Otras publicaciones:

12-4618t

9789871867905_frontcover

Otras publicaciones:

12-3054t

12-2022t

8 Discutiendo sobre el rol de la enfermería
en el paciente hipertenso

Cuando se es niño y la maestra de matemáticas enseña que existen infinitos puntos, infinitas rectas e infinitos planos, el concepto se entiende pese a no haber experimentado nunca la magnitud del espacio infinito. Algo similar sucede con el rol de la enfermera. Aunque nunca se experimente la magnitud del mismo, se lo comprende.

No alcanza a experimentarse esa magnitud puesto que la enfermera intuye el rol desde su capacidad psicológica, como una acción inherente a su profesión, como una conducta más que adopta en el seno de una intrincada red de interrelaciones (Pichon-Rivière, 1971). Esta concepción tan limitada del rol de la enfermera va haciendo que el mismo se disipe poco a poco dentro de las instituciones de salud. El estigma social ha determinado que el lugar de la enfermera se restrinja a brindar cuidados, medicalizando la mayor parte de su labor y dejando poco margen para las funciones totalizadoras, tan importantes en pacientes hipertensos.

La identificación de la enfermería con la técnica hizo que su desarrollo profesional se circunscribiera cada vez más al rol. Es decir, a la expresión de la función, pero no al contenido mismo de la tarea. Al rol moral de mujer condenada, con el cual siempre se había identificado a la enfermería hasta el proceso de su institucionalización en el siglo XIX, le sobrevino la identificación con el rol técnico (segmentación del cuerpo enfermo y saturación del tiempo) y el rol auxiliar del médico (instrumentos de diagnóstico médico e instrumentos de tratamiento que intervienen en la terapéutica) (Acevedo Tarazona, 1999).

Este modo de concebir al trabajo de la enfermería ubica al rol técnico en el ámbito de la mera instrumentación, desligándolo considerablemente del quehacer cotidiano.

La teoría y la práctica se distancian, reduciendo las posibilidades de encontrarse y afectarse mutuamente. La ausencia de crítica conlleva a una rigidificación del rol, es decir, al sometimiento del mismo a una práctica repetitiva en el que la reflexión no tiene lugar y no se propicia el surgimiento de propuestas que nazcan en el seno de la profesión. La práctica, alejada de la noción de cambio, sufre un no desestimable empobrecimiento. También la teoría se debilita, puesto que no logra acompañar ni reforzar la comprensión de los hechos.

Un ejemplo claro de esta incapacidad de introspección de la profesión lo brindan las escasas actualizaciones llevadas a cabo en lo que concierne a la hipertensión. Hay una persistencia de los mecanicismos en torno a la medición de la tensión arterial. Se demarca un rol con particulares destrezas, pero carente de una inmersión crítica en lo que se refiere a las cuestiones técnicas. Las encuestas avalan estas hipótesis. En ellas se evidencia, entre otros aspectos, la poca claridad que exhiben las guías respecto al valor considerado normal en relación a la tensión arterial.

Esta falta de acuerdo, que evidencian las personas encuestadas en torno a los valores normales de tensión arterial, también responde a otra de las dificultades que hallamos en la enfermería: la diversidad de certificaciones y títulos intermedios, aspecto tenido en cuenta en esta investigación. Cada uno de ellos especifica sus propias incumbencias, y por ende, varía la capacidad de reflexión que puede tener cada profesional de acuerdo a su formación. En relación a la tensión arterial sistólica, los valores normales que los encuestados mencionaron no resultaron tan dispares. Pero en la tensión arterial diastólica las diferencias fueron realmente significativas.

Hay una exigua actualización de publicaciones referidas a la hipertensión arterial y una producción de artículos prácticamente nula. Esto pudo corroborarse en las tres revistas estudiadas para el análisis bibliométrico, en las que no se halló ninguna producción argentina sobre el rol de la enfermera en la cronicidad de la hipertensión. Nos encontramos frente a un déficit importante. Una noticia de la Sociedad Argentina de Hipertensión refiere que, actualmente, el 30% de los adultos padece dicha enfermedad. Este porcentaje nos ayuda a inferir que las enfermeras se hallan a diario desempeñando su labor con paciente hipertensos.

Si nos detenemos a pensar dónde se llevan a cabo los desarrollos teóricos de la enfermería, podemos entrever que los mismos ocurren dentro del contexto social en que se sucede la práctica, especialmente en aquellos ámbitos donde se propician los cuidados. Las encuestas informaron que el 68,1% de las enfermeras participa activamente en los programas de atención primaria para pacientes hipertensos. Se puede deducir que se trata de espacios de cuidados; sin embargo, no se publica ni se incrementa la actualización sobre hipertensión arterial. Si bien en otros países las enfermeras suelen realizar publicaciones, el tema más abordado es el diagnóstico, olvidando que la educación es una faceta inherente del rol.

El discontinuo y difuso lugar de la profesión en una enfermedad considerada prevalente a nivel mundial instó a delinear mejor la autoridad científica de la enfermería, indagando en el tema de educación para la salud. Así fue que surgió el “Cuaderno del paciente en autocuidados cardiosaludables”, a partir de un Grupo de Trabajo de Sociedades de Enfermería en Cuidados Cardiovasculares Integrales (GSECCI). Dicho cuaderno se encuentra aún en elaboración y está dirigido a los profesionales de la enfermería. Todavía no se ha encontrado textos similares orientados a educar al paciente hipertenso, a pesar de que los testimonios son una prueba fehaciente del amplio y valioso lugar que se le asigna a la enfermera en la cronicidad de la hipertensión. Como consecuencia, el rol de educador del paciente hipertenso es llevado a cabo por otras autoridades científicas.

Si profundizamos en el contexto del paciente hipertenso, notamos que los testimonios delinean una gran disparidad respecto a las directivas que configuran el rol. Para algunos, el mismo debe ser capaz de garantizar la adherencia al tratamiento farmacológico; para otros, debe orientarse a incentivar la apropiación, por parte del paciente, de medidas higiénicas. No debemos desestimar la adherencia farmacológica, pero los aspectos relativos al estilo de vida y al cambio de hábitos son aquellos que verdaderamente impactan sobre la salud y la enfermedad, y dinamizan el campo donde se juega el rol de la enfermera.

Sucede que estas directivas, fuertemente estereotipadas, le quitan movilidad al rol y desprecian la labor de la enfermería. Esto se evidencia en ciertos extractos de las entrevistas, en ideas entretejidas en los relatos que reflejan cómo el quehacer cotidiano, muchas veces signado por lo cíclico, es concebido como una práctica de “menor valor”.

El hecho de realizar un trabajo repetitivo, casi mecánico, como son las tareas referidas a la higiene o la toma de la tensión arterial (que posiblemente se repita al mismo paciente más de dos veces en un turno de trabajo), ayuda a reconocer los ciclos biológicos y las necesidades del paciente hipertenso. Captar aquello que tiene mucha más profundidad que los aspectos físicos es comenzar a entender esa mezcla de aceptación y rechazo con la que convive el paciente hipertenso. Esa red dinámica de sucesos que lleva al reconocimiento de la enfermedad o a la negación de la misma.

Este aspecto del rol, referida a la conducta que adopta la enfermera en las relaciones interpersonales, es el que no puede abarcarse en su totalidad. Tal como el niño que se inicia en las matemáticas y estudia la noción de infinito sin posibilidad de experimentarla. El temple de la enfermera, su proceder, su modo de interactuar con el paciente, son aristas que se intuyen, como al infinito, pero la aprehensión de los conceptos va perdiéndose en los claroscuros del accionar. Estas es una de las consecuencias de la practicidad del rol, que por hallarse orientado según las leyes del mercado laboral, sólo se centra en los aspectos farmacológicos. Las directrices del mercado no sólo posicionan a la industria farmacológica como el medio más eficaz para la satisfacción de situaciones acuciantes (tales como la hipertensión), sino que además producen permanentemente nuevas demandas.

En la conformación del estado de arte en el análisis bibliométrico, se evidencian aquellas características que las enfermeras observaron y estudiaron, propias de los pacientes hipertensos (Abecasis, 2006). Se hace referencia a características tales como la ansiedad, la manifestación del estrés y la ausencia de severidad de la enfermedad (De Castro y otros, 2004; Corrés Chaves y Valadao Cade, 2004; Gorette dos Reis y otros, 2001). Los testimonios lo definen de la siguiente manera:

40-EoE. Es un paciente difícil. No es fácil manejarlo. No se adhiere al tratamiento.

La realidad se impone y va determinando las distintas formas de percibir la enfermedad. También delinea la relación enfermera-paciente basada en dos aspectos fundamentales: por la consistencia mutua y por la multiplicidad de atravesamientos de relaciones interpersonales que van configurando las particularidades del rol. Sin embargo, no es válido reducir la personalidad del hipertenso a simples bloques emocionales ni aislarlo del tejido social del que es partícipe. En la actualidad, teniendo en cuenta la globalización y los procesos de cambio que vive el sistema de salud, la mirada debe apuntar a una enfermería constituida por roles capaces de adaptarse a las transformaciones con el fin de modificar positivamente las realidades.

Realidades signadas por las restricciones financieras, por las exigencias de los usuarios que alcanzan mayores niveles de educación e información, por el déficit de enfermeras y de insumos. Estos son sólo algunos de los aspectos que caracterizan al contexto actual, en el que se propician los cuidados y en el que se instala la relación médico-enfermera.

En la era del panoptismo, de la vigilancia electrónica (Díaz, 1998), el rol de la enfermera no está exento de ese discurso de control, de la desconfianza ejercida a través de distintas líneas de poder:

48-EoLE. Es horrible que estén desconfiando. Te desconfiaban los médicos de tu toma de presión o de alguna cosa, iban a controlarte; o les decía doctor tiene tanto y ellos iban y te controlaban.

Así como la Iglesia católica constituyó durante siglos el rostro de la autoridad por excelencia, el médico delineó dentro de su campo un imaginario similar. Es posible que este imaginario esté anclado en el concepto de profesión surgido en la antigüedad, donde sólo eran reconocidos como profesionales los jueces, los médicos y los ministros religiosos. Las demás actividades humanas eran consideradas oficios (Beca Infante, 2006).

En la actualidad esta concepción ha cambiado. Sin embargo, es necesario entenderlo con actitudes renovadoras. El escenario donde se desarrollan las actividades se halla inmerso en un dilema conformado por necesidades y frustraciones. El profesionalismo busca regular los comportamientos, generar relaciones de confianza y establecer juegos de habilidades y destrezas ocultos tras el velo de la ética profesional.

La desconfianza que subyace a la trama relacional enfermera-médico desestima el conocimiento de la enfermería, y por ende su profesionalismo. Por ejemplo, en lo que respecta a la toma de la tensión arterial. Las encuestas delinean una enfermería con importantes bases teóricas en relación a la medición de la misma. Se trata de un procedimiento al que se le otorga gran valor y que la enfermera lleva a cabo en forma habitual. Puede advertirse una intensa formación técnica y la existencia de un alto nivel de conciencia centrado en el control de la cifra. Sin embargo, no hay una correcta valoración del saber que la enfermera es capaz de aportar.

En el análisis bibliométrico, los dos estudios hallados en relación a la toma de tensión arterial (Díaz Schunffeneger y otros, 2001; García Mora y otros, 2006), sostienen que ha mejorado el control de la misma, como así también el conocimiento de los profesionales.

La dicotomía público-privado fue puesta al descubierto a partir de las encuestas que definen al sector público como el ámbito donde se concentran la mayor cantidad de profesionales (74,4%) y con el nivel de formación más elevado, aunque se sienten “empleadas”. Enfermería tiene una gran participación en el tratamiento del paciente hipertenso, pero se visualiza claramente que la responsabilidad y el poder no están puestos en ella.

La claridad en el rol favorece el proceso de salud-enfermedad, que se encuentra indefectiblemente vinculado a una identidad profesional, “… los modelos armados a través de los vínculos van pautando las conductas esperadas, como también la relación con los semejantes-diferentes en cuanto al género, que sirven de contrafigura o modelo negativo” (Meler, 2002).

El discurso va trazando poco a poco espacios en donde los valores comienzan a intuirse, pero la realidad no sufre modificaciones. Tal es el ejemplo del lugar de la enfermería en la hipertensión:

48-EoLE. Ninguno, no lo siente. Si uno no se lo hace notar, no lo siente. Enfermería no siente que su lugar es activo (…) no hay clic; además, siempre uno se siente mal cuando el paciente no se adhiere, eso duele.

No se trata de demarcar un lugar, sino de ocuparlo de manera pensante. Esa es la forma de cambiar la realidad, que está formada por construcciones mentales. Cuando esa realidad se vuelve una estereotipia, deja ser conocimiento para transformarse en algo cotidiano, envuelto en la socialización de todos sus aspectos. Tal como lo expresa la colega: “Si uno no se lo hace notar, no lo siente”.

Los horizontes se transforman así en metas inalcanzables, dando lugar a la emergencia de dificultades identitarias. La cuestión del sentir, del afecto, se convierte en algo bastante paradigmático en la tarea de la enfermera:

46-EoLE. Dentro mío, me da bronca […] Uno habla y no se siente escuchada.

20-EoLE. En cambio nosotros siempre lo hacemos por humanidad. Es cuando el paciente te asocia con un ángel.

El sentimiento oscila permanentemente como si fuera de uno a otro polo de un andarivel. En una orilla, la pena por no sentirse valoradas; en la otra, la satisfacción de un trabajo realizado con una inflexión mística.

La no linealidad es la base de la identidad profesional. Es necesario abandonar el enfoque totalizador del rol, abogando por una concepción circular de las tareas y advirtiendo la complejidad del sistema, “la sabiduría sistémica” (Bateson, 1979). Entonces, el discurso no evidenciaría tantas fluctuaciones, el rol se configuraría en torno a los principios que rigen la organización en todos los fenómenos esenciales de las relaciones humanas, desafiando la atomización y el reduccionismo. Advirtiendo que la enfermera no es única, no es una unidad independiente, no es aquella que realiza su tarea por humanidad, ni la que cuida. Tampoco es un ángel. Las barreras sociales que se leen entre líneas en los distintos testimonios han sido internalizadas por las enfermeras, adoptando un rol impuesto socialmente. ¿Es posible que el mito se perpetúe porque la feminidad del rol les proporciona seguridad? Es esta una línea que valdría la pena investigar.

El 97,5% de los entrevistados opina que tanto los hombres como las mujeres son aptos para la toma de la tensión arterial. Con estos datos podemos pensar que el espacio del rol respecto a la hipertensión parece perfilarse en la dirección de la superación del fantasma del género. No hallamos el mismo consenso en relación a la faceta del rol que se vincula con la educación. Algunos autores como Llabata Carabal y Carmona (2005) y Jiménez y Villegas y otros (2003) han profundizado sobre este aspecto mediante el análisis bibliométrico. Concluyen afirmando que hay un déficit del autocuidado por parte del paciente hipertenso, como consecuencia de la adopción de estilos de vida no saludables. Esta línea confirma la representación que fue configurándose en las entrevistas. El rol en enfermería es un rol estrechamente vinculado a las prácticas farmacológicas; tan sólo el 30% de los profesionales entrevistados hizo alguna referencia a los aspectos educativos inherentes al mismo.

Otros aspectos que vale destacar giran en torno a los sentimientos que se despliegan a medida que la enfermera desempeña su rol. Los más frecuentes son la bronca y el dolor. En los testimonios, los entrevistados cuentan cómo resolvieron estos estados de angustia; la antigüedad en la profesión favorece este desarrollo. El afecto envuelve la tarea de la enfermera pero poco se escribe de lo que ella, como persona, siente. Todas las investigaciones se centran en el paciente, en cómo atenderlo, cómo cuidarlo teniendo en cuenta los cambios de su salud. Las discusiones surgen de esta falla en el patrón de conocimiento personal (Durán de Villalobos, 1998), esa dimensión simbólica que les permite a las personas conocerse y entenderse. La enfermera no puede expresarse ni actuar de una forma diferente a sí misma; el paciente percibe su personalidad, y ese confuso entendimiento del patrón de conocimiento arroja como resultado poca claridad en el rol. Se produce un verdadero entrevero, con poca participación de la familia y la comunidad, que arroja como resultado la imposibilidad de lograr una distancia óptima en la relación enfermera-paciente.

“Caminante son tus huellas el camino, y nada más. Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Palabras de un poeta español que ayudan a pensar el futuro de la enfermería. Profesión que, si bien está forjando su identidad, cuenta con la complementariedad de otras disciplinas que le permiten funcionar como autoridad científica, tanto a través de publicaciones, como del desarrollo autónomo de su rol. Para que esto sea posible, es necesario que comience a trazar nuevos caminos, abandonando la comodidad del género, propiciando el pensamiento reflexivo y abogando por relaciones profesionales y sociales pautadas en la equidad.



Deja un comentario