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3 Aportes de Constantino el Africano al estudio de las enfermedades

Una aproximación a la etiología y curación de la melancolía

Gabriela Caram

Introducción

Entre los siglos XI y XIII se desarrolló al sur de Nápoles una escuela médica llamada la Escuela Médica Salernitana, que se dio originalmente el nombre de Collegium Hippocraticum, en la cual se formaban los alumnos para la obtención del título de médico. En él, destacó la figura del monje benedictino cartaginés Constantino el Africano, quien contribuyó en la recopilación de numerosas obras médicas y realizó la labor de traducción del árabe de varios textos médicos. Esta labor le valió el título de Magister orientis et occidentis.

La cosmovisión hipocrática había transmitido un enfoque terapéutico, basado en el poder curativo de la naturaleza (vis medicatrix naturae). Según esta doctrina, el cuerpo contiene de forma natural en sí mismo el poder de sanarse y cuidarse. Este núcleo teórico se transmitió a la posterioridad, llegando hasta la escuela salernitana y a las Universidades Italianas del Bajo Medioevo. A partir de Constantino el Africano -quien generó un verdadero retorno a la tradición médica de la Antigua Grecia- la escuela de Salerno cobró importancia. Sus traducciones de Hipócrates y Galeno fueron las primeras en dar una visión en su conjunto de la medicina griega en Occidente.

El monje de Montecassino, procedió a elaborar una terapéutica en la que incluyó la descripción de la sintomatología, las causas y su clasificación, proponiendo los tratamientos apropiados para la curación de las dolencias. Teniendo en cuenta que consideró al hombre como un minor mundus, se ocupó del tratamiento de las virtudes corporales en su equilibrio con el alma. En esta visión integral de hombre, la búsqueda de la salud incluía una serie de conductas basadas en las sex res non naturales, con el objeto de buscar la armonía entre salud corporal y salud mental, la moderación de las pasiones, la conservación y el desarrollo adecuado de la persona.

El propósito de la presente investigación es abordar las afecciones del alma y del cuerpo en el campo específico de análisis de la melancolía, según el legado de este importante referente de la medicina medieval.

La melancolía como enfermedad en la historia: antecedentes

Realizar un desarrollo científico sobre la melancolía requiere mínimamente atender a la historia de su tratamiento. Así lo afirma Jean Starobinski en su Acta psychosomatica, cuyo trabajo se detiene en las distintas manifestaciones, estudios y tratamientos que se han realizado desde la antigüedad en torno a esta dolencia, o enfermedad del alma.[1]

Pero para poder comprender la historia de su tratamiento es necesario recorrer la historia de la enfermedad misma. De hecho, de una época a otra se han modificado las terapias de curación; y no solamente se ha cambiado su tratamiento, sino que además, no son idénticos los estados designados con el nombre de melancolía.[2]

Según el mismo autor, Starobinski, la escasa historia de la enfermedad de la melancolía hasta el siglo XIX se ha mostrado insuficiente para los médicos. Ésta parece ser la enfermedad de la civilización, “die Krankheit der Zivilisation”[3], y por ende los desarrollos han sido más vastos y con otros componentes a partir de ese siglo.

Se destaca, además, que más allá de los avances históricos, lo que debe importar ante todo es la consideración del enfermo concreto, la persona existente. Cuando el médico estudia la enfermedad humana, a menudo ésta aparece ante él como un fenómeno biológico, al cual aísla, clasifica y abstrae de las condiciones concretas, restando parte de la realidad que pertenece a su ciencia. Esto es, para que una enfermedad se manifieste, intervienen varios factores: psicológicos, biológicos, físicos, hereditarios y ambientales. Se trata de un fenómeno complejo al que hay que atender en todos sus elementos constituyentes.

Bajo la denominación de melancolía -como se ha dicho más arriba- pueden designarse manifestaciones muy diversas, teniendo en cuenta la identidad e historia personal única del paciente. En efecto, los medicamentos propuestos para la cura de la melancolía en el curso de los siglos no tuvieron que ver con la misma enfermedad (pues se percibían distintas entidades clínicas con el mismo nombre) ni con las mismas causas. Se ha producido una amplia diversidad etiológica, así como diferencias en su expresión, y por lo tanto los tratamientos han intentado corregir discrasias humorales, modificar un particular estado de tensión o de debilitación nerviosa, o atacar diferentes cuadros clínicos con síntomas muy disímiles.

El término melancolía data del siglo V a.C., aunque su significado ha aludido a realidades desiguales. Hasta el 700, se consideraba que la diagnosis de este mal implicaba una absoluta certeza de su origen, a saber, un humor presente por demás en el cuerpo: la bilis negra.[4] Esto es, si su manifestación era múltiple, sin embargo, la causa parecía ser bastante simple y comprensible.

Refiere Rafael Núñez Florencio[5] que la melancolía se relaciona con Saturno (el Cronos griego, deidad de la ciencia y de la contemplación filosófica), el dios que devora a sus hijos: los melancólicos no parecen necesitar enemigos externos, ya que se bastan a sí mismos para imponerse altas exigencias, lo que conduce el mencionado mal del alma. Se trata de una imperiosa conciencia moral que comprende las características de un demonio interior, fuente de una ansiedad cuasi crónica, un perpetuo sinsabor. La constatación de los límites de la propia condición humana ahonda este estado interior, cuyo último refugio es el ensimismamiento y el silencio. Taciturnitas es el término latino que designa el silencio, con un matiz de tristeza y de desconsuelo, a un paso de convertirse en un insondable tedium vitae, y que designa de algún modo la melancolía.

De Hipócrates a Constantino el Africano

La visión griega de la melancolía no es precisamente apreciable de un modo sencillo, al decir de Hubertus Tellenbach en su libro Melancolía.[6] Los griegos dieron el nombre a esta enfermedad a raíz de la observación de estados humanos condensados en figuras esenciales, en este caso, el estado melancólico, marcado por los estados de la bilis, y expresado a través de lo fisionómico-somático. El melancólico es designado como “de bilis negra” (μέλας: negro), como consecuencia de una sinopsis fisionómica del oscurecimiento de su ser, considerado en un contexto de pensamiento helénico según el cual todo lo espiritual se manifiesta en el cuerpo y todo lo corporal se resuelve en lo espiritual. Se revela, de este modo, una visión de totalidad que aparece ya desde las epopeyas homéricas. La sinopsis se expresa en la partícula χόλος, que significa “bilis”, y también “ira” o “amargura”.

De los resultados de la contemplación griega de esta afección, surgió la afirmación de que existe un tipo según el cual se da una cierta disposición a “ponerse fuera de sí”. Este acción, en cuanto se trata de una exageración hacia los extremos, podría ser un antecedente precursor de la antinomia circular de Kraepelin según Tellenbach[7], quien se expresa en los siguientes términos::

Tanto en Platón como en Aristóteles la pérdida de la mesura, la ametría, es siempre expresión de enfermedad. En este sentido existe entre los griegos una enfermedad llamada ‘melancolía’ o bien ‘manía’. Mas la presencia de ametría no se decide jamás descriptivamente, sino de modo exclusivo en vista a la correspondiente idiosincrasia de un ser humano y en vista de su historia, de su curso existencial.[8]

Ya desde la antigüedad helénica se habían desarrollado ideas acerca de un tipo melancólico. El modo de conocimiento de Hipócrates cumplió en su totalidad las exigencias de un conocimiento científico: en el siglo V describió por vez primera en sus Aforismos la sintomatología patológica presente por el exceso de un humor en el cuerpo humano.[9] Comenta J. Horacio de Freitas, valorando en este sentido la herencia hipocrática:

[…] se ha dado en el imaginario de Occidente una serie de tipologías temperamentales que encuentran sus raíces en las entrañas y sus respectivos flujos. El así llamado humoralismo hipocrático se convirtió de inmediato, y a lo largo de veintitrés siglos, en un territorio inconmensurablemente fértil al que cuantiosísimos artistas y filósofos, desde Aristóteles a Burton, de Galeno a Ben Johnson, de Rabelais a Kant, acudían para cultivar sus frutos.[10]

A continuación realizaremos una breve consideración acerca de los antecedentes que tuvieron influjo en la teoría y la práctica de la medicina medieval del autor que estudiamos.

La interpretación aristotélica

Los fundamentos más desarrollados se destacaron, sobre todo, en el tratado aristotélico sobre la melancolía y los melancólicos. Aquí se originó una concepción que se extendió a lo largo de los siglos. En el libro XXX de Problemata de Aristóteles, se trata acerca de un tipo melancólico que apareció bajo una nueva luz, inspirando hasta a Durero, en su trabajo Melencolia I.[11] νόσημά μελαγχολικόν (954 a) en Aristóteles se refiere a una unidad patológica que define un estado de la bilis que excede en el cuerpo la justa medida, y por lo tanto provoca manifestaciones psíquicas anormales. La anormalidad designa una profusión de bilis negra que, por una cuestión constitutiva del sujeto, hace de éste alguien permanentemente diferente del hombre ordinario o normal, y afectado por las constantes modificaciones térmicas de ese fluido preponderante.[12] Con relación las cualidades específicas de la bilis negra, R. Peretó Rivas expone en su artículo “Aristóteles y la melancolía. En torno a Problemata XXX, 1”:

Ocurre algo análogo a lo que sucede cuando se bebe vino, el que, según la temperatura y la cantidad que se beba, provocará que la persona se convierta en audaz, pendenciera, violenta, demente o amable. La bilis negra también engendra temperamentos naturales y durables correspondientes a las disposiciones transitorias que provoca el vino.

Por otro lado, la bilis negra puede ser afectada por el frío o el calor, del mismo modo que ocurre con el hierro. Siendo naturalmente fría, puede enfriarse de un modo inmoderado e, igualmente, puede calentarse de la misma manera. Y como el carácter de la persona es determinado primariamente por el calor o el frío, resulta claro que en aquellos hombres en los que la bilis negra juega un rol preponderante deberán ser, de alguna manera, caracterológicamente anormales.[13]

En particular, Aristóteles supo vincular entre sí los elementos de lo melancólico con lo genial, aunque fue en verdad Teofrasto quien halló en el μελαγχολικός el sello de la genialidad en un escrito que se sabe que él escribió, pero que se ha perdido.[14] Es posible que Teofrasto intentara dilucidar esta cuestión inducido por Aristóteles; sin embargo existe la hipótesis de que la μανία divinamente provocada de Platón sirvió efectivamente de inspiración para los Problemata del Estagirita.

Anteriormente a Aristóteles, Platón también había acogido la doctrina hipocrática humoral.[15] Con esta base, pudo afirmar la existencia de enfermedades de la psique que surgen en gran medida debido al estado del cuerpo,[16] dentro del cual: “si las flemas ácidas y saladas de éste o sus humores amargos y biliosos vagan por el cuerpo […] ruedan de un lado a otro dentro y mezclan el vapor que expiden con la revolución del alma, de modo que dan lugar a múltiples enfermedades».[17] Estas enfermedades son propias de la psique, por eso las denomina νοσήματα ψυχῆς. Aquí la idea de la discrasia del Corpus Hippocraticum permanece incluida en la visión del Timeo del hombre y el mundo: la acrasia se presenta como ametría, esto es, como una alteración del orden de la constitución humana, que en Platón se contempla como entusiasmo o manía.

Para el Filósofo, melancolía es una condición física marcada por un exceso, que puede evocar la figura del genio, y también señala una característica tristeza permanente que modifica la conducta, y que también puede potenciar la capacidad creativa, de manera que guarda alguna relación con los aportes de su maestro en torno a la manía.[18] Así, la melancolía no es necesariamente perjudicial para el organismo y funcionamiento del ser humano, sino que comporta, de acuerdo con Problemata XXX, un estado de lucidez, excepcionalidad y sensibilidad, que denotan un contenido nuevo y apreciable. Por este motivo, consideraba que los hombres eminentemente dotados serían melancólicos.[19]

Aun así, el Estagirita detalla los tipos melancólicos, como expone con precisión Hubertus Tellenbach,[20] siguiendo un esquema general que presenta a esta afección como tipos con mezclas óptimas de bilis fría y cálida, de acuerdo con los cuales se tratará entonces de dos posibilidades en general, con sus correspondientes detalles: la melancolía como atimia [21] (que por enfriamiento de la bilis produce el moroi) y en cuanto extasis (que da por resultado al manikoi a causa del recalentamiento biliar).

En relación con el legado aristotélico, Pedro Albano, muerto alrededor del año 1315, redactó un comentario sobre Problemata XXX, 1 (Expositio problematum Aristotelis) en el cual distinguió a su vez dos formas de melancolía, que coligió a partir de los estudios del Estagirita: el temperamento, que asoció a los hombres excepcionales, y otra que se atribuyó a la forma patológica.[22]

Rufo de Éfeso (I d.C)

Rufo fue contemporáneo de Sorano de Éfeso,[23] quien había mostrado un gran desprecio por la interpretación humoral de la melancolía. Sorano encontraba en esta doctrina un mero juego de palabras, cuya causa real, según este médico, era un estado de extraordinaria contracción de las fibras internas.[24] Para contrarrestar la melancolía, Sorano se opone a los métodos de tipo hipocrático, y propone una terapia basada en un adiestramiento de índole racional, ocupando una farmacopea muy acotada y actividades que pudieran aportar elementos positivos para el pensamiento y la afectividad.

Galeno fue quien reconoció a Rufo de Éfeso, entre los médicos recientes de su tiempo, como aquel que compuso el mejor trabajo sobre la melancolía.[25] Su escrito fue un singular modelo para los antiguos, los medievales y para el Renacimiento. Sin embargo, aunque adquirió popularidad dentro del mundo latino, en el griego, y también en el árabe, esta obra se perdió; a nosotros no ha llegado el original griego ni su traducción árabe. Afortunadamente, el trabajo fue recuperado a partir de la recopilación de fragmentos en los tres diferentes idiomas, que finalmente fueron compendiados. Formuló que la melancolía podía ser congénita, y combinó la tradición hipocrática con la aristotélica. Su pensamiento gravitó en la formación de dos grandes médicos: Galeno de Pérgamo y el árabe Isḥāq Ibn ‘Imrām, cuya obra está estrechamente ligada a la de Constantino el Africano, de la escuela de Salerno.

La teoría humoral que se encuentra en la base de esta tradición realiza una distinción entre los cuatro humores corporales. De los escritos hipocráticos se desprende la distinción de ellos, la cual se extiende posteriormente a Rufo de Éfeso, a Galeno y continúa hasta Constantino.[26] Los estudiosos generalmente no han tenido dificultad en diferenciar los primeros tres humores: la sangre es lo que conocemos como tal, la flema es la pituita o mucosidad que secretan algunas partes del cuerpo y la bilis amarilla sería aquel fluido producido por la vesícula biliar, que a veces se expulsa a través del vómito. En cuanto a qué sea la bilis negra, la μέλαινα χολή, no hay demasiadas especificaciones. Rufo tampoco provee una clara definición, pero distingue entre dos tipos de bilis negra. Por un lado, existe una bilis negra natural que puede ser inofensiva incluso en grandes cantidades, siempre que se haya establecido al modo de un sedimento en un vaso de agua. Sin embargo, cuando se agita, como ocurre durante la primavera, puede ser perjudicial. El segundo tipo de bilis negra es el resultado del calentamiento y el enfriamiento de la bilis. Por ejemplo, la bilis amarilla, cuando se calienta y quema, se convierte en bilis negra y causa el comportamiento violento o la locura delirante; luego de calentarse, cuando se enfría, conduce a la depresión y a una sensación de abatimiento.[27]

Rufo también expone la existencia de tres tipos melancólicos, división que será retomada por Galeno, aunque el de Éfeso focaliza su atención en la versión “hipocondríaca” de la melancolía. Este término alude a la región por debajo de (hypo) de la costilla-cartílago (chondria), por lo cual la afección melancólica tendría su lugar de origen en la región epigástrica. Este concepto también pasa claramente a Isḥāq ibn ‘Imrān, aunque acerca de los escritos de este árabe Claudio Galeno no tuvo conocimiento.

Galeno de Pérgamo (121 d. C – 201/216 d. C)

Galeno de Pérgamo fue el autor de un legado médico importantísimo. Aunque en relación con sus prescripciones terapéuticas para el tratamiento de la melancolía no expuso propuestas significativamente innovadoras, sin embargo, su contribución fundamental fue fijar una clara descripción y definición, la cual permaneció hasta el siglo XVIII o más, inclusive. Los escritos posteriores del Medioevo, del Renacimiento y del Barroco constituirán una paráfrasis de la obra de Galeno, enriquecida con nuevos detalles y estudios. Según las investigaciones de Galeno, la melancolía también surge a partir de un exceso de bilis negra. Pero esta desproporción puede desarrollarse en diversas regiones del organismo, provocando, por este motivo, diferentes síntomas.[28] En sus teorizaciones describe tres variedades de manifestación de la melancolía:

  • Una afección melancólica localizada específicamente en el cerebro.
  • una afección generalizada, en que la bilis negra pasa a la sangre por todo el cuerpo hasta llegar al cerebro.
  • y una afección melancólica que se encuentra originariamente en el estómago y los órganos digestivos, que llega al cerebro a causa de las emanaciones y vapores producidos en el cuerpo.

Lo cierto es que la bilis negra patológica es aquella que se desarrolla como un residuo de la combustión, una suerte de alquitrán espeso que se puede inflamar: una materia pesada que oscurece el cuerpo, y por lo tanto, también el alma. Es necesario advertir que la profusión de aportes realizada por este médico requiere sin duda un estudio más amplio, que no es el propósito central de este trabajo. Por esta razón nos hemos limitado a mostrar en una breve síntesis lo referente a sus consideraciones sobre la melancolía, que repercutirá, junto con los mencionados antecedentes, en los trabajos del Africano.

Contribuciones de Constantino el Africano al estudio de la melancolía

El primer y más importante traductor de los textos árabes al latín fue este monje originario del norte de África. Tradujo la obra de Isḥāq Ibn ‘Imrām De melancholia (en latín, que se titula en árabe: Fī l-Malinḫūliyā). Pero, como advierte Garbers,[29] Constantino realizó una traducción bastante fiel a la letra de Isḥāq Ibn ‘Imrām hasta un determinado punto del segundo libro. A partir de aquí ambos textos, el árabe y el latino, toman caminos separados. Allí el Africano proporciona recomendaciones terapéuticas que parecen proceder originalmente de la versión arábiga de Rufo de Éfeso.

Fundador de la escuela de medicina de Salerno, dedicó a la melancolía un tratado que influenció notablemente el pensamiento del Medioevo. Nacido alrededor del 1015, vivió por casi 30 años en el mundo árabe antes de convertirse al cristianismo. Hacia el 1050 ingresó a Monte Cassino, donde falleció en 1086. Constantino consideró la melancolía a imagen de los antiguos, como una enfermedad del espíritu por causas psicológicas y algunas causales de constitución física.

Constantino había leído la obra de Avicena, el Canon, que había atribuido la melancolía a causas puramente fisiológicas. También fue influenciado por Rufo de Éfeso, que asimilaba el humor melancólico a la sangre espesa y fría. Fuertemente impresionado por el clima del monasterio, afirmó en su tratado que este mal aparece particularmente difundido en la Italia cristiana. De hecho, uno de sus compañeros, el monje Guaferio de Monte Cassino cuenta la tragedia de un peregrino que se da muerte a causa de la tentación diabólica, relacionada con este mal.[30]

El texto De Melancholia representa una síntesis clara, un valioso anhelo de conjunción entre la ciencia de la antigüedad tardía y las aportaciones del Medioevo cristiano. Esta obra en particular presenta una primera parte destinada a la exposición y descripción de los síntomas, de las causas y una clasificación de los diversos tipos de afección melancólica. Para Constantino, los melancólicos pueden presentar síntomas contrarios, ya que cualquier comportamiento extremo puede traducirla: algunos aman la soledad, la oscuridad, la vida alejada del resto del mundo; otros buscan los lugares espaciosos, la luz, los prados, los jardines con frutos abundantes y numerosos arroyos. Algunas personas prefieren montar a caballo, escuchar diversas músicas o conversar con personas sabias o agradables. Algunos duermen mucho, otros lloran, y otros incluso ríen abundantemente. El melancólico está siempre sujeto a miedos injustificados porque su imaginación y su pensamiento no se encuentran en equilibrio.[31]

Causas de la melancolía

Las causas pueden ser distintas: “Causa huius morbi et principium originis suae est multiformis”,[32] y por lo tanto los síntomas también, de modo que a las causas y manifestaciones físicas se les añade lo perteneciente al ámbito intelectual:

Oportet ergo ut dicamus speciales melancholiae diversitates, de qua materia nascuntur. Melancholica igitur passio triplex est: Alia enim est in ore stomachi. Alia in hypochondria. Alia in cerebro. In quo duae sunt considerandae: Aut enim in essentia cerebri, aut in toto corpore, quae a pedibus ad cerebrum solet ascendere. In essentia cerebri, vel cum acuta febre, quod plurimum sit in phrenesi, et ex cholera rubea contingit, cum ad incensionem devenit, et non nigrescit, nec melacholicae attinet passioni.[33]

Como se puede constatar, nuestro autor apunta tres modos del surgimiento de la melancolía en cuanto passio: una que se produce en la boca del estómago, otra que nace en el hipocondrio, región cercana superior al estómago. La especie hipocondríaca es la que contiene una negra y espesa materia biliosa que luego desciende al estómago.[34] Otro tipo es la bilis rubia (rubea) del mismo tipo que se encuentra en todo el cuerpo y que suele ascender desde los pies hasta la cabeza –al cerebro, específicamente-, provocando fiebre aguda en el afectado. Esto es, el fluido bilioso deviene ardiente (cum ad incensionem devenit) y se troca en fluido negro (cholera nigra est putrefacta). Éste termina dominando la complexión natural, se ramifica por todo el cuerpo y, con ello, entra en la constitución del cerebro. De allí suele aparecer el pensamiento oscuro, alejado de la realidad.[35] En el alma y el corazón adviene la tristeza, el miedo y a veces también la sospecha de la muerte. Como mostraba Rufo con anterioridad, los pensamientos y cambios del melancólico son incomprensibles, a causa de la invención infructuosa de las dificultades.[36]

Devienen melancólicos aquellos que tienden a profundizar demasiado en las cosas, y se afanan en encontrar las razones de todo,[37] así como procuran estudiar a fondo cuestiones sobre ciencia y filosofía. Es decir, existe una clara asociación entre este mal y las preocupaciones intelectuales. El ejercicio de pensamiento intenso, el rememorar, el estudio, el examen profundo, la imaginación, la investigación acerca del significado de las cosas conducen en poco tiempo al alma hacia la melancolía.[38]

El autor africano afirma al comienzo de su tratado que la melancolía perturba el espíritu más que otras enfermedades del cuerpo.[39] Los accidentes (accidentia) que ocurren a partir de ella en el alma fundamentalmente parecen ser el temor y la tristeza.[40] El temor –a grandes rasgos- implica la sospecha de que algo ocasionará daño, mientras que la tristeza traduce un sentimiento de pérdida, de falta; confluye en el alma un complejo entramado de elementos que comprometen el sentido de la proyección humana, más aún, el sentido de la vida propia, promoviendo el cansancio y la confusión en el alma.

Por otra parte, una de las causas físicas posibles -menciona el autor- es la mala complexión del cuerpo, esto es, una corrupción de las virtudes naturales que puede tener lugar a partir de una corrupción espermática en la constitución inicial humana, o desde el crecimiento del feto en la matriz que no resulta suficientemente nutritiva para el nuevo ser.[41] Esta mala disposición natural hace que cuerpo y alma queden corrompidos y puede generar la melancolía en sus diversas manifestaciones.

Remedios posibles para su curación

Constantino precisa que el surgimiento y manifestación de la melancolía depende en gran medida del modo de vida que se adopta. Habiendo pasado los últimos años de su vida en el monasterio de Monte Cassino, comprendió muy bien cómo cierto esfuerzo del espíritu predispone a esta afección: avanza sobre aquellos religiosos solitarios que, como consecuencia de su trabajo mental, su fatiga intelectual y de la memoria, desarrollan esta enfermedad.

Para remediar esta situación, no basta una simple cura, sino que es necesario reorganizar el sistema de vida del paciente, a partir de la regulación de las seis cosas necesarias o sex res non naturales, que se enumeran a continuación:[42]

  • el aire
  • los alimentos y bebidas
  • las retenciones y las excreciones
  • el ejercicio y el reposo
  • el sueño y la vigilia
  • las pasiones del alma

De este modo, en el caso de una melancolía agravada y amenazante para la propia razón, la terapia propiamente dicha debe estar precedida por un período en el cual se trata de remediar lo más urgente, a saber: se debe proceder a la expulsión de la materia corrupta, purificando las partes del cuerpo más afectadas.

Conviene saber que, si la enfermedad es detectada en sus inicios, es más fácil su curación; al contrario de lo que ocurre cuando se ha dejado estar esta materia corrupta por largo tiempo en el espacio corporal. Sin embargo, toda manifestación de melancolía es de difícil curación,[43] pues es necesario modificar radicalmente el modo de vida, ya que las partes más afectadas resultan ser el cerebro y el estómago, dos sitios de confluencia de la vitalidad humana.

Por lo tanto, es necesario abordar de inmediato las dificultades que dan lugar a la melancolía y tratar de poner fin a las mismas. El primer objetivo será, entonces, alejar los falsos pensamientos y los errores de la imaginación con palabras razonables y gratificantes; por otra parte, no dar lugar a las ideas que se alojan en el espíritu del paciente, utilizando, además, una terapia basada en una música rica en variaciones (cum diversa musica) y un vino claro ligeramente perfumado (cum vino odorifero claro, et subtilissimo).[44] La consistencia del vino y su calor natural resultan vivificantes, lo cual favorece la digestión de modo que es posible procesar más rápido los alimentos.

En relación con la comida, propone cuatro virtudes que debe poseer lo que se consume, tales como: propiedades apetitivas (appetitiva), contentivas (contentiva), digestivas (digestiva) y expulsivas (expulsiva). La característica apetitiva de los alimentos es aquella que mueve al apetito y es recibida con agrado por el cuerpo. La contentiva es aquella que es capaz de retener lo que debe ser digerido. Digestiva es aquella propiedad que contempla la facilidad de poder digerir lo que entra en el proceso estomacal. Expulsiva es la virtud de los componentes de ciertos elementos naturales para poder efectuar la expulsión de las sustancias excedentes y nocivas para el paciente.[45]

Es necesario no descuidar el estado de la cabeza, ya que la enfermedad, a pesar de que tiene su sede fundamentalmente en el hipocondrio (región epigástrica), siempre vuelve a la parte superior del cuerpo a través de sus emanaciones. En su forma hipocondríaca, es menester mejorar la alimentación, favoreciendo una digestión adecuada. Como el humor melancólico es seco y frío, será necesario prescribir jugosos y calientes alimentos: pescado fresco, fruta madura, corderos, pollos, todo tipo de carnes de hembras de animales jóvenes, etc. Se debe evitar, como ya había advertido Galeno, la carne vieja y pesada, el atún y la ballena; asimismo, todas las legumbres son consideradas nocivas porque promueven la flatulencia.[46] Se recomienda reiteradamente el vino ligero, pues hace alegrar el alma con su calor acogedor.

Si es posible, la casa tendrá que estar orientada para recibir el viento proveniente del este. Los baños calientes hacen mucho bien, y es propicio realizar ejercicio físico, y sobre todo caminar al amanecer en lugares secos y aromáticos: de esta manera el cuerpo se fortalece y se logra eliminar la mayor parte de los excedentes corporales como las heces, la orina y el sudor. Si el ejercicio provoca un poco de fatiga, un baño tonificante puede contribuir a disiparla, y luego será conveniente tratar al cuerpo con bálsamos calientes y húmedos.

El problema de la retención y de la evacuación conduce al monje benedictino a estudiar todos los medios purgativos. El coito (en el que se detiene ampliamente en su tratado denominado De coitu)[47] es también una forma de evacuación recomendada por Constantino, que recoge de las prescripciones de Rufo de Éfeso. En esta dirección, puede tomarse el ejemplo de los animales más coléricos, los cuales luego del acoplamiento devienen más apacibles y permanecen más tranquilos. De modo semejante ocurre en el hombre, en cuyo caso resulta adecuado compensar esta actividad posteriormente con un sueño prolongado.[48]

En caso de insomnio se aconsejan masajes, baños de pies, y también algunos masajes en la zona de la cabeza pueden ayudar a conciliar el sueño. Es necesario ocuparse de la enfermedad desde el inicio porque la bilis negra es una sustancia muy difícil de ser expulsada cuando se ha asentado por largo tiempo. Este tipo de bilis se comporta como un depósito grueso, una materia densa y pesada, cuya permanencia crónica es inconveniente. Es importante utilizar una terapia que implique una correcta alimentación y tratamientos purgativos. El Africano se detiene en la recomendación de jarabes e infusiones curativas, las cuales deben su acción sobre todo a la presencia del eléboro[49] la escamonia, [50] casia,[51] el colocíntida,[52] ruibarbo,[53] hierbas aromáticas, myrobalanus citrina (fruto de la terminalia citrina),[54] almendras y/o pistachos. Además de estos remedios naturales, Constantino prescribe un procedimiento destinado a la curación de una amplia variedad de enfermedades, en las que la bilis negra manifiesta también su poder corrosivo. Sugiere preparar lo que se denomina “apozema”,[55] que es una infusión elaborada con una elevada cantidad de principios activos que resultan purgantes de la bilis negra. Se obtiene a partir de la cohesión de una detallada serie de ingredientes: tomillo, azafrán, eléboro negro y blanco, agua caliente, los cuales deben ser cocidos y reducidos a un tercio de su volumen. Esta mezcla debe colocarse en una olla, en la que posteriormente se agrega azúcar y vino. Luego de cocer la mezcla, se prepara la infusión. Se le puede añadir un poco de aceite de almendra, y, si el paciente presenta además constipación, adicionar escamonia, un ayudante natural para eliminar este mal.[56]

Consideraciones finales

Muchas son las denominaciones con las que se ha hecho corresponder esta enfermedad a lo largo de la historia del pensamiento medicinal; desde los tiempos de Hipócrates, el melancólico se caracterizó por el pensamiento de dolor, de preocupación, de culpa, de hipocondría y la conciencia de los límites vitales humanos. Entre los nombres que ha recibido, se habla de tristeza, temor, aflicción, abatimiento, angustia, taciturnidad, tedio, ansiedad. La melancolía perturba el espíritu; y en su desarrollo Constantino deduce dos orígenes principales: la boca del estómago y el cerebro. La primera es llamada melancolía hipocondríaca, y la segunda afinca en lo más íntimo de la zona cerebral.

Efectivamente el Africano explica que el melancólico posee afecciones físicas que producen esta constitución humoral, a saber, las secreciones –en este caso la bilis negra- que corren internamente por el cuerpo, y suben al cerebro o se “incineran”, generando esta patología, diseminándola en el organismo. Asimismo, esta complexión física es complementada por el excesivo trabajo mental, que ocasiona daños en la medida en que confunden el alma, con ideas erróneas, amplificadas desmesuradamente, o teñidas de consideraciones falsas. Debe aclararse que no existe intencionalidad en la generación de esta enfermedad, pero puede curarse a partir de la participación de la voluntad en la moderación de la misma, así como tomar en cuenta los beneficios de dominar las sex res non naturales.

Constantino ha reunido en sus escritos un compendio de los saberes acerca de esta enfermedad del alma que se manifiesta en la naturaleza humana, comprendiendo para su curación la invocación a la palabra, el aire, la comida, la bebida adecuada, y también dietas realizadas con diferentes elementos naturales utilizados por la farmacéutica medieval. En este contexto, la misión del médico es proponer el mantenimiento del cuerpo sano mediante una racional ordenación de la vida y conducir nuevamente al enfermo al estado de curación por la dietética y los remedios terapéuticos específicos.

Los aportes de Constantino se presentan valiosos para nuestra visión contemporánea de la melancolía, un mal tan común en nuestros días. Es posible hallar una fuente de comprensión de la misma en su tratado y cosmovisión, así como también elementos que pueden contribuir desde cierto punto de vista a la sanación de esta afección.


  1. Jean Starobinski, Acta psychosomatica: Geschichte der Melancholiebehandlung (Zurich: Geigy, 1990), 9.
  2. Jean Starobinski, L’inchiostro della malinconia (Torino: Piccola Biblioteca Einaudi, 2012), 5.
  3. Jean Starobinski, Acta psychosomatica, 9.
  4. Cfr. J. Starobinski, L’inchiostro…, 6.
  5. Rafael Núñez Florencio, “Sobre la bilis negra o mal de Saturno”, Ars Medica. Revista de Humanidades 2 (2008) 174-189: 181.
  6. Hubertus Tellanbach, Melancolía. Visión histórica del problema. Endogenidad. Tipología. Patogenia. Clínica (Madrid: Morata, 1976), 31.
  7. Con Kraepelin se inicia una nueva etapa en la evolución de la psiquiatría, a él se debe la clasificación y la descripción de las enfermedades mentales, que son la base de nuestra actual taxonomía. Fue uno de los máximos expositores de las primeras nosografías. Cfr. Tellenbach, Melancolía, p. 32: “Pues la concepción griega de la hipérbole, como posible (y excesiva) forma del ser humano, sienta en principio los fundamentos sobre los que se basa una nosografía empírica, teóricamente objetivante, como la de Kraepelin Es, asimismo, mucho más fundamental, ya que no limita tan sólo lo excesivo al estado de ánimo o bien a los afectos (en el sentido de nuestro concepto de las psicosis afectivas), sino que más bien tiene en cuenta al ser humano como una totalidad. Tan sólo porque el hombre, y por lo que se refiere a su posibilidad de ser, puede ser hipérbole, existe una enfermedad que se denomina ‘psicosis circular’”.
  8. H. Tellenbach, Melancolía, p. 32.
  9. Hipócrates, Tratados (Madrid: Gredos, 2015), 335-385.
  10. Juan Horacio de Freitas, “Melancolía y flema”, Tópicos. Revista de Filosofía 45 (2013): 198-199.
  11. Cfr. Durero, Melencolia I, Grabado, Bartsch 74, Paris, Bibliothéque Nationale, 1517. En esta obra se destaca un ser alado, sentado y sosteniendo con la mano izquierda su rostro marcado por un gesto de amargura y meditación, el ceño fruncido y la mirada puesta en el vacío. Se encuentra rodeado de instrumentos de geometría mientras utiliza el compás, y es acompañado por la figura de Eros (representado como un ser alado también, aunque de menor tamaño) y un perro demacrado y famélico que aparece acostado en el suelo. A lo lejos se puede ver un demonio que porta consigo la inscripción: “Melencolia I”.
  12. Cfr. Rubén Peretó Rivas, “Aristóteles y la melancolía. En torno a Problemata XXX, 1”, Contrastes 17 (2012) 213-227: 218.
  13. R. Peretó Rivas, “Aristóteles y la melancolía”, 217.
  14. Cfr. W. Müri, “Melancholie und schwarze Galle”, Museum Helveticum 10 (1953): 21 ss.
  15. Cfr. Tellenbach, Melancolía, 22.
  16. Cfr. Platón, Diálogos VI. Timeo (Madrid: Gredos, 1992), 246, 86 b.
  17. Platón, Timeo, 247, 87 e.
  18. Cfr. R. Peretó Rivas, “Aristóteles y la melancolía”, 220.
  19. Cfr. Guillaume d’Auvergne, De universo (Nuremberg: Stuchs, 1497), II, 3, 20.
  20. Cfr. Tellenbach, Melancolía, p. 27.
  21. El término athimia coincide en sus posibles acepciones con desaliento, desánimo, aflicción, o con la llamada depresión. Cfr. Tellenbach, Melancolía, p. 228.
  22. Cfr. G. Minois, Storia del mal di vivere (Barcelona: Dédalo, 2005), 50.
  23. Sorano de Éfeso (98-138 d. C.), considerado el padre de la ginecología y obstetricia, escribió su obra maestra Sobre las enfermedades de las mujeres, en la que incluyó un tratado sobre el parto, que fue usada como guía por más de quince siglos.
  24. Cfr. Starobinski, L’inchiostro…, p. 22. El texto expresa, además: “I sintomi pincipali sono l’ansia e l’abbatimento, la mestizia silenziosa, l’animosità verso le persone vicine. Ora i malinconici si augurano di vivere, ora di morire; credono che si tendano loro delle trappole; piangono senza ragione, borbottano propositi assurdi, poi si mettono a ridere bruscamente; la regione epigastrica è gonfia, sopprattutto dopo i pasti”.
  25. Cfr. Rufus of Ephesus, On melancholy, ed. Peter Pormann, Scripta Antiquitatis Posterioris ad Ethicam Religionemque pertinentia XII (Tübingen: Mohr Siebeck, 2008) Prefacio (ix).
  26. El conjunto de escritos médicos griegos que ha llegado hasta nosotros con la denominación general de Corpus Hippocraticum comprende algo más de medio centenar de tratados, en su mayoría de breve extensión, referidos a un amplio espectro de temas, que van desde consideraciones generales sobre la profesión y ética del médico a los estudios sobre fisiología y patología, dietética y ginecología. Estos tratados constituyen la primera colección de textos científicos del mundo antiguo. El núcleo originario de la colección estuvo en la biblioteca de la venerable escuela de los Asclepíadas de la isla de Cos (Cfr. Hipócrates, Tratados hipocráticos (Madrid: Gredos, 1983), “Introducción General”).
  27. Rufus of Ephesus, On melancholy, 5.
  28. Claudio Galeno, Opera Omnia, a cura di Kühn, 20 vol. (Lipsiae: Cnobloch ,1821-33), De locis affectis III, 9.
  29. Cfr. K. Garbers, Isḥāq Ibn ‘Imrām: Maqala fi l-mālinḫūliyā, Abhandlung über die Melancholie, und Constantini Africani libri duo de melancholia (Hamburg: H. Buske, 1977).
  30. A. Murray, Suicide in the Middle Ages (Oxford: Oxford University Press, 1998), t. I, 278-285.
  31. Cfr. George Minois, Storia del mal di vivere: dalla malinconia alla depressione (Bari: Dedalo, 2005), 48.
  32. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 281.
  33. Constantino A., De Melancholia, 284.
  34. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 285.
  35. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 284-285.
  36. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 285
  37. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 283.
  38. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 284.
  39. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 280.
  40. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 297
  41. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 281.
  42. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 281: “Quae autem propter complexionem corpus, et anima patiuntur. Postquam complexio prima corrompitur, multiplex est et diversum melancholiae generatiuum, et huic morbos faciens potissimum. Primum et fortius, multitudo cibi et potus, negligentia mundificandi corpus, ordinatio sex necessariorum collecta cum aequali mensura, id est, motus, et quietis, somni, et vigilarum, inanitionis, et continentiae, cibi et potus, aeris & accidentium animae”. Cfr. También 291.
  43. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 294-295.
  44. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 290.
  45. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 286.
  46. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 292.
  47. Enrique Montero Cartelle, Constantini Liber De coitu (Estudio y ed. Crítica), (Santiago de Compostela: Publicaciones de la Universidad de Santiago, 1983).
  48. Cfr. Constantino el Africano, De Melancholia libri duo, 293.
  49. El uso del eléboro, más particularmente de su raíz, ha resultado un buen remedio para prevenir toda clase de enfermedades, tanto internas como externas. De ella se destila una especie de jarabe para purgar el humor negro, para la renovación del cuerpo y purificación de la sangre.
  50. La escamonia es una planta de raíz perenne y carnosa de la familia convolvulaceae original del Mediterráneo oriental y Oriente próximo. Es un purgante que se utiliza para curar diversas patologías, como la hidropesía (o acumulación de líquidos), las afecciones cerebrales y cardíacas, pulmonares y ginecológicas. Puede ser también un laxante estimulante.
  51. Caña fístulacasia purgante u hojasén (Cassia fistula). Es una planta nativa de Egipto, Oriente Medio y zonas cálidas de Asia. La pulpa de las vainas se usan como laxante (en infusión por vía oral), y para tratar afecciones respiratorias y urinarias (derrame biliar, hinchazón). Con las flores se prepara un jarabe para eliminar el estreñimiento. La decocción de las hojas se usa para tratar cálculos biliares, y enfermedades renales. Es un laxante y purgante suave bien aceptado por su sabor agradable.
  52. Colocíntida es una planta de las cucurbitáceas con fruta similar a la sandía, cuya pulpa es amarga y de efecto purgante.
  53. Se refiere a la planta herbácea de tallos erguidos, gruesos y ramificados, hojas anchas y grandes, dispuestas en roseta, flores pequeñas, amarillas o verdosas, agrupadas en ramilletes y fruto seco. También se refiere a la raíz de esta planta, fuerte, ramificada y casi carnosa, de color pardo por fuera y con puntos blancos en el interior, que posee propiedades purgantes y tónicas. El ruibarbo es originario de Asia central.
  54. Los mirobalanos citrinos son los frutos de las Terminalia citrina, plantas originarias de Asia que poseen propiedades purgantes y astringentes, y cuyos frutos también se denominan nueces de Bengala.
  55. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 297.
  56. Cfr. Constantino A., De Melancholia, 297.


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