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2 ¿Qué futuro(s) estamos construyendo?

Susana Finquelievich

Los políticos creen que están eligiendo, pero las decisiones realmente importantes ya las han tomado mucho antes los economistas, banqueros y empresarios que modelaron las diferentes opciones en el menú. Dentro de un par de décadas, los políticos podrían encontrarse eligiendo de un menú escrito por la IA. Yuval Noah Harari: 21 lecciones para el Siglo XXI.

Cuando la realidad copia a la ciencia-ficción

Si asumimos que el futuro, o los diversos futuros que atravesaremos si somos afortunados, no “llegan” ni “emergen”, sino que serán el producto de nuestras acciones, políticas, iniciativas pasadas y presentes, entonces es el momento de formularse algunas preguntas: ¿En qué nos estamos transformando en tanto que humanos eventualmente sujetos a intervenciones tecnológicas? ¿Cuáles son/serán nuestras interacciones con la Inteligencia Artificial (IA), la robótica, la ingeniería genética, las neurotecnologías? ¿Cómo será en el futuro el mundo del trabajo? Estas preguntas no pertenecen a una obra de ciencia-ficción, sino a la realidad que estamos viviendo. Tocan cuestiones graves: la salud pública, el empleo, las transformaciones de las clases sociales, las aglomeraciones urbanas, la vida misma. Si se colocan estos interrogantes en el marco, ya no de las economías desarrolladas que rigen los destinos del mundo, sino de países periféricos y dependientes, toman un cariz diferente y sin duda, más dramático.

Este capítulo analiza las interfases entre la in-corporación de tecnologías en los humanos y el nuevo mundo del trabajo en los albores de la llamada Cuarta Revolución Industrial. El surgimiento disruptivo de las últimas tecnologías informáticas y de las biotecnologías ha desatado ya una ola masiva de transformaciones que a todas luces va a continuar creciendo, escalando y acelerándose. Tanto su veloz evolución, como la convergencia de aprendizaje de máquinas y neurociencias, combinadas con las revoluciones relativas al “Big Data” y la Internet de las cosas (IOT, por sus siglas en inglés), e impulsadas por la ubicuidad de la computación escalable de alto rendimiento (uso de sistemas de computación que pueden adaptarse a las necesidades de capacidades de computación más potente), nos propulsan a una nueva era de la IA. Bosch et.al. (2018) en su informe para el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sobre el futuro del trabajo en América Latina y el Caribe plantean que éste será marcado por dos grandes tendencias: el tsunami tecnológico y el envejecimiento poblacional. Esto es particularmente cierto en América Latina y el Caribe, dado que su población está envejeciendo más rápido que en el resto del mundo.

Cada día crece la interacción entre humanos y tecnologías. Las investigaciones sugieren que una cantidad incremental de contenidos de social media está siendo generada por entidades autónomas, conocidas como bots sociales. Los humanos nos estamos volviendo una minoría en el ciberespacio (Álvarez, 2017). Pedimos informaciones, turnos médicos, a robots. Dialogamos con ellos para realizar trámites administrativos, para hacer compras, y muchas veces no podemos distinguirlos de interlocutores humanos. El incremento de interfaces cerebros – sistemas informáticos, surgidos de los avances en neuro-tecnologías, se posiciona para acelerar la fusión entre humanos y máquinas (al menos en el comportamiento) antes de fines del siglo XXI. Pitroda y Mialhe (2017) predicen que hacia el 2020, existirían alrededor de 50 mil millones de objetos en red. En el 2017, el torrente de data generada sobrepasó los 16.3 zettabyte (1 zettabyte equivale a un trillón de gigabytes) y se espera que se incremente a 163 zettabyte en el 2025. (Pitroda y Mialhe, 2017). Humanos y máquinas interactúan cada vez más. En muchos casos, sin que los humanos sean conscientes de esta interacción.

La mayoría de los expertos califican el desarrollo de la IA como una Cuarta Revolución Industrial comparable a las tres revoluciones previas basadas en el vapor, petróleo y electricidad, e informática. Esta Cuarta Revolución estaría liderada por IA, robótica, blockchain, bitcoins, edición genética y neurotecnologías. Ante esta realidad vertiginosamente cambiante, cabe preguntarse: ¿Cuál será el porvenir del trabajo? ¿Los avances veloces y a veces brutales de las tecnologías, tendrán como consecuencia grupos sociales “superfluos” para la sociedad? ¿Qué políticas pueden generar los gobiernos y los sectores económicos, los mismos ciudadanos, para morigerar estos impactos? Este capítulo trata de responder a estas preguntas… y generar otros interrogantes.

En primer lugar, la gente

La sustitución de humanos por computadoras no necesita una guerra de cyborgs vs. sapiens sapiens a nivel global. Es gradual: máquinas que se van infiltrando en nuestros cuerpos, que se fusionan con nosotros. El concepto del ‘cyborg’ germinó de la última generación de escritores que juegan con la idea que en el futuro tendremos cada vez más partes artificiales en el cuerpo: piernas, brazos, ojos, corazón, trasplantes que en parte gracias a los avances biomédicos ya se están implementando. Quien lo desee (y pueda pagarlo) puede (o podrá hacerlo en un futuro cercano) disponer de partes digitales incorporadas al cuerpo. Las visiones futuristas prefiguran cuerpos totalmente artificiales con el cerebro como única parte natural, hasta que algún día sea reemplazado también por uno electrónico.

El término del ‘cyborg’, tiene un significado más amplio que solamente en su referencia al organismo cibernético o la unión entre el hombre y la máquina: refleja también las fantasías relacionadas con cuerpos híbridos, digitales, clonados e interconectados expresando unas concepciones acerca del cuerpo como algo compuesto, artificial o creado. Desde esta óptica, el concepto del cyborg parte de la idea que las tecnologías influyen directamente en nuestro cuerpo y su percepción. (Finquelievich, 2016).

De homínidos a cyborgs

Bioingeniería, biotecnología, biología sintética, neurotecnologías, ofrecen todo tipo de nuevas alternativas y permiten pre-ver un futuro con más salud, más años de vida útil, y relativamente libre de defectos físicos. Prótesis impresas en 3D, órganos fabricados artificialmente, huesos o piel creados a partir de fórmulas químicas, revelan también un avance científico sin precedentes. Cada año mueren en el mundo miles de personas esperando que se les trasplante un órgano. Sin embargo, los progresos producidos en los últimos años en la creación de tejido humano con impresoras 3D pueden hacer que esta realidad cambie. Por ejemplo, un equipo de científicos de la Universidad de Tel Aviv presentó en 2019 un prototipo de corazón humano, impreso con tecnología 3D y con tejidos humanos y vasos sanguíneos, tiene el tamaño de una cereza y está inmerso en un líquido. Con este nuevo paso, los científicos esperan conseguir “imprimir” corazones en 3D que puedan ser trasplantados con un riesgo mínimo de rechazo en los pacientes, que ya no dependerán de un eventual donante de órganos.

En 2016, la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) presentó su bioimpresora 3D capaz de hacer piel humana. Actualmente han logrado hacer un prototipo mejorado con el que los investigadores tratarán de reproducir la complejidad de este órgano. El Instituto Federal de Tecnología Suizo (ETH), en Zurich, desarrolló un método que permite la impresión 3D de bacterias vivas, generando el material Flink (“Functional Living Ink”), un hidrogel de celulosa ideal para usar en vendajes personalizados, mejorando la sanación de las heridas, y posibilitando que la celulosa puede desarrollar nuevas células de la piel y permitir una mejor curación. Otra aplicación, mucho más relacionada con la bioimpresión, sería utilizarlos para evitar el rechazo en los trasplantes de órganos, dado que la envoltura de los órganos a trasplantar con esta celulosa permitiría el paso de los vasos sanguíneos o nutrientes, y evitaría que las células del sistema inmune ataquen al órgano. (3D Natives, 2017).

En el año 2018, científicos de la Universidad de Minnesota imprimieron una variedad de receptores de luz en una cúpula de cristal hemisférica. Utilizaron una impresora 3D hecha a medida para imprimir una base de partículas de plata, y luego imprimieron fotodiodos en la parte superior, que mudan la luz en electricidad. El resultado fue un prototipo de ”ojo”, 25 por ciento eficiente para convertir la luz en electricidad. Este dispositivo podría usarse luego para traducir el mundo real en señales que luego podrían ser interpretadas por el cerebro de una persona. El mismo equipo ha tenido éxito en la creación de órganos artificiales anteriormente: una “oreja biónica” en 2013 y una piel biónica el año pasado, para darle a los robots el sentido del tacto[1]. La tecnología se introduce también en el cerebro. Un paciente cuadripléjico ha sido capaz de controlar un brazo robótico sólo con pensar en ello y usando su imaginación, según un estudio publicado en mayo de 2015 por la revista Science. Los resultados del experimento ofrecen a los investigadores más información sobre la actividad neuronal que subyace en los movimientos voluntarios del cuerpo y presenta un importante paso para la mejora de los dispositivos neuroprotésicos.

Los órganos robóticos o producidos por impresoras 3D son aún costosos, por lo que su uso no está aún muy difundido[2]. Cuando finalmente lo hagan, cuando no se usen sólo para restaurar pieles y órganos defectuosos, sino también para fines estéticos o de mejora en competencias deportivas, ¿cuál será el límite en el cual una persona “intervenida” seguirá siendo humana, y no sólo la suma de órganos cibernéticos o impresos en 3D? ¿Y qué ocurre con las modificaciones genéticas?

No todas las tecnologías que incorporaremos los seres humanos nos transformarán en cyborgs. Pero nos pueden liberar de algunas enfermedades e incrementar nuestra calidad de vida La ciencia permite ya la modificación genética de los seres humanos. En agosto de 2017 la revista Nature confirmó uno de los hitos científicos del año: un equipo internacional de investigadores ha logrado modificar genéticamente embriones humanos con éxito. Utilizando la herramienta de edición genética CRISPR-Cas9 (Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats, en español “Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente interespaciadas”) ha logrado librarlos de una mutación en un gen causante de una enfermedad cardíaca congénita. La tecnología CRISPR/Cas9 es una herramienta molecular utilizada para “editar” o “corregir” el genoma de cualquier célula, lo que incluye a las células humanas. Esa capacidad de cortar el ADN es lo que permite modificar su secuencia, eliminando o insertando nuevo ADN.

No son cyborgs sólo las personas que han incorporado tecnología a sus cuerpos. Todos los que usamos las TIC y nos integramos a redes sociales extendemos nuestras mentes para alcanzar, para “tocar” a otras personas, a otros conocimientos, independientemente de la distancia. Nuestros cerebros integran redes virtuales. Podemos construirnos nuevas identidades, retocar las nuestras o mostrar sólo los aspectos más favorables. Podemos integrar comunidades elegidas por nosotros mismos en base a intereses compartidos alrededor del mundo. Podemos investigar e interactuar en equipos internacionales diseminados por el planeta, co-crear nuevos saberes con colegas a quienes sólo conocemos virtualmente. Internet es una prolongación de nuestra memoria, de nuestro campo de juegos mentales, de nuestra capacidad para relacionarnos. Desde ese punto de vista una enorme proporción de los habitantes del planeta (el 51,7% de la población mundial) ya somos cyborgs.

Será necesario establecer, en esta transformación del pensamiento social, un nuevo contrato social, entre empresas de tecnología informática y robótica, investigadores, firmas de producción de artefactos médicos, empresas de seguros médicos, y por supuesto, los pacientes, los futuros cyborgs. Pero también se establece un nuevo contrato de mutua dependencia entre las empresas nacionales y multinacionales proveedoras de Internet, entre los gobiernos suministradores de infraestructuras de comunicación, entre las organizaciones que pretenden regular Internet, y los “cyborgs cerebrales”. Por el momento, estos contratos se mantienen relativamente tácitos. Es preciso explicitarlos, y para ello, es relevante la participación activa de los ciudadanos de la era de Internet.

Surgen, por supuesto, interrogantes no tan nuevos. Dado que no todos podrán pagar prótesis o complementos digitales: ¿la humanidad se fragmentará aún más, entre humanos modificados y portadores de deficiencias? ¿Los más ricos podrían prolongar indefinidamente su salud y juventud, y hasta su vida? Harari (2018: 98) escribe:

El auge de la IA podría eliminar el valor económico o político de la mayoría de los humanos. Al mismo tiempo, las mejoras en biotecnología tal vez posibiliten que la desigualdad económica se traduzca en desigualdad biológica. Los superricos tendrían por fin algo que hacer que valga de verdad la pena con su extraordinaria riqueza. Mientras que hasta ahora podían comprar poco más que símbolos de estatus, pronto podrán comprar la vida misma. Si los nuevos tratamientos para alargar la vida y mejorar las condiciones físicas y cognitivas acaban siendo caros, la humanidad podría dividirse en castas biológicas.

Esto había sido ya imaginado en 1932 por Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz. Esta distopía anticipa el desarrollo en tecnología reproductiva, cultivos de humanos, y drogas (SOMA) que aseguran la felicidad. Combinadas, transforman la sociedad. Por medio del tratamiento de los embriones, las personas son ordenadas en castas donde cada uno conoce y acepta su lugar en el engranaje social.

¿Hasta qué punto puede un humano incorporar piezas o miembros electrónicos sin dejar de ser humano? ¿A quién pertenece ese cuerpo: al humano que lo usa o a las empresas que proporcionaron sus partes cibernéticas? Un cuento de ciencia ficción relata la historia de un hombre que es llevado a juicio por una empresa que le ha vendido partes u órganos a lo largo de los años, incluido su cerebro. Mientras el hombre arguye que, no obstante esto, él continúa siendo una persona, SU persona, la empresa sostiene que le pertenece a ésta. El desenlace no importa: lo interesante es reflexionar en el tema de la in-corporación de informática y biotecnologías llevada al extremo.

¿Y las consecuencias?

La prolongación de la vida humana tiene efectos significativos sobre la economía y el mundo del trabajo. Actualmente, el promedio de vida crece 3 meses por año. Hoy, es de 80 años. Para el 2036 probablemente el crecimiento será de un año por año. Gracias a diversas tecnologías (médicas, biológicas, terapias genéticas, reemplazo de órganos por órganos impresos en 3D, etc.) podríamos vivir más de 100 años. Los patrones descendentes de fertilidad y mortalidad de las dos últimas décadas han producido cambios significativos en la estructura de edad de la población mundial. Aunque el fenómeno está más avanzado en Europa y en América del Norte, el envejecimiento de la población se está produciendo, o comenzará en breve, en todas las regiones principales del mundo. A escala mundial, la proporción de personas mayores (de 60 años o más) aumentó del 9 % en 1994 al 12 % en 2014. Se espera que alcance el 21 % en 2050. Según Schwab (2016), la Cuarta Revolución Industrial nos proporciona la capacidad para vivir una vida más larga, más saludable y más activa. Por supuesto, esto depende de en qué región del mundo se habite y a qué clase o grupo social se pertenezca.

En el año 2016, en Argentina, la esperanza de vida al nacer subió hasta llegar a los 76,58 años (80,31 años para las mujeres y 72,78 años para los hombres), según Expansión[3]. Sin embargo, esta expectativa no es igual en todo el territorio del país. El indicador de Esperanza de Vida Saludable producido con datos del censo de 2010 mostró que la ciudad de Buenos Aires albergaba la población más longeva del país, con mayor cantidad de años de esperanza de vida saludable y menor cantidad de años esperados con limitaciones permanentes (Oliva, 2019). Estos cambios demográficos despiertan graves preocupaciones sobre el posible debilitamiento de los sistemas de apoyo familiares, los sistemas previsionales y los arreglos tradicionales de seguridad social en la vejez. Como resultado de la tendencia hacia una menor fertilidad, las personas dispondrán de menos fuentes potenciales de atención y soporte familiar a medida que envejezcan.

Christine Lagarde, Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional se hizo tristemente famosa por su comentario: “Los ancianos viven demasiado y es un riesgo para la economía global, hay que hacer algo ya”. El Fondo reclama, entre otras medidas, que se recorten las prestaciones y se retrase la edad de jubilación ante “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”. Lo llama “riesgo de longevidad”. Y también propone soluciones de mercado para mitigar ese “riesgo”. “Si el promedio de vida aumenta tres años más de lo previsto para 2050, el coste del envejecimiento -que ya es enorme para los Gobiernos, las empresas, aseguradoras y particulares- aumentaría un 50%” en las economía avanzadas tomando como referencia el PIB de 2010. Para los países emergentes, ese coste adicional sería del 25%. (Alertas.eu).

Lejos de la fría crueldad del Fondo, algunos gobiernos de países desarrollados, así como ONGs tales como Age Friendly World, Agewatch, Aging 2.0, o el Centro Internacional sobre el Envejecimiento han elaborado políticas específicas, no sólo sobre el envejecimiento y el mundo del trabajo, sino también sobre los cuidados y servicios, infraestructuras y equipamientos (posibilitados por las TIC) a planificar para este sector de la población (Oliva, 2019). Es más que previsible que la prolongación de la vida humana lleve a introducir cambios en el sistema previsional. Actualmente, en Argentina, los debates al respecto se focalizan en bajar o no el monto de las jubilaciones o en aumentar o no la edad jubilatoria. También podrían introducirse modificaciones en el diseño de las fuentes de financiamiento, a fin de expandir los recursos previsionales.

La flexibilidad parece ser un elemento imprescindible para generar políticas, no sólo previsionales, sino de cuidados y de provisión de infraestructuras, equipamientos y servicios para una población envejeciente. Stang (2019), observa que en los países en los que el Estado administra el pago de jubilaciones el escenario de envejecimiento tiene dos tipos de efectos cuantificables. El primero es de carácter fiscal: el Estado necesita más dinero si hay que afrontar los pagos para una mayor cantidad de jubilados, de los cuales se calcula que vivirán más tiempo. El otro efecto es económico: el descenso de la participación de los trabajadores activos sobre la población total le provoca al país una disminución de la capacidad de producción, y consecuentemente, de los recursos que puede obtener el Estado para pagar sus obligaciones.

Una vez más, la productividad es un factor sobre el que se puede debatir: si el uso de tecnologías de la llamada Cuarta Revolución Industrial incrementa la productividad, sustituyendo en parte los trabajadores humanos, este aumento podría utilizarse entre otros destinos al pago actualizado de pensiones y jubilaciones, mediante acuerdos entre las empresas y el Estado o mediante nuevas medidas fiscales.

Pero también existen a nuestro criterio otros dos efectos de la jubilación. Uno es la falta de aportes de know how (experiencia, conocimiento tácito) de los jubilados a sus colegas más jóvenes en sus respectivas profesiones, que podría eventualmente cuantificarse en términos de productividad. El cuarto efecto, y no precisamente el menos importante, es el impacto de la jubilación sobre el largo de la vida y la salud de los ex trabajadores. Sucso Condori (2015) recuerda que las motivaciones para el trabajo son muchas veces otras que el de ganar dinero para la subsistencia: en los casos positivos, y dependiendo de la actividad exigida, el trabajo puede llegar a ser un fin en sí mismo, además de ser fuente para el propio desarrollo profesional, o incluso personal. Subraya que es esencial para la comunicación social y el establecimiento de vínculos sociales. Por todo ello, el trabajo forma parte de la propia identidad. Perder el trabajo mediante la jubilación puede implicar, en alguna medida, perder parte de la propia identidad. Diversos estudios coinciden en señalar que la jubilación puede ser una fuente de inactividad y es factible que esto acarree efectos nocivos sobre la salud

Un estudio sobre la calidad de vida y el riesgo de muerte después de 6 años de la jubilación, publicada por Steffens y otros (2016) en base a una investigación realizada en Inglaterra, revela que entre el 10 y el 25% de los sujetos experimentan una notoria caída de su salud y bienestar. Entre los factores que se investigan se encuentran las trayectorias de salud de las personas jubiladas, teniendo en cuenta en qué medida el sentirse incluido (en grupos sociales, laborales, etc.) o aislado incide en el funcionamiento cognitivo y afectivo, pudiendo a su vez afectar la salud en general. Los estudios empíricos sobre los potenciales efectos de la jubilación en la mortalidad y la supervivencia, la salud y el deterioro cognitivo son escasos y de calidad muy variable. Sus resultados son heterogéneos y los estudios mencionados no divergen de los que produce la inactividad. Por otro lado, cuando la jubilación es forzosa, sin que exista control por parte del individuo sobre este cambio, sí aparecen efectos adversos en la salud y en el deterioro cognitivo. Es necesario considerar que existen variables individuales (como la salud, el control, la inclusión social, etc.) y variables en el trabajo (su grado de estimulación, su carga para el individuo, etc.) que dificultan la constatación de efectos directos causa-efecto entre la jubilación y la salud. Es la jubilación activa la que parece prevenir los efectos negativos adversos de la jubilación sobre la salud, tanto física como mental.

Envejecimiento y mundo del trabajo

El informe 2018 de la OIT sobre las tendencias mundiales en el trabajo analiza entre otros temas la influencia del envejecimiento de la población. Muestra que el crecimiento mundial de la fuerza de trabajo no será suficiente para compensar la rápida expansión de la población de jubilados. La edad promedio de la población activa debería pasar de un poco menos de 40 años en 2017 a más de 41 años en 2030.

Bosch et.al. (2018) plantean que una sociedad más envejecida crece menos. En efecto, hay menos trabajadores potenciales por cada ciudadano, lo que induce a una ralentización del crecimiento económico. Otro gran problema es la presión que provocará en las finanzas públicas, al incrementarse los costos tanto de salud como de pensiones. El informe del BID proporciona esperanzas: habría fuerzas demográficas y tecnológicas que pueden mitigar estos efectos negativos de crecimiento. Una de ellas es que el envejecimiento estimula la adopción de tecnología.

Las propias presiones del cambio demográfico pueden acelerar la adopción e implementación de adelantos tecnológicos. La escasez de trabajadores puede impulsar a que los países adopten maneras de producir más encaminadas a la adopción de tecnología. (…). Un estudio encontró que la automatización, a través de la puesta en marcha de robots, es más intensa en aquellos países donde el envejecimiento es más pronunciado. Pero, más allá de los efectos macroeconómicos, el envejecimiento de la población alterará dramáticamente los mercados de trabajo. En este nuevo escenario, habrá cambios en la demanda de bienes y servicios; principalmente, se modificará el tipo de ocupaciones más demandadas. Estos cambios ocurrirán al dictado de estos ciudadanos, ya que una de cada cuatro personas del mundo tendrá más de 60 años en 2100 (Bosch et.al, 2018: 17).

El informe da algunos ejemplos de ocupaciones que van a ser crecientemente solicitadas: los servicios médicos, de cuidados y de atención personal a personas mayores.

Las previsiones de demanda de trabajadores para Estados Unidos, elaboradas por la Oficina de Estadísticas Laborales, apuntan claramente en la dirección de estas dos grandes tendencias. Tanto en términos porcentuales como absolutos, se observa un impulso notable a las ocupaciones relacionadas con el cuidado y aquellas que tienen que ver con el uso de nuevas tecnologías. La experiencia de Japón, el país más envejecido del mundo corrobora esta previsión: durante el periodo de 2002 a 2016, la profesión que más creció fue la de servicios de cuidado de la salud (Bosch et.al, 2018: 17).

Ante todo, la flexibilidad

Los cuatro tipos de impactos económicos, sociales y de salud física y psicológica de la jubilación sumada a la prolongación de la vida humana requieren nuevas reflexiones, no sólo sobre los mecanismos del retiro del mundo laboral, sino de sus procesos anteriores y posteriores al momento en que efectivamente de deja de trabajar. Bosch et.al. (2018) previenen que el Estado, enfrentado con las transformaciones tecnológicas y demográficas, deberá realizar importantes transformaciones. La tecnología genera retos de adaptación (por ejemplo, a partir de la necesidad de adaptar los marcos legales, normativas, regulaciones y leyes laborales a este nuevo entorno); de modernización, con el fin de incorporar los adelantos tecnológicos para una provisión más eficiente de servicios y para generar nuevos servicios; y de mitigación de riesgos (por ejemplo, reducción de los costos que esta transformación tiene sobre empresas, trabajadores activos, y trabajadores en situación de retiro o semi-retiro).

Los cambios demográficos también suponen desafíos significativos para el Estado. Al incremento de la presión fiscal mencionado, hay que añadir el hecho de que el empleo de las nuevas tecnologías puede quebrar los fundamentos del actual estado del bienestar, puesto que se diluye la relación tradicional entre las empresas y los trabajadores. En este caso, existe el riesgo de que se reduzca el número de aportantes a los sistemas de seguridad social, ya de por sí exiguo en algunos países de América Latina y el Caribe (Bosch et.al., 2018: 27).

Para aprovechar las oportunidades de la cuarta revolución industrial, tanto el Estado como las empresas deberán enfrentar el hecho de que deben cambiar sus roles tradicionales, para adaptarse a las necesidades de la Cuarta Revolución Industrial, y en el caso de las empresas, para seguir siendo competitivas.

Asimismo, las empresas no pueden ser simplemente consumidoras de capital humano. Dada su posición privilegiada como actores principales del cambio, y su conocimiento de los requerimientos de habilidades que este implica, las empresas tendrán que participar activamente en su producción, siendo parte de procesos de identificación de requerimientos de habilidades de la mano del sector educativo y de capacitación, y participando en alianzas público-privadas de colaboración efectiva para la formación que permitan cerrar las brechas, por ejemplo, proveyendo espacios y facilidades para la formación permanente en el lugar de trabajo e incluyendo trabajadores jubilados en la formación y transmisión de conocimientos hacia trabajadores jóvenes.

Sugerimos las siguientes estrategias (todas ellas asistidas mediante el uso de TIC) para paliar los impactos negativos ya mencionados:

  • Flexibilidad en la edad jubilatoria. No se trata ya de “x años para los hombres” y “x años para las mujeres”. Las legislaciones actuales ya consideran profesiones de riesgo, como los regímenes de jubilaciones a menor edad de los que realizan tareas penosas, riesgosas, insalubres o determinantes de vejez o agotamiento prematuro, como el caso de los que trabajan en minas subterráneas, trabajadores en contacto con materiales tóxicos, trabajadores ferroviarios, etc. cuyos miembros pueden jubilarse a edades más tempranas. Pero es necesario que los mismos trabajadores puedan elegir entre menús de retiro variados.
  • La flexibilidad incluiría una suerte de jubilación personalizada, a la carta, de acuerdo al tipo de trabajo realizado y la voluntad y capacidad de los futuros/as jubilados para continuar trabajando, utilizando su experticia, o adquiriendo nuevas habilidades. En el caso de profesores universitarios, investigadores científicos, tecnólogos, expertos en ciertas profesiones liberales, exigirles que se jubilen a los 65 o 67 años, como se hace actualmente, es desperdiciar un importante capital de conocimiento, no sólo explícito sino tácito, que puede seguir volcándose no sólo en el ejercicio de sus profesiones, sino en la formación de las generaciones siguientes.
  • Implementación de periodos de transición entre la vida activa a tiempo completo y la jubilación: reducción progresiva del tiempo de trabajo en la última etapa de vida laboral activa, mediante acuerdos entre trabajadores y empleadores. Otra alternativa es la combinación de trabajo presencial y de trabajo virtual (teletrabajo desde el hogar o desde espacios de coworking)
  • Aprendizaje permanente de los trabajadores, en actividad o no, sobre todo en lo concerniente al uso de las evoluciones tecnológicas que vayan surgiendo. Esto no sólo posibilitará su inserción laboral post jubilación, en diversas tareas, sino que ejercitará sus capacidades cognitivas. Esta formación puede hacerse en forma virtual, presencial, o mixta.
  • Implementación y desarrollo de plataformas redes virtuales para socialización, intercambio de informaciones diversas, propuestas de trabajo, etc. para evitar el tan frecuente fenómeno de aislamiento que aqueja a los trabajadores jubilados.
  • Uso de tecnologías emergentes para asistir a los trabajadores jubilados mayores: asistentes personales (eventualmente robots), teleasistencia, telesalud, telemedicina, salud móvil o m-health, por medio de teléfono móviles. La salud digital (eHealth o Health IT) incluye, entre otros, sistemas de sostén a la salud por internet, registros médicos electrónicos o tecnologías punteras como análisis predictivo de datos, aprendizaje de máquina, robótica aplicada al cuidado, sistemas operados por voz e inteligencia artificial.

De todas maneras, el temor a que las personas mayores se eternicen en sus empleos, bloqueando o desalentando el ascenso de trabajadores más jóvenes, ha sido reemplazado por el temor a ser desplazados, pero no por los ancianos ni por los inmigrantes, sino por la Inteligencia Artificial y los robots.

Transformaciones en el mundo laboral

Los temores al desempleo tecnológico, a la sustitución de humanos en el trabajo por IA y robótica, se incrementan en tiempos de crisis económica: cuando baja la oferta de empleo se hace más notorio que desde hace tiempo existen trabajos en los que la máquina ha sustituido al humano. La crisis mundial incita a que haya vuelto a ponerse sobre el tapete la idea de que la rápida evolución tecnológica terminará por volver obsoleto al ser humano. Se cree que las máquinas suplantarán a las personas incluso en tareas que por ahora se perciben como exclusivamente humanas, como las que necesitan del razonamiento, del entendimiento, la intuición y de una cierta dosis de empatía, de comprensión de los otros. Estas capacidades cognitivas podrían ser probablemente imitadas pronto por un robot, un dispositivo que tal vez adquiera los mecanismos de pensamiento de un ser humano promedio (Finquelievich, 2016).

En su libro “El fin del trabajo” (1996), Rifkin escribía que, mientras las tecnologías industriales reemplazaban la fuerza física de la fuerza de trabajo, sustituyendo los cuerpos por máquinas, las nuevas tecnologías basadas en la informática prometen reemplazar al cerebro humano, sustituyéndolo por máquinas inteligentes, a través de toda la gama de la actividad económica. Alan Turing fue un visionario, que estableció además el primer modelo teórico de inteligencia artificial en las máquinas. Desarrolló el llamado test de Turing, que permite probar la existencia de inteligencia en una máquina. “Una computadora puede ser llamada inteligente si logra engañar a una persona haciéndole creer que es un humano”, escribió.

¿En la actualidad, las TIC reemplazan a las personas en el trabajo? Dos académicos del MIT, E. Brynjolfsson y A. McAfee (2014) prevén una perspectiva desalentadora para muchos tipos de trabajos a medida de que se vayan adoptando estas tecnologías no sólo en la fabricación, los servicios y los comercios, sino en profesiones como el derecho, los servicios financieros, la educación y la medicina. Es evidente que en algunos campos de trabajo, como la fabricación de automóviles o las agencias de viajes, los robots, la automatización y el software son capaces de sustituir a las personas. Pero estos investigadores creen que el rápido cambio tecnológico ha estado destruyendo trabajos a un ritmo mayor del que los está creando, contribuyendo al estancamiento de los ingresos medios y al aumento de la desigualdad en Estados Unidos. Prevén que un 47% de los empleos en Estados Unidos corre riesgos ante el avance de la informatización. Y sospechan que sucede algo similar en otros países tecnológicamente avanzados.

Autor, que ha estudiado en profundidad la conexión entre el empleo y la tecnología, duda de que ésta pueda ser responsable de un cambio tan drástico en las cifras de empleo total. Duda incluso de que la productividad haya crecido de manera significativa en Estados Unidos en la última década. Si está en lo cierto, aumenta la posibilidad de que el bajo crecimiento del empleo sea resultado simplemente de una economía ralentizada. El frenazo súbito en la creación de empleo “es un gran puzzle”, afirma, “pero no existen demasiadas pruebas de que esté relacionado con las computadoras”. Autor y Dorn (2014) opinan que los cambios tecnológicos que ahorran mano de obra desplazan a trabajadores que cumplen ciertas tareas. Por esto se gana en productividad. Pero advierten que a largo plazo estas tecnologías generan nuevos productos y servicios que incrementan el ingreso nacional y que a su vez aumentarán la demanda total de mano de obra. En la Europa de 1900, no se podía prever que un siglo más tarde los subsectores de servicios, como cuidado de la salud, finanzas, consumo de productos electrónicos, hotelería, gastronomía, ocio y diversión, emplearían muchos más trabajadores que la agricultura.

La significativa reducción en los costos de computadoras desde los 1970s ha creado incentivos para que los empleadores sustituyeran la mano de obra por computadoras cada vez más baratas y más eficientes. Lo mismo se repetirá con robots y con la impresión 3D, a medida que éstos se vayan perfeccionando y volviéndose más baratos. Estos progresos han espoleado los temores de que los trabajadores de tareas relativamente rutinarias o mecánicas serán desplazados por la tecnología. En los países desarrollados, como Francia, la industria, tal como se la conocía hasta el presente, ya no existe, según Erwann, del Institut Sapiens de París (2018). La época industrial ha sobrepasado la imagen fordista de fábricas con chimeneas humeantes, obreros sudorosos y sirenas estridentes. Se considera que el modelo de cadenas continuas de producción ha sido superado. El modelo actual se focaliza en la industria de punta, de precisión, en la cual los productos se personalizan, se “customizan”, en una cadena de fabricación automatizada en la que los robots y en breve, la impresión 3D, reemplazarían a los obreros no calificados.

Ya en 1996 Castells planteaba que las sociedades se relacionan con el mundo laboral afrontando una mayor individualización del trabajo y una progresiva fragmentación. La nueva estructura ocupacional suponía una eliminación de los trabajos agrícolas, la disminución del empleo industrial, un crecimiento de los servicios de producción, así como los de salud y educación, y una continuación de los puestos de trabajo en tiendas minoristas y servicios como actividades de escasa cualificación. Preveía que, aunque se produzca un incremento de los puestos cualificados, esto no significa que el mercado laboral no continúe dividido entre puestos cualificados y los que no requieren apenas formación. Dos décadas después, Autor y Dorn argumentan que, si bien las computadoras son ubicuas, no pueden hacer todo. La capacidad de una computadora de cumplir un trabajo de manera rápida, eficiente y barata depende de la habilidad del programador para escribir procedimientos y reglas que dirijan a la máquina para que ésta tome los pasos correctos en cada contingencia. Las computadoras son excelentes para trabajos de rutina: organizar, almacenar, encontrar y manipular información, o ejecutar movimientos físicos definidos con exactitud en los procesos de producción. Estas tareas son más comunes en trabajos pocos y medianamente calificados, como algunas tareas contables, trabajos de oficina, venta de pasajes y entradas a espectáculos, inscripciones a cursos y carreras, ciertas actividades comerciales, y tareas productivas repetitivas, entre otros.

Ciertamente, la informatización ha reducido la demanda de personal para estos trabajos, pero también ha incrementado la demanda de trabajadores cuyas tareas no son rutinarias y que complementan las tareas informatizadas. Estas tareas se ejecutan en los puntos opuestos de la distribución basada en calificaciones de la fuerza de trabajo. Autor y Dorn identifican en uno de los extremos a las tareas llamadas abstractas, que requieren capacidad de resolución de problemas, intuición, empatía, creatividad y capacidad de persuasión, características de ocupaciones gerenciales, creativas y técnicas, como medicina, investigación científica, derecho, ingeniería, dirección de películas, diseño, arquitectura y publicidad. Las personas que trabajan en estas actividades generalmente poseen altos grados de educación y capacidad analítica, y aprovechan las computadoras que les facilitan la búsqueda, transmisión, organización y procesamiento de la información que utilizan. En el otro extremo están algunas (no todas) de las tareas manuales, que necesitan de adaptación a las diversas situaciones, reconocimiento de lenguajes verbales y visuales, e interacción personal. La informatización ha promovido una polarización del empleo. (Finquelievich, 2016).

De modo que la informatización no reduce la cantidad de empleos en términos absolutos, pero sí existe una tendencia a degradar la calidad de los trabajos para un número importante de trabajadores. Hay una sólida demanda de trabajadores altamente calificados, sobresalientes en la concepción y ejecución de tareas abstractas, pero el segmento medio del mercado de trabajo, en el que predominan las tareas más rutinarias, se está debilitando. Los trabajadores que no tienen educación técnica o universitaria se concentran en trabajos manuales, que si bien son numerosos, ofrecen ingresos bajos, precariedad laboral y pocas perspectivas de movilidad ascendente. Esta bifurcación en las oportunidades laborales contribuye al incremento de la brecha de ingresos.

El futuro cercano

El estudio del Institute for the Future para Dell Technologies (2017) ha explorado los impactos que lo que denominan tecnologías emergentes (la robótica, la IA, el machine learning (aprendizaje automático o aprendizaje de máquina), la realidad virtual (RV) y la Realidad Aumentada (RA), y la computación en la nube) tendrán en la sociedad hacia el año 2030. Este estudio sostiene que estas tecnologías, empoderadas por avances importantes en el software, van a apuntalar la formación de nuevas asociaciones entre humanos y máquinas. En lo que se refiere a IA, ésta es utilizada tanto en aplicaciones simples como en complejas, desde vehículos autónomos a Siri. El informe plantea que su desarrollo puede pensarse en tres etapas. La primera es inteligencia de reconocimiento, algoritmos que reconocen patrones; le seguirá la inteligencia cognitiva: máquinas que infieren información de datos. La fase final tratará de seres humanos virtuales. Sería plausible que, para el año 2030, al paso del desarrollo de esta tecnología, entremos en una segunda fase de IA. Pero esto no es todo: además de su capacidad para tomar decisiones, las máquinas pueden ahora aprender de experiencias y compartir este aprendizaje con otros programas de IA y con robots. Basta con recordar la película del año 2013 “Her”, que relata la historia de hombre que se enamora de un sistema operativo informático. El sistema aprende continuamente, del hombre, de su entorno, de otros individuos con los cuales interacciona. Estas habilidades conllevan nuevos debates sobre quién (o qué) es moral y éticamente responsable por las decisiones tomadas por las máquinas.

En cuanto a la robótica, en 2014, el estudio del Pew Research Center (Smith y Anderson) sobre tecnólogos y analistas halló que el 52% de los entrevistados esperaban que la robótica y las máquinas inteligentes creen más empleos que los que reemplacen. La gran mayoría de los expertos entrevistados anticipó que la robótica y la inteligencia artificial van a permear grandes segmentos de la vida cotidiana en 2015, lo que tendrá implicancias significativas para un amplio abanico de ocupaciones, como salud, transporte y logística, servicios al cliente, y mantenimiento del hogar. Sin embargo, están divididos con respecto a las maneras en que los progresos en IA pueden impactar el paisaje económico y laboral en la próxima década.

Un importante número de participantes en dicho estudio remarcó que hay muchos atributos (como empatía, creatividad, sentido común, o pensamiento crítico) son exclusivamente humanos, y que la tecnología no podrá copiarlos. Por lo tanto, los empleos que requieran esas cualidades se mantendrán relativamente inmunes a la usurpación de la automatización.

Conclusiones

¿Cuál es la interfaz entre los cambios demográficos de la humanidad y las nuevas condiciones de trabajo facilitadas por las tecnologías emergentes? La respuesta más obvia (pero no por ello menos verdadera) es la misma tecnología, que a la vez aumenta las potencialidades de la humanidad y establece nuevas inclusiones y exclusiones socioeconómicas.

Interacciones entre humanos y máquinas

En sus libros Race Against the Machine (2011), y The Second Machine Age (2014), Brynjolfsson y McAfee atribuyen el incremento de la inequidad económica al cambio tecnológico basado en las habilidades y conocimientos. Coinciden con autores mencionados más arriba en que la sustitución de trabajadores a través de la adopción de tecnología afecta más a los trabajadores semi calificados, de salarios medios, dejando más o menos ilesos a los ubicados en los extremos. Fundamentalmente, apoyan la idea planteada por Keynes en 1930: a mayor automatización, mayor desempleo. Sin embargo, no se puede culpar (sólo) a la tecnología. Los incrementos en productividad atribuibles a la inteligencia artificial han sido menores que los previstos. Daron Acemoglu y su equipo de economistas en el MIT evaluaron información sobre el sector manufacturero en Estados Unidos en 2013 sin hallar evidencias ni sobre aumentos de productividad ni sobre reducciones significativas de trabajadores inducidos por la informática (Finquelievich, 2016).

La colaboración entre personas y robots se está implementando efectivamente. En su planta principal de Ingolstadt, Alemania, Audi (que no por casualidad construyó el auto para la película “Yo, robot”) ha puesto en marcha en el año 2015 un robot que trabaja ´mano a mano´ con humanos. La tecnología facilita el trabajo de los empleados en las cadenas de montaje y proporciona mejoras ergonómicas. Por ejemplo, los movimientos repetitivos de los obreros son realizados por un robot, dotado de una cámara y una ventosa integrada. Estos elementos le permiten extraer los distintos componentes de las cajas y pasárselos a los trabajadores de la cadena, en el momento oportuno y en una posición ergonómica óptima.

Surgen nuevas perspectivas para la humanidad. El informe de Dell Technologies (2017) admite que, dado que el poder de procesamiento se incrementa 10 veces cada 5 años, según la Ley de Moore, los humanos serán eclipsados por las máquinas veloces y eficientes en numerosas ocupaciones. Sin embargo, arguye que sería una falacia asumir que la tecnología vuelve superfluos los esfuerzos humanos. Es dudoso que hacia el año 2030 las máquinas dominen completamente las habilidades de intuición, juicio, e inteligencia que los sapiens aún valoramos. Por el contrario, el informe Dell prevé que en la próxima década las cooperaciones con las máquinas ayudarán a los humanos a vencer sus limitaciones, por ejemplo, poder tomar decisiones en base a la información disponible, sin que sean sesgadas por emociones o factores externos. Podrán trabajar en equipo con tecnologías integradas con IA para ayudar a activar y desactivar los recursos necesarios para sus vidas cotidianas. Se asociarán con tecnologías de Realidad Virtual y Realidad Aumentada para desarrollar nuevas capacidades de trabajo, combinando media experiencial y criterios humanos.

Los trabajadores en la ola de innovación

¿De qué maneras pueden los trabajadores surfear la ola del cambio tecnológico sin ahogarse? La sugerencia más usual es que los ciudadanos inviertan más recursos (tiempo, dinero, energías) en su educación. Así lo han entendido las universidades, que ofrecen un enorme florecimiento de postgrados y especializaciones. Pikkety (2013) describe la carrera entre la educación y la tecnología. El sistema educativo está formado por las políticas públicas, los criterios de selección para los diferentes caminos, el costo de los estudios para los estudiantes y sus familias, y la disponibilidad de educación permanente. En cambio, el progreso tecnológico depende del ritmo de la innovación y de la rapidez de la ejecución. En general, aumenta la demanda de nuevas competencias y crea nuevas ocupaciones. Esto conduce a la idea de la carrera entre educación y tecnología. Si la oferta de calificaciones no se incrementa al mismo ritmo que las necesidades de la tecnología, los grupos que poseen una formación menos avanzada serán relegados a tareas devaluadas, ganarán menos, y la desigualdad con respecto a la fuerza de trabajo se incrementará. Añadamos a esto que los cambios en el sector de la educación son de por sí estructuralmente lentos, a pesar de que los avances tecnológicos y el mercado los empujen a nuevas transformaciones. Para evitar esta falta de coordinación entre oferta y demanda, el sistema educativo debe aumentar y actualizar constantemente su oferta de nuevos tipos de educación y su producción de nuevos saberes y habilidades. Si la inequidad de salarios aumenta, la oferta de nuevas habilidades y saberes debe incrementarse aún más rápidamente, sobre todo para los menos educados.
La buena noticia es que los empleos que requieren educación media y que ofrecen salarios medios no desaparecerán: mientras muchos trabajos que requieren de habilidades medias pueden ser automatizados, otros requieren una mezcla de capacidades que necesitan de la flexibilidad del cerebro (y el corazón) humanos. Algunos ejemplos son las tareas paramédicas: técnicos en radiología, ayudantes de dentistas, técnicos enfermeros, terapeutas físicos, coachers, trainers en gimnasia, etc. En éstas y otras profesiones, en las que se necesitan interacción personal, adaptabilidad y capacidad de resolver problemas, se está llegando a la combinación de saberes técnicos y personales. Otros casos son los técnicos automotores, los técnicos informáticos, plomeros, electricistas, técnicos en aire acondicionado, que conforman una suerte de nuevo artesanado.

¿Qué hacer en un mundo con una mayoría de población de edad madura o avanzada (muchos de los cuales permanecen activos), y máquinas que van reemplazando a los humanos en un número de trabajos? ¿Qué políticas públicas resultan necesarias? Una de las propuestas, entre varias otras posibles, es enfocar la transformación en profundidad del aprendizaje científico y tecnológico, por medio de tres pilares: la formación permanente, la innovación y la creación de vocaciones, en todas las franjas etarias.

Impactos geopolíticos

Obviamente, los impactos de las tecnologías emergentes no serán similares en los países centrales y en los periféricos. El informe del BID (2018) recuerda que lo que distingue a la Cuarta Revolución Industrial de las anteriores es la velocidad de las transformaciones. Llama a la rápida adopción de tecnologías “un verdadero tsunami tecnológico”. Sin embargo, la capacidad de adaptación de los humanos es limitada: empleamos años en desarrollar nuevas habilidades y asumir nuevas tareas. Los gobiernos se mueven incluso más lentamente, cuando lo hacen, para utilizar las tecnologías emergentes y diseñar e implementar políticas públicas al respecto. despacio para explotar las nuevas tecnologías. En el caso de los países periféricos, y en particular de América Latina y el Caribe, el BID advierte que existen barreras importantes que hacen difícil que pueda absorber tan rápido este tsunami tecnológico. Esto se debe a que la región no cuenta con las capacidades, habilidades e infraestructura necesarias para dar una cabida plena a esta revolución. En primer lugar, los niveles de preparación de la mano de obra en la región suponen un freno para la adopción de nuevas tecnologías. En segundo lugar, el costo menor de la mano de obra hace que, para las empresas, resulte menos atractivo reemplazarla por innovaciones tecnológicas. En tercer lugar, la mayoría de las empresas de la región son pequeñas, lo que añade restricciones a la innovación.

Aceves (2018) plantea que, en el largo plazo, el cambio tecnológico es inevitable, por lo que gobiernos, empresas e individuos deben estar preparados para estas transformaciones. El ranking de la revista británica The Economist (2018), que estudia 82 países, incorpora tres categorías decisivas para evaluar la preparación de los países para el cambio tecnológico: el acceso a Internet; la infraestructura de la economía digital (e-commerce), los servicios y soluciones en línea (e-government) y ciberseguridad; y la apertura a la innovación, que incluye las patentes internacionales, gasto en investigación y desarrollo (I+D) e infraestructuras para la investigación. Países desarrollados como Suecia o Finlandia ocupan los primeros puestos del ranking. En los lugares más bajos se hallan países asiáticos y africanos (Libia, Angola, Pakistán o Bangladesh) pero también latinoamericanos: Cuba, Venezuela, Perú y República Dominicana. A corto plazo, se espera que la mayoría de los países ubicados en el fondo del ranking mostrarán una ligera mejora en sus posiciones, con la posible excepción de Venezuela. Es sin embargo lamentable que ninguno de los países latinoamericanos se encuentre en las primeras veinte posiciones.

Los gobiernos de América Latina y el Caribe también enfrentan limitaciones, tanto de financiamiento como de capacidades científicas y tecnológicas para diseñar y llevar a cabo las transformaciones digitales necesarias. A todo lo anterior se suma un déficit claro en infraestructura: el acceso a banda ancha, por ejemplo, es menor en la región si lo comparamos al de los países desarrollados. Probablemente esto se deba a las políticas neoliberales aplicadas en países que antes ocupaban puestos prometedores en los rankings científicos y tecnológicos, como Brasil y Argentina, cuyos sistemas de Ciencia, Tecnología e Innovación han sido diezmados por políticas gubernamentales dirigidas a transformar a dichos países en proveedores de materias primas.

Esto nos lleva a una visión geopolítica sobre el lugar que le es asignado a los países de la región en el concierto de las naciones. ¿Se les permitirá desarrollar todo su potencial, o se los relegará a productores agropecuarios y extractivistas?

Bibliografía

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