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1 El sistema de salud y el espacio de enfermería

1. Relacionado a enfermería

Enfermería es una profesión que brega por definir su propio campo disciplinar, su lugar, que aún hoy epistemológicamente no parece estar claro. Su objeto de estudio establece el metaparadigma que actúa como una unidad que encapsula o establece un marco de referencia, del cual se derivan estructuras más específicas (Fawcett, 1984; Durán de Villalobos, 1998), y es el componente más abstracto de la estructura jerárquica del conocimiento contemporáneo de enfermería. Lo componen cuatro conceptos: la persona en situación, el contexto, enfermería y el proceso salud-enfermedad. Ha adoptado la concepción de cuidado, producto de un proceso de construcción, como parte de su metaparadigma, por considerarlo como una especie de sustancia ontológica fundacional de enfermería.

Las divergencias en la identificación epistemológica, promovieron a los profesionales a separar y diferenciar el paradigma de enfermería del paradigma médico. La práctica de la enfermera fue una de las primeras fuentes inspiradoras de su propio modelo. A mediados del siglo XIX, Florence Nightingale asentó los pilares para este proceso de transformación, promoviendo la importancia del cuidado en el entorno y del conocimiento de las enfermeras acerca de la enfermedad. Durante este periodo, surgieron escuelas fundadas en este enfoque renovador, y otras sustentadas en el paradigma médico, que adoptaron un papel hegemónico (Durán de Villalobos, 1998).

Desde esta última concepción, en distintas oportunidades se ha descrito a la enfermería como una profesión conformada por una serie de técnicas y procedimientos, subordinadas a la orden médica, orientadas al servicio humano y entrelazadas a la relación vincular con el otro.

El conocimiento de las técnicas de cuidado en enfermería, basado en experiencias grupales, se transmitió de generación en generación, plasmándose en el ejercicio del trabajo cotidiano. A partir de los años 50, cuando se comenzó a dar forma al paradigma del rol, estas ideas quedaron asociadas a áreas funcionales, dando cuenta del quehacer de docentes, administradores y consultores, sin alcanzar una sistematización teórica propia de este campo disciplinar. El concepto de paradigma de estas autoras hace referencia a “la declaración o conjunto de declaraciones que identifican los fenómenos relevantes de una disciplina” (Durán de Villalobos, 1998: 77).

El concepto de rol, en enfermería, se asocia a la capacidad de asumir determinadas conductas. Virginia Henderson (Marriner-Tomey, 1994) ejemplifica cómo el rol de la enfermera disminuye a medida que el paciente recupera su salud y cómo ese rol va cambiando de acuerdo a las distintas necesidades que demandan su atención.

En la bibliografía consultada (Cook, 1993), los roles son diversos y se los define como: asistenciales, administradores, educadores e investigadores. Para Pichon-Rivière (1971) hay roles formales o prescritos, determinados por la posición que se ocupa dentro de la institución, y roles informales que surgen de la red de interacción grupal. En la práctica de enfermería, la acción del rol se transfiere a las tareas que están indicadas por el médico y a las que están guiadas por su propio juicio profesional. Todas ellas se orientan a satisfacer las “necesidades alteradas del sujeto”, concepto propuesto por Virginia Henderson (Marriner-Tomey, 1994), quien ha definido a la enfermería en términos funcionales.

La única función de la enfermera consiste en ayudar al individuo, sano o enfermo, a recuperar la salud (o a una muerte tranquila), que realizaría sin ayuda si contara con la fuerza, voluntad o con el conocimiento necesario, haciéndolo de tal modo que se le facilite la independencia lo más rápido posible (Henderson, 1994: 104).

En las tareas que forman parte de la labor cotidiana de enfermería, confluyen el pensamiento, el sentimiento y la acción, que participan en el trabajo de construcción de su rol. Desde la teoría de Enrique Pichon-Rivière, el rol “es un modelo organizado de conducta relativo a cierta posición del individuo en una red de interacción ligado a expectativas propias y de los otros”.[1] De esta manera, el rol emerge en el entramado de motivaciones y necesidades internas, y de dimensiones históricas, socioculturales e institucionales que forman parte del escenario en el que se desarrolla y desenvuelve el sujeto.

El rol de enfermería está íntimamente ligado a sus tareas y a una red vincular que se entreteje en el encuentro con los otros. Enrique Pichon-Rivière (1971) sostiene que el vínculo es una estructura compleja que incluye un sujeto y un objeto, que además es otro sujeto, en una interrelación en la que se suceden procesos de comunicación y aprendizaje. En ese interactuar se produce la internalización de esa estructura relacional, adquiriendo una dimensión intersubjetiva, bidireccional, y establecida sobre las bases de necesidades, fundamento motivacional del vínculo. A través de este proceso de internalización, cada sujeto reconstruye en un escenario interno los objetos y los vínculos establecidos, los cuales aparecen modificados en el pasaje desde el afuera hacia el mundo intrasubjetivo. Hay un juego permanente entre una dimensión intersubjetiva y una intrasubjetiva. El sujeto y el objeto, en una relación de interdependencia, interactúan realimentándose mutuamente. A partir de esta internalización de los vínculos, y de las características que tome, cada sujeto construye una representación del otro. Construye lo que Pichon-Rivière (1971) ha llamado “esquema conceptual, referencial y operativo” (ECRO), a un conjunto de representaciones y afectos con el que el sujeto guía sus acciones.

Desde esta perspectiva, el vínculo implica la existencia de dos o más actores, incluyendo siempre un tercero inexorable: el contexto social, donde se despliegan sentimientos de gratificación o frustración. En este escenario se desarrolla la conducta, que tendría como fin saludable la adaptación activa a la realidad.

Según Daniel Lagache (1945), la conducta implica una fusión de operaciones materiales y simbólicas. Así, el organismo en situación tiende a realizar sus posibilidades y a reducir tensiones que motivan y amenazan su unidad interna, teniendo como objetivo resolver la contradicción necesidad-satisfacción, que es parte de las relaciones vinculares, organizadas en un escenario y una trama interaccional. Enrique Pichon-Rivière (1971) amplía esta definición, explicándola como un sistema dialéctico, significativo, en permanente interacción y cambio, donde el sujeto tiende a resolver las contradicciones internas en una relación permanente de modificación recíproca con el contexto, considerando que la conducta es sana cuando es operativa. En otras palabras, cuando el sujeto está en permanente proceso de aprendizaje, en una relación abierta, dialéctica, no dilemática con el mundo.

El vínculo implica conexión, relación entre partes que permanentemente están comunicándose. La teoría de la comunicación humana plantea que es imposible no comunicar. La comunicación siempre se produce en un contexto en el que cobra significado (Watzlawick, Beavin Bavelas y Jackson, 1967).

El principal instrumento de comunicación humana es el lenguaje. Su adquisición responde a un proceso ontogenético, en donde la predisposición innata se conjuga con los elementos del entorno, y por el que se incorporan las palabras y sus significados, transformando y enriqueciendo la capacidad de expresión y comprensión. Pero este tipo de lenguaje se sostiene en otro que lo antecede y no deja de acompañarlo: el lenguaje corporal. Los gestos, las miradas, los movimientos, las posturas, brindan información acerca de afectos e ideas, frente a los que las palabras por sí solas verán infructuosos sus intentos de atraparlos para comunicarlos con plenitud.

Frente a la complejidad de su ejercicio profesional y los afectos que ella despierta, enfermería despliega sus recursos en un verdadero proceso de negociación continua con su ambiente de trabajo que se plasma en sus acciones. Así, va organizando su identidad, a través del interjuego de las condiciones concretas de trabajo y el conjunto de representaciones y afectos que configuran su mundo interno y con el cual va estableciendo un orden de significaciones de sus experiencias. Todas estas dimensiones se conjugan en un contexto sociopolítico, histórico, cultural, propio de la institución en la que se desempeña, que a su vez está inmersa en una sociedad particular. La formación académica recibida también deja su huella en este proceso de construcción identitario, en la medida en que los planes de estudio de las carreras delinean un perfil del egresado, que no es ajeno a las políticas de salud y a la proyección del país.

Desde la Psicología social, la identidad puede entenderse como un núcleo fijo y estable de un sujeto producto de una serie de identificaciones con otras consolidadas a través del tiempo. Identificaciones que acarrean una historia y organizan una imagen de sí mismo particular, que guía las acciones que muestran una forma de sentir y pensar determinada. Este núcleo también tiene la particularidad de ser plástico, lo que le otorga la posibilidad de modificarse, transformarse según los contextos de acción. La identidad se constituye en y a través del vínculo. Tanto la identidad de un sujeto como la de un grupo responden a un complejo proceso de interacción bidireccional entre el mundo interno y externo, entre lo propio y lo ajeno, en el que la autonomía y la dependencia aparecen como dos caras de una moneda. El rol de enfermería va unido indefectiblemente a una identidad profesional. Identidad que resulta de un proceso dialéctico en el que participan los orígenes y la evolución de esta disciplina, las instituciones de formación en la disciplina y las trayectorias singulares de cada enfermera/o enmarcadas en instituciones, sociedades y países determinados. No puede eludirse la mención de una identidad de género, ya que inicialmente la enfermería fue terreno de mujeres y pasó bastante tiempo hasta que los hombres comenzaron a elegirla como un área de desarrollo profesional. Las tendencias actuales definen el género como una construcción sociocultural e histórica, ligada a valores, normas y creencias, asentada en una base anátomo-fisiológica traída desde el nacimiento: “… la construcción subjetiva del género se asemeja a un mosaico, donde coexisten fragmentos identificatorios disímiles […] Al referirme a la identificación como el recurso mediante el cual se construye el género, estoy ubicando este proceso evolutivo en el contexto de la intersubjetividad, es decir, que el género se arma en una matriz relacional, y esto se refiere tanto al vínculo con los modelos para el ser, que van pautando la conducta esperada, como a la relación con los semejantes-diferentes en cuanto al género, que sirven de contrafigura o modelo negativo” (Meler, 2002: 101-104).

En la actualidad, el objeto de estudio en enfermería es el cuidado orientado a satisfacer las necesidades alteradas de los sujetos, que emerge muy lentamente, desafía al enfoque positivista y abre posibilidades para una comprensión holística, ecológica e integral. Pero el modelo de práctica en los sistemas utilizadores sigue enfocado en la etiopatogenia, en lugar de centrarse en las necesidades básicas humanas. Esto da como producto una enfermera más ajustada al modelo médico, con menor autonomía en la toma de decisiones en su desempeño laboral y en el contacto con el sujeto de atención.

El tema de las necesidades básicas ha sido examinado por varios autores provenientes de las Ciencias Sociales, en sus estudios acerca de las motivaciones que fundamentan la conducta humana. En las últimas décadas se ha prestado mayor atención a la teoría de las necesidades humanas como marco conceptual (Du Gas, 1979). Desde esta línea, se plantean las necesidades que identifica Virginia Henderson en su teoría y que constituyen los componentes de la asistencia de enfermería.

Otra divergencia epistemológica en la profesión surge de cómo se concibe al paciente. El término paciente deriva del participio presente pati, que significa experimentar, sufrir, soportar, recibir pasivamente los cuidados (Travelbee, 1979). Desde este enfoque, alimentado por un pensamiento lineal, la subjetividad de la persona enferma queda subsumida en la subjetividad de otra que prodiga cuidados. Una persona es cuidada, otra es la que cuida, perdiéndose la reciprocidad del vínculo establecido entre ambas. Por otra parte, el aporte de Enrique Pichon-Rivière (1971) ofrece elementos para tener otra visión del paciente, de la mano de un pensamiento dialéctico: como un sujeto de necesidades, que tiende a la búsqueda de la satisfacción de las mismas, protagonista de un proceso de transformación del entorno y de sí mismo a través de los vínculos que forman parte de su red social.

Enfermería, en su construcción teórica, oscila entre estas dos concepciones. En la actualidad, se refiere a “sujeto de atención” y de cuidados ofrecidos, reconociendo implícitamente en la persona enferma su capacidad para participar en el cuidado. Se le otorga así un lugar de sujeto activo, en contraposición al enfoque inicial que la concebía como un paciente receptor de cuidados. De todos modos, el sello del modelo dominante persiste.

Este trabajo acuerda con esta última concepción de paciente y comprende los fenómenos de salud y enfermedad como el resultado del intercambio con la estructura social.

2. Sobre hipertensión arterial

La presión arterial se define como la fuerza ejercida por la sangre contra cualquier área de la pared arterial y se expresa a través de cualquier técnica de medición como presión sistólica, presión diastólica y presión media. Es controlada por el gasto cardíaco y la resistencia periférica total, que a su vez dependen de otros factores fisiológicos como la actividad constrictora o dilatadora de las venas, la funcionalidad renal, el eje renina angiotensina y demás.

Aspectos emocionales y formas de reaccionar que se tienen ante los acontecimientos de la vida influyen predominantemente, ya que una de las funciones más importantes del sistema nervioso es producir aumentos rápidos en la presión que ejerce la sangre sobre la pared arterial.

El aumento crónico de una o de las dos presiones arteriales, diastólica y sistólica, es aceptado con el término hipertensión arterial. Se la puede clasificar por el nivel de lectura, por la importancia de lesiones orgánicas y por la etiología.

Por el nivel de lectura, el JNC 7 (2003) “Séptimo informe del Joint National Committee sobre prevención, detección, evaluación y tratamiento de la hipertensión arterial” de Estados Unidos suministra una guía para la prevención y dirección[2] de la misma y un tratamiento farmacológico, con combinaciones a bajas dosis, acompañado de un estilo de vida más saludable. En contraste con la clasificación del 6° informe, se añade una nueva categoría denominada prehipertensión y se unifican los estadios 2 y 3.

Tabla 1. Clasificación y manejo de la PA en adultos

Inicio terapia

Clasificación PA

PAS* mmHg

PAD* mmHg

Estilos de vida Sin indicación clara Con indicación calara (ver Tabla 8)
Normal

<120

y <80

Estimular No indicado tratamiento farmacoló­gico

Tratamiento indicado***

Prehiper­tensión

120-139

ó 80-89

Si

HTA: Estadío 1

140-159

ó 90-99

Si

Tiazidas en la mayoría. Considerar IECAs, ARA II, BBs, BBC ó combina­­ciones Fármacos según las indicaciones presentes.*** Otros antihiper­tensivos (diuréticos, IECAs, ARA II, BBs, BCC) según sea necesario 
HTA: Estadío 2 Combina­ción dos fármacos en la mayoría** (usualmente tiazídicos, IECAs, o ARA II, BBs ó BCC)

*Tratamiento determinado por la evalación de la PA
**La terapia combinada inicial debe usarse con precaución cuando exista riesgo de hipertensión ortostática
***Tratamiento en enfermedad renal crónica o diabetes con objetivo PA <130/80 mmHg 
Fuente: National High Blood Pressure Education Program Coordinating Committee, “The Seventh Report of de Joint National Committee on Prevention, Detection, Evaluation and Treatment of High Blood Pressure”, in Hypertension, 2003, 42:1206.

Por la importancia de lesiones orgánicas, tiene relación directa con el daño en los órganos y se relaciona con los avances de los estadios. Por la etiología, se divide en secundaria y primaria. La hipertensión secundaria es de causa conocida y se encuentra entre el 5 y el 10% de la población. Mientras que la denominada primaria o esencial, significa que no se conoce causa orgánica evidente. Entre el 90 y el 95% de las personas presentan este tipo de hipertensión (Delgado Vega, Hatim y Flores, 1999).

Se la considera uno de los problemas más relevantes en la epidemiología de la República Argentina. Su prevalencia en la población adulta oscila entre un 25 y 30%. Se caracteriza por su cronicidad y por su aparición silenciosa. El tratamiento apunta a prevenir la morbilidad y mortalidad, asociadas a la enfermedad, y al control de los factores de riesgo cardiovascular. Las estrategias están dirigidas al tratamiento con fármacos, cambios en el estilo de vida y el cambio de hábito alimentario hacia la dieta DASH, de estilo mediterráneo (Waisman, 1999). Cuando no es tratada a tiempo, lleva a riesgos mayores, como insuficiencia renal, accidente cerebro vascular, insuficiencia cardiovascular y ataques coronarios. Si bien estas recomendaciones están avaladas por estudios multicéntricos a largo plazo, el control de esta enfermedad es un objetivo aún no logrado.

Waisman (1999), en un estudio sobre población argentina, concluye que el 55% de las personas hipertensas en una comunidad sabe que lo es. De estos, el 30% recibe tratamiento y solo la mitad lo recibe correctamente. Este estudio fue llevado a cabo en Argentina durante los años 90, pero hoy se estima que los porcentajes son similares.

El paradigma bioético de la salud, propuesto en la primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud realizada por la Organización Mundial de la Salud en Ottawa (1986), representa una nueva manera de entender la medicina, las intervenciones promotoras de salud y las estrategias políticas gubernamentales en materia de salud. El foco está puesto en la optimización de la calidad de vida de los sujetos, instando a los gobiernos y a la salud pública a oponerse a las condiciones insalubres: “Proporcionar condiciones mínimas de vida digna para los ciudadanos es un imperativo ético que interpela a los gestores de política gubernamentales. Se deberían crear condiciones de posibilidad cuando advertimos la inequidad en los sistemas de accesibilidad a la atención de la salud” (Parenti, 2003:11). Condiciones que aún no se modifican, aunque las acciones comunitarias son centro de interés y existen numerosos programas orientados al paciente hipertenso, a las mediciones de la tensión arterial y al estilo de vida.

3. El paciente hipertenso

Un cuerpo en homeostasis es un cuerpo sano. Mientras no se produzca la fractura que puede denominarse enfermedad, el paciente hipertenso vive en una situación de atención crónica. Las enfermedades crónicas son aquellas de larga duración y generalmente de progresiones lentas e irreversibles. Las afecciones cardiovasculares y la hipertensión arterial pertenecen a este grupo. La Organización Mundial de la Salud (2008) plantea que el 60% de las muertes se debe a enfermedades crónicas, y establece un plan de acción y trabajo.

La cronicidad es una limitación esencial que se extiende durante toda una vida. Este paciente experimenta una pérdida progresiva de roles, debida a deterioros y a minusvalías sociales a las que se ve sometido por sus discapacidades. En el caso de la hipertensión arterial, al estar relacionada con el avance de la edad, el proceso crónico puede afectar alguna función o habilidad de la persona. Tiene repercusiones en el paciente y, por ende, en la familia que constituye su microsistema. Sus necesidades van más allá de la atención médica y de la enfermedad. Necesitan apoyo y cuidados de enfermería.

Virginia Henderson (1994) afirma que a medida que se satisfacen las necesidades de los sujetos, también pueden cambiar los cuidados. En la actualidad, se le da un enfoque diferente al paciente hipertenso teniendo en cuenta su calidad de vida y su subjetividad. Desde un enfoque integral del sujeto, sano o enfermo, los aspectos psicosociales y los biológicos están anudados y se influyen mutuamente. El daño que la hipertensión arterial produce a las arterias está relacionado, por un lado, con la evolución de la enfermedad, y por otro, con el control de la misma.

El paciente hipertenso se caracteriza por una dificultad para leer sus estados afectivos (alexitimia), fallas significativas en la simbolización y mecanismos sobreadaptativos (Frenquelli, 2005). En el eje patogénico fundamental, desde el punto de vista biológico, podemos pensar que la disfunción endotelial es el mecanismo psicopatológico fundamental sobre el que se sostiene el carácter del hipertenso; es la “renegación con escisión del yo” (Abecasis, 2006).

Es sabido que las personas que padecen de hipertensión arterial tienen dificultades para aceptar dicho estado. Al ser una enfermedad muda, silente, no se sienten enfermos, y suelen trasladar la culpa al estrés cotidiano. Una de las mayores creencias del hipertenso es pensar: “mi presión es nerviosa” (Fábregues, 1997). No aceptan con verdadera conciencia que la hipertensión es una enfermedad y no una situación emocional, soslayando el objetivo del tratamiento de prevenir las complicaciones y mejorar las expectativas de vida.

Existe un momento difícil, que se repite con frecuencia, donde como una cascada la realidad le recuerda su hipertensión: cuando la enfermera, al tomar la tensión arterial, responde a la pregunta: ¿cuánto tengo?

El valor de la cifra es el número que le inmortaliza la evolución de la enfermedad, y es también para la enfermera el eje motivacional natural de la búsqueda de la protección, de la seguridad. La enfermera es la maestra que enseña a cuidarse de esa enfermedad silenciosa y allí, en ese espacio, discurre el lazo vincular donde el rol educador empieza a brillar con todo su esplendor. Sin embargo, la ansiedad generalizada que muestran algunos pacientes frente al valor de la cifra, la conducta irregular en cuanto al control de la tensión arterial y a los cuidados recomendados en el estilo de vida, o el mecanismo de negar el cuidado de su salud, esconden la no adhesión al tratamiento.

La adhesión al tratamiento de la enfermedad se ve matizada por todo este repertorio de conductas, que no son otra cosa que la expresión de un conjunto de afectos y representaciones frente a los cuales se implementan recursos defensivos. La irregularidad o el incumplimiento en la adhesión al tratamiento generan mucha frustración en enfermería, ya que se conocen los riesgos a los que se expone el paciente (Fábregues, 2006).

El pensar en la relación enfermera-paciente como reservorio de poder no es más que forjar alienación. Cuando el paciente hipertenso llega a la consulta con la enfermera, trae una antigüedad implícita, una placa de ateroma que lleva años formándose, una cascada de adicciones. Estas condiciones, sumadas a los resultantes genéticos, dan como corolario un paciente crónico que la enfermera debe sostener desde lo relacional, a la vez que conduce un tratamiento abogando por el cumplimiento farmacológico.

Estigmatizar al paciente en virtud de su estilo de vida, de su modo de vivir, tiene un contrasentido. La enfermera aprehende el concepto de enfermar como un momento en la vida del individuo, generado por múltiples factores. En el reverso de la moneda, se piensa a la enfermedad como ahistórica, reduccionista, biologista y farmacológica. Esta concepción dificulta la consulta. La enfermera no debe perder de vista que sus cuidados apuntan tanto al control de la tensión arterial propiamente dicha como al cuidado invisible, aquel que se relaciona con la educación, con la comprensión de la propia enfermedad. Por supuesto, los resultados no son siempre los esperados.

Fábregues, en el Manual del paciente hipertenso (1997), plantea que su objetivo es dar información al paciente para ayudarlo a que tome conciencia y, fundamentalmente, a que aprenda a convivir sin miedo con su enfermedad.

Es cierto que el conocer da libertad de acción, pero no se trata de convertir al paciente en un reservorio mental donde la enfermera introduzca todas las normas que establecen las guías y los manuales para que cumpla las reglas al pie de la letra.

El paciente es un ser autónomo, que toma decisiones sobre su calidad de vida, que se apropia de un modo particular de aquello que la sociedad, el médico o la enfermera le informan. Es decir, es un ciudadano. Los resultados de la educación, expectativa de las enfermeras, deben ser siempre analizados desde este hilo conductor: la autonomía del paciente.

4. Contando sobre la medición de la tensión arterial

La técnica de la toma de la tensión arterial es para enfermería un método de diagnóstico que le permite valorar qué cifra tiene el paciente. Es además uno de los procedimientos que la más la identifican. Es frecuente observar a la enfermera realizando dicha técnica, aspecto considerado importante para distinguir la historia que transitó la medición de la tensión arterial.

Comienza en el siglo XIII con Ibn al-Nafis (1213-1288), un médico cirujano practicante del islam, que realizó una descripción correcta del sistema circulatorio humano. Describió con detalles la circulación sanguínea pulmonar, afirmando que las paredes que separan las aurículas y los ventrículos son sólidas y sin poros, y que la sangre precisa de circulación pulmonar para pasar del lado derecho al izquierdo. Durante siglos, sus afirmaciones fueron desconocidas por los médicos de Occidente y sus libros sólo fueron traducidos en latín.

Ibn al-Nafis dirigió el famoso Hospital de Nasri, en el Cairo. Fue maestro de importantes médicos de la época, como al-Masihi-Masihi y al-Quff-Quff de Ibn. Su obra más importante, de 300 volúmenes, titulada al-Tibb-Tibb del al-Shamil-Shamil y expuesta en Damasco, no pudo finalizarse debido a su muerte. Al producirse ésta, donó todos sus bienes, incluida su biblioteca, al Hospital de Mansuriya (Latorre Hernández, 2001).

En Occidente, Miguel Servet (1511-1553), médico, jurista y teólogo, realizó la misma descripción. Fue, quizás, una de las personas más sabias de esa época, pero muy discutida, acusado de hereje. Su amigo Calvino lo envió a quemar en la hoguera junto con sus libros. En esa época se tenía la creencia de que los “espíritus vitales” circulaban por las arterias junto al aire recogido en los pulmones confiriéndole el color rojo a la sangre y alimentando los tejidos.

En el siglo XVII, Willian Harvey (1578-1657) aportó su conocimiento sobre hemodinámica. Sus estudios de vivisección le permitieron observar que, una vez abierto el pericardio, el corazón tenía fases de reposo y movimiento. Hasta esa época sólo se conocía el sistema circulatorio y el término presión arterial, pero se desconocía que era medible. Historiadores y documentalistas relatan que, en el Renacimiento, Leonardo da Vinci diseñó un aparato para medir la tensión arterial al que llamó Pulsilogium. Sin embargo, no hay evidencia de este invento. Fue Stephen Hales, que continuó los estudios de Harvey, quien definió el término presión arterial, luego conocido como tensión arterial. Uno de sus experimentos más importantes, publicado en 1733, consistió en insertar un tubo de latón en la arteria de una yegua, ajustándolo a un tubo vertical de 2,70 m de longitud. Observó que la presión de la yegua hacía que la sangre subiera hasta 2,50 m y que, con cada uno de sus latidos, la sangre ascendía y descendía entre 5 a 10 cm.

Otros médicos fisiólogos, como A. E. Chauveau, J. L. Poiseuille y Karl von Vierordt de Tübingen, siguieron avanzando en las investigaciones con un método menos cruento. Se cree que este último fisiólogo alemán diseñó un sofisticado y complejo sistema de palancas y contrapesos que, tras posteriores y continuas modificaciones, permitió la medición de la tensión arterial de una manera práctica. Su medidor se basaba en la idea de que la misma podía medirse estableciendo la presión externa que habría que ejercer sobre la arteria para detener el flujo de sangre circulante. La búsqueda de un medidor de la tensión arterial se unió a los objetivos científicos, construyendo los principios de hemodinámica.

No hay acuerdo en relación a quién fue el autor de la forma menos invasiva de la toma de tensión arterial. Karl von Vierordt aplicó en el año 1855 un esfigmógrafo, registrando tanto el pulso como la tensión arterial. Empezó así a sentar las bases de una medición menos cruenta que la establecida por Hales, planteando que, al hacer contrapresión, desaparecía la onda de pulso.

En esta época, también se descubrió la auscultación, con la aparición del estetoscopio.[3] Estos inventos iniciaron una nueva etapa de la Medicina. A fines del siglo XIX, el italiano Scipioni Riva Rocci desarrolló el método esfigmomanométrico[4] para un adecuado registro. Aparecieron los términos, actualmente utilizados, de mínima y máxima hipertensión e hipotensión. Pero las descripciones realizadas en ese momento eran muy imprecisas. Señaló dónde se debía colocar la banda tubular (hoy llamada manguito), estableció la posición del brazo desprovisto de ropa y mencionó las variables que podrían proporcionar registros diferentes (Latorre Hernández, 2001).

Pese a todos estos adelantos, la tensión arterial no se pudo medir en los consultorios médicos hasta 1905, cuando un cirujano militar, Nikolai Korotkoff, descubrió los ruidos auscultatorios. Observó que las fístulas arteriovenosas generaban sonidos y eso lo motivó a estudiar el comportamiento arterial durante la descompresión (cuadro 1). De esta manera, comprendió que la descompresión braquial, por medio del manguito de Riva Rocci, provocaba sonidos con la desinsuflación por la presión sistólica, que se atenuaban y luego desaparecían con la desinsuflación del manguito (Bertolasi y otros, 2000). Este método permitió por primera vez tomar la tensión arterial diastólica en forma no cruenta y la realización de estudios epidemiológicos.


  1. Videla, M., Prevención. Intervención psicológica en salud comunitaria, Ediciones Cinco, Buenos Aires, 1994, 20-21.
  2. El “Séptimo informe del Joint National Committee sobre prevención, detección, evaluación y tratamiento de la hipertensión arterial” proporciona las siguientes indicaciones: 1. En personas mayores de 50 años, una presión arterial sistólica (PAS) mayor de 140 mmHg es un factor de riesgo de enfermedad cardiovascular (ECV) más importante que la presión arterial diastólica (PAD). 2. El riesgo de ECV por encima de 115/75 mmHg se dobla en el incremento de 20/10 mmHg. Los individuos normotensos mayores de 55 años tienen un 90% de probabilidad de riesgos. 3. Los individuos con PAS de 120-139 mmHg o PAD de 80-89 mmHg deben ser considerados prehipertensos y requieren promoción de salud en la modificación del estilo de vida para prevenir ECV. 4. Los diuréticos tipo tiazida deberían ser usados en el tratamiento farmacológico en la mayoría de los pacientes con hipertensión arterial (HTA) no complicada, solos o combinados con otra clase de drogas. 5. La terapéutica más efectiva prescrita por los médicos solo controlará la presión arterial si los pacientes están motivados. 6. El Comité reconoce que es responsabilidad de los médicos el enjuiciamiento de esta guía (National High Blood Pressure Education Program Coordinating Committee, 2003).
  3. Fue inventado por Renato Teófilo Jacinto Laennec (1781-1820), un médico del hospital Necker de París, en el año 1816. Estaba compuesto por un tubo de madera que se aplicaba en el tórax y le permitía auscultar a sus pacientes. Tanto su nuevo invento como sus detalladas descripciones auscultatorias suponen una de las más grandes contribuciones a la medicina del siglo XIX (Latorre Hernández, 2001).
  4. El artefacto consistía en un brazalete elástico, que se inflaba de aire gracias a una pera de goma y estaba unido a un manómetro, que permitía leer los valores de presión correspondientes a la pérdida y recuperación del latido arterial. (Latorre Hernández, 2001).


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