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8 El criterio

Qué significa criterio

El ser humano es un ser racional, y la razón no solo vale para contar; también es una capacidad de conocer. A su vez, entender es captar la realidad de las cosas lo que en verdad son– dentro de las limitaciones propias de todo lo humano, también las propias limitaciones del conocer humano, ante todo el hecho de que no lo conocemos todo, ni conocemos del todo lo que conocemos. Mas, aunque no podemos agotar cognoscitivamente la realidad, sí podemos acotar algo de ella.

Además de limitada, y como consecuencia de esa limitación suya, la razón humana es falible. Por tanto, es capaz tanto de verdad como de error. Por ser razón, la razón humana es capaz de verdad, mas por ser humana, la humana razón es, también, falible. Más precisamente: no por ser razón es falible la razón humana, pues a título de tal –a título de razón– es capacidad de conocer con verdad y, por su lado, no podría ser verdadero conocimiento lo que no es un conocimiento verdadero. Pero sí es falible por virtud de la esencial finitud del ser humano, i.e. del ser racional humano. Dicho a la inversa, por potente y capaz que sea –y ha de serlo en alguna medida, pues una capacidad no puede ser capaz e incapaz con respecto a lo mismo– tampoco puede ser perfecta una capacidad o potencialidad de un ser que a su vez no es ilimitado ni perfecto. En definitiva, por lo mismo que la razón humana es, en tanto que razón, capaz de verdad, en tanto que humana es capaz de error.

Tal condición propia del humano entender hace razonable y conveniente plantear el problema crítico, es decir, la cuestión de con qué instrumentos contamos para contrastar el valor de verdad de nuestros juicios. Esto significa, en su etimología más precisa, la palabra «criterio» o, en general, el «sentido crítico». Tener criterio es disponer de herramientas racionales para evaluar la verdad de nuestros conocimientos, para volver sobre ellos –eso significa reflexionar– analizando su valor veritativo.

El verbo griego krinein significa juzgar. (También significa decidirse, pero en el sentido de optar por algo que previamente se ha juzgado, se ha analizado). Ahora bien, ese juzgar apunta en dos sentidos, uno directo y otro reflejo, es decir, por un lado, ir a las cosas, juzgándolas y, por otro, volver sobre nuestros juicios, cotejando su lealtad a la cosa juzgada, i.e. contrastando su peso lógico. De ahí que todo juicio sea virtualmente «crítico».

Visto más de cerca, krinein significa, por un lado, juzgar, realizar un enunciado mental, y por otro significa discriminar, cribar, distinguir; en su más exacta acepción, «discernir», o sea, separar mentalmente el decir del valor de verdad de lo dicho. Además, la cercanía semántica entre nociones puede llevarnos a confundirlas; también es crítico el discernimiento entre nuestros diversos decires.

Juzgar significa efectuar un enunciado que vincula –compone o divide– conceptos, y de modo simultáneo discernir, contrastar y analizar el valor de lo enunciado. Pues bien, todo juzgar lleva implícitas dos operaciones que no pueden disociarse:

  1. pronunciarse sobre las cosas
  2. captar el valor de verdad de ese pronunciamiento[1].

Juzgar y discernir son, por ende, dos caras de la misma moneda; ambas cosas confluyen en la semántica del criterio. Al juzgar nos pronunciamos sobre algo, i.e. asumimos el compromiso intelectual de afirmar o negar, de vincular un predicado a un sujeto, y al mismo tiempo elevamos la pretensión de verdad –como gustan decir los alemanes– de eso que decimos, al menos de manera implícita. En otras palabras, al atribuir un predicado a un sujeto atribuimos igualmente verdad a esa predicación; juzgamos y de manera concomitante evaluamos la validez de nuestro juicio.

Hay una dimensión crítico-reflexiva en la estructura misma del juicio lógico. Por ejemplo, si digo: «Esta mesa es marrón», lo que estoy pensando es que eso que digo es verdad, a saber: «Es verdad que esta mesa es marrón»; y lo distingo de su contrario: «No es verdad que esta mesa no sea marrón». Dicha dimensión reflexiva inmanente a todo juicio puede hacerse explícita a posteriori en un examen temático del valor lógico del juicio. Mas en esta reflexión crítica posterior –explícita o temática– nos enfocamos atendiendo expresamente a la verdad de nuestro juicio, i.e. haciendo expreso un discernimiento ya virtualmente crítico que de manera implícita estaba presente en el juzgar mismo. Digamos que en la reflexión temática explícita volvemos sobre nuestros pasos para comprobar con más detalle si la pretensión de verdad que entrañaba el juicio efectivamente se ha satisfecho, o por el contrario no se ha cumplido.

En suma, criterio es el conjunto de instrumentos de los que nos servimos para analizar el valor de verdad de nuestros enunciados, sobre la base de que en la estructura interna de ellos reside una pretensión que puede cumplirse o no, o cumplirse mejor o peor.

Es pertinente buscar esos instrumentos de prueba una vez que constatamos que, siendo racionales, nuestra razón es frágil y que a menudo nos equivocamos, por ejemplo, porque nos precipitamos al juzgar: damos saltos en el vacío (o, como dicen los muchachetes en mi país, «nos tiramos de la moto»). No damos bien todos los pasos, no rehacemos el camino lógico que nos ha conducido a concluir, no repasamos si están bien puestas todas las premisas que deberían abocar a inferir de ellas la conclusión… O bien nos dejamos llevar por la mera apariencia, sin contrastar suficientemente si las cosas son realmente como nos parecen a primera vista.

Además de la precipitación, a veces también puede cegarnos la pasión. Dante Alighieri acertó a expresarlo así, al comienzo de la Divina Comedia: «Un mal amor me hizo ver recto el camino torcido» (Canto Primero). Un deseo muy intenso –una pasión– puede ofuscarnos. También puede ocurrir que tengamos por falso, o al menos dudoso, lo que no queremos que sea verdad, pues intuimos que de serlo podría salpicarnos, y al comprobar el modo en que nos afecta podemos tender a ignorarlo o, como suele decirse, a ponernos de perfil, o mirar hacia otro lado.

Un deseo muy fuerte puede oscurecer la mente, perturbando la percepción de la realidad. No siempre la pasión ofusca; hay momentos en los que un deseo intenso puede iluminar mucho. Platón dijo que el amor conoce. Cuando se ama apasionadamente a alguien se siente la urgencia de conocerle mejor, y el amor le lleva a uno a interesarse, a profundizar… Como tal, el deseo es ambivalente: a veces ilumina –por ejemplo, al artista cuando se siente arrebatado por la musa en una inspiración lucidísima–, y otras veces oscurece. En cualquier caso, lo decisivo es la categoría de lo deseado. Es bueno desear lo bueno, y malo desear lo malo.

Hablando de educación dice Aristóteles que puede reconocerse a una persona educada, madura, ante todo porque ha aprendido a desear con verdad, a tener deseos justos, i.e. adecuados a la realidad: lo bueno le parece bien y lo malo mal; el bien le gusta y el mal le desazona[2].

Con el paso del tiempo vamos acopiando experiencias que ponen de relieve la necesidad de buscar instrumentos de verificación. Esto es lo que evoca el término criterio, o sentido crítico, a saber, no precipitar el juicio, ir con cautela, dar los pasos a conciencia, revisando frecuentemente hasta dónde me han llevado, y comprobando si me llevan bien, es decir, sin desviaciones. En definitiva, tener criterio es ser prudente, y discernir bien una cosa de su contraria.

Aunque ya muy en desuso, hay una expresión de sinónimo sentido que se empleaba en España en tiempos de mi abuela –de hecho recuerdo el abundante uso que de ella hacía–: ser juicioso. Hace décadas era frecuente oír, referido a alguien: «Es una persona juiciosa», queriendo significar con ello que es una persona sabia, pero no tanto en el sentido de que sabe muchas cosas sino, y sobre todo, que sabe afinar la puntería a la hora de emitir un juicio, y que ha logrado acumular suficientes elementos para contrastar el valor de verdad de su juicio. Este uso lingüístico tenía lugar, sobre todo, en el terreno práctico. Alguien juicioso no es solo quien puede emitir muchos juicios teóricos sobre el cómo y el por qué de las cosas, sino principalmente quien tiene aguda intuición para discernir el bien mejor, y posible, entrañado en cada alternativa vital, es decir, quien sabe rentabilizar el conocimiento teórico del que dispone en forma de lucidez, de antorcha que ilumina el camino a la hora de afrontar las tesituras prácticas de la vida, sobre todo en las alternativas a las que esta nos aboca.

Ser una persona juiciosa equivale a ser crítico, reflexivo, cauteloso, y saber discernir lo bueno de lo malo. En teoría se distinguen con claridad, pero a veces no tanto en la práctica, como hemos visto en el capítulo precedente. El sentido de la expresión está referido sobre todo a saber discernir en cada caso dónde está la frontera entre lo justo y lo injusto. A menudo no es tan nítida como la que señala los límites entre lo verdadero y lo falso en la teoría: hay puntos ciegos, zonas borrosas, matices. Una amplia «gama de grises», como suele decirse, puede nublar la claridad para discernir la verdadera solución a un problema práctico, que siempre lo es aquí y ahora, pero quizá en otras circunstancias sea muy otra. La persona juiciosa no se precipita, analiza los detalles, es circunspecta –atiende a la circunstancia, no solo a la sustancia–: detalla, matiza… Eso es parte muy sustantiva del sentido crítico. Probablemente quien ha vivido más tiempo –y lo ha aprovechado– está en mejores condiciones de saber que en la práctica a veces no es tan sencillo discernir: no se ve nítidamente la frontera, hay que ir más despacio, detectar con penetración más rigurosa las zonas de intersección, el punto medio –que no es la simple equidistancia entre verdadero y falso– que señaliza el camino hacia lo justo, lo correcto, lo que debo hacer u omitir en cada caso concreto.

En definitiva, una persona con criterio dispone de elementos para distinguir lo auténtico de lo falaz o engañoso, lo genuino de lo espurio, lo bello de lo feo, lo recto de lo incorrecto, lo bueno de lo malo…

Qué no significa el sentido crítico

Interesa señalar que por algunas razones aludidas aquí, y tal vez por otras, el asunto del criterio fácilmente se puede desenfocar; podemos errar la puntería, o apuntar a otra cosa que no es criterio. Dice Tomás de Aquino que una definición precisa exige comenzar detallando qué no es lo que tratamos de definir. De ahí que valga la pena mencionar algunas maneras de entender mal el sentido crítico, pero con las que a menudo resulta fácil confundirlo. Me referiré aquí a dos actitudes equívocas; dicho en un lenguaje muy vulgar serían, por un lado, la del sabelotodo y, por otro, la del criticón, i.e. quien por sistema está en contra, se diga lo que se diga. Dejaré para un apartado especial una forma particularmente desenfocada de entender el sentido crítico, en concreto la que consiste en confundirlo con la actitud del escéptico.

Una percepción deficiente del sentido crítico conduce a identificarlo con la actitud de las personas que, por el prurito de parecer que son muy inteligentes, sienten una inclinación compulsiva a decir algo sobre cualquier cosa.

Uno tiene algo interesante que decir sobre los temas que ha estudiado, al menos sobre aquello de lo que ha podido documentarse suficientemente. Ahora bien, en la llamada «sociedad de la información», en la que supuestamente estamos, y en la que todo parece asequible a golpe de click, es fácil confundirse sobre este punto. Una cosa es tener acceso a fuentes de información, y otra bien distinta haberse informado. A su vez, tampoco es lo mismo formarse criterio sobre un determinado tema que disponer de un amplio registro de canales de información. Hoy está disponible, a través de la red, una inmensa cantidad de información sobre cualquier asunto, con fuentes muy variadas, lo cual haría más fácil contrastar unas con otras y sopesar su valor. No obstante no da la impresión de que tan solo por eso seamos más sabios.

Para saber no basta estar conectado a la red a través de una o varias pantallitas. Hace falta haber leído libros, y hablar con gente que sabe del tema. Los chismes digitales franquean fácilmente la documentación, pero no son tan aptos como los buenos libros para ponderar el valor de esa documentación. Una persona que se ha formado criterio no es solo alguien a quien le ha llegado mucha información. A día de hoy es bien sabido que una cosa es tener dominio digital –saber navegar por las redes informáticas– y otra distinta estudiar, y que ambas cosas a menudo no son fácilmente compatibles. El estudio concienzudo de un tema demanda leer libros serios –no solo aproximaciones ensayísticas, sino monografías–; así es como se detectan las fuentes documentales verdaderamente interesantes, que suelen ser las citadas por quienes lo han estudiado con más detenimiento y han llegado a saber mucho de eso. Los autores serios suelen citar fuentes serias. Un indicio crítico de gran interés es saber quiénes han estudiado más a fondo el tema que sea, y qué autores y textos suelen citar más. A su vez, esto lo hacen saber las buenas lecturas, y los profesores que orientan hacia ellas.

El «criterio» de los buscadores informáticos tipo google suele ser la cantidad de veces que alguien ha entrado en un sitio virtual, o las veces que ha tocado el like. Ahora bien, nada garantiza que tengan mejor puntería con el like quienes están mejor documentados y saben más; muy bien podría ocurrir todo lo contrario, a saber, que algo «guste» más a los más indocumentados. ―Si usted quiere formarse criterio, vaya a la gente que sabe del tema, que es la que ha leído libros gordos y sabe quiénes son los autores de referencia para estudiarlo. El google puede ser una herramienta útil a la hora de disponer de documentación, pero no a la hora de seleccionarla. Para discernir las fuentes principales –y eso tiene mucho que ver con el criterio– el google sirve de poco; vale más quien sabe de eso. Para formarse criterio no basta solo con la wiki. (Algunas wikis están muy bien, y traen al final bibliografía bien seleccionada, mientras que google tan solo «reporta» el número de likes de quienes les ha gustado, que pueden ser gente muy lista, pero también pueden ser analfabetos funcionales).

Otro modo desenfocado de entender el sentido crítico –y que constituye un error más frecuente aún que el anterior–, es el que lo asocia con la pose de quien se manifiesta en desacuerdo se diga lo que se diga. Hoy es fácil que se confunda tener criterio propio con esa equívoca pose –la de estar sistemáticamente en contra–, y muchos, al encontrar alguien que la posturea piensan: es una persona muy crítica. En el imaginario colectivo ya se ha reforzado profundamente esta asociación mental, mucho más icónica que lógica. Pero si tenemos el recurso de pararnos a pensar y reflexionar un poco –de eso va tener criterio–, fácilmente percibimos el equívoco.

Basta considerarlo un momento para ver que puede haber razones bien contrastadas que le lleven a uno a estar en desacuerdo con otros, o la mayoría –a ir en contra de la corriente dominante (mainstream)–; pero igualmente es posible que uno encuentre razones bien fundadas para ir a favor de ella, para estar de acuerdo. Parece bastante elemental, aunque hace falta pararse a pensarlo. A veces los iconos culturales despistan, y en este caso engañan masivamente con la representación de que la única forma de ser crítico es estar en contra. ―Pues no. Lo importante no es estar a favor o en contra, sino estarlo en cada caso con razones suficientes y suficientemente contrastadas; en unos casos las habrá para seguir la corriente, y en otros para enfrentarla. De cara a comprender bien qué significa ser crítico, lo relevante es poder medir el peso de las razones para una opción o para la otra.

En este punto creo que aún pesa de manera decisiva el vigoroso mito de la revolución. Vivimos en un siglo post-revolucionario, secuela de otro –tal vez habría que decir de otros dos siglos–, que se han caracterizado históricamente por la profusión de estos fenómenos que, en breve plazo, han variado la faz política, científica, social, cultural, de media humanidad. Sobre todo las revoluciones políticas han sido pilotadas por personas que se han opuesto de forma enérgica y contundente al status quo dominante, produciendo una variación muy notable del mapa político. A diferencia de la evolución, digamos, vegetativa, que va incorporando reformas poco a poco, la revolución produce, en períodos de tiempo muy cortos, mutaciones que transforman la realidad sociopolítica de arriba abajo, y que en último término son posibles porque ha habido algún personaje –el revolucionario– que ha plantado cara a lo que había en el panorama y ha contado con el arrojo para confrontarlo abiertamente. La fuerza combativa –agresiva y defensiva– que ha demostrado el revolucionario, sigue siendo para muchos que tienen mixtificada la revolución el paradigma de lo expresado en giros lingüísticos del tipo «tener criterio propio», «no dejarse llevar por las modas», «tener auténtica personalidad», «llevar tú las riendas», «no ser una marioneta», etc., todos ellos orlados de gran prestigio intelectual y moral.

Lo mixtificado aquí es justamente la representación de que todo cambio es mejora, y que cuanto antes se verifique tanto mejor. La revolución sería el punto crítico de la historia, el límite que señala la frontera entre progreso y regreso; el revolucionario criba el devenir seleccionando lo que supone incremento y relegando a la condición de detritus lo que supone un peso muerto, un lastre para el progreso. Pero es una creencia mítica la que conduce a pensar que todo cambio es progreso, paso adelante, al igual que la representación de que sus protagonistas han aportado un rendimiento neto beneficioso para la humanidad. ―Yo diría: Mire usted, depende.

Si se analiza con precisión, no todo cambio es necesariamente progreso. Todos los humanos albergamos la esperanza más o menos razonable de que los cambios nos mejoren, y esa esperanza responde a un deseo profundamente entrañado en el ser humano, una auténtica pasión, y una de las más fuertes, algo que todo humano desea muy intensamente: un futuro mejor. Pero una cosa es la esperanza en un futuro mejor, y otra cosa bien distinta es la fe, yo diría fanática –la convicción irracional, ciega– en que cualquier cambio es necesariamente mejora. Es efectivamente ciego esto porque ignora la evidencia histórica de que ha habido cambios que no han sido mejoras, que no han mejorado el presente sino que lo han empeorado.

Ser crítico es discernir qué cambio y, sobre todo, «respecto de qué» status quo ese cambio es mejora, i.e. cuál es la situación anterior en relación a la cual lo que se propone como «progreso» efectivamente supone un paso adelante. Es justamente esto lo que significa, en latín, el verbo deponente progredior: avanzar. Si no se aclara qué es lo que se propone como progreso y, sobre todo, en relación a qué eso que se propone supone un salto cualitativo hacia adelante, entonces se hace un uso completamente demagógico de la palabra progreso, por mucho que se ponga la etiquetita de progre quien lo hace. Si piensa que eso le dará el aura de ser una persona muy crítica, probablemente lo que pasa es que le faltan luces. Esto que digo sobre el ornato y la cosmética progresista valdría también para el empleo que en el imaginario público dominante se hace de nociones como «innovación», «evolución», «avance», o simplemente «cambio»[3].

El escéptico no puede ser «crítico»

Por frecuente que sea incurrir en él, es un profundo error, y aún más tosco que los anteriores, identificar el sentido crítico con la actitud del escéptico. A menudo se piensa que las personas realmente críticas son las que, como suele decirse, no se creen nada. En esto pesa mucho la amplia mixtificación del escepticismo como una saludable postura intelectual –el mal llamado sano escepticismo– que nos induce a discurrir con cautela y a no afirmar nada taxativamente hasta no disponer de las comprobaciones suficientes. Hay que decir ante todo que dicha postura, que en efecto es saludable, nada tiene que ver con el escepticismo. Juzgar con cautela es lo contrario de abstenerse de juzgar, que es exactamente lo que significa el verbo griego skeptomai, del cual procede la voz «escepticismo».

Es una confusión gruesa la que identifica el sentido crítico con el escepticismo, pues si no somos capaces de verdad –es esto lo que propone el escéptico– tampoco podemos serlo de verificar el acierto de nuestros juicios, que es de lo que se trata cuando hablamos de sentido crítico. Esto solo significa algo desde el supuesto de que hay verdades a las que podemos acercarnos más o menos, mejor o peor, o bien de las que podemos alejarnos si discurrimos mal. Ahora bien, si resulta que la verdad es infranqueable a la razón humana, entonces ¿qué sentido puede tener reflexionar críticamente, i.e. analizar el valor de verdad de nuestro conocimiento?

Al escéptico le parece que lo saludable para el espíritu es no juzgar, y así mantener una especie de nirvana intelectual en el que no asumimos compromiso alguno. Toda afirmación, o negación, supone en efecto el riesgo de errar, y exige inclinar la balanza de un lado. Mantener el equilibrio intelectual y vital parece que requiere la cautela de conjurar todo compromiso. Mas esto implica no juzgar en absoluto. El principal equívoco de esta actitud, digamos, irenista, de procurar ante todo el sosiego del espíritu, puede advertirse en el hecho de que quien la mantiene no sale de dudas, simplemente porque ni siquiera ha entrado en ellas, valga decirlo así. Andar con la duda a cuestas es pugnar por quitársela de encima, por despejar la incógnita. Pero el escéptico puede llegar a estar muy cómodo en su radical indiferencia, en su no inclinación, en su rotunda «neutralidad» respecto de los extremos de cada alternativa: ni una cosa ni la otra (nec utrum).

Como queda dicho, la duda es un paso necesario para llegar a muchas certezas, o bien a la inversa: la mayor parte de nuestras certezas las alcanzamos precisamente saliendo de dudas, despejando incógnitas o confirmando hipótesis. La pregunta –que verbaliza ese estado interior de la duda–, si está bien enderezada posee la eficacia heurística de marcar un camino hacia la respuesta e impulsar a recorrerlo.

No obstante lo contradictorio de su actitud, el escéptico aún aparece orlado de alto prestigio, sobre todo en los foros poblados de gentes autodeclaradas intelectuales. Ahí dominan personas vorazmente escépticas, vehementemente convencidas de que no se puede alcanzar convicción racional alguna, i.e. que dudan de todo excepto de una sola cosa: que todo es dudoso. De eso no admiten la menor duda. La pompa y el ornato con el que se reviste esta actitud tal vez les impide a quienes la exhiben reparar suficientemente en la incongruencia de afirmar, sin dudarlo, que todo es dudoso.

Una cosa es pedir cautela ante un problema difícil: ―Vayamos despacio. Y otra bien distinta es decretar de entrada que no tiene sentido buscarle solución, que es concretamente lo que hace el escéptico. Una forma aparentemente aseada de escepticismo es la famosa búsqueda sin término, título que dio Karl R. Popper a uno de sus escritos más celebrados (2002). Ahora bien, si no hay hallazgo que dé término a la búsqueda, entonces nadie puede encontrar lo que busca, y poco sentido tiene buscar[4]. Bien está no buscar solamente soluciones, sino indagar el mejor modo de hacer las preguntas, de enderezarlas con puntería. Mas ya no podemos ser escépticos desde el momento en que procuramos elementos de contraste que nos sirvan para poner a prueba las diversas tentativas de solución. Contrastar los resultados tratando de valorar si son auténticos hallazgos no es ser escéptico sino circunspecto, cauteloso, prudente. Es lógico y razonable, y en eso consiste ser crítico en su más genuino sentido. Pero no lo es –por mucho que se revista de saludable– decretar desde el principio que no hay solución que podamos hallar. Esto no puede ser sano escepticismo, es pura insania intelectual.

La manipulación

Desde el ángulo educativo el sentido crítico también se plantea

  1. como una dimensión de la madurez, y
  2. como una defensa inmunológica frente a la manipulación.

La natural rebeldía que la gente experimenta a esas edades que las mamás llaman difíciles, se muestra como una necesidad casi compulsiva de estar en contra de lo que se dice o se hace, o bien el reflejo de decir y hacer lo contrario de lo que hasta ahora los chicos han visto hacer y oído decir a los adultos. Así les parece que tienen una personalidad propia, un criterio afianzado. ―«Yo lo tengo muy claro»: es el mantra del zangolotino que pugna por desembarazarse de la niñez a toda prisa. Aunque procuren reprimirla para no perturbarle aún más, a los adultos que le rodean les da la risa floja al oírselo decir al muchachete, y piensan, generalmente con razón: ―¡Qué vas a tener claro tú! ¡Si estás comenzando a salir del huevo! Ten paciencia. Poco a poco se te irán aclarando las cosas.

Para el interesado es este un momento crítico en el que, por un lado, percibe que ya no es un infante como el que era hasta anteayer, y en consecuencia que tiene que comenzar a plantearse lo que quiere que sea su vida, pero, por otro lado, se ve ayuno de la experiencia que le permitiría afrontar esos retos con la necesaria hondura y consistencia. Se ve a sí mismo urgido a crecer, pero aún adolescente, i.e alguien que adolece del bagaje de vida vivida para afrontar algunos desafíos que ya a esa edad se vislumbran. Esta especie de prisa por crecer que le suele entrar a la gente a esas edades ordinariamente se refleja en inestabilidades del carácter, inquietudes, altibajos que a menudo les llevan a pasar casi sin solución de continuidad del «subidón» al «bajonazo», es decir, de querer comerse el mundo a considerar que el mundo se los come a ellos, que todo se les viene encima y no pueden.

Distinguen diáfanamente lo que han visto y escuchado a los adultos que les rodean de lo que ellos quieren que sea su propia vida. Exigen a los mayores que les dejen en paz, que les respeten su espacio, que no estén tan encima de ellos como hasta entonces lo habían estado. Es lógico y razonable que pidan eso. Pero igualmente necesitan tener cerca algún referente adulto para mirar –por supuesto de reojo, sin que él lo note– qué ha hecho con su vida y cómo le ha ido.

En esa etapa el papel de los papás es difícil, pero fundamental. Los chicos necesitan su cercanía, pero igualmente que les dejen más espacio para ellos. Necesitan algo de intimidad, que tienden a compartir solo con sus amigos, pero igualmente necesitan que los papás «estén ahí», cerca, y que no se haya bloqueado la comunicación –cosa a veces no fácil–, de manera que cuando haga falta el muchacho o la muchacha pueda confiarles lo que les preocupa.

Por su parte, la tarea de los maestros con chicos y chicas de esas edades, además de sus dificultades específicas –las propias de quienes están sometidos a un escrutinio constante e inmisericorde–, también reviste una importancia decisiva: les ayuda a pararse a pensar, a deliberar antes de elegir, a que su comportamiento no sea meramente reactivo –o reflejo condicionado por estímulos exteriores– sino reflexivo, i.e coherente con un plan racional.

Otro aprendizaje fundamental, aunque complicado en esa edad: comprender las posibilidades y límites de la propia libertad. Quienes desean aprovecharse de la gente joven para hacer dinero fácil disponen hoy de herramientas muy eficaces para conseguir su propósito. Basta con hacerles ver que ya son mayores, y que son muy libres para hacer lo que les venga en gana,… Pero en último término lo que estos mensajes transmiten es que los muchachos son muy libres para hacer, no lo que ellos quieren hacer, sino lo que quieren que hagan –y ante todo que compren– quienes les dicen este tipo de cosas. Ya lo advirtió el escritor británico C.S. Lewis: «El poder del hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les plazca»[5].

La psicopatología enfrenta actualmente muy variados tipos de sometimiento, que paradójicamente se presentan con el disfraz de la libertad, siendo casi todos ellos especies de una forma peculiar de esclavitud, la obsesión (Barrio, 2022b). Los adultos pueden ver con claridad algo que a los jóvenes les suele pasar desapercibido: a quien está preso de una obsesión resulta sumamente fácil acecharle el bolsillo. Muchos negocios boyantes estriban en esta estrategia: venderte una mercancía que supuestamente te hará más libre y feliz, pero induciéndote al mismo tiempo la correspondiente obsesión que te lleve a desearlo de forma compulsiva. Da vértigo la eficacia de procedimientos empleados para captar clientela incauta basados en la publicidad subliminal, en los algoritmos de los big data, etc.

A edades tempranas, cuando la personalidad no está aún formada, es fácil tener una percepción de la propia libertad en la que los rasgos emotivos prevalecen sobre los objetivos. Una visión aún amorfa lleva a los chicos a pensar que tienen una personalidad ya decantada –sobre todo por contraste con lo que han visto hasta ese momento en los adultos que les rodean–, pero en el fondo no es más que una personalidad «de diseño», valga decirlo así: no precisamente diseñada por el interesado, sino por ingenieros sociales con buen sueldo que hacen fortunas a base de que la gente sea toda muy igualita. Para demostrar, y demostrarse a sí mismos, que «lo tienen muy claro», necesitan manifestarlo en formas, digamos, «alternativas», a menudo un poco extravagantes: con tatuajes, zarcillos, modos de vestir –o de desvestirse– que pongan de relieve que ellos no son como los demás. En ese momento necesitan de alguien un poco mayor que, con afecto y comprensión, pero también con la suficiente claridad, les haga ver desde fuera lo que ellos aún no pueden ver por tenerlo tan vívido y cercano que se les hace imposible la mínima distancia crítica para reflexionar. En efecto, esa compulsión interior que sienten para mostrar un perfil personal muy decantado en el modo de hablar, de vestir, de divertirse, en sus lecturas –si es que leen algo–, etc., en realidad se trata de una personalidad «de diseño industrial»: leen los best seller, ven las películas de moda que ve todo el mundo, hablan la jerga juvenil de todos sus coetáneos, se divierten –o se aburren– haciendo las mismas cosas que hacen todos los chicos de su edad, se peinan, o despeinan, como ven que lo hacen los iconos de Hollywood, se visten, o desvisten, como le ha parecido mejor –más lucrativo para él– al diseñador o al estilista que lidera los ránkins…

En definitiva, necesitan que alguien mayor les haga un poco de caso con paciencia, pero también que les ayude a caer en la cuenta de que todo eso no significa tenerlo muy claro, sino lo contrario: ser uno más del montón, y tener una personalidad definida, pero no por ellos mismos sino por mercaderes que buscan hacer buen negocio aprovechando la inmadurez del zangolotino, y que saben lograr que todo el mundo piense, hable, se peine o despeine, se vista o desvista, se divierta o aburra, no como ellos quieren sino como lo hace media humanidad, la que abastece los bolsillos de quienes les diseñan la personalidad lucrándose de su inmadurez.

En este aspecto es fundamental el trabajo de los maestros. Y se percibe que el sentido crítico no es solo una dimensión del crecimiento intelectual de la persona, sino del crecimiento personal en todos los aspectos, de su maduración general. Es la toma de posesión de uno mismo, es asir los mandos de la propia vida y saber conducirla como queremos conducirla nosotros.


  1. La palabra contraste se emplea en la jerga de los joyeros con un sentido parecido: una incisión que se practica en las joyas, con un instrumento contuso, más duro que el metal del que está hecho la joya –la piedra de toque–, con la finalidad de que se distinga a simple vista la superficie del fondo del metal, es decir, que se perciba fácilmente que no es solo un baño superficial, por ejemplo, de oro, sino oro «de ley».
  2. Para el Filósofo la clave de la educación moral concretamente estriba en hacer que converjan nuestros deseos con la razón: «De ahí la necesidad de haber sido educado de cierto modo ya desde jóvenes, como dice Platón, para poder complacerse y dolerse como es debido; en esto consiste, en efecto, la buena educación» (Ética a Nicómaco, II, 3, 1104 b 12).
  3. En efecto, da la impresión de que si algo «se mueve» ya solo por eso es más atractivo. Recuerda esto la famosa frase atribuida a Galileo Galilei: eppur si muove. Algunos también recordarán lo que pasó hace cuarenta años en España cuando por primera vez en período democrático accedió al gobierno un partido político que embrazó como lema electoral aquello de todo por el cambio. Sin duda acertó en su estrategia, en un momento en el que mucha gente anhelaba nuevos aires en la vida política española. Pero habría que pasar el mismo test: cambiar… ¿qué?, y explíquese antes respecto de qué estatus anterior ese cambio es un efectivo avance. No digo que no lo sea. Lo que quiero decir, y digo, es que no por ser cambio tiene necesariamente que ser mejora. No todo cambio es, de suyo, un cambio a mejor.
  4. El pathos de la búsqueda incesante, en nada le parece patológico a Michel de Montaigne: «Todos los verdaderos cazadores saben –como declara Montaigne en una bellísima página de Los ensayos– que el verdadero objetivo de la caza es la persecución de la presa, el ejercicio mismo de la venación: “La persecución y la caza corren propiamente de nuestra cuenta; no tenemos excusa si la efectuamos mal y fuera de propósito. Fallar en la captura es otra cosa. Porque hemos nacido para buscar la verdad; poseerla corresponde a una potencia mayor […] El mundo es solo una escuela de indagación. Lo importante no es quién llegará a la meta, sino quién efectuará las más bellas carreras”» (Ordine, 2013, p. 127). Creo que apunta mejor Derrick, que también acude a la imagen venatoria: «Pensemos en la caza del zorro. Viendo correr a los jinetes y perros por las praderas inglesas en una tarde de invierno, se podría creer que quieren atrapar al zorro de verdad. Quizá lo deseen los perros, pero los jinetes ciertamente no; lo que les gusta es la excitación de la caza y cuando finalmente se apresa y destroza al zorro, la diversión, por el momento, ha terminado. Esto es estupendo en el terreno de la caza, pero en el campus crea una especie de fatal esquizofrenia. ¡Cuántas veces nos hemos encontrado con esa persona culta cuya tarea profesional es ir a la caza de una verdad, pero que es tremendamente hostil a cualquier sugerencia que trasluzca la posibilidad de aprehenderla de una vez por todas! Es muy comprensible: en cuanto se alcance esa verdad, el que la busca se queda sin trabajo: el zorro está muerto. El placer de la caza ha terminado. Sería un error insistir demasiado en este punto tan cínico. Pero todos los hombres tienen sus tentaciones particulares, que están, a menudo, ligadas a su trabajo; y se debe reconocer que el intelectual –en cuanto tal– padece la tentación crónica de cometer aquel pecado que se podría llamar anticoncepción filosófica. Quiere gozar de los legítimos placeres de la búsqueda intelectual, pero es reticente a asumir el natural producto final de dicha actividad, que es el conocimiento de la realidad. Y, por lo tanto, toma medidas –quizá de manera totalmente inconsciente– para esterilizar anticipadamente su búsqueda adoptando teorías relativistas o escépticas. El juego de los amantes puede continuar así eternamente, sin el estorbo del embarazo y el parto del niño. El cazador podrá así continuar gozando siempre de la caza, sabiendo que el zorro nunca será cogido. Pero tanto el amor como la caza no serán más que una farsa» (Derrick, 2011, pp. 116-117).
  5. Cfr. Lewis, 1990, p. 46.


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