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La producción social de las juventudes en tiempos de Guerra Fría: discursos y sentidos en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes

Pablo Vommaro

Las primeras décadas de la llamada Guerra Fría fueron un momento histórico de emergencia de las juventudes como sujetos políticos y sociales. A finales de los años cincuenta y durante todos los sesenta y setenta las y los jóvenes desplegaron una creciente capacidad de organización, movilización y visibilidad pública que se expresó en la producción de estilos singulares que diferenciaron los mundos de vida juveniles y de formas de politización radical que los constituyeron en protagonistas y dinamizadores de los conflictos de la época.

En esta coyuntura, surgieron diferentes organizaciones y espacios de militancia política, cultural y social que entramaban distintas esferas sociales como la estudiantil, la partidaria, la barrial-comunitaria, la vinculada con la fe religiosa y la del trabajo. Dentro de estos espacios, el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes (FMJE) fue un encuentro internacional organizado en forma conjunta por la Federación Mundial de Juventudes Democráticas (FMJD) y la Unión Internacional de Estudiantes (IUS, por su sigla en inglés), que comenzó a realizarse en 1947, en los primeros años de la segunda posguerra y cuando comenzaba a visibilizarse el conflicto conocido como Guerra Fría.

El Festival estaba vinculado al denominado bloque socialista y se realizó en diversos países, la mayoría socialistas y alineados con la Unión Soviética (el primer FMJE se hizo en Praga, Checoslovaquia), aunque otros se organizaron en países considerados neutrales, como Austria (1959) o Finlandia (1962). Su onceava edición (en 1978) se celebró en La Habana, Cuba, siendo la primera vez que el Festival se hacía en América Latina.

Tanto el FMJE como las organizaciones a partir de las cuales surgió (FMJD, creada en 1945, y la IUS, fundada en 1946), pueden ser consideradas como espacios de organización, movilización y encuentro de las juventudes referenciadas en ciertos ámbitos del socialismo y en movimientos definidos como revolucionarios o de liberación nacional y social a nivel mundial. Es decir, como expresión de una de las vertientes de la politización y la producción cultural juvenil del período (Hobsbawm, 2006).

A partir de lo dicho, en este artículo nos proponemos estudiar los discursos y sentidos producidos en estos Festivales acerca de las juventudes e identificar sus principales rasgos, singularidades y elementos en común. Para aportar a la comprensión de los procesos de producción social de las juventudes en espacios de participación, militancia y activismo político, nos basaremos en los documentos elaborados antes, durante y después del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes (La Habana, 1978) y en los principales discursos que allí se pronunciaron y los pondremos en relación con análisis e interpretaciones acerca de los procesos de politización y radicalización juvenil en la época.

Las juventudes de las rebeldías con causa

La juventud considerada como sujeto o actor social es un producto del capitalismo y la modernidad. El dispositivo escolar, en su doble dimensión de contenedor de niños y jóvenes y de instancia propedéutica para el mundo del trabajo y la política ciudadana, fue el espacio que el sistema de dominación construyó para los jóvenes (Balardini, 2000).[1]

Aunque su estudio genealógico podría llevarnos a épocas anteriores, fue a partir de la segunda posguerra cuando comenzó a considerarse en los países occidentales este período como un momento específico y diferenciado de la vida, con intereses, espacios y estilos singulares y que los caracterizaban. Para Valeria Manzano “la juventud como categoría sociocultural adquirió prominencia en el transcurso del siglo XX” a partir de “los discursos psicológico, sociológico y educativo sobre la juventud” que “guarnecieron la nueva categoría con atributos cruciales de la modernidad a medida que circulaban transnacionalmente” (Manzano, 2017: 22). Asimismo, Manzano señala que entre los años cincuenta y setenta del siglo XX la juventud devino en una categoría cultural y política y las y los jóvenes se convirtieron en los actores sociales más dinámicos, siendo portadores tanto de “dinámicas sociales de modernización sociocultural” como de “descontentos expresados bajo las formas de rebelión cultural y radicalización política” (Manzano, 2017: 17). Estos descontentos, de acuerdo con la autora, “se plasmaron en una cultura juvenil contestataria” (2017: 18).

En la actualidad, los jóvenes son protagonistas de múltiples organizaciones que despliegan proyectos y prácticas diversas –muchas de ellas de carácter emancipatorio y alternativo–, constituyéndose en parte integrante de sujetos sociales que construyen propuestas alternativas de organización política, social y cultural (Botero, Torres, Alvarado, 2008: 569). A partir de nuestra perspectiva centrada en la relación entre las y los jóvenes, sus formas de participación política y la constitución de organizaciones sociales, políticas y culturales que pueden considerarse juveniles, consideramos a la juventud como experiencia vital y categoría sociohistórica definida en clave relacional, más que etaria o biológica.[2]

En su ya clásico trabajo acerca de la juventud, Bourdieu (1990 [1978]) advertía que “las clasificaciones por edad […] vienen a ser siempre una forma de imponer límites, de producir un orden en el cual cada quien debe mantenerse, cada quien debe ocupar su lugar” (Bourdieu, 1990 [1978]: 164). Relativizando la noción de juventud, el sociólogo francés insinuaba que “siempre se es joven o viejo para alguien. Por ello las divisiones en clases definidas por edad […] son de lo más variables y son objeto de manipulaciones” (Bourdieu, 1990 [1978]: 164). Y concluía que

Hablar de los jóvenes como una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, y referir estos intereses a una edad definida biológicamente, constituye en sí una manipulación evidente. Al menos habría que diferenciar entre las juventudes (Bourdieu, 1990 [1978]: 165, destacado en el original).

Poniendo el foco en la cuestión generacional, Bourdieu señala que “la juventud y la vejez no están dadas, sino que se construyen socialmente en la lucha entre jóvenes y viejos” (1990 [1978]: 164). Para este autor, estas disputas se dirimen muchas veces como “conflictos entre sistemas de aspiraciones constituidos en edades diferentes” (Bourdieu, 1990 [1978]: 170). El sistema escolar, ámbito privilegiado de inserción de los jóvenes, tiene un rol fundamental en la definición de la dinámica de los conflictos generacionales que Bourdieu analiza en tanto “transmisión de poderes y privilegios” (1990 [1978]: 173).

Coincidimos entonces con Redondo en que la juventud es una noción “escurridiza”, pero en cualquier caso mucho más sociohistórica –relacional y cultural– que biológica (Redondo, 2000: 180). De esta manera, más allá de las dificultades que presenta y de los límites que han mostrado muchas de sus definiciones, creemos que el concepto de “juventud” o “juventudes” –como ya proponía Bourdieu en 1978– no ha perdido relevancia para el análisis que realizamos en nuestras investigaciones. Para ello, es preciso avanzar hacia una definición posible que nos permita aprehender estas complejidades en todas sus dimensiones y significados. En esta dirección, recuperamos algunas de las ideas propuestas por Pérez Islas (2006), quien ha establecido criterios relevantes para definir lo que él llama “lo juvenil”, incorporando los avances que se han producido sobre este tema en diferentes campos de la investigación social. Siguiendo a este autor, lo juvenil en la sociedad contemporánea puede ser entendido como:

  • Un concepto cuyo significado debe desentrañarse tomando como punto de partida una perspectiva relacional, es decir, en la que cobre relevancia la consideración de los vínculos con un entorno social más amplio. De ahí que lo juvenil no solo supone la definición positiva acerca de qué es y cómo puede ser definido un joven, sino además contemplar las disputas sociales en torno a la conceptualización misma de la(s) juventud(es). Así podremos reconocer lo juvenil como producto de una tensión que pone en juego tanto las formas de autodefinición como las resistencias a las formas en que son definidos por otros grupos sociales (sean los adultos, las instituciones sociales y otros jóvenes, entre otros).
  • La recuperación de las tensiones que se ponen en juego para conceptualizar lo juvenil supone que no podamos desconocer las relaciones de poder y dominación social involucradas en estas elaboraciones, así como sus límites simbólicos, que demarcan fronteras de exclusión en cuanto a un atributo asociado con la juventud, que algunos sectores sociales tendrían y del que otros carecerían (educación y modas, entre otros).
  • Las modalidades de ser joven no pueden reificarse puesto que han cambiado, y lo seguirán haciendo, a lo largo de la historia y en función de las también cambiantes coyunturas sociales, políticas, económicas y culturales. Por eso, es preciso reconocer cómo van reconfigurándose a lo largo del tiempo.

Esto último es fundamental en nuestro trabajo, puesto que al estudiar las formas que asume la participación política entre los jóvenes deberíamos ser capaces de reconocer las características distintivas que adquiere lo juvenil en cada uno de los momentos históricos considerados. Esto es, no naturalizar sus características y dar cuenta del proceso de construcción de la categoría “juventud”, de su pluralización y de las formas de entender sus vínculos con la política en cada coyuntura. Es decir, proponemos considerar la diversidad de prácticas, sentidos y universos simbólicos y de significación que convergen en esta categoría, cruzada a su vez por variables como clase, género, etnia, cultura, región y contexto sociohistórico, entre otras (Bourdieu, 1990; Reguillo, 2000).

Proponemos comprender los procesos de configuración generacional como emergentes de las dinámicas históricas antes que como una característica inherente a la condición juvenil. Por eso, nuestro punto de partida confronta con la idea de que los jóvenes, en cuanto tales, tienen mayor predisposición ya sea a la acción y a la participación o al desencanto con la política y a la retracción de los compromisos públicos. Siguiendo a Urresti, para comprender a los jóvenes es preciso “más que pedirles o juzgarlos por aquello que hacen o no hacen respecto de los jóvenes de generaciones anteriores, comprenderlos en su relación con la situación histórica y social que les toca vivir” (2000: 178).

Por eso, la juventud es una categoría que cobra significado únicamente cuando podemos enmarcarla en el tiempo y en el espacio, es decir, reconocerla como categoría situada en el mundo social (Chaves, 2006). De acuerdo con esto, analizamos las modalidades en que se produce la juventud (Martín Criado, 1998) a partir de experiencias y compromisos vitales, sociales e históricos diferentes, que no hacen sino mostrar los límites –como nos recordó Bourdieu– que presenta toda clasificación cuyo centro sea la edad biológica.

Retomando a Bajtín (1981), Alvarado, Martínez y Muñoz Gaviria (2009) proponen comprender al “sujeto joven” como cronotopo. Con esta denominación estos autores buscan remarcar “la capacidad constructora de espacios vitales de los jóvenes” a la vez que “espacio y tiempo no existen separadamente; no hay tiempo sin espacio y espacio sin tiempo” (Alvarado; Martínez; Muñoz Gaviria, 2009: 98). Esta “inseparabilidad del tiempo y del espacio” que ubica al tiempo “como cuarta dimensión del espacio” (Bajtín, 1981: 84-85) se expresa con énfasis en el sujeto juvenil según como lo piensan estos autores.

A partir de estos planteos, proponemos entender la juventud en tanto generación. La generación no puede ser considerada como una mera cohorte, puesto que –como ya lo había señalado Mannheim (1993 [1928])– la mera contemporaneidad cronológica no es suficiente para definir una generación.[3] Por el contrario, la idea de generación, antes que a la coincidencia en la época de nacimiento, “remite a la historia, al momento histórico en el que se ha sido socializado” (Margulis y Urresti, 1996: 26). Sin embargo, una generación tampoco puede comprenderse solo a partir de la coexistencia en un tiempo histórico común, sino que –para ser tal– debe poner en juego de una u otra forma criterios de identificación común entre sujetos que comparten un problema.[4]

En Mannheim, la generación no es un “grupo concreto”, sino más bien una “conexión” (1993 [1928]: 207). El autor húngaro plantea que los casos en los que las generaciones se convierten en grupos concretos son “especiales” y devienen del “tornar consciente” la “conexión generacional” (Mannheim, 1993 [1928]: 207). Si bien la dimensión etaria fundamenta la dinámica de las generaciones, no la constituye. Además, relativizando el peso de la edad biológica, Mannheim habla de un “envejecimiento corporal y uno espiritual”, que generan maneras de “ser joven” y de “envejecer” (1993 [1928]: 213).

Seguidamente, Mannheim establece una relación entre las “situaciones de clase” y las “conexiones generacionales”, en tanto ambas pueden expresar una “posición” social, sin remitir a un grupo concreto (1993 [1928]: 208). Esta posición social expresada en el vínculo generacional constituye “determinados modos de conducta, sentimiento y pensamiento”. Así, para Mannheim “la posición generacional se puede determinar a partir de ciertos momentos vitales […] que sugieren a los individuos afectados por ellos formas de vivencia y pensamiento” (1993 [1928]: 212). En otra obra, este autor plantea que la “situación generacional” consiste en “estar expuesto a ciertos fenómenos socioculturales similares” (Mannheim, 1961: 48).

Urresti, en el mismo sentido, considera que la “posición de una perspectiva generacional particular” constituye una “situación en la cual se vivencia la experiencia social de manera diferente” (2000: 178). Para Alvarado, Martínez y Muñoz,

La generación, como categoría de apoyo para la comprensión de lo juvenil, remite a la edad, pero como una producción cultural, social e histórica. Así, la adscripción suscitada por una determinada generación […] se perfila como un horizonte continuo que persevera en su intento de intensificar la identificación juvenil y con ello la emergencia colateral de diferentes conflictividades, tanto en sí misma, como con otras generaciones (2009: 99).

Una generación, entonces, puede ser comprendida a partir de la identificación de un conjunto de sujetos que comparten la experiencia de lo que perciben como un conflicto, un problema. Así, el vínculo generacional aparece y se constituye como efecto de un proceso de subjetivación, ligado con una vivencia común en torno a una experiencia de ruptura, a partir de la cual se crean mecanismos de identificación y reconocimiento en tanto parte constitutiva de un nosotros (Lewkowicz, 2004).

De esta manera, Ignacio Lewkowicz propone definir una generación no como aquello ligado directamente a la edad de los individuos, como lo que se constituye por la proximidad en las fechas de nacimiento, sino más bien por el hecho de que las personas compartan un problema en tanto experiencia vital. Para este autor, una generación se configura cuando se tienen problemas en común que se expresan en una experiencia alteradora, y, en ese sentido, las generaciones se caracterizan, también, por sus movimientos de ruptura (Lewkowicz, 2004).

El vínculo generacional, entonces, no es instituido, sino que resulta de un proceso de subjetivación:

Una generación se constituye cuando el patrimonio legado se disuelve ante el embate de las circunstancias. Un saber transmitido se revela insolvente. Tenemos un problema: de esto no se sabe. Si nos constituimos subjetivamente como agentes de lo problemático del problema, advenimos como generación (Lewkowicz, 2004).

En ese sentido, hipotetiza Lewkowicz, una generación parece surgir a partir de una experiencia originaria como punto en el que se constituye una sensibilidad, una subjetividad. O bien a partir de una escena y de un lugar que se adopta en esa escena; adoptar ese lugar en la escena es la marca subjetiva. O también una cuestión de imágenes: ¿con qué imágenes se nace a la política? (Lewkowicz, 2004).

Bauman (2007) también señaló la importancia del análisis generacional y su anclaje sociohistórico. Este autor define la generación como “un sujeto colectivo con una visión del mundo en particular, capaz de o inclinado a actuar por su cuenta y sus propios intereses particulares” (Bauman, 2007: 120-121). Asimismo, Bauman reconoce los aportes pioneros realizados por Ortega y Gasset y Mannheim, los sitúa históricamente en la salida de la Primera Guerra Mundial, y afirma que “se podría decir que el descubrimiento de la generación en el sentido que propuso Ortega y Gasset y que canonizó después Mannheim […] fue por sí mismo un triunfo generacional: el de la generación de la Gran Guerra” (Bauman, 2007: 121).

En la dinámica histórica, como lo señala Bauman (2007), las generaciones pueden sucederse, pero también superponerse. De esta manera, el conflicto intergeneracional se expresa en las dinámicas políticas, sociales y culturales de las sociedades en las que se producen. Pero también en un mismo momento histórico pueden coexistir, muchas veces en tensión, diferentes maneras de producir juventud y de ser joven ( Ghiardo, 2004: 44). Es decir, el abordaje generacional de las juventudes y sus formas de vínculo con la política permite no solo considerar las dinámicas de generaciones sucesivas, sino también coexistentes, lo que amplía la mirada hacia los conflictos intrageneracionales.

Así comprendidos, los jóvenes son producidos –por el sistema de dominación–, en tanto colectivos organizados producen –resistencias, prácticas alternativas, creaciones, innovaciones– y se producen –generando estéticas, modos de ser y subjetividades, generacionalmente configuradas, que los singularizan–.

A partir de lo aquí analizado, podemos afirmar que el nacimiento de las juventudes como grupo social va de la mano de la irrupción de su participación política (ciudadana, revolucionaria o movimientista) y de su creciente importancia en el mundo del trabajo, así como de las figuras del joven soldado y el joven estudiante (Vommaro, 2015). Luego de la emergencia del sujeto juvenil a partir de la Revolución francesa y de su reinvención (Kriger, 2016) en el primer tercio del siglo XX (momento de irrupción del protagonismo juvenil en las guerras, los movimientos universitarios y las revoluciones), se configura lo que muchos autores denominan “revuelta juvenil de los años sesenta”. Esta expresó un proceso de politización creciente en el cual las juventudes rebeldes sin causa, simbolizadas por James Dean y los primeros momentos del rock (desplegando las dimensiones culturales, estéticas, de sexualidades, de género y de estilos), devienen en rebeldes con causa, expresadas en la figura del “Che” Guevara y los jóvenes revolucionarios de la política en armas, los movimientos de liberación nacional y social, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y las rebeliones de 1968 y 1969 en diferentes regiones del mundo.

El Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes

Ya presentadas nuestras formas de abordaje de las juventudes, sus procesos de producción social, histórica, cultural, relacional y situada y los modos de radicalización cultural y política luego de la segunda posguerra, nos enfocaremos en la interpretación del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, así como de la Federación Mundial de Juventudes Democráticas y la Unión Internacional de Estudiantes, como expresiones de un modo de politización juvenil en el marco de la Guerra Fría. Concretamente, y si bien el Festival se realizó en países no alineados con ninguno de los bloques en pugna como Finlandia y Austria, estos espacios condensaron buena parte de la actuación internacional de las organizaciones juveniles identificadas con el campo socialista y los partidos comunistas de los cinco continentes.

Desde su primera edición en 1947 y hasta 1978, cuando se realizó en La Habana, el Festival se llevó a cabo diez veces y reunió un máximo de 34.000 delegados o representantes de organizaciones de 140 países. El XI Festival organizado en Cuba congregó a 18.500 integrantes de más de 2000 grupos juveniles de 145 países.

En sus diferentes slogans o frases convocantes la paz aparecía como sentido recurrente para motivar la movilización juvenil. El primer Festival se realizó en Praga, Checoslovaquia (1947), bajo la consigna “¡Juventud, únete en la lucha por una paz firme y duradera!”. En la naciente Guerra Fría y con la Segunda Guerra Mundial aún fresca en las experiencias vitales de la época, el bloque socialista, encabezado por la Unión Soviética, buscaba constituirse en promotor de la paz frente a las agresiones de quienes querían detener el progreso de los pueblos hacia el socialismo, y convocaba a la juventud (en singular, homogénea) a unirse a esta causa internacional.

EdiciónAñoSedeAsistentesPaíses re­presentadosLema oficial
I1947Praga, 
Checoslo­vaquia
17.00071“¡Juventud, únete en la lucha por una paz firme y duradera!”
II1949Budapest, Hungría20.00082“¡Juventud, únete! ¡Adelante, por una paz firme, por la democracia, la independencia nacional de los pueblos y por un futuro mejor!”
III1951Berlín, República Democrática Alemana26.000104“¡Juventud, únete frente al peligro de una nueva guerra, en pro de una paz duradera!”
IV1953Bucarest, Rumania30.000111“¡No! ¡Nuestra generación ya no servirá a la muerte y la destrucción!”
V1955Varsovia, Polonia31.000114“¡Por la paz y la amistad!”
VI1957Moscú, Unión Soviética34.000131“¡Por la paz y la amistad!”
VII1959Viena, Austria18.000112“¡Por la paz y la amistad!”
VIII1962Helsinki, Finlandia18.000137“¡Por la paz y la amistad!”
IX1965Argel, Argelia
(suspendido por la situación política y social)
“¡Por la solidaridad, la paz y la amistad!”
IX1968Sofía, Bulgaria20.000138“¡Por la solidaridad, la paz y la amistad!”
X1973Berlín, República Democrática Alemana25.600140“¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”
XI1978La Habana, Cuba18.500145“¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”
XII1985Moscú, Unión Soviética26.000157“¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”

Ediciones del Festival desde sus inicios hasta 1985. Elaboración propia con base en FMJE (2005).

El Festival desarrollado en La Habana en julio de 1978 fue el primero que se hacía fuera de Europa (el de 1965, que iba a realizarse en Argelia, se suspendió) y el segundo en el que se utilizó la consigna “¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”. A la paz se le sumaban un tipo específico de solidaridad –la antiimperialista– y la amistad. Así, paz y antiimperialismo como causas políticas internacionalistas y solidaridad y amistad como valores de la camaradería revolucionaria eran los encabezados de una convocatoria a las juventudes a movilizarse y organizarse en un mundo disputado.

En efecto, el año 1978 constituye una bisagra entre dos momentos de la Guerra Fría. El período de la llamada detente o distensión, que según diversos autores se extiende desde mediados de la década de los sesenta hasta fines de la década de los setenta del siglo XX (Veiga, Da Cal y Duarte, 1997), en el que el conflicto directo entre los dos bloques encabezados por Estados Unidos y la Unión Soviética disminuyó y se hizo menos frontal y más mediado. El segundo, que la mayoría de los autores consultados denominan “guerra de las galaxias”, se caracteriza por un enfrentamiento más directo e inicia en 1979, año en el que confluyen al menos tres hitos importantes: la Revolución sandinista en Nicaragua, la Revolución iraní y la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética.

Si nos guiamos por el Llamamiento a la juventud del mundo, este Festival se realiza en el marco de un “proceso de distensión internacional de carácter irreversible” y de un “continuo progreso de la distensión internacional y coexistencia pacífica”. Es decir, se resalta la época de disminución del conflicto por sobre la nueva intensificación que sobrevendría al año siguiente de este encuentro.

En este marco, la importancia que Cuba le otorgó al XI Festival realizado en su capital, La Habana, se expresa en elementos como que se declarara a 1978 como “Año del XI Festival”; que la decisión de realizar el evento en la isla se toma como resolución oficial del Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) realizado en diciembre de 1975; que esta es ratificada en el III Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) celebrado en 1977, cuando se aprueba la consigna del evento (“¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”), y que Raúl Castro en su discurso inaugural enfatiza “joven del mundo, Cuba es tu casa”, haciendo hincapié en el lugar central que jugaba Cuba en la promoción del internacionalismo en aquellos años.

La resolución del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba (1975) expresa:

El Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, valora la alta expresión de confianza y reconocimiento dada por el movimiento juvenil revolucionario, antimperialista, progresista y democrático internacional hacia nuestro pueblo al escoger nuestro país como sede del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que se celebrará en 1978.
El próximo Festival tendrá por sede, por primera vez desde su fundación, un país de la América Latina. […] Esta poderosa manifestación universal, representativa y unitaria de la joven generación que lucha en todo el mundo –como parte de sus pueblos– contra el imperialismo, el colonialismo, el racismo y por la paz, la independencia nacional, la democracia y el progreso social […] Teniendo en cuenta todo lo anterior, el Primer Congreso del PCC considera que la presencia en Cuba de miles de jóvenes de todos los confines del planeta, de diversas razas, credos y concepciones políticas, ha de constituir una magnífica oportunidad, para que nuestro pueblo y su juventud, expresen una vez más su espíritu solidario e internacionalista.
El Congreso manifiesta su confianza en que nuestro pueblo y su juventud cumplirán con honor sus deberes y responsabilidades para hacer del XI Festival un nuevo éxito de nuestra Revolución y de los jóvenes y los estudiantes revolucionarios y progresistas de todo el mundo, que luchan por la solidaridad antimperialista, la paz y la amistad.

Dijimos que el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes expresa un tipo específico de politización generacional (que se reconocía como socialista y revolucionaria) en el marco de la Guerra Fría. Para analizar los discursos y sentidos producidos en estos festivales acerca de las juventudes e identificar sus principales rasgos, singularidades y elementos en común –centrados en el XI Festival de La Habana–, retomaremos la propuesta de Manzano, quien sostiene que la politización juvenil entre fines de los años sesenta y comienzos de los setenta se sostuvo sobre tres ejes principales: la cultura, la política y la sexualidad (2017: 16). Si bien Eric Hobsbawm (2006) otorga un lugar central al ejercicio de una sexualidad más diversa y libre que las décadas anteriores y al consumo de drogas en la ruptura de las normas impuestas por el mundo adulto que, siendo característica en los momentos de emergencia e irrupción generacional, se dio de un modo singular y particularmente disruptivo en esta época, estos elementos parecen no estar presentes en los documentos que relevamos del festival.[5] Es decir, en el festival se despliegan las dimensiones cultural y política, que ocupan un espacio central en las diversas actividades realizadas, discursos pronunciados y documentos producidos, pero no aparecen visibles las cuestiones de género y sexualidades que muchos autores destacan como singularidades juveniles en la época.

Así, la idea de Hobsbawm de que “la liberación personal y social iban de la mano” en aquellos años (2006: 334) no se puede entrever en las fuentes analizadas. Existe una apelación a una configuración generacional nueva (en varios documentos se habla de una “joven generación”), que asuma en sus manos la construcción de un futuro mejor a partir de garantizar la paz en el presente, pero prevalecen las esferas política y cultural por sobre la personal. La dimensión cultural del festival se desplegó de manera similar a la de otros eventos vinculados con los espacios socialistas y revolucionarios en la época. Según el diario El País del 14 de julio de 1978, en el encuentro se llevarían a cabo “diversas manifestaciones deportivas, turísticas y culturales. Habrá un carnaval internacional, música popular y de cámara, canción política y folklórica, grupos de teatro, bailes populares, festival de cine joven, títeres, pantomima, recitales de música y poesía y certámenes de artes plásticas”. Sin embargo, en los documentos no encontramos menciones a las cuestiones de género o a las sexualidades juveniles revolucionadas en aquella época. Más bien, prevalecen discursos que nombran, hablan o producen a las juventudes desde el mundo adulto (Vommaro, 2015), con mandatos o prescripciones que toman más en cuenta el deber ser que las voces y expresiones de los propios jóvenes. Es decir, una producción de las juventudes a imagen y semejanza de lo que los adultos piensan y quieren que los jóvenes sean (Chaves, 2006). Resulta productivo entonces retomar las elaboraciones de Duarte, quien introduce la noción de “mundo adultocéntrico” para destacar las construcciones que sobre las juventudes se realizan desde las visiones adultas. Así, el autor señala que “la condición de poder y control que los mayores poseen respecto de los menores y como estos, de una forma u otra, reaccionan resistiéndose a la situación, o bien amoldándose a ella por medio de diversos mecanismos (Duarte, 2002: 98).

Algunas expresiones de esta apelación adultocéntrica a la juventud durante el festival se encuentran en los documentos estudiados. Por ejemplo, en el discurso inaugural, Raúl Castro se dirige a los “jóvenes amigos de todo el mundo” y los nombra como “la joven generación de los países de los países socialistas, precursora junto a sus pueblos de un futuro universal, del mundo del mañana”. Conferir una etiqueta que nomina una generación como nueva o “joven” desde una exterioridad adulta y otorgar a las juventudes del presente un lugar en el futuro o el mundo del mañana pueden ser caracterizadas como operaciones adultocéntricas que expresan una subordinación del mundo juvenil a las concepciones adultas y una dificultad para escuchar las voces de los y las jóvenes manifestándose por sí mismas. Es decir, una apelación a la juventud desde la dirigencia adulta que se centra más en un deber ser –en concebir a las y los jóvenes a imagen y semejanza del adulto– que en reconocer los rasgos y las expresiones juveniles (Vázquez y Vommaro, 2012; Vommaro, 2015).

La apelación a las juventudes desde una concepción adultocéntrica se expresa también en estos tramos del discurso de Raúl Castro en el Acto de Inauguración del Festival Mundial, realizado en el Estadio Latinoamericano de La Habana, el 28 de julio de 1978:

La juventud constituye casi la mitad de la población del planeta. Es por naturaleza renovadora, combativa y audaz. Cuando esas cualidades admirables se ponen sin reservas al servicio de la humanidad y de sus pueblos, cuando esa fuerza se levanta en lucha, se revitalizan las esperanzas y se acrecientan las fuerzas empeñadas en conquistar un futuro mejor para todos los hombres.

La operación de atribuirle a las juventudes rasgos que tendrían “por naturaleza” se puede ver en otros referentes de la radicalización política de la época, como Salvador Allende, y se relaciona con una visión idealizada y normativa de las juventudes como portadoras del cambio social y la revolución, de una rebeldía inherente, esencial. Si bien en aquellos años existían desde luego otras juventudes, la imagen del joven revolucionario y rebelde es la que prevalecía en los grupos militantes y en los espacios de politización revolucionaria. En efecto, en el discurso pronunciado en diciembre de 1972 en la Universidad de Guadalajara (México), Allende, luego de criticar el dogmatismo de algunos jóvenes que por haber leído el manifiesto comunista se atribuyen la potestad de “dictar cátedra”, expresa que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, frase que condensa esta esencialización de la juventud y que se hará conocida y resonará décadas más tarde (Zapata, 2006).

Por otra parte, el discurso de Raúl Castro ya citado contiene también una idea de continuidad, tradición y transmisión intergeneracional:

Somos el fruto de la heroica y centenaria lucha de generaciones de cubanos y también de la solidaridad y ayuda de muchos pueblos. Tenemos plena conciencia y no olvidamos ni por un instante esa deuda con todos y cada uno de los que en las coyunturas más adversas y difíciles nos tendieron su mano generosa o se batieron por Cuba en inolvidables jornadas de solidaridad.

Su discurso cierra con un llamamiento que retoma el slogan del festival:

¡Viva la juventud del mundo!
¡Viva la paz!
¡Viva la amistad!
¡Viva la solidaridad antimperialista!

Si bien en los documentos analizados no aparece la dimensión personal de la radicalización juvenil de aquellos años, que Hobsbawm (2006) liga a las transformaciones en el ejercicio de las sexualidades, el consumo de drogas y la emergencia de culturas y estilos musicales característicos y que Manzano (2017) vincula a las figuras del “pibe rockero” y la “joven erotizada”, inescindibles según ella de la del “militante revolucionario”, se registran elementos innovadores que podrían prefigurar una agenda emergente de causas y compromisos juveniles. Por ejemplo, podemos identificar cuestiones como el apartheid (presente en los discursos de Raúl y Fidel Castro y en el Llamamiento final), que se entrama con la denuncia al racismo y la discriminación y el reconocimiento a la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos. Asimismo, se presenta la defensa y la recuperación de los recursos naturales como tema de agenda juvenil que, aunque no se construye en una clave ambientalista, constituye una cuestión innovadora en la politización radicalizada de la época. Esto se aborda tanto en los centros de discusión política –denominados casas club– que tuvieron lugar durante el festival como en el Llamamiento final.

Un rasgo de época –generacional– que se encuentra en los documentos del festival es el creciente carácter internacional de los movimientos juveniles y la internacionalización de los modos de ser, estar y presentarse ante otros de las juventudes, en este caso, radicalizadas en una clave revolucionaria. En efecto, según Manzano, entre los años cincuenta y setenta “la juventud trascendió las fronteras nacionales y pasó a formar parte de una red cada más interconectada de ideas, imágenes y sonidos” (2017: 29). Esta característica también es resaltada por Hobsbawm, quien afirma que una de las peculiaridades de la “nueva cultura” juvenil fue su “asombrosa internacionalización” (2006: 329).

Desde la consigna que encabeza el festival –“¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”– el internacionalismo se deja entrever. Asimismo, tanto Fidel como Raúl Castro hablan del “joven del mundo” o de los “jóvenes de todo el mundo” y destacan no solo el internacionalismo como filosofía, ideología y consigna política, sino la internacionalización de las luchas, las prácticas y las producciones de sentido juveniles.[6] Por ejemplo, en su discurso de clausura, Fidel Castro enumera diversas luchas nacionales y regionales llevadas adelante por las juventudes en el mundo y destaca las “justas luchas de todos los pueblos de América, África, Asia y Europa”.[7]

El Llamamiento aprobado como declaración final del XI Festival comienza con una apelación a “jóvenes y estudiantes de todo el mundo”. Seguidamente, inscribe al encuentro como una “jornada trascendental del movimiento juvenil mundial” y destaca el “activo y hermoso papel que desempeña la joven generación en el mundo de hoy”. Sobre el final, augura “nuevos éxitos del movimiento juvenil revolucionario, democrático y progresista internacional”, y cierra aclamando “la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad”, leitmotiv del encuentro.

Por último, el discurso de Fidel Castro contiene una agenda que busca acercarse y recuperar los problemas cotidianos de las y los jóvenes, enfocándose en sus experiencias inmediatas e incluyendo algunos temas que no eran los dominantes en los debates de este tipo de encuentros. Al dirigirse a las juventudes que viven en “países capitalistas desarrollados”, Fidel los interpela remarcando que están inmersos en “las crisis económicas, el desempleo que afecta fundamentalmente a los jóvenes, la explotación de los trabajadores, la corrupción y la enajenación”. Y al referirse a quienes habitan en “países subdesarrollados económicamente y muchas veces neocolonizados” señala que desarrollan sus vidas “rodeados de miseria, analfabetismo, insalubridad y atraso social”.

Palabras finales

En este artículo analizamos el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes (encuentro internacional organizado en forma conjunta por la Federación Mundial de Juventudes Democráticas y la Unión Internacional de Estudiantes), especialmente en su undécima edición, realizada en La Habana, Cuba, en 1978, y lo consideramos un espacio que expresó un tipo de politización y de configuración cultural juvenil (la revolucionaria y contestataria) en el marco del conflicto conocido como Guerra Fría. La decisión de estudiar esta edición del festival se fundamenta en que fue el primero en realizarse en América Latina en un país en el que había triunfado una revolución de carácter socialista y que desde 1962 estaba alineado con el bloque soviético en el conflicto geopolítico mundial. Además, el encuentro sucedió en un momento clave. Por un lado, para los movimientos juveniles de izquierda o revolucionarios de la región que vivían persecuciones y aniquilamientos por parte de las dictaduras en muchos países del continente, que tenían fresco aún el golpe de Estado que puso un fin sangriento a la experiencia de la “vía no armada” al socialismo que constituyó el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Allende en Chile (1973) y que un año más tarde se entusiasmarían con el triunfo de la revolución liderada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua. Por el otro, para la dinámica de la Guerra Fría, con el agotamiento del período de distensión y el ingreso a un período de escalada del conflicto abierto entre las dos potencias en pugna.

Si bien el festival se constituyó en un espacio reconocido de expresión y encuentro de las juventudes organizadas en clave revolucionaria, antimperialista, progresista y democrática, en el estudio realizado no se pudo identificar la dimensión personal de la llamada revuelta juvenil de los años sesenta y setenta del siglo XX, vinculada con las sexualidades y con ciertas pautas de comportamiento, sociabilidad, producción estética y consumos. Más bien, prevalecen las dimensiones políticas y culturales en las que es posible encontrar similitudes con las formas de “radicalización política juvenil” y las “novedades de la cultura juvenil” de la época (Hobsbawm, 2006).

Si bien el festival se proponía fortalecer el lugar de las juventudes en las “luchas revolucionarias y antiimperialistas” de la época, en muchos de los documentos consultados prevalece un discurso adultocéntrico, que produce y habla a las juventudes desde concepciones adultas basadas en un deber ser y en prescribir modos en los que las y los jóvenes tienen que inscribirse a imagen y semejanza de las anteriores generaciones, más que reconocer y potenciar sus modalidades singulares y actualizadas de producirse y expresarse.

Por otra parte, muchas de las discusiones desplegadas en el festival expresan una posible agenda juvenil emergente que contiene problemáticas que no eran dominantes en los debates políticos de la época, como la denuncia del racismo y la discriminación de las minorías y la defensa y recuperación de los recursos naturales, aunque no se enuncie en una clave ambientalista. Sin dudas, en esta agenda están ausentes dimensiones muy relevantes en aquellos años, como la de las formas novedosas y disruptivas de la sexualidad, las estéticas musicales y de estilos y los consumos de drogas, entre otros.

La realización de la undécima edición del festival en Cuba tiene un significado adicional: reconocer el lugar de América Latina en el movimiento revolucionario internacional (quizá como parte del proceso de internacionalización de las juventudes que señalaron Hobsbawm y Manzano) a casi veinte años del triunfo de la Revolución cubana y un año antes de la irrupción de la Sandinista en Nicaragua.

La importancia perdurable de los festivales se expresa, por ejemplo, en que estos continuaron realizándose aun luego de la caída de la Unión Soviética y la desintegración del llamado bloque socialista con el consiguiente fin de la Guerra Fría. En 1997 el festival se realizó por segunda vez en La Habana (decimocuarta edición, con más de 12.000 participantes de 136 países y con una consigna que reiteraba la utilizada en 1978). En 2005 se organizó en Caracas, Venezuela (17.000 delegados de 145 países), con el slogan “Por la solidaridad y la paz, luchamos contra el imperialismo y la guerra”. Y en 2017 se llevó a cabo en Quito, Ecuador (casi 18.000 jóvenes de 126 países, encabezados por la frase “¡Juventud unida contra el imperialismo, por la paz y las transformaciones sociales!”). El hecho de haber repetido en 1997 la consigna que identificó al festival de 1978 puede ser objeto de otro análisis que permita desentrañar pervivencias y emergencias en las formas de politización juvenil y en este tipo de espacios de sociabilidad en los diecinueve años transcurridos entre ambas ediciones realizadas en Cuba, período en el que finalizó la Guerra Fría, entre otros cambios.

Por último, expresamos que este artículo constituye una primera aproximación a uno de los principales espacios de politización, encuentro y sociabilidad de las juventudes identificadas con la lucha revolucionaria y el llamado campo socialista durante la Guerra Fría. Sin dudas, pensamos que es necesario profundizar en otras dimensiones de análisis como las personales, subjetivas y simbólicas. Su estudio nos permitirá acercarnos a las maneras de habitar el festival de las y los jóvenes participantes, recuperando experiencias cotidianas y producciones estéticas, expresivas y valóricas. Para que esto sea posible, es necesario recurrir a otras fuentes tanto documentales como audiovisuales y orales. Asimismo, deberemos superar los problemas de acceso a los documentos que tuvimos para la escritura de este trabajo. Lo que queda claro luego del recorrido realizado es la relevancia de estudiar los modos y los espacios de la politización juvenil revolucionaria para comprender las modalidades de producción de las juventudes en clave social, política y cultural en los años sesenta y setenta del siglo XX.

Bibliografía

Fuentes

Discurso pronunciado por Raúl Castro en el Acto de Inauguración del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, efectuado en el Estadio Latinoamericano de La Habana, el día 28 de julio de 1978.

Discurso pronunciado por Fidel Castro en el Acto de Clausura del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, efectuado en el Estadio Latinoamericano de La Habana, el día 5 de agosto de 1978.

El País “Cuba recibirá a 20.000 jóvenes de todo el mundo”. 14 de julio de 1978.

“En busca de una nueva flor”, canción principal del festival, escrita por Mike Porcel e Ireno García e interpretada por Argelia Fragoso.

Llamamiento a la juventud del mundo, declaración final del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, leída el 5 de agosto de 1978 en la clausura del evento.

Resolución por el XI Festival, resolución oficial del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), diciembre de 1975.

Libros y artículos

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Zubelet, C. (s/f). En Ecuador se realizó la 18ª edición del Festival Mundial de la Juventud en Ecuador: entrevista a Hanoi Rodríguez. Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. https://bit.ly/3qEKP10


  1. En la Argentina esto fue complementado por otras instituciones estatales, como el servicio militar obligatorio para los jóvenes varones.
  2. A pesar de nuestro énfasis en las dimensiones histórico-social y relacional, no desconocemos el anclaje etario de la noción de juventud –aun en su clave generacional–. Al respecto, numerosos estudios, citados por ejemplo en Ghiardo (2004: 18), definen los límites biológicos de la juventud entre los 14 y 29 años, aunque otros los restringen entre los 18 y los 29 años.
  3. Una de las acepciones de la Real Academia Española para este término, refiriendo justamente a la generación juvenil, es ‘conjunto de personas que, por haber nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, se comportan de manera afín o comparable en algunos sentidos’. Disponible en: https://bit.ly/3xA08Kd.
  4. Para ampliar este punto ver Bonvilani, Palermo, Vázquez y Vommaro (2008).
  5. Para este artículo se relevaron los siguientes documentos: Discurso de Raúl Castro (apertura, 28 de julio de 1978); Discurso de Fidel Castro (clausura, 5 de agosto de 1978); Llamamiento o declaración (5 de agosto de 1978) y En busca de una nueva flor (canción oficial del festival).
  6. Cabe destacar que Cuba ya había albergado otros encuentros internacionalistas no específicamente juveniles, como la I Conferencia Tricontinental, que se celebró entre el 3 y el 15 de enero de 1966 en La Habana. En esta conferencia se creó la OSPAAAL (Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina). En la misma línea, en 1967 se fundó también en Cuba la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Para ampliar, consultar Rey Tristán (2005).
  7. Discurso pronunciado por Fidel Castro en el Acto de Clausura del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, efectuado en el Estadio Latinoamericano de La Habana, el día 5 de agosto de 1978.


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