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Una dignidad en juego

Ángel Ossorio y Gallardo, postrer embajador de la República Española en la Argentina

Silvina Montenegro y Mariano Rodríguez Otero

La cosa ya no tiene remedio. Soy un hombre que se ha pasado la vida en un descansillo de escalera llamando a la puerta de la derecha y a quien han abierto siempre la de la izquierda. En menos palabras: la labor de toda mi vida no ha servido absolutamente para nada (Ossorio y Gallardo, 1946: 133).

En este trabajo nos proponemos analizar la trayectoria del jurista, político y diplomático español Ángel Ossorio y Gallardo (Madrid, 1873-Buenos Aires, 1946), quien fue el último embajador de la República Española ante la Argentina y que, a partir de la entrega de la embajada a los representantes de los “nacionales” en febrero de 1939, permaneció en ese país como exiliado hasta su muerte.

Desde su llegada a Buenos Aires en junio de 1938 hasta su fallecimiento ocho años más tarde, Ossorio desempeñó un papel fundamental. Primero, como articulador del movimiento de solidaridad con los republicanos españoles que se había gestado en la Argentina –en continua expansión durante los meses posteriores–, dentro del cual operó como importante moderador de los conflictos cruzados al interior de ese campo. Más tarde, como exiliado, se constituyó en un destacado nexo entre los emigrados republicanos y la sociedad argentina que los recibió.

Embajador o exiliado, ambas etapas de su vida nos parecen inescindibles, pues fue precisamente durante su breve pero intenso período como embajador cuando se tejieron las redes que permitirían la inserción de los exiliados de 1939. Su propia personalidad y sus acciones en períodos anteriores –que por ello aquí creemos importante reseñar– también consolidaron esa posibilidad de prestigio.

Este trabajo, cabe anotarlo, es una aproximación a la figura de Ángel Ossorio y Gallardo. En alguna medida, nuestra intención es rescatar algunos rasgos de su trayectoria e inscribirla tanto en su contexto de época, como en una perspectiva actual que le brinde renovada vigencia. Para ello, nos basamos en un relevamiento inicial que se detiene en varios tipos de fuentes y testimonios diversos.

Nuestro objetivo es destacar cierta continuidad, más allá de los avatares puntuales de la política de cada momento. Es por eso por lo que vemos unos hilos a través de los cuales se puede ligar su itinerario político, en especial la última etapa de su vida –en la cual se centra este trabajo–, que es la que lleva a este tránsito de embajador a exiliado. Es un tránsito de dignidades tan distantes en lo formal que solo pueden hallar un común denominador en el ámbito de las concepciones que sostuvo Ossorio y Gallardo durante su vida pública, más allá de circunstanciales cambios de abanderamiento político. Por todo ello, y aprovechando los ricos sentidos que nos da la palabra, escogimos titular este escorzo biográfico como los avatares de una dignidad, asumiendo el múltiple contenido de calidad de digno, realce, decoro en el comportamiento y también de cargo o empleo de autoridad, que debió conllevar el de ser el último embajador del legítimo Gobierno español y republicano en esta parte del mundo en unos años justamente aciagos para la dignidad propiamente dicha.

Sus primeras lides políticas

Ángel Ossorio y Gallardo nació en Madrid el 20 de junio de 1873 en el seno de una familia acomodada, hijo de Manuela Gallardo y Rodríguez y del escritor, respetado periodista y traductor Manuel Ossorio y Bernard (1839-1904)[1]. Desde muy joven, hizo sus primeras armas en el periodismo como redactor de la Revista de los Tribunales y del periódico El Día. A los 17 años escribió, junto con su hermano Carlos –periodista, nueve años mayor–, y en tono satírico, el Manual del perfecto periodista. Graduado en Derecho en 1894 en la Universidad Central de Madrid, comenzó su ejercicio profesional como abogado de pobres y más tarde como fiscal sustituto. En 1896 publicó Legislación mercantil terrestre, un año después El divorcio en el matrimonio civil, y cuatro años más tarde, Comentarios a la Ley de Accidentes de Trabajo.

Se afilió al Partido Conservador y acompañó fielmente a Antonio Maura cuando este se escindió de la agrupación en 1913 (ver su trabajo “Un discurso y tres artículos”). Su fascinación por Maura, como explica el propio Ossorio, tiene que ver con su honradez y capacidad para ser a la vez católico y liberal, cualidades que admira pues en ellas se ve reflejado él mismo:

Maura fue el liberal más puro, más tenaz, más incorruptible que yo he conocido en toda mi vida. Habrán oído decir generalmente que fue un reaccionario tremebundo y recalcitrante. No hagan caso y créanme a mí. […] Maura es profundamente católico, pero profundamente liberal. Y lo explica: Hay quien halla contradicción fundamental entre la sinceridad con que se tiene la lealtad de reconocer que profeso y practico las [sic] ideales liberales y mi ferviente fe católica, que se manifiesta en muchas frases mías y en todos mis actos. No veo en esto discrepancia ni desacuerdo alguno, porque, para mí, el Derecho público no es católico ni protestante. Dentro de las leyes no cabe semejante distinción (Ossorio y Gallardo, 1946: 65-67).

Bien leída la referencia, y al saber, por ejemplo, que más adelante se interesaría por Don Sturzo, lo que tenemos en Ossorio es el esbozo de un protodemócrata cristiano, que está muy por delante de las intenciones que en esa época podía apoyar el mismo Vaticano. Cabe recordar que Roma aún no daba aires a una renovación que asumiera plenamente los postulados democráticos manteniendo una posición sibilina y ambivalente de la que pasadas décadas sería víctima este católico y liberal al frente de la legación republicana en el Buenos Aires de los años treinta (por ello Tusell [1986] no estaba nada desacertado al ubicar a Ossorio en un capítulo titulado, precisamente, “Los solitarios”).

La cita, por todo lo que tiene de autorreferencial, no deja de explicarlo a Ossorio mismo, y con este modelo en mente su parábola ideológica es entendible, ubicándolo a comienzos de la centuria en el conglomerado de conservadores reformistas españoles con eco internacional –por ejemplo en la Argentina, como ha señalado Natalio Botana (1986)–. Por otro lado, cabe consignar que los tiempos que vendrían –más precisamente nos referimos a los de la posguerra de la Primera Guerra Mundial– fueron de un gran trasvase ideológico de figuras y que tal circulación no se puede explicar, simplemente, como un mero transfuguismo. No es casual entonces que por esos años iniciales el liberal y republicano gijonés Melquíades Álvarez pareciera estar en las antípodas, pero, con sus avatares específicos, cuando llegara la hora definitiva de la guerra civil española, los halláramos diametralmente cruzados en bandos irreconciliables, a pesar de ellos mismos.

Con este bagaje a cuestas, Ossorio fue concejal y teniente de alcalde de Madrid por la Sociedad de Fomento de las Artes (asociación de la que era secretario) y diputado a Cortes a lo largo de varias legislaturas, entre 1903 y 1923. En sus Memorias, se describe como un parlamentario “oscuro y sin gusto”, pues: “Hizo falta la República para que en mí se me despertase la fe parlamentaria” (Ossorio y Gallardo, 1946: 14).

En esta primera etapa, Ossorio publicó una serie de obras: algunas conferencias que se transformaron en folletos u obras breves, textos políticos y jurídicos cercanos a su profesión y estudios históricos centrados en cuestiones regionales, en especial catalanistas. Estos escritos, que poseen la capacidad de ir delineándonoslo, fueron el fruto de su experiencia como gobernador civil de Barcelona. Ocupó el cargo por ruego de Maura entre 1907 y 1909 y dimitió cuando la llamada Junta de Autoridades sucumbió a las autoridades militares y, contra su parecer civilista de sujeción de las tropas a su autoridad, declaró el estado de guerra, durante los sucesos de la Semana Trágica barcelonesa.[2]

Un año más tarde, publicó en Madrid el folleto Barcelona, Julio de 1909, declaración de un testigo, donde explica su actuación en esa coyuntura, y Conversación sobre el catalanismo. De 1913 data la Historia del pensamiento político catalán durante la guerra de España con la República Francesa (1793-1795) (hay reedición en Madrid en 1931, que es la que consultamos y citamos). Señalemos cómo el tema catalán y su especificidad diferencial ya no lo abandonaría en sus preocupaciones[3] y, después de la guerra civil española, se plasmaría como un compromiso en otras obras que también contribuyeron a resaltar sus ideales: Vida y sacrificio de Companys,[4] de carácter apologético hacia su amigo admirado y trágicamente desaparecido, y un ensayo previo y más general, La Guerra de España y los catalanes (editado en Buenos Aires en 1942).

Según su declaración –y vista en clave retrospectiva–, la empresa catalana fue esencial en una revelación determinante de su acción política, perdurable hasta sus últimos días de servidor público:

Quizás la confesión no me honre mucho, pero me repugna ocultarla. Hasta aquella fecha (cumplí yo en 1907, 34 años) ni tuve concepto cabal de la patria ni me hice cargo de lo que era un patriota.

¡La patria! Todos decimos, desde niños, que la sentimos, y no es verdad. Lo cierto es que queremos sentirla, pero nada se hace para que nuestra tendencia llegue a convicción y nuestra simpatía se convierta en amor. En la infancia y en la adolescencia, formamos sobre la patria una idea de bandera y charanga, a lo sumo de griterío callejero o de oda retumbante por efecto de consonantes rotundo. Hay quien se muere sin haber llevado su concepción patriótica más allá.

Y sin embargo, con la patria ocurre lo que con todas las sublimaciones del alma humana: no se llega a ellas sino por el camino del dolor. […] Esto explica que yo no hubiera medido lo que la patria tiene de profundo y de amplio hasta que de cerca presencié el riesgo en que se hallaba (Ossorio y Gallardo, 1931: XI).

En 1919 –entre el 15 de abril y el 20 de julio–, Ossorio se desempeñó como ministro de Fomento del gabinete de Maura. En 1922 participó de la creación del Partido Social Popular, malogrado con el advenimiento de la dictadura de Primo de Rivera. Sin perder de vista a su reverenciado Maura, Ossorio nos dirá de la dictadura –que en esencia hace derivar directamente del ánimo golpista del rey Alfonso XIII, o más precisamente de Miguel Primo de Rivera–:

Sin la majadería de Primo de Rivera, la vida de España también habría sido enteramente distinta. Al advenir la dictadura advertí (como había advertido Maura) que ella derribaría a la Corona. Acertamos. (Ossorio y Gallardo, 1946: 71-72).

Pero es necesario considerar también que esta es su sintética apreciación retrospectiva, que no es sorprendente si recordamos su papel central en la iniciativa formadora del Partido Social Popular (con la materia de unos jóvenes mauristas y, por tanto, reformistas de base cristiana)[5]. La ramplonería autoritaria del militar y la desafiante crítica del tribuno los haría definitivamente irreconciliables, enorgulleciéndose Ossorio (1946: 126) de que “había deslizado en los comienzos que le iba hablar de varón a varón” (extractado por él mismo, del artículo que publicara en El Liberal de Madrid, un par de días después del pronunciamiento subrayado en el original–).

Aun después de la catástrofe de la guerra civil –con un sorprendente criterio de calificación comparativa–, al referirse a este período y emitir su juicio dirá:

La enumeración de acusaciones, propósitos de enmienda, halagüeñas promesas, presagios de rosicler, todo, todo, quedó en el vacío y en el engaño. Después de cerca de siete años de ejercer un Gobierno de casta con las manos libres y en impunidad verdadera, no quedaron sino barbaridades, indecentadas, desafueros sin límite, cacicadas, atropellos y un agotamiento del Código penal, desde los más grandes delitos hasta las faltas minúsculas. […] Aquel fenómeno dictatorial, el más lamentable de la historia de España, porque si otros la llenaron de sangre, éste hizo algo peor para un pueblo: cubrirle de ridículo (Ossorio y Gallardo, 1946: 122-123).

Pese a tan severa adversidad política, fue una época fecunda no solo en demostraciones de bizarría, sino en su apreciada función de editor. En los últimos años de la década, dejando atrás –por escindido y perseguido– su vinculación con el Partido Social Popular, encaró la dirección de la “Sociedad de estudios políticos, sociales y económicos”, que como sello editorial dio cabida a obras que a su vez signaron una tendencia[6]. De ese conjunto dará razones Ossorio en algunas páginas de sus Memorias:

El primer intento [el Partido] tuvo escaso éxito, porque siendo su finalidad política, claro es que habíamos de ser perseguidos por todas partes. Lo segundo [el emprendimiento editorial] fue más hacedero, porque como no nos proponíamos sino publicar libros, el Gobierno tuvo menos alcance para atajar nuestras intenciones.

Los libros y folletos que llegamos a dar a estampa, […] [tenían] […] el propósito de ir formando una educación administrativa y política… (Ossorio y Gallardo, 1946: 132).

A renglón seguido, será Ossorio quien, con total transparencia, explique los motivos al advertirnos de la razón por la que él reseñó el libro de Sturzo:

Claro es que los libros de mayor intención política eran los míos, pues evidentemente al glosar los ataques del abate Sturzo contra Mussolini, lo que yo hacía era reproducirlos contra Primo de Rivera, y al tratar de la justicia censuraba la vida de un país donde la justicia había sido suprimida, y al examinar lo que debía ser el Parlamento y el Gobierno, combatía el antiparlamentarismo del dictador; pero la verdad es que cosa muy semejante hacía el padre Romero Otazo al estudiar el sentido democrático de Santo Tomás o el ingeniero Pascual Carrión al volver la vista a los derechos del pueblo sobre la tierra (Ossorio y Gallardo, 1928: 132-133).

Llega la Segunda República

Luego de tantos posicionamientos y de anuncios de autonomía, tal que su gráfica descripción de “un monárquico sin rey” –que debía ser representativa de un sentir compartido por sectores más amplios como para alcanzar tal trascendencia–, llegó el período de la Segunda República. Su opinión quedó plasmada, delineando una futura capacidad de abstracción ante los extremos, en análisis de gran nitidez:

[Tras el resultado de las elecciones de junio de 1931] que España marcha hacia la izquierda en cuanto al fondo de los problemas y hacia la derecha en los procedimientos; quiere acabar lo viejo, pero por medios ordenados y jurídicos (Ossorio y Gallardo, 1946: 133).

La integración de Ossorio al régimen no podía ser más pautada. Al comenzar, fue su acción en las Cortes Constituyentes poniendo su énfasis por mantener el equilibrio y hacer primar un criterio de juridicidad, opuesto a todo exceso protorrevolucionario. Los manejos del presidente Alcalá Zamora, desestimando la acción de las comisiones que integrara, especialmente la que estudiaba –bajo fuertes presiones– la relación entre la Iglesia y el Estado, lo llevaron a renunciar.

En rigor de verdad, su alejamiento no consiguió distanciarlo de la defensa de la Constitución de 1931 ante los embates de sectores cada vez más radicalizados de la derecha. Pero no solo no se apartó, sino que lentamente se fue encolumnando en el apoyo a la República, poniéndose de ese lado legalista y constituido, por ejemplo, cuando se produjo la Sanjurjada,[7] para luego solicitar y obtener el indulto contra la pena capital dictada contra el militar. Así, Ossorio fue consolidando la prédica de la conciliación –por encima de las banderías partidarias–, posición en la que nos lo encontraremos durante la guerra civil. Pero su ubicación centrista y defensora al menos de la intención y acción de los constituyentes fue pasada por alto. Mas luego condenará los intentos revanchistas de reforma constitucional por abusivos, durante el bienio derechista. Va completándose de este modo el esbozo de las acciones y el perfil con que encontraremos a Ossorio en los comienzos de la guerra civil.

Y así, con el pronunciamiento golpista devenido en conflicto fratricida, le tocó encargarse de algunos destinos diplomáticos riesgosos y que lo requirieron en su doble –y apreciada– condición de conservador democrático y de católico reconocido[8]. Sin embargo, sus misiones diplomáticas en Ginebra, Bruselas y París estuvieron lejos de ser exitosas. En el primer caso, a pedido del ministro de Asuntos Exteriores Álvarez del Vayo, Ossorio partió como delegado a la Sociedad de las Naciones en setiembre de 1936 y de allí prosiguió viaje para hacerse cargo de la embajada en Bruselas.

La experiencia de la vida en Ginebra y los debates que sobre la guerra civil española se dieron en el seno de la Sociedad de las Naciones fueron una decepción. Aunque es lógico pensar que su visión de los hechos en un libro escrito cinco años después esté opacada por el hecho irrefutable de que la República, efectivamente, perdió la guerra y por el sentimiento de impotencia ante la Guerra Mundial en curso, también es cierto que la sensación de inutilidad de los organismos internacionales se respiraba en el aire desde mucho antes:

Aquello era una inmunda farsa. Mientras había que abordar cuestiones de segundo orden, todo iba bien. […] Pero en cuanto apuntaban los temas candentes, todo era hipocresía, cobardía, disimulo, engaño, impudicia. […] No era lícito decir una palabra clara. Todo eran rodeos, circunloquios, perífrasis, atenuaciones. […] Por doquier se advertía el desvío que nos cercaba y que había de acabar asfixiándonos. […] No escuché otras palabras de justicia sino las de los Delegados de Rusia y Méjico. […] Recuerdo todo aquello con repugnancia (Ossorio y Gallardo, 1941a).

Siguiendo con el recuento, tampoco es bueno el recuerdo de la misión diplomática en Bruselas:

El ambiente era hostil. Sólo tuve al lado de España, al patriarca del socialismo Emilio Valverde y a su esposa, bravísimos luchadores por nuestra causa […] y a diez o doce intelectuales comprensivos y paremos de contar. Todo lo demás, del Rey para abajo, era cerrilmente hostil (Ossorio y Gallardo, 1941a: 153).

En ese contexto tan adverso a los republicanos españoles, poco se podía hacer. Ossorio, sin embargo, no se dejó ganar por el desánimo y pronto se abocó a iniciar las tareas de propaganda, escribiendo artículos, publicando folletos, organizando conferencias y colaborando con diversos periódicos europeos. Todo ello sería amplificado en tierra francesa.

Su siguiente destino, la embajada española en París, fue una etapa intensa y compleja. Mientras que las fuerzas conservadoras eran –como en todas partes– hostiles a la República Española, un nutrido grupo de intelectuales y militantes sindicales celebraban actos callejeros u organizaban colectas en su favor. Los socialistas estaban divididos entre quienes los apoyaban abiertamente y quienes se mostraban temerosos de verse involucrados en una nueva guerra: “Y, en fin, quienes nos ayudaban a cara descubierta, sin temor ni recelo, eran los comunistas; lo cual, más nos perjudicaba que nos favorecía” (Ossorio y Gallardo, 1941a: 160). El gobierno del Frente Popular francés, presidido por León Blum:

[…] vertía muchas lágrimas, pero procedía como nuestro mayor enemigo. […] ¿Por qué esta política insensata? Sencillamente, porque el Gobierno francés estaba rendido, humillado ante el inglés y le obedecía ciegamente y sin rechistar (Ossorio y Gallardo, 1941a: 161).

Sus tareas en Francia, como antes en Bélgica, excedieron con mucho a las usuales de un diplomático. Allí se abocó a la actividad como editor de obras, a veces escritas por encargo, otras llegadas a sus manos por iniciativa de los autores. La idea de que la palabra tiene un poder sobre las acciones es muy clara en Ossorio.

Recordemos que las publicaciones y ese afán distintivo por la difusión de las ideas a través de la prensa y el libro eran una característica de Ossorio tan propia de su acción que, aunque expresara desilusiones terribles –como las que transcribimos más abajo–, lo marcaron durante todas las etapas de su vida. Afinando la perspectiva, no sería difícil filiarla en una raíz propiamente ilustrada, lo que además consagra una idea de respeto por las reglas y una confianza en el valor de las reformas. Al inclinarse por la idea fuerza de iluminar, la asocia a la confianza en un futuro suficientemente calmo y ecuánime. Si, más adelante, Ossorio llegó a posicionarse como antifascista es también en lo que esas expresiones totalitarias tienen de adversarios de los valores autonómicos –de raíz kantiana– que conlleva la Ilustración[9]:

Claro que no habíamos de ganar la guerra con letras de imprenta, pero sobre que la labor sirvió para iluminar muchas conciencias, todas esas publicaciones, pletóricas de datos indisputables han quedado para iluminar la Historia cuando la Historia se pueda hacer (Ossorio y Gallardo, 1941a: 171).

Muchas de las obras entonces presentadas a orillas del Sena luego fueron reimpresas en sus siguientes ediciones en Buenos Aires, con visos de una difusión en el Cono Sur. Sin descartar otras, nos referimos en concreto a Doy Fe…, un año de actuación en la España nacionalista, de Antonio Ruiz Vilaplana (huido secretario judicial de Burgos),[10] o a Así asesina Falange, una celda de condenados a muerte en un cuartelillo de Falange Española de San Sebastián, del doctor Manuel Garabain.[11]

Sondear algunas bibliotecas de exiliados republicanos en la Argentina debería permitir detectar más obras de este período de Ossorio como “embajador-editor” en París, y más aún si ellas se formaron desde nuestra orilla.[12] Este material, por lo tanto fácil de hallar en la Argentina, pretendía minar el naciente franquismo, desprestigiándolo en su mitomanía.

Estas encomiables tareas como editor y como propagandista en contacto con el mundo intelectual no lo liberaba, sin embargo, de las labores propias de su función. Muy a su pesar, debía cumplir con las fiestas, reuniones y banquetes, para evitar la imagen de decadencia, abatimiento o derrota, tareas a las que no renunciaría, aun cuando su condición política y la del gobierno del Frente Popular al que representaba parecían inexorablemente perdidas:

Minuto tras minuto esperábamos el telegrama anunciándonos que alguno de nuestros hijos estaba herido o muerto. Era lo verosímil. Y con las almas afligidas teníamos que hacer la comedia del mundo diplomático. La Embajada no podía aminorar su ostentación en aquellas circunstancias trágicas, precisamente, por ser trágicas. […] Había que recibir, festejar, bromear, dar a las gentes los ánimos que nos faltaban a nosotros, y exhibirse para que no cundiese la especie de que éramos, como buenos rojos, unos desarrapados sin educación y sin hábito de comer a manteles. […] Yo era España y España no podía estar triste porque se estaba llenando de gloria y, además, iba camino del triunfo. ¡Qué nadie pudiese inferir cosa en contrario por la vida que en la Embajada se llevase o por los rostros del Embajador y su familia! (Ossorio y Gallardo, 1941a: 172).

Años después, cuando relató al gran público los causales de su traslado, no fue muy claro, pero deslizó unas suspicacias ligeramente antisoviéticas que habrían podido desincriminarlo retrospectivamente ante sus lectores (acompañados de algunos comentarios sobre su buena estrella también evocativa ante la tragedia de Companys)[13]:

Tampoco supe nunca por qué me sacaron de París y me enviaron a Buenos Aires. Supongo que algo tuvo que ver con aquello la simpatía de nuestra República con la política rusa y la ayuda que ésta nos había prestado, así como el carácter comunista o comunizante de nuestro embajador en el país de los soviets, doctor Marcelino Pascua. No sé si me pasaré de mal pensado. Pero mi opinión fue ésa y a ella consagré mi juicio desde que partí de Francia para América. En realidad ésta fue mi salvación, porque si me llegan a dejar en París a estas horas habría sido yo preso y fusilado como mi desventurado amigo Luis Companys. Por fortuna no fue así, y tranquilamente pude ir embarcado a Nueva York, y de esta capital a la Argentina (Ossorio y Gallardo, 1946: 216).

La anteúltima pelea: la dignidad institucional en Buenos Aires

Desde que se le comunicó la noticia de su nuevo destino en Buenos Aires, Ossorio advirtió las dificultades de medios que le esperaban, y de ello dejó testimonio en la correspondencia oficial de carácter reservado a sus superiores en el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la que su crudeza dista mucho del tono que destilan sus recuerdos o memorias:

Es sabido en el Ministerio que la Embajada de Buenos Aires está sin acabar de arreglar, pues tiene vacío el piso destinado, precisamente a recibir, o sea el salón y el comedor grandes. Muy mal efecto haría en cualquier parte y peor aún en aquel país, preocupado con exceso de las cosas accidentales, esta muestra de impotencia económica o de descuido burocrático. […] Allí no hay ropa de cama, de mesa ni vajilla, ni cristalería, ni cubiertos. […] Ruego a V. también vigile el modo de que yo esté enterado allí de lo que pasa en España. No sé cómo atienden ahí este servicio pero yo tengo la preocupación de que quien se va a América es como si cayera en un pozo. Quisiera equivocarme (Ossorio y Gallardo, 1938a).

Esta sensación de aislamiento en que lo colocó su nuevo y lejano destino se confirmó a pocos días de su llegada, cuando se mostraba preocupado por la falta de noticias confiables:

Sólo sé lo que dice la prensa y aquí, con V. sabe sobradamente, sobre ser apasionadísima para un lado y para otro, suele estar hecha de manera disparatada. Especialmente los periódicos de nuestro lado, son magníficos en lealtad y bravura, pero hacen unas informaciones absurdas, llenas de vaciedades e inexactitudes (Ossorio y Gallardo, 1938b).

Al conocerse la noticia de su próxima llegada a Buenos Aires, el periódico España Republicana trazó para sus lectores, tanto españoles como argentinos, una semblanza de la personalidad del nuevo embajador:

Don Ángel Ossorio Gallardo ha sido designado embajador de España en la Argentina. Es un hecho que nos provee vivísima satisfacción por múltiples conceptos. Don Ángel Ossorio Gallardo es una de las personalidades más prominentes de nuestro país. Abogado insigne […] a pesar de sus grandes éxitos forenses, don Ángel Ossorio no ha hecho fortuna en el ejercicio de la profesión, es pobre. Con esto basta para decir cómo ha ejercido la abogacía. Más que una profesión hizo de ella un sacerdocio, poniendo su ciencia jurídica al verdadero servicio de la justicia. […]

Orador y escritor ilustre, su palabra hablada y escrita muestra la luminosidad de su entendimiento. […]

Ideológicamente, don Ángel Ossorio Gallardo es conservador, pero un conservador inteligente que no ignora que el mundo evoluciona todos los días y que el empeño en detenerle en su evolución conduce a la catástrofe. […]

Al producirse el levantamiento del 18 de julio se puso incondicionalmente al servicio de la República, que era tanto como ponerse al servicio de la legalidad y de la Nación. […] Formó parte de la delegación española a la Liga de las Naciones en septiembre del 36 y tuvo en Ginebra intervenciones destacadas. Ocupó después la embajada de España en Bruselas […] pasó luego a la de París […]

Católico, encabezó en España el movimiento cristiano que agrupa a los más inteligentes españoles de ideas católicas […] todos ellos afectos a la República y enemigos de la entrega de la patria a los países totalitarios que la han invadido. […]

Estamos seguros de que don Ángel Ossorio será en la Argentina la expresión acabada de la República: humana, generosa y progresiva, abierta a todos los progresos sociales y respetuosa con las normas jurídicas que ella misma trazó interpretando los anhelos del pueblo (España Republicana, 30 de abril de 1938).

Ossorio llegó el 4 de junio de 1938 a Buenos Aires, donde una multitud se agolpaba en el puerto para darle la bienvenida:

El traslado a la Argentina fue mi liberación. Cuando me vi en el puerto me pareció que renacía. Volver a hablar en español, encontrarme entre millares de compatriotas, y cerciorarme de que todos ellos juntamente con una masa enorme de argentinos piensan como yo […] (Ossorio y Gallardo, 1941a: 177).

En la amplia y mayoritaria coincidencia, se explaya desde otro fragmento, destacando el peso popular de la causa republicana:

Bien puede decirse la casi totalidad de la colonia española era republicana y que se puso al lado de nuestro Gobierno en los términos más calurosos. […] Buenos Aires no pudo tener duda de cuál era el sentimiento político español para con su República. En el jardín de la Embajada hizo un magno discurso mi malogrado amigo Mario Bravo, al cual hube yo de contestar. Después se celebraron otros actos grandiosos y por todas partes cundieron las manifestaciones más cariñosas y lisonjeras (Ossorio y Gallardo, 1946: 216).

Sobre estas bases tan bien percibidas de consonancia y consubstanciación, actuaría el nuevo embajador como nexo entre los republicanos españoles y sus partidarios vernáculos. Nadie dentro de la ancha franja del progresismo argentino quedaba fuera de esta amplia red que tuvo a Ossorio como centro y nexo: podía escribir tanto para una publicación comunista, como para Hechos e Ideas, una revista de opinión de los intelectuales afines a la Unión Cívica Radical. Tengamos en cuenta también su vinculación creciente con el mundo editorial donde sus compatriotas iban acrecentando influencias, mundo al que Ossorio, una vez despojado de su dignidad diplomática, se vería forzado a apelar.[14]

En julio de 1938, Ossorio presentó sus credenciales al presidente argentino Roberto M. Ortiz. En su discurso expuso las ideas que tenía sobre las obligaciones de la Argentina para con la España que él representaba, y así supo expresarlo:

El honor que cualquier Embajador experimentaría siempre al representar a mi patria, lo encuentro multiplicado en mí, porque lo hago en momentos dramáticos, cuando España, defendiendo su libertad moral y la independencia de su suelo, está triplemente aureolada por su dolor, por su heroísmo y por la incomprensión ajena. Mas también por este motivo es ilusionante llegar a un pueblo como el argentino que se constituyó para afianzar la justicia, asegurando los beneficios de la libertad a todos los hombres del mundo y que acaba de prestar, mediando entre pueblos vecinos, un valioso servicio a la causa de la paz [mediación del canciller Carlos Saavedra Lamas en la guerra del Chaco].

Los viejos vínculos que por tantas razones unen a nuestros pueblos, quedarán más afianzados en la terrible crisis que el mundo atraviesa; porque, contra lo que pueda creerse por apariencias trágicas, son los valores espirituales los que prevalecerán en definitiva; y para defenderlos se hallarán siempre unidas nuestras dos Repúblicas” (Ossorio y Gallardo, 1941a: 178).

El acto sobresalía del protocolo, pues varios miles de personas ocuparon la Plaza de Mayo para manifestar su adhesión al representante de la República Española. Estos vítores y aplausos movieron al presidente Ortiz a salir a saludar al balcón (España Republicana, 23 de julio de 1938). El ánimo de Ossorio descansó por primera vez desde sus destinos anteriores:

Por primera vez me hallé bien recibido. El Presidente Ortiz no era frío y grosero como el Rey Leopoldo, ni estrictamente protocolario como Lebrun. Era sencillo, atento y afectuoso, tanto como se puede ser en casos tales. Recuerdo que me preguntó cuál era mi opinión sobre el comunismo en España. Yo le respondí con un desenfado ciertamente poco diplomático:

-No se preocupe, señor Presidente. En España no puede cuajar el comunismo por la sencilla razón de que allí somos todos anarquistas, incluso los Embajadores (Ossorio y Gallardo, 1941a: 178).

Durante su etapa como embajador en Buenos Aires, Ossorio era el orador estrella de los actos de solidaridad con la República Española y el referente obligado, indiscutido e indiscutible de la colectividad española residente en la Argentina. A pesar del clima de división reinante en el interior de los militantes prorrepublicanos en ese país, el embajador era una figura (tal vez la única) querida y respetada por todos, desde los liberales hasta los socialistas, pasando por los anarquistas y comunistas. Mérito de sus dotes para navegar en esa tormenta de pasiones:

[…] me dediqué a establecer contactos con los millones de españoles que constituyen nuestra colonia. Hablé en Bahía Blanca, y en los teatros de Rosario, Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Resistencia, Presidente Sáenz Peña, Mendoza, Tucumán, Santiago del Estero. Comparecí en un mitin formidable en Luna Park. No estoy seguro de que al Gobierno argentino le hiciera mucha gracia todo esto pero yo lo creí de mi deber y ahora me alegro de haberlo hecho (Ossorio y Gallardo, 1941a: 179).

Ossorio mantuvo siempre el tono correcto en su relación con las autoridades argentinas, pero, ante los avances de la “diplomacia franquista paralela”, no dudó en dejar en claro al ministro de Relaciones Exteriores argentino cuál era su posición y, en definitiva, la del país que representaba:

V. E. comprenderá mi inexcusable obligación de subrayar que yo no soy el representante de ningún bando sino de la Nación española, legítimamente acreditada ante S.E. el Sr. Presidente de la Argentina. […] Ni reclamaciones, ni protestas, ni actitud ninguna que pueda parecer de agravio ni siquiera de duda en relación con el Gobierno federal al cual proclamo enteramente ajeno a tan desagradables episodios [Se refiere a la recepción que el Gobierno de la provincia de Salta ofreció a Juan Pablo Lojendio, represente del llamado “Gobierno de Burgos” en la Argentina] (Ossorio y Gallardo, 1938c).

A fines de 1938, Ossorio recorrió el interior del país, visitando las provincias del centro y noroeste argentinos: Chaco, Tucumán, Santiago del Estero y Mendoza, donde fue recibido por las figuras prominentes del arco progresista provincial y local. Así, se fue ampliando la red de izquierda democrática que sirvió de sostén al movimiento de ayuda a la República Española. En algunos casos, esas conferencias en salones o esos discursos en actos públicos se transformaron en textos editados y difundidos, que alcanzaron cierta repercusión.

Fueron continuas las muestras de admiración y afecto que cosechó Ossorio durante su estancia en la Argentina, y así lo informaban los voceros periodísticos más próximos a su posición:

El embajador español, señor Ossorio y Gallardo, sigue recibiendo muestras inequívocas de simpatía, respeto y admiración de parte de la opinión argentina. Va en ello implícita, desde luego, la fervorosa adhesión a la República Española, acrecentada por el trance por que pasa el pueblo español (España Republicana, 3 de septiembre de 1938).

Con la caída de Barcelona en poder de los nacionales (noche del 25 al 26 de enero de 1939), el embajador publicó una carta, que sin duda se podía inscribir en esa posición que aludimos de respeto y defensa de Cataluña –de ser catalanista sin ser catalán– y de búsqueda de una convivencia armónica entre las partes del Estado español:

Españoles:

Es muy legítimo que para calmar vuestra ansiedad en estas horas difíciles queráis conocer el juicio de vuestro Embajador. Os lo diré con toda lealtad.

Fuera de la caída de Barcelona, que parece ya indiscutible aunque el Gobierno no la ha comunicado, nada sabemos de lo que ocurre en España. […]

Las circunstancias adversas para nuestra República, lejos de poner término a nuestros deberes los multiplican y exaltan. Ahora mismo tenéis que derrochar vuestra enérgica actividad para amparar a los cientos de miles de personas que huyen de Cataluña […]. Pero después de cumplir esta obligación tendréis que seguir luchando, trabajando, gastando dinero y aplicando actividad para defender el sentimiento de la libertad, no sólo librando el mañana de España sino también formando el baluarte de esa defensa en el pueblo donde vivís y que fraternalmente os acoge. La causa de la libertad es universal. Defendedla para España y para la Argentina. Uníos respetuosamente al Gobierno legítimamente constituido. Luchad por los derechos del hombre y del ciudadano. Luchad por la independencia de las tierras. Luchad por los fueros del espíritu.

Os pido, pues, que mantengáis vivos y ardorosos vuestros Centros, que sigáis concurriendo a las suscripciones, que meditéis sobre las necesidades del porvenir y, en suma, que os juzguéis como combatientes en un estado de guerra que ya es universal y que no dejará a nadie disfrutar de una paz egoísta.

Hoy, como ayer y como siempre, vuestros gritos deben ser: ¡Viva España! ¡Viva la República! ¡Viva la Libertad! (España Republicana, 28 de enero de 1938).

Pocos días después de escribir estas líneas, el Gobierno argentino –siguiendo la iniciativa trazada por la diplomacia británica y francesa– decidió reconocer a Franco como el gobernante de facto de España. Ossorio se vio obligado a dejar la embajada a las autoridades argentinas, quienes, a su vez, la entregaron a Juan Pablo Lojendio, hasta entonces representante oficioso de Franco en la Argentina. Así terminaba un rosario de deserciones que involucró a muchos de sus colaboradores decididos a procurarse una mejor posición ante los flamantes amos.[15]

Plenamente asumidas la soledad y la incomprensión que lo fueron cercando, quedaron plasmadas en uno de los relatos de la entrega de la sede diplomática:

Las cosas de la guerra fueron de mal en peor. Italia y Alemania nos atacaron. Pero las que nos mataron fueron Francia e Inglaterra.

Consumada la derrota tuve que entregar la Embajada y no pudiendo hacerlo decorosamente al representante de Franco, lo hice al Secretario general del Ministerio quien, juntamente con otros funcionarios, me prodigaron deferencias y atenciones discretísimas.

A la salida, en un taxímetro, un hombre se acercó a la ventanilla y me gritó:

– ¡Atorrante!

Era un sacerdote. No pude menos de reconocer la legitimidad de su acto. En aquel momento obraba como un representante perfecto del espíritu de la Iglesia para con España (Ossorio y Gallardo, 1941a: 179).

El embajador exiliado, la última batalla

Tras abandonar la embajada en febrero de 1939, su labor como conferencista y polígrafo continuó y se amplió, pues, como ha señalado,[16] su facilidad con la pluma y la palabra fueron las que le permitieron sobrevivir tanto a él mismo como a su numerosa familia (esposa, hijos, nueras, nietos y hasta tías), cuyos integrantes llegaron como exiliados a Buenos Aires con el fin de la guerra.[17]

Aunque pueda parecer paradójico, sería este período de aparente debilidad el que lo reconciliaría con su entorno argentino:

La buena sociedad bonaerense se mantuvo, como en todas partes, de espaldas. Para ella nosotros no éramos un Gobierno legítimo, sino una pandilla de comunistas. Por fortuna, cuando perdimos la guerra, las cosas cambiaron en absoluto y entonces la República modificó un tanto su actitud. Lejos de empujarme con la punta del pie, como suele ocurrirle a todo el que se ve vencido, cambió su trato y no sólo el mundo intelectual, en el que yo me movía, sino muchas gentes distinguidas y señoriles me abrieron las puertas de su casa y me trataron con suma deferencia. Por lo visto, el comunista ya había pasado y sólo quedaba el viejo abogado y escritor español que había venido a representar, legítimamente, un país corriente como cualquier otro. La situación varió completamente.

Sólo lo diplomático y lo oficial han seguido siendo hostiles para mí. Aislado en mi casa y entregado a mis escritos, guardo relación con un mundo medio, especialmente con el intelectual. Literatos y profesores, editores y periodistas, son los que me rodean, y con orgullo puedo decir que constituyen una sociedad pletórica de encantos y cortesías. Si a algún otro mundo se parecen –fuera de las identidades españolas- es al de París, con él guarda notables semejanzas (Ossorio y Gallardo, 1946: 216-217).

En su nueva situación de exiliado, Ossorio se vio forzado a vivir algo por debajo del nivel económico al que había estado acostumbrado, pero sin llegar a situaciones de extrema necesidad, sin que fuera óbice para que declarara con sinceridad que:

[Al salir rumbo a Ginebra] No llevábamos más que las ropas de nuestro uso indispensable. Ni dinero, ni libros, ni cubiertos, ni obras de arte, nada. Esto explica que al llegar la catástrofe final, yo haya perdido cuanto tenía y me haya encontrado en medio del arroyo (Ossorio y Gallardo, 1941a: 150).

Pese a la leyenda que este auspiciara, no parece cierto que se viera totalmente imposibilitado de retomar en Buenos Aires su carrera jurídica por no haber convalidado su título de abogado en su momento.[18] Quizás el impedimento deba situarse en algún engorroso trámite de reválida que no buscó eludir. Otros hombres del foro español en idéntica condición de refugiados sí retomaron la práctica judicial al revalidar sus títulos. Una de las casas de altos estudios preferidas era la Universidad de La Plata, al conjugarse la tradicional vinculación con la Extensión Universitaria ovetense (viajes de Posadas y Altamira, figura de J. V. González) con un costo sensiblemente menor en la tramitación.[19] Pero, quizás oculto detrás de esta excusa, se vislumbraba un prurito mucho mayor que en perspectiva adquirió su plena fuerza: el fantasma temible del peronismo. Sospecha Martínez Val, y se apoya en sus conversaciones con Álvaro Ossorio Florit, que:

[…] de quererlo de verdad, Ossorio y Gallardo hubiera podido ejercer la Abogacía en Argentina. Me inclino a creer que no lo hizo por discrepar, en principio, de las formas procesales allí imperantes y hasta del usus fori y después por el rechazo total al régimen peronista. La implantación de éste llegó a producirle una depresión psíquica. El rechazo lo sintetizó con esta frase: Es un coronel y eso me basta…” (Martínez Val, XXX: 109).

Cinco años exactos se habían cumplido entre el 4 de junio en que llegó al Plata y el día del golpe del GOU y la perspectiva de este civilista republicano no podía ser más trágica en lo referente al futuro quehacer político. Como en otras partes del globo, muchos empezaban a quedar de lado en las coordenadas de los nuevos tiempos y veían defraudados sus anhelos de libertad.

Su labor incansable en la prensa lo llevó a ser colaborador en varios periódicos, tanto en la Argentina como en otros lugares de América, y así lo declaraba:

He colaborado aquí en Crítica, Noticias Gráficas, Ahora, Argentina Libre, La Ley y otras revistas y diarios.

Fuera de aquí escribo habitualmente en La Nación de Santiago de Chile, El Día de Montevideo, El Nacional de México, El Tiempo de Bogotá, Revista de Indias de la misma capital, Pueblo de La Habana, Universidad de la misma ciudad, El Universal de Caracas, Cultura de Asunción y en otras muchas publicaciones de todas partes de América.

Si a esto se añade la colección innumerable de folletos, revistas, semanarios a dónde van los frutos de mi pluma, sin exageración, puede calificárseme de escritor incansable.

Los que se cansarán serán mis lectores (Ossorio y Gallardo, 1946: 224).

Debemos agregar en la nómina de publicaciones periódicas la revista libro El Mundo de la Postguerra,[20] publicación ad hoc, similar a Selecciones del Reader’s Digest, dirigida por José Mora Guarnido y publicada por Editorial Mundo Atlántico de Buenos Aires. En ella compartió plana con otros republicanos connotados, como el general Vicente Rojo, Luis Jiménez de Asúa, Guillermo Díaz Doin o Niceto Alcalá Zamora. Otro de sus “colegas” fue Alberto Gerchunoff.[21]

Pese a tales sombras, en estrecha y fiel relación con la derrotada República Española fue ministro sin cartera del Gobierno de Giral en el exilio.[22] Obviamente, su compromiso fue coherente con su trayectoria, y no debe sorprender entonces cómo buscó servir sus dos perpetuas lealtades: católico y republicano. En ese contexto, volvió a su preciado tema político de la democracia cristiana con su contribución de 1942 a los Cuadernos de Cultura Española. El titulo nos descarga de toda duda: La guerra de España y los católicos. Esta serie de publicaciones del Patronato Hispano-Argentino de Cultura, con sede en Bartolomé Mitre 950, lo cruzó de nuevo con figuras graneadas del republicanismo: Casona, Alberti, Barcia, Manuel Serra Moret, Francisco Madrid (su antiguo colaborador en la Embajada), Jiménez de Asúa, Díaz Doin, Martínez Barrio, Guillermo de Torre, Luis Méndez Calzada, C. Sánchez Albornoz, María Teresa León.[23] Los precios –un peso, luego un peso y medio– dirigían la colección a un público verdaderamente amplio, con la posibilidad de suscripciones aún más ventajosas.

A través de la Editorial Americalee, en 1944 profundizó la línea de exposición doctrinaria pues presentó en la serie “Los Fundamentos” su Los fundamentos de la democracia cristiana, que formaba parte de una lista de manuales sobre temas de actualidad que buscaban “soluciones que se ofrecen al mundo desorientado en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial”. La intención era una respetuosa ampliación de la encíclica rerum novarum, como piedra basal de la moderna participación política de los católicos. La experiencia de la II República exigía una definición de principios que le diera solidez y atractivo en un momento de desasosiego internacional.

Ossorio y Gallardo es recordado aun entre quienes lo trataron por su destreza como conferenciante, actividad a la que le supo dedicar tiempo, pues se constituyó en una redituable entrada económica de la familia. El predicador consciente se mezclaba con el orador, y de muchas de esas sesiones quedaron testimonios o guías de exposición que lo descubren como un docente desde tan variadas cátedras. En sus memorias es explícito:

Así, pues, hube de ponerme a hablar y a escribir. Por generosidad de los bonaerenses, se me abrieron las tribunas de todas partes y he hablado en multitud de academias, ateneos, universidades, institutos y casinos. He cultivado los temas más varios y he tratado asuntos de mi país, de mi profesión y de orden general. Ello me ha permitido, de paso, conocer regularmente la Argentina y apreciar sus virtudes (Ossorio y Gallardo, 1946: 223).

Sin tener que profundizar mucho en el rubro, se pueden encontrar algunos ejemplos que nos exponen lo abigarrado de su trabajo. En abril y mayo de 1940, dictó una serie encadenada de conferencias en el Teatro del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires y en la Universidad Popular de La Plata, y que fue recogida en texto ampliado en su libro Orígenes próximos de la España actual (de Carlos IV a Franco).[24] Casi de seguido –entre julio, agosto y septiembre–, lo encontramos dictando, bajo el patrocinio de la Asociación de Abogados de Buenos Aires y en los salones del Instituto Libre de Segunda Enseñanza, otra tanda de conferencias tituladas “La reforma del código civil argentino”.[25]

Tienen igualmente su origen en unas conferencias universitarias platenses de 1942 el manual de deontología profesional publicado bajo el título de El Abogado[26] en dos tomos por la editorial EJEA, de su amigo Santiago Sentís Melendo, que vieron la luz de la imprenta en conjunto a diez años del fallecimiento del autor y conferenciante, dada la demanda del público joven.

Podemos apreciar que tan variadas actividades no lo apartaron totalmente del foro, aun cuando escogió no ejercer de forma plena. Algunas de sus conferencias volvían sobre el asunto judicial, pero su prestigio como jurista más allá de la península y la República Argentina era tal que, en aquellos años, se lo convocó para redactar el Anteproyecto de Código Civil boliviano (1943),[27] por encargo del Gobierno de Bolivia.

Entre otras obras publicadas a partir de su estancia porteña, y de este rubro, se encuentran: El contrato de opción (1939);[28] Cuestiones Jurídicas de la Argentina; La trilogía Nociones de Derecho político; Nociones de Derecho internacional y Nociones de Derecho Civil. En La Habana se publicó Matrimonio, divorcio y concubinato.

Como no podía ser de otra manera, la editorial Claridad, en su “Biblioteca del Autodidacto”, publicó de nuestro hombre Los derechos del hombre, del ciudadano y el Estado (Ossorio y Gallardo, 1941b).

En la línea didáctica y divulgativa del campo del derecho, podemos reparar en las Cartas a una señora sobre temas de derecho político, que reeditó Losada en su afamada colección “Cristal del Tiempo”[29] (serie en la que se publicó La velada de Benicarló, diálogo sobre la guerra de España (1939), de Manuel Azaña, y que homenajea a Ossorio como un personaje dentro de la trama del diálogo).

Justo a caballo de la didáctica y la oratoria del conferencista, Ossorio nos legó otros textos[30] que son muestra de su estilo y de su personal preocupación historiográfica.[31] Espiguemos, a guisa de ejemplo, en títulos como El pensamiento vivo de Fray Francisco de Vitoria (1943). El autor escoge glosar en una cincuentena de páginas la vida, obra y contexto de un pensador reiteradas veces invocado para justificar –en última instancia– la independencia continental desde una tradición tomista y fundamentalmente española. A continuación, luego de dar precisiones bibliográficas y nóminas de obras del clérigo, se presenta una antología de textos en un formato accesible. Esa era la intención de los Losada cuando encararon la llamada “Biblioteca del Pensamiento Vivo”: dar ubicación y transcripciones (o traducciones desde fuentes prístinas) de autores del pensamiento universal.

Así Romain Rolland escribió sobre Rousseau; Maurois lo haría sobre Voltaire; Gide sobre Montaigne; Trotski se encargó de Marx; Zweig de Tolstoi; si Heinrich Mann repasó a Nietzsche, Thomas lo hizo con Schopenhauer. El toque oriental –precursor del “dialogo de las culturas”– lo daba A. Doeblin explayándose sobre Confucio. La colección, en su versión original probablemente francesa, se hispanizaba con Ossorio y su Vitoria, con Francisco Ayala y su exposición sobre Saavedra Fajardo, y la de Felipe Jiménez de Asúa sobre Cajal. Sería Ricardo Rojas el encargado de realizar lo propio con nuestro Sarmiento.

La idea de una “polifonía” cultural de los pueblos por ser escuchada y, lo que en concreto era más importante, por ser ejecutada por referentes intelectuales supuestamente equidistantes, antifascistas y progresistas preanunciaba los esfuerzos de organizaciones como la Unesco, que bien podrían haber acogido al inquieto Ossorio si la muerte no se hubiera adelantado.

De un orden muy semejante, pero de ámbito menor, fue el compromiso con sus paisanos peninsulares en el reconocimiento a figuras indiscutidas; como ese que lo llevó a participar del homenaje a Gaspar Melchor de Jovellanos,[32] al cumplirse el bicentenario de su nacimiento (1744-1944). El Centro Asturiano de Buenos Aires, al que se plegaron los de La Habana y México, organizó una serie de actividades culturales que reunieron a destacadas firmas del momento, exiliados unos y amigos de ellos, otros. Ossorio volvió a cruzarse con Méndez Calzada, que, pese a ser jurista y profesor de la Facultad de Derecho, se encargó de glosar la vida del tribuno, dejándole precisamente a Ossorio la posibilidad de explayarse sobre “Jovellanos Jurista”, después de que Augusto Barcia Trelles lo enfocara como “Jovellanos Político”. Claudio Sánchez Albornoz lo examinó en su relación con la disciplina histórica, y nuestro compatriota Julio V. González, desde su posición socialista y académica, lo encaró en el texto “Influencia de las ideas de Jovellanos en la gesta emancipadora argentina”. Como aclarara la comisión organizadora del evento, al comienzo del lujoso volumen que reunió la docena de trabajos, eran

[…] hombres que como él han tenido que conocer las penalidades del exilio, se adentraron en ella para interpretar las páginas más dignas de la época que le tocó vivir, y decir a sus contemporáneos lo mucho y bueno que Don Gaspar Melchor hizo por una España mejor y por una España más digna (AAVV, 1945: XXXX).

La posibilidad de verse reflejado en el personaje que un jurista como Ossorio podía hallar fue aprovechada por el exembajador para disertar largamente sobre la pluma literaria de Jovellanos y los ejemplos e intríngulis de su obra teatral “El delincuente honrado”. Ángel Ossorio y Gallardo podía explayarse al coincidir en mettier y en caminos literarios de difusión de sendas posturas legalistas; el espejo era evidente y reversible, y, si no, reparemos en un párrafo del cierre de su intervención en el cual describe la genealogía de su propia y laberíntica posición de conservador reformista, filiándola al fin en Jovellanos:

Por todas partes de la nota que comento, brotan pensamientos e ilustraciones que hacen de este hombre singular un verdadero liberal-conservador, como acabaron llamándose los conservadores españoles después de 1868. En todo fue un vidente y un precursor (Ossorio y Gallardo, 1945: 162).

En la veta historiográfica de la difusión básica, y siendo uno de los últimos trabajos publicados en vida, presentó a través de la editorial Mundo Atlántico su Diccionario político español, histórico y biográfico (desde Carlos IV hasta 1936). La obra pertenecía a la colección “Diccionarios de Nuestro Tiempo” que dirigiera el doctor Guillermo Díaz Doin,[33] su conocido de El Mundo de la Postguerra (y antes, de los Cuadernos de cultura española).

En esta obra, con cierto gracejo e ironía, volcó su fichero personal de personajes y hechos de ese siglo y tercio de historia contemporánea española, como algo había adelantado en las conferencias que conformaron en 1940 su Orígenes próximos de la España actual.

La muerte no tardaría en llegarle, en una República Argentina que, para su desencanto final, y como recordaría su hijo, empezaba a estar regida por “un coronel”. Un presidente que haría gala extrema –en esos años iniciales de mandato– de una tan exhibida como engañosa lealtad a la España de Franco. El 19 de mayo de 1946, a causa del agravamiento de su diabetes crónica, moría en Buenos Aires Ángel Ossorio y Gallardo, último embajador de la República Española en nuestro país.

Palabras finales

Para entender la inserción de Ossorio y otros exiliados en la Argentina, es necesario conocer la existencia y operatividad de una serie de redes, algunas de las cuales pueden fecharse a partir de los años veinte,[34] que posibilitaron el diálogo político, intelectual y personal entre ambas orillas. Pero fue sin duda el movimiento de solidaridad que se formó durante los años de la guerra civil el que abrió los canales para la posguerra.

Aun así, y pese a las continuas muestras de afecto que recibió en este país, Ossorio pasó los últimos años de su vida con el desasosiego propio de los españoles de su generación, con una sensación de haber hecho una labor estéril y, en definitiva, con una gran soledad:

Sin embargo, estos empeños político-sociales míos fueron fracasando uno tras otro y mis sueños de esta especie jamás llegaron a tener realidad. Fracasó ante el maurismo, fracasaron mis reacciones contra la dictadura, fracasó mi actuación contra la mal llamada guerra civil, fracasaron todos mis conatos en busca de una esencial libertad política, de unos procedimientos conservadores y de un diáfano avance social. La razón resultó clara. Mis compañeros en todas las empresas coincidían totalmente conmigo en los ideales sociológicos, y no eran ellos ciertamente más remisos ni más cobardes que yo; pero en lo político eran más atrasados y su conservatismo no era liberal como el mío, sino que tenían puntos reaccionarios (Ossorio y Gallardo, 1946: 133).

Esta reivindicación de las posiciones intermedias, de la ecuanimidad por encima de las banderías partidistas, se encolumnaba en principios no coyunturales en Ossorio, ni restringidos al conflicto civil español. En sus Memorias recuerda los enfrentamientos que empujaron su salida del Decanato del Colegio de Abogados de Madrid:

En una Junta general, el joven letrado José Antonio Primo de Rivera, iniciador entonces del grupo político “Falange Española”, cuyos frutos bien conoce España, se resolvió a iniciar una campaña contra mi criterio y mis obras como decano, porque yo representaba un sentido liberal bien definido y perseverante contra el totalitarismo que él venía a encarnar. […] Convoqué una junta formal general en solicitud de un voto de confianza. Lo obtuve […] pero inmediatamente presenté mi dimisión, pues estimé que mi presencia en el cargo entrañaba un problema político y quitaba a la corporación su verdadero carácter. […] Haber dedicado toda mi vida a la defensa de la abogacía para acabar siendo el representante de un partido frente a otro y el personero de una opinión luchando con otra, era el fracaso de toda mi vida (Ossorio y Gallardo, 1946: 196-197).

En esta cala en el asunto y la densa problemática que encarnaba Ossorio y Gallardo, podemos tomarnos circunstancialmente la libertad de dejar al personaje en ese candente Madrid de los años treinta y volver a verlo en el Buenos Aires de los años cuarenta.

Allí la parábola de su vida dio un vuelco terrible que, en su carácter íntimo, no puede obviarse pues, en definitiva –y como tantos otros intelectuales que sufren exilios–, se vio despojado de una nacionalidad que lo amparara cabalmente. Pero en su caso el pasaje fue más rotundo al dejar en 1939 la sede de la embajada que le fue confiada. Al cesar abruptamente en sus funciones, pasó sin reparos –y conste que escogió no procúraselos– desde la más alta dignidad hasta la casi condición de paria internacional (sin poner en juego su dignidad personal, sin arriesgar ni un ápice de su dignidad personal). Bajo ningún aspecto debió ser una experiencia fácil de digerir para un hombre acostumbrado a tomar opciones con el reaseguro de su posición (académica, social y de respeto) y unas reglas claras o tácitamente aceptadas.

Queda a la vista que su condición vivencial de exponente de un estilo político (y de una pautada cortesía) estaba siendo desbordada por unas maneras desaforadas (con toda la fuerza etimológica del término). De alguna manera, el estilo que representó un personaje como Ossorio y Gallardo entraba en cuarteles de invierno. La situación política de la Argentina de los años siguientes corrió una suerte similar, y otros políticos nativos quedaron fuera de foco en las antagónicas y terminantes oscilaciones ideológicas.

Pero si en los años de la preguerra mundial, y después en plena Guerra Fría, esas maneras mesuradas y esos posicionamientos medios y conciliadores ya no parecían tener la más mínima cabida, hoy pasados –que no superados– tales violentos momentos estamos en la obligación de recuperar tales memorias como ejemplos de convivencia progresista, más allá de cualquier filiación política de salida. Es por ello por lo que estudiar los avatares de la vida política e intelectual de Ángel Ossorio y Gallardo, con sus condimentos humanos, es, además de una tarea académica o profesional, una forma de brindarle nuestro homenaje y llamar la atención sobre aspectos de su ejemplaridad que bien nos convendría recordar ahora. Debido a que no le damos la razón, ni consideramos justo su propio veredicto, es mejor espigar otro recuerdo suyo en el cual, aun aludiendo a otras personas, sabemos que se refiere a él mismo:

Alego esto con orgullo porque la vida de los refugiados republicanos españoles es igual a la mía. Todos viven con igual ejemplar modestia, todos trabajan de la misma manera. Si a alguno puedo envidiar es a un teniente coronel que vive hoy dedicado con fortuna a la confección de ropas hechas. Arbitrios semejantes son los que hacen todos los demás.

Pasarán los tiempos. Se desvanecerán las leyendas. Se borrarán los cuentos imaginativos. Y cuando las pasiones se hayan calmado (si es que se calman alguna vez) quedará establecida la verdad de que los republicanos españoles que vivimos aquí refugiados fuimos un puñado de hombres de bien que dejamos patente el ejemplo de nuestra limpia conducta y nuestra honradez inmaculada (Ossorio y Gallardo, 1946: 224).

Referencias bibliográficas

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Tusell, Javier (1986). Historia de la democracia cristiana en España. Madrid: Sarpe.


  1. Un apunte biográfico sobre su padre se encuentra en las Obras escogidas de Manuel Ossorio y Bernard, publicado en 1928 por Ángel y su hermana [María de] Atocha, quien también fuera periodista.
  2. Nos legó la transcripción del acta de esta Junta en la que deslinda responsabilidad y posteriormente presenta su renuncia al cargo de gobernador civil (Ossorio y Gallardo, 1946: 89-90). Para no esquivar el bulto terrible del fusilamiento Francisco Ferrer y Guardia, hará alusión a su ausencia en funciones políticas al llevarse a cabo el aciago proceso contra el libre pensador y “pedagogo” de la “Escuela Moderna” (Ossorio y Gallardo, 1946: 91-92).
    Para que todo sea dicho en otra de sus obras autobiográficas –La España de mi vida (1941a)–, intentó alguna defensa en este particular de su mentor Maura, quien quedaría ligado para siempre a este hecho de sangre. Su sofisticada explicación es más atribuible a su lealtad sin baza al político mallorquín que a otra razón de peso: “El dilema es inexorable. ¿La sentencia de muerte fue justa? Pues entonces no hay que extrañarse de que el Gobierno [gabinete Maura] no indultara. ¿La sentencia fue injusta? En tal caso hay que combatir al Tribunal militar que la dictó. Pero excluir la responsabilidad de los Jueces porque tienen sable y concentrar la ira contra Maura porque era un caballero particular que no podía defenderse, ni es contingente…ni es heroico” (Ossorio y Gallardo, 1941a: 55).
    Para una versión nada personal de los acontecimientos de Barcelona, de cómo se fraguaron y del importante contexto sociopolítico regional, vale la referencia al ya clásico trabajo académico de Joaquín Romero Maura (1974). En él, y merced a los ricos archivos de correspondencia de las familias Maura, Cambó y La Cierva, no queda tan pulcramente ubicado nuestro biografiado. Resulta fundamental tener en cuenta la triple división entre catalanistas, populistas republicanos (seguidores del controvertido Alejandro Lerroux) y anarquistas, y a su vez las relaciones con el fraudulento sistema político central.
  3. La inequívoca ligazón entre esta ardua etapa y su fervor catalanista queda comprobada al declarar en 1941a: “Para la liquidación de mi conducta como Gobernador de Barcelona, sólo me resta apuntar un dato. Treinta y dos años han pasado desde que salí de allí. Desde tan lejano momento hasta el día en que perdimos la guerra (momento en que he quedado totalmente incomunicado con España) catalana ha sido una gran parte de mis amistades; mi bufete se ha nutrido, lo menos en un tercio; con pleitos de Cataluña, he sido colaborador de La Vanguardia, he dado conferencias a porrillo en todo el territorio catalán, eran muy compenetrados conmigo los hombres de la Liga Regionalista [forma diagonal de aludir al influyente Francesc Cambó] lo han sido luego los gobernantes republicanos de la Generalidad, he defendido en el Parlamento y en los Tribunales el Estatuto de Cataluña, he sido abogado del Presidente Companys en su memorable proceso, he dado fiestas a los catalanes, me han llevado ellos a las suyas… Estoy contento de haber sido Gobernador de Barcelona” (Ossorio y Gallardo, 1946: 55).
  4. Editada en Buenos Aires en 1943, hay una oportuna reedición en Cataluña de los años de la transición posfranquista. Apuntemos que el vínculo de Ossorio con Companys se soldó definitivamente cuando nuestro jurista aceptó gustoso ser el letrado defensor del dirigente catalán acusado por la rebelión de 1934, en su región (ver referencia en nota anterior). En ese proceso, teñido de revanchismo reaccionario, coincidió con otros letrados de prestigio, a quienes reencontraría un lustro después en el Buenos Aires del exilio. Ellos eran Augusto Barcia y Luis Jiménez de Asúa, defensor de Santiago Casares Quiroga (Ossorio y Gallardo, 1946: 219).
  5. Aunque de nuevo es Tusell (1986: 112) el que, a la vez de identificarlo claramente como un opositor al dictador, no ahorra explayarse sobre la coincidente posibilidad de acción “quirúrgica” que los ponía a ambos personajes demasiado cerca uno de otro. Igualmente, más allá de sus arengas, Ossorio no sucumbió a esa tentación y desempeñó un arriesgado papel de crítico desde los albores del nuevo Gobierno, lo que le valió incomodidades, pero luego le redituó en prestigio bien ganado.
  6. N, por Blas Vives; Un libro del abate Sturzo, por Ángel Ossorio; El conflicto entre el comunismo y la reforma social, por Carlos Ruiz del Castillo; Antonio Maura, por Ángel Ossorio; Bases para la reorganización judicial, por Ángel Ossorio; Las realidades, las posibilidades y las necesidades forestales de España, por Antonio Lleó; Balmes. La libertad y la constitución, por José María Ruiz Manent; Civilidad, por Ángel Ossorio; Los problemas previos a la estabilización de la peseta, por Blas Vives; Incompatibilidad, por Ángel Ossorio; Sentido democrático de la doctrina política de Santo Tomás, por Romero Otazo; Gobierno y parlamento, por Ángel Ossorio; La reforma agraria, por Pascual Carrión; Una posición conservadora ante la República, por Ángel Ossorio (Ossorio y Gallardo, 1946: 132).
  7. Rebelión monárquica iniciada en Sevilla el 10 de agosto de 1932 por el entonces jefe de carabineros general José Sanjurjo Sacanell, apodado por sus acciones coloniales el León del Rif. Condenado a la pena capital, fue indultado y se instaló en Portugal. Desde allí, tramó permanentemente contra el Gobierno legítimo y por ello era considerado el jefe natural del golpe de julio de 1936. Su muerte en accidente de aviación el 20 de julio dejó el camino libre para que Franco incrementara su predominio. A un Sanjurjo hastiado por los melindres de Franco, se le atribuye la polisémica exclamación de que el pronunciamiento militar se haría con Franquito o sin Franquito” (aquí, y en general en el resto del trabajo, los detalles biográficos han sido tomados de Manuel Rubio Cabeza [1987]).
  8. Vaya como una muestra de la insidia el título de uno de los folletos del “Gobierno de Burgos” editado en torno a 1937: “Ni somos iguales ni hacemos lo mismo con la presentación del ‘embajador’ soviético, el exdemócrata acatólico Ossorio y Gallardo” (Colección The Herbert Rutledge Southworth Collection on the Spanish Civil War, 1937).
  9. No es nada alambicada la filiación a un común impulso ilustrado si se toman en cuenta detalles tales como que Jean Sarrailh, celebre hispanista y dieciochista francés, escogiera a este “editor de emergencia” para dar a prensa su Le pronouncement de 18 juillet de 1936. En 1954, ya rector de La Sorbonne, Sarrailh se consagraría con un libro tan rupturista como significativo en su temática. L’Espagne éclairée de la seconde moitié du XVIIIe siecle, que, como no podía ser de otra manera, traduciría y publicaría en castellano el Fondo de Cultura Económica de México.
  10. Editado en París, por Ediciones Imprimerie Coopérative Étoile, con hasta una tercera edición fechada en 1938. También –y en eso basamos nuestra afirmación de vinculación– puede localizarse una segunda edición en Buenos Aires fechada en 1937, Colección La Nueva España, sello editorial y periódico homónimo del Comité de Ayuda al Gobierno Español del Frente Popular, con domicilio en Piedras 80 de la Ciudad de Buenos Aires.
  11. Publicado originalmente París, según declara (Ossorio y Gallardo, 1941a: 171), junto con la extensa y pormenorizada nómina de la que extraemos los casos apuntados. En 1938, la Editorial Pampa, de Buenos Aires, publicó una segunda edición que llevaba precios para nuestro país, Chile y Perú, en una visión hemisférica del asunto de la difusión.
  12. Es el caso de la frondosa exbiblioteca de Leandro Pita Romero, en la que localizamos otro de los títulos de esta casa parisina Ediciones Imprimerie Coopérative Étoile, el que precedía a la obra de Vilaplana declarado por Ossorio: Yo he creído en Franco, Proceso de una gran desilusión (dos meses en la cárcel de Sevilla) de Francisco Gonzálbez Ruiz, París, 1937.
  13. Por permanecer en Francia al tiempo de la invasión alemana, fue capturado por la Gestapo, remitido a París y posteriormente entregado inerme a los servicios franquistas en Madrid. Luego de interrogatorios en la Dirección General de Seguridad, se lo remitió a Barcelona. Allí fue procesado por un consejo de guerra en juicio sumarísimo el 14 de octubre de 1940 bajo la acusación –no poco irónica por lo refleja de “adhesión a la rebelión militar” y fusilado al amanecer del día siguiente en los emblemáticos fosos del castillo de Montjuïc (tal que tres décadas antes lo fuera Ferrer y Guardia).
  14. “Los exiliados españoles con quienes más asiduamente trató en Buenos Aires fueron don Augusto Barcia, don Claudio Sánchez Albornoz, los dos Jiménez de Asua (Luis y Francisco), Rafael Alberti, Blasco Garzón y el procesalista Sentis Melendo, que le ayudó desde la Editorial EJEA. Ésta y las Editoriales Atlántida y Losada, fueron las que más asiduamente publicaron sus obras en Argentina” (Martínez Val, 1993: 115).
    Fue Losada quien le reeditó uno de sus libros clásicos: nos referimos a El Alma de la Toga, Buenos Aires, varias ediciones.
  15. No fue el caso del secretario de la Embajada Francisco Madrid (1900-1952), periodista catalán, que hubo de exiliarse en la Argentina al concluir la guerra, donde falleció.
  16. “Yo no tengo una peseta. Trabajo ardua y penosamente todos los días y sólo entra en mi bolsillo el dinero que gano con mi esfuerzo. Día y noche sujeto a mi mesa y atiendo a mis gastos únicamente con mi palabra y mi pluma” (Ossorio y Gallardo, 1946: 222).
  17. “Cuando al terminar la guerra española tiene que cesar en la Embajada en Buenos Aires, forma su familia allí mismo con su esposa, doña Rosalía Florit, su hija Josefina; sus hijos Francisco, con su mujer y tres hijos, Álvaro con la suya y un hijo, además de una cuñada, hermana de su esposa, llamada Matilde. Pero pronto se le une su hijo mayor, Manuel, con su esposa y otros dos hijos. Lo primero, para hacer frente a la nueva situación, es reagrupar a la familia que ha de buscar puestos de trabajo. Él mismo dice que al día siguiente de su cese, su hija buscó un modesto empleo para ayudar a la familia.
    Para tan numeroso grupo (16 personas) encontró una casa muy grande en la calle Huemes [sic, por Güemes, ¿error en la transcripción de la grabación?]. Cuando ya los hijos se fueron situando con sus familias se trasladó a la calle Riobamba, esquina a Arenas [sic, por Arenales] que es donde falleció acompañado por su mujer, su cuñada, su hija y un matrimonio de servicio doméstico” (Martínez Val, 1993: 115).
  18. “No tengo habilitado mi título para ejercer la profesión con la cual gané siempre mi vida porque habiéndolo traído de Madrid sin cuidarme de legalizarle, claro es que podía intentar hacerlo ahora, porque en España les sería mucho más fácil y agradable fusilarme que facilitarme un medio para luchar por la existencia” (Ossorio y Gallardo, 1946: 223).
    Muy por el contrario, y como pudo constatar Martínez Val (1993: 109), al revisar el titulo original facilitado por la familia, aparecen los correspondientes sellos y una diligencia manuscrita que dice: “Presentado en este Consulado General a los fines de V°. B°. Para su legalización, lo que se lleva a efecto por cuanto el documento presente ofrece innegablemente los signos de autenticidad. Buenos Aires, 30 de diciembre de 1938. El Cónsul General, Aremendia, [rubricado]”.
  19. Sígase de nuevo– la huella de Leandro Pita Romero, que desde la sede platense pudo revalidar su título y desempeñar una larga y provechosa carrera de laboralista. ¿No hallarían así un mejor contexto las conferencias que Ossorio dictara en La Plata en 1942 y de las cuales informamos más abajo?
  20. Localizamos hasta tres números de esta publicación entre 1944 y 1945. Es en el primero de ellos (Buenos Aires, mayo de 1944) en el que colaboró Ossorio con un artículo titulado “Hacia un nuevo Derecho civil” y allí coincidió con Rojo (“La seguridad colectiva”) y Gerchunoff (“Perspectivas del pueblo judío”). En septiembre del mismo año, el número II contaba con un artículo de Jiménez de Asúa (“El derecho penal del futuro”) y otro de Díaz Doin (“Los estados soberanos y la paz”); en el número III (junio de 1945) las coincidencias eran con Alcalá Zamora (“Regresión jurídica en el siglo XX”) y con Eduard Benes (“Hacia una paz duradera”).
  21. Tal que liberal tolerante y esclarecido laico (independiente de los dictámenes bamboleantes de la jerarquía eclesiástica), su vinculación con los sectores más representativos de la comunidad judía argentina lo llevó a merecer el artero ataque de los sectores nacionalistas y hasta clericales, como era de uso en la época. La patraña llevaba en sí la huella de una obsesión peninsular: se lo acusó de ser el jefe de los sefarditas en el Río de la Plata (Ossorio y Gallardo, 1946: 222). Más argumentos habrán podido tener cuando, en homenaje póstumo, la DAIA le dedicara un volumen conmemorativo: Ángel Ossorio y Gallardo, un gran español que luchó por el pueblo judío (1946).
  22. “Tuvo también alguna relación mientras residió en Buenos Aires con Niceto Alcalá-Zamora, hijo, pero ninguna con el padre, aunque antes de la República habían sido cordiales amigos y fue su defensor en el Consejo de Guerra. […] Mantuvo alguna correspondencia con Martínez Barrio, que llegó a designarlo también ministro de alguno de los Gobiernos en el exilio, y con Indalecio Prieto. Nunca con Negrín” (Martínez Val, 1993: 115).
  23. Demos algunos títulos en respectiva correspondencia con los autores arriba nombrados: Casona, Una misión pedagógico-social en Sanabria; Alberti, El poeta en la España de 1931; M. Serra Moret, La reconstrucción económica de España (ensayo especulativo sobre un futuro probable); F. Madrid, Las últimas veinticuatro horas de Francisco Layret; Jiménez de Asua, Anécdotas de las Constituyentes; Díaz Doin, El pensamiento político de Azaña; Martínez Barrio, Orígenes del Frente Popular; de Torre, Menéndez Pelayo y las dos Españas; Méndez Calzada, Joaquín Costa, precursor doctrinario de la República Española; Sánchez Albornoz, Frente al mañana; M. T. León, La historia tiene la Palabra –Noticia sobre el salvamento del tesoro artístico de España-. Quedaban en prensa obras de Indalecio Prieto, lo que en una visión panorámica nos muestra un abanico amplio y representativo de todas las fuerzas republicanas.
  24. Son seis secciones, originadas en respectivas conferencias de tema histórico español. Sus títulos buscan deliberadamente el impacto y hallan su razón en el presente del autor: “El Pueblo traicionado”, “El Pueblo abatido”, “El Pueblo desorientado”, “El Pueblo anestesiado” “Resurrección y asesinato”. Publicado ese mismo año de 1940, en el mes de agosto por vía del editor Aniceto López, vinculado a las ediciones de la Universidad de Buenos Aires. Fue acompañado de “varios apéndices históricos” que no eran otros que los folletos de su período político peninsular previo a la proclamación de la II República, de cierto valor histórico.
  25. Nuevamente las publicó López, en Buenos Aires, al año siguiente, 1941, con el subtítulo aclaratorio “Comentarios al proyecto que se estudia sobre la materia”.
  26. Son dos tomos, la casa editorial era EJEA (Ediciones Jurídicas Europa–América), y recopilan guiones de conferencias que dictara en 1942 en la Universidad de La Plata. El primer tomo transcribe con adaptaciones al ámbito americano su clásico El alma de la toga, en la sexta edición. Llevan un pequeño prólogo de su hijo Manuel Ossorio y Florit.
  27. Cabe apuntar, para demostrar la capacidad de adaptación regional de Ossorio, el importante aparato comparativo de este proyecto con sus similares latinoamericanos, y más aún el voto firme sobre el valor social de la propiedad, tomado igualmente de las constituciones más actualizadas de la época.
  28. Había una antigua edición en España, del año 1915.
  29. En España, antes de 1931, había editado otras Cartas a una muchacha sobre temas de Derecho civil. Hallaremos un curioso antecedente de este camino de cartas ficticias en el elogiado libro de su padre Cartas a un niño sobre Economía política (Ossorio y Gallardo, 1941a: 184).
  30. Quedan desperdigadas otras obras de las que da cuenta la nómina no exhaustiva que confeccionara en los capítulos finales de su autobiografía (Ossorio y Gallardo, 1946: 223-224). Son ellas: Agua Pasada (Discursos y escritos de guerra), El mundo que yo deseo, Mujeres (Libro que no deben leer las mujeres), La gracia (publicación humorística), La palabra y otros tanteos literarios, y Diálogos femeninos.
  31. Otro título que demuestra cómo fue aquerenciándose en estas tierras fue Rivadavia visto por un español (Estudio biográfico del prócer argentino).
  32. La vida y la obra del gijonés Jovellanos dio siempre posibilidades para interpretaciones reivindicativas de lo más variopintas. Vaya como muestra la pareja exaltación que mereciera de parte de Manuel Fraga Iribarne y de sus adversarios socialistas, por el sencillo expediente de recortar la parte afín de un hombre moderado y patriota, reformista y, por tanto, muy alejado de todo cambio violento.
  33. Díaz Doin, además de dirigir esta colección, publicó en ella un Diccionario político de nuestro tiempo. En la misma editorial Mundo Atlántico, había publicado 236 Biografías sintéticas –políticos y militares, y Madrid – Londres – Moscú, (Las tres resistencias). El tercero de los diccionarios publicados en 1945, en este caso un Diccionario económico, lo había compilado el economista Profesor Manuel Serra Moret (también de los Cuadernos de cultura española) y se preparaba un Diccionario de ideas e ideales católicos, de A. Redín.
    Otras obras de Díaz Doin las había publicado un impresor frecuente del círculo de republicanos exiliados, el ya citado Aniceto López (en el caso de Díaz Doin fueron: mo llego Falange al poder. Análisis de un proceso contrarrevolucionario y Entre dos fuegos. Inglaterra, Rusia, Hitler, ambos libros aparecidos en Buenos Aires y de tono abiertamente aliadófilo, aún lejos del espectro de la Guerra Fría).
  34. Y que en algunos casos, como el del asturiano Rafael [Fernández] Calzada –tío de Luis Méndez Calzada–, pueden llegar a las postrimerías del siglo XIX. Estudio aparte merece otro viejo conocido de Ossorio, de sinuosa vida política, como Francesc Cambó, con tantos intereses (políticos, crematísticos, “culturales”, etc.) en el Plata, contradictoriamente también exilado y fallecido en 1947.


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