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2 Algunas cuestiones metodológicas

El lugar de la teoría

El recorrido conceptual que realicé previamente se vuelve un paso obligatorio en pos de mostrar las modificaciones graduales que sufrió el marco de referencia conceptual en la medida en la que fui produciendo y analizando mi material de campo. La etnografía, como gesto teórico-metodológico, ha sido definida como una perspectiva, una forma de conocer que tiene al investigador como principal herramienta de producción de datos, que requiere de una presencia prolongada en el campo, y que construye conocimiento a partir del encuentro de reflexividades: la reflexividad social de los nativos y la reflexividad sociológica y antropológicamente informada del investigador (Guber, 2004; Beaud y Pialoux, 2015).

Es a partir de este proceso interactivo –que no anula su carácter relacional y asimétrico– que el abordaje etnográfico define su forma. Las lecturas más radicales llegaron a entender a la etnografía como una investigación que minimiza hipótesis y teorías previas, que “deja esa mochila en casa antes de ir al campo” (Quirós, 2015: 58) para centrarse en la dimensión empírica y para formular sus preguntas en el campo mismo. Mi postura implica más bien lo contrario: sólo a partir de supuestos teóricos un área de la realidad puede hacérsenos relevante (Becker, 2014). La producción etnográfica de conocimiento surge en una instancia dialógica, en donde el proceso de trabajo teórico y analítico es tan necesario e imprescindible como el trabajo de campo mismo. Los conceptos, antes que designar cosas, designan relaciones: aquello que no es necesariamente “observable”, sino que se debe construir en el proceso de investigación (Rockwell, 2009: 72).

Mi recorrido teórico en la búsqueda por una pregunta sociológicamente fundada acerca de la cultura del trabajo en jóvenes de clases populares muestra la modificación gradual del marco conceptual en la exploración de la lógica de los actores (Guber, 2004), del “punto de vista del nativo” (Geertz, 2003), aunque no de manera exclusiva. La perspectiva teórica va modificándose también por el encuentro con la lógica de los lugares, de las distribuciones, de las ubicaciones y los desplazamientos (propios y ajenos). En el encuentro con los recursos, con los límites y con las presiones estructurales. Es en el encuentro con el conjunto de relaciones sociales (aquellas evidentemente reflexivas para los nativos y también aquellas que escapan a su reflexividad) que el objeto de estudio aparece, no como recorte empírico del campo, sino como resultado del proceso teóricamente informado de conocimiento (Rockwell, 2009: 74). Tal como sostiene Elsie Rockwell, desde la perspectiva etnográfica no observamos para luego construir una teoría, sino que a partir del trabajo conceptual es posible observar ciertos aspectos –oscurecidos– de la realidad. No describimos para hacer teoría, sino que hacemos teoría para describir mejor (Rockwell, 2009: 92).

Por otra parte, el ejercicio de reflexividad no es sólo necesario en el momento del trabajo de campo, sino también en el análisis, en la explicitación de la manera en la que un cuerpo fragmentario de datos se vuelve inteligible como totalidad, por medio de un conjunto de operaciones (de interpretación, contrastación, reconstrucción, articulación, contextualización, explicitación, etc.) que se practican sobre el material de campo y en la producción de textos analíticos.

El problema de las escalas y los materiales

Asumiendo este camino, me fue necesario trabajar con una gran variedad de materiales de investigación. Etnografié situaciones de interacción en distintos espacios laborales y en la oficina de empleo del barrio 6 de agosto. Registré y analicé el uso de categorías, clasificaciones, justificaciones y evaluaciones en torno al “problema” de la cultura del trabajo en el marco de una política pública y en el desarrollo de prácticas laborales en empresas.

Analicé también un conjunto de documentos estatales y de organismos internacionales que pautan el fundamento teórico y la estrategia formal de aplicación de las políticas de empleo para jóvenes. Trabajé con materiales de formación para operadores de estas políticas, en tanto instancia de producción de los agentes especializados e interesados en el abordaje de los problemas de “empleabilidad” juvenil. Tomé a este conjunto de documentos como prácticas sociales sedimentadas –y no por ello menos relevantes– cristalizadas en textos, diagnósticos, resoluciones, estudios y evaluaciones.

En este sentido, la elaboración teórica dialogó tanto con las reflexividades y prácticas de los nativos, como con los objetos y las sedimentaciones teóricas que, por momentos, aparentemente des-localizados, ejercían presiones, producían límites y funcionaban como recursos de legitimación en las disputas que tenían lugar en el campo. Analicé, por último, las formas en las que estos objetos –parte constitutiva y activa de los repertorios culturales de este sistema relacional– eran apropiados, actualizados, reinsertos en contextos y tradiciones culturales locales; la manera en la que las nociones de competencias subjetivas, capital humano y empleabilidad eran traducidas, en sentido práctico, en los términos del sistema de clasificaciones de la cultura del trabajo.

Una perspectiva estructural que incluye procesamiento y análisis de fuentes estadísticas de diversa índole funciona como telón de fondo de muchos de los análisis de este libro. Si bien no le dedico un apartado específico a mostrar esta multiplicidad de datos que han sido presentados en otros libros y artículos (Assusa y Freyre, 2014; Assusa, 2017), la desigual distribución de los recursos de poder funcionó como el “fuera de campo” de la observación directa (Fonseca, 2005) y dan cuenta de la inteligibilidad global de los fragmentos y los detalles indiciales del trabajo de campo (Rockwell, 2009). Como sostienen distintos autores, muchas relaciones sociales (por ejemplo, gran parte de las relaciones de producción capitalistas) que no son “observables” de manera inmediata, ni tienen una equivalencia en interacciones situacionales “registrables”, deben reconstruirse –de manera teórica o estadística– para volver a observar y tornar inteligibles interacciones sociales locales (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 2008; Rockwell, 1985). Así, la estadística da acceso a la visualización de un fondo imprescindible para otorgarle nitidez al foco etnográfico. Esta operación metodológica relacional entre fondo/foco es la que rescato en el estudio de Willis (1988), la misma operación que aquí informaré bajo la noción estructuralista de homología.

Como sostiene Florence Weber en su análisis sobre el uso conjunto de datos etnográficos y datos estadísticos, el razonamiento probabilístico permite reconstruir la existencia de procesos sociales más amplios, habilitando a hipotetizar sobre las condiciones sociales de posibilidad para la emergencia de los fragmentos observados en el campo (Weber, 1995). El cambio en la tipología de datos no implica, ni por un momento, una suspensión en la vigilancia epistemológica (Bourdieu, Passeron y Chamboredon, 2008) acerca de la crítica reflexiva de técnicas que funcionan siempre como teorías en acto (Guber, 2004) y, por lo tanto, hacen necesaria una explicitación de las implicancias teóricas y metodológicas de las categorías, de los procesamientos y de las elecciones de variables.

Entiendo que la adopción de la perspectiva etnográfica implica la determinación de la manera en la que los procesos estructurales “toman forma y fragilizan, modelan y son modelados, se hacen evidentes, se ocultan o naturalizan, es decir, son vividos, corporizados, padecidos, resistidos y simbolizados” por las personas (Epele, 2010: 39). Aun cuando las herramientas conceptuales aquí definidas sean otras, comparto la relevancia que Bourgois le asigna a conocer y comprender la dinámica de los “peones activos de la estructura” (Bourgois, 2010: 42) y para ello entiendo que la proposición de hipótesis desde la desigual distribución de los recursos sociales aparece como una opción epistemológica primordial.

Tal como sostiene Claudia Fonseca, el abandono de la categoría de clase social para la etnografía, de la mano de las modas teóricas post- en todas sus variantes (importadas y reproducidas localmente), implica, en cierta forma, el abandono correlativo de la posibilidad de dar cuenta etnográficamente de dimensiones centrales de la problemática de la alteridad en las sociedades contemporáneas (Fonseca, 2000). La “recusación etnográfica de la clase” implicaría una negación equivalente de un conjunto de diferencias y fronteras que siguen siendo fundamentales para la vida social (Fonseca, 2005) y, por lo tanto, para la posibilidad misma de dar cuenta de su construcción, sus límites y sus efectos. Si, como vengo planteando en torno a la recuperación de la tradición epistemológica de la economía política en antropología, la etnografía se construye a partir de análisis de la vida cotidiana en la trama de los procesos de reproducción social (Cerletti y Gessaghi, 2012), en sus momentos procesuales y sedimentados, como flujos y cristalizaciones, en sus agentes activos y sus objetos, la opción epistemológica por la desigualdad como fundamento de comprensión central, implica también la posibilidad de re-emplazar el problema y las preguntas de mi investigación en la dimensión de las relaciones sociales (Rockwell, 1985), más que en la búsqueda explicativa de actitudes, capacidades, tradiciones y falencias grupales (Fonseca, 2005).

En este marco de nociones y preocupaciones, el uso de la entrevista etnográfica resultó una herramienta fundamental. La ya descripta dinámica inestable de las trayectorias laborales de los jóvenes de clases populares en mi investigación hizo necesarios dispositivos de producción de datos que atendieran al carácter secuencial e histórico de sus trayectos. Como muchos de los vínculos activados para mi campo preexistían a mi rol de investigador, la construcción de la entrevista como una forma específica de relación social (Bourdieu, 2010a [1993]) implicó renegociar los términos, acuerdos y códigos de dicho vínculo, pero a la vez habilitó búsquedas de construcción de confianza y de reducción al mínimo de la violencia simbólica, enraizada en la asimetría misma de esta relación social. En cada caso particular, decidimos y negociamos con los entrevistados la grabación o no de las charlas (la mayoría de los primeros encuentros pudieron ser grabados) y con muchos de ellos tuve la oportunidad de reunirme en repetidas ocasiones.

A través de estas entrevistas accedí a historias discontinuas, interrumpidas y retomadas, acerca del trabajo en la vida de estos jóvenes, pero también en la vida de sus familias[1]. Accedí a temporalidades más largas que las de sus biografías, pero también a formas de hablar, de narrar y de discutir sobre el trabajo en el contexto familiar, con sus docentes en el contexto escolar y con sus propios pares en distintas situaciones y espacios; a formas de justificar e impugnar eventos, de explicarlos y darles sentido: de volverlos “reflexivos”. Pero de igual manera, accedí a un conjunto mucho más basto de datos sobre sus vidas, sus elecciones, sus apuestas y gustos. Su discurso fue así construido como fuente de datos y no solamente como práctica social situada (Martín Criado, 2014). La importancia del registro y la observación directa de prácticas en la perspectiva etnográfica no reside en el descarte del resto de los datos (discursos en entrevistas), sino, por el contrario, en la posibilidad de contrastar, comparar, identificar incoherencias, choques, desarreglos, superposiciones, en base a datos diferenciales producidos en torno a una multiplicidad de materiales, instancias y espacios.

El trabajo de campo y los «sitios» etnográficos

Las perspectivas teóricas antes criticadas, correspondientes a la búsqueda de universos morales “autónomos” y a las nociones de cultura laboral que centran la producción simbólica casi exclusivamente en el proceso de trabajo material, presentan una suerte de afinidad (metodológica) electiva con la fijación localizada de algunas perspectivas etnográficas.

La antropología del siglo XX genera una temprana meta-reflexión constructivista sobre su propio objeto de estudio. Es el hecho etnográfico y no el hecho social su materia prima (Peirano, 1991: 44-45). Son los problemas y no los pueblos (Evans Pritchard, 1991) lo que la disciplina aborda, dado que la antropología no estudia aldeas, sino en aldeas (Geertz, 2003). Sin embargo, este sedimentado acuerdo epistemológico no impidió que la localización del trabajo de campo y, por extensión, de la etnografía misma, siguieran definiendo de manera hegemónica la identidad disciplinar de la antropología.

Vuelta expresión canónica por Clifford Geertz, el “estar ahí” constituye la fuente del carácter persuasivo del texto antropológico (Geertz, 1989: 14). Dicho «ahí» remite al lugar en el que se desarrolla el trabajo de campo, pero al mismo tiempo al locus epistemológico de la investigación etnográfica. De manera homóloga, el «ahí» de esta expresión hace referencia a la situacionalidad interaccional del análisis y la descripción etnográfica, produciendo al sitio como eje de anclaje de la investigación propiamente antropológica (Falzon, 2009).

«Ahí», «lugar» y «sitio», funcionan como tríada que contextualiza significativamente la caracterización antropológica del trabajo de campo, a la vez intensivo, prolongado y profundo (Geertz, 2003): la perspectiva localizada de la etnografía (cuyos representantes probablemente nunca habrían adscripto a dicha denominación), basada fundamentalmente en la descripción densa y en la recopilación de abundantes detalles culturales (Geertz, 1989), deviene en la cristalización de una manera de hacer antropología en la cual el sitio producido como delimitación de la práctica investigativa se revela consustancial a una noción de Cultura como sistema simbólico con límites más o menos definidos, es decir, como contenedor de un conjunto particular de relaciones sociales (Falzon, 2009) y con una entidad de sustancia relativamente establecida (Ortner, 2016). La conocida crítica de Abu-Lughod contra la noción de [una] Cultura, hace mella también en la crítica metodológica del compromiso de la antropología con “lo local” y de la necesidad de resolución del problema de la situacionalidad a partir de la investigación en múltiples sitios para dar cuenta de la complejidad de los procesos de producción, circulación y recepción cultural (Abu-Lughod, 2000: 264-265).

Tal como sostiene Burawoy, un proceso similar puede reconocerse en la sociología a partir del devenir de las investigaciones etnográficas de la Escuela de Chicago. El movimiento epistemológico generalizado de esta escuela iría desde las primeras etnografías localizadas, como The Polish Peasant in Europe and America, de Thomas y Znaniecki, hacia etnografías institucionales, caracterizadas por contextos de encierro, lógicas sistémicas cerradas, microambientales y relativamente autónomas, como las que encontramos en los trabajos de Erving Goffman. Este movimiento genera serios problemas para realizar el salto cualitativo entre dimensiones y vinculaciones de la situación etnográfica local con procesos sociales globales (Burawoy, 2000: 1). Así, se define una relativa ortodoxia antropológica “localizada” que produjo, al mismo tiempo, una forma de hacer trabajo de campo como principal fundamento de legitimidad científica asociada a la locación delimitada, recorte intensivo y profundo de la realidad social, en el marco del cual el etnógrafo produce un conocimiento también situacional, local y denso, estableciendo una equivalencia entre el dispositivo metodológico de la etnografía y la morfología de su objeto clásicamente definido: una aldea, un grupo, un territorio geográfico pre-concebido, una institución; la construcción de muros epistemológicos que cercan contenidos culturales registrados y reescritos por el etnógrafo[2].

El recorrido por múltiples espacios en mi trabajo de campo[3] se volvió, en cierto punto, un recorrido por un circuito con unidad categorial y clasificatoria, con cierto acervo cultural en común. A partir de él fui construyendo, en el campo, el camino que sólo textualmente he planteado de manera previa: la formulación teórica de la cultura del trabajo como problema de investigación antropológica, situada en la totalidad misma del devenir de la vida cotidiana de los jóvenes de clases populares.

Este recorrido representó también un proceso de transformación personal: el de la re-negociación permanente de mi propia identidad en el campo, es decir, el de la construcción incesante de la relación social de investigación (Guber, 2004). En mi caso particular, la participación previa en una institución estatal del barrio generaba un conjunto de expectativas que debí obsesivamente despejar, aunque no siempre de manera exitosa. Estas expectativas se fueron modificando, en la medida en la que se me fue aplicando un arsenal distinto de tipificaciones, más afín a mis nuevos intereses en el barrio, aun cuando no se correspondieran con exactitud con los de la “investigación”: fundamentalmente me refiero a mi asimilación a la figura del “profesor universitario”.

De cualquier forma, la identidad que se me asignaba en el campo fue una cuestión sobre la que tuve particular vigilancia. Antes que caer en la frustración toda vez que viera re-emerger las expectativas referidas al “agente estatal” en mis relaciones en campo, procuré incorporar estas intenciones, datos e interpelaciones como parte del material que analicé. Creo firmemente que no existe relación de investigación pura, de pleno entendimiento, ni de simetría de poderes en ningún campo, aun aplicando todos los dispositivos de control que estén a nuestro alcance. La mayoría de las veces la investigación (y más la de tipo etnográfica) es una actividad extraña, esquiva y difícil de explicar, incluso entre nuestros mismos pares. No creo que exista solución acabada para este problema, salvo de manera ilusoria. Registrar y analizar aquellos momentos de incomprensión, confusión e incomodidad, fue la solución parcial, de momento, para esta investigación.

La inestabilidad laboral y la movilidad etnográfica

Como ya describí, los lugares de trabajo de los jóvenes de esta investigación son diversos y cambiantes. Distintas casas, distintos patrones, por períodos casi siempre cortos. Dependiendo del empleador, del equipo de trabajo, de la tarea para la que se es convocado, del pariente, amigo, vecino o conocido que haga la recomendación, corresponden códigos de comportamiento, de interacción, posibilidades de reclamo, exigencias y expectativas diferenciales.

La norma, en casi todos los casos, es la movilidad. Aunque, en primera instancia, esta movilidad ocupacional se parece poco a la fluidez posmoderna hiper-agenciada descripta por algunos de los etnógrafos multi-locales (los que adscriben más acríticamente al planteo de Marcus) y se asemeja más a la inmovilidad existencial de la que habla Hage en su estudio sobre familias transnacionales (2005). Sus empleos, en general, no duraban más de dos meses cada uno. Se intercalan con tiempos de escasez, desempleo y nuevos empleos.

La adquisición de un carácter móvil en la aproximación etnográfica (una movilidad institucional y escénica) me permitió asir metodológicamente unas trayectorias y prácticas laborales que, no por informales e inestables, dejaban de presentarse como comunes y estructurales a un conjunto de jóvenes del barrio, que compartían una misma posición social. En este sentido, el abandono de situaciones y lugares relativamente cerrados, con límites definidos, así como también de grupos esencializados, con identidades fuertes y consolidadas, ganaba en complejidad de comprensión de lo que denomino cultura del trabajo. El recorte de mi referente empírico y analítico de investigación es solidario con esta definición teórico-metodológica: estudié prácticas de jóvenes de clases populares, no tanto definidos por su pertenencia a un grupo de sociabilidad estable (un establecimiento educativo, o laboral, o una “banda”, etc.) como por una relación de homología estructural: “vale decir: de diversidad en la homogeneidad que refleja la diversidad en la homogeneidad característica de sus condiciones sociales de producción […] cada sistema individual de disposiciones es una variante estructural de los otros, en la que se expresa la singularidad de su posición en el interior de la clase y de la trayectoria” (Bourdieu, 2010c: 98). En el proceso de construcción del problema de investigación sociológica, como ya planteé, abandoné progresivamente la búsqueda de una cultura correspondiente a un grupo, para analizar críticamente la economía simbólica producida en un sistema relacional. La pregunta de investigación, en ese sentido, se asienta en un conjunto de relaciones de homología (históricamente producidas) entre escenas, entre posiciones y entre dimensiones.

Haber escogido una estrategia etnográfica localizada me hubiese significado una gran pérdida de datos. La estrategia móvil o multi-local[4], por su parte, habilitó un plus-de-reflexividad para romper con una mirada sociocéntrica (Grignon y Passeron, 1991) sobre la vida laboral, que parcialmente, como investigador, compartía con buena parte de los funcionarios del PJMYMT: una mirada que asimila el mundo del trabajo (como universal) al particular ideal de empleo de una fracción de la clase media, a la rutina de oficina (un lugar cerrado) del sector de servicios con sus códigos de etiqueta (Bourgois, 2010), su organización del tiempo en horario comercial, su disposición semanal en días “hábiles”, fines de semana, feriados, derechos laborales garantizados por ley, etc. (imagen que ni siquiera corresponde necesariamente con la realidad laboral de la mayor parte de la clase media de servicios).

En esta visión sociocéntrica –que medía el trabajo de las clases populares con la vara de una fracción de la clase media y encontraba allí carencias de condiciones, actitudes y valores– se basaba el diagnóstico de la “falta de cultura del trabajo” que había llevado a interesarme por la vida laboral de estos jóvenes. Como antes sostuve, el recorrido por este circuito implicó también un recorrido reflexivo a contrapelo de la tendencia dominomórfica, atada a la fijación localizada del mundo del trabajo, de fundamentos sociocéntricos y consecuencias metodológicas para la investigación. Esta movilidad, además, me permitió descentrarme del espacio estrictamente laboral y del proceso de trabajo en sí, para acompañar a los jóvenes en diversas escenas de su vida (Weber, 2001; 2008).

Hacia una etnografía multi-integrativa de la cultura del trabajo

De esta manera, entiendo que el conjunto de prácticas que analizo bajo la lente de la cultura del trabajo se vuelven comprensibles en el marco de las interconexiones entre distintas escenas sociales, es decir, entre universos de referencia y socialización en el que las interacciones cobran significado para los participantes (Weber, 2001: 485). Esta propuesta conceptual contiene, según Florence Weber, una serie de sitios relacionados por una definición común de la situación (maneras legítimas de interactuar y construir respeto, diferencia y dignidad en la escuela, en el trabajo, en la familia, en oficinas estatales).

La propuesta de etnografía multi-integrativa sigue las líneas de descentralización de la mirada de la investigación sobre las clases populares, antes orientadas con exclusividad a lugares identitarios más habituales (fábrica, barrio obrero, etc.), en la búsqueda de estudiar la vivencia de la dominación en todas las áreas de existencia para agentes que son, a la vez, “obreros” y “personas” (Weber, 1991: 189; Beaud y Pialoux, 2015). Esto no implica, bajo ningún punto de vista, adscribir a los discursos sobre la posmoderna fragmentación subjetiva e identitaria y la pérdida de centralidad del trabajo en la vida de las personas. Antes bien, atiende a la generación de una estrategia metodológica que, aún interesada en investigar la vida laboral, no puede seguir haciéndolo como si el mundo del trabajo se organizara todavía como en el primer cuarto del siglo XX. Como sostienen Beaud y Pialoux, de lo que se trata es de adoptar una visión caleidoscópica del mundo popular, que articule el análisis de la producción y reproducción de la vida social, de las relaciones de dominación y explotación, de reproducción intergeneracional, así como las condiciones sociales de construcción de autoestima y dignidad personal (Beaud y Pialoux, 2015).

El aporte de Florence Weber consiste en pensar conjuntamente el lugar de la producción (fábrica) y el lugar de la reproducción (complejo habitacional) en la vida de las clases populares (Weber, 2008). Esto pone en evidencia la profunda imbricación entre la definición de dominios de la realidad en la construcción del problema de investigación (la fábrica o empresa como locus epistemológico de lo laboral) y el ingreso a campo atado a dichos dominios (las posibilidades de una mujer de clase media, como Weber, para ingresar a un ambiente eminentemente obrero y masculino como la fábrica). A partir de este obstáculo para el estudio de Weber surge, justamente, su interés particular: la búsqueda de una articulación de discursos, prácticas y posiciones de la clase obrera, tanto dentro como fuera de la fábrica.

Esta posibilidad de articulación es lo que aquí llamo homología entre escenas sociales. En ningún sentido esta propuesta renuncia a recuperar la dimensión estructural de la vida social. Sin embargo, reprime la compulsión a construir cualquier ámbito de acción como campo en el sentido en que Bourdieu lo define (Gutiérrez, 2012; Martín Criado, 2008), cuando esta categoría tiene, en realidad, un espectro conceptual mucho más preciso.

Los entrecruzamientos entre las escenas laboral, familiar, escolar y estatal que observé en mi trabajo de campo dan cuenta de las posibilidades de agenciamiento, traslación, préstamo y desplazamiento de lógicas de acción asociadas a espacios interaccionales con normas de comportamiento diferentes (Weber, 2001: 487). Una estrategia etnográfica móvil (es decir, no centrada exclusivamente en el espacio laboral ni en el proceso de trabajo) permite captar estos movimientos como una práctica relevante para la cultura del trabajo, a la vez que intenta adoptar la forma y adaptarse a la dinámica de la vida laboral –efectivamente existente y no imaginada como reminiscencia histórica del mundo obrero– de los jóvenes de clases populares. Como sostiene Claudia Fonseca, se trata de trabajar los márgenes, los flujos y entre-lugares para evitar la reificación de los objetos de investigación (Fonseca, 2005).

Esta manera de disponer campo y análisis no sólo construye la razonabilidad de estas prácticas, pensando la singularidad de su propia dinámica y su formato en espacios y entre escenas, sino que a partir de su articulación integrativa (Weber, 2001), se resiste a renunciar a la densidad conceptual y la potencialidad interpretativa de la desigualdad como dimensión constitutiva de estos procesos sociales.

Una vida trabajando: trayectorias, búsquedas y experiencias laborales de los jóvenes

Las trayectorias de muchos de estos jóvenes comenzaron de maneras similares. Muy tempranamente (a partir de los 11 o 12 años) encontraron ocupaciones en la rama del comercio, la construcción o el servicio doméstico, dando continuidad al empleo de sus padres y madres, quienes trabajan en estos sectores de actividad. Aún sin poseer títulos de nivel medio, muchos de estos jóvenes han llegado a un nivel educativo formal superior al de los adultos en sus familias, quienes muy excepcionalmente completaron el secundario.

Estos jóvenes comenzaron sus trayectorias en empleos de corta duración, inestables y no registrados (Mendoza, 2011; Longo, Deleo y Adamini, 2014). Muchos de ellos seguían en esas condiciones cuando los conocí. Como mostraré en este texto, el influjo de estas primeras experiencias parecía mantenerse vigente en marcas corporales y simbólicas, como así también en parámetros de evaluación del resto de sus experiencias y proyectos laborales. La relevancia de dos de estas ramas de actividad (construcción y servicio doméstico) no sólo estriba en la iniciación de sus biografías, sino también en la asociación –estadística e imaginaria– que estos sectores económicos poseen en relación a las posiciones que las familias de clases populares ocupan en el espacio social.

Las narraciones de estos jóvenes indican que, fundamentalmente en sus primeras experiencias, no fueron ellos quienes buscaron trabajar, sino que los empleos “los encontraron” a ellos. Vecinos, conocidos de la iglesia, dueños de los negocios del barrio, que ofrecían puestos precarios e inestables, en general en tareas poco calificadas, dieron con ellos por medio de sus familiares o por contacto directo. De alguna manera, esto habla del lugar de los adultos en la configuración de las inserciones laborales juveniles, es decir, de su rol en tanto productores de los horizontes de posibilidad juveniles.

En general, los jóvenes procesaban y explicaban su motivación para “salir” a trabajar por una multiplicidad de objetivos: ahorrar dinero, tener plata para el “vicio”, el “celular” y la “ropa” (Wilkis, 2012). Otros “debían” salir a buscar un empleo ante el “abandono” de la escuela: “no me podía quedar en mi casa al vicio”. Es muy común escuchar a los padres hablar del trabajo como una especie de castigo por la no-escolarización: “Ah, m´hijito, acá si no estudia, trabaja”[5].

Muchas de esas primeras ocupaciones tuvieron un anclaje territorial. Cuando los jóvenes se insertaban en comercios, la gran mayoría era en el barrio. Generalmente la atención al cliente en la zona céntrica establecía parámetros de selección demasiado altos para muchos de ellos, en términos de “dicción”, “apariencia” y capacidad de movilidad espacial. En el caso de la construcción, las redes laborales tenían un fuerte asiento entre los vecinos.

Otra característica sobresaliente de sus inserciones laborales emerge a partir de la relación que los jóvenes establecen con sus teléfonos. En mi investigación siempre resultó complejo contactarme con ellos, dado que sus celulares (en general pre-pagos) eran permanentemente perdidos, robados o estropeados. Al no tener “abono”, muchas veces preferían comprar uno nuevo o conseguir un chip prestado o “liberado”, cambiando automáticamente el número de teléfono. La forma más eficaz de encontrarlos con seguridad, casi siempre, era asistiendo directamente a sus casas. Por la misma razón, era muy común que, para estos trabajos, los empleadores fueran a buscarlos a sus hogares y a hablar con sus familiares adultos.

Muchos se iniciaron trabajando con sus padres o tíos. Esto se justificaba no sólo como una estrategia de formación, en la que los jóvenes aprendían, en la actividad misma, las competencias mínimas del oficio, sino que además funciona como una estrategia colectiva de acumulación económica (Aimetta y Santa María, 2007). El pago que recibían a cambio era casi siempre muy inferior al pago promedio en relación al tipo y la cantidad de trabajo realizado[6]. Sin embargo, esta tendencia actuaba como un aporte a las arcas familiares, que generaban distintos formatos de ahorro colectivo a largo plazo, con el objetivo de ampliar sus viviendas, construir nuevas edificaciones, comprar materiales y hasta poner nuevos emprendimientos enmarcados en la economía informal. Esto se daba tanto en el ámbito de la construcción como en el del trabajo doméstico. Llevar a las hijas a limpiar a determinados hogares o empresas contribuía a alivianar la presión laboral de las madres –en general más sobrecargadas de trabajo que carentes de éste– pero también insertaba a las jóvenes en redes en las cuales el conocimiento y la presentación personalizada funcionan como barreras de acceso esenciales para sus inserciones.

En el marco del PJMYMT había una gran expectativa puesta en torno a la confección de los CV de los beneficiarios. Varias jornadas de los talleres eran dedicadas a esta tarea. Luego, era común escuchar que tutores y relacionadores exigieran que los jóvenes los tuviesen siempre listos y completos. Cada vez que algún beneficiario era postulado para comenzar un entrenamiento laboral, enviaban sus CV a las empresas como una especie de simulacro de un proceso de selección (en general enviaban solo el número justo de postulaciones correspondientes a los puestos vacantes, dependiendo del tipo de proyecto acordado con la empresa). Sin embargo, cada vez que esto sucedía, tutores y beneficiarios se veían en la necesidad de hacer el CV prácticamente desde el inicio. Las versiones digitales se perdían, junto con las claves de sus emails y sus celulares. Las copias en papel que poseían estaban hechas con datos desactualizados y los números de teléfono en general habían cambiado.

Era muy poco usual que estos jóvenes buscaran trabajo asistiendo a convocatorias que encontraban en páginas de internet o en los avisos clasificados en el diario. Por esta razón, era muy excepcional el uso de esos CV que habían logrado conformar. Las pocas veces en que lo hacían, para convocatorias en call centers (mujeres) e industrias (varones) solían quedar decepcionados. Aun siendo puestos sumamente precarios en el marco de la economía “formal”, las empresas ponían en juego una serie de mecanismos que eliminaban a estos jóvenes en las primeras instancias de selección. El primero de los mecanismos es la exigencia de titulación secundaria. El piso en cuanto a credenciales educativas en muy poco se relaciona con las tareas específicas del puesto al que se aspira. Esta exigencia casi siempre funciona como un filtro pre-establecido en términos de trayectorias institucionalizadas, socialmente operado por otros agentes (fundamentalmente por el Estado). El segundo mecanismo más importante es el de las entrevistas grupales. En su habla, los jóvenes ponen en juego la particular forma de capital cultural legítimo incorporado como “competencias lingüísticas” (Bourdieu, 2003). Reaparecen, en esta instancia, todos los eufemismos que, en manuales, cursos y recomendaciones, utilizan la noción de “neutralidad” para disfrazar la valoración de determinadas marcas de clase y la estigmatización de la mayoría de las estéticas, estilos y prácticas de habla popular entre estos jóvenes (Kessler, 2012).

La no-posesión de título de nivel medio no sólo frena sus aspiraciones a los puestos de trabajo estables y formales. En aquellos pocos casos en los que pude registrar trayectorias que finalizaran su escolaridad obligatoria, no observé una modificación consiguiente de sus búsquedas laborales. Los métodos más comunes de inserción –por vía de redes personalizadas (Deleo y Pérez, 2014)– emergen adaptados a disposiciones laborales formadas históricamente en condiciones de desposesión relativa de capital escolar, pero además, en trayectorias ocupacionales familiares sumamente ancladas en las ramas mencionadas y en condiciones de informalidad y precariedad.

En estas condiciones y con estos itinerarios, jóvenes del mundo popular (caracterizados por posiciones sociales homólogas) llegaba a la puerta de la Oficina de Empleo en busca de, a la vez, mucho más y mucho menos que un trabajo.


  1. Para una discusión sobre las implicancias en la reconstrucción de trayectorias sociales desde este tipo de herramientas conceptuales, ver Jiménez Zunino (2015).
  2. La necesidad de recuperar críticamente la idea de sitio no desconoce que debe fundarse en una tradición antropológica de larga data y comienza por recuperar la pretensión de etnografías “totales” (Malinowski, 1986; Beaud y Pialoux, 2015).
  3. Ver “Introducción. La sociedad argentina y la vagancia”.
  4. Formulada de esta manera para la reflexión, aunque en un principio haya implicado, antes que un plan metodológico, una intuitiva resistencia a centrar mi atención en un espacio producido como específicamente laboral, siguiendo a estos jóvenes por una serie de sitios institucionales distintos.
  5. Aquí hago referencia explícitamente a sus justificaciones (racionalizaciones ex post) y no a las motivaciones efectivas de su acción. La teoría de la práctica implica la conformación de explicaciones que articulan y complejizan múltiples determinaciones y producciones, condicionamientos y percepciones.
  6. Vargas sostiene que el imperativo de la “confianza” en estas redes de inserción funciona como un fuerte incentivo para la aceptación de la dilatación de los pagos y el incumplimiento de las condiciones pactadas (Vargas, 2005).


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