow food [o Cittaslow]”.
  42. Proposición que, como también señaláramos, es compartida por varios de los representantes de Slow Food International, al menos a título declamatorio. En palabras de uno de ellos: “lo bueno de Slow Food es que no es una religión, es un tendencia, a la cual vos… yo realmente, a mí no me interesa ir a comer a McDonalds pero porque no me interesa, no me gusta. Pero podría ir tranquilamente, sentarme a comer y disfrutar del riquísimo McMuffin [si quisiera]…”.
  43. Se trata de un personaje de la serie japonesa Pokemón, muy popular a principios de la década.
  44. El Chasqui de Mar de las Pampas, carta de Gabriela Carozzi y Jorge Ibañez, nº 33, agosto de 2003.
  45. Cabe señalar que los carteles viales que indican las máximas permitidas –en general grabados sobre madera barnizada en un estilo “rústico” o “campestre”– van acompañados de una indicación descriptiva: “Estamos caminando”.
  46. Diario La Nación, “Una aldea donde no hay otro afán que veranear sin prisa”, 17 de febrero de 2007, énfasis nuestros. Una vez más, el artículo periodístico presentado no es sino un ejemplo particularmente estilizado extraído de un conjunto de textos similares que se multiplican en la prensa metropolitana (qv. “Un elogio de la lentitud” en Página/12, suplemento “M/2” del 25 de enero de 2007, “Mar de las Pampas: un refugio de bosque, naturaleza y mar” en La Nación del 26 de enero de 2008 o “La aldea que quiere crecer, pero sin prisa” en La Nación del 12 de enero de 2009).
  47. Si bien no hemos conseguido estadísticas que permitan respaldar nuestras impresiones iniciales, surge de nuestros relevamientos exploratorios que un número considerable de los veraneantes que eligen Mar de las Pampas como destino recurrente de veraneo son precisamente académicos, mediadores culturales y profesionales pertenecientes a esas fracciones de los sectores medios con altas credenciales educativas en los cuales el movimiento slow ha encontrado la mayoría de sus adherentes.
  48. Así como la “aldea” funcionaba en las notas precedentes como sinécdoque de una Gemeinschaft bucólica, “el shopping [center]” en la Argentina de principios de siglo funcionaba como indicador metonímico de “los 90” y de la censura moral hacia el consumismo desenfrenado e irrestricto incubado al calor del neoliberalismo y la ley de convertibilidad de la que hemos hablado en el capítulo precedente.
  49. Volveremos en breve sobre este punto.
  50. “En Mar de las Pampas hay mar de fondo entre vecinos y shoppings”, Página/12, 30 de enero de 2007.
  51. La movilización se despliega de manera constante y simultáneamente por varias vías, desde la acción vigilante de la Sociedad de Fomento de Mar de las Pampas (SoFo) respecto de la política municipal y su difusión a través de El Chasqui…, su órgano oficioso con el objeto de asistir masivamente a las sesiones del Concejo Deliberante que los implican, la realización de seminarios sobre temas como “La participación ciudadana en la defensa del ambiente” (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 43, junio de 2004) o “Qué futuro queremos para Mar de las Pampas (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 101, abril de 2009), la denuncia de irregularidades o ilegalidades en relación con la zonificación, los permisos de construcción o la apropiación y destrucción del espacio público (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 83, octubre de 2007), hasta ciertas formas de acción directa, como la constitución de “brigadas voluntarias de vecinos” (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 21, agosto de 2000) o de “resistencia pasiva” como el bloqueo a la acción de maquinarias en construcciones no autorizadas (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 9, agosto de 2001), la instalación de antenas de telefonía celular (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 53, abril de 2005) o la realización de un rally (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 92, julio de 2008). Una vez más, considerando la contemporaneidad de los hechos que aquí relatamos con esos “tiempos extraordinarios” inmediatamente posteriores a la crisis de 2001 (Svampa, 2004), no puede descartarse que muchas de estas modalidades de acción colectiva resultaran inspiradas por un clima de movilización tan generalizado como pluriforme.
  52. La Nación, “Sorprendente boom inmobiliario en Mar de las Pampas”, 22 de septiembre de 2003.
  53. La Nación, “Mar de las Pampas atrae con bosques y playas solitarias”, 27 de enero de 2001.
  54. Clarín, “Mar de las Pampas sigue creciendo y ya casi no quedan terrenos en venta”, 30 de enero de 2008.
  55. Cf. Nota 186, supra.
  56. Las expresiones más remotas de esta inquietud pueden encontrarse en la prensa local en fecha tan temprana como mayo de 2001, cuando comienza a construirse el primero de los centros comerciales de Mar de las Pampas, Sendas del Encuentro (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 6), y volverán a repetirse con la construcción sucesiva de grandes emprendimientos hoteleros (El Chasqui de Mar de las Pampas, nº 37).
  57. Clarín, “Mar de las Pampas sigue creciendo y ya casi no quedan terrenos en venta”, 30 de enero de 2008.
  58. En más de un sentido, la reconstrucción analítica del “neoexclusivismo” al que hemos hecho referencia (Hernández, 2009) reproduce de cerca –y de manera harto sospechosa– varios de los estereotipos de impugnación moral que los habitantes y turistas habituales de Mar de la Pampas arrojan sobre sus vecinos de Cariló, lo que puede sugerir una insuficiente distancia analítica o una necesidad de mayor trabajo empírico a los efectos de superar la transcripción literal y en clave analítica de las representaciones nativas de censura.
  59. Como hemos visto en el capítulo II, esta misma oposición opera en los procesos de distinción que los habitantes de Villa Gesell construyen respecto de su partido vecino, Pinamar (Oviedo, 1995: 10; Ortiz, 2010: 2).
  60. Aun así, persisten los intentos por reinscribir el minimalismo conservacionista de los “vecinos” de Mar de las Pampas en un modelo de marketing elitista y diferenciado dirigido al “segmento ABC1”, como lo muestra Mar de las Pampas MAG, una efímera publicación local cuyo formato (“48 páginas a todo color impresa en papel fotográfico de excelente calidad”), target (“Está orientada al consumidor final de gran poder adquisitivo ABC1/C2”) y esquema de distribución –Capital Federal, zona norte del Conurbano Bonaerense y varios de los countries de mayor renombre– intentan interpelar explícitamente a ese sector.
  61. También la genealogía de “el bosque” como sinécdoque del paisaje de Mar de las Pampas puede rastrearse hasta su antecedente inmediato, Villa Gesell (Masor, 1995; Oviedo, 2005).
  62. En algunos casos extremos, la conversión suscitada por el contacto con el paisaje genera un sentimiento de indignidad que desencadena una suerte de ascesis que precede a la identificación plena, como lo muestra el caso de Mariano Aldazábal, un artesano del cuero que señala “Hará veinte años que tomé contacto por primera vez con este bosque, me enamoré; en realidad buscaba que el bosque me aceptara a mí y en esa ocasión me pareció un exceso, no sabía si lo merecía” y que desarrollará una aproximación progresiva hacia ese “bosque” estableciéndose primero como pequeño agricultor y artesano en el tercer cordón del conurbano antes de migrar a Mar de las Pampas (Trombetta, 2005: 20).
  63. Como los lectores no habrán dejado de notar, la inmensa mayoría de estos rasgos no solo no son novedosos, sino que han sido predicados casi en los mismos términos –y en muchas ocasiones lo siguen siendo– de su inmediato antecedente: Villa Gesell (Oviedo, 1995).
  64. Este rasgo encuentra un eco más o menos cercano en ese atributo que, como hemos visto, los residentes de Villa Gesell señalan como sinónimo de su ethos y del de su ciudad: la informalidad.
  65. Este amor por “lo rústico” ha generado –y sigue generando– algunas tensiones similares a las que Maristella Svampa (2001) presenta en la relación entre “viejos” y “nuevos” residentes de los countries, en las que estos demandan una serie de “comodidades” consideradas innecesarias (o incluso contraproducentes) por aquellos. Sobre todo en tiempos recientes, esta oposición aparece subrayada en reconstrucciones retrospectivas de los inicios de Mar de las Pampas, cuando “no había nada” y sin embargo “se estaba mejor que ahora”.
  66. El Chasqui de Mar de las Pampas, n° 103, junio de 2009.
  67. En este sentido, de modo análogo a lo que ya señaláramos para Villa Gesell, “el primer invierno”, es decir, los primeros meses fuera de temporada que un residente pasa en la localidad, caracterizados por “condiciones crudas”, “nostalgia”, “frío”, “humedad”, “melancolía” o “incertidumbre”, que enfrentan a los pobladores a sí mismos en una desnudez que no les permite ocultarse en el ruido de “los turistas” y “la temporada”, es presentado como el auténtico rito de paso que definen la posibilidad de ser “aceptado” por la localidad y su comunidad (Oviedo, 2005: 23; Trombetta, 2005: 11).
  68. El Chasqui de Mar de las Pampas, n° 10, septiembre de 2001.
  69. El Chasqui de Mar de las Pampas, n° 12, noviembre de 2001.
  70. Marcela Holubiuk, “Carta abierta a los vecinos de Mar de las Pampas”, en El Chasqui de Mar de las Pampas, n° 103, junio de 2009.
  71. Marcela Holubiuk, “Carta abierta a los vecinos de Mar de las Pampas”, en El Chasqui de Mar de las Pampas, n° 103, junio de 2009.
  72. Como lo ha señalado Baumgartner (1988), incluso suburbanitas aislados y entusiastas practicantes de un “minimalismo moral” que busca evitar el conflicto a cualquier precio desencadenan mecanismos de control social ante lo que perciben como infracciones ‘estéticas’ a su entorno. Volveremos sobre este punto en nuestro capítulo final.
  73. Apenas hace falta señalar que “imaginaria” no implica “falsa” o “falaz”, en la medida en que –como ha mostrado persuasivamente Benedict Anderson (2007)– toda comunidad es imaginada y que su carácter de tal no la hace menos eficaz (Grimson, 2007, 2010).
  74. La metáfora del “colonizador” es sumamente frecuente en los pobladores de mayor arraigo, y suele operar por referencia al analogado principal del “pionero” (Trombetta, 2005: 19; Noel, 2011).
  75. “Nosotros defendemos el silencio”, en Clarín, 27 de noviembre de 2006.


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