Otras publicaciones:

9789871867530-frontcover

12-3052t

Otras publicaciones:

12-2070t

978-987-723-057-4_frontcover1

Diplomacia cultural y unidad de los españoles en la Argentina

La misión de Ramiro de Maeztu, embajador de España (1928-1930)

Ángeles Castro Montero

Cuando Maeztu desembarcó como embajador de España en el puerto de Buenos Aires el 19 de febrero de 1928, había llegado el momento de hacer política a través de la acción diplomática. Suspendió sus corresponsalías con La Prensa, pero su acción intelectual con proyección decididamente política se canalizó a través de su palabra frente a diversos auditorios en Argentina, Montevideo, Asunción y en algunas ciudades del interior del país. Maeztu convirtió la visita a la Patagonia en material periodístico cuando regresó a sus columnas, al concluir su misión diplomática en febrero de 1930 tras la caída de Primo de Rivera.

La embajada de Maeztu en la Argentina ha sido abordada principalmente a partir del estudio de sus conceptos tradicionalistas y de las redes intelectuales que tejió con los representantes del nacionalismo y del catolicismo argentino (Devoto, 2002; González Cuevas, 2003; Figallo, 1988; Ocio, 1999; Queipo de Llano, 1987; Zuleta Álvarez, 2010). En este capítulo se analizará su concepción de una embajada cultural y precisamente el vínculo entre un célebre intelectual con las asociaciones de inmigrantes españoles. Maeztu tuvo una recepción dispar en la Argentina. Interesa, pues, indagar en las publicaciones de algunas de las instituciones fundadas por inmigrantes españoles que han sido menos analizadas y en los canales intelectuales que Maeztu procuró construir con ellas.

Conferencias, discursos y viajes por el país fueron los vehículos que empleó Maeztu para la transmisión de sus ideas de acuñación más reciente que condensaban su labor intelectual, volcada en La Prensa. Interesa preguntarse cómo entendía el intelectual su nueva misión política en la Argentina y cómo se ordenaba su labor diplomática para alcanzar los objetivos trazados en su proyecto político-cultural y los del gobierno que representaba. Se analizará en perspectiva comparada las propuestas ideológicas presentadas en La Prensa y el contenido de esas disertaciones que ofreció, en las continuidades y modulaciones que introdujo de acuerdo a los diferentes espacios de sociabilidad por donde circuló. Dentro del conjunto de conferencias que pronunció, seleccionaremos las que dictó en Bahía Blanca, un viaje de Maeztu no explorado aún en los estudios de su itinerario intelectual: tomó contacto con autoridades y representantes locales, regionales y específicamente con las asociaciones mutuales españolas. Hispano, La Nueva Provincia, El Atlántico, La Mañana dejaron crónicas de esa breve e intensa visita y permiten abordar también la recepción que realizaron instituciones oficiales argentinas y mutuales españolas al embajador intelectual en una ciudad provincial. Este viaje patagónico hizo recorrer por regiones poco exploradas a su lector argentino, con quien se reencontraba tras una ausencia de dos años en la cita habitual en las páginas de La Prensa.

Maeztu y la diplomacia cultural de Primo de Rivera

Pereira Castañares define el hispanoamericanismo como la tendencia a estrechar vinculaciones amplias y profundas entre España y las naciones hispanoamericanas (Pereira Castañares, 1986: 147) que comienza a convertirse en un principio constante de las relaciones exteriores españolas a partir del restablecimiento de la práctica diplomática con cada una de las repúblicas (Martínez de Velasco, 1977: 789-790). La cultura y las emigraciones fueron las dos vías de vinculación principal, y, en una de esas sendas, Maeztu ya tenía su lugar asignado como colaborador destacado en La Prensa.

El nacimiento de la Institución Cultural Española (ICE), de origen inmigratorio, en 1914 fue fundamental en las relaciones científicas e intelectuales en estrecha relación con la Junta Para la Ampliación de Estudios (JAE). Por su parte, casi como líneas paralelas, la representación oficial de España en América estaba a cargo de legaciones, y en 1917 se produjo la elevación de la Legación de Buenos Aires a Embajada, la primera de España en Hispanoamérica.

La llegada al poder de Primo de Rivera transformó las relaciones exteriores con América Latina: siguieron la ruta cultural ya abierta por la JAE y la ICE y hubo una presencia más activa de la diplomacia en forma simultánea que abrió una variedad de actividades culturales. Se manifestó de manera evidente, con un sesgo más pragmático, una articulación de la política exterior con un plan de expansión cultural y de propaganda política, a los que habría que agregar los intereses económicos catalanes (Delgado Gómez-Escalonilla, 1992: 27). Para estos fines político-culturales, el Gobierno dictatorial también decidió una mayor dotación presupuestaria que sirvió también para la compra de nuevos edificios destinados al cambio de imagen que España quería realizar. Para Primo de Rivera, la embajada de Argentina fue el centro principal de la actuación española en Hispanoamérica, pero las actividades del embajador Duque de Amalfi causaron una serie de inconvenientes por sus juicios desacertados: no era el representante más adecuado para la política diplomática primorriverista.

La designación de Maeztu llegó en diciembre de 1927, su compromiso con el régimen había avanzado desde 1923 y se desempeñaba como uno de los principales artífices de la reforma constitucional impulsada por el dictador (Maeztu, 1927). Aceptaba el nombramiento de un cargo para el que no tenía preparación profesional, pero cumplía con el requisito de expandir la acción cultural española en Argentina. Maeztu representaba esa vinculación entre saber y poder: su saber letrado, sus discursos y conocimiento sobre el país de recepción, tras su presencia cotidiana en la opinión pública argentina.

A partir de sus lecturas, adquirió un conocimiento del país austral evidenciado en los artículos que escribía por encargo expreso del diario, o en temas que consideraba de interés para sus lejanos lectores. La serie de artículos más recientes dedicados a la cuestión del capitalismo norteamericano y la decidida intención de incentivarlo con un sentido moral en las antiguas colonias españolas reflejan ese interés. A través de La Prensa, trató a Ricardo Rojas, Enrique Larreta, Luis María Drago y Honorio Pueyrredón, y de manera epistolar a Ezequiel Paz. La empresa periodística fue la gran plataforma de entrada de Maeztu en Argentina y en el continente; desde Perú, Mariátegui (1927) le dedicó ácidos artículos en los que, no obstante, reconocía las características diferenciales de su periodismo.

Era el momento de conocer “prácticamente ese país que ama[ba] fuertemente a través de los libros y de sus estudios” (Maeztu, 1928a), y en otras ocasiones expresó que estaba familiarizado con los problemas hispanoamericanos en su condición de hijo de cubano. Maeztu resignificaba algunos encargos periodísticos especiales como labores diplomáticas:

Ya había sido diplomático en cierto modo, puesto que las representaciones que LA PRENSA me otorgara en la conferencia de la paz en La Haya, en la exposición de Gotemburgo, en la conferencia de la paz de París y en la asamblea de Ginebra, tenían todo el valor y el carácter de embajadas, por la alta delegación de que me investían, y por la altura y nobleza de las instrucciones que recibía (Maeztu, 1928a).

El Gobierno español esperaba con la designación de Maeztu la transferencia de un prestigio personal ganado en el diario argentino a las labores diplomáticas, y, por su parte, el periodista alcanzaba un reconocimiento político, cimentado en su producción periodística, en aquello que había hecho toda su vida pública y que ahora echaría de menos, como reveló a La Nación madrileña: “Hace treinta y tres años que no hago en esta vida más que artículos de periódicos, y nunca pensé hacer otra cosa”. Y agregaba: “Se me ha encomendado otra tarea, y he de poner en ella toda mi alma, como la he puesto en ésta que abandono. De espectador he de pasar a actor y a gestor” (Maeztu, 1928a).

Antes de partir hacia Argentina, en sus declaraciones emergen dos aspectos de la concepción de su desempeño diplomático. En primer lugar, se destaca un fuerte carácter providencialista que asignaba a su misión un discurso que no había asomado en sus corresponsalías para La Prensa:

El programa de España en los países hispanoamericanos está trazado por Dios y por la Historia. La intervención de los hombres consiste solo en leer acertadamente cuanto está escrito en letras más firmes y duraderas que cuantas pueda trazar la mano humana” (“Hicieron ayer la presentación oficial”, 1928).

En segundo lugar, Maeztu interpretaba su embajada como una continuidad con su labor periodística: “Concretamente mi situación en la Argentina será idéntica a la realizada en el periodismo durante los veinticinco años que trabajo en el diario La Prensa, es decir ser intérprete del amor entre ambos países” (Hicieron ayer la presentación oficial”, 1928). Desde el primer momento, Maeztu se asignó el rol de traductor entre dos espacios, con la diferencia de que hacia 1905 su interpretación consistió en poner en presencia el mundo anglosajón para el lector argentino. Se trataba de una doble continuidad, de su propia acción intelectual “una continuación, nunca una innovación” de la política del gobierno que representaba (“Hicieron ayer la presentación oficial”, 1928). Maeztu expresó antes de su llegada que “aceptaba el cargo en espíritu de obediencia hacia el jefe de Estado”; se trataba de una clara posición de subordinación a un proyecto y a una figura política, actitud que se trasluce como una constante en los informes y pedidos de instrucciones que Maeztu enviaba a Primo de Rivera (“Dice Ramiro de Maeztu”, 1927).

La preocupación por las tensiones en la colectividad española estaba muy presente, así como la conciencia de sus divisiones entre sus asociaciones. Maeztu pretendía ser el embajador de España, por encima de esa fragmentación (“El nuevo embajador español en la Argentina”, 1928). La búsqueda de la unidad de los españoles era un leit motiv que se ampliaba al proyecto de una unidad hispanoamericana. Fundada en los vínculos históricos y lingüísticos, era la hora de recuperar la potencia de una entidad de fraternidad hispano-americana por medio del desarrollo de una conciencia común y de la pujanza económica, un aspecto no menor entre sus objetivos. Había que proseguir con una gran obra iniciada por España y era hora de recuperar esa potencia mediante la conquista del capital y de la técnica, un nuevo elemento que agregaba a sus argumentos ya presentados en sus colaboraciones, muy en consonancia con la teoría de Herf (1996), una modernidad reaccionaria:

Lo que nos hace falta es comprender que, a fuerza de pensar y querer hacer cosas excelsas, hemos descuidado los medios de la acción, como la técnica y el dinero, y todas las virtudes que se exigen para conquistar estos dos seres misteriosos, estos genios de los nuevos tiempos. Pero conquistaremos esas virtudes, domeñaremos la técnica y venceremos al dinero, y una y otro serán nuestros. Y con ellos, los fines de esta gran comunidad de naciones (“Se encuentra desde ayer”, 1928).

De una lectura comparativa de sus artículos y de estos discursos ya como embajador, las novedades residen en primer lugar en enfatizar la unidad hispanoamericana, la incorporación de la técnica y de un sentido providencialista a la misión de España en América.

Una recepción dispar

Fue extraordinaria la bienvenida que le tributó la colectividad española y el público en la Dársena Norte:

No ya simplemente de afecto y de admiración, como a los que se ha hecho acreedor el eminente escritor sino emocionante y magnífica, ha sido la acogida que esperaba al embajador español, al punto de que –y bien se echó de ver– no pudo aquél contener lágrimas de honda emoción al desembarcar. Todos, miembros de las delegaciones y amigos o admiradores suyos, querían exteriorizar el sentimiento activo de satisfacción y de esperanza que ha hecho repercutir su nombramiento aquí.

Varios centenares de personas, entre las cuales se hallaban las figuras más representativas de la colectividad hispana y algunos caballeros argentinos, llenaban desde mucho antes de la hora anunciada para el arribo del buque el muelle de desembarco de la Dársena Norte. A las 17, el “Reina Victoria Eugenia” […] y poco después la concurrencia […] descubrió la silueta del señor De Maeztu en el puente superior del barco.

Estalló en ese momento una calurosa y prolongada ovación, que el viajero respondió con afectuosos saludos, y desde ese momento hasta el del amarre atronadores aplausos y vítores cruzaron continuamente el aire, en medio de una animación extraordinaria. Al atracar el buque, el público que aguardaba al embajador se precipitó hacia la escala, apenas contenido por las autoridades portuarias (“Se encuentra desde ayer”, 1928).

Maeztu informó a Primo de Rivera sus impresiones, interpretó las muestras de afecto recibidas como tributos a España y expresó la emoción que lo embargó, como también que su sensación de conjunto era “altamente agradable” (Maeztu, 1928b).

La llegada de Maeztu ocupó diferentes espacios y significaciones en algunas de las revistas y periódicos de las diversas asociaciones españolas, donde era imposible la aprobación unánime. El Diario Español, además de resaltar las características intelectuales de Maeztu y de su conocimiento de la realidad hispanoamericana, comentaba la labor de unidad que tenía que afrontar Maeztu “ante nuestra colectividad, totalmente anarquizada y desorientada”, situación que este periódico responsabilizaba a las dirigencias de las asociaciones (“La representación diplomática patria”, 1928).

Una lectura de la prensa de los inmigrantes españoles muestra una disparidad de opiniones con respecto a su llegada. La colectividad gallega expresó un amplio arco de apreciaciones, desde el entusiasmo, la mesura, la distancia hasta la descalificación burlona. El Despertar Gallego recibió a Maeztu como “pluma mercenaria”, auguraba el rechazo de la intelectualidad argentina de vanguardia y comparaba su figura a la del “Leopoldo Lugones español” por el “cambio de chaqueta”, para sentenciar: “La Argentina no quiere a Don Ramiro”, especialmente porque la sociedad argentina no deseaba dictaduras como la italiana, la española ni la chilena (“El embajador”, 1928: 1). En el número siguiente, agregaba: “¿Recordáis ‘La Gloria de Don Ramiro’, la novela en tiempos de Felipe II? No tardaremos en tener tema para escribir: ‘La derrota de don Ramiro’ de los tiempos de Alfonso XIII” (“El embajador”, 1928: 1). La revista Céltiga hacía dos “leales” advertencias al embajador: “No eran devotos de aquel general que dicta, ordena y manda allá en nuestra tierra”, y que “no se fiara mucho de los aplausos”. Seca y escuetamente la revista quedaba a la espera de su “elevada gestión” (Baladía, 1928: 14).

El Heraldo Gallego resaltaba la innovación que suponía el nombramiento de Maeztu planteando una paradoja, “un camino de democracia en plena dictadura”, ya que se prescindía del “diplomático de salón para dar paso al talento y al saber, sin cuyos factores no hay diplomacia que valga” (“En plena dictadura”, 1928: 1). En la misma vía de señalar la novedad de romper viejos moldes diplomáticos, El Correo de Galicia ponía distancia entre las ideas y la manera de Maeztu de encarar el presente y el porvenir de España, pero consideraba “torpe” y de “inferior obcecación” no reconocer sus dotes intelectuales y la sinceridad de sus propósitos, actitud que este periódico comprendía en el marco de “las evoluciones que ha experimentado su espíritu a través de los tiempos y de las circunstancias” (“El nuevo embajador”, 1928: 1). La Revista del Centro Gallego de Montevideo lo calificó de “acierto del gobierno español” y un “nuevo triunfo del hispanoamericanismo· (“Acierto”, 1928: 4).

La revista de la Asociación Patriótica Española siguió los pasos del embajador y reproducía sus antiguos artículos o las invitaciones de Maeztu a realizar donaciones para la construcción de la Ciudad Universitaria (“Donativos”, 1929). La Institución Cultural Española detalló en sus Anales un completo itinerario discursivo, presentaba extractos de considerable longitud de esas conferencias e interpretó su designación como una “nueva prueba de predilección con que España ha distinguido siempre a este país” debido al sólido prestigio intelectual que gozaba Maeztu tanto en la península como en el país (“Don Ramiro de Maeztu”, 1928: 9-10).

Las estrategias de la diplomacia cultural

Este panorama de la recepción que tuvo Maeztu en Buenos Aires se articula con su producción discursiva antes de transformarse en embajador y con las nuevas enunciaciones que fue presentando en la Argentina. Del conjunto de conferencias pronunciadas en el país, interesa distinguir dos espacios de sociabilidad que frecuentó: el de “las mentalidades rectoras”, intelectuales y económicas, y el de los salones de los centros sociales de la colectividad española (Devoto, 2003: 160-161). El Jockey Club, la Sociedad de Beneficencia, el Club Español, la Asociación Patriótica Española, el Centro Gallego, el Círculo Celta y otras asociaciones de La Plata, Rosario, Montevideo y Bahía Blanca fueron algunos lugares que recibieron la palabra de Maeztu.

En esos espacios eligió disertar con dos grandes ejes discursivos, el primero articula los mitos literarios, la función del arte, los valores tradicionales de España que se concatenaban con la acción misionera católica y conformaban el tema central de la unidad hispanoamericana; el segundo eje discurre sobre el sentido reverencial del dinero que apuntalaba ese proyecto de unidad, coincidente con el hispanismo primorriverista que venía dando sus pasos y para el cual la embajada de Maeztu significaba un gran impulso.

Si se compara la producción periodística de La Prensa con estos discursos pronunciados en la Argentina, se observan algunas continuidades y modificaciones. Si bien las conferencias se nutren de ideas y de expresiones muy reconocibles en sus artículos, la conferencia era la ocasión de afirmar su propuesta; no se tratan de meras reproducciones de sus artículos, Maeztu era consciente de que hablaba a un público que lo había leído, y enriquecía algunas de ellas con giros eruditos.

No se puede establecer una clasificación de los temas según los espacios de sociabilidad de las elites argentinas o de las colectividades, Maeztu se dirigió con este abanico de asuntos que en realidad confluían en uno que lo condensaba: la recuperación de la grandeza de España y América en el mundo, afianzada en una cultura potente que necesitaba un fuerte arraigo en un desarrollo capitalista propio de esta entidad única. El fracaso de la empresa en el siglo XVII enseñaba, según Maeztu, y de eso se trataba la lección del Quijote, a no salir de nuevo por el mundo “sin asegurarnos de que contamos con recursos para llevarla a feliz término” (“Don Ramiro de Maeztu”, 1928: 17).

Era necesario un cambio de mentalidad que permeara a la sociedad desde arriba hacia abajo. “Lo que tenemos que inculcarnos bien en la mente es que el dinero es una herramienta de trabajo”, decía en su conferencia en la Sociedad de Beneficencia, y comentaba a Primo de Rivera con beneplácito e ilusión la recepción que había tenido “en el sector más aristocrático de la sociedad argentina que la oyó” (“Buenos Aires”, 1928). Maeztu creía que podía convencer a “las mentalidades directoras del pensamiento argentino que medit[aran] acerca de la conveniencia de desarrollar todo lo posible un capitalismo propio, a fin de emancipar el país de su actual dependencia del capitalismo extranjero y más especialmente del norteamericano”. Se trataba de una invitación pública a sectores vinculados a la producción ganadera del país y a las colectividades, motores insoslayables de la riqueza argentina e insustituibles en la promoción educativa en España al financiar escuelas en sus lugares de origen, donaciones que Maeztu había elogiado en sus artículos (“Buenos Aires”, 1928). Como embajador articulaba su discurso sobre los fines de un capitalismo ético y social con su labor diplomática: recurrió a su influencia en las colectividades españolas para instarlas a contribuir económicamente para la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid (López Campillo, 2006: 106-107).

La asistencia a actos, inauguraciones y festividades fue una práctica muy frecuente en el despliegue de la diplomacia cultural. El 12 de octubre, día en que asumió Yrigoyen por segunda vez la presidencia y que coincidió con la conmemoración del Día de la Raza, fue una celebración a la que se le pretendió dar mayor brillo con la permanencia del buque escuela Sebastián Elcano. La fiesta de la “Raza” era una celebración particular que buscaba afianzar la amistad entre España y Argentina (Marcilhacy, 2013: 509), y la Conmemoración del Descubrimiento de América era un símbolo de civilización que se prolongaba con la emigración, un legado compartido y aceptado por las diferentes filiaciones políticas que enfrentaban a las comunidades peninsulares en la Argentina (García Sebastiani, 2013: 469-470).

Maeztu realizó intensas gestiones ante Primo de Rivera para retrasar la partida del buque hasta el 12 de octubre, ante la insistencia tenaz de la dirigencia de las colectividades que le pedían al embajador que mediara con el ministro de Estado (“Despacho N° 108”, 1928a; “Despacho N° 108”, 1928b). Ya había informado anteriormente sobre la popularidad que gozaba Yrigoyen entre la colectividad por haber instituido en 1917 el Día de la Raza como fiesta patria. Para convencer al dictador, utilizó como argumento esa simpatía inmensa del presidente electo entre los integrantes de las colectividades –no así de sus dirigencias– y temía que la partida del buque disgustara a “un fuerte hispanófilo que siempre ha atendido benévolamente los deseos de las colectividades españolas” (“Despacho N° 108”, 1928b). Ese 12 de octubre de 1928, con la participación de la Armada Argentina, hubo múltiples celebraciones hispano-argentinas, a tono con los fines de propaganda de unión de España con su antigua colonia, de las colectividades entre sí y de homenaje a los marinos españoles. Las asociaciones se esmeraron para exaltar patrióticamente los valores hispánicos (Centro Valencia, 1928; “Despacho N° 108”, 1928b; Nueva Casa de Galicia, 1928).

La visita a la Patagonia: un encuentro con la colectividad española y la Argentina austral

Las instrucciones de favorecer la unión de la colectividad y la unión con los argentinos no quedaron reducidas al espacio porteño. Maeztu llevó su mensaje de unidad hispanoamericana a Bahía Blanca y a la Patagonia en los veranos de 1929 y 1930. No se consideraba solamente embajador de España en Argentina, sino que sus viajes a Asunción, a Montevideo y al sur chileno los concebía como parte de su misión diplomática de enlazar las colectividades españolas dispersas en América del Sur (“Telegrama”, 1928).

La colectividad española de Bahía Blanca se mostró muy interesada en que el embajador se detuviera un par de días. Confluyeron en esta visita los intereses de Maeztu con el entusiasmo de la colonia española por agasajar al embajador. En abril de 1928, la ciudad celebró el centenario de su fundación y fue la ocasión para la exhibición de la vitalidad de la colonia española, encabezada por su cónsul, en la que se mostrara la relevancia que habían tenido los españoles en el crecimiento de la urbe. La manifestación de esa aspiración ascensional de los españoles alcanzó un momento culminante cuando fue electo intendente Florentino Ayestarán, abogado español, candidato por el partido conservador, quien derrotó al radicalismo en una ciudad considerada un bastión de ese partido (Cernadas de Bulnes, 2007: s./p.). La correspondencia de la embajada dio cuenta con agrado también de la participación activa de las asociaciones españolas en las ceremonias de entrega en Ingeniero White de dos buques comprados a España y rebautizados “Cervantes” y “Garay”, entendidas como acontecimientos patrióticos y relevantes en el afianzamiento de las relaciones hispano-argentinas y ocasiones propicias para unir a las enfrentadas comunidades locales (“Telegrama”, 1928).

La llegada de Maeztu se transformó en un gran suceso regional porque era la primera vez que el embajador de España visitaba la ciudad, el carácter que le imprimía el antiguo corresponsal de La Prensa a su labor diplomática era muy diferente al de su antecesor, y por la acción de cuatro principales actores que se encargaron de que la circunstancia tuviera un carácter festivo extraordinario e inolvidable. Se movilizaron el cónsul español, las múltiples asociaciones españolas de Bahía y de las ciudades del sur de la provincia, y la prensa local y comunitaria, y el intendente designó al embajador huésped de honor y ordenó el abanderamiento y alumbramiento de los edificios públicos y calles. Se sumaron la Escuela Normal y la Escuela de Comercio, que también invitaban a concurrir a las conferencias.

Maeztu envió su mensaje-fórmula al director del diario La Mañana: “Le agradeceré que diga a mis compatriotas de Bahía Blanca que con toda mi alma les deseo la prosperidad individual y la unión entre sí y con los argentinos para la mayor gloria de Dios y de España” (“Bienvenido excelentísimo”, 1929). Estaba claro que en este viaje le interesaba el acercamiento con la colectividad. La prensa local y los semanarios cumplieron un papel decisivo en informar detalladamente cada paso del intenso programa que se tenía previsto y procuraron que no decayera el entusiasmo ni la asistencia masiva para recibir, acompañar y despedir al embajador.

El Hispano se destacó en el montaje de la red organizativa y en informar a su lector las ideas de Maeztu que quería rescatar. En primer lugar, envió a las sociedades y a los diarios de Cañuelas, Las Flores, Azul y Olavarría la información de la llegada de Maeztu para que se concurriera a la estación para saludarlo al paso del tren. Por lo que registra la crónica periodística, se puede inferir que tuvo éxito ya que, a unos pocos instantes en que el tren se detuvo en la estación de Coronel Pringles, el embajador se contactó con los principales representantes de la vida de las asociaciones españolas y se interesó por sus actividades económicas, y en Las Flores fue recibido con bombas de estruendo, banda musical y nutridos aplausos en el andén (“D. Ramiro de Maeztu recibió”, 1929).

El Hispano puso a sus lectores en el clima de las ideas de Maeztu con la reproducción de algunos artículos de La Prensa. Esta operación anticipaba parte de los temas de sus conferencias, pero principalmente colaboraba con los ejes discursivos de Maeztu más dominantes del último tiempo y hacía un especial hincapié en destacar el protagonismo de los inmigrantes en la producción de riqueza, en el sentido funcional y “reverencial de ese dinero” que se orientaría positivamente hacia la construcción de la Ciudad Universitaria. Este periódico estimaba que su propia política de favorecer la unidad de la colectividad española se fortalecía con la prédica del diplomático, a quien sugerían vías concretas para formar una Confederación Española en la Argentina (“El embajador de España y la organización colectiva”, 1929).

El coro de voces entusiastas de La Nueva Provincia, El Hispano y La Mañana con los grandes titulares que hablaban de una “ciudad vestida de fiesta”, fotografías y las abundantes columnas que reseñaban su trayectoria (“El Ilustre Huésped”, 1929; “Estada del señor Maeztu”, 1929; “Gratos recuerdos”, 1929) se impusieron sobre las de desagrado que se expresaron en El Régimen (“La visita”, 1929) con una sátira –no tanto dirigida al visitante sino a figuras notables de la comunidad española– y en El Atlántico, que tomó un discreto distanciamiento de las posiciones políticas de Maeztu por ser “republicanos y demócratas a macha martillo”; sin embargo, admiraban su enorme bagaje intelectual, que se encontraba en “las admirables correspondencias enviadas durante años al gran diario La Prensa” (“Llegará hoy”, 1929).

De la lectura de La Nueva Provincia, El Hispano, El Atlántico, La Mañana y El Censor, surge que el conocimiento que poseían estos medios de Maeztu era principalmente a partir de su labor periodística en La Prensa; en segundo lugar, aparecen sus libros y casi no hay menciones a sus actividades más recientes como embajador, salvo en La Mañana, que resaltaba su incansable trabajo en cada detalle y en tantas obras. Era para esos medios de prensa “el embajador de la cultura española”, “el intelectual”, “el maestro, el gran periodista por todos conocido” que analizaba los problemas del momento, “un vigía de los fenómenos humanos” que había mantenido a España en contacto con el exterior, elementos que conceptuaban a Maeztu como el mediador cultural que era al poner en contacto diferentes culturas y hacer circular ideas.

Esos periódicos constituyen un espejo donde se puede ver reflejada en parte la recepción de su obra. En los datos biográficos, se prefirió esconder su duro pasado juvenil como trabajador en Cuba, aspecto que Maeztu sí rescataba para lograr empatía con sus oyentes y lectores inmigrantes que un día, como él, debieron subir a un barco y sentir la emoción en la garganta y la soledad en América, imagen que el orador Maeztu utilizó frecuentemente. Pocos medios tenían en cuenta su etapa inglesa o su labor como corresponsal en la Gran Guerra, porque la mayoría se enfocaba en sus producciones de los últimos años 20. Aquí se evidencia una operación de retroproyectar esa actitud de Maeztu de mayor acercamiento e interés hacia América y extender ese hispanoamericanismo hacia los veintitrés años de su colaboración con La Prensa, una operación que comenzó en este tiempo y se prolongó en la consolidación en Argentina de una imagen de Maeztu fuertemente asociada a la unidad hispanoamericana y a la reacción autoritaria.

Las conferencias protagonizaron la visita y Maeztu acudió a múltiples agasajos en la municipalidad y los centros de las sociedades españolas. Entre las actividades diferentes y que salían del programa de discursos acompañados de lunch, tés, vermouth y banquetes, Maeztu quiso conocer las actividades económicas de la zona y conversar con los productores. La crónica periodística resaltaba que el embajador se mezclaba con sus connacionales, comportamiento poco esperable de un diplomático de su tiempo, y que se preferían sus cualidades intelectuales específicas para las relaciones hispanoamericanas a las de otros diplomáticos protocolares.

Maeztu se dedicó principalmente a atender y a interpelar a la colonia española con dos conferencias que tuvieron gran concurrencia. En el Club Español habló extensamente de la situación política de aquel momento de España (“Buenos Aires”, 1929), y este contenido netamente político era propaganda explícita que estaba dirigida a los españoles de la diáspora (De Cristóforis y Cócaro, 2011). Maeztu manifestaba que venía a satisfacer la saudade de los españoles que como él deseaban saber algo de la patria lejana, la dictadura enlazaba la tradición y recuperaba la senda perdida en pos de la modernización de España (“Don Ramiro de Maeztu en Bahía Blanca”, 1929). La segunda conferencia, a sala plena en el teatro municipal, estuvo más abierta a la comunidad argentina y trató el humanismo de los pueblos hispanos, rescatando la importancia del concepto de igualdad de todos los hombres que llevó adelante España, diferenciándose de otras concepciones vigentes; otra modalidad de hacer propaganda política sobre la actuación del imperio español en el continente.

La prensa local y la correspondencia oficial enviada por el cónsul de Bahía Blanca al Gobierno español registraron la satisfacción por los resultados de la visita de Maeztu. El Atlántico la calificó como un gran acontecimiento que, “en los anales de la historia de la ciudad, marcará con piedra blanca” (“Visita del embajador”, 1929); tanto fue así que días posteriores aparecían noticias tituladas “Ecos de la visita de Don Ramiro de Maeztu” (1929), y La Nueva Provincia recordó con una nota en 1979 el cincuentenario de la visita de Maeztu (“Hace cincuenta años”, 1979). Para el cónsul consistió en una ocasión en que se pudieron reunir diversas asociaciones en “fraternal banquete”, “ofreciendo un conjunto lleno de disciplina colectiva” (“Buenos Aires”, 1929), como un primer paso para poner en contacto directo a las colectividades dispersas, al mismo tiempo que destacaba la personalidad de Maeztu como artífice fundamental para llevar adelante esa política.

De las impresiones directas de Maeztu de esta experiencia, no se conservan registros, solamente lo que recogía la prensa local. En el verano siguiente, Maeztu viajó hasta Tierra del Fuego, esa experiencia que luego transformó en crónica periodística cuando volvió a La Prensa. “Por tierras patagónicas” apareció consecutivamente en mayo de 1930 (Maeztu, 1930a, 1930b, 1930c). Si se espera encontrar en esos artículos múltiples referencias a sus vivencias durante dos años en Argentina, el resultado es decepcionante: no hizo ninguna mención directa en este material que entregó a La Prensa, pero asoman dos asuntos recurrentes: la valoración del inmigrante español y el impulso de un capitalismo argentino. Maeztu creía en la gran contribución que habían hecho los españoles al desarrollo nacional, abriendo “para la civilización un gran país” (Maeztu, 1930a), y destacando que algunos de ellos, gracias a su impulso laborioso, habían cambiado su condición de aldeanos a la de importantes capitalistas.

Observó los inmensos recursos naturales patagónicos que podían ser transformados con inmigrantes, técnica y capital. Reconocía la participación de YPF como empresa estatal y sus posibilidades a futuro para evitar que el negocio del petróleo quedara en manos de capitales foráneos y traía una advertencia: había que formar recursos humanos competentes, y en esa dirección iba la reciente fundación del instituto del petróleo para ingenieros. Insistía en la necesidad de formar un capitalismo nacional basado en el trabajo y en el ahorro: “La Patagonia necesitará ingentes capitales, estatales, privados, pequeños para que la Patagonia llegue a ser, andando el tiempo, lo que puede […]” (Maeztu, 1930c). En su reencuentro con su público lector volvió a ofrecer un programa para un desarrollo del capitalismo argentino.

El abrupto retorno de Maeztu

Su salida por su propia elección y vinculada con el derrumbe de Primo de Rivera tuvo otra tonalidad más sombría y protocolar. Ricardo Rojas recordaba ese momento en que Maeztu le dijo: “Él me ha nombrado y no puedo, decorosamente, retener el puesto un día más. Salgo en el primer barco. Lo que allá me espera no lo sé, ni quiero saberlo. Voy a cumplir con mi deber” (Rojas, 1938: 7).

La Prensa le dedicó menos espacio a las noticias de los banquetes de despedida, lo mismo que los Anales de la ICE (“Mañana emprenderá su viaje”, 1930: 47-48). En cambio, la Asociación Patriótica Española manifestó su pesar y quiso darle a esta despedida el fasto que creía que Maeztu merecía. Rápidamente se movilizó para que llegaran a Buenos Aires representantes de las asociaciones mutuales de Rosario, Bahía Blanca, La Plata y de distantes provincias del país, como San Juan y Salta, que, según la revista y sus fotos ilustrativas, colmaron los salones. El discurso del presidente de la asociación revela las dos claves de lo que significó para esta importante entidad una representación diplomática diferente: por el carácter eminentemente cultural, pero también por el papel que Maeztu había desempeñado entre los españoles de la diáspora, destacando su cercanía, su trato afable y la dedicación (“Un homenaje”, 1930: 3). Por su parte, el embajador, además de repetir su fórmula exhortativa hacia la unidad, enunció que la experiencia diplomática le enseñaba que la unidad hispanoamericana era un hecho.

Conclusiones

Maeztu desempeñó una embajada de fuerte tono cultural y de propaganda política en la Argentina en la que coincidió su proyecto ideológico de recuperar la comunidad cultural que había fundado España en América –donde un desarrollo capitalista autóctono tuviera un protagonismo decisivo– con la política exterior de Primo de Rivera. El régimen intentó consolidarse en el continente a través del arraigo de Maeztu en la sociedad argentina, posición construida a través de veintitrés años de colaboraciones frecuentes en el diario La Prensa. Su recepción fue dispar, hubo rechazos declarados tanto a sus ideas como al régimen que representaba, pero simultáneamente, por esas mismas razones, fue objeto de efusivas demostraciones de aceptación por las asociaciones y medios de prensa de las colectividades españolas.

Referencias bibliográficas

Acierto del gobierno español (1928). Revista del Centro Gallego, VIII(133), 4.

Baladía, J. (25 de febrero de 1928). Solicitada. Céltiga Revista Gallega. V(76), 14.

Bienvenido excelentísimo representante de la Madre Patria e ilustre embajador de la cultura hispana (13 de enero de 1929). La Mañana. Diario Regional del Sur.

Buenos Aires (1929). Archivo General de la Administración (Leg. 54, Exp. Nº 9200), Alcalá de Henares.

Buenos Aires (29 de octubre de 1928). Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación (R. 59, H. 1358, Correspondencias, Embajadas y Legaciones), Madrid.

Centro Valencia (17 de septiembre de 1928). [Nota que solicita la intercesión de Maeztu para que los marinos de Elcano vayan a su Gran Baile Extraordinario, Buenos Aires]. Archivo General de la Administración (Leg. 54, Exp. Nº 9198), Alcalá de Henares.

Cernadas de Bulnes, Mabel (septiembre 2007). El partido radical bahiense en la oposición: entre la proscripción política y la participación electoral (1930-1943). XI Jornadas Interescuelas Departamentos de Historia, Miguel de Tucumán. Recuperado de https://bit.ly/2UYc4WB.

Conferencias comerciales patrocinadas por la Patriótica Española. Un interesante artículo de Ramiro de Maeztu (1928). Revista de la Asociación Patriótica Española, I(6), s./p.

D. Ramiro de Maeztu recibió un agasajo en C. Pringles. Se aprovechó para ello los pocos minutos en que el tren en que viajaba permaneció allí (16 de enero de 1929). La Nueva Provincia.

De Cristóforis, Nadia y Cócaro, Patricio (2011). A Dirección Xeral de Inmigración e o ingreso dos exiliados españois na Arxentina. En Nadia de Cristóforis (Coord.), Baixo o signo do franquismo: emigrantes e exiliados galegos na Arxentina (pp. 79-109). Santiago de Compostela: Sotelo Blanco Edicións.

De las sociedades hermanas. Centro Gallego. Visita del Presidente Dr. Alvear (abril de1928). Revista de la Asociación Patriótica Española, I(4), s/p.

Delgado Gómez-Escalonilla, Lorenzo (1992). Imperio de papel. Acción cultural y política exterior durante el primer franquismo. Madrid: CSIC.

Desde ayer es huésped de honor de nuestra ciudad el excelentísimo señor embajador de España, don Ramiro de Maeztu. Cordial, afectuoso y entusiasta fue el recibimiento que se tributó al distinguido visitante a su arribo a Bahía Blanca (14 de enero de 1929). La Mañana. Diario regional del Sur.

Despacho N° 108 (28 de agosto de 1928a). Archivo General de la Administración (Leg. 467, Exp. Nº 9197, Embajada a ministro de Estado, Buenos Aires), Alcalá de Henares.

Despacho N° 108 (1.° de octubre de 1928b). Archivo General de la Administración (Leg. 54, Exp. Nº 9198, Embajada a Ministro de Estado, Buenos Aires), Alcalá de Henares.

Devoto, Fernando (2002). Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Devoto, Fernando (2003). Historia de la inmigración en la Argentina. Buenos Aires: Sudamericana.

Dice Ramiro de Maeztu que su nombramiento como embajador español en la Argentina no implica un programa nuevo, pues no cambia con las personas (15 de diciembre de 1927). La Prensa.

Don Ramiro de Maeztu en Bahía Blanca. Homenajes que le tributaron ayer las autoridades, la colectividad española y pueblo (15 de enero de 1929). La Nueva Provincia.

Don Ramiro de Maeztu, embajador de España y de su cultura (1953). Anales de la Institución Cultural Española, III, 9-10.

Donativos para la Ciudad Universitaria (1929). Revista de la Asociación Patriótica Española, II(15), s/p.

Ecos de la visita de Don Ramiro de Maeztu (18 de enero de 1929). La Nueva Provincia.

El embajador de España y la organización colectiva (27 de enero de 1929). El Hispano.

El embajador (10 de febrero de 1928). El Despertar Gallego: órgano mensual de la federación de Sociedades gallegas, agrarias y culturales en la República Argentina, p. 1.

El embajador (4 de marzo de 1928). El Despertar Gallego: órgano mensual de la federación de Sociedades gallegas, agrarias y culturales en la República Argentina, p. 1.

El Ilustre Huésped Don Ramiro de Maeztu. Don Ramiro de Maeztu. Bienvenido sea a nuestra ciudad el representante de España (13 de enero de 1929). La Nueva Provincia.

El nuevo embajador de España en este país (4 de marzo de 1928). El Correo de Galicia: órgano de la colectividad gallega en la República Argentina, p. 1.

El nuevo embajador español en la Argentina, de Maeztu, fue en Madrid objeto de un homenaje (16 de enero de 1928). La Prensa.

En plena dictadura se desechan los protocolos (18 de diciembre de 1927). El Heraldo Gallego. Órgano de las colectividades gallegas en el Plata, p. 1.

Es recibido afectuosamente en nuestra ciudad el embajador de España Don Ramiro de Maeztu. En su honor y en el de su digna esposa se están efectuando diversos agasajos (14 de enero de 1929). El Censor.

Estada del señor Maeztu (16 de enero de 1929). La Nueva Provincia.

Figallo, Beatriz (1988). Ramiro de Maeztu y la Argentina. Res Gesta, 24, 73-93.

Figallo, Beatriz (1992). La Argentina y el régimen primorriverista. Res Gesta, 31, 99-113.

García Sebastiani, Marcela (2013). España fuera de España. El patriotismo español en la emigración argentina. Una aproximación. Hispania, LXXIII(244), 469-500.

González Cuevas, Pedro C. (2003). Maeztu. Biografía de un nacionalista español. Madrid: Marcial Pons.

Gratos recuerdos dejó la visita del señor embajador de España (20 de enero de 1929). El Hispano.

Hace cincuenta años llegó a la ciudad el lúcido pensador Ramiro de Maeztu (13 de enero de 1979). La Nueva Provincia.

Herf, Jeffrey (1996). El modernismo reaccionario. Tecnología, cultura y política en Weimar y el Tercer Reich. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Hicieron ayer la presentación oficial el embajador español en la Argentina. Está a punto de embarcarse (25 de enero de 1928). La Prensa.

La ciudad vestida de fiesta, rindió ayer al embajador de España un cálido homenaje de cariño y afecto reiterado en cada uno de los diversos actos realizados en su honor (15 de febrero de 1929). La Mañana.

La conferencia de Maeztu en el Club Español y el magnífico banquete en el Hotel Atlántico (15 de enero de 1929). La Nueva Provincia.

La representación diplomática patria. Solidaridad y comprensión (18 de febrero de 1928). El Diario Español.

La visita a nuestra ciudad del Embajador de España, Señor Ramiro de Maeztu (15 de enero de 1929). El Censor.

La visita de un vizconde. Tuvo el lunes en convulsión a un núcleo de vecinos y miembros de la colectividad española (15 de enero de 1929). El Régimen.

Llegará hoy a nuestra ciudad el embajador de España (13 de enero de 1929). El Atlántico.

López Campillo, Evelyne (2006). La escuela y la enseñanza. En Carlos Serrano y Serge Salaün (Eds.), Los felices años veinte. España, crisis y modernidad (pp. 91-112). Madrid: Marcial Pons.

Maeztu, Ramiro (15 de diciembre de 1927). La Constitución española. La Reforma probable. Su estudio por la Asamblea. La Prensa.

Maeztu, Ramiro (31 de enero de 1928a). De un periodista. Madrid: La Nación.

Maeztu, Ramiro (20 de febrero de 1928b). [Carta para Marqués de Estella]. Archivo General de la Administración (Leg. 54, Exp. Nº 9201), Alcalá de Henares.

Maeztu, Ramiro (1929). El humanismo de los pueblos hispanos. En Asociación Bernardino Rivadavia Biblioteca Popular. Memoria Balance General correspondientes al año 1929 (pp. 10-11). Bahía Blanca.

Maeztu, Ramiro (10 de mayo de 1930a). Por tierras patagónicas: paisajes y gentes. La Prensa.

Maeztu, Ramiro (12 de mayo de 1930b) Por tierras patagónicas: la obra hecha. La Prensa.

Maeztu, Ramiro (13 de mayo de 1930c). Por tierras patagónicas: técnica y capital. La Prensa.

Mañana emprenderá viaje a su país el embajador de España Ramiro de Maeztu (18 de febrero de 1930). La Prensa.

Marcilhacy, David (2013). América como vector de regeneración y cohesión para una España plural: ‘La Raza’ y el 12 de octubre, cimientos de una identidad compuesta. Hispania, LXXIII(244), 501-524.

Mariátegui, Juan Carlos (28 de mayo de 1927). Ramiro de Maeztu y la dictadura española. Variedades. Recuperado de https://bit.ly/2SzcXTW.

Mariátegui, Juan Carlos (24 de diciembre de 1927). El caso y la teoría de Ford. Variedades. Recuperado de https://bit.ly/2SzcXTW.

Martínez de Velasco, Ángel (1977). Política exterior de Primo de Rivera con Iberoamérica. Revista de Indias, 149-150, 789-798.

Nueva Casa de Galicia (27 de septiembre de 1928). [Carta de agradecimiento por haberlos invitado a tomar el té que ofreció la Embajada a los marinos de “Elcano”, Buenos Aires]. Archivo General de la Administración (Leg. 54, Exp. Nº 9198), Alcalá de Henares.

Ocio, Luis (1999). La configuración del pensamiento reaccionario español: el caso de Ramiro de Maeztu durante su etapa de embajador en la Argentina. Historia Contemporánea, 18, 347-382.

Partió D. Ramiro de Maeztu (17 de enero de 1929). La Nueva Provincia.

Pereira Castañares, Juan Carlos (1986). Primo de Rivera y la diplomacia española en Hispanoamérica: el instrumento de un objetivo. Quinto Centenario, 10, 131-156.

Pereira Castañares, Juan Carlos y Cervantes Conejo, Ángel (1992). Las relaciones diplomáticas entre España y América. Madrid: Mapfre.

Queipo de Llano, Genoveva (1987). Los intelectuales y la dictadura de Primo de Rivera. Madrid: Alianza.

Ramiro de Maeztu contesta a las felicitaciones de la ciudad (25 de febrero de 1929). La Nueva Provincia.

Rojas, Ricardo (1938). Maeztu, el español atormentado. En Retablo español (pp. 286-288). Buenos Aires: Losada.

Se encuentra desde ayer en ésta el nuevo embajador de España en la Argentina, don Ramiro de Maeztu (19 de febrero de1928). La Prensa.

Telegrama de Buenos Aires (27 de julio de 1928). Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación (Exp. Nº 19679, p. 1237), Madrid.

Un homenaje al Embajador de España. Despedida a don Ramiro de Maeztu. El banquete en la Asociación Patriótica Española (febrero de 1930). Revista de la Asociación Patriótica Española, III(26), 3-6.

Visita del embajador de España a nuestra ciudad (15 de enero de 1929). El Atlántico.

Zuleta Álvarez, Enrique (2000). España en América. Estudios sobre las historia de las ideas en Hispanoamérica. Buenos Aires: Confluencia.



Deja un comentario