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Repensando los orígenes del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros en la “Suiza de América”

Manuel Martínez Ruesta

Introducción

Desde mediados de la década de 1950 hasta el golpe cívico militar de junio de 1973, en una dinámica de polarización mundial y creciente radicalización del conflicto social en la región, una corriente discursiva impulsada por el gobierno de los Estados Unidos, acompañada por importantes sectores de las fuerzas armadas uruguayas y los partidos Colorado y Nacional (blanco), y difundida por la “prensa liberal”, buscó asociar el aumento de la conflictividad social en tierra oriental a “los intereses espurios de Moscú” y el desarrollo de movimientos armados al “ejemplo foquista de Cuba”.

La campaña mediática, sintetizada en la consigna “la crisis económica, política y social fue orquestada por la infiltración marxista comunista”, persiguió tres grandes propósitos: legitimar toda acción gubernamental contra el “enemigo foráneo”, homogeneizar al arco opositor bajo el rótulo de “comunismo” y liberar de “responsabilidades” a los partidos tradicionales por la crisis de la “Suiza de América” (Comando General del Ejército, 1978: 12).

Dicho discurso, en pleno siglo XXI, sigue siendo expuesto en obras como El cielo por asalto (2004) de Hebert Gatto, La agonía de una democracia (2008) del expresidente colorado Julio María Sanguinetti y Una historia de los Tupamaros (2009) del sociólogo francés Alain Labrousse, a la vez que es replicado en diversos blogs y foros de internet.

Teniendo como referencia aquella corriente discursiva, el objetivo del presente artículo es brindar elementos para poner en discusión la perspectiva que identifica al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) –el movimiento político en armas más importante del período en Uruguay– como un agente foráneo, un elemento atípico de las costumbres y la tradición oriental, desintegrador de la “Suiza de América”, “una de las democracias más consolidadas y representativas del continente”. Para corroborar o rectificar dichas afirmaciones cabe preguntarse: ¿qué características económicas, políticas y sociales presentaba el país que vio los “primeros pasos” de la gesta tupamara?[1]

A fin de comenzar a develar dicha incógnita, las siguientes páginas se centrarán en el primer gobierno colegiado nacional (1959-1963),[2] período en el cual se gestó el grupo Coordinador (1962-1965), espacio germinal que dio origen a los Tupamaros.[3] Para tal fin, en un primer momento, retomando la perspectiva esgrimida por Aldo Marchesi (2017) de “incorporar la historia transnacional y global a la perspectiva latinoamericana a partir de interrelacionar diferentes escalas de análisis”, se hará una breve contextualización histórica sobre la década de 1950, tomando como eje a la Guerra Fría. Posteriormente, nos centraremos en las especificidades nacionales de Uruguay, y se describirá la debacle del modelo neobatllista[4] y sus consecuencias políticas, económicas y sociales. A continuación, se analizarán los elementos que posibilitaron el arribo a la presidencia del Partido Nacional en las elecciones de 1958, su actitud frente a la radicalización del movimiento obrero y su política internacional de acercamiento a los Estados Unidos (EE. UU.) y persecución del “enemigo comunista”.

Por último, a través de la bibliografía actualizada, la palabra de los protagonistas, la literatura testimonial y artículos periodísticos del período se abordará al grupo Coordinador, haciendo hincapié en los factores que estimularon su conformación y su relación material e ideológica con Cuba.

El mundo bipolar

A la confrontación ideológica entre dos visiones de la modernidad –socialista y capitalista–, representadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Estados Unidos, cabe añadir, continuando la interpretación de Vanni Pettiná (2018), la existencia de un antagonismo bipolar de orden militar, económico y jurisdiccional. Dicha disputa, en el subcontinente latinoamericano, se entrelazó con los procesos de cambio político, social y económico que se habían iniciado a partir de la crisis de 1929, y tuvo un punto de inflexión tras la Revolución cubana de 1959, en particular después del intento fallido de invasión militar a bahía de Cochinos (abril de 1961) por parte de exiliados cubanos y fuerzas estadounidenses.

Desde aquel conflicto, la política exterior norteamericana, en desmedro de sus antecesoras “contención global” y “represalia masiva”, adoptó la “doctrina de respuesta flexible”. El cambio de estrategia, impulsado durante la presidencia de John Fitzgerald Kennedy (1961-1963), si bien mantuvo la “metodología” de derrocar gobiernos opositores o de invadir para impedir su concreción, la conformación de sindicatos de orientación pro estadounidense y la campaña mediática –por intermedio de la “prensa liberal”– basada en difamar y denostar al “enemigo comunista”, se enfocó en implementar programas de entrenamiento y asistencia a las fuerzas de seguridad locales, incentivar reformas judiciales enfocadas en la detención y eliminación de la “subversión interna” y en promover políticas de ayuda económica como la Alianza para el Progreso.

Para el caso puntual de Uruguay, el cambio de paradigma internacional se desarrolló en medio de una crisis interna de carácter estructural, situación que precipitó que existiesen una gran variedad de elementos locales que hicieron único y particular el devenir histórico tanto de la “Suiza de América” como del MLN-T. Remarcar la yuxtaposición entre aspectos locales e internacionales es importante para acompañar la perspectiva planteada por Richard Saull (2004), la cual busca romper con la teoría de que el sur del continente americano se encontraba del lado “receptor” de las decisiones y se veía “afectado por cambios que se decidían afuera”, como agentes “apoderados”, que cumplían los objetivos de los supuestos “amos” en Moscú y Washington.

Érase una vez la “Suiza de América”

El modelo económico uruguayo estaba basado, principalmente, en un pujante sector agroexportador, cuyo excedente era redirigido por el Estado a la industria nacional que se especializaba en bienes de consumo, la cual, por su estrecho mercado interno, podía sobrevivir a partir de subsidios a la producción y barreras proteccionistas.

Desde mediados de la década de 1950, tras el final de la guerra de Corea y la reestructuración económica europea, la economía local comenzó a sentir las primeras manifestaciones que avizoraban el final del modelo neobatllista. El precio internacional de las materias primas exportadas decayó –al igual que su demanda–, mientras que se produjo un alza tanto en el precio del crudo como en el de los insumos importados requeridos por la industria local; por otra parte, retomando la perspectiva de Jaime Yaffé (2016), al desalentador panorama cabe agregar un estancamiento del rubro ganadero, producto del agotamiento de la capacidad de la pradera natural, el escaso espíritu innovador del sector y la falta de inversión.

A dicha balanza comercial desfavorable se le sumó el cada vez mayor “ensanchamiento del Estado” devenido en clientelista, que apelaba constantemente a sus reservas para mantenerse “a flote” (Finch, 1974), lo cual comenzó a generar un déficit fiscal cada vez más significativo e inmanejable. En pocos años se pasó del imaginario del “Uruguay feliz” al del “Uruguay de la crisis”; si entre 1946 y 1955 el crecimiento acumulativo anual del PBI había sido del 4,2%, entre 1956 y 1973 fue de apenas un 0,6%; a su vez, el ingreso per cápita pasó de los $ 7100 en 1956 a $ 6000 en 1968, mientras que la tasa de inflación anual tuvo un promedio de 18,2% entre 1950 y 1960 y de un 43,3% para la década siguiente (Finch, 2005; Nahum, 2001).

Por otra parte, en el plano político, es posible reconocer un deterioro de la imagen positiva de los partidos Colorado y Nacional, espacios que tuvieron que afrontar cuantiosos casos de corrupción, la muerte de históricos dirigentes y el alejamiento de otros.[5] Esta situación tuvo su correlato en constantes reagrupamientos y escisiones –que fueron vaciando de contenido los programas con coexistencias antagónicas y yuxtaposiciones bajo un mismo lema–,[6] y en el escaso caudal de votos que se necesitó para alcanzar la presidencia a lo largo de todo el período.[7]

Paralelamente, en pleno proceso de pauperización social y descomposición del welfare state, el aumento de la conflictividad sindical fue un hecho característico de la década de 1950. De aquel “caldeado” período sobresalieron las huelgas de la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ANCAP) en 1951, las de los bancarios, las de los empleados de la salud pública y las de los de transporte en 1952. Al respecto, cabe destacar que estas últimas recién pudieron ser “controladas” cuando el gobierno nacional implantó las Medidas Prontas de Seguridad (MPS).[8]

Al año siguiente tuvo lugar, por un lapso de 45 días, la huelga de los textiles, mientras que, en 1954, las movilizaciones fueron encabezadas por los gráficos y textiles, y en 1955 por los bancarios y metalúrgicos.[9]

Por otra parte, en 1956, el epicentro estuvo en los frigoríficos de todo el país, siendo sus “focos” la ciudad de Fray Bentos (Río Negro)[10] y la Villa del Cerro (Montevideo).[11]

Durante el mismo año, los peones de tambo, aglutinados en el Sindicato Único de Peones de Tambo (SUPT), partieron de Capurro el 18 de diciembre y marcharon a pie hasta Montevideo, a donde arribaron el día 21.[12] Meses después, en el departamento de Paysandú, se concretó la creación del Sindicato Único de Obreros Remolacheros (SUDOR), el cual, a fines de 1957, frente a las precarias condiciones laborales, promovió una huelga de 72 días.[13]

Otro episodio de gran trascendencia aconteció en octubre de 1958, cuando los operarios de la empresa montevideana de neumáticos Fábrica Uruguaya de Neumáticos Sociedad Anónima (FUNSA) –en su mayoría miembros de la Federación Anarquista Uruguaya (FAU)– emprendieron la ocupación del centro de trabajo, con puesta en marcha de la producción bajo control obrero.

Dicho año, en paralelo al proceso de radicalización obrera, el mundo académico en general y en particular el movimiento estudiantil nucleado en la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) transitó un período de importante movilización en pos de conseguir la sanción de la ley orgánica,[14] a la vez que evidenció una preocupación por afrontar la crisis que estaba atravesando el país y mermar sus daños sociales.

Esta actitud quedó reflejada en la instalación de una Comisión de Extensión Universitaria y Acción Social, en la conformación del consultorio jurídico[15] y en los trabajos en el barrio Sur de Montevideo,[16] entre otros ejemplos. En alusión a cómo la experiencia de colaborar en los barrios más carenciados de la capital estimuló su acercamiento al MLN-T, Lucía Topolansky señaló:

Íbamos todos los fines de semana a hacer bloques y, al estar todo el día trabajando y comiendo en colectivo, nos iba confirmando los lazos de amistad. […] Durante todo ese tiempo yo me hacía la pregunta; esto está bien y hay que hacerlo y la solidaridad va a ser importante siempre, pero esto es lentísimo, el desborde de gente que llegaba superaba ampliamente nuestras posibilidades… hay que ir por otro camino, me dije.[17]

El primer gobierno colegiado blanco (1959-1963)

Bajo un contexto de multitudes en las calles, fábricas en manos obreras, huelgas de hambre, marchas a la capital, facultades tomadas y una constante represión policial, el “idilio oriental”, como una vieja represa que cede, comenzó a crujir y las “grietas”, a aparecer una tras otra.

La primera “víctima” fue el Partido Colorado, el cual, tras casi un siglo de hegemonía, cayó derrotado a manos de la alianza herrero-ruralista en las elecciones presidenciales de 1958.[18] El gobierno colegiado, con mayoría batllista, llegó a aquella contienda fragmentado internamente,[19] desprestigiado por su proceder frente a la crisis y cuestionado incluso por quienes se habían beneficiado de su política redistributiva, mientras que el Partido Nacional, su oponente, poseía en la figura de Luis Alberto Herrera un estandarte histórico de oposición al batllismo, y en esta oportunidad contaba con el aditamento de haber sumado al ruralismo como un nuevo aliado.

Con respeto a la ideología que el dirigente ruralista Benito Nardone –alias “Chico Tazo”– profesaba en su programa diario en radio Rural, Lincoln Maiztegui Casas la sintetizó de la siguiente forma:

Una notoria hostilidad hacia el modelo batllista, que era juzgado como explotador del trabajo del campo a favor de los “parásitos” de la ciudad; una feroz crítica al estatismo y una defensa del liberalismo económico; un nacionalismo agrario y violentamente anticomunista, y el sostén de un modelo social esencialmente conservador basado en la propiedad privada y la familia (2012: 359).

El máximo exponente del ruralismo y presidente del Consejo de Gobierno entre 1960 y 1961 no solo “ayudó” a los blancos a alcanzar la victoria electoral, también posibilitó el acercamiento de la CIA (Central Intelligence Agency) con altos representantes del gobierno nacional, como el jefe de Policía Cnel. Mario Aguerrondo (Broquetas, 2015).

En cuanto al lazo que comenzó a gestarse entre el colegiado y EE. UU., es posible identificar una gran variedad de episodios concatenados.[20] En 1960 se firmó la primera carta de intenciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI);[21] el mismo año, el Parlamento aprobó un acuerdo de cooperación técnica e industrial.[22]

A su vez, en agosto de 1961, tuvo lugar en Punta del Este la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), en la que todos los países del continente, con excepción de Cuba, apoyaron el desarrollo de la Alianza para el Progreso; cinco meses después, también en Punta del Este, se llevó a cabo la Reunión de Cancilleres, en la que se decidió la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA). Por otra parte, durante el mismo año, el gobierno colegiado, por intermedio de un decreto, expulsó al embajador cubano Mario García Incháustegui y al primer secretario de la embajada soviética, aduciendo su intervención en asuntos internos del país, puntualmente su participación en la planificación de “huelgas desestabilizadoras”.

Aquella estrategia retórica, de presentar a la protesta sindical como una “agitación” financiada por “agentes externos” que formaba parte de un plan general de alteración del orden establecido, fue difundida por grandes periódicos de alcance nacional[23] como Acción, El Día[24] y El País, y compartida por organizaciones conservadoras de reciente conformación, como la Asociación de Lucha Ejecutiva y Repudio de los Totalitarismos en América (ALERTA)[25] y el Movimiento Nacional por la Defensa de la Libertad (MONDEL).[26] Estas, encolumnadas tras la Confederación de Sindicatos Uruguayos y mediante un discurso nacionalista y anticomunista, alegaban actividades “subterráneas” que venía realizando el comunismo en el país y una dependencia absoluta del sindicalismo uruguayo en relación con el comunismo soviético que solo buscaba “erosionar los cimientos de la nación oriental”, lo que ameritaba, según su perspectiva, la ruptura de relaciones diplomáticas con la URSS y Cuba, la prohibición del Partido Comunista de Uruguay (PCU) –entre otros movimientos y partidos de izquierda– y la deportación de los cuerpos diplomáticos cubanos y soviéticos.

En paralelo a la irrupción de dichas organizaciones, desde mediados de la década de 1950, se perpetraron diversos atentados a locales y personalidades de izquierda. El primero tuvo lugar el 7 de noviembre de 1956 cuando fue incendiado el consulado de la URSS. A aquel episodio le sucedieron el fracasado intento por “tomar” la Universidad de la República (UdelaR) en octubre de 1960 –donde hubo disparos de armas de fuego–; el asalto a la sede central del PCU en enero de 1961, que terminó con la muerte de Serafín Billoto en un confuso episodio entre militantes del partido y miembros de organizaciones filo-fascistas; el asesinato del profesor Arbelio Ramírez, producto de un disparo calibre 38, tras el acto realizado en agosto de 1961 por Ernesto “Che” Guevara en el paraninfo de la universidad; el atentado con explosivos a la editorial Pueblos Unidos, el 16 de mayo de 1962; y el atentado con bombas molotov al local de la seccional sur del PCU ubicado en la calle Yial 1614, el 11 de septiembre de 1962, en donde fue asesinado Olivio Raúl Píriz Cela, un bebe de cinco meses hijo de los caseros.[27]

Ante los hechos de violencia, la dirección del Partido Socialista de Uruguay (PSU) accedió a la propuesta acercada por un sector de sus afiliados que planteaban la necesidad de conformar una estructura que se encargase de la seguridad diaria del partido y sus miembros.[28] Retomando las investigaciones de Duffau (2008) y Yaffé (2016) es posible señalar que el partido organizó tres grupos de autodefensa que llegaron a reunir unos cincuenta militantes; estos, respondiendo a una disposición geográfica, se dividieron en tres zonas: un núcleo en el litoral del río Uruguay (departamentos de Salto, Paysandú y Artigas) comandado por Raúl Sendic; otro al este del país[29] y un tercero que reunía las zonas centro y sur, coordinado por Jorge Amílcar Manera Lluveras.[30]

La génesis del Coordinador

En el Uruguay de 1962, durante un contexto de crisis económica y movilizaciones sindicales, la izquierda se encontraba en un profundo proceso de transformación y redefinición interna. Allí, dos hechos del ámbito local terminarían de delimitar posiciones.

Acontecida entre abril y junio, la primera marcha de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA) a Montevideo puso al descubierto una vez más la contracara de la publicitada “Suiza de América”; trayendo consigo décadas de explotación y censura a cuesta, doscientos cañeros irrumpieron en la capital para reclamar el cumplimiento efectivo de convenios colectivos de trabajo y la sanción de una ley impulsada por el propio sindicato. Frente a ello, la respuesta del Estado fue contundente: represión policial, la no reglamentación del anteproyecto[31] y la detención de más de treinta trabajadores en la cárcel de Migueletes, acciones que fomentaron la solidaridad y el acercamiento de diversas organizaciones y espacios de izquierda a la “causa cañera” (Fernández Huidobro, 1990; Aldrighi, 2001).

Al momento de emprender el regreso, habiendo conseguido organizar una red de apoyo y respaldo, y concientizados de la presión que los grandes terratenientes podían ejercer en la capital, la UTAA impulsó un cambio de estrategia y de plan de lucha. En alusión a dicha reconfiguración y al proceso de convergencia en el interior de la izquierda oriental, Eleuterio Fernández Huidobro –por entonces militante del Movimiento Revolucionario Oriental (MRO) y futuro fundador del MLN-T–, planteó:

UTAA tenía un plan, un plan que Sendic nos contó […]. En el norte, cerca de Colonia Palma, hay una estancia vacía, abandonada, improductiva, de 25.000 hectáreas. Nosotros las vamos a ocupar si Uds. nos ayudan, si Montevideo nos ayuda, si los sindicatos urbanos nos ayudan, si la clase obrera hace suya esta lucha. Porque si no bastará [con] que un comisario y un piquete del ejército vayan allá, para que en este país no haiga pasado nada, nos apaleen y nos manden presos. […] La caja de resonancia de lo que se haga allá, está acá. Ustedes tienen que ponerla en marcha. Aunque parezca mentira, a la represión de allá se la puede parar desde acá (1986: 27-28).

En cuanto al segundo episodio, este tuvo lugar en noviembre y sería el definitivo “parteaguas”: las elecciones nacionales que dieron por vencedora a la Unión Blanco Democrática (UBD), uno de los lemas del Partido Nacional. Aquellos comicios, que encontraron a la izquierda parlamentaria dividida en dos grandes bloques –el Frente Izquierda de Liberación (FIdeL), encabezado por el PCU y la Unión Popular (UP) por el PSU–, arrojaron un caudal de votos muy por debajo de lo esperado, lo que precipitó tanto que algunos acuerdos programáticos se rompiesen rápidamente como que los sectores más radicalizados se replanteasen nuevos caminos y estrategias por seguir.[32]

Particularmente dentro del PSU, el haberse quedado por primera vez en su historia sin participación parlamentaria –sumado a la ya mencionada conformación de grupos de autodefensa–, estimuló que algunos de sus integrantes reviesen la factibilidad de emplear la vía electoral para la transformación política del país. Sobre las consecuencias que trajeron aquellas elecciones dentro del seno de la izquierda, José Mujica Cordano –por entonces miembro de la Juventud Errerista, parte de la UP– recordó:

Procesada la elección y con un balance somero de lo que había pasado en esa izquierda emergente, que algunos lo tomaban como optimista por esto y por el otro, pero que para nosotros… sé que nos retiramos esa noche con esta convicción clara: por acá no va. Curiosamente le había pasado a otra gente en el Partido Socialista y tal vez a alguna otra gente le pasó lo mismo en el seno del FIdeL, es decir, sin conexiones formales el balance de esa elección en el campo de la izquierda y con el horizonte que había establecido la Revolución cubana (Campodónico, 2015: 79).

Los acontecimientos de aquel año terminaron de precipitar que individuos escindidos del MRO, sectores de los partidos Socialista y Comunista, de la Federación Anarquista Uruguaya[33] e independientes, comenzaran a organizar en forma autónoma y paralela células de autodefensa armada frente a las embestidas de los grupos anticomunistas y la represión policial, y en torno a las reivindicaciones cañeras como elemento catalizador; reivindicaciones que, como se dejó de manifiesto, tras la primera marcha dejaron de ser reclamos de neto corte sindical –extensión de la jornada laboral, licencias, valor del jornal, etc.– para pasar a focalizarse en la toma de tierras.

Otros factores que aglutinaron a aquellos espacios heterogéneos fueron su respaldo a la Revolución cubana, un marcado antiimperialismo y el reconocer el ascenso de la conflictividad social en el país, lo que demostraba, a su entender, las limitaciones del parlamentarismo y la necesidad de abandonar el debate teórico de la izquierda para pasar a concretar acciones en pos de apoyar e impulsar transformaciones tangibles. Fruto de dicha perspectiva, se erigió en el interior del grupo Coordinador la frase “las palabras nos separan, los hechos nos unen”.

Aquel impulso inicial, tal como planteó la historiadora y extupamara Clara Aldrighi, “capitalizó en un primer momento las redes de grupos radicales de la izquierda, políticos o sindicales, ya organizadas con funciones de autodefensa, poco jerarquizadas, flexibles en lo organizativo y en las formas de movilización” (2001: 73).

El movimiento tupamaro y la influencia cubana

En 1964, tras la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba por parte de Uruguay, los distintos sectores del Coordinador realizaron acciones de “apoyo a la revolución”, las cuales consistieron en arrojar cócteles molotov tanto a las residencias de cuatro de los miembros del Consejo de gobierno como a empresas estadounidenses (Coca Cola, General Electric y City Bank, entre otras).[34]

Indudablemente, lo acontecido en la isla desde mediados de la década de 1950 no pasó inadvertido tanto para el germinal Coordinador como durante el posterior desarrollo del MLN-T. Teniendo en consideración que su influencia abarcó diversos aspectos con heterogéneas intensidades, en el presente apartado nos detendremos en dos grandes ejes: los aspectos teóricos y materiales (armas, dinero y cursos de entrenamiento).

En el plano teórico, a partir de los documentos uno a cinco (1967-1970) del MLN-T, es posible reconocer continuidades en el rol que se le atribuyó a la lucha armada como el mejor instrumento para “crear condiciones revolucionarias”, la “continentalidad” de la lucha revolucionaria y su estrategia de “desgaste” vinculada a “crear varios Vietnam en América”, la concepción del “hombre nuevo” u “hombre del mañana”, la impronta contra el “sistema antiimperialista mundial” y la afirmación de que la única vía para la revolución socialista sería la lucha armada (Guevara, 2002; Aldrighi, 2001).

Por otra parte, el haber optado por la lucha armada urbana le valió a los tupamaros afrontar importantes discrepancias con diversas figuras de la corriente castrista. Según Regis Debray, Fidel Castro caracterizó la ciudad como “un cementerio de los revolucionarios y de recursos” (1967: 56); a su vez, referentes como Ernesto “Che” Guevara y Carlos Marighella le confirieron un papel secundario de colaboradora y subsidiaria de la rural (Guevara, 2002; Marighella, 1970: 1-23). Debray sostuvo que, a su juicio, “las montañas” –es decir la guerrilla rural– podrían “proletarizar” al campesino y hasta al burgués, mientras que la ciudad “aburguesaba” hasta al proletario (1967: 61-63).

A raíz de ello, y teniendo en consideración las condiciones geográficas nacionales deficitarias para implantar un “foco rural”, el movimiento tupamaro se nutrió de antecedentes externos que le sirvieron como ejemplo; al respecto cabe mencionar la resistencia francesa a la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, el Irgún judío que enfrentó a los británicos en Palestina, al Frente de Liberación Nacional argelino, la experiencia bajo el mando del general Georgios Grivas de la Organización Nacional de Combatientes Chipriotas (EOKA), la obra La guerra de la pulga de Robert Taber (1967) y los intercambios con militantes exiliados –Abraham Guillen, Nell Tacci, Joe Baxter, Ciro Bustos y Leonel Brizola, entre otros– (Madrugi, 1970; Marchesi, 2019; Martínez Ruesta, 2019).

Otro punto de divergencia fue si era o no posible generar un movimiento revolucionario en un país como Uruguay, conocido internacionalmente por ser la “Suiza de América”, “en donde existía una extensa tradición democrática y una población ‘amortiguada’”. Al respecto, cabe recordar que Guevara, en parte de su discurso en el paraninfo de la UdelaR, en agosto de 1961 –minutos antes del ya mencionado asesinato del espectador Arbelio Ramírez–, planteó la necesidad de “cuidar la posibilidad de expresar las ideas” [en Uruguay], de “avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir”, ya que “cuando se empieza el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último”.[35]

Con respecto al segundo eje, tanto el grupo Coordinador como los tupamaros buscaron en todo momento la “autogestión”, la independencia material. Prueba de ello es que las primeras “expropiaciones financieras” comenzaron en 1963[36] y se mantuvieron hasta su derrota militar en 1972.[37]

En cuanto al armamento con el que llegó a contar el movimiento, este se adquirió a partir del “desarme” a policías y del robo a armerías, clubes de tiro y hasta de dependencias del Estado. Por otra parte, cabe mencionar que, en determinado momento, a partir del aumento de miembros sin experiencia en el manejo de armas, y ante la ausencia de espacios para realizar entrenamientos a gran escala, se decidió el envío de fusiles a la guerrilla comandada por Osvaldo Peredo en Bolivia.[38]

Por otra parte, en cuanto al vínculo directo con Cuba es significativo señalar que ningún representa del MLN-T fue invitado a participar de la primera reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), llevada a cabo entre julio y agosto de 1967. Este primer contacto se materializó recién a fines de aquel año, cuando por intermedio del periodista de Época Andrés Cultelli Raúl Sendic viajó clandestinamente a la isla (Campodónico, 2015:130-131).

Pero recién fue más formal y directo en 1970, basado en la recepción de refugiados por parte de la isla (Aldrighi, 2001: 118). Al respecto, José Mujica Cordano señaló:

La ayuda va a ser como un refugio […] la política era que esos compañeros se fueran para el exterior y son esos compañeros que van saliendo en esa situación, que algunos van a Cuba, y ahí como exiliados propician algunos cursillos que reciben de formación, que en realidad a posteriori van a servir mucho más en otras partes del mundo que acá, porque acá las cosas siguen otro curso.[39]

Palabras finales

Como tratamos de demostrar a lo largo del presente capítulo, tanto para el caso del grupo Coordinador como para el movimiento tupamaro la influencia de la Revolución cubana no fue una relación de “sumisión y adoctrinamiento”; a nivel material y teórico ambos espacios lograron mantener su autonomía, e incluso en algunos aspectos conceptuales la relación poseyó importantes discrepancias, como la viabilidad de iniciar la lucha armada en Uruguay y que la estrategia tuviese como epicentro la ciudad.

Así como las características geográficas nacionales condicionaron las estrategias que habrían de ser implementadas y precipitaron que los tupamaros tuviesen que apelar a otras experiencias por fuera del castrismo ortodoxo, fueron también los factores internos del país los que fomentaron la conformación primero del grupo Coordinador y posteriormente del MLN-T.

Sin la descomposición del modelo neobatllista; la crisis de representatividad de los partidos Colorado y Nacional; el aumento de la variedad y cantidad de manifestaciones obreras (urbanas y rurales) en oposición al viraje liberal de la economía y al deterioro de las condiciones de vida; la represión policial in crescendo a manifestaciones obreras y estudiantiles; el bajo índice de apoyo electoral para el FIdeL y la UP en las elecciones nacionales de 1962 y 1966; la campaña difamatoria contra el “enemigo comunista” a manos de los grandes medios de comunicación, la embajada norteamericana y el gobierno nacional; el nacimiento y desarrollo de organizaciones conservadoras nacionalistas y anticomunistas; la aplicación de medidas persecutorias que amenazaron libertades individuales por parte del primer colegiado blanco; la seguidilla de atentados y ataques a instituciones e individuos de izquierda que precipitaron la conformación de grupos de autodefensa; la renovación y reestructuración de la UdelaR que se reflejó en su activo trabajo social; y el arribo de militantes exiliados que compartieron sus experiencias con el grupo Coordinador el análisis sobre la gesta del MLN-T sería fragmentario e incompleto.

A partir de lo expuesto a lo largo del presente artículo, es posible afirmar que la experiencia del movimiento tupamaro, tanto por su independencia material como por su flexibilidad teórica y conceptual con respecto a Cuba, si bien se desarrolló en plena Guerra Fría, fue fruto en primera instancia de las aceleradas transformaciones sufridas en Uruguay desde la década de 1950.

Bibliografía

Fuentes

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Entrevista personal efectuada a Juan Manuel Toledo Amorín, vía Facebook (2020).

Entrevista personal efectuada a Lucía Topolansky, Montevideo (2015).

Entrevista realizada por Miguel Ángel Campodónico (s/f). Disponible en: Documentación y Archivo de la Lucha Armada “David Cámpora” (DALA DC) del Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos (CEIU) perteneciente a la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE), de la Universidad de la República (UdelaR). Sección “Entrevistas y testimonios”.

Martínez Ruesta. (18 feb 2021). Repensando los orígenes del Movimiento Tupamaro (coproducción Martínez Ruesta, Manuel y FITDG, Buenos Aires) [Archivo de video]. Youtube. https://bit.ly/3yvfL7b

Libros y artículos

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  1. Para una perspectiva complementaria del período, véase el documental Repensando los orígenes del Movimiento Tupamaro (Martínez Ruesta y FITDG: 2021).
  2. A partir de la reforma constitucional de 1952 y hasta 1967, el Poder Ejecutivo de la Nación se constituyó en un órgano colegiado de nueve miembros llamado Consejo Nacional de Gobierno (CNG). El mandato sería de cuatro años y la distribución de los cargos de seis para el partido mayoritario y de tres para el segundo. Tras las elecciones de 1957, el Consejo quedó conformado por una mayoría blanca perteneciente a la alianza entre el herrerismo y el ruralismo, y una minoría de tres colorados: dos representantes de la Lista 15 y uno de la 14.
  3. Estuvo integrado por miembros de la Federación Anarquista Uruguaya (FAU), trabajadores rurales –en su mayoría aglutinados detrás de la figura de Raúl Sendic–, militantes sociales independientes y sectores escindidos de los partidos comunista y socialista –como el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y el Movimiento de Apoyo al Campesino (MAC)–. Este se comenzó a conformar en 1962; desde su perspectiva “resultaba necesario rebasar el marco de las manifestaciones, de las declaraciones, de los enunciados teóricos referentes a la revolución”: había llegado la hora de “quitar la máscara democrática al gobierno” y concientizar a la población –mediante la acción directa y concreta– “de que sin revolución no habría cambio”. Al respecto, véase Fernández Huidobro (1986).
  4. El término hace alusión al dirigente colorado dos veces presidente del país (1903-1907 y 1911-1915), José Pablo Torcuato Batlle y Ordóñez. El primer batllismo se caracterizó por la dinamización de la economía urbana industrial y el crecimiento de las empresas públicas. A partir de dicho intervencionismo estatal se fomentó ampliar las bases del creciente peso social y político de los sectores populares y medios urbanos, ampliación coronada con una nueva legislación laboral y social que incluyó la prohibición del trabajo infantil y las jornadas laborales de ocho horas. Sin querer quitarle trascendencia a dichas medidas, es importante mencionar la “otra cara del batllismo”: los salarios de la mayor parte de los trabajadores no alcanzaban a satisfacer sus necesidades básicas, y el pretendido pacto social se borraba de un plumazo cada vez que los perjudicados salían a expresar su disconformidad. Además, el batllismo supo levantar un muro de subjetividades que aislaba a las luchas obreras más radicales (Zabalza, 2016: 34). Por neobatllismo se conoce a la etapa posterior a la crisis de 1930, que impulsó una industria por sustitución de importaciones hasta mediados de la década de 1950. Se basó en un auge agroexportador beneficiado del contexto mundial de posguerra, una ampliación del empleo público y una burguesía urbana que se complementaba con el consumo de la clase media. Al respecto, véase Nahum (2001).
  5. Cabe mencionar a los blancos Luis Alberto de Herrera (1873-1959) y Daniel Fernández Crespo (1901-1964), y al colorado Luis Batlle Berres (1897-1964).
  6. Por solo citar un ejemplo de las fragmentaciones en el interior de los partidos (lemas), para las elecciones de 1954 se presentaron, solo en el departamento de Montevideo, nueve listas coloradas agrupadas bajo cuatro sublemas y diecinueve nacionalistas en tres. Al respecto, véase Real de Azúa (1988).
  7. Martínez Trueba ganó en 1950 con el 19,5% de los votos; Luis Batlle Berre, en 1954 con el 28,9%; la fórmula Martín Etchegoyen-Benito Nardone, en 1958 con el 24%, y la Unión Blanco Democrática (UBD), en 1962 con el 27%. Al respecto, véase Cores (1999).
  8. Recurso constitucional de suspensión de garantías individuales establecido en el artículo 168, inciso 17, el cual sostiene: “Tomar medidas prontas de seguridad en los casos graves e imprevistos de ataque exterior o conmoción interior. […] En cuanto a las personas, las medidas prontas de seguridad solo autorizan a arrestarlas o trasladarlas de un punto a otro del territorio, siempre que no optasen por salir de él. […] El arresto no podrá efectuarse en locales destinados a la reclusión de delincuentes”. Al respecto, véase Iglesias (2013).
  9. En septiembre, bajo dicho contexto de demandas laborales, fue asesinada una obrera de la fábrica metalúrgica Ferrosmalt, María del Carmen Díaz. Para ampliar sobre dicha temática, véase Ferreira y Sosa (2016).
  10. Aquel año los obreros del frigorífico Anglo recorrieron a pie los 310 kilómetros que los separaban de la capital de la República; esta innovadora estrategia se repetiría en los sucesivos años. En 1961, durante el retorno de la caravana a Fray Bentos, fruto de un accidente automovilístico, perdió la vida el obrero Justo Páez.
  11. Como saldo de aquellas jornadas de protesta en el Cerro, murieron dos trabajadores: Cesar Muñoz a manos de rompehuelgas y policías y Rubén Paleo tras una extensa huelga de hambre.
  12. Dicha estrategia de “visibilización” también fue llevada a cabo por los trabajadores arroceros del Sindicato Único de Arroceros (SUDA) en 1957.
  13. La conformación de sindicatos y el desarrollo de “nuevas estrategias de protesta” en el ámbito rural se encuentran fuertemente vinculados a las reestructuraciones internas que transitaron tanto el Partido Socialista de Uruguay (PSU) como el Partido Comunista de Uruguay (PCU) entre mediados de la década de 1950 y principios de los sesenta. Al respecto, véase González Sierra (1994); puntualmente sobre la experiencia en Paysandú, ver Sendic (1958).
  14. Aprobada en octubre, estableció la autonomía universitaria, la libertad de cátedra, un cogobierno integrado por los tres claustros (docentes, egresados y estudiantes) y la gratuidad de la enseñanza, entre otros aspectos.
  15. Dependiente de la Facultad de Derecho, contaba con asistencia gratuita al público en general.
  16. Allí, los estudiantes de arquitectura efectuaron un censo de vivienda y población, mientras que los de medicina, una encuesta sanitaria. Posteriormente, se creó un Centro de Barrio con servicio médico preventivo, apoyo escolar y consultorio jurídico. Al respecto, véase Oddone y Oddone (2010).
  17. Entrevista del autor (2015).
  18. El concepto “herrerismo” proviene de la facción blanca dirigida por Luis Alberto de Herrera; por otra parte, la palabra “ruralista” hace alusión a la Liga Federal de Acción Ruralista.
  19. Al respecto, véase Real de Azúa (1988: 149-150).
  20. En cuanto a dicho acercamiento, la historiadora Magdalena Broquetas afirmó: “Por motivos más circunstanciales en el caso de los herreristas y coincidencias ideológicas por el lado de los ruralistas, el nuevo gobierno estrechó vínculos con su homólogo estadounidense en materia de planes de desarrollo y seguridad nacional […]. Durante el período comprendido entre 1959 y 1962 la Embajada norteamericana en Montevideo promovió programas como el de Líderes Extranjeros […], también apoyó el desarrollo de espacios sindicales alternativos que se sumarán a la Confederación Sindical del Uruguay (CSU), creada en 1951 y asociada a la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT), de tendencia pro estadounidense” (2015: 63-64).
  21. Sobre su alcance, Jaime Yaffé señaló: “Si bien Uruguay era miembro fundador del FMI, hasta entonces nunca había contraído un acuerdo de préstamo no se había comprometido a seguir lineamientos impulsados por el organismo internacional […]. Este primer acuerdo estableció no solo compromisos en materia de liberalización y apertura comercial […], sino también en cuanto a la adopción de una política monetaria orientada a estabilización de los precios mediante la contención de la demanda interna” (2016: 171).
  22. A partir de este acuerdo, en 1963 el ministro del Interior Felipe Gil solicitó asistencia a la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) para establecer un Programa de Seguridad Pública (PSP), el cual se concretó al año siguiente, tuvo una duración de diez años y consistió en “preparar fuerzas locales en condiciones de llevar a cabo operaciones de contrainsurgencia. Armadas y equipadas por Estados Unidos, dirigidas por oficiales entrenados por Estados Unidos y asesoradas por expertos norteamericanos” (Aldrighi, 2007: 382).
  23. En alusión a dicha práctica, José Luis Baumgartner sostuvo: “El responsable de las operaciones encubiertas de la CIA en los medios de comunicación y estudiantiles era el representante de empresas norteamericanas Brooks Read. Atendía a los agentes uruguayos que se ocupaban de las operaciones de propaganda. Uno de ellos colocaba artículos políticos falsos elaborados por la estación […], donde previo pago, aparecían como editoriales no firmados (2011: 120-121).
  24. A modo de ejemplo, en alusión a la primera marcha de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA) a Montevideo, en 1962, el matutino colorado señaló que los cañeros no eran uruguayos/as sino personas de países limítrofes (Argentina y Brasil) llegadas a la capital del país rentadas o engañadas por “agitadores foráneos” y por el “socio comunismo”, “serviles de la horripilante tiranía que ordena desde Moscú”. El Día (6/6/1962). En Merenson (2010: 126).
  25. Autodefinido como grupo democrático, nacional e intelectual, laico y apolítico, entre cuyos cometidos fundamentales figuraba el perfeccionamiento de la democracia representativa frente a la “amenaza proveniente de Moscú”. Al respecto, véase la campaña de afiliación publicada en el periódico El Bien Público (1960: 4).
  26. En 1960, con respecto a las manifestaciones del período en contra de las políticas liberales del gobierno blanco, un artículo de dicho movimiento planteó: “En realidad lo que ocurre es que el ‘buró’ político del comunismo criollo, sirviendo los planes de sojuzgamiento mundial de los rusos, coordina, maneja y dirige todas estas manifestaciones que, en general, desembocan en la paralización del trabajo, atentando contra la economía familiar de los propios obreros y, sin duda, contra la economía nacional misma”. La Mañana (13/9/1960). En Broquetas (2012: 20).
  27. Con la excepción del último caso, todas las investigaciones policiales sobre lo ocurrido naufragaron rápidamente sin arrojar culpables ni condenas; en alusión a aquel proceder, el por entonces miembro del PCU Niko Schvarz, desde las páginas de Estudios (1962: 8-9), denunció la vinculación entre “grupos nazis como el MEDL” y la embajada norteamericana.
  28. Al respecto, el por entonces dirigente José Enrique Díaz señaló: “Los llamados grupos de autodefensa no existieron como organización estable, regulada y real ni dentro ni fuera del PS. Lo que tuvimos fueron compañeros seleccionados eventualmente para proteger, en actos y manifestaciones, a unas pocas personalidades del PS (Cardoso, Trías y pocos más). Alguna vez se llamó a un pequeño grupo para intentar defender algún local amenazado, como la Casa del Pueblo y algún otro”. Entrevista del autor (2020).
  29. Ambos autores se basan en el testimonio de Carlos Roberto Riverós para sostener que dicho grupo estuvo dirigido por Manuel Toledo, maestro y miembro del Partido Socialista en Treinta y Tres. Cabe señalar que al repreguntarle al respecto este señaló: “Lo de Toledo es más una suposición que una certeza. Había otros compañeros también” (2021). Por otra parte, al consultar sobre la supuesta participación de Juan Manuel Toledo Amorín (2020) –hijo de Manuel– y de José Díaz (2020), ambos lo negaron. Sobre la trayectoria política de Manuel Toledo, véase Toledo Amorín (2020).
  30. En alusión a las particularidades de dichos grupos, Manera Lluveras afirmó: “Había posiciones dispares en la dirección del partido, algunas eran favorables a nosotros, otras totalmente contrarias, y coexistimos, vamos a decir, durante algunos años con la doble militancia. […]La disciplina del partido era muy laxa, muy elástica, y nos dejaba hacer, nos permitía hacer otras cosas también, trabajos clandestinos”. Entrevista realizada por Rolando Sasso (2008). Disponible en Documentación y Archivo de la Lucha Armada “David Cámpora” (DALA DC) del Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos (CEIU), perteneciente a la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE) de la UdelaR.
  31. El diputado socialista Germán D` Elía fue el encargado de presentarlo en la Cámara, pero no se logró el quorum para sesionar. Este incluía el establecimiento de jornadas laborales de ocho horas, el pago de horas extras y la radicación de la familia en el establecimiento con el trabajador, entre otros aspectos.
  32. La UP obtuvo el 2,3% en la contienda electoral, a partir de lo cual ostentó dos bancas parlamentarias (una por Canelones y otra por Montevideo), pero tras un fuerte debate interno ambas fueran usufructuadas por el sector de Erro, que rompió con los acuerdos contraídos y provocó el alejamiento del PSU.
  33. Sobre el papel de la FAU en el Coordinador, véase Mechoso (2002: 251-256).
  34. Al respecto, el dirigente anarquista Juan Carlos Mechoso señaló: “En ese momento hubo una movilización importante, bombas a varias firmas norteamericanas; la Mc Cormack fue una acción realizada por la militancia de la FAU, además de algunas vidrieras y bombas molotov en otras empresas”. Entrevista del autor (2020).
  35. Como material suplementario se recomienda reflexionar sobre la perspectiva de Fidel Castro durante la I Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) –disponible en María Gutiérrez (1967: 22-23)– y los puntos que se debatieron en la extensa reunión que tuvo lugar en la primavera montevideana de 1964, entre Debray y varios integrantes del futuro MLN-T, disponible en Fernández Huidobro (1987: 69-70).
  36. Solo en el transcurso de ese año se intentó expropiar la sucursal del barrio Buceo del Banco de Cobranzas (junio), un depósito de la empresa Sudamex (junio) y la sucursal Brazo Oriental del Banco de Cobranzas (octubre).
  37. Al respecto, Mauricio Rosencof sostuvo: “Claro, para nosotros era muy importante saber que, llegado el caso, contar con un apoyo de mayor magnitud de parte de organizaciones revolucionarias de otros países […]. Pero no se puede construir una organización, ir a Cuba, tocar timbre, decir que se acaba de crear una organización revolucionaria, que se necesitan veinte mil dólares y esperar que los cubanos contesten […]. Hubo casos así. Nosotros no lo hicimos. Las armas y el dinero estaban acá. Hicimos muchas operaciones, desarmamos milicos, asaltamos cuarteles, expropiamos a Mailhos, el casino de Punta del Este, etc.”. En Campodónico (2012: 205-206).
  38. Al respecto, véase Carta del Chato Peredo al MLN-T (1970).
  39. Entrevista realizada por Miguel Ángel Campodónico (s/f). Disponible en DALA DC.


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