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México, el cardenismo en los albores de la Guerra Fría

Hernán Bransboin

El general Lázaro Cárdenas del Río fue un estadista con dimensión social cuya herencia fue tan sólida y vasta que la camarilla, el grupo neoliberal y oligárquico no logró destruirla en las cuatro décadas en las que permaneció en el poder.

 

Andrés Manuel López Obrador[1]

Introducción

El general Lázaro Cárdenas del Río fue un cabal producto de la Revolución mexicana. Su gobierno (1934-1940) constituye en la memoria del pueblo mexicano el momento en el cual las principales banderas de la revolución se cristalizaron en políticas concretas. Fue el gobierno cardenista quien mejor encarnó la esperanza de los sectores más progresistas de la revolución. Su política obrerista, la enorme reforma agraria –que además privilegió la organización ejidal de producción– y la nacionalización del petróleo son la muestra de la naturaleza del régimen cardenista. Sin embargo, su gobierno fue una anomalía en la historia posrevolucionaria. Fue el único momento en el cual el Estado hizo valer las reivindicaciones revolucionarias plasmadas en la constitución de 1917. Los gobiernos posteriores no respondieron a las expectativas que la revolución generó.

La salida de Cárdenas del poder implicó un giro en el proceso posrevolucionario que derivó en el paulatino ascenso del sector más conservador al poder y la instrumentación de un muy particular sistema político que garantizó la hegemonía de la burocracia del Partido de la Revolución Institucional (PRI) por sesenta años.

La sucesión presidencial de 1940 fue un parteaguas en la historia de México. En ese preciso momento el país estaba en una encrucijada: o se producía la continuidad del gobierno cardenista mediante la elección del general Francisco Múgica o se daba un drástico giro a la derecha producto del rápido ascenso del empresario Juan Andrew Almazán. La sociedad estaba dividida y la violencia política estaba muy fresca en la mente de los mexicanos. Además, Múgica era visto tanto por los sectores más reaccionarios de México como por el gobierno de los Estados Unidos como un dirigente más radical que el mismo Cárdenas. Una suerte de peligro comunista, según la mirada de los diplomáticos estadounidenses. Ante esta situación Cárdenas optó por una salida moderada. Manuel Ávila Camacho era el candidato que presumiblemente permitiría cierto consenso y garantizaría el mantenimiento de algunos de los logros obtenidos durante el sexenio cardenista.

Si bien el gobierno de Ávila Camacho no puede ser considerado totalmente opuesto al cardenismo, sí podemos afirmar que durante su transcurso el ala cercana al expresidente michoacano fue paulatinamente suprimida del escenario central del partido de gobierno. Probablemente, con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el contexto internacional hizo obsoleta la estrategia del frente popular antifascista. El inicio de la Guerra Fría hacía de la retórica de lucha de clases un elemento que había que eliminar, y esa retórica era parte del discurso cardenista.[2] Además, el Partido Comunista debía ser excluido del nuevo escenario. Este panorama explica que uno de los últimos actos importantes durante el sexenio camachista fue la transformación del partido de gobierno. El 18 de enero de 1946 el Partido de la Revolución Mexicana era reemplazado por el Partido de la Revolución Institucional. Comenzaba la era del PRI.

Este cambio no fue profundo desde lo organizacional. Si bien algunas transformaciones se produjeron, lo cierto es que el esquema corporativo siguió prevaleciendo. Pero encontramos modificaciones significativas en dos elementos fundamentales del período posrevolucionario. En primer lugar, lo que quedaba de aquella generación que participó de la revolución quedó desplazada. Los militares revolucionarios, envejecidos, dieron paso a una generación de políticos civiles, asociados al conocimiento técnico para ocupar cargos estratégicos en el Estado mexicano. No es casual que con la fundación del PRI se adoptara la candidatura presidencial para las elecciones de ese año de Miguel Alemán, quien fue el primer presidente no militar desde la revolución de 1910.

En segundo lugar, la creación del PRI implicó la aceptación de que los objetivos de la revolución habían sido alcanzados. Supuestamente el PRI era la cristalización de esos ideales revolucionarios que ya no eran parte de un proceso en el que se intentaban alcanzar, eran ya una realidad. Durante décadas la gran familia revolucionaria luchó por lograr esos ideales que el PRI institucionalizaba con su creación. Al dar por concluido el proceso revolucionario los sectores más radicales, afines a la corriente cardenista, fueron dejados de lado y las facciones más conservadoras se hacían con el poder real en el país.

El inicio de la década de 1950 mostraba un panorama nada halagüeño para con la izquierda en México. La hegemonía priista que el gobierno de Alemán consolidó dejaba un muy estrecho margen de acción al general Cárdenas y a todos aquellos que seguían el legado que su sexenio presidencial había impulsado. En las páginas siguientes describiremos cómo Cárdenas actuó en este panorama tan hostil para los sectores más progresistas en el momento en que el inicio de la Guerra Fría daba lugar al endurecimiento de los sectores más reaccionarios de México.

Cárdenas hace equilibrio

El gobierno de Alemán (1946-1952) coincide con el inicio de la Guerra Fría. En este momento convergen algunos procesos que se alimentan mutuamente, lo que explica el giro que la historia mexicana tomó. Con la creación del PRI como estructura gubernamental y la consolidación de la hegemonía de una casta política que se caracterizó por la matriz conservadora en sus políticas, se fue gestando una transformación en el discurso revolucionario. Los “herederos” de la revolución retomaron el discurso nacionalista que esta había inaugurado con un perfil netamente antiimperialista. Históricamente en México, hablar de antiimperialismo es referirse a la marcada tendencia de los Estados Unidos por intervenir directa o indirectamente en el subcontinente. El sesgo antiyanqui era característico, y se encontraba incorporado a la tradición discursiva que la revolución dejó. Sin embargo, durante la presidencia de Alemán, se fue gestando una incorporación a la noción nacionalista. La postura antiimperialista empezó a añadir un profundo anticomunismo. Muestra de ello fue la denuncia que hizo en septiembre de 1947 el presidente del PRI, Rodolfo Sánchez Taboada, quien manifestó su preocupación por la influencia comunista exhibida por varios espacios políticos del país y prometió combatir a aquellos que defendieran las ideas comunistas por ser incompatibles con “la realidad mexicana” (Smith, 1998: 101). El discurso anticomunista se asoció al antiimperialismo y se hizo hincapié en lo incompatible de esta corriente política con la esencia del ser nacional mexicano. En este sentido, el vínculo del Estado con la Iglesia y el supuesto lugar central que tenía la religión para el “ser nacional” jugaron un papel importante al contraponer el catolicismo mexicano, prototípico de la esencia mexicana, al comunismo soviético ateo.

En el caso mexicano, la polarización que generó el inicio de la Guerra Fría tuvo su especificidad. La actualización de viejos enfrentamientos es la clave en la que se puede leer la grieta que se gestó en el país. La influencia de los Estados Unidos, el incremento de sus políticas intervencionistas y las tensiones sociales que se acumulaban reactivaron el histórico enfrentamiento entre cardenistas y anticardenistas. Entre estos últimos se puede encontrar a la Unión Nacional Sinarquista, al Partido Autonomista Nacional (PAN), a una parte de la Iglesia y a sectores del empresariado. Estos sectores tenían sus órganos de prensa que explicitaban sus posiciones. Denunciaban la supuesta interferencia del expresidente en la gestión del gobierno y lo retrataban como parte de una conspiración soviética. Pero este anticardenismo explícito se complementaba con posturas similares hacia el interior del partido de gobierno. La presidencia de Alemán constituyó una suerte de purga del cardenismo dentro del Estado. El fin del mandato de este presidente mostró un Cárdenas con mucho predicamento en la escena política por su prestigio y por lo que representaba en el campo priista, pero dentro del aparato de gobierno su poder era absolutamente limitado. Sus compañeros y seguidores prácticamente no tenían lugares de poder real. No había cardenistas en el gabinete de gobierno ni en lugares relevantes del Poder Legislativo ni en las comandancias de las Fuerzas Armadas. Además, como plantea Soledad Loaeza, “el liderazgo cardenista estaba limitado por la contradicción que generaba su presencia en el corazón de la fractura política más importante de la sociedad y su condición de símbolo legitimador del partido en el gobierno y del Estado posrevolucionario” (2016: 749). Esta contradicción acompañará al general Cárdenas durante gran parte de su trayectoria.

Uno de los momentos más conflictivos en el interior del partido gobernante se produjo en ocasión de la campaña presidencial de 1952. La camarilla alemanista intentaba consolidar su poder mediante una reforma constitucional que permitiera la reelección de su líder. Conocido es lo conflictivo de una postura reeleccionista en México.[3]

La voluntad de poder de Alemán se enfrentó a dos polos. Por un lado, el general Miguel Henríquez Guzmán, quien había intentado candidatearse como presidente por el oficialismo en 1946, intentó competir con Alemán dentro del PRI, pero la respuesta del sector alemanista fue una purga de los sectores que representaban al “henriquismo”. Sectores de las organizaciones obreras y campesinas de izquierda, que confrontaban con la burocracia de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la Confederación Nacional Campesina (CNC), también fueron obligados a salir de las filas del partido oficial. El propio Henríquez corrió la misma suerte y de esta forma se conformó una fuerza de oposición que compitió con el PRI en las elecciones de 1952.

El henriquismo se presentó levantando muchas de las banderas del cardenismo, y rápidamente la prensa de derecha y la alemanista se hicieron eco de ello, planteando que Cárdenas apoyaba la candidatura del flamante opositor al PRI. En esta situación, el expresidente jugaba una partida de ajedrez. Por un lado, se mantenía en una postura en donde manifestaba la no injerencia en los asuntos del Estado, mostrándose respetuoso de la trayectoria institucional que naturalmente recorría México. Pero, tras bambalinas, actuó para evitar la reelección de Alemán, aunando esfuerzos con su sucesor, Ávila Camacho. Era necesario evitar que la facción alemanista lograse hegemonizar el poder en el partido.

Este enfrentamiento, siempre velado, entre Cárdenas y Alemán se manifestaba de diversas maneras. Hacia finales de 1949, Victoriano Anguiano, secretario general y líder del ala moderada del Partido Popular (PP), inició una escalada de declaraciones donde denunciaba la influencia de Cárdenas en su estado natal, Michoacán, especialmente con la candidatura a la gobernación de su hermano Dámaso Cárdenas. Anguiano fue criticado por la dirigencia priista y por el mismo Lombardo Toledano, fundador del Partido Popular (PP).[4] Acto seguido, Anguiano renunció al partido e inició otra escalada de declaraciones que tuvieron acogida en los principales periódicos del país, tal es así que en 1951 el periódico El Excélsior publicó un editorial firmado por Anguiano titulada “Lázaro Cárdenas, su feudo y la política nacional”. Según Anguiano, “de ganar su hermano la gubernatura, Lázaro tendría control directo de los hilos del gobierno, consolidando su poder, instaurando una dinastía y consumándose de esa forma el feudalismo en el estado” (Mijares Lara, 2016: 83).

La lectura que se hizo desde el cardenismo fue que Anguiano estaba representando un ataque que tenía su origen en el gobierno nacional. Era algo muy sospechoso que un personaje absolutamente menor como Anguiano tuviera un lugar preponderante en los periódicos de mayor tiraje y popularidad en México: solo el auspicio del gobierno podía explicar tal cosa. Se presumía que el gobierno intentaba esmerilar el prestigio de Lázaro Cárdenas para intentar neutralizar su influencia y lograr la ansiada reelección de Alemán.

El general Cárdenas se mostraba indiferente a la campaña en su contra, siempre posicionándose neutral en los conflictos dentro del partido y concentrándose en su trabajo como vocal ejecutivo en la Comisión Hidrológica de la Cuenca de Tepalcatepec.[5] Sin embargo, su círculo más cercano accionó en defensa del líder michoacano. Ignacio García Téllez, secretario personal de Cárdenas, redactó un documento titulado En defensa del régimen cardenista. Este documento fue firmado por muchas personalidades cercanas a Cárdenas, entre ellos el general Múgica y exsecretarios, tales como Efraín Buenrostro o Melquiades Angulo. El documento fue más bien moderado, sin agresiones directas al gobierno nacional, pero defendía al período cardenista de los ataques que lo colocaban como demasiado radical y hasta comunista. Por otro lado, manifestaba la imperiosa necesidad de defender el principio de la no reelección ya que era una conquista histórica de la revolución “que corría el riesgo de desaparecer por claudicaciones personales”. De acuerdo con ese planteamiento, “la reelección era una vuelta al pasado que perjudicaba a México, ya que se corría el riesgo de que resucitaran los caudillos y las oligarquías” (Mijares Lara, 2016: 85).

El proceso electoral de 1952 fue muy conflictivo. Por un lado, el presidente, representando al ala conservadora del PRI, intentaba forzar una reforma constitucional que le permitiera acceder a la reelección. Por otro lado, el general Henríquez había constituido una fuerza opositora que, a pesar de la persecución y los obstáculos, intentaba posicionarse como una fuerza seria que impidiera la consolidación del perfil conservador que estaban teniendo la presidencia de Alemán y el PRI en general. Por otro lado, estaban los expresidentes Cárdenas y Ávila Camacho, quienes, supuestamente respetando el principio de no injerencia de los exmandatarios, igualmente accionaban para impedir que el bando alemanista se quedara con el partido y con el Estado.

El perfil de ambos expresidentes era diferente. Los dos coincidían en el nefasto rol que cumplían los alemanistas en el poder. Pero en el caso de Cárdenas había una motivación ideológica añadida. El período alemanista implicó para Cárdenas un retroceso en cuanto a los logros centrales que su gobierno había alcanzado: la soberanía mexicana se había deteriorado, la injerencia estadounidense aumentaba y la posición de trabajadores y campesinos estaba siendo atacada mediante el uso de una burocracia rancia tanto en la CTM como en la CNC, que convirtieron ambas organizaciones en absolutamente serviles a los intereses de los sectores más reaccionarios del PRI. Para Cárdenas era primordial evitar la reelección y limpiar al gobierno de alemanistas.

El problema que tenía Cárdenas era que su espacio era débil; como dijimos anteriormente, su fuerza política no tenía lugares destacados ni en el gobierno ni en el partido. Su capital era su prestigio por ser parte central de la generación que hizo la revolución. Su palabra valía en tanto y en cuanto se mantuviera dentro de la “gran familia revolucionaria” del PRI. La candidatura de Henríquez tenía una plataforma que se basaba en las ideas medulares del cardenismo; sin embargo, apoyar la candidatura del henriquismo implicaba aislarse de las organizaciones que tenían el poder real. Salir de esa estructura convertiría a Cárdenas en una palabra testimonial sin valor más allá de lo moral. Creo que es en este razonamiento en el que se pueden encontrar las razones por las que Cárdenas no apoyó a Henríquez y decidió combatir a los conservadores desde dentro del PRI.[6]

La postura reeleccionista se fue desinflando poco a poco. Las críticas, en general, se hacían a supuestas malas influencias o a amigos equivocados del presidente, siempre tratando de dejar indemne a la figura presidencial. Alemán no mostraba explícitamente la voluntad de quedarse otro período en su cargo, simplemente dejaba que su círculo más cercano colocara la posibilidad en el tapete y luego recogiera las repercusiones.

Pero la idea de la reelección estaba herida de muerte no bien comenzó. La imposibilidad de la reelección implicaba un reaseguro para evitar que el acceso a la presidencia se convirtiera en una empresa personal. Lo importante era impedir que el personalismo debilitara la institucionalidad lograda por los triunfadores de la revolución. La creación del PRI era la prueba irrefutable de su triunfo y esa victoria no podía ponerse en peligro por el surgimiento de un personaje providencial que echara por tierra lo logrado. El sistema priista daba mucho poder al presidente, pero no al sujeto, sino al cargo. En el Estado mexicano del PRI el príncipe es el garante de la continuidad, príncipe en tanto figura, no en tanto personalidad. Por ello, personajes como los expresidentes Abelardo Rodríguez o Emilio Portes Gil, simpatizantes de Miguel Alemán, rechazaron la posibilidad de la reelección. Más allá de lo ideológico, había cosas más importantes que salvaguardar (Mijares Lara, 2016: 92).

Más allá de los obstáculos que tenían los alemanistas para lograr su continuidad en el control del Estado, en el interior del PRI se lograba limitar lo máximo posible el lugar de los sectores de izquierda del partido. Por un lado, fueron expulsados todos aquellos que apoyaron la candidatura del general Henríquez, especialmente aquellos que formaron el Comité de Orientación Pro Henríquez Guzmán y, especialmente, la Unión de Federaciones Campesinas de México, organismo que le disputó el poder a la oficialista CNC. Una parte importante de los expulsados del PRI eran señalados como “el grupo cardenista”, lo cual mostraba cuál era la idea que se tenía desde el gobierno del expresidente.

Lo cierto es que Cárdenas nunca se manifestó a favor de la candidatura de Henríquez, pero tampoco la censuró. La búsqueda de Henríquez inicialmente fue por dentro del partido, tratando de lograr una democratización de los mecanismos mediante los cuales se determinaban las candidaturas, pero finalmente debió disputar el poder desde fuera del partido. Apoyar a un candidato por fuera del PRI era imposible para Cárdenas. El expresidente sabía que sin la estructura partidaria no se podía llegar a la presidencia. La disputa estaba dentro del PRI: lo importante era evitar no solo la reelección de Alemán, sino lograr la candidatura de un sujeto que no respondiera al ala más reaccionaria del partido. Todo esto explica por qué Cárdenas nunca hizo público su apoyo a Henríquez.

El proceso de selección del candidato oficialista para las elecciones de 1952 fue complejo. No solo había que conciliar con los sectores que conformaban el partido, especialmente con la CNC y la CTM, sino que había dos expresidentes con quienes había que llegar a un acuerdo. La voz del presidente, si bien la más importante en el proceso de “destape”, no era la única. En este sentido, a mediados de 1951, y como parte de la disputa con el henriquismo, surge el nombre de Fernando Casas Alemán, regente de la Ciudad de México. Aparentemente Casas Alemán tenía el apoyo del Poder Ejecutivo, y, en calidad de futuro candidato presidencial, se entrevistó con Cárdenas.

El supuesto apoyo del presidente le terminó jugando en contra a la candidatura del regente del Distrito Federal. Varios gobernadores se mostraron contrarios a que un alemanista presidiera México, e incluso parte del círculo cercano al presidente se oponía. A medida que perdía fuerza la candidatura de Casas Alemán, fue haciéndose más grande la figura del secretario de gobernación, Adolfo Ruiz Cortines, quien era apoyado por algunos gobernadores, entre ellos Dámaso Cárdenas, hermano de Lázaro, flamante gobernador de Michoacán.

Ruiz Cortines también se entrevistó con Cárdenas, con quien se mostró interesado en mejorar la situación del campesinado, continuando el legado cardenista en lo que hacía a la repartición de tierras. Probablemente esta predisposición a los temas que más le interesaban al expresidente fue importante para ganarse su apoyo.

En realidad, tanto Cárdenas como Ávila Camacho condicionaron su apoyo al candidato Ruiz Cortines a que, una vez que se hiciera con la presidencia, eliminara los elementos alemanistas del gobierno. “De no cumplirse este compromiso, el nuevo presidente corría el riesgo de confrontarse con Ávila Camacho y Cárdenas, pues en eso ambos estaban de acuerdo. Los expresidentes deseaban ver fuera del gobierno a la camarilla de Alemán” (Mijares Lara, 2016: 104). El resultado final de este proceso fue el triunfo de Ruiz Cortines y su llegada a Los Pinos.

Claramente Ruiz Cortines no era afín al ideario cardenista; en este sentido Henríquez estaba mucho más en consonancia con el sentir del expresidente. Sin embargo, Cárdenas privilegió la lucha por el poder real y no por constituirse en un testimonio del pasado. El futuro presidente solo saldría de la disputa en el interior del PRI, y tomando en cuenta la correlación de fuerzas y el contexto de la incipiente Guerra Fría que condicionaba el proceso político interno, a lo máximo que se podía aspirar era a lograr la erradicación del rancio grupo alemanista.

La debilidad de Cárdenas y del cardenismo dentro del PRI puede explicar algunos aspectos de la situación política del México de los años cincuenta y sesenta. Si bien el expresidente no pudo ser siempre consecuente con su pensamiento respecto a la política interna, en lo relativo a la política exterior mexicana la cuestión fue diferente. En muchas ocasiones debió guardar silencio o tener expresiones muy moderadas en asuntos tales como conflictos sindicales o con grupos de campesinos. Incluso tuvo un perfil muy bajo en momentos en donde el salario real de los trabajadores se veía afectado por el contexto económico y las políticas del gobierno. Sin embargo, Cárdenas tuvo una activa participación en asuntos de política internacional. En ese ámbito es donde se lo pudo observar con el protagonismo que había abandonado luego de su presidencia y convertirse así en una figura importante del antiimperialismo mexicano. Su posición respecto a la injerencia norteamericana y al golpe de Estado en Guatemala de 1954 fue claramente confrontativa, siendo este un episodio que marcó fuertemente el contexto político mexicano. En las próximas páginas intentaremos profundizar en este tema.

Cárdenas, Guatemala, Estados Unidos y la Guerra Fría

Desde fines de los cuarenta se lanzó en México una campaña anticomunista por parte de los principales medios de comunicación masiva. Esta campaña era parte de la batalla ideológica en los inicios de la Guerra Fría en México y coincidió con la exclusión de la izquierda “oficial” de los ámbitos que habían conquistado desde el sexenio cardenista. Mediante esta campaña se atacó a cardenistas, a sindicalistas independientes, a miembros de movimientos sociales y a intelectuales que tuvieran inclinaciones cercanas al “peligro comunista” (Servín, 2002: 12).

A la campaña anticomunista dentro del PRI hay que entenderla dentro de una lógica donde la retórica oficialista profundizó el cariz nacionalista de su discurso. Ese nacionalismo servía en parte para contrarrestar la penetración norteamericana, pero especialmente para ser utilizado como parte de la propaganda anticomunista. Por esto podemos entender que en 1948 el presidente del partido, Sánchez Taboada, haya dicho que iban a ser expulsados todos los que intentaran “hacer del PRI una guarida para los comunistas” (Mijares Lara, 2016: 116), iniciando así la purga de la izquierda. En realidad, el Partido Comunista era débil y por eso el Departamento de Estado no percibía un “peligro rojo” en México. Sin embargo, esto fue aprovechado por el gobierno de Alemán para fomentar la idea de la penetración soviética y perseguir así a la izquierda dentro y fuera del PRI; en este sentido se comprenden los intentos por mancillar la figura de Cárdenas al acusarlo de ser el promotor del “avance” comunista en México. La gran excusa utilizada para atacar a Cárdenas fue su participación en los foros internacionales por la paz.

Desde fines de los años cuarenta Cárdenas participó activamente en organizaciones que tenían un claro sesgo antinorteamericano. El Movimiento por la Paz en México, el Congreso Mundial de los Partidarios por la Paz y el Congreso Continental por la Paz y la Democracia eran escenarios donde se intentaba intervenir en la opinión pública internacional en el marco de la Guerra Fría. El posicionamiento de estos organismos era claramente prosoviético y procuraba contener la propaganda anticomunista que los Estados Unidos y sus voceros dispersaban por el mundo. La participación de Cárdenas en estos ámbitos se profundizó durante toda la década de 1950 a medida que la Guerra Fría se profundizaba. En este sentido era muy evidente que Cárdenas intentaba influir fuertemente en la política internacional de México, cuestión que se acrecentó durante la presidencia de Ruiz Cortines. Así, parecía que el gobierno daba lugar a que su política internacional estuviera en consonancia ideológica con la postura cardenista, mientras que en términos internos era más difícil ver la influencia del expresidente michoacano.

Desde fines de la década de 1940 los Estados Unidos llevaron adelante una agresiva política diplomática mediante la cual intentaban alinear a todos los países latinoamericanos bajo su liderazgo. La búsqueda de que el “patio trasero” cerrara filas bajo la tutela de los Estados Unidos implicó medidas de índole intervencionista en América Latina hasta bien entrada la década de 1980. Sin embargo, y a pesar del fuertísimo peso de la embajada norteamericana en México, la política internacional mexicana guardó cierto perfil que, sin ser absolutamente contrario al norteamericano, tuvo mucho de independencia e incluso por momentos fue opuesto a los mandatos de Washington. Uno de los momentos más evidentes de la contradictoria relación diplomática entre los Estados Unidos y México en política internacional fue la postura que tomaron ambos países en relación con la cuestión guatemalteca.

Desde 1951 en Guatemala gobernó Jacobo Árbenz Guzmán. Árbenz había participado de la revolución de 1944 que había derrocado al dictador Jorge Ubico y llevado a la presidencia a Juan José Arévalo. Esta revolución terminó con décadas de gobiernos oligárquicos en Guatemala, gobiernos que sostenían un sistema opresivo que dejaba a las masas indígenas-campesinas en una situación cuasi servil. La violencia, el racismo y la injusticia era la moneda corriente en el país más grande de Centroamérica. Antes de la revolución, la dirigencia político-militar guatemalteca respondía a los intereses de la clase dominante constituida por los sectores hacendados cafeteros y a la potentísima influencia de la United Fruit Company (UFCO), dueña de una parte importante del país. El gobierno de Árbenz no solo fue la continuidad de la revolución de 1944 sino que fue su radicalización, aspecto que se observa en la reforma agraria que su gobierno implementó y que afectó a poderosos intereses, como los de la UFCO. Eso era imperdonable para el Departamento de Estado en el marco de la Guerra Fría.

En la campaña presidencial de los Estados Unidos en 1952, el candidato, a la postre presidente, Dwight D. Eisenhower expresaba cómo debía ser la política norteamericana para América Latina. Esta política, denominada “positiva” por el futuro presidente, consistía en “frenar el expansionismo soviético”:

América Latina tenía que apoyar la política exterior anticomunista de Estados Unidos. Cualquier desvío de la visión estadounidense del orden mundial era una amenaza para la seguridad del país del norte y para el equilibrio de poder global. Estados Unidos tenía el derecho de corregir este mal comportamiento (Loaeza, 2016: 754).

En ese difícil contexto el gobierno de Árbenz llevó adelante una serie de políticas públicas que afectaron los intereses de los sectores más reaccionarios del país, pero lo que generó más rechazo en los Estados Unidos fue la reforma agraria de 1952, que perjudicó a la corporación frutícola UFCO. De allí en más comenzó una campaña de desprestigio del gobierno guatemalteco, considerado como una avanzada comunista en el continente.

En realidad, la conspiración para derrocar al presidente Árbenz comenzó a prepararse con anterioridad a la reforma agraria. Meses antes de que esto sucediera la UFCO le había ofrecido al gobierno de los Estados Unidos el uso tanto de sus instalaciones como de su personal para asistir a la CIA en el combate contra la amenaza del comunismo en Guatemala (García Ferreira, 2013: 66). De allí en más el gobierno de Harry S. Truman barajó una serie de posibilidades para intervenir en Guatemala; estas posibilidades incluían hasta la contratación de sicarios para asesinar al presidente guatemalteco. Al producirse la sucesión presidencial en Estados Unidos los planes golpistas se aceleraron. Eisenhower nombró secretario de Estado a John Foster Dulles y, al frente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), a su hermano Allen Dulles. Estos personajes son importantes, ya que su mesiánico anticomunismo le dio un perfil oscurantista a la política norteamericana. En septiembre de 1953 el “Plan de Acción” estaba en marcha y se planteaban dos objetivos básicos: “Primero remover en forma encubierta la amenaza del presente gobierno de Guatemala, controlado por comunistas” y, segundo, “instalar y sustentar, encubiertamente, un gobierno pro Estados Unidos” (García Ferreira, 2013: 68). El plan coordinado por la CIA, popularmente conocido como PBSUCCESS, incluía acciones de desestabilización a partir de una campaña de prensa que generase el desgaste ante la opinión pública local e internacional, un ahogo económico al gobierno de Guatemala y el apoyo a fuerzas militares que se instalaron en los países vecinos de Honduras y El Salvador. Cabe aclarar que el plan tuvo el apoyo del dictador nicaragüense Anastasio Somoza.

A fines de 1953 el gobierno de Estados Unidos impuso como tema la penetración comunista en Guatemala para la X Conferencia Interamericana del Consejo de la Organización de Estados Americanos (OEA), que se iba a realizar en Caracas en marzo de 1954. Como era de esperar, estas “negociaciones” en los preparativos de la conferencia fueron favorables para la postura norteamericana y el tema se examinó bajo esos términos. El gobierno de Árbenz estaba cada vez más aislado. La prueba de ello fue que los Estados Unidos lograron imponer la resolución 93 en el documento final de la conferencia de la OEA de Caracas. Esta resolución declaraba la “solidaridad para la preservación de la integridad política de los Estados americanos contra la intervención del comunismo internacional”. La postura contó con todos los votos de los países participantes, salvo el obvio rechazo de Guatemala y la abstención de Argentina y México (Mijares Lara, 2016: 125). La política exterior mexicana seguía la tradición de defender la no intervención en los asuntos de una nación soberana. Sin embargo, mostraba una gran contradicción, al ser el gobierno de Ruiz Cortines proclive a la persecución de comunistas en México, alineándose a las directivas de los Estados Unidos en su cruzada anticomunista.

Esta gran contradicción entre la política exterior y la interior en México es parte de un complejo entramado que la crisis guatemalteca dejó al descubierto. Como plantea Soledad Loaeza (2016), el golpe en Guatemala actualizó una fractura que tenía décadas en México. El conflicto entre la derecha y la izquierda en el país estaba cristalizado en los posicionamientos de los grupos que representaban posturas referenciadas en el cardenismo y el anticardenismo. Por eso el golpe a Árbenz en particular y la Guerra Fría en general reprodujeron el viejo conflicto que dividió a la sociedad mexicana.

La izquierda, asociada al cardenismo, se movilizó en defensa del gobierno guatemalteco. En 1953 se formó la Sociedad de Amigos de Guatemala, órgano que intervino en la esfera pública denunciando la intervención de Estados Unidos, la violación de la soberanía guatemalteca, la injerencia de dictadores como Somoza y la presión impuesta por la multinacional UFCO para desestabilizar al gobierno democrático de Árbenz. El vínculo de la Sociedad de Amigos de Guatemala y el cardenismo era estrecho: varios de los colaboradores más cercanos al general eran miembros de la sociedad, entre ellos su secretario personal, Ignacio García Téllez. A pesar de que Cárdenas no se apersonó a las reuniones y actos de la organización, fue nombrado miembro honorario y en esa calidad enviaba mensajes de apoyo tanto a la sociedad como al gobierno de Guatemala.

Otras organizaciones se formaron para el mismo fin. El Comité Estudiantil contra la Intervención Extranjera en Guatemala se formó en la misma época y entre sus miembros más importantes estaban Cuauhtémoc Cárdenas y Janitzio Múgica; la evidente ligazón con el cardenismo era irrebatible.

Días antes del golpe de Estado, se hizo pública una posible compra de armas de Guatemala a Checoslovaquia. A partir de ello, Estados Unidos presionó a los países latinoamericanos para aplicar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y convocar a una reunión de la OEA en Montevideo para tratar el asunto. Estados Unidos quería lograr la unanimidad en el rechazo a la supuesta infiltración comunista y para alcanzar esa meta había que modificar la postura de no intervención que sostenía la política exterior mexicana. Para esto, el gobierno norteamericano utilizó como presión la retención de préstamos del Banco Internacional de la Reconstrucción y el Desarrollo y del Banco de las Exportaciones e Importaciones:

Esa decisión no era menor, pues durante la segunda semana de abril de ese mismo año, las autoridades mexicanas habían devaluado el peso, por lo que paralizar los créditos de las instituciones financieras mencionadas explica que el presidente de la República diera un giro a la política exterior y respaldara la convocatoria de la OEA en Montevideo para discutir el caso de Guatemala (Mijares Lara, 2016: 129).

En ese contexto se hicieron públicas unas palabras de Cárdenas, quien, en una correspondencia privada con el embajador de Guatemala en México, se expresó solidario con el país vecino y censuró la posición imperialista de los Estados Unidos. Estas declaraciones fueron utilizadas por el embajador norteamericano en México para hacerle un planteamiento al presidente Ruiz Cortines. Si el gobierno aceptaba la posición de Cárdenas, esto implicaba que su política exterior se alineaba con la postura del expresidente. Si esto era así, México se posicionaba favorable al comunismo y se convertía en enemigo de los Estados Unidos. Esta disyuntiva tuvo eco en la prensa dentro de la campaña anticomunista.

La tensión que provocaba la situación guatemalteca se hacía evidente y la división latente entre cardenistas y anticardenistas tiñó todo el debate público. El gobierno de Ruiz Cortines tenía una tendencia claramente conservadora y autoritaria, por lo que no le costó tomar posición, aunque siempre haciendo equilibrio dentro de “la gran familia revolucionaria” representada en el PRI. A pesar de ello, a días del golpe de Estado, el presidente del PRI sostuvo que

[…] el PRI se siente en actitud de declarar categóricamente que en México se tienen como bandera los principios democráticos de la Constitución de 1917 y se rechazan todas las ideas y los postulados que a ella se oponen. Siendo así, el Partido declara que repudia el comunismo y cualquier otro totalitarismo que pugne con su ideología.[7]

Estas palabras oficiales del PRI reflejaban fielmente la postura del presidente Ruiz Cortines. Una vez que el golpe se había hecho efectivo y Árbenz se había convertido en un exiliado político, Cárdenas intervino para salvar a los trescientos funcionarios y militantes guatemaltecos que estaban refugiados en la embajada mexicana en Ciudad de Guatemala. Poco tiempo después se supo que el propio Árbenz estaba entre los refugiados. El expresidente Cárdenas apeló a la tradición mexicana de proteger a refugiados y exiliados políticos, ejemplificada con la posición que su gobierno tomó durante la guerra civil española con “los niños de Morelia”.[8]

Luego de dos meses de negociaciones, los refugiados guatemaltecos lograron salir de la embajada y dirigirse a México en calidad de exiliados políticos. Durante días el gobierno dictatorial guatemalteco del golpista Carlos Castillo Armas y el de Eisenhower presionaron para lograr la extradición de Árbenz y de algunos funcionarios ligados al Partido Guatemalteco del Trabajo. Cárdenas se encargó personalmente de la defensa de los exiliados y de presionar al gobierno de Cortines para no acceder a la extradición. En este sentido, abogados cercanos al líder michoacano se encargaron de los trámites judiciales. La presión de la prensa conservadora y de sectores de derecha dentro y fuera del PRI ejercieron presión para evitar el mantenimiento del exilio político de los guatemaltecos. En los periódicos se criticaba asilar a “extremistas rojos” y se advertía el peligro de “la penetración comunista” en México.[9]

A pesar de que el gobierno de Cortines rompió con la izquierda (siguiendo la línea de la presidencia de Alemán) y transformó al Estado mexicano en un aparato aún más autoritario del que había recibido, en el asunto de los exiliados terminó teniendo una postura favorable al cardenismo. Luego de muchas negociaciones, fue rechazada la posibilidad de que los exiliados guatemaltecos fueran enviados para ser juzgados por los tribunales de la dictadura, y, si bien esto incluyó a Árbenz, el gobierno evitó mantenerlo en el país y así comenzó el largo y tortuoso periplo del derrocado presidente de Guatemala.

El hecho de evitar las extradiciones fue tomado como un triunfo por las fuerzas cardenistas, pero también quedó en evidencia la división insalvable que imperaba en México.

La defensa del gobierno de Árbenz tiene dos lecturas al analizar al cardenismo del período que estamos abordando. Por un lado, Cárdenas y aquellos que constituyeron esta corriente dentro y fuera del PRI buscaron sostener la tradición en la política exterior mexicana de defensa de las soberanías atacadas por potencias extranjeras. La libre determinación de los pueblos era la bandera que no podía ser arriada. El grave problema que tenía la custodia de estos principios era que los Estados Unidos habían abandonado definitivamente la política del buen vecino y sus afanes intervencionistas tomaban nuevos bríos con el inicio de la Guerra Fría. Las tensiones que este asunto generaba se manifestaron dentro y fuera del PRI, aumentando la distancia entre las diferentes facciones del partido.

Pero el posicionamiento del cardenismo en relación con Guatemala no se limitaba a una cuestión de principios. El liderazgo de Árbenz era entendido como una continuidad de los preceptos que defendió el general Cárdenas desde su presidencia. La reforma agraria, el enfrentamiento con el imperialismo internacional y la defensa del campesinado eran ejes centrales que generaban una señal de filiación entre ambos mandatarios. El cardenismo percibía en los atacantes del gobierno legítimo de Guatemala a los mismos grupos que combatieron la nacionalización del petróleo de 1938 o la reforma agraria cardenista. Imperialismo y multinacionales eran los enemigos de la revolución, de la de 1944 y de la mexicana. Además, Árbenz y Cárdenas eran los más fervientes representantes de los valores de dos revoluciones que tenían una naturaleza antioligárquica y de raigambre nacionalista. Sus gobiernos representaban los valores más intensos que propiciaban un cambio hacia una sociedad más justa. En varias ocasiones esta filiación se hacía evidente en los discursos que defendían el proceso guatemalteco que quedó trunco por la alianza de la oligarquía y el imperialismo. En parte, se hacía cada vez más evidente que México también se había desviado del camino revolucionario.

En paralelo y con posterioridad a la crisis guatemalteca en México la campaña anticardenista se profundizó. Los periódicos denunciaban irregularidades en el manejo de los trabajos de riego en la cuenca de Tepalcatepec. Se intentaba generar, vanamente, la sospecha de corrupción en la figura del expresidente.

Lo cierto es que luego del golpe de Estado de Guatemala la postura del exmandatario se profundizó. El último lustro de la década de 1950 expuso a un Cárdenas más activo, aunque contradictorio.

Los últimos años de Cárdenas manifestaron una clara radicalización de sus posturas en relación con la política internacional. Su gira por los países del este (fines de 1958 a mediados de 1959) fue interpretada por la prensa y por las fuerzas conservadoras de México como una profundización en su acercamiento con el eje soviético. Ese viaje, que incluyó a Checoslovaquia, Polonia, la Unión Soviética y China, hizo reflexionar al exjefe de Estado sobre la naturaleza de la revolución mexicana y en el estado en que se encontraba. En la Unión Soviética ensalzó la figura de Lenin y los logros que produjo la revolución de 1917:

Hoy les ha sido fácil crear una mística en la persona de Lenin, reformador social, a quien se debe la transformación de Rusia, que ha creado la Unión Soviética constituida por Repúblicas Socialistas y cuya transformación ha elevado a la Unión Soviética a una de las primeras potencias del mundo, por su riqueza industrial, agrícola, preparación de millares de técnicos, adelantos científicos y organización disciplinada hacia sus objetivos fundamentales: elevar su producción para mejorar la vida de los pueblos y que va logrando día a día con las enormes riquezas que contiene el suelo y subsuelo de este extenso territorio de la Unión Soviética (Cárdenas, 1972: 85).

Su periplo chino también despertó mucho su interés. Allí escribía lo siguiente:

El trabajo que hombres, mujeres y niños realizan en este país por elevar condiciones de vida no tiene precedente en la historia. Ojalá todos los pueblos lleguen a conocer su esfuerzo y sacrificio y estimulen con su amistad la tarea redentora que el propio pueblo chino se ha impuesto para salir de la miseria y el atraso en que vivían (Cárdenas, 1972: 108).

En cierto sentido el viaje a Europa del Este lo llevó a cuestionarse la revolución mexicana y el estado en la que quedó luego de haber terminado su mandato. Las revoluciones comunistas eran revoluciones triunfantes: la mexicana ya no lo era. El México en el que gobernaba el PRI era el de la represión de las huelgas de los ferroviarios y los maestros, era el de la campaña anticomunista hacia todo aquel que luchara por los intereses de obreros y campesinos, era el de la burocracia de las organizaciones campesinas y obreras que traicionaban día a día a quienes decían representar.

El general Cárdenas de los sesenta será un activo defensor de la Revolución cubana y será quien participe firmemente de la Conferencia Latinoamericana y del Movimiento de Liberación Nacional.[10] Sin embargo, siempre fue parte del relato oficial. Su presidencia estaba dentro del discurso en donde el PRI era el heredero de la generación que hizo la revolución. Nunca rompió del todo con el aparato de poder en que se constituyó el PRI. Allí radica la gran contradicción del cardenismo.

Conclusiones

En este trabajo intentamos acercarnos a uno de los aspectos más importantes de la historia política mexicana en los inicios de la Guerra Fría. Este momento fue fundamental para la construcción y consolidación del sistema político priista, tanto en un sentido instrumental como en sus definiciones ideológicas. Esto implicó la persecución, expulsión y/o debilitamiento de los sectores que representaban el ala izquierdista del partido. En este sentido, el cardenismo fue el sector más afectado. No obstante, el rol que empezó a tomar Cárdenas como defensor de la soberanía latinoamericana y su postura contraria al imperialismo norteamericano fue sustancial para mantener vivo un cuerpo de ideas políticas que durante mucho tiempo carecieron de un aparato partidario que las contuviera. Recién para la década de los ochenta se producirá la canalización de una parte importante del ideario cardenista de la mano de Cuauhtémoc Cárdenas. La formación del Partido de la Revolución Democrática será un segundo paso, y el ascenso de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia fue el momento en que un dirigente de raigambre cardenista llegó al poder.

Es claro que el período que va entre fines de la década de los cuarenta y el golpe de Estado de Guatemala fueron años clave para despertar en Cárdenas la necesidad de volver a intervenir en la esfera pública, especialmente en la década de 1960. Analizar esta intervención y sus contradicciones es un tema para futuros trabajos, aquí quisimos hacer una primera aproximación a los inicios de este proceso cuyas consecuencias se ven hasta el presente.

Bibliografía

Cárdenas, L. (1972). Apuntes. México: UNAM.

García Ferreira, R. (2013). Operaciones en contra. La CIA y el exilio de Jacobo Árbenz. Guatemala: FLACSO.

Loaeza, S. (2016). “La fractura mexicana y el golpe de 1954 en Guatemala”. Historia Mexicana, 66(2), 725-791.

Mijares Lara, M. (2016). Cárdenas después de Cárdenas. Una historia del México contemporáneo (19401970) (Tesis doctoral). El Colegio de México. Centro de Estudios Históricos: México.

Servín, E. (2002). “Propaganda y Guerra Fría: la campaña anticomunista en la prensa mexicana de medio siglo”. Signos Históricos, 11, 9-39.

Smith, P. (1998). “México 1946-1990”. En Leslie Bethell (Ed.), Historia de América Latina (tomo XIII). Barcelona: Crítica.


  1. La Jornada, 20 de octubre de 2020.
  2. Entre muchas otras cosas, fue reformado el artículo tercero de la constitución, que impuso la educación socialista durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, en el marco de una reforma educativa.
  3. Desde mediados del siglo XIX las posturas antireeleccionistas fueron muy fuertes en México. La idea de la reelección se asoció a las dictaduras, especialmente a la figura de Porfirio Díaz. Recordemos que Francisco Madero formó el Partido Nacional Antireleeleccionista en 1909 para enfrentar a Díaz. Esta tradición política contraria a la reelección continúa hasta el día de hoy.
  4. El Partido Popular fue fundado por Vicente Lombardo Toledano en 1948. Era un partido de izquierda que representaba la resistencia de los sectores más radicales dentro del PRI que estaban siendo marginados por el gobierno de Miguel Alemán. Sus posiciones eran contrarias al perfil conservador que daba el gobierno y a la burocratización que se producía en la CTM liderada por Fidel Velázquez. Si bien representaba una suerte de oposición, estaba dentro de la constelación de partidos cercanos al priismo, absolutamente incorporados al sistema de partidos aceptables.
  5. Lázaro Cárdenas fue nombrado por el presidente Alemán como vocal ejecutivo en la Comisión Hidrológica de la Cuenca de Tepalcatepec. Esta Comisión se dedicó a la realización de obras para el riego y la utilización de las aguas para el desarrollo agropecuario e industrial en el Estado de Michoacán.
  6. La relación entre el henriquismo y Cárdenas se deterioró luego de las elecciones de 1952. Por otro lado, muchos de los referentes del henriquismo fueron tomando un perfil más conservador y especialmente anticomunista desde la segunda mitad de la década de 1950.
  7. Declaraciones hechas el 12 de junio de 1954 al periódico El Universal y reproducidas en Loaeza (2016: 767).
  8. Los “niños de Morelia” fueron un grupo de 456 menores de edad, hijos de republicanos, que fueron exiliados en México durante la presidencia de Cárdenas, en el marco de la Guerra Civil Española. Estos niños debieron quedarse en México definitivamente luego de la derrota republicana.
  9. Parte de la campaña anticomunista se había generado a partir del mito de que Árbenz era un agente de la Unión Soviética. Se escribieron textos en donde se planteaba que todas las medidas del gobierno fueron dictadas desde Moscú y que su llegada al poder en el país centroamericano era parte de un plan más amplio para penetrar en América Latina y subvertir los valores tradicionales de los pueblos. Para profundizar este tema ver García Ferreira (2013).
  10. El Movimiento de Liberación Nacional (MLN), creado en 1961, fue el más importante intento por unificar a la izquierda mexicana. En él intervinieron cardenistas, comunistas y otras fuerzas políticas y sindicales que se integraron al MLN. Esta organización nacida bajo la influencia de la Revolución cubana intentaba coordinar a las izquierdas latinoamericanas para enfrentar al imperialismo norteamericano. Por diversos enfrentamientos internos esta organización hacia 1965 se había fragmentado gravemente, y desapareció en 1967.


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