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6 Cómo (re)inventar el mito de la patria choriplanera

“Y… al final… ¿tienen o no tienen?”

La pregunta retornaba toda vez que los agentes en el trabajo de campo se empecinaban en pedir mayores precisiones sobre el tema de mi investigación. Al mencionar la “cultura del trabajo”, automáticamente me exigían conclusiones provisorias: “¿tienen o no tienen?”. Construí el problema de esta investigación en un gesto de alejamiento teórico de esta pregunta nativa. Es justamente ese alejamiento el que me ha llevado a comprender mucho más cabalmente la importancia práctica del interrogante y de su respuesta (exigida al investigador, investido de autoridad científica).

La recurrencia y poder de la pregunta estriban justamente en que su respuesta implica la sanción del valor total de las personas y las clases de personas. Su relevancia radica en que, por medio de las apuestas, negociaciones y estrategias que tienen lugar en el marco de la cultura del trabajo, se resuelven disputas entre clases sociales y clases de edad: conflictos sobre la distribución de recursos y su legitimidad, sobre las formas de dominación y sobre los símbolos de dignidad. En este contexto, la cultura del trabajo se constituye en fuente de sentido fundamental sobre la desigualdad material, sobre la vida social y sobre su reproducción.

Lo que sigue es una sistematización teórica posible (entre tantas) o un mapa conceptual para explorar (en un contexto social particular) cómo es posible que hayamos organizado y sigamos organizando simbólicamente el conjunto de nuestras relaciones en torno a la cultura del trabajo.

La cultura del trabajo: condiciones, producciones y valores

La cultura del trabajo pensada como economía (lógica, dinámica, sistema relacional) des-centra la mirada de los “lugares laborales” para volverse lente caleidoscópico de las clasificaciones simbólicas de las personas (jóvenes y productores de juventud), las prácticas y los recursos en el mundo popular. Una configuración histórica y particular de la economía de los bienes simbólicos, común a todo un sistema relacional.

Subyace en la cultura del trabajo una lógica social de búsquedas e inserciones laborales y una lógica social de las políticas de selección de trabajadores; una forma específica de regulación simbólica de las estrategias de reproducción social de las familias de clases populares. El capital simbólico constituye la legitimación, reconversión y puesta en valor de determinadas estructuras patrimoniales (tanto la de estas familias como la de los agentes productores-de-juventud con quienes se vinculan).

He organizado las estructuras generales del material producido en este texto describiendo los componentes elementales y la lógica de esta configuración específica de la cultura del trabajo en tres dimensiones. Primero, desarrollo lo que considero las condiciones sociales de posibilidad de esta configuración, es decir, las condiciones de vida de los jóvenes de clases populares en mi estudio, que actúan como límites y condiciones objetivas en la dinámica de esta economía simbólica. Posteriormente analizo el proceso de producción de la cultura del trabajo, es decir, de las categorías, disposiciones y principios de clasificación, dialécticamente adaptados y “disparadores”, estructurados y estructurantes, del funcionamiento de dichos condicionamientos. Pretendo, de esta manera, dar cuenta del influjo de la dimensión práctica en el proceso de la cultura del trabajo al mismo tiempo que de la producción de las condiciones juveniles del mundo popular, o más específicamente, de lo que considero la fracción sociológicamente menos explorada entre los jóvenes de clases populares: una región relevante del espacio social que no constituye universos morales, culturales, estéticos ni políticos alternativos o de resistencia y aun así presenta la característica de verse profundamente afectado (y producido) “culturalmente” por su posición de subordinación.

Por último, identifico a partir de la puesta en relación de estas dimensiones (condiciones y trabajos, estructuras y prácticas), los signos y valores de distinción moral fundados sobre la matriz del trabajo y sus diversas formas de ser acuñados, disputados, reconvertidos y retraducidos simbólicamente desde las distintas posiciones del sistema relacional que reconstruyo en esta investigación.

Las condiciones de la cultura del trabajo

Esta configuración[1] emerge en un marco de precariedad y privación general de recursos materiales y simbólicos. Las familias de clases populares poseen ingresos bajos e insuficientes para hogares numerosos, con muchos de sus integrantes en edades menores de 10 años (implicando una mayor carga de trabajo de reproducción doméstica). Sus integrantes concentran los empleos más descalificados, de menor jerarquía y con mayor exposición a la informalidad en todo el espacio social, lo cual multiplica los efectos de la desprotección en términos de salud y cobertura previsional en estos sectores. Los jóvenes y sus padres se ven privados (en medidas diferentes) del acceso a titulaciones y certificaciones de diverso tipo (de estudios, médicos, de conducta, etc.), o bien, acceden a sus versiones más devaluadas (cursos de formación profesional descalificados, escolaridad en modalidades especiales, etc.).

El proceso se configura sobre una temporalidad económica de inestabilidad estructural. Los jóvenes de este estudio se insertan laboralmente en el segmento con mayor informalidad, rotación y movilidad del mercado de trabajo, en ramas particularmente sensibles a las fluctuaciones del nivel de actividad económica. Expuestos al cuentapropismo circunstancial, al desempleo, al subempleo, pero sobre todo a la intermitencia, por lo que sus ingresos monetarios suelen ser, además de bajos, irregulares. Sus trayectorias laborales e institucionales se rigen por lógicas homólogas: su presencia en la escuela, en instancias alternativas de formación, en programas de empleo y en algunas ocupaciones recurrentes, asumen la pendularidad como forma característica. El sistema escolar aparece en sus vidas como un espacio de contención institucional al que se accede, abandona, expulsa y re-ingresa sistemáticamente, en toda su trayectoria juvenil.

Estos jóvenes transitan por escenas sociales regidas por una transversal personalización de los códigos de interacción. La informalidad de sus inserciones laborales y los mecanismos de acceso mediados por redes sociales familiares y vecinales, regladas por códigos y compromisos de reciprocidad y ayuda mutua, se encadenan con una siempre tensa familiarización de las relaciones laborales y un sobre-escrutinio institucional de la vida privada e íntima de estos jóvenes. Estos espacios se rigen por un sólido conocimiento inter-personal de los agentes, reforzando búsquedas laborales localizadas espacialmente, una fuerte visibilidad barrial de la vida y las prácticas de los jóvenes y una activación permanente de la lógica de la sospecha y la presunción de peligrosidad. El contexto se compone, además, por un circuito con instituciones “flexibles” y “contenedoras”, que habilita particularmente demandas morales centradas en el “trato” y el “respeto mutuo” en las interacciones. Este tipo de instituciones favorece las estrategias de presentación de sí y construcción de roles en torno a la imagen del “involucramiento”, el “compromiso personal” y los vínculos de “cercanía”. De esta manera, se configura un marco de relaciones que favorece los diagnósticos “subjetivos”, “culturales”, “individuales”, las evaluaciones “instintivas” de la “estética” y de las “actitudes”; un conjunto de intervenciones centradas en la “orientación” e “inducción” personalizada.

En resumen: vidas signadas por la desposesión económica y escolar, la precariedad institucional, la inestabilidad estructural, laboral y temporal y la personalización vincular e interaccional.

Procesos de producción de la cultura del trabajo

La cultura del trabajo como la forma históricamente situada que asumen las disputas y apuestas simbólicas en el marco de un sistema relacional con centro en las clasificaciones laborales y etarias, debe ser comprendida a partir de una plena asunción de las implicancias teórico-metodológicas de la noción de capital simbólico. Es a partir de este concepto que leo la regulación de la producción, inversión y negociación del valor (laboral, social y moral) del conjunto de agentes (jóvenes y no-jóvenes) que transitan el circuito de escenas sociales que investigo.

Por esta razón, si el capital simbólico se constituye como el resultado de un trabajo específicamente cultural, sedimentado, acumulado y valorizado en este contexto, la dinámica de su génesis y funcionamiento cobra magnitud a partir de la consideración del trabajo socialmente necesario para producirlo como valor, es decir, del conjunto de prácticas sociales que ponen-en-valor (moral) conductas, recursos y personas a partir del sistema categorial de la escena laboral.

La dinámica de la configuración de la cultura del trabajo que reconstruí en este libro articula un conjunto de prácticas paralelas y simultáneas (trabajos socialmente necesarios), imprescindibles en su consideración como momento activo de un proceso que tiende a regular los términos en los que estos jóvenes ponderan su valor social. Me concentro, por ello, en los trabajos simbólico, pedagógico, relacional y de apropiación.

  1. Este conjunto de esquemas clasificatorios es resultado de un trabajo simbólico, es decir, de la producción sistemática de las categorías legítimas de la cultura del trabajo. El proceso incluye el involucramiento y la inversión de instituciones estatales y para-estatales; un trabajo académico, teórico, conceptual, de nominación y otorgamiento de entidad simbólica y política a los problemas, los grupos, las competencias y los valores del trabajo; un proceso de producción de los medios y las condiciones de legibilidad de la vida social de los jóvenes de clases populares.

Este conjunto de prácticas sedimenta en una teoría nativa sobre el problema de la empleabilidad juvenil, un discurso oficial que caracteriza a sujetos carentes, transicionales, actitudinal y valorativamente deficitarios, social y familiarmente vulnerables, peligrosos y, fundamentalmente, “necesitados” de formación y orientación para el mundo laboral. De esta manera, el trabajo simbólico produce la realidad de un problema social, las categorías del diagnóstico y el interés (illusio) en su solución (interés estatal que es a la vez interés de los agentes especialistas en su relevancia social).

Las categorías, diagnósticos y clasificaciones resultantes no quedan indemnes a las múltiples y hetorodoxas traducciones prácticas de los agentes productores-de-juventud (incluidos los mismos jóvenes) de las más diversas instancias y dependencias institucionales, que son quienes finalmente le dan vida a las producciones políticas y las formaciones estatales ligadas a la configuración de la cultura del trabajo.

  1. La puesta en marcha de este conjunto de categorías implica un trabajo pedagógico, es decir, un proceso de inculcación de principios (de clasificación y justificación), de formación de disposiciones (a percibir, actuar y valorar), de incorporación de estructuras objetivas (recursos, condicionamientos, limitaciones, posibilidades). En síntesis, la formación de un sentido de los límites propio de las posiciones involucradas. Este proceso supone una adquisición práctica de saberes, conocimientos y habilidades técnicas para el trabajo y conlleva una inversión de gran cantidad de energía familiar y política. Constituye un modo particular de vinculación intergeneracional que regula intercambios, colaboraciones, aportes y demandas entre clases etarias.

El proceso de producción de la cultura del trabajo tiene lugar en diversos espacios del circuito de escenas sociales abordado (escena estatal, escolar, barrial, familiar, laboral). Afirma su necesidad en la producción de los agentes sociales con disposiciones de y para el trabajo (Willis, 1988), es decir, con la capacidad de reconocer autoridades, dispensar respeto, soportar condiciones, encarnar confianza, etc. Es sólo a partir de la formación del conocimiento y reconocimiento práctico de las reglas del juego laboral en múltiples escenas sociales (analogía), que estos jóvenes pueden acceder a una negociación informada y competente (y, generalmente, subordinada) de su valor en cada uno de estos contextos.

  1. La configuración de la cultura del trabajo organiza y es organizada, además, por un trabajo relacional o de división, es decir, de producción de fronteras, de representaciones sobre los lugares, de sentidos sobre las distancias. Simultáneamente, estas prácticas significan también producción de separaciones, de esferas autónomas, de espacios relativamente independientes e interconectados. El trabajo relacional (Zelizer, 2009) delimita la distinción legítima de “lo personal”, “lo familiar”, “lo laboral” y “lo económico”; establece las reglas de juego “válidas” en cada esfera, con sus principios de justicia y equivalencia, con sus universalidades y sus excepciones; regula las transposiciones, los movimientos y los intercambios de objetos, recursos y personas entre esferas, mundos o escenas. Fundamentalmente, significa una producción de especificidades: de espacios, relaciones y acciones laborales y, por extensión, encarna una producción de diferencias y desigualdades a partir de dichas fronteras.

Es en torno a este conjunto de prácticas de división y distinción que las escenas sociales son producidas como tales, es decir, como escena “doméstica”, como escena “escolar”, como escena “pública”, como “calle” y como espacio “laboral”. Es a partir del mismo trabajo que se produce a los jóvenes como agentes “incompetentes” para reconocer estas fronteras y a los agentes estatales, escolares y empresariales como “humanos” por transponer los límites de esas mismas fronteras. Es en dicho proceso que la división entre el mundo del trabajo y “el resto” de los mundos es fijada, desplazada y vulnerada desde posiciones con grados desiguales de poder y posibilidades distintas de beneficio simbólico. En pocas palabras: la distinción de esferas es fundamental por sus efectos en la producción de barreras de distinción simbólica entre las personas y, por lo tanto, para dar cuenta de la complejidad de sentidos en torno a la cultura del trabajo.

  1. Por último, la realización de estas categorías como valor (valorización) requiere de un trabajo de apropiación, es decir, un proceso de mediación y uso situado de las categorías y las disposiciones; de puesta en funcionamiento de los recursos a partir de esquemas de pensamiento, percepción y acción propios de cada agente (habitus de clase). La apropiación implica, en el marco de esta investigación, un proceso de adaptación y reconversión práctica, de reelaboración popular, de localización de la teoría oficial; una estrategia de articulación y encarnación de los valores del trabajo en diversas situaciones y escenas.

A los movimientos, tensiones y reconversiones que el trabajo de apropiación genera en la configuración de la cultura del trabajo dedico la descripción de lo que denomino signos y valores de distinción moral. Éstos se vuelven comprensibles necesariamente como resultado del encuentro relacional (realización del valor) entre prácticas simbólicas enclasables y esquemas dispuestos a percibirlas y valorarlas a partir del sistema clasificatorio que da forma y contenido a este libro.

Signos y valores de distinción moral

Estas formas condensadas de realización del capital simbólico emergen en medio de tensiones, desplazamientos y reconversiones operadas en el interjuego de este conjunto de prácticas paralelas y las condiciones estructurales del espacio social. Como vengo sosteniendo, el valor (moral) del trabajo se realiza en el encuentro contingente de prácticas simbólicas enclasables y enclasantes, y esquemas de clasificación dispuestos a evaluarlas y valorarlas como tales.

La empleabilidad como marco discursivo común de la cultura del trabajo define en la racionalización laboral su primer pilar: una preocupación constante por incentivar competencias “mentales” de planificación y proyección (de las búsquedas y los procesos formativos) entre los jóvenes “vulnerables”. De esta manera retornan, como figuras de fondo, las descripciones miserabilistas de la “cultura de la pobreza”: el cortoplacismo, el inmediatismo y la irracionalidad.

Una pretensión de disciplinamiento de los jóvenes con el objetivo de producir estructuras de “administración emocional” (“son chicos, por eso actúan impulsivamente”). Se conforma, de esta manera, un esquema de clasificación socio-etario adulto-céntrico y socio-céntrico, construido sobre los cimientos de un ascetismo racionalista (Weber, 2006) al que se opone, como dis-valor e in-competencia económica, las características populares producidas por su propio diagnóstico como “problemas” de empleabilidad de jóvenes “vulnerables”.

La apropiación que de estas categorías los jóvenes motorizan define una versión popular de la racionalización muscular (Elias, 1989) de la modernidad, valorizando actitudes disposicionales con arreglo a sus condiciones de escasez. Las disposiciones familiares –fundamentalmente “femeninas”– de la regulación (de la sociabilidad), la represión (del consumo), el ahorro (económico y moral) y el cuidado (desinteresado) cumplen funciones, a la vez, materiales y simbólicas. Permiten a los jóvenes y sus familias la resolución de problemas y la adaptación a contingencias con escasos recursos económicos y producen disposiciones para “soportar” las condiciones objetivas que los privan, los subordinan y sobre las que poseen cuotas muy bajas de control. Las experiencias laborales fundantes en trabajos extenuantes, “duros”, en condiciones agobiantes y en posiciones precarias y desprotegidas, orientan su energía hacia la misma fuente de racionalización popular.

La encarnación de actitudes sumisas como ofrenda sacrificial por parte de estos jóvenes en distintas escenas sociales se comprende bajo la misma asunción racionalizante que reconvierte la carencia en recurso, haciendo de la necesidad, virtud: una subordinación activa y entusiasta (estar dispuesto “a todo”, “hasta a limpiar”) como don que constituye la expectativa de una recíproca valoración, aceptación, selección y promoción laboral (“yo no me quejo, por eso me lo gano”). Una presentación de sí que se autoadscribe a las categorías de “bueno”, “salvable”, “educado”, “responsable”, “respetuoso”, “cumplidor” o “dispuesto”, como un escape a las etiquetas de peligro y sospecha que penden sobre las estéticas y prácticas de sociabilidad juvenil popular en este contexto.

La negación –por parte de los emprendedores morales de la cruzada por la cultura del trabajo– del raciocinio económico de las clases populares es posible sólo por medio del desconocimiento sistemático de una lógica que se visualiza en el largo plazo de la inestabilidad: un ahorro que emerge del sobre-trabajo y la sobre-explotación, física y horaria, de varios de los miembros de estas familias; una forma de previsión adaptada a actividades sin seguridad; una inteligibilidad que emerge sólo en la larga marcha de la vida laboral.

La perspectiva global de las disputas sobre el capital simbólico en este sistema relacional opone, a la racionalidad ascética del discurso de la empleabilidad, una racionalización entendida fundamentalmente como represión, negación y contención, una lógica de juego a falta de cartas ganadoras. “Me la guardo”, “no hago problema”, “no contesto”, “no me quejo”: un conjunto de disposiciones que prometen la desactivación del conflicto como recurso laboral y moral.

El gesto de “agachar la cabeza” sintetiza, como expresión, una postura corporal que remite, a la vez, a una estrategia de distinción moral desde la precariedad y a una economía política de la dominación, tanto para las jerarquías laborales como para las relaciones de autoridad inter-generacional (“mi mamá siempre me dice que no conteste”). Esta forma popular de la racionalización como represión (“sacrificio”, “aguante”, “resistencia”, “ahorro”, etc.) constituye un sentido de los límites, a la vez, impuesto y asumido activamente.

Los signos que he definido de esta manera (la racionalización económica y la racionalización moral como represión) no agotan la totalidad de posibilidades ni excluyen estrategias alternativas. Éstas emergieron entre las trayectorias y las configuraciones familiares que presentaban una acumulación mayor de capital cultural (como “pequeños” capitales escolares, conocimiento técnico incorporado, capital lingüístico, estilo estético, etc.) y una tendencia marcada por estrategias de distinción centradas en los consumos culturales “legitimados” y las categorías nativas de “educación” y “mentalidad”. En las prácticas de estos jóvenes (más díscolos y excepcionales) se encuentran ciertas formas de resistencia a resignar condiciones de trato e interacción que desvaloricen su respeto personal (“hay que hacerse valer”), aunque sin romper con la reproducción de formas de reconocimiento deferente y tradicional de las figuras de autoridad institucional, laboral y etaria (“siempre con respeto”, “siempre educadamente”).

Un segundo pilar de esta formación discursiva remite a la autonomía como forma de vinculación legítima en el mundo del empleo. Cimentada sobre la figura del individuo y del universalismo descarnado de la norma y la meritocracia credencialista, la simbología de la autonomía trae a colación una descalificación política de los jóvenes de clases populares a partir de la sanción de su dependencia (de los familiares adultos, pero también del Estado, en clave de crítica al asistencialismo) y su incompetencia para las definiciones situacionales (“no saben separar lo personal de lo laboral” y, por lo tanto, se orientan por modelos de dependencia en espacios regidos por máximas de autonomía). Nuevamente, su descalificación simbólica en el mundo laboral se articula con la sanción de infantilismo por su condición juvenil y con la negación de dignidad política por la acusación de “asistencialismo” y “clientelismo”.

Sin embargo, la personalización que antes describí como parte de las condiciones sociales de posibilidad de la configuración de la cultura del trabajo plantea permanentes tensiones respecto de los patrones de valor universalistas. Interrumpe también la validez de la lógica de la “autonomía” como máxima moral individualista y como patrón de orientación de las construcciones vinculares hacia el interior de las políticas activas de empleo (“la idea es que no se cree dependencia con la OE”). Los mismos operadores políticos del PJMYMT solían imponer la “atención personalizada” como una categoría que habilitaba evaluaciones, críticas y rescate simbólico de su tarea y sus logros como agentes de la “cruzada moral” a favor del trabajo.

La particular dinámica de inserción laboral en las biografías de los jóvenes de esta investigación solapa estructuralmente los ámbitos de lo doméstico, lo familiar, lo íntimo, lo institucional y lo laboral, desdibujando la configuración de la realidad social en “mundos hostiles” (Zelizer, 2009). A la vez, sus trayectorias se traman en torno al capital social como recurso crucial en sus vidas: las redes de conocimiento e interconocimiento mutuo se movilizan en sus estrategias de inserción laboral como vía privilegiada para el acceso a sus puestos de trabajo.

En contextos de profunda personalización, la confianza constituye una puesta-en-valor de las relaciones y vínculos (hacia dentro y hacia fuera del barrio), contrapesando estratégicamente la carencia de titulaciones, certificaciones y “méritos” universalistas. De igual manera, la transposición de objetos, recursos y personas a partir de la familiarización de las relaciones laborales instala criterios alternativos, como el del cuidado, en tanto principios de justificación y equivalencia en las escenas laboral, escolar o de la política pública.

Contra formas de valor abstractas y credencialistas, que tienden a proponerles reglas leoninas de juego y competencia, los jóvenes de clases populares parecen poner en funcionamiento modalidades estratégicas de legitimación no-universalistas, que se conectan profundamente con su valoración de la practicidad (Willis, 1988; Grignon y Passeron, 1991), su interés anti-teórico en lo concreto (Hoggart, 2013) y su evaluación de la vida centrada en las cualidades personales (Lamont, 2000; Murard y Laé, 2013).

La realización de estos valores de distinción moral depende fundamentalmente de la posición de los agentes en este sistema relacional: los mismos signos utilizados para descalificar simbólicamente a los jóvenes (“trae los problemas de la casa”, “no sabe separar”, “es confianzudo”) son reconvertidos en recursos de legitimación por parte de los agentes productores-de-juventud (“somos flexibles”, “les damos confianza”, “yo la cuido”). Su posición les otorga una versatilidad estratégica que les permite jugar aleatoriamente con la confianza, la familiarización y la personalización con fines alternativos, re-traduciendo, por medio de la denegación del propio interés material, las relaciones de dominación en vínculos de dependencia personalizada (Godelier, 1998; Bourdieu, 2011c; Sigaud, 2004; Canevaro, 2011).

La teoría nativa de la empleabilidad encuentra en la activación su tercer pilar y su horizonte de acción, intervención y orientación al mundo del trabajo. Un modelo que propende a des-aprender los patrones “irracionales” y “dependientes” en las clases populares para “activar económicamente” un conjunto de competencias “flexibles”. El diagnóstico se redefine como déficit de racionalidad económica: los jóvenes de clases populares “no saben vender-se”. Los operadores de la OE continúan por momentos con este curso de acción, buscando re-clasificar como “laborales” (“economizando” o “mercantilizando”, aunque en un sentido profundamente moral) saberes tradicionales, competencias “domésticas”, condiciones de “género” o capacidades potenciales.

No sólo las condiciones laborales estructuralmente asociadas a las familias de estos jóvenes, sino también sus singulares trayectorias y formas de aprendizaje laboral, permiten comprender la articulación significativa que en estos segmentos del mercado de trabajo tiene la fuerza física como capital corporal-laboral: una producción de las disposiciones subjetivas que es, a la vez, una producción de los agentes para el mundo laboral; la realización de la fuerza física como vigor moral y como fuerza de trabajo; la significación de la fortaleza como herramienta laboral y como recurso adaptativo y de defensa contra condiciones materiales precarias e inestables.

Desde la posición estructural de estos jóvenes, el proceso de apropiación simbólica reconvierte el carácter activo en trabajo corporal y dinámico. La expresión “pensar con los pies” sintetiza una forma específica de saber social incorporado y una negación del mentalismo y del teoricismo (“no estudié nada pero igual sé hacer de todo”) asociados a la meritocracia credencialista. De manera soterrada, esta valoración disputa (o al menos amengua) la legitimidad y autoridad de los agentes empresariales de jerarquía “media” en las empresas y espacios de trabajo, descalificando sus prácticas como “pasivas”, “mentales” o puramente “teóricas” (“todo el día sentado, en la oficina, frente a la computadora”[2]).

La perspectiva popular tiende a oponer a los valores de la actividad (fortaleza, masculinidad, virilidad, vigor moral, resistencia a las condiciones, a las carencias, a los golpes, etc.) el carácter descalificativo de la pasividad (teoría, mente, femineidad, “minas”, “frigidez”, etc.). El conjunto de estos signos consume e imanta gran parte de las disputas simbólicas en los espacios de trabajo en los que investigué[3].

En un sentido homólogo, la limpieza como valor y disposición femenina (complementaria a las del cuidado, el ahorro y la represión) pretende invertir (en ambos sentidos, como apuesta y como reversión) su carácter descalificante como actividad “humillante”, sea asumiéndola como ofrenda de sumisión (“hago de todo, hasta limpiar”), sea reapropiándola como movimiento y dinámica en el hogar (“vuelvo a casa y me pongo a limpiar… si no me falta algo”), sea utilizándola como herramienta categorial para producir diferencias, gradaciones y heterogeneidades hacia el interior del universo de puestos laborales descalificados y precarios (tareas más limpias, lugares más limpios y menos íntimos, patrones más dignos, etc.).

En conjunto, tanto los jóvenes de clases populares como los agentes-productores-de-juventud (en sus respectivas apuestas y disputas internas), refuerzan la máxima moral del “gusto por la actividad” (Weber, 2008), retraducción situada y moralizante de la “activación económica” del paradigma de la empleabilidad, que se reconstituye y reafirma permanentemente como protección ante las etiquetas del “vicio” y la “vagancia”. Estos estigmas no sólo actúan como desestructurantes de la estima simbólica de los jóvenes (articulados a las categorías de “irracionalidad”, “peligrosidad”, “incompetencia” y “dependencia”), sino también como obstáculos que refuerzan las trabas estructurales para su inserción en empleos estables y protegidos. De esta manera se comprende plenamente el vector estratégico de las disputas simbólicas en el contexto de la cultura del trabajo.

El marco discursivo de las políticas activas de empleo ubica a las competencias transversales (actitudinales, subjetivas, comunicativas, interaccionales, etc.) como núcleo central de los saberes laborales contemporáneos, construyendo así su cuarto y último pilar: saberes flexibles para un mundo del trabajo flexibilizado. Con un diseño adaptado a las posiciones sociales subordinadas, esta perspectiva de la “formación para el trabajo” actualiza “a escala” la meritocracia de las certificaciones formales: demanda de certificados institucionales como forma legítima de justificación, otorgamiento de certificados por trayectos precarios de capacitación, disposición de recursos monetarios e institucionales para la certificación de estudios formales.

En la experiencia de tan profunda movilidad e inestabilidad laboral y formativa, estos jóvenes tienden a configurar sus saberes como capital incorporado (hecho cuerpo), diversificado y práctico. Su conocimiento tiene la forma misma del trabajo: “maña”, “rebusque”; especie de saber muy extraño al modelo de los que “realmente saben” (los encargados “de oficina”, “sentados frente a la computadora”). A contrapelo de la especialización y del conocimiento teórico ingenieril, estas experiencias valorizan una forma de aprendizaje “haciendo”, “en el trabajo”. Desde muy temprano en sus biografías, la adquisición de conocimiento laboral se practica en sus propios hogares, en la reparación de sus propios bienes, en la construcción de sus propias viviendas, en la instalación de sus propias redes de energía eléctrica.

Esta forma de saber encuentra, en la versatilidad, su arte, su técnica. “Darse maña” en cualquier trabajo, resolver lo que sea, “atar con alambre”, construir sin recursos, jugar sin cartas y vivir en la movilidad permanente para no moverse nunca. Forma popular de la idoneidad práctica y de la “flexibilidad” (precaria e inestable), adaptada a la necesidad de saber hacer “de todo”.

El mito de la patria choriplanera

El objetivo de esta investigación sociológica no fue el de la denuncia de una “mentira” ni de un “error” de percepción, aunque la injusticia de la etiqueta de “falta de cultura del trabajo” me interpeló como investigador y significó un móvil insoslayable para la escritura de este libro. Si el término “choriplanero” está entre las contadas originalidades del macrismo triunfante en Argentina, la división social de las personas entre quienes se “esfuerzan” y “merecen”, por un lado, y los “vagos”, por otro, existía antes de 2015 y fue, sin dudas, el suelo fértil sobre el que se sembró el presente sociológico que vivimos.

El mito no resulta de una ficción ni de una falsedad, sino de un repertorio de relatos y sentidos, de una fuente de símbolos –el plan social como política pública desprestigiada, el choripán como incentivo popular, el peronismo como vicio cultural, el odio de clase como identidad política– para procesar las desigualdades y las diferencias sociales.

A diferencia de lo que suponía al llegar al campo, ninguno de los jóvenes que conocí en mi investigación negó el valor moral del trabajo[4] o lo reemplazó por otra matriz vital (consumo, ocio, política, etc.). Más bien todo lo contrario: encontré un sólido acuerdo en la definición del mundo del trabajo como sistema categorial y acervo moral que le otorga inteligibilidad y significación a las disputas y negociaciones que las personas traban en la determinación de su dignidad y su valor (como trabajadores, ciudadanos, estudiantes, madres, padres, hijos, etc.). El mito que le da nombre al libro es real, y su mayor manifestación de efectos de realidad probablemente sea el acuerdo que gira en torno suyo. A favor y en contra de las declaraciones de Casaretto (“los planes sociales fomentan la vagancia”) en 2003, a favor y en contra del discurso oficial de Cambiemos en 2019 (“hay que terminar con la cultura del atajo y la viveza criolla” vs. “el domador de reposeras”), los diversos oficialismos y las diversas oposiciones procesan sus disputas hablando un mismo lenguaje político. Para usar la metáfora marxista, el trabajo se ha vuelto el equivalente universal del valor de las personas.


  1. Fue central para mi argumento anclar el proceso de la cultura del trabajo en jóvenes de clases populares en el momento histórico de la post-convertibilidad. Entiendo que la configuración que describo sólo es comprensible en el marco de un grado de desarrollo y un estado particular de las relaciones de fuerza en el espacio social cordobés. Sin dudas, la formulación de las tesis que sancionaban el “fin” de la cultura del trabajo en la primera década del siglo XXI en Argentina remiten a una lectura del pasado con una dinámica diferente en la estructura social y el mercado de trabajo (Estado de Bienestar, pleno empleo, proceso de industrialización por sustitución de importaciones, etc.). Aquella configuración, que hace tradición en la política y la cultura popular argentina, sin dudas presenta características sumamente diferentes a las que describo aquí.
  2. Como ya adelanté, encontré valoraciones positivas del “trabajo administrativo” entre aquellos jóvenes con una fuerte disposición a generar prácticas distintivas basadas en la adopción de estilos, marcas y disposiciones sociales y lingüísticas de clase media, como elemento de diferenciación de sus pares.
  3. Esto no significa que la distribución de las clasificaciones se realice de manera unívoca y homogénea. Como he mostrado, determinadas formas de “violencia física”, disposición a “ir de frente” y “honestidad” son interpretados como dis-valores en algunos espacios laborales y son utilizados como argumento de descalificación o exclusión.
  4. Como detallé al principio del libro, esta homogeneidad no es en absoluto autónoma de mi propia inserción en el campo y de mis relaciones sociales previas a la investigación (como agente estatal de un programa de empleo). Dicho esto, creo que he logrado problematizar en todo el recorrido de este texto las implicancias de mi presencia como investigador en el campo y las he hecho explícitas, re-articulándolas en el análisis de la cultura del trabajo.


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