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4 La vida doméstica del trabajo

Separar, cuidar, limpiar

Saber separar

Durante una entrevista, le pregunté al relacionador de la OE del barrio si en el marco de sus entrenamientos laborales percibía problemáticas específicas relacionadas al género entre los beneficiarios del PJMYMT. Me respondió que lo que observaba era, más bien, una “inmadurez” generalizada, propia de la inexperiencia laboral. Luego comentó que mientras que los varones “muy probablemente van, laburan y listo”, las mujeres siempre terminaban “armando” problemas de “dimes y diretes”: “que el jefe me dijo esto y no me gustó… que tal me trató así o asá… el problema, en el fondo, es que no saben separar el trabajo de las relaciones personales”.

En una cooperativa que funcionaba como depósito de supermercados de la zona se desarrollaba un proyecto de entrenamiento supervisado por este relacionador. Los monitores que tenían a su cargo a los beneficiarios del programa me describían la situación de los jóvenes que llegaban a la empresa por intermediación de “planes”. Diferenciaban entre el PPP (“más político”) y el Plan “Municipal” (PJMYMT), en donde observaban mayor “preparación y contención” de los beneficiarios. El denominador común, sin embargo, era la “problemática situación de origen” de los jóvenes. Ricardo, uno de los encargados, me explicaba: “muchos problemas traen… vos los hablás, pero no hay forma. No los vas a cambiar. Y cada mañana es un dolor de cabeza… te faltó este, este, este… faltan porque tienen problemas en la casa, porque tienen que cuidar a la hermana, porque se pelearon con algún familiar… porque no saben separar la casa del trabajo”.

Esta denuncia fue recurrente a lo largo del trabajo de campo. En estas argumentaciones, la importancia de esa separación se justificaba en la evitación de conflictos en ambos espacios (el doméstico y el laboral). Muchos de los agentes especialistas (adultos, en general mejor posicionados en el espacio social) mostraban su disconformidad con la indistinción de esferas por medio de la cual los jóvenes orientaban su práctica en los empleos y entrenamientos laborales. La afirmación señalaba tres cuestiones simultáneas y paralelas: 1) la existencia de –al menos– dos esferas separadas en la vida social (la de la “casa” y la del “trabajo), con códigos de interacción, valoración y justificación diferenciales y específicos; 2) la necesidad de sostener con acciones dicha distinción de escenas (el trabajo de “separación”); y 3) la incapacidad de los jóvenes para reconocer y definir correctamente las situaciones de interacción en las que se encontraban (“trayendo” a colación razones, valores y comportamientos inadecuados).

Como ya señalé en otros trabajos (Assusa, 2018), la valoración oficial y pública del ordenamiento institucional y formal de las interacciones en el trabajo era permanentemente tensionada y negociada por beneficiarios, agentes escolares y operadores de la OE, en las diversas escenas de la vida social del barrio. La incomodidad de estos agentes ante la presencia de familiares de los jóvenes en espacios [por ellos definidos como] institucionales se basa en el diagnóstico de dicha presencia como una intrusión externa e impropia, que transpone autoridades no equivalentes (Boltanski, 2000: 22) en el marco de esferas de valor diversas (Massengil y Reynolds, 2010: 497).

El mundo social en esferas: el origen conceptual de “lo doméstico” y “lo laboral”

Las ciencias sociales han narrado el devenir de la sociedad moderna capitalista, con Max Weber como analista canónico que delineó los puntos nodales de las discusiones en torno su constitución histórica y la disposición objetiva de mundos (o esferas) de recursos morales en conflicto. Como bien sostiene Zelizer (2009), la captación de la tendencia de autonomización entre escenas sociales que enmarcaban vínculos de diversa naturaleza relacional no es exclusiva de una u otra teoría, sino que funciona como un supuesto ontológico transversal (aunque siempre en tensión) en las teorías sociales occidentales[1].

Con raíz en este supuesto, la caracterización weberiana del capitalismo moderno tiene un fuerte basamento en una separación fundante entre el espacio doméstico (hogar) y el espacio laboral-industrial (empresa). Si el capitalismo está igualmente caracterizado, en su pensamiento, por la organización racional-instrumental del trabajo formalmente libre, por un lado, y por la contabilidad racional y la separación jurídico-patrimonial, por el otro, ambos elementos se basan en la primera escisión[2].

Como intenté establecer con la descripción de las situaciones, juicios y críticas cruzadas respecto de la “in-distinción” de las esferas de la vida social en el comportamiento laboral de los jóvenes de clases populares, dicho proceso de escisión dista de ser total y completo. Antes bien, como señala Zelizer, las constantes mezclas, separaciones, transacciones e inconsistencias entre lazos íntimos y vínculos movilizados por la racionalidad “económica”, ponen de relieve un conjunto de interrogantes (prácticos y analíticos) sobre la naturaleza de las relaciones sociales entabladas y, por lo tanto, de las definiciones situacionales acordadas a tal fin (Boltanski y Thévenot, 2006; Boltanski, 2000). En este sentido, la constitución de lo que se denomina “mundos hostiles” (Zelizer, 2009; Wilkis, 2013, 2014) o “ideología de las esferas separadas” (Blair Loy, 2010) no es resultado de un desarrollo puramente estructural o autónomo, sino que es producto del trabajo significativo de separación de las personas y del trabajo relacional invertido en la negociación de los significados de los vínculos sociales, en su institucionalización, mantenimiento, reformulación, distinción y finalización.

El argumento de Zelizer en torno a la necesidad de comenzar a responder los interrogantes acerca de la naturaleza relacional de los intercambios de distintas esferas en términos de “vidas conectadas” (Zelizer, 2009) abre, consecuentemente, dos frentes de batalla conceptual paralelos: 1) el de la existencia efectiva (aunque histórica y contingente) de esferas de valor diferenciadas y 2) el del campo abierto para la acción significativa de los agentes en sus márgenes y fronteras (las prácticas de crítica, justificación, clasificación y legitimación a las que vengo haciendo referencia).

Las esferas de valor: familia y trabajo

Conceptualizo el origen de estas menciones y recursos a la distinción entre el ámbito de relaciones “personales” y “laborales” como esferas de valor: reinos de actividad diferenciados, productos del proceso de racionalización moderno occidental, es decir, de la conciencia creciente de autonomía normativa, axiológica y causal de estas esferas (Brubaker, 1984). Si bien posee una mayor densidad metodológica, la noción de escenas sociales (Weber, 2001)[3], acuñada por Florence Weber en sus etnografías, funciona de manera homóloga a la de “esferas” y presenta la virtud de indagar sobre la articulación estructural entre la escena residencial y la escena laboral en la vida de la clase obrera (Weber, 2008)[4], reconociendo lógicas singulares de interacción y valor para cada una de ellas. El modelo analítico de Boltanski y Thévenot (2006) sobre los principios equivalenciales puestos en juego en distintas prácticas de justificación y crítica remite también a procesos de autonomización de esferas[5], aunque con algunos problemas metodológicos para mi investigación que iré señalando en el proceso de análisis.

Si bien estas distintas esferas de valor tienen una inherente consistencia racional típico-ideal hacia su interior, entre sí se cruzan e inter-penetran en un conflicto objetivo, resultado de “procesos de racionalización divergentes” (Brubaker, 1984: 78). Estos conflictos, estructuralmente irreconciliables, que tienden a manifestarse en desarreglos interaccionales en situaciones como las que describí anteriormente (en las que se denuncia el recurso a códigos, modelos o valores impropios para el espacio del que se trata), suelen resolverse a partir de “orientaciones de valor individuales”: en la medida en que es imposible una prevalencia racional, la elección decide, justamente, entre “criterios de racionalidad” diferentes (Brubaker, 1984: 87).

Las situaciones que fui registrando en mi trabajo de campo respondían a una forma específica de “cortocircuito” entre dos esferas en particular: el ámbito de lo laboral / económico / institucional y el ámbito de lo familiar / doméstico / personal. Como nos advierte Lenoir, la versión weberiana de la “separación moderna” de esferas define ya al espacio doméstico como un terreno de competencia específicamente familiar, ámbito por excelencia de negociación personalizada y de represión del espíritu de cálculo (Lenoir, 1993: 77; Da Matta, 1978; Martín Criado, 2010), espacio privilegiado de la “economía de los cuidados” (Bourdieu, 2006), del “desinterés”, la “afectividad” y las “emociones” (Canevaro, 2011), la “felicidad” y los “deseos” (Lenoir, 2005). El hogar se define, desde esta aproximación, como lugar en donde la dignidad de las personas depende de su posición jerárquica en una cadena de dependencias personales (Da Matta, 1978; Boltanski y Thévenot, 2006: 90) [6].

En todos sus sentidos, el espacio doméstico de la familia se opone al mundo exterior, a la “calle”, al mundo del “trabajo”: a una esfera económica[7] cuya tipología ideal se define por la racionalidad de tipo instrumental y productivista[8] (Weber, 2006; Lukács, 1985 [1923]; Boltanski y Thévenot, 2006). En oposición a las jerarquías personalizadas, basadas en la intimidad doméstica, la consideración, el favor y el respeto (Da Matta, 1978), la calle (como representación del espacio público en donde toma forma la vida laboral) se configura en torno a códigos universalistas e individualistas, “propios de las clases dominantes” adscriptas a modos de interacción impersonales (Da Matta, 1997)[9].

Como ya planteé, el interés de estas distinciones se centra en las disputas en torno a conflictos-entre-mundos y en las justificaciones y críticas cruzadas sobre la legitimidad de los traspasos de personas y recursos entre esferas. De esta manera, intento sostener que la capacidad de imponer fronteras y criterios entre “esferas autónomas” forma parte de los recursos desigualmente distribuidos en el espacio social y, por lo tanto, de las posibilidades desiguales de justificación y legitimación de las prácticas de estos jóvenes.

Justificación, clasificación y enclasamiento

En la senda de lo que sostiene Zigon, vuelvo sobre registros, descripciones y análisis de momentos de ruptura moral (Zigon, 2007: 137) como instancias de problematización que ponen en juego repertorios sociales y personales para la resolución de “dilemas éticos específicos” en respuesta a la demanda práctica del keepgoing[10]. Estos momentos permitirían, a su vez, un acceso privilegiado al modo en que se forman y re-forman las disposiciones morales irreflexivas de los sujetos (Zigon, 2007: 148), pues ponen al descubierto la economía simbólica de la cultura del trabajo, sistema de clasificaciones morales sobre la capacidad de los jóvenes de clases populares para transitar estas distintas escenas sociales (Weber, 2001)[11] y para legitimar o impugnar las posiciones que ocupan y las acciones que realizan (Noel, 2014).

En orden a reconstruir conceptualmente las operaciones simbólicas simultáneas de distinción de esferas y justificación/crítica de acciones (como las que describo en este capítulo), la propuesta de Boltanski y Thévenot (2006) aporta un conjunto de herramientas para explicar la manera en la que los actores procesan conflictos y situaciones interaccionales en los momentos en los que se ven requeridos de justificar sus propias acciones. Como puede observarse en las disputas sobre la necesidad de que los jóvenes no “trasladen” sus problemas y costumbres personales o familiares y sus sensaciones o emociones íntimas al ámbito de trabajo (y viceversa) para evitar problemas, las prácticas de justificación y crítica implican, simultánea y constitutivamente, un trabajo de clasificación (Boltanski y Chiapello, 2002): proceso de legitimación en el que se ponen en juego principios de equivalencia (Boltanski y Thévenot, 2006: 10; Boltanski, 2000: 72) que remiten al acervo moral de cada esfera de valor[12].

Desde esta perspectiva, las personas confrontan contingencias situacionales recurriendo a economías de grandeza o valor[13], a partir de la construcción (precaria) de órdenes de legitimidad alternativos en forma de arreglos situacionales:

Para essa sociologia, a unidade elementar de observação é a situação na qual se encontram pessoas que estabelecem um acordo, em um espaço-tempo específico, sobre um “bem comum”, que configura um princípio superior que viabiliza o “viver junto”. Boltanski e Thévenot (1991) denominaram de “cité” (“cidade”, mas uma tradução mais apropriada seria “ordem”) esse modelo de “humanidade comum”, enquadramento mental –no sentido de frame (GOFFMAN, 1991a)– a partir do qual se dá um acordo em relação aos princípios do que é justo para seus membros, em nome de um “bem comum” visado, que permite estabelecer uma relação de equivalência entre os seres (Freire, 2010: 130)[14].

Sin embargo, como ya mencioné respecto del enfoque de Lahire (2004), las herramientas conceptuales de la perspectiva de Boltanski y Thévenot resultan también insuficientes para interpretar aquellos datos de la investigación que ponen de relieve que las competencias de juicio, pretendidamente genéricas o metafísicas (Boltanski, 2000: 20; Dodier, 2005: 149), se manifiestan desigualmente distribuidas y con aceptaciones y legitimidades diferenciales[15]. La determinación y diagnóstico (Boltanski, 2000: 65; Nardacchione, 2011: 174) de los principios de equivalencia válidos para cada situación (en el lenguaje de la sociología pragmatista, la determinación de las economías de dignidad aceptables para determinadas escenas interaccionales) ocupa buena parte de las disputas en la OE y en los lugares de trabajo de los jóvenes que a ella asisten.

A raíz de esto, las prácticas de justificación son analizadas aquí como una forma específica de prácticas de clasificación, enclasamiento y distinción, particularmente insertas en situaciones interaccionales y emergentes en torno a conflictos o problematizaciones específicas del ámbito laboral. Esta equivalencia (con el resto de las formas de enclasamiento y distinción que he estudiado en este libro) las re-articula en el esquema general de distribuciones y clasificaciones que implica una mirada relacional de la cultura del trabajo.

La coincidencia de esferas y el empleo doméstico

La asociación estructural existente entre mujeres de clases populares e inserción laboral en el servicio doméstico se manifiesta con fuerza en las trayectorias de la mayor parte de estas jóvenes[16]. Su temprana iniciación en el empleo doméstico funciona como equivalente de las primeras experiencias de los jóvenes varones en la rama de la construcción, constituyéndose como momento clave de la producción de los agentes (Martín Criado, 1998).

Por otra parte, la materialidad misma de este tipo de oficios vuelve sus inserciones particularmente significativas para desentrañar la problemática de la separación de esferas. Dado que la mayor parte de los empleos de servicio doméstico se realizan en hogares (salvo en los casos de empresas de limpieza o de contrataciones particulares para estudios profesionales o afines), las experiencias laborales fundantes de estas jóvenes (que en muchos casos se prolongan como constantes a lo largo de sus trayectorias) suceden en espacios familiares, privados e íntimos, es decir, en el marco de una [problemática] coincidencia y tensión espacio-temporal (Bisio y Busso, 2012) de trabajo y domesticidad (ajena). De esta forma, el servicio doméstico condensa, en su desarrollo, relaciones de reciprocidad, jerarquía, encuentro de clases sociales estructuralmente desiguales y relaciones de afectividad: una combinación inestable de proximidad física y distancia social, racionalidad económica y vínculos emocionales (Canevaro, 2011).

Resulta significativo, por esta razón, el término nativo utilizado para nombrar esta ocupación: “trabaja en casa de familia” solía ser la manera en la que casi todos los jóvenes respondían cuando yo les preguntaba por la ocupación de sus madres. La mayor parte de las tareas que definen el empleo doméstico resultan también características del tipo de vínculo des-interesado y des-monetarizado que constituye a la familia como ámbito desanclado de racionalidad instrumental: la alimentación, la limpieza, el cuidado de niños[17].

Este solapamiento de escenas sociales (Weber, 2001; 2008)[18], que pone en jaque la tendencia autonomizante de las esferas de valor (Brubaker, 1984), funciona a su vez como condición de homología estructural para la transposición de recursos, saberes y categorías entre las escenas doméstica y laboral en muchas de estas trayectorias. Como intentaré mostrar, esto permite y promueve que las jóvenes se vean en la situación de negociar, simultáneamente, su valor como madres, como mujeres y como trabajadoras, tanto en los espacios de domesticidad ajenos mediados por la relación salarial, como en los espacios de domesticidad de sus propias familias, sujetos a articulaciones y equilibrios escrupulosos de tiempos, esfuerzos y cuidados (Martín Criado, 2010). Desde esta perspectiva, describiré una serie de situaciones en las que conflictos, disputas y críticas cruzadas ponen de manifiesto la transposición de saberes, competencias, categorías y juicios entre la escena laboral y la escena doméstica-familiar en estas trayectorias.

Madres, estudiantes, trabajadoras

En otros trabajos (Assusa, 2018) describí la preocupación y esfuerzos de algunas jóvenes por mantener a sus hijas [mujeres] “a salvo” de vivenciar experiencias de riesgo o disruptivas a nivel familiar (sexo, alcohol, drogas, violencia). También narré la manera en la que las complicaciones para organizar el cuidado de sus hijas mientras asisten a la escuela o al trabajo les implica superponer muchas veces estas esferas, viéndose juzgadas y valoradas, simultáneamente, como trabajadoras, estudiantes y madres.

Sus casos no eran excepcionales. El problema de la articulación de tiempos es recurrente y central en las trayectorias de las jóvenes (fundamentalmente entre las que son madres), mientras que se mantenía ocluido o disimulado en la vida de los varones (incluidos aquellos que eran padres de familia). Qué hacer con sus hijos durante el tiempo en el que, por la razón que fuere, las jóvenes dejaban el espacio doméstico, era algo que debían resolver con malabares logísticos de cuidado y redes familiares, y significaba siempre un plus-de-limitación a la hora de insertarse laboralmente: aceptar un empleo implicaba un cálculo de turnos cubiertos, tiempos escolares, tiempos de traslado, costos morales y materiales del cuidado supletorio, etc.

Durante uno de los estadios en que Inés, con su hijo aún bebé, dejó su casa materna, consiguió un trabajo “cama adentro” en un negocio culinario que ofrecía delivery de viandas. El local se ubicaba en un barrio de clase media en la zona norte de la ciudad. Sus patrones no permitían que Inés hiciera los repartos con su bebé “a cuestas”, argumentando que daba una “mala imagen”: sostenían que “daba la impresión” de que Inés estaba “pidiendo” antes que “trabajando”. Cuando volvía de sus rondas al negocio, encontraba a su hijo en la cuna, llorando, sucio y “escupido” por la hija de sus patrones, que tenía alrededor de 5 años. Ante sus reclamos y enojos, la pareja dueña del negocio tendía a minimizar la situación, diciéndole que exageraba.

Luego de una fuerte discusión a raíz de un golpe que su hijo había sufrido por falta de atención y cuidado de los adultos a cargo durante su ausencia, Inés decidió renunciar y volver a vivir con su madre, con quien no se dirigía la palabra hacía varios meses. Inés siempre criticaba a sus amigos y amigas por no saber “aguantarse” las cosas en el trabajo. Hablando de una de sus compañeras del POI, sancionaba: “no sé si va a encontrar algo [empleo] porque es muy cocorita y no se banca agachar la cabeza”. El límite de la virtud laboral de “soportar cualquier cosa” (con tal de conservar el empleo) apareció cuando su propio hijo se vio afectado por la falta de cuidado (en este caso, de la expectativa de cuidado de otros adultos): “agacho la cabeza cuando se trata de mí, pero no cuando se trata de mi hijo”.

Cada tanto, ya viviendo en la casa de su abuela paterna, conseguía changas cuidando niños durante uno o dos meses, tiempo en el cual “arreglaba” con la madre de su novio para que se encargara de cuidar a su hijo. Cuando le cambiaban los horarios o su suegra no podía organizarse un día para ayudarla, terminaba dejando el empleo.

Inés consiguió sus primeras ocupaciones por vía de redes de intercambio personalizadas. La familiaridad de esos vínculos (conocidos de sus parientes y de la iglesia a la que asistían) funcionó como condición de posibilidad para el acceso al espacio privado de otras familias, para limpiar sus viviendas o cuidar sus niños. Por su parte, los saberes y habilidades puestos en juego en estas ocupaciones se relacionaban directamente con su experiencia de maternidad o con la participación en las tareas domésticas en su hogar de origen.

Mirta narraba situaciones problemáticas similares: sus itinerarios laborales y las interrupciones en sus experiencias en torno a momentos y evaluaciones del cuidado de su hijo:

Bueno, trabajé ahí. Y después tuve que dejar porque no, no daba abasto. Y trabajé hasta… hasta marzo de este año. Y dejé. Y después, este año, empecé a trabajar en el jardín de mi cuñada, dando clases ahí de ritmos a los nenes. Después dejé. / ¿Y qué tal eso? ¿te gustaba? / -Sí, me encanta. Me encanta. Lo que pasa es que lo dejé porque de tanto faltar, mi hijo… me mandaron de la psicopedagoga con él. Porque yo trabajaba ahí los martes… trabajo hasta el día de hoy en un gimnasio… así que… En mi casa, que enseño los lunes, los jueves… los viernes, los sábados, los miércoles. Y los sábados, yo también, aparte, estudio en sangre latina, en el centro. Estudio reggaetón, todos los jueves. Voy de dos a cuatro. Entonces no me queda nada, nada, nada de tiempo. Y… vení Benja [reta a su hijo, colgado de la reja en el jardín de la casa]… y yo aparte a la mañana… a la tarde cuido otra nena también. A la siesta cuando él no está. De doce a cuatro más o menos. Entonces como que busco siempre… sí, yo puedo… sí, en esas horitas [imitando una conversación con alguna persona]. Vos me decís, podés en una hora, y yo me busco. Pero tenés que hacerlo hacer la tarea, ser ama de casa, hacer esto… entonces como que quiero hacer todo [de fondo se escucha una música del celular que su hijo puso]… / -Y con tu marido… / -Todo mal. O sea, por eso… [risas] nos llevamos requetecontra re mal. Como que él no me entiende ¿sabés que pasa? Nunca alcanza la plata para él. Entonces nunca… y eso que tengo… yo soy la que le paga a él [su hijo] el colegio, se lo pago yo. Yo pago las cosas de la comida, yo pago la luz. Pero para él nunca alcanza, no sé qué quiere él, que le muestre toda la plata así [hace el ademán de tener un fajo de billetes en la mano]. Viste, no es lo mismo que… tengo, pero viste cuando cobraste platita que la tenés toda junta así, vos podés decir, mirá… ¿Entendés? Él no ve mi plata. Porque yo la puedo… por eso te digo, yo la voy, así… voy teniendo y no ando mostrando lo que tengo. Entonces por ahí él dice que no se gana nada. Todo lo que yo hago no gano nada. Todo lo que hago para él no hago nada. Y eso… [Mirta. Profesora de danzas]

Las disputas con su marido (operario de la fábrica automotriz más cercana al barrio) hacían evidente que, más allá de no existir interdicciones explícitas respecto del trabajo de las mujeres, ellas siempre estaban expuestas a ser criticadas y juzgadas por el tiempo “quitado” a las tareas domésticas.

Natalia me contaba discusiones del mismo tono con su marido (militar): “que yo vaya a trabajar es todo un tema”. Me explicaba que había rechazado una oferta para “ponerla en blanco” en el salón de fiestas para niños donde trabajaba: “No, porque si no te tenés que quedar a vivir todo el día ahí… ocho horas por día y los sábados y domingo también… mi nena es chica todavía [4 años]. Como estoy ahora me pagan una plata por cumpleaños… hago unos pesos al menos y con eso nos podemos dar unos gustitos… ir al baile de vez en cuando… total, con lo de mi marido nos alcanza”.

La manera en la que estas jóvenes significan sus ingresos monetarios y los clasifican como “complementarios”, en gran parte de los hogares, reproduce su posición subordinada en el campo familiar, a la vez que habilita las condiciones para la descalificación simbólica de su aporte económico por parte de sus parejas varones. Estas definiciones articulan significaciones ambiguas sobre las estrategias laborales de las jóvenes, casi siempre ancladas en zonas grises o lindantes con la esfera de lo doméstico: el dinero que se consigue con sus trabajos se percibe en términos de “ayuda”, útil (“como complemento”) para los “gustos” o “antojos” propios y de menores, consolidando el lugar del “cuidado” en la construcción de su propia legitimidad[19].

Disputas por el espacio y las prácticas domésticas

Las críticas centradas en la esfera de la domesticidad eran tema recurrente de charla con las jóvenes. Natalia vive junto a su marido y su hija en un departamento construido al fondo de la casa de sus suegros. Sólo comparten el baño y su mantención (alternan los meses en que cada núcleo familiar compra los materiales de limpieza). Dice que con sus suegros se lleva “bastante bien”, aunque “por ahí se hacen los tontos y se meten en la crianza de la nena. Yo les pongo límites, porque si no, la gorda [su hija] no me va a hacer más caso… igual, no me hace caso, pero les pongo límites lo mismo por bronca”.

Inés debía encarar negociaciones similares a raíz de sus condiciones habitacionales (en un mismo terreno se habían construido tres viviendas, una para cada núcleo familiar). “Cada una [se refiere a ella, a la esposa del tío y a la mujer de su padre] cocina por separado y a lo sumo nos juntamos a tomar mates a la tarde, después de limpiar la casa. Pero me embola porque mi papá y mi tío entran todo el tiempo sin siquiera golpear la puerta… no tengo nada de privacidad”.

Me contaba que en el horario del desayuno nunca tenía apetito y era “por culpa” de su madre. Cuando iba a la escuela, en el turno tarde, su madre la despertaba recién al mediodía y la apuraba para llegar a las 12:30 al comedor de la institución: “Ahora que lo pienso, mi mamá era una vagaza bárbara… supongo que por eso yo también soy vaga. Yo me voy a tener que levantar temprano, así el chico no me sale también vago”.

Sabrina se quejaba porque su hermana melliza era poco solidaria en el hogar: “son re egoístas, hacen la suya, tienen su propia heladera en el patio y no les vayas a tocar un pedazo de cebolla ¡porque no sabés cómo se ponen! Cuando cocinan, lo hacen para ellos dos nomás. Volvió muy cambiada del viaje por Ecuador”. Ella, en cambio, cocina todos los días para la familia entera. Para su hija y su papá al mediodía y a veces, cuando sabe que su madre llega demasiado tarde, deja “cocinado” para la noche.

Los enojos y reclamos refuerzan la construcción del espacio familiar como un lugar protegido contra las lógicas instrumentales, individualistas y hostiles, propias del mundo del “afuera”, de la “calle”. La centralidad de la alimentación como condensación de la economía de los cuidados en las clases populares se vuelve objeto de evaluación, juicio y crítica por la determinación de del valor de estas jóvenes como “buenas madres”[20] (Martín Criado, 2010). En este sentido, la preocupación por poner límites a la autoridad de otros en el propio espacio doméstico implica un cierto resguardo del propio valor respecto de los demás.

La posición de la mujer ante la alimentación familiar en las clases populares pone en juego un esquema valorativo central: el de la buena madre. Las prácticas de estas mujeres se evalúan constantemente –en el hogar, entre vecinas, amigas, familiares– desde un modelo de “buena madre” que contrapone aquella que se “entrega” o “sacrifica” por dar lo mejor a su familia frente a la “cómoda” o “mala madre” que no cumpliría con estas exigencias. La buena madre ni mide ni calcula este sacrificio; ocupada siempre en el bienestar de su familia, se olvida de sí misma haciendo entrega de su tiempo, su esfuerzo, su cuerpo: supedita sus deseos y necesidades a los de sus hijos y marido (Martín Criado, 2010: 353-354).

Dignidades con carácter total

El carácter totalizante que toma la negociación por las dignidades simbólicas de los jóvenes se vislumbra también en la traslación de personas y recursos propios del “hogar” hacia otros ámbitos: asistir a la escuela o al trabajo acompañados de hijos, hermanos menores o madres, constituye, en la perspectiva de los jóvenes, un elemento justificatorio en sí mismo. En este sentido, la reconstrucción de las articulaciones entre escenas no sólo se ubica en un nivel estructural-analítico (en la interpretación del investigador), sino que se ancla en la dimensión práctica de los agentes, en los traslados y pasajes-entre-esferas de estas experiencias laborales.

Inés valoraba lo aprendido en la escuela y en la educación terciaria (discutiendo sobre la carrera de enfermería), no por su utilidad laboral (“no trabajaría de eso”), sino por la posibilidad de aplicarlo con su propio hijo y en su hogar. Muchas de las madres de estos jóvenes que habían terminado la escolaridad obligatoria en escuelas para adultos justificaban sus estudios por la necesidad de ayudar a sus hijos con la “tarea” y por poder enseñarles “cosas” durante su crianza.

Como ya sostuve, las características de las tareas laborales a las que muchas de estas jóvenes acceden (animación de fiestas infantiles, clases de danza para niñas del barrio, trabajos intermitentes de niñeras, de empleadas domésticas, de cocineras, cuidados de adultos mayores, etc.) refuerzan estructuralmente la transposición de saberes entre la esfera doméstica y la esfera laboral y, por lo tanto, la transposición del capital simbólico y moral entre estos espacios.

Natalia e Inés se conocían por haber cursado juntas al POI. “Somos del mismo signo”, me contaba Natalia, y luego aclaraba, “pero somos muy muy diferentes”:

Ella no es muy positiva, no sabe qué hacer y no se termina de decidir. El otro día me contó que estaba empezando un curso de electricidad… ¿para qué? Si no va a buscar trabajo en una casa de electrónica… además, es medio rebelde: todo el tiempo se quiere hacer ver. Y para colmo tiene muy mala yunta. Yo conocí a una amiga suya que ella me presentó ¡Un desastre! Yo cuando voy a la casa tomamos mate, lo vamos a buscar al nene, hablamos del trabajo. Es una madre. Pero cuando está con las amigas, anda todo el día en la calle. Me la cruzo siempre sin el gordo [el hijo]. Ya es madre, se debería rescatar un poco[21] [Natalia. Beneficiaria del PJMYMT].

Su clasificación como “madre de familia” basta para definir y restringir una circulación ideal por determinados espacios (la percepción de su presencia en la calle en términos de “exceso”), una vinculación con determinadas personas (la dignidad de las amigas y amigos) y una aspiración a determinadas ocupaciones (la interdicción tácita de empleos que se significan tradicionalmente como masculinos, como el de electricista): la madre como representante de la unidad familiar se ancla, simbólica y moralmente, en la vida “cerrada” del hogar de clases populares (Hoggart, 2013).

En un contexto en el que la capacidad de cuidado se constituye en un capital central para sus inserciones en empleos, también el cuidado de sus propios hijos determina las rupturas de relaciones laborales. La reclasificación de los términos relacionales en el espacio de trabajo, involucrando los vínculos de cuidado entre familiares (la presencia de hijos o su referencia), modifica la definición de la situación interaccional y, por lo tanto, los patrones de comportamiento y legitimación. La percepción del espacio laboral en términos familiaristas (Lenoir, 2005) justifica la postura y decisión de Inés, poniendo el cuidado por encima de los criterios productivistas y la máxima de la “autonomía” en el mundo del empleo.

Encuentro en estas acusaciones, críticas y reclasificaciones un acervo moral común (Bermúdez, 2009; Bermúdez y Previtali, 2014)[22], que habilita impugnaciones o legitimaciones de acciones propias y ajenas, basadas en una evaluación moral total de las personas (Mauss, 2009): una valorización, al mismo tiempo, como mujeres, como madres y como trabajadoras. Su lugar (el “hogar” y no la “calle”), su “presencia” (“debería rescatarse”) y su sociabilidad (“mala yunta”) impregnan, con pretensión de coherencia, la totalidad de sus prácticas: motivan sus búsquedas laborales, constituyen sus estrategias de promoción, justifican sus renuncias y legitiman y multiplican simbólicamente sus logros materiales (“lo hago por mi hijo”).

El conocimiento “denso” de la situación familiar de los jóvenes

En otro trabajo (Assusa, 2018) describí la costumbre de Edith (docente de la escuela del barrio) de acompañar la presentación de cada estudiante con una caracterización pormenorizada y detallista de su familia de origen. También reconstruí la recurrencia con que se sobre-interpretaban marcas estéticas y rasgos actitudinales que parecían “revelar todo” de la personalidad y la capacidad laboral de los jóvenes en el capítulo anterior.

En mi recorrido por las empresas en las que estos jóvenes realizaban entrenamientos o se insertaban laboralmente, confirmé mi sensación de que sus familias estaban expuestas a un sobre-escrutinio permanente. Mauricio, el dueño de una pequeña empresa que fabrica objetos de cartón, me recibió en su oficina. El espacio era mínimo y estaba atiborrado de recortes de cartón, papeles, fibrones y tijeras. Cuando llegaba, siempre debía desocupar una silla desvencijada, con el tapizado roto y el posa-brazos vencido. Todo se llenaba de objetos apilados y el único asiento disponible era el que él mismo usaba sentado en su escritorio. Con su tasa de mate cocido asentada al lado de la computadora, describía su relación con los jóvenes que realizaban una pasantía en su emprendimiento. “En términos generales”, confesaba estar “tocado por una varita”: evaluaba muy positivamente las experiencias con los beneficiarios del PJMYMT. Al entrar un poco más en detalle, se explayó respecto de algunas “molestias” que había vivido en el proceso. Contaba que se “sentía mal” cuando las chicas abandonaban el proyecto sin avisar, “sin llamar”, o con cierta desconsideración se demoraban en dejar su puesto (sabiendo que no iban a terminar la pasantía) y a raíz de ello bloqueaban un posible reemplazo dentro del programa. “No te atienden el teléfono… no sólo [deberían hacerlo] porque es un trabajo, yo creo que en tu casa tampoco hacés algo así… avisás si no vas a volver”. Remarcaba todo el tiempo la flexibilidad con la que él y su socio manejaban los horarios y las faltas: “si necesitan faltar no hay ningún problema, siempre y cuando avisen por lo menos un día antes, para no perder la programación de la producción”.

Habló con mucho detalle de las situaciones familiares “difíciles” de los jóvenes. Mientras conversábamos, sonó su celular. Lichi (uno de los beneficiarios del PJMYMT que se encontraba haciendo un entrenamiento) lo llamaba para explicarle que iba a llegar algunas horas retrasado porque se había quedado discutiendo hasta tarde con su hermano “por el tema de su madre”. No necesitó explicitar de qué hablaba. Cuando cortó, me explicó: “esto es moneda corriente, pero a la vez Lichi tiene buena actitud, porque solito toma la iniciativa de recuperar las horas”. Cuando entran en la empresa, Mauricio les propone a todos los pasantes ir un día a merendar a sus hogares: “con ellos todavía no lo hice, lo estoy negociando… no les cabe la idea… pero lo único que quiero es comprar unas facturas, ir a tomar unos mates y conocerlos más, de verdad, con sus familias, en su tiempo cotidiano”.

Como tenía una reunión en el centro, Mauricio se tomó el colectivo conmigo y nos volvimos juntos hasta la plaza San Martín. “La desigualdad y la pobreza son problemas de la sociedad… y las empresas, que son parte de esa sociedad, tienen que participar de la solución. El otro día estuve en una charla de responsabilidad social empresaria y se promovía esto… no es dar trabajo nada más… es algo más. Es educarlos. Es enseñarles. Por eso me tomo el trabajo de ir a la casa de los chicos, de enseñarles, de tomar mates con ellos. Porque tienen situaciones familiares tan difíciles que por ahí vienen y vos los ves que no están para trabajar. Y tenés que ir, charlar, y decir, bueno, pará… nos tomamos un mate cocido”.

Aun cuando los operadores políticos de la OE y los agentes de RRHH de las empresas sobre-enfatizan una marcada escisión de esferas entre lo laboral y lo familiar, en su práctica cotidiana (y a tono con lo que sucede también entre los agentes homólogos de la escena escolar y barrial) realizan cruces y transacciones permanentes entre estas esferas, centrando su diagnóstico y caracterización de los jóvenes pasantes en el conocimiento pormenorizado de su vida “íntima” (origen argumental privilegiado de los diagnósticos lego y especialistas respecto de sus “problemas de empleabilidad”).

En este sentido, incluso cuando las acusaciones de “mezcla” o “transposición ilegítima” suelen dirigirse hacia los jóvenes de clases populares (en términos de déficit o incompetencia), estos otros agentes en situación de poder contribuyen a la construcción de definiciones situacionales basados en esquemas familiaristas (Lenoir, 2005).

De la familia a la empresa

Prestando mayor atención al trabajo de división (Bourdieu, 2006) –es decir, a los esquemas clasificatorios incorporados a partir de los cual se perciben esferas del mundo como distintas y distintivas– operado por los agentes empresariales que monitoreaban las pasantías de los beneficiarios del PJMYMT, comencé a percibir que el espacio familiar como objeto de conocimiento no era la única forma en que estas transposiciones entre el mundo doméstico y el mundo laboral tenían lugar.

Laura (45 años) tiene baja estatura y acento salteño. Hace cinco años que trabaja en la misma cooperativa de servicios (depósito de supermercados) que Ricardo (encargado de piso en el depósito). Estudió RRHH y tiene también una diplomatura en Economía social. Es encargada del área de RRHH y facturación en el centro de distribución de la cooperativa. Me recibió en su escritorio luego de haber entrevistado a los encargados de piso y los jóvenes en su empresa. “Arriba”, subiendo unas escaleras y atravesando una puerta grande de metal que se abría electrónicamente, se encontraba el sector administrativo. Las personas que trabajaban ahí vestían más formales que en el depósito: su vestimenta no era “ropa de trabajo” y faltaban los elementos como guantes, fajas, cascos, etc. No había percibido la distancia (física y social) que separaba el depósito de la administración hasta que hice todo el camino desde “arriba” hasta “abajo” acompañando a Laura y presenciando su propia transformación. A medida que atravesaba los umbrales, asumía posturas progresivamente más rígidas y un tono imperativo y formal, no solamente con los jóvenes del PJMYMT, sino también con sus propios pares del depósito.

Ya de vuelta en la oficina y luego de preguntarme protocolarmente por la “utilidad” de las entrevistas que acababa de realizar, me cuenta entusiasmada: “Se están logrando algunas cosas en la empresa… en los RRHH y en lo que implica la incorporación de estos jóvenes. Hay como una falta de compromiso tremenda… general… no creo que sea por esto de la generación ni, sino por una sumatoria de cosas… familia, situación… mis hijos toda la vida me vieron a mí y a su papá trabajar, pero estos chicos no tuvieron necesariamente la misma posibilidad, entonces es una apatía, de que si está, está… y si no, bueno…”.

De una pila de papeles a su derecha, en el escritorio, saca el CV de un chico y me lo muestra: “es impresionante lo pesados que fueron todos sus trabajos. Me dice que no quiere trabajar más en la obra, que andás lleno de cal todo el día y la gente te mira mal… ya con un recibo de sueldo, te miran de otra manera…”. “Te miran mal”, repetía Laura. “Un poco así, somos”, decía en voz baja, mirando fijo el CV que había tomado con sus dos manos.

A colación de esto y haciendo una analogía tácita, me comentó, como varias veces antes, sobre los derroteros laborales de sus propios hijos: la discriminación que sufre su hija porque en su CV figura que estudia teatro: “y la miran mal, como si fuese loca o tilinga. Hay mucha gente muy estructurada en RRHH, de la vieja escuela… ¡son Recursos Humanos! No financieros…”. Ella dice que actúa como le gustaría que actúen con sus hijos, dando una oportunidad, aun cuando sus “chicos”, en general, no tengan ese privilegio.

En esos momentos Laura muestra una actitud abiertamente maternal. Se permite manifestar sus emociones ante las reacciones de los jóvenes cuando se enteran de que quedan “fijos” en el puesto. Sin embargo, en su discurso tiende a reconocer el límite de su propio involucramiento en la “razón” de los “números”: “no puedo hacer nada contra lo que dicen los números. Si la estadística muestra que hacen falta veinte personas para el depósito, no puedo tener veintiocho. Lo que sí hago es guardar los legajos para después no salir a buscar afuera, sino más bien poder rescatar un recurso [de los programas]”.

Llamaron desde la OE para avisarme que había un conflicto importante en uno de los entrenamientos. La joven beneficiaria en el marco de un entrenamiento laboral había denunciado maltratos, incumplimiento del convenio y un pedido de averiguación de antecedentes penales de su persona por parte de la encargada de la empresa. Me encontré en la puerta de la OE con el relacionador y una pasante que estaba a cargo del seguimiento de los entrenamientos laborales y fuimos juntos a la parada del colectivo.

Teníamos por delante más de cuarenta minutos de viaje. Ambos se quejaban de la cantidad de trabajo que tenían y de que los hubieran obligado a ir a hacer el seguimiento a la empresa: “Benicio [el coordinador] tiene un pedo en la cabeza”, decía Francisco enojado. Ana le explicaba el problema que había surgido y, en tono de chiste, le decía que siempre eran “sus chicos” los “problemáticos”. Él, también riéndose, juraba que “nunca más” iba a derivar gente: “para colmo de estas chicas no sé nada… no encuentro nada anotado”. Durante todo el camino de ida se quejaron porque no le encontraban sentido a ir hasta la empresa y hacían cálculos sobre el horario de regreso y si deberían pasar o no por la oficina.

Nos bajamos en la parada correspondiente y caminamos despacio mientras Ana chequeaba varias veces en el celular porque no lograba retener la dirección. Al lado de un almacén, en una casa pequeña, funcionaba un estudio jurídico y la inmobiliaria a donde nos dirigíamos. La señora que nos recibió tenía puesta una camisa negra y violeta, muy brillante, de seda. Estaba muy arreglada, pintada y peinada. Durante la reunión insistiría varias veces en la importancia de la imagen en “el negocio”: “no se puede ir mal vestido a mostrar una casa de un millón de dólares”. El lugar era relativamente chico. Tenía otra habitación que funcionaba como oficina pero, como no entrábamos, nos sentamos los cuatro en la sala de espera. Luego se nos sumaría Gabriela, una de las dos beneficiarias del PJMYMT, que realizaba su entrenamiento en la inmobiliaria. Ana y Francisco se sentaron en unos sillones de cuero, amplios. Yo en un sillón más duro y Ernestina, la dueña, en una silla.

Ana empezó la reunión explicando el primero de los reclamos que había recibido, un par de meses antes, por parte de las dos pasantes. Ernestina la cortó en seco y la corrigió: “fue solo Yohana”. Ana afirmaba que fueron dos chicas las que le hablaron por teléfono, pero lo hacía con un tono dubitativo. Ernestina arremetía: “Vos no sabés lo mentirosa y manipuladora que es esa chica. Por eso le pedí a Gabriela que esté”. Cuando la nombró, por una puerta que daba a un patio, entró la joven. Al verla, Ernestina le ordenó traerse una silla. Ante la interpelación de su jefa, Gabriela apoyó su versión y sostuvo que ella no hizo “ninguna denuncia”. A dúo, contarían el momento en el que Yohana había llegado llorando y diciéndole a Ernestina que las dos habían ido a acusarla a la OE, sin saber que en la otra habitación estaba trabajando Gabriela, que inmediatamente la desmentiría. Al regresar de la visita, esperando el colectivo, Ana se mostraba indignada por el cambio de discurso de Gabriela: “cuando yo la llamé a su celular me dijo que sí había hecho el reclamo”. En su enojo parecía no percibir la situación a la que la exponía pidiéndole confirmación de los hechos en presencia de Ernestina. Luego, con Francisco mencionaron que la joven había contado que estaba embarazada y que seguramente le interesaba poder mantener el trabajo.

La reunión continuó con Ernestina narrando anécdotas que acumulaban datos “probatorios” a su diagnóstico sobre Yohana: “Otra vez me pasó lo mismo con un cliente con el que ella [la joven] había arreglado para encontrarse. Yo siempre le pedía toda la información, pero más que nada para cuidarla. Yohana reaccionó muy mal y, de mala gana, me dejó un teléfono falso. Yo insistía nomás porque había quedado en encontrarse en la puerta del edificio y yo la cuido, porque es joven y no sabés lo que le puede pasar… y ella me contestó que sí sabía, porque ya le había pasado”. Ernestina pronunciaba las palabras lentamente y abriendo mucho los ojos. “No sé si la habrán violado o qué, pero eso también me hacía entender gran parte de su conducta”.

Al principio éramos un buen equipo, pero con todo esto yo siento que la confianza… como que se rompió. Yo no sé, porque esta chica tenía muchos problemas económicos. Vivía siempre endeudada. Y, además, deseaba irse de la casa. Entonces yo la ayudaba. Empezó a limpiar en la casa de mi hija y en otros lugares que le conseguí. Pero después de eso y de que me robó, ya no más. Como la casa está pegada a la oficina, las chicas entraban permanentemente y salían para mi casa, para ir al baño, a la cocina… Y así me desapareció un celular recién comprado y una calculadora de oficina… y la única persona que entraba era Yohana, porque Gabriela todavía no entraba. Entonces, a partir de eso tuve que tomar precauciones. La mandaba a mostrar una casa cada vez que yo tenía que salir, cerrar con llave… Ella [Gabriela] ha visto, yo no soy de andar con llave… pero bueno. Después se puso celosa porque le conseguí trabajo a la esposa del albañil que trabaja en casa… me hizo una también con eso… siempre mintiendo, manipulando. Seguramente se enojó porque apareció esta persona nueva, se sintió desplazada o amenazada y dejada de lado [Ernestina. Dueña de una inmobiliaria con entrenamientos laborales del PJMYMT].

Un día después de la discusión por la denuncia, Yohana llegó unos minutos tarde. Como le vio el rostro un poco pálido, Ernestina le preparó el desayuno: “no es mi obligación pagarles el desayuno, pero si no han desayunado en sus casas, las hago desayunar”. Mientras tomaban el café, Yohana habría comentado sus ganas de juntarse, las tres, luego del trabajo. Todo el tiempo contraponía la hostilidad que sufría la joven en su casa y el ambiente ameno y pacífico que se vivía en el espacio de la inmobiliaria. “Parecía que estaba re bien ella… y de repente…”. Francisco, luego de asentir durante todo el relato con la cabeza, interpretó: “son gente muy joven y muy inmadura… entonces esas cosas las hacen por impulso, sin pensar”.

Cuando Ernestina parecía haber impuesto su posición y desacreditado las denuncias de Yohana, sancionó: “Yo soy grafóloga, y yo de perfiles psicológicos sé mucho”. Interrumpió y se dirigió a Gabriela para mandarla a traer el cuaderno “en el que escribía ella [Yohana]”. Con el cuaderno abierto sobre la falda, para que pudiéramos observarlo, continuó: “Preguntale a cualquier grafóloga y la gente que escribe como ella… con muchas puntas… esas puntas son lanzas… y la lanza es violencia… y ella es así”. Cada vez que hacía estas afirmaciones buscaba contacto visual con Gabriela, que atestiguaba y confirmaba sus interpretaciones asintiendo con la cabeza.

Cuando se detenía a contar la lástima que le daba y lo traicionada que se sentía, se le llenaban los ojos de lágrimas. “Éramos un lindo equipo… Yohana era más hábil para buscar la producción, buscar avisos, ofrecer los servicios y conseguir clientes. Gabriela, que no le sale tanto esa parte, había aprendido a hacer cálculos de los costos para entrar… se dedicaba a las tareas más administrativas. En este negocio se necesita mucha flexibilidad y se aprenden cosas que te van a servir en cualquier lugar… nada que ver con esas pasantías donde los ponen a hacer tareas puramente mecánicas”.

“Yo soy muy creyente y creo en las segundas oportunidades, pero he llegado a cuestionármelo… ¿Qué pasa si Dios no da una segunda oportunidad y no nos fuera a perdonar nuestras equivocaciones?”. Francisco le aclaró que habían ido hasta allí para “escuchar su campana” y que no iban a juzgarla: “no quedan dudas de lo buena que es la capacitación que reciben las chicas”. Parecían haber llegado a cierto acuerdo en torno a definir el problema de Yohana en términos “emocionales”. Ernestina redondeó el diagnóstico: “Mi hija me dice que me deje de joder con que si está triste o no, pero para mí ella está mal y no quiere estar más en la casa… ojalá que termine encontrando lo que busca”.

El trabajo de división y la legitimación de las prácticas en el espacio laboral

Las competencias para identificar las situaciones como tales y traer a colación los principios de justicia “adecuados” para la esfera de valor en cuestión (en este caso, la del mundo –producido como– laboral, un ámbito regido por una progresiva des-personalización), son pensadas por la sociología pragmatista en términos excesivamente genéricos y universales (Boltanski y Thévenot, 2006; Boltanski, 2000); gesto propio de la visión etnometodológica de los “agentes competentes” en el mundo social (Freire, 2010).

Sin embargo, esta “capacidad” de distinción entre las esferas “doméstica” y “laboral” es menos metafísica y consustancial a la humanidad de lo que estos teóricos estarían dispuestos a reconocer. En las situaciones que describí, los esquemas de división aparecen desigualmente distribuidos entre personas que ocupan distintas posiciones de clase y que poseen desiguales posibilidades de ganancias simbólicas en relación a dichas distinciones. Esta sanción de “incompetencia” se suma a un cúmulo de déficits y vulnerabilidades que se les achaca a los jóvenes de clases populares: una incapacidad para el uso legítimo de las clasificaciones autorizadas en el mundo del trabajo y para distinguir presencias apropiadas, razones relevantes, relaciones moralmente positivas y justificaciones institucionalmente válidas.

Más allá de su relevancia y poder performativo, las fronteras entre las esferas doméstica y laboral se alejan mucho de funcionar a modo de imperativos categóricos kantianos. Las separaciones y el recurso moral a estas esferas se definen siempre en arreglos situacionales particulares (Noel, 2014). Determinadas presencias en el espacio laboral son significadas de modos diversos por agentes en distintas posiciones: la asistencia de Inés y Sabrina al trabajo o la escuela con sus hijos pequeños contribuye a una definición de dichas situaciones en términos domésticos. Los patrones de Inés rechazaban manifiestamente esta calificación, asociada a prácticas de “dádiva” y “dependencia” (Fraser y Cordon, 1997), es decir, interpretándola como un impedimento para una plena identificación con una situación de intercambio [puramente] económico.

En contraposición a estas evaluaciones descalificantes, las transposiciones de personas entre las esferas son utilizadas por las jóvenes para legitimar su posición y sus demandas en la escena laboral: la presencia de sus hijos[23] impone el principio equivalencial del “cuidado” por sobre el código im-personal hegemónico en el mundo del trabajo “racionalizado”.

Reconocer esta tensión entre clasificaciones no significa, bajo ningún punto de vista, suponer algún tipo de simetría entre las posiciones que disputan los sentidos de las fronteras entre escenas. Más que en las prácticas de división, esto se vuelve evidente en las prácticas de pasaje y trasvasamiento. Mientras que la indistinción de esferas tiende a ser criticada y juzgada cuando los jóvenes de clases populares se yerguen como protagonistas, la construcción de lazos de confianza y contextos de interacción “familiares” recubren, con legitimidad simbólica, la posición dominante de los agentes empresariales[24]. Éstos tienen el poder para alternar, entre lugares y situaciones, discursos oficiales de “institucionalidad” y actitudes maternales de “protección”; recursos de legitimación con base en la lógica del cuidado (“son recursos humanos, no financieros”) o en la lógica instrumental (“mi límite son los números”)[25], posibilitados casi siempre de atar sus decisiones a los principios de justicia “pertinentes” (sea en posturas racionalistas, sea en posturas familiaristas-solidarias).

Como sostuve al comienzo de este libro, existe una relación de homología entre el trabajo de división y la división del trabajo para la producción social de categorías de percepción. Para comprender el carácter diferencial de los trabajos relacionales (Zelizer, 2009) que pueden observarse en este desarrollo es necesario analizar también el trabajo de producción de los esquemas incorporados en torno a los cuales las divisiones se realizan y negocian. La forma específicamente popular de este trabajo simbólico (fundamentalmente en el caso de las jóvenes mujeres) toma lugar y se configura en el espacio doméstico de la familia.

“Yo de todos mis trabajos tengo llave”

El día que fui a la casa de Belén dudé mucho en salir para el barrio. Llovía a cántaros y hacía mucho frío. Cuando el colectivo estaba llegando a la parada de su casa, tuvo que desviar, porque la cantidad de agua hizo que el pavimento cediera y que el coche previo al que me llevaba quedara enterrado en la calle resquebrajada. Con algunos rodeos y en medio de calles inundadas, arribé a su puerta con las zapatillas empapadas. La casa tenía una entrada al costado y una verjita adelante. El vidrio de la puerta estaba abierto. Adentro, Belén pronunció contenta mi nombre cuando me vio. Su madre, que estaba tejiendo, me miró seria antes de sonreír y saludarme con la cabeza. Me hicieron pasar y me senté en una esquina de la mesa. La cocina estaba separada del living (donde me encontraba) por un mueble grande con puertas de vidrio. Donde me senté ya estaba depositado el mate preparado (según me hizo saber Belén) con Chuker. Del otro lado de la mesa estaba la máquina de coser de Élida. Después de terminar de tostar los criollos del día anterior, se sentó a la mesa con nosotros.

“Trabajo en casa de familia”. Hace mucho que presta servicios de limpieza y cuidado a un señor viudo que la tiene “como una hija”. Empezó cuando su mujer tuvo un Accidente Cerebro-Vascular. Luego de un asalto, ella empeoró y falleció, y como él estaba acostumbrado, Élida se quedó a cuidarlo: “si a mí me pasa algo, vos vas a tener dos maridos”, le decía la mujer. Él tiene dos hijos, pero “lamentablemente” ellos no se enteran que está enfermo si no es por Élida. Mientras me contaba, entró el padre de Belén, hablando de la inundación en la calle y del accidente del colectivo.

Trabajo tres días a la mañana y varios días a la tarde en estudios jurídicos en el centro. Tengo llave, entro, salgo, todo. La doctora me dice, si algún día vos no podés venir más voy a tener que limpiar yo misma, porque otra persona… Y eso es porque nunca les faltó nada. Eso siempre le digo yo a ella… no toques nada que no te den… si a vos te gusta algo que ves que no usan, lo pedís… y si te lo dan, en buena hora, y si no, lo dejás ahí. Nunca toques nada. Eso es lo que me enseñaron mis padres. Son cosas muy importantes. Mis hermanas siempre me decían que criaba a mis hijos a la antigua. Mis hermanas… [mueve los ojos hacia atrás acompañada con su mano, en señal de desaprobación]. Y ahora mi hijo tiene 40 años, lo cría a su hijo de la misma manera y me dice que nunca tiene un problema con mi nieto […] Ahora es más difícil también encontrar trabajo. Hay trabajo [enfatiza la primera palabra]. Si lo buscás, hay [enfatiza nuevamente]. Pero la gente es muy desconfiada. Qué se yo, porque también [los trabajadores] van tres días y después les sacan algo. Entonces es muy difícil encontrar trabajo. Muy difícil. Yo le digo a ella [Belén], encontraste este trabajo, cuídalo. Tenés que tener mucha suerte, a no ser de albañil o en casa de familia, es muy difícil. Yo será que la he pasado… pero gracias a Dios nunca me ha faltado trabajo. Yo de todos mis trabajos tengo llave. Yo voy, entro, salgo… hay lugares que hasta tengo que poner alarma. Entonces los trabajos hay que cuidarlos también y ser honesto. A mí cuando no me gusta una cosa, yo se las digo, tengo razón o ellos tienen razón y quedamos amigos. Pero siempre tratando de salir bien. Ella tiene buenas referencias de todos lados. La tomaron para tres meses y ya va para los cuatro. Porque la vieron que es rendidora, buena. Cumplí horario, Belencita [dice, estirando las palabras]… [Élida. Empleada doméstica. Madre de Belén].

La construcción de lazos de confianza es ampliamente valorada en las estrategias de inserción de estos jóvenes, fundamentalmente a raíz de la centralidad de las redes personalizadas de reciprocidad y ayuda movilizadas a tal fin. Luciano (otro beneficiario del programa) contaba emocionado su orgullo por “ganarse la confianza de una persona de clase media” cuando le ofrecieron trabajar en la oficina de una droguería. La valoración de la confianza no constituye característica exclusiva de las relaciones de dependencia laboral, sino que recubre buena parte de la vida de los negocios tal como es significada por los empleadores vinculados al PJMYMT. Mauricio me explicaba la evaluación de su empresa (una fábrica de objetos de cartón) por parte de una institución que prestaba financiamiento para PyMEs:

Cuando nos hicieron la devolución los de FIDE, si bien nos criticaron que éramos muy malos vendiendo y todo eso, porque había muchas cosas que no entendieron de lo que hacíamos hasta que nos vieron, nos dijeron que estaba bueno que pudimos generar confianza sin ser conocidos. Tenemos un sistema de pago que es previo depósito y eso es muy poco común, pero acostumbramos a nuestros clientes así y logramos confianza. Fuimos haciendo todo así, instintivamente y ahora con el posgrado en gestión que hacemos no sabemos ya si hacer las cosas con planificación o instintivamente [ríe] [Mauricio. Dueño de PyME].

En la vida de Élida, la confianza ha sido, muy probablemente, el capital esencial para su inserción como empleada doméstica en distintos espacios. Aun cuando manifiesta el deseo de que sus hijos puedan conseguir puestos de mayor calificación, ingresos y estabilidad, invierte un gran esfuerzo en formarles disposiciones acordes a la valorización de la confiabilidad en las personas, atada en su lógica a las condiciones laborales en las que se ha insertado durante gran parte de su vida.

Las “llaves” funcionan en su discurso como objeto que prueba, materialmente, la confianza en ella depositada por sus empleadores, como un equivalente al manejo de “dinero” que resaltaba Luciano en su experiencia en el trabajo de oficina (“en la oficina manejo dinero”). Exhibidos como sedimentación del capital simbólico acumulado en su oficio, se articulan con un proceso de identificación vertical (Da Matta, 1978; Canevaro, 2011), en el que Élida se arroga el prestigio de sus empleadores, rehabilitando permanentemente una distinción entre trabajos domésticos desigualmente dignos. Ella se refiere insistentemente a los abogados del estudio como “doctores”. Habla también de un “gerente” de banco para el cual trabajó: cuando su familia se mudó a Bahía Blanca “me quiso llevar con él, pero yo no quise”. Resalta siempre su carácter indispensable en las vidas de sus empleadores.

Élida acumula, de esta manera, una suerte de capital simbólico dependiente, pasible de ser invertido laboralmente en un contexto de interconocimiento personalizado como el que reconstruyo aquí y que a la vez refuerza moralmente la relación de dominación económica del patrón por medio de su transmutación en un orden social personalizado (Sigaud, 2004), en relaciones de reciprocidad asimétrica basadas en una deuda moral (Godelier, 1998) y en un vínculo de dependencia simbólica (Bourdieu, 2011c; Gutiérrez y Assusa, 2019).

Honestidad: más que ser, hay que parecer

Uno de los elementos que componen las presentaciones-de-sí que tienen como objetivo poner en valor la recursividad acumulada en sus trayectorias laborales, consiste en el distanciamiento respecto de prácticas y espacios asociados a la peligrosidad y el delito. El mandato de la “honestidad”, que tanto suele desvelar y ocupar a estas familias, encuentra muchas veces confirmación en las perspectivas de los agentes con poder de selección de personal en las empresas. Era común escuchar a agentes de RRHH describir como “sincericidas” las aclaraciones de los operadores de programas de empleo que confesaban, voluntariamente, trabajar con jóvenes con problemas de consumos, con la ley penal, etc. Laura decía medio tentada: “Está bien, es lindo lo de entusiasmarlos con que van a tener un oficio… sacarlos de la calle, de la placita, de la droga. Pero bueno, también… vienen con tatuajes, aritos, rastas… no es tan fácil… Pero bueno, si no los quieren meter en atención al cliente, que sea en la góndola, donde sea… la cuestión es incluirlos”.

A sabiendas de que la “mala junta” en un contexto de inter-conocimiento personalizado y de búsquedas laborales localizadas resultaba determinante, muchas de estas familias invertían una gran energía en regular los ámbitos de sociabilidad de sus hijos (Bermúdez, 2009: 111). La hermana de Leandro me contaba, orgullosa, que le había “corrido” todos los amigos cuando lo recibió en su casa: “yo a vos te voy a sacar bueno”, le advertía. Inés, en sintonía con algunas de las situaciones ya narradas sobre Sabrina, siempre mostraba una gran preocupación por los espacios y la gente con la que se relacionaba su hijo.

Pero yo siempre evité venir acá [a la casa del padre] con el gordo. O sea, si yo hubiese querido, desde un principio que me venía acá, pero no quería saber nada con venir para acá porque, por el estilo de vida que llevan estos dos [se refiere a su padre y a la pareja]. Que yo sí me la banco, pero estar yo con él, no… igual, ahora está mucho más cambiado mi papá, desde que empezó a trabajar en los baños de la terminal, ya… está todo bien. Ya no hace jodas […] En el jardín al que va ahora [su hijo] le dan talleres de cocina, de folklore y reggaetón… yo la verdad preferiría que le guste el folklore nomás y no que ande como un guachiturro. A mí me gusta el Rock, voy al Cosquín, todo… nunca escucho cuarteto ni cumbia en mi casa… […] Ni loca lo mando al jardín maternal estatal… no, no… al de la parroquia… ¡me muero [estira la palabra] si se junta con esos negros! [Inés. Beneficiaria del PJMYMT].

Como establecí en otros trabajos (Assusa, 2018; Gutiérrez y Assusa, 2019), el fuerte peso relativo del capital social en las estrategias laborales de estas familias demanda un gran esfuerzo por el control de los vínculos establecidos por los hijos. En varias de estas familias se narra el traspaso de los menores desde escuelas públicas a escuelas privadas (lo cual implica renuncias, desde prestaciones monetarias hasta movilidades espaciales más complejas para la asistencia a instituciones que no se ubican en el barrio de residencia familiar) como una inversión colectiva en la “protección” de los hijos respecto de su “medio social”[26].

A su vez, esta tendencia es mucho más recurrente entre aquellos jóvenes que muestran pretensiones de distinción simbólica en torno a elementos de orden cultural: gustos y consumos culturales, “mentalidad”, formas de habla. Inés me explicaba que se había negado a que el padre de su hijo lo llevara a la cancha. Como yo sabía que ella lo llevaba a ver los partidos del Club Atlético Belgrano, le pregunté sus razones. Me explicó que era distinto, porque los familiares del padre “tienen una cloaca en la boca… y los chicos imitan todo, ¿viste?”. La estrategia de vigilancia sobre las relaciones de los jóvenes en la familia aparece también en hogares con modelos tradicionalistas de crianza, concentrados en la formación de disposiciones morales para el trabajo. Élida explicaba de esta manera las decisiones que había tomado respecto de su hijo:

Tenés que elegir a los amigos. El saludo no se le niega a nadie [como hablándole a su hijo]. Él viene y saluda a todos, a todos [enfatiza cuando repite]. Pero después se dio cuenta. Yo, mirá, de los años que tengo, nunca me han echado de un trabajo. Me he ido porque yo he querido o porque no me han podido pagar, pero siempre me he ido bien… me da una cosa los chicos de ahora porque dicen que no se los puede poner en penitencia, pegar un chirlo, ah… no… porque la defensa de los derechos del niño [lo dice en tono burlón]. Yo a mi hijo nunca le pegué. Le hablé y lo ponía en penitencia por más que llorara. Así crié a mi hijo y a ella, y hasta ahora no me ha hecho bajar la cabeza ninguno de los dos. / Yo sí [corrige Belén, riéndose] [Élida y Belén. Empleada doméstica y beneficiaria del PJMYMT].

Mirta cuenta algo similar sobre su propia infancia, en el contexto de una familia religiosa y activamente practicante:

A mí la secundaria me gustaba más o menos… Pasa que yo cuando era… o sea, tenía mi grupo de seis chicas… Después no, me quedé de año… no me hablaba mucho con nadie. Porque yo era muy… mi mamá me crió muy… muy santulona, entonces ese fue mi gran problema. Era que mi mamá… yo conocí un baile recién de casada ¿Entendés? Mi vida era… la iglesia… mirá, yo era maestra de escuela bíblica y trabajábamos ahí en Villa El Posito… bueno, mi mamá trabajaba en esa villa… Ayudar gente… a los chicos les dábamos la merienda, les dábamos el almuerzo, yo me acuerdo que yo toda la vida la pasé así. Mi mamá siempre fue de ayudar, ayudar, ayudar. Entonces, el tema es que yo toda mi adolescencia la pasé de esa forma y danza… y el estudio. Entonces, no tenía tiempo ni para… mis compañeros se juntaban en un cumple en la casa… no me dejaban ir. Se juntaban a estudiar, no me dejaban ir. Fue muy extremista mi vieja, entonces me hizo daño. Porque yo era la aislada, la santulona, la qué-se-hace-esta… la agrandada, la fashion. Claro, y yo era… los eventos de danza, a bailar y nada más. Entonces ni siquiera me podía juntar con mis compañeras de colegio. Por eso… las otras fumaban, yo no fumaba. Yo era la que siempre decía ay, cómo podés estar con ese chico… ay, cómo le pudiste dar un beso… o sea, todo así [Mirta. Profesora de danzas].

En este sentido, la apuesta familiar se concentra en la regulación paterna de la sociabilidad de sus hijos y, por ello, en una estrategia defensiva contra lo que implica entre estos jóvenes su etiquetamiento y estigmatización en clave de capital simbólico negativo hacia el interior del barrio (Alhambra Delgado, 2012; Kessler y Dimarco, 2013). A su vez, la estrategia de aislamiento (Weber, 2008: 200-201) y defensa así dispuesta refuerza y actualiza la oposición moralizante entre los espacios de la “casa” y la “calle” (Da Matta, 1997; Hoggart, 2013; Bisio y Busso, 2012), tal como desarrollé más en profundidad en otras publicaciones (Assusa, 2018).

La confianza y la lógica de los cuidados

El hallazgo de trayectorias signadas por una fuerte regulación familiar de los ámbitos y prácticas de sociabilidad de sus hijos (más específicamente en el caso de jóvenes mujeres) se articula, como ya planteé, con inserciones en ocupaciones particularmente vinculadas a la lógica de los cuidados (Mol, 2008). El contacto con niños, espacios íntimos y objetos de valor, requiere, en general, de la inserción en redes, recomendaciones y reconocimiento personal en el territorio local.

Mientras su hijo va a la escuela, Mirta cuida a sus sobrinos: “Ella es maestra, pero no los quiere mandar a guardería porque no confía en nadie, así que los tengo yo”. La gran mayoría de sus alumnos en la academia son niñas menores de 15 años. La posibilidad de recibirlas se asienta, en gran parte, en su reconocimiento como persona digna de confianza entre los vecinos del barrio y en el reconocimiento del espacio mismo de la academia (previamente, un “hogar para niños”) como un lugar histórico de cuidado. De esta manera cuenta su vida en el barrio:

Acá me crié. Y mi vieja cuidaba la casa del frente. Mi mamá es pastora… fue enfermera mucho tiempo, antes de que yo naciera. Pero después se quedó con esto nomás… Y se dedica desde siempre. Mi mamá tuvo hogares de niños, tuvo comedores, bah… tiene comedores. Y tiene una iglesia. Y ella tenía acá como si fuera una copa de leche, al frente, donde ahora yo tengo la academia y hasta el día de hoy funciona. Los jueves a las seis de la tarde. Hace… le dan el té… depende… depende las donaciones. Tiene, a veces leche, a veces té. Depende lo que hay. Y bueno, con criollos y otras cositas, hace fiestitas para los días del niño… juntan para regalarles cosas y les enseñan de la biblia, obvio. Eso. Y después, o sea, yo, cuando me caso… mi marido también es de acá… me voy a vivir allá al frente y después de unos años abro la academia. Y todo el mundo la conoce a mi mamá acá en el barrio. Es muy conocida. Te digo que las nenas que tengo ahora [en danza] eran nenitas que en ese entonces, cuando tenía el comedor, eran chiquititas, que ahora tienen quince. Vienen de la tanda de las nenitas chiquitas, eh… y bueno, yo tengo, la mayoría de mis compañeras de danza de cuando era chica me mandan las hijas, por ejemplo. Así… y una hija de mi profesora viene conmigo, también [Mirta. Profesora de danzas].

La misma vigilancia que resalté para aquellos jóvenes que, identificados por los vecinos del barrio, eran expuestos a distintas prácticas de estigmatización que cercenaban sus posibilidades de inserción laboral (Assusa, 2018; Gutiérrez y Assusa, 2019), pesa sobre las personas que gestionan espacios en los que transitan niños –como las academias de baile del barrio–. Sobre los encargados de estos espacios circula una cantidad de información relativamente detallada (al menos entre los usuarios de dichas academias):

Yo también hice otros ritmos con una profesora… Rocío creo que se llama, no me acuerdo el apellido. Que también es muy conocida, todos por el nombre la conocen… porque da la casualidad que es la hija del dentista más conocido del barrio. Acá todos lo conocen a Carlitos, al dentista y él en este momento es re conocido [parece estar haciéndome un guiño, pero no entiendo de qué me habla, por lo que insiste]. El consultorio como que todos lo re conocen. Y ella tenía la academia ahí en el mismo lugar del consultorio. Y después como que la ha cerrado… por problemas que tienen ellos, también, que todo el mundo conoce. Porque los han mostrado muy… en la calle, en todos lados. Sabe toda la gente los problemas que tienen ellos… como por ejemplo, correrla a la hija con una masa por toda la calle principal… / A la mierda… / También, pegaba que daba calambres… por toda la calle venían, al frente de los negocios… encima son gente muy conocida en el barrio. Todos saben que ella estuvo internada hace poco. Pero la gente la adora porque ella es… para mí, de las profesoras que hay es la mejor. Se le llenaba… llegó a tener casi 100 alumnos en ese saloncito chiquito. Pero era… muy buena profesora. Muy buena profesora. Y aparte, yo me acuerdo que si vos no tenías plata podías ir, no había drama. Y era, hasta psicóloga. Se sentaba y hablaba con vos, y te aconsejaba, en todas las áreas. Era… re buena con nosotros. Se daba cuenta cuando vos venías con mala cara ¿Viste? Te conocía tanto que te decía, estás mal… eh… o, hoy estás… todo, todo… te conocía todo. Por eso te digo, de ahí de las profesoras que yo he tenido, la que más nos conocía. Muy buena profesora [Mirta. Profesora de danzas].

El relato de Mirta señala dos vectores paralelos. El primero en relación a la importancia de “resguardar” la vida privada respecto de la “calle” como espacio de visibilidad barrial (Da Matta, 1997; Bisio y Busso, 2012). Este gesto de resguardo resulta vital para ocupaciones que hacen de la confianza un elemento recursivo fundamental. El segundo vector, en referencia a la valoración de relaciones de cercanía y protección emocional (la figura de la “psicóloga”) propios de la visión familiarista (Lenoir, 2005) que pone los principios equivalenciales del “desinterés” y las “consideraciones personales” por sobre los intereses instrumentales o materiales (“si no tenías plata no había drama”).

En este laburo yo no gano una moneda. No gano nada con esto. Yo… porque tengo becadas como seis nenas y aparte por ahí no te pagan la cuota y no le podés estar cobrando… y… el hecho de decirle no vengas más, la nena no tiene la culpa de que la madre sea una irresponsable y no me pague la cuota. Y vos decirle a la nena en la cara vos no venías más y bueno… si total, qué me hace. Que esté ahí… si gasto algo… como te puedo decir… si tengo que gastar algo de más… bueno, sí. Pero por ejemplo, yo tengo que gastar unas cremas, de mi bolsillo… pero si una nena más aprende, bueno, no me voy a enojar porque la madre no me pague. Pero por eso te digo, gracias a Dios, tengo de mi marido, que gana él bien y que yo trabajo de niñera a la mañana. Con eso… Y por ahí, puchitos… de repente, todos te pagaron la cuota este mes, y digo, bueno, como un mes puedo estar de diez y como dos o tres meses, nada. Nunca tuve discusión por plata con alguna madre. Sí tenemos discusiones por tonteras… como por ejemplo, hay madres que no les gusta que les exijas muy mucho a las chicas. O porque vos… exigir en el sentido de lo que es… que por ahí las hago ensayar muchas horas, o que… o que yo me pongo muy estricta. Entendés… que no las dejo jugar, no las dejo charlar, porque yo me enojo y digo basta, se terminó y ensayo [teatraliza sus palabras levantando la voz]. Cosas así que me han ido a plantear… pero como yo les dije, esto no es un juego. Que si quieren venir a hacer esto… más que después cuando van a la competencia se enojan cuando no les va bien ¿me entendés? Pero para ir a competencias, que ellas tanto te hartan con que quieren que las lleves, hay que laburarhay que trabajar. Hay que frenar, no me gusta que estén charlando, soy muy estricta, porque si no ¿sabés qué pasa? Que se ve reflejado en las otras chicas. Y después te van y te dicen, mirá qué lindo que baila esa chica, qué lindo que se abre, mirá las acrobacias… yo doy acrobacias… mirá las acrobacias que hace esa nena [finge hablar con alguien más]… entonces después se ve reflejado porque te van a decir mala profesora a vos. Cosas así… tuve un evento, hace un mes y se fueron como tres nenas. Pero… mirá que son compañeras de grado de las otras chicas y las otras no se me han ido. Por cosas de las madres, de las chicas, rumores que se arman… se pelean entre las chicas… Y después te dicen que tenés más preferencia más con unas que con otras… que no es eso. Es que hay chicas que trabajan más y chicas que trabajan menos… por eso no le puedo decir a las madres que se hablan de los noviecitos, que salen afuera y se ponen a llamar a los compañeros del colegio para decirles que las vean en la puerta y salen a la puerta a charlar. Todas esas cosas no le puedo decir a las madres ¿me entendés? Entonces yo por ahí las reto y nos les gusta nada. Y después van y les dicen a las madres y las madres creen que yo la reté mal a la hija por cualquier cosa, pobrecita. Entonces, en vez de venir a hablarlo conmigo no las mandan más y hablan con las otras madres. Pero me he enterado que son en todas las academias así ¿Sabes cuál es el tema? Es que a mí me ven como chica. Soy una de las profesoras más chicas que hay y yo soy como… era como re confianzuda con las madres. Entonces vivo haciendo… festejo los cumpleaños siempre. Dos o tres veces, hago cumpleaños para todos. ¿Sabés lo que es tener las cincuenta nenas acá? Les hago pijama party… les vivo haciendo fiestas. Esas fiestas para las madres… cuando no hay plata para los trajes, hago rifas, hago todo… entonces, soy una profesora muy buena, que en ningún lado te hacen eso [Mirta. Profesora de danzas]. 

Mirta reconoce sus bajos e inestables ingresos por la academia de danza, aunque valoriza su quehacer afirmada en el carácter desinteresado de la actividad. Las definiciones situacionales de estas ocupaciones en términos de consideraciones personales y vínculos de confianza, contribuyen a la codificación de los conflictos interaccionales en clave de disputas por el “trato” equitativo y el cuidado correspondiente con todas las alumnas, ocluyendo las dimensiones “monetarias” o “materiales” de las relaciones.

En otros lados, si no tienen plata para trajes, chau, no bailan. En las academias esas son así… no tenés, bueno, sory, bailarán las otras, tu nena no baila [imitando un tono desconsiderado]. Siempre estoy como buscando la ayuda, buscando [pronuncia las palabras lentamente] entonces, el tema es que… las madres se acostumbran y en el evento, una madre que no la mandó en toda la semana a la nena… llegó el evento que tenía que bailar y me empezó a gritar en el vestuario delante todas las nenas, qué te pensás vos, que a mi nena…. que no me habías dicho nada que las chicas llevaban acá estrás y pestañas… y yo tuve que salir a último momento cuando me estaba peinando en mi casa, porque yo, la peluquera [imita el tono de la madre, gritando intempestivamente] Que las chicas están todas así, dice, siempre me tengo que enterar por otro… [hace una pausa y comienza con otro tono, mucho más calmo] Entonces le digo, no, no te enterás por otro, vos te enterás por mí. Pasa que la nena va poco a los ensayos [vuelve al tono de la madre] Pero va poco porque… [tono calmo] Y bueno, le digo, pero llegate vos. Vení… le digo, las cosas esas, yo se las regalé a todas. Y a todo esto, mientras yo quería comentarle eso, que yo se las había regalado, ella empezó a subir el tono y empezó a gritarme y gritarme. Bueno, pará, le digo, dejame hablar. Eso se lo regalé para el día del alumno, le digo. Además que se lo hice guardar para el evento nuestro. Tengo una bolsa ahí, le digo, pero yo les dije a las chicas, yo se las traía para las chicas que no tenían, que lo perdieran… porque viste que por ahí las chicas la usan para jugar, entonces yo llevé de más. Y les pedí, lo único que les pedí era que se compraran un líquido para pestañas que salía siete pesos en la plaza que igual yo llevé una bolsa comprándolo por las dudas porque sabía que las madres no se lo iban a comprar… Y me siguió prepiando y yo cansada de que me gritara tanto le digo ¡Pero si te estoy diciendo que lo tengo en el bolso! [sube el volumen de la voz como gritándole más fuerte a la madre] O sea, le grité mal, así como ella me estaba gritando… [adoptando nuevamente un tono calmo] Le estoy explicando, le estoy diciendo, que lo tengo en el bolso… y la madre me miró con una cara… bueno, ya está ¿no ves que ya tiene las cosas? Me dice. Y después me enteré que había dicho eso… que yo, una mocosa mal educada, que le falté el respeto… pero después, el tema es que la chiquita no vino más y después me entero también por las compañeras de colegio, las nenas, que también había dejado de venir porque dice que yo dije que las chicas habían bailado para el culo. Y yo no dije eso… lo que dije fue que tanto ensayo para que las cosas no salieran como las habíamos hecho. La única que… había una nena, de las nenas mías, que tengo como que resalta muchísimo, que es como la inspiradora de todas las nenas. Que… es la única que yo, por ejemplo, estoy al frente del espejo, miro qué voy a poner y está atrás mío viendo qué yo voy a poner. Copiándome todo. No alcanzo a decir vayan a ensayar, vayan a practicar esto y lo está haciendo. Es una nena que constantemente le encanta. Hace todo lo que hay en la academia. Ella lo único que le faltaba era que en el escenario se inhibía y hacía todos los movimientos chiquitos. Pero le expliqué cómo hacerlo y cambió y se re notó que ella había escuchado, trabajado, todo… [Mirta. Profesora de danzas].

La clasificación del espacio de la academia bajo la lógica del cuidado[27] es reforzada en su relato por la exaltación de patrones tradicionales y estrictos en la construcción de su autoridad ante las niñas: al “correrles los novios y amigos” contribuye, a la vez, con la regulación de sus prácticas de sociabilidad y con el cuidado de la reputación artística de la academia (“tanto ensayar para que después no salga”). En el marco de la danza, Mirta realza la construcción del “esfuerzo” y el “trabajo” como criterios legítimos exclusivos para establecer diferencias entre sus estudiantes.

El eje en la confianza como recurso de inserción laboral de las jóvenes revela, en el discurso de Mirta, sus complicaciones y condicionamientos. La construcción de un contexto de cercanía vincular implica el peligro de poner en juego su propia autoridad (“yo soy demasiado confianzuda”) y de caer víctima de marcadores de edad que tienen el efecto de descalificar simbólicamente a sus portadores (“una mocosa maleducada”). Puede plantearse que, en el marco de la economía de los cuidados, la “juventud” como clasificador etario constituye un obstáculo y una puesta en cuestión permanente de la idoneidad para estar “a cargo” de personas, espacios y recursos.

Dinero, ayuda, ahorro: disposiciones femeninas

“Lo primero que hago cuando cobro es pagar todas las deudas… La tarjeta, todo. Después sé que ya veré. Pero así, cuando no tenga, puedo ir y decir, bueno, no tengo plata, pero puedo pedir fiado”. A raíz de lo que afirmaba Élida, le pregunté a Belén si ahorraba algo de la plata que ganaba. En vez de responderme, salió caminando apurada para su pieza y volvió con una alcancía con forma de chanchito, hecha de cerámica con los colores del Club Atlético Talleres. Élida, muy divertida, me cuenta que Belén “es muy ansiosa y a cada rato quiere romper el chanchito y gastarse toda la plata, pero quiere juntar y comprarse una moto. Yo le enseñé bien, pero con las alcancías anteriores por ahí yo revisaba y me faltaba plata… un día vengo y la encuentro con un tramontina, sacándole los billetes a su chanchito por el agujerito”. Ambas se ríen mucho por la anécdota.

Y lo que es el sueldo de mi mamá, ella tiene tarjeta de crédito y eso es para la comida. Para la comida o para alguna cosa que le haga falta al auto porque si no, remis de acá al trabajo de mi mamá sería de… porque mi mamá va a la mañana al trabajo en otro lado. Ella gastaría mucha plata hasta atrás del [Hospital] Privado, que es donde trabaja. De ida y vuelta, uf… Y… el día que hicieron paro los colectivos se gastó… eh… lo que gasta en una semana en colectivo. Y después ya se empezó a ir caminando, porque no iba a gastar tanta plata en volverse [Belén. Beneficiaria del PJMYMT].

Belén mostraba que conocía en detalle el flujo de dinero en el hogar. Así como la “tarjeta de crédito” aparecía en su narrativa como un respaldo reservado para el sostenimiento material más básico del hogar (la “comida” y la movilidad para el trabajo), su sueldo era definido como un ingreso complementario, que se destinaba inicialmente a los “gustos” (“con las cuentas ayudo… si vemos que no llegamos”). Existen igualmente condiciones que vuelven necesario la incorporación de este ingreso al sostenimiento familiar (como la enfermedad de su padre): “Tiene artrosis en un brazo y diabetes. Nos dividimos entre las dos para acompañarlo al médico, porque no entiende lo que le dicen y después no sabe explicarnos cómo tiene que tomar las pastillas… No sé cuánto más va a poder seguir trabajando… y bué, vamos a tener que aguantarla entre las dos / -Y si no queda para algún gusto, no queda”, completa Belén, resignada.

El padre de Belén heredó la casa en la que viven. Fue el hogar de su bisabuelo. Cuando Belén fue a vivir con ellos, debieron ampliar la vivienda por orden de la “asistente social”, para que ella tuviese una habitación propia. “En aquel momento tuvimos que vender la moto para juntar la plata y Dios proveyó. Ahora tenemos otra, pero también la vamos a vender, porque los chicos pasan por el frente y nos roban las macetas con las plantas que tenemos de este lado de la verjita para cambiarlas por droga con el dealer del barrio, así que vamos a poner una reja”.

Para adquirir sus propios equipos de sonido y lanzarse como DJ independiente, Alejandro había dejado de salir por varios meses (esta ocupación en general le demandaba los horarios nocturnos de los fines de semana) y entregaba la mayor parte del salario del taller mecánico a su madre “para no gastarla. Porque yo si la tengo en la mano, la gasto en giladas. Y así le estoy pagando el Ford Sierra a mi papá y ya casi es mío”.

Los ingresos monetarios bajos e inestables y un estado de sobre-explotación horaria que suele ser la norma en sus situaciones laborales dejan poco margen para el ahorro o para las necesidades económicas eventuales que surgen por fuera del presupuesto familiar ordinario. En estos casos, las estrategias de represión del consumo suelen ser las más comunes: eliminar los gastos definidos como “gustos” o “antojos”, los “vicios” (ropa, celular, ocio), la venta de bienes (vender el auto o la moto para comprar los materiales de una nueva habitación en la vivienda). En el caso de los jóvenes, la entrega de sus ingresos en guarda a sus madres se constituye en una estrategia tan recurrente como significativa (Zanotti, 2010), respecto de su propio lugar en la estructura de relaciones familiares y respecto de la significación de la madre como figura moral.

En orden a contrarrestar estas condiciones económicas, la voluntad y el esfuerzo por el ahorro adquieren un valor y una función tan material como moral en el sistema de prácticas familiares (Wilkis, 2013). En el espacio doméstico, el lugar asignado a las mujeres se vuelve central para todas las estrategias que implican algún tipo de límite moral al gasto. La hermana de Leandro solía diferenciarse de las otras mujeres de la familia diciendo que a ella no le “gustaba” salir a comer o a bailar: “a mí lo que me gusta es guardar”[28]. Contaba orgullosa que “recién cuando terminó de construir la piecita del fondo”, Leandro, con mucha vergüenza le había “pedido permiso” para comprarse unas zapatillas con el próximo sueldo que se ganara. Es recurrente observar que la transmisión de estos valores implique tanto un gran esfuerzo y energía familiar como un objeto de orgullo parental.

Resulta un lugar común entre los adultos el reconocimiento del protagonismo de las mujeres en el disciplinamiento y el orden en la economía doméstica: “a él la mujer lo tiene cortito, así que pudieron ahorrar”. Algo similar sucede con las decisiones y planificaciones en el ámbito del hogar: “suena mal, pero acá mando yo [la mujer]”.

La disponibilidad “ideal” de los ingresos monetarios de los jóvenes para su uso familiar en caso de “necesidad” aporta también en la dirección de algunas de las interpretaciones que vine planteando: el espacio doméstico como lugar de relaciones de “solidaridad” y “cuidado”, de oclusión de los intereses “instrumentales” o “individualistas”, pero también la constitución de la familia como agente colectivo, necesario para la construcción inteligible de las estrategias económicas y simbólicas de sus miembros jóvenes.

Élida explicaba también la articulación entre las regulaciones económicas y las regulaciones temporales en su trayectoria laboral.

Cuando mi hijo todavía era chico, yo le preparaba todo y no lo dejaba salir a jugar a la vereda hasta que no tenía la tarea hecha. En esa época yo tenía que agarrar trabajos que me permitieran ir y volver en los horarios de escuela y eso. Ahora tengo más libertad. En ese entonces, recién cuando yo volvía a la tarde, él podía salir a jugar ¡Va a ser un pollerudo! Me decían mis hermanas [Élida. Empleada doméstica].

Este conjunto de prácticas de regulación (o represión) económica, que viene a completar la ya mencionada regulación familiar de la sociabilidad de sus hijos, consolida un bloque de estrategias que tiende a equilibrar tiempos laborales y tiempos reproductivos (tenencia de hijos y edades de los hijos). Como es sabido, estos hogares aparecen estadísticamente asociados a composiciones familiares con mayor presencia de menores. El proceso, en un sentido dialéctico, implica estrategias familiares de fecundidad (Bourdieu, 2011b) que regulan[29] la tenencia de hijos, generando “baches” de varios años (entre embarazos o entre ocupaciones) en las trayectorias laborales de madres y abuelas. Estas interrupciones se coordinan, a su vez, con los ciclos de ahorro o consolidación económica del hogar.

La significación de los ingresos de las mujeres en términos complementarios” y, podría decirse, “contracíclicos” en cuanto a su intensidad respecto de la actividad económica del tradicional de “proveedor” (masculino), se comprenden en el contexto de las posiciones que ocupan las jóvenes y sus madres en el campo familiar, como así también en el conjunto de disposiciones prácticas formadas y hechas cuerpo en dicho espacio (Bourdieu, 1997a). Un ahorro económico que se encadena, a la vez, con un ahorro social y biológico. El “dinero” aparece, entonces, en el centro de una articulación más amplia de objetivación instituida y de unidad simbólica de la familia (Wilkis, 2012).

“Remendados pero lim-pi-tos”: la “limpieza” como esquema de percepción y evaluación laboral

La práctica y la categoría de “limpieza” aparecieron desde un comienzo en mi trabajo de campo, aunque sólo hacia el final empecé a comprenderlas como datos significativos[30]. Cuando hablaba por teléfono o me escribía con las jóvenes para arreglar encuentros o entrevistas, casi siempre me decían que estaban limpiando. En distintos horarios, días y turnos, mis contactos parecían coincidir siempre con sus momentos de limpieza.

Al preguntarles sobre los trabajos que buscan, desean o pretenden, muchas jóvenes me hablaban de “trabajos limpios”. En sus descripciones, quedaba claro que hablaban de empleos “administrativos”, de “atención al cliente” o “de oficina”, con toda la construcción típico-ideal de las empresas de servicios (ambientes, vestimenta, etc.). Su pretensión, por último, incluía evitar justamente la actividad laboral de limpiar.

Con un acuerdo bastante asentado –incluso entre las clases populares– en torno a la devaluación material y simbólica de esta tarea, muchas disputas tenían como epicentro la cuestión de la limpieza para clasificar y distinguir entre actividades legítimas e ilegítimas en los espacios laborales[31]. En medio de la discusión por la denuncia en el entrenamiento de la inmobiliaria, Ana expuso uno de los puntos del reclamo que había realizado Yohana: se había destinado a las pasantes a tareas de limpieza, cuando el convenio firmado con el ministerio no incluía ese tipo de actividades en la capacitación. Ana tenía el convenio impreso entre sus manos y pasaba las páginas con ahínco, como buscando el artículo preciso. Un poco nerviosa por no encontrar lo que buscaba, afirmó: “No sé qué le habrá dicho la relacionadora, pero lo que cuenta es lo que está firmado acá”. Ernestina reaccionó y muy segura le respondió: “Mirá, yo trabajo desde los 18 años. Trabajé 17 años en el Ministerio de Gobierno y nunca tuvimos quién nos limpie el escritorio y nos barra alrededor. Nunca tuvimos personal de limpieza o maestranza. Entonces yo creo que es correcto que se les haga mantener su lugar de trabajo”. El cambio en la nominación de “hacerlas limpiar” a “mantener su lugar de trabajo” fue clave para la estrategia discursiva que Ernestina sostenía, legitimando sus decisiones en la esfera laboral.

En la medida en que ella fue abandonando el lugar de “acusada” en la interacción y percibiendo el apoyo prestado por los gestos de aprobación de Francisco, la apreciación de la limpieza como definitoria de las valoraciones laborales fue consolidando en el diálogo su sentido descalificante y peyorativo. Indignada, Ernestina contó sobre la llamada que había recibido del dueño de otra inmobiliaria:

Una vez las había mandado a otra inmobiliaria y el señor de ahí, Fernando [corta de golpe y lleva la mano hasta su boca, como si estuviese por llorar]. Contá vos [dirigiéndose a Gabriela] / Nos dijo que él, si nos tuviese que tomar para su empresa, lo haría para limpieza, no para secretaria [lo decía con una sonrisa indignada] / ¿Te imaginás lo que fue eso para mí? [retomó Ernestina] Y cuando llamé para reclamarle, él me dijo que si yo quería ser solidaria, que les ayudara a conseguir un lugar donde limpiar, pero que el negocio se estaba profesionalizando cada vez más. Entonces yo le dije que estaba equivocado, porque él creía que la gente exitosa, todos los presidentes y todo, habían nacido en cuna de oro [Ernestina y Gabriela. Dueña de la inmobiliaria y beneficiaria del PJMYMT].

Belén y Élida, que no tenían la posibilidad de rehuirle a la descalificación simbólica que implicaba la ocupación laboral de limpiar, mostraban en su discurso una complejidad de categorías con heterogeneidades, gradaciones y dignidades diferenciales en el servicio doméstico[32]. Belén suele hablar con palabras de su madre, repitiendo los mandatos y sermones hacia sus sobrinas: “Con las nenas sobre todo, porque todo es más difícil siendo mujer. Yo le digo a mi ahijada, vos no vas a ser la Valen, sino Valentina, la que consiguió un trabajito un poquito mejor. Si no, es como decimos nosotros… limpiar inodoros de otros”. Era muy importante la distancia que establecían entre “ser empleada en casa de familia” y “ser empleada en estudios u oficinas”. Esta diferenciación no se asentaba exclusivamente en la confianza acuñada para el ingreso a lugares de prestigio con objetos de valor, ni en la identificación vertical con personas “respetables”, sino también en la realización misma de estas tareas en espacios –por definición– más limpios.

El relato de la biografía de Élida (y por extensión, también el de Belén) se organizaba en gran parte en torno a la cuestión de la limpieza y del trabajo familiar (en su discurso no parece haber frontera problemática alguna entre estos términos). Su propia experiencia de infancia y su origen en un contexto de pobreza rural asientan a nivel simbólico su reivindicación de modelos tradicionales de crianza, a la vez que invierten el estigma de la actividad de limpieza, reconvirtiéndolo como capital moral (Wilkis, 2014) en un marco familiar de des-posesión material y cultural.

¿Cuándo empecé a trabajar? [se ríe] Es una historia… cuándo yo empecé a trabajar. Yo le voy a decir, yo empecé a trabajar a los 7 años. Porque ahora empiezan a decir que los niños no tienen que trabajar… antes había que trabajar, también los niños. Nosotros somos del campo, de Chañar Ladeado. Éramos nueve hermanos. No alcanzaba con mi papá solo trabajando. Éramos muchos. Hacíamos tambo a mano… ahora es todo muy fácil, con todas esas maquinarias. A las tres de la mañana nos levantábamos. Agradezco a Dios cómo nos criaron, nos dieron la poca educación que pudieron. Después mi papá se enfermó y nos fuimos a la ciudad. Yo trabajaba en siete casas de familia. Pagaba el alquiler de la casa, darle de comer a los más chicos, darle plata a mi mamá para venir a verlo a mi papá a Córdoba. Yo he hecho de todo en mi vida. He trabajado de carnicera, zapatera, empleada doméstica… en una verdulería. Donde me ponían, yo probaba. Si aprendía, bien, y si no, paciencia. Cambiaba de rubro. Y sin estudios, porque en el campo íbamos a la escuela semana de por medio, qué se yo, apenas si aprendíamos a leer y escribir. A mí me hubiese gustado estudiar enfermería, pero no se pudo, éramos muchos. Y tengo un hermano que es carpintero. Y no estudió carpintería, se metió a trabajar y le gustó y aprendió mirando y cuando renunció de la Renault / Porque sabe un montón de autos [aclara Belén] / Se compró la casa y se puso su taller. Tiene sus maquinarias. Yo veo tantas cosas de los chicos y yo digo, puta, antes en el campo no era así. Uno ahora no puede mandar los chicos solos. Cuando se va ella, anoto el número del taxi y hasta que no vuelve, no duermo [Élida y Belén. Empleada doméstica y beneficiaria del PJMYMT].

En el discurso de Élida puede observarse cierta “actitud temporal” respecto de las condiciones sociales de formación de su habitus y las condiciones actuales. “Antes”, un mundo más sencillo, menos inseguro, más “duro” y “manual”, pero sin dudas más fácilmente inteligible para sus esquemas. El reconocimiento de las distancias temporales (“ahora no es como antes”) no elimina el efecto de histéresis con que continua –apegada a un modelo reconocidamente “tradicional” de crianza (“yo lo crié así”)– en forma dedicada, inculcando “los mismos valores” con que ella fue criada. Aun cuando no constituye el foco de este capítulo, las clasificaciones temporales y etarias que descalifican lo “joven” (en las disputas de Mirta con las madres de sus alumnas) y lo “actual”, encuentran cierta articulación con lo analizado en otros trabajos para las escenas escolar y barrial (Assusa, 2018).

Muchos de estos padres, quienes habían crecido “en el campo”, solían sacar a relucir este dato con orgullo. La niñez rural se narra como una experiencia dura, significada moralmente en términos formativos: experiencia de endurecimiento y resistencia, física y moral (Pialoux, 2010; Mauger, 1998; 2012), para el trabajo, para el ahorro, para el soporte de la carencia. Experiencia homóloga, tan corporal y productora de disposiciones como las inserciones tempranas en la rama de la construcción para los jóvenes varones de clases populares.

Yo cuando ya tenía 16 años le decía a mi mamá que iba a tener a lo sumo un solo hijo, porque nosotros éramos tantos que no podíamos tener nada de lo que queríamos / Y sin querer les caí yo de arriba [dice Belén, riendo]… y también están el perro y el loro / Cuando quedé embarazada [retoma Élida], le dije a mi mamá, ya cumplí con Dios y con la Patria, así que cierro la fábrica. Y yo quería tanto que estudiara él… y él me decía que yo no estudié y sé hacer de todo, pero en esa época uno no pensaba con la cabeza, sino con los pies. Mi mamá trabajaba tanto que en la casa nos tenía que atender a los nueve. Las tardes eran en filita. Nos bañaba calentando agua en un fuentón. Todos los días. Porque allá era una tierra [enfatiza la palabra], andas con los animales, todo… pero nosotros [sube las cejas y arquea la boca hacia abajo] remendados pero lim-pi-tos [silabea]. Hasta el día de hoy sigo lavando a mano la ropa fina, porque antes no se compraban tanta ropa y tenía que durar. Mi mamá nos enseñó así, a ser prolijitos con todo. Ahí no había fiesta, no había domingo, no había nada. [Élida y Belén. Empleada doméstica y beneficiaria del PJMYMT].

Belén hace gala de ser “la única sobrina que se mete con los chanchos” en el campo: “me subo a los caballos, todo. Cuando te quedás sin zapatillas, porque se rompen del todo, hay que salir a cazar zorritos. Y vendés el cuero y con eso se compra. Mi abuela me hacía comer quirquinchos, anguila, todo y no me decía qué era… ¿Qué vamos a comer? Le preguntaba. Comida, me contestaba [ríe]. Había que comer lo que había en el campo: cuisis, liebre, rana, iguana”. Muerta de risa cuenta una anécdota de cuando realizaba su entrenamiento en el marco del PJMYMT: se llevó como vianda al trabajo milanesas de iguana y sin decirles a sus compañeros les convidó: “Arcadas hacían cuando les conté qué era…”.

“Y así aprendí [explicaba Élida]. Y yo voy a trabajar enferma y hasta los jefes me mandan a mi casa… y ella me salió igual [refiriéndose a Belén]. Si no voy, es una cosa que me falta… tengo que ir. Vengo a la noche y me pongo a coser. Y los domingos tengo un puesto en la feria”. Ya era cerca del mediodía y se sentía olorcito a estofado de pollo. El padre de Belén se había puesto a cocinar. “Cuando no tiene trabajo y está acá en la casa se pone a hacer la comida, porque él es así”, me explica Élida cuando vio que lo miraba.

La fórmula de “remendados pero limpitos” replica una imagen ideal del “buen pobre” con múltiples formulaciones en el sentido común: “pobre pero honesto”, “pobre pero trabajador”. La centralidad que posee la figura de la limpieza estriba en las características actitudinales positivas asociadas a la valorización simbólica de las mujeres de clases populares en espacios que son, a la vez, de trabajo y de intimidad, económicos y familiares: los valores de cuidado, prolijidad[33], atención, ahorro, limitación moral, etc.

La narración, por su parte, reproduce de manera análoga la constitución masculina de una corporalidad “dura” (“en esa época pensábamos con los pies”) como símbolo de la resistencia y la fortaleza moral de las clases populares: una adaptación a situaciones de carencia material, una capacidad para hacer de la necesidad, virtud (… “pero”…), un esquema para producir diferencia simbólica hacia el interior del universo popular (tipos de limpieza, trabajos más limpios que otros, patrones más limpios que otros, empleadores más dignos que otros, formas de nominar la limpieza más legítimas que otras).

Algunos padres incluso participan de tareas del hogar sin poner en riesgo sus propias construcciones masculinas tradicionales. Lo hacen bajo la afirmación del mismo “gusto por la actividad” (Weber, 2008) por el que las madres declaran volver al hogar para “ponerse a hacer algo”: fundamentalmente para los varones, su estadía en la casa en períodos de no-trabajo en un estado de plena inactividad implicaría una exposición a ser juzgados por el dis-valor moral del “vicio” y la “vagancia”. Participar de las tareas de limpieza y cocina forma parte de una disposición formada para “mantenerse activos”, con todas las implicancias simbólicas que esto conlleva y que he desarrollado en capítulos anteriores.

La familia como campo y como cuerpo: la división del trabajo, el trabajo de división y el trabajo relacional

He descripto la forma en que la construcción de fronteras para distinguir entre las “esferas” doméstica y laboral son negociadas, definidas situacionalmente y utilizadas de manera diversa en la justificación y legitimación de posturas y acciones entre agentes en tensión en el espacio laboral. En este sentido, la distinción de esferas es pensada en sus efectos para producir distinción simbólica entre los agentes.

La traslación de objetos, personas y recursos entre esferas es sancionada por los agentes empresariales, descalificando simbólicamente a los jóvenes de clases populares (“traen los problemas familiares al trabajo”). La posición dominante de estos agentes les permite, a su vez, utilizar equivalentes prácticas de mezcla y pasajes (construcción de ambientes de trabajo “familiares”, de vínculos “confianza”, preocupaciones por el “cuidado” de los empleados, involucramiento en la “vida íntima” de los trabajadores, consideraciones “personales” y “flexibles”, etc.) como estrategias de denegación del interés material y de re-traducción de las relaciones de dominación en vínculos de dependencia personalizada (Godelier, 1998; Bourdieu, 2011c; Sigaud, 2004; Canevaro, 2011).

En el marco de contextos laborales producidos como “familiares” y “personalizados”, aparecerían condiciones de posibilidad para tácticas “alternativas”, a partir de las cuales algunas de estas mujeres de clases populares logran acuñar capital simbólico (dependiente) proporcional al prestigio y la honorabilidad de sus patrones, o utilizan dichas transposiciones para legitimar posturas asumidas, rupturas relacionales y juicios morales y laborales. En este sentido, encuentro un conjunto de estrategias y disputas que, de manera mancomunada, fijan la viabilidad de una valuación moral de estas jóvenes como personas totales (Mauss, 2009) –madres, estudiantes, vecinas, trabajadoras–, bajo una homología articulada por un sistema clasificatorio basado en el mundo del trabajo[34]. Como sostiene Florence Weber en su etnografía, la fusión de las escenas profesional y residencial evita, para las clases populares, los imponderables de la transferencia de estatus entre una y otra escena (Weber, 2008: 199). En esta evitación, como he mostrado, la fusión conlleva una serie de problemas.

Es necesario volver sobre la formulación bourdieusiana de pensar a la familia, a la vez, como campo (categoría social “objetiva”) y como cuerpo (“principio de construcción” de la realidad social) (Bourdieu, 1997a: 129). La definición del espacio doméstico escindido de instrumentalidad e individualismo colabora con una serie de articulaciones y contrapesos económicos y de “cuidados”, que disponen a los integrantes de la familia en posiciones desiguales y determinadas en relación a sus tareas y compromisos[35].

El mundo doméstico como práctica de división (Bourdieu, 2006) y práctica relacional (Zelizer, 2009), se homologa a un trabajo simbólico de producción e incorporación de las estructuras sociales objetivas de vida en forma de esquemas mentales y corporales correspondientes a lo que Lenoir llama “familiarismo” (Lenoir, 2005). El habitus de clase resultante de esfuerzos familiares para la generación práctica de competencias y valores des-diferenciados, aptos tanto para la vida “intima” del hogar como para la vida laboral (en trayectorias laborales con fronteras permeables entre dichas escenas), encuentran en la “confianza” y la “limpieza” categorías de percepción, apreciación y práctica centrales y sintéticas para las múltiples estrategias laborales de estas jóvenes.

El lugar de las “disposiciones femeninas-familiares” de regulación (de la sociabilidad), represión (del consumo), ahorro (económico y moral) y cuidado (desinteresado) cumplen una función vital en la reproducción material y simbólica de hogares caracterizados por una desposesión global de capitales y por una inestabilidad estructural de sus condiciones objetivas[36]. Estas disposiciones son formadas en contextos familiares a partir de enseñanzas morales –tendientes a valorar el “endurecimiento” corporal y del “temple” por la vivencia de condiciones “duras” (Lamont, 2000)– y aprendizajes prácticos desde edades tempranas, en una particular forma de trabajo relacional (Zelizer, 2009) que se desarrolla hacia el interior de la esfera íntima (propia o ajena).

Lo familiar incorporado funciona como base de consenso sobre el sentido del mundo laboral para estas jóvenes (Bourdieu, 1997a): estructura cognitiva y sistema clasificatorio de y para el trabajo. Estos esquemas se condensan en algunas de las fórmulas que Élida sostiene en sus narraciones (de una manera que resulta significativa para gran parte de estas familias). “Pensábamos más con los pies…” remite a un acervo homólogo al formato práctico y concreto del capital cultural in-corporado que describí en otros trabajos para los jóvenes varones (Assusa, 2018). También refuerza una negación del mentalismo y del teoricismo (“no estudié nada pero igual sé hacer de todo”) en relación con competencias doméstico-laborales signadas por las evaluaciones “instintivas” y los recursos “emocionales”: la “confianza”, la “honestidad”, el “cuidado”, etc.

“… Pero limpitos” sintetiza la reversión simbólica del estigma descalificatorio del empleo doméstico (hacer de la necesidad, virtud). La limpieza constituye (homólogamente respecto del trabajo “dinámico” y “activo” de los varones) una categoría de clasificación vital para la distinción entre tareas desigualmente dignas (limpiar “inodoros de otros” o limpiar “estudios” profesionales). En esta misma dirección, la noción de limpieza aparece encadenada a la disposición y el “gusto por la actividad” propio de las clases populares (Weber, 2008): “vuelvo a la casa y me pongo a limpiar”, “si no, me falta algo”. En este sentido, sirve para afirmar la dignidad del tiempo activo (desde la perspectiva de una economía simbólica de las prácticas) dentro (para las trabajadoras del servicio doméstico) y fuera (para los varones) del trabajo (Weber, 2008: 156). Tal como sostiene Wilkis (2013), existe un particular vínculo entre el “ethos económico” formado en este contexto y una “actitud temporal” en afinidad a los estándares morales de la cultura del trabajo: mantenerse “activo”, evitar “tiempos muertos”, no caer en “el vicio”.


  1. Weber orienta su diagnóstico por la creciente especialización, funcional y de funcionarios, que involucra la totalidad de la existencia social y que explica, entre otros, el surgimiento del Estado Moderno y del tipo específico de cuadros administrativos (burocracia moderna) que le corresponden (Weber, 2006: 7). Durkheim, por su parte, explica el paso de las sociedades de solidaridad mecánica a las de solidaridad orgánica (Durkheim, 1985: 256) por el influjo que genera la denominada “diferenciación funcional” impulsada por la dimensión “económica” de la sociedad. En una combinación de vertientes teóricas, Habermas relata el mismo paso como la transformación de los mecanismos de integración social, desde un generalizado acuerdo normativo básico hacia conexiones sistémicas de ámbitos de acción funcionalmente especificados (Habermas, 1990: 163).
  2. Esto también hunde sus raíces en el acervo de la sociología clásica. Marx, por ejemplo, narra el paso del modo de producción feudal al capitalista como un progresivo desanclaje de las relaciones de explotación, puramente económicas, respecto de la dominación personalizada. Si bien el autor reconoce esta separación como una “apariencia” (ideológica), la sanciona, a la vez, como una apariencia necesaria para su devenir (Marx, 2004 [1844]: 99). En otro contexto de indagación, Dias Duarte (1994, 1998, 2004) y Semán (2006, 2007) hablan de la separación de los mundos “físico” y “moral” de la persona por parte de la ideología individualista moderna y de la in-adecuación del modelo de persona propio de las clases populares a este ideal hegemónico.
  3. Para un desarrollo pormenorizado acerca del lugar de esta noción en mi propuesta metodológica, ver el Capítulo “Algunas cuestiones metodológicas”.
  4. Pueden encontrarse esfuerzos analíticos similares en Weber (2001), Lahire (2004) y Zelizer (2000). Como he detallado en el “La cultura del trabajo”, trabajos etnográficos como los de Willis (1988), Da Matta (1997), Murard y Laé (2013) o el de Beaud y Pialoux (2015) aportan también desarrollos empíricos y teóricos para desanudar los problemas que surgen de las transacciones, transposiciones, oposiciones y homologías entre escenas divergentes.
  5. A partir de este diagnóstico sobre el conflicto-entre-mundos y del supuesto de existencia de actantes con capacidad de llevar a cabo acciones y juicios, Boltanski y Thévenot desarrollan un modelo de análisis basado en la existencia de seis ciudades, resultado del proceso de diferenciación social contemporáneo, que constituyen lógicas de justificación diferenciales (Boltanski y Chiapello, 2002: 31). Los autores utilizan la noción de cité, aunque en la traducción de sus propios textos al castellano el vocablo ciudad pierde la referencia al espacio de ciudadanía que conserva en lengua francesa (Boltanski y Chiapello, 2002: 30). Las seis ciudades que Boltanski y Thévenot identifican son la ciudad inspirada, la ciudad doméstica, la ciudad del renombre, la ciudad cívica, la ciudad comercial y la ciudad industrial. Utilizaré, para los fines de este texto, de manera algo indistinta, ciudad, mundo y esfera. Para una descripción en detalle de los principios de equivalencia válidos en cada uno de estos mundos, sus relaciones conflictivas y sus repertorios de crítica, ver Boltanski y Thévenot (2006).
  6. De acuerdo con Boltanski y Chiapello, en el mundo doméstico “[…] la grandeza de la gente depende de su posición jerárquica en una cadena de dependencias personales. En una fórmula de subordinación establecida a partir de un modelo doméstico, el lazo político entre los seres es concebido como una generalización del lazo generacional que conjuga tradición y proximidad: el «grande» […] a quien se debe respeto y fidÉlidad a cambio de protección y apoyo” (Boltanski y Chiapello, 2002: 32).
  7. La grandeza en el mundo económico se dirime, según Boltanski y Chiapello, en torno a “[…] quien se enriquece proponiendo sobre un mercado competitivo de mercancías muy codiciadas, superando con éxito la prueba comercial” (Boltanski y Chiapello, 2002: 32).
  8. Lukács (1985), siguiendo a Weber (2006), lee el devenir moderno como un progresivo proceso de racionalización: una imposición de la racionalidad capitalista (como orientación práctica para la vida del individuo), la disciplina laboral y el crecimiento de la productividad del trabajo (Corrigan y Sayer, 2007) a partir de la construcción de una esfera laboral fuertemente tecnificada, regulada por la noción –de origen protestante– de “profesión” (Weber, 2006: 67-68) y, por extensión, un proceso de autocontrol y ascetismo en la totalidad de la vida humana. En este punto, Weber muestra las “afinidades electivas” entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo, o bien, entre la racionalización religiosa (rechazo como superstición de la búsqueda de medios mágicos de salvación) y el desencantamiento del mundo (racionalización, planificación y metodización moral de la vida y las prácticas mundanas). En el capítulo anterior, mostré cómo este mandato racionalista se actualiza en los valores de “proyección” y “planificación” del discurso oficial de la empleabilidad, en el marco de las políticas activas de empleo.
  9. En otros trabajos (Assusa, 2018; 2019) he analizado las pretensiones “universalistas” de las clases mejor posicionadas del espacio social en torno a sus composiciones patrimoniales y modos de reproducción, la defensa de determinados códigos interaccionales institucionales y la figura del CV en las búsquedas laborales.
  10. El keepgoing se define como el mandato de retorno a la familiaridad (vínculo irreflexivo) en la relación con el mundo (una adaptación antropológica de la noción de ser-en-el-mundo heiddegeriana). Tal como Zigon (2007) plantea, la demanda ética es el producto de una situación particular en la que los individuos se ven envueltos y la principal motivación para responderla es salir del momento de ruptura moral.
  11. Como sostiene Zigon, las técnicas y entrenamientos morales no están exclusivamente restringidas a dominios locales, sino que establecen los modos de trasladar disposiciones entre distintos contextos sociales (2007: 133-134).
  12. Tal como sostienen Massengil y Reynolds (2010: 489) la relación entre prácticas de distinción y justificación se pone de manifiesto en el recurso a valores como el “mérito” y el “esfuerzo”, como categorías de legitimación en el contexto del mercado de trabajo, incluso en aquellos casos en los que las barreras morales vienen a justificar la no-consecución de logros o expectativas.
  13. Utilizo la traducción más literal de la noción de Grandeur o Worth. Sin embargo, y más allá de que pierde la tonalidad que implica el vocablo de Grandeza, empleo como equivalente la noción de “dignidad”, en tanto que resulta más adecuada para los usos que le daré en el marco de este libro. De acuerdo a la definición del diccionario de la RAE, la palabra implica tanto “majestad y poder”, como “dignidad de grande”.
  14. “Para esa sociología, la unidad básica de observación es la situación en la que hay personas que establecen un acuerdo, en un espacio-tiempo específico, sobre un «bien común», que establece un principio superior que habilita un «vivir juntos». Boltanski y Thévenot (1991) llaman la «cité» («ciudad», pero una traducción más adecuada sería «orden») ese modelo de la «humanidad común», marco mental –en el sentido de frame (Goffman, 1991)– a partir del cual se da a un acuerdo sobre los principios de lo que es justo para sus miembros, en nombre de un «bien común» acordado, que establece una relación de equivalencia entre los seres”.
  15. Una de las competencias de juicio fundamentales para el análisis pragmático es la identificación de la situación (Nardacchione, 2011: 174), es decir, la realización de diagnósticos con relativa pretensión de universalidad: la capacidad para traer a colación un principio de justicia apropiado (Boltanski, 2000: 65). Esta necesidad de reconocimiento situacional se hace visible en una sociedad fuertemente diferenciada, en donde las prácticas de justificación no pueden ya especializarse en un solo mundo, sino que se desenvuelven en un conflicto-entre-mundos, cuyos recursos son heterogéneos, incluso cuando se constituye un “teatro común de operaciones”, como es el caso del “mundo de los negocios” (Boltanski y Thévenot, 2006: 146).
  16. Ver Assusa (2017).
  17. Como se podrá observar en la última parte del capítulo, lejos de la visión naturalizante de las relaciones y los saberes familiares (Bourdieu, 1997a; Lenoir, 2005), la formación de competencias para un conjunto de empleos que requieren de disposiciones emocionales, vinculares, de sociabilidad, cuidado y confianza, necesitan de la inversión de un esfuerzo y un trabajo simbólico familiar sistemático para su producción e incorporación práctica. Las condiciones sociales de formación de estas disposiciones y capitales incorporados [la familia], como así también sus condiciones sociales de inversión, juzgamiento y valorización (Bourdieu, 2010c) [el empleo en “casas de familia”], contribuyen a la tendencia a negociar de manera unificada la dignidad personal (laboral, familiar, escolar, etc.) en las trayectorias de estas jóvenes.
  18. Es necesario reconocer diversas gradaciones de solapamiento: el involucramiento personal en las tareas del servicio doméstico “cama adentro”, con independencia habitacional, el del cuidado de niños, el del empleo exclusivamente dedicado a tareas de limpieza o cocina. También resulta determinante la cantidad de días por semana que se asiste a un mismo hogar, con o sin manejo de dinero, lo cual presenta condiciones muy diferenciales para el desarrollo de clasificaciones y orientaciones prácticas en esta dirección. El conjunto de estos solapamientos tiende a obstruir la construcción de vínculos laborales con derechos/obligaciones legales, tal como lo analizan algunas etnografías sobre relaciones de dominación basadas en órdenes de dependencia personalizada (Sigaud, 2004; Canevaro, 2011).
  19. Más adelante desarrollaré en profundidad la articulación entre tiempos de cuidado y tiempos de trabajo (y la centralidad de la responsabilidad de la crianza de los menores en dicha articulación), y el lugar del dinero en la formación de disposiciones para el trabajo en espacios domésticos o familiares.
  20. “Las prácticas alimenticias, según Bourdieu, son uno de los pocos ámbitos donde las clases populares definen un arte de vivir –basado en una moral de la buena vida– ajeno al ascetismo sobrio de las clases medias y dominantes […] La comida popular es el refugio de la libertad para vidas que, en casi todos los demás ámbitos, están sometidas a la más imperiosa necesidad” (Moreno Pestaña, 2004: 167-169).
  21. Belén criticaba también a su prima, articulando la descalificación de su moral sexual, el origen de sus ingresos monetarios y el descuido de sus hijos: Bueno, y mi prima Janet, ella tiene su familia… uh… son terribles. Mirá que, nosotros, la parte de mí familia, digamos, no de mi tío, de mis otros primos, de los hermanos del Janet, con el único que nos hablamos es con el Luciano… es el único normal digamos, que hay. Porque lo que son mis otras primas, son terribles. Son muy… ¡ah! Y la que salió peor de todas es Janet… arruinada totalmente. Chica bonita, todo lo que sea, pero se arruinó la dentadura, todo por la plata fácil… tiene los dientes para la mierda [se ríe fuerte]. Lo que sí nos dan pena son los chiquitos, que andan todos sucios… a nadie les importa, si se caen, si se golpean, si se agarran cualquier cosa”.
  22. Esto reforzaría la búsqueda teórico-metodológica de un universo moral común y articulado, aunque con posibilidades desiguales de apropiación, como definí en el capítulo “La cultura del trabajo”.
  23. En Assusa (2018) he descripto también situaciones en las cuales las madres representan figuras estructurales equivalentes.
  24. El establecimiento de vínculos de “cuidado” de manera “libre” –de las “obligaciones afectivas” basadas en lazos de parentesco (Bourdieu, 1997b)–, transmuta la relación de dominación en el espacio de trabajo, en relaciones personales y legítimas de dependencia (Bourdieu, 2011d), basadas en la fundación de una deuda insaldable (Godelier, 1998: 273): la del don del puesto de trabajo y, por lo tanto, de la existencia como trabajador.
  25. Por otra parte, el reforzamiento de la percepción familiarista (Lenoir, 2005) de las situaciones laborales y de las personas en el mundo del trabajo contribuye a consolidar el tipo de evaluaciones que describí en anteriores capítulos, centradas en las marcaciones estéticas y subjetivas, validando las valoraciones de estos jóvenes en términos “personalizados”, “instintivos” y “emocionales” (“lo veo entrar por la puerta y ya sé si va a andar bien en la pasantía”).
  26. Estas elecciones se justifican con valoraciones diversas, sobre las prácticas propias de las escuelas privadas, algunas de ellas confesionales, sobre la “mentalización” de sus estudiantes a continuar con su formación, sobre la “exigencia” (actitudinal) que requieren y sobre la “contención social” que ofrecen (fundamentalmente, se valora el intercambio y diálogo de la escuela con la familia). La disciplina y el respeto como valores de las instituciones privadas se contraponen a la caracterización de los problemas de las escuelas públicas, signadas por la “vagancia”, las “banditas” y un mal “ambiente”. La escuela aparece en estos relatos como lugar en el que se aprenden conocimientos, pero fundamentalmente actitudes y disposiciones (portarse bien, respetar), siendo cierta garantía de normalización y civilización (Jiménez Zunino y Assusa, 2017).
  27. Michèle Lamont (2000) sostiene que el valor del hombre “protector” evoca la fuerza de voluntad y física, el coraje, la disciplina y el honor asociados a la masculinidad tradicional. A modo de analogía, puede pensarse que el “cuidado” evoca las restricciones, protecciones y valores solidarios y singulares de la femineidad tradicional inculcados en el mundo del hogar familiar.
  28. Como sostiene Ariel Wilkis (2012; 2013) la capacidad de ahorro resulta un fuerte elemento de distinción social en las clases populares (con las condiciones económicas que he descripto, signadas por la inestabilidad), a la vez que funciona como símbolo de “confiabilidad” para el crédito económico y moral en sus redes de sociabilidad.
  29. Hablar de estrategias y de regulación de la fecundidad no implica, bajo ningún punto de vista, un acento puesto en la intencionalidad de dichas prácticas. En el marco de la perspectiva teórica que adopto, la noción de estrategia toma dimensión en un interjuego dialéctico entre las condiciones objetivas y las disposiciones a la acción, en un sentido “práctico” (estructuras in-corporadas) y no “teórico” o “consciente” (Bourdieu, 2010c).
  30. En su libro Pureza y peligro, Mary Douglas realiza un análisis acerca de la dimensión simbólica de las prácticas de limpieza y su relación con los rituales de purificación espiritual. Su propuesta da cuenta, como aquí intentaré establecer, la profunda vinculación entre las prácticas de limpieza y el trazado de fronteras, clasificaciones y límites morales en algunas escenas de la vida social (Douglas, 1973).
  31. Volveré sobre este punto en el capítulo final, en torno a la relación entre limpieza y sumisión.
  32. El trabajo de Bermúdez (2009) reconoce heterogeneidades equivalentes entre distintas categorías que se aplican al mundo del trabajo de recolección de residuos.
  33. Laura, buscando postulantes para puestos en la cooperativa, me explicaba que para telefonista o administrativa había pedido sólo “perfiles femeninos”: “no es que discrimine, es que los varones no van a atender igual el teléfono… es algo que está… las chicas son más prolijas, más atentas… es otra cosa”.
  34. Si bien en este capítulo me dedico a espacios y disputas con una particular asociación a las experiencias de las mujeres de estas familias, la idea de estrategias de acumulación de capital simbólico que atraviesan todas las escenas de la vida social de estos jóvenes (tanto varones como mujeres) bajo la forma del sistema categorial del mundo del trabajo, constituye una hipótesis de lectura básica y transversal a toda este libro.
  35. Mientras que Bourdieu sostiene que son las mujeres las encargadas de reproducir el capital social familiar (Bourdieu, 1997a), Moreno Pestaña traslada esta estructura a la reproducción del capital simbólico, adaptando el análisis del trabajo reproductivo al contexto de investigación específico de este libro. “Las mujeres siguen siendo hoy el pilar básico de la transmisión del capital simbólico de las familias. Las mujeres aseguran la unidad del grupo doméstico a través de un trabajo sin valor mercantil pero indispensable para el cemento colectivo del grupo: la institución familiar de la comida conjunta, las llamadas telefónicas constantes y la organización de fiestas y de encuentros que permiten controlar los lazos (en primer lugar, las alianzas efectivas y matrimoniales) de los miembros del grupo… la apariencia estética de los miembros del grupo suele quedar a su cargo. No es raro que cuando acceden al mercado de trabajo, ocupen fundamentalmente puestos ligados al cultivo del capital simbólico de las empresas y las instituciones públicas: las mujeres, a través fundamentalmente de un trabajo sobre su cuerpo, su aspecto, su arte de conversar y de intuir los signos no verbales del otro (habilidad en la que todos los dominados son especialmente duchos), gestionan los servicios personalizados de las empresas en la caja de un supermercado, en un puesto de relaciones públicas, en la gestión y en la dirección de un departamento de ventas o en el contacto cotidiano con el público del hospital” (Moreno Pestaña, 2004: 180-181). Es en este sentido que sigo insistiendo en la necesidad de un abordaje que construya la cultura del trabajo como universo moral “común”. La reconstrucción de las intervenciones de Laura en la cooperativa sirve para mostrar cómo la in-distinción de esferas es una práctica que atraviesa la totalidad de este sistema relacional, aun produciendo efectos sumamente diferentes en su asociación con posiciones desigualmente munidas de recursos de poder para aprovechar los consiguientes beneficios simbólicos (las de los jóvenes de clases populares y las de los agentes empresariales).
  36. En este punto se comprende con plena claridad el carácter total de los procesos sociales, indisociablemente económicos y culturales, desde una perspectiva de la economía general de las prácticas.


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