Este capítulo propone explorar las condiciones que definen el ejercicio de la lectura por placer a través de la medición de hábitos, propósitos, motivadores y percepciones en torno a la lectura; y conocer cómo los universitarios se autoperciben en tanto lectores. ¿Cómo se vinculan los jóvenes con la cultura escrita? ¿Con qué propósito leen y de qué modo lo hacen? ¿Consideran a la lectura una opción para las instancias de ocio? ¿Qué tipo de relación se establece entre ciertas actividades de tiempo libre y ocio tecnológico con la lectura por placer?, ¿se complementan o se anulan mutuamente? ¿Qué sitio en el imaginario de los jóvenes ocupa la lectura como práctica cultural y qué función le asignan? ¿Cómo conciben al libro en tanto soporte?
Considerando que en el análisis de la cultura escrita se manifiesta la triple intersección entre el texto, el objeto –manuscrito, impreso o digital– y los modos de apropiación, este capítulo presta atención a las prácticas culturales, a las intenciones de lectura y el uso que los universitarios hacen de los libros. Si en el Puntos primero se revisa el consumo cultural en el marco del tiempo libre, y en el Punto segundo se presta especial atención a los soportes de lectura, este punto focaliza en el consumo del libro y los hábitos de lectura de los universitarios. Se presta especial atención al objeto, como bien simbólico y soporte del texto –aunque se reconozca que la cultura escrita abarca desde el manuscrito, el libro impreso y la prensa gráfica hasta la más cotidiana de las producciones escritas–.
Además de cuestionarse el modo en que los jóvenes administran su tiempo libre y mirar con desaire el profuso uso que hacen de las redes digitales y el consumo mediático, el sentido común insinúa que las generaciones juveniles progresivamente han disminuido el hábito de leer, el cual estaría socavado por otras actividades e intereses. Lo cierto es que no hay estadísticas que evidencien una disminución en los niveles de lectura, por lo menos no se dispone de estudios longitudinales que permitan comparar décadas y oleadas generacionales y aseverar tales conjeturas. No obstante, respecto del nivel de lectura poblacional, se advierte un aumento en las categorías positivas al confrontar las Encuestas Nacionales de Lectura 2001 y 2011. Por otro lado, existen indicadores de rendimiento académico que evidencian una involución en el desempeño escolar de los adolescentes (PISA 2013; Proyecto Educar 2013; UNESCO 1998), y si bien se carece de mediciones oficiales en el Sistema de Educación Superior, es pertinente considerar las importantes –y ya ‘clásicas’– tasas de desaprobados en los exámenes anuales de ingreso universitario y aún la propia experiencia docente que indica el deficiente rendimiento de los estudiantes –hecho que efectivamente ha ido degradándose con el tiempo–. Si se acepta que la lectura está directamente vinculada con el rendimiento intelectual del colectivo estudiantil, aunque no haya datos que indiquen una disminución en la intensidad de lectura, cabe considerar que hay una deficiencia en aquello que es leído. Esta tesis sostiene que no se trata de intensidad, sino de nuevos modos de leer que alteran los hábitos tradicionales e impactan en la apropiación de los contenidos.
Se sabe que los niveles educativo y socioeconómico son determinantes básicos de las prácticas culturales, que la intensidad de lectura de libros se correlaciona con el sexo y la edad, y también con la actividad y la zona geográfica de la población de estudio (CERLALC 2012a, 2013a; SInCA 2012) y que el ejercicio de leer impacta positivamente en el rendimiento escolar (Gobierno de España 2002). Pero ¿estás asociaciones se mantienen si la lectura es considerada una actividad pasatiempista, y si la población en cuestión son universitarios que trabajan? Asimismo, se sabe que tanto el placer y la actualización de conocimientos son las principales razones que manifiestan los lectores, si bien la lectura por exigencia académica también tiene un peso relativo alto en las poblaciones estudiantiles; y que al momento de excusarse por la falta de lectura, la falta de tiempo es el denominador común (CERLALC 2012a, 2013a). Pensando estrictamente en la población estudiantil, se sabe que el grueso de los jóvenes lee porque es condición para eximirse en el centro educativo, es decir, la lectura es básicamente escolar (Gobierno de España 2001; Gilardoni 2006; y otros). Se evidencia cierta pérdida de interés en la literatura pasada la infancia (Pindado 2003; 2004) que lleva a que los estudiantes no la asocien con instancias de ocio, sino más bien a “algo impuesto” por los docentes (Marchesi 2005). Entonces, a partir de lo dicho, la intención de este apartado es comprobar estas regularidades empíricas y supuestos teóricos en la población de universitarios. Se prevén diferencias asociadas a las particularidades intrínsecas de este colectivo, pero considerando que se carece de estudios microsociológicos que aborden el vínculo entre los alumnos de nivel superior y la cultura escrita, y reconociendo las limitaciones estadísticas de la muestra, sólo se plantean semejanzas, diferencias y trazan tendencias.
MATERIALES Y MÉTODOS. Este capítulo aborda los objetivos a) identificar los motivos de lectura de libros en general y las razones de no lectura de libros por placer en particular; b) explorar las imágenes mentales de los jóvenes vinculadas con el libro y su condición de lector; y c) caracterizar a los jóvenes que leen regularmente por placer mediante sus hábitos y motivadores de lectura. Para cumplirlos, se miden los propósitos de la lectura de libros, cuyo material de análisis surge de las respuestas de los universitarios a las preguntas 13 y 14 del cuestionario; y las percepciones acerca del libro y su autopercepción como lectores, cuyo material de análisis surge de las respuestas a las preguntas 16 a 18 del cuestionario. En ambas dimensiones se trabaja con la base total de jóvenes. Por otro lado, se miden los hábitos y motivadores de lectura, cuyo material de análisis surge de las respuestas de los universitarios a las preguntas 15.1 a 15.9 del cuestionario. Precisamente para medir los comportamientos de lectura y las pautas de consumo de libros, se tomó una subpoblación conformada sólo por lectores: los jóvenes que comentaron haber leído al menos un libro en el último año –utilizando el mismo criterio de segmentación sugerido por el CERLALC–. Mientras la base total estuvo conformada por 360 casos, ésta se redujo a 223 casos. Finalmente, se abordan las prácticas vinculadas con el consumo de libros que responde a los objetivos a) dar cuenta de la incidencia de prácticas específicas como la compra de libros y la asistencia a la Feria del Libro; y b) conocer los propósitos con los que justifican dichas prácticas. Aquí se considera a la población total de universitarios, porque se estima que pueden desarrollar hábitos vinculados con el consumo de libros aún sin ser lectores. El material que aquí se analiza surge de las respuestas de los universitarios a las preguntas 19 a la 21 del cuestionario.
Para todas las variables, se dividió la muestra según las hipótesis de trabajo que prevén diferencias por sexo y grupo de edad; y para aquellas variables que plantean posibles diferencias en las percepciones y en el comportamiento y patrones de consumo según los universitarios se asuman o no lectores, se filtraron los casos segmentándose la muestra total en ‘lectores’ y ‘no lectores’. Además, se establecieron cruces con las variables medidas en el Punto 3; en este sentido, la intención fue comprobar si existe asociación estadística entre las actividades de ocio y las prácticas de lectura. Si bien la prueba de Chi-cuadrado no determina el grado de asociación y menos explica cómo se comportan las variables, ofrece una aproximación válida con la que puede refutarse o aceptarse esa conjetura instalada socialmente respecto de que el ocio tecnológico, por ejemplo, jaquea los hábitos de lectura en los jóvenes.
Propósitos de la lectura de libros
En primer lugar se preguntó a los jóvenes cuál es el principal motivo de lectura de los libros que lee y dieron tres opciones: leo por deber, leo por placer y por ambos motivos en igual proporción. Dos de las categorías son fundamentales: la primera, lectura por deber que involucra al material que se lee por cuestiones laborales o demandadas por la actividad estudiantil. (Vale decir que en las encuestas nacionales ambos motivos están disociados –estudio y trabajo– y no son categorías excluyentes.) En este caso, como se trata de jóvenes que estudian y trabajan, se prefirió unirlas en una misma categoría que involucrara un ‘deber hacer’ bien separado del ‘placer’ –querer hacer algo–. La segunda opción, leo por placer, remite a la lectura de entretenimiento, aquella que satisface la intención de leer por el placer mismo que la actividad provoca. Quienes hayan elegido esta opción forman parte de la subpoblación lectores que se analiza detenidamente en lo que sigue del trabajo. (Originalmente esta pregunta era dicotómica, pero después de la prueba piloto se notó la necesidad de incluir la tercera opción.) En suma, el sistema de categorías elaborado intentaba polarizar las respuestas al ofrecer pocos valores mutuamente excluyentes. La intención era evitar cualquier tipo de ambigüedad y definir subpoblaciones.
Según los resultados obtenidos, el 56% de los universitarios manifiesta que lee principalmente por deber –lo que se denomina ‘lectura obligatoria’, material vinculado con los estudios y/o con la actividad laboral–; el 27% comenta que lee principalmente por placer; mientras el resto refiere leer por ambos motivos. Si se observa cada categoría por sexo, se nota que los varones (58,5%) leen por deber más que las mujeres (54%); y al interior de los grupos etarios, las mujeres menores (57%) y los varones mayores (60%) leen obligadamente más que el resto de los grupos. Por el contrario, en la categoría leo por placer las proporciones pareciera invertirse con respecto a la anterior: las mujeres mayores (27%) y los varones menores (33%) leen más por placer que el resto de los grupos. Y en la tercera opción, el 17% que manifiesta leer tanto por deber como por placer; el grupo 26-40 años en ambos sexos toma relevancia. Cabe señalar que un ejercicio de lectura posible es sumar o distribuir la categoría tercera, lo que aumentaría las proporciones de las dos opciones anteriores. De todos modos, se observa la mayor predisposición hacia la lectura no funcional en las mujeres mayores (27%) y los varones menores (33%).
Como síntesis, y en cierta forma previsiblemente, la lectura por placer no es el principal motivo que lleva a los jóvenes a consumir un libro. Este dato dista notablemente de los resultados observados en los relevamientos nacionales e internacionales, en los cuales la lectura por placer es siempre la que mayor incidencia presenta entre los motivos posibles.[1] Por otra parte, se mencionó en Antecedentes que en Argentina, al observar la evolución de la lectura durante una década, la lectura por placer y trabajo ha ido aumentado considerablemente, sobre todo aquella vinculada con el estudio.[2] Como regularidades empíricas esta investigación comprueba la mayor incidencia femenina en la lectura de libros y que la intensidad de la práctica aumenta a medida que aumenta la edad de la población.[3]
Por otro lado, para indagar en la lectura por placer se les preguntó de forma bien directa si leen por entretenimiento con cierta regularidad. Se considera a esta variable fundamental para la investigación porque traza de forma tajante la línea que divide a los jóvenes que asocian lectura con placer y la incluyen como actividad de tiempo libre, de aquellos jóvenes que sólo la asocian con el deber. La pregunta anterior indaga en el motivo principal de lectura, mientras que ésta es dicotómica, consulta directamente si leen para entretenerse. Entonces, con este filtro se generó una subpoblación: jóvenes que leen con cierta regularidad en su tiempo libre.
De los resultados obtenidos se desprende que el 63% de los jóvenes lee por placer con cierta regularidad. Se desconoce la intensidad y más aún, qué entienden por ‘regularidad’. En principio, se trata de una lectura más bien de tipo esporádica u ocasional, pero que difícilmente pueda asumirse como un hábito. En dicha proporción se nota que son las mujeres (67%), y sobre todo las mayores quienes presentan una incidencia superior (70%). Los varones se encuentran unos once puntos por debajo –aunque también los mayores asuman leer por placer más que los menores (58%)–. En síntesis, el grupo de jóvenes-adultos lee para entretenerse en mayor proporción que los más jóvenes –los mayores los superan en aproximadamente cinco puntos porcentuales–. Este dato se aproxima a los resultados de la reciente encuesta nacional que asegura que la lectura por placer tiene más incidencia en las mujeres y aumenta con la edad de los individuos. No obstante, esta regularidad presenta una larga trayectoria: ya en la ETLPCC de 2005, se mencionaba que seis de cada diez mujeres relacionan lectura con tiempo libre, una diferencia importante respecto de los varones.
Cabe destacar que se observa una leve incoherencia al regresar al punto anterior puesto que cuando se mide principal motivo de lectura, los varones menores presentan mayor incidencia en la lectura por placer –mientras que acá son quienes menos leen por placer regularmente–. Posiblemente, la interpretación adecuada de resultados sea que éstos leen poco por deber, que la lectura dirigida no constituye la principal razón de la práctica, en vez de sugerir que sean los que más leen por placer. (Una lectura por la negativa, tal vez explique esta paradoja). Por otra parte, la prueba de independencia evidencia que la lectura por placer y el sexo son variables que se relacionan. El siguiente gráfico expone con claridad las proporciones de mujeres y varones:
Con respecto a las razones que justifican la no lectura, más tarde se indagó en los motivos que alejan a los jóvenes de la lectura en los espacios de ocio. A partir del estado del conocimiento se elaboró un sistema de categorías propio, al que se agregaron otros motivos como carecer del hábito de la lectura, considerar que los libros son caros y el hecho de preferir realizar otras actividades durante el tiempo libre. Asimismo se quitó “problemas en la vista” porque se asumió que no sería un argumento válido para la población de estudio (éste es un argumento utilizado en las encuestas nacionales).
Revisando los resultados obtenidos, no disponer de tiempo es la principal excusa que manifiestan los universitarios para no leer (51%); en las mujeres esta opción es más contundente (60%), sobre todo en las mayores que lideran la categoría con el 73%. Aunque con una diferencia no tan marcada, también los varones mayores (42,5%) parecen tener menos tiempo para leer que los menores (31%). En cualquier caso, quienes hayan elegido esta categoría no indicarían que “no quieren” sino que “no pueden” leer.
El segundo motivo de no lectura con mayor frecuencia es carecer de la costumbre. En este sentido, un cuarto de los jóvenes estudiantes señala no tener el hábito de leer. Los varones (30%) superan en ocho puntos la incidencia de las mujeres. En ambos sexos, el grupo 18-25 años presenta mayor suceso: los varones con el 38% y las mujeres con el 31%. Si se miran sólo las respuestas de ellas, se nota algo curioso puesto que la distancia entre los grupos etarios es enorme: las menores dicen no tener el hábito en el 31% de los casos mientras que las mayores sólo en el 11%. Se considera que este dato sugiere rescatar que quienes hayan elegido esta opción, sean mujeres o varones e independientemente de la edad, de alguna forma asocian la práctica de lectura con una costumbre, con algo que se adquiere por repetición.
La tercera razón resulta “no me interesa la lectura”. Ésta es una categoría sumamente contundente e interesante para analizar. Principalmente, porque admite el desinterés en una práctica con un tradicional prestigio social. En este sentido, ninguna de las mujeres considera el desinterés como motivo de no lectura, y sí el 6% de los varones –con una diferencia de dos puntos por encima los menores de 25 años–.
Por otra parte, el 18% de los jóvenes señala que prefiere otras actividades: el 22,5% de los varones –sobre todo, los mayores (25%)– y el 15% de las mujeres –sobre todo las menores (17%)–. En esta categoría están concentrados los jóvenes que genuinamente prefieren otros consumos culturales en su tiempo libre. Una interpretación posible indica que “no me interesa la lectura” y “prefiero otras actividades” son, en cierto sentido, similares sólo que una de las alternativas deja más expuesto al joven. De hecho, si se las suma, sería la tercera respuesta con mayor incidencia. Como conclusión, según lo refieren, los jóvenes no leen más porque no tienen tiempo suficiente y en segundo lugar porque no tienen el hábito de la lectura. Por último, “los libros son caros”, en términos generales, no es una opción considerada: sólo el 3% de los jóvenes la menciona. No obstante, podría destacarse a las mujeres menores (4%) quienes doblan la incidencia de las mayores de 25 años. El gráfico que sigue simplifica la exposición de datos al presentar sólo los motivos de no lectura más frecuentes por sexo, teniendo en cuenta que el sistema identifica que dichos motivos y el sexo de los jóvenes están relacionados.
Según el estado del conocimiento, generalmente, la falta de tiempo y el desinterés por la lectura son las razones más frecuentes que justifican el comportamiento no lector.[4] Sin embargo, los universitarios encuestados no asumen desinterés en la lectura explícitamente. Seguramente, no destinar tiempo para leer o preferir otras actividades indica de algún modo apatía respecto de la práctica. Con el ‘tiempo’ siempre se justifica abiertamente porque si no se dispone de tiempo libre es porque probablemente se esté ocupado en algo más importante o urgente. Pero el ‘desinterés’ remite a algo negativo, entonces ¿cómo manifestar desgano respecto de la lectura? Podría deducirse que se ponen en juego cuestiones culturalmente arraigadas vinculadas con el prestigio que dentro de los consumos culturales goza históricamente la lectura. Finalmente, al observar los resultados de la ENHL 2011, aparecen algunas semejanzas con el propio estudio: manifestar desinterés es un rasgo masculino y la falta de tiempo una respuesta típica de las mujeres que superan los 25 años. Sin embargo, entre los jóvenes argentinos la falta de tiempo para leer no aparece como argumento.[5]
Percepciones acerca del libro y el lector
Con la intención de medir las valoraciones acerca del libro como objeto, se ofreció una serie de frases que lo describen según sea un objeto mediador del conocimiento o del entretenimiento, un dador de prestigio, un soporte de lectura o un objeto obsoleto. Cada opción comenzaba con la frase “un libro es…” para que completasen con las definiciones sugeridas. Se trabaja con la población total segmentada según sean lectores regulares por placer o no. Cabe señalar que las valoraciones que los lectores o no lectores hacen del libro en sí mismo, no son exploradas en ninguno de los estudios vistos.
Según los propios resultados, el 72% de los jóvenes lectores y el 80% de los no lectores vinculan al libro con un medio de conocimiento –en los varones esta imagen se acentúa bastante más, sobre todo en los mayores de 25 años–. En segundo lugar, aunque con una distancia enorme respecto de la categoría anterior, cerca del 17% de los lectores y del 12% de los no lectores cree que el libro es un medio de entretenimiento; esto es previsible considerando que son precisamente los lectores quienes leen por placer –de allí que lo vinculen con el entretenimiento–. Asimismo, para las mujeres el libro es un medio de entretenimiento en mayor proporción (18%) que para los varones (12%), destacándose las menores de 25 años (23%). (Coherente con lo señalando hasta el momento: se reitera la evidencia sobre la mayor predisposición de las mujeres hacia la lectura por placer.) En tanto, un libro es un soporte del texto a penas para el 1% de los lectores y el 3% de los no lectores –las mujeres más jóvenes y los varones mayores son los únicos grupos que eligieron esta frase en la misma proporción (3%)–. Por otra parte, el 10% de los lectores y el 4% de los no lectores asume que un libro es un bien que confiere prestigio. Mientras que las proporciones son parejas por sexo, parece que a los varones mayores esta frase no los convence –unos dos puntos porcentuales por debajo del resto–. Y por último, un libro es un objeto obsoleto sólo para el 1% de los no lectores, siendo los varones menores los únicos en elegir esta frase. Probablemente lo hayan vinculado con el aspecto tecnológico, y en este sentido, el libro en papel resultaría para este grupo de jóvenes ‘antiguo’.
En síntesis, aproximadamente tres cuartas partes de la muestra asocia al libro con el conocimiento. Cuando se establece el mundo académico, la lectura deja de tener sólo una función de conservación o repositorio y deviene una práctica intelectual: el texto escrito es el objeto mismo del trabajo intelectual (Chartier 1999:51). Evidentemente, esta idea está tan arraigada que no permite otorgársele otra función al libro más que la de vehiculizar el conocimiento. Aunque con una distancia enorme entre ésta y la siguiente categoría con mayor incidencia, para los jóvenes el libro es un vehículo del entretenimiento. Ya se ha visto que las mujeres se entretienen más con un libro que los varones, quienes lo asocian casi exclusivamente con el saber. A propósito, el siguiente gráfico permite apreciar con nitidez el modo en que los jóvenes, según su condición de lectores, valoran al libro en tanto mediador:
Con el propósito de obtener la percepción que los jóvenes tienen de sí mismos en tanto lectores, se les pidió que indicaran cuál de las frases lo describía mejor. Cada una de las alternativas estuvo encabezada por “soy un lector…” y denotaba una valoración personal positiva o negativa. Además, se estudió si la forma en que se autoperciben como lectores y el hecho de que lean o no por placer son variables asociadas. En este sentido, se aplicó la prueba de independencia y constató que efectivamente ambas se asocian; es decir, la imagen que los jóvenes tienen de sí mismos en tanto lectores presenta relación con la incidencia de la práctica.
Según los resultados obtenidos, el 51% de los lectores se percibe como un lector curioso, una diferencia importante los separa de lo no lectores (19%); no se observan diferencias significativas en los distintos grupos de la población total. Se considera un lector inconstante el 24% de los lectores y el casi 39% de los no lectores; los varones parecen percibirse más inconstantes que las mujeres, sobre todo el grupo de jóvenes-adultos. Como era previsible, sólo un 2% de los lectores se percibe como un lector que debe leer por trabajo/estudio, y un salto enorme se advierte en los no lectores con el casi 34%. Continuando con la tendencia que indica que son las mujeres las principales lectoras por placer, aquí se evidencia que los varones se consideran lectores por deber en una proporción mayor, sobre todo los menores de 25 años (18%). Por el contrario, el 13% de los jóvenes lectores se asume un lector constante, el doble que los no lectores; las mujeres, sobre todo las mayores, se perciben poco más constantes que los varones. También previsiblemente, el 6% de los lectores se autopercibe como un lector ávido, en tanto los no lectores apenas un 1%. Si se mira por sexo, se nota que las mujeres superan en tres puntos porcentuales a los varones, y por edad se advierte una diferencia importante en el grupo de mujeres mayores de 25 años (8%). Finalmente, en la categoría lector formado no se observan diferencias significativas: el 3% de los lectores y el 2% de los no lectores; sólo podría destacarse el 5% de las mujeres menores que sobresale del resto de las proporciones semejantes.
En síntesis, si se considera sólo a la subpoblación que admite leer regularmente por placer, se advierte que tienden a considerarse más curiosos, ávidos y constantes respecto del total –evidentemente lideran las cualidades positivas vinculadas con la lectura–; mientras que no lectores utilizan las frases que connotan valoraciones más bien negativas. Por otra parte, se destaca la constancia y avidez como cualidades femeninas, y la inconstancia y curiosidad, masculinas. Precisamente, con esta variable que remite al tipo de lectura por deber o placer, se confirma la inclinación de las mujeres hacia la lectura por placer. Entonces, la ‘curiosidad’ y la ‘inconstancia’ son las cualidades a modo de autovaloración más frecuentes en el total de jóvenes, verlas graficadas permite comparar proporciones, según sean lectores o no lectores:
Por último, se procuró medir aquello que miran primero en un libro. Pensando en el primer encuentro entre los universitarios y un libro, se les preguntó qué les atrae de éste, y elaboró un sistema de categorías que contempla todos los elementos que están expuestos en el objeto: el título y el nombre del autor en la tapa, la sinopsis en la contratapa o la cantidad de títulos vendidos o premios ganados en una sinalefa. En este sentido, se apeló a las estrategias de comunicación de los sellos editoriales, según cómo estén posicionados los escritores en el mercado del libro.
Aunque con reservas por insuficiencia de casos en algunas categorías, la prueba de independencia evidencia diferencias significativas por sexo y edad.
Estudiando los datos obtenidos, se nota que al 10% de los lectores les atrae el arte de tapa, y poco menos a los no lectores; dentro de esta categoría, los varones doblan la proporción femenina –sobre todo se destacan los mayores (16%)–. Precisamente, en los múltiples lanzamientos de títulos, progresivamente ha cobrado relevancia el diseño de tapa, considerando que los libros son objetos reflexivos, bienes pensados para atraer con su aspecto estético porque contribuyen con una economía de signos (Lash y Urry 1998). Por otro lado, a la mitad de los no lectores parece importar el título de la obra, mientras que a los lectores casi un 38%; en esta categoría, con el 45%, las mujeres están diez puntos por encima de los varones y sobre salen las más jóvenes (56%). Indudablemente, ésta es la categoría con mayor incidencia: el título es lo primero que les atrae a los jóvenes del libro.
En términos generales, en el nombre del autor los jóvenes se detienen menos que en el arte y el título, aunque hay una diferencia considerable entre segmentos: a los jóvenes que leen regularmente el autor los detiene el doble (20%) que a quienes no leen. Si bien mujeres y varones mantienen la misma proporción, cabe destacar a los varones menores de 25 años (27%). Por otro lado, “una indicación sobre premios obtenidos” importa al 7% de los no lectores y sólo al 2% de los lectores; cabe señalar que por sexo se mantiene la misma proporción: varones 7% –sobre todo los menores– y mujeres 2%. Por su parte, a los lectores una indicación sobre ejemplares vendidos importa tanto como los premios que el libro haya obtenido, pero a los no lectores les afecta bastante menos la cantidad de galardones (3%); en esta categoría los varones también doblan el interés de las mujeres (2%), aunque curiosamente sólo eligieron esta opción los mayores de 25 años. Luego, la contratapa y sinopsis abre una brecha importante entre segmentos: el 28% de los lectores lee la contratapa y 19,5% de los no lectores. Acá las mujeres prestan más atención (27%) que los varones (23%) y se destacan notablemente las mayores que alcanzan el 33%. Cabe señalar que leer un resumen del texto implica detenerse unos minutos en el punto de venta, mientras que leer la tapa es ciertamente más veloz.
Ciertamente sentirse atraído por el autor supone conocerlo, saber quién es –por referencia de otros, por popularidad o por lecturas previas–. Sin embargo, ser convocado por un título es más posible en términos de estrategia de mercado: un título impactante genera ventas aunque se trate de un autor ignoto. También es cierto que personajes mediáticos lanzan un libro por primera vez, y precisamente, el hecho de ser populares asegura al sello editorial el volumen de ventas estimado. Podría inferirse entonces, que el joven lector es menos permeable a los títulos y más convocado por la figura del autor, mientras que en los no lectores ocurre lo contrario. (En esta variable, aquello en lo que se detienen los lectores, se asemeja a los intereses femeninos, sean o no lectoras.) Si se toman las tres principales categorías y se las considera en términos de impacto y detención en el punto de venta, en el encuentro entre el libro y el joven, se nota que para los lectores reconocer al autor y dedicar unos minutos a leer el argumento del libro en la contratapa es más frecuente que en los no lectores, quienes son más influenciados por el título del libro. El siguiente gráfico sirve para simplificar aún más la exposición de los datos y señalar que, según la prueba de independencia, existe asociación entre las valoraciones y la condición de lector.
Por último, cabe preguntarse sólo en la Población Lectores, si se relacionan las imágenes vinculadas al libro y la lectura con la práctica en sí, y con el tipo de lectura que prefieren para el tiempo libre. En este sentido, se aplicó la prueba de independencia y encontró relación entre las variables “aquello que mira primero de un libro” y el “tipo de lectura que lee”, así como también se halló relación con el hecho de que lean por placer.
La relación entre la lectura de libros y otras prácticas culturales
Este apartado establece relaciones entre las variables del Punto Usos del tiempo y libre y la incidencia de la lectura por placer. Para el procesamiento de datos se formaron subpoblaciones –el sistema opera con la función “selección de casos”– y a partir de ellas se asociaron las variables de análisis. Según uno de los objetivos de investigación, “establecer relaciones entre consumos culturales en general y las prácticas de lectura”, a continuación se presentan las asociaciones estadísticas que surgen después de los cruces entre variables. En rigor, la intención es conocer si los consumos culturales compiten o potencian la lectura.
En primer lugar, se asociaron los bienes preciados y la lectura por placer, para lo cual se tomaron los tres principales bienes que los jóvenes comentaron preferir. Recuérdese que el 15% de los jóvenes valora el libro, el 26% destaca el celular y 44% menciona que la computadora es su objeto más preciado. Con estos datos presentes, se observa una obviedad: quienes prefieren el libro entre el resto de los objetos presentan mayor predisposición hacia la lectura por placer.
En segundo lugar se observó la relación entre las actividades de tiempo libre y la lectura por placer: cuántos de los jóvenes que eligen otras actividades distintas de la lectura, como mirar la televisión o navegar en Internet, leen con cierta regularidad y qué razones dan para la no lectura. En este sentido, se halló que las proporciones son similares para varias actividades. No obstante, a la hora de ver cómo justifican la no lectura se encontraron algunas curiosidades. Por ejemplo, todos los jóvenes que eligen navegar en Internet en su tiempo libre manifiestan “no dispongo de tiempo” para leer. Para quienes eligen mirar TV, las razones se distribuyen; y entre quienes comentaron leer, el 96% dio la misma respuesta.
Asimismo se cuestionó la relación entre estas actividades de tiempo libre y los motivos que dieron los jóvenes cuando se les preguntó por qué no leen. Para quienes indican que leer es su actividad favorita, los motivos de no lectura se distribuyen en dos cuartos y una mitad. Es decir, un 25% comenta que no tiene el hábito de leer así como otro 25% indica que los libros son caros, en tanto un 50% refiere que no cuenta con tiempo suficiente para leer. Se advierte cierta incoherencia en las respuestas, sobre todo en “no tengo el hábito”. Tal vez se deba más a una expresión de deseo que al desarrollo real de la práctica. Por su parte, aquellos que eligen pasear en su tiempo libre indican que no tienen el hábito de leer (24%), que no tienen tiempo (57%) y que prefieren otras actividades (19%). Entre quienes mencionan prácticas vinculadas con la televisión y el cine en el hogar, los motivos están más repartidos: el 29% no tienen el hábito de leer, para el 14% los libros son caros, el 43% no dispone de tiempo y el 14% prefiere otras actividades. En tanto, quienes destacan escuchar música y radio presentan proporciones similares en la mayoría de las opciones a la subpoblación anterior, aunque notamos un cruce entre los valores “los libros son caros” y “no me interesa la lectura”. Por otra parte, el 60% de los jóvenes que se identifican como jugadores de videojuegos indican que no disponen de tiempo para leer, y el resto se distribuye en partes iguales entre “no me interesa la lectura” y “prefiero otras actividades”. La mitad de los jóvenes aficionados al deporte indica no tener tiempo para la lectura, siguiendo la tendencia de la media aritmética del total de la muestra. Luego, el 21% indica no tener el hábito y preferir otras actividades en vez de leer; para el 4% los libros son caros y el 2% restante dice no interesarle la lectura. Notablemente, los que pasean, los jugadores de videojuegos y los “deportistas” constituyen una masa importante de jóvenes que se manifiesta contundentemente ajenos a la lectura y lo expresa sin reparos. Finalmente, quienes realizan tareas domésticas en su tiempo libre, están divididos en mitades en torno a los valores “no tengo el hábito” y “no dispongo de tiempo”. Y todos los jóvenes que mencionan estudiar y navegar en Internet como actividades favoritas indican que carecen de tiempo para leer.
En tercer lugar se analizó la relación entre las salidas a espacios culturales y la lectura por placer. Cuando se evidenciaron las salidas de los jóvenes, se vio y cotejó con datos oficiales que el cine es el principal espacio cultural al que asisten en su tiempo libre. Recuérdese que el 43% de los jóvenes concurre, y que se aproximaba a la mitad de la muestra en los jóvenes adultos. Ahora, cabe preguntarse si ésta y todas las salidas ofrecidas se relacionan con la lectura de libros por placer. Si bien la prueba de independencia indica que no existe tal relación, puede concluirse que superan el valor modal quienes eligen cine, teatro, recitales de música –y todos los que señalaron el museo y las galerías de arte–. Es decir, la esfera audiovisual y artes plásticas de las industrias culturales.
Del mismo modo que con las variables anteriores, se estudió la relación entre las salidas y esparcimiento de tiempo libre y los motivos que dieron los jóvenes cuando se les preguntó por qué no leen. De acuerdo con aquel cuadro de resultados, el 29% de los jóvenes que concurre al cine indica que no tiene el hábito de la lectura, el 9% hace referencia al costo de los libros, el 40% –debajo de la media aritmética– dice no tener tiempo para leer y el 23% indica preferir otras actividades para desarrollar en el tiempo libre. Por otro lado, el 85% de los jóvenes que prefieren el teatro como salida cultural mencionan no tener tiempo para la lectura. En tanto, para quienes eligen recorrer ferias artesanales, esa proporción baja al 67% –aunque igual esté bastante por encima de la media–, el resto se distribuye en partes iguales entre “los libros son caros” y “prefiero otras actividades”. La mitad de los jóvenes que optan por visitar exposiciones dice no tener el hábito de leer, en tanto el resto de este grupo se reparte en proporciones iguales entre no tener tiempo, no interesarle la lectura y preferir otras actividades. En tanto, la totalidad de los jóvenes que eligen visitar museos en su tiempo libre se manifiesta carente del hábito de la lectura. En tanto, el grupo que disfruta de los recitales y conciertos de música indica que no tiene el hábito de leer (20%), que no dispone de tiempo (60%), que no le interesa la lectura (7%) y que prefiere realizar otras prácticas (13%). Finalmente, entre quienes los eventos culturales no son una alternativa de esparcimiento, aparece el 40% que dice no tener el hábito, el 20% no tiene tiempo y un llamativo 40% indica preferir otras actividades.
En cuarto lugar se analizó la relación entre la lectura de diarios y la lectura por placer. Se sugiere una asociación positiva entre ambos consumos culturales puesto que a mayor lectura de diarios, mayor predisposición a leer libros por placer durante el tiempo libre. En este sentido, ambas lecturas no competirían sino más bien se combinarían. De hecho, quienes leen todos los días prensa escrita (70%) superan el valor modal del total de jóvenes lectores de libros (63%). No obstante, la prueba de independencia no evidencia asociación entre la frecuencia de lectura de diarios y la lectura de libros por placer.
Independientemente de la frecuencia con la que se lea el diario, todas las respuestas están próximas a la media aritmética en la categoría “no dispongo de tiempo” –aunque sube levemente en los no lectores de diarios–. Para quienes leen el diario todos los días –independientemente del soporte o formato que utilicen– las respuestas están próximas a las de la muestra total de jóvenes. Mientras que quienes leen el diario algunos días durante la semana, manifiestan no tener el hábito en un 29% de los casos, que los libros son caros en un 6,5%, preferir otras actividades en un 14,5%, y la mitad restante dice no disponer de tiempo. Los lectores de diarios de fin de semana, comentan que no tienen el hábito (19%), no disponen de tiempo (49%), no les interesa la lectura (5%) y prefieren otras actividades (28%). Por último, para los no lectores de diarios las respuestas se hallan por encima de la media muestral excepto para la última categoría (11%) y en “los libros son caros” que no presenta elección alguna.
En quinto lugar se analizó la relación entre el hecho de comprar material de colección y la lectura por placer. Del mismo modo que con la lectura de diarios, es evidente que comprar y leer material de colección potencian la lectura de libros por placer. Incluso, más aún que con la prensa gráfica, porque el 72% de los jóvenes que colecciona lee por placer con cierta regularidad. El 25% de los jóvenes que compra material de lectura y lo colecciona no tienen el hábito de leer –posiblemente hayan asociado mentalmente la lectura con algún material específico, acaso el libro– en tanto la proporción sube un punto porcentual para quienes no compran fascículos coleccionables. En ambos casos, están próximos a la media aritmética del total de jóvenes. Luego, “los libros son caros” no es una opción para los no compradores y sí para los compradores (6%) quienes posiblemente encuentran en las ediciones de libros comercializadas en kioscos de diarios una alternativa menos onerosa. En tanto, apenas el 1% de los compradores y el 4% de los no compradores eligen el motivo “no me interesa la lectura”. Por último, el 13,5% de los compradores y un importante 25% de los no compradores indican preferir otras actividades.
Hábitos de lectura
En lo que sigue se considera la subpoblación conformada por los jóvenes que manifestaron leer por placer con cierta regularidad –segmento lectores– para medir indicadores de hábitos de lectura en quienes realmente los mantienen. (Recuérdese que en el cuestionario se pidió que respondieran quienes hubieran leído al menos un libro por placer el último año. Entonces, este indicador converge con los universitarios que respondieron afirmativamente en la Pregunta 14). Con los primeros dos indicadores –cantidad de libros leídos al año y frecuencia de lectura– se midió “intensidad de lectura”. En las encuestas nacionales suele incluirse el nivel de interés como otro indicador de intensidad, pero aquí se midió interés de modo implícito al preguntar en varias ocasiones qué lugar ocupa la lectura en el tiempo libre.[6]
El primero de los indicadores de esta variable es la cantidad de libros leídos al año. En este sentido, se preguntó a quienes leen por placer cuántos libros consumen a lo largo de un año aproximadamente y sugirió tres opciones en intervalos cuya amplitud estuvo dada por cinco libros.
Se advierte que el 73% de los jóvenes lectores consume en promedio unos tres libros al año, el 19% consume en promedio ocho libros y el resto más de diez libros anualmente. Así pues, casi las tres cuartas partes de la muestra de lectores se concentra en la categoría de uno a cinco libros al año. Desde luego se trata de un sistema de categorías inversamente proporcional a las respuestas, porque a medida que aumenta la cantidad de libros, disminuye la cantidad de lectores. No obstante, la brecha entre el primer intervalo y el siguiente es enorme, de unos 54 puntos porcentuales y no es tan amplia entre el segundo y el tercer intervalo.[7]
Si se mira cómo se comporta la variable por sexo, se halla que el 76% de las mujeres está concentrada en el intervalo “de uno a cinco”, llegando al 77% las mayores. De seis a diez libros lee el 19% de las mujeres mayores y el 16% de las menores; y en “más de diez libros”, las menores (9%) superan bastante la incidencia de las jóvenes-adultas (4%). Mientras la caída del primer intervalo al siguiente es muy abrupta en las mujeres, en los varones se modera –del 65% pasan al 22%–. Por edad, el 59% de los menores de 25 años se concentra en “de uno a cinco” y el 70% de los mayores. Ocurre lo mismo en el último intervalo, el 12,5% de los varones supera los diez libros al año, en tanto las mujeres la mitad de esa proporción. Algo bien curioso sobresale en el grupo de varones menores de 25 años para la última de las opciones: el 21% supera los diez libros anuales –constituyen el principal grupo en cantidad de libros leídos al año–.
Como conclusión podría decirse en primer lugar, que los varones que leen consumen más libros que las mujeres al cabo de un año; y en segundo lugar, que para ambos sexos la cantidad de libros aumenta con la edad hasta los diez libros, porque después los menores superan la incidencia del grupo de jóvenes-adultos.
El segundo de los indicadores de esta variable es la frecuencia de lectura que indica la periodicidad con la que se lee. Con éste puede determinarse si la población lectora es frecuente u ocasional en función de los días que destine a la semana, al mes o al año para leer.[8] Para medirlo se preguntó a los lectores qué tiempo destinan a la lectura y sugirieron cuatro categorías. En un extremo de asiduidad “todos los días” y en el otro “alguna vez al año” (ésta permitía considerar a los más rezagados pero que aún así, pudiesen responder y quedar dentro de quienes han leído al menos un libro en el último año).
Según los resultados obtenidos, el 26% de los jóvenes lee todos los días. Podría suponerse que en esta proporción están quienes destinan un momento de cada uno de los días a leer algo por placer. En las mujeres la incidencia es mayor (28%) y más aún en las menores que concentran el 35% del segmento –los varones de la misma edad están bastante por debajo con el 14%–. Con una frecuencia ya no diaria, el 51% de los jóvenes indica leer entre uno y dos días a la semana. También en esta categoría se destacan las mujeres con el 54%, aunque ahora sean las mayores con el 62% (en términos estadísticos es esperable porque compensan la categoría anterior). En los varones la frecuencia es de unos diez puntos menos (44%) respecto de las mujeres. Sin embargo, la diferencia es notable por edad: la mitad de los jóvenes-adultos lee entre uno o dos días a la semana mientras mantienen esta misma frecuencia el 29% de los menores.
Si se considera el indicador anterior –cantidad de libros leídos al año– y éste, se está en condiciones de afirmar que las mujeres leen con mayor frecuencia pero menos libros al año que los varones. De hecho, el 82,5% de ellas se concentra en las primeras categorías, las de mayor frecuencia –destacándose las mujeres mayores en uno o dos días (62%) y las menores en todos los días (35%)–. Luego, a medida que disminuye la frecuencia de lectura, se reduce la cantidad de lectoras.
Las últimas dos categorías remiten a lectores ocasionales. El 16% de los lectores mantiene la práctica alguna vez al mes. Coherente con lo señalando hasta el momento, las proporciones se invierten: los varones (24%) doblan la incidencia femenina, sobre todo los menores de 25 años cuyo porcentaje llega al 29%. Finalmente, el 7% de los jóvenes lee alguna vez al año. Como era de suponer, si se trata de lectores que consumen libros regularmente es previsible que esta categoría, la de menor frecuencia, tuviese la menor incidencia. Si la lectura es realmente considerada una práctica cultural que los entretiene debieran desarrollarla con asiduidad. Mientras las mujeres representan el 5% en esta categoría, los varones el 12%. Entre los lectores, el grupo de varones menores es el que se comporta de modo particular, puesto que después de “todos los días” se reparte en proporciones semejantes en las siguientes categorías. Por último cabe señalar que según la prueba de independencia, la frecuencia de lectura y la incidencia de leer por placer son variables que están relacionadas: se infiere que conforme aumenta la frecuencia de lectura, la incidencia de la práctica es mayor.
El tercero de los indicadores de esta variable es el momento del día preferido para leer libros. Entonces, además de la cantidad y la frecuencia de lectura, se preguntó a los jóvenes qué momento del día prefieren para leer. Este interrogante no está contemplado en la encuesta nacional y tampoco es una pregunta que aparezca en los estudios que miden consumo cultural. Motivados por indagar en un indicador sin parámetros previos, se pensó en un sistema de categorías que tomara tres momentos bien definidos del día –mañana, tarde, noche– y “en cualquier momento del día” que aglutinara a quienes no pudiesen precisar cuándo prefieren leer.
El 56% de los jóvenes prefiere leer antes de dormir. Si se observa por sexo, los varones (67%) superan la incidencia de las mujeres (51%) destacándose los menores (71%). También en las mujeres son las más jóvenes las que leen por la noche (56,5%). En suma, los jóvenes cuando lee por placer prefieren hacerlo antes de dormir. Luego, el 30% de los jóvenes lee en cualquier momento del día. Esta categoría remite a quienes leen cuando disponen de tiempo libre o quienes no tienen preferencias al respecto. Se destacan las mujeres mayores con el 44%. Este dato parece coherente con lo dicho al medir “motivos de no lectura”, pues indicaban carecer de tiempo. Si bien hasta el momento se dispone de indicios sobre cierta asociación entre la falta de tiempo y las mujeres mayores, en los varones aparece una tendencia similar: la proporción de jóvenes-adultos es mayor (29%) respecto de los menores (14%). Es decir, la “falta de tiempo” parece acompañar a los mayores de 25 años. Por otra parte, son las mujeres (10,5%) quienes consideran únicamente leer temprano en la mañana, destacándose las menores con el 17%; en tanto, para los varones ésta no es una alternativa siquiera válida. Finalmente, la categoría “durante la tarde” resulta pareja si se observan las respuestas de mujeres (7%) y varones (8%), aunque la diferencia notoria es nuevamente por grupo etario: el grupo 18-25 años lee en este momento del día en mayor proporción que los jóvenes-adultos –en ambos sexos superan el 13% de los casos–.
Una conclusión es que mientras los más jóvenes leen en períodos definidos del día, los mayores lo hacen en cualquier momento o antes de dormir. Tanto la mañana como la tarde no son opciones: quizás no son espacios libres y posiblemente esto se relacione con las ocupaciones y deberes diarios. Además “en cualquier momento del día” podría entenderse como “cuando tengo tiempo”, entonces es previsible que sean las mujeres mayores quienes principalmente eligen esta opción. Justamente, la prueba de independencia confirma que la variable momento del día preferido de lectura se relaciona con el grupo etario en la población de lectores. El próximo gráfico compara las respuestas por edad:
El cuarto de los indicadores de esta variable es el soporte utilizado para leer libros. Se les preguntó acerca del principal soporte de lectura de libros. Si bien se conocía a priori que la lectura digital es una modalidad que lentamente gana espacio, y contaba con algunas cifras que apoyaban este dato, la intención ha sido constatar con los jóvenes. (En un principio, este indicador también fue pensado dicotómico: soporte digital o analógico, pero después de la prueba piloto se notó la necesidad de incluir la tercera opción. Asimismo, se advirtió la necesidad de reemplazar el término ‘analógico’ por ‘papel’ y se especificó entonces ‘libro en papel’.) Antes de la lectura de resultados, cabe señalar que la cantidad de títulos publicados en formato digital ha ido aumentando considerablemente, aunque aún constituya una proporción ínfima de las publicaciones totales del mercado del libro nacional.[9] Por otra parte, la creciente oferta de títulos digitalizados se corresponde con una mayor demanda: es decir, más e-books para más lectores digitales. Sin embargo, si se compara la realidad local con el mercado español las diferencias son notables tratándose de un mercado bastante más maduro.[10]
Según los resultados obtenidos, el 84% de los jóvenes indica que el principal soporte de lectura es el libro convencional. Si se observan las diferencias por sexo, las mujeres son las principales lectoras de libros en papel (86,5%) sobre todo las menores (91%) quienes parecieran estar poco influenciadas por las nuevas tecnologías. En los varones, las proporciones en cada grupo de edad bajan a razón de unos diez puntos porcentuales. Precisamente, ellos utilizan en mayor medida los dispositivos digitales (13%). La distancia entre los mayores (17%) y los menores (7%) de 25 años es notable. En la tercera categoría, las proporciones son bastante parejas, excepto para el grupo de jóvenes varones que presentan la más baja incidencia (3%). Esta opción es residual, pensada para quienes no pueden identificar un soporte de lectura como el principal. Resta mencionar que la prueba de independencia señala asociación entre el soporte utilizado para leer libros y la edad de los jóvenes en la población de lectores regulares.
El quinto de los indicadores de esta variable es la procedencia de los libros leídos. Para medirlo se les preguntó cuál es el origen de la mayoría de los libros que leen en el tiempo libre y se ofrecieron cuatro categorías de única opción. Se elaboró el sistema de categorías según compren ellos mismos los libros que leen, los reciban como regalos, los retiren de bibliotecas, circulen en una comunidad de lectores o descarguen de Internet –sin precisar si la descarga es gratuita o paga–. (Si bien se entiende que el préstamo puede ser online, y en ese caso dos opciones se solaparían, se prefirió colocarlas como alternativas distintas para concentrar y distinguir los casos.) Existen dos regularidades empíricas para todos los países de la región en torno a la procedencia de los libros leídos: el acceso al libro se da mediante la compra y está determinado por el nivel adquisitivo de la población.[11]
De acuerdo con los resultados obtenidos, el 76% de los jóvenes refiere comprar los libros que lee –destacándose el grupo de mujeres mayores, principales compradoras (90%)–. En los varones si bien la incidencia es alta, la proporción cae al 66% observándose que los menores (69%) superan en siete puntos porcentuales a los mayores de 25 años. Por su parte, los obsequios aparecen como una opción de procedencia muy poco frecuente (7%), aunque podrían rescatarse a las mujeres (11%) y los varones (8%) menores de 25 años. En tanto, la lectura mediante el préstamo de libros es notablemente recurrente en los varones (21%) –sobre todo los mayores (22%)– respecto de la incidencia femenina, puesto que lee mediante un préstamo el 11% de las menores y el 5,5% de las mayores de 25 años. Finalmente, la menor frecuencia se observa en las descargas virtuales, aunque son los varones mayores quienes impulsan esta categoría: casi el 10% de ellos señala la descarga virtual como la procedencia de los libros que lee. Esto es coherente con la inclinación masculina hacia la actividad online: evidenciada a lo largo del trabajo, pero particularmente con el indicador “soporte de lectura” donde se constata que los varones mayores leen digitalmente en mayor proporción que el resto de los grupos. Por su parte, en las mujeres la ocurrencia es realmente baja (3%) aunque cabe mencionar a las menores de 26 años que impulsan este dato (5%). Si se compara este dato primario sobre la incidencia de la descarga virtual de libros con la ENHL 2011, los resultados son bastante parejos; aunque si se toma al mercado español como referente, la diferencia es enorme –precisamente debido al gran desarrollo de este modo de leer–.[12]
Por otro lado, se observa una brecha importante en las categorías “préstamo” y “compras” según el sexo de los jóvenes. Comprar libros es un hábito típico de las mujeres, en tanto los varones tienden a leer los libros que toman prestados en mayor proporción que ellas. Precisamente, considerando que la prueba de independencia indica asociación entre la procedencia de los libros y el sexo, el próximo gráfico compara las respuestas:
Por último, de acuerdo con la prueba de independencia, la procedencia de libros leídos y la incidencia de lectura por placer son variables relacionadas. Podría inferirse que la práctica está directamente asociada con la compra de los libros: en la medida que el gusto por la lectura en instancias de ocio aumenta, lo hace la adquisición de libros.
Como último indicador de los hábitos que mantienen los jóvenes que leen con cierta regularidad, se indagó en el lugar de compra de libros. Se preguntó sobre el sitio donde adquieren los ejemplares que leen. En algún sentido, se recuperó de la variable anterior la categoría compra y elaboró un sistema excluyente que considera como puntos de venta posibles a las librerías, los grandes supermercados como nuevos espacios de comercialización de libros, las cadenas de librerías –aquellas cuya marca pregnante constituyen emblemas del rubro como Yenny y las tiendas virtuales que recientemente se incorporaron al circuito de comercialización de libros–[13] y los tradicionales espacios públicos como paseos de compra a cielo abierto, plazas y ferias.
El 73% de los jóvenes compra la mayoría de sus libros en las librerías. Dentro de esta categoría se imponen las mujeres (76%), y entre ellas, las mayores de 25 años (78%): quienes parecen ser convencionales a la hora de adquirir libros. Vale mencionar que mientras las mujeres mayores impulsan este tipo de compra, los varones del mismo grupo etario son quienes menos compran en ese canal (63%). Continuando con la lectura del Cuadro 35, apenas el 1% de los lectores compra libros en supermercados; aquí se destacan únicamente los varones mayores (2%), en tanto para las mujeres menores siquiera es una opción de compra. En las grandes librerías compran principalmente los varones mayores (29%) que se despegan bastante de los menores (14%), aunque menos de las mujeres, para quienes la proporción es semejante en ambos grupos (17,5%). Como la compra en supermercados, la compra en tiendas virtuales es muy baja: cerca del 2% considera este canal. Es importante ratificar esta tendencia constante respecto de la asociación entre los varones mayores y la tecnología: el 5% de este grupo adquiere sus libros online. Por otro lado, el 5% de los universitarios elige los espacios públicos constituyéndose el tercer canal de compra –aunque se encuentre muy por debajo de las librerías tradicionales y grandes–. Por su parte, los varones menores se destacan por comprar en espacios públicos (10%) seguidos por las mujeres más jóvenes (8%). Podría concluirse que son los más jóvenes quienes impulsan esta categoría y comprarían libros usados. En rigor, la tradición librera que tiene Buenos Aires se aprecia en toda la ciudad. Los lectores o coleccionistas ávidos de ejemplares únicos pueden hurgar en los puestos de Parque Rivadavia y Parque Centenario, en Plaza Italia y en las librerías ‘de viejo’ diseminadas en la calle Corrientes y sus alrededores. Pueden conseguir libros usados y antiguos, ejemplares únicos, ediciones discontinuadas y todo tipo de rarezas; en largas mesas de saldos es posible comprar colecciones a precios insólitos.[14]
Si bien la compra en supermercados resulta proporcionalmente insignificante, los jóvenes-adultos de ambos sexos sugieren comprar libros allí. Podría suponerse que van al supermercado por las compras cotidianas y adquieren títulos que llaman su atención al pasar por los exhibidores: este tipo de compra no es planificada sino impulsiva. En síntesis, el 92% de los lectores vincula la librería con la compra de libros desestimando canales de compra alternativos; este resultado se comprueba otra de las regularidades empíricas: la librería es el sitio donde los lectores compran libros.[15]
Por último, con el propósito de conocer las ventajas de la compra en tiendas virtuales, a quienes compran con cierta regularidad en este canal se les pidió que comentaran cuáles ventajas consideran que tienen la modalidad. (Cabe señalar que no se distinguió el tipo de compra online, puede tratarse de una compra para descargar contenido y leer con un procesador específico o bien un encargo virtual para recibir el libro en papel en el domicilio.) Durante el procesamiento de datos se obtuvieron cuatro palabras claves que remiten a cada categoría de análisis: costo, comodidad, rapidez y contenidos.
El 30% de quienes compran online señala que el precio de venta de los libros en ese canal de comercialización es menor, es decir, destaca que el medio abarata los costos de consumo. El 45% comenta sobre la comodidad de comprar virtualmente porque evita el desplazamiento, trasladarse hacia algún punto de venta físico en busca del título deseado. Otro 45% alude a la rapidez destacando que este tipo de adquisición disminuye el tiempo que implicaría una compra usual (indirectamente acá también se señala la comodidad pero no en términos de distancia sino de duración). Y por último, el 25% menciona algo vinculado con los contenidos, a cierta especificidad y/o la variedad de títulos a los que se tiene acceso. Considerando que son los varones mayores de 25 años los que manifiestan comprar bajo esta modalidad, podría suponerse que estas son respuestas representativas de la población masculina.
Motivadores de lectura
Este punto está conformado por dos variables: por un lado, los referentes de los jóvenes lectores –recomendadores, quienes les sugieren lecturas específicas– y por otro lado, se pensó en un impulsor propio para el desarrollo de la práctica.[16] Con ambas preguntas se procuró conocer cuáles son los motivos reales que acercan a los universitarios a la lectura, en qué circunstancias y si está mediado por algún referente en particular.
En primer lugar, para indagar en los referentes de lectura se preguntó a los jóvenes lectores quiénes son sus principales referentes cuando leen por recomendación. Con la introducción “cuando lee por recomendación” se los quiso ubicar en una situación hipotética en la que la iniciativa para leer esté mediada por la recomendación de otros. Se ofrecieron varias categorías que van desde los círculos más íntimos como amigos, colegas y familiares –personas de trato frecuente y fluido– hasta otros de trato esporádico como una comunidad virtual –no se precisó si vinculada con la lectura–, asesores de librería y el mismo mercado mediante avisos publicitarios. Si bien no se colocó a personajes mediáticos, podrían haber formado parte del sistema considerando que su opinión influye en el éxito de un libro, al legitimar lecturas por la autoridad que les confiere el mundo del espectáculo. (Aunque observando las respuestas tan concentradas de los jóvenes, es posible que aquella opción no fuera significativa).
El entorno íntimo ejerce una influencia notoria en los jóvenes. Ello se aprecia, por ejemplo, en el hecho de que el mayor porcentaje de los libros que leen sea por recomendación de amigos y familiares (66%). Según el cuadro anterior, es entre las mujeres más jóvenes donde el grupo de pares y la familia más protagonismo adquiere (77%), similar en los varones más jóvenes (58%) –es decir, en esta categoría el grupo de jóvenes-plenos adquiere mayor relevancia–. Un contraste claro se observa en “colegas”: mientras el 19% de los varones atiende a sus sugerencias –destacándose los mayores (22%)–, sólo lo hace el 6% de las mujeres. En el caso de la publicidad, no se observan diferencias significativas entre los grupos, de hecho podría sugerirse que, según lo han manifestado, los universitarios son poco permeables a los avisos del mercado del libro. Sin embargo, debería mencionarse que ninguno de los varones menores eligió esta opción en tanto los mayores de ambos sexos casi alcanzan el 3% –podría sugerirse una semejanza por edad–. Por otro lado, el 3% de los jóvenes presta atención a la recomendación de la crítica cultural y del círculo de lectores. Si bien se notan pequeñas diferencias al interior de los grupos, puede advertirse la mayor inclinación de las mujeres mayores hacia la crítica (4%) y la importante consideración de los varones menores hacia el círculo de lectores (11,5%) al que posiblemente pertenezcan. Curiosamente, en la comunidad virtual no se reconocen recomendadores de libros, puesto que un 2% de los lectores la elige como alternativa. Solamente podría señalarse que los jóvenes-adultos de ambos sexos la marca como opción (3%). Del mismo modo, el asesoramiento en la librería no es un modo de llegar al libro, aunque podría destacarse que los varones menores la consideran una alternativa (4%). Por último, no compran libros por recomendación el 12% de los jóvenes lectores. Los varones son los menos permeables a ello, sobre todo los mayores (22%).
La prueba de independencia indica asociación entre recomendadores de lectura y el sexo de los jóvenes lectores. El próximo gráfico compara las respuestas de mujeres y varones, sólo para las categorías con mayor frecuencia:
En segundo lugar se indagó en los incentivos propios de lectura. Se sabe que la motivación resulta indispensable para el buen desempeño de cualquier actividad. En este sentido, se quiso conocer cuál es la principal fuente de motivación que tienen los jóvenes a la hora de leer en el tiempo libre, en términos de iniciativa, dejando de lado el consejo de otros. El sistema de categorías construido recupera alguna alternativa de la encuesta nacional y agrega otras: por ejemplo, leer los clásicos –sugiriendo una asignatura cultural pendiente o incluso, recuperar residuos de la literatura dirigida del secundario– y leer un best seller. Ambas categorías podrían no ser excluyentes, aunque el imaginario las ubique en algún punto opuestas, pero se decidió darles categorías mutuamente excluyentes porque se considera que no perjudicaba la elección permitiendo discriminar con precisión los jóvenes que leen Clásicos de aquellos que leen novedades convertidas en best sellers –apelando, precisamente a esa idea que los posiciona como los títulos de moda o ‘más leídos’.– En este sentido, el concepto de best seller –o “libro o disco de gran éxito y mucha venta”, según el DRAE–[17] remite a una categoría neutra que, sin embargo, terminó designando realidades heterogéneas. En sus orígenes, se refería simplemente a lo que la expresión denota: los libros más vendidos, pero pronto apareció la confusión porque los títulos que se vendían mejor coincidían con los más populares que no siempre se adecuaban a los estándares estéticos de la ‘alta’ cultura. Entonces, el adjetivo-sustantivo pasó a calificar asimismo a libros que, precisamente por venderse bien, eran sospechosos de insuficiencias literarias. Por otra parte, también es cierto que grandes clásicos de la literatura universal como El Quijote, incluso de la historia como La Biblia, han vendido miles de ejemplares en el mundo y podrían considerarse best sellers en sentido estrictamente comercial. Igualmente, existen libros como Cien años de soledad o Rayuela –inclusive, la obra completa del boom latinoamericano– que tuvieron su momento y supieron prolongarlo resurgiendo después de “purgatorios críticos” y olvidos generacionales.[18] Este tipo de libros resultan long sellers, que la pátina del tiempo ha dotado de un estatuto más prestigioso. También hay títulos de éxito fulminante que no consiguen superar la prueba de su primer cuarto de siglo porque su popularidad evidencia el inmediato y efímero clima de época en que aparecieron: fast sellers, meteoros que irrumpen con estrépito porque de algún modo son esperados y se hacen cómplices de la sensibilidad o de ciertas ansiedades del momento. Claro que la historia de la literatura demuestra que hubo fast sellers que supieron convertirse en long sellers, como Cándido de Voltaire o Tristram Shandy de Sterne (1759) o Lolita de Nabokov (1955).
Según los resultados propios, el 18,5% de los jóvenes lee Clásicos: las mujeres se destacan porque son las que impulsan esta categoría (22%) doblando la frecuencia masculina. Si se mira por edad, las mujeres menores optan particularmente por esta alternativa (26%) así como los varones del mismo grupo etario se despegan del resto (16%). Entonces, si bien son las mujeres las principales lectoras de Clásicos, también los jóvenes-plenos de ambos sexos los eligen en mayor medida que los mayores. En tanto los best sellers como motivador de lectura (14%) aparecen en proporciones más o menos similares en todos los grupos, aunque cabe destacar a las mujeres menores de 25 años (16%).
Por su parte, el 28% de los jóvenes lectores indica que el hecho de buscar curiosidades es un incentivo propio para leer; esta categoría se acentúa en las mujeres (33%) que doblan la proporción masculina y sobre todo en las mayores de 25 años (38%). En otro sentido, el 30% de los jóvenes comenta que adquirir conocimiento es el principal motivador de lectura, constituyéndose como la categoría de mayor frecuencia. Así como el disparador de lectura en las mujeres son las curiosidades, en los varones es el conocimiento (44%) –acá las proporciones se invierten notablemente respecto de la categoría anterior, según el sexo de los jóvenes– destacándose los mayores (47%). Podría afirmarse que casi la mitad de los jóvenes mayores de 25 años cuando lee lo hace motivado por la adquisición de conocimiento.
Como categorías más esnob, seguir al autor de moda (1%) y leer el guión de cine o teatro (2%), que se pierden en términos relativos en el sistema de valores. Únicamente podría destacarse al grupo de varones mayores que impulsa la categoría leer guiones (6%). Precisamente, sobre el vínculo entre literatura y cine, cabe mencionar ciertos éxitos de la pantalla grande que posteriormente se convirtieron en best sellers editoriales. Casos paradigmáticos son los primeros libros de Harry Potter, y los ya cásicos, la hepatología Las crónicas de Narnia –escritas por Lewis entre 1950 y 1954– y El hobbit y su secuela El señor de los anillos –escritas por Tolkien a durante las primeras décadas del siglo XX–. Se trata de una tendencia de filmar sagas literarias que incrementan notablemente las ventas de sus libros bastante después de cuando fueron publicadas originalmente.
Admitiendo la influencia de los recomendadores, alrededor del 3% de los universitarios indica que no compra libros por iniciativa propia; sobresalen marcadamente los varones (7%) y más aún los menores (12%). Recuérdese que ya en la variable anterior los varones menores se separaban de los mayores quienes manifestaban no leer por recomendación. Se ratifica la tendencia: los varones jóvenes están más atentos a la influencia de otros, mientras los mayores tienden a leer por propia iniciativa.
Por otro lado, la iniciativa de leer el libro recomendado del mes refiere a los recientes lanzamientos del mercado que podrían transformarse en best seller a nivel nacional –muchos títulos ingresan al mercado local siendo los más vendidos en otras regiones–. Una proporción pequeña elige esta alternativa. En la variable anterior se observaba que la recomendación publicitaria o de las comunidades virtuales es muy poco frecuente, y justamente los lanzamientos se difunden de ese modo. A partir de lo expresado por los jóvenes, se corrobora lo poco permeables que resultan a los mensajes publicitarios del mercado del libro. Sin embargo, más adelante se verá que los títulos que dicen haber leído en el último año son claros ejemplos de libros estimulados por la industria del entretenimiento. No obstante, los varones –sobre todo los mayores– parecen leer lanzamientos en mayor proporción que el resto.
Finalmente, la prueba de independencia indica asociación entre la motivación de lectura y el sexo de los jóvenes. Precisamente, se elaboró un gráfico tomando los incentivos de lectura con mayor incidencia para comparar respuestas:
Por último, resulta importante mencionar que de acuerdo con la prueba de independencia, las variables incentivos de lectura e incidencia de leer por placer están relacionadas. Es decir, el gusto por la lectura se vincula con aquello que los motiva o con lo que buscan en un libro. Además, se encuentra relación entre el incentivo de lectura y el tipo de lectura que lee; lo que significa que las temáticas y los géneros que leen están directamente asociados con su gusto por la práctica.
Otras prácticas vinculadas con el consumo de libros
En este punto se muestran los resultados de la medición de tres variables vinculadas con el consumo de libros –pero no con el ejercicio de leer– en la población total de jóvenes: lectores y no lectores; y luego, se las relaciona con la incidencia de lectura.
En primer lugar, se les preguntó si compran libros para regalar con alguna frecuencia y ofreció la misma escala ordinal según la asiduidad de la práctica. Se entiende a priori la diferencia entre consumidor –lector– y comprador de libros.[19]
Si se observa la categoría siempre, se nota que los varones (1,5%) superan en un punto porcentual a las mujeres, y que para ambos grupos, los más jóvenes presentan mayor incidencia. Para los segmentos de lector y no lector, se advierte casi una obviedad: poco más del 1% de los lectores siempre regala libros mientras los no lectores no califican en esta categoría. Luego, aproximadamente el 19% del total regala libros frecuentemente: el 22,5% de los lectores y el 12% de los no lectores. En esta categoría toman protagonismo las mujeres, más aún las mayores de 25 años (27%). Vale mencionar que mientras en las mujeres la brecha por grupo etario es muy marcada –unos ocho puntos–, en los varones la distancia baja a la mitad –unos cuatro puntos–. Luego, la mitad de los jóvenes regala libros ocasionalmente: el 54% de los lectores y el 45% de los no lectores. Al mirar cómo se comportan de acuerdo con el sexo, notamos que la proporción de varones es mayor –más de la mitad– (pero al bajar la frecuencia, aumenta la cantidad de varones). Finalmente, el 30% de los jóvenes nunca regala libros: como era de esperar, en esta categoría, la proporción de no lectores supera a los lectores ampliamente, así como los varones a las mujeres. Esta inversión respecto de las primeras categorías resulta estadísticamente previsible. Por otro lado, los lectores tienden a regalar libros asiduamente: casi el 80% está concentrado en las primeras tres categorías. Se llega a la conclusión que tener el hábito de leer predispone a regalar libros y que las mujeres compran libros para regalar en mayor proporción que los varones (72%). En este sentido, y acerca de la posible relación entre la compra de libros para regalar y la lectura por placer, se observa que a medida aumenta la frecuencia de compra de libros para regalar, la incidencia de lectura es mayor. Asimismo, la prueba de independencia corrobora la asociación entre ambas variables.
Con respecto a los propósitos de la compra de libros para regalar, a quienes regalan libros se les preguntó por qué lo hacen, y dejó un espacio libre en el cuestionario para que respondieran espontáneamente. La intención era armar categorías de análisis después de procesar las respuestas. Sin embargo, durante el trabajo de poscampo, no se advirtieron diferencias significativas en el tipo de respuesta obtenida (la única diferencia es que las mujeres mayores completaron esta pregunta en mayor medida que el resto). Las respuestas se reiteran bastante, aunque vale transcribir algunas de las menciones más recurrentes: “La persona a la que obsequio tienen el hábito de la lectura”; “A mi entorno le gusta leer”. En todos los casos, las respuestas espontáneas involucraban al ‘otro’ y su gusto por la lectura. Sólo un par de jóvenes hizo mención al libro como objeto en sí –por su originalidad o rasgo interesante–: “Es un regalo original”. Cuando se pensó esta pregunta se esperaba contestaciones más sustanciosas, que permitieran hacer un análisis más extenso del significado que le otorgan a su acción. No obstante, se encontraron respuestas cortas –pocas palabras desarticuladas– livianas, reiteradas y con poco sentido. Las respuestas de los universitarios indican cierta incapacidad para articular frases que expresen las intenciones verdaderas que subyacen a la elección del libro como obsequio.
En segundo lugar, se preguntó a los jóvenes si tenían por costumbre regalar libros infantiles. A priori se supuso que se trataría de chicos en la familia –hijos, hermanos o sobrinos–, y que la práctica podría esconder la intención de fomentar la lectura en los niños próximos. Se utilizó la misma escala ordinal para medir la asiduidad de la práctica. Por otra parte, la prueba de independencia evidencia diferencias significativas por sexo y edad en la población total, por sexo en la población de lectores y por edad en la población de no lectores. Es decir, el género y el ciclo vital se relacionan de algún modo con la práctica de comprar libros infantiles.
Repasando los resultados obtenidos a lo largo del sistema de categorías, se observa que a medida disminuye la frecuencia de la práctica, aumenta el porcentaje de respuestas. Es decir, a mayor asiduidad, menor incidencia. En primer lugar, apenas el 2% del total de jóvenes regala libros infantiles siempre: se destacan las mujeres mayores de 25 años con casi el 3% y notablemente los no lectores (2,5%). Pareciera que en los mayores de 25 años la práctica presenta mayor asiduidad. A partir de la siguiente categoría, se advierte un incremento en el total y en todos los grupos. Por ejemplo, el 9% de los jóvenes compra libros infantiles frecuentemente; también se destacan las mujeres mayores de 26 años (15%) y los no lectores (12%). Por otra parte, el 21% de los jóvenes regala libros infantiles ocasionalmente. Si se observan los segmentos, se nota que los lectores (22%) regalan en mayor proporción que los no lectores. Según la variable sexo, las mujeres (25%) superan ampliamente la incidencia masculina (13,5%). Y por edad, se nota que los mayores de 25 años regalan más libros infantiles que los menores. Por último, el 68% de los jóvenes nunca compra libros infantiles. En esta categoría las respuestas de lectores y no lectores tienen a aproximarse. No obstante la brecha que separa a varones de mujeres se mantiene, haciéndose evidente que son ellos quienes menos obsequian libros –sobre todo lo menores de 25 años (87,5%)–.
Mientras el 38% de las mujeres, principalmente las mayores, compra libros infantiles con cierta asiduidad, lo hace el 21% de los varones. (Esta tendencia concuerda cuando al inicio se expuso que son ellas quienes compran material de colección para los chicos en los kioscos de diarios). En suma, la edad y el sexo están directamente asociados con la práctica: ser mujer y tener más de 25 años son aspectos constantes que explicarían el comportamiento de la variable.[20] En este sentido, la prueba de independencia indica asociación entre el hábito de comprar libros infantiles para regalar con el sexo y la edad de los jóvenes en la población total. Con los lectores y no lectores ocurre algo curioso, porque si bien las proporciones cambian levemente en las primeras categorías, no hay una diferencia sustancial en “nunca”, lo que permitiría inferir que no compran más o menos libros para chicos. Es decir, la práctica de ningún modo parece estar vinculada con su condición de lector. Sin embargo, ser lector predispone a regalar libros, como se observó en la variable anterior. Una interpretación posible es que los universitarios propician la lectura en los más chicos de la familia sean o no lectores.
Con respecto a la posible relación entre la compra de libros infantiles y la lectura por placer, se comprueba que a medida aumenta la frecuencia de compra de libros para regalar, la incidencia de lectura es mayor. No obstante, la prueba de independencia indica que no hay asociación entre ambas variables. De hecho, quienes más libros infantiles compran parecen ser quienes menos leen.
Acerca de los p ropósitos de la compra de libros infantiles, como en la variable “compra de libros para regalar”, además de ser las principales compradoras de libros infantiles, son las mujeres mayores las que dan los motivos de su acción en mayor proporción que el resto. Además, en ellas se advierte claramente el tipo de respuestas: “fomentar la lectura”, “para leerle a mi…”, “estimular a mi…”, “fomentar el hábito desde niño”, “inculcar la lectura en los niños”. En el resto, las respuestas no mencionan la importancia del hábito, sino que simplemente justifican la compra con palabras sueltas y sin demasiado sentido: “cumpleaños”, “tengo un hijo” o “para regalar a mis sobrinos”. Una vez más se aprecia la escasez de palabras, la incapacidad de formular una frase sólida que justifique la práctica. Del mismo modo que en la variable anterior, se preveían respuestas más sustanciosas que permitiesen elaborar categorías de análisis. No obstante, leerlas con detenimiento sirve para ratificar la conclusión a la que se llegó: ser lector no condiciona la compra de literatura infantil en los jóvenes encuestados, y el propósito en las mujeres descansa en el reconocimiento del beneficio que leer implica y en cierta virtud que encierra la lectura en sí misma.
En tercer lugar, se indagó en la asistencia a la Feria del libro. Según los registros de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, el público se ha incrementado considerablemente. De hecho, desde hace años se agrega espacio físico a la exposición e incrementa la cantidad de visitantes, que supera el millón. Como particularidad, es una de las ferias más prolongadas del mundo ya que dura casi veinte días. En ocasiones, aumentan los visitantes pero disminuye el nivel de facturación. (Por ejemplo, en 2011 hubo unos 25 mil visitantes más que en 2010 aunque las ventas hayan descendido.)[21]
Según el relevamiento del Gobierno de la Ciudad y la Fundación El Libro (2014), se sabe que prevalece el público joven con estudios universitarios. Precisamente, predomina el rango etario 18-29 años, que representa el 32% del total de visitas. En tanto, el grupo 30-44 años representa el 26%; el grupo 45-64 años, el 30% de las visitas; y el de más de 65 años, el 13%. En lo que respecta al máximo nivel de estudios alcanzado, los resultados de aquella encuesta confirman que el perfil del visitante frecuente es el del profesional universitario o con título terciario, que representan el 46% de los concurrentes. Entre los universitarios, el 26% posee tiene título de grado, el 5% de posgrado y el 15% cuenta con una titulación terciaria, segmento compuesto principalmente por docentes.[22]
En síntesis, la edad y el capital escolar se correlacionan con la asistencia; mientras el sexo no tiene incidencia puesto que las mujeres presentan una predisposición levemente mayor a visitar la Feria (53%). (DGEYC-GCBA y Fundación El Libro 2014). Los datos que marcan el alto nivel educativo de los asistentes a la Feria del Libro conviene leerlos junto con los que arrojan las encuestas de hábitos de lectura en la región, que indican una correlación positiva entre el nivel socioeconómico y cultural y los hábitos lectores. En cuanto a la fidelización de los asistentes, según la cantidad de visitas realizadas en ediciones pasadas, una amplia mayoría de los encuestados declaró haber concurrido por lo menos una vez en años anteriores (83%), destacándose que casi el 42% de los concurrentes la visitaron al menos 6 veces. Lo anterior confirma que, para una amplia mayoría de sus seguidores, la Feria es un evento cultural ineludible. La cantidad de visitas previas a la Feria del Libro tiene una relación positiva con el ingreso per cápita del hogar: a mayor ingreso, superior cantidad de visitas previas (DGEYC-GCBA y Fundación El Libro 2014).
En lo que respecta a la propia investigación, la última de las preguntas del cuestionario apunta a medir la incidencia y los motivos de la asistencia a la Feria. La intención era conocer si los jóvenes frecuentan el evento y con qué continuidad. Para ello se ideó un sistema ordinal conformado por tres categorías: la primera remite a la visita anual, la segunda a una visita esporádica y la tercera a la no visita.[23]
De acuerdo con los resultados obtenidos, el 12% de los lectores y el 5% de los no lectores asiste a la Feria del Libro cada año. Se manifiesta una obviedad: quienes leen por placer visitan la feria con mayor intensidad: mientras que el 36% de los lectores indica no asistir, la cifra sube al 62% en los no lectores. En el total de jóvenes se destacan las mujeres con el 10% –sobre todo las mayores quienes parecen ser las principales asistentes–. Esto guarda coherencia cuando al inicio se vio que en salidas de tipo culturales, eligen ferias y exposiciones como alternativa –y también es coherente con el relevamiento recién mencionado–. En tanto, el 51% de los lectores y el 33% de los no lectores visita la feria algún año –también acá se nota la mayor incidencia femenina–. Finalmente, en la categoría extremo se observa que el 36% de los lectores y el 62% de los no lectores no considera a la Feria. Siguiendo con la lectura del cuadro, en esta categoría las proporciones se invierten: menos mujeres y lectores visitantes. Como síntesis, cabe decir que la mitad de los jóvenes que leen por placer visitan ocasionalmente la Feria; pero quizá lo más curioso sea que cuatro de cada diez no lectores asiste aún no practicando la lectura como alternativa de ocio –puede tratarse de acompañantes o visitantes que conciben a la Feria como un paseo en sí mismo–. Precisamente, respecto de una posible relación entre la asistencia a la Feria del Libro y la predisposición hacia leer por placer, de acuerdo con la prueba de independencia, existe asociación entre ambas variables. De hecho, acerca de si los visitantes son realmente lectores, un estudio revela que la mayoría de quienes asisten a la Feria tienen el hábito de leer.[24] Además, se advierte una asociación positiva entre la regularidad con la que los jóvenes asisten al evento y la predisposición hacia la lectura de libros por placer. A medida que aumenta la proporción de jóvenes que asisten a la Feria con mayor frecuencia, aumenta la proporción de los aficionados a la lectura. Por ejemplo, el 81% de quienes asisten a la Feria todos los años, leen por placer en su tiempo libre. Por su parte, el 73% de los lectores asiste algún año y el 51% de los lectores no asiste.
Por otra parte, se indagó en los propósitos de la visita a la Feria del Libro. A quienes respondieron que asisten cada año o algún año a la Feria se les pidió que contaran el motivo por el cual la visitan. A partir de las respuestas reiteradas de la primera toma se confeccionó un sistema de categorías en la que más de una opción fuese posible elegir. Primeramente, surgieron palabras clave como curiosidad, actualización, ofertas, compañía, paseo, entre otras; y luego con ellas se elaboraron propósitos.
Según los resultados obtenidos, el 12% de los lectores y el 11% de los no lectores asisten a la Feria “por simple curiosidad”; aquí la proporción de mujeres es mayor, sobre todo entre las más jóvenes (14%). En la categoría que menciona cuestiones laborales se destacan curiosamente los no lectores (3%) y los varones menores (5%). En tanto, el 7% de los lectores y el 3% de los no lectores asisten a la Feria para “apreciar gran variedad de libros concentrados en un solo lugar”. Si se mira por sexo, se nota que las mujeres están más motivadas en ir con este propósito (6%) que los varones (4%), sobresaliendo las mayores de 25 años (7%). Por otra parte, el 11% de los lectores encuentra que la Feria es un sitio donde puede actualizarse a partir de las novedades allí expuestas –una distancia importante respecto de los no lectores, 4%–. Unos tres puntos por encima separan a las mujeres de los varones, sobre todo las menores (12%). Luego, asistir “para aprovechar ofertas y promociones” es un propósito que guarda proporciones similares en los segmentos de lectores así como en los grupos de análisis por sexo y edad. Para el 7% de los lectores el evento es un paseo en sí mismo, sólo un punto por encima de los no lectores. Sí se advierte una diferencia significativa por sexo: mientras que el 9% de los varones asiste a la Feria para pasear, sólo el 5% de las mujeres marcó esta opción. Continuando con la lectura del cuadro, parece que quienes no leen por placer están más interesados en “formar parte de un evento cultural” (5%), aunque poco más de un punto los separa de los lectores, destacándose los varones menores de 25 años con casi el 10%. En tanto, los lectores se muestran interesados en participar de la agenda de la Feria en materia de debates, conferencias, presentación de libros, etcétera (3%), puesto que doblan la proporción de no lectores. En este mismo propósito sobresalen las mujeres mayores de 25 años. Finalmente, el 3% de lectores y no lectores asiste para acompañar a alguien. Si se mira el cuadro, se advierte que son las mujeres menores de 25 años quienes se destacan con casi el 5%. De hecho, el 69% de los asistentes a la Feria en 2013 fue acompañado, lo que habla de una experiencia cultural que es vivida en compañía (DGEYC-GCBA y Fundación El Libro 2014).
En cuanto a los motivos de la visita a la Feria –no excluyentes entre sí–, el más señalado por los visitantes (83%) fue el de paseo o recreación. En segundo lugar se ubicó la compra de libros (72%), seguido por la búsqueda de novedades u ofertas (58%). Otras motivaciones señaladas fueron la búsqueda de libros difíciles de conseguir (36,5%), la asistencia a algún suceso o charla programada (28%), razones de trabajo o profesionales (27%) y, finalmente, conseguir la firma de libros (11%). Con respecto a la compra, el grupo que más compra tiene entre 30 y 44 años: el 81% de esa población adquiere al menos un libro. Entre ellos, el grupo más numeroso es el que gasta entre 51 y 100 pesos, aunque, en total, más de la mitad gastó entre 101 y 400 pesos en libros. Otro dato interesante: un 23,5% de los visitantes lee desde la computadora y un 14% contó que evaluaba la compra de un e-book, aunque el papel persiste: el 28% de los visitantes adultos compró uno o dos libros, y el 26% se llevó cinco o más ejemplares. (DGEYC-GCBA y Fundación El Libro 2014)
Por otro lado, se segmentó la población total en dos subpoblaciones según sean asistentes frecuentes u ocasionales para advertir diferencias en el tipo de respuestas. Para quienes asisten a la Feria cada año, la razón asisto “para actualizarme respecto de novedades”, y luego “para apreciar la variedad de libros concentrados en un solo lugar”. Y para quienes asisten a la Feria algún año, las razones más recurrentes son “por simple curiosidad”, y luego “para actualizarme respecto de novedades” y “participar del evento como paseo”.
Puede apreciarse que las categorías que mencionan a los “libros” –en tanto novedad literaria como variedad de títulos– es elegida en mayor medida por los asistentes frecuentes, dejando al paseo o la visita por curiosidad en un segundo plano. En tanto, para los asistentes ocasionales la visita por curiosidad se impone. Podría sugerirse que el merodeo por la Feria de ningún modo tiene que ver con intenciones genuinas vinculadas con los libros en exposición. La curiosidad está asociada a la visita ocasional –aunque también al lector y a las mujeres como se indica más arriba–. El próximo gráfico toma los propósitos más recurrentes y, a modo de síntesis, los compara, según la asiduidad con la que los jóvenes visitan la Feria:
- Esta generalización se cumple en Argentina y toda la región de Iberoamérica –excepto Brasil que en su última publicación menciona un aumento de la lectura vinculada con la actualización cultural superando a la lectura por placer–. (Instituto Pró-Livro 2011; CERLALC 2012b).
Según el BHLyCL 2012, el 41% de los españoles lee sólo en su tiempo libre, el 4% únicamente por deber, el 18% lee por estudio, trabajo y placer, y el 37% no lee libros. Si tenemos en cuenta a la población mayor de 14 años que lee durante el tiempo libre, observamos un crecimiento de 1,2 puntos porcentuales respecto de la medición anterior. El incremento de lectores en tiempo libre se produce en casi todos los tramos de edad, excepto entre 35 y 44 años que se mantiene igual. Los españoles entre 14 y 24 años siguen siendo el grupo con mayor inidencia lectora –conforme aumenta la edad se observa un descenso en todos los tramos, aunque conviene destacar la tendencia ascendente en los últimos años en los grupos de mayor edad–. Por sexo, las mujeres (64%) leen más en su tiempo libre que los hombres, con una diferencia de diez puntos –que se acentúa entre los 25 y los 54 años–.A partir de los 55 años, la distancia entre los lectores de distinto sexo se reduce. (FGEE 2012).↵ - De acuerdo con la ENHL 2011, el 78% de los lectores lee por placer, el 68% para aprender cosas nuevas, el 45% por estudio, el 42% por costumbre y el 17% por trabajo. (Cabe señalar que en términos comparativos, en 2001, leía por placer el 69% de la población). Previsiblemente, la lectura por estudio disminuye con la edad (45%), en tanto aumenta la lectura por costumbre (42%). Los individuos de entre 26 y 60 años son quienes leen por trabajo (26%). En el relevamiento reciente se agrega la categoría “para aprender cosas nuevas” (68%). Como el sistema de categorías no es mutuamente excluyente, no es posible precisar cuántos individuos leen sólo por placer. Por otra parte, el nivel socioeconómico medio es el que más baja incidencia presenta. (Sin embargo, se advierte que en el mismo relevamiento este mismo segmento se destaca al considerar a la lectura como actividad de tiempo libre). Por región geográfica, los principales lectores se encuentran en Gran Buenos Aires y el Noreste (83%). (SInCA 2012). ↵
- En la ENHL 2011 al medir la variable interés en la lectura, las mujeres presentan más al sumar las categorías “mucho” y “bastante” (62%) en tanto los varones (51%). Asimismo, los datos revelan que el interés en la lectura aumenta con la edad hasta los 60 años cuando empieza a decrecer considerablemente. (SInCA 2001;2012).↵
- Se destaca Colombia porque presenta la mayor tasa de la región respecto del desinterés por la lectura (64%). Otros motivos son la falta de tiempo (37%) y la preferencia de lectura de diarios y revistas (18%). Por su parte, en Chile, el 32% de la población lectora comenta desinterés en la lectura y sólo el 5% de los mexicanos expresaron la falta de interés. (CERLALC 2012).
Según el BHLyC 2012, la falta de tiempo sigue siendo la principal razón de los no lectores españoles para explicar su falta de hábito (49%), especialmente entre la población con edades comprendidos entre 25 y 54 años. El 30% argumenta que no lee porque no le gusta o no le interesa, razón para no leer para el 47% de los jóvenes no lectores con edades entre 14 y 24 años. Entre los mayores de 65 años, los motivos de salud o los problemas de vista es la principal razón para no leer en el 29% de los casos. Hay que señalar, además, que un 21% de la población no lectora apuntó que prefiere dedicar su tiempo a otro tipo de entretenimiento. (FGEE 2012).↵ - La ENHL 2011 indaga los motivos por los cuales los lectores han disminuido la lectura. El 58% asume falta de tiempo –las mujeres presentan una incidencia de tres puntos más que los varones–, el 33% indica cuestiones económicas y el 26% problemas en la vista –en esta categoría se acentúa la incidencia de los mayores de 61 años y de las mujeres–, el 20% dice que perdió interés –los varones se destacan en esta respuesta– y el 19% que ya no estudia. (SInCA 2012). ↵
- Conviene comentar los resultados de la ENHL 2011 respecto de esta variable. En términos generales, en intensidad de lectura –medida con los indicadores interés, frecuencia y cantidad de libros– los niveles socioeconómicos alto y medio no se diferencian, en las categorías máximas. El 27% de la población argentina manifiesta mucho interés en la lectura, el 30% bastante, y el resto se distribuye entre poco y nada. El interés por la lectura de libros es mayor en las mujeres (30%) que en los varones (24%) y en los mayores de 25 años –hasta los 61 donde cae–. (SInCA 2012).↵
- Respecto de la cantidad de libros que lee la población, según la ENHL 2011, cuatro de diez argentinos lee un libro o más al mes; el 22% un libro o más al año; y el 26% no lee desde hace dos años. Sin embargo, cuando se pregunta por el último año, baja la proporción de lectores: el 5% leyó más de diez libros, el 16% entre cinco y diez libros, el 18% entre tres y cuatro libros, el 23% entre uno y dos, y el 38% ninguno –es decir el porcentaje aumenta a medida que disminuye la cantidad de libros–. (SInCA 2012). (Si bien se toman estos datos, es importante considerar que remiten a la población de lectores en general; no se distingue a los lectores por placer –es decir, miden la cantidad de libros y la frecuencia de lectura por cualquier motivo no sólo por entretenimiento–.) No obstante, al cotejar datos se advierte que la tendencia decreciente en el sistema de categorías es similar, pero las proporciones son bastante superiores en los jóvenes encuestados al considerar sólo a lectores por placer. ↵
- Acerca de la frecuencia de lectura, el 14% de la población lee todos o casi todos los días –el 17% de las mujeres y el 10% de los varones–. Un dato relevante: el grupo 26-40 años es el de lectores más frecuentes y que más interés en la lectura manifiesta. (SInCA 2012). (Si bien se toman estos datos, es importante considerar que remiten a la población de lectores en general; no se distingue a los lectores por placer –es decir, miden la cantidad de libros y la frecuencia de lectura por cualquier motivo no sólo por entretenimiento–).↵
- Según el registro de la CAL (2013), hasta 2010 se publicaba en soporte digital el 4% de los títulos; pero esta tendencia ha ido aumentando: en 2011 esa cifra llegaba al 13% y al 17% en 2012. Desde 2013, los valores para soporte de producción se mantienen estables –libro papel, libro dogital y fascículo– mostrando un crecimiento lento del formato electrónico. Progresivamente el mercado de los e-books gana participación encontrando un nicho de mercado, principalmente, en los sectores jurídico y técnico. ↵
- Según el BHLyCLE 2012, el número de lectores en soporte digital supera la mitad de la población mayor de 14 años (58%). Este porcentaje se ha incrementado en 5,3 puntos con respecto a 2011. (Cabe aclarar que el Gremio de Editores define al lector en soporte digital como aquel que lee con una frecuencia trimestral en un ordenador, teléfono móvil, agenda electrónica o e-reader). Si se consideran los lectores de libros en este formato, desde 2010, el porcentaje ha aumentado en 6,4 puntos llegando al 12% de la población. Los españoles continuan empleando principalmente los dispositivos digitales para consultar sitios, foros y blogs (47%) y la lectura de periódicos (38%). El ordenador sigue siendo el soporte más utilizado para la lectura digital (56%). No obstante, la lectura en el e-reader se ha multiplicado por cinco desde 2010, 6,6% frente al 1,3%. Debe destacarse que el porcentaje de entrevistados que poseen un e-reader llega al 10% –4% en 2011–. Respecto del dispositivo que utilizan, si bien se ha incrementado en todos ellos, el aumento ha sido mayor en aquellos soportes que no están únicamente pensados para la lectura –tablets y smartphones– mientras los e-readers, excepto el Kindle, disminuyen su participación. (FGEE 2012). ↵
- Por su parte, la ENHL 2011, en vez del término procedencia utiliza acceso y ofrece un sistema de categorías más amplio y de opción múltiple. Los resultados indican que el 71% de los argentinos compra los libros que lee. Por otra parte, en el nivel socioeconómico bajo la población de no compradores ronda el 70%. Sin embargo, el interés por la lectura incentiva a los lectores a establecer mecanismos de acceso al libro alternativos: el préstamo entre conocidos es la segunda forma más frecuente de acceso (49%); luego, los regalos (24%) y el préstamo bibliotecario (13%).↵
- Según la ENHL 2011, “los baja de internet”, el 6% de la población: el 4% de las mujeres y el 8% de los varones. Este dato confirma el vínculo de los varones, e incluso, los más jóvenes con la tecnología –el grupo 18-25 es el que sostiene esta práctica en gran medida (14%)–. (SInCA 2012). (Si bien se toman estos datos a modo referencial, es importante considerar que remiten a la población de compradores de libros –frecuentes o eventuales– y no a lectores. Recuérdese que en este relevamiento se toman lectores que dedican tiempo libre a la lectura.)
En España, entre los lectores de libros electrónicos las formas de acceso son diversas. El 64% de los lectores entrevistados descarga libros de Internet gratuitamente. Un 38% afirma que consigue ebooks a través de familiares o amigos. Sólo un 32% se descarga libros de Internet pagando. Este porcentaje se ha reducido en 5 puntos con respecto a 2011. Los lectores entrevistados que adquirieron libros digitales señalaron que sólo pagan 4,5 libros de cada 10 que leen, el resto lo consiguen gratuitamente. (FGEE 2012).↵ - Como modelo de tiendas virtuales puede destacarse a una de las pioneras: amazon.com. En 1995, Amazon comienza a vender libros a través de Internet, y en 2007 lanza su propio dispositivo portátil “Amazon Kindle” que permite comprar, almacenar y leer libros digitalizados mediante su tienda virtual. Otros casos reconocidos bajalibros.com, casadellibro.com y temátika.com de Yenny. ↵
- El escritor y semiólogo italiano, Umberto Eco, comenta sobre esta tradición de la Ciudad en el prefacio de El nombre de la rosa [1980]:
Si nada nuevo hubiese sucedido, todavía seguiría preguntándome por el origen de la historia de Adso de Melk; pero en 1970 en Buenos Aires, curioseando en las mesas de una pequeña librería de viejo de Corrientes, cerca del famoso Patio del Tango de esa gran arteria, tropecé con la versión castellana de un librito de Milo Temesvar (Eco 2006:11).↵ - Si se observan los resultados de la ENHL 2011, se advierte que el orden de preferencia en que aparecen los lugares de compra es similar, pero las proporciones son significativamente distintas. No obstante, cabe señalar que la comparación es dificultosa porque el sistema de categorías que se emplea en el relevamiento nacional es diferente. (Podría suponerse que cuando se refiere a ‘shoppings’ son las grandes librerías y que la ‘compra de libros usados’ y ‘ferias’ son ‘los espacios abiertos’.) Haciendo el ejercicio de asociar categorías en uno y otro relevamiento, se rescata que el 61% de la población total compra en librerías de nuevos a la calle –el 65% de los jóvenes-plenos y el 70% de los jóvenes-adultos–. Por otro lado, el 25% compra libros usados, el 7% compra por Internet, el 15% en ferias, el 13% en shoppings y el 5% en supermercados. Por otra parte, la encuesta indaga la última visita a la librería. Al observar los resultados, se encontró que la mitad de la población ha ido a una librería durante los últimos dos años. Respecto del costo de los libros, el 45% de la población manifiesta que “los libros son caros”. (SInCA 2012).↵
- Cabe señalar que en la ENHL 2011 aparecen estos indicadores en un mismo interrogante: aquel que indaga en las formas de elección de los libros –por iniciativa propia, recomendación de amigos y familiares, recomendación de profesores, recomendación de colegas o porque me gusta el autor, entre otras alternativas.– Según los resultados, entre quienes son considerados “lectores actuales”, el 45% elige los libros por iniciativa propia, el 41% por recomendación de otros –de profesores el 33%– y el 21% elige el libro que lee porque le gusta el autor. (SInCA 2012). ↵
- Real Academia Española. Diccionario de la lengua española (DRAE). 23ª edición. 2014. “Best seller”. http://goo.gl/IwCzID↵
- Sobre el boom latinoamericano y a propósito de Julio Cortázar, se recomienda una entrevista donde el autor comenta respecto de citado fenómeno literario. http://goo.gl/lnBDMO ↵
- De hecho, en la ENHL 2011 se pregunta a la población si ha comprado libros durante el último año sin mencionar si es para la propia lectura. (En acceso al libro la compra aparece como una de las opciones posibles, pero también se mide compra como variable en sí misma). En este sentido, el 46% de los argentinos ha comprado libros, en un promedio de 2,3 –el 50% de las mujeres y el 41% de los varones–. El grupo 26-40 años es el que más compra con un promedio de 3,3 libros anuales. Otra pregunta también vinculada con la compra de libros mide comparativamente si se compra más, igual o menos respecto de años anteriores. Al respecto el 14% de los argentinos dice comprar más libros que antes, igual el 48% y menos el 36%. (SInCA 2012). ↵
- En la ENHL 2011 se pregunta en los hogares con niños de 6 años y más si se les lee a los chicos con alguna frecuencia. El 78% respondió afirmativamente. Luego se les preguntó quién suele leerles, en este sentido, las madres en el 86% de los casos, los padres en el 31% y los hermanos en el 15% de los casos. (SInCA 2012). De cierta forma, estos indicadores coinciden con la proximidad fenemina respecto de la compra de libros infantiles. ↵
- Al respecto se recomienda consultar “Historia de la Feria” en http://goo.gl/bw7btI.↵
- Dentro del subconjunto que aún asiste a establecimientos de educación formal –59% del total de concurrentes a la Feria–, más del 91% realiza estudios superiores: el 54% asiste a la universidad, el 26,5% a institutos terciarios y el 11% a posgrados. En el otro grupo, el de quienes actualmente no estudian –porque completaron el último nivel al que asistieron o por abandono–, el 72% posee títulos superiores: 40% de grado, 8% de posgrado y 24,5% terciarios. Otro 14% alcanzó como nivel máximo la escuela media. Otros datos sobre el perfil de los asistentes: el 46% vive en la ciudad de Buenos Aires, mientras que sólo el 3% viene de otros países. En el medio, el 34% llega desde el conurbano bonaerense y el 16,5%, del interior del país. También se sabe que cerca del 62% accedió gratis –por alguna promoción o con entradas de cortesía–, es decir, cuatro de cada diez compró su ticket. Y que del total los visitantes, el 9% fueron estudiantes de los niveles primario y secundario. (DGEYC-GCBA y Fundación El Libro 2014)↵
- En la ENHL 2011 se mide concurrencia y reconocimiento de la Feria con una misma pregunta “¿Concurrió o escuchó hablar de Ferias del Libro?”. En este sentido, el 32% de los encuestados concurrió a la Feria, el 42% escuchó hablar de ella, el 19% no escuchó ni concurrió y el 7% ns/nc. (Se trata de la celebrada ese mismo año considerando que el trabajo de campo tuvo lugar en octubre y el evento en mayo). Las mujeres concurren y escuchan hablar de la Feria poco más que los varones. En términos de edad, el grupo 26-40 años son los principales asistentes (38%). Respecto de la región geográfica, en el Gran Buenos Aires se registra la mayor proporción de concurrencia (80%) y reconocimiento (39%). Los niveles alto (51%) y medio (39%) concurren en mayor proporción que los sectores populares (20%). Sin embargo, el nivel de reconocimiento en los sectores alto y medio es similar, superior al 80% –y en el nivel bajo 66%–. Si se comparan las encuestas, se advierte que en 2001 se escuchó bastante más sobre la Feria que en 2011, aunque la visita haya sido pareja en ambos eventos. (SInCA 2012).↵
- El Ente Turismo de la Ciudad desarrolló a través de su Observatorio Turístico una encuesta cuyos resultados evidenciaron una gran asistencia de turistas nacionales con un importante hábito de consumo y compra de libros en la tradicional feria. El sondeo, realizado con la colaboración de la fundación El Libro y tomando casos coincidentales, revela que del total de encuestados, el 89% son turistas nacionales y el 11% extranjeros. Los encuestados resultaron ser consumidores habituales de libros, en un 81% los nacionales y en un 94% los extranjeros. Al consultarles por la adquisición de libros en la Feria del Libro, el 52% de los turistas nacionales y el 19% de los extranjeros afirman ser compradores de libros. La mayoría de los turistas, tanto nacionales (33%) como extranjeros (44%) son jóvenes entre 21 y 30 años de edad. Las fuentes más importantes para visitar la Feria son para los turistas nacionales las recomendaciones de familiares y amigos (32,5%) y para los turistas extranjeros Internet (50%). (Ministerio de Turismo y Cultura 2012). ↵

















