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1 La cultura del trabajo

Herramientas te贸ricas para la construcci贸n del problema de investigaci贸n

Cultura del trabajo: la b煤squeda de un concepto

Una suerte de acuerdo fundante en la teor铆a social cl谩sica ubica al trabajo como la categor铆a sint茅tica y motor fundamental en el an谩lisis del mundo y la estructura social (Friedmann, 1985; Rojas y Proietti, 1992; De la Garza Toledo, 2000; Neffa, 2001). Por ello, el mundo del trabajo y la cuesti贸n del empleo tuvieron hist贸ricamente una atenci贸n central en los estudios sociales, m谩s a煤n en aquellos que versaban sobre la vida de las clases populares. No es casual que la cultura del trabajo haya aparecido en estudios hist贸ricos como la matriz de sentido central para comprender la cultura popular de principios de siglo XX en Argentina (Falc贸n, 1990).

Muchas de las primeras investigaciones en sociolog铆a del trabajo se orientan a las dimensiones estructurales y econ贸micas de los procesos de trabajo y del mercado laboral (Rojas y Prioietti, 1992). La crisis de los a帽os setenta, del Estado de Bienestar y del modelo de desarrollo capitalista vigente, habr铆a marcado una primera ruptura te贸rica en este campo de estudios, que reorient贸 su mirada hacia el espacio fabril, la acci贸n obrera, la pol铆tica y, fundamentalmente, hacia el sujeto en el mundo del trabajo (Touraine, 1992 [1966]; Goldthorpe, 1992; Leite, 2012). Durante la segunda mitad del siglo XX un conjunto de investigaciones comenz贸 a se帽alar cr铆ticamente la sobre-enfatizaci贸n de la dimensi贸n material de los an谩lisis sociales sobre el mundo laboral (Reygadas, 1998), conjuntamente con una carencia de herramientas conceptuales e investigaciones que le dieran un estatus epistemol贸gico de peso a su dimensi贸n simb贸lica (Drolas et al., 2005).

En vista a estas preguntas muchos desarrollos te贸ricos se dedicaron a tender hilos conceptuales entre las nociones de trabajo y cultura (Supervielle, 2017), como acceso privilegiado al v铆nculo entre 鈥減osiciones objetivas鈥 y 鈥渁ctitudes subjetivas鈥 (Drolas et al., 2005; Longo, 2005; Willis, 1988 [1977]), o, lo que viene a ser lo mismo, entre la 鈥渟edimentaci贸n de estructuras de clase鈥 y los 鈥減rocesos de identificaci贸n subjetiva鈥 (Guadarrama Olivera, 2010; De La Garza Toledo, 2000; Leite, 2012).

Como muestro a continuaci贸n, a tal punto se ven entrelazados las dimensiones de clase y trabajo en los estudios sobre sectores populares, que la reconstrucci贸n de los antecedentes te贸ricos relevantes para la investigaci贸n se organiza en torno a la tensi贸n y la distancia que adquieren estos polos.

Experiencia y cultura obrera

Tal como sostiene Crompton, los estudios y teor铆as sobre las clases sociales a lo largo del siglo XX fueron subrayando su configuraci贸n no s贸lo econ贸mica, sino fundamentalmente cultural, a la vez que aumentaba la atenci贸n dedicada al lugar del consumo y el gusto en la vida social (Crompton, 1993: 206). En el marco de este 鈥済iro cultural鈥, la preocupaci贸n por el mundo simb贸lico del trabajo[1] adquiere espesor te贸rico, sin dejar de lado las tensiones anal铆ticas cl谩sicas de los materialismos y los culturalismos.

Un conjunto de investigaciones desde la d茅cada de 1950 presenta un suelo com煤n de construcciones conceptuales en torno a la identificaci贸n de universos morales singulares y propios de las clases populares y de sus formas de trabajo: mundos simb贸licos relativamente aut贸nomos, resistentes a los procesos culturales hegem贸nicos, con patrones morales de dignidad, respeto y m茅rito particulares y alternativos. Como mostrar茅 m谩s adelante, este tipo de construcciones resultan problem谩ticas, tanto para el an谩lisis de la estructura de relaciones sociales contempor谩nea y local, como para las especificidades de mi problema de investigaci贸n.

Los reconocidos estudios de Victoria Novelo y Juan Luis Sariego Rodr铆guez en torno a la noci贸n de cultura obrera (Guadarrama Olivera, 2000; Reygadas, 1998) inauguran un abordaje sobre la dimensi贸n simb贸lica del mundo obrero en Am茅rica Latina, sobre la imposici贸n dial茅ctica de modos de trabajo y modos de pensamiento en la vida de la f谩brica y sobre los procesos de resistencia y creaci贸n simb贸lica y subjetiva en este 谩mbito (Novelo et al. 1986: 69-73). Estas preguntas se formulaban desde un anclaje de clase y bajo el paradigma metodol贸gico del materialismo hist贸rico (Sariego Rodr铆guez, 1992)[2]. La perspectiva se centra en la materialidad del proceso de trabajo como sin茅cdoque de las 鈥渃ondiciones materiales de vida cotidiana鈥 de las clases populares, reduciendo el an谩lisis de la cultura obrera a los problemas de 鈥渃onciencia de clase鈥 (Reygadas, 1998)[3]. Aun as铆, sus estudios instalaron un conjunto de interrogantes novedosos acerca de la formaci贸n y la reproducci贸n de la fuerza de trabajo en el modo de producci贸n capitalista (Novelo et al., 1986) reinsertando estos problemas en el marco de procesos culturales hegem贸nicos (Guadarrama Olivera, 2000).

Desde la perspectiva de la configuraci贸n cultural de los procesos de clase, el estudio de Hoggart sobre la cultura obrera en Inglaterra, publicado en la d茅cada de 1950, descentra su indagaci贸n del espacio fabril para rese帽ar un conjunto de actitudes, sentidos de pertenencia y autoadscripciones que caracterizan el mundo simb贸lico de la 鈥済ente com煤n鈥; un mundo en franca retirada ante el avance de la sociedad de masas (Hoggart, 2013 [1957]). La caracterizaci贸n de una 鈥渃ultura con estilo omnipresente鈥 en la vida de la clase obrera[4] muestra en su investigaci贸n la centralidad de la vida dom茅stica y barrial para la comprensi贸n plena de la cultura obrera, incluso en su conexi贸n con los valores laborales.

Tal como lo mostrar谩 d茅cadas despu茅s Florence Weber (1991), este giro anal铆tico que abandona el 茅nfasis hist贸rico puesto en el movimiento obrero organizado y en los individuos excepcionales y militantes en esta clase, es central para comprender las nuevas formas de leer el mundo popular, sus din谩micas, sus personas y su cultura.

Enmarcado en lo que algunos denominaron, a manera de s铆ntesis, materialismo cultural, los estudios de E. P. Thompson (1989 [1963]) exploran dos formatos hist贸ricamente alternativos de configuraci贸n de la cultura popular entre los siglos XVII y XIX en Inglaterra: la experiencia de clase y la econom铆a moral de la multitud. La clave de lectura, en t茅rminos experienciales y de tradiciones culturales, reconstruye un mundo de acciones y pr谩cticas colectivas que ponen en juego repertorios culturales y nociones legitimadoras alternativas[5] a las de la clase dominante y de la econom铆a pol铆tica capitalista (Thompson, 1993).

Thompson intenta mostrar la constituci贸n misma del simbolismo dominado en relaci贸n con la cultura oficial, sin pensarla como un 谩mbito aut贸nomo que s贸lo luego de ser producido entra en conflicto. Su noci贸n de clase y de cultura es intr铆nsecamente conflictiva y relacional: 鈥淣i el proceso de producci贸n en s铆 mismo, ni el proceso de extracci贸n de excedentes los une de verdad [a los trabajadores]鈥 (Meiksins Wood, 2000 [1995]: 112). S贸lo la producci贸n hist贸rica de una experiencia com煤n y una vivencia y sentimiento de ilegitimidad de la explotaci贸n habr铆an permitido la emergencia de formaciones culturales populares de oposici贸n y resistencia.

Aqu铆 una de las paradojas caracter铆sticas del siglo: tenemos una cultura tradicional rebelde. No pocas veces la cultura tradicional de la plebe se resiste, en nombre de la costumbre, a las racionalizaciones e innovaciones econ贸micas (tales como el cercamiento de tierras, la disciplina de trabajo, los mercados de grano 芦libres禄 y no regulados) que pretenden imponer los gobernantes, los comerciantes o los patrones [鈥 Pero cuando el pueblo busca legitimaciones para la protesta, a menudo recurre de nuevo a las reglas paternalistas de una sociedad m谩s autoritaria y entre ellas escoge las partes m谩s adecuadas para defender sus intereses particulares (Thompson, 1993: 22).

Su aporte fundamental, desde mi perspectiva, es el de mostrar la fluidez de las fronteras morales, las pr谩cticas de intercambio y apropiaci贸n, en proceso de lucha y legitimaci贸n, de disputas materiales y culturales, sobre valores morales y distribuciones econ贸micas. Es el de proponer un an谩lisis de los conflictos sociales en el proceso de formaci贸n del capitalismo, en clave de lectura moral y profundamente relacional[6]. Sin embargo, su 茅nfasis en los movimientos y procesos de resistencia (Thompson, 1993; Scott, 2000), tendi贸 a mostrar, tal como lo sostiene Ariel Wilkis, la dimensi贸n m谩s homog茅nea de los sectores populares 鈥損oniendo en juego pocas herramientas para analizar sus heterogeneidades y diferenciaciones internas鈥 y a construir categor铆as anal铆ticas que impiden la observaci贸n de ciclos, temporalidades y acumulaciones (Wilkis, 2014: 175-178). Volver茅 sobre estos problemas conceptuales al desarrollar la noci贸n de capital moral.

Los obreros desaparecen del paisaje social

En las 煤ltimas d茅cadas del siglo XX una serie de transformaciones fundamentalmente a nivel productivo[7] y, por extensi贸n, a nivel de la estructura social, produjeron cambios importantes en las investigaciones sociales sobre el mundo del trabajo y, m谩s espec铆ficamente, sobre el mundo popular. A nivel pol铆tico, la crisis del Estado de Bienestar, del 鈥減acto keynesiano鈥 y la ciudadan铆a laboral (Alonso, 2009), se correspondi贸 con procesos generalizados de precarizaci贸n y flexibilizaci贸n laboral (Castel, 1997; 2010), producto de transformaciones estructurales en el modelo de acumulaci贸n capitalista (Leite, 2012).

Sumado a un crecimiento en las din谩micas de individuaci贸n social (Castel, 2010; Merklen, 2005; 2013), el advenimiento de la crisis de reproducci贸n de las clases populares desde la d茅cada de 1970, tanto en pa铆ses europeos y en EEUU como en Am茅rica Latina, plantea desaf铆os que modifican por completo la manera de pensar la cultura del trabajo. Esta crisis aparece como un triple proceso de descalificaci贸n econ贸mica, pol铆tica y simb贸lica de las clases populares (Beaud y Pialoux, 2015).

En primer lugar, el proceso de desvalorizaci贸n de su fuerza de trabajo, el aumento del desempleo y la degradaci贸n de las condiciones del empleo obrero; la desvalorizaci贸n de su recursividad en el mercado de trabajo centrada en la fuerza f铆sica y en los valores de virilidad (Mauger, 2012), alentada por un crecimiento y diversificaci贸n del sector servicios en el mundo popular (Bourgois, 2010 [1995]).

A su vez, se desarrolla un correlativo proceso de desvalorizaci贸n simb贸lica, resultado parad贸jico y contradictorio de la ampliaci贸n en el acceso al sistema educativo (fundamentalmente de nivel medio), que produce la emergencia de un 鈥渕ercado de identidades鈥 m煤ltiples y alternativas (Mauger, 1995: 18-22). En parte, esta desvalorizaci贸n se traduce en conflictos generacionales y en la formaci贸n de sentimientos de 鈥渧erg眉enza de clase鈥 hacia el interior de las familias de clases populares (Mauger, 2012), as铆 como en fractura y fragmentaci贸n de la relativa insularidad[8] de la vida obrera (Pialoux y Beaud, 2010 [1993]; Leite, 2012). El cuadro se completa con la crisis del sindicalismo y privatizaci贸n del mundo obrero (Weber, 1991: 180), ruptura en la acumulaci贸n pol铆tica de la clase obrera organizada (Mauger, 2012; Beaud y Pialoux, 2015 [1999]), solidaria a la vez con los procesos de extra帽amiento y de crisis de 鈥渢ransmisi贸n generacional鈥 en estas clases. En palabras de Beaud y Pialoux (2015: 26), los obreros desaparecen del paisaje social.

En este nuevo marco, la agenda de los estudios laborales fue profundamente formateada por las nociones de fragmentaci贸n y multiplicidad. Las clases populares, que nunca hab铆an dejado de ser heterog茅neas, aparecieron cada vez m谩s caracterizadas por su multiplicidad intr铆nseca, en la cual resaltaban los conflictos, disparidades y diferenciaciones generacionales en su interior (Mauger, 2012; Beaud y Pialoux, 2015). As铆, el horizonte de investigaci贸n de las culturas laborales fue tomando centralidad, en la medida en que decrec铆a la injerencia de la noci贸n de cultura obrera.

La cultura en plural: de la cultura obrera a las culturas laborales

La noci贸n de culturas del trabajo en el 谩mbito de la investigaci贸n social surge con fuerza en aquel contexto de transformaciones del modelo productivo y del mundo popular. Estos enfoques incorporaron en su an谩lisis (en cierta continuidad con la perspectiva de la cultura obrera) elementos de una ideolog铆a del trabajo (Palenzuela, 1995), es decir, de los procesos de modulaci贸n de las pr谩cticas y cosmovisiones en la fabricaci贸n del consenso en el 谩mbito laboral (Burawoy, 1979) y de la definici贸n del trabajo como obligaci贸n moral o 茅tica (Weber, 2006 [1905]; Bauman, 1999).

Las culturas del trabajo aparecen, as铆, como matriz signada por la posici贸n en las relaciones de producci贸n y por la materialidad y las particularidades de los procesos laborales (rama econ贸mica, riesgos laborales, espacios de trabajo, etc.), enfatizando, de esta manera, la dimensi贸n 鈥渃reativa鈥 e 鈥渋nterpretativa鈥 de los propios sujetos trabajadores (Moreno Navarro, 1997). De este modo, las culturas del trabajo se definen como

Conjunto de conocimientos te贸rico-pr谩cticos, comportamientos, percepciones, actitudes y valores que los individuos adquieren y construyen a partir de su inserci贸n en los procesos de trabajo y/o de la interiorizaci贸n de la ideolog铆a sobre el trabajo, todo lo cual modula su interacci贸n social m谩s all谩 de su pr谩ctica laboral concreta y orienta su espec铆fica cosmovisi贸n como miembros de un colectivo determinado (Palenzuela, 1995: 13)[9].

Guadarrama Olivera, por su parte, las conceptualiza como procesos de generaci贸n, actualizaci贸n y transformaci贸n de las formas simb贸licas en la actividad laboral (Guadarrama Olivera, 2010: 219). En consonancia con esta l铆nea, la investigaci贸n antropol贸gica de Luis Reygadas sobre las maquiladoras en M茅xico habla de 鈥渘uevas culturas del trabajo鈥 en tanto dimensi贸n simb贸lica de las relaciones laborales contempor谩neas: procesos de creaci贸n, transmisi贸n y apropiaci贸n de significados en el mundo del trabajo (Reygadas, 1998: 3).

Esta nueva formulaci贸n te贸rica incorpora una perspectiva m谩s profundamente 鈥渉olista鈥 (Moreno Navarro, 1997) descentrada del proceso de trabajo propiamente dicho, articulando las 鈥渃ulturas empresariales de producci贸n鈥 y las interpretaciones y producciones simb贸licas propias de los trabajadores. A la vez, discute cr铆ticamente su operacionalizaci贸n como concepto en el marco de una estructura productiva que compel铆a a dar cuenta de las particularidades, multiplicidades y fragmentos de las diversas vidas ocupacionales, m谩s que de las 鈥渉omogeneizantes鈥 culturas de clase.

En di谩logo conflictivo con esta tendencia, muchas de las etnograf铆as obreras realizadas desde finales de la d茅cada de 1970 parten de este marco de discusiones y asumen cabalmente el desaf铆o metodol贸gico de reconstruir marcos de sociabilidad fragmentados, m煤ltiples, anclados en las l贸gicas sociales m谩s amplias que llevaron a la crisis de reproducci贸n de las clases obreras.

Una de estas investigaciones es la realizada por Michael Burawoy (1979), quien, en base a un trabajo de campo en el interior del espacio fabril, analiza la construcci贸n de consenso operada por la direcci贸n empresarial en el proceso productivo de la f谩brica: un conjunto de estrategias de regulaci贸n de la espontaneidad del 鈥渏uego鈥 individual, de imposici贸n de su propio sistema cultural por medio de la coacci贸n constante y de la incorporaci贸n/participaci贸n de los trabajadores en las 鈥渄ecisiones鈥 de la empresa. Al mismo tiempo el autor intenta desenmara帽ar una serie de sentimientos, escamoteos, satisfacciones y apropiaciones alternativas por parte de los trabajadores respecto de las estrategias empresariales.

Florence Weber (2008) y Leite Lopes (2011 [1976]), en base a investigaciones sobre grupos obreros distintos entre s铆 (la primera sobre una villa obrera francesa, el segundo sobre los obreros de los ingenios azucareros pernambucanos) proponen desanudar las relaciones intra-clase y los procesos de heterogeneizaci贸n y diferenciaci贸n interna de las clases obreras contempor谩neas. Weber realiza un esfuerzo metodol贸gico por pensar conjuntamente los dominios de la producci贸n (f谩brica) y la reproducci贸n (espacio habitacional), como mundos objetivamente separados, con modalidades y racionalidades propias, pero articulados por una homolog铆a estructural de las posiciones ocupadas y de las relaciones simb贸licas entre ellas establecidas (Weber, 2008: 16).

En un movimiento metodol贸gico hom贸logo, la etnograf铆a de Olivier Schwartz (1990) explora el universo de gustos y deseos de la clase obrera, en la tensi贸n existente entre el proceso de 鈥減rivatizaci贸n鈥 de su mundo y sus particulares configuraciones familiares. El autor vuelve sobre un espacio dom茅stico con mayor 鈥渁utonom铆a cultural鈥 que el espacio fabril, para restituir los sentidos en el uso del tiempo, las elecciones, el tramado de dependencias y necesidades en estos lugares, a煤n en un mundo obrero mucho m谩s penetrado por la escolarizaci贸n y por el contacto con la cultura oficial que el visitado por Hoggart en la d茅cada de 1950 (2013).

Por su parte, el estudio de Paul Willis (1988) sobre j贸venes de clase obrera en Inglaterra analiza los procesos de formaci贸n subjetiva de disposiciones al trabajo para la inserci贸n en las relaciones de producci贸n capitalista, bajo las posibilidades limitadas de su situaci贸n de clase en un contexto de 鈥渄emocratizaci贸n鈥 del sistema escolar (Willis, 1988; Palenzuela, 1995). La manera en la que este autor reconstruye anal铆ticamente los lazos entre el mundo escolar y el mundo de la f谩brica abre nuevos caminos para la exploraci贸n etnogr谩fica de la producci贸n y las formas de la cultura obrera descentradas del proceso de trabajo propiamente dicho; formas enfocadas al conjunto de experiencias vitales, en una pluralidad de mundos de la vida 鈥揹enominados 鈥渃ultura de la f谩brica鈥, 鈥渃ultura del barrio鈥, 鈥渃ultura de resistencia a la instituci贸n escolar鈥, etc.鈥 (Reygadas, 1998). Tambi茅n aporta elementos para la teorizaci贸n en torno a la cultura de las clases populares, en la medida en que acopia datos locales en referencia a diferentes territorios o localidades, explorando, a trav茅s de la 鈥渕ovilidad鈥 entre esferas, la formaci贸n cultural del trabajo en el capitalismo (Marcus, 1991 [1986]; 2001 [1995]).

Siguiendo a Weber (1991), entiendo que las nuevas miradas sobre el mundo obrero presentan la tendencia de descentrarse de los lugares habituales de indagaci贸n (trabajo, sindicato, pol铆tica) para insertarse en el mundo del ocio, del consumo y de la escuela. Esto abre el horizonte de an谩lisis a los procesos de individuaci贸n y privatizaci贸n del mundo obrero y a la exploraci贸n de sus v铆nculos con la crisis de desempleo, la consiguiente reclusi贸n dom茅stica de los trabajadores y la fractura de los lazos y espacios colectivos (Pialoux y Beaud, 2010).

Si bien este viraje contribuy贸 con el tiempo a la formaci贸n de algunos problemas metodol贸gicos 鈥揷omo la exageraci贸n en el diagn贸stico de la p茅rdida de centralidad del trabajo en la vida de las clases populares鈥, produjo a su vez un renovado inter茅s por las disputas en torno a la moral popular y las preocupaciones propias y ajenas sobre el 鈥渉edonismo鈥 (Murard y La茅, 2013), por las transformaciones en la noci贸n de dignidad obrera (Pialoux, Weber y Beaud, 1991) y por la construcci贸n de abordajes de la clase obrera que recuperaran el devenir total de su vida cotidiana (Beaud y Pialoux, 2015).

El 鈥渇in de la cultura del trabajo鈥 en Argentina

Las discusiones que pretend铆an articular las dimensiones de lo simb贸lico y lo estructural en el mundo del trabajo tomaron fuerza en Argentina a la luz de las profundas transformaciones sociales producto de d茅cadas de reformas y pol铆ticas neoliberales. La idea de una p茅rdida de centralidad del trabajo en la vida social (Neffa, 2001) hab铆a logrado instalarse en el sentido com煤n acad茅mico, junto a un acuerdo en torno a la p茅rdida de vigencia de la categor铆a de clase para describir la realidad social[10]. En el marco de este consenso, un conjunto de investigaciones se dedic贸 a explorar las transformaciones subjetivas de las clases populares en la sociedad argentina contempor谩nea (Svampa, 2005).

En un texto de la compilaci贸n Desde abajo, de gran difusi贸n en su 茅poca, Maristella Svampa sostuvo que el nuevo marco social estaba signado por un proceso de redefinici贸n de alteridades sociales (Svampa, 2000a; De La Garza Toledo, 2000) e instrumentalizaci贸n del trabajo[11]. Esta din谩mica habr铆a producido un viraje en el modo de constituci贸n de las identidades sociales, marcando un fuerte agotamiento de la cultura del trabajo y un re-centramiento hacia el mundo del consumo (Svampa, 2000a). Como antes expliqu茅, la crisis de las clases populares habilit贸 indagaciones sobre la cuesti贸n identitaria que tendieron a descentrarse de su anclaje 鈥渓aboral鈥.

A partir de esta caracterizaci贸n, Svampa analiza las transformaciones simb贸licas en un grupo de trabajadores de la industria sider煤rgica en t茅rminos de 鈥渋dentidades astilladas鈥 (Svampa, 2000b). En sus vidas (fundamentalmente en la de los j贸venes obreros), la p茅rdida de referencias y de marcadores morales cl谩sicos de la clase obrera (entre ellos, la valoraci贸n m谩s rom谩ntica del trabajo como dignificante y del peronismo como lenguaje pol铆tico privilegiado[12]) habr铆a desplazado sus procesos identitarios hacia consumos culturales masivos, individualistas y ego-c茅ntricos (Svampa, 2000b: 154).

Resultado tambi茅n de un proceso de investigaci贸n en la d茅cada de 1990, la publicaci贸n de El trabajo en el espejo aparece como un punto de referencia de un conjunto de indagaciones que acumulaban varios a帽os en la misma direcci贸n. Desde una definici贸n que articula las perspectivas 鈥渂iogr谩ficas鈥 y 鈥渞elacionales鈥 (Dubar, 2001; Longo, 2005), Battistini entiende a la identidad como la forma particular en la que los trabajadores interpretan y producen significaciones sobre los cambios estructurales de su sociedad (Battistini, 2005: 24). En aquel momento, el marco laboral ser铆a caracterizado fundamentalmente por un proceso de crecimiento de la competencia individual, de la amenaza de desempleo y de la inestabilidad laboral. En adici贸n, escenarios antes estructurados bajo c贸digos comunes centrados en el mundo del empleo estable (la empresa, el barrio, la calle, la familia, etc.), comienzan a verse desanclados por dicho cimbronazo estructural (Battistini, 2005: 29-31).

Desde esta perspectiva, Battistini y Wilkis (2005) muestran c贸mo los v铆nculos familiares y empresariales de un grupo de j贸venes trabajadores de Toyota operan en transacciones subjetivas que re-valorizan el espacio de trabajo y las nociones de 鈥渟acrificio鈥 y 鈥渆sfuerzo鈥 en sus construcciones identitarias. Los puestos en esta f谩brica (una empresa internacional) implican una 鈥渞ecompensa simb贸lica鈥, un punto de referencia de 鈥渟eguridad鈥 鈥揹e acuerdo a las expectativas de la clase media-baja y baja鈥 en un contexto de incertidumbre y precarizaci贸n. De esta manera, los autores remarcan una reactualizaci贸n de principios valorativos e identitarios heredados (Battistini y Wilkis, 2005) que discute la tesis de ruptura generacional respecto de la cultura del trabajo (Svampa, 2000b).

Definiendo referentes emp铆ricos vinculados a 谩mbitos productivos y laborales particulares, estos textos discuten la asentada idea de la p茅rdida de centralidad del trabajo en la cultura vital de las clases populares y recuperan el lugar del empleo como valor social entre j贸venes pobres de Argentina (Longo, 2005: 201-213; Battistini y Wilkis, 2005). Sin embargo, centrados en la categor铆a de Identidad 鈥搕al y como fue definida en estas investigaciones (Dubar, 2001)鈥, continuaron en la direcci贸n de reconstruir mundos simb贸licos particulares y fragmentarios, vinculados a pr谩cticas ocupacionales diferenciales.

Como ya plante茅, si bien muchos de estos trabajos fueron publicados en la primera d茅cada del siglo XXI, las investigaciones que los sustentaban fueron realizadas y referidas a los procesos sociales ocurridos durante la d茅cada de 1990. En la medida en que el per铆odo de la post-convertibilidad fue avanzando, algunos de estos autores percibieron ciertos cambios en las l贸gicas societales, se帽alando una reactivaci贸n de la cultura del trabajo en la vida de los sectores populares (Gonz谩lez Bombal, Kessler y Svampa, 2010), en el discurso de las pol铆ticas sociales (Cort茅s y Kessler, 2013), y en sus dispositivos de legitimaci贸n (Andrenacci et al., 2006). Otras investigaciones se帽alaron, tambi茅n, una reaparici贸n de la clase obrera como protagonista de la conflictividad social en el pa铆s (Varela, 2009), sosteniendo que su acta de defunci贸n acad茅mica fue producto m谩s de modas te贸ricas y recortes emp铆ricos que de procesos efectivamente sucedidos[13].

Cierto es que una nueva configuraci贸n de condiciones estructurales, fundamentalmente vinculadas a las pol铆ticas y la din谩mica del mercado laboral en el pa铆s (pero tambi茅n en Am茅rica Latina), funcionaron como condici贸n de posibilidad para una transformaci贸n en el modo de diagnosticar, problematizar e intervenir en el mundo del trabajo. Este cambio habilit贸 una reemergencia de 鈥渢eor铆as nativas鈥 de intervenci贸n vinculadas a lo que entiendo como cultura del trabajo. La manera en la que impactan estos procesos en la configuraci贸n de la producci贸n simb贸lica de las clases populares requiere, por su parte, un an谩lisis que atienda a la complejidad del fen贸meno.

Siempre fuimos fragmentarios: problemas conceptuales

Las investigaciones que vengo rese帽ando se vieron marcadas por dos influencias te贸ricas fundamentales para la 茅poca[14]. El esquema com煤n del argumento conceptual de los autores que desarrollo implica que la complejizaci贸n, fragmentaci贸n y diferenciaci贸n estructural produce, casi indefectiblemente, una fragmentaci贸n y multiplicaci贸n identitaria equivalente, lo cual lleva a abandonar progresivamente los programas de investigaci贸n orientados por la b煤squeda de identidades laborales fuertes o culturas de clase (obrera) relativamente homog茅neas.

El soci贸logo Richard Sennett sosten铆a que la formaci贸n de identidades laborales estaba fundamentalmente constituida por lo ocurrido en el proceso de trabajo (Sennet, 2000: 67). Los procesos productivos que, desde la d茅cada de 1980 en EEUU, por su discontinuidad, tecnificaci贸n y descalificaci贸n, se organizaban en torno a 鈥渢areas f谩ciles鈥 y a una comprensi贸n superficial de la totalidad del proceso por parte de los trabajadores, hab铆an generado indiferencia y compromisos identitarios 鈥渄茅biles鈥 (Sennett, 2000: 73). La 鈥渘ueva 茅tica del trabajo鈥 que Sennett describe para finales del siglo XX est谩 compuesta por competencias 鈥渂landas鈥, procesos de 鈥渋nterpretaci贸n profunda鈥 y t茅cnicas de 鈥渕anejo afectivo鈥. Esta nueva realidad moral habr铆a generado marcas identitarias mucho m谩s vol谩tiles que el simbolismo tradicional de la clase trabajadora.

Zygmunt Bauman, otra de las balizas te贸ricas de este campo de investigaciones, sosten铆a que las transformaciones identitarias de la 茅poca pod铆an caracterizarse como el paso de la 鈥溍﹖ica del trabajo a la est茅tica del consumo鈥 (Bauman, 1999). La modernidad tard铆a concentrar铆a sus mecanismos de subjetivaci贸n en la obligaci贸n y la voluntad de consumo ef铆mero, tanto como las identidades formadas en el devenir de estas pr谩cticas. Las transformaciones en el mundo del trabajo, como la flexibilizaci贸n laboral, producir铆an tambi茅n identidades flexibles (Bauman, 1999: 49-51) y un des-dibujamiento entre las fronteras de los 谩mbitos del trabajo y del ocio (el trabajo comenzar铆a ser pensado tambi茅n como un entretenimiento).

Este viraje en el centro de atenci贸n desde la esfera laboral a la esfera del ocio no modifica el pensamiento de 谩mbitos separados por fronteras relativamente fijas, esencializadas y estancas. Tal como argumentar茅 en el 煤ltimo cap铆tulo de este libro, la producci贸n de fronteras entre esferas resulta central para comprender el problema de la cultura del trabajo en la vida de las clases populares.

El argumento en torno a la idea de fragmentaci贸n resulta problem谩tico en varios sentidos para la construcci贸n de mi problema de investigaci贸n. En primer lugar, porque supone que, bajo alg煤n modelo de desarrollo, patr贸n de acumulaci贸n o modelo productivo en la historia (taylorismo, fordismo, etc.), cierta homogeneidad estructural habr铆a producido, con m谩s o menos mediaciones, identidades laborales unitarias y fuertes. Sin embargo, como sabemos al menos desde la irrupci贸n de los estudios de E. P. Thompson en la historia social inglesa, la heterogeneidad estructural de los procesos de trabajo no es una novedad exclusivamente contempor谩nea. Reconociendo el lugar de los grandes talleres en la sociabilidad b谩sica de la formaci贸n de la clase obrera, Thompson (1989) sostiene que su experiencia de clase surge en la relaci贸n dial茅ctica entre la producci贸n de la vida material y la expresi贸n cultural de la conciencia de clase. En este sentido, la clase aparece como una relaci贸n humana que 鈥渦nifica sucesos, experiencias y conciencias鈥 (Thompson, 1989: XIII) de trabajadores y artesanos de diversas ramas e industrias, y que requiri贸 de un profundo trabajo pol铆tico y cultural de instituciones religiosas, sociedades de fomento, mutuales y dem谩s cuerpos sociales, que contribuyeron a producir esta identidad y, en este proceso, a formar la clase obrera inglesa. As铆 como las identidades laborales no surgen, sin m谩s, mec谩nicamente, del proceso de trabajo, tampoco se lic煤an autom谩ticamente por transformaciones que complejizan la estructura laboral.

En segundo lugar, la idea de fragmentaci贸n como orientaci贸n global de la investigaci贸n resulta problem谩tica dado que, tal como se帽ala Lamont en su estudio sobre las fronteras morales de la clase trabajadora en EEUU y Francia, los individuos de esta clase social no se comportan como 鈥渉ombres posmodernos鈥 que se 鈥渞ecrean a s铆 mismos cada ma帽ana al despertar鈥 (Lamont, 2000: 11): su vida diaria, su sociabilidad y la manera en la que 鈥渄escriben el mundo鈥 se asienta en el conocimiento profundo de lo que denominan 鈥済ente como nosotros鈥. Atendiendo a que la clase social puede seguir significando un recurso identitario fundamental para algunas personas, entiendo que resulta productivo poner en suspenso el supuesto que dictamina un des-dibujamiento correlativo entre estructura productiva y proceso de trabajo, por un lado, y las identidades de clase, por otro.

En tercer lugar, pienso que la adscripci贸n a la tesis del 鈥渇in de la cultura del trabajo鈥 (como derivaci贸n de tesis m谩s amplias sobre el fin de las clases o el fin del trabajo tal y como lo conocemos) descansa en una indistinci贸n conceptual que, a los fines de mi investigaci贸n, debo aclarar. Aun cuando el diagn贸stico acerca del estallido de las identidades laborales a partir de la d茅cada de 1990 en Argentina pueda ser aceptable, la cultura del trabajo en esta investigaci贸n refiere a un orden diferente de hechos (o al menos, a un orden conceptual distinto en la producci贸n de datos). Recupero, para esto, la distinci贸n de Grimson entre la categor铆a de cultura, reservada para hablar de pr谩cticas, creencias y significados sedimentados, y la noci贸n de identidad, como conjunto de sentimientos y categor铆as de pertenencia (Grimson, 2011: 138-139)[15]. Por ello, la cultura como disposici贸n relacional y articulada de las heterogeneidades, las desigualdades y las clasificaciones, habilita determinadas din谩micas hegem贸nicas y, por lo tanto, determinados campos de posibilidades para las identificaciones. En este sentido, considero que es fundamental poner en cuesti贸n la afirmaci贸n que deduce, de la p茅rdida de centralidad del mundo del trabajo para los anclajes identitarios en las 煤ltimas d茅cadas[16], la corrosi贸n equivalente de centralidad del trabajo en el sedimento de pr谩cticas y simbolismos compartidos por las clases populares. En otras palabras, y como tratar茅 de demostrar a lo largo de este libro, entiendo que del diagn贸stico de la fragmentaci贸n de identidades laborales no puede deducirse el llamado 鈥渇in de la cultura del trabajo鈥 (M铆guez y Sem谩n, 2006).

Universos morales aut贸nomos: la perspectiva subcultural

Como se pudo observar hasta aqu铆, un conjunto de conceptualizaciones se ha construido en torno a la relaci贸n entre trabajo y cultura y, de manera m谩s amplia, entre posiciones de clase y formaciones culturales. Antes que detenerme en el desarrollo de cada una de estas formulaciones, me dedico aqu铆 a mostrar cierta l贸gica conceptual com煤n subyacente que permite discutir las limitaciones de los modelos de explicaci贸n cultural para dar cuenta de la din谩mica propia del problema de esta investigaci贸n y mi trabajo de campo.

La cultura de la pobreza y sus cr铆ticas

En su investigaci贸n sobre familias pobres mexicanas, Oscar Lewis (1967) acu帽贸 la noci贸n de cultura de la pobreza para dar cuenta de un conjunto de pr谩cticas 鈥揻undamentalmente econ贸micas鈥 de los sectores populares en el mundo del 鈥渟ubdesarrollo鈥. El autor describe la cultura de la pobreza como un 鈥渕odo de vida que se transmite y hereda鈥, de generaci贸n en generaci贸n, con 鈥渆structuras y razones propias鈥, es decir, bajo la configuraci贸n de una 鈥渟ubcultura鈥, 鈥渃on sus propias modalidades y consecuencias distintivas psicol贸gicas鈥 (Lewis, 1961). Lewis sostiene que estos contenidos simb贸licos se generan en condiciones de precariedad, desempleo, bajos ingresos y en un contexto de desorganizaci贸n colectiva y valores dominantes voluntaristas.

Por otra parte, la cultura de la pobreza implica cierta positividad en la medida en que 鈥渙frece una serie de recompensas sin las cuales dif铆cilmente los pobres podr铆an sobrevivir. La cultura de la pobreza es tanto una adaptaci贸n cuanto una reacci贸n frente a su posici贸n marginal en una sociedad capitalista, estratificada en clases y con alto nivel de individuaci贸n鈥 (Guti茅rrez, 2005: 30).

La caracterizaci贸n de Lewis de la cultura de la pobreza a partir del impulsivismo, el presentismo y el fatalismo (Hoggart mismo asignaba algunos de estos rasgos a la cultura obrera, aunque con un tono reivindicativo) le vali贸 al autor un conjunto de cr铆ticas por su an谩lisis (Guti茅rrez, 2005: 31)[17]. En primer lugar, la sanci贸n de un ciclo autoperpetuante de comportamiento y actitudes disfuncionales en las familias pobres parec铆a responsabilizar a los agentes por su propia situaci贸n de subalternidad; un movimiento te贸rico que termina por adscribir a la l贸gica voluntarista de la 茅tica protestante del trabajo (Bourgois, 2010). La manera en la que Lewis incorporaba las condiciones estructurales en su esquema te贸rico hac铆a de estas un simple contexto, como 鈥渃aldo de cultivo鈥 para la formaci贸n de una 鈥渃ultura de la pobreza鈥, y no como fuerza estructurante e interviniente (metodol贸gicamente articulada) en los procesos sociales.

En segundo lugar, la caracterizaci贸n de contenidos de esta cultura pecaba de 鈥渕iserabilismo鈥 y 鈥渄ominomorfismo鈥 (Grignon y Passeron, 1991). Adoptando las categor铆as te贸ricas leg铆timas construidas para la producci贸n de datos sobre la cultura de las clases dominantes, Lewis encuentra en la observaci贸n de las clases populares 鈥渟ubdesarrolladas鈥 s贸lo carencias, faltas, capacidades truncas o niveles bajos.

Sin embargo, tal como sostiene Bourgois (2001), la influencia pol铆tica de Lewis gener贸 toda una agenda de investigaci贸n que se dedic贸 a discutir las pr谩cticas 鈥渁utodestructivas鈥 de las familias pobres en distintos registros etnogr谩ficos, antes que a discutir las consecuencias te贸ricas de este enfoque. Dejando de lado 鈥搒贸lo por el momento鈥 los problemas asociados a su voluntarismo te贸rico, resalto el gesto conceptual de reconstruir un universo moral (de valores disfuncionales, en este caso) que corresponde culturalmente (transmisi贸n intergeneracional) a un sector social particular (los pobres), asign谩ndole a esta producci贸n simb贸lica una din谩mica reproductivista relativamente separada, aut贸noma e independiente (Guti茅rrez, 2005) de las transformaciones estructurales y otorg谩ndole fuerte determinaci贸n sobre sus pr谩cticas econ贸micas. Sin las consecuencias pol铆ticas nefastas que se le adjudican a Lewis, buena parte de las investigaciones subculturales presentan estos mismos gestos conceptuales subyacentes.

Transgresi贸n, innovaci贸n y estilo: las subculturas juveniles

La noci贸n de subcultura fue tambi茅n utilizada en el 谩mbito de la sociolog铆a norteamericana de la d茅cada de 1950 y 1960 en el marco de los estudios sobre delincuencia juvenil. La cl谩sica investigaci贸n de Albert Cohen (1955) discute con la teor铆a de la desviaci贸n mertoniana, poniendo en evidencia que la subcultura delincuente juvenil no funcionaba pura y exclusivamente como un contexto de 鈥渋nnovaci贸n鈥, sino que se defin铆a como un marco de referencia moral alternativo que constitu铆a actos de manera no-utilitarista, como 鈥渧alores en s铆 mismos鈥, habilitando formas singulares de hedonismo y de b煤squeda de reconocimiento social (Cohen, 1955: 28-30).

En este planteo, la subcultura delictiva no aparece ya como un d茅ficit-moral, sino como la creaci贸n de un marco de valores alternativo (Young et al, 2008) que vuelve 鈥渁ceptables鈥 acciones reprimidas en otros contextos de referencia. Muchas de estas investigaciones recuperan el estudio pionero de William Foot Whyte (1971 [1943]), Sociedades de la esquina, para discutir la sanci贸n de desorganizaci贸n y pluralismo moral que pesaba sobre las pr谩cticas no-convencionales de algunos grupos de j贸venes. El estudio de Foot Whyte describe la estructura de la pandilla como un sistema de obligaciones rec铆procas y favores mutuos, que lejos de estar 鈥渄esorganizada鈥 presentaba una baja flexibilidad individual, una fuerte jerarqu铆a de relaciones personales basadas en lazos de reconocimiento intracomunitario, lealtad y una centralidad de la figura del l铆der. Antes que carecer de estructura, la pandilla 鈥渄esanclaba de la estructura social general鈥 a sus miembros. Estos nuevos marcos habr铆an surgido de principios de asociaci贸n diferencial o autoselecci贸n, es decir, a partir de espacios de sociabilidad juvenil relativamente aut贸noma (Kessler, 2004; Feixa, 2008). Af铆n a este razonamiento, la tesis de la asociaci贸n diferencial aparece como un antecedente tambi茅n fundamental para estas investigaciones (Sutherland, 1988 [1956]).

Aun ante la ausencia de vocaciones de oposici贸n pol铆tica manifiesta, estas subculturas emerg铆an en contextos de precaria integraci贸n a la cultura hegem贸nica 鈥搃ncluso cuando algunos de sus valores fuesen recuperados, resignificados y 鈥渄ados vuelta鈥 por el filtro del 鈥渆stilo鈥 (Feixa, 2008)鈥, caracteriz谩ndose fundamentalmente por la transgresi贸n de la moralidad hegem贸nica (M铆guez, 2008).

En la d茅cada de 1970, un conjunto de autores, muchos de ellos aglutinados en el Centro de Estudios sobre Cultura Contempor谩nea de Birmingham (CCCS), bajo la direcci贸n de Stuart Hall y Tony Jefferson, reelaboran la noci贸n de subcultura, reinsert谩ndola en un marco te贸rico gramsciano[18].

A partir de una reintroducci贸n de la producci贸n simb贸lica subcultural en marcos de conflictos y disputas generacionales (Corrigan, 2010) y de clases sociales (Hall et al., 1978; Cozzi, 2013), las subculturas juveniles se definen en esta corriente como soluciones simb贸licas o m谩gicas (Hebdige, 2004 [1979]) a las contradicciones estructurales, es decir, a conflictos tanto respecto de la cultura dominante como de la cultura parental puritana (Clarke et al., 2010: 104-105; Cohen, 2002; Feixa, 2008: 92-94; M铆guez, 2008). Las subculturas juveniles se comprenden como b煤squedas en torno a la recuperaci贸n de una cohesi贸n social a帽orada (Clarke et al., 2010) 鈥搇a perdida 鈥渃omunidad de clase obrera鈥 (Hebdige, 2004: 104)鈥 y a la dotaci贸n de sentido de la propia marginalidad (Machado Pais, 2003).

De esta forma, los estudios sobre subculturas juveniles de la d茅cada de 1970 鈥揷on miradas ya no restringidas a las pr谩cticas delictivas, sino tambi茅n habiendo incorporado los estudios sobre producciones simb贸licas expresivas en t茅rminos de 鈥渆stilo鈥, como manifestaciones 鈥渆n los signos鈥 de las resistencias al orden social establecido (Hebdige, 2004: 33)鈥 abordaban formas de vivir, negociar o resistir la experiencia misma de la subordinaci贸n (Chaves, 2010; Clarke, 2010), entendiendo este conjunto de relaciones de lucha como expresi贸n del car谩cter siempre activo de las estructuras de clase (Clarke et al., 2010)[19].

Las culturas populares como universos morales aut贸nomos

La etnograf铆a de Philippe Bourgois (2010) sobre el mundo de la econom铆a informal y la venta de crack en Harlem resulta un antecedente central para mi estudio, tanto por la complejidad con que aborda las configuraciones alternativas de lo laboral y lo moral (la 鈥渂煤squeda de respeto鈥) como por los distintos movimientos te贸ricos que le requiere tal an谩lisis.

Si bien su investigaci贸n no realiza un desarrollo detenido en base a la noci贸n de subcultura, la construcci贸n de su problema parte de una serie de cr铆ticas a la noci贸n de cultura de la pobreza de Lewis (algunas de las cuales, expuse en p谩rrafos anteriores). En su investigaci贸n, Bourgois describe y analiza las condiciones de vida de un grupo de nuyorikans cuyas trayectorias oscilan entre un mercado laboral precario y una econom铆a informal delictiva, en un contexto de crisis del pleno empleo y desgranamiento de la promesa del trabajo industrial y el ascenso social.

Esto ha producido lo que yo llamo la 鈥渃ultura callejera de la inner city鈥: una red compleja y conflictiva de creencias, s铆mbolos, formas de interacci贸n, valores e ideolog铆as que ha ido tomando forma como una respuesta a la exclusi贸n de la sociedad convencional. La cultura de la calle erige un foro alternativo donde la dignidad personal puede manifestarse de manera aut贸noma [鈥 Esta cultura callejera de resistencia no es un universo consciente o coherente de oposici贸n pol铆tica. Por el contrario, es un conjunto espont谩neo de pr谩cticas rebeldes que se ha forjado paulatinamente como un modo, un estilo, de oposici贸n (Bourgois, 2010: 38).

La propuesta metodol贸gica de este autor refleja un esfuerzo por dar cuenta del v铆nculo entre acciones individuales y restricciones estructurales. En un contexto de violencia cotidiana y corrosi贸n de los lazos y las estructuras de contenci贸n de las instituciones sociales del Estado, el estudio de Bourgois intenta reconocer el margen de agencia de los 鈥減eones鈥 de las fuerzas estructurales, dando entidad as铆 a una lectura de sus contradicciones constitutivas, que articula la mirada sobre la resistencia de la cultura callejera, con la atenci贸n sobre su 铆mpetu violento y destructivo (Bourgois, 2010: 47).

Recuperando esta perspectiva conceptual, un conjunto de investigaciones antropol贸gicas en Argentina construy贸 la hip贸tesis del 鈥渇in de la cultura del trabajo鈥 鈥揺n cierta afinidad con las investigaciones sobre identidades laborales que rese帽茅 anteriormente鈥. En la introducci贸n a un libro dedicado al estudio de distintas manifestaciones de la cultura de las clases populares en la Argentina contempor谩nea, M铆guez y Sem谩n sostienen que existe 鈥搇uego de la d茅cada de 1990鈥 un agotamiento de la matriz popular estructurada en torno a la 鈥渃ultura del trabajo鈥 (M铆guez y Sem谩n, 2006: 31). Esta din谩mica habr铆a impuesto nuevos contenidos hist贸ricos para el simbolismo de las clases populares, en un contexto signado por el post-trabajo: el cortoplacismo, la fuerza, la jerarqu铆a y la dependencia como l贸gicas y valores estructurantes de esta matriz.

No resulta anecd贸tico que el trabajo de campo de buena parte de estas investigaciones se haya realizado en espacios particularmente caracterizados por fen贸menos de transgresi贸n[20]. En el caso de M铆guez (2008), su investigaci贸n sobre j贸venes en conflicto con la ley penal reconstruye la manera en la que la transgresi贸n normativa se torna una pauta identificatoria en este contexto (el de la subcultura del delito juvenil). La l贸gica subcultural transforma en recurso un acervo disponible entre personas en posiciones marginales, para resolver sus problemas cotidianos, tanto a nivel material como simb贸lico (M铆guez, 2008: 239). As铆, la fuerza f铆sica (como devenir de la significaci贸n hist贸rica del valor del esfuerzo) se vuelve un capital en el marco de este mentado agotamiento de la pauta identitaria popular de la 鈥渃ultura del trabajo鈥 (M铆guez y Sem谩n, 2006)[21].

Entiendo que la injerencia expl铆cita o impl铆cita de esta perspectiva te贸rica orient贸 la mirada de las investigaciones hacia los fen贸menos m谩s disruptivos, alternativos y, por momentos, violentos, exotizables y alterizables del mundo popular. Esto es particularmente relevante para los estudios sobre j贸venes: creo que las innovaciones e importantes aportes de las investigaciones informadas por la perspectiva subcultural les prestaron mucho menos atenci贸n a las fracciones de las clases populares que, aun siendo clasificadas como transgresoras o desviadas por las clases dominantes (la sanci贸n de aquello que 鈥渓es falta鈥, como la cultura del trabajo), no llegan necesariamente a constituir 鈥渦niversos鈥 morales alternativos y aut贸nomos.

Es posible que, a partir de estos horizontes conceptuales, haya quedado cierta vacancia y se hayan producido relativamente pocos datos sobre la vida y los sentidos de aquellos j贸venes de clases populares definidos como 鈥減ringaos鈥 (Willis, 1988), pasivos (Ortner, 2016), conformistas o adaptados, en el contexto de las posiciones subordinadas de la estructura social[22].

Cultura del trabajo: universo moral com煤n y homolog铆as estructurales

He llegado a caracterizar algunos de los antecedentes fundamentales en la vinculaci贸n conceptual entre clase, trabajo y cultura. Pude tambi茅n mostrar su operatividad para la investigaci贸n y las implicancias t茅cnicas de este tipo de elecciones y usos te贸ricos. En el marco de la construcci贸n de mi problema de investigaci贸n, existen dos supuestos b谩sicos de las conceptualizaciones subculturales que resultan problem谩ticos[23]. La revisi贸n intenta hacer consciente aquellos objetos, aristas y problemas que estas teor铆as resaltaron y tambi茅n aquellos otros que ocultaron. A partir de esta explicitaci贸n, construir茅 las herramientas te贸ricas para las operaciones anal铆ticas propias de esta investigaci贸n.

En primera instancia, es necesario poner en tensi贸n el supuesto de la formaci贸n de universos morales y culturales aut贸nomos. Con matices y heterogeneidades que intent茅 marcar, los esquemas subculturales (de la pobreza, de clase, juveniles, etc.) implican perspectivas que tienden a realzar la autonom铆a simb贸lica y la discontinuidad moral. Sin embargo, en el an谩lisis global de mi material de campo, encontr茅 que, lejos de sistemas de moralidad grupales o locales, la cultura del trabajo se manifestaba como un diagn贸stico (lo que los agentes estatales sancionaban como carencia en las trayectorias familiares de las clases populares), como un acervo disponible en la frontera entre grupos y posiciones, tanto para los j贸venes beneficiarios del programa de empleo, como para los agentes estatales de esta pol铆tica, para los docentes de la escuela del barrio y para muchos de los padres y vecinos adultos que entrevist茅. Antes que valores alternativos o de resistencia, las referencias a la cultura del trabajo que las personas motorizaban en el campo hac铆an menci贸n a un universo moral relativamente com煤n[24] (no bajo la figura de comunidad, sino bajo una regulaci贸n hegem贸nica de sus contenidos), del cual se apropiaban[25] y reproduc铆an de manera diferencial.

A medida que el trabajo de campo fue derivando en distintos espacios institucionales e informales del barrio 鈥搖n circuito por el cual muchos de los j贸venes de esta investigaci贸n circulaban鈥, la noci贸n de cultura del trabajo me result贸 mejor descripta como un sistema de clasificaciones morales, a la vez, conflictiva y colaborativamente co-producido por familias de clases populares (j贸venes y adultos, con sus respectivas disputas hacia el interior de dichas unidades dom茅sticas) y agentes de diversas fracciones y posiciones de clase media.

Siguiendo a Ortner (2016), considero que es necesario salir de conceptualizaciones que reproducen cierto esencialismo cultural, es decir, de los conceptos que suponen a un grupo, en posesi贸n de una cultura, con acciones profundamente orientadas por ella. La omnipresencia del recurso simb贸lico de la cultura del trabajo, entonces, no es observado como 鈥渓o propio鈥 de las actitudes y saberes de 鈥渦na clase鈥, en el sentido de Hoggart (2013), sino m谩s bien como una manera de tramitar y experimentar la relaci贸n entre agentes de posiciones distintas (y desiguales) del espacio social, particularmente disponible para los j贸venes de clases populares (y para los productores de su condici贸n juvenil).

Por otra parte, recorrer distintas escenas sociales me llev贸 a reparar en la importancia de esta heterogeneidad. La omnipresencia del sistema clasificatorio parec铆a requerir una continuidad anal铆tica de los esquemas categoriales de distinci贸n que se pon铆an en juego en cada uno de estos espacios, una homolog铆a basada en las oposiciones y las significaciones que entiendo bajo la noci贸n de cultura del trabajo: s贸lo de esta manera podr铆a comprender los nexos entre las clasificaciones y valorizaciones operadas sobre beneficiarios de programas, estudiantes y trabajadores, en base a categor铆as equivalentes.

El recorrido por este circuito me llev贸 adem谩s a visibilizar y comprender el esfuerzo puesto por muchos de estos agentes para distinguir y construir fronteras entre 谩mbitos de validez diferencial para la aplicaci贸n de recursos y criterios de legitimidad singulares: justificaciones y autoridades que aparec铆an como v谩lidas s贸lo en el 鈥渉ogar鈥 o la 鈥渇amilia鈥, actitudes aceptables s贸lo en el espacio de la 鈥減ura econom铆a鈥, valores que no deb铆an escenificarse nunca en el 谩mbito 鈥渆statal鈥 o p煤blico, etc. Los recursos, esquemas de percepci贸n y valoraci贸n puestos en juego para producir estos l铆mites entre 谩mbitos de moralidad (que a la vez eran sitios o locaciones de mi trabajo de campo) son le铆dos aqu铆 como parte de la configuraci贸n de la cultura del trabajo.

El segundo supuesto que pretendo tensionar es el de la b煤squeda [obligatoria] de procesos de lucha subyacentes en las manifestaciones subculturales. La l贸gica de an谩lisis centrada en el binomio resistencia / adaptaci贸n (por cierto, coherente con el modelo de universos morales aut贸nomos) genera rigideces conceptuales que ya fueron se帽aladas en la etnograf铆a de Bourgois en su lectura de la cultura de la calle en clave contradictoria[26] (Bourgois, 2010): la resistencia cultural y los impulsos autodestructivos se articulan profundamente en su escritura sobre la vida de los vendedores de crack de Harlem, en su an谩lisis sobre la resistencia a los par谩metros morales dominantes de la sociedad neoyorkina y los consiguientes obst谩culos que esto les plantea para insertarse en contextos institucionales o laborales con c贸digos interaccionales diferentes. En l铆nea con este planteo, Cohen se帽ala tambi茅n que la noci贸n de 鈥渟oluci贸n simb贸lica鈥 de los problemas estructurales en t茅rminos subculturales puede constituir 鈥減roblemas nuevos鈥, en la medida en que el simbolismo subcultural refuerce la subalternidad de sus protagonistas (Cohen, 2002). Tal como sostiene Bourdieu, 鈥淟a resistencia puede ser alienante y la sumisi贸n puede ser liberadora. Tal es la paradoja de los dominados, y no se sale de ella鈥 (Bourdieu, 1988: 157). Mart铆n Criado (1998) tambi茅n vuelve sobre este punto, indicando que medir las pr谩cticas [clasificadas como] disruptivas de determinados grupos de j贸venes en t茅rminos de su 鈥渆ficacia鈥 para la 鈥渞esistencia鈥 al orden social dominante implica la imposici贸n del inter茅s y la l贸gica 鈥渢e贸rica鈥 del investigador sobre la l贸gica 鈥減r谩ctica鈥 de los nativos.

De esta manera, pretendo reinscribir el an谩lisis sobre la cultura del trabajo en el marco de una teor铆a de la pr谩ctica, habilitando comprensiones de las apropiaciones y usos diferenciales de este acervo simb贸lico como movilizaciones e inversiones de un recurso estrat茅gico, relacionalmente articulado desde distintas posiciones de clase. Adem谩s, busco habilitar la construcci贸n de un problema de investigaci贸n y una estrategia metodol贸gica acorde a estas opciones conceptuales y epistemol贸gicas, que articule expl铆citamente la reconstrucci贸n de escenas sociales de interacci贸n y procesos sociales estructurales relativos a la desigual distribuci贸n de los recursos de poder, con centro en la noci贸n de homolog铆a de posici贸n.

Cultura del trabajo como categor铆a anal铆tica

En base a lo expuesto, debo resolver tres interrogantes complementarios en la construcci贸n de la perspectiva te贸rica para esta investigaci贸n. El primero, 驴c贸mo analizar un conjunto de pr谩cticas que, situadas en escenas distintas, presentan sistemas clasificatorios y disposiciones comunes? El segundo, 驴c贸mo contribuye la cultura del trabajo en el procesamiento y organizaci贸n de las diferencias simb贸licas en este sistema relacional?; o, en otras palabras, 驴c贸mo leer la cultura del trabajo en t茅rminos de pr谩cticas sociales de clasificaci贸n y enclasamiento? Y el tercero, 驴c贸mo analizar un conjunto de procesos sociales insertos en un universo moral, a la vez, com煤n a distintas posiciones y diferencialmente apropiado? Partiendo de este conjunto de preguntas defino las herramientas conceptuales que sostienen el an谩lisis de este libro. Este desarrollo te贸rico se estructura en torno a las nociones de habitus de clase, diferenciaci贸n simb贸lica y capital simb贸lico.

La noci贸n de cultura en el marco de la teor铆a de la pr谩ctica

La senda conceptual a partir de la cual religo las distintas dimensiones de la 鈥渃ultura del trabajo鈥 se ubica en el contexto de la teor铆a de la pr谩ctica (Sewell, 2005; Ortner, 2016)[27]. Si bien las discusiones conceptuales sobre la noci贸n de cultura en antropolog铆a tienen una diversidad de versiones y caminos (Kuper, 2001), la teor铆a de la pr谩ctica propone una manera espec铆fica de explorar las l铆neas de correspondencia entre las divisiones 鈥渙bjetivas鈥 del mundo social y sus principios de visi贸n y divisi贸n, o bien, lo que ser铆a lo mismo, la correspondencia entre las estructuras sociales y las estructuras mentales (Wacquant, 2005 [1992]: 37-39; Ortner, 2016: 3). Esto implica construir indagaciones sobre la cultura no tanto como una 鈥渆specie鈥 particular de pr谩ctica (como esfera del mundo), ni como sistema de s铆mbolos p煤blicamente disponibles y ritualizados (Geertz, 2003 [1973]: Kuper, 2001), sino como dimensi贸n simb贸lica de toda pr谩ctica social (Wacquant, 2005)[28].

Este particular abordaje orienta los interrogantes acerca de 鈥渓o cultural鈥 en torno a la manera en la que las personas traducen significativamente sus desigualdades materiales (Sewell, 2005: 164), es decir, a la forma en que tramitan su posici贸n social 鈥揺n el caso de esta investigaci贸n, fundamentalmente sus posiciones de clase social y clase de edad[29] (Chaves, 2010)鈥 en el marco de la l贸gica de clasificaci贸n y ordenamiento del capitalismo contempor谩neo (Ortner, 2016). En otras palabras, asumir esta perspectiva implica estudiar la manera en que las interpretaciones nativas del mundo social producen sentido, proponen relatos, explicaciones y soluciones para su propia desigualdad (Harris, 2006).

Al vivenciar el conjunto de sus relaciones sociales (interaccionales y estructurales), los agentes producen tipificaciones, modos de percepci贸n, significaci贸n y acci贸n sedimentados, que poseen un estatuto epistemol贸gicamente objetivo y ontol贸gicamente (inter)subjetivo (Grimson, 2011: 159). Estas tipificaciones constituyen el sustrato de lo que llamo cultura y, m谩s espec铆ficamente, de lo que denomino 鈥渃ultura del trabajo鈥, abriendo una serie de interrogantes acerca de su formaci贸n, negociaci贸n y uso[30].

Del trabajo de campo y la unidad de la pr谩ctica

Como describ铆 anteriormente, las conceptualizaciones y modelos anal铆ticos acerca de la cultura laboral resultaban problem谩ticos por su concentraci贸n en el proceso de trabajo y en el espacio laboral. Mientras tanto, las trayectorias y la vida cotidiana de los j贸venes con los que me encontr茅 en el programa de empleo requer铆an otro tipo de aproximaciones.

Durante mi trabajo de campo en el PJMYMT escuchaba recurrentemente hacer referencia al 鈥渄esempleo鈥 como un 鈥渇lagelo鈥 que hab铆a castigado a los j贸venes beneficiarios, a sus padres y a sus abuelos: 鈥淭ercer generaci贸n de desempleados, por eso no tienen cultura del trabajo鈥. La afirmaci贸n se repet铆a en charlas con funcionarios, en sus intentos por explicar la raz贸n de ser de esta pol铆tica p煤blica: familias problem谩ticas, temprano abandono de la escuela, falta de valores positivos en su ambiente. Sin embargo, las vidas laborales de estos j贸venes se caracterizaban menos por un desempleo de largo plazo que por una recurrente inestabilidad laboral (Kessler, 2004).

Las nociones de culturas laborales enfocadas en el proceso de trabajo supon铆an la formaci贸n de l贸gicas y c贸digos espec铆ficos, a partir de la permanencia prolongada en determinados 谩mbitos y espacios laborales y en el marco de configuraciones relacionales estables. Si bien algunas de las experiencias de estos j贸venes (fundamentalmente las primeras, en la construcci贸n y el empleo dom茅stico) ejerc铆an una suerte de socializaci贸n laboral de car谩cter duradero[31], la participaci贸n intensiva y permanente en determinadas actividades ocupacionales no funcionaba de manera tal que permitiese suponer la conformaci贸n de 鈥渃ulturas laborales鈥 como las que describ铆an los estudios pioneros de la antropolog铆a latinoamericana (Novelo et al., 1986; Reygadas, 1998). El proceso de trabajo no era la 鈥渃onstante鈥 sobre la cual indagar para analizar el mundo simb贸lico que intentaba reconstruir en mi estudio. Antes bien, la investigaci贸n requer铆a encontrar los dispositivos te贸rico-metodol贸gicos acordes para desentra帽ar din谩micas sociales de inestabilidad en sus inserciones laborales y en su vida en general.

El sistema de categor铆as que comenzaba a observar no se asentaba tanto en saberes y conocimientos t茅cnicos espec铆ficos de oficios y actividades en su materialidad misma, sino m谩s bien en nociones mucho m谩s amplias, difusas y ambiguas sobre las 鈥渁ctitudes鈥 en el mundo del trabajo. Estas nociones se extrapolaban a la totalidad de la vida pol铆tica y social de los j贸venes. M谩s que con una dispersi贸n categorial que redefiniera situacionalmente (por ocupaci贸n o 谩mbito laboral) la validez singular de las clasificaciones sociales disponibles, lo que observ茅 fue una cierta recurrencia en los esquemas clasificatorios y en los patrones de valorizaci贸n de las personas, las actitudes y las competencias, formal y moralmente vinculadas al mundo del trabajo.

Las diversas observaciones en mi trabajo de campo (detalladas en la introducci贸n y el cap铆tulo metodol贸gico) pon铆an progresivamente en evidencia la necesidad de contar con herramientas conceptuales que habilitaran el an谩lisis de un acervo moral com煤n, relacional, surgido en la frontera estructural e interaccional entre posiciones sociales desiguales.

A su vez, se hac铆a necesario contar con conceptos que permitieran el an谩lisis de las posibilidades diversas de usos y apropiaciones de este acervo com煤n. Tal como sostiene Grimson (2011), las clasificaciones son m谩s compartidas que los sentidos sobre las mismas. Aun cuando la cultura del trabajo aparec铆a como una configuraci贸n a la que remit铆an, pr谩ctica y discursivamente, j贸venes beneficiarios, t茅cnicos estatales, docentes, familiares, vecinos, etc., cada uno de ellos lo hac铆a con posibilidades de significaci贸n, uso, articulaci贸n y efectos totalmente distintos. Es, entonces, a partir de la noci贸n de habitus, que dar茅 cuenta de los diferentes esquemas de percepci贸n y disposici贸n a la pr谩ctica que habilitan apropiaciones diferenciales de este universo moral.

Esquemas y disposiciones para el uso y la apropiaci贸n de la cultura del trabajo

La categor铆a de habitus constituye un punto de apoyo que permite re-articular anal铆ticamente los principios generadores de la pr谩ctica (Wacquant, 2005; Guti茅rrez, 2012) y los cursos de acci贸n socialmente disponibles para un conjunto de agentes (Swidler, 1986). Resultado de la incorporaci贸n de las estructuras objetivas a partir de la experiencia de la posici贸n social ocupada (Wacquant, 2012 [2001]), este principio generador de estrategias (Guti茅rrez, 2012), hist贸ricamente constituido en forma de disposiciones duraderas y trasladables (Bourdieu, 2010c [1980]), permite abordar l铆neas de continuidad y recurrencia en situaciones cambiantes.

Esta noci贸n resulta 煤til para volver inteligible la relaci贸n entre las pr谩cticas y las situaciones en las que 茅stas toman lugar. El habitus funciona como una categor铆a conectiva y relacional en dos sentidos. Por un lado, explicita la articulaci贸n anal铆tica entre la posici贸n (de clase, edad, sexo, etc.) ocupada en la estructura de relaciones y el sistema de disposiciones para las pr谩cticas, percepciones y valoraciones (Guti茅rrez, 2012). En segundo lugar, esta noci贸n relacional permite dar cuenta del v铆nculo entre la dimensi贸n de las estructuras y la recurrencia en una serie de pr谩cticas y sentidos observados en el trabajo de campo: el habitus explicita la conexi贸n construida entre posici贸n y pr谩ctica social de una manera que muchas otras teor铆as de la acci贸n se limitan exclusivamente a insinuar.

Este concepto no viene a reemplazar la noci贸n de cultura de la antropolog铆a geertziana, pensada como sistemas simb贸licos p煤blicamente disponibles (Geertz, 2003; Kuper, 2001). M谩s precisamente, el habitus re-articula la categor铆a de cultura en un marco general de la teor铆a de la pr谩ctica. El habitus no est谩 constituido como una forma de 鈥渟ubjetividad鈥 o 鈥渃onjunto de representaciones鈥, sino m谩s precisamente como estructura[32], sistema de disposiciones para la producci贸n de pr谩cticas y representaciones (Bourdieu, 2010c). Esta estructura funciona, entonces, como posibilidad objetiva (incorporada) de la pr谩ctica, e instrumento de apropiaci贸n de aquellos contenidos disponibles en determinado acervo cultural. La cultura del trabajo se configura, as铆, como un campo de referencia relativamente com煤n (Grimson, 2011), aunque los agentes de distintas posiciones se apropien de sus elementos de manera diferencial, a partir de necesidades distintas y con resultados u efectos desiguales[33].

La etnograf铆a de Paul Willis (1988) resulta valiosa justamente por este tipo de operaciones te贸rico-metodol贸gicas. Antes que reconstruir la contra-cultura escolar de los j贸venes de clase obrera como una subcultura fundamentalmente localizada 鈥揺n el sentido que defiende Abu-Lughod (2005 [1997]; 2012 [1991])[34]鈥, su estudio aparece como una exploraci贸n de la formaci贸n de disposiciones subjetivas para el trabajo (disposiciones sobre las relaciones con la autoridad, sobre el uso de la fuerza f铆sica, sobre los valores relativos a los saberes te贸ricos y pr谩cticos, etc.), a partir de un ir y venir argumentativo y anal铆tico entre distintas escenas de la vida de estos j贸venes: la escuela, la f谩brica, la familia. Su relevancia estriba menos en la identificaci贸n de pautas de interacci贸n propias de una localidad etnogr谩fica, que en la reconstrucci贸n de estructuras de valor y valorizaci贸n en la relaci贸n entre espacios diferenciales: la escuela y el trabajo.

Entiendo que el sistema de disposiciones (habitus de clase) que orienta las pr谩cticas de los j贸venes de clases populares de esta investigaci贸n debe ser gen茅ticamente reconstruido en torno a la multiplicidad de esferas que constituyen la configuraci贸n de la cultura del trabajo (Bourdieu, 2010c: 132). Esto implica pensar la unidad de la pr谩ctica, hacia afuera y hacia adentro de los 谩mbitos propiamente laborales. Conlleva, adem谩s, restituir sistemas categoriales centrados en el trabajo, en su puesta en juego en escenas sociales diversas, desde la laboral, hasta la estatal, la escolar o la familiar.

La categor铆a de habitus de clase resulta vital para un distanciamiento cr铆tico de los an谩lisis basados en el supuesto de heterogeneizaci贸n, multiplicidad y fragmentaci贸n, cuyo origen ha sido fundamentado en las transformaciones de los procesos productivos. En algunos pasajes de su obra, Bernard Lahire desarrolla una cr铆tica al car谩cter unitario y sistem谩tico de la noci贸n de habitus que tiende a basarse en la perspectiva de la fragmentaci贸n. El autor sostiene que esta categor铆a tiende a restituir, mediante el estudio de una situaci贸n, la totalidad de un 鈥渆stilo de vida鈥, muchas veces sin evidencia emp铆rica de tal homogeneidad[35] (Lahire, 2004 [1998]: 30-31; Corcuff, 2014). Lahire desarrolla la noci贸n de actor plural, producto de contextos de socializaci贸n m煤ltiples y heterog茅neos, de la participaci贸n en universos sociales variados en diferentes posiciones en la estructura de cada uno de ellos. De esta manera, y por extensi贸n, criticando la categor铆a misma de campo, Lahire (2004) entiende que la supuesta correspondencia posici贸n/disposici贸n no es observable emp铆ricamente, menos a煤n en sociedades diferenciadas y profundamente heterog茅neas.

Si el car谩cter transferible de las disposiciones es siempre potencial, ser铆a necesario 鈥渟eguir鈥 a un mismo actor en una pluralidad de 鈥渆sferas de actividad鈥 (Lahire, 2004: 118) para captar as铆 la manera en la que las personas distinguen qu茅 esquemas son pertinentes en cada contexto social (micro-situaci贸n, configuraci贸n, universo social, etc.). La posibilidad de distinci贸n (de contextos) se comprende como una competencia resultado del aprendizaje[36] a partir de la utilizaci贸n de esquemas sociales diferentes para contextos distintos de acci贸n. La transferencia anal贸gica[37] de saberes y esquemas se dar铆a, as铆, 煤nicamente entre situaciones semejantes.

El planteo de Lahire se asienta en el plano te贸rico-metodol贸gico, dejando de lado n煤cleos epistemol贸gicos centrales de la teor铆a de la pr谩ctica, vitales para una comprensi贸n global de su propuesta. La cr铆tica basada en la imposibilidad de observar la homolog铆a entre situaciones responde a un olvido significativo: la homolog铆a estructural funciona como una postulaci贸n anal铆tica, que s贸lo es v谩lida en base al conocimiento de distintas situaciones interaccionales 鈥搕al como se puede observar en las etnograf铆as de Weber (2008) o Willis (1988)鈥, lo cual permite ordenar las recurrencias registradas en distintas escenas, poni茅ndolas en relaci贸n con datos significativos, aunque no construidos exclusivamente en base a la observaci贸n directa.

As铆, la noci贸n de homolog铆a implica, metodol贸gicamente, la relevancia de un conjunto de relaciones sociales, de existencia estructural, que no necesariamente se manifiestan en interacciones co-presenciales entre agentes individuales. El desarrollo de Lahire tiende a asociar los datos 鈥渆mp铆ricos鈥 con aquellos datos surgidos de la observaci贸n y el registro 鈥渄irecto鈥, mientras que la teor铆a de la pr谩ctica permite concebir a la realidad como un conjunto de relaciones, tanto estructurales como interaccionales.

Mi trabajo de campo fue asent谩ndose en distintos espacios institucionales e informales correspondientes a la vida cotidiana de un conjunto de j贸venes, descentr谩ndose, en su b煤squeda, del espacio propiamente laboral y del proceso de trabajo. Observ茅 disposiciones y sistemas de clasificaci贸n con cierta semblanza de familia entre escenas de la pol铆tica p煤blica, de la escuela, del barrio y del espacio propiamente laboral, que produc铆an fronteras y patrones para distinguir, juzgar y valorar con categor铆as hom贸logas a j贸venes y no-j贸venes, estudiantes, trabajadores y beneficiarios de un programa de empleo.

En este 煤ltimo sentido, entiendo al habitus de clase como esquema de percepci贸n y acci贸n que organiza las apropiaciones diferenciales del acervo com煤n de la cultura del trabajo y por ello funciona como principio unificador del conjunto de experiencias y significaciones de la desigualdad social que estos agentes desarrollan en su vida cotidiana. As铆, aparece como la unidad pr谩ctica de un conjunto de estrategias de clasificaci贸n y enclasamiento, que resultan de la re-traducci贸n simb贸lica de la estructura de posiciones o, lo que es lo mismo, de la producci贸n de sentidos vividos sobre las desigualdades materiales.

Por otra parte, la representaci贸n que los agentes se hacen de su propia posici贸n y de la posici贸n de los otros en el espacio social (as铆 como por lo dem谩s la representaci贸n que dan de ella, consciente o inconscientemente, por sus pr谩cticas o sus propiedades) es el producto de un sistema de esquemas de percepci贸n y de apreciaci贸n que es 茅l mismo el producto incorporado de una condici贸n (es decir de una posici贸n determinada en las distribuciones de las propiedades materiales y del capital simb贸lico) y que se apoya no s贸lo en los 铆ndices del juicio colectivo sino tambi茅n en los indicadores objetivos de la posici贸n realmente ocupada en las distribuciones que ese juicio colectivo toma en cuenta (Bourdieu, 2010c: 225).

Distinci贸n y fronteras: una econom铆a de los bienes simb贸licos

El entendimiento de que las pr谩cticas sociales se constituyen en el marco de espacios organizados en torno a una multiplicidad de recursos (Bourdieu y Wacquant, 2005 [1992), obliga a pensar las pr谩cticas de distinci贸n (Bourdieu, 2006) como vectores estrat茅gicos con peso propio, es decir, articulados sistem谩ticamente en la puesta en juego de una variedad fenom茅nica de acciones muy distintas para producir y reproducir la posici贸n social de los agentes y, en este mismo acto, la estructura social toda (Bourdieu, 2006; Guti茅rrez, 2005; 2012).

En la medida en que tom茅 distancia de mi primer acercamiento a la cultura del trabajo en t茅rminos de universos morales aut贸nomos y propios de din谩micas 鈥渟ubculturales鈥, comenc茅 a vislumbrar el lugar que los valores asociados a esta configuraci贸n cultural (el esfuerzo, el sacrificio, la honestidad, el cuidado, etc.) ocupaban en la construcci贸n de diferencias significativas sobre las relaciones de desigualdad, pero tambi茅n en la legitimaci贸n de las posiciones sociales adquiridas, en la determinaci贸n del valor de las personas y en su inserci贸n en el mercado laboral.

El habitus de clase de cada uno de los agentes del sistema relacional que investigo, en tanto esquema de precepci贸n y apreciaci贸n, no s贸lo dispone a la producci贸n de 鈥渟entidos sobre el propio lugar鈥 y sobre el lugar de los dem谩s en el espacio social, sino que inserta estos sentidos (en tanto 鈥渟entidos de clase鈥) en la inteligibilidad moral de la distribuci贸n de los recursos sociales: califica la manera en la que los beneficios se distribuyen diferencialmente entre las distintas posiciones sociales, como justa o in-justa. Las pr谩cticas de distinci贸n no s贸lo versan sobre los lugares y las distancias, sino que explican e interpretan las razones de las proximidades y los alejamientos, impugnan su justicia, la disputan, la negocian. Y para esto, echan mano a un repertorio cultural (Swidler, 1986) compuesto fundamentalmente por lo que Thompson denomin贸 鈥渘ociones legitimadoras鈥 (Thompson, 1993; Manzano, 2007), acerca del merecimiento de los recursos pose铆dos, del valor de estos recursos y de la dignidad e in-dignidad de semejantes y ajenos.

En este sentido, Bourdieu sostiene[38] que las oposiciones simb贸licas (al estilo de lo 鈥渁lto鈥 y lo 鈥渂ajo鈥, lo 鈥渕oral鈥 y lo 鈥渋nmoral鈥, la 鈥渄ignidad鈥 y el 鈥渄is-valor鈥) remiten a oposiciones hom贸logas del orden social, a raz贸n de la misma relaci贸n que vincula las estructuras cognitivas con las estructuras sociales o, lo que es lo mismo, los principios de divisi贸n con las divisiones sociales (Bourdieu, 2006: 479). As铆, el conocimiento del mundo social 鈥揷omo conocimiento socialmente construido del mundo鈥 forma parte del objeto de investigaci贸n que construyo y abordo, en conexi贸n con la categor铆a de habitus: la percepci贸n de los lugares y las distancias sociales, en tanto actividades estructurantes que funcionan en la pr谩ctica y para la pr谩ctica, son a la vez actos enclasables (insertos en un sistema relacional) y actos de enclasamiento (de agencias de clasificaci贸n, valoraci贸n y valorizaci贸n).

De esto se sigue que 鈥淯na clase se define por su ser percibido tanto como por su ser鈥 (Bourdieu, 2006: 494). Las pr谩cticas de distinci贸n a partir de las cuales las dignidades, merecimientos y el valor social son negociados entre los agentes del sistema relacional en torno a la formaci贸n de la cultura del trabajo para j贸venes de clases populares, ponen de manifiesto la manera en la que la lucha por las distribuciones es inseparable de la lucha por las clasificaciones (Bourdieu, 2010c: 227)[39].

En este sentido, las indagaciones sobre las disputas por el valor simb贸lico de las personas en torno al trabajo como estructura y valor transferible a m煤ltiples escenas sociales, va paralela a la pregunta por la re-articulaci贸n estrat茅gica de estas disputas: la configuraci贸n de la cultura del trabajo es, para esta investigaci贸n, resultado de la relaci贸n entre la distribuci贸n estructural y la clasificaci贸n simb贸lica en las trayectorias vitales de los j贸venes de clases populares, s铆ntesis dial茅ctica de la producci贸n material de sus recursos y posiciones y de la reproducci贸n simb贸lica en la totalidad de su vida[40].

Tal como sostiene Michel Lamont (2000), la clase obrera organiza mapas mentales en torno a un conjunto de fronteras morales basadas en el valor positivo del trabajo. 脡stas fronteras subvierten las relaciones de legitimidad oficiales en base a est谩ndares morales compartidos con otras clases sociales. Las personas reconstruyen, as铆, el 鈥渙rden (moral) del mundo鈥, a partir de un mapa estructurado en torno a la responsabilidad individual, la laboriosidad, la honestidad y el cuidado familiar, afirmando su propia dignidad personal y su valor social para compensar la carencia de otros recursos de poder (fundamentalmente, el econ贸mico). Si bien no comparto plenamente la idea de que estas nociones de dignidad funcionen como una especie de contra-ideolog铆a de la clase obrera que cuestiona la meritocracia y produce definiciones alternativas de valor (Lamont, 2000: 114-115), s铆 considero que el aporte de esta autora pone en el centro del an谩lisis las maneras en las que las construcciones de fronteras [o diferencias] morales estructuran las disputas por la consecuci贸n de la dignidad personal, entre los j贸venes de clases populares, pero tambi茅n entre ellos y los agentes estatales, docentes y adultos de su 谩mbito relacional[41].

La construcci贸n de fronteras morales basadas en el acervo de la cultura del trabajo 鈥揷omo sostuve anteriormente鈥 se inserta en el centro del conjunto de pr谩cticas que los j贸venes de clases populares despliegan para proveerse de recursos econ贸micos, para acceder a puestos de trabajo disponibles en el segmento m谩s precario del mercado laboral, para acumular los recursos que circulan a trav茅s de la oficina de empleo, para viabilizar su promoci贸n escolar y para resolver airosamente conflictos y acusaciones que pudiesen pesar sobre ellos en estas distintas escenas sociales.

Capital simb贸lico: inter茅s y moral

La reinserci贸n del conjunto de pr谩cticas que analizo aqu铆 bajo el lente de la cultura del trabajo habilit贸 una reconstrucci贸n te贸rica de esta noci贸n de manera cr铆tica. Adem谩s, me permiti贸 hacerlo atendiendo a los problemas conceptuales y metodol贸gicos que fueron surgiendo ante las din谩micas particulares del sistema relacional que abordo en esta investigaci贸n.

Las fronteras morales y las pr谩cticas de clasificaci贸n y enclasamiento que las producen se construyen, seg煤n lo que vengo exponiendo, en base a un conjunto de categor铆as de percepci贸n y apropiaci贸n que ponen en valor lo que, bajo el esquema de la cultura del trabajo, aparece como obligatorio (trabajar, estudiar, ser responsables, esforzarse para conseguir los objetivos, etc.). 鈥淗acer de la necesidad, virtud鈥, seg煤n la expresi贸n que identifica el 鈥渋nter茅s de la moral鈥 entre aquellos que, desprovistos de otros medios, sostienen sus pretensiones a partir de garant铆as simb贸licas, en el cumplimiento de las obligaciones escenificadas como virtudes morales (Bourdieu, 2011d). Estos procesos toman lugar en determinados espacios (Bourdieu, 2011c [1976]: 69; Wilkis, 2014: 165) que producen inter茅s en las obligaciones morales, o, lo que es lo mismo, que producen inter茅s (social) en la encarnaci贸n del desinter茅s (materialista o economicista)[42].

La recuperaci贸n de la perspectiva maussiana (Mauss, 2009 [1924]) le permite a Bourdieu reconocer una multiplicidad de formas de inter茅s[43] (distintos del 鈥減uramente material鈥), a la vez que mostrar la necesidad econ贸mica del tipo de acumulaci贸n propiamente simb贸lica, sostenida bajo la forma del 鈥渄esinter茅s鈥 y la 鈥済ratuidad鈥 de las pr谩cticas, sin por ello reactivar las presunciones intelectualistas y calculadoras que asignan, a todos los agentes en todos los 谩mbitos de la vida, una racionalidad marginalista-economicista para la acci贸n. De esta manera, Bourdieu intenta dar cuenta de la energ铆a y el trabajo invertido en la legitimaci贸n del capital econ贸mico (Godelier, 1998), proceso que se encuentra casi siempre como una alquimia social de denegaci贸n, desconocimiento, eufemizaci贸n y transfiguraci贸n de relaciones de dominaci贸n en relaciones de dependencia personal (Bourdieu, 2011a [1978])

Bourdieu acu帽a la categor铆a de capital simb贸lico para abordar el problema de la legitimidad en la apropiaci贸n de recursos, es decir, como concepto que nomina la transfiguraci贸n de las relaciones de fuerza en relaciones de sentido (Bourdieu, 1999 [1977]). Las pr谩cticas de distinci贸n son aquellas que producen dicha re-traducci贸n en contextos determinados. Esto permite, tal como sostiene Wilkis (2014), encarar un programa de investigaci贸n sobre los 鈥渧alores y las virtudes鈥 en el marco de la teor铆a de la pr谩ctica[44]. Adem谩s, habilita una mirada acerca de la moral que realza la importancia de las disputas simb贸licas y de la capacidad de agencia, sin perder de vista la estructura de relaciones, ni la 鈥渙bligatoriedad鈥 caracter铆stica de lo moral (Mauss, 2009).

En esta l铆nea, Ariel Wilkis propone la noci贸n de capital moral (Wilkis, 2014; 2010) para hablar de las garant铆as de valor acumuladas e incorporadas por los agentes como respaldo de sus pretensiones y posiciones, particularmente en situaciones de desposeimiento relativo de otro tipo de recursos (como es el caso de las clases populares). El autor precisa a煤n m谩s la definici贸n de Bourdieu, hablando de una transmutaci贸n de las relaciones de fuerza en relaciones de valor.

Por estas razones, la asunci贸n de las disputas morales por el capital simb贸lico como perspectiva te贸rica implica un an谩lisis acerca de las maneras en las que las personas son medidas (esto es, percibidas, clasificadas, valoradas y valorizadas) en funci贸n del cumplimiento de obligaciones morales y, por lo tanto, implica un abordaje de la forma en la que dichos valores y obligaciones se instituyen como vectores estrat茅gicos. Reinsertando esta discusi贸n en uno de los debates nodales de la teor铆a antropol贸gica cl谩sica, es necesario analizar la manera en la que dichos valores producen un inter茅s en el desinter茅s, en encarnar el hecho moral incluso en un 谩mbito de acci贸n socialmente producido como instrumental (como es la econom铆a en general, y el mundo del trabajo en particular), para la legitimaci贸n del status social total de las personas (Mauss, 2009)

El valor de la fuerza de trabajo aparece como el producto de un trabajo social de valorizaci贸n que compromete un conjunto de estrategias individuales y familiares, sostenidas y prolongadas por redes de alianzas de especificidad y geometr铆a de las variables. […] Este trabajo de valorizaci贸n supone desv铆os. Comprender los fundamentos sociales del valor, lo que revelan y disimulan los t铆tulos socialmente producidos al empleo, supone a la vez tomar distancias en relaci贸n al momento y lugar de la colocaci贸n (y especialmente no encerrarse ni en la esfera de la producci贸n ni en el mercado de trabajo) y analizar en su especificidad las estrategias de hacer-valor y de acumulaci贸n de cr茅dito de las clases y fracciones de clase (Combessie, 1989: 105)[45].

De esta manera, la categor铆a de capital reinserta el problema de la cultura del trabajo en el marco de la propuesta metodol贸gica de articulaci贸n entre un sistema de relaciones y unas escenas interaccionales particulares. A ra铆z de esto, entiendo que las transformaciones estructurales generan las condiciones para reconvertir y transformar la estructuraci贸n del capital simb贸lico en determinadas posiciones del espacio social[46].

El programa de investigaci贸n en torno a la noci贸n de capital simb贸lico orienta el an谩lisis, seg煤n sostiene Wilkis (2014), hacia la reconstrucci贸n de continuidades morales 鈥揷omo unidad de apreciaciones y evaluaciones鈥 antes que a la identificaci贸n de discontinuidades valorativas 鈥搈谩s afines a la perspectiva de figuraciones de establecidos y outsiders (Elias y Scotson, 2000 [1965]), al enfoque subcultural (Clarke et al., 2010) o a la lectura de la noci贸n de econom铆a moral en tanto campo de fuerzas (Thompson, 1993)鈥.

La din谩mica que intento mostrar aqu铆 no es la de reconversi贸n de recursos a partir de su inserci贸n en un nuevo universo moral aut贸nomo (al estilo subcultural). En cambio, pretendo abordar una configuraci贸n en un momento hist贸rico particular (la post-convertibilidad), que se define m谩s por un sistema relacional (coincidente con el circuito de mi trabajo de campo) que por un grupo concebido de manera aislada.

La cultura del trabajo como configuraci贸n hist贸rica de la econom铆a de los bienes simb贸licos

Por estas razones, entiendo a la cultura del trabajo como una configuraci贸n hist贸rica particular de la econom铆a de los bienes simb贸licos. Comprenderla de esta manera presenta la ventaja de pensar las pr谩cticas y el universo de clasificaciones morales en clave de continuidad 鈥揷omo un sistema de categor铆as que es m谩s com煤n que sus usos y apropiaciones identitarias particulares鈥 (Grimson, 2011). Pero tambi茅n, permite pensarla de manera relacional, lo que lleva a poner el foco de la mirada en las disputas, las negociaciones y los compromisos -entre personas de clases sociales, de edad y de sexo diferenciales- que la configuran.

Esta definici贸n implica una regulaci贸n de los conflictos y de la acumulaci贸n de capital simb贸lico en la vida de estos j贸venes basada en elementos y valores asociados al mundo del trabajo (el esfuerzo, la dignidad, la planificaci贸n, la disciplina, etc.), pero puesta en juego y valorizada en la totalidad de la vida social. Esto se volvi贸 a煤n m谩s visible al de-centrar la atenci贸n del espacio laboral como 谩mbito exclusivo, para encontrarme con los j贸venes en un conjunto de escenas y 谩mbitos, institucionales e informales, en los que se desarrolla su vida.

Pensarla como econom铆a (l贸gica, din谩mica, sistema relacional) de los bienes simb贸licos, despega a la cultura del trabajo de su anclaje en los lugares (socialmente producidos como) laborales, para considerarla un lente que habilita el an谩lisis de la producci贸n diversa y multi-situacional de un sistema de clasificaci贸n simb贸lica de las personas, de sus pr谩cticas y sus recursos, cuya presencia homol贸gica puede ser anal铆ticamente reconstruida en y entre distintas escenas de la vida de los j贸venes de clases populares.

El doble car谩cter del capital simb贸lico 鈥搒u incrustaci贸n en relaciones de dependencia personal y su legitimaci贸n de jerarqu铆as sociales materialmente fundadas鈥 permite articular las dimensiones estructural e interaccional del an谩lisis de la vida laboral de estos j贸venes. Por un lado, la noci贸n de capital implica siempre su inserci贸n en un sistema relacional, en un proceso de acumulaci贸n, en pr谩cticas de inversi贸n y valorizaci贸n. La cultura del trabajo aparece como un marco de regulaci贸n simb贸lica en el que se insertan sistemas de estrategias que proveen los recursos necesarios para la reproducci贸n de la vida social, fundamentalmente entre j贸venes que por su posici贸n estructural deben resolver la privaci贸n de otros tipos de recursos (los ingresos monetarios familiares, las titulaciones escolares, etc.). El capital simb贸lico que se produce y acumula, en el marco de la cultura del trabajo, legitima, reconvierte y pone en valor la estructura patrimonial del conjunto de agentes que participan de este complejo relacional (j贸venes y no-j贸venes) y, por lo tanto, es apropiado, invertido y viabilizado estrat茅gicamente de manera diferencial.

De esta manera, la cultura del trabajo funciona tambi茅n como una econom铆a de la b煤squeda laboral y como una econom铆a de las pol铆ticas de selecci贸n de mano de obra. Y esto es as铆, en la medida en que el mercado de trabajo constituye, a la vez, un espacio en el que se desarrollan las estrategias materiales por el control de los recursos (tanto para aquellos propietarios de los medios de producci贸n que demandan mano de obra, como para aquellos desprovistos de cualquier otro medio que no sea su propia fuerza de trabajo para reproducirse), y un espacio de las estrategias simb贸licas por la producci贸n del valor de los sujetos, los objetos y las personas. El mercado de trabajo es, desde esta perspectiva, el espacio en el que se fijan los criterios que distinguen entre las pr谩cticas sociales leg铆timas y las ileg铆timas.

En el mercado de trabajo y en las empresas se producen continuas negociaciones y luchas 鈥揳 veces sordas, a veces estruendosas鈥 en torno al valor de los sujetos y objetos: en tomo a las normas de reglamentaci贸n del mercado simb贸lico en el que todos recibir谩n su precio. Luchas simb贸licas: pero tambi茅n pol铆ticas y econ贸micas, porque lo que est谩 en juego es la relaci贸n de fuerzas entre los diversos grupos y sus derechos diferenciales de acceso a recursos materiales. Pero tambi茅n luchas que implican una inversi贸n emocional de los sujetos: porque lo que est谩 en juego es su identidad (Mart铆n Criado, 1998: 347)

Por otra parte, el capital simb贸lico como perspectiva anal铆tica implica el abordaje de la escenificaci贸n situacional de las posiciones sociales de los agentes en momentos y escenas interaccionales particulares. Las posibilidades de inserci贸n en un puesto, las de lograr estabilidad, las de ascender, las de ser tenidos en cuenta en las redes familiares y vecinales de acceso al trabajo, son dirimidas, en los segmentos m谩s precarizados del mercado laboral, en gran medida por signos 茅ticos y est茅ticos, actitudes y competencias 鈥渃omunicativas鈥, por la encarnaci贸n de 鈥渉谩bitos鈥 y 鈥渂uenas costumbres鈥, por la construcci贸n de obligaciones como virtudes en la propia presentaci贸n personal y en las trayectorias laborales de estos j贸venes. Esta misma escenificaci贸n se actualiza, con caracter铆sticas hom贸logas, en las m谩s diversas escenas de su vida cotidiana.

La econom铆a de los bienes simb贸licos como configuraci贸n com煤n de un universo moral pone en relaci贸n un sistema de clasificaciones con un repertorio cultural de formas para disputar y regular la experiencia de las relaciones entre posiciones diferenciales, tanto hacia el interior del grupo de j贸venes de clases populares que estudio, como as铆 tambi茅n respecto del resto de personas que forman parte de este sistema relacional. As铆, las pr谩cticas de clasificaci贸n y enclasamiento que transmutan relaciones de fuerza en relaciones de sentido 鈥搎ue disputan y regulan la asignaci贸n diferencial de legitimidades, m茅ritos y dignidades de personas, recursos y posiciones鈥 en base a valores y pr谩cticas del mundo del trabajo, son posibles en la medida en que se encuentran con individuos dispuestos a 鈥揷on los esquemas de percepci贸n y valoraci贸n necesarios para鈥 reconocer tales pr谩cticas, recursos y justificaciones como s铆mbolos de distinci贸n significativos.

La definici贸n de la cultura del trabajo como econom铆a de los bienes simb贸licos, por esto, conmina a pensar su propia producci贸n en tanto capital, es decir, a pensar el trabajo simb贸lico y moral como proceso de producci贸n de los agentes, de sus esquemas de percepci贸n (habitus) y de su arreglo objetivo a dichos sistemas de clasificaciones. En el caso de los j贸venes de clases populares, la importancia de la preocupaci贸n social por 鈥渇ormarlos鈥, 鈥渆ducarlos鈥 e 鈥渋nculcarles la cultura del trabajo鈥, por producir sensibilidades y disposici贸n al reconocimiento de estos signos de distinci贸n como significativos, se relaciona con la relevancia de producir sus disposiciones a captar las desigualdades como diferencias-con-sentido.

Finalmente, el trabajo simb贸lico de formaci贸n de repertorios de clasificaciones y categor铆as socialmente disponibles para evaluar y practicar, a trav茅s de la matriz del mundo laboral, distintos momentos y escenas de la vida social, implica un esfuerzo colectivo y pr谩cticamente articulado de producci贸n (de categor铆as, de agentes y de valor). Este esfuerzo sedimenta en un circuito, complejo de escenas sociales, por el que muchos de estos j贸venes transitan permanentemente, y que representa de manera bastante cabal la formaci贸n cultural de la que pretendo dar cuenta. La cultura del trabajo es mucho mejor descripta como un espacio de relaciones antes que como patrimonio moral de un grupo con din谩mica de sociabilidad 鈥渁ut贸noma鈥 y 鈥渞esistente鈥 (tal como aparecer铆a bajo las categor铆as subculturales o de culturas laborales). Por esta misma raz贸n, m谩s que demarcar las fronteras con otras culturas laborales, con otras pr谩cticas ocupacionales, con culturas de otras locaciones institucionales (cultura dom茅stica, cultura escolar, cultura pol铆tica, etc.), la cultura del trabajo, tal y como es aqu铆 analizada, aparece como una organizaci贸n particular 鈥揺 hist贸rica鈥 de los repertorios y circuitos a partir de los cuales son producidas las fronteras entre personas, espacios y criterios de validez y justificaci贸n leg铆timos.

En este sistema relacional participan agentes (muchos de ellos socialmente definidos como 鈥渁dultos鈥) que, desde distintas posiciones sociales invierten en este trabajo moral de producci贸n su propio estatuto simb贸lico: agentes especialistas en los problemas socio-ocupacionales de los j贸venes 鈥渧ulnerables鈥 y, por lo tanto, tan capacitados como interesados en producir los problemas 鈥渏uveniles鈥 en su estatus p煤blico (Mart铆n Criado, 1998; 1999; Chaves, 2005). Entiendo que la orientaci贸n pr谩ctica de los especialistas (interesados e involucrados) en la cuesti贸n juvenil en el espacio en el que se ancla esta investigaci贸n, se estructura particularmente en torno a lo que conceptualizo como el acervo de la cultura del trabajo.


  1. Las subdisciplinas dedicadas a lo 鈥渓aboral鈥 poseen sus propias versiones de este 鈥済iro鈥. Para una rese帽a de estos cambios, ver Rojas y Proietti (1985), De La Garza Toledo (2000) y Leite (2012).
  2. Estos estudios investigaban la construcci贸n de disposiciones clasistas para la acci贸n, como mediaciones entre el ser y la conciencia social, en el marco del proceso de trabajo (Novelo et al., 1986; Sariego Rodr铆guez, 1992; Guadarrama Olivera, 2010; Reygadas, 1998).
  3. En este sentido, habr铆an dejado de lado miradas sobre otras din谩micas y procesos relevantes, como la expectativa de 鈥渁scenso social鈥 y la formaci贸n de sentimientos de 鈥渧erg眉enza de clase鈥 en estos sectores (Monsivais, 1987).
  4. Cultura definida en torno a procesos de individuaci贸n desdibujada; de separaci贸n tradicionalista de los roles paternos (provisi贸n econ贸mica) y maternos (cuidado); del lugar de la 鈥渃onfianza鈥 en sus pr谩cticas de intercambio econ贸mico; de formaci贸n de identidades de oposici贸n (鈥渘osotros鈥 versus 鈥渆llos鈥) que ridiculizan la autoridad; de sus criterios espec铆ficos de respetabilidad y orgullo; de las preferencias anti-te贸ricas, pragm谩ticas, liberales e igualitarias en el sentido com煤n de estos sectores; de cierta forma de 鈥渢omar la vida tal y como viene鈥 (Hoggart, 2013).
  5. Utilizo la idea de 鈥渁lternativa鈥 aqu铆 no como elaboraci贸n innovadora y sin precedentes de patrones de legitimaci贸n por parte de 鈥渓a multitud鈥. No se puede perder de vista la manera en la que los procesos de resistencia que Thompson reconstruye se valen de una historia de dominaci贸n paternalista y de costumbres estatuidas en tanto derechos adquiridos. Sin embargo, en el contexto de polarizaci贸n pol铆tica que el autor retrata a partir de la imagen de un 鈥渃ampo de fuerzas鈥, estas nociones que constituyen la econom铆a moral de la multitud se definen como punto y polo de resistencia (y en ese sentido, como moral alternativa) ante el triunfante avance de la econom铆a pol铆tica capitalista y la despersonalizaci贸n de las relaciones de dominaci贸n.
  6. En el cap铆tulo 鈥淩esistencia y sumisi贸n en la escena laboral鈥 retomar茅 esta perspectiva para analizar las pr谩cticas de resistencia y sumisi贸n de los j贸venes de mi investigaci贸n en los espacios laborales.
  7. Sobre el modelo productivo toyotista, Beaud y Pialoux explican: 鈥淓ste nuevo modo de organizaci贸n del trabajo descansa, esquem谩ticamente, sobre el principio de gesti贸n de la producci贸n a flujo tendido (鈥渃ero stock, 鈥渃ero falta de piezas鈥) y sobre la imposici贸n de normas de calidad muy estrictas (鈥渃ero falla鈥). La competitividad de la industria automotriz se funda ahora sobre la rapidez de adaptaci贸n a la demanda (se dice que el 鈥渕ercado entra a la f谩brica鈥) [鈥鈥 (Beaud y Pialoux, 2015). Si bien es altamente problem谩tico pensar este modelo en un sentido universal 鈥搈谩s a煤n para un pa铆s como Argentina鈥 (De La Garza Toledo, Celis Ospina, Olivo P茅rez y Retamozo Ben铆tez, 2011), lo cierto es que estas transformaciones impactan en la manera de abordar el mundo del trabajo desde las ciencias sociales, tambi茅n en nuestra regi贸n.
  8. Utilizar茅 la expresi贸n de insularidad en un sentido hom贸logo al de universos morales aut贸nomos.
  9. Este concepto pretende diferenciarse tanto de la noci贸n lukacsiana de 鈥渃onciencia de clase鈥 (Luk谩cs, 1985) 鈥揳煤n informada por la epistemolog铆a del 鈥渞eflejo鈥 y por una perspectiva homogeneizante de la clase social鈥, como de la noci贸n gramsciana de 鈥渋deolog铆a鈥 (Gramsci, 2006), en tanto que recuperar铆a con mayor 茅nfasis la dimensi贸n de la agencia de los trabajadores. Por 煤ltimo, el concepto se distingue de la noci贸n de 鈥渃ultura obrera鈥 (Bouvier, 1986), en la medida en que, anclada en un contexto transformado, su inter茅s estriba m谩s en mostrar las heterogeneidades internas de la clase trabajadora y sus singularidades ocupacionales, que su estructura com煤n.
  10. Un resumen de este debate puede encontrarse en Crompton (1993).
  11. Nociones como 鈥渓贸gica del cazador鈥 (Merklen, 2000; 2005) y 鈥渓贸gica del proveedor鈥 (Kessler, 2004), vinieron a dar cuenta de un contexto en el que el trabajo, en la medida en que perd铆a el lugar de valor y fin en s铆 mismo, fue progresivamente constituy茅ndose en 鈥渦n medio m谩s鈥, entre otros, para la provisi贸n de recursos para la reproducci贸n material de la vida.
  12. Julieta Quir贸s ha criticado esta tesis, argumentando que el reemplazo de la 鈥渋dentidad peronista鈥 por una 鈥渋dentidad piquetera鈥 en los sectores populares fue s贸lo sostenible en base a los discursos nativos de cuadros y dirigentes, pero no en base a las pr谩cticas del com煤n de personas en el 谩mbito y la periferia de los movimientos (Quir贸s 2006; 2011).
  13. Varela muestra c贸mo la misma selecci贸n espacial-geogr谩fica de lugares para el trabajo de campo fue orientando la mirada hacia procesos que sosten铆an la perspectiva del viraje de los sectores populares hacia una identidad 鈥減iquetera鈥 (la mayor铆a de las etnograf铆as hab铆a tendido a realizarse en el sur del Gran Buenos Aires), mientras que oclu铆a las miradas sobre la pervivencia de l贸gicas obreras en el mundo popular (en la zona norte e industrial del Gran Buenos Aires) (Varela, 2009).
  14. Otros autores podr铆an aparecer de igual forma, como Ulrich Beck, Robert Castel o el mismo Anthony Giddens. He elegido los que han dedicado particular atenci贸n a las transformaciones en el mundo del trabajo y que funcionaron como puntos de referencia para las investigaciones en Argentina antes rese帽adas.
  15. La recuperaci贸n que aqu铆 realizo del texto de Grimson no implica la adopci贸n de la totalidad del programa de investigaci贸n esbozado en Los l铆mites de la cultura, dado que implica un aparato conceptual centrado en la noci贸n de configuraciones culturales, pensada para fen贸menos centrados en la cuesti贸n de las 鈥渇ronteras鈥.
  16. Este supuesto fue tambi茅n puesto en duda en la enumeraci贸n previa de problemas conceptuales.
  17. Uno de los debates fundamentales que Lewis encaraba en sus investigaciones era acerca de las posibilidades inscriptas en las pol铆ticas de redistribuci贸n material: para el autor, la noci贸n de 鈥渃ultura de la pobreza鈥 servir铆a para comprender que la eliminaci贸n de la pobreza material no ser铆a suficiente para terminar con la situaci贸n de estas familias (Lewis, 1967), sino que la persistencia de valores y comportamientos patol贸gicos, transmitidos generacionalmente, autodestructivos para ellos mismos (aunque por momentos adaptativos o paliativos), hac铆an (驴tambi茅n?) necesaria una intervenci贸n pol铆tica 鈥渞ehabilitante鈥 en dicho sistema de valores (Bourgois, 2001).
  18. Revisar esta perspectiva aparece como central para los fines de esta investigaci贸n, en dos sentidos. En primer lugar, porque implicaron una fuerte ruptura en cuanto a la construcci贸n de la juventud como objeto de los estudios socioantropol贸gicos. En segundo lugar, porque buena parte de las investigaciones inspiradas por esta perspectiva se orientaron hacia fen贸menos de transgresi贸n moral. Como mostrar茅 en siguientes cap铆tulos, las disputas que pude observar en mi trabajo de campo funcionaban, en gran parte, como acusaciones cruzadas de una mentada 鈥減茅rdida de la cultura del trabajo鈥 entre los j贸venes de clases populares, en tanto transgresi贸n moral fundamental en nuestra sociedad. La disfuncionalidad de los contenidos simb贸licos de la cultura de la pobreza de Lewis se estructuraba bajo la misma l贸gica de funcionamiento: la denuncia de una adhesi贸n deficitaria al sistema normativo del mundo laboral, transmitida familiarmente a trav茅s de 鈥済eneraciones de desempleados鈥.
  19. Si bien esta perspectiva estuvo fuertemente signada por los estudios de las clases subalternas y la cultura popular, la operaci贸n conceptual que quiero resaltar aqu铆 no est谩 restringida a este 谩mbito de realidad. As铆 como podemos encontrar cierto 鈥渁ire de familia鈥 entre algunas formulaciones de la subcultura de j贸venes de clase obrera y la noci贸n de 鈥渆conom铆a moral de la multitud鈥 de los estudios sobre los denominados 鈥渕otines del hambre鈥 de E. P. Thompson (1993), este autor usa la noci贸n de 鈥渟ubcultura鈥 para explicar tambi茅n, en su estudio sobre los or铆genes de la Ley Negra en Inglaterra, un clima moral punitivista que posibilita la sanci贸n de semejante normativa a partir de la movilizaci贸n de 鈥渟ensibilidades de clase鈥 de una fracci贸n de los sectores dominantes, 鈥渃on distancia intelectual y ligereza moral hacia la vida humana鈥, que prioriza la protecci贸n de la propiedad privada como valor fundamental y moviliza la despersonalizaci贸n de las relaciones de clase, en tanto franca representaci贸n de los nuevos valores impuestos por la econom铆a pol铆tica capitalista (Thompson, 2010 [1975]). De manera hom贸loga, los libros de Stanley Cohen (2002) y la publicaci贸n colectiva del CCCS (Hall et al., 1978) recuperan los aportes de las teor铆as subculturales y de la teor铆a del etiquetamiento (Becker, 2009) para analizar los procesos de 鈥渞eacci贸n鈥 social en torno a determinados fen贸menos medi谩ticamente construidos en clave de 鈥減谩nico moral鈥: asaltos y disturbios sociales que tienen a los j贸venes con determinados 鈥渆stilos鈥 subculturales como protagonistas. De esta manera, la pregunta orientadora acerca de los miedos reales que los discursos del p谩nico moral movilizan, reconstruye tambi茅n universos morales 鈥渁ut贸nomos鈥 (aun cuando estas investigaciones muestren un importante esfuerzo relacional). De esta manera, los autores reconstruyen lo que podr铆a llamarse una formaci贸n de 鈥渟ubculturas de intervenci贸n estatal鈥.
  20. A esto se suma que la investigaci贸n de M铆guez se realiza en contextos de encierro, con j贸venes que han atravesado un proceso de selecci贸n y etiquetamiento estatal del sistema penal, lo cual incide de manera fundamental en la construcci贸n del problema de investigaci贸n y de las expectativas mutuas en los v铆nculos generados en el trabajo de campo. Para un an谩lisis profundo sobre estas situaciones y sus alternativas, ver Cozzi (2013).
  21. M铆guez no deja de reconocer que buena parte de las clases populares sigue funcionando apegadas al complejo cultural denominado 鈥渃ultura del trabajo鈥. Sin embargo, entiendo que el conjunto de estas investigaciones juega con cierta ambig眉edad al referirse alternativamente a configuraciones relacionales particulares (como el contexto de encierro carcelario), a fracciones, a subculturas, o a hip贸tesis sobre la 鈥渕atriz cultural popular鈥, construidas en base a 鈥渞ecurrencias鈥 y 鈥渟emblanzas de familia鈥 wittgestenianas v谩lidas para pensar la cultura de las clases populares en general (M铆guez y Sem谩n, 2006: 31).
  22. Bajo ning煤n punto de vista pretendo con esta hip贸tesis plantear un diagn贸stico general sobre el estado del arte en este punto. Entiendo que la afirmaci贸n sobre cierta vacancia debe restringirse exclusivamente al cruce de tres factores anal铆ticos: los de juventud, trabajo y clases populares.
  23. Esto no debe opacar los aportes que las investigaciones desde la perspectiva de las subculturas han realizado a los estudios sobre juventud (Feixa, 1993; Machado Pais, 2003; Chaves, 2010), particularmente sobre las producciones simb贸licas de j贸venes de clases populares desde la d茅cada de 1970. Es menester aclarar que la reconstrucci贸n que he realizado y que plantear茅 a continuaci贸n se帽ala la voluntad de reconocer las potencialidades y problemas te贸ricos de este enfoque para la construcci贸n de mi propio problema de investigaci贸n y no limitaciones intr铆nsecas a las perspectivas ni a las investigaciones orientadas por la noci贸n de subcultura.
  24. El argumento que intento plantear aqu铆 recupera la cr铆tica que desarrolla Cozzi (2013) en su investigaci贸n sobre violencia altamente lesiva en j贸venes de barrios populares de Rosario y Santa F茅. A partir de la lectura de David Matza (2015), la autora sostiene que m谩s que valores desviados, en contextos de transgresi贸n legal lo que se observa es una coincidencia con los valores subterr谩neos de la sociedad convencional o dominante. La idea de una imbricaci贸n de los mundos desviados y convencionales (Cozzi, 2013) aporta para el an谩lisis de las diversas superposiciones e itercambios regulares de bienes y personas, y sus consecuencias para la reproducci贸n de la vida social. Desde una perspectiva af铆n, Berm煤dez y Previtale se帽alan que 鈥淯na de las derivaciones centrales de la exotizaci贸n de las barriadas populares y de los pobres en Am茅rica Latina, estuvo dada por aquellas descripciones que aislaban sus comunidades del resto de la sociedad. De hecho, estudios como los de los Leeds entre tantos otros, se concentraron en demostrar que, al contrario de lo que subyac铆a a la teor铆a del quiz谩s excesivamente criticado Oscar Lewis (1995) [1965], estos espacios no constituyen sub-culturas o mundos aparte. Podemos advertir que aquellas perspectivas terminaron por impedir en definitiva analizar 鈥渓os puentes y los m煤ltiples pasajes de intercambio continuos que articulan diferentes mundos, grupos o culturas en procesos hist贸ricos interminables y cambiantes鈥 (Zaluar, 1999: 21)鈥 (Berm煤dez y Previtali, 2014: 17).
  25. La noci贸n de apropiaci贸n ha aparecido en investigaciones antropol贸gicas justamente para marcar el lugar de la contingencia y de las relaciones locales, que rompen con las visiones anal铆ticas m谩s homogeneizantes. En este sentido van los trabajos de Elsie Rockwell, respecto de la apropiaci贸n y las posibilidades de agencia de los sectores subalternos en torno a la cultura escolar hegem贸nica (Rockwell, 1985; 2005). La misma noci贸n, aunque en un sentido que se aleja de nuestra perspectiva, es retomada por De Certeau para hablar de las 鈥渧ictorias t谩cticas鈥 de los sectores populares y del reducto de libertad que subyace a los dispositivos de poder (De Certeau, 1996)
  26. La etnograf铆a de Willis es otro ejemplo de lectura de los procesos sociales en clave contradictoria (Willis, 1988; Ortner, 2016).
  27. Desde otros marcos conceptuales, existen m煤ltiples coincidencias en preocupaciones y operaciones epistemol贸gicas con la corriente antropol贸gica de la econom铆a pol铆tica (Roseberry, 2002b; Nash, 2008; Bourgois, 2010; Wolf et al. 1994).
  28. Es en este sentido que Williams defend铆a la idea de cultura como parte del proceso social material humano de producci贸n, es decir, como dimensi贸n intr铆nseca del proceso de trabajo (en su sentido simb贸lico o imaginario): la cultura aparece, as铆, como un proceso de significaci贸n social y material (Williams, 1988 [1977]: 89).
  29. 鈥淣os remite, en un momento del tiempo, a la divisi贸n que se opera, en el interior de un grupo entre los sujetos en funci贸n de una edad social definida por una serie de derechos, privilegios, deberes, formas de actuar鈥 鈥揺n suma, por una 芦esencia social禄鈥 y delimitada por una serie de momentos de transici贸n [鈥. A su vez, cada grupo social establece una serie de normas de acceso 鈥搈谩s o menos codificadas y ritualizadas en forma de 芦ritos de paso禄- de una clase de edad a otra鈥 (Mart铆n Criado, 2009: 349).
  30. En el marco de un cierto proceso de 鈥渃ulturalizaci贸n de la sociolog铆a鈥 (estrechamente vinculado a lo que llam茅 鈥済iro cultural鈥 en los estudios sobre las clases sociales), el conjunto de estas discusiones se consolidan en un clima de reemergencia de problemas cl谩sicos, en torno a la legitimidad y las disputas hegem贸nicas, o m谩s precisamente, en un conjunto de investigaciones sobre el 鈥渕undo imaginativo鈥 en el cual los sujetos construyen significado sobre sus conflictos, alianzas y negociaciones (Grimson y Sem谩n, 2005: 18-19). Esto implica incorporar una nueva dimensi贸n de interrogantes en el marco de la 鈥渃orrespondencia鈥 entre estructuras sociales y estructuras de percepci贸n: la pregunta por la dimensi贸n moral de la experiencia subjetiva de las clases sociales y de la importancia de su abordaje etnogr谩fico (Fonseca, 2005). En otras palabras, la indagaci贸n sobre la manera en la que las desigualdades estructurales influyen en la formaci贸n de compromisos, valoraciones y disposiciones, definiendo un particular devenir del proceso de reproducci贸n de estas desigualdades (Sayer, 2005).
  31. En otros trabajos (Assusa, 2018) analic茅 el lugar de algunas experiencias laborales en la formaci贸n de los habitus de estos j贸venes, aunque no estrictamente bajo la configuraci贸n de culturas laborales, sino de disposiciones mucho m谩s generales y trasladables entre distintas escenas sociales.
  32. En relaci贸n a esta aclaraci贸n, la categor铆a de cultura de la antropolog铆a simb贸lica y la noci贸n de habitus en la teor铆a de la pr谩ctica no pueden ser conceptos intercambiables, sino que pretenden dar cuenta de 贸rdenes de realidad diferentes. Aclaro esto para explicitar que la cr铆tica formulada en la primera parte del cap铆tulo a los conceptos que nos llevar铆an a buscar universos morales con fronteras claras y definidas, correspondientes a un grupo o una posici贸n estructural, no se aplicar铆a, de igual manera, a la noci贸n de habitus.
  33. Recupero, en este sentido, la distinci贸n que realiza Swidler entre las operaciones de 鈥渄escripci贸n densa鈥 en relaci贸n a construcciones conceptuales de cultura afines a la perspectiva de Geertz (1989; 2003), y operaciones de 鈥渆xplicaci贸n cultural鈥, en las que se concibe a la cultura como una 鈥渃aja de herramientas鈥 que aporta los componentes simb贸licos para la construcci贸n de estrategias (Swidler, 1986: 28). La autora ofrece as铆 una conceptualizaci贸n orientada al abordaje de 鈥渃ontinuidades鈥 culturales: la dimensi贸n simb贸lica provee de materiales, capacidades, h谩bitos, sensibilidades, patrones de valoraci贸n y modelos para la construcci贸n de cursos de acci贸n o acciones reguladas a partir de formas establecidas de vida.
  34. 鈥淭ambi茅n quiero aclarar que el argumento para la particularidad no es tal: no debe confundirse con argumentos para privilegiar micro o macro procesos. Los etnometod贸logos [鈥 y otros estudiosos de la vida diaria buscan formas de generalizar las micro interacciones, mientras que los historiadores, podr铆a decirse, est谩n buscando las particularidades de los macro procesos. Tampoco es necesario preocuparse por los aspectos espec铆ficos de la vida de los individuos ya que implica ignorar las fuerzas y din谩micas que no son locales. Por el contrario, los efectos de los procesos que no son locales, y a largo plazo se manifiestan s贸lo local y espec铆ficamente, se producen en las acciones de individuos que viven sus vidas de manera particular y se inscriben en su cuerpo y en sus palabras. Abogo por una forma de escritura que comunique mejor esto鈥 (Abu-Lughod, 2012: 137-138). Si bien la postura de Abu-Lughod se acerca bastante al tipo de preocupaciones metodol贸gicas que recupero de la Econom铆a Pol铆tica que pretende entender la formaci贸n de sujetos antropol贸gicos en la intersecci贸n entre interacciones locales y procesos m谩s amplios de Estado y formaci贸n del Capital (Roseberry, 1988), no comparto la idea de que tales procesos siempre se manifiesten en el 谩mbito de la localidad etnogr谩fica. Considero que es necesario (fundamentalmente si se piensa m谩s en relaciones sociales que en acciones individuales) poder dar cuenta de un conjunto de v铆nculos estructurales que conectan escenas de interacci贸n s贸lo a partir de la reconstrucci贸n anal铆tica del investigador. Esto no implica defender las connotaciones de homogeneidad, coherencia y atemporalidad criticadas por la autora. Pero si reconocemos, con Fonseca (2005), que hay niveles de realidad que quedan 鈥減or fuera del foco etnogr谩fico鈥, se debe dejar abierta la posibilidad de reconocer principios de unidad de la pr谩ctica, formas relacionales que no se manifiestan en interacciones concretas y regulaciones generales de 谩mbitos locales o particulares que deben ser incluidas conceptual y metodol贸gicamente en nuestros an谩lisis.
  35. Un movimiento te贸rico hom贸logo, aunque sin expl铆cita pretensi贸n de cr铆tica conceptual, puede encontrarse en el texto de Boltanski y Th茅venot (2006)
  36. Como mostrar茅 en el cap铆tulo 鈥淟a vida dom茅stica del trabajo鈥, uno de los problemas en relaci贸n con la noci贸n de aprendizaje es que, por un lado, compartiendo, en cierta forma, el an谩lisis de Boltanski y Th茅venot (2006), Lahire da por supuestos dichos aprendizajes como capacidades metaf铆sicas de los actores sociales, mientras que tiende a olvidar que la identificaci贸n misma de situaciones en tanto 鈥渟emejantes鈥 o 鈥渄esemejantes鈥 implica un conjunto de competencias de diagn贸stico (de lo que los interaccionistas llamaron 鈥渄efinici贸n de situaci贸n鈥) que se encuentran desigualmente distribuidas en la sociedad. Los conflictos, problematizaciones, acusaciones y reprimendas entre agentes en torno a la incapacidad para identificar situaciones v谩lidas o propicias para determinados criterios de valoraci贸n, legitimidad y justificaci贸n fueron una constante en los registros de diversas escenas de interacci贸n de estos j贸venes.
  37. Hacia el final de este libro volver茅 sobre el lugar de la analog铆a como operaci贸n pr谩ctica y te贸rico-metodol贸gica central para mi argumento.
  38. Apropi谩ndose de una tradici贸n de indagaciones antropol贸gicas que comienza al menos con los textos de Durkheim y Mauss (1996)
  39. 鈥淟a l贸gica del estigma recuerda que la identidad social es la apuesta de una lucha en la cual el individuo o el grupo estigmatizado y, m谩s generalmente, todo sujeto social, en tanto que es un objeto potencial de categorizaci贸n, no puede responder a la percepci贸n parcial que lo encierra en una de sus propiedades m谩s que poniendo delante, para definirse, la mejor de ellas y, m谩s generalmente, luchando por imponer el sistema de enclasamiento m谩s favorable a sus propiedades o incluso para dar al sistema de enclasamientos dominante el contenido m谩s adecuado para poner en valor lo que es y lo que tiene鈥 (Bourdieu, 2006: 486).
  40. El cl谩sico estudio de Elias y Scotson en Winston Parva (Elias y Scotson, 2000) vuelve sobre esta misma dimensi贸n al restituir la contingencia de las fronteras simb贸licas en tanto 鈥渟ociodin谩mica de la estigmatizaci贸n鈥. Las relaciones establecidos/outsiders vinculan la capacidad de estigmatizaci贸n a las posiciones de poder y dirimen las construcciones de dignidad, confianza, valoraci贸n, orden moral, carisma grupal y desigualdad en el marco de procesos hist贸ricos prolongados y de interacciones sedimentadas en lazos emocionales, en el 鈥渃onocimiento pr谩ctico鈥 y en 鈥渇antas铆as colectivas鈥.
    Sin embargo, su propuesta metodol贸gica pensada para peque帽as comunidades y su acento puesto en din谩micas figuracionales de lo social como escenarios o paradigmas emp铆ricos de los 鈥渕acrocosmos sociales鈥 (Elias y Scotson, 2000: 48-49) restringe las posibilidades de utilizaci贸n de sus herramientas te贸rico-metodol贸gicas en sistemas relacionales que no se actualizan necesariamente (al modo de las peque帽as comunidades) en situaciones estables y permanentes de interacci贸n cara-a-cara. Las fronteras que pretendo desentra帽ar presentan din谩micas m谩s fluidas, permanentemente negociadas, posibilidades amplias de impugnaci贸n y escenificaciones en discursos, documentos y pr谩cticas que no requieren 鈥搊bligatoriamente鈥 de v铆nculos co-presenciales para funcionar como tales.
    Lo que podr铆a llamar una sociodin谩mica de la distinci贸n basada en la cultura del trabajo, en cambio, no refiere tanto a disputas entre grupos con diferenciales de poder de gran asimetr铆a (Elias y Scotson, 2000), como al trazado de fronteras de legitimaci贸n y dignidad entre posiciones 鈥搈uchas veces鈥 pr贸ximas, semejantes, dirimiendo rendimientos diferenciales de los recursos invertidos en la pr谩ctica, ante la amenazante competencia en la proximidad espacial y social (Bourdieu, 2010b).
  41. Indagar los modelos con los que se construyen estas fronteras implica reconocer c贸mo estos esquemas definen tambi茅n patrones de oposici贸n y alteridad, en otras palabras, 鈥渇ormaciones de clase鈥 (Thompson, 1989). De esta manera, Lamont analiza la producci贸n de 鈥渟entidos de valor鈥, de 鈥渄ignidad鈥 y 鈥渞espeto鈥, a partir de la puesta en juego de repertorios culturales anclados en las condiciones estructurales de vida de las personas de clases populares (Lamont, 2000: 244-245).
  42. En su discusi贸n respecto de las 鈥渆conom铆as de la buena fe鈥 (Bourdieu, 2012), Bourdieu retorna sobre el debate antropol贸gico respecto de la indistinci贸n pre-capitalista entre los 谩mbitos de la cultura y la econom铆a (Malinowski, 1986 [1922]), sobre las formas de intercambio no-econ贸mico y sobre los lazos sociales basados en relaciones de reciprocidad (Mauss, 2009; Godelier, 1998). Su cr铆tica del concepto de inter茅s econ贸mico en sentido restringido como producto hist贸rico del capitalismo (Bourdieu, 1996; 1997b), recae en la identificaci贸n de un proceso 鈥損ropiamente moderno鈥 de constituci贸n de campos de la pr谩ctica relativamente aut贸nomos, diferenciados, con formas espec铆ficas de inter茅s. Precisamente 鈥搚 desde una perspectiva antropol贸gica鈥 la relevancia de su desarrollo te贸rico estriba en la construcci贸n de una teor铆a general de la econom铆a de las pr谩cticas (Bourdieu, 2012), entre las cuales la pr谩ctica econ贸mica es una variante particular; un sistema de herramientas conceptuales que sirva para pensar el car谩cter total de los procesos y las pr谩cticas sociales.
  43. El argumento del autor apunta a mostrar el car谩cter obligatorio de aquellas pr谩cticas que se presentan como 鈥渓iberales, nobles, modestas, desinteresadas鈥 (Mauss, 2009: 150). Antes bien, el 芦inter茅s禄 que se pone en juego en esta estructura de relaciones es un inter茅s no-econ贸mico (o no-exclusivamente-econ贸mico, en el sentido que le otorga la econom铆a pol铆tica moderna al t茅rmino) sino simb贸lico, por la acumulaci贸n de rangos, estatus, cargos, etc., es decir, por acu帽ar Honor y la 鈥渆ficacia m谩gica鈥 que el mismo conlleva (Mauss, 2009: 224).
  44. Bajo ning煤n punto de vista este an谩lisis en el marco conceptual de la teor铆a de la pr谩ctica puede ser interpretado bajo la pretensi贸n de 鈥渋nstrumentalizar鈥 las 鈥渆xperiencias vividas鈥, de acuerdo a la formulaci贸n de Julieta Quir贸s (2011; 2015). Antes bien, los desarrollos de Mauss recuperados por Bourdieu hacen estallar la noci贸n misma de 鈥渋nter茅s鈥, volvi茅ndola, en un punto, consustancial a toda pr谩ctica social. Sancionar el car谩cter interesado de todo acto implica reconocer sus inversiones y sus efectos de poder propios, a la vez que analizar sus condicionamientos multidimensionales, materiales y simb贸licos. En ning煤n sentido esta construcci贸n 鈥渞educe鈥 la complejidad de los procesos sociales.
  45. Traducci贸n de Enrique Mart铆n Criado.
  46. En esta direcci贸n, Gerard Mauger muestra c贸mo la crisis de reproducci贸n de las clases populares habilit贸 una reconversi贸n y revalorizaci贸n de sus recursos: los j贸venes de clases populares en Francia, as铆, reinvierten un capital clave para estadios hist贸ricos anteriores en el marco de nuevas din谩micas sociales que desvalorizan econ贸micamente la fuerza f铆sica como fuerza de trabajo 鈥揷recimiento del sector servicios鈥 y descalifican escolarmente los valores viriles 鈥損edagog铆a del autocontrol鈥 (Mauger, 1998). En un nuevo contexto, la reconversi贸n de la fuerza f铆sica (desde competencia laboral) a capital agon铆stico 鈥揺s decir, a capacidad de combate violento鈥 (Mauger, 2012) reubica pr谩cticas y recursos hist贸ricos en el universo de la cultura de la calle, en un contexto de aprendizaje e interiorizaci贸n de valores de virilidad, y de valoraci贸n de la fortaleza corporal como principio de autoestima y reconocimiento social: un contexto de lo que Mauger llama la formaci贸n de un 鈥渉abitus guerrero鈥, en la fracci贸n m谩s despose铆da de las clases populares (Mauger, 1998). Esta traslaci贸n habilita el reconocimiento de dichas destrezas como 鈥渧irtudes鈥, y por lo tanto, como capital simb贸lico (Wilkis, 2014).


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