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2 El sentido mínimo de sí y las psicopatologías

Ivana Anton Mlinar

Introducción: el sí mismo mínimo

Toda teoría de la conciencia que reconozca la dimensión subjetiva de nuestra vida de experiencia opera con un principio explicativo fundamental: el sí mismo [self, Selbst], aquello que da cuenta tanto de su unidad sincrónica y diacrónica como de su para-alguien, para-mí, su carácter de primera persona, una condición necesaria para la posibilidad de toda manifestación.

Se han desarrollado diversos enfoques y descripciones del sí mismo, tanto desde perspectivas filosóficas como científicas y psicológicas;[1] algunas incluso lo han negado y han sostenido su naturaleza ilusoria.[2]

Frente a esta pluralidad de rasgos, quisiera señalar lo que Gallagher[3] ha denominado the minimal self, el sí mismo mínimo, en un esfuerzo por arribar a aspectos primitivos o al núcleo esencial de este principio, especialmente en el ámbito de patologías en las que precisamente el sí mismo estaría perturbado, como en el caso de la esquizofrenia. Introduciré la distinción de Gallagher entre el sentido de propiedad [sense of ownership] y el sentido de agencia [sense of agency] como dos modalidades separables de experiencia del sentido mínimo de sí, a fin de ofrecer algunas objeciones a esta distinción tajante.

La fenomenología de estas experiencias patológicas serán la primera piedra de toque de la noción del sí mismo mínimo que deberán llevarnos al constituyente esencial de la naturaleza agencial del sí mismo, es decir, la intencionalidad, en otras palabras, un carácter relacional peculiar. Si esto tiene sentido, podría mostrarse que el sí mismo mínimo permanece incluso en perturbaciones extremas de la subjetividad. Es más, si, como sugieren algunos autores,[4] el sentido de agencia puede estar presente como una capacidad potencial, como un “yo puedo” husserliano, entonces propongo que cualquier estado de conciencia debería mantener su sentido mínimo de sí, de agencia, lo que, a su vez, aporta evidencia para dar cuenta de, entre otras cosas, la actividad subjetiva de pacientes en coma y en estado vegetativo.

Sentido de propiedad y sentido de agencia

La noción de “sí mismo mínimo de Gallagher emerge de la intuición de que existe un ‘algo’ básico, inmediato y primitivo que estamos dispuestos a llamar un sí mismo “incluso si todos los rasgos no esenciales del sí mismo son quitados”.[5] Con respecto a este sí mismo mínimo, sostiene que es posible identificar dos modalidades separables de experiencia: 1) un sentido de propiedad (SP) o sentido de que soy yo quien vive una experiencia y 2) un sentido de agencia (SA) o el sentido de que soy yo el iniciador o fuente de una acción.

En las acciones normales, voluntarias o deliberadas, el SP y el SA están íntimamente entrelazados y son frecuentemente indistinguibles. Sin embargo, Gallagher sostiene que existen una serie de situaciones en las que resulta posible distinguirlos, por ej., en los movimientos involuntarios, los pensamientos espontáneos y las experiencias esquizofrénicas tales como la inserción de pensamientos. En estos casos, de acuerdo con Gallagher, el sentido de agencia faltaría pero el sentido de propiedad se retendría de alguna manera.

Como muestran algunos autores,[6] un análisis más cercano de estas experiencias revela que la distinción entre el SP y el SA no está marcada tan claramente ni es inequívoca como propone Gallagher. Incluso aquí la agencia no está completamente ausente. Parece que el SP y el SA permanecen más bien íntimamente relacionados, y que las distorsiones del último afectan al primero también. Gallagher propone su distinción al nivel de la experiencia como una alternativa a una distinción de nivel más alto realizada por otros enfoques[7] al nivel de la atribución. Esto significa que el SP y el SA son originariamente aspectos de primer orden, fenomenológico, no conceptual de la experiencia, implícitos prerreflexivamente en la acción.[8] Las atribuciones de propiedad y de agencia de orden superior informadas conceptualmente dependen de estas experiencias de primer orden.

Aunque Gallagher formula una serie de versiones ligeramente distintas de lo que vale como un sentido de propiedad,[9] existen dos interpretaciones principales en sus escritos: una en términos de propiedad –propiamente– [mineness], y otra en términos de cinestesia o propiocepción. Esta propiedad es un rasgo experiencial del sí mismo mínimo que presuntamente permanece constante a lo largo de toda experiencia y no depende de algo aparte de la experiencia misma, ya que es la forma más primitiva de experiencia que es necesariamente consciente de sí. “El sí mismo mínimo o nuclear posee realidad experiencial, y se identifica de hecho con la aparición de primera persona del fenómeno experiencial”.[10] El SP explicado como propiocepción significa que incluye un tipo de conciencia propioceptiva: “un marco de referencia que recurre al cuerpo vivido como percipiente y actor”.[11]

Respecto del sentido de agencia, Gallagher distingue entre un SA como experiencia de primer orden ligada al movimiento corporal,[12] y un SA como experiencia de primer orden ligada al aspecto intencional de una acción, a una meta, una tarea.

Un ejemplo prototípico para distinguir el SA del SP es el caso del movimiento involuntario: si alguien me empuja desde atrás, siento que es mi cuerpo el que se mueve. Y así tengo un sentido de propiedad respecto de esa acción. Sin embargo, por no haber causado yo el movimiento, no tengo sentido de agencia. No obstante, mi reacción podría ya considerarse agencial, y me otorga un sentido de agencia. La sola influencia de una fuerza externa no es de hecho suficiente para comprometer mi sentido de agencia. Por el contrario, luchar con las fuerzas de la naturaleza (por ej., cuando navegamos, nadamos o escalamos) es fascinante precisamente porque nos sentimos más capaces y vivos cuando lo hacemos. Es precisamente en esas situaciones cuando nos experimentamos como agentes activos y tenemos un fuerte sentido de agencia.

Otro ejemplo que Gallagher presenta a favor de una distinción entre SP y SA son los pensamientos involuntarios. De igual modo que los movimientos, los pensamientos también pueden ser involuntarios: aparecen con la misma carencia de agencia. Pero ese aparecer suyo queriendo o no queriendo no limita ciertamente mi sentido de ser yo su autor. Especialmente si definimos el sentido de agencia como el sentido de ser la fuente de un movimiento, acción o pensamiento, como lo hace el mismo Gallagher;[13] entonces, resulta obvio que incluso los pensamientos involuntarios no carecen de ninguna manera de este sentido de agencia. En realidad Gallagher admite que “no sólo parecen ser parte de mi corriente de conciencia sino que, a pesar del hecho de que no los estoy queriendo, e incluso los esté quizás rechazando, continúan pareciendo generados en mi propia experiencia cognitiva”.[14]

Pero si aquellos pensamientos parecen ser generados en mi propia experiencia cognitiva, esto ya revela que el sentido de agencia está aún firme aquí. De hecho, podría pensarse que la diferencia entre pensamientos involuntarios y pensamientos insertados radica precisamente en que estos últimos sólo suceden en mi corriente de conciencia, esto es, sin ninguna experiencia de ser generados. Gallagher escribe: “en el caso de procesos cognitivos involuntarios, podría reconocer que soy yo quien piensa, pero reclamando que los pensamientos no son generados voluntariamente por mí”.[15] Esta es de hecho una noción más fuerte del SA que la descripción del SA en términos de ser la fuente de un movimiento o pensamiento.

En principio, del mismo modo que en el caso de la propiedad, propondría una lectura gradual de estas nociones diversas del SA que Gallagher utiliza de manera intercambiable –también porque deja en claro que los pensamientos involuntarios tampoco son prueba para una distinción estricta entre el SP y el SA. Sin embargo, dudo que alguna vez experimentemos un fuerte SA en términos de generación voluntaria respecto del pensar. Aplicado a los movimientos, el SA como generación voluntaria tiene un sentido más distinto. Pero cuando el SA se refiere al pensar, tal descripción no parece estar garantizada fenomenológicamente.

Como podemos ver, la mayoría de los ejemplos de la vida ordinaria no demuestran convincentemente una distinción estricta entre un SA y un SP.

Psicopatologías

Gallagher[16] sostiene que podemos entender experiencias esquizofrénicas tales como el delirio de control y la inserción de pensamientos como una pérdida del SA, mientras que el SP permanecería intacto. Los paciente esquizofrénicos pueden reportar, de hecho, experiencias tales como la pérdida del movimiento natural (el cuerpo se convierte en “máquina” que necesita ser “conducida”), su cuerpo moviéndose por su propia cuenta, o pensamientos ajenos que son insertados de una manera u otra en sus cabezas. Estas experiencias carecen claramente del SA que es tan característico como que pasa inadvertido en la vida cotidiana “normal”. Pero ellos reportan también carencia de un SP. De hecho, el distintivo tanto de los pensamientos insertados como de los delirios de control es que no se sienten como pensamientos o movimientos propios del paciente. Así, aunque quizás se sientan obligados a hacer una atribución de propiedad, esto no garantiza de ningún modo un sentido correspondiente de propiedad.

Los pacientes esquizofrénicos iniciales reportan con frecuencia que si bien ellos saben que es su cuerpo el que se está moviendo y advierten que debe ser su pensamiento –después de todo, ¡está ocurriendo en su cabeza!- la experiencia completamente perturbadora radica en que precisamente no se siente así. Esta objeción muestra que Gallagher estableció la condición de intacto del SP cambiando sutilmente el explanandum-meta (es decir, lo que debe ser explicado) de “pensamiento” a “mente”. Si, por el contrario, insistimos en mantener el mismo explanandum-meta –es decir, si permanecemos enfocados en el pensamiento insertado mismo- es fácil ver que tanto el SA como el SP están distorsionados. No son precisamente “sus pensamientos”. De hecho, lo típico en el caso de la inserción de pensamiento es que los pacientes esquizofrénicos reportan pensamientos que son ajenos, en vez de reportar que este pensar no les pertenece. Esta diferencia entre experimentar un pensamiento y pensar podría dar cuenta de los diferentes niveles en los que el SP y el SA están faltando, y en los que están aún intactos. Como el mismo Gallagher señala, uno de los desafíos para comprender la inserción de pensamiento es precisamente que no todos los pensamientos se sienten extraños. Algunos movimientos y pensamientos específicos son experimentados como ajenos, pero no todos ni siempre. De allí que la distinción relevante tiene lugar entre específicos pensamientos insertados que carecen tanto de SA como de SP y el propio pensar del esquizofrénico, en el que el SA y el SP están ambos intactos.

Los diversos casos propuestos por Gallagher como asimismo los demás fenómenos que expuse, han mostrado que la mayoría de las formas del SP vienen ya revestidas por el SA. Considero que esto invita a una lectura gradual de la distinción entre SP y SA más que a una distinción radical entre ambos.

Pero permítanme considerar lo siguiente: lo que todas mis experiencias tienen en común es la cualidad de propiedad, el ser mías. Al mismo tiempo, sin embargo, algunas de mis experiencias parecen ser “más mías” que otras, si cabe la expresión. Los procesos corporales tales como respirar o sudar, la absorción pasiva de impresiones, en otras palabras, los “meros movimientos” –ellos son innegablemente mis experiencias. Pero si comparamos aquellos con experiencias tales como nadar, pensar y leer, tendemos a decir que estos son en algún sentido “incluso más míos”. La diferencia parece radicar en el hecho de que yo los ocasioné y que estas experiencias son generadas por mí y no meramente “consumidas pasivamente”. En otras palabras, la diferencia parece radicar en la presencia o ausencia de agencia. Siguiendo esta línea de pensamiento, resulta tentador decir que, mientras yo soy el sujeto de todas mis experiencias, soy el agente sólo de aquellas experiencias que yo causé.

Esta intuición podría ser perfectamente la motivación que subyace a la distinción de Gallagher entre SP y SA: ser el sujeto de las propias experiencias (el que las experimenta o “padece”) debería identificarse con el SP, y ser el agente de las propias experiencias (el generador voluntario de la acción) con el SA. Ya que las experiencias agenciales son solo un subgrupo de todas mis experiencias, esto clarifica por qué resulta atractivo reclamar una asimetría entre el SP y el SA, en la que el SP resulta más fundamental que el SA. La distinción entre ambos parece así reflejar una distinción entre acciones inspiradas en la agencia y meros movimientos corporales. La pregunta conclusiva es si resulta necesario hacer tal distinción. Pienso que no es ni necesario ni conveniente. En los parágrafos precedentes tratamos de mostrar principalmente que el SP es un fenómeno gradual y que en todas sus formas, hasta la más débil, incluye algún elemento de agencia. Si fue correcto identificar la intencionalidad implicada incluso en experiencias muy “pasivas”, esto vuelve dudoso si existen, hablando fenomenológicamente, tales cosas como meros movimientos corporales. De hecho, una gran parte de nuestros movimientos y acciones cotidianos no son dirigidos voluntaria o deliberadamente, pero esto no debería engañarnos de tal modo que los categoricemos como “meros movimientos”. Ellos muestran, más bien, una intencionalidad incorporada en el sentido más literal.[17]

De allí que por eso concordaría con que un fuerte SP ya incluiría siempre algún elemento de agencia. Yo supondría incluso que la cantidad de agencia involucrada es uno de las componentes clave para determinar la fuerza de este sentimiento de mi propiedad [mineness], pues considero que el SA modula el SP.

Quisiera proponer un primer esbozo de una concepción interactiva de agencia más amplia –una que desdibuja la distinción entre SP y SA (y así también resiste la tentación de privilegiar el SP), y va más allá también de la distinción entre el SA como movimiento, y el SA como intención o intencional. Si bien coincido en que hay diferencias en la intensidad de la intencionalidad involucrada, desafío el supuesto de un sentido de agencia sin intencionalidad como un mero SA en cuanto movimiento. Pensaría que es precisamente la intencionalidad lo que constituye la naturaleza agencial. Si presuponemos alguna forma de intencionalidad, podemos todavía discernir gradaciones dentro del SA dependiendo de cuán deliberada es la intencionalidad. En una concepción tradicional y fuerte, la agencia alude a la iniciación de una acción previamente intendida. Si dejamos de lado la intención previa [que implica un desarrollo temporal], tenemos la definición –podríamos decir– más débil de agencia en términos de “fuente” de un movimiento o pensamiento. Quisiera ir incluso un paso más adelante y sugerir que el SA puede estar también presente en la forma de una capacidad potencial, como el “yo puedo” huesserliano.[18] Mi sentido de agencia se incrementa cuanto más actualizo estas potencialidades.

En vez de comprender la agencia entonces como una especie de imposición de mi voluntad auto-iniciada dirigida en un sentido sobre el ambiente (es decir, como el mencionado sentido de agencia en cuanto intención), propongo concebir la agencia como una capacidad relacional: que resulta de nuestra interacción con el ambiente y con otros agentes. La agencia se refiere a mi capacidad de participar en el mundo, de interactuar con él y con otros. En cuanto tal, la agencia involucra adaptación, ajuste y receptividad tanto como iniciación. La participación es una dinámica de dos direcciones: implica una modulación constante entre actuar y reaccionar y entre formar y ser formado, a tal punto que una división sencilla entre pasivo versus activo y entre interno versus externo resulta imposible.

Gallagher también corrige la noción tradicional de agencia, 1) ampliando su alcance de tal modo de incluir la dimensión prerreflexiva, en el sentido de que las acciones no son solo aquellos movimientos planeados y ejecutados voluntaria y deliberadamente; 2) acentuando la importancia de la dimensión temporal y prestando atención a la historia y contexto;[19] y 3) advirtiéndonos acerca de usar el nivel adecuado de descripción: es decir que, haciendo zoom en “neuronas, músculos, partes de cuerpo, o incluso movimientos” no estamos explicando la acción intencional, que se describe de mejor modo en un nivel personal, y en relación con una historia personal.[20]

Consideraciones finales e interrogantes

El análisis de alteraciones extremas del sí mismo, como inserción de pensamientos y delirio de control, han mostrado, por un lado, que la alienación no sólo es compatible sino que supone un SP y un SA intactos al nivel de la experiencia originaria que permite explicar la experiencia misma de un pensamiento insertado o ajeno. Pero esto entonces implica que el sentido mínimo de sí no se pierde.

¿Es acaso posible perder el sentido mínimo de sí? Pienso que hay evidencias para sostener una respuesta negativa. Quisiera considerar algunas conclusiones ya obtenidas en el análisis de patologías del sí mismo para tomarlas en cuenta en los casos de pacientes en coma y en estado vegetativo. Este enfoque resulta relevante si consideramos que en estos casos no puede reconocerse una agencia perceptible, orgánica. ¿Podría entonces sostenerse que tampoco se reconoce un sí mismo, una actividad subjetiva?

La fenomenología de la agencia y de la propiedad ha revelado que el rasgo fundamental y mínimo del sí mismo puede ser concebido como intencionalidad, como una capacidad relacional. Pero incluso más –o quizás, menos, en el sentido de más mínimo o fundamental–, como una capacidad potencial, y esto significa, no solo como una capacidad relacional ella misma sino en acción como potencial, esto es, la intencionalidad es tal porque conforma el carácter relacional mismo abriendo posibilidades, un horizonte relacional. Este primer nivel experiencial sitúa la pregunta acerca del sí mismo mínimo y de la acción intencional en su lugar propio: en el nivel personal.

El sentido mínimo y fundamental de sí parece consecuentemente no estar ligado originariamente ni a neuronas o movimientos, ni a estados psicológicos de conciencia. En este acercamiento fenomenológico parece encontrarse una descripción fecunda para dar un argumento y evidencia, en primer lugar: acerca de la actividad subjetiva de pacientes en coma y en estado vegetativo, considerando que ha podido ser constatada posteriormente por los relatos de algunos pacientes recuperados; y, en segundo lugar: para sostener que el sí mismo mínimo no se pierde, incluso ante la irrupción de cualquier patología.


  1. Cfr. Neisser, Ulric y Robyn Fivush. The remembering self: Construction and accuracy in the self-narrative (Cambridge: Cambridge University Press, 2008); Paul Ricoeur, Oneself as Another, Tr. K. Blarney (Chicago: University of Chicago Press, 1994); Chareles Taylor, Sources of the Self. The Making of the Modern Identity (Cambridge: Cambridge University Press, 1989); Harry Frankfurt, The Importance of What We Care About: Philosophical Essays (Cambridge: Cambridge University Press, 1988); etc.
  2. Cfr. Thomas Metzinger, Being No One. Cambridge (Mass.: MIT Press, 2003); Miri Albahari, Analytical Buddhism: The Two-Tiered Illusion of Self (New York: Palgrave Macmillan, 2006).
  3. Cfr. Shaun Gallagher, “Philosophical conceptions of the self: Implications for cognitive science”, Trends in cognitive science 4/1 (2000): 14–21.
  4. Cfr. Saneke De Haan, & Leon de Bruin. “Reconstructing the minimal self, or how to make sense of agency and ownership”. Phenomenology and the Cognitive Sciences 9 (2010): 373–396.
  5. Gallagher, “Philosophical conceptions…, 15.
  6. Cfr. De Haan & de Bruin, “Reconstructing the minimal self…, 373–396.
  7. Cfr., por ej., George Graham, & Stephens G. Lynn, “Mind and mine”, en Philosophical psychopathology, ed. Por G. Graham & G. L. Stephens (Cambridge: MIT Press, 1994). De acuerdo con Graham y Stephens, la propiedad y la agencia deben pensarse primariamente como atribuciones, sobre la base de un reconocimiento reflexivo. Ellos distinguen entre la atribución de la propiedad; la adscripción de una cierta acción a mí mismo, y la atribución de la agencia; la adscripción reflexiva de que soy yo la causa o autor de una cierta acción.
  8. Shaun Gallagher, “Sense of agency and higher-order cognition: Levels of explanation for Schizophrenia”, Cognitive Semiotics 0 (2007): 32–48; Shaun Gallagher, “The natural philosophy of agency”. Philosophy Compass 2 (2007): 1–11.
  9. Por ej., lo define como “el sentido de que soy yo el que está padeciendo una experiencia” (Gallagher, …., 14–21), como “el sentido de que soy yo quien está experimentando un movimiento o pensamiento” (Shaun Gallagher, How the body shapes the mind (Oxford: Oxford University Press, 2005), 173), y como “la experiencia o sentido pre-reflexivos de que soy yo el sujeto del movimiento (e.g., una experiencia cinestésica de movimiento)” (Gallagher, Shaun. “Sense of agency…, 2).
  10. Shaun Gallagher, & Dan Zahavi. The phenomenological mind: An introduction to philosophy of mind and cognitive science (London: Routledge, 2008), 204.
  11. Gallagher & Zahavi, The phenomenological mind…, 142.
  12. Cfr. Gallagher, “Philosophical conceptions of the self…, 14–21 y Shaun Gallagher, “Self-reference and schizophrenia: A cognitive model of immunity to error through misidentification”, en Dan Zahavi ed., Exploring the self: Philosophical and psychopathological perspectives on self-experience (Amsterdam: John Benjamins, 2000), 203–239.
  13. Cfr. Gallagher, “Philosophical conceptions of the self… 14–21 y Gallagher, “Self-reference and schizophrenia:…, 204, Gallagher, Shaun. How the body shapes the mind. Oxford: Oxford University Press, 2005, 173.
  14. Gallagher, How the body shapes the mind, 194.
  15. Gallagher, How the body shapes the mind, 174.
  16. Cfr. Gallagher, How the body shapes the mind y Gallagher, “Sense of agency and higher-order cognition…, 32–48.
  17. En referencia a la noción de carne de Merleau-Ponty (cfr. Maurice Merleau-Ponty, Le visible et l’invisible (Paris: Gallimard, 1964), esto podría llamarse una intencionalidad en la carne. Incluso procesos en gran medida no intencionales como el latir del corazón, el respirar, el transpirar, etc., pueden convertirse en objeto de conducción intencional. Es más, algunos procesos corporales y movimientos que consideramos no intencionales y automáticos son de hecho aprendidos y alguna vez requirieron nuestra atención. Como dijo William James (William James, The principles of psychology, repr. 1950 (New York: Dover, 1980, 496): “es un principio general en psicología que la conciencia abandona todos los procesos donde ya no tiene más utilidad.”
  18. “Ser capaz de moverse” es la fundación de todo específico “yo hago” corporal y de lo que Husserl llama típicamente el “yo puedo” corporal (que puede ser experimentado en cuanto tal incluso sin realizar efectivamente el movimiento en cuestión –por ejemplo, uno puede encontrar la conciencia vivida “puedo mover mi cabeza” sin hacerlo realmente, experimentándolo en cambio como una posibilidad práctica dada en el puro “yo podría”). El cuerpo-en-cuanto-constituido es el cuerpo en cuanto experimentado, esto es, es “aquel que” es experimentado; el cuerpo-en-cuanto-constituyente es el cuerpo experimentante “por medio del cual” algo es experimentado. Y para Husserl, esta subjetividad encarnada experimentante (el cuerpo en cuanto constituyente) es sobre todo una conciencia cinestésica (cfr. Ulrich Claesges, Edmund Husserls Theorie der Raumkonstitution (Den Haag: Martinus Nijhoff, Parts II and III (55–144), 1964), no una conciencia “del” movimiento, sino en cuanto una conciencia o subjetividad capaz de movimiento.
  19. Cfr. Gallagher, How the body shapes the mind, 238.
  20. Shaun Gallagher, “Where’s the action? Epiphenomenalism and the problem of free will”, en eds. W. Banks, S. Pockett & S. Gallagher, Does consciousness cause behavior? An investigation of the nature of volition, (Cambridge: MIT Press, 2006), 121.


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