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Estrategias de integración de un militante político gallego en la Argentina

Ramón Suárez Picallo durante los Gobiernos de Yrigoyen y Alvear

Hernán Díaz

En este trabajo se intentará abordar la trayectoria juvenil de Ramón Suárez Picallo en la Argentina, desde su llegada en 1911 o 1912 hasta su regreso a Galicia en 1931, considerando su derrotero político y sindical como una serie de estrategias de integración, alternativamente en el ámbito laboral, en el movimiento obrero argentino y en el asociacionismo étnico. Sus diferentes intentos por insertarse en uno u otro ambiente estarán determinados no solamente por sus éxitos y fracasos en cada oportunidad, sino también por las circunstancias políticas nacionales e internacionales que influyeron en el estado de ánimo de los trabajadores y que llevaron a adoptar y a abandonar sucesivamente diferentes vías de acción.

De una significación mayúscula en la vida gallega de la Segunda República española (1931-1936), donde fue elegido dos veces diputado a Cortes, y en la guerra civil española, donde secundó a Alfonso Castelao, el trayecto juvenil de Suárez Picallo por la Argentina solo era conocido por los relatos del propio protagonista, casi todos producidos muchos años después de los hechos, imprecisos, a veces exagerados y con no pocos errores de importancia en detalles de su vida militante. Esos relatos autobiográficos fueron la única fuente utilizada durante mucho tiempo por los estudiosos tanto de Galicia como de Argentina, repitiendo las inexactitudes originales, que se acumulaban y magnificaban en cada estudio. Las investigaciones sobre inmigración, profesionalizadas desde hace treinta años, pudieron corregir en parte esos desvíos y lograron un primer acercamiento a la militancia galleguista de Suárez Picallo en Buenos Aires, sobre todo en las obras de Xosé M. Núñez Seixas (1992, 1995). En 2008 hemos aportado significativos avances en el conocimiento preciso de su militancia juvenil, en un libro que además rescataba una treintena de textos de su autoría, dispersos en publicaciones porteñas (Díaz, 2008). Paralelamente, hemos hecho otras investigaciones, que permitieron precisar algunos aspectos particulares de su vida (Díaz, 2007, 2009, 2014, 2015b).

En esta oportunidad, nuestra intención será interpretar los derroteros de Suárez Picallo como parte de una estrategia de integración en sus ámbitos de actuación. Los veinte años que median entre la llegada de Ramón Suárez a Buenos Aires y su regreso a Galicia para ser elegido diputado a las Cortes implican una transformación, una trayectoria y una serie de estrategias de sobrevivencia y de integración. Las preguntas que nos interesa responder son las siguientes: ¿Cómo se ha producido esa transformación? ¿Qué estrategias de vida se dio Ramón Suárez que lo llevó de un punto a otro de la trayectoria? ¿Fueron sus estrategias determinantes para su destino, o actuó limitado por las circunstancias de la historia de la Argentina? En definitiva, ¿de qué manera se integró a la sociedad de recepción y hasta qué punto esa integración no pudo llevarse a término?

Qué es “integración”

Se puede hablar de “integración” en dos sentidos, no contrapuestos pero diferenciados en sus usos. Por un lado, puede referirse al grado de cohesión al interior de un país, de una comunidad, de una institución. Por el otro, puede aludir al grado de asimilación de un grupo minoritario (típicamente, un grupo migratorio) a las pautas morales, culturales, económicas, etc., de un grupo más amplio (típicamente, la sociedad de recepción). En rigor, no se trata de dos tipos diferentes de integración, pero sí se hace referencia a dos procesos diversos en cuanto a su dinámica y sus protagonistas. En el primer caso, el análisis intenta medir el grado de cohesión de una comunidad observando la totalidad de sus componentes y las leyes que regulan su interrelación. En el segundo uso, que es el que retomamos en este trabajo, implica reconocer el paulatino acercamiento de un grupo étnico determinado a los patrones de conducta del nuevo entorno en el que se instala, lo cual no excluye una interrelación concreta donde es también el nuevo inmigrante el que influye y modifica las pautas de conducta de la sociedad de recepción, e incluso de los otros grupos migratorios con los que convive.

Es necesario distinguir, también, entre el ángulo político y el ángulo descriptivo de la integración. Como afirma la socióloga Dominique Schnapper (2007: 21):

El riesgo de confusión entre el sentido político y el sentido sociológico, presente en todas las investigaciones, es particularmente elevado en nuestro caso. Conviene entonces distinguir claramente las políticas de integración […] y el hecho sociológico del proceso de integración.

En ese sentido, es útil insistir en el hecho de que la integración, como dice Schnapper, es un proceso y no un resultado acabado en un momento cualquiera. Concebir la integración como un resultado (es decir, un posible o hipotético “estado perfecto” de integración, en un momento dado) es inescindible de una concepción de la sociedad como un mecanismo coherente, donde todos sus miembros se relacionan entre sí de manera diferenciada pero igualmente satisfactoria. Preferimos entender la integración como un proceso paulatino de acercamiento entre pautas culturales y económicas de diferentes grupos, que van arribando a una síntesis donde se juegan tanto las diversas estrategias personales como las restricciones estatales, y donde el peso (simbólico o material) de cada grupo prevalece por encima de la “racionalidad” de las diferentes alternativas. Y ese proceso convoca no solamente tiempos diferentes según el parámetro que investiguemos (la integración económica puede ser casi inmediata, mientras que la integración lingüística puede demorar años), sino que además implica poner en juego diversas estrategias y capacidades personales por parte de cada uno de los protagonistas.

Ante todo, creemos que se debe evitar la idea de que los grupos inmigrantes, supuestamente homogéneos en sus proyectos, ideologías y capacidades, buscan integrarse a un colectivo mayoritario también homogéneo. La multiplicidad de perspectivas y estrategias del grupo inmigrante se ve potenciada por la heterogeneidad radical de la sociedad que lo recibe. No solamente hay que tener en cuenta la evidente diversidad de perspectivas de los migrantes, sino también tomar en consideración que la sociedad receptora carece de homogeneidad, tanto en el aspecto económico como en los culturales, ideológicos, etc. En ese marco, ¿qué puede significar “integración”? Entendemos esta como un proceso múltiple donde se ponen en juego las estrategias individuales para lograr una serie de resultados satisfactorios, pero siempre teniendo presente que esas estrategias dependen en gran medida de los factores sociohistóricos que las determinan.

En el caso que nos ocupa, los avatares de Ramón Suárez Picallo en la Argentina, nos encontramos con una estrategia inicial de integración individual no a un “país” en su generalidad, sino, más particularmente, al movimiento obrero de ese país, en conflicto casi permanente con el Estado y con la clase patronal. Destino individual de Ramón Suárez que comparte, a la vez, con miles y miles de inmigrantes similares, o con nativos de la Argentina (a su vez muchos de ellos hijos de inmigrantes), que sentían que en la “integración” de la Argentina no les correspondía un lugar que coincidiera con el grado de esfuerzo que se les exigía.

Pero esa integración tuvo sus inconvenientes y las estrategias debieron modificarse. La historia de ese proceso es lo que tratamos de realizar en este trabajo.

Perspectivas laborales

Ramón Suárez llegó a Buenos Aires, presumiblemente, el 1 de octubre de 1911, en el vapor Gotha, un mes antes de cumplir los 17 años.[1] Había nacido en Sada (A Coruña, Galicia), el 4 de noviembre de 1894. Era el mayor de once hermanos (algunos nacieron después de su emigración) y fue a una escuela de su aldea durante tres años. Tanto su maestro como su familia materna lo alentaron en la lectura, aunque rara vez hizo referencias precisas a lo que llegó a leer en su infancia y juventud. En la adolescencia cumplió tareas como labrador y como pescador, oficio que también desempeñara su padre. En ninguno de sus recuerdos se hace mención a la decisión de emigración, ni a la manera de conseguir el dinero del pasaje, ni a la aceptación o no de sus padres con respecto a su propósito. Era común que los jóvenes españoles emigraran para evitar el llamado al servicio militar, pero Ramón Suárez tomó esa decisión a los 16 años, bastante antes de ser movilizado. Solo sabemos que marchó a Buenos Aires tras los pasos de un amigo de Sada, pero, cuando llegó al domicilio indicado, se enteró de que aquel se había marchado a Bahía Blanca. La precariedad de las comunicaciones y de los vínculos dejó a Ramón Suárez solo, a merced de los consejos azarosos de las personas con las que se cruzaba.

Los primeros dos años en Buenos Aires fueron de adaptación: el primer trabajo que consiguió, al día siguiente de su llegada (según sus recuerdos), fue en una farmacia de un italiano que prefería contratar ayudantes gallegos. La farmacia se llamaba Baralis y todavía hoy existe con el nombre de Farmacia Magistral, en la avenida Entre Ríos al 400. Después de unos meses, desempeñó otros trabajos: vendedor de artículos de goma, vendedor ambulante de alfajores cordobeses, cobrador de una casa mayorista, incluso realizó tareas en una oficina donde aprendió a escribir a máquina. El joven pescador se adaptó a los múltiples oficios urbanos, y aparentemente no tuvo grandes dificultades para conseguir trabajo. Pero resulta claro que se rehusaba a las tareas rurales, algo generalizado en la inmigración gallega, que conocía las labores del campo como fatigosas y embrutecedoras. Ramón Suárez quería conocer las variadas posibilidades que ofrecía una ciudad de un tamaño como no existía en Galicia, y cambiaba de un trabajo a otro según su conveniencia.

Pero, al año de llegar, comenzó un período de confusión y caída. “Joven, con dinero, con poco trabajo, sin una mano que me guiara, hice una vida poco regular; dejé el empleo y empezó un via crucis. Se acabó el dinero y los amigos” (cit. por Franco Montero, 1931). Cayó enfermo “de tifus y otras complicaciones”, afirma (cit. por Franco Montero, 1931), por lo cual debió ser internado en un hospital durante varios meses. El inmigrante joven se perdió en la gran ciudad: demasiados estímulos, demasiadas novedades para un niño pescador de aldea trasplantado a una ciudad de un millón y medio de habitantes. Tenía suerte con el salario o tenía habilidades en el trato con la gente, por lo cual consiguió ese trabajo de cobrador que le insumía poco esfuerzo y dinero suficiente para transitar un camino que terminó llevándolo al hospital. El tifus es una enfermedad infecciosa transmitida por piojos y otros insectos, causada fundamentalmente por la falta de higiene. ¿Y a qué remitirían las “otras complicaciones”? El inmigrante estaba perdido, no sabía cómo conducir su vida y la ciudad rebosante de posibilidades lo mareaba.

En el punto más bajo de su caída, internado en el hospital, Ramón Suárez vivió un momento de epifanía, y encontró en el compromiso político un timón para llegar a buen puerto. Otro enfermo, un gallego al que le habían tenido que amputar las dos piernas por una enfermedad contraída en Brasil, lo inició en las ideas del anarquismo filosófico de León Tolstoi. El idealismo libertario se compaginaba muy bien con un lenguaje utopista y de redención de la humanidad que Ramón Suárez conservaría en toda su carrera política, seguramente en correspondencia con las enseñanzas religiosas de su infancia. Se puede decir que el mensaje cristianizante de Tolstoi y su crítica social desde un humanismo naturalista durante décadas fue parte de la base subyacente del pensamiento político de este inmigrante gallego, aun cuando se inclinara rápidamente por otro pensamiento político, supuestamente más realista y más combativo. Por otra parte, no hay que pasar por alto que quien logró hacerlo reflexionar fue otro gallego, como si fuera la propia infancia la que lo convocó a retomar el rumbo de la reconexión social.

Desde ese momento las referencias sobre las ocupaciones laborales de Ramón Suárez se volvieron más imprecisas, hasta que se integró a la Marina Mercante hacia 1916. Sabemos, por sus propios recuerdos, que trabajó en la Compañía Nacional de Tabacos (conocida como el Trust de Tabacos) en la sección de publicidad, como redactor de anuncios, y que fue despedido por adherir al paro del 1.º de mayo, aunque no queda claro de qué año. Frecuentó la Universidad Popular Luz, animada por el Partido Socialista, y estudió allí “francés, italiano y algo de inglés” (cit. por Franco Montero, 1931). Luego empezó a desempeñarse en tareas de menor calificación, seguramente con la intención de desarrollar un trabajo político y no para mejorar su situación económica personal. Así lo vemos formando parte de la naciente Federación de Empleados de Comercio (en la que se jactaba de ser el afiliado número 14) y finalmente, recordando sus antecedentes marinos, pasó a trabajar como lavacopas y como cocinero en los barcos de transporte de cabotaje de la Argentina, durante varios años.

Con estos trabajos que desempeñó durante su militancia política, Ramón Suárez dejó a un lado, en cierta manera, las habilidades intelectuales que estaba adquiriendo. Estas habilidades las utilizaría en su actividad política, ya que no solamente actuaría como uno de los oradores más destacados en los diferentes ámbitos en que participó, sino que, además, sería un cronista muy importante en los periódicos del socialismo, del comunismo y de sus ámbitos sindicales. Pero sus trabajos como asalariado exigirán poca calificación intelectual. A mediados de la década del 20, cuando empezó a abandonar su carrera política en ámbitos proletarios, trabajó como periodista en diversos diarios de la capital argentina, también fue secretario de la delegación argentina a una reunión en Ginebra de la Organización Internacional del Trabajo, e incluso fue bibliotecario en una institución española. Pero, mientras militaba en partidos de izquierda, Ramón Suárez prefería los ámbitos laborales masivos, relevantes desde el punto de vista sindical, pero carentes de exigencias intelectuales para su desempeño.

Al rememorar sus inicios laborales en Buenos Aires, Ramón Suárez le otorgaba un lugar significativo al momento en que aceptó un trabajo que incluía conocimientos de máquina de escribir, instrumento que desconocía completamente. Si le daba un lugar en su recuerdo, seguramente era porque se convirtió en un momento valioso para su futuro laboral. Tanto en sus actividades intelectuales de la militancia política y sindical, como en sus futuras tareas periodísticas, la máquina de escribir se convertiría en el pasaporte a empleos donde podía lucir sus conocimientos, sus lecturas y su capacidad discursiva. Pero la principal arma que utilizaría en sus años de militancia de izquierda sería su voz, grave, poderosa y hasta cierto punto discordante con su cuerpo delgado. Una voz que todavía mantenía en sus últimos años, pero que debió ser en sus primeras décadas lo suficientemente atronadora como para poder hacerse escuchar por cientos de personas sin altavoces ni reproductor alguno. A puro pulmón, Ramón Suárez se destacó permanentemente por su oratoria potente.

Trayectoria política y sindical

En noviembre de 1913, encontramos la primera referencia escrita de la participación de Ramón Suárez en los círculos afines al socialismo marxista: es en el pequeño periódico Palabra Socialista (Díaz, 2015a y 2015b), en el que entre 1912 y 1914 editó un grupo de jóvenes, críticos con la dirección reformista del partido de Juan B. Justo. Allí figura el nombre de Ramón Suárez en una colecta que se realizó en Buenos Aires para construir un mausoleo en memoria de un socialista español. Aun en el marco de una ideología internacionalista como es el socialismo, Ramón Suárez reaccionó en solidaridad con un coterráneo, un político que actuaba no en su Galicia natal, sino en la capital de una región vecina: Asturias. En la lista de aportantes, todos los apellidos que figuraban eran de origen español, lo que da a entender que se había realizado la colecta apuntando a la solidaridad de los connacionales. El periódico donde se organizaba la suscripción estaba dirigido por los que serían compañeros políticos de Ramón Suárez durante diez años (como Juan Ferlini, Pedro Zibecchi, Amadeo Zeme y otros), y en la misma lista de aportantes figuraba Luis Miranda, uno de los principales oradores del socialismo y luego del comunismo argentino. La importancia de esta breve referencia es crucial, ya que indica la temprana vinculación de Ramón Suárez con el socialismo marxista de Buenos Aires, corriente a la que estaría ligado de una u otra manera hasta 1924.

Con el estallido de la guerra y, sobre todo, a partir del nuevo ascenso del movimiento sindical en 1916, Suárez se involucró cada vez más en el movimiento socialista, participando del sector disidente marxista que animó primero el periódico Palabra Socialista, luego la revista Adelante! (órgano de las juventudes socialistas, de 1916 a 1918), el Centro de Estudios Carlos Marx y el Comité de Propaganda Gremial, al que Suárez llega a recordar en sus fragmentos autobiográficos. También fue un militante muy activo en el Centro Socialista Adelante (que no hay que confundir con la revista homónima), que funcionó en el barrio de San Telmo en los dos últimos años de la guerra. Las juventudes socialistas, a instancias del grupo marxista disidente, desarrollarían una intensa campaña contra el militarismo. Esto significaba oponerse a la guerra europea en curso, a la posible guerra de la Argentina con Chile y, en general, a que los jóvenes sean sacrificados en aras de la defensa de unas fronteras que los socialistas no reconocían. Para Ramón Suárez también significaba oponerse al servicio militar en España, país donde la milicia implicaba ser enviado a guerras sangrientas en el norte de África. Su sensibilidad hacia el problema del militarismo en la juventud se hizo patente en la aparición de su primer artículo firmado, titulado “Movimiento juvenil socialista”, en la revista Adelante! del 5 de febrero de 1917, donde hace un relato detallado de la organización juvenil socialista en Europa, en los últimos treinta años, contra el servicio militar y la guerra. Aunque no se dice de manera explícita, las referencias constantes a la prensa socialista belga y la reproducción de sus textos en castellano dejan entender que es el mismo Suárez quien los había leído y traducido.

Hacia 1917 se produjo un enfrentamiento mayor entre la fracción marxista y la dirección del Partido Socialista, que terminó con una escisión hacia finales de ese año y con la creación, en enero de 1918, del Partido Socialista Internacional (PSI). En los primeros puestos de la nueva organización, se encontraba Ramón Suárez, que ya se había destacado como orador y conferencista, y era un reconocido activista en diversos ambientes sindicales, particularmente del puerto. El nuevo partido organizó una serie de conferencias propagandísticas en diversas esquinas de la Ciudad de Buenos Aires, y entre los oradores se destacó varias veces a Ramón Suárez. Además, en las elecciones para el Concejo Deliberante de la ciudad de octubre de 1918, apareció su nombre en el puesto 21 de 30. Sería candidato nuevamente en 1920 y en 1922. En enero de 1922 sería propuesto para ocupar un lugar en el comité central del partido y su nombre sería el más votado, seguido por Rodolfo Ghioldi (y mucho más atrás Alberto Palcos, Cayetano Oriolo o Vittorio Codovilla), lo cual demuestra la popularidad de este inmigrante gallego en el ámbito en que se desempeñaba.

La candidatura de Ramón Suárez, tanto a concejal como a diputado o senador, implica que en los años previos había debido realizar un juicio para adquirir la nacionalidad argentina, cuestión que le traería problemas en 1931, en España, cuando una asamblea galleguista lo propusiera como candidato a diputado. En esa oportunidad, resolvió ese problema mediante un pago que cubría la multa por no hacer el servicio militar. Lo importante para nosotros, en cuanto a su militancia juvenil, consiste en ver que la nacionalidad argentina fue adquirida como un trámite más, en consonancia con la política del Partido Socialista de que todos sus afiliados se naturalizaran para participar en las elecciones, aunque más no fuera como elector.

Ramón Suárez se alejó silenciosamente del Partido Comunista a mediados de 1922: “Del comunismo me retiré para reingresar al socialismo, cuando el PC se escindió en cuatro grupos” (en Franco Montero, 1931). Las polémicas internas del partido fueron uno de los motivos por los cuales Suárez dejó esta militancia, pero también hay que tomar en consideración que el ascenso revolucionario, tanto mundial como en la Argentina, conoció en esa época un retroceso importante, que se observa en la represión de la Semana Trágica de enero de 1919, en la derrota de los obreros de la Patagonia (1921 y 1922) y en la matanza de Gualeguaychú del 1.º de mayo de 1921, ciudad donde Suárez había tenido (y tuvo todavía hasta 1924) un papel relevante en la organización sindical.

Pero su reingreso al socialismo, tal como señala en el reportaje reproducido de 1931, no tiene las mismas características que su militancia en el comunismo: ya no actuaba internamente en el partido de Juan B. Justo, sino que adoptaba una ideología socialista genérica, actuando sindicalmente (en la Federación Obrera Marítima) muy cercano a los sindicalistas revolucionarios y más adelante en la Federación de Sociedades Gallegas, liderando a un sector que combinaba galleguismo y socialismo, pero opuesto a los socialistas “puros”, que rechazaban toda referencia nacionalista a Galicia (Díaz, 2007).

Paralelamente a todo este proceso, en su actuación sindical Ramón Suárez tenía una actividad destacada en diversos ámbitos. Como militante de la fracción marxista del PS, colaboraba con el Comité de Propaganda Gremial en los años de guerra, ayudando a poner en pie sindicatos y cuerpos de delegados. Más adelante, militó en los gremios del puerto de Buenos Aires: la Unión Obreros de la Dirección General de Puertos y, luego, el Sindicato de Cocineros y Mozos de a Bordo, integrado a la Federación de Obreros Marítimos (FOM). El Sindicato de Mozos era relativamente pequeño, comparado con los otros gremios de la FOM que agrupaban al personal de máquina y al de cubierta, visualizados como el núcleo laboral más importante para que los barcos funcionaran. Sin embargo, el Sindicato de Mozos contaba con 1 000 afiliados sobre 9 100 de la FOM en 1918, y a través de Ramón Suárez se convirtió en el punto central de trabajo del naciente PSI.

De su pequeño sindicato de mozos, Suárez se proyectó a un trabajo nacional. Como los barcos donde trabajaba lo llevaban a diferentes puntos de la Argentina, aprovechaba para desarrollar una labor política y sindical en su destino. En 1919 actuaba como secretario rentado en la sede Concepción del Uruguay de la FOM. Entre septiembre y diciembre de ese mismo año, estuvo en Gualeguaychú (Entre Ríos), enviado por la FORA, para dirigir un conflicto generalizado entre obreros y patrones. Suárez organizó las fuerzas sindicales y fue quien se entrevistó con el intendente para explicitar los reclamos proletarios, que terminaron siendo aceptados. Durante varios meses de 1920, realizó giras propagandísticas enviado por la FORA por el interior de la provincia de Entre Ríos, en las que incluso llegó a visitar alrededor de 25 pueblos, y llevó a cabo desde actos pequeños en locales hasta actos de varios cientos de personas en teatros, canchas de fútbol o en la plaza central del pueblo, o arengó a los obreros en su despedida desde la escalerilla del tren que lo llevó a otro destino (Díaz, 2014).

A fines de 1921, la FORA IX Congreso creó una comisión de cinco miembros para lograr la unidad de todas las federaciones obreras. Como representante de la FOM fue elegido Ramón Suárez, quien, aunque debió soportar el rechazo de algunos integrantes de la asamblea en su carácter de comunista, fue apoyado y defendido por Francisco J. García, dirigente histórico de la entidad adscripto al sindicalismo revolucionario.[2] El congreso de unidad se realizó en enero de 1922, y allí se disolvió la FORA y se creó la nueva central: Unión Sindical Argentina (USA). Ramón Suárez, en 1923 y 1924, figuraría en las direcciones nacionales tanto de la USA como de la FOM. Incluso llegaría a entrevistarse con el presidente Marcelo T. de Alvear como parte de una delegación obrera en busca de soluciones a un conflicto. Estando en la cima de su carrera sindical, en 1924 sería protagonista de una huelga marítima de seis meses que, al ser derrotada, implicó su alejamiento del sindicato y del trabajo en los barcos. Paralelamente, la actitud de la USA con respecto a una huelga contra la ley de jubilaciones en mayo de 1924 llevó a una renovación de la dirección de esa central que también dejó afuera a Ramón Suárez.

A partir de ese doble fracaso, Suárez se apartó definitivamente de la vida sindical y política de la izquierda argentina, y comenzó a activar el asociacionismo gallego de Buenos Aires. Había llegado a ocupar lugares en el primer nivel de la izquierda política y gremial, pero los sucesivos desencantos lo llevaron a adoptar otros caminos, que en cierta manera podemos ver que están ya prediseñados en su historia de esos últimos diez años.

Nuevos trabajos, nueva militancia

Suárez empezó a trabajar como periodista antes de la gran huelga marítima que dirigió, quizás desde principios de 1924, en el diario La Argentina, propiedad del diputado radical por Santa Fe Romeo Saccone. Un par de años después, pasó al diario La República, donde desarrolló una prolongada campaña contra las agencias de empleo, “antros de explotación de carne emigrante”, según sus palabras (cit. en Franco Montero, 1931). De mayo a julio de 1926, Suárez Picallo viajó junto a la delegación argentina a una reunión de la Organización Internacional del Trabajo en Ginebra, en carácter de secretario: por unos días logró visitar Galicia y aprovechó para establecer vínculos políticos. Más allá de lo que pudo representar monetariamente, que debía ser significativo, el viaje le permitió a Suárez Picallo retomar contacto con su familia de origen, a la que no veía hacía catorce años, y confirmar su pertenencia política al galleguismo, que en Sada, su ciudad natal, le ofreció un banquete de homenaje.

Otra vez en Buenos Aires, Suárez Picallo dirigió fugazmente el diario Libertad, órgano del naciente Partido Socialista Independiente, surgido a mediados de 1927. En esta publicación, no figuraba el nombre de ningún director ni redactor, y es probable que Suárez Picallo no durara mucho tiempo en su tarea, ya que ningún lazo político pareció acercarlo a la ideología del partido de Antonio de Tomaso. Estuvo al frente también de la revista Céltiga y dirigió, junto a Eduardo Blanco Amor, el periódico de la Federación de Sociedades Gallegas (Galicia), en los períodos en que el sector galleguista lograba la mayoría de la Junta Ejecutiva.

En los ambientes de la colectividad gallega, empezó a utilizar desde 1925 su segundo apellido, Picallo. Una interpretación posible es pensar que el apellido materno reapareció cuando él volvió a conectarse con la tierra de sus orígenes. Otra posible explicación consiste en ver que tanto Ramón como Suárez eran muy comunes en Buenos Aires, y él habrá preferido distinguirse con un segundo apellido no tan usual. Por otra parte, si en su época de militancia era mejor pasar desapercibido para precaverse de las persecuciones policiales, ahora buscaba ser reconocido de otra manera por su nuevo ambiente.[3]

El trabajo periodístico es en cierta manera una continuidad de las habilidades que debió ejercer en su militancia política, como si la actividad intelectual que implica participar en partidos o sindicatos le hubiera permitido, más tarde, disfrutar de un trabajo donde se pusieran en juego habilidades más discursivas y menos manuales. Suárez retomó así esas capacidades que habían empezado a vislumbrarse en los primeros años de su estadía en Buenos Aires, desde el momento en que tuvo acceso a ese pasaporte que era la máquina de escribir, capacidades que, por otra parte, no habían quedado anuladas, sino que habían sido aplicadas a actividades donde no se las valoraba económicamente sino solo desde el punto de vista de la capacidad de liderazgo: la facilidad de palabra y la competencia en la escritura. Pero, si en los años de la guerra mundial esas habilidades empezaban a manifestarse, los años de intensa propaganda política y sindical habían perfeccionado y pulido esa destreza, hasta convertirlo en un escritor asiduo en las publicaciones de la izquierda y en un orador de gran importancia.

No solamente en los aspectos laborales se observa este cambio de ambiente de Suárez Picallo. Además se acercó a los círculos intelectuales de tertulias y cafés literarios de Buenos Aires. En el café La Armonía de la Avenida de Mayo, por ejemplo, conoció a Eduardo Blanco Amor hacia 1923. Con su amigo no solamente se adentraron en las internas políticas de la inmigración gallega, sino que accedieron también a ciertas amistades literarias, en la época de las disputas entre el grupo de Boedo y el grupo de Florida, tomando partido por los primeros. En 1925 había querido incursionar en el teatro, ámbito privilegiado para los aspirantes a literatos de la época cuando querían hacer carrera rentable, y estrenó el dramón simbólico Marola, del que solo se conserva un fragmento, pero no volvió a animarse a la literatura de creación.

La compleja integración a una sociedad pluriétnica

En los escritos de Suárez Picallo, no hemos encontrado registro de conflictos o de problemas de identidad con respecto a su origen étnico. Él era un español en un país donde habitaban 900 000 personas nacidas en España, que representaban más del 12 % de la población total, y a todas ellas, como es sabido, se les adjudica el genérico “gallegos”. El acento propio de los peninsulares se escuchaba habitualmente en las reuniones, en los cafés y en las asambleas de Buenos Aires. En los ambientes políticos frecuentados por Ramón Suárez en sus primeros diez años en la Argentina, la convivencia de los diferentes grupos étnicos era relativamente armónica, aunque cada uno de los partidos o grupos que militaban en el movimiento obrero tenía una estrategia diferente para esa situación.

Como señala Ricardo Falcón (1992), los anarquistas fueron bastante permeables a la conservación de identidades culturales diversas y a la existencia de publicaciones de los diferentes grupos idiomáticos del país: en ese espacio se podían escuchar conferencias o leer publicaciones en italiano, en ruso, en yidis. Por supuesto, esa multiplicación de culturas no implicaba una identidad nacionalista, sino que era la expresión de la diversidad dentro de un cosmopolitismo efectivo. El sindicalismo revolucionario, que hacía eje en el sindicato como escuela para los obreros y germen de la futura sociedad, fue siempre prescindente con respecto a los particularismos y las identidades étnicas: el obrero se identificaba con su oficio y con su sindicato, cualquiera fuera su origen.

El socialismo, por su parte, exigía de sus afiliados extranjeros la naturalización no solamente para poder votar en las elecciones, sino incluso para poder acceder a puestos de jerarquía al interior de la organización, resolución que implicó no pocos conflictos y alejamientos en las primeras décadas de vida. Pero no siempre fue así en ese espacio político: el Partido Socialista Obrero Argentino se constituyó en 1896 con base en tres agrupamientos previos de franceses, italianos y alemanes, que editaban sus órganos respectivos Les Égaux, Fascio dei Lavoratori y Vorwärts, sin preocuparse por una integración mayor hacia la sociedad argentina. Pero, una vez consolidada la dirección de Juan B. Justo, a comienzos del siglo XX, el partido caracterizó la participación electoral como el eje de su actividad política y empezó a exigir la ciudadanización de todos sus integrantes.

Ramón Suárez Picallo vivió varias de estas experiencias políticas. Como afiliado y militante del Partido Socialista, entre 1913 y 1918, fue impulsado a naturalizarse, y por eso pudo ser candidato en la escisión de 1918 del Partido Socialista Internacional. Siendo miembro del comité central del Partido Comunista en 1922, fue elegido para dirigir los grupos idiomáticos (es decir, italianos, rusos e israelitas), pero antes de hacerse cargo de ese comité se desafilió al partido (Díaz, 2008: 22). Como dirigente de la Federación Obrera Marítima, integrado a una dirección donde prevalecía el sindicalismo revolucionario, participó de un congreso de la Unión Sindical Argentina en 1924 y allí tuvo una intervención sobre el tema migratorio, planteando que era un deber de cada sindicato organizar a los extranjeros que llegaban a la Argentina “corridos por el hambre” que imperaba en Europa. En contra de los que proponían organizar comisiones específicas para estudiar el problema migratorio, afirmó que el deber de cada gremio era organizar a los inmigrantes en igualdad de condiciones, para evitar que actuaran como rompehuelgas (Marotta, 1970: 129).

Pero, aunque en diversos ámbitos políticos se encontraban diferentes soluciones o propuestas para la integración étnica, no se observan mayores conflictos o discriminaciones que afectaran las relaciones entre trabajadores. Tanto la indiferencia cosmopolita de los anarquistas, como la exigencia de naturalización de los socialistas o la organización de los extranjeros en secciones nacionales (tanto en los sindicatos como en el Partido Comunista) se ejercían sin confrontar con la identidad política o lingüística de los adherentes.

¿Mantuvo Suárez Picallo su identidad gallega en esos doce años de “internacionalismo”, o más bien la recuperó al cabo de un ciclo de derrotas y decepciones? Hemos visto ya que el primer vínculo registrado de su integración a la izquierda se produjo en 1913, en ocasión de una suscripción por un socialista español. La recolección de dinero se hacía por un connacional y todo indica que los interpelados por ese homenaje eran en su mayoría españoles. Trabajando en los barcos y militando para la federación marítima, también estaba en contacto permanente con españoles, y especialmente con gallegos. En la célula comunista del sindicato de Mozos de a Bordo encontramos a los gallegos Juan Calvo y José Agudín, en la dirección de la FOM estaba Edelmiro Bernárdez, gallego y comunista, que quedó al frente de la federación marítima junto a Ramón Suárez en la larga huelga de 1924. También en el comunismo Ramón Suárez coincidió con Domingo Cubeiro y con Israel y Samuel Mallo López, ambos dibujantes y pintores. Cubeiro, ya alejado del PC, tendría una larga militancia en la Federación de Sociedades Gallegas hasta su muerte en 1968; Israel Mallo López figuraría en la dirección del PC desde la segunda mitad de los años 20, y su hermano Samuel seguiría vinculado a los ambientes gallegos, realizando un retrato de Alexandre Bóveda (fusilado por el franquismo en 1936) que se conserva aún hoy en la sede de la federación gallega.

El testimonio más interesante de los que nos dejó Ramón Suárez es el de su relación con Edelmiro Bernárdez. Después de compartir con él varios años de militancia comunista en el seno de la FOM, Suárez se alejó del PC en 1922, pero siguió al frente del Sindicato de Mozos de a Bordo. En 1924, por diversas circunstancias, fueron ellos dos los que prácticamente dirigieron una enorme huelga marítima que duró seis meses, hasta que fue claramente derrotada en el mes de octubre, lo que acarreó el desplazamiento de la dirección nacional. Bernárdez seguió militando en el PC, pero murió repentinamente en 1926, antes de cumplir los 40 años. En una necrológica que Suárez Picallo escribió para el periódico de la Federación de Sociedades Gallegas (Suárez Picallo, 17 de diciembre de 1926), afirma que Bernárdez, por haber nacido en Vigo y haber tenido una educación obrera y cosmopolita, se apartó “de los problemas vitales de Galicia que no comprendió nunca, ni intentó comprenderlos, ni estudiarlos”. Y se refiere también de manera imprecisa a discusiones agudas que tuvo Suárez con él, incluso “compartiendo teóricamente sus postulados”, lo cual permite vislumbrar que la identificación o no con Galicia fue un tema de discusión entre Suárez y Bernárdez. La alusión a “los problemas vitales de Galicia”, que los enfrentó a ambos, nos muestra sin lugar a dudas que Suárez Picallo mantenía una gran preocupación, más allá de su militancia comunista, por los problemas políticos, económicos y culturales de Galicia, y que debió reflexionar sobre sus características específicas, lo cual no se contraponía a una visión de conjunto de la sociedad o de la misma España. También es interesante observar que Suárez Picallo adjudicaba el desinterés de Bernárdez por los problemas gallegos al hecho de haber nacido en Vigo, ciudad gallega pero industrial, y por eso obrera y cosmopolita. La “verdadera” Galicia, pareciera decir Suárez Picallo, se encontraba en sus campesinos y en sus marineros, en la aldea y no en la ciudad castellanizada. Todo esto nos lleva a pensar que, aun durante su militancia socialista y comunista, Ramón Suárez seguía manteniendo una cierta identidad gallega y una preocupación constante por los problemas de su país de nacimiento.

Algunas reflexiones finales

Ramón Suárez se integró sin mayores inconvenientes a la vida política de la Argentina, en la cual ocupó un lugar dirigencial en diferentes partidos de izquierda y en el movimiento sindical. Otros aspectos que suelen ser tenidos en cuenta en los estudios sobre inmigración también pueden ser evaluados.

Pareciera obvio pensar que no había inconvenientes en la integración lingüística, pero deben hacerse algunas observaciones. A pesar de haber nacido en un ambiente gallego hablante, su familia de origen practicaba en el día a día la lengua castellana. El acento español, por otra parte, formaba parte del abanico de posibilidades presentes en la vida cotidiana y sobre todo en la vida sindical de la Argentina de esos años. Nombraremos a Bartolomé Senra Pacheco (sindicalista), Enrique del Valle Iberlucea (socialista) o Diego Abad de Santillán (anarquista) como ejemplos de dirigentes de origen español que tenían una presencia frecuente en las tribunas porteñas. ¿Mantuvo Ramón Suárez su acento español en esos años, o se adaptó a la variedad rioplatense de pronunciación? No podemos saberlo, pero sí se ha constatado que los españoles en la Argentina, en términos generales, no perdían su pronunciación característica aun pasados muchos años de residencia.

En los estudios migratorios suele tomarse también como parámetro las pautas matrimoniales para examinar el grado de integración de un grupo en la cultura dominante. Ramón Suárez permaneció soltero toda su vida, pero, desde mediados de los años 20, formó pareja con Eduardo Blanco Amor, español y gallego como él.[4] Este tipo de integración, fuera de la legalidad vigente, pocas veces queda registrada en la investigación histórica. Por otro lado, igualando su situación con los matrimonios heterosexuales, podemos ver que la elección de ambos ha sido endogámica, lo cual también nos habla ya del regreso de Ramón Suárez a los ambientes referidos a su patria de origen.

El principal ámbito de integración de Ramón Suárez, en su paso juvenil y de primera adultez por la Argentina, fue la actuación política y sindical, el trabajo periodístico y, finalmente, el asociacionismo gallego. No estuvo solo en ninguno de esos ámbitos: miles de españoles y de gallegos compartían las mismas actividades, aunque sin la figuración social que tuvo Suárez Picallo.

En el caso de la integración en la política de izquierda y sindical, ¿se trata de “integración” en el sentido que se le suele dar en los estudios históricos o sociológicos? Por esa razón, insistimos al principio en cuanto a que la integración a una cultura dominante parece considerar, sin hacerlo explícito, que esa cultura es un todo homogéneo, sin variaciones, sin fisuras. Incluso la integración política generalmente es considerada solo en lo que respecta a la práctica del sufragio, que se caracteriza justamente por igualar a los habitantes o ciudadanos de un país en una compulsa que, por más que implique una competencia entre rivales, no deja de constituir un marco homogéneo donde todos comparten una serie de valores y de hábitos. La integración política y la actuación sindical nos habla, en este caso, de la incorporación de un individuo, o una serie de individuos, a una práctica conflictiva y enfrentada a la cultura política dominante, y en ese sentido implica, hasta cierto punto, una “desintegración” con respecto al régimen político y económico vigente. Ramón Suárez demostró que, al igual que él, muchos extranjeros llegaban como trabajadores, pero no se les daba en la política, y menos en las empresas, el lugar que les correspondía según el esfuerzo que realizaban. La naturalización o la práctica del sufragio no era una solución, porque los argentinos nativos sufrían el mismo tipo de alejamiento de las instancias de poder.

En definitiva, podemos apreciar que los dos tipos de integración a los que se refería Dominique Schnapper (la cohesión cultural de un país o el acomodamiento de una minoría a la cultura dominante) remiten a una misma situación: la integración de una minoría será siempre conflictiva porque el país de llegada está tironeado por conflictos estructurales. La idea misma de integración está pensada como una inmersión cultural indolora, donde el inmigrante va paulatinamente perdiendo sus características culturales originales para adoptar las de la cultura del país de arribo, sin que eso implique desconocer que muchos rasgos culturales de las minorías étnicas pueden impregnar también a la cultura de llegada.

En la trayectoria de Ramón Suárez, en las vacilaciones de sus estrategias de integración, en sus logros y en sus fracasos, se observa un derrotero particular pero no opuesto al camino que emprendieron cientos de miles de migrantes llegados desde Europa. Durante un período más corto o más largo, en posiciones de liderazgo o confundidos en la masa, muchos inmigrantes participaron de los numerosos movimientos políticos, sindicales o reivindicativos que marcaban una fractura en la integración y en la cohesión de la Argentina como totalidad. La inclusión de un grupo migratorio no podía quedar al margen de los desacomodamientos y los quiebres que recorrían la cultura política del país de recepción.

Referencias bibliográficas

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  1. Los principales datos biográficos figuran en las “Notas autobiográficas” que recopilan y comentan Manuel Pérez Lorenzo y Francisco Pita Fernández (2008: 17-36) y en nuestra “Introducción” a Años de formación política (Díaz, 2008: 11-51). Muchas de las informaciones que provee el mismo Suárez Picallo en recuerdos de su madurez son discutibles o erradas, y han sido reevaluadas por nosotros a la luz de documentos más confiables en el último texto citado. Por ejemplo, afirma sin dudar que llegó a Buenos Aires el 12 de marzo de 1912, pero no hemos podido encontrarlo como pasajero ni en los libros de inmigración ni en los partes consulares de esos meses. En cambio, sí hay una persona que coincide con sus datos arribada a Buenos Aires en octubre de 1911. En varios otros casos hemos debido corregir datos erróneos, para lo cual remitimos a la bibliografía citada.
  2. Francisco García era el dirigente de la Federación de Obreros Marítimos desde 1910. Originalmente anarquista, fue uno de los pilares del sindicalismo revolucionario y de la FORA del IX Congreso desde 1915. En 1922 se apartó de la dirección de la FOM por diferencias en la conducción y retornó a ella tras la derrota de 1924, tras lo cual permaneció al frente del sindicato hasta su muerte en 1930. Véase su biografía en Troncoso (1983).
  3. En nuestro trabajo sobre la Federación de Sociedades Gallega (Díaz, 2007), hemos señalado que la enorme mayoría de gallegos que aparecen en el asociacionismo étnico utilizan un solo apellido, y no dos como es usual e incluso obligatorio en la España desde fines del siglo XX. Los casos de doble apellido son contados y no parece obedecer a factores regionales, ideológicos, generacionales u otros.
  4. La relación homosexual de Ramón Suárez Picallo y Eduardo Blanco Amor no es mencionada en forma escrita por ninguno de los dos protagonistas, aunque se pueden encontrar mútliples alusiones a ello. Para el principal biógrafo de Blanco Amor, Gonzalo Allegue (1993), la relación está fuera de duda. Esperanza Mariño (1999), que trabajó con la correspondencia entre ambos gallegos, también da por sentado que tuvieron una relación amorosa durante varios años.


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