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Conclusiones

En lo que sigue, identificaremos las conclusiones generales que hemos extraído de cada capítulo e intentaremos estructurarlas en una final con la cual se pueda referenciar nuestro trabajo.

La potente interpretación de Leo Strauss a principios del siglo XX, posicionando a Thomas Hobbes como padre de liberalismo mediante un ateísmo burgués, ensombreció de tal forma la hermenéutica contemporánea que hubo que esperar hasta fines de tal siglo para que la lectura de Carl Schmitt, propuesta antes de la Segunda Guerra Mundial, comenzara a tener interés. Aunque sin mencionar al jurista, muchos scholars focalizaron su trabajo académico en los componentes religiosos de Hobbes. Agotado el proyecto moderno y aún sin un horizonte de sentido, el impulso intelectual contemporáneo se precipitó a la tradición moderna para revisar si la lectura canónica, a saber, la liberal, que se estableció y predominó fue realmente la ideada por sus autores. De allí que recuperar aspectos sin interés para tal lectura sea una motivación que nos convoque. Así, revisar la posición straussiana y objetarla con el texto de Hobbes, no nos parece que sea un ejercicio estéril, sino que, si tal objeción tiene lugar, nos abre un nuevo camino para una interpretación teológico-política, la cual hemos llevado a través de todas estas páginas.

De allí que nos hayamos propuesto revisar tanto las causas del conflicto del estado natural como la posibilidad de salida de él, discutiendo las posiciones que consideran un egreso de tal miserable condición, aludiendo solamente al propio ingenio y facultades humanas, como la razón y el miedo. En cambio, demostramos cómo el miedo hacia Dios, ya señalado por Dotti, como salida del estado de naturaleza, provoca un reconocimiento de las leyes naturales como verdaderas normatividades divinas por las cuales, una vez captados sus contenidos racionalmente, ordenan la conducta de los hombres hacia la paz. Apreciamos (y enfatizamos) una notable incapacidad, señalada por Hobbes, de autogestión humana, ya que la obligación política, considerable y efectiva, no es sino vertical y trascendente. Por eso, los pactos celebrados en estado natural sólo son posibles y válidos ante los ojos de Dios, fuente de toda normatividad posible. De esta manera, queda excluido del proyecto político hobbesiano o, más precisamente, de su configuración estatal, el ateo, pues al negar la existencia de Dios, niega la ley y deviene enemigo de la República.

En tercer lugar, hemos trabajado cómo la razón natural reconoce la omnipotencia de Dios mediante las explícitas pruebas que Hobbes ofrece a lo largo de toda su obra. Es esta característica y no la de creador o la de justo la que verdaderamente lo identifica y lo distingue de los hombres. Así, desde el poder no sólo surgen las categorías de bondad y de justicia, sino que también es la fuente del consenso. Es decir, si la bondad o la justicia precedieran o enmarcaran el poder, entonces éste no sería omnipotente, ya que dependería de esas categorías, estaría “atado”, según la terminología hobbesiana, a ellas. Ahora, si éste no es omnipotente, no sólo toda la estructura argumental de Hobbes no se sostiene, sino que entraría en contradicción con los mismos pasajes bíblicos que le atribuyen el poder irresistible, como marca distintiva no sólo ante los hombres sino ante otras divinidades. Entonces, el poder es bueno en sí mismo, pues es lo que permite ser. Solo a partir de allí se estructuran las demás instancias, ya sean morales, económicas o culturales. El error al anteponer categorías morales a Dios estribaría en la ambición humana de cercenar el poder civil y torcer sus designios por facciones poderosas para fines privados. Pues el deus mortalis tendría, mutatis mutandi, las mismas atribuciones del Dios omnipotente. De esta manera, discutir sobre Dios, no es sino discutir sobre la soberanía. Una discusión teológica fecunda debe enmarcarse en este contexto, como lo demuestran los debates de Hobbes con los dos teólogos escolásticos de envergadura que hemos desarrollado: Bramhall y White.

Por último, hemos mostrado cómo tal omnipotencia para efectivizar la paz y la concordia deben estructurarse en una institución visible y jurídica, como lo es el Estado. En efecto, la inclusión de un mediador entre Dios y los hombres en la economía argumentativa hobbesiana intenta reproducir la configuración del Reino de Dios establecido por Moisés en el desierto. Así, la categoría de representación juega un rol no menor en la configuración de un orden posible. Según la lectura de Hobbes de la Escritura, los patriarcas de Israel no sólo fueron soberanos, sino intérpretes de los mandamientos divinos. De esta manera, el poder espiritual y el poder temporal residía en una sola persona, representante del Dios omnipotente. Con esta configuración, no sólo se conquistó la Tierra Prometida, sino que el pueblo judío llegó a su esplendor. Pero la pérdida de fe de sus elegidos fue tal que Dios tuvo que enviar a su Hijo para evitar su disolución total. A partir de aquí, el mensaje es distinto. Jesús no tomará la espada; en todo caso, reprobará hacerlo. El Nazareno no vendrá a salvar a los judíos de la opresión romana, sino al hombre del pecado. El deber del cristiano será el de predicar, enseñar, pero jamás ordenar. La nueva y definitiva configuración en la tierra del pueblo de Dios se dará cuando los soberanos paganos abracen la fe, resultado de la escucha de los apóstoles y sus sucesores. Pero, se esmera Hobbes en remarcar, la doctrina cristiana no atribuye potestades civiles a los soberanos. Así, estos se transforman en representantes de Dios en la tierra, interpretando y ordenando el mensaje divino a su pueblo. Si esto no estuviera monopolizado en una persona, sino que fueran varios los que tuvieran la posibilidad de interpretar y ordenar la palabra de Dios en un mismo reino, la disparidad de criterios que se presentaría no podría determinar normas compartidas de convivencia, por lo cual devendría el estado de guerra. En cambio, la monopolización del mensaje divino, no en una persona natural sino en un ente jurídico y visible, como es el Estado que propone Hobbes, asegura un criterio para determinar lo correcto y lo incorrecto.

Así, creemos que mediante lo recién expuesto se estructura la siguiente conclusión final: quitar la noción de Dios de la configuración estatal hobbesiana es quitarle su posibilidad política, es decir, la posibilidad de que un cierto orden en el mundo tenga lugar.



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