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1 Introducción

Cultura escrita, tiempo libre y jóvenes universitarios

De modo paulatino, el ocio y el entretenimiento se entremezclan con actividades productivas desplazándose de los horarios de consumo tradicional y distribuyéndose durante el día. Los consumos mass-mediáticos, antes concentrados exclusivamente en el tiempo libre, debido al acceso a Internet, comienzan a insertarse en las grietas del sistema productivo y en los masivos desplazamientos urbanos, que incluyen los traslados desde el sitio de trabajo hacia el centro educativo y luego el regreso al hogar, y a ser experimentados simultáneamente en dispositivos digitales en los cuales los jóvenes alternan consumos de contenido virtual, deberes estudiantiles y laborales y la comunicación interpersonal mediante el uso de las redes sociales. En este sentido, el fenómeno de convergencia entre las industrias culturales y las redes digitales impacta en la relación que los sujetos tienen con la palabra escrita resignificando las prácticas culturales. Esta investigación pudo probar que si bien los jóvenes disfrutan del ocio electrónico, las redes sociales y otros usos cibernéticos se han incorporado al tiempo productivo. Así pues, en un contexto asociado con las nuevas formas de acceso al conocimiento y entretenimiento, con la aparición del lenguaje digital y con las diversas maneras de administrar el ocio, el sujeto joven es protagonista. Ello se debe a que de los grupos sociales, los jóvenes están principalmente involucrados en este proceso de cambio, a partir de la irrupción de una cultura digital sobre la cual nacieron o se están desarrollando. En este sentido, esta tesis analiza minuciosamente el modo en que los jóvenes universitarios se relacionan con la cultura escrita; se ocupa centralmente de las preferencias y los modos de leer durante el tiempo libre. En sentido amplio, la cultura escrita abarca desde el manuscrito, el libro impreso y la prensa gráfica hasta la más cotidiana de las producciones escritas, las notas en un cuaderno, los apuntes de clase, las cartas y los correos electrónicos, los mensajes instantáneos y hasta las intervenciones en las redes sociales. No obstante, esta investigación comienza con un recorte de la cultura escrita a partir del público lector: los jóvenes universitarios, y tiende a focalizar la atención en un formato: el libro –aunque sin descuidar otras formas de expresión escrita–. Entonces, segmentando la cultura escrita desde sus destinatarios, y a partir del análisis de sus pautas de comportamiento y patrones de consumo cultural, se procura conocer las particularidades de los mundos simbólicos de este grupo generacional en el que la palabra escrita adquiere diferentes sentidos en el marco de la revolución cibernética que trastoca las experiencias de lectura.

En el análisis de la cultura escrita puede observarse la triple intersección entre el texto, el objeto –sea manuscrito, impreso o digital– y las prácticas culturales de apropiación –las lecturas y los usos que de los libros han hecho los públicos–. Algunos estudios han preferido dejar afuera los ‘usos’ y limitarse a la ‘lectura’ porque sin leerlos, los libros han sido utilizados para la magia o con fines medicinales –como cuando se lo utilizaba como protección y se creía que anteponiéndolo al enfermo éste podía sanar–, para establecer una distinción social (Bourdieu 2006) e incluso pueden transformarse en objetos de arte, como la reconocida performance de Marta Minujín.[1] No obstante, esta tesis abre un espacio de reflexión a partir del análisis de los contenidos, los soportes y las prácticas de lectura. En este sentido, la estrategia metodológica –que supuso la recolección de datos primarios mediante la aplicación de una encuesta administrada a una muestra de jóvenes universitarios y la recopilación de fuentes secundarias– contempló estos tres elementos de la cultura escrita: se otorgaron distintos espacios para interrogar acerca de los textos leídos, los hábitos de lectura y los soportes en que leen, sean analógicos o digitales.

Cuando se comenzó a diseñar la investigación, inquietaba una cuestión recurrente, un lugar común pero poco estudiado: el modo en que este grupo generacional administra los momentos que restan de las llamadas ‘actividades productivas’. Sucede que desde siempre los jóvenes han sido cuestionados por sus hábitos fuera del ámbito educativo y laboral: “¿qué hacen mientras no están en la universidad estudiando o en su empleo trabajando?”. Considerando que el tiempo libre es un recurso limitado para la mayoría de los sujetos, su utilización es un indicador clave de intereses, valoraciones y expectativas. Por ello, indagar en las actividades de ocio fue gran motivador.

Además de cuestionarse el modo en que los jóvenes emplean su tiempo libre y mirar con desdén el uso que hacen de la tecnología y el consumo mediático, a menudo son desacreditados como lectores: está instalada la idea “no leen lo suficiente” o “cada vez leen menos”, sin embargo, no hay datos estadísticos que evidencien esa conjetura. De hecho, al cotejar los resultados de las Encuestas Nacionales de Lectura 2001 y 2011, la evolución del comportamiento lector no sugiere una disminución en la práctica. Pero además, ¿cómo podría sostenerse que los jóvenes no leen en un mundo plagado de textos? (Chartier 2005c). Existe una omnipresencia de textos digitales para jóvenes que supuestamente “no leen”, pero que sin embargo, están leyendo constantemente. Miran atentos con la cabeza gacha hacia su teléfono móvil: están leyendo ‘algo’. Es decir, los soportes digitales son en su imaginario su pantalla textual donde hay sonidos, imágenes y cientos de palabras escritas. Asimismo, en la vía pública, los kioscos de diarios y revistas, los carteles y señales, y los avisos publicitarios constituyen estímulos de lectura. Esto significa que hay repertorios textuales, impresos y digitales, que se diferencian según su origen y soporte, y que hay prácticas de lecturas que son marcadas por un tiempo, por una reflexión, por una apropiación profunda de la palabra escrita. Sucede que el término «lectura» es confuso en sí mismo, desde la teoría y la metodología, puesto que leer una revista de moda o un cuento borgeano es leer. De esta manera, hay una posición ambigua porque todas las lecturas no son equivalentes. Existe un orden de los discursos con géneros diferenciados, por tanto, resultaría demagógico asumir que existe una equivalencia generalizada. De hecho, leer puede organizarse a partir de una revista de moda y no desde Borges. Desde luego, un mensaje instantáneo no es un libro; y precisamente esto exige un esfuerzo intelectual de clarificación y organización del mundo del discurso (Chartier 2005c). Aprovechar estas nuevas posibilidades supone que se conoce y se organiza un orden de los discursos para discriminar géneros (Foucault [1970]2013); y sólo a partir de esta asimilación de las diferencias podrían inventarse formas nuevas. Entonces, no se trata de medir cuánto leen los jóvenes o conocer si aumentó o disminuyó la intensidad de lectura en este grupo generacional –porque se estaría incurriendo en un lecturómetro sin demasiado alcance–, sino más bien preguntarse qué leen y de qué modo lo hacen, habiendo antes establecido niveles de lectura, ordenado los discursos y discriminado situaciones de lectura. Por tanto, es necesario plantear los objetivos de investigación no sólo desde el conocimiento de las prácticas y las preferencias, sino también determinar con qué imágenes están relacionadas.

También aparece una posición ambigua respecto del lector al descuidar la cuestión de por qué se lee, si existe una necesidad de lectura, y formular la pregunta sobre las condiciones en las cuales se produce esa necesidad. Por ejemplo, cuando se advierte una correlación entre el nivel de escolaridad y la intensidad de lectura y/o el tipo de lectura, podría cuestionarse cómo acontece dicha asociación considerando que no se trata de una relación auto-explicativa. Es probable que se lea cuando se tiene un mercado respecto del cual tienen valor los discursos relacionados con la lectura y los libros: “Si esta hipótesis puede sorprendernos e incluso chocarnos –dice Bourdieu– es precisamente porque nosotros somos gente que siempre tiene a mano un mercado de alumnos, de colegas, de parientes, etcétera, a los cuales uno puede hablar de lecturas.” Y en efecto, el interés por estudiar la relación entre los jóvenes y la cultura escrita surge desde la propia experiencia laboral, a partir del trato con alumnos universitarios.[2]

Por lo dicho, según Bourdieu (1988) interrogarse sobre las condiciones de posibilidad de la lectura equivale a interrogarse sobre las condiciones sociales en las que se lee y las condiciones sociales de producción de los lectores. No obstante, antes de responder cómo se produce la necesidad de la lectura o de lectores, debiera cuestionarse el modo en que se produce la creencia del valor del libro como producto cultural, teniendo presente que éste requiere simultáneamente el universo de creencias que hace que se lo reconozca como objeto cultural. Precisamente, esta investigación pudo constatar con reiterados indicadores la valoración positiva de los jóvenes respecto del libro y la lectura, así como la importancia asignada al fomento de la lectura en los niños mediante la compra de libros infantiles.

Por otro lado, estudiar la relación entre los jóvenes universitarios y la lectura conlleva el cuestionamiento sobre el grado de apreciación de los jóvenes por la cultura escrita, los formatos más utilizados para leer, su relación con la lectura digital y otros aspectos de suma importancia para los actores del sistema educativo así como del mismo mercado editorial. Además es importante determinar cuáles son los canales más recurrentes entre los estudiantes para informarse y acceder al material de lectura. En este sentido, cobra especial relevancia la biblioteca universitaria, pero también las bibliotecas públicas, junto con la valoración de otras fuentes de acceso como las librerías y otros canales de distribución no físicos, sino virtuales, que amplían y diversifican la oferta. Pero también cabe mirar ámbitos de encuentro entre los jóvenes y los libros, como los eventos culturales organizados de tipo Noche de Librerías y la Feria Internacional del Libro. Curiosamente, según un relevamiento del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Fundación El Libro (2014), el 81% de los visitantes de la Feria del Libro tiene un título terciario, universitario y de posgrado o están cursando esos niveles educativos. Esto permite trazar el perfil de los asistentes y conjeturar que los jóvenes universitarios frecuentan este espacio –aunque se trate de una minoría muy reducida considerando el total país–.

La Encuesta Nacional de Hábitos de Lectura 2011 indica que el perfil del lector frecuente corresponde al sujeto en edad escolar proveniente de los niveles socio-económico alto y medio. Pero precisamente, los grupos 12-18 años –previsiblemente, escuela media– y 18-25 años –posiblemente, escuela superior– son aquellos que manifiestan menos interés en la lectura de libros, aunque en comparación con la medición de 2001 haya aumentado la frecuencia semanal de lectura en este último segmento.[3] De cualquier modo, son lectores por deber. El último informe del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (2013b) confirma este fenómeno: los mayores niveles de lectura acontecen desde los 9 hasta los 25 años en los países de la región, y luego de un estancamiento, la curva comienza a decrecer progresivamente. Cabe concluir, entonces, que la lectura es una práctica básicamente escolar. Pero, ¿qué implicancias trae aparejado que el alumno se aleje de los libros a medida que cumple con las distintas instancias de educación formal? A diferencia de la lectura escolar, podría hablarse de “hábito lector” cuando la lectura se realiza de manera auto-motivada y se practica con cierta periodicidad. De modo que no sea sólo considerada un medio de aprendizaje, inducida desde la institución educativa, sino una alternativa genuina de entretenimiento. De acuerdo con las motivaciones, si se trata de la lectura de libros por placer, en Argentina, el interés aumenta después de los 40 años; el segmento de adolescentes resulta el menos interesado (SInCA 2012). Ocurre que el ejercicio de la lectura por entretenimiento, pasada la infancia, entra en crisis –y acaso, en competencia– con otras prácticas de ocio. Entonces, ¿de qué factores depende que los sujetos continúen cultivando el gusto por la lectura? y ¿cómo repercute en su vida adulta, más aún si deciden continuar sus estudios? Justamente, este trabajo sugiere el análisis de la cultura escrita a partir de la división de la lectura según se practique en momentos ociosos –con fines recreativos– o cumpla una función laboral o académica. Discriminar según la funcionalidad, por deber o placer, permitió distinguir el sitio que predominantemente los estudiantes le destinan a la práctica, y advertir cómo la conciben: si está destinada sólo como herramienta que permite la apropiación de conocimientos o si pueden admitirla como uno de los consumos culturales posibles. En este sentido, los resultados de esta investigación confirman que para los jóvenes la lectura es predominantemente académica e informativa, y que el libro es un vehículo de conocimiento antes que un mediador de entretenimiento. Asimismo, se descubrió que leen información desde soportes digitales, dejando un espacio residual a la lectura por placer, que continúan relacionándola con el libro en papel. Estar informados, al corriente de los últimos acontecimientos, constituye una motivación importante que los acerca a la lectura. De hecho, recuérdese, durante el Medioevo la lectura estuvo reservada a los monasterios con una función de repositorio y conservación, y más tarde, la lectura pasó a ser escolástica, vinculada a los centros de estudio con una función intelectual (Chartier 1999b). De allí en más, su función predominante continuó siendo posibilitar el acopio de saberes.

Por otra parte, el sentido común responsabiliza a los medios de comunicación por el aparente alejamiento de los jóvenes de la lectura –una práctica que ‘ennoblece’ a quien la desarrolla–. Pero, ¿es oportuno sostener que los jóvenes leen poco, que se distraen con otros consumos culturales, que su apatía respecto de los libros los aproxima a actividades fuera del sistema productivo? El Informe Juventud en España 2000 indica que la combinación de la oferta audiovisual con la informática se refleja en un rápido descenso de la cantidad de lectores –en 1995 los jóvenes de entre 15 y 29 años interesados por la lectura alcanzaba el 26%, pero hacia 1999, esa proporción descendía al 14%– (Gobierno de España 2001). Sin embargo, la Argentina carece de estudios que puedan abalar este preocupante dato. Incluso, esta investigación pudo constatar que no existe tal correlación negativa entre la lectura y otras prácticas culturales; y que ésta, asociada a los consumos culturales tradicionales, gracias a Internet se ha escindido del ocio y asemejado a otros consumos mediáticos, para los que no se precisa tiempo libre porque pueden desarrollarse en simultáneo con otras tareas. Y es aquí donde aparece un fenómeno contemporáneo: el multitasking, presente en varias apreciaciones de los jóvenes. Asimismo, se supo que la predisposición favorable hacia la lectura conlleva a consumos asociados –por ejemplo, concurrir a la Feria del Libro y comprar libros y obsequiarlos– y que leer está relacionado con la gran frecuencia con la que se asisten al cine. Por otra parte, esta investigación evidencia que la mayoría de los jóvenes no involucra a sus objetos predilectos, las computadoras y los celulares, en su tiempo libre, sino más bien los incorpora a las prácticas diarias escindiéndolos del ocio. Si bien las nuevas tecnologías ocupan un lugar preponderante en la vida de los jóvenes, las prácticas que se introducen con la expansión de nuevos dispositivos y plataformas no han desplazado por completo el interés en actividades recreativas más tradicionales, como el deporte y el disfrute al aire libre.

Lamentablemente no se dispone de bibliografía sobre el tema planteado, al menos no en la misma medida que hay material respecto de las conductas lectoras de niños. La población infantil, y más recientemente los adolescentes, han sido estudiados desde el ámbito académico, sobre todo, se reconoce el aporte del campo de las Ciencias de la Educación. Estrictamente sobre la educación superior, durante el proceso de revisión bibliográfica no aparecieron estudios aplicados a jóvenes universitarios, cuestión que evidencia un vacío en el conocimiento acerca del valor asignado al libro en este segmento, en tanto medio de información, recreación y enriquecimiento personal.

Hábitos de lectura y rendimiento académico

En el marco de los profundos cambios tecnológicos así como en el progresivo viraje en el paradigma cognitivo, lo que sugiere nuevas formas de apropiación de los contenidos que se les imparte a los estudiantes en las aulas, la propuesta de analizar el vínculo que los jóvenes universitarios tienen con la cultura escrita adquiere gran relevancia, sobre todo reconociendo la importancia que el contexto educativo tiene, como formador y mediador de conocimientos. Estos estudiantes han experimentado un cambio radical con respecto a sus inmediatos predecesores, que no puede reducirse a las esperables diferencias generacionales. Se está frente a un fenómeno sin precedentes, producto de una discontinuidad ante la rápida e ininterrumpida difusión de las tecnologías de la comunicación e informáticas desde las últimas décadas del siglo XX. De hecho, los actuales universitarios tienden a poseen una configuración cognitiva particular que implica tiempos de atención y dedicación diferentes así como un vínculo y tiempo de consumo mediático propios. Entre docentes y alumnos se advierte una brecha cognitiva, de competencias, de intereses, de motivaciones, aunque esta distancia también se aprecia entre universitarios de generaciones contiguas. Justamente, la estrategia metodológica de esta investigación instó a tomar dos sub-poblaciones conformadas por jóvenes, menores y mayores de 25 años, con el propósito de advertir desavenencias entre ambas. Vale adelantar que, a diferencia de lo que se esperaba, se hallaron más semejanzas que diferencias en el modo en que aprecian y se vinculan con la cultura escrita: impresa y digital.

Por otro lado, la escisión, esencial pero rudimentaria, entre alfabetizados y analfabetos no agota las diferencias en la relación con lo escrito. Todos aquellos que pueden leer textos, no lo hacen de igual modo, y es apreciable la distancia entre los virtuosos y los menos hábiles (Chartier 2005b:25). En este sentido, el punto de partida de esta comunidad de interpretación son los recursos y capacidades de lectura inherentes a un alumno universitario, independientemente de la rama de estudio que haya elegido. Esta población supone un recorrido académico previo a su llegada a la Universidad y ciertas competencias intelectuales adquiridas en dicho trayecto: se espera que desarrollen actividades intelectuales y posean hábitos de estudio más o menos formados. De estas determinaciones, que gobiernan las prácticas, según Bourdieu (2010) el capital escolar, dependen las diferentes maneras en que los contenidos pueden ser leídos por lectores que no disponen de los mismos instrumentos intelectuales y que no mantienen una misma relación con lo escrito. Es sabido que en general, los jóvenes egresan de la escuela secundaria con un nivel de comprensión de lectura insuficiente para las exigencias universitarias, y que no tienen una relación estrecha con las bibliotecas escolares. Cuando llegan al primer cuatrimestre se sienten abrumados con un ‘extenso’ material para leer. No obstante, es innegable que el comportamiento lector está íntimamente ligado a la carrera que cursan, los textos que debe leer, el modelo formativo de la institución en la cual estudian y una serie de otras variables académicas. De cualquier modo, la bibliografía y apuntes de clase deben ser leídos, comprendidos y procesados para eximir las evaluaciones parciales y finales. Ahora bien, si un joven estudiante no tiene una conducta lectora arraigada y su nivel de comprensión de textos es deficiente, ¿cómo podrá asimilar los contenidos de la bibliografía obligatoria de cada una de las asignaturas que conforman el Plan de Estudios? Al respecto, cabe decir que tampoco se encontraron antecedentes bibliográficos que indaguen en el mecanismo que los jóvenes estudiantes tienen para enfrentar su rendimiento académico a través de la lectura.

Por lo dicho, se reconoce la estrecha relación entre el desempeño escolar y la intensidad de lectura. Una encuesta realizada con alumnos españoles de 4° año de la escuela media indica que existe una correlación positiva entre los hábitos lectores y el rendimiento académico, de tal forma que los alumnos que más leen obtienen mejores calificaciones en las materias escolares –además de en Lengua y Literatura– y mejores puntuaciones en las pruebas de nivel. Es decir, la frecuencia de lectura tiene una correlación positiva con el desempeño escolar: cuanto más asidua es la lectura, mejor resulta el rendimiento global (Gobierno de España 2002). A propósito, se sabe por los resultados de la prueba trienal PISA –con estudiantes del mismo grupo etario– que la Argentina ha presentado en las últimas mediciones una involución notable en la comprensión de textos, así como en matemáticas y ciencias; y que su rendimiento está por debajo del puntaje que obtuvieron otros países de la región. En lectura, el alumno promedio argentino se desempeñó de modo deficiente respecto de sus pares latinoamericanos excepto Perú. Si bien Argentina y Chile tenían un puntaje similar en lectura en 2000, Argentina permanece estancada y Chile avanza considerablemente (Proyecto Educar 2050, 2013). A los indicadores del nivel de comprensión lectora de los alumnos del secundario, podrían agregarse los resultados de la evaluación de la Oficina Regional de Educación de la UNESCO para América Latina y el Caribe (OREALC) sobre lectura, matemática y ciencias naturales a alumnos de tercero y sexto grado. Entre diesiséis países de la región, la República Argentina quedó superada por Cuba, Uruguay, Costa Rica, Chile y México, descendiendo significativamente en relación a la última medición de este organismo en 1998. En lectura, la caída fue mayor: la Argentina fue séptima en tercer grado y ocupó el octavo puesto en las pruebas de sexto grado. Entre los factores que influyen en el rendimiento de los alumnos, el informe de la UNESCO rescata el peso que tiene la escuela, por encima de las condiciones socioeconómicas.[4]

Por otra parte, a estas alturas, es indiscutible que el estímulo de la lectura desde edades tempranas posibilita que los individuos alcancen un nivel básico de educación y continúen un proceso de aprendizaje a lo largo de su vida. Mantener hábitos de lectura contribuye a aumentar el vocabulario, fomenta el razonamiento abstracto, potencia el pensamiento creativo, estimula la conciencia crítica. Sin embargo, la importancia de cultivar el hábito de la lectura excede lo académico o formativo, puesto que es un instrumento fundamental para el crecimiento personal y social de los individuos: la lectura estimula la convivencia y las conductas socialmente integradas. El reconocido trabajo de Paulo Freire “La importancia del acto de leer” (1981) es un ejemplo del amplio consenso entre los expertos en lo que atañe a la significación de la lectura en el crecimiento y el desarrollo de la identidad personal y colectiva de los individuos.

[…] el acto de leer no se agota en la descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se prolonga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra, de ahí que la posterior lectura de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la lectura de aquél. Lenguaje y realidad se vinculan dinámicamente. La comprensión del texto a ser alcanzada por su lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto (Freire 1984:94).

Cuando el sujeto lee es capaz de experimentar emociones que lo llevan más allá de la mera comprensión textual. De modo que la relación entre la lectura y el rendimiento intelectual se estrecha, pues ésta influye en el desarrollo y perfeccionamiento del lenguaje a través de la potenciación de la expresión oral y escrita tornándolo más fluido. Precisamente, el reconocimiento del valor de la lecto-escritura guió a los Jefes de Estado y de Gobierno congregados en la XIII Cumbre Iberoamericana a admitir que la lectura es “un instrumento real para la inclusión social y un factor básico para el desarrollo social, cultural y económico de nuestros países”.[5] En aquel encuentro proclamaron el 2005 como el Año Iberoamericano de la Lectura, y se comprometieron con lo estipulado en la VI Conferencia Iberoamericana de Cultura respecto de a) la adopción del Plan Iberoamericano de Lectura presentado por la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe y b) el respaldo para su desarrollo entendiendo que entre sus objetivos se encuentra “contribuir a la erradicación del analfabetismo”.[6] No obstante, las políticas públicas vinculadas con el fomento de la lectura tienen como principales destinatarios a los estudiantes del primario y secundario. Por ejemplo, el Ministerio de Educación de la Nación, con el propósito de “formar lectoras y lectores”, de acuerdo con la Ley de Educación N° 26.206, impulsó en 2003 el Plan Nacional de Lectura, un programa que desarrolla líneas de acción para “fortalecer la presencia de la lectura en la escuela y promover el encuentro de docentes, estudiantes y la comunidad con el libro y la literatura”.[7] El Museo del libro y de la lengua, creado por la Biblioteca Nacional en 2001, organiza visitas guiadas que incluyen actividades y lecturas sugeridas para los estudiantes.[8] Incluso, de los visitantes de la Feria Internacional del Libro en 2014, alrededor de 130.000 fueron estudiantes primarios y secundarios que accedieron gratuitamente;[9] sin mencionar la Feria Infantil y Juvenil, diseñada especialmente para los más chicos.

Ciertamente, la última encuesta nacional evidencia una evolución positiva en la lectura respecto de la medición anterior. Pero al no disponer de evaluaciones de impacto sobre las iniciativas, cabe cuestionar si esto se debe a las políticas públicas vinculadas con acciones concretas de promoción de la lectura o al descenso natural del analfabetismo en la región. Más allá de las acciones de promoción e indicadores de lectura, la experiencia en el aula evidencia cierta incapacidad de relatar lo leído, de apropiarse de los contenidos, de sintetizar ideas, de articularlas con saberes previos. Leen con dificultad textos formales y artículos periodísticos o de divulgación. Se observa a jóvenes que saben leer y escribir pero no poseen la competencia que les permite controlar la escritura para comunicarse, porque escribir es trazar letras y también es dominar la escritura, componer, razonar. ¿Se otorgan herramientas a los alumnos para que aprendan y sean capaces de crear contenidos propios? Acaso, previsiblemente, se halló que las mismas carencias observadas en el aula aparecieron al procesar los datos: los universitarios han respondido escuetamente y/o mal interpretado preguntas del cuestionario –por ejemplo, cuando se les pidió que manifiesten ventajas y desventajas respecto de la lectura digital, comenten sus experiencias de lectura con los últimos títulos leídos, o cuando se les pidió que valoren a sus autores preferidos–. Las preguntas abiertas han dejado expuesta la incapacidad de expresión escrita y de comprensión lectora de los jóvenes.

Resulta imposible no hilvanar estos datos: los que surgen de la prueba PISA y la medición de la UNESCO en alumnos de primario y secundario, la propia experiencia en el aula y el modo en que los universitarios han respondido el cuestionario que se les administró para la presente investigación. Entonces, si bien no hay evidencias que den cuenta de una disminución en la intensidad de lectura en la población juvenil, debiera reconocerse la involución en el rendimiento escolar, sobre todo, en comprensión lectora. He aquí una paradoja: al parecer, se lee más pero se comprende menos lo leído. Estas falencias que no suceden por generación espontánea, sino que evolucionan desde etapas educativas previas, no provienen sólo de las posibles debilidades de los métodos pedagógicos vigentes, sino también de la inserción de la escuela en un mundo que la desborda y que dificulta ciertos aprendizajes. Más que responsabilizar unilateralmente al sistema educativo y/o al seno familiar, el tema merece una reflexión profunda y extendida. En este sentido, y con respecto a los alcances del trabajo, esta tesis abre un espacio para profundizar en el análisis de la apropiación de la palabra escrita por parte de los jóvenes, y en sus efectos sobre la transmisión educativa.

Acerca de la legitimidad de ciertas lecturas

Para el estudio de la cultura escrita, después de las capacidades de lectura de una población en particular, o bien de sus competencias intelectuales, cabe organizar modelos de lectura que correspondan a una configuración histórica de una comunidad particular de interpretación enmarcadas socioculturalmente. Reconstruir los millones de actos de lecturas en torno a un título o autor escapa las posibilidades de las Ciencias Sociales. Pero puede reconstruirse las pautas y las costumbres en las que estos millones de actos singulares de lectura se ubican y encuentran su sentido. De esta manera no se logra reconstruir la lectura sino describir las condiciones compartidas que la definen, y a partir de las cuales el lector produce sentido en cada lectura (Chartier 1999b:40). No obstante, debe reconocerse que dicha producción de sentido no es aleatoria sino que está socialmente determinada, y que al mismo tiempo se halla inscripta dentro del campo literario donde acontecen coacciones, restricciones y limitaciones que la constriñen (Bourdieu 1995). Por tanto, en virtud de conocer las lecturas compartidas de los jóvenes, una inquietud imperante fue responder antes: qué leen cuando reconocen en la práctica una alternativa para el ocio. Se supo que leen primordialmente literatura de ficción. Ahora bien, ¿de qué modo pensar un público interesado en actividades recreativas y de esparcimiento, usuario de Internet con fruición y de otros consumos mediáticos, y que sin embargo, consume una cuota ocasional de ficción? ¿Cuáles son los canales por los cuales acceden a estas narraciones, y qué lugar ocupan en su tiempo libre? La investigación evidencia en los jóvenes la necesidad generalizada de ficción: no sólo de literatura, puesto que se observó la búsqueda de ficción en el contenido televisivo consumido, en la frecuente asistencia al cine y en el material de colección comprado en los kioscos de diarios. Considerando la instalada en el imaginario social –pero aún supuesta– “relación de competencia entre la lectura y otras prácticas culturales”, ¿qué propuestas equivalen o superan la intensidad de lectura de los jóvenes? y ¿qué sitio ocupa la lectura respecto de los consumos culturales tradicionales y los mass-mediáticos? Y finalmente, en términos de mercado, ¿cuáles son los motivos por los cuales este consumo de literatura ocasional eleva las tiradas de ejemplares hasta alcanzar la condición de best seller?

En el relevamiento de libros leídos por los jóvenes aparecieron literaturas globalizadas, que podrían definir un lector mundializado (Ortiz 1994). En rigor, el proceso de mundialización de la cultura se manifestó en esta investigación a partir de cierta homogeneización en las preferencias literarias de los jóvenes: los títulos y autores que se reiteran en el propio estudio coinciden con los primeros puestos de ventas en los relevamientos nacionales e internacionales. Tomando los títulos que mencionaron como un corpus y al cotejar con los rankings de best sellers, se halló que siguen las mismas pautas de consumo que el resto de los jóvenes. Aunque con excepciones, en general comentaron leer los thrillers de moda y las sagas fantásticas y épicas más resonantes llevadas a la pantalla grande. En términos de contenido, la aventura y la emoción de estas narraciones seriadas se origina en la ausencia de imprevistos, en la economía discursiva y narrativa ajustada a la trama épica. Demandan poco del lector y le proveen bastante: el placer de la repetición, del reconocimiento, del trabajo sobre las matrices conocidas. Una peculiaridad es que varios de los libros mencionados son consumidos por un público mayor de la edad para el que fueron escritos originalmente.

Entre 1917 y 1925 circularon por los kioscos de diarios de Buenos Aires las novelas sentimentales, aquellas que la vanguardia supo llamar “literatura de barrio, de pizzerías y de milonguitas”; predominantemente para mujeres, adolescentes y jóvenes de sectores medios y populares. En su análisis de la novela sentimental, Beatriz Sarlo se preguntaba: “¿Puede considerarse a estos placeres fuera del arte, en oposición a la ‘literatura culta’? y ¿cómo abordar estos textos sin suficiencia elitista, de modo acrítico? (Sarlo 2004:20). A estos interrogantes, que valen para el propio análisis, este estudio agrega: ¿sería prudente legitimar cierta palabra escrita y descalificar lecturas consideradas ‘menores’, vulgares o livianas? ¿No pueden ser, acaso, la puerta de acceso hacia otros contenidos? Y aunque no lo fuesen, ¿por qué no asumir que cumplen con el propósito por el cual fueron creadas, simplemente, para entretener? En rigor, son narraciones escritas a la medida de sus lectores: el discurso de estos relatos proporciona a la vez la ilusión de la literatura y la facilidad de un sistema basado en un elenco reducido de principios estéticos, que una lectura asidua de los textos permitía captar rápidamente. Ocurre que existe una oposición social entre dos tipos de lectores: los lectores de contenidos que no merecen ser leídos, y los otros lectores, los que practican la ‘verdadera lectura’, la lectura de lo eterno, de lo clásico, de ese tipo de textos que merecen ser conservados y recordados. Por tanto, está instalada en el imaginario social la idea de que existe cierta jerarquía de los libros: aquellos que deben ser leídos en oposición a los que no lo merecen. Pero sucede que una vez definido lo que merece ser leído, “se trata de imponer la buena lectura, es decir el buen modo de apropiación, y el propietario del libro es aquel que impone el modo de apropiación” (Bourdieu 2003:171). Entonces habría que simplemente ajustarse a la lectura legítima, cuestión evidenciada en las respuestas de dudosa calidad de algunos jóvenes. ¿Por qué considerar que los títulos que trascienden son sólo los de libros proféticos? Sucede que tiende a subestimarse el poder específico que ejercen ciertas lecturas, que desde el punto de vista de su eficacia simbólica, también guardan una dimensión significativa. En este sentido, resulta interesante observar la aparición de todos los signos visibles del esfuerzo por controlar la recepción: estos signos han aumentado a medida que se expandió el público lector y se consolidó el campo literario. Conforme ha ido creciendo el mercado del libro, se cristalizó el esfuerzo de los autores por controlar la recepción, por imponer normas de percepción de su propio producto (Bourdieu 2003).

Esta tesis sostiene que los jóvenes gustan de estos libros comerciales porque están construidos precisamente para gustar, pero también para convivir y/o complementarse con otros bienes y discursos que circulan en la industria del entretenimiento global. Recuérdese que originalmente las esferas culturales actuaban como campos autónomos. De hecho, tradicionalmente se dividía a las industrias culturales según sus productos provengan de los sistemas de sonido, imágenes y letras (Bustamante 2003). De modo tal que la lectura disputaba espacio con un amplio abanico de pasatiempos, como la radio, el cine y el periódico. Actualmente, en la medida que el libro comienza a funcionar de modo complementario –y por qué no, en sinergia con los medios electrónicos– en vez de competir con ellos, encuentra un nuevo mercado. Un claro ejemplo lo constituyen las sagas “Harry Potter” o “Crepúsculo” –leídas por los jóvenes encuestados–, en el que los libros, los videojuegos, las películas y las reposiciones televisivas se retroalimentan entre sí, y al mismo tiempo, promueven el merchandising que a su vez los promueve a ellos. Es decir, aparecen objetos simbólicos en los que estas esferas culturales quedan yuxtapuestas promoviendo una misma idea. Para dar cuenta de este momento histórico, bien vale el concepto de Josefina Ludmer (2007a) de «pos-autonomía». Según Ludmer, la pérdida de autonomía y especificidad de lo literario tiene su origen en la fusión de lo económico y lo cultural, un proceso socioeconómico de los últimas décadas.[10]

Una de las preguntas que atraviesa toda la investigación es si existen diferencias por sexo y edad respecto del ejercicio de la lectura y de otros consumos culturales. A priori, se sugiere que el sexo condiciona bastante más que la edad las distintas elecciones de los jóvenes en materia de consumos culturales en general. Por ejemplo, respecto de la intensidad de lectura se puede concluir que las jóvenes leen con mayor frecuencia pero menos cantidad de libros al año que los varones y que sólo leen ficción y literatura, mientras los varones admiten otros géneros literarios y consumos mediáticos. Con respecto al tipo de lectura, a los jóvenes universitarios les atraen los contenidos policiales y de suspense, aunque en los varones aderezados con acción y aventura épica, y en las mujeres con temas personales e histórico-románticos.

Una tendencia persistente en los jóvenes es cierta continuidad temática entre lo escrito y lo audiovisual en sus preferencias: aquello que les gusta en la pantalla –sea en la televisión, el cine o la computadora– les atrae en lo escrito. En los varones, quienes mantienen un vínculo más estrecho con las nuevas tecnologías, esto se hace aún más nítido. En lo que respecta a los temas y contenidos, una particularidad en los varones es que consumen publicaciones y programas de deporte y contenido político –en tanto, los gustos femeninos se hallan menos diversificados–. Tanto en el uso del tiempo libre como en los hábitos de lectura, en los resultados de esta investigación se observa una prolongación de los gustos de los adolescentes. Ante la inexistencia de estudios centrados en la población de jóvenes mayores de 18 años, se cotejó constantemente los propios resultados con los trabajos nacionales (Ministerio de Educación 2006 y 2013; Morduchowicz 2008, 2012) y españoles (Gobierno de España 2001 y 2002; Pindado 2004; Muñoz Rodríguez 2011) que tienen a los adolescentes como unidad de observación. Se encontró que los hábitos y los gustos vinculados con las actividades de tiempo libre así como la relación con la cultura escrita, en general, tienden a asemejarse.

En una misma línea de indagación, inquietaba conocer quiénes son sus autores predilectos y qué aprecian de su obra, interrogantes que complementan al anterior. En sus respuestas conviven los autores mediáticos, aquellos que escriben los libros que comentaron leer, con los consagrados, los célebres del campo literario. Asimismo, los jóvenes lectores comentaron que el modo en que los autores cuentan la historia de ficción es fundamental; y cuando valoran a su escritor favorito destacan cierta “capacidad para”, por ejemplo, crear climas de suspenso y describir situaciones y personajes. Sin embargo, al observar las menciones de los universitarios, se manifestó de modo contundente aquello que Bourdieu (2003) denominó «efecto de legitimidad». Según este concepto, las manifestaciones de los sujetos sobre lo que dicen leer resultan poco confiables, porque lo que responden no es aquello que verdaderamente leen, sino aquello que les parece socialmente legítimo. De hecho, cuando comentan favoritismo por grandes escritores, carecen de capacidad para valorarlos. Si bien no se descree que lean a autores como Borges, Poe, Christie, entre otras menciones, cabe poner entre paréntesis el hallazgo porque no han sabido cómo respaldar su respuesta. De cualquier modo, sirve a los efectos analíticos al evidenciar el efecto de legitimidad en torno a escritores y libros consagrados. En estas condiciones, Bourdieu se pregunta “¿en dónde encontrar indicadores de esas lecturas diferenciales? Porque frente al libro se sabe que hay lecturas y competencias diversas, instrumentos diferentes para apropiarse de ese objeto, herramientas desigualmente distribuidas” (2003:166). A esta inquietud, Chartier le responde que históricamente es posible controlar este análisis mediante el estudio del objeto mismo y de todas las formas de lo escrito, impreso o manuscrito [esta tesis agrega digitales], y el estudio de los modos en que dichos objetos han sido apropiados (2003:167). Por tanto, esta investigación sostiene la importancia de abordar los modos de lectura según las transformaciones del soporte que vehiculiza la palabra escrita.

¿Crisis del libro? Nada es tan nuevo debajo del sol…

Podría decirse que la tradición del libro como soporte es la historia misma de la lectura y de lo escrito, lo cual –como se anticipó– implica reconocer la relación fundamental entre la materialidad del texto y las prácticas de apropiación (Chartier 1999b). A propósito de las recientes transformaciones tecnológicas, cabe puntear algunas consideraciones sobre las llamadas Revolución de la lectura y del libro, a menudo confundidas. Básicamente, existen tres líneas de transformación, que no corresponden a una misma cronología, y que debieran siempre matizarse. Una primera línea es la transformación técnica –de reproducción de textos, y aquí el aporte de la imprenta de Gutenberg es esencial–. Una segunda línea está asociada al formato libro, desvinculada de la anterior puesto que el libro tuvo la misma estructura antes y después de Gutenberg. Aquí, los dos momentos clave fueron a) la invención del códice en los siglos II, III y IV de la era cristiana y b) la invención de un nuevo soporte del texto, la pantalla, o incluso, el libro electrónico en la actualidad. La tercera línea de transformaciones tiene que ver con la historia de la lectura: sus prácticas, sus diversos cambios y momentos de transformación; hasta la aparición de los textos digitalizados, dos de ellos han sido los más apreciados: a) la aparición de la lectura silenciosa –cuando el lector puede liberarse de la oralización para sí mismo, no para los otros sino para entender el sentido de lo que se lee– y b) lo que se ha llamado la revolución de la lectura del siglo XVIII, que es el acceso a la lectura extensiva (Chartier 1999b:48). En tanto, la lectura lineal del texto manuscrito e impreso ha dado lugar a una nueva forma de vínculo con la palabra escrita: el modo de leer es fragmentario e interactivo: ‘salteado’. Se trata de una lectura hipervincular porque lo que se lee es un hipertexto, que es la estructuración de la información de modo multisecuencial, un texto no lineal sujeto a múltiples enlaces. De hecho, del inglés proviene la expresión surf in the Internet: esta idea de navegar por el espacio virtual hace del lector alguien que va de un lado hacia otro –a veces sin rumbo–, fuera de límites porque no existen fronteras y con detenciones fugaces. Entonces, en la denominada era cibernética, la progresiva digitalización de contenidos implica no sólo una nueva técnica, sino la transformación profunda del soporte del texto, y con ello un cambio brusco en la forma de leer, y paulatinamente, en el modo en que se procesa eso que se lee. Es un cambio de paradigma porque se materializa una alteración en las tres líneas de transformación de la cultura escrita: técnica, soporte y lectura. Por ello, esta época no tiene precedentes. Por su parte, Brea sostiene que

[…] toda técnica es epocal, lleva en la frente escrito el nombre de su tiempo. Pero sería más exacto pensarlo por el contrario: que es la técnica la que hace a su época, la que la escribe. La época de los trenes que cruzan Europa, la de la pólvora, la del comediscos, la del sextante, la del teléfono portátil –como en tiempos se dijo la Edad del Hierro o la del Bronce–. Son los hallazgos técnicos los que escriben las líneas del tiempo que recorre la historia de la humanidad (2002:116).

Esta tesis demuestra cómo los jóvenes estudiados son un grupo en transición, puesto que al analizar los hábitos y pautas de consumo cultural actuales, se hallaron vestigios de otras épocas, cierta continuidad y profundización de antiguas costumbres; en tanto al indagar en sus imágenes sociales, se observó la persistencia de los ideales y también las resistencias, inquietudes y temores del pasado ante la novedad cultural. Justamente, en los últimos años se debate acerca del futuro del libro en torno a preguntas del tipo ¿resistirán los libros el embate de la tecnología digital? ¿Cambiará Internet el modo en que se lee? ¿De qué modo la literatura se abrirá paso en un medio que parece no ser compatible con ella? Esta investigación recuperó indicios suficientes que permiten sostener que en la actualidad persisten los mismos temores que rondaban en el paso del texto manuscrito al objeto impreso. La llamada “crisis del libro” no es nueva: desde el siglo XVII hacia el XIX fue un periodo caracterizado por la preocupación por la conservación del patrimonio escrito –y con la invención de la imprenta– por una abundancia de libros e insuficiencia de lectores y por la tergiversación de lo que el autor proponía originalmente. La pérdida, el exceso y la corrupción de los textos continúan siendo las preocupaciones que existen de manera más o menos permanente desde los siglos centrales del Medioevo. Así lo han manifestado los universitarios cuando dieron sus apreciaciones respecto de la lectura digital y los nuevos soportes. Esto está tan arraigado que han manifestado este mismo temor a la pérdida, pero ya no respecto del manuscrito sino del texto digital. El texto impreso sigue garantizándoles cierta conservación de los contenidos.

Las infinitas posibilidades que propicia Internet como espacio de experimentación alientan la creatividad, participación y autogestión así como circuitos de difusión alternativos. Debido a ello, indudablemente existe una sobreoferta de títulos, así como una proliferación de contenidos textuales de diversa naturaleza y calidad, estimuladas por la facilidad con que puede escribirse y publicarse en la Red. De hecho, los jóvenes manifestaron inquietudes sobre esta abundancia de contenido y su dudosa procedencia, cierta susceptibilidad hacia lo escrito digital y el exceso de información que, en ocasiones, les resulta perturbadora. También se supo que el carácter de inestabilidad de los textos digitales, la fugacidad y pronta caducidad, les genera desconfianza. Incluso, la tensión entre la preocupación por el exceso y la necesidad de una recolección del patrimonio escrito pueden conducir a posiciones encontradas. Desde el siglo XVI, toda la reflexión sobre los instrumentos que permiten la conservación y organización de este acopio cultural escrito gira en torno a las bibliotecas, que son su receptáculo natural (Chartier 1999b:31). Los jóvenes han revelado que cuando compran material de lectura y colección en los kioscos de diarios, lo hacen precisamente con la intención de preservación y con el propósito de formar una biblioteca propia. Es decir, esos ideales respecto del valor que encierra la conservación siguen vigentes en esta población de estudio. Pero más allá de la biblioteca, existen todas las formas de producción escrita sobre la cultura escrita cuya intención es la exhaustividad: catálogos, bibliografías y todas la colecciones que en el siglo XVIII, y aún antes, ya entrado el siglo XVI, se llamaron bibliotecas y que no eran lugares o edificios, sino colecciones de autores, de títulos, de textos (Chartier 1999b:32). Éste es un elemento que permanece en el presente a través de la figura de la biblioteca como edificio, o de una nueva manera, a través de la imagen social de la universal disponibilidad del patrimonio escrito gracias a las redes electrónicas. Ya en el cuento “La Biblioteca de Babel”, Jorge Luis Borges (1941) imaginaba una biblioteca con todos los libros y las combinaciones posibles de las letras del alfabeto. Ese mismo sueño de la exhaustividad fundamenta algunos proyectos contemporáneos.[11]

Por otra parte, es interesante conocer quiénes articulan estos discursos alrededor de la “crisis del libro”. Un primer discurso yace en el campo académico. Para docentes, pedagogos y otros actores del sistema escolar, que lamentan el descenso de las capacidades y/o de las prácticas de lectura y su impacto negativo en el rendimiento escolar, su preocupación no tiene tanto que ver con la saturación del mercado, sino con la disminución de los lectores frente a la competencia de los medios audiovisuales (argumento que esta tesis pone en duda).

Un segundo discurso yace en el campo editorial. Los editores han manifestado el temor a los medios de comunicación y al texto digital como una amenaza a la producción tradicional de libros. Pero lo curioso es que en estos últimos años es cuando más libros se publicaron en la historia de la cultura escrita. Es decir, si se revisan las cifras de producción en títulos y ejemplares, a nivel mundial así como local, jamás se publicaron tantos libros. En el país, la actividad editorial experimenta un constante crecimiento desde la recuperación iniciada en 2003. Según los registros de la Cámara Argentina del Libro, en los últimos cinco años, la producción editorial aumentó, en promedio, un 5% en títulos registrados y un 3% en ejemplares tirados, considerando novedades y reimpresiones.[12] Datos recientes indican que la cantidad de registros de 2013 aumentó un 5%, no obstante, la cantidad de ejemplares producidos disminuyó un 6% respecto del año anterior (CAL 2013). Esto profundiza la paradoja planteada anteriormente: más libros –mayor variedad de títulos aunque en tiradas más reducidas–, más lectores, menos comprensión lectora.

También es curioso que se plantee este diagnóstico como un interrogante –¿cuál será el futuro del libro en papel o cómo sobrevivirá la industria ante la digitalización de los contenidos?– cuando la respuesta es ya obvia: el libro impreso sobrevive para algunos contenidos, mientras que para otros la versión digital supera al papel. Ya lo decía Umberto Eco (2003) en la reapertura de la Biblioteca de Alejandría: hay dos clases de libros según su utilidad, leer o consultar.[13] Los primeros exigen una lectura tipo novela, de principio a fin, en tanto las enciclopedias y los manuales, por ejemplo, fueron concebidos para ser consultados, nunca para ser leídos de la primera a la última página –de hecho, han sido los primeros contenidos en digitalizarse después de que durante años se comercializaran las versiones en CR-ROM–. Este tipo de textos ocupan mucho volumen y que estén disponibles on line otorgan un doble beneficio: aportan comodidad y disponibilidad. Justamente, los jóvenes lectores mencionaron consumir literatura en papel y manifestar cierto menosprecio hacia ese tipo de lectura en soporte digital: mostraron cierta resistencia hacia las pantallas por los daños en la vista que supone leer por tiempo prolongado. Por su parte, los registros de la industria confirman este dato: los libros de ciencias sociales y jurídicas presentan una concentración estadística mayor en formato digital que en papel, mientras que la literatura adulta y los libros infantiles y juveniles muestran mayor concentración en papel (CAL 2013). Pero si los contenidos sirven para consultar e informarse, las computadoras y los dispositivos móviles con acceso a Internet resultan el medio idóneo; además revelaron que la portabilidad y fácil acceso son las principales ventajas de las tablets y los smartphones.

Sabiendo que en Internet circula una sobreabundancia de información así como de efímeras trivialidades sujetas al ‘aquí y ahora’, esta investigación concluye que así como los jóvenes precisan de una cuota de ficción ocasional –que desvinculan de los soportes digitales–, necesitan contar con información nueva y actualizada en todo momento; y precisamente, ésta es la principal ventaja que destacan de “estar conectados” desde sus teléfonos móviles.

Por otro lado, si bien ambos grupos etarios poseen un capital escolar y origen social similares, al inicio de la investigación se consideraron matices respecto de su vínculo con las nuevas tecnologías en los menores y mayores de 25 años. Suponiendo que los más jóvenes poseen una configuración psicocognitiva diferente que les permite asimilar con mayor rapidez el uso de las nuevas tecnologías, al diseñar el trabajo de campo, una hipótesis indicaba diferencias perceptivas en cuanto a la lectura y a los dispositivos digitales en ambos grupos. Sin embargo, este estudio no evidencia tales diferencias, sino más bien tienden a manifestar prácticas e imágenes sociales bastante similares. En todo caso, las diferencias se observaron más por sexo –por ejemplo, los varones tienen un vínculo más cercano con la tecnología–. Así, un hallazgo notable sugiere ciertas resistencias a la digitalización de contenidos de lectura independientemente de la edad de los jóvenes. Los estudiantes han manifestado con desdén la imposibilidad de señalar los textos digitales, de apropiarse de ellos en sentido estricto: con marcas, subrayados y comentarios. Incluso, comentaron con cierta nostalgia la imposibilidad de oler los libros, de tocar sus hojas, de sentirlos. El libro en papel es palpable, y esto constituye una valor en sí mismo. Notablemente, una diferencia entre los llamados nativos digitales e inmigrantes digitales (Prensky 2001, 2010) es que durante el proceso de aprendizaje los usuarios ‘advenedizos’ –a menudo llamados early adopters– prefieren leer contenidos impresos porque les permite subrayar y hacer anotaciones, e incluso, si compran aparatos tecnológicos, leen el manual de instrucciones en papel. En este sentido, los resultados que arrojó esta investigación sirven para matizar las diferencias presupuestas, y considerar más bien que las connotaciones de la cultura impresa están aún muy arraigadas en este grupo generacional. Los alumnos que están ahora cursando la escuela media, nativos digitales en sentido estricto e hijos de una generación que debió adecuarse a las propuestas de la era digital, posiblemente ya no hagan estos comentarios ni miren con recelo los nuevos modos de leer porque no admitirán otros.

Otra pregunta recurrente e instalada socialmente es si los nuevos medios tornarán obsoletos a los libros. Precisamente, en el instrumento de recolección se utilizó esta misma categoría ‘obsoleto’ como opción posible para recuperar las valoraciones de los jóvenes respecto del libro. Ellos han manifestado nula esta alternativa: ante todo, los libros son un medio de conocimiento, y de ningún modo antiguo. En síntesis, esta investigación no evidencia que la cultura escrita impresa corra peligro de extinción, sino más bien se vislumbra un futuro de convivencia con la digital. Según un informe de la Cámara Argentina del Libro, “las ofertas de contenido compiten en un espacio reconfigurado dinámicamente en función de parámetros de consumo cultural que evolucionan más rápido que la industria editorial” (CAL 2010:15). Sin embargo, a lo largo de esta tesis se evidencian algunas estrategias editoriales a partir del tipo de lecturas que los jóvenes comentaron leer, y se cuestiona el supuesto “peligro que amenaza a los libros” por la sobreabundancia de bienes de contenido cultural. Se percibe, más bien, una retroalimentación profunda entre los distintos contenidos y medios. Entonces, sí podrían ser interrogantes válidos: de qué modo los editores serán capaces de adecuarse a este nuevo modelo de negocio, cuáles son las estrategias imperantes y las perspectivas futuras del mercado del libro, considerando la heterogeneidad del campo editorial –grandes sellos, mega corporaciones, cooperativas autogestionadas, editoriales artesanales tipo boutique, etcétera–.

Un tercer discurso yace en el campo literario. Los autores podrían preguntarse respecto de su futuro: ¿existirán los autores cuando cada uno decida el final de una novela según su voluntad? ¿Llegará el día en que cualquier individuo pueda reescribir el Ulises de Joyce desde su computadora? ¿La Red atenta contra la literatura? ¿La nueva civilización hipertextual eliminará la noción de autoría? Pese a estos temores, la escritura y la lectura ya estuvieron vinculadas en el pasado. Seguramente la transformación de una lectura en escritura se relacione con la “revolución de la lectura” en el siglo XVIII, alrededor de un género nuevo, la novela. Se definieron un nuevo estatuto de autor y una nueva práctica de lectura que condujo a la práctica de la escritura –pues la novela llevó a los lectores a escribirle habitualmente al autor.– (Chartier 1999b:116). Esto mismo lo demostró Darnton (1986; 1996) con el caso de Rousseau, autor a quien se dirigían epistolarmente sus lectores frecuentemente, si bien el fenómeno se estableció con Samuel Richardson y el éxito de sus novelas Pamela o la virtud recompensada (1740) y Clarissa o La historia de una señorita (1748), que lo llevó a integrar en las reediciones las cartas de sus lectores.[14] En la investigación se observaron nuevas formas de involucrar a los lectores en los textos, estimulados por la industria del entretenimiento y apuntando a un perfil de lector en particular: los jóvenes. En este sentido, el fanfiction y la participación de los lectores en las blognovelas, textos construidos en comunidad, pueden considerarse ejemplos contemporáneos de aquello que fue el envío de cartas de lectores a los autores de la novela del siglo XVIII.

Por otro lado, podría cuestionarse la supervivencia de la figura del escritor y de la obra de arte como unidad orgánica, aunque ya se vieron amenazadas en el pasado. Inclusive, la idea de ausencia de autoría en relación con el arte popular colectivo en el que cada participante aporta lo suyo, es un lugar común. No obstante, como sugiere Eco (2003) es necesario señalar una diferencia entre la actividad de producir textos infinitos y la existencia de textos ya producidos, que pueden interpretarse de infinidad de maneras aunque materialmente limitados. Antes de la Revolución digital, los poetas y narradores soñaron con un texto totalmente abierto para que los lectores pudieran recomponer de diversas maneras hasta el infinito. Ése era el concepto de Le Livre, según lo predicó Mallarmé; “pero es una ilusión de libertad”, dice Eco. La maquinaria que permite producir un texto infinito con un número finito de elementos existe desde hace milenios: el alfabeto. Por el contrario, un texto-estímulo que no provee letras o palabras sino secuencias preestablecidas de palabras o de páginas, no posibilita inventar lo que se desee, porque sólo se es libre de desplazar fragmentos textuales preestablecidos en una cantidad razonablemente importante. Entre los precursores de los textos no lineales, de la fragmentación del discurso que hoy sirve de paradigma a la literatura hipertextual, se encuentra Marc Saporta con su novela Composición N°1 (1962). Aún reconociendo estas limitaciones, Internet alienta la experimentación, co-creación y divulgación de contenidos. En este sentido, es entendible las inquietudes vinculadas con el copyright debido al carácter modificable de los textos. Los autores están especialmente preocupados por el hecho de que la disponibilidad global e ilimitada del acceso a Internet acabe por debilitar sus defensas contra el plagio y la piratería editorial. Seguramente las leyes de copyright que surgieron en el siglo XVIII y se consideran universales fueron propias de la era de la cultura impresa, pero resultan anacrónicas dadas las condiciones de intercambio contemporáneas.

Por último, resta aludir de acuerdo con Benjamín (2007) que los modos tradicionales de percepción y cognición son violentados por las nuevas modalidades de experiencia. En este sentido, las tecnologías de la información, comunicación y software someten a ‘crisis’ la experiencia. Esta tesis concluye que más que hablar de crisis del libro, se está en una época de crisis de la experiencia del acto de leer. Crisis, en el sentido griego del término, como “coyuntura de cambios de la realidad social”: una época evolutiva, inestable e incierta. No obstante, si los cambios son profundos, súbitos y violentos, y traen consecuencias trascendentales porque son irreversibles, exceden una ‘crisis’ y debería hablarse de ‘revolución’. Se sostiene que se está ante una revolución tecnológica-cibernética, pero la crisis es experiencial –evidente en el modo en que los sujetos aprenden a relacionarse con ella–. La inmersión digital ha afectado incluso al modo en el que se absorbe la información. Los jóvenes ya no leen necesariamente una página de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, incluso puede que se salten algunas buscando datos específicos; pueden, simultáneamente, bloguear y etiquetar amigos en Facebook, mandar mensajes y tweets. La magnitud de su uso no tiene precedentes, ni siquiera según los estándares de los medios de comunicación de masas del siglo XX. En suma, se está en una fase de transición entre dos formas de pensamiento: el proceso lineal –calmo, concentrado y sin distracciones– que está siendo desplazado por una nueva forma que reclama recibir y diseminar información en estallidos cortos, descoordinados, frecuentemente solapados, y sobre todo, rápidos.

Sobre el abordaje y los alcances de esta investigación

Los cuestionamientos recién comentados, provenientes desde el campo académico y el editorial, así como las preguntas más cotidianas sobre los hábitos de los jóvenes, sumados a la experiencia docente que indica ciertas falencias en el rendimiento escolar, fueron el puntapié inicial que originó el presente estudio. Desarrollarlo desde una perspectiva sociológica, aunque atenta al aporte histórico-cultural, y rehuir al análisis inspirado en la intuición certera por la proximidad que la tesista tiene con los jóvenes universitarios, implicó diseñar una estrategia metodológica pragmática que, entre otras consideraciones, hiciera partícipes a los mismos alumnos en la recolección de datos. En este sentido, se consideró la necesidad como investigadores de “objetivar al sujeto objetivante”, puesto que quien emprende el estudio de un objeto de análisis debe proyectarse a sí mismo como parte del proceso de investigación. En la medida en que los investigadores “tomen conciencia de lo social dentro de ellos mismos, otorgándose un dominio reflexivo de sus categorías de pensamiento, menos probabilidades tendrán de ser actuados por la exterioridad que habita en ellos” (Bourdieu y Wacquant 1995:36).

Como se mencionó al inicio, este trabajo se nutre de los resultados que arrojó la aplicación transversal de una encuesta diseñada ad hoc, cuyo cuestionario fue administrado a una muestra de jóvenes universitarios. Los resultados giran en torno de los hábitos, preferencias y diferencias entre grupos de lectores y no lectores, por sexo y edad. Sintéticamente, los resultados orbitan alrededor de los siguientes núcleos temáticos:

  • Uso del tiempo libre
  • Condiciones que definen la lectura por placer
  • Hábitos de lectura y prácticas vinculadas con el consumo de libros
  • Tipo de lectura preferida, libros leídos y autores preferidos
  • Imágenes mentales vinculadas con el libro y la lectura digital y analógica

Las encuestas sobre los consumos culturales señalan los desplazamientos en el nivel de la población general. Si bien se reconoce que no existen encuestas cuya metodología resulte inobjetable y sus resultados inapelables, han aportado al conocimiento y servido de base para proyectos interesantes vinculados con las políticas públicas. Tanto en los relevamientos nacionales así como en las encuestas académicas o privadas existe el riesgo de que los encuestados auto-eleven su nivel de lectura o no se asuman lectores porque consideran que leer es menester de intelectuales. Asimismo, se consideró que existen espacios sociales en donde no es posible hablar de textos sin adquirir un aire pretencioso –como el ámbito universitario–, así como existen lecturas de las que ‘no se puede hablar’, lecturas inconfesables que se manifiestan a escondidas. En este sentido, esta investigación ha tratado de controlar dichos escenarios, de modo tal de advertir si el joven encuestado “inflaba” su situación cultural o si desmerecía su vínculo con la lectura; e incluso, preguntar después de que indiquen autores y títulos aquello que apreciaron al leerlos, de modo de ratificar el conteo numérico, o bien ponerlo en duda.

Como parte de la estrategia metodológica se complementó la aplicación de la encuesta con la recopilación y sistematización de material estadístico y de fuentes secundarias, lo que permitió contextualizar con datos oficiales la situación-problema y comparar datos al tomar las fuentes secundarias como parámetro. En este sentido, esta investigación rescató, fundamentalmente, las publicaciones de las Encuestas Nacionales de Lectura de 2001 y 2011 para cotejar con los propios resultados y encuadrar los hallazgos. Dado que las muestras no son equiparables, se enfatiza y profundiza en las posibles diferencias en función de las variables sexo y edad. A los efectos de brindar un panorama de los hábitos de lectura en la región iberoamericana, se tomaron aquellos países que realizaron mediciones concomitantes a la Argentina, cuyos resultados fueron publicados en los recientes informes del CERLALC. Otras fuentes de consulta han sido los boletines estadísticos de la Cámara Argentina del Libro, y estudios nacionales e internacionales realizados por universidades y organismos públicos y privados acerca de las prácticas de lectura y las nuevas tecnologías. Se complementó, además, con entrevistas a informantes calificados lo que posibilitó, por un lado, indagar algunos temas relevantes para el estudio según la bibliografía consultada y, por otro, descubrir aspectos inéditos que resultaron significativos. En primer lugar, se consultó a un miembro del organismo Sistema de Información Cultural de la Argentina, precisamente al Director de la ENHL 2011. Considerando que parte del trabajo implica la comparación constante de los propios resultados con los de aquella encuesta, se necesitaba no sólo precisiones sobre los datos sino además sobre los aspectos metodológicos. Por otro lado, pensando estrictamente en la población de estudio y en las políticas públicas, se interpeló a dos miembros del organismo Plan Nacional de Lectura; los informantes clave han sido la Directora Nacional y la Coordinadora del Plan de Lectura y Biblioteca. Con una intención similar, posteriormente se visitó a la Directora del Museo Nacional del Libro y de la Lengua quien también alumbró respecto de las políticas públicas impulsadas desde el organismo que dirige; no obstante, se pudo conversar con ella acerca de la historia de la actividad editorial nacional, quien como reconocida historiadora de las ideas, supo describir con solidez y precisión. Finalmente, con el objeto de entender la dinámica del mercado del libro, desde el punto de vista de la oferta, se consultó a dos representantes de la actividad editorial. En suma, la estrategia metodológica supuso constatar, comparar y marcar tendencias. En el Apéndice se explicita el proceso de producción de conocimiento, en tanto diseño de investigación y pautas de descubrimiento, se desarrolla exhaustivamente el modo en que se construyó el dato y se delinea el perfil de los jóvenes encuestados de acuerdo con los aspectos socio-demográficos, la ocupación y la trayectoria académica.

Por otro lado, cabe decir que si bien los estudios culturales tienen cierta trayectoria en el país, se advierte cierta escasez en la reflexión sistemática desde las Ciencias Sociales como de las instancias públicas y organizaciones no gubernamentales respecto de los cambios en los modos de leer de este colectivo, lo cual revela una serie de huecos en el estado del conocimiento sobre los cuales se pretende desarrollar esta tesis. Por ello, esta investigación se justifica a partir de a) su originalidad teórico-metodológica en la construcción de un objeto de estudio inédito, b) su utilidad académica e interés científico al carecerse de estudios específicos centrados en esta población, y c) su relevancia social a los efectos de tributar con la formulación de políticas públicas culturales o reconsiderar las vigentes –tanto en lo referente a su evaluación como en las perspectivas para su diseño e implementación–.

Con respecto a las limitaciones de este trabajo, dado las características de una muestra no probabilística e intencional, por un lado, no es posible generalizar los resultados aunque sí marcar tendencias; y por otro, si la cantidad de alumnos al interior de cada institución educativa y de cada carrera de donde se tomaron los casos fuese semejante, podría verificarse si se producen variaciones en las respuestas que permitiesen concluir si el tipo de universidad y el área de estudio inciden en el comportamiento lector y, de ser así, en qué grado. Asimismo, se sabe que el análisis de los consumos culturales contribuye con la comprensión de los procesos sociales, la formación de subjetividades y la construcción de identidades colectivas, la elaboración simbólica de diferencias y desigualdades en el mundo contemporáneo. Aún trabajos como éste, que recortan la realidad a una mínima expresión pueden contribuir en este sentido, al aportar tendencias que permitan explicar fenómenos de mayor envergadura. No obstante, las limitaciones de esta investigación en términos de alcance expresan la necesidad de avanzar en el nivel de complejidad y combinar con el enfoque cualitativo que permitan conocer los significados que los jóvenes le otorgan a sus prácticas culturales y profundizar en las respuestas de percepción que dieron. Sucede que las técnicas cualitativas potencian los hallazgos de las cuantitativas, considerando que una práctica cultural no puede ser cuantificada y descrita sólo por medio de un porcentaje, puesto que dicha práctica siempre se realiza dentro de una constelación de otras prácticas y actividades dentro de las cuales tiene sentido, se origina y se transforma en el tiempo (Rosas Mantecón 2002). Quedan planteadas, entonces, las limitaciones metodológicas de este trabajo que se prevén superar posteriormente.

Por otra parte, a partir de los hallazgos más significativos de esta investigación, se prevé ahondar en aquello que los jóvenes entienden por información desde su horizonte de expectativas, considerando que es una de las palabras más mencionadas en los cuestionarios, constituyendo una motivación importante para el ejercicio de la lectura. Y desde el lado de la sociología de la cultura literaria, cabría analizar en profundidad a) el impacto de la mundialización cultural en el consumo de libros y los gustos literarios juveniles, y b) las características del texto y su relación con el interés del público lector.

En síntesis, de acuerdo con el Reglamento del Doctorado en Ciencias Sociales, esta tesis pone a disposición la descripción y análisis de un problema empírico, nutrido por el relevamiento de datos primarios y un sinnúmero de fuentes secundarias que abonan, corroboran y/o cuestionan los hallazgos de la investigación. Finalmente, deja un espacio para profundizar en el análisis de la apropiación de la palabra escrita y sus vínculos con la transmisión educativa, no sólo en el nivel superior, sino en las instancias de formación previas. Todo ello considerando la correlación positiva entre rendimiento escolar y lectura, pero sobre todo, teniendo presente el desfasaje en términos de lenguaje digital que se advierte entre estudiantes y docentes que se profundiza progresivamente. Por último, esta tesis ofrece resultados que debieran ser considerados como indicadores educativos, presupuestos sobre los cuales se pueda reorientar la práctica educativa. De modo tal que si se pretende tomar decisiones para fomentar y consolidar los hábitos lectores, es imperioso conocer además de los factores socioeconómicos, los aspectos actitudinales que condicionan las prácticas culturales.

Contenido y orden asignado a la exposición

El primer capítulo es esquemáticamente conceptual, porque brevemente conceptualiza definiciones básicas desprendidas del mismo título y sienta la perspectiva teórica. A partir del estado del conocimiento, se exponen los supuestos con los que comienza el trabajo y los antecedentes disponibles a nivel regional y nacional. Finalmente, se define la situación-problema: se ciñen las preguntas de conocimiento, plantean los objetivos de investigación y formulan las hipótesis de trabajo. Desde el capítulo segundo hasta el quinto, se presentan los resultados que surgieron de la aplicación de la propia encuesta. Al inicio se explicita el propósito de cada capítulo, se recuperan las preguntas y los objetivos formulados y se sintetiza el abordaje para la medición de las variables que allí se tratan. Asimismo se ofrece la lectura descriptiva que acompaña a toda infografía así como un análisis interpretativo en la medida en que pueda establecerse asociación entre variables, comparar al interior de los grupos por sexo y edad, y cotejar con datos secundarios. Finalmente, la Conclusión opera como condensador de la investigación porque sintetiza los resultados obtenidos y traza puentes con el marco teórico-conceptual. Luego se plantean nuevos interrogantes, como líneas de indagación posibles, en virtud de profundizar los hallazgos reconociendo el necesario pero insuficiente relevamiento cuantitativo para abordar, por ejemplo, el significado que los universitarios le asignan a sus acciones. Además se sugiere una discusión en torno a la responsabilidad del Estado y el desafío que la formación de lectores supone para el Sistema de Educación.


  1. Cuando la UNESCO designó a Buenos Aires “Capital Mundial del Libro 2011”, la artista plástica vinculada al movimiento Pop-art tuvo la iniciativa de construir la Torre de Babel de Libros. Se trató de una obra de arte efímero de 25 metros, recubierta por 20 mil libros, ubicada en Plaza San Martín. Para ello recibió donaciones de varios países y de instituciones locales que se sumaron a la campaña de recolección de libros, respondiendo a la consigna “libros de distintos idiomas, un lenguaje común”. (“Sobre los libros de Babel”. 30-04-2011. La Nación, p.18).
  2. La tesista es docente universitaria en grado y posgrado; dicta las materias Epistemología, Metodología de la Investigación y Taller de Tesis, en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales. En su práctica diaria observa el modo en que los jóvenes se desenvuelven con las lecturas sugeridas, el rendimiento académico, las disposiciones en el aula, las carencias de lectura previas y las dificultades en la interpretación de los textos propuestos.
  3. El grupo 12-18 años no fue medido en la encuesta de 2001, y por ello no puede estudiarse su progreso. A propósito de la evolución de algunos indicadores de lectura, y en el marco de la entrevista concedida, la Directora del Plan de Lectura comentó: “Si bien nos centramos en la etapa de escolaridad, lo que sí vimos [en los resultados de la encuesta] es que en 18-25 años aumentó muchísimo la frecuencia de lectura, es el grupo etario con mayor frecuencia de lectura semanal, de lunes a viernes. Nosotros inferimos que hay más jóvenes estudiando”. (…) “Además, el programa Conectar Igualdad implica que haya una netbook en unos dos millones de hogares, en muchos de los cuales no existía ningún soporte digital… y eso impacta mucho en la franja de 12 a 18 años.”
  4. de Vedia, Mariano. “Mala nota para la educación argentina”. 21-06-2008. Lanación.com http://goo.gl/VlNHCE
  5. “La inclusión social, motor del desarrollo de la Comunidad Iberoamericana”. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 14 y 15 noviembre de 2003. http://goo.gl/xcpoAL
  6. El Plan Iberoamericano de Lectura es una iniciativa regional que se ocupa de la articulación entre los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil para emprender o continuar acciones inmediatas y con proyección a largo plazo en favor de la lectura. Una de las principales líneas de acción fue “convertir el fomento de la lectura en un tema de política pública”. La iniciativa contó con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) y el Ministerio de Educación y Ciencia de España. Se acordaron propuestas sobre el fortalecimiento de las bibliotecas públicas, la integración de este tema en las políticas educativas, la promoción de la lectura en la primera infancia, la participación activa de la sociedad civil en la construcción de las políticas referidas y la formación de mediadores, entre otras. (“Agenda de políticas públicas de lectura”. 09-2004. http://goo.gl/w86Jcq).
  7. “Desde el 2003 realizamos campañas no convencionales. En un relevamiento que hicimos, el 16% respondió que recibió material de lectura en las canchas y lugares de veraneo. (…) En la cancha el mayor impacto fue en los jóvenes. Los que más pedían eran cuentos de Fontanarrosa y Soriano. La idea era iniciarlos en la lectura con literatura de calidad, y de fútbol. Y mucha gente nos decía: Nuestros hijos se acercaron a la lectura a partir de recibir un cuento en una cancha.” (Entrevista concedida por la Directora del Plan de Lectura, marzo de 2013. Sobre las acciones de promoción vigentes, consultar: http://goo.gl/CiqtdX).
  8. Entrevista concedida por la Directora del Museo del libro y de la lengua, noviembre de 2013. Sobre las actividades vigentes, consultar: http://goo.gl/XZPN6R.
  9. Roffo, Julieta. “La Feria del Libro en cifras: van los jóvenes y ‘reincidentes’.” 03-03-2015. Clarin.com http://goo.gl/aVgqzt
  10. Ludmer, Josefina. 2007a. “Cambia, todo cambia.” Obtenido desde Página/12 el 26-08-2007 de http://goo.gl/D3iUiv
  11. Robert Darnton fue nombrado Director de la Biblioteca Universitaria de Harvard en julio de 2007. Uno de sus primeros y renombrados acuerdos fue el Harvard Google Project. Se trató de la digitalización masiva de obras en dominio público y de obras huérfanas como parte de una estrategia más amplia que pretendía poner la mayor parte de contenidos disponibles en la Red. (Hardvard University Library. Open Collections Program. http://goo.gl/HwWTlL).
  12. Este cálculo surge del análisis comparativo efectuado con los boletines estadísticos publicados por la Cámara Argentina del Libro en su sitio http://goo.gl/9HC5zY
  13. Publicado originalmente por el semanario Al-Ahram, el suplemento Radar reproduce el texto completo de la conferencia dada por Umberto Eco. Obtenido desde Página/12 el 07-12-2003 de http://goo.gl/eYoI0y
  14. Otros autores que tempranamente incorporaron las cartas de sus seguidores fueron Johann W. Goethe y de Bernardin de Saint-Pierre.


1 comentario

  1. librolab 06/02/2019 6:24 pm

    Nota publicada en el diario Clarín: “Elecciones adolescentes. Los nativos digitales prefieren leer en papel”:
     
    https://www.clarin.com/cultura/nativos-digitales-prefieren-papel_0_r1T-2_zlb.html

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