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Book cover

Capítulo II

Ab urbe condita

A long time ago came a man on a track

Walking thirty miles with a sack on his back

And he put down his load when he thought it was the best

Made a home in the wilderness.

Built a cabin and a winter store

And he ploughed up the ground by the cold lake shore

The other travelers came walking down the track

And they never went further, no, they never went back

Then came the churches, then came the schools

Then came the lawyers, then came the rules

Then came the trains and the tracks with their loads

And the dirty old track

Was the Telegraph Road.

Then came the miners, then came the ore

Then there was hard times and there was war

Telegraphs send their song about the world outside

The Telegraph Road got so deep and so wide

Like a rolling river.

Dire Straits “Telegraph Road”

Los orígenes y consolidación de Villa Gesell: del crisol de razas a la Gemeinschaft

Aun cuando la ciudad registra como efemérides oficial el 14 de diciembre de 1931, fecha en la que su fundador, Carlos Idaho Gesell, comenzó con la construcción de la primera vivienda, es recién a partir de la década siguiente –en particular entre 1942 y 1945– cuando la localidad comenzará a atraer a sus primeros residentes permanentes. La evidencia disponible nos muestra esta primera oleada de residentes como conformada mayoritariamente por migrantes de tres extracciones distintas, que se establecen en distintas zonas del incipiente trazado urbano conformando espacios de sociabilidad característicos y relativamente bien definidos. La parte más visible de esta primera afluencia migratoria sin duda es la que habrá de dar a la embrionaria ciudad el primero de sus motes: el de “el balneario más europeo”, y está compuesta por matrimonios adultos procedentes en su mayoría de los países de Mitteleuropa. Por regla general se trata de rentistas o al menos de personas en una posición social acomodada, que se establecen en la zona más antigua y residencial de la Villa, que se encuentra en torno de la propiedad de Don Carlos –como universalmente se conoce al fundador en la ciudad que le debe su patronímico–, a partir de la cual avanzará el frente original de forestación, y que será en lo sucesivo conocida como “Barrio Norte”.

La visibilidad de estos migrantes, sin embargo, y su consagración casi inmediata como emblemáticos de la ciudad en el marco del europeísmo publicitario de Don Carlos no debe llamarnos a engaño: la autodeclarada “villa europea” que nuestros informantes referían como característica de finales de los 40 y comienzos de los 50 solo había devenido posible porque convivían con estos pobladores otros dos colectivos igualmente numerosos cuyo establecimiento en la ciudad es contemporáneo o incluso anterior al de aquellos. En primer lugar, quienes literalmente ‘hicieron la ciudad’: los “criollos” o “paisanos” procedentes de General Madariaga, la cabecera municipal, que proveyeron no solo su fuerza de trabajo sino también una serie de competencias prácticas sin las cuales el esfuerzo de Don Carlos muy probablemente se hubiese visto frustrado. Pero también una serie de migrantes europeos pauperizados provenientes de otras latitudes –en particular italianos y españoles pero también holandeses, croatas e incluso húngaros, polacos y rusos– que afluyeron a la ciudad en grandes números, y que constituyeron una mano de obra semicalificada que fue movilizada tanto en la construcción de viviendas para su venta a futuros turistas como en las primeras obras de infraestructura –en particular la apertura de caminos y el avance de las tareas de forestación de las dunas. Si bien es cierto que el grueso de unos y de otros estaba constituido por migración golondrina –en particular en el caso de los “criollos”, que encontraban en la ciudad naciente una forma de complementar el sesgo estacional de las faenas rurales– que residía en precarios galpones o campamentos de obra para retornar a sus lugares de origen una vez finalizado su conchabo, muchos de los que no lo eran comenzarán en paralelo a edificar su propia vivienda en terrenos comprados a Don Carlos o cedidos por él en las inmediaciones de lo que hoy son las calles céntricas y a cambiar progresivamente sus trabajos como peones (con frecuencia, una vez más, con el estímulo y el apoyo económico del propio Don Carlos) por una actividad comercial que comenzará a hacer posible por vez primera a los habitantes de la ciudad atravesar los inclementes inviernos con un mínimo de necesidades satisfechas.[1] Al mismo tiempo, comenzarán a aparecer los primeros hoteles de veraneo, propiedad primero de las familias “alemanas” del “Barrio Norte, y sucesivamente acompañados o reemplazados por emprendimientos más modestos y de menor alcance de sus contrapartes mediterráneas (Tauber, 1998: 15-17; Benseny, 2011b).

Las cronologías locales convergen de manera unánime en el año 1951 como el final de esta ‘edad heroica’ a lo largo de la cual el resultado del “experimento de Don Carlos” permaneció en estado incierto (Noel, 2016b). Más allá de nuestra esperable desconfianza hacia cronologías tan consensuadas y prolijas, es un hecho notorio que a comienzos de la década del 50 tendrán lugar una serie de inflexiones en el proceso de crecimiento de la ciudad. En primer lugar, la migración mitteleuropea que fuera colocada en un lugar preeminente en los folletos publicitarios pergeñados por Don Carlos para promocionar su “balneario europeo” comienza a perder ritmo. Al mismo tiempo, los insistentes esfuerzos del fundador por atraer la atención de potenciales turistas de las áreas metropolitanas que quisieran comprar residencias de veraneo en la ciudad –y cuyo sales pitch insistirá en las décadas sucesivas y de modo obsesivo en la rentabilidad extraordinaria de una inversión en la ciudad de mayor crecimiento de la Argentina– comenzarán a tener éxito, al punto que las zonas céntricas de la ciudad empiezan a poblarse de pequeños chalets para veraneantes de las áreas metropolitanas de la Argentina, construidos por los italianos (y en menor medida los españoles) que monopolizaban la mano de obra local en el rubro de la construcción. Este hecho tendrá como consecuencia un pull migratorio que aumentará el número y la visibilidad de estos migrantes en la escena local y en consecuencia la mancha urbana se extenderá, duplicando el tamaño de la superficie ocupada hasta entonces, habilitándose y vendiéndose nuevos loteos hacia el sur y hacia el oeste del núcleo poblacional original.

Más allá de las diferencias en sus orígenes nacionales, en su posición socioeconómica y en su especialización profesional y laboral, sin embargo, tanto las fuentes disponibles como nuestras reconstrucciones basadas en los testimonios retrospectivos de sus contemporáneos sugieren que los habitantes de Villa Gesell seguían pensando entonces en su localidad como un espacio relativamente homogéneo y del orden de la Gemeinschaft en el cual “todos conocían a todos”, y caracterizado por la horizontalidad de las relaciones sociales, la cordialidad, la camaradería, la ayuda mutua y la confianza, en el marco de un auténtico y virtuoso “crisol de razas”[2] en el que coexistían todos los refugiados de buena voluntad que habían huido de una Europa víctima del odio, la beligerancia y la pobreza.

La solidaridad que había en aquel entonces, en la década del 50 [en la] que nos conocíamos todos, es decir este… yo me acuerdo que con un señor amigo de mi padre, mi hermano y yo fuimos en el 51-52, un 21 de septiembre del 53, a la estancia Santa Teresa y mi hermano se cae y se quiebra el brazo. El amigo este de mi padre se pasó tres días llevándolo con un jeep primero a Madariaga, después a Mar del Plata, después a un hospital, después a otro hospital, ¿te das cuenta? Ese gesto solidario… es decir, cuando una señora del frente de mi casa que tuvo para tener familia vino la médica, en ese momento estaba animada, atendía, estaban todos ayudando, ese sentido solidario [es el que había por entonces] (Hugo, 70 años, empresario local).

unos fueron… habían venido de distintos lugares. Unos vinieron de Alemania, apretados por la guerra; otros de Italia, apretados por una hambruna, o de España… o… todos venían con una necesidad de bienestar. Y otros venían con una necesidad de crecer económicamente. Y se mezcló todo eso. Porque todas esas ambiciones se mezclaron para que [Gesell] creciera de esa manera. Y luego, unos más trabajadores, otros menos trabajadores; más hábiles, menos hábiles, más afortunados que otros… el que marcó la diferencia en esta sociedad… pero esas diferencias nunca te las hacían notar, y todos tiraban para el mismo lado. Nadie dejaba a gamba a nadie (Ángel, 77 años, gasista jubilado).

lo que me encantaba de Gesell [cuando llegué en los 50] es el grupo de gente que había, [que] era mucho más abierta, eran todos inmigrantes, de adentro o de afuera pero todos inmigrantes al fin y al cabo (…) ya había [españoles acá]. Había una colectividad chica de españoles, la italiana era más grande. También había un grupo de alemanes, fundamentalmente, y de otros países de esa parte de Europa. Me gustaba mucho Gesell porque la gente era más abierta, no había clases sociales, todos habíamos venido, éramos todos migrantes, al revés de Maipú que era una ciudad chica pero era ya una ciudad estructurada, las clases altas, las medias, esos temas de los pueblos que nunca tuve muy claro por qué alguien era de “la sociedad”. [Pero] se notaba la separación social y me impresionó mal de entrada, cosa que no vi en Gesell (Manuel, 72 años, funcionario municipal jubilado).

La convivencia feliz de estos migrantes se refleja para Manuel en el hecho de que, por ejemplo, el Club Español haya tenido un presidente de la colectividad italiana:

era el padre del dueño de [el bar] Cachavacha, Osvaldo Brizzi [que] hablaba tano como si recién hubiera bajado del barco… esto refleja lo que era [la Villa] (Manuel, 72 años, funcionario municipal jubilado).

A esta convivencia cordial se agrega con frecuencia el reconocimiento retrospectivo de una afinidad electiva con el puñado de turistas que por entonces escogían la Villa para pasar sus veranos, en la medida en que se les imputaba una búsqueda de “tranquilidad”, “sosiego”, “familiaridad” y “hospitalidad” afines a los que se supone reinaban entre sus residentes de tiempo completo.

Vos pensá lo que era esto en esa época… ¿quién carajo iba a venir acá? O un loco recién escapado de [el manicomio de] Vieytes [ríe] o alguien que quería estar tranquilo, entre conocidos y como en familia (Alfredo, 79 años, albañil jubilado).

Como quiera que sea, para finales de la década de 1950 un primer ciclo exitoso de expansión y consolidación estructural, edilicia y demográfica se ha cerrado (Tauber, 1998: 16,28; Benseny, 2011b), transformando a Villa Gesell en una pujante localidad cuya población estable supera los 1.300 habitantes y que puede jactarse no solo de una oferta comercial y de servicios relativamente variada, sino también de una escuela primaria y servicios de atención médica, una cooperativa que provee electricidad, una estafeta postal y una delegación municipal, un servicio terrestre de pasajeros desde Buenos Aires y uno de ómnibus urbano e interurbano a la cabecera del partido, un cine y más de 25 hoteles en funcionamiento, capaces de albergar más de 6.000 pasajeros en temporada. La Guía turística y comercial de Villa Gesell del año 1959 (s.n.b.) da testimonio de esa ciudad en expansión: los avisos publicitarios de tiendas de diversos ramos, riego y jardinería, corralones y constructoras, bazares y distribuidores de bebidas, asesoramiento jurídico y contable, hoteles y confiterías, techistas y artículos de playa, electrodomésticos, frigoríficos, inmobiliarias, estaciones de servicio, cines y radioteléfonos se suceden a lo largo de casi una centena de páginas, cuyos vocativos interpelan ora a los residentes permanentes, ora a los turistas actuales o potenciales que llegan a cuadruplicar la población durante la ajetreada temporada estival.

Asimismo, la guía en cuestión, que tiene como objetivo explícito no solo proveer información y publicidad acerca de bienes y servicios varios sino también interesar en la inversión inmobiliaria a potenciales compradores, incluye en sus páginas centrales un mapa desplegable de la localidad que destaca los terrenos edificados (fig. 3), proveyéndonos de una suerte de instantánea del efecto acumulado de la ocupación del suelo[3] durante la primera década de existencia efectiva de la ciudad en cuanto tal.[4]

Fig. 3. Mapa de Villa Gesell en 1959

mapa G completo final BAJA.jpg

Como puede verse, la mayor concentración de la superficie edificada se da hacia el norte del mapa, en una zona que estaría delimitada al sur por el Paseo 9 (hoy 109),[5] al oeste por la Avenida 8 (que constituye el límite exterior del mapa) y al norte por la Calle 8 (hoy 308). Aun cuando el uso de un sombreado monótono no permita distinguir los usos residenciales de los comerciales, ni aquellas edificaciones que suponen viviendas permanentes de las que representan residencias de veraneo, las fuentes disponibles permiten reconstruir sin demasiada dificultad un cuadro más detallado. Sabemos, en efecto, que el poblamiento original de Villa Gesell –de acuerdo en buena medida con los designios de su fundador– avanzó a partir de dos ejes: uno de ellos es la Avenida Buenos Aires, que une de oeste a este la Ruta Provincial 11[6] con el mar, mientras que el otro es la Avenida 3, que desplegándose en forma perpendicular a la Buenos Aires atraviesa la localidad de norte a sur. Sobre la base de estos dos ejes, se configuran grosso modo, tres grandes zonas –con rasgos ciertamente no homogéneos, pero sí distintivos– con sus correspondientes patrones de ocupación y uso del suelo (Tauber, 1998: 40 ss.).[7]

Así, al norte de la Avenida Buenos Aires, tenemos esa zona residencial que ya mencionáramos como “Barrio Norte[8] ocupada sobre todo por las viviendas permanentes de los pobladores más antiguos, con una notoria proporción entre ellos de los ya mencionados migrantes provenientes del centro del continente europeo. La Avenida 3, por su parte, que constituye ya para entonces el principal eje comercial de la ciudad, divide la región que se encuentra al sur de la Av. Buenos Aires en dos secciones. Hacia el este, entre la Avenida 3 y el mar, se concentran los emprendimientos hoteleros y gastronómicos destinados a los turistas estivales, así como una multitud de residencias de veraneo de tipo chalet (Ballent, 1999). Al oeste de la Avenida 3 y hasta los límites de nuestro mapa –en lo que constituye la zona de mayor concentración de la superficie edificada– lo que encontramos es por un lado una mezcla de residencias permanentes pertenecientes a los migrantes de afincamiento más reciente (esto es, los que llegan sobre todo en la década del 50, con una amplia mayoría de italianos y españoles) y por el otro de residencias de veraneo de construcción más reciente que las de sus homólogas más cercanas a la playa.

Los fenómenos más interesantes, sin embargo, son los que ocurren en la vecindad de las fronteras del mapa. Más allá del límite este, fijado en forma previsible por el Mar Argentino,[9] la única frontera que no habrá de modificarse sustantivamente en las décadas subsiguientes será la que se encuentra en el extremo norte, que no avanzará demasiado respecto de la que nos muestra el mapa de 1959.[10] La frontera meridional, por oposición, habrá de constituir –como veremos en más detalle en las secciones subsiguientes– el frente de expansión urbana más visible en los años sucesivos, que serán caracterizados una y otra vez por fuentes escritas y en declaraciones de nuestros informantes como la “los años en los que la Villa explotó hacia el sur”. Las primeras sacudidas de esta expansión podían de hecho sentirse ya por entonces, y un hipotético poblador de fines de la década de 1950 habría sido perfectamente capaz de señalarnos evidencia de ello: allí donde poco tiempo atrás la ciudad se detenía abruptamente a la altura del Paseo 114,[11] el frente de avance se prolongaba ahora –tal como da testimonio de ello el mapa en cuestión– más allá de un Paseo 125 inverosímilmente remoto apenas unos años antes. Aun así, nada permitía presagiar la envergadura de un ritmo de crecimiento y expansión que habrá de multiplicarse varias veces en las décadas sucesivas, en un proceso que como habremos de ver, tendrá consecuencias fundamentales para la emergencia de los principales repertorios de construcción moral de la ciudad y sus habitantes.

La primera crisis: la irrupción de la horda dorada

A partir de los comienzos de la década de 1960, Villa Gesell, que desde sus inicios se promocionaba como “el balneario que se recomienda de amigo a amigo” y cuyo perfil turístico era unánimemente presentado como el de una localidad rústica y apacible en explícita oposición al bullicio, la aglomeración y a los excesos de la explosión urbanística de Mar del Plata y la alienación que una y otros suscitaban (Pastoriza, 2011; Masor, 1995; Sebreli, 1970), adquirirá una notoriedad tan abrupta como imprevista entre amplios sectores de las clases medias porteñas, notoriedad que habrá de dar comienzo a un proceso de transformaciones impensadas y –tal como insisten fuentes e informantes– no deseadas. Los residentes de larga data de la Villa suelen colocar como primer mojón de este proceso, en una cronología tan unánime como inexacta, el estreno para el año 1962 de Los inconstantes[12] de Rodolfo Kuhn, la primera película ambientada completamente en Villa Gesell y que será recibida e interpretada por la prensa especializada como una suerte de versión local de La Dolce Vita de Fellini. Los inconstantes presenta en sociedad a una localidad hasta entonces en gran medida desconocida para los sectores medios porteños, y lo hace caracterizándola como un espacio juvenil de libertad y experimentación artística y sexual, en virtud de lo cual –según se dice– la ciudad comenzará a atraer a amplios sectores de la bohemia y la juventud porteñas, en esa operación que transformará a Gesell en lo sucesivo –como señaláramos en los primeros párrafos de nuestra introducción– en sinónimo de hippismo y bohemia para las clases medias metropolitanas de la Argentina.

Así lo evocan dos de nuestros informantes:

la gente se creyó lo de la películaque no era tan así y llegaba acá pensando en fumar marihuana y ponerla… Acá llegábamos todos directamente preguntando, ¿dónde se coge?” (Guillermo, 61 años, periodista).

La Villa no figuraba en los mapas, [y] era desconocida fuera de su entorno inmediato, hasta que explota en el 63… en el 62 ya había algo más importante. Ahí empieza [con Los inconstantes]… porque conocer la Villa entonces era conocer toda una [escena]… Yo no sé si la película le hizo bien o mal a Gesell. Hay un hecho, hasta acá: que hizo conocer a Gesell. Si lo hizo conocer bien o lo hizo conocer mal, bueno hay visiones encontradas. Porque no existía el libertinaje o la libertad que en cierto modo plasmaron en la película (Hugo, 70 años, empresario local).

La versión de Rosemarie Gesell, la hija del fundador de la ciudad a quien mencionáramos en el capítulo precedente, pinta esta ruptura con trazos que han devenido canónicos:

Los años de la gran creación que podría decirse que terminan con la década del 50 fueron los que papá realmente disfrutó, pues la Villa era, en imagen y esencia, lo que él había querido que fuera. Un tranquilo lugar de descanso, con muchos árboles y pájaros y habitado por personas que realmente disfrutaban de una vida libre y natural (…).

No hacía publicidad en medios periodísticos. Consideraba que la mejor manera de hacerlo era la recomendación que un amigo que conocía el lugar podía hacer a otro que no había estado nunca,[13] lo que contribuía al mismo tiempo a mantener una característica de gustos comunitarios semejantes.

Posiblemente la Villa hubiera seguido creciendo de esa manera mucho tiempo más, si no hubiera mediado de pronto un factor totalmente ajeno.

El periodismo.

Debido a que en el año 59 [sic] se filmó en el lugar una película que por ese tiempo podía considerarse un tanto escabrosa, revistas sensacionalistas publicaron notas en las cuales se hablaba de Villa Gesell como de un lugar lleno de pornografía. Y muchas personas que las leyeron se preguntaron: ¿Villa Gesell? ¿Dónde queda? ¿Cómo será?” (Gesell, 1993: 121-122).[14]

Un historiador e investigador local recogía en tonos inequívocos el mismo contraste:

Fueron dos épocas diferentes. Es decir… toda la época de los 50 en realidad está, digámoslo así, marcada por los pioneros, por los extranjeros. Si vos ves lo que eran las revistas, los diarios de la época, te hablan del balneario más extranjero. Lo que pasa es que dentro de las refundaciones, en la década del 60 hay un cambio casi diríamos así… no solamente generacional sino como de paradigma de lo que era Villa Gesell, que tiene que ver con Los inconstantes. Es decir la búsqueda de ese paraíso. Cuando vos ves la película Los inconstantes que te dicen que la villa es como algo así como un lugar de la dolce vita, prohibido, casi hasta de lo incestuoso, cosa totalmente prohibida y que eso se venía a buscar, ¿no? Era una época muy particular sobre todo los 60, del 62 al 70. Entonces claro, por ejemplo, cuando vos leés las crónicas donde por ejemplo donde los periodistas hablaban de la dolce vita los pioneros decían: no, eso no fue así. Esos eran unos inadaptados, unos iracundos, unos enfermos mentales… que venían de Buenos Aires, se instalaban [durante el verano] y se iban. Entonces es como que hay dos mundos, ¿no?, el pionero vive la villa idílica, absolutamente, ¿no?, y en cambio en la década del 60 fue lo prohibido, la dolce vita, entonces conviven dos realidades (Remigio, 53 años, historiador).

Como puede verse, ese momento contracultural que habría de visibilizar bruscamente a la ciudad en la Argentina metropolitana, al tiempo que la iría inscribiendo progresivamente en una narrativa histórico-cultural de alcance nacional –e incluso mundial– que involucra a los turbulentos años 60, es inequívocamente descripto a nivel local como una ruptura, como un punto de inflexión en el cual una ciudad que hasta entonces habría crecido de manera virtuosa y acorde con los designios de su fundador es repentinamente arrebatada –en el doble sentido de la palabra– por una horda invasora venida de fuera que amenaza con transformarla en algo radicalmente distinto o incluso contradictorio con esta putativa vocación original.

Ahora bien: sabemos que las identificaciones colectivas se construyen en y desde la interacción con ‘otros’ significativos de los cuales se busca distinguirse (Barth, 1976; Cohen, 1985 y 2000). Siendo así, se comprende por qué y hasta qué punto los repertorios identitarios se configuran, articulan, afirman, explicitan y movilizan de modo eminente en circunstancias en las cuales un grupo de emprendedores morales (Becker, 2008) sienten que las fronteras del ‘nosotros’ se vuelven porosas, difusas o se encuentran bajo amenaza (Douglas, 1986).[15] Si es cierto, como quiere Anderson (2007), que toda comunidad debe darse una serie de relatos a partir de los cuales imaginarse como colectivo –y que incluyen, como nos lo recuerda Oscar Terán (1999) ,“una lengua; una historia que establezca la continuidad con grandes ancestros; una serie de héroes que oficien de parangón de las virtudes nacionales; un folclore; un paisaje típico; monumentos y museos culturales; una mentalidad particular; símbolos oficiales; identificaciones pintorescas”–, la urgencia de construir y difundir estos relatos en momentos de crisis –y aún más: de procurar establecerlos como hegemónicos, es decir, como parte de un sentido común colectivo– aparece como crucial.

De esta manera, resulta cualquier cosa menos sorprendente encontramos con que la consternación, la sorpresa, la indignación o incluso el espanto que pueden reconocerse retrospectivamente en los pobladores iniciales de la ciudad –y en particular, en el primero de todos ellos, Don Carlos Gesell– ante esta irrupción impertinente de una exuberante juventud metropolitana habrá de tener poderosos efectos en la constitución de un lugar de enunciación colectivo para la ciudad, cuyas putativas notas definitorias comenzarán en este preciso punto de su historia a cristalizar en una serie de relatos que, plasmados en textos que habrán de devenir canónicos, sentarán las bases de una historia local con ribetes hagiográficos y que constituirá el primero, principal y más duradero de los repertorios morales a disposición de los habitantes de la ciudad, el de los pioneros.

Como veremos en los capítulos que siguen, a medida que el tiempo transcurra, estos relatos habrán de reelaborarse y articularse de manera cada vez más compacta en una historia contada en clave de gesta y de apólogo, en la cual ocuparán un lugar central las virtudes morales que la hicieron posible. Una vez consolidada, esa historia será presentada, difundida, reescrita y reeditada una y otra vez en libros, artículos periodísticos, editoriales, guías turísticas, entrevistas, programas de estudio escolares, monumentos, documentales, programas periodísticos y biografías, ávidamente consumidas por el público local, pero también por los turistas que eligen la Villa para veranear y argumentan su preferencia sobre la base de su singularidad y su ‘estilo’, poniendo en circulación un repertorio que se revelará sumamente fecundo a la hora de proveerles a unos y a otros recursos de identificación moral con la ciudad y sus atributos.

La emergencia de la literatura canónica de la Villa: primeros repertorios y recursos de identificación moral

Volvamos una vez más a la Guía turística y comercial del año 1959, y más específicamente a su presentación. Allí podemos encontrar uno de los primeros intentos documentados de construir un relato de la ciudad y su origen, que prefigura en gran medida los que se sucederán en décadas siguientes y que merece por tanto la cita in extenso: [16]

No podemos comenzar (…) sin dedicar nuestras primeras palabras a un hombre y a su abnegada compañera, sin cuyo esfuerzo tesonero y voluntad inquebrantable no hubiese existido esta hermosa realidad que hoy se llama Villa Gesell.

Don Carlos I. Gesell y su esposa, Doña Emilia Luther de Gesell,[17] como verdaderos “pioneros” impulsados por el espíritu de aquellos colonizadores que sembraron pueblos por doquier, llegaron a estos arenales hace 25 años, cruzando alambrados, tranqueras y lagunas, luchando contra elementos naturales y contra la opinión de los descreídos que no confiaban en la opinión de estos soñadores que, solos, iban a librar una batalla contra uno de los más estériles elementos de la naturaleza para fertilizarla y desmentir aquel precepto de no edifiques tu casa sobre arena”.[18]

Así llegaron y así construyeron caminos y levantaron lo que hoy es la casa histórica, desde la cual como cuartel general, emprendieron la plantación personal de cada yuyito o planta que hoy tiene la Villa. Yuyito o planta que al día siguiente era arrasado por la arena voladora que sistemáticamente cubría todo lo plantado el día anterior. Pero, tenaces en sus propósitos, construyendo defensas volvían a la plantación con mayores bríos y por fin vencieron; surgieron los pinos, las acacias… y ya el futuro fue promisor [sic].

Otros hombres y otras familias su unieron luego en la titánica empresa y fue así que se abrieron caminos, se fijaron médanos y Villa Gesell surgió a la vida como el más promisor [sic] de los balnearios de la Costa Atlántica.

He aquí varios de los elementos que habrán de reaparecer ampliados en las futuras versiones del relato fundacional y que en el marco de ese género que podemos denominar ‘historias de pioneros’[19] hará hincapié en primer lugar en el carácter excepcional del fundador y de su temperamento, así como de las circunstancias singulares que dieron origen a la ciudad, con el objeto de diferenciarse[20] del puñado de localidades análogas que estaban surgiendo en las inmediaciones[21] y en el resto de la costa atlántica bonaerense,[22] en muchos casos en escenarios similares.

Así, encontramos en primer lugar la idea de la creación de Villa Gesell como un proyecto fáustico (Berman, 1988: 28-80), según el cual un visionario que encarna las fuerzas del progreso civilizatorio emprende una lucha denodada y desigual –y como se verá en lo sucesivo, las metáforas bélicas constituyen uno de los registros privilegiados del relato– contra una naturaleza estéril, indómita y hostil. Su lucha es solitaria, en especial por el hecho de que su visión impugnada no solo por la sensatez humana sino incluso, como hemos visto, por la sabiduría divina solo encuentra escepticismo entre sus contemporáneos. Aun así, la perseverancia y la tenacidad finalmente habrán de permitir a este héroe civilizador conseguir su cometido, y sus primeros éxitos habrán de atraer a otros “hombres y familias” que habrán de consolidar el proyecto naciente.

Ahora bien: esta narrativa embrionaria, que aparece como breve carta de presentación de la Villa como proyecto (en el más amplio sentido de la palabra) en el mismo momento en que una primera expansión demográfica y turística la vuelve deseable y oportuna, habrá de desplegarse ulteriormente en dos textos que, separados por poco más de un lustro, constituirán –como una suerte de evangelios sinópticos– el núcleo duro de los relatos históricos locales y de los repertorios morales a ellos asociados, así como de sus sucesivas reelaboraciones. Se trata por un lado de El domador de médanos de Dante Sierra, aparecido en 1969, y por el otro de La historia de Villa Gesell de Omar Masor, publicado en 1975 en el marco de una segunda coyuntura crítica a la que en breve tendremos ocasión de hacer referencia. Ambos serán escritos bajo la mirada vigilante del fundador: en el caso del primero, porque “había pagado por su escritura” (Saccomanno, 1994: 43) y en el del segundo porque, en palabras que nos dirigiera un informante que conociera personalmente al autor “[Masor] fue el escritor oficial de Don Carlos [y su libro] se escribió pensando en que fuera la historia oficial. Don Carlos contó lo que quería que se conozca de su historia”.[23] Ambos textos reelaborarán el relato fundacional de la ciudad y de su creador, en primer lugar ampliando algunos de los topoi ya adelantados en la “Presentación” de 1959 –en particular el elemento fáustico-prometeico de la empresa– y por otro presentando una serie de células narrativas (Lévi-Strauss, 1986: 73)[24] que constituirán la base de las sucesivas versiones de la historia local, así como de sus propuestas morales canónicas.

El domador de médanos

Ya desde su título, El domador de médanos –reconocido de manera prácticamente unánime como primera referencia de la producción literaria e histórica local[25]– propone una narración en clave de gesta, que comienza con una primera parte[26] en la que una naturaleza estéril y salvaje irá cediendo a los intentos de nuestro pionero por domesticarla. Los siete primeros capítulos están dedicados a presentar –en un estilo que oscila entre una sobria prosa geológica y una lírica con tendencia a desbordarse en imágenes bélicas y ecuestres– al formidable enemigo, encarnado en la sinécdoque de “la arena”. La presencia humana recién irrumpirá en el quinto capítulo –“Allá lejos y hace tiempo” (Sierra, 1969: 28)– de la mano de Don Carlos y de su homólogo y predecesor en Cariló, Héctor Guerrero.[27]

Con el capítulo siguiente hace su aparición, en forma sinóptica y embrionaria, la primera de las células narrativas del relato histórico en construcción: el episodio del ingeniero Bodesheim (en esta versión, un innominado técnico alemán):

Don Carlos Gesell comenzó en mil novecientos treinta y uno. A los cuatro años había fracasado. Dispuesto a reincidir, para disminuir esta vez el margen de error, hizo venir a un técnico alemán. Este llegó, realizó el análisis del suelo, midió en sus mejillas la fuerza del viento. Subió y bajó repetidos días por aquel mundo de montículos amarillos no más consistentes que montañas de harina de maíz. Impresionado por el panorama de arena, acobardado por la extensión de la faja y perplejo por la ambición del pionero, sentenció: sobre esta arena jamás crecerá pasto verde. El desafío había recibido su respuesta. La de Don Carlos Gesell estaba incubándose en los pliegues secretos de su corazón (Sierra, 1969: 39).

Incluso en una versión tan estilizada como esta, la anécdota da cuenta de dos elementos centrales de la narrativa que estamos reconstruyendo, que reaparecerán en episodios sucesivos: la aparente locura del Conditor, que se enfrenta a una tarea que la Escritura, la Ciencia[28] y el mundo todo consideran fútil e insensata, y su “inquebrantable tesón” (Sierra, 1969: 39) y “presencia de espíritu” aun en las condiciones imposibles en las que desarrolla su tarea.

A esta voluntad inmensa, hasta aquí presentada como solitaria, se irán incorporando “otras pequeñas voluntades sin las cuales, sin duda, la obra hubiera sido más dura”.[29] La primera de estas voluntades en ser evocada es Pablo Wolf, un judío alemán que habrá de conducir el primer transporte que une la estación ferroviaria de Juancho[30] con la naciente Villa turística.[31]

La narración realiza un quiebre biográfico en el duodécimo capítulo, donde se introduce la pertenencia de Don Carlos a un linaje de hombres intelectualmente notorios a la vez que anticonvencionales e iconoclastas, encarnados de forma eminente en la figura de su padre, Silvio.[32] A esta predestinación genealógica se le suma una sobredeterminación geográfica, de la mano de sus viajes y estadía en “el espectáculo de las costas civilizadas [que] lo atraía” y “lugares como Miami Beach y Winter Heaven [sic] [que sin duda] debieron impresionarlo (edenes surgidos sobre marismas y pantanos)” y que revelan “esa pasión suya por el agua y por la arena [en la que] mucho tienen que ver las riberas de San Isidro” en las que se crio (Sierra, 1969: 41-42). Aparece así un nuevo hilo en la trama narrativa, que habrá de adquirir cada vez más fuerza en los relatos sucesivos: el de la predestinación, una suerte de destino manifiesto encarnado en una “vocación [que] se va formando como inexorable imperativo” y a la que Don Carlos sabrá responder con su temperamento particular y su tesón y voluntad inquebrantables.

El tamaño de sus dificultades será evocado en la que habrá de transformarse en la segunda célula narrativa del relato canónico: el de la fundación abortiva de la localidad de Ostende, 19 km al norte de Villa Gesell (Salpeter, 2013):

a la altura de Ostende belgas inquietos habían ido levantando calladamente, sobre el borde del Atlántico, la simiente de un poblado. Con mano de obra japonesa (…), construyeron varios hoteles y algunas casas. La iglesia tenía 20 metros de altura en su torre y el muelle se internaba 200 metros en el mar. Preanunciando la rambla de una explanada erguía sus columnas portadoras del blanco globo de luz al estilo europeo. Al estallar la Primera Guerra Mundial el patriotismo llevó a los belgas a su patria. Al regresar, el muelle había sido barrido por las mareas y la iglesia totalmente sepultada. Tapados por la arena los trabajos ejecutados, los rieles Decauville sobresalían de la panza de los médanos como alfileres clavados en pasteles de crema. Las columnas de la explanada, aún erguidas, apuntaban al cielo imitando a las ruinas jesuíticas. Para entrar al hotel había que hacerlo por las ventanas del primer piso: estaban a flor de arena. Los belgas descuidaron al potro. El desquite que se tomó los hizo renunciar a proseguir (Sierra, 1969: 39).

Resulta palmariamente claro que esta derrota de los belgas a manos de las implacables arenas costeras –en una empresa mayor, mejor financiada y planificada que la suya[33]– subraya por contraste la enormidad del desafío al que se enfrentaba nuestro pionero solitario. Esas dificultades reaparecen en una serie de derrotas sucesivas, puntuadas por un continuo endeudamiento, una perenne incertidumbre acerca del éxito de la tarea, la crudeza de los inviernos y las enormes distancias por las que debían trasladarse personas y mercancías (Sierra, 1969: 45 ss.).

Finalmente, un éxito hasta entonces esquivo coronará sus esfuerzos, “el Edén en gestación responde finalmente y la arena se doblega al desafío” (Sierra, 1969: 56). Como queda claro de la lectura del texto de Sierra –quien se pregunta retóricamente y en tono declamatorio “¿de qué están hechos hombres así?”–, ese éxito es deudor en forma exclusiva de un carácter y un temperamento que sabemos prefigurados en su ilustre padre y anunciados en su temprana biografía.

Superados estos primeros y decisivos obstáculos, hace su aparición el segundo de los nombres insignes que habrán de marcar la heráldica de la Villa, y con él una tercera célula narrativa que habrá de reproducirse en relatos futuros. Involucra una figura central en la construcción histórica de la identidad geselina, puesto que habría de prefigurar e inaugurar su destino último como villa turística y balnearia: Emilio Stark, el primer turista de Villa Gesell, quien ocupará ‘La Golondrina’, la primera casa construida por Don Carlos para albergar veraneantes.

Una vez más, el relato es enmarcado en clave de predestinación:

Hay nombres que parecen destinados a producir determinados resultados. Donde hoy se levanta el Playa Hotel habían construido un pequeño refugio de siete habitaciones que llamaron luego ‘La Golondrina’. Dio base al primer intento turístico. Publicaron avisos en La Prensa ofreciendo pensión completa a diez pesos por día, en aquel desconocido lugar aún no registrado por mapa alguno. Don Emilio Stark, jefe de ventas de productos Conen, andaba justamente de recorrida por la zona con varios de sus productores. Se interesan en el llamado. Así llegan a ‘La Golondrina’. El trato es de tal naturaleza que permanecen diez días (…) Don Emilio Stark y sus muchachos han quedado en la historia de la Villa con rasgos indelebles. Pagaron por todo cien pesos (buena suma para aquel entonces), y hasta compraron lotes. ‘La Golondrina’ comenzaba a volar. Poco después se vende una hectárea sobre el mar (Sierra, 1969: 57).

A este primer visitante, convertido en propietario e inversionista, le seguirán otros nombres ilustres –de raigambre mitteleuropea primero y mediterránea más tarde– que comenzarán a poblar lo que deja de ser un emprendimiento unipersonal incierto para mudar en una pequeña aldea en crecimiento:

Si al nombre del Sr. Stark se le hubiera caído la letra a dando paso a la o, sería cosa de creer en las premoniciones. Stork en inglés significa cigüeña. El señor Stark resultó medio cigüeña. De ella se dice que trae los niños de París. La de nuestra historia trajo a quienes serían los primeros pobladores de la Villa: el señor Schmidt, el Señor Weizke, el señor Gusmann (…) Poco después llega el señor Pinciroli, personaje de importante gravitación: instala el primer corralón de materiales para la construcción. El señor Ambrogio adquiere ‘La Golondrina’. En el 45 llega el señor Helm y surge ‘La Gaviota’. La hambruna va cambiando de rostro (Sierra, 1969: 57-58).

Con esta enumeración, “el escenario principia a estar listo” (Sierra, 1969: 58): corre el año 1942 y –para Sierra– la época heroica, con sus desengaños, sus sacrificios y sus incertidumbres, ha quedado definitivamente atrás.

Como hemos ya sugerido, la aparición de El domador de médanos en 1969 resulta sugestiva. Villa Gesell atravesaba entonces el cenit del hippismo vernáculo e incluso se había transformado en un destino frecuentado por la ‘farándula’ televisiva y cinematográfica, o al menos por la más identificada con el radical chic porteño (AA.VV., 2012). En términos morales, esta celebridad inesperada implicaba la irrupción de un movimiento cuya inscripción generacional e ideológica –juvenilista y hedonista, espontaneísta e irreverente– contestaba de modo frontal la sobria ética protestante de los “pioneros” socializados entre las dos grandes guerras y es por ello que representó una reconfiguración vivida como brusca y amenazante por quienes llegaran a la ciudad en las décadas de 1940 y 1950. Los testimonios de aquellos de nuestros informantes contemporáneos de la eclosión del hippismo en la Villa confirman la percepción de este contraste como parte de un proceso que escapaba no solo a la voluntad sino especialmente a la aprobación moral y estética del fundador y de los restantes “pioneros”. Así, los “hijos de los pioneros” –la generación de residentes locales que atravesaban su infancia y su adolescencia en la Villa al momento de esa ruptura– evocan esa efervescencia como fuente de corrupción moral, de tentación, y como contradictoria con un élan local, fundado en el trabajo y el sacrificio:

Junto con nuestra adolescencia, aparece el otro Villa Gesell, [el de los 60]… las tentaciones, el conocimiento de gente que transmite cosas (…) A los ojos nuestros… vos imaginate que lo más atractivo [solía ser] escuchar la radio (…) Y en el verano, de golpe… era todo novedad. No solamente, lo más moderno en vestimenta, en público. Fundamentalmente, la tentación, ¿no? La tentación de ir por otro lado (…) la tentación… al ocio diferente (Ángel, 77 años, gasista jubilado).

Las actitudes más extendidas entre los “hijos de pioneros” oscilan entre la minimización –o incluso la negación abierta– del impacto de esta primavera contracultural en los repertorios identitarios locales y la elipsis absoluta. Así, por una parte, algunos informantes niegan de plano la importancia del hippismo en la configuración de un ethos local fundado sobre el trabajo y la austeridad:

No, [el hippismo no tiene nada que ver] porque la cultura de Gesell… el pueblo estaba formado por gente que había venido de Buenos Aires, italianos que habían venido a laburar, vos calculá que [es] en los años 50, en la época de la posguerra [y] por gente de campo, que no les interesaba mucho [la joda]… Los alemanes que venían de una guerra que habían perdido y los españoles que venían a laburar. No digo de otra inmigración u otro tipo de gente que [también] venía a trabajar (…) la preocupación estaba más en función de los extranjeros, de lo que habían pasado… y de su necesidad de laburar y ahorrar para salir adelante, para asegurarse un futuro sin hambre, para ellos y para sus hijos (Salvador, 74 años, comerciante jubilado).

Mientras que, por su parte, Hugo construye a pedido nuestro una cronología década a década de la ciudad, que significativamente saltea por completo el momento hippie:

En la época del cincuenta había que hacer patria. No había luz, no había médicos, no había farmacia, no había teléfono… y bueno, se encaró un poco todo eso (…)

La década del sesenta fue una década de las instituciones, del divertimento, sí viendo que Villa Gesell se convirtiese en una pequeña ciudad… que sea más lindo y más confortable vivir en ella, con el entretenimiento de por medio, el cine, los coros, esas cosas. Y tenemos italianos, españoles.

La década del setenta es una década incipiente [para] la política, ¿me entendés? (…) Se produce todo un desarrollo de varias personas que empezaron a trabajar por el tema de la independencia geselina. También empieza a crecer el sur… (Hugo, 70 años, empresario local).

Creemos innecesario multiplicar los ejemplos para dejar constancia de que este ‘momento hippie’ es leído por quienes fueron sus testigos y contemporáneos como una ruptura, una crisis superficial y pasajera que amenazaba el perfil que el fundador había decidido darle a su Villa, y que sus residentes “de siempre” compartían. A la luz de esta constatación puede verse con facilidad hasta qué punto la aparición de El domador de médanos y su obsesivo énfasis retórico en una narrativa ascética del esfuerzo, el sacrificio, la templanza, la disciplina, la constancia y la capacidad de superar la adversidad y la frustración –atributos centrales de la ‘ética protestante’ (Weber, 1993) y de un temperamento que se corresponde tan bien con la figura de un héroe civilizatorio como Don Carlos (Elias, 1989)– debe leerse como parte de un intento por delimitar las fronteras de un nosotros auténtico, fundado en la historia –o incluso, por vía de predestinación, en la lógica misma de las cosas– con respecto a un epifenómeno espurio y adventicio marcado por la irrupción de un hippismo de estación que, presentado en forma tan unánime como recurrente por los medios metropolitanos como sinónimo de la Villa y su ethos, amenazaba con usurpar un registro identitario que no le correspondía. Si es cierto que uno de los modos eminentes en que la pedagogía moral puede ser ejercida es el del exemplum (Humphrey, 1997), la narrativa ascética que comenzó a configurarse en la obra de Sierra –y que será ampliada y subrayada en versiones sucesivas del relato– puede leerse como un intento por construir una definición moral (a la vez moralizada y moralizante) de lo que significa ser un ‘geselino auténtico’ o al menos de las condiciones necesarias que hay que satisfacer para aspirar a ser considerado como uno.

La segunda crisis: el boom inmobiliario y la explosión de los tempranos 70

Aun cuando Los inconstantes sea presentada con frecuencia por fuentes e informantes como emblema del fin de un período de relativo anonimato para Villa Gesell, la evidencia disponible muestra que el canto de cisne de ese período fundacional en realidad se remontaba a algunos años atrás, y que a la llegada de Kuhn y su camera crew ya hacía algún tiempo que la ciudad había comenzado a ser vista como algo más que un refugio para quienes buscaban un estilo de vida apacible –ya sea bajo la modalidad de una residencia permanente o de la de un descanso ocasional o de temporada– que diera la espalda a la alienación y al frenesí de la vida urbana. Incluso cuando caben pocas dudas de que Los inconstantes otorgó a Villa Gesell una notoriedad nacional –o al menos metropolitana– antes inexistente que la transformó durante algo más de una década en la meca de quienes buscaban experimentar con la panoplia de alternativas musicales, teatrales, plásticas, comunitarias, sexuales o farmacológicas que entraban con tanta rapidez como atractivo en la órbita de los jóvenes de sectores medios urbanos de la década del 60, lo cierto es que esta migración juvenil de temporada con una motivación estético-política había sido precedida algunos años por la de otra clase de actores, cuya presencia, aunque menos espectacular y visible, tendrá efectos más poderosos y duraderos en el desarrollo de la ciudad.

Nos referimos a un conjunto de pequeños y medianos inversores –y también algunos grandes, aunque no demasiado– atraídos por la perspectiva algo más prosaica de invertir en bienes raíces, comprando terrenos relativamente baratos que permitieran recuperar o hasta multiplicar la inversión a través del desarrollo inmobiliario y el alquiler y la venta de propiedad inmueble. Ciertamente, el argumento de que comprar lotes en Villa Gesell constituía la mejor inversión a futuro que pudiera concebirse nunca había estado ausente del sales pitch de Don Carlos y sus socios, y en las guías y folletos publicitarios que la Administración Gesell publicaba año tras año se multiplican los argumentos de esta índole, respaldados cada vez con mayor fuerza por la constatación de que la Villa era por entonces la ciudad de mayor crecimiento de toda la Argentina (Tauber, 1998: 27 ss.). Sin embargo, estos argumentos que cobraban sentido en el marco de un propósito inicial de atraer los suficientes inversores como para que el titubeante asentamiento de fines de los 40 alcanzara la masa crítica que le permitiera sostenerse en el tiempo sin una inyección permanente de fondos por parte de su fundador, encontrarán veinte años más tarde un eco inesperado en un proceso a través del cual la compra de terrenos en Villa Gesell comenzará a ser considerada por muchos inversores medianos y pequeños como una inversión de bajo riesgo y alto rendimiento, en particular en el contexto de una cíclica inestabilidad económica a nivel nacional que da fuerza al viejo argumento de que invertir en “tierra y ladrillos” es la mejor idea para protegerse de la inflación, la incertidumbre y la zozobra económica a mediano y largo plazo. Así nos lo recuerda uno de nuestros informantes:

Mi viejo siempre me lo decía: entre la inflación, las devaluaciones, los cambios de gobiernos [sic] y los planes económicos en la Argentina al final no sabes cuánto vale la guita. Pero si vos la metés en un terrenito, o te hacés una casita… eso no te lo saca nadie. Y aunque por ahí no ganás, tampoco perdés: lo peor que te puede pasar es que salgas hecho. Creo que un poco por eso mi viejo se compró el terreno en su momento acá, y la gente que se vino con él… para la época de él habrá sido un poco por lo mismo (Aníbal, 51 años, comerciante e hijo de pioneros).

Así es que, como consecuencia de este proceso, entre mediados de la década del 60 y fines de la del 70 Villa Gesell terminará de consolidarse como ciudad de veraneo, adquiriendo un perfil cada vez más masivo, y como resultado procederá a alargarse en paralelo a la costa y en dirección al sur –a la vez que sus edificaciones van creciendo en altura–, especialmente en las zonas con dedicación preferencial o incluso exclusiva a los servicios turísticos, hoteleros y gastronómicos, entre la Avenida 3 y el frente marítimo. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en las primeras décadas de su existencia, esta expansión no implica un simple loteo, que permitiría una potencial compra de tierra con fines especulativos. Esa posibilidad había sido cerrada por la llamada Ordenanza Orgánica del Desarrollo (96/61), promulgada en 1961 por la Municipalidad de General Madariaga, que prohibía la realización de nuevos loteos allí donde aún se encontraran sin edificar más del 75% de las parcelas ya aprobadas (AA.VV., 2008: 14). La respuesta de Carlos Gesell a esta iniciativa municipal, que él consideraba retardataria y arbitraria, no se hizo esperar y tomó la forma del Plan Galopante (Masor, 1995: 149; Saccomanno, 1994: 127-128; Gesell, 1993: 123; Ortiz, 2010: 145-146), que concedía un 50% de descuento sobre el valor final del terreno a quien hubiese terminado de edificar en menos de seis meses contados desde el pago de la primera cuota. En consecuencia las edificaciones comenzarán a proliferar velozmente en las zonas ya loteadas, habilitando la expansión recursiva de la trama urbana a través de nuevos loteos en posición más meridional.[34]

Asimismo, dado que la potencialidad de esta expansión hacia el sur luce por ese entonces, si no literalmente infinita, como al menos virtualmente inextinguible –en la medida en que su límite efectivo está dado por el de los terrenos adquiridos inicialmente por Don Carlos, que se encuentra casi 8 km al sur de la Av. Buenos Aires[35]–, a partir de mediados de la década del 60 la ciudad comienza a estirarse longitudinalmente, recostada sobre la costa, en un avance progresivo hacia el sur que tendrá como resultado un crecimiento demográfico que prácticamente quintuplica la población permanente de la Villa entre 1960 y 1970 –año para el cual el Censo Nacional de Población la contabiliza en 6.341 habitantes– y que volverá a duplicarla en la década siguiente, alcanzando para 1980 una población de 11.632 habitantes, es decir, diez veces más que la contabilizada por el censo de 1960.

Lo interesante del caso es que aun cuando este crecimiento fuera consecuencia del éxito de la política comercial y publicitaria del propio Don Carlos –y hasta cierto punto incluso una consecuencia buscada y bienvenida–, tanto su imprevista celeridad como la gran magnitud y la notoria visibilidad de su volumen plantean un nuevo desafío a una Villa cuyos habitantes experimentan como atravesada por un proceso de transformación en el cual la misma deviene ‘ciudad’ (Oviedo, 2002). A partir de este proceso, comenzará a cristalizar la primera versión de un relato de derrumbe de la Gemeinschaft análogo al que caracterizáramos en el capítulo precedente, en el cual aparecen por vez primera las ya citadas quejas acerca de la presencia de “gente nueva”, cuya afluencia rompe esa sociabilidad universal y transparente en la que “todos nos conocíamos a todos”, aunque ciertamente con un carácter menos ominoso que el que allí caracterizáramos:

Ahí, en los 70… 72, 73 ponele fue la primera vez que yo recuerde que te cruzabas por la calle… ojo, en el invierno te hablo… con gente que no habías visto nunca. Me acuerdo de haber hablado con mi viejo y con mis hermanos de eso… ojo, no mal, como sorprendidos, ponele… porque antes nunca nos había pasado de… bueno, eso, de salir, caminar por los lugares de siempre y no conocer [a cierta] gente [que te cruzabas] (Aníbal, 51 años, comerciante e hijo de pioneros).

Mucha gente pone la raya en los 50 o en los 60… pero para mí no. La Villa siguió siendo la Villa hasta los 70… cuando empezabas a ver todo lleno de edificios, cuando ya no veías los médanos, el bosque, por todos lados como antes… lo tenías que salir a buscar. Ahí la Villa comenzó a ser una ciudad, y ya la historia ahí fue otra… ni buena ni mala: otra (Atilio, 58 años, comerciante jubilado).

Algunos de nuestros entrevistados señalan con nostalgia retrospectiva su percepción melancólica del fin de una era:

A partir de ese momento [la década del 70] se fue perdiendo con el tiempo, por el gran crecimiento que tuvo Gesell, la solidaridad que había en aquel entonces, en la década del 50, del 60, [en la] que nos conocíamos todos, es decir este… ese sentido solidario me parece que Villa Gesell lo perdió porque se diluye en una ciudad que creció tanto”(Hugo, 70 años, empresario local).

Hace poco se murió una tía que… ella había venido en el año 43… (…) que ya en esa época me decía… y como ella muchos Yo siento que ahora no es más nuestra la Villa. Ahora es de ellos, de la gente, de todos los que llegaron después (Salvador, 74 años, comerciante jubilado).

Incluso varios de quienes no participaron en la ‘gesta’ inicial, y que llegan a la ciudad asociados más bien a ese momento libertario del que hablábamos en la sección precedente sitúan un quiebre para esa misma época. Como lo evoca uno de nuestros informantes, llegado en 1974:

… yo medio que llego sobre el final de esta historia, casi sobre la resaca del hippismo (…) y la sensación de que una era excepcional se había acabado estaba un poco como por todas partes. Y si eso era así con la gente de mi generación, no te cuento con los más viejos, con los que estaban desde antes… los pioneros. Para ellos era literalmente el acabose, y los veías por todos lados, en las colas de los bancos, en la calle, en el mercadito, en [los bares] quejándose de que la Villa iba por el camino de Mar del Plata (Pedro, 56 años, docente de escuela media).

Una vez más, podríamos multiplicar los ejemplos sin alterar los rasgos fundamentales de estas caracterizaciones: durante los 70 existe una percepción generalizada por parte de los pobladores que arribaran en las primeras tres décadas de su existencia efectiva de que Villa Gesell comienza a “transformarse en una ciudad”, con los excesos y patologías que la narrativa romántica suele atribuir a la degradación urbana (Oviedo, 2002) y en contradicción abierta con el designio fundamental que Rosemarie Gesell y Omar Masor atribuyeran a su fundador: erigir una villa turística a escala humana y en armonía con el entorno ‘natural’.

Ante estas evidencias, los residentes de larga data de la ciudad percibirán esta transformación –como lo hicieran una década antes con su predecesora– como una potencial amenaza a la identidad colectiva. Y una vez más, la inquietud producida por esta amenaza suscitará por parte del principal emprendedor moral de la ciudad, el propio Don Carlos, la puesta en circulación de un dispositivo que busca ofrecer una vez más una variedad de recursos morales susceptibles de permitir y sustentar un virtual llamado a cerrar filas en torno de la auténtica gesellitas. También en esta ocasión el principal instrumento de difusión de este repertorio será un libro alentado y consagrado con el imprimatur de Don Carlos: el ya mencionado La historia de Villa Gesell, que prolonga y amplía el gesto inaugural de la obra de Sierra.

La historia de Villa Gesell

Como ya tuviéramos oportunidad de adelantar, La historia de Villa Gesell fue escrita por encargo expreso y bajo supervisión de Carlos Gesell por Omar Masor, decano del periodismo local (Oviedo, 2010). La obra delata al periodista responsable de su escritura, a través de la presencia de una serie de reconstrucciones noveladas en clave de crónica y una alternancia entre el registro indirecto y la voz de los protagonistas, en especial la del propio Don Carlos. Ya desde el inicio, buena parte de su prosa, su retórica y sus tropos aparecen explícitamente dirigidos a producir un relato autorizado a partir del recurso del I-witnessing (Geertz, 1989: 11 ss.), comenzando por un extraño endoso de sabor anacrónico:

Fui testigo de la mayoría de los acontecimientos que se relatan en este libro y me considero en condición de afirmar que por primera vez se publica un verdadero testimonio de la epopeya geselina. El contenido de este volumen, del que revisé minuciosamente sus originales, es exacto y cronológico. (…) Por eso creo que el título de la obra está cabalmente plasmado en la realidad. El esmero del editor de este volumen (…) permitirá al mundo tomar contacto con la titánica empresa que posibilitó transformar una estéril costa de médanos voladores en una floreciente ciudad.

Rodolfo G. Schmidt (Primer Inversor) (Masor, 1995: 4).

La insistencia en la veracidad de la historia y los correlativos reclamos de autoridad monológica ocupan un lugar central en el prólogo original, donde se habla de la necesidad de precaverse contra la dispersión que implica la multiplicación infinita de los testimonios “desde los atesorados en las mentes de los protagonistas” hasta “todo aquello que (…) se halla disperso en cientos de medios de información”, y se levantan a título preventivo garantías frente a posibles impugnaciones de los protagonistas:

Asimismo, la infatigable voluntad de ayudar demostrada por muchos acaba por convertirse en una pegajosa telaraña que desdibuja el rostro de la verdad. Y, desgraciadamente, la misma presencia de los testigos de los acontecimientos no viene en nuestro auxilio. La tarea devastadora del tiempo sobre la memoria no se ha hecho esperar ya que actúa sobre el recuerdo de los hechos ni bien éstos ocurre [sic]. De allí la deliberada omisión de cuántos pudieran arrogarse el título de pioneros aun cuando asegurasen que sus memorias abrigaban recuerdos como para escribir diez historias (Masor, 1995: 7).

La historia… comienza una vez más haciendo hincapié en la excepcionalidad y la especificidad de la Villa y las sus orígenes: “Al contrario de aquellas urbanizaciones que surgieron de poderosas acometidas empresarias[36] en la gestación de Villa Gesell prevalecieron la iniciativa y el trabajo personal”, para luego presentar de manera explícita una homología insinuada en la prosa de Sierra, pero que deviene ahora clave de construcción e interpretación de la historia de la ciudad: “la curiosa similitud entre la fisonomía del lugar y la personalidad de su fundador” (Masor, 1995: 6), la homología entre temperamento y paisaje.[37]

Más allá de las diferencias en retórica y estilo, aparecen enhebradas en el libro de Masor las mismas células narrativas introducidas por su predecesor inmediato. Comienza, de hecho, por una colorida ficcionalización en primera persona de la llegada de Emilio Stark, a quien nos refiriéramos en la sección precedente. El soliloquio reflexivo de Stark reproduce varios de los recursos que hemos visto desplegar en la obra de Sierra y de los que Masor se hará eco con fidelidad: en particular barrocas invocaciones a la naturaleza, la arena y el mar, que dialogan en contrapunto con el “espíritu de aventura” del turista pionero y el carácter singular del fundador.

Una vez más, Stark es inscripto en la metafísica del llamado, de la vocación: “Emilio Stark, un inquieto ejecutivo suizo, fue el primer aventurero que descubrió en el misterioso aviso un singular magnetismo” (Masor ,1995: 17).

La trama de la predestinación recibe aquí una nueva vuelta de tuerca: allí donde hemos visto que Sierra (1969: 57) nos presentaba a Stark recorriendo la zona con varios productores, aparece ahora como narrador solitario y leyendo un aviso del diario metropolitano La Prensa, en una Buenos Aires presa del ajetreo. Estas dos operaciones transforman a Stark en un pionero solitario, igual que el fundador, cuya motivación singular se sigue de su espíritu de aventura y ya no parte de un colectivo que la mera casualidad lleva a la zona.

Que el libro comience con el relato del primer turista tampoco debe ser considerado casual: el espíritu de aventura que habrá de llevar a Stark a seguir su impulso y cambiar el asfalto por las dunas encuentra una afinidad electiva en la del proyecto de Don Carlos de construir una villa balnearia sobre las bases de un compromiso naturalista, y a espaldas de propuestas urbanas como la de Mar del Plata, donde “pronto no habrá allí lugar para las piruetas del aire, para el vagabundear de los pájaros. Para el hombre… (…) Su visionario sueño le deja entrever que, muy pronto, la mesa suntuosa del Atlántico perderá para siempre sus espaldas de mar, encerrada entre gigantes de hormigón y vidrio (Masor, 1995: 21)”. Stark representa, en este sentido, la viva confirmación de lo acertado de esta intuición primigenia.

Sin embargo, he aquí una nueva operación de reconstrucción, puesto que según se desprende del relato de Sierra (1969: 37-38), el proyecto de villa turística en clave naturalista y conservacionista no estuvo en los planes iniciales de Don Carlos, quien más bien adquirió los terrenos pensando en un aserradero para cunas y cochecitos de bebé manufacturados por Casa Gesell, la pujante empresa familiar (Saccomanno, 1994: 21), y luego de los primeros fracasos, en una arenera o en un criadero de gallinas o de cerdos. Masor, sin embargo, nos presenta la Villa como parte de una visión, cuyo relato comienza con la historia del primer turista, auténtica consumación del proyecto inicial.[38]

Luego de este introito fundamental y fundacional, el texto retrocede en el tiempo y realiza una reedición resumida de la campaña bélica de Sierra: una naturaleza indómita y rebelde, una voluntad inquebrantable y el paso, por su intermedio, de naturaleza salvaje a naturaleza domesticada:

Mil seiscientas cuarenta y ocho hectáreas de médanos vivos no son un atractivo para nadie. Configuran un desierto alucinante con destellos temblorosos. Un ámbito nómade, tornadizo, de arenales mutables y traicioneros capaz de pergeñar las zancadillas más arteras a los sueños de un colonizador. Para sojuzgarlas es menester la mano de un hombre con visión que sepa inyectarles una vida fértil. El verdor de una naturaleza distinta, fecunda.

El protagonista de este relato, Carlos Idaho Gesell, irrumpió en el territorio de los médanos. Un sitial vedado a las ambiciones de los hombres. En una lucha que no concederá armisticio Gesell le cuestionaría su profunda supremacía.

Para los hombres de su estirpe, la realidad no se agota en lo que simplemente ven (…) Una alquimia misteriosa, más profunda que el raciocinio, los alienta a la acción. Son amos absolutos de su utopía y su quimera. Por eso logran doblegar la realidad… (Masor, 1995: 19-20).

La dificultad sobrehumana de la lucha y la singularidad improbable de su éxito es puesta una vez más de relieve por la hybris de los fundadores de Ostende –presentada con sobreabundancia fáctica y periodística de datos, nombres, números (Masor, 1995: 23-25)– y una referencia a los “millones de pesos que se habían perdido en inútiles esfuerzos para dominar las dunas, en Ostende, y en otros lugares que no viene al caso puntualizar” (Masor ,1995: 32).[39]

Aun cuando la empresa presentada por Sierra en forma unipersonal da paso aquí a un emprendimiento cuya ejecución es claramente colectiva, el papel principal de la “gran cantidad de peones [que] fueron contratados por Gesell en la primera etapa de fijación de médanos” (Masor, 1995: 35) parece ser el de coro y encarnación del escepticismo colectivo:

El reemplazo frecuente de hombres en los trabajos delata la existencia de un malestar: la muralla de arena es infranqueable. Contra ella rebotan el tesón y el sudor de cada día.

Los corrillos entre el personal comienzan a ser insistentes. Primero con timidez para luego expandirse nutriendo de escepticismo todas las conciencias: lo que quiere hacer este hombre es una locura… una obra faraónica (Masor, 1995: 36).

En el marco de esta lucha, incluso el autodidacta Gesell “transige en la necesidad de conectarse con un interlocutor sabio”: el “perito en materia dunícola, el agrónomo Karl Bodesheim” (Masor, 1995: 36) –“autoridad mundial en la materia” a quien Sierra, recordemos, había presentado como un técnico innominado. Con crispado dramatismo y pathos, Masor reescribe esta escena crucial:

Carlos Gesell no puede disimular su ansiedad y espera con impaciencia a Karl Bodesheim, considerado una autoridad mundial en la materia.

Durante el viaje a los arenales, el científico toma contacto con lo realizado por su anfitrión. Sin embargo, no emite opinión.

Karl Bodesheim quiere ser preciso. Analiza con minuciosidad el suelo, el clima, y efectúa experimentos durante dos años. Sus conclusiones son esperadas con ansiedad.

El arenal es el candente anfiteatro donde se desarrolla la escena. Las figuras silenciosas se recortan sobre el horizonte claro. Una tensa expectativa descubre a un Gesell esperanzado. El investigador no logra ocultar la tribulación de su ánimo. Tampoco encuentra palabras para dictar la sentencia que podría sepultar para siempre los afanes del luchador. Con un gesto maquinal, hunde su mano en el médano, levanta un puñado de fluyente arena y abriendo su mano ya vacía, desgrana el veredicto:

Renuncie inmediatamente a proseguir esta empresa…, jamás crecerá nada en esta arena… (Masor, 1995: 38-39).

Hasta aquí, las células narrativas presentadas por Masor son las mismas que encontrábamos presentes en la obra de Sierra. Sin embargo, La historia de Villa Gesell introduce un episodio crucial, que habrá de devenir quizás el nudo fundamental del relato histórico de la Villa, incorporando dimensiones explícitamente mitológicas que refuerzan de manera definitiva y en clave cosmológica la evidencia de la predestinación.

El episodio es presentado en el capítulo V –“Doscientos pasos en la arena” (Masor, 1995: 41)– inmediatamente después de la lapidaria sentencia de Bodesheim. Es precedido por una clave de lectura que deja pocas dudas acerca del sentido de lo que sigue:

Las visiones proféticas no pueden desvincularse de todas aquellas empresas que por su magnitud han quedado firmemente instaladas en la historia.

Cuando la vida pone en las manos de un hombre la ejecución de una empresa titánica suele proveerle también los elementos, rodeándolos de signos y premoniciones. A cada paso el individuo elegido encuentra señales que lo guían; voces que lo protegen y alientan, o alarmas que lo previenen (Masor, 1995: 41).

Enter la voz de Don Carlos:

Yo me sentía realmente mal. Era un momento en que todo parecía derrumbarse. Miré lo que me rodeaba. Era el mismo desierto que había encontrado y que no quería doblegarse. Percibí una sonrisa socarrona de la naturaleza (…) La desazón me embargaba. Todos los métodos aplicados se derrumbaban sin ningún atisbo de clemencia. Comencé a caminar hacia ninguna parte, desorientado. Espiritualmente al borde del fin (…) Mis conocimientos fueron vencidos uno a uno por el medio hostil. Los que me ayudaron tampoco habían logrado triunfar. Ni siquiera atisbar el camino hacia la posible victoria (…) Mientras caminaba, nublada la vista por el calor y algunas lágrimas, impotente ante la sensación de derrota, creí escuchar que alguien hablaba. Era imposible puesto que estaba solo. Nadie más lejos que yo de dar crédito a tales supercherías. Sin embargo, alguien me hablaba. A pesar de la claridad y la potencia creciente de la voz me era imposible distinguir lo que decía. Fue tan fugaz que muy pronto volví a encontrarme solo en el silencio que me pareció más denso que nunca. En un primer momento no atiné a nada. Me detuve y volví a pensar en lo que había escuchado. Entonces tomé una decisión. Se me presentó bajo la apariencia de un juego inocente… (Masor, 1995: 41-45).

Aparece aquí el familiar tropo de la voz en el desierto, caro a las mitologías del Cercano Oriente. Sin embargo, sabemos que el Viejo Gesell es un moderno consumado que vive en un mundo desencantado y que “no da crédito a esas supercherías”. Mas la realidad de la voz se ve subrayada por su escepticismo inicial: la interpretación sobrenatural es afirmada en el mismo momento en que es negada. Para los escépticos recalcitrantes, Masor presenta una exégesis en clave de psicología profunda:

Dentro de cada uno, muy en el interior de las personas, lindando casi con lo inconsciente, existe un territorio que es totalmente indefinido. En él se fusionan los conocimientos con las sensaciones, lo dogmático del raciocinio con lo mutante de las emociones. Allí se entreteje lo que constituye el núcleo de la existencia. En ese lugar empieza lo desconocido.

Hay hombres que tienen contacto permanente con ese centro y manifiestan ese tráfico en todos sus actos. Quizá a un nivel que escapa a sus propias voluntades hay personas que saben tomar un camino, dar un giro, elegir una posibilidad.

Hay hombres que nacen predestinados para realizar tareas que rayan con lo sobrenatural. Construir una ciudad en el desierto, por ejemplo, a partir de unas pocas semillas (Masor, 1995: 43-44).

Luego de esta glosa, a la vez sacralizadora y secularizante, el desenlace, una vez más en la voz de su protagonista:

Nunca he contado esto a nadie y hoy después de tantos años, al hacerlo, no puedo dejar de sentirme como sorprendido en falta. Comencé a caminar contando los pasos. La Adesmia incana es una planta de difícil hallazgo y en un desierto había poco para elegir, para apostar… Pensaba en ello mientras caminaba. Había determinado con todo mi corazón encontrar una, antes de contar doscientos pasos en una dirección elegida al azar. Si así sucedía, ese hallazgo sería interpretado como la señal de que decía continuar mi obra a cualquier precio; el de mi vida si era necesario. Contando maquinalmente subí un médano, descendí una empinada ladera. Pocos pasos antes de los que había establecido como límite para encontrar la planta buscada, una Adesmia incana me estaba esperando… (Masor, 1995: 43-44).

Masor glosa una vez más, en una tensión irresuelta entre explicaciones psicológicas y sobrenaturalistas:

Ahora cabe la pregunta: la forma de manifestación de esa parte recóndita, incognoscible del ser, ¿es un modo caprichoso de la voluntad?, ¿es un contacto con lo sobrenatural?, ¿es un escalón dentro de la memoria que almacena datos y los lanza luego disfrazados con una puesta en escena?, ¿son destellos de lo desconocido, manejados por nosotros mismos?

Cuando estos interrogantes no encuentran respuesta es que pensamos en el destino (Masor, 1995: 45).

Más allá de su dimensión explícitamente mitológica, la historia ocupa un lugar fundamental como bisagra retórica que divide de manera tajante un pasado de fracasos de un futuro de éxitos. Si en Sierra unos y otros están separados de manera anticlimática por una acumulación de experiencia cuyo motor es la constancia, la historia de la Adesmia incana ofrece un recurso dramático mucho más convincente, en la medida en que una intervención extraordinaria –de origen inmanente o trascendente, poco importa, nos sugiere Masor– transmuta una serie de derrotas en una improbable victoria.

La historia progresiva y acumulativa comienza aquí: el registro pierde lirismo y muda hacia lo événementielle. Así, Masor nos regala con una descripción algo técnica –y siempre prolífica en metáforas bélicas– de los sucesivos intentos por domar los médanos entre 1931 y 1940 (Masor, 1995: 47-61), y tras el inevitable panegírico de Doña Emilia (Masor, 1995: 63-64) aparecen también aquí esas “otras voluntades” de las que nos hablara Sierra, en ocasiones con testimonios de primera mano: “Martín Aguinaga (…) el primero de los peones que acompañan a Gesell en su encarnizada batalla contra la naturaleza” (Masor, 1995: 66), y Pablo Wolf, a quien ya hemos conocido por interpósita persona de Sierra (Masor, 1995: 67).

Si el relato de Sierra se interrumpía en 1942, el de Masor cobra allí renovados bríos. Luego de la construcción de ‘La Golondrina’ (Masor, 1995: 73-77), comienzan el fraccionamiento y venta de terrenos (Masor, 1995: 79-84) y el negocio inmobiliario con su correlativo crecimiento edilicio (Masor, 1995: 99-103). A partir de allí proliferan, bajo la forma de la enumeración nominal, las referencias a los primeros inversores y pobladores. Con la posguerra en 1946 aparece “un nuevo empuje (…) proveniente de un apreciable contingente de inmigrantes de origen italiano que llegan para radicarse definitivamente” que será leído como catalizador de una intensificación de la sociabilidad local e inicio de una creciente incorporación cosmopolita (Masor, 1995: 123-124). Le siguen la fundación de la primera escuela en 1947 y el establecimiento del primer puesto policial en 1950 (Masor, 1995: 124-125), así como la fundación –en 1949– de la primera Comisión de Fomento, con varios de los primeros apellidos ‘notables’ (Masor, 1995: 126-7).

La historia de Villa Gesell y la transición de ‘la Villa’ a la ciudad

Allí donde El domador de médanos hiciera su aparición en el marco de la irrupción de una alteridad generacional, cultural y moral leída en clave de afrenta identitaria, La historia de Villa Gesell ve la luz en medio de esa expansión demográfica y edilicia que reconstruimos en los párrafos precedentes, acompañada por una creciente y nueva inquietud. La aprensión de los geselinos de larga data –y de su campeón y principal representante, Don Carlos Gesell– ya no tiene que ver con el asedio de una fortaleza virtuosa por parte de los bárbaros de la ‘horda dorada’ de los 60, sino con una disolución y un desdibujamiento de la especificidad de la identidad local en el aluvión de la inmigración masiva y una correlativa pérdida de la cálida intimidad de la Gemeinschaft y de sus valores asociados.

Ante la evidencia de ese crecimiento, alimentado como veremos en el capítulo siguiente por un flujo creciente de migrantes del área metropolitana de Buenos Aires, de provincias empobrecidas y de países limítrofes hasta entonces marginales o invisibles en un “crisol” que se percibía más bien centroeuropeo, báltico y mediterráneo (Oviedo, 2004), no resulta inverosímil leer La historia de Villa Gesell como una suerte de dique pedagógico contra la amenaza de la disolución, un catecismo con el imprimatur del fundador que pudiera ser utilizado para socializar a los recién llegados, así como a las generaciones más jóvenes, en la historia de la Villa, sus prohombres y sus virtudes e impedir que se transformara en una ciudad anónima. Todo ocurre de hecho como si este hubiese sido literalmente el propósito: La historia de Villa Gesell pronto se abrirá camino en vidrieras y mesas de librerías, programas escolares, folletos y reseñas históricas, notas periodísticas locales y metropolitanas, movilizando consigo y en tándem el libro de Sierra. Así lo evocaba uno de nuestros informantes, llegado a la Villa a fines de la década del 70, quien señala que “apenas podías dar dos pasos sin que alguien tratara de encajarte el libro [de Masor]”, mientras que un comerciante establecido en el sur de la ciudad para la misma época nos recuerda que “te los encontrabas [a los dos libros] por todos lados, en los mostradores de los bares, en la mesa de los conocidos (…) te leían pedazos en la radio y cada tanto te publicaban cachos en alguna revista”.

Con la publicación y circulación del libro de Masor y su circulación pareada con el de Sierra se consolida un charter histórico-identitario apoyado en las cuatro células míticas ya enumeradas –la hybris y el fracaso de Ostende, el episodio del ingeniero Bodesheim, la voz en el desierto y la epifanía de la Adesmia incana, y la providencial llegada de Stark que inaugura la de otros veraneantes e inversores– que se volverá rápidamente hegemónico, consolidándose en una historia compacta en la cual la existencia de la Villa aparece a la vez como excepcional e inverosímilproducto del genio fortuito de un hombre, su proyecto, su visión y su vocación– y por otro lado ontológica y cosmológicamente garantizada por una predestinación inscripta en la homología entre una vocación, una biografía y un paisaje. Una historia sobre la base de la cual las fronteras entre un ‘nosotros’ auténtico y un ‘otros’ espurio pueden ser –y de hecho serán– dibujadas una y otra vez. Una historia que last but not least, proveerá en lo sucesivo los principales recursos de identificación moral con la ciudad, así como los dispositivos fundamentales de su exitosa y extendida circulación en tanto repertorio.


  1. Máxime teniendo en cuenta que el centro urbano más cercano estaba representado por la ya mencionada ciudad de General Madariaga, a 45 km de distancia, y que la infraestructura vial y de comunicaciones era prácticamente inexistente.
  2. Acerca de la singularidad de esta versión argentina del ‘crisol de razas’, véanse Segato (2007) y Grimson (2012: 85 ss). La evidencia de la continuidad de esta visión aluvional en la sociedad geselina puede rastrearse en Oviedo (2004).
  3. Asumiendo, por supuesto, que la información presentada en el mapa sea fidedigna. Habida cuenta de la notoria astucia publicitaria de Don Carlos en todo lo referente a la venta de terrenos de su emprendimiento, no puede descartarse que el porcentaje de ocupación efectiva de la tierra sea menor al declarado en el mapa.
  4. Para la evolución de los loteos y la ocupación del suelo en la década precedente puede consultarse Benseny (2011b: 94-100).
  5. Si bien como tendremos ocasión de ver en breve hay importantes excepciones, Villa Gesell utiliza para sus calles una retícula numerada en forma consecutiva. Al sur de la ruta de acceso, denominada “Avenida Buenos Aires”, las calles paralelas al mar se denominan “Avenidas” –numeradas de este a oeste a partir de la Avenida 1, la más cercana al mar– mientras que las perpendiculares a este se denominan “Paseos” –numerados de norte a sur, desde el 101 en adelante (si bien un anómalo Paseo 100 hará una aparición tardía varias décadas más tarde). Al norte de la Avenida Buenos Aires, las calles paralelas al mar se denominan “Alamedas” –desde la 201, inmediatamente paralela al mar, hacia el oeste– mientras que las perpendiculares a este llevan por nombre “Calles” –desde la 301, adyacente a la Avenida Buenos Aires hacia el norte.
  6. La Ruta Provincial nº 11 conecta Villa Gesell con la Ciudad de Buenos Aires hacia el norte, y con la de Mar del Plata hacia el sur.
  7. Cabe señalar en este sentido el papel central que le cupo a Don Carlos en la distribución inicial de usos y pobladores en la trama de la Villa: en la medida en que era él el propietario exclusivo de las tierras que constituyen hoy el municipio, y que por tanto era libre de distribuirlas de modo discrecional –ya fuera de venderlas, de cederlas como pago total o parcial en especies, de donarlas o regalarlas–, la política de asentamiento de la ciudad, sobre todo en estos primeros años (pero a fortiori hasta su muerte producida en 1979) será en gran medida resultado de su voluntad deliberada.
  8. Cabe señalar que la expresión “Barrio Norte” evoca resonancias elitistas que toma en préstamo de su analogado principal: la zona opulenta del centro-este de la Ciudad de Buenos Aires –que comprende secciones de los barrios de Retiro y Recoleta –en el que las élites locales encuentran refugio luego de la epidemia de fiebre amarilla de fines del siglo XIX, y que se constituye a partir de ese momento en referencia cultural y de consumo para amplios sectores de las élites porteñas.
  9. La inmovilidad de este límite aparentemente fijo es relativa, dado que entre fines de los 70 y comienzos de los 90 se avanzará sobre este frente costero con el trazado de una Avenida Costanera y con una expansión desbordante de la infraestructura de los balnearios (Castellani, 1997).
  10. Actualmente, el límite norte de la trama urbana de la ciudad está fijado por la Calle 310, apenas doscientos metros al norte del borde del mapa de 1959. Esta expansión adicional corresponde a compradores de alto poder adquisitivo que edifican allí sus residencias de veraneo en la década de 1970.
  11. La zona inmediatamente adyacente a la intersección entre la Av. 3 y el Paseo 114 lleva el nombre de “El Gateado”, que evoca en la historia local el nombre de un médano sumamente móvil, y por tanto el último en ser fijado por Don Carlos mediante el uso de vegetación. El médano en cuestión a su vez habría recibido su nombre del de un potro de una estancia cercana que era, según cuenta la leyenda, imposible de domar.
  12. Los inconstantes aparece confundida con frecuencia por entrevistados y cronistas con otra película del mismo año y el mismo director, Los jóvenes viejos, que incluye escenas tomadas en la Villa pero que fue filmada casi en su totalidad en Mar del Plata (para un ejemplo véase Saccomanno, 1991: 28).
  13. Rosemarie evoca aquí ese primer eslogan publicitario al que ya hemos hecho referencia: “Villa Gesell: el balneario que se recomienda de amigo a amigo”.
  14. De aquí en más, salvo que se indique lo contrario, los énfasis son nuestros.
  15. Volveremos de manera más exhaustiva sobre este punto en el capítulo IV.
  16. Si bien no hemos podido establecer la autoría de la mencionada “Presentación” –que está firmada simplemente por “El Editor”–, no resulta desencaminado pensar (en virtud de una serie de elementos que presentaremos en breve) que si no el texto literal, al menos su inspiración inmediata, es obra del propio Carlos Gesell.
  17. Como veremos, la inclusión de “Doña Emilia”, segunda esposa de “Don Carlos”, que aparece aquí esbozada en plano de igualdad será posteriormente reconstruida bajo un registro patriarcal más clásico (qv. Sierra, 1969: 65-67 y Masor, 1995: 63-64).
  18. La referencia es a Mt. 7, 26-27: “y todo aquel que oyere estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa, y grande fue su ruina”. Según el testimonio de sus contemporáneos –incluyendo a varios de quienes hemos entrevistado, y de quienes han trabajado con el archivo personal de Carlos Gesell– “el Viejo” –como buen héroe fáustico y prometeico– gustaba de jactarse de haberle enmendado la plana a la prudentia bíblica, e incluía ese desafío –digno del Satanás de Milton– en cuanta ocasión se le presentaba.
  19. Las ‘historias de pioneros’ parecen ser, de hecho, uno de los modos privilegiados en los que la imaginación histórico-identitaria se articula a nivel local y regional (qv. Baeza, 2009).
  20. Paradójicamente, como ha señalado Oviedo (2009: 27, 28), este relato ‘singular’ actualiza y encarna una matriz narrativa cuyos lineamientos generales se repiten y reactualizan en buena parte de las localidades balnearias de la Costa Atlántica Bonaerense, cada una de las cuales insiste en su singularidad y la de sus fundadores a través de relatos notoriamente similares.
  21. Las más notorias son Cariló (Pastoriza, 2011: 159) y Pinamar (Pastoriza, 2011: 168), 17 y 21 km al norte de Villa Gesell, respectivamente.
  22. Unos 70 km al norte de Villa Gesell, entre Punta Rasa y Punta Médanos, se encuentran los balnearios del Tuyú, que comienzan a desarrollarse a partir de la década del 40 (Pastoriza, 2011: 164; Piglia, 2014).
  23. La conciencia explícita de Carlos Gesell respecto de su responsabilidad mitopoiética nos ha sido señalada por varios informantes, entre ellos uno de los estudiosos de su archivo personal.
  24. Optamos por reemplazar la expresión levistraussiana ‘células míticas’ por ‘células narrativas’ a los efectos de evitar potenciales deslizamientos exotistas (tanto en nosotros como en nuestros lectores).
  25. Esta posición aparece disputada –como suele suceder con todas las cuestiones de precedencia– en algunas genealogías literarias. Así, se ha señalado que el título de ‘primer libro sobre Villa Gesell’ le corresponde más bien a un texto inédito y en idioma alemán de Bárbara Lagemann, que lleva por título Villa Gesell. Fundación y desarrollo desde el enfoque de las ciencias naturales y sociales, escrito en 1968. “Se trata de un trabajo exhaustivo sobre la ciudad, una especie de manual que cuenta desde la geología del lugar hasta su incipiente desarrollo [y que fuera] presentado como tesis de fin de curso del Profesorado de Alemán del Colegio Goethe” (qv. diario El Fundador, 16 de diciembre de 2011). También se agrega en ocasiones a la disputa el libro de poemas Estaciones de un paisaje. Romances de la Villa, de Carlos Barocela (1969), el más reconocido y emblemático de los poetas locales.
  26. Cabe señalar que esta primera parte –de la que se ocupará nuestro análisis– se prolonga en una segunda, ignorada por glosas posteriores y reelaboraciones sucesivas, que contrasta en un todo con el sobrio registro de la primera. Esta segunda parte, que lleva por título también “El domador de médanos”, y por subtítulo “BromAnálisis [sic] de Villa Gesell. Algo con el sabor peculiar de esta pequeña caldera del diablo (en buena dosis exclusivo para geselinos)” configura un anecdotario que yuxtapone una serie de artículos de costumbre, aguafuertes de raigambre arltiana, cuentos y divagaciones varias en un lenguaje coloquial y a veces juguetón, que presenta algunos personajes locales contemporáneos a la escritura de la obra.
  27. La presencia de Héctor Guerrero y su papel como inspiración del proyecto de Don Carlos, subrayada en esta versión y ampliamente reconocida en el registro histórico tanto local (Gesell, 1983; García y Palavecino, 2006) como académico (Pastoriza, 2011: 161), tenderá a ser eclipsada en versiones ulteriores (por ejemplo la de Masor, cf. infra), en la medida en que impugna hasta cierto punto la singularidad y la precedencia de su empresa. En efecto, Guerrero había comenzado sus tareas de forestación en 1920, diez años antes que nuestro ‘domador de médanos’. Las versiones actuales que incluyen a Guerrero en el relato histórico subrayan –a los fines de conservar la singularidad de la empresa de Don Carlos– una serie de diferencias que se consideran sustanciales y significativas: su posición económica, en tanto terrateniente y hombre de medios que pudo movilizar su propia fuerza de trabajo rural al servicio de la empresa –por oposición a la empresa solitaria y económicamente riesgosa de Don Carlos– y el hecho de que Guerrero realizó sus tareas de forestación “desde el campo hacia el mar” y “echando tierra sobre la arena”, –a diferencia de Don Carlos, que realizó su tarea “desde la línea de médanos hacia la ruta”.
  28. La anécdota de Bodesheim –cuyas credenciales serán realzadas y subrayadas en las versiones sucesivas– también refuerza un hilo de autodidactismo y antiintelectualismo siempre presente en los relatos biográficos que se ocupan de la juventud de Carlos Gesell (Gesell, 1983: 29-36, 47; Saccomanno, 1994: 22 ss.).
  29. La obvia implicatura es que si bien su tarea sin estas voluntades “hubiera sido más dura”, no podría haber sido detenida.
  30. Durante las primeras décadas de existencia de la Villa, antes de la construcción de la actual traza de la R.P. 11, el acceso se realizaba por caminos internos de tierra que comunicaban la población con la estación ferroviaria de Juancho, 20 km al oeste, sobre el trazado original de la ruta. La evocación –tanto textual como visual– de las dificultades del acceso ocupará un lugar insistente en la totalidad de las narrativas históricas y biográficas de la Villa.
  31. La presencia de Wolf en las narrativas histórico-biográficas de la Villa y de Don Carlos habrá de jugar en lo sucesivo un papel adicional pero importante a la hora de refutar las acusaciones de simpatía o incluso de colaboración con el nazismo por parte de Don Carlos, las cuales habrán de difundirse con cierta recurrencia en las décadas sucesivas (Saccomanno, 1994: 111 ss.; Ortiz, 2010: 9; Provéndola, 2014: 29 ss.).
  32. Silvio Gesell (1862-1930), un notorio emprendedor y autodidacta preocupado por problemas de teoría económica, habría de adquirir una fugaz notoriedad a fines del siglo XIX y principios del XX. Milton Keynes en su texto fundamental, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (Keynes, 1997), habría de elogiarlo como “raro e indebidamente olvidado profeta”, “cuyo trabajo contiene destellos de profunda perspicacia” pese a sus “intuiciones imperfectamente analizadas” que le hicieron juzgar, prematuramente, “como otros economistas académicos (…) que sus esfuerzos, profundamente originales, no eran mejores que los de un chiflado” (Keynes, 1997: 312 ss.). El nombre definitivo de la ciudad que nos ocupa –que recibiera, entre otras denominaciones, las de “Dunas de Juancho” y “Parque Idaho”– será explícitamente presentada por Don Carlos a las autoridades competentes como un homenaje a la obra y el genio de su padre.
  33. Cabe señalar que si bien todo el relato de Sierra construye la historia inicial como la obra de un pionero solitario, en ocasiones desliza alusiones que nos recuerdan que esa soledad no era tan absoluta como el autor la construye. Así, en fecha tan temprana como 1932 un peón –del que no aparece nombre ni ningún dato identificatorio– “se quiebra una pierna y en doloroso traqueteo es llevado a Madariaga para su atención” (Sierra, 1969: 56).
  34. Al mismo tiempo, Don Carlos habrá de estimular y hasta cierto punto traccionar este proceso de expansión hacia el sur cediendo tierras de su propiedad y haciendo edificar obras de infraestructura más o menos centrales para el funcionamiento de la ciudad, como el muelle de pescadores –construido en 1970 a la altura del Paseo 129– o la terminal de ómnibus –erigida en 1971 en el Paseo 141 entre las Av. 3 y 4.
  35. El límite sur de las tierras propiedad de Don Carlos las separa de las que fueran propiedad de Manuel Rico, hoy ocupadas por la localidad de Mar de las Pampas, a la que ya tendremos ocasión de referirnos en el capítulo IV. Si bien Don Carlos intentó en su momento adquirir las tierras hoy ocupadas por las localidades del sur del partido (Mar de las Pampas, Las Gaviotas y Mar Azul), recibió por respuesta una negativa que habría de suscitar una abierta hostilidad de su parte hacia estas localidades, al punto de bloquear el acceso interno a estas desde la ciudad de Villa Gesell.
  36. La alusión indudablemente está dirigida a Pinamar, próspero balneario de élite fundado en 1941 por una sociedad anónima encabezada por el arquitecto Jorge Bunge y Valeria Guerrero (Oviedo, 2008: 95 ss.). Las comparaciones que oponen un Pinamar “frívolo”, “aristocrático”, “elitista” y “superficial” a una Villa Gesell “genuina”, “igualitaria”, “informal” y “auténtica” constituyen un lugar común en las caracterizaciones que los geselinos hacen de sí mismos y de su ciudad por oposición a su vecina más cercana.
  37. Como veremos oportunamente, esta misma homología habrá de reaparecer en una versión renovada en la localidad de Mar de las Pampas (qv. capítulo IV).
  38. El mismo Carlos Gesell, en una entrevista de fecha tan temprana como 1967, había adelantado esta versión:
    “P: ¿Usted imaginó en 1931 que la compra de este sobrante fiscal que hoy es Villa Gesell habría de concluir en esta realidad, o fueron otros sus propósitos e ideales?
    R: Sí, exactamente así lo pensé y lo realicé” (citada en Villa Gesell. La Costa Verde argentina, p. 87).
  39. Claro está que entre estos lugares “que no viene al caso puntualizar” se encontraba el ya mencionado Cariló de Guerrero (cf. supra), cuyos “millones de pesos” no se habían revelado precisamente inútiles.


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