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3 Una enfermera en el país de los médicos

Comenzando con un testimonio personal:

En una fría y nublada mañana de abril me dirigía feliz al XXV Congreso Nacional de Cardiología organizado en la ciudad de Rosario. Había logrado, no sin dificultades, la inscripción al mismo, gracias a la tenacidad que me caracteriza.

El acceso me había sido negado inicialmente por la fría voz de la secretaria, quien muy claramente me informó: “… el Congreso es sólo para los médicos, es imposible que usted se inscriba, para eso están las jornadas…”. No pude evitar sentirme desplazada hacia un nivel inferior, conteniendo una agitación emocional que oscilaba entre la bronca y el dolor. No sé por qué me sentí avergonzada. Pero a la vez con un desafío por delante, que me animaba a no bajar los brazos, a continuar buscando la forma de asistir a una actividad que pensaba podía enriquecer mi formación en hipertensión arterial con los últimos adelantos del tema en Medicina.

El afán por el conocimiento y el deseo de asistir a dicho encuentro, cuya difusión había despertado en mí tantas expectativas, me llevó a movilizar a médicos, cardiólogos y clínicos de reconocida trayectoria en la ciudad para poder inscribirme. Respuestas como “las enfermeras nos invaden” o “se apoderan de todas las muestras de los laboratorios”, entre tantas otras similares, me hicieron reflexionar sobre el rol profesional de enfermería y su forma de desarrollarse en un campo alambrado por dos pensamientos distintos: uno tradicional, dependiente del saber y decisiones médicas, y otro moderno, que promueve la autonomía de enfermería y el trabajo mancomunado e interdisciplinario con medicina, respetando la especificidad de las funciones de cada disciplina.

Por intermedio de algunos médicos, logré contactarme con el presidente del Congreso, y una vez expresado el porqué de mi interés en dicha actividad, conseguí su aval, que me abrió las puertas a lo que hasta entonces era privativo de un sector profesional. Enfermería sólo podía asistir a las Jornadas de Técnicos y Enfermeros en Cardiología, de un día de duración, realizadas en un lugar distinto.

Así fue como pude llegar al preciado Congreso. Durante el camino, rebosaba de alegría, me sentía como Alicia al inicio de sus aventuras en el país de las maravillas. Una vez en el lugar del evento, mi asombro continuaba. Se realizó en la lujosa Bolsa de Comercio. Numerosos stands de diferentes laboratorios daban la bienvenida a los asistentes, y anuncios gráficos que promocionaban medicamentos y tecnología de avanzada trataban de ganar la atención de los mismos. No faltaban las señoritas encuestadoras que, con su simpatía y buen trato, estaban a la pesca de médicos con disponibilidad de tiempo para responder algunas preguntas. No por falta de disposición o de tiempo, fui descartada para participar en la encuesta.

Nunca había visto tantos hombres vestidos de negro, con sus trajes pulcros irradiando formalidad y prestigio, que superaban notablemente en cantidad a las mujeres, que también desplegaban su elegancia. Un halo de poder brotaba del entorno. Me sentía como “sapo de otro pozo”, casi como una “intrusa”, como había sugerido uno de los médicos al referirse a la supuesta invasión de enfermeras. La sensación de estar nadando en aguas desconocidas me llevó a preguntarme dónde estaba y por qué Enfermería y Medicina, habiendo nacido juntas, se hallaban separadas.

Tolerando la turbulencia emocional, generada ya en mis intentos por inscribirme y que aún no había cesado, concurrí a todas las mesas donde se discutía sobre hipertensión, emergencias cardiovasculares, enfermedad cardíaca en la mujer y cardiología del ejercicio. En ninguna de ellas se hizo alguna referencia al trabajo de enfermería, ni desde la mesa de disertación ni desde el auditorio. Sí se rescataron y presentaron, a través de diapositivas digitales, cifras de tensión arterial tomadas en las farmacias. Esto me motivó a elaborar los cuestionarios destinados a farmacéuticos.

Numerosas imágenes acompañadas de emociones contradictorias se agolparon en mi mente a raíz del encuentro con residentes de Medicina, ahora ya médicos especialistas. Tiempos atrás, ansiosos por el apoyo emocional y teórico de enfermería a la hora de enfrentar el desconocimiento o la indecisión en sus primeros años de práctica. Ahora, sumergidos en una indiferencia ingrata.

En este contexto emocional, aprendí acerca del trato que algunos médicos suelen dar al paciente con hipertensión arterial; muchos de ellos incluyeron en sus disertaciones propuestas terapéuticas no farmacológicas, tales como yoga o terapias espirituales, de relajación. Aspectos humanistas que me sorprendieron al escucharlos en medio de tantos estudios multicéntricos sostenidos y promovidos por los laboratorios y sus convenios con entidades médicas o profesionales particulares.

Según mi experiencia, enfermería siempre ha tratado de unirse al médico en su quehacer, entre gritos y retos, y muy de vez en cuando palabras de reconocimiento. Tal vez, mi deseo imperioso de participar en un Congreso organizado por y para médicos sea expresión de esa tendencia.

Como corolario final, ahora cuento con un certificado de asistencia en el que mi nombre va antecedido por un “Dra.”. Una abreviatura que, aun siento ajena en la medida en que este trabajo se encuentra en pleno proceso de elaboración, de alguna manera me recordará a lo largo de mi vida esta experiencia compartida en el país de los médicos. País que he sentido distante como esa abreviatura en este momento.

Siguiendo con un poco de historia:

El origen de la enfermería se remonta, y para esto nos ubicamos en el estallido de la guerra de Crimea, a 1854. Una enfermera, Florence Nightingale[1], conmovida por los informes sobre las deficientes condiciones sanitarias y la falta de medios en el gran hospital de barracones de Üsküdar (hoy parte de Estambul, Turquía), envió una carta al secretario de Guerra Británica, ofreciendo de forma voluntaria sus servicios en Crimea. Al mismo tiempo, y sin tener conocimiento de esta iniciativa, el ministro de Guerra propuso que asumiera la dirección de todas las tareas de enfermería en el frente (Molina, 1961; Donahue, 1988).

Nightingale emprendió viaje hacia Üsküdar acompañada de 38 enfermeras. Bajo su supervisión se crearon departamentos de enfermería eficaces en Üsküdar y más tarde en Balaklava, Crimea (Molina, 1961). Gracias a sus denodados e incansables esfuerzos, la tasa de mortalidad entre los enfermos y los heridos se redujo en gran medida. Fue pionera en las estadísticas; el “Gráfico del área polar”, donde los datos representados son proporcionales a la superficie de una tajada en un gráfico, le permitió lograr la reforma hospitalaria.

Continuando con la historia:

En siglos pasados, los cuidados de enfermería eran ofrecidos por voluntarios con escasa o ninguna formación, por lo general, mujeres de distintas órdenes religiosas. Durante las Cruzadas, por ejemplo, algunas órdenes militares de caballeros también ofrecían enfermería, y la más famosa era la de los Caballeros Hospitalarios (también conocidos como los Caballeros de San Juan de Jerusalén). Pertenecían a la Soberana Orden Militar y Hospitalaria, más conocida como la Orden de Malta, que hoy en día es exclusivamente humanitaria, pues su papel militar cesó con la pérdida de su territorio en 1798. En Sudamérica, la Asociación Argentina de la orden ofrece atención a bebés prematuros y gestiona programas destinados a madres con serología positiva para HIV.

En países budistas, los miembros de la orden religiosa Shanga han sido tradicionalmente los encargados de los cuidados sanitarios. En Europa, y sobre todo tras la Reforma, la enfermería fue considerada con frecuencia como una ocupación de bajo estatus, adecuada sólo para quienes no pudieran encontrar un trabajo mejor, debido a su relación con la enfermedad y la muerte y la escasa calidad de los cuidados médicos de la época (Donahue, 1988).

La historia versus la actualidad

10-Eor. ¿Diferencias?

EoA. Bueno, claro, diferencias hay, porque él es un profesional y nosotros la enfermera. En el caso mío, que yo era auxiliar, era otra cosa; era otra cosa, hay que reconocerlo. Acá nosotros, no sé si nos arrepentimos o mundialmente somos muy discriminadores. Yo estoy en este renglón y vos estás en el de más abajo y eso nunca te hizo daño. Sí, pero te lo tenés que, como tranquilito, comerlo y beberlo solito porque no da para otra cosa, no podés discutir con alguien que es más que vos, con el que manda más y hay cosas en las que a veces las enfermeras tienen razón, pero como dice el refrán: tenés razón, pero marche preso.

28-EoE. Es triste de enfermería llegar en bicicleta o desprolijos, [con el] pelo largo, [con] barba… Los médicos, no. Eso también hace a la profesión: la profesionalización del enfermero, de ser prolijo, dar cuidado; no ir con la mochila, ir con una valijita, algo más o menos presentable. O no llegar en bicicleta; podés llegar en colectivo, en moto, pero no en bicicleta, porque eso va deteriorando nuestra imagen. Yo creo que eso no [se] justifica. La imagen y la sociedad en que vivimos, por ser enfermero, chocan.

Eor. ¿Que pensás de las farmacias que hacen tareas nuestras?

ELEo. Que está mal, que la culpa es nuestra que no estamos en las farmacias. Toman la tensión [y dejan al paciente] parado, con ropas, no [lo] vuelven a controlar; pero nosotros no nos valoramos, dejamos hacer. Nuestro colegio no tiene la fuerza necesaria porque son elitistas. Según quién esté, vale la provincia, Pami o la municipalidad; es así y vos lo sabés.

39-Eor. ¿Sos enfermera?

EoE. Sí, cuando salís a bailar o algo similar ¿nunca te pasa que cuando decís que sos enfermera algunos no vuelven más? [Risas]. Creo que es mejor, ¿no te parece? No voy a dejar la enfermería por un estúpido… [Risas]. Pero me siento como todas, mal; pero la sociedad dice que somos las que lavamos las colas y ponemos chatas. Se formó con mujeres, pero ahora hay hombres, también pueden trabajar bien. En realidad pienso que eso ha cambiado, todos tenemos las mismas posibilidades, hay trabajo para todos, incluso nos buscan, no importa el sexo.

44-Eor. ¿De la sociedad?

EoLE. Sí, del ámbito. Comparando al varón, la sociedad prefiere para algunas cosas a las mujeres y para otras a los hombres. Es como la mujer que te dice: yo prefiero una ginecóloga. A mí me pasa, por ejemplo, en la relación con el adulto mayor; las mujeres siguen prefiriendo mujeres para que las bañen, son personas mayores de 70 años… Pero nos insertamos igual, además heterogenizan al grupo de tal manera que logran que algunos aspectos crezcan, porque a veces el género limita. Yo creo que el lugar donde más se crece es donde no hay supervisión, es donde se ve más autonomía, me parece. Como en la atención primaria. En estos lugares así, como hospitalarios, de internación tradicional, [es donde] más cuesta crecer, están más sometidas al médico, a lo que dice, lo que cuestiona; es mi impresión.

Relatos como estos fueron marcando un imaginario social que aún persiste, siendo difícil distinguir a ambas profesiones a lo largo del proceso evolutivo. La historia muestra que Medicina y Enfermería siempre han estado entrelazadas. La interdependencia varió con los tiempos, dando origen a trayectorias con espacios de poder escalonados entre una y otra.

Diferencias sociales es lo que plantean las colegas: “cuando decís que sos enfermera, algunos no vuelven más”; “claro, diferencias hay, porque él es un profesional y nosotros la enfermera”… Retorno a la discrepancia que impregna la identidad profesional.

Romper el esquema social que fundamenta el poder de una profesión sobre otra no es tarea fácil. La representación médico y enfermera, como una relación de apoyo, donde se asume las órdenes y se concibe un rol asentado en el poder, tiende a reproducir los valores genéricos de la mujer, realidad actual de las enfermeras; “porque a veces el género limita, yo creo que el lugar donde más se crece es donde no hay supervisión, es donde se ve más autonomía”. Autonomía que se reclama en la ausencia de control y no en el rol de la práctica, rol que se fragmenta y queda supeditado al hacer médico.

Otro matiz que se vislumbra en los testimonios es el género: “comparando al varón, la sociedad prefiere para algunas cosas a las mujeres y para otras a los hombres […] porque a veces el género limita”.

La equidad en el género supone cambios sociales complejos. Sin embargo, en las encuestas, el 81,2% considera que no hay diferencias en las condiciones laborales entre ambos; el 97,5% opina que tanto hombres como mujeres son aptos para la toma de la tensión arterial; y en la pregunta donde se indaga sobre la opinión respecto a quién la sociedad entrega el cuidado de su salud, si prefiere al hombre o a la mujer, el 84,0% refiere que es indistinto.

Pero también los cambios deben delinearse en lo interno de la profesión, dejando atrás modelos instalados en la historia y en la memoria profesional. No se trata de masculinizar a la enfermera, feminizar al enfermero o reeducar al médico o a la sociedad, sino de utilizar el poder del conocimiento, concientizar las desigualdades y democratizar el poder como una voluntad que anima al cambio en el concepto de cuidado.

Los escritos de Florence Nightingale resaltaron permanentemente la importancia del cuidado. Su filosofía se centró en el entorno y el bienestar, la disciplina y la organización de la enfermería en “manos de la mujer, de una mujer que fuera a su vez competente y destacada en su labor” (Molina, 1961). En los aportes de Nightingale, la imagen de enfermería respondía más al arte que a la ciencia. Su imagen se reflejaba en las actitudes y la estética, donde la técnica y el alma, como entidad única, eran esenciales para el artista. La revolución industrial, el avance de la ciencia y la tecnología, y su repercusión sociocultural, produjeron un cambio radical en la imagen que tenía de sí misma, adoptando un rol profesional en una sociedad en pleno auge de transformaciones. A partir de allí, se inicia una reflexión acerca de cuál es el rol que la enfermera desempeña en su accionar, visualizando con más profundidad la relación vincular con el paciente y con sus pares.

El testimonio de una colega, con su voz clara, pausada, su cabello rubio con ondas que flotan sobre sus hombros, hace reflexionar sobre el rol:

48-EoLE. Cuando un familiar le toma la presión a un paciente, yo nunca confío y el médico sí, porque además a veces en mis propias colegas no confío [silencio]… Eh, y a mí me pasó con los alumnos de primer año que venían a hacer la práctica. Entonces, ellos dentro de la entrevista tienen que hacer los signos vitales, pero yo antes de salir a hacer la entrevista les preguntaba sobre la característica y apuntaba a esto: cuándo es la máxima y cuándo es la mínima y, bueno, la máxima todos la ubicaban en el primer ruido, pero la mínima, si había diez alumnos, había diez versiones diferentes. Entonces, si nos formamos con estas dificultades para poder escuchar lo patológico… Y también me pasaba cuando trabajaba en terapia las primeras veces; yo iba y decía: Doctor, está hipertenso… ¿Cuánto es la mínima? 110, y él iba y controlaba. Yo estuve así 6 meses hasta que después no lo hacía más. Yo tuve que rendir siempre, no sólo en la escuela, tuve que rendir cuando estaba trabajando y esto te modela el carácter; hay gente que se molesta, yo no me molestaba. Prefiero que controlen antes que desconfíen, es horrible que estén desconfiando… Había una doctora, cuando tenía que controlar la diuresis horaria, [a quien] yo le decía: Doctora, está debajo de 40 cc y, a veces, cuando era la hora, yo veía que me espiaba para ver si abría la bolsa, porque había algunos de mis compañeros que medían por la bolsa, pero yo medía con la pipeta. Meses después, yo le decía: Doctora, le bajó la diuresis horaria; ella me decía que estaba bien, pero fue un trabajo de hormiga. Pero yo también soy desconfiada, no desconfiada en el mal sentido, porque a veces no se sabe, no se ha aprendido, por eso yo nunca le dije nada; y al familiar no le creo, con mi colega charlo… [silencio largo].

Rol que habla del control, de rendir examen, de desconfianza, soslayando la identidad profesional. La confianza es la seguridad que se tiene de uno mismo o de algo o alguien. Cuando no existe en la relación médico-enfermera, es un camino de divergencias en la relación interpersonal. La colega dice: “es horrible que estén desconfiando, había una doctora […] [a quien] yo le decía: Doctora, está debajo de 40 cc y, a veces, cuando era la hora, yo veía que me espiaba”. Espiaba no sólo el control de la diuresis, sino los comportamientos profesionales y éticos, retornando a la fragmentación y al poder.

Las dos líneas que sustentan el pensamiento de esta investigación marcaron un hito en la historia de la enfermería y delinearon la identidad profesional, que está muy lejos de lo que refiere la colega.

Por un lado, Florence Nightingale (1820-1910) con su modelo basado en las buenas condiciones de higiene para evitar la enfermedad, su convencimiento religioso que determinó que la profesión de enfermería fuese sólo para mujeres, y su definición de salud como un estado de bienestar capaz de aprovechar la energía. Y por otro, Virgina Henderson (1897-1999), quien definió a enfermería en términos funcionales. Definición que consideró dependiente de la época y del personal de salud y, en este sentido, plausible de ser modificada. Luchó por la independencia de la profesión.

Si bien el concepto de identidad es muy amplio y es trabajado por distintos autores como Graciela Simonetti y otros (2007), Castoriadis (1983), y por distintas disciplinas, como la Filosofía y la Psicología, en este trabajo se la estudia desde la Psicología social según Pichon-Rivière y la teoría de género.

Enfermería, como profesión, tiene una filiación religiosa matrilineal. La línea iniciada por Florence Nightingale condujo a esta profesión hacia el género femenino, por los aspectos maternales de la mujer, delineando así un tipo de identidad profesional en la sociedad.

Años más tarde, Henderson identificó, a través de su observación y análisis de la relación enfermera-paciente, los aspectos de dependencia e independencia de su rol, y su capacidad de apreciar las necesidades de los pacientes. “La enfermera debe estar en la piel de cada paciente para saber qué necesita…” (Marriner-Tomey, 1994). Esta filosofía rescata los aspectos de independencia de la profesión, que es motivo de estudio. La enfermería se desarrolla en una sociedad determinada, en la que existen valores declarados, y es una profesión de servicio que brinda cuidados independientes de la Medicina.

La colega dice: “me siento mal, como todas, pero la sociedad dice que lavamos colas y ponemos chatas”. Esta formulación exige un análisis minucioso. Las personas no crecen aisladas, sino inmersas en una sociedad, estableciendo grupos sociales en los que se comparten ideas, culturas. Los pensamientos cambian según las maneras en que se presentan en el universo físico y social. Lo mismo pasa en las profesiones. Hay tareas que son propias de enfermería y otras que son propias de los médicos. Como dijo Florence Nightingale (1859): “¿Pero cómo puedo yo conseguir este conocimiento médico? Yo no soy médico. Esto debo dejarlo para ellos”.

Las actitudes y el conocimiento científico elevan el estatus de una profesión. Colocar una chata, realizar una higiene o tomar la tensión arterial no son tareas de menor valor; para todas se necesita adquirir destrezas y conocer los fundamentos. Esta fusión práctico-científica que requieren las tareas recién mencionadas es la que hace la diferencia, otorgándole autonomía a la enfermera. Son tareas que no necesitan ser indicadas por el médico; se sustentan en cuidados que la enfermera brinda independientemente. Reflexionar y visualizar que estas tareas son propias de la profesión, a pesar de ser cíclicas y dinámicas, es advertir que el eje que las atraviesa está conformando el rol, la trama vincular y una concepción de educación, que va perfilando la identidad profesional de adentro hacia afuera.


  1. Miss Nigthtingale posibilitó que “Enfermería femenina introdujera las ciencias en los hospitales militares, reduciendo la tasa de mortalidad del ejército británico del 42% al 2% (1854-55), protestó contra el sistema de pasillo de los hospitales y luchó por la creación de los pabellones (1856), imprimió un extenso folleto sobre la salud en el ejército (1858), publicó el libro azul anónimo sobre el saneamiento militar, en donde mostraba la elevadísima pero evitable mortalidad de la creciente guerra (1859), puso de manifiesto la relación entre la ciencia sanitaria y las instituciones médicas” (Robinson, 1946, en Donahue, 1988: 238).


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