Emilce Hernández[1] y Omar Quijano[2]

Franz Kafka como niño (ca. 1888), fotógrafo desconocido.
La fotografía de Franz Kafka, tomada en su infancia, no deja de ser observada por quienes conocen su obra literaria desde una lectura retrospectiva que busca en el rostro del niño señales del escritor que llegará a ser. Esa carga interpretativa que se adhiere a la contemplación de esta imagen ha sido objeto de diversas teorizaciones que abordan la fotografía como dispositivo técnico.
El objetivo es realizar una condensación conceptual de la imagen, lo que puede entenderse en términos de género como reseña crítica en la imagen. Del mismo modo que, al decir de Deleuze (1991), cada concepto se “considera como el punto de coincidencia, condensación o acumulación de sus propios componentes” (p. 20), la imagen es también el espacio de condensación de componentes conceptuales. Esto permite pensar, para el caso seleccionado, en qué medida la gramática de la imagen fotográfica condensa una dimensión conceptual.
Consideraremos, puntualmente, las propuestas de Walter Benjamin, Roland Barthes y Jacques Rancière, en tanto voces que permiten pensar la relación que el retrato fotográfico de un Kafka niño establece con el escritor que será y con la imagen misma. Se trata de comprender en esta fotografía una superficie de visibilidad irreductible a toda explicación biográfica.
El análisis que Benjamin desarrolla en su ensayo de 1931 “Pequeña historia de la fotografía” constituye uno de los abordajes más tempranos y rigurosos sobre la forma de la fotografía. El planteo particular de este texto es que, contrariamente a lo que muestran las historias convencionales de la fotografía a lo largo de un siglo, a la “niebla que cubre sus comienzos”, como dice Benjamin (2010), la diferencia entre magia y técnica es una variable concretamente histórica (p. 377). Aquella variable histórica encuentra su cruce en las primeras fotografías en las cuales, dice, “los extremos se tocan: la más exacta técnica puede dar a sus productos aquel valor mágico que una imagen pintada ya no puede tener para nosotros” (Benjamin, p. 382). Es el valor de la técnica fotográfica el que, digamos así, absorbe la imagen haciendo que ese minuto auténtico y original ya vivido y retratado pueda anidar en el futuro como duración.
En lo que respecta al presente análisis, el sustento de esta idea es su apuesta por romper la identificación de la fotografía de Kafka con una esencia psicológica anticipatoria del futuro escritor, para orientarla hacia un plano de significación histórica. Esto implica un viraje en el orden de la mirada que desplaza su sentido individual hacia una reflexión sobre la historicidad de lo visible.
Precisamente, en la observación puntual que Benjamin realiza de la foto de Kafka, en un ensayo encargado por la Jüdische Rundschau en 1934, advierte que, si bien la fotografía expresa la escenificación propia de la clase burguesa típica de las fotografías de álbum, condensa también un registro interpretativo que la excede. La mirada inconmensurablemente triste y descolocada da cuenta tanto de la cifra misma de la decadencia burguesa como de los problemas de la modernidad que el escritor plasmaría luego en su literatura. Una mirada que, lejos de ser transparente, aparece como un punto de resistencia muda frente a la escena que lo encuadra[3]. He aquí el movimiento metódico con el que Benjamin pretende iluminar los problemas desde los problemas mismos, hacer hablar al pasado como una imagen cuyos detalles se descifran en un tiempo posterior, permitiendo visibilizar aquello que en su momento no fue leído y que remite a un contexto más amplio.
Su interés se dirige, en particular, a la tensión que la fotografía pone en escena en la desproporción entre el cuerpo infantil y el marco social que rodea esa infancia retratada. El atuendo, la pose y el dispositivo fotográfico inscriben al niño en un orden burgués que se muestra ajeno a él, produciendo una sensación de extrañamiento que no pertenece al sujeto retratado sino al régimen histórico de la imagen. Una lectura que rebasa lo meramente biográfico para comprender la fotografía como un espacio donde el tiempo se sedimenta. La imagen no anuncia el destino de Kafka, pero sí deja entrever una relación problemática entre individuo y mundo, entre infancia y norma social. En este sentido, estamos usando la noción de “extrañamiento” siguiendo el eco bechtiano de “distanciamiento”; y, específicamente, seguimos la readaptación realizada por Benjamin cuando se pregunta por aquello que perdura en una obra de arte. En el presente retrato fotográfico, el “efecto de distanciamiento”, como aquello que suspende la escena habitual, lineal, de lo que se está viendo, se superpone al “efecto de actualidad”, que indica que lo que perdura se corresponde con aquello que se impone a lo largo de la historia con un nuevo sentido.
Así, desde la perspectiva de Benjamin, el retrato del joven Kafka condensa lo que denomina una “imagen dialéctica”, que deja entrever una historicidad latente, una dimensión temporal que no pertenece ni al pasado puro ni al presente del espectador. Su noción de “imagen dialéctica” es aquella en la que el pasado se vuelve legible solo en un momento posterior, cuando entra en constelación con la mirada del presente, aquella que se precipita cuando “la verdadera imagen del pasado pasa súbitamente. El pasado solo cabe retenerlo como imagen que relampaguea de una vez para siempre en el instante de su cognoscibilidad” (Benjamin, 2008, p. 307).
Desde este enfoque, la fotografía se vuelve una superficie de legibilidad crítica que condensa las tensiones que operan como huella de las condiciones históricas, las cuales atraviesan al sujeto y al propio acto de mirar. La infancia no aparece aquí como origen ni como promesa, sino como un lugar donde se inscriben las fuerzas sociales y técnicas de la modernidad.
Si bien Benjamin es el único que efectúa un análisis explícito de esta fotografía, posteriormente se incorporaron nociones sobre la imagen fotográfica susceptibles de operar como parámetros para su lectura, incluso conformadas a partir del pensamiento de Kafka. Las posiciones que referiremos a continuación ponen en juego la disociación entre visibilidad e inteligibilidad del dispositivo fotográfico que, más allá de las condiciones técnicas de su producción, permanece en el régimen estético de cualquier imagen; esto es, como una presencia sin destino narrativo.
Los aportes de Roland Barthes resultan centrales para comprender la especificidad temporal de esta imagen. En La cámara lúcida, el autor define la fotografía como una huella que certifica la existencia pasada de lo que muestra, sin por ello garantizar un acceso interpretativo a su verdad. La fotografía condensa la contingencia radical de una existencia pasada que nunca podrá ser plenamente recuperada ni interpretada. Tales premisas permiten sostener que no es el contenido de la fotografía de Kafka lo que encierra un carácter inquietante, sino la relación que establecemos con ella como espectadores, es decir, el sentido que activa el encuentro con una mirada impregnada de un saber posterior.
Un dato llamativo en este análisis es que en su teoría de la fotografía Barthes no se detiene en la imagen de Kafka, sino que se sirve de una cita del escritor para hacerla funcionar como enunciado límite. A diferencia de Benjamin, para quien la imagen se incorpora como objeto de análisis, en La cámara lúcida es la voz de Kafka la que opera. Una inclusión singular, no como referencia literaria destinada a enriquecer el análisis, sino como concepto, como figura teórica. Barthes (1989) incorpora las palabras de Kafka: “Fotografiamos cosas para alejarlas de nuestro espíritu. Mis historias son una manera de cerrar los ojos” (p. 104), cuando ya había alcanzado un punto de madurez conceptual en sus elucidaciones sobre la fotografía, conformando una idea de cierre, un gesto teórico de condensación que indica el límite de la experiencia fotográfica.
En el marco barthesiano, la fotografía se define por una relación paradójica con la presencia, donde aquello que muestra ha estado allí, pero ya no está. El célebre ça a été no funda una forma de conocimiento, sino una experiencia temporal irreductible a la interpretación. En este sentido, la cita de Kafka funciona como la formulación extrema de esa distancia constitutiva. Fotografiar no es apropiarse de lo visible, sino producir una separación entre el sujeto y la cosa. La imagen no acerca el objeto al espíritu, lo mantiene a distancia, lo sustrae. De allí que las palabras de Kafka enfaticen la función negativa de la imagen.
Podría decirse que tanto la escritura de Kafka como la acepción barthesiana de la fotografía operan como dispositivos que retiran el objeto de la mirada interpretativa, preservando un resto irreductible. Fotografiar no es apropiarse del mundo, sino producir distancia y sustraer lo visible de la inmediatez de la experiencia; escribir aparece como una operación de retirada, una suspensión del régimen del sentido.
Desde los estudios visuales, esta operación puede pensarse como una crítica implícita a toda concepción representacional de la imagen. La fotografía no actúa como mediación transparente entre el mundo y el sujeto, ni como documento que garantice un acceso privilegiado a lo real. Al reproducir las palabras de Kafka, Barthes desplaza la imagen del campo del conocimiento al de la experiencia sensible y afectiva. La fotografía no informa, sino que hiere, suspende, interrumpe.
Finalmente, este desplazamiento de la imagen y su referente se radicaliza con el pensamiento de Jacques Rancière. A partir de su noción de “régimen estético del arte”, el autor plantea que las imágenes, lejos de transmitir mensajes, conforman una relación permeable entre lo visible, lo decible y lo pensable. Contra la tentación de convertir a las imágenes en pruebas o síntomas de un destino, Rancière advierte que no hay imágenes mudas, sino modos de encadenarlas en discursos que las hacen hablar.
La perspectiva aquí planteada abre un cuestionamiento a toda jerarquía que subordine la imagen a una función representativa, de modo tal que la fotografía de Kafka nunca podría revelar un sentido latente. Intentar establecer una lectura biográfica de aquel retrato sería imponerle retrospectivamente una narración que le es ajena. La imagen no contiene la historia del escritor; es el discurso posterior el que intenta hacerla hablar.
Para Rancière, esta resistencia a la interpretación no constituye una carencia; por el contrario, conforma en la imagen una potencia crítica que permite ubicar la fotografía de Kafka como figura paradigmática del régimen estético, una superficie de visibilidad emancipada de toda causalidad narrativa.
En suma, el conjunto de estas perspectivas permite situar la fotografía del joven Kafka como un objeto privilegiado para los estudios visuales. Mientras Benjamin la inscribe en una constelación donde la imagen deviene índice crítico del tiempo histórico, Barthes y Rancière permiten pensarla como acontecimiento sensible irreductible al discurso biográfico. La tensión entre opacidad estética y legibilidad histórica no asume en ningún momento un valor resolutivo; por el contrario, constituye el campo problemático de la teoría contemporánea de la imagen. El niño retratado no es aún el escritor que llegará a ser, pero tampoco es un extraño. Es, en todo caso, una figura atravesada por el conocimiento posterior que el observador proyecta sobre la imagen. En este sentido, la fotografía no anticipa una esencia, sino que expone la violencia interpretativa del presente sobre el pasado, en la cual la imagen se inscribe como un dispositivo donde el tiempo no se representa, sino que se vuelve sensible como problema.
Bibliografía
Barthes, R. (1989). La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Paidós.
Benjamin, W. (2008). Tesis sobre filosofía de la historia. En Obras. Libro I / Vol. 2. Abada Editores.
Benjamin, W. (2009). Franz Kafka. En Obras. Libro II / Vol. 2. Abada Editores.
Benjamin, W. (2010). Pequeña historia de la fotografía. En Obras. Libro II / Vol. 1. Trad. J. Navarro Pérez. Abada Editores (2.ª ed.).
Rancière, J. (2011). El destino de las imágenes. Prometeo Libros.
- Es Profesora de Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad Nacional de Catamarca. Diplomada en Educación Imágenes y Medios (FLACSO, Argentina). Especialista en Didáctica y Curriculum (Convenio de Universidades del NOA). Se encuentra realizando la tesis del Doctorado en Ciencias Humanas (UNCA). Es investigadora y docente titular del Departamento de Ciencias de la Educación de la Facultad de Humanidades, en la Universidad Nacional de Catamarca.↵
- Es Doctor en Ciencias Humanas. Se desempeña como docente titular e investigador del Departamento de Filosofía de la Facultad de Humanidades, en la Universidad Nacional de Catamarca.↵
- Se trata de una foto de 1888, es decir, cuando Kafka tenía cinco años. Se observa a Kafka con un “traje ajustado y humillante”, sosteniendo un sombrero grande con un ala muy ancha en un estudio fotográfico montado con cortinajes, tapices, palmeras y gobelinos, mezcla de “una cámara de tortura y un salón del trono” (Benjamin, 2009, p. 17).↵







