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5 Iniciativas y desafíos de las ciudades argentinas en materia de innovación tecnológica en el contexto informacional[1]

Ulises Girolimo

Introducción

Con la consolidación del paradigma tecnológico ligado a las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), en el marco de una creciente internacionalización del capital, la información, el conocimiento, los datos y, en definitiva, el cambio tecnológico, se ubican en el centro del proceso productivo (Míguez, 2013) y tensionan las instituciones y prácticas sociopolíticas preexistentes.

Desde mediados de los años 70 hasta nuestros días, distintos trabajos problematizan las complejas relaciones entre el cambio tecnológico y la sociedad, dando lugar al surgimiento de conceptos sumamente variados. Algunos de ellos priorizan el análisis del cambio tecnológico, otros las dinámicas sociales que explicarían el cambio tecnológico, y los menos, las relaciones complejas que se entretejen entre ambos. Esta problemática no se sitúa exclusivamente en los inicios del paradigma tecno-económico, que en sintonía con los trabajos de Castells (1995; 1999) se denominará informacionalismo, sino que se reedita con fuerza en la actualidad, a partir de lo que podría caracterizarse como una segunda oleada informacional, gracias al surgimiento de una serie de nuevas tecnologías frecuentemente agrupadas bajo la idea de Cuarta Revolución Industrial.

Este texto no pretende dar cuenta de forma exhaustiva de estas discusiones, pero sí exponer los principales ejes que estructuran los debates, con la expectativa de no tropezar con falsas promesas que pretenden hacer tabula rasa con los problemas del pasado. Realiza una primera aproximación a las principales estrategias e iniciativas que están desarrollando las ciudades argentinas en relación a una de las actividades más dinámicas a nivel internacional, y una de las que registró un crecimiento sostenido en los últimos años en el país: el software y los servicios informáticos. Se da cuenta del lugar que ocupan las ciudades en el contexto informacional, los límites y potencialidades de los abordajes locales, y los principales desafíos que enfrentan las ciudades argentinas en materia de innovación tecnológica de cara a prefigurar un futuro con mayores niveles de bienestar. De continuar las tendencias actuales, en las que el financiamiento al sistema científico-tecnológico se deteriora año a año, y el buen desempeño del sector del SSI encuentra ciertos límites a la hora de vincularse con los entramados productivos locales, es probable que, siguiendo a Finquelievich (2018), Argentina ocupe el lugar de proveedor de productos con poco valor agregado en conocimiento y mano de obra barata altamente calificada. Revertir esas tendencias es un desafío estratégico y necesario para la búsqueda de un futuro diferente.

Reestructuración capitalista y cambio tecnológico en el último cuarto del siglo XX: el surgimiento de una nueva etapa

Si bien hay una diversidad de enfoques y perspectivas que pretenden dar cuenta de del cambio de etapa en el modo de desarrollo capitalista, a partir del último cuarto del siglo XX, no existe un consenso generalizado sobre cómo denominar dicha etapa, ni cuáles son sus implicancias. La sola existencia de conceptos como Sociedad de la Información, Sociedad del Conocimiento, Sociedad Postindustrial, Sociedad Red, Capitalismo Informacional, Capitalismo Cognitivo, Capitalismo de Plataformas, Postcapitalismo, entre muchos otros, demuestra que hay un debate abierto en las ciencias sociales, que no es nuevo, y que se redefine conforme se profundizan dichas transformaciones. En palabras de Fuchs (2008), podría afirmarse que esta diversidad conceptual está atravesada por una importante pregunta sociológica: ¿qué rol desempeñan las tecnologías y la información en las sociedades contemporáneas?

Desde la década de 1960, distintas generaciones de cientistas sociales señalaron la existencia de una transición de la sociedad industrial hacia una sociedad crecientemente informacional (Artopoulos, 2015). Uno de los trabajos más influyentes en la teoría social sobre la temática fue el de Castells (1995; 1999), quien desarrolla el concepto de Sociedad Red, para describir la morfología de la estructura social naciente a partir de dos procesos confluyentes en el último cuarto del siglo XX: la reestructuración capitalista y la irrupción de un nuevo paradigma tecno-económico (Pérez, 2010) basado en el fuerte desarrollo de la microelectrónica y las telecomunicaciones.

Según Castells (1999), es a partir de estos procesos que se produce la emergencia de un nuevo modo de desarrollo, el informacional, que se diferencia del anterior, el industrial, en que el factor determinante para incrementar el nivel de productividad del proceso productivo se basa en la calidad del conocimiento y la información, transformadas simultáneamente en materia prima y producto, en detrimento de las fuentes de energía de la sociedad industrial. Desde su perspectiva, la emergencia de un nuevo modo de desarrollo no implica la superación del modo de producción capitalista[2] (Castells, 1995).

Este aporte permite evitar posiciones deterministas respecto del cambio tecnológico, mientras que señala la continuidad del modo de producción (capitalista) dando cuenta de elementos novedosos del modo de desarrollo (informacionalismo).

Trabajos como los de Moulier Boutang (2004), Vercellone (2004), Rullani (2004), Corsani (2004) y, en Argentina, autores como Míguez (2013; 2018) y Zukerfled (2010), desarrollan la idea del Capitalismo Cognitivo. Señalan el inicio de una nueva etapa en la que se pasa del capitalismo industrial al capitalismo cognitivo, en el que el motor de la producción de conocimientos por medio de conocimientos se liga al creciente carácter intelectual del trabajo (Míguez, 2013). Los autores ligados a esta perspectiva, buscan distanciarse de lo que consideran “miradas apologéticas” sobre las transformaciones del capitalismo, en las que las nuevas tecnologías liberarían el trabajo de la explotación y alienación (Míguez y Vercellone, 2012); e identifican un proceso de desmaterialización de los medios de producción en la cual la fuerza de trabajo deja de ser abstracta e intercambiable, y se transforma en poseedora de un componente esencial del proceso de producción, como es el conocimiento (Blondeau, 2004).

Desde hace alrededor de una década, la revolución informacional parece haber iniciado una nueva fase u oleada. Según Brynjolffson y McAfee (2014), se está viviendo un nuevo período de fuerte progreso tecnológico en el que, si bien las tecnologías que constituyen su núcleo, como las digitales, el hardware, el software y las redes, no son nuevas; están siendo redefinidas y mejoradas notablemente.

El surgimiento de tecnologías como los sistemas de integración -que permiten la interoperabilidad entre tecnologías operacionales con tecnologías de información y comunicación-, la robótica, el Internet de las Cosas, el Big data, la Inteligencia Artificial, el Cloud Computing, la simulación de entornos virtuales y la realidad aumentada, entre muchas otras, introducen cambios cualitativos en la organización de la producción, las relaciones laborales y el consumo. Algunos autores (y actores) comenzaron a referirse a ella como Cuarta Revolución Industrial, cuyo elemento distintivo es la transición hacia los nuevos sistemas ciber-físicos que operan en forma de redes complejas y se construyen sobre la base de la revolución digital anterior (Schwab, 2016). Se asocia a la informatización y digitalización de la producción, la generación, integración y análisis de una gran cantidad de datos a lo largo del proceso productivo y del ciclo de vida de los productos, facilitados fundamentalmente a partir de internet; en la que se borran los límites entre lo físico, lo digital y lo biológico (Basco, Beliz, Coatz y Garnero, 2018).

Otros autores acuñaron el término Sociedad de Plataformas (Dijck, Poell y Waal; 2018) para dar cuenta de la centralidad de las plataformas digitales en la transformación de las instituciones, las transacciones económicas y las prácticas sociales y culturales; lo que lleva a ajustar las estructuras legales y democráticas de los Estados. Según los autores, el arribo de la sociedad de plataformas no constituye una revolución, dado que de forma gradual se están filtrando y convergiendo con las instituciones y prácticas preexistentes. El término enfatiza en la relación entre las plataformas digitales y las estructuras sociales, es decir, no son un reflejo de lo social, sino que producen las estructuras sociales. Los autores ubican en el eje de la discusión la disputa entre la ganancia privada y el beneficio público en una sociedad en la cual la mayor parte de las interacciones se producen a través de Internet.

Desde una perspectiva crítica, otros trabajos comenzaron a moldear la idea de Capitalismo de Plataformas (Srnicek, 2018) para caracterizar la etapa actual, en la que el modelo de negocios dominante para la explotación de una nueva mercancía -los datos- se materializa en la creación de plataformas digitales, que constituyen infraestructuras para la intermediación entre clientes, proveedores, productores y consumidores. Según Srnicek (2018), este fenómeno no puede ser circunscrito a un sector de la economía, como el de la tecnología, sino que constituye algo mucho más abarcador, que se está volviendo cada vez más importante.

Parece evidente que los cambios señalados implican un salto con respecto a la primera revolución informacional del último cuarto del siglo XX, iniciada con la microelectrónica, las computadoras personales e internet. Sin embargo, la introducción de nuevas tecnologías, no inauguran un nuevo régimen de acumulación (Srnicek, 2018), sino que continúan tendencias de más largo plazo, reproduciendo y redefiniendo las lógicas preexistentes.

La tensión entre lo local y lo global en un mundo informacional: el rol de las ciudades

Con la consolidación del nuevo paradigma tecnológico y productivo ligado a las TIC, en el marco de una creciente internacionalización del capital, el conocimiento y el cambio tecnológico se ubican en el centro del proceso productivo (Míguez, 2013). En este contexto, el software y los servicios informáticos (SSI), constituyen una de las actividades más dinámicas a nivel internacional (Motta, Mortero y Borrastero, 2017) y uno de los sectores de mayor crecimiento de los últimos años en Argentina (Dughera, Yansen y Zukerfeld; 2012). Su surgimiento, consolidación y expansión a escala global se produjo en el marco del avance del Capitalismo Informacional (CI), que constituye un fenómeno que a pesar de afectar a todos los países desde mediados de 1970, no disuelve las asimetrías de la economía global: en América Latina, por el contrario, su inmovilidad estructural puede verse reforzada por la ampliación de nuevas brechas tecno-cognitivas (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018).

A pesar de operar a escala global, el CI muestra fuertes diferencias en función del lugar que ocupan los países, regiones y ciudades en una nueva división internacional del trabajo (Castells, 1999; Ribeiro Costa y Da Motta e Albuquerque, 2016) en la que la información, el conocimiento y los datos, son determinantes en el proceso de valorización del capital (Míguez, 2018). Según Molinari, Bembi y De Angelis (2018), las capacidades tecnológicas inciden fuertemente en el desempeño y la posición que ocupan los países en la economía mundial. La trayectoria exhibida por los países desarrollados muestra que el conocimiento y las capacidades para la transformación productiva, que son fuertemente acumulativas, son determinantes en la economía actual.

Los países latinoamericanos se insertaron en el CI en condiciones de informacionalización limitada (Artopoulos, 2015), subordinados a los centros hegemónicos como consecuencia de diversos factores: escasa actividad tecnológica de contenido innovador (Thomas, Versino y Lalouf, 2005), extrema fragilidad de vínculos entre el estado, la sociedad, el entramado productivo y la comunidad científica (Albornoz y Gordon, 2011), deterioro del desarrollo científico y tecnológico debido a las dificultades para financiarlo (Lugones, 2012), entre otros factores. La especialización en productos de baja elaboración[3], con escasa integración en el territorio, que ejercen insuficientes demandas de conocimiento, reforzaron un patrón de inmovilidad estructural en la región, que sólo podrá ser superado mediante la inserción de los sistemas productivos (locales, nacionales o supranacionales) latinoamericanos como polos con cierta autonomía en los circuitos congnitivos y tecnológicos mundiales (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018).

En el marco de esta nueva realidad, diversos trabajos coinciden en asignarle un lugar preponderante a las ciudades en el surgimiento, despliegue y consolidación del informacionalismo (De Mattos, 2010; Sassen, 2001; Castells y Hall, 1994; Finquelievich, 2015; Ciccollela y Mignaqui, 2009). Es allí donde surgen y se elaboran los nuevos medios de producción e innovación que requiere el CI; y son ellas las que compiten por insertarse favorablemente en la economía mundial, más allá que la escala nacional sea determinante para atraer capitales y dotar de competitividad a un territorio (Theodore, Peck y Brenner, 2009; De Mattos, 2010).

Uno de los trabajos más influyentes sobre el tema es el de Castells y Hall (1994), en el que se destaca la importancia de los medios innovadores en el mundo informacional. Los autores utilizan ese concepto para caracterizar a las ciudades y regiones que logran conformar un sistema de estructuras sociales, institucionales, organizativas, económicas y territoriales, que crean las condiciones para la generación continua de sinergias e innovaciones, factores centrales para el desarrollo económico y social en el mundo informacional.

Se señala que el informacionalismo tiene una clara dimensión urbana: lejos de constituir un proceso que opera exclusivamente a escala global, las ciudades y regiones desempeñan un papel relevante en la medida que puedan (o no) constituirse en medios innovadores que propicien el desarrollo de las actividades estratégicas del CI.

El ejemplo paradigmático de un medio innovador, en los términos que lo plantean Castells y Hall (1994), es el de Silicon Valley. Esta región es identificada como el núcleo que dio lugar al nacimiento del paradigma tecno-económico ligado a las TIC (Pérez, 2010) y es la región de la cual depende la economía mundial para ser competitiva debido al desarrollo tecnológico que concentra. Allí se produjeron las principales innovaciones que hicieron posible el surgimiento del informacionalismo a mediados de 1970: los microprocesadores, las primeras computadoras personales y el software, los avances en las telecomunicaciones e Internet. Distintos autores coinciden en señalar que la creación de un medio que concentró científicos, ingenieros, investigadores de diversas disciplinas, responsables industriales, con el fin de generar sinergia entre los actores, fue uno de los aspectos que hicieron posible que ello ocurra (Sadin, 2018; Saxenian, 2016).

El hecho de que un nuevo poder económico pudiera surgir en una región sin base industrial previa ni tradición empresarial puede confundir a analistas y decisores de políticas. Uno de los elementos distintivos fue disponer de una tradición de excelencia en electrónica en la Universidad de Stanford y una fuerte convicción de vincularse con la industria. Muestra de ello es que, en 1951, se creó un parque industrial que atrajo empresas en condiciones ventajosas: en 1955 contó con 7 empresas, en 1970 con 70, y ya en 1980 con 90 (Castells y Hall, 1994). En la actualidad, cuenta con 160 edificios que pueden ser alquilados como oficinas por las nuevas empresas de tecnología, y reúne cerca de 150 empresas con 20.000 empleados (Martel, 2015). El papel desempeñado por el sector público fue determinante, sobre todo, en los primeros años: el complejo militar estadounidense le dio un impulso fundamental al demandar alta tecnología en pleno contexto bélico. Con el paso del tiempo, la región se convirtió en un medio innovador, industrial y de servicios de alta tecnología, autosuficiente, que generaba sus propios factores de producción: conocimientos, capital y trabajo. La atracción que generaba en tanto medio innovador estaba dada por ser el depositario del conocimiento más avanzado en electrónica y por su capacidad de producir la siguiente generación del conocimiento (Castells y Hall, 1994).

Las ciudades globales (Sassen, 2001) y las grandes metrópolis urbanas de los países centrales, son las que ejercen el comando de los procesos descriptos. Sin embargo, las ciudades de la periferia no se encuentran al margen de esta realidad. En muchos casos, no se contentan con ser atravesadas por dinámicas definidas de forma exógena y despliegan iniciativas tendientes a favorecer el desarrollo de sectores estratégicos en el marco del nuevo paradigma: estimulan la interacción y el flujo de conocimiento entre diferentes actores, conforman redes de innovación y conocimiento, y buscan fortalecer los sistemas de innovación locales (Falero, 2011; Artopoulos 2015; Finquelievich, Feldman y Girolimo, 2017; Yoguel, Borrelo y Erbes, 2006; Casas, 2001). En otros, como afirma Falero, conforman verdaderos enclaves informacionales que constituyen una realidad específica de la periferia y no de los centros de acumulación, que consisten en “espacios concentrados de extracción de excedentes y caracterizados por su escasa conexión con las sociedades en que se encuentran” (2011: 266).

La expansión del informacionalismo a escala global y la integración de las ciudades a su dinámica de funcionamiento cuenta con fuertes condicionamientos estructurales que no son superados sólo mediante la incorporación de TIC, como prometían las visiones apologéticas de la Sociedad de la Información. Sin embargo, constituye un proceso abierto del que participan “agentes globales, nacionales y locales, capaces de cambiar cursos de acción” (Falero, 2011: 96). América Latina puede posicionarse de diferentes formas con respecto a las transformaciones señaladas: aceptar pasivamente el nuevo esquema de división global de trabajo o participar activamente de esa división (Falero, 2011); resignarse al control de los nuevos medios de producción por parte de ciertos estados y empresas que tendrá como resultado que la periferia del sistema capitalista refuerce su condición de periferia o disputar la construcción de otra globalización (Santos, 2001).

El estudio de las ciudades de la periferia constituye un tema de gran relevancia para comprender la heterogeneidad con la que se despliega el CI, al mismo tiempo que permitirá delinear estrategias sociales, económicas y políticas, que permitan intervenir en esa realidad. A continuación, se analiza la dinámica del sector SSI en Argentina, de modo tal que pueda verse contextualizada su relevancia y carácter estratégico; para luego reflexionar sobre la multiplicidad de enfoques y abordajes de las ciudades argentinas sobre el fenómeno informacional.

El software y los servicios informáticos: un sector en crecimiento

El advenimiento de los microprocesadores, la miniaturización de los componentes y el aumento de la capacidad de los chips, el desarrollo del software a partir de la década de 1970 y la capacidad de interconexión a partir de la de 1980, el desarrollo de Internet, la proliferación del comercio electrónico, y los nuevos desarrollos vinculados al cloud computing, los smartphones, las aplicaciones móviles y las plataformas digitales; hicieron posible el surgimiento de una constelación de industrias que, crecientemente, se volvieron económicamente dominantes (Falero, 2011; Saxenian, 2016; Brynjolffson y McAfee, 2014). No es casual, entonces, que el desarrollo de software y la provisión de servicios informáticos, se transformaran en actividades que experimentan un fuerte crecimiento a nivel global.

En Argentina constituye un sector estratégico por su potencial para generar empleo de calidad, su dinamismo exportador y superávit comercial (Observatorio de la Economía del Conocimiento, 2016). Siguiendo a Mota, Morero y Borrastero (2017), distintas investigaciones coinciden en señalar que Argentina y Brasil forman parte de un conjunto de economías en las que la producción de software y la provisión de servicios informáticos, está alcanzando competitivamente a las economías desarrolladas (Malerba y Nelson, 2011; Niosi, Athreye y Tschang, 2012). El crecimiento del sector durante la última década fue destacable, y mostró una expansión muy alta en comparación con el resto de los sectores productivos.

Respecto a la generación de empleo, el SSI muestra una tendencia de crecimiento sostenido, sobre todo a partir de 2003, que llevó a que en el último trimestre de 2018 se registren 101.000 empleos privados, lo que representa alrededor del 4.5% del empleo total. En el Gráfico N°1, se muestra la evolución del empleo asalariado registrado en empresas privadas vinculadas a los Servicios Basados en Conocimiento. Esta clasificación, comprende a aquellos servicios intensivos en capital humano y alto nivel de calificación, que requieren del uso de TIC. Las actividades económicas comprendidas en ellos son: software y servicios informáticos (SSI); servicios empresariales, profesionales y técnicos (SEPT); y servicios personales, culturales y recreativos, entre los que se encuentran los servicios audiovisuales (SAV).

Gráfico N° 1: Evolución del empleo asalariado registrado en empresas privadas de Servicios Basados en Conocimiento. Cantidad de personas (miles) y participación en el empleo privado asalariado registrado total (% eje derecho), 2° trimestre cada año

Fuente: Observatorio de la Economía del Conocimiento, con datos del Observatorio de Empleo y Dinámica Empresarial (2019)

Respecto al desempeño en el comercio exterior, el sector SSI exhibe un crecimiento sostenido en las exportaciones, con un saldo comercial muy favorable (Gráfico N°2). El principal exportador a nivel mundial es India, mientras que Argentina, en 2014, se ubicó en el puesto número 21, con una participación del 0,7% de las exportaciones totales (Dirección Nacional de Planificación Sectorial, 2016). Entre 2015 y 2016, los destinos de esas exportaciones, según el Observatorio Permanente de la Industria de Software y Servicios Informáticos (OPSSI), fueron: Estados Unidos (48,3%), Uruguay (13%), México (9,4%), Europa (5,7%), entre otros países.

Gráfico N° 2: Evolución del comercio de servicios de informática (en millones de USD)

Fuente: Observatorio de la Economía del Conocimiento (2016)

Entre los factores que explican el fuerte crecimiento del SSI que se produjo a partir de la primera mitad de la década de 2000, se encuentran la disponibilidad de mano de obra calificada, el crecimiento de la demanda global, el accionar de un conjunto de empresas dinámicas a nivel local y la radicación de centros de desarrollo de empresas extranjeras, un tipo de cambio favorable, entre otros (Motta et al, 2017).

La instrumentación de un conjunto de políticas públicas fue clave para el fortalecimiento sectorial. Particularmente, se destacan: la promulgación de la Ley del Software (2004), el Plan Estratégico de SSI (2004-2014); el FONSOFT (MINCyT), el PRESOFT (MINCyT); el Plan Argentina Innovadora 2020 (MINCyT) y la creación de la Subsecretaría de Servicios Tecnológicos y Productivos (Ministerio de Producción), entre otros.

Breve estado de situación de las ciudades argentinas en torno al informacionalismo: el perfil de las iniciativas

A nivel subnacional, las ciudades argentinas también propiciaron la promoción del sector, mediante políticas propias y la gestión en el territorio de políticas provinciales y nacionales. Dughera et al, señalan que las políticas subnacionales constituyen un universo

sumamente heterogéneo, que incluye herramientas tan diversas como incentivos fiscales para la instalación de empresas extranjeras, planes de asistencia técnica para microempresas locales, creación de polos tecnológicos, etc. (2012: 26).

En relación a esto último, la creación de polos y clústeres tecnológicos fue un instrumento relevante para generar externalidades positivas a partir de la aglomeración, facilitando la especialización de las firmas, la creación de una red de proveedores y prestadores de servicios especializados, la atracción de trabajadores calificados y el desarrollo de acciones colectivas por parte de las empresas (Dirección Nacional de Planificación Sectorial, 2016).

La localización de estos polos, cámaras y clústeres cubre una parte importante del territorio nacional (Gráfico N°3). La mayor parte se ubica en la región centro del país, pero también se registran iniciativas de este tipo en las provincias de Chaco, Corrientes, Formosa (NEA), Jujuy, Salta y Tucumán (NOA), Mendoza y San Luis (Cuyo) y Neuquén y Río Negro (Patagonia). En la actualidad, existen alrededor de 30 experiencias, que -además de buscar atraer empresas de tecnología- se proponen generar vínculos entre la industrial, el sector público y el sistema científico-tecnológico.

Gráfico N° 3: Localización de cámaras, polos y clústeres de software y servicios informáticos

Fuente: Informes de cadenas de valor: software y servicios informáticos (2016), Subsecretaría de Planificación Económica, Dirección Nacional de Planificación Sectorial

A diferencia de otros países, que optaron por concentrar sus esfuerzos en potenciar determinadas ciudades y regiones (Castells y Hall, 1994), en Argentina se apostó por esparcir la actividad a lo largo del territorio nacional, como una forma de aportar al desarrollo regional, y en ciertos casos, como un modo de articular una estrategia de desarrollo a nivel local mediante el fortalecimiento sectorial del SSI. Sin embargo, esto no implica que la distribución geográfica se haya producido de forma homogénea: el desarrollo alcanzado por cada polo o clúster es variable. Existen polos consolidados (Buenos Aires, Córdoba y Rosario); polos con un incipiente pero destacado crecimiento (Tandil, Mar del Plata, Bariloche); polos débiles o emergentes (Tucumán, Mendoza, Bahía Blanca); e iniciativas que tienen como objetivo impulsar la actividad en regiones que no registran niveles significativos de actividad sectorial (Chaco, Corrientes, Junín, Misiones, San Luis) (Mota, Morero y Borrastero, 2017; Observatorio de la Economía del Conocimiento, 2016). En algunos de ellos fueron las instituciones del sistema científico-tecnológico las que cumplieron un papel fundamental al dar el puntapié inicial para la puesta en marcha de los mismos (Tandil, Bariloche y La Plata), en otros fueron las políticas públicas municipales (Bahía Blanca) o provinciales (Córdoba[4]) las que incidieron en sus orígenes, y en otros, fue el propio dinamismo del sector privado (CABA).

También se observan fuertes diferencias en cuanto al empleo registrado en cada distrito en el sector SSI: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires aporta el 70%, la provincia de Buenos Aires en su conjunto genera el 14%, Córdoba el 5% y Santa Fe un 4%. Entre los cuatro distritos mencionados, cubren el 93% del total, lo que evidencia una fuerte concentración en la región centro del país (López, 2018).

Tipos de iniciativas locales articuladas en torno a las TIC

El impulso a la producción de software no es la única forma en la que las ciudades se relacionan con las TIC. Las iniciativas que vienen desplegando las ciudades argentinas en torno a la producción, difusión y apropiación de TIC en las agendas gubernamentales son diversas y pueden (o no) manifestarse de forma simultánea en cada caso. A continuación, se agrupan en tres grandes ejes, que no pretenden ser exhaustivos, pero sí dar cuenta de la alta heterogeneidad existente.

  • Énfasis económico- productivo: Estímulo a un sector estratégico para el desarrollo económico en el marco del informacionalismo, con el objetivo de aprovechar las ventajas competitivas existentes, buscando atraer empresas globales, nacionales y regionales en dichas ciudades; que redundará en la atracción de capitales y la generación de empleo. Esta orientación se propone fortalecer la oferta de software y servicios informáticos con una impronta exportadora y escasa conexión con el medio local al estilo de los enclaves informacionales (Falero, 2011). Oportunidad para estructurar una estrategia de desarrollo local/territorial anclada en el desarrollo tecnológico, buscando atraer empresas y estimulando el surgimiento y consolidación de start-ups y PyMES locales, incorporando al sector científico y tecnológico. El objetivo de este accionar se basa en el diseño de estrategias tendientes a agregar valor a la producción local a través del fortalecimiento del sector SSI. Es decir, no basta con fortalecer al SSI en tanto industria en sí misma, sino que busca establecer un camino de articulación con otros sectores. Hay que destacar que este tipo de experiencias requiere de una fuerte articulación multinivel actualmente inexistente. A partir de los resultados obtenidos en distintos proyectos de investigación desarrollados por el equipo de trabajo[5], es posible reconocer diversas iniciativas que se acercan a esta variante, pero parecería existir una mayor inclinación hacia la primera.
  • Énfasis en la gestión urbana: Despliegue de estrategias para posicionar a la ciudad favorablemente a nivel regional, nacional e internacional, buscando atraer capitales mediante la construcción de una ciudad moderna y amigable con la tecnología, la participación en redes de ciudades globales, el desarrollo de equipamientos urbanos tecnológicos, la implementación de servicios ciudadanos basados en internet, la definición de distritos tecnológicos o áreas urbanas destinadas a la radicación de empresas tecnológicas. Estas acciones, pueden ser concebidas bajo la lógica del empresarialismo urbano (Harvey, 1989), que implica conformar una alianza público-privada que atraiga financiamiento externo y se focalice en transformar las condiciones de los territorios para hacerlos atractivos al capital. Bajo esta lógica, también se encuentran las estrategias para conformar ciudades inteligentes, que en muchos casos implican la incorporación acrítica de TIC, con el objetivo de construir una imagen de ciudad moderna e innovadora (Feldman y Girolimo, 2018).
  • Énfasis político-institucional: Instrumentar políticas de modernización sustentadas en las TIC. Estas iniciativas suelen circunscribirse a lo que se conoce como políticas de gobierno electrónico y gobierno abierto. Las TIC son concebidas como instrumentos para mejorar la eficiencia gubernamental, favorecer la transparencia y canalizar nuevas formas de participación ciudadana. Uno de los casos pioneros en Argentina -y Latinoamérica- es el de Bahía Blanca, que contó con iniciativas provenientes de la sociedad civil y se crearon áreas de gobierno específicas para trabajar la temática, con una política de datos abiertos y modernización del estado municipal, entre otras. A nivel nacional, desde 2011 se vienen desarrollando iniciativas de gobierno abierto, como la conformación del Grupo de Trabajo de Gobierno Abierto en la Agenda Digital Argentina, el Programa de Formación en Gobierno Abierto del Instituto Nacional de la Administración Pública, la incorporación de Argentina en la Alianza para el Gobierno Abierto, la creación del Sistema Nacional de Datos Público, entre otras (Chirino, 2015). A partir de 2015, por medio del Programa País Digital, correspondiente al Ministerio de Modernización de la Nación, se comenzaron a brindar herramientas a los municipios con el objetivo de promover políticas de modernización en las administraciones públicas y la prestación de servicios públicos digitalizados.
  • Gestión local de políticas públicas nacionales y provinciales, con la finalidad de engrosar la cartera de instrumentos ofrecidos en las ciudades. Ejemplo de ello es la gestión de la Ley de Software, los Planes de Capacitación y Clubes de Emprendedores (Ministerio de Producción), entre otras.

Condiciones para construir el futuro de las ciudades argentinas en materia de innovación y desarrollo tecnológico

¿Cómo se presenta el futuro de la productividad en SSI en las ciudades argentinas? Éstas enfrentan algunos desafíos y oportunidades para impulsar y fortalecer el desarrollo tecnológico anclado en el SSI. El enfoque propuesto reconoce la existencia de especificidades contextuales que deben ser consideradas: no es posible pensar estos desafíos como fórmulas de laboratorio, prescindiendo de las particularidades estructurales, geográficas, político-institucionales y socio-productivas del medio en el que se insertan.

  • Superar la hegemonía del Estado Garante: el Estado Garante a aquel que busca construir las condiciones óptimas para la emergencia de las innovaciones y el desarrollo tecnológico, considerándolo como un fenómeno que se produce de manera espontánea, mientras el terreno esté debidamente preparado. Bajo esta concepción, el Estado sería un agente exógeno del cambio tecnológico con funciones accesorias. Los agentes económicos suelen representar esta idea como “la mejor política es la que no se ve” (Finquelievich et al, 2017). La creencia principal que sustenta este tipo de función estatal es que, dado que la innovación sería un fenómeno inevitable en las sociedades actuales, bastaría con no entorpecer el accionar del sector y dejarlo actuar libremente. Esta concepción comienza a ser cuestionada por ciertos actores, que visualizan en la revolución informacional una oportunidad para el agregado de valor a la producción, y no se contentan con el lugar aparentemente reservado para las ciudades argentinas: proveer horas/hombre a empresas transnacionales. Este enfoque crítico no pertenece exclusivamente a un actor en particular, sino que depende de cada experiencia concreta: empresarios, trabajadores, científicos y funcionarios suelen expresarla. 
  • Profundizar la intervención estatal hacia funciones crecientemente estratégicas: el apoyo a la formación y expansión de polos tecnológicos y clústeres de empresas SSI, el estímulo a la demanda de tecnología por parte de los municipios a empresas locales, el apoyo político a la implementación de programas de capacitación del gobierno nacional (Plan 111 Mil), la adhesión la Ley de Software; fueron iniciativas que tendieron al fortalecimiento del sector. Sin embargo, un desafío persistente es lograr delinear una estrategia que permita desarrollar de manera creciente productos intensivos en conocimiento, “adoptar políticas productivas y tecnológicas más activas para hacer un reescalonamiento tecnológico de la estructura productiva y exportadora” (Ocampo, 2015: 106), al mismo tiempo que se traduzcan en mejores niveles de vida de la población. Claro está que las herramientas que disponen los municipios encuentran limitaciones en este sentido, ya que dependen en buena medida de la capacidad de gestionar fondos nacionales y provinciales, así como también, de las políticas nacionales orientadas al sistema científico-tecnológico y productivo. 
  • Superar la dicotomía emprendedorismo vs industrialismo: en los últimos años se observó giro hacia el desarrollo del emprendedorismo en detrimento de las políticas industriales. Se evidencia una proliferación de políticas para emprendedores que promueven el surgimiento de nuevas empresas. Ejemplo de ello son los Clubes de Emprendedores, la creación de incubadoras públicas y aceleradoras, los fondos semilla, entre otras iniciativas impulsadas por el gobierno nacional. Al mismo tiempo, se debilitan las herramientas de política pública para las empresas ya consolidadas: la incertidumbre sobre la continuidad de la ley de software, el desfinanciamiento del sistema científico y tecnológico, son ejemplos de ello.
  • Potenciar la oferta local de TIC [para el desarrollo]: el sector presenta una fuerte heterogeneidad en cuanto al tamaño de las firmas -según empleo- y el tipo de actividad desempeñada, con una fuerte tendencia hacia la exportación de servicios (outsourcing, testing, diseño web) de menor valor agregado que otras actividades de la cadena productiva. Esto implicaría una inserción en los niveles más bajos de las cadenas globales de valor (CGV) del SSI. A lo largo de los proyectos de investigación mencionados, se identificaron actores que se resisten a esta lógica. Este es el caso de los Trabajadores Informáticos de Tandil, quienes manifiestan la necesidad de discutir el modelo de desarrollo:

queremos exportar servicios y horas-hombre o hacer mayores esfuerzos en innovar, agregar valor al software, generar nuevos productos y servicios desde nuestro país. Centrarnos en vender servicios y horas de programación implica una dependencia de los precios internacionales. Debemos innovar, desarrollar productos. Hay muchos que lo hacen en Tandil y en Argentina, pero el modelo predominante es la exportación de servicios, el desarrollo de software y testing, y quizás podría agregarse más valor en origen.

Lo que parece quedar claro, es que -siguiendo a Dalle, Fossati y Lavopa (2013)- la mera inserción de las empresas de un país en las CGV no implica un camino hacia el desarrollo económico: el éxito de la estrategia dependerá de la ubicación que tengan las empresas en dichas cadenas, y la capacidad de vincularse con el resto de los sectores de la economía local, para lo que se requieren políticas deliberadas para llevarlo a cabo.

  • Fortalecer las políticas orientadas al sistema[6]: uno de los principales desafíos que tienen los gobiernos locales es fortalecer las interacciones multiactorales. Si bien en muchos de los casos existen los actores clave (empresas de diferente tamaño y origen, institutos de investigación abocados a áreas estratégicas, instituciones específicas como clusters y polos), la interacción entre ellos es baja.

Para ello, es preciso avanzar en dos frentes: 

  • Revertir la baja vinculación del sector con el entramado productivo local o regional: según Erbes y Suárez, esta reflexión podría sintetizarse de la siguiente forma:

iniciar un proceso de cambio estructural que permita incrementar la importancia de los bienes intensivos en conocimiento entre los producidos y exportados, y esto implica que las empresas locales formen parte de los eslabones de mayor valor agregado en las cadenas de producción y distribución internacionales. De manera simultánea, se requiere buscar mejoras tecnológicas que incrementen la productividad de los sectores tradicionales, teniendo en cuenta que son estos los que explican la mayor parte del empleo y del producto (2016: 392).

  • Profundizar las interacciones del sistema científico-tecnológico con su entorno: estas instituciones son uno de los factores más importantes para la radicación de empresas del sector SSI en ciudades como Tandil, La Plata, Bahía Blanca, Buenos Aires, Córdoba, Rosario, entre otras, y favorecen el surgimiento de empresas locales. Además, los institutos muestran importantes desarrollos que, en parte, fueron estimulados por políticas nacionales del ex MINCyT. Más allá de las incipientes interacciones con otros actores (diseño de Planes Estratégicos, conformación de spin-offs, prestación de servicios a los gobiernos locales); persiste el desafío de integrar a la Universidad en un

proceso de desarrollo local, interactuando con empresas y gobiernos, a través de la creación de conocimiento, de tecnología y la formación de personas” (Codner, 2017: 50). Si bien suelen operar en un contexto de bajo desarrollo industrial, con poca absorción de resultados de la investigación, existe el desafío de avanzar en una mayor vinculación con el medio, generar agendas complementarias con el entramado productivo local, sobre todo PyME, que nutran al entorno inmediato de capacidades de absorción del conocimiento generado por los grupos locales (Codner, Becerra y Díaz, 2012), reconociendo que “los problemas locales pueden ser resueltos con soluciones locales (Codner, 2017: 56).

Por último, resulta oportuno señalar la importancia que tendría el incremento del contenido de conocimiento en los productos por medio de la innovación tecnológica. Siguiendo a Lugones

es posible y conveniente avanzar […] hacia una creciente presencia en TIC y servicios informáticos, aunque sin descuidar su complemento con un upgrade generalizado, si se quiere evitar que los sectores high tech sean ínsulas sin mayores vinculaciones con el resto de las actividades productivas y de servicios, lo que limitaría su crecimiento e impediría su cabal aprovechamiento (2012: 252).

Desde la óptica de Ocampo (2015), una política activa de desarrollo productivo orientada a desarrollar sectores con alto contenido tecnológico es la esencia de la nueva estrategia a la cual debe apuntar la región, sin dejar de lado la superación del principal problema que acarrea: el altísimo grado de desigualdad social.

A modo de cierre

En un mundo en el que las fronteras entre los países, regiones y ciudades parecen debilitarse gracias al avance de las TIC y la ampliación mundial del espacio de acumulación; es necesario repensar las particularidades de los territorios y salir de las euforias tanto localistas como globalistas. El papel de la información y el conocimiento en el proceso de valorización del capital es determinante (Míguez, 2018) y las capacidades tecnológicas acumuladas para proveer bienes y servicios de alto contenido tecnológico (Dulcich, 2018) inciden fuertemente en la posición que ocupan los países y ciudades en la economía mundial (Molinari et al, 2018).

A lo largo de este recorrido se intentó reflexionar en torno a las diferentes iniciativas desarrolladas por las ciudades argentinas en relación a un sector estratégico del Capitalismo Informacional: la producción de software y la provisión de servicios informáticos. Si bien existen condicionamientos estructurales en términos económicos, tecnológicos, sociales, productivos y políticos, se considera que existe cierto margen de maniobra para cambiar los cursos de acción. América Latina, en general, y Argentina, en particular, puede aceptar pasivamente el nuevo esquema de división internacional del trabajo, en el que ciertos actores (estados y/o empresas) controlen los nuevos medios de producción, o participar activamente de esa división (Falero, 2011).

En la definición de este clivaje, el fortalecimiento de las capacidades de innovación y desarrollo tecnológico juegan un papel fundamental. En trabajos previos (Girolimo, 2018) se señalaba la necesidad de concebirlos como procesos sociales, complejos y territorializados; a los fines de recuperar la importancia de la escala local. Se considera que son sociales porque los actores no actúan de forma aislada, sino que su accionar se encuentra influenciado por los posicionamientos de otros, con quienes construyen acuerdos y se producen controversias. Explícita o implícitamente, prefiguran una visión del sector en el que se inscriben, que rara vez es compartida o aceptada sin reparos por todos los actores. Cada uno, con sus propias racionalidades, intereses y recursos, elabora su propia visión, sus potencialidades e importancia para la ciudad, y actúa en consecuencia. Las distintas áreas de gobierno mediante múltiples políticas, las instituciones del sistema científico-tecnológico, las empresas y sus asociaciones, los sindicatos, entre otros actores, producen diferentes tipos de vinculaciones -con mayores o menores niveles de consenso- que dan cuerpo al tipo de intervención sobre el sector que se produce en cada territorio.

Se los considera procesos complejos porque intervienen permanentemente elementos exógenos, que influyen en el rumbo del sector, obligando, en muchos casos, a rectificar las acciones y estrategias adoptadas. En ciertos casos, estos elementos son del orden socio-tecno-económico, en otros del orden político; a veces provienen desde el plano internacional, y otras desde el plano nacional, regional o local.

Finalmente, se considera que son territorializados porque no operan en el vacío: los actores tienen características que los ligan a su territorio, una historia, múltiples trayectorias, saberes y capacidades construidas, que son fuertemente influyentes. Reconocer esta tríada implica cuestionar miradas desterritorializadas sobre el cambio tecnológico y la innovación, bajo las cuales se construyen modelos a replicar en diferentes latitudes. Este es el caso paradigmático de Silicon Valley, que según Sadin (2018) se transformó en un modelo aspiracional que procura implantar numerosos valleys en el mundo. Sin embargo, como señala Martel (2015), quienes lograron algún tipo de éxito supieron adaptarse a sus propios contextos, considerando sus realidades geopolíticas, estructurales, geográficas, socio-productivas, culturales, político-institucionales.

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  1. Este trabajo contiene avances de la tesis doctoral del autor, que se encuentra en curso, y se denomina: “Ciudades, actores y redes: los procesos de innovación socio-tecnológica en el software y los servicios informáticos en Tandil y Bahía Blanca (2003-2018)”.
  2. Esta posición lo llevó a acuñar el término Capitalismo Informacional, para referirse al modo de producción basado en la utilización de información para producir más información. En palabras del autor: el factor histórico más decisivo para acelerar, canalizar y moldear el paradigma de la tecnología de la información e inducir sus formas sociales asociadas fue/es el proceso de reestructuración capitalista emprendido desde la década de 1980, así que resulta adecuado caracterizar al nuevo sistema tecnoeconómico de capitalismo informacional (1999: 44).
  3. Incluso, entre los años 2000 y 2013 se produjo una caída del 14% en la participación de las manufacturas de base no primaria en las exportaciones. La dependencia de los bienes primarios, el rentismo importador de bienes manufacturados, la escasa oferta de crédito productivo para el fortalecimiento del sector industrial y servicios de alto valor agregado otorgado el sistema financiero, la baja inversión extranjera directa privada con fines productivos y la débil inversión en I+D, fueron algunas de sus principales causas (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018; CEPAL, 2016).
  4. Ver el trabajo de Borrastero y Castellani (2018). “Estado y empresarios en la configuración de ámbitos estratégicos de acumulación: el caso del sector software Córdoba, Argentina (2000-2013).  Revista Estado y Políticas Públicas, 6(10); Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, 171-193.
  5. Se hace referencia al PIP CONICET 2012-2014 “Innovación y ciudades en la Sociedad de la Información: procesos, actores y resultados en tres ciudades de la provincia de Buenos Aires”; y el PICT 2013-0761 “Desarrollo local e innovación productiva en la Sociedad de la Información: redes, actores y procesos en tres ciudades”.
  6. Feldman (2018), siguiendo a Edler y Fagerberg (2017), considera que las políticas orientadas al sistema se vinculan al grado de integración entre los diversos nodos de un sistema, el mejoramiento de sus componentes y las capacidades de los actores que forman parte. La formación de clusters tecnológicos es un ejemplo de este tipo de política.


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