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6 Conclusiones

En este apartado se sintetizan los principales hallazgos del trabajo de campo y se rescatan algunos datos secundarios significativos que merecen reiteración, porque se corroboran o se contraponen con el propio relevamiento. El hecho de que aparezcan disparidades entre la propia encuesta y aquellas que fueron tomadas como parámetro indica la necesidad de avanzar en estudios micro-sociológicos, centrados en este colectivo, asumiendo las especificidades del grupo generacional. Para acompañar la síntesis de resultados se diseñaron tablas que esquematizan los cruces entre variables en función de la prueba de independencia exponiéndose sólo los indicadores que presentaron asociación estadística durante el procesamiento de datos.

Considerando que los hallazgos en cada una de las dimensiones de análisis plantea cierta dualidad, fueron pensados en términos dicotómicos:

  • El modo en que los jóvenes administran su tiempo libre yace entre el disfrutar al aire libre con amigos en actividades de recreación tradicionales, y el ocio tecnológico que remite a una sociabilidad de tipo virtual.
  • La intención de lectura pendula entre el ejercicio de leer por deber, donde se manifiesta con nitidez la preponderancia de la función utilitaria de la lectura, y la lectura como un recurso pasatiempista que una minoría satisface con literatura.
  • Los gustos y preferencias literarias compartidos por quienes leen por placer gira en torno del consumo de los títulos que instala el mercado del libro global y la industria del entretenimiento, y las respuestas políticamente correctas sobre lecturas y autores legitimados.
  • Las percepciones de los universitarios sobre la lectura y su autopercepción como lectores oscila entre valoraciones positivas que corroboran el sitio de práctica cultural históricamente legitimada, y el reconocimiento de quienes se asumen ‘en falta’ por no leer como es debido, pero que a sabiendas del beneficio que supone la práctica, la inculcan en los niños cercanos.
  • Las apreciaciones respecto de la lectura en pantallas y los dispositivos digitales pivotea entre la alta valoración que manifiestan para acceder fácilmente a Internet, mantenerse constantemente comunicado e informado y realizar varias tareas simultáneamente, y la incertidumbre y desconfianza que genera en los universitarios el ciberespacio.

Ocio, entre el aire libre en compañía y la tecnología

Primeramente, se supo que como actividades de ocio, salir y practicar un deporte son las opciones preferidas. Las diferencias significativas se advierten en la variable sexo: la mitad de las mujeres prefiere pasear en su tiempo libre, y poco más de la mitad de los varones practicar algún deporte. Ambas prácticas involucran a otros; se podría inferir que estos hábitos se comparten con el grupo de pares o con los vínculos cercanos: es decir, ese tiempo libre transcurre con la compañía de pares. Así como los adolescentes (Morduchowicz 2012), los universitarios han demostrado un fuerte vínculo con su grupo de pares; la amistad se manifiesta en el profuso uso de las redes sociales y en las actividades que desarrollan en el tiempo libre. Eligen la sociabilidad tradicional del mismo modo que los adolescentes (Ministerio de Educación 2006).

Por otra parte, como objetos tecnológicos-culturales preciados, cerca de la mitad de los jóvenes elige la computadora –destacándose los varones y sobre todo los mayores–. Precisamente, la ENCCyED 2013 indica que la computadora es el equipamiento que más se ha extendido socialmente en los últimos tiempos. Poco más de un cuarto de los universitarios distingue el celular –destacándose las mujeres y sobre todo las más jóvenes–. Entonces, prefieren actividades de esparcimiento y recreación, y en el transcurso su tiempo libre, los dispositivos tecnológicos e informáticos parece no estar incluidos en las actividades que desarrollan, o al menos no ocupan un lugar central, lo que no significa que no estén consigo presentes. Se coincide con algunos estudios sobre adolescentes y nuevas tecnologías (Winocur 2006; Morduchowicz 2012) en que los intercambios virtuales no debilitan ni reemplazan las formas de encuentro y de sociabilidad tradicionales, sino más bien las refuerzan. En el tercer lugar, pero con una brecha importante respecto de la computadora y el celular, los jóvenes valoran el libro como bien cultural destacándose las mujeres y más aún los jóvenes menores de 25 años. Pensando exclusivamente en la práctica de lectura como entretenimiento, cuando la ENHL 2011 indaga en actividades de tiempo libre, el ejercicio de leer presenta una incidencia mayor que en el propio estudio –unos cuatro puntos porcentuales por encima–. Aunque ambos relevamientos coinciden en que se destacan las mujeres mayores de 25 años –si se toma sólo a este grupo, los valores tienden a asemejarse–. Lo cierto es que el ejercicio de leer no se encuentra entre las principales aficiones del grupo estudiado: de diez actividades que se les ofreció para realizar en su tiempo libre, leer ocupa la cuarta posición en sus preferencias.

Respecto de las salidas culturales, el cine se impone en todos los segmentos en proporciones similares –aunque resulte levemente inferior en los varones menores de 25 años–. De hecho, según los datos de la industria cinematográfica, este hábito es muy persistente en la Ciudad Autónoma y es impulsado por el segmento de jóvenes-adultos de los sectores medios. No obstante, cuando la ENHL 2011 mide consumos culturales clásicos, revela que sólo dos de cada cien argentinos asiste al cine regularmente sin diferencias significativas por sexo, edad y zona geográfica. Asimismo, la ENCCyED 2013 señala que cuarenta de cada cien argentinos comenta ir al cine por lo menos una vez al año. Es decir, los jóvenes del propio estudio superan ampliamente la media nacional respecto de la asistencia al cine. Por otra parte, mientras las mujeres consideran otras propuestas culturales, los varones se concentran en el cine aunque una pequeña cantidad asista a recitales de música. Las ferias artesanales y las exposiciones son sitios que visitan sólo las mujeres, y en menor proporción, ocurre lo mismo con los museos (restaría precisar de qué tipo son y qué los motiva a visitarlos).

Considerando que la mayoría de los universitarios está ocupada gran parte del día, es previsible que poco más de la mitad navegue dos horas diarias y destine el mismo tiempo a ver televisión cuando no trabaja ni estudia. Precisamente, sobre el consumo de televisión, esta investigación arrojó valores muy por debajo de la media nacional. Recuérdese que, según la ENCCyED 2013, la televisión ocupa la mayor cantidad del tiempo libre: en promedio, los argentinos miran casi tres horas por día y casi la mitad de la población supera las dos horas diarias. En 2004, el COMFER ya presentaba datos similares que sostenían la persistencia del consumo televisivo como principal consumo cultural. Del mismo modo, también el consumo radial es alto a nivel nacional. Entonces, se concluye que el consumo de televisión en los jóvenes es moderado, y de radio es bajo. Con respecto a los contenidos televisivos, los varones tienen un criterio más amplio: mientras las mujeres se concentran en la ficción y literatura, ellos eligen otros géneros. Respecto de la edad y los formatos, los más jóvenes miran series y los mayores prefieren las películas. Sin embargo, para las salidas culturales, son las mujeres quienes las diversifican poco más que ellos que sólo van al cine y a recitales de música.

Por otro lado, según la ENHL 2011, las mujeres utilizan Internet con fines vinculados con la comunicación e intercambio social en mayor proporción que los varones; sin embargo, por deber y para entretenerse, los varones superan a las mujeres. Estos datos concuerdan con la propia evidencia empírica. En este estudio, además de la utilización de redes sociales, cuyo uso es paradigmático –sobre todo en las mujeres–, los jóvenes acceden a Internet para consumir información y actualizarse sobre temas de interés. Aún en momentos de ocio, asocian la Red con la búsqueda de datos concretos, así lo demuestra la importante incidencia de lectura de diarios y revistas como las consultas más específicas en sitios de interés. En tanto, al observar los datos aportados por la ENHL 2011, se nota cierta similitud con los propios resultados: las redes sociales son de uso más bien femenino y su incidencia disminuye con el aumento de la edad. Coincidentemente, los usos que los universitarios dan a Internet son silimares a los otorgados por los adolescentes: primero para comunicarse y luego para informarse. La mayoría de los adolescentes con acceso a la Red, chatea, visita una red social, envía mails o bloguea; y en segundo lugar, buscan información, hacen la tarea escolar y realizan otras actividades de ocio electrónico como bajar música y ver vídeos on line (Morduchowicz 2008). Aunque la tendencia sea similar, en los universitarios la función informativa es más relevante proporcionalmente y se extiende hacia el tiempo ocioso. Se concluye y comparte con Winocur (2006) que el uso de redes sociales es una estrategia de reforzamiento y recreación de los vínculos tradicionales entre los jóvenes en el espacio virtual. Asimismo, como en los adolescentes, existe un deseo de ser visible, popular y reconocido. Los blogs, audio y fotoblogs, canales en YouTube, perfiles en Facebook, Twitter, Instagram y otras redes sociales responden a los deseos e inquietudes presentes en el mundo adolescente: popularidad, pertenencia y estima. ¿No son acaso estas necesidades las que pueden satisfacerse con estas nuevas formas de sociabilidad? Aunque los adultos sean usuarios de estas aplicaciones, ¿no están también presentes en ellos las necesidades de popularidad y reconocimiento juveniles?

Notablemente, nueve de cada diez universitarios lee los diarios con cierta asiduidad. Al mirar los datos de la ENHL 2011 se observa que los jóvenes del propio relevamiento superan ampliamente las proporciones de la población total. Se verifica que la lectura de diarios está muy presente en ellos, ya que un cuarto de los que navegan en Internet en su tiempo libre, revisa la actualidad y se informa mediante diarios y revistas. Al preguntarles por la edición impresa o digital se constató que la mayoría refiere leer diarios on line, tendencia que se acentúa bastante en los varones mayores. Según las respuestas espontáneas, se cree que consultan principalmente las versiones digitales de Clarín y La Nación. El grupo de jóvenes-adultos es más proclive a leer el diario desde algún dispositivo móvil o su computadora personal. Con el Instituto Verificador de Circulaciones 2012, se constató la disminución progresiva en las tiradas de ejemplares de todos los diarios, principalmente los mencionados, durante los últimos años. Si se considera que los jóvenes respondieron espontáneamente leer estos medios y que están conectados constantemente, podría inferirse que entran en sus portales o incluso reciben tweets a sus dispositivos digitales móviles. Cuando se planteó el problema de investigación, se mencionó que las formas de consumo mass-mediáticas –diarios, televisión y radio– tienden a admitir su realización en simultáneo con otras prácticas cotidianas, a diferencia de aquellos consumos del modelo clásico –lectura, cine y teatro–. Por esta razón, presumiblemente, este tipo de actividades resistan el tiempo ocioso y queden impresas dentro del mismo. Es decir, los medios de comunicación, orientados más bien como vía de información y no tanto de entretenimiento, se consumen en simultáneo con el desempeño de otras prácticas. Según la evidencia empírica, se sugiere que la lectura de diarios en papel podría distanciarse de esta conjetura considerando que requiere tiempo y espacio. No obstante, Internet hace posible que se incluya este hábito dentro del grupo de consumos mass-mediáticos, sobre todo, considerando que un modo de acceso a los diarios es mediante su cuenta de Twitter: los jóvenes dicen leer el diario, aunque probablemente, lean titulares sueltos que segmentan la información. De hecho, los universitarios han destacado en más de una oportunidad que la ventaja de ‘estar conectado’ radica en la posibilidad de ‘estar informado’ permanentemente. Presumiblemente el diario no es leído de principio a fin, sino de modo fragmentario y selectivo; se lee información retaceada por el mismo medio y en simultáneo con el intercambio de mensajes de chat y posteos. De este modo, emerge un consumo particular de la prensa escrita, una nueva modalidad de apropiarse de la información. Entonces cabe indagar en la forma en que leen este medio y se vinculan con la actualidad, considerando que el acceso a Internet posibilita que la lectura de los periódicos exceda al tiempo ocioso. En sínstesis, la escasa penetración del consumo televisivo y radial y su aparente disociación con la percepción del tiempo libre, evidenciada en el presente estudio, deja abierto el debate en torno al sitio que ocupan los medios masivos de comunicación en los jóvenes en la era digital. Los medios no son sólo canales de información porque modelan el proceso de pensamiento; esto se cristaliza con Internet que debilita la capacidad de concentración y contemplación al sobre estimular a los lectores/cibernautas. Por otra parte, ubicar a los consumos mass-mediáticos escindidos del tiempo libre permite conjeturar sobre la imposibilidad de prescindir de ellos. Esta investigación comprueba los resultados de la ETLPCC 2005, y agrega que el uso de Internet es otra práctica escindida del tiempo libre que conllevaría a que también la lectura de los diarios y portales de información y actualidad se incorporen al tiempo productivo. A partir de ello, la siguiente infografía relaciona las funciones asociadas al consumo de Internet, el contenido y la intensidad del uso:

tabla 1 6

Como último consumo cultural analizado, se supo que poco más de la mitad de los jóvenes adquiere fascículos coleccionables. Se nota una mayor predisposición en los menores de 25 años. Principalmente, a las mujeres las motiva coleccionar a partir del interés por ciertas temáticas y a los varones el hecho de formar una biblioteca propia. Asimismo, comprar por cuestiones vinculadas con el deber es un propósito propio de las mujeres, en tanto la colección vinculada con el placer de la práctica se asocia a los varones. Entre los que coleccionan, la mayoría compró algún material de lectura vinculado con la ficción y la literatura, destacándose la población femenina. El resto de la muestra se dispersa en otras opciones que constatan los intereses advertidos en las actividades de tiempo libre y otros consumos culturales: los varones consumen tecnología, deporte, música y algún contenido vinculado con las ciencias humanas, mientras las mujeres se concentran en la literatura –aunque el arte, diseño y las manualidades también las convoquen en cierta forma–. Finalmente, cuando los jóvenes compran material de lectura y colección en los kioscos de diarios, lo hacen con la intención de preservar y formar una biblioteca propia: en este sentido, la conservación y organización del acopio cultural escrito continúa girando en torno a las bibliotecas.

Por último, se elaboró una síntesis con los resultados de la prueba de independencia sólo con los indicadores que presentaron asociación. La próxima infografía da cuenta de la relación entre las variables vinculadas con los consumos culturales y los aspectos sociodemográficos en la población total:

tabla 2 6

La infografía anterior sugiere que el sexo condiciona bastante más que la edad las distintas elecciones de los universitarios en materia de consumos culturales. Es decir, ser mujer o varón revelaría ciertos consumos culturales en mayor medida que el grupo etario al que pertenecen; en este sentido, se comprueba el supuesto teórico respecto del gusto de género (Connel 2003; Rodríguez y Peña Calvo 2005; Rodríguez 2008). Acerca de la edad, este aspecto se relaciona con el soporte que los jóvenes utilizan para leer los diarios y con el hecho de comprar libros infantiles; se deduce que ser mayor de 25 años revelaría la mayor incidencia en la adquisición de infantiles y en la lectura de diarios en su edición digital.

Pantallas, entre el multitasking y lo incierto

Acerca de los soportes digitales de lectura, se supo que los varones se vinculan más asiduamente con las pantallas. Esto no sólo se advierte en la respuesta concreta sobre frecuencia –las categorías que implican menor exposición las concentran las mujeres–, sino indirectamente cuando mencionan actividades de tiempo libre como jugar videojuegos o leer el diario online. En tanto las mujeres utilizan en mayor medida las computadoras, los varones experimentan con otros dispositivos digitales –más aún los mayores de 25 años–. Precisamente, en lo referente a qué contenidos leen en esos soportes, se supo que aproximadamente cuatro de cada diez jóvenes refiere leer blogs y contenido publicado en sitios de interés; en esta proporción se destacan las mujeres, y sobre todo el grupo de jóvenes-plenos –tanto mujeres como varones–. Pareciera que los libros de texto y literatura carecen de lectores aunque vale mencionar a los varones mayores. Una cantidad importante de varones utiliza los dispositivos para leer diarios y revistas, sobre todo, los menores. Con este dato se corrobora la mayor predisposición masculina hacia la lectura de diarios, y en soporte digital. Por último, apenas uno de cada diez jóvenes lee textos técnico-profesionales o artículos de divulgación científica; dentro de esta proporción, se destacan las mujeres mayores. Además, los resultados de la investigación corroboran lo señalado sobre la eficacia de las nuevas tecnologías para vehiculizar contenidos vinculados con la información, pero que para la literatura, el papel continúa arraigado a los modos tradicionales de lectura, mientras que para los contenidos vinculados con el conocimiento se emplean ambos soportes.

Por otra parte, tres de cada diez jóvenes posee un dispositivo digital de lectura; la proporción es mayor en los varones mayores de 25 años. Acerca de los atributos que mencionan sobre sus dispositivos digitales, las mujeres señalan la practicidad y rapidez, en tanto los varones destacan la portabilidad. Si bien la ‘accesibilidad’ se reparte en proporciones semejantes entre ambos sexos, son las mujeres menores de 25 años las que señalan este atributo en gran medida –el doble que los varones de la misma edad–. La posibilidad de estar informado surge reiteradamente entremezclándose con distintas cualidades que ponderan al dispositivo de lectura digital. El hecho de estar enterado de los últimos acontecimientos si se dispone de un dispositivo digital de lectura con acceso a Internet es realmente un valor para los universitarios: el rápido acceso y la facilidad con que puede ponerse al corriente de las últimas novedades es altamente reconocido. (Queda por indagar cómo es esa información que consumen, qué medios la proveen y cómo es interpretada. Es decir, explorar en la naturaleza de esos contenidos que reclaman con gran interés.)

Ante la gran ventaja del almacenamiento, los dispositivos digitales de lectura tienen como desventaja el agotamiento de la batería, la necesidad de actualizar sus sistemas operativos y el hecho de apagárselo en algunas situaciones por seguridad. Además, los universitarios sugieren que leer es más barato y cómodo, y si se está desesperado buscando un título, lo pueden conseguir fácilmente y descargar en cualquier momento y lugar. En suma, los resultados de la investigación sugieren dos dimensiones en cuanto a la valoración que los jóvenes realizan a la hora de manifestar por qué leen en sus dispositivos: la primera reside en los atributos relacionados con las posibilidades de uso que ofrecen los dispositivos, mayormente vinculados con el acceso a la información; y la segunda, en los aspectos físicos de comodidad y movilidad. Como posibilidad de uso, cabe destacar a la simultaneidad como un valor positivo que mencionan recurrentemente, aún cuando destacan otros atributos del dispositivo digital. Sucede que la posibilidad de cambiar rápidamente de tarea, sostener una conversación por chat, sacar una foto y subirla a la Red, y al mismo tiempo, participar físiscamente de algún evento son posibilidades muy apreciadas por los universitarios. Sin duda, adolescentes y jóvenes están siendo sobre estimulados por los medios. Pese a ello, los estudios en neurociencia muestran que cuando alguien quiere hacer varias cosas al mismo tiempo, prestando atención focalizada a cada una de ellas, muchas veces se autointerrumpen esas tareas. Las interrupciones suceden en general por perderse en aquello que estaban haciendo antes de haber cambiado de actividad. Se estima que estas personas tardan el doble de tiempo y cometen el doble de errores en cada una de ellas (Cole 2006; Stanford University 2011; Bachrach 2012).

A pesar de las menciones positivas que los universitarios dieron sobre computadoras, tablets y smartphones, esta investigación advierte cierta resistencia al cambio de soporte, independientemente de la edad. Sucede que los libros son los únicos medios que no precisan de un aparato externo para poder acceder a sus contenidos. Por esto, y porque son objetos palpables, los jóvenes aluden que establecen con ellos una relación más íntima que con los soportes digitales.

De acuerdo con la próxima infografía, ser mujer o varón podría revelar el hecho de disponer de un dispositivo digital, la frecuencia con la que leen en éste, el tipo de aparato –si se trata de una tablet o e-reader– y el principal contenido leído. En suma, según los resultados de esta investigación, todos los indicadores que remiten a las nuevas tecnologías están asociados estadísticamente con el sexo de los jóvenes. En tanto, la edad de los mismos parece incidir bastante menos en sus respuestas, no obstante, está relacionada con el tipo de soporte de lectura para leer diarios o libros.

tabla 3 6

Con respecto a las apreciaciones sobre la lectura digital, los varones –sobre todo los mayores de 25 años– valoran más la accesibilidad, agilidad, y rapidez que encierra la lectura digital. Las cuestiones asociadas con la portabilidad, practicidad y espacialidad son valoradas por ambos, aunque si se observa por grupo etario, los menores de 25 años hacen hincapié en ello. Al medir esta variable, aparece la economización de recursos como un valor en sí mismo, y reaparecen la información y actualización de contenidos vinculados con los medios de comunicación digitales como beneficios. En tanto, como desventajas de la lectura digital, las mayores frecuencias se hallan en el deterioro y cansancio visual así como en la pérdida de valores de tipo cultural y sensorial. En primer lugar, es poco probable que los soportes digitales dañen la vista porque aún no está comprobado científicamente su efecto negativo. Según fuentes consultadas, la fatiga visual se explica por la intensidad de lectura en sí más que por el soporte empleado; en este sentido, se trataría más bien de un cliché. Y con respecto a las cuestiones de tipo sensitivas y de tradición, seguramente los siglos de la lectura en códice marcaron las costumbres heredadas, y la resistencia al cambio de época podría explicar las valoraciones de los jóvenes, aún de los nativos digitales. No obstante, se deduce escaso conocimiento y dominio del lenguaje digital relacionado con el dispositivo y con las aplicaciones para descargar. Para los universitarios, la posibilidad de obtener información y datos de actualidad son ventajas que proporciona la digitalización de contenidos; en tanto la confiabilidad y la comodidad de leer textos extensos las proporciona la lectura en papel. En rigor, cuanto más se navega en la Red, más esfuerzo se requiere para permanecer concentrado en textos largos, puesto que aparecen conexiones a documentos, dispositivos y sujetos que implican más influencias externas en el pensamiento. Se supo que los jóvenes sienten como pérdida el avance tecnológico cuando se trata del objeto libro: mencionan una pérdida en el sentir, y también aparece la cuestión de la pérdida de información o de los datos. De hecho, una gran cantidad de material en Internet desaparece sin haber sido archivado: se estima que unas tres cuartas partes de los sitios web duran menos de cuatro meses (Lyons 2012:383). Aunque en menor medida, también aparece el temor a la pérdida por robo. El formato papel aparece como inalterable y perdurable. Incluso cuando aducen distracción, porque al leer en pantallas se pierde la capacidad de atención. Esta investigación evidencia que para los universitarios algo se disipa con la lectura digital, y como consecuencia, surge en ellos un sentimiento de inseguridad e incertidumbre. Inclusive, la posibilidad de intervenir los contenidos, generando textos provisorios y susceptibles de modificación, les provoca inseguridad y temor de pérdida. La hipertextualidad que yace en los cuantiosos y diversos contenidos que circulan por la Red sugiere al lector/cibernauta nuevos desafíos, porque pueden constituir una fuente de datos que enriquezcan su conocimiento o perderlo en un mar de información y de pasatiempismo sin sentido.

La siguiente infografía sintetiza la relación entre las variables de percepción, vinculadas con el libro y la lectura digital, y los aspectos sociodemográficos:

tabla 4 6

La siguiente infografía sintetiza la relación estadística entre las variables de percepción vinculadas con el libro y la lectura y los nuevos modos de leer, y la lectura por placer:

tabla 5 6

Intención de lectura, entre el deber y el placer

Se pudo conocer que más de la mitad de los jóvenes lee exclusivamente por trabajo o estudio, sobre todo los varones. No obstante, los menores y las mujeres mayores de 25 años encuentran en la lectura una actividad placentera. Pero si se considera cierta regularidad en la lectura, se corrobora con datos oficiales que las mujeres mayores mantienen este hábito así como el grupo de jóvenes-adultos. Por el contrario, los relevamientos de la región iberoamericana, compendiados en los informes de la CERLALC, indican que las mayores proporciones de lectura se concentran en la lectura por placer. Según el propio estudio, el principal motivo de lectura no es el placer, aunque los resultados de la investigación coinciden en determinar al colectivo femenino como principal lector por entretenimiento. Para los universitarios la lectura tiene una función referencial o utilitaria, más que funciones estéticas o de recreación. Quienes no tienen hábitos de lectura consideran esta actividad como un deber relacionándola con un fin cortoplacista vinculado con el rendimiento y exigencias académicas. Los mismos resultados arrojó el relevamiento entre universitarios chilenos (Gilardoni 2006, 2012). En tanto, poco más de la mitad comentó que no lee porque “no dispone de tiempo”; ante este motivo surge preguntarse, si dispusieran en mayor medida de momentos libres, ¿los utilizarían para leer o continuarían practicando las mismas actividades de ocio? (tal vez en el cuestionario faltó la re-pregunta posterior). Es decir, ¿la lectura es inhibida por el escaso tiempo o por otras actividades? Se presume que se trata de cierta predisposición y gusto por la lectura que poco tiene que ver con el tiempo disponible. El factor tiempo como principal excusa de no lectura es una regularidad empírica que se da en todos los relevamientos, no obstante y a diferencia del propio estudio, en la ENHL 2011, la falta de disponibilidad para leer no aparece como argumento en los jóvenes. La lectura es la única práctica cultural que goza de un prestigio histórico puesto que desde los orígenes estuvo ceñida a grupos reducidos y más tarde, al masificarse, continúo manteniendo ese carácter consagratorio. Por ello, se considera que es difícil admitir desinterés, razón válida pero improbable de asumir. Corroborando cierta cercanía entre las mujeres y la lectura por entretenimiento, ni una de ellas se excusa con “la lectura no me interesa” cuando se preguntó por los motivos de no lectura. A propósito, según la ENHL 2011, manifestar desinterés es un rasgo masculino, y la falta de tiempo una respuesta típica del colectivo femenino mayores de años. Precisamente, la razón de no lectura por placer y el sexo de los jóvenes están asociados estadísticamente. En suma, lejos de ser una alternativa de entretenimiento, la función predominante de la lectura continúa siendo la transmisión de conocimiento.

Acerca de las imágenes que suscitan los libros en los jóvenes, categóricamente, el libro es un medio de conocimiento: los universitarios no lo asocian con el entretenimiento espontáneamente, aunque seis de cada diez tengan su cuota de literatura ocasional. En términos comparativos, en los segmentos de lectores y no lectores las proporciones se invierten y varían levemente: porque quienes leen por placer consideran el prestigio que otorga un libro y también lo perciben como vehículo del entretenimiento, en tanto los no lectores asocian al libro más con el conocimiento y con que sea soporte del texto. Por otra parte, los varones vinculan al libro con el conocimiento y las mujeres con el entretenimiento. Si se toman sólo las dos principales valoraciones –entretenimiento y conocimiento– se advierte que los lectores aprecian al libro como un pasatiempo más que los no lectores, quienes lo relacionan exclusivamente con el conocimiento. Por otra parte, los universitarios que leen por placer tienden a considerarse más curiosos, ávidos y constantes respecto de la población total, mientras los no lectores utilizaron las frases que connotan valoraciones más bien negativas. En este sentido, puede verse el prestigio de la lectura puesto que quien no lee se asume implícitamente ‘en falta’. Asimismo, se advierte que la ‘constancia’ y ‘avidez’ son cualidades femeninas, y la ‘inconstancia’ y ‘curiosidad’ aparecen como propias del colectivo masculino.

Respecto de aquello que miran primero en un libro, el título es lo primero que atrae a los jóvenes. Los varones parecen apreciar el arte de tapa y la cantidad de premios y ejemplares vendidos, y las mujeres destacan el título y la contratapa y sinopsis. Por otro lado, los no lectores se detienen en el título y en la contratapa que exhiba una reseña del libro, en tanto los lectores están más pendientes del nombre del autor. Una vez más, se nota que aquello que cautiva a los lectores se asemeja a los intereses femeninos, sean o no lectoras.

Además de la función pasatiempista dada a Internet, que representa y unifica los intereses de adolescentes y jóvenes, el perfil de la unidad de observación de esta tesis revelaría esta fuerte inclinación de asociar la Red con el sitio adonde recurrir si se precisa información, evacuar dudas y adquirir conocimiento. La siguiente infografía relaciona las funciones de la lectura asociadas al soporte, el contenido y el modo de leer implicado, en virtud de la frecuencia:

tabla 6 6

Con respecto a los hábitos de lectura de quienes tienen una cuota de ficción ocasional, cabe decir que las tres cuartas partes de los jóvenes lectores lee un promedio de tres libros al año. A medida que aumenta la cantidad de lectores, la cantidad de libros anuales disminuye. Asimismo, los varones que mantienen la práctica leen más libros que las mujeres; incluso, una cantidad considerable de los varones más jóvenes supera los diez libros al año. Y con respecto al tiempo destinado a la práctica, la mitad de los universitarios dedica a la lectura uno o dos días en la semana. Acerca de la intensidad, y comparativamente, puede concluirse que las mujeres leen con mayor frecuencia pero menos cantidad de libros al año que los varones. Oportunamente se advirtió acerca de la imposibilidad de triangular datos sobre hábitos de lectura, puesto que los resultados de la ENHL 2011 remiten a la población de lectores en general –no distingue a los lectores por placer del resto–. Sin embargo, hay una constante estadística: a medida que aumenta la frecuencia y la cantidad de libros, disminuyen las proporciones de lectores. En términos generales, los jóvenes prefieren leer antes de dormir, pero mientras los menores de 25 años leen en lapsos definidos del día, los mayores lo hacen en cualquier momento, sin precisar si se trata de la mañana o la tarde. Justamente, se constató que la edad está relacionada estadíticamente con dicho hábito.

Por otra parte, la investigación indica que la gran mayoría lee en papel, aunque se hallaron algunas distinciones: los varones utilizan en mayor proporción los dispositivos digitales, sobre todo los mayores, mientras que las mujeres son las principales lectoras de libros en papel, sobre todo las menores. También la edad expresaría la preferencia del soporte de lectura, según la prueba de independencia. En suma, la literatura se lee en papel, excepto que se trate de blogs literarios (en este sentido, queda por conocer cuáles son, cómo se apropian de ese contenido y si intervienen en ellos). De acuerdo con los datos del sector editorial nacional, paulatinamente aumenta la cantidad de libros digitalizados, que indudablemente se corresponde con una mayor demanda. Sin embargo, si se compara la realidad nacional con el mercado español las diferencias son notables: Argentina está muy por debajo del consumo de libros en formato digital.

Generalmente el acceso al libro se da mediante la compra que está determinada por el nivel adquisitivo de la población en todos los países de la región. Se sabe que la tipología del comprador de libros en librerías coincide con la del comprador y lector, principalmente determinados por el nivel de estudios y de ingresos. Esta investigación corrobora dicha regularidad empírica: si bien las tres cuartas partes de los jóvenes lectores adquieren los libros que lee, las mujeres mayores se constituyen como las principales compradoras. Los obsequios y los préstamos no son modos de acceso recurrentes, aunque se debe destacar a la descarga virtual como práctica de baja incidencia pero relevante en el colectivo masculino –más aún entre los mayores–; de hecho, en comparación con el resto, los varones leen en soporte digital y descargan material de lectura en proporciones importantes. Precisamente, la procedencia de los libros que los universitarios leen está relacionada estadísticamente con el sexo de los jóvenes. Asimismo, cerca de las tres cuartas partes compra libros en las librerías tradicionales, y dos de cada diez compra en las grandes librerías. Aunque se trate de una minoría, cabe destacar la compra en tiendas virtuales en los varones mayores. Si se observan los resultados de la ENHL 2011, se advierte que el orden de preferencia en que aparecen los lugares de compra es similar, pero las proporciones son significativamente distintas, porque la compra tiende a diversificarse en otros canales, y sobre todo, porque aquella encuesta mide a la población lectora sin distinguir lectura por placer.

Con respecto a los motivadores de lectura, aunque una cantidad considerable de los varones mayores indica que no lee por recomendación, la mayoría de los universitarios indicó que al momento de leer un libro, los amigos y familiares son los principales referentes; esta tendencia se acentúa bastante en el grupo de jóvenes-plenos de ambos sexos. Los mayores de 25 años consideran la publicidad y la comunidad virtual como sus recomendadores de lectura –aunque la proporción sea muy pequeña, inferior a los tres puntos porcentuales–; y en general, el colectivo masculino presta bastante atención a las sugerencias de los colegas. Por otra parte, los jóvenes lectores no llegan a la libraría con la intención de ser asesorados, sino que tienen el título en mente y sólo van a comprarlo, lo que permite suponer que no es una salida en sí misma. Por otro lado, se supo que las mujeres son las principales lectoras de los Clásicos de la literatura, los más jóvenes de ambos sexos eligen esta opción en mayor medida que los mayores. En tanto, los best sellers como motivadores de lectura aparecen en proporciones pequeñas y similares en todos los grupos, por sexo y edad. Los varones, sobre todo los mayores, leen lanzamientos en mayor proporción que el resto. En suma, los varones menores están más atentos al consejo de otros, mientras que los mayores leen por propia iniciativa. Por otra parte se establecieron relaciones estadísticas entre los hábitos y los motivadores de lectura con la práctica en sí, sólo en el segmento de lectores. En este sentido, la frecuencia con que leen, la procedencia de los libros y los incentivos para leer se relacionan con la incidencia de la práctica. La siguiente infografía sintetiza tales relaciones, según la prueba de independencia:

tabla 7 6

Respecto de las diferencias de lectura por sexo, se observó que la intensisad de lectura tiende a ser similar en varones y mujeres, pero las diferencias aparecen en relación con aquello que leen, cómo lo leen y el motivo de lectura: los contenidos y formatos, los soportes utilizados y las razones por las cuales leen. Mientras los varones vinculan la lectura más con la necesidad de estar informados y con la lectura por deber, las mujeres tienden a admitir que puede cumplir una función pasatiempista. En otras palabras, las mujeres mantienen una relación bastante más cercana con la lectura por entretenimiento: primero, valoran al libro como objeto y consideran la lectura como una actividad de tiempo libre (esto es afín son lo observado en los diversos estudios tomados como antecedentes); segundo, cuando compran material de colección se destacan por adquirir literatura e infantiles, y cuando navegan leen blogs; tercero, ni una de ellas admitió desinterés en la lectura, su principal excusa es la falta de tiempo; y cuarto, a partir de las imágenes asociadas al libro y la autopercepción lectora se alejan de la lectura estrictamente por deber. Por su parte, los varones tienen un gusto más amplio respecto de los contenidos y mantienen un vínculo estrecho con las nuevas tecnologías: tienen y utilizan soportes digitales, compran material de colección vinculado con la ciencia y tecnología, y se desatacan como lectores de diarios, sobre todo en su edición online.

Por otro lado, si bien los universitarios no suelen ver en el libro un obsequio posible, ser lector predispone a la compra de libros para regalar; pero si se trata de libros infantiles, la práctica de ningún modo parece estar vinculada con esa condición. Las mujeres –sobre todo las mayores– son las principales compradoras de libros en general, quienes aumentan considerablemente cuando se trata de compras para niños. Por otra parte, se observó que las respuestas que justifican estos hábitos resultan bastante débiles, sin embargo, quienes fundamentan la práctica hacen una alusión contundente hacia los beneficios futuros de fomentar la lectura desde temprana edad. Asimismo, para la variable adquisición de libros infantiles el sexo y la edad revelarían la incidencia de la práctica en sí. El ejercicio de la lectura es valorado positivamente por los universitarios; en este sentido, la lectura conserva su lugar de prestigio y la creencia del valor del libro como producto cultural yace inalterada. Esto se observa cuando los jóvenes, sean o no lectores, dicen propiciar la lectura en los más chicos de la familia fundamentando con la importancia del estímulo para que los niños lean.

Por otro lado, asociar la lectura con el placer anima a visitar la Feria del Libro con cierta continuidad, porque los lectores casi doblan la incidencia de los no lectores. Asimismo, y consecuente con lo visto al inicio –que las mujeres eligen ferias y exposiciones como salidas de tipo cultural– también se observó que visitan dicho evento en una proporción mayor que los varones. Como propósito de asistencia, mientras los varones ven a la Feria más como un paseo en sí mismo, a las mujeres les interesa la variedad de libros y las novedades que allí se exhiben. Los jóvenes lectores están interesados en la agenda de programación, en actualizarse a partir de las novedades así como en apreciar una variedad importante de libros concentrados en un único espacio. Cabe mencionar que llamativamente, las respuestas de los lectores se asemejan a las del colectivo femenino sean o no lectoras.

Ante la inexistencia de relevamientos que provean de cruces entre consumos culturales, se planteó como objetivo establecer relaciones entre la lectura por placer y otras prácticas culturales. En este sentido, se pudo comprobar que dentro de los consumos vinculados con el libro, la lectura por placer se relaciona con la compra de material de colección y de libros con el propósito de ser regalados, así como con el hecho de visitar la Feria del Libro cada año. Pensando en los consumos culturales en general, no aparecen asociaciones estadísticas con la incidencia de lectura. Esto último permitiría descartar ese saber popular que explica la escasa lectura a partir de otros consumos: es decir, no se lee más o menos porque se mira televisión, escucha música o práctica deporte. No obstante, dentro de las salidas, aquellas vinculadas a la esfera audiovisual de las industrias culturales presentan mayor incidencia de lectura, aunque no haya asociación estadística. Incluso, leer libros no aparece asociado con la lectura de prensa gráfica. Evidentemente la predisposición hacia la lectura por placer en la adultez se explica por una formación lectora previa. Entonces, esa presunción declarada al revisar las razones de no lectura –que no disponer de tiempo no sería motivo real para no leer o que la lectura no disputaría espacio con otras actividades– queda ratificada. La lectura no compite con otros consumos culturales; el placer de leer sencillamente sucede porque el lector es un individuo que ha sido formado como tal y su práctica está socialmente determinada.

A partir de la infografía próxima, esta investigación descarta esa idea arraigada respecto de que la lectura estaría socavada por actividades de ocio. También durante el procesamiento de los datos, se relacionaron las prácticas de tiempo libre –actividades y salidas– con los motivos de no lectura. En este sentido, se advierte que los jóvenes que pasean y los que concurren al cine, los jugadores de videojuegos y los deportistas constituyen un grupo que se manifiesta contundentemente ajeno a la lectura, en tanto indica preferir otras actividades de esparcimiento. Otros grupos que escogen otras prácticas antes que leer son los que eligen el celular como principal objeto, los lectores de diarios de fin de semana y quienes no compran material de colección, y muy por encima –doblando estas proporciones– quienes no asisten a eventos. Finalmente, “no me interesa la lectura” es la categoría más contundente; al respecto, cabe señalar los grupos que manifestaron desinterés abiertamente: los jóvenes que eligen jugar videojuegos en momentos de ocio, los que escuchan música y radio y los que concurren a exposiciones.

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Ficción, entre la propuesta del mercado y el canon literario

El relevamiento permitió conocer que cerca de las tres cuartas partes de los jóvenes lectores indica que la ficción es el tipo de lectura preferida: en el grupo de jóvenes-plenos esto es contundente, más aún en las mujeres. No obstante, los varones –particularmente los mayores– admiten lecturas asociadas con la no ficción, específicamente temáticas vinculadas con la historia, política y economía. En este sentido, con la lectura se comprueba una tendencia observada en el indicador contenido televisivo: mientras las mujeres miran programas únicamente vinculados con la ficción, los varones consideran otras alternativas. Si bien se aleja bastante de la mayor frecuencia, la categoría autoayuda, espiritualidad y superación es el segundo tipo de lectura que eligen los universitarios. Efectivamente, se comprobó que según datos del sector editorial, las principales publicaciones corresponden al rubro Literatura; y aparece una propensión común: los géneros literarios más leídos por los argentinos son la novela y el cuento, según la ENHL 2011.

Entre los lectores de ficción y literatura, se observó que las elecciones se reparten entre los distintos géneros literarios. Si bien la trama policial y detectivesca –notablemente preferida por los varones– y la aventura, fantasía y viajes son las de mayor incidencia; otras temáticas como el terror, suspenso e intriga así como el romance –principalmente lecturas femeninas– convocan a una cantidad considerable de jóvenes. Sin embargo, mientras la literatura concentra a la mayoría de los lectores, el género por temáticas los distribuye en proporciones más equilibradas. Asimismo, siete de cada diez mujeres comenta haber leído recientemente ficción –en los varones la proporción no llega a seis de diez–. Respecto de los títulos leídos no se advierten diferencias importantes por grupo etario aunque sí por sexo. El terror, suspenso e intriga como género se cristaliza en El psicoanalista de Katzenback, Los padecientes del conocido licenciado Rolón –ambos thriller psicológicos– y la trilogía “Millennium”. En este tipo de libro comercial, como rasgo común, domina el lenguaje claro, prevalece el contenido sobre la forma y la acción sobre la reflexión, y se dosifica la intriga. También surge con gran incidencia, la saga de vampirismo “Crepúsculo” de Meyer y la novela El cuaderno de Maya de Isabel Allende, ambas lecturas femeninas. Por otro lado, aparecen significativa y reiteradamente las novelas en sagas pertenecientes al género de fantasía y ciencia ficción: Juego de tronos y Los juegos del hambre –ambos títulos elegidos por los varones sin distinción de edad. Por otra parte, sorprendentemente, los jóvenes mencionaron leer la clásica Rayuela de Cortázar –acaso un título que parece desentonar en el listado–; y como literatura de no ficción, la resonante biografía de Steve Jobs. Una vez más, ahora a partir de la diversidad de títulos aportados por los varones, se corrobora que las temáticas elegidas por ellos tienden a ser más variadas.

En los títulos aportados por los jóvenes lectores, las narraciones seriadas se imponen ante las novelas auto-conclusivas. Se trata de historias usualmente divididas en tres tomos, provenientes en su mayoría de autores estadounidenses, adaptadas al cómic y al cine. Si bien es literatura dirigida a jóvenes entre los 12 y los 17 años, el público que consume estos libros supera ampliamente ese rango etario. A pesar de las estrategias editoriales y las demandas concretas de un público lector ansioso de ficción y fantasía, más allá de los nuevos modos de leer, en intertexto con otros lenguajes y con campos extraliterarios, resulta problemático el uso del término ‘literatura juvenil’ porque encierra una heterogeneidad que carece de un referente identificable. Asimismo, en estos relatos se observan elementos góticos y románticos de una época lejana: al estudiar estas narraciones, en las cuales aparece el cruce de elementos de diferente temporalidad y procedencia, debería ser enmarcadas en un período complejo de modernidad tardía. Las narraciones que más menciones obtuvieron no fueron escritas desde la perspectiva del realismo. Probablemente, su éxito se explique con las necesidades diferenciadas a las que responden los productos de una cultura consumida por jóvenes de sectores medios. Como los lectores ‘cultos’, los jóvenes también buscan en la literatura ese lugar de ensoñación, evasión y aventura. En cierta forma, estas narraciones hablan de las expectativas de su público. El placer aparece en dos sentidos: por un lado, otorgan goce mediante los temas que tratan –la lucha del bien contra el mal, las guerras civiles, los enfrentamientos entre mundos distópicos–; y en segundo lugar, proporcionan a los jóvenes el placer de fluir ininterrumpidamente al ser ágiles y legibles. En suma, establecen una relación lisa y llana con ellos. Precisamente, los autores son escritores mediáticos que garantizan el éxito comercial y establecen con el público una relación entre conocidos. Otro rasgo común en los libros que los jóvenes comentaron leer es que los guiones fueron llevados a la pantalla grande, con lo cual resulta evidente la retroalimentación libro-película. ¿Podría vincularse esto a la gran proporción de universitarios cuya salida cultural preferida es el cine? Y más aún, ¿podría corroborarse esto con el hecho que los asiduos consumidores de cine presentaron la mayor incidencia de lectura por placer? Además entre las series y sagas de fantasía leídas, aparece la retroalimentación libro-videogames. Si antes los juegos clásicos ofrecían un tema sin narración en repeticiones organizadas en ciclos que exigían el enfrentamiento entre jugador y máquina (Sarlo 1994), ahora hay de los que ofrecen verdaderos relatos de ficción con personajes originados en textos literarios –best sellers internacionales–, que en ocasiones estimulan la participación de los jugadores, quienes con su imaginación deben continuar la trama. Estos ecos narrativos de la industria del entretenimiento en varios formatos, además de ser apuestas de un mercado globalizado, ¿no son otros canales de consumo de ficción para los jóvenes? Esta tesis sugiere que los videojuegos, de algún modo, también satisfacen en los jóvenes cierta necesidad de ficción, así como la literatura, el cine o las series televisivas que comentaron preferir para los momentos de ocio.

Una conclusión a la que se llega después de observar las menciones reiteradas de los recientes títulos leídos es que los jóvenes leen según la propuesta del mercado, pero responden atentos a lo que reconocen como canon literario o lecturas legitimadas. En el análisis del público nacional, Prieto (1956) sostenía tempranamente que la literatura formaba parte de la alta cultura y que el resto quedaba reducido a subliteratura. ¿No es acaso la misma distinción que realizan los universitarios casi intuitivamente, y que paradógicamente comparten con los círculos de lectores ‘cultos’? Ello significa que el modo de valorar y discriminar lo literario yace inalterado: los prejuicios y las distinciones del campo literario continúan ejerciendo su influencia en las poblaciones de no lectores. Por otro lado, los universitarios dicen leer lo que otros jóvenes en otras partes del mundo: prefieren los títulos que eligen los españoles o los ingleses así como los latinoamericanos. No aparece la singularidad, un gusto compartido propio, nacional y generacional. Esta tendencia de lectura globalizada se comprobó con la encuesta española de editores (FGEE 2012), los rankings locales e internacionales de libros vendidos publicados en la prensa gráfica (BBC 2003; Publishers Weekly 2012; Revista Fortuna 2012; New York Time 2009; CEDEM, et. al 2011, 2012; The Guardian 2011) y un estudio reciente entre los universitarios colombianos de Los Andes y La Javeriana (Arcadia 2015). Puede pensarse que el mercado internacional del entretenimiento tiene tal nivel de cooptación sobre los mercados literarios regionales que impide que surjan otras expresiones, quizá más autóctonas. Esta investigación deja en evidencia que sus gustos y preferencias literarias se enmarcan en un proceso de cultura escrita mundializada. Asimismo, se sabe que los fanáticos de las sagas de “Harry Potter”, “Crepúsculo” o “Los juegos del hambre” forman comunidades de lectores sedientos por la aparición de cada entrega, el lanzamiento de la película, la divulgación de notas de prensa de los actores; conocen en detalle a cada personaje, participan en foros de discusión y asisten a eventos de encuentro entre fanáticos de todas partes. Estos relatos se integran en un espacio cultural extenso que incluye no sólo formas discursivas sino también prácticas, tramas institucionales formales e informales, estimuladas por la industria del entretenimiento mundial. Estos efectos de las estrategias del mercado global también se observan en la novela histórico-romántica y el thriller policial. Al respecto, sería interesante proponer una sociología de la lectura que se pregunte por las diferencias en la recepción de los textos de acuerdo con comunidades de interpretación ubicadas en distintas regiones geográficas. Por ejemplo, ¿cómo reciben los jóvenes lectores a Gabriel García Márquez en Colombia, y cómo en la Argentina?, ¿existen diferencias en la apropiación y atribución de significado que otorgan los jóvenes argentinos a “Millennium” respecto de sus pares en el mundo? En suma, si existe una moda, un gusto de época, seguro que sus elecciones responden a ello. Esto permite tener cierta certeza metodológica, puesto que si se hiciera el relevamiento tiempo después, las menciones de los jóvenes virarían hacia los títulos que el mercado promociona en ese momento. Como en otras industrias, existen modas. El mercado del libro ofrece géneros, tramas y autores que responden a las demandas concretas de un público lector ávido de novedades, pero que al mismo tiempo contribuye a formar. En este sentido, cabe preguntarse por el rol del Estado en la regulación de los consumos culturales en general, y del libro en particular. Esto permitiría un análisis en dos sentidos: por un lado, la internacionalización de la actividad editorial, y por otro, la globalización de la literatura –como dos caras de un mismo proceso–.

Por su parte, el best seller cambia al ritmo vertiginoso de las nuevas sensibilidades e intereses; es decir se publicarán best sellers mientras haya lectores que sobrevivan incluso al libro en papel: ese artefacto que la Real Academia define en su primera acepción como “conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”.[1] Por cierto, una definición que tiene muy poco que ver, por ejemplo, con la realidad virtual de las keitai shosetsu, esas novelas de tramas sencillísimas escritas para ser descargadas y leídas en los teléfonos móviles y que han conseguido conectar con la sensibilidad de un amplísimo sector de los adolescentes japoneses –y que ya se han extendido hacia otros países europeos y asiáticos–. Quizá, más pronto que tarde, las listas de los más vendidos sean sustituidas por la de los ‘más descargados’.

Acerca de los autores preferidos, García Márquez, Cohelo, Cortázar y Katzenback son, en ese orden, los favoritos de los jóvenes. Resultan elecciones notables: dos de ellos son emblemas de la llamada literatura del boom latinoamericano, uno es un clásico del autoayuda de los años noventa y otro es un exponente del thriller psicológico de estos tiempos. En la elección de los autores se manifiesta el efecto legitimidad , de modo aún más claro que con los títulos que los jóvenes dijeron leer. En cierta forma, hay una incongruencia al repasar los libros leídos recientemente con los autores predilectos, como si dichas elecciones provinieran de comunidades de lectores diferentes. Borges, Christie, Poe, Sábato, entre otros, también aparecen con frecuencia. Cabe preguntarse, qué hay de cierto en ello, o si más bien se trata de responder lo políticamente correcto. En sentido metodológico, la técnica de recolección empleada no permite profundizar en sus respuestas; debería captarse la experiencia de lectura en términos extensos. Considerando la imposibilidad de respaldar las elecciones con argumentos sólidos que permitan justificarlas, resta ponerlas en duda. Al momento de apreciar las aptitudes como escritores, en García Márquez y Cortázar subrayan la habilidad de redacción, descripción de personajes y caracterización de lugares. En Cohelo, señalan cierta competencia para transmitir contenido de tipo espiritual; y en Katzenbach, su aptitud de generar intriga y suspenso. Siempre cuando valoran lo hacen en función de “aquello que les provocó leerlos” y de la “capacidad literaria del autor para” caracterizar, crear o generar climas específicos. En suma, valoran el cómo se cuenta en mayor medida que el qué se relata; es decir, la forma antes que el fondo, sin embargo, los libros que leen priorizan el contenido antes que el modo de relatarlo.

Finalmente, la infografía próxima reafirma las diferencias en los gustos de género:

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Otras relaciones que surgen de la prueba de independencia sugieren que el tipo de lectura preferida se asocia con aquello que les atrae del libro, con las desventajas asociadas a la lectura digital y con los incentivos propios de lectura. Asimismo, existe relación estadística entre el último libro leído por placer y el tipo de lectura preferida. Téngase presente que la prueba de independencia señala cuando dos variables categóricas se vinculan pero no la influencia que podría ejercer una sobre la otra, y menos, explicar el comportamiento que sugiere una relación de causalidad.

Nuevos interrogantes y líneas de investigación posibles

Por un lado, esta investigación ratificó saberes previos –en general se comprobaron regularidades empíricas vinculadas con los hábitos y comportamientos lectores, según registros oficiales– y además, llenó huecos en el conocimiento sobre dimensiones no consideradas en los relevamientos nacionales, particularmente aquellas vinculadas con las preferencias literarias y las percepciones sobre la condición de lector y la lectura digital. Si bien esta tesis supo cumplir con los objetivos formulados; no obstante, emergen dos líneas de indagación posibles como continuidad del presente estudio, en virtud de profundizar los hallazgos de esta investigación. De los tres elementos que constituyen la cultura escrita, resulta necesario ahondar en los contenidos.

Una posible línea de investigación, en el marco de la lectura con mayor prevalencia en los jóvenes, función utilitaria, sugiere explorar aquello que entienden por información desde su horizonte de expectativas, porque constituye una motivación importante para el ejercicio de la lectura, y teniendo presente que, después de para comunicarse con su grupo de pares mediante el uso de redes sociales, acceden a Internet para informarse. Precisamente, en la sociedad de la información se concibe la apropiación como un proceso creativo que implica la adaptación, transformación o recepción activa en base a un código distinto y propio. En este proceso aparecen dos tipos de apropiaciones: la tecnológica y la del contenido que es vehiculizado por ese medio bajo un nuevo formato. Adecuarse a una tecnología nueva, implica cierta conformidad, la comprensión de sus códigos y su uso natural en ámbitos para los que anteriormente no se contaba con la misma; y adecuarse al nuevo formato implica nuevas competencias intelectuales para leer y ¿comprender? hipertextos en situaciones cotidianas y en simultáneo con el desarrollo de otras actividades –de ocio tecnológico y también productivas–. Entonces, ¿qué significado los jóvenes atribuyen a la palabra información?, ¿qué esperan recibir cuando manifiestan la necesidad de estar informados?, ¿cuáles son los medios que vehiculizan esa información y cómo los eligen? ¿Comparten, intervienen, viralizan esos contenidos; a quiénes involucran y de qué forma lo hacen? Es decir, ¿cómo se apropian de estos contenidos –textos, sonidos e imágenes– haciendo uso de las posibilidades que otorgan las nuevas tecnologías de la información y comunicación?

Una segunda línea de investigación se enmarca en la lectura por placer, aquella que representa una minoría entre los universitarios, y que desde el campo de la recepción literaria, sugiere indagar en los efectos de la mundialización de la literatura en los hábitos lectores. Es decir, analizar el impacto de la globalización cultural en el consumo de libros y los gustos literarios juveniles; y asociado a ello, explorar las características de las narraciones compartidas y su relación con el interés del público lector. Para esto, es importante entender que el proceso de mundialización de la cultura no implica necesariamente la homogeneización de los gustos y los hábitos culturales como si se experimentase una realidad unidimensional. La globalización de las sociedades lleva a la constitución de una espacio transglósico –donde coexisten lenguas y costumbres distintas– en el cual una cultura mundializada debe cohabitar con un conjunto de culturas diferenciadas. En este sentido, la mundialización abriga en su seno la propia diferenciación inherente a la modernidad, pero permite simultáneamente la existencia de una civilización mundializada y las particularidades culturales (Ortiz 1995). Por ello, es pertinente profundizar en los gustos y las inquietudes de los jóvenes y su correspondencia con las características de los textos, sabiendo que esos contenidos circulan por espacios concretos, donde provocan efectos. Por ejemplo, estimulan la lectura en jóvenes que no leen, desarrollando y afirmando destrezas y disposiciones adquiridas en un proceso de sociabilización virtual que es, simultáneamente, uno de los factores de éxito de estos relatos de aventura fantástica o thrillers policiales que tanto gustan leer. Entonces, estas narraciones se integran en un espacio cultural extenso que incluye no sólo formas discursivas sino también prácticas y estructuras formales e informales, estimuladas por la industria del entretenimiento mundial. Sin embargo, acerca de cómo son leídos estos relatos, quizás nunca pueda conocerse completamente, aunque, a diferencia de las novelas sentimentales que estudió Sarlo (2004), estos lectores sí han dejado –y continúan haciéndolo– material escrito y audiovisual producido por ellos mismos. En la década del veinte del siglo pasado, los rastros quedaban en otras zonas de la literatura, en la forma en que esos relatos eran presentados a su público, en la reconstrucción del circuito que pudieron haber recorrido en el barrio, desde el kiosco de diarios o el vendedor hasta el hogar (Sarlo 2004); o quedaban en el propio testimonio de los lectores a quienes debía interrogárselos (Radway 1983; Darnton 1996; Ginzburg 1999) o en los registros de las bibliotecas escolares y públicas como los experimentos Data Base (The Open University 2015) y What Middletown Read (Ball State University 2015). Se propone conocer las condiciones de posibilidad de lectura mediante la objetivación del acto de leer; no obstante, ese lugar de reflexión reservado para quienes producían conocimiento a partir de las experiencias de lectura de determinada comunidad de interpretación, y que podían de algún modo reconstruir, ahora se ha democratizado: blogs, canales en YouTube y redes sociales son algunos de los espacios de expresión y manifestación de opiniones que pueden ser fácilmente recuperados por los cientistas sociales: hoy puede llegarse a esa comunidad de interpretación sin necesidad de interrogar personalmente a sus integrantes, superando las debilidades que ese tipo de recolección de datos supone.

Por otra parte, la ficción no sólo se construye con materiales ideológico-experienciales que conforman un patrimonio estético común, sino que los textos mismos funcionan como formadores activos de fantasías sociales. En este sentido, profundizar el análisis en aquello que se manifestó como una continuidad entre los gustos adolescentes en los jóvenes universitarios reviste un carácter de suma importancia. En el ejercicio de la lectura se producen identificaciones morales y psicológicas que seguramente tengan una permanencia más duradera que la del momento del consumo y el placer: “huella de literatura en sus lectores y también marcas de los lectores en la literatura” (Sarlo 2004:38). Para conocer a qué se debe la masiva aceptación de este tipo de literatura globalizada, debería interrogarse a estos relatos en términos de su sistema de representación, de su temporalidad, del tipo de causalidad que instalan, de su utilización del clisé. Se deja planteada, entonces, la necesidad de cuestionar el sistema literario de este grupo generacional que disfruta de estas narraciones, y cuyos gustos literarios comparte con la generación inmediatamente anterior y con otros jóvenes en el mundo. Para lo cual, debiera indagarse en las disposiciones experienciales, estéticas y gnoseológicas que moviliza y requiere la lectura de estas narraciones. En otras palabras: qué es necesario saber para disfrutar y otorgar sentido a estos textos; es decir, focalizar la atención sobre el proceso de lectura desde sus condiciones estéticas de posibilidad y sobre sus efectos en los sistemas interpretativos de los jóvenes.

En síntesis, ambas líneas de investigación proponen profundizar en la cultura escrita a partir de los contenidos: el más leído por los universitarios, la información –en sentido muy amplio y confuso, por ahora– y el menos leído pero igualmente significativo, la literatura de ficción. En ambos casos, metodológicamente debería reconstruirse ese espacio donde se cruzan imágenes, ilusiones, deseos, inquietudes y experiencias; es decir, descifrar el imaginario del público lector joven. Ello supone entender cómo cada comunidad tiene sistemas de clasificación de los géneros, de distinción entre ficción y verdad, y distinciones entre el discurso metafórico e irónico (Chartier 1999b:125); así como distinciones vinculadas con lo urgente, importante y necesario saber para ‘estar informado’. Asimismo será fundamental considerar que en la llamada Revolución digital comienza a construirse una nueva identidad en la que además de receptores, los usuarios devienen productores de contenidos. Es decir, “si las identidades de los jóvenes se definen no sólo en el libro que leen, y fundamentalmente, en los programas de televisión que miran, en el sitio web por el que navegan, en la música que escuchan, en el blog que crean, en el perfil que construyen para una red social y en la película que eligen, es necesario entonces analizar la manera en que se vinculan con los medios de comunicación y las nuevas tecnologías, en su nuevo rol de receptores y productores de contenidos” (Morduchowicz 2012:24). En este sentido, será elemental aumentar el nivel de complejidad del diseño de investigación haciendo uso del abordaje cualitativo para obtener ese material emergente; la conformación de grupos focales sería la técnica adecuada ya que permitiría el debate y puesta en común entre los universitarios, lectores y no lectores, usuarios y no usuarios de la Red.

La formación de lectores, un desafío para el Sistema de Educación

Las condiciones de existencia de los universitarios, así como las condiciones de posibilidad de lectura, dependen y se articulan con las instituciones sociales que rigen en cada momento de su ciclo vital y entorno cultural: la familia, la facultad o instituto al que asisten –el sistema educativo en sentido amplio–, el trabajo y la administración pública, pero también se relacionan con los estilos y modas vinculados con el ocio y los consumos culturales y mediáticos. Por tanto, no es posible analizar el vínculo que mantienen con la cultura escrita de modo homogéneo sin considerar las tendencias vigentes en las instituciones y estructuras sociales en las que se forman, desarrollan e interactúan. Asimismo, si se considera que los públicos no nacen, sino se hacen, que son formados por la familia, el Estado a través de la escuela, el mercado y los medios de comunicación, entre otros agentes que influyen, con diferentes capacidades y recursos, en las maneras en cómo se acercan o se alejan de las experiencias de consumo cultural, las políticas de formación de públicos pueden ser repensadas a la luz de esta tesis. Generalmente, las instituciones gubernamentales encargadas de la promoción de la lectura, han limitado la formación de públicos a multiplicar la oferta de libros y la difusión de actividades culturales, pero ello no se ha transformado en experiencias concretas de formación de la capacidad de disfrute de la lectura. Ante la inefectividad estatal, la mayoría de los niños, adolescentes y jóvenes se forman como lectores por los medios de comunicación y la oferta comercial del mercado del libro. Y en rigor, lo que es menester del Estado mediante la tarea conjunta de las instituciones educativas es proponer vías para reemplazar esa lectura efímera, inmediata y espontánea –evidenciada en esta investigación– en la dirección de una lectura; asimismo que posibilite a los jóvenes discernir por qué el texto es el resultado de una innovación estética o de un trabajo intelectual, les otorgue herramientas de comprensión lectora y les permita, progresivamente, mejorar el rendimiento académico.

Considerando los títulos que han comentado leer y el modo caótico en que consumen todo tipo de contenidos, libros construidos para gustar, objetos reflexivos (Lash y Urry 1998), y también para complementarse con otros bienes y discursos que circulan en la industria del entretenimiento: hasta qué punto no son imposiciones del mercado global y qué participación puede tener el Estado como intermediario cultural. Asimismo, la dificultad radica en saber cómo trazar puentes entre esa lectura de textos no canónicos o no legitimados a la tradición letrada: cómo encauzar esta omnipresencia de contenidos leídos a lo que se denomina lectura de una obra. Pero ¿es necesario hacerlo? O bien, como plantea Bourdieu, “la necesidad de lectura no es natural sino producida en contextos específicos”. Si como se dijo, la lectura es el producto de las condiciones en las cuales alguien ha sido producido como lector (Bourdieu 2003) –sin olvidar a la lectura como espacio propio de apropiación que no puede ser reducido jamás a eso que es leído (Chartier 2003:172)– ¿cómo producir entonces lectores? Considerando que las prácticas, situaciones y capacidades de lectura son históricas, tienden a cambiar con los avances tecnológicos –y esta investigación ha dado suficientes muestras de ello– ¿cómo contribuir con la producción de sujetos prestos a la lectura reconociendo las virtudes que supone leer? ¿De qué modo aportar para la constitución de jóvenes que después de su paso por la escuela primaria y media no se desencanten de la literatura, sino más bien continúen ese proceso de formación cultural? ¿Qué desempeño supone al Estado en esta iniciativa? ¿Cómo acercar a los nativos digitales a la lectura sostenida de un libro impreso o electrónico, y mitigar los temores de los inmigrantes digitales respecto de la lectura en soportes digitales?

En primer lugar, hasta el sentido común diría que para fomentar la lectura en los más jóvenes, sin duda es elemental conocer el fundamento de sus gustos y preferencias literarias. Luego, para despertar y consolidar el hábito lector debiera desestimarse las imposiciones y promover la idea de favorecer la motivación por contagio (Gobierno de España 2002), transmitiendo gusto y entusiasmo, y confiriendo a la lectura el carácter de actividad de ocio placentera. En este sentido, Gianni Rodari (2003) señala que lejos de ordenar la lectura de un libro, se debe sugerir aquellos libros que pueden ser pertinentes para que los jóvenes aprendan y se diviertan, porque quizá el alejamiento que muchos estudiantes experimentan hacia el ejercicio de leer se deba a que nunca encontraron lo que buscaban entre los títulos que otros, imperativamente, les pidieron leer. De hecho, según datos oficiales, la mayor proporción de lectores son estudiantes, quienes paulatinamente comienzan a desestimar la práctica porque no la asocian con el placer sino estrictamente con su función utilitaria: como se evidenció los universitarios perciben el libro como un medio de conocimiento, leen principalmente por deber y asocian ese ejercicio con la búsqueda de información. Probablemente, con el tiempo comienza a desaparecer ese hábito que nunca terminó de constituirse, porque no fue efectiva esa primera instancia de formación lectora cuyos resultados se observan en el deficiente rendimiento escolar, y particularmente, en los bajos niveles de comprensión lectora de los estudiantes argentinos respecto de otros jóvenes en el mundo. En suma, una política de estado debería orientarse en trazar un puente entre la lectura escolar y la lectura en la adultez, sabiendo que un niño estimulado desarrollará un gusto por la lectura que mantendrá a lo largo de su vida. La propuesta es pensar estratégicamente las prácticas de la lectura en el mundo de la infancia como continuidad. En este sentido, los nuevos espacios y modalidades de recomendación en la Red, como los booktubers y booktalks, pueden constituirse excelentes herramientas de divulgación, siempre que el Estado, mediante los Ministerios de Educación y Cultura, haga uso de ellas y no deje este espacio sólo para que el mercado imponga títulos y autores. Es decir, las infinitas posibilidades que propicia Internet debieran permitir la promoción de la lectura a un público que maneja el lenguaje digital. No obstante, previo a cualquier proceso de promoción de lectura debe incidirse en un aspecto crucial del sujeto: la apetencia. En este sentido, uno de los fundamentos de cualquier propuesta para el fomento de la lectura debe partir de cultivar el apetito por la lectura, las “ganas de leer”, de entrar en otros mundos, de experimentar la propuesta de un autor. Sin duda, para impulsar la lectura deben considerarse los intereses de este grupo generacional –y esta investigación hizo su aporte en este sentido–. En suma, hay desafíos para el sistema educativo en la formación de lectores. Ahora bien, ¿cómo un sistema conformado, diseñado y ejecutado por inmigrantes digitales, early adopters, podría responder a las demandas de un conjunto de nativos digitales que no aprenden ni se apropian de los contenidos textuales como aquellos? O bien, ¿de qué modo el sistema literario podría satisfacer a lectores que ya no leen ni se involucran como sus predecesores, e incluso, como los escritores? Se impone la necesidad de reconsiderar métodos y contenidos con el objeto de acortar la brecha entre nativos e inmigrantes digitales, entre docentes y alumnos, y por qué no, entre escritores y lectores.

El perfil del joven universitario supone cierta inquietud intelectual puesto que ha decidido seguir una carrera y está inmerso en un entorno que lo motiva a potenciarse y progresar. Por otro lado, los modelos académicos están desarrollados para que los estudiantes sean protagonistas del propio proceso de aprendizaje, autónomos y con capacidad para autoevaluar su desempeño. Por ello, el Sistema de Educación debería considerar el desarrollo de competencias de lectura; sabiendo que el acercamiento de los universitarios a lo literario es un factor que potencia su desempeño académico, por qué no desarrollar actividades de fomento lector entre los estudiantes de nivel superior en los mismos centros educativos. En este sentido, sería interesante diseñar actividades de lectura compartida y debate al interior de las asignaturas e implementar prácticas pedagógicas que incluyan la literatura en materias que en apariencia están desvinculadas de la ficción. Para que esta iniciativa sea efectiva cabría preguntarse por las diferencias entre el comportamiento lector del estudiante del área humanista y área científica? ¿Cómo coopera la carrera del estudiante en su formación como lector? Debiera buscarse estrategias frente a la incesante multiplicación tecnológica y su penetración en todos los intersticios de la vida cotidiana; asimismo es imprescindible contar con las opiniones de los universitarios, por ejemplo, al momento de sugerir servicios bibliotecarios accesibles y adecuados a sus necesidades (Reading the situation 2000; Gilardoni 2013a).


  1. Real Academia Española. Diccionario de la lengua española (DRAE). 23ª edición. 2014. “Libro”. http://goo.gl/dRpl6b


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