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Lectores y periódicos españoles en la Ciudad de Buenos Aires (1870-1910)

Marcelo Garabedian

La práctica de la lectura en la ciudad porteña

Este capítulo tratará de analizar el desarrollo de la prensa española publicada en Buenos Aires por inmigrantes que buscaron ocupar un “sitial” en el mundo de la prensa porteña. Para ello será necesario indagar cómo fue creciendo el espacio de la prensa y sus lectores, dentro de una ciudad que comenzó a experimentar cambios urbanísticos y demográficos trascendentales durante el último cuarto del siglo XIX.

Adolfo Prieto es, al respecto, una referencia insoslayable. En su libro El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna (Prieto, 1988), dedica una buena parte del texto a la “configuración de los campos de lectura”, objeto del primer capítulo[1]. Si aceptamos la hipótesis de que la lectura de la prensa periódica debe entenderse dentro de un sistema vivo de relaciones, entonces la clave del análisis debe partir, tal como lo concibió Prieto (1988: 13), por comprender la magnitud, y también el recorte, del campo a estudiar. A partir de la década de 1870, el mundo de la prensa periódica porteña inició una “onda expansiva casi sin paralelo en el mundo contemporáneo, y por sus huellas materiales es posible, siquiera con una gruesa aproximación, inferir el techo de lectura real de la comunidad a la que servía” (Prieto, 1988: 14). A más de veinte años del trabajo de Prieto, otro autor, William Acree (2013), rescata las mismas líneas de interpretación al afirmar que para él:

[…] la cultura impresa se forma a través de los vínculos que conectan los públicos lectores, tanto alfabetos como analfabetos, con los medios impresos y los textos, lo que a menudo va más allá de la esfera de la palabra escrita. Más específicamente, concierne a las relaciones entre las prácticas de lectura y escritura por un lado, y las conductas sociales, los valores individuales y colectivos, las transacciones económicas, las decisiones políticas, las instituciones estatales y las ideologías por el otro (Acree, 2013: 16).

Haciendo nuestras también estas ideas de una “comunidad de lectores interrelacionados y una relación viva en cuanto al mundo de la lectura cotidiana”, nos dedicamos a observar una dimensión cuantitativa del mundo de la prensa periódica. En un aspecto más general, una mirada de largo plazo nos indica el crecimiento que, junto con la ciudad y la población, experimentó la prensa periódica, elemento que distinguió a la Argentina sobre sus pares de Iberoamérica. En el año 1877, con una población de poco más de dos millones de habitantes, circulaban 148 periódicos, cifra que aumentó rápidamente para el año 1881 con 165 periódicos, para subir en 1882 y con una población estimada de tres millones de habitantes, a 224 diarios y revistas, y a 407 cuatro años más tarde. Para comienzos del siglo XX, con una población estimada en los cuatro millones de habitantes y con una Capital Federal que largamente superaba el millón de habitantes, los diarios de aparición matutina, sumados a las revistas, poseían una tirada diaria de 200 000 ejemplares. Solo el diario La Prensa llegó a tener tiradas extraordinarias de 70 000 ejemplares en un día, cuando en 1869, año de su fundación, editó 700 ejemplares. Los diarios más importantes de la época fueron La Nación, La Prensa, La Tribuna, El Nacional, El Diario, entre otros. Estas cifras hicieron verosímil la voz de uno de los personajes de la obra De Paseo en Buenos Aires (Justo López de Gomara, 1888), quien afirmaba:

Don Diego: Qué retahíla, ¡vive Dios!

¡Qué cantidad de periódicos!

Vendedor: Y esto es al salir el sol,

Que lo que es hasta ocultarse

Salen hasta veintidós.

Conde: ¿Entonces se leerá mucho?

Vendedor: Se lee mucho, sí señor (Justo López de Gomara, 1888: 5).

Esta información asistemática y fragmentada, muchas veces tendenciosa y casi siempre incompleta, ha sido concebida con las escasas estadísticas que surgían desde los censos oficiales, o bien desde las producciones que algunos hombres vinculados a las “letras” y al “periodismo”, como Zeballos, Navarro Viola o Ernesto Quesada, fueron dejando en distintas publicaciones, tratando de indagar este fenómeno particular de la prensa en la ciudad, la gran cantidad de periódicos y a su vez de lectores, que llamó la atención de no pocos viajeros que visitaban la ciudad.

Fue Ernesto Quesada quien dedicó algunos escritos para estudiar la emergencia de este fenómeno. Quien fuera director de la Biblioteca Pública de Buenos Aires publicó dos notas en el diario La Nación, con un intervalo de un año aproximadamente entre una y otra. La primera de ellas, “Estadística de la Prensa periódica de la ciudad de Buenos Aires” (Quesada, 1877: 4), se conoció el 19 de agosto de 1877, y la segunda, “El Periodismo en la República Argentina I” (Quesada, 1878: 2), el 31 de agosto de 1878. En la primera de las notas señaladas, afirmaba, no sin cierto orgullo, que una ciudad como Buenos Aires, que contaba en ese entonces con 300 000 habitantes, sostenía 44 publicaciones (20 diarios y 24 periódicos). De los veinte diarios, catorce eran nacionales y solo seis eran representantes de los inmigrantes (El Correo Español; Le Courrier del Plata; Die Heimath; L´Operario Italiano; The Southern Cross; The Standard). En la segunda de las colaboraciones, que el mismo autor ofrece como una continuación directa de la del año anterior, elabora con base en cálculos y comparaciones la relación entre población y número de periódicos de cada país, para llegar a la conclusión de que la Argentina, con sus 16 700 personas por ejemplar, se encontraba en el quinto lugar mundial, detrás de Estados Unidos, Suiza, Bélgica y Holanda, pero por encima de países culturalmente dominantes, como Inglaterra y Francia, o Prusia, Italia y Austria. En su esquema, en aquellas naciones donde predominaban la libertad y los valores republicanos, la aparición de una prensa periódica potente y diversa podía evolucionar favorablemente. Por el contrario, en aquellos países sin libertades civiles ni políticas, tales los casos de Rusia y Turquía, la relación entre población y periódicos era altísima, contando para el primero 530 000 personas por cada ejemplar y, para el segundo, 300 000 por ejemplar.

En el año 1883, Quesada publicó un nuevo artículo en la Nueva Revista de Buenos Aires sobre la prensa de la Argentina, comparando las cifras de 1877 con las del año 1882. Para este último año analizado, sobre una población de poco más de tres millones de personas, dividida por los 224 periódicos registrados, se llegaba a la cantidad de 13 509 habitantes por periódico. Esta proporción colocaba a la Argentina en el tercer lugar, solo detrás de los Estados Unidos y Suiza. Para colorear estos datos, el autor manifestaba:

[…] aquí todo el mundo lee los diarios, no uno, sino varios, desde el más encumbrado personaje hasta el más humilde changador, todos leen gacetas. Por la mañana, todos los tienen en sus casas y en las primeras horas del día difícilmente se encuentra una persona sin su diario (Quesada, 1883: 75).

El Correo Español y “sus” lectores

El 29 de julio de 1872 apareció por primera vez en la ciudad un ejemplar “prospecto” de El Correo Español (en adelante, ECE). El diario de Romero Jiménez fue el periódico más importante de la colonia española en Buenos Aires durante el último cuarto del siglo XIX. Pero no fue el único. Otros emprendimientos periodísticos que tuvieron participación en el debate de la prensa rioplatense de este período fueron: El Eco Español (1860); Imparcial Español (1865); La España (1866); La Razón española (1867); La Libertad Española (1870); El Diario Español (1871); El Correo de España (1874); El Español (1874-1875); El Diario Español (1877-1890); La España Moderna (1880); La Nación Española (1881-1883); La Prensa española (1885); El Centinela Español (1887); La Bandera Española (1889); El Diario Español (1890); La Iberia (1890); El Pabellón Español (1891); La Nación Española (1892); España y América (1896); El Legitimista Español (1898); La República Española (1903); El Correo de España (1909) y La Raza (1912)[2]. También existieron, por supuesto, periódicos regionales; La Baskonia, La voz de Covadonga, El Gallego, L´ Aureneta. El que más se destacó dentro de este tipo de publicaciones regionales fue El Eco de Galicia[3], órgano de la comunidad gallega de Buenos Aires, que se editó desde 1878 hasta 1900[4]. También hubo periódicos españoles en las provincias: El Eco de España en Rosario; Confraternidad en la ciudad de Saladillo (Provincia de Buenos Aires); El Español en Mendoza; Hispano en Bahía Blanca[5].

Nosotros centraremos nuestra atención en el diario ECE. Durante los primeros tiempos, ECE fijó domicilio de su Administración y Redacción en la calle San Martín n.° 103 (era a su vez el domicilio particular que ocupaba Romero Jiménez en esos primeros años). El precio por la suscripción mensual era de $ 30 m/n y el periódico aparecía con la leyenda “Diario político y de noticias, mercantil, industrial y agrícola”, mientras que él figuraba como director Enrique Romero Jiménez.

Como vemos, la ciudad ya contaba con antecedentes en lo que se refiere a la presencia de la prensa española. Este elemento, sumado al número de peninsulares residentes en la ciudad[6], puede explicar el “éxito” que alcanzó ECE al momento de su lanzamiento en julio de 1872. En nuestro caso puntual, el estudio del ECE y sus lectores representarán sin duda un desafío, en parte por un límite que nos ha marcado la inexistencia de los archivos del periódico. Esta ausencia sensible en el trazado del plan de trabajo nos impuso la necesidad de la reconstrucción a través de la triangulación de fuentes, y a veces, tomando los testimonios que emanaban desde las mismas páginas del diario, como veremos a continuación.

Transcurrido el primer mes de la publicación, apareció el 5 de agosto de 1872 una columna titulada “¡¡Mil!!”, en donde se agradecía por la acogida que había recibido por parte de los españoles. Decía lo siguiente:

¡¡Mil!!, este es el número de ejemplares de nuestro periódico que se vendieron en la mañana de ayer por los muchachos que recorrieron las calles de la ciudad. No podía esperarse menos, visto la acogida con que han sido recibido por el público nuestros primeros números y la interesante carta que publicamos ayer, debida a nuestro director, en contestación a la publicada en El Americano por Héctor Varela (“¡¡Mil!!”, 1872: 2).

Esta evidencia estadística deja entrever la importancia y la llegada del periódico entre los españoles del Río de la Plata. ECE decía ser “el fiel representante de la colonia española rioplatense”, y así lo reflejaba el 10 de agosto de 1872, al publicar una nota con el título de “Gratitud” (1872):

Si hay una compensación digna a la penosa tarea que nos hemos impuesto de mantener incólume el honor de nuestra querida patria en las columnas de El Correo Español, indudablemente es la que debe hacer dos días vienen demostrándonos nuestros compatriotas sin distinción de clases ni de opiniones políticas. Desde el alto al más pequeño, desde el pobre al más acaudalado capitalista, son muchísimas las personas que han tenido a bien felicitarnos por nuestra carta del miércoles y esta manifestación espontánea del sentimiento español nos obliga a hacer pública la gratitud que hacia todos experimentamos, y el propósito de continuar mereciendo sus simpatías y protección como hasta el presente.

¿Por qué ocultarlo? La colonia española de Buenos Aires y de la campaña ha correspondido apresuradamente a nuestras esperanzas. El Correo Español se lisonjea de hoy más en ser el representante de la prensa de sus compatriotas (p. 1).

Nuestro periódico también fue detrás de estos españoles que comenzaron a instalarse, cada vez en mayor número, en los nuevos poblados. Ya para el año 1872 y a los pocos meses de su aparición, ECE colocaba en sus páginas la lista de sus agentes en los principales pueblos del interior, seguramente aprovechando los antiguos circuitos de los periódicos que lo precedieron.

Figura 01: Cuadro de los agentes de ECE
fuera de la Ciudad de Buenos Aires

Fuente: “Agentes del Correo Español (1872: 2).

Como observamos en la columna del diario, este tenía agentes en los principales puntos del Interior bonaerense y siguiendo los cursos de los ríos Paraná y Uruguay, para internarse en las principales ciudades puerto, lo que reproducía en cierta forma los patrones productivos y mercantiles de la Argentina de las últimas décadas del siglo XIX. El 8 de julio de 1883, ECE anunciaba el surgimiento de una nueva agencia en la ciudad de Montevideo, corroborando que la extensión del diario ocupaba todo el espacio rioplatense (“Agentes del Correo Español”, 1872: 2). Al igual que los otros periódicos bonaerenses de la época, ECE buscó consolidarse territorialmente a lo largo del país, a partir del dominio de la plaza porteña y su puerto, fuente de entrada y salida de todas las informaciones que llegaban desde Europa.

En el año 1874, desde el diario se lanzó una suscripción popular para ayudar a las víctimas de la guerra civil. Según afirmaba ECE, dos años después de su aparición, la cantidad de españoles en la Argentina ya era de 50 000 (“Auxilios”, 1874: 1). Guy Bourdé (1978) afirmó en su libro que hasta el año 1885 el ingreso promedio de españoles al país fue de aproximadamente 3 000 por año, siempre tomando en cuenta que se contabilizaba a quienes ingresaban en la categoría “ultramar”, es decir, a los barcos llegados desde Europa (Bourdé, 1978: 136). La categoría “cabotaje”, es decir, desplazamientos desde países vecinos, como por ejemplo el Uruguay, no ingresaba dentro de estas cifras, por lo que podemos suponer que la cantidad podía ser mayor.

Habría que esperar hasta 1878 para tener más información sobre este aspecto de la vida del diario. Ese año fue muy duro dado que remataron su imprenta por deudas impagas. La respuesta de Romero Jiménez fue interpelar a los peninsulares para una suscripción en donde se reuniera el dinero para comprar una nueva imprenta y donarla a ECE. En una de las reuniones que se convocaron, el director propietario de ECE manifestó que este, en mayo de 1878, tenía alrededor de 480 a 500 suscriptores y que, “por fuera de los suscriptores y la campaña, posee una tirada de 2 000 ejemplares” (“Asamblea”, 1878: 1). O sea que podemos inferir, también por información que publicó el mismo diario en abril de 1878, que “no podía satisfacer la demanda de ejemplares” (“Circulación”, 1878a: 1; “Circulación”, 1878b: 1), por lo que creemos que la tirada para mediados de 1878 se ubicaría, con cálculos conservadores, en 3 000 ejemplares. Romero afirmó en mayo de 1878 que ECE le producía una renta mensual de entre $ 10 000 y 12 000 (“Asamblea”, 1878: 1) y que el periódico contaba con un personal permanente que oscilaba entre las 4 y las 5 personas, incluyendo al director. Para dimensionar estos ingresos netos de Romero Jiménez, podemos decir que la imprenta del diario se remató en febrero de 1878 en la suma de $ 28 650 m/n. En julio de 1878, un mes antes de dar por terminada la suscripción para la imprenta, se habían recaudado en todo el país alrededor de $ 60 000 (“El Correo Español”, 1878a: 1; “El Correo Español”, 1878b: 1). Para cerrar, López de Gomara se inició en ECE en el año 1880 con un sueldo de $ 1 300 m/n, lo que él consideró, ya en una edad madura, un gran sueldo para vivir muy confortablemente (“Recuerdos de antaño”, 1922: 2).

Los números de la circulación de ECE, aunque siempre aleatorios y a partir de datos fragmentarios, pueden corroborarse consultando otro tipo de fuente. El Sr. Pérez Ruano, encargado de negocios de España en Buenos Aires, tuvo una serie de enfrentamientos con ECE y su director. En la larga lista de comunicaciones oficiales realizadas desde 1874 hasta 1877 por parte de la Legación al Sr. ministro de Ultramar, pueden inferirse varios indicios. El primero de ellos es la gran cantidad de comunicaciones que les destina a Romero Jiménez y a ECE, denunciando su comportamiento en el ámbito porteño. El segundo, que se deriva de lo anterior, es el arraigo que Romero Jiménez poseía entre buena parte de los inmigrantes españoles más humildes. Al respecto, el encargado de negocios afirmaba:

[…] tomados, al acaso de los últimos números, los suscriptores y lectores habituales de “El Correo Español” pertenecen en su mayoría a la ínfima clase de la colonia española, tanto de la capital como de las provincias, gentes de carácter levantisco, refugiados muchos de ellos en estos países por haber tomado una parte activa en los diferentes movimientos políticos que han tenido lugar en España en los últimos tiempos. Y propensos siempre a aplaudir (“Despacho N° 11”, 1876).

A fines del año 1880, ECE publicó una nota titulada “Los enemigos de El Correo Español”, con motivo de la aparición de una publicación competidora titulada La Nación Española, en la que se afirmaba que la cantidad de españoles en Argentina ya estaría rondando los 100 000 individuos, mostrando un crecimiento muy importante de los residentes (“Los enemigos”, 1880: 1). En este marco, la tirada del diario venía en ascenso. Con motivo de su noveno aniversario, ECE afirmó que vendía más de 1 000 ejemplares, además de las suscripciones, y a los pocos días sostuvo que había aumentado su tirada diaria (“Noveno aniversario”, 1880: 1; “Boletín”, 1880: 1). En el año 1883, El Diario, matutino porteño de gran relevancia, saludó a ECE por un nuevo aniversario, manifestando que la publicación que ya dirigía López de Gomara, luego del fallecimiento de Romero Jiménez, poseía una tirada diaria de 4 000 ejemplares (“Noticias varias”, 1883: 2).

El dato extraoficial publicado por el diario se vio corroborado por el primer censo municipal de la Ciudad de Buenos Aires de 1887, que registró el número de periódicos y revistas que se editaban en la ciudad junto a la tirada diaria (Ciudad de Buenos Aires, 1889: 269)[7]. Allí se dio cuenta de que ECE tenía una edición de 4 000 ejemplares diarios, a pesar de estar muy por debajo de los principales diarios nacionales (La Nación y La Prensa tenían una tirada diaria de 18 000 ejemplares diarios) e incluso de los italianos (La Patria Italiana del periodista Basilio Cittadini tenía una tirada de 11 000 ejemplares, L’Operario Italiano de Aníbal Blosi, 6 000 ejemplares, La Nazione Italiana de Ángel Rigoni Stern tenía una tirada de 3 000, y L’Amico del Popolo rondaba los 1 500)[8]; esta cantidad de ejemplares era muy importante teniendo en cuenta el tamaño de la colonia española en la ciudad para ese momento (Ciudad de Buenos Aires, 1889: 545-546). El mismo censo municipal de 1887 registraba un total de 39 600 españoles residentes en la urbe porteña (Ciudad de Buenos Aires, 1889: 25-26); teniendo en cuenta este dato y también la tirada diaria del periódico (4 000 ejemplares diarios), nos da un total de 9,9 habitantes por ejemplar. Esta proporción expresa claramente la llegada que poseía el periódico entre la colonia española de la ciudad. Pero si a su vez descontamos del total de habitantes aquellas personas analfabetas o semianalfabetas, el alcance del periódico es aún mayor; según el Segundo Censo Nacional de 1895 (República Argentina, 1898: 583), el porcentaje de españoles alfabetos alcanzaba aproximadamente el 75 % de la colonia (tomando hombres y mujeres). Este porcentaje, si bien corresponde a un censo que se realizó ocho años después, puede darnos una pauta aproximada: calculando los 4 000 ejemplares diarios sobre los 29 700 habitantes españoles alfabetos de la ciudad, nos da un total de 7,4 habitantes por ejemplar.

En el año 1895 residían en Argentina unos 663 854 españoles, y en la ciudad se contabilizaban 80 352. Como consecuencia de los sucesos de la Guerra de Cuba, en 1898, el diario informó que debió aumentar su tirada diaria a 15 000 ejemplares, dada la gran demanda durante los meses del conflicto bélico (“Ecos”, 1898: 1). Habrá que esperar hasta su transformación en sociedad anónima para que se publicaran sus balances y tomaran un estado público. En el año 1903 se publicó el primer balance del diario, y, si bien no se informaba sobre la tirada de ejemplares, sí se daba a conocer la estructura de los ingresos del diario, que el Directorio estimaba de $ 11 000 netos, pero se sostenía también que, con una administración más eficiente y con el aumento de la publicidad, podían alcanzarse los $ 18 000 fácilmente (“Sociedad Anónima”, 1902: 1).

Analizando el balance presentado en esta misma nota de abril de 1903, se detalla la estructura ordinaria de ingresos y egresos del periódico[9]. Entre los ingresos, en el primer trimestre del año, se contabilizaron $ 17 806 m/n en concepto de suscripciones y $ 1 584 m/n por venta de diarios. Los avisos sumaban $ 10 700 m/n; las ventas unitarias de los “agentes”, $ 2 020 m/n; y completaban la lista de ingresos un concepto denominado “departamento de obras” (los trabajos del taller de imprenta), por $ 1 508 m/n, y la venta de los ejemplares de la “Galería de los Españoles Ilustres”, por $ 124 m/n. Un último ítem lo completaba el renglón denominado “efectos inútiles” por $ 157 m/n. La suma total de ingresos fue de $ 33 899.

Realizando un análisis de los ítems del mencionado balance, y teniendo en cuenta que el precio de venta unitario del periódico era de $ 0,14 y que en el punto “venta de diarios” se declararon $ 1 584, nos arroja la cantidad de 11 300 periódicos vendidos en el período comprendido entre el 1 de enero hasta el 30 de marzo de 1903, una cifra cercana a los 3 700 ejemplares mensuales. El rubro “suscripciones”, suponiendo que la totalidad de las suscripciones se realizaron en la ciudad, a un costo de $ 3 m/n cada una, implicaría un número de 5 900 suscriptores, lo que daría aproximadamente 2 000 suscriptores al mes. A eso habría que agregarle los importes remitidos por los agentes en concepto de ventas individuales, aunque no nos fue posible calcularlo en términos de ejemplares. Tenemos entonces un total de alrededor de 6 000 lectores diarios de ECE que efectivamente compraban el periódico (“Sociedad Anónima”, 1903: 4). De todas maneras, podemos imaginar que cada ejemplar era leído por más de un individuo, máxime teniendo en cuenta las suscripciones de los clubs e instituciones españolas, con centenares de asociados, lo que amplificaba claramente la influencia del diario.

La dimensión del espacio en la circulación del periódico

La relación directa entre la tirada diaria de ECE y el número de inmigrantes fue una constante, pero no fue la única explicación en relación con la influencia de dicho órgano sobre la colonia. Un aspecto a tener en cuenta cuando hablamos del impacto de ECE sobre el conjunto de españoles estuvo dado por el área de influencia geográfica dentro de la cual se extendió el diario, y por la repercusión de estas opiniones en un ámbito acotado. En este sentido, será necesario reconstruir el entramado geográfico que los inmigrantes fueron generando a medida que fueron instalándose en la ciudad. Sabemos que el grueso de los inmigrantes españoles se ubicó en San Cristóbal, San Telmo y Barracas, y que hacia fines del siglo XIX tuvieron una nutrida presencia en la zona del Centro, de forma que crearon allí un microclima en donde la circulación del diario fue muy potente (Bourdé, 1978: 165). De esta manera, la voz del periódico se ampliaba en un escenario de la ciudad a escala reducida, y las reverberaciones de su palabra generaban un oleaje entre los lectores peninsulares que residían en esta zona de la urbe, cuya delimitación intentaremos reconstruir a partir de una fuente muy especial: La Guía General de los Españoles en la Argentina (ECE, 1884), publicada en el año 1884 por el entonces director de ECE, Justo S. López de Gomara. Junto a esta fuente utilizaremos la información que nos brinda el propio periódico sobre las direcciones de las distintas oficinas que supo ocupar ECE, la dirección del encargado de negocios, las de los principales anunciantes, las instituciones, y el público que se censó en la guía.

En este sentido, y para alcanzar estos objetivos, nos basaremos en el análisis de José Moya (2012: 162-216) sobre los patrones de asentamiento de los españoles en la ciudad. Estudio que también desarrolló Guy Bourdé (1978: 165) algunas décadas antes, pero para todos los grupos nacionales. Ambos autores coincidieron en señalar las mismas zonas de asentamiento de los españoles dentro de la ciudad. Adoptaremos la noción de “asentamiento” tal como la ha utilizado Moya. En los términos de este último historiador, “la palabra asentamiento denota un medio más abierto en el cual los inmigrantes interactuaban con el resto de la sociedad y otros grupos étnicos, y en el cual la movilidad espacial era moneda corriente” (Moya, 2012: 142).

A lo largo de este capítulo, también nos formularemos otras preguntas: ¿existió una opinión pública de los españoles en este sector delimitado de la ciudad?; si existió, ¿cuáles fueron sus bases de materialidad y circulación? Creemos que las tiradas de ECE fueron solo un factor en la construcción de esta opinión pública. Otros elementos fueron la circulación por un escenario con márgenes definidos y, sobre todo, que el diario y sus noticias formaron parte de un debate que no se clausuraba hasta la próxima aparición del diario. Los temas de las columnas de ECE continuaban comentándose en los salones del club; en las veredas, entre los comerciantes de la zona de influencia, en las movilizaciones políticas y culturales que se realizaban por las calles, y en las fiestas que se organizaban por las noches, auspiciadas por las asociaciones regionales y españolas. Se difundían en la plaza Euskara y en el Paseo de Julio, y sobre todo debido a que sus redactores y directores (Enrique Romero Jiménez, López de Gomara, Rafael Calzada, Fernando López Benedito) fueron forjándose un espacio dentro de esta sociabilidad.

De esta manera, la opinión del diario era escuchada y esperada por sus lectores, quienes fueron a su vez sus vecinos, sus clientes y sus compañeros de salón. El diario no relataba noticias alejadas de la vida de sus lectores, por el contrario, estos eran a su vez protagonistas de las narraciones, al formar parte de ellas.

El diario construyó así un contrato de lectura, que podría considerarse comunitario, colocándole nombre y apellido a los protagonistas. Esta identificación redujo las distancias, puesto que todos los lectores conocían al director y a los redactores, que circulaban también por las mismas calles, y a su vez el director y su equipo de colaboradores también conocían a “sus” lectores. Es indispensable reconstruir esta relación, para que la hipótesis de una “opinión pública” cobre veracidad y rigurosidad.

Estos análisis se comprenderán mucho más a través de una “cartografía” de los potenciales lectores de ECE en la ciudad. Como dijimos anteriormente, La Guía General de los Españoles de la República Argentina (ECE, 1884) será nuestra principal fuente en esta tarea[10]. Los fundamentos para esta decisión son numerosos y de distinta índole. En primer lugar, por ser esta fuente una producción íntegra de la Dirección de ECE. Fue suya la iniciativa, la comunicación a través de las páginas del diario, el trabajo de recopilación de las cartas que fue recibiendo a lo largo de tres meses y, luego, la edición y publicación de esta. Por lo tanto, creemos, casi con seguridad, que los 4 000 inscriptos de la ciudad –recordemos que se inscribieron en todo el país alrededor de 7 000 españoles– eran lectores del diario con cierta frecuencia. Si bien no podemos afirmar con certeza que todos compraban el diario o estaban suscriptos a él, estaríamos en condiciones de sostener que estaban familiarizados con él, y que además había una aceptación de su presencia, dada la decisión de estos miles de españoles de enviar sus datos por correo hasta la administración del periódico. Tengamos presente que, como observamos en este mismo capítulo, según el Censo de la Ciudad de 1887, ECE poseía una tirada diaria de 4 000 ejemplares; por lo tanto, son verosímiles estos supuestos con que nos manejamos.

Hemos procedido a incluir y examinar los datos de dirección y ocupación de 1 650 españoles de la capital, alcanzando el 41,2 % del total de los inscriptos en la ciudad. Se avanzó con el análisis hasta llegar a un principio de “saturación de la fuente”, evidenciado por la repetición de las calles y ocupaciones. Al respecto, se diagramó un cuadro con las residencias de los españoles, para luego volcar dicha información a un mapa y, de esta forma, generar una “cartografía” de los lectores de ECE.

Cuadro 01: Cantidad de españoles localizados en calles de la Ciudad de Buenos Aires, inscriptos en la Guía General de los Españoles de la República Argentina (1884)
Nombre de la calle Nº de españoles Nombre de la calle Nº de españoles Nombre de la calle Nº de españoles Nombre de la calle Nº de españoles

Rivadavia

116

Artes

18

Pozos

6

Pasco

1

Victoria

99

S. del Estero

17

Caseros

6

Ombú

1

Buen Orden

73

San José

16

Zeballos

6

Matheu

1

Lima

57

Reconquista

15

Riobamba

5

Saavedra

1

Belgrano

54

EE. UU.

15

Sarandí

5

Destilería

1

Defensa

52

Cuyo

15

Juncal

5

Misiones

1

Piedad

52

Arenales

15

Viamonte

5

Bella Vista

1

Piedras

50

San Juan

15

Centro América

4

Garay

1

Moreno

48

Salta

15

San Lorenzo

4

Sta. Lucía

1

Venezuela

48

Maipú

15

Garantías

4

Jujuy

1

Alsina

47

Europa

14

Temple

4

Alberti

1

Tacuarí

44

Suipacha

14

Azcuénaga

4

 

Chacabuco

43

Cochabamba

13

Paraná

3

 

Perú

42

Esmeralda

13

Rincón

3

 

Tucumán

40

Solís

12

Carmen

3

 

Cangallo

39

Santa Fe

12

Junín

3

 

Bolívar

36

25 de Mayo

12

Callao

3

 

Chile

36

Cerrito

11

Ayacucho

3

 

Méjico

34

Paseo de Colón

11

Caridad

3

 

Independencia

29

Charcas

10

Bcas. Norte

3

 

Comercio

29

Libertad

8

Bcas. Sud

2

 

San Martin

29

Montevideo

8

Luján

2

 

Balcarce

27

Lorea

8

Mercado V.

2

 

Florida

27

Córdoba

7

Montes de Oca

2

 

Corrientes

26

Entre Ríos

7

Constitución

2

 

Paseo de Julio

24

Paraguay

7

Pasaje Argentino

1

 

Lavalle

21

Talcahuano

7

Progreso

1

 

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de ECE, 1884.

Mapa 1: Lectores de El Correo Español en la Ciudad de Buenos Aires

Fuente: elaboración propia sobre la base de ECE, 1884.

Como muestra el mapa 1, el registro cartográfico de los lectores no deja lugar a dudas sobre dónde se ubicó el núcleo duro (señalado en color rojo) de los lectores de ECE. Estos estuvieron localizados entre las calles Piedad al norte, Venezuela al sur, Paseo de Julio y Defensa al oeste y la calle Buen Orden al este. En este conglomerado de manzanas, encontramos el 50,7 % del total de casos examinados, es decir, 837 casos. Las calles Piedad, Rivadavia y Victoria, calles paralelas que marcaban claramente el norte y el sur de la ciudad, tenían 52, 116 y 99 casos respectivamente. La calle Venezuela mostró claramente un “límite” del núcleo duro con 48 inscriptos. Al oeste, las calles Paseo de Julio y Balcarce poseían 24 y 27 casos respectivamente. Sin embargo, fue la calle Defensa la que mostró el mayor número de inscriptos, con 52 casos. El lado este marcó su “límite” en la calle Buen Orden, con 73 casos. El mapa 2 exhibe las direcciones de las instituciones que se encontraban ubicadas dentro de este registro geográfico.

El segundo espacio de lectura, según la cantidad de inscriptos (en color azul), fue el área comprendida entre las calles Méjico al sur, hasta Garay. En el oeste sirvió de límite la calle Buen Orden hasta Balcarce. En esta área el total de inscriptos ascendió a 299 (18,1 % del total). Los extremos entre norte y sur en esta área son muy sensibles: Méjico tenía 34 inscriptos, mientras que Garay (extremo sur), solamente 1.

El tercer espacio de lectura (de color naranja) fue el de menor densidad de lectores, lo cual muestra también que no hubo una gran concentración de españoles residentes. El total de casos comprendidos entre Lima y Catamarca (hacia el oeste) fue de 264 (el 16 % del total), teniendo la calle Lima 57 casos y la calle Catamarca–Nueva Granada ningún registro. Lo mismo que con el agrupamiento anterior (color azul), se realizó una ponderación sobre la base de las numeraciones; de esta forma, a las calles que cortaban transversalmente a la calle Artes (Cangallo, Cuyo, Corrientes, Córdoba, Charcas, Santa Fe, Arenales y Juncal) se las ponderó en un 30 % del total de casos.

La última área en densidad de lectores (color amarillo) estuvo localizada en el lado norte de la ciudad, cruzando la calle Piedad y comenzando, según nosotros, en la calle Cangallo. Esta zona se extendió desde Cangallo hasta Juncal, hacia el norte, y desde Artes hasta 25 de Mayo, de este a oeste. En este espacio el total de inscriptos alcanzó la cifra de 238 (14,4 % del total). La calle Cangallo tuvo 23 casos, mientras que Juncal solamente 3. La calle Artes sumó 18 casos y la calle 25 de Mayo, 12 inscripciones.

Esta cartografía se complementó con el registro de las “ocupaciones” de los 721 inscriptos relevados. Al igual que con los patrones de residencia, en este caso también se relevaron los registros hasta alcanzar el principio de saturación. Como lo demuestra el gráfico, se constataron 91 ocupaciones. Debemos aclarar, porque lo entendemos necesario, que las inscripciones no poseían la misma información. En la mayoría de los casos, estaba la dirección y el apellido, pero no así la ocupación, año de llegada al país, lugar de nacimiento. De manera que, a igual cantidad de casos relevados para las residencias, solo 721 registros poseían la información sobre la “ocupación” de los inscriptos. Otra aclaración necesaria será la de advertir al lector que se transcribieron sin alteraciones las ocupaciones declaradas, tratando de conservar de esta forma los imaginarios que sobre las ocupaciones pudieran existir. En este sentido, llamó la atención que solamente hubiéramos constatado la inscripción de tres casos en donde las personas se reconocieron como “changadores”, o diez casos en que se identificaron como “peones”. Estos datos pueden tener múltiples explicaciones posibles, pero cuando analizamos el ítem “jornalero” con 103 casos, es probable que muchos “changadores” y “peones” se hallasen comprendidos allí. También es posible que, dado el lugar de la pirámide ocupacional en cuanto a ingresos, este tipo de trabajadores no constituyeran el grueso de los lectores de ECE. Las causas pueden ser múltiples: los ingresos, el nivel de alfabetización alcanzado, o simplemente que optaran por leer prensa anarquista o periódicos regionales, etc.

Realizando un desglosamiento de los casos, encontramos un arco de oficios y ocupaciones verdaderamente amplio. Tomamos un criterio simple para su análisis. Decidimos diferenciar aquellos inscriptos que se declaraban como propietarios o dueños de fábricas de aquellos que ingresaron al mercado laboral solo con su fuerza de trabajo y su “saber específico”, pero sin una posición de “dueño”. En este orden, encontramos 66 casos de dueños de comercio (tiendas, talleres, depósitos, mayoristas de comestibles e introductores de paños, etc.); 12 casos de “industriales” (figuraban como “muebleros”, “fábrica de prendas”, “fábrica de instrumentos musicales”, etc.); en 6 casos se declararon “propietarios”, lo que nosotros entendemos como dueños de casas/habitaciones de alquiler; y solo 2 oportunidades en que se declararon estancieros. Todo este primer conglomerado dio la suma de 86 casos, es decir, el 11,9 % del total, pero claramente dominado por los dueños de comercio, con 66 casos, en sintonía con la bibliografía especializada, que ubicó al contingente español como un grupo muy fuerte dentro del ámbito comercial de la ciudad.

En el resto de los casos, decidimos realizar una subdivisión: por un lado, separamos a los que se declararon profesionales, esto es, aquellos que tenían una titulación académica que los diferenciaba educativa, económica y socialmente del conjunto de trabajadores que no eran “dueños”. En este primer subgrupo, encontramos 24 casos (3,3 % del total) con un predominio de aquellos vinculados a la “docencia” en todas sus formas. La salvedad para este sector es que lo encontramos residiendo en su mayoría en la zona norte de la ciudad, o sea el último grupo de los asentamientos registrados en el mapa 1. El segundo subgrupo estuvo conformado por los trabajadores que declararon poseer un “oficio”. Allí el total de inscriptos ascendió a 341 casos, por lo cual era el agrupamiento más numeroso. En este grupo se destacaron los “panaderos”, con 32 casos, los “cigarreros”, con 28, los “carpinteros”, con 27, y los “sastres”, con 25. Estos cuatro “oficios” sumaron 112 casos, o sea, el 32 % del total de los “oficios” registrados. El último subgrupo fueron los “trabajadores” que no poseían una calificación laboral o profesional, conformado por “jornaleros” (103 casos), “empleados de comercio” (90), “dependientes” (64), “peón” (10) y “changador” (3). Este último conjunto sumó 270 casos, 37,4 % del total. Es de destacar que en el total de ocupaciones no se encontraron clérigos ni militares, lo cual marca también un cierto perfil ideológico del periódico.

Gracias a este tipo de análisis, podremos comprender mejor que el grupo más numeroso de lectores fue un público con una calificación laboral “media”. Si bien contó con un número no insignificante de “comerciantes dueños”, lo que hizo que poseyera un discurso “armónico y policlasista”, su mirada sobre los derechos sociales del trabajador y la modernización social se explicó, en parte, y a la luz de sus potenciales lectores, como una postura en consonancia con el grueso de los lectores vinculados al mundo del trabajo de la ciudad, en calidad de “fuerza de trabajo” ofrecida en el mercado laboral.

Cuadro 02: Ocupaciones de los españoles de la Ciudad de Buenos Aires inscriptos en la Guía General de los Españoles de la República Argentina (1884)

Oficio

Nº de casos

Oficio

Nº de casos

Oficio

Nº de casos

Primer grupo

Copropietarios

66

Maquinistas

4

Cortador

1

Industriales

12

Vigilantes

4

Calderero

1

Propietarios

6

Carniceros

3

Jardinero

1

Estancieros

2

Encuadernadores

3

Ajustador

1

Segundo grupo

Changadores

3

Pintor

1

Jornaleros

103

Mayorales

3

Viajante de comercio

1

Empleados de comercio

90

Procuradores

3

Rayador

1

Dependientes

64

Estudiantes

3

Camarero

1

Panaderos

32

Litógrafos

3

Reconocedor de frutos

1

Cigarreros

28

Cirujanos

3

Relojero

1

Carpinteros

27

Peluqueros

2

Tipógrafo

1

Sastres

25

Aserradores

2

Ingeniero industrial

1

Carreros

18

Taquígrafos

2

Hortelano

1

Zapateros

17

Fondistas

2

Pastelero

1

Marinos

15

Talabarteros

2

Calígrafo

1

Empleados públicos

15

Toneleros

2

Carbonero

1

Sirvientes

15

Chocolateros

2

Escribano

1

Cocineros

12

Escribientes

2

Decorador

1

Cocheros

12

Periodistas

2

Librero

1

Peones

10

Farmacéuticos

2

Regente

1

Docentes

9

Vendedores ambulantes

2

Broncista

1

Carteros

8

Cobradores

2

Guarda de tren

1

Alpargateros

6

Puntilleros

2

Dr. en Leyes

1

Aguadores

6

Apuntadores

2

Curtidor

1

Confiteros

6

Foguistas

2

Aparador

1

Fundidores

5

Plateros

2

Semolero

1

Corredores

5

Joyeros

2

Modelista

1

Albañiles

5

Colchoneros

2

Militar

1

Herreros

5

Guitarrero

1

Tenedores de libros

5

 Fotógrafo

1

Fuente: elaboración propia sobre la base de ECE, 1884.

La “opinión pública” española

La prensa también fue utilizada como “arma” de combate por los partidos y bandos políticos, tanto a nivel de los grandes partidos nacionales, como de aquellos de influencias regionales. El periódico se tornó entonces un espacio ineludible de la política y de las presiones. La influencia sobre la población era clara e indiscutible. En el artículo “Prensa feroz”, un periódico competidor y enfrentado con ECE, llamado La Nación Española, afirmaba:

[…] la prensa es un arma indudablemente; un arma terrible en manos de aquel que la sabe esgrimir. La punta de una aguja habría hecho brincar al mismo Cid; una frase, un adjetivo feliz, un apodo, uno de esos rasgos agudos de la pluma, intensos como el perfil de una caricatura, bastan para labrar un espíritu y dejar muchas veces clavado al adversario frente a frente del ridículo (“La libertad”, 1881: 1).

Estas mismas cualidades poseían los periódicos españoles dentro del área de influencia que diagramamos en el mapa de la ciudad. ECE presentaba también esta potencialidad. El encargado de negocios de España en Buenos Aires no desconocía la influencia de ECE en el seno de esta comunidad constituida en la ciudad porteña. Por este motivo, escribía a su superioridad para tratar de anticipar todo tipo de acciones desestabilizadoras en su contra, al tiempo que apoyaba periódicos que fuesen competidores de ECE. Al respecto, escribía a sus superiores diciendo:

El Correo Español califica de tibia mi protección a favor de la colonia española y de paciente mi representación y es de presumir según mis noticias que no esté lejos el día en que V.E. reciba la indispensable expansión de que no escapa ningún representante español en estos países suscrita por multitud de firmas pidiendo al gobierno de SM el Rey (q. d. g.) mi inmediata destitución (“Despacho N° 11”, 1876).

Del mismo modo, Antonio Aguayo, en un folleto publicado también en el seno de la comunidad española (“La colonia española del Río de la Plata”, Buenos Aires, Imprenta Rivadavia, 1877), escribió luego de su expulsión del Club Español que Romero Jiménez era “el Dictador” de la colonia y que, por intermedio de su periódico y su “capataz” (entendemos que se trató de José de Olaso, comerciante de la zona y auspiciante de ECE), dominaba esa comunidad peninsular de Buenos Aires. Estas afirmaciones fueron a su vez ratificadas por Rafael Calzada en su autobiografía. El abogado asturiano dejó en claro que la palabra de Romero Jiménez y las páginas de ECE poseían un peso específico dentro de la “opinión pública” española, y que estas traían consecuencias. Calzada recordaba lo siguiente:

[…] entre los que fueron objeto de las iras de Romero Jiménez, que solían ser implacables, figuró igualmente entonces don Antonio Aguayo, como él, ex sacerdote, que había sido su compañero y casi socio en la publicación de El Correo Español. Dieron lugar aquellos ataques a un grande escándalo. Consiguió Romero con ellos, que Aguayo fuese expulsado del Club Español (Calzada, 1929: 162-163).

La influencia de ECE en el medio local queda fuera de dudas a lo largo de toda la autobiografía de Calzada. No solo porque dicho periódico está citado en casi todas las acciones que el autor emprendió, buenas o malas, sino que además le reconoció un poderío que era imposible contrarrestar.

Pérez Ruano, Aguayo y Calzada coincidieron por distintas vías en que ECE poseía una gran influencia sobre los españoles residentes en Buenos Aires. Como segundo punto, también coincidieron en señalar que Romero Jiménez utilizaba esta influencia para posicionarse a sí mismo y a su periódico en un espacio de visibilidad, lo que podría traducirse en influencia social y política y, en consecuencia, abriría las puertas también a negocios económicos. Los límites a estas ambiciones eran claramente las pretensiones de los demás. Miembros encumbrados de la élite (Calzada), políticos y representantes (Pérez Ruano) y periodistas en busca de su propio camino (Aguayo y otros) se enfrentaron al director de ECE y a su diario.

El cuadro rojo en el mapa 1 es bien explícito en cuanto al porcentaje de españoles, que suponemos como potenciales lectores de ECE. En ese ámbito, la información del diario circuló masivamente, y también las conversaciones y opiniones que se repetían a lo largo del día, en los lugares de trabajo, comercios, calles y conventillos de la zona. Otro ámbito en donde nosotros creemos que la influencia del diario se amplificaba fue en las instituciones españolas. Como vemos en el mapa 2, la mayoría de estas entidades se encontraban, para el año 1884, emplazadas dentro de los márgenes que asignamos al primer segmento en cuanto a densidad de españoles, entre las calles Venezuela, Buen Orden, Balcarce y Piedad. Revisando diversas fuentes y testimonios, para este momento las sociedades contaban en promedio con 200 socios por cada institución, salvedad hecha para la Asociación Española de Socorros Mutuos, que perseguía otros fines. Para ejemplificar estas afirmaciones, observamos que, en la Revista Laurak Bat de mayo de 1878, se ofreció el listado completo de asociados, que ascendía a alrededor de 300 miembros (“Listado de socios”, 1878). El Club Español tenía para esta fecha aproximadamente 124 socios, según sus registros societarios (“Libro de registro”, 1894). Esta cercanía y proximidad comunitaria, amplificada por las instituciones y sus actividades festivas y recreativas, sin duda aumentó la potencia del discurso del periódico. También generó polémicas y enfrentamientos, dentro de un período y un colectivo en donde la violencia estuvo estrechamente ligada a la honorabilidad personal.

Mapa 2: Ubicación de las sociedades españolas
en la Ciudad de Buenos Aires (1884)

Listado de sociedades:
1. Diario La Nación Española, Moreno 174.
2. Consulado General de España, Esmeralda 349.
3. Banco Español, Piedad 55.
4. Diario El Correo Español, Piedras 126.
5. Club Español, Victoria 139.
6. Sociedad Española de Beneficencia, Victoria 139.
7. Sociedad Española de Socorros Mutuos, Moreno 373.
8. Montepío de Montserrat, Buen Orden 151.
9. Centro Gallego, Rivadavia 366.
10. Laurak Bat / Plaza Euskara, Buen Orden 102.
11. Sociedad La Marina, Rivadavia 235.
12. Orfeón Español, Belgrano y Salta.
13. La Aurora, Victoria 359.
14. La Iberia, Cuyo 523.
Fuente: elaboración propia sobre la base de ECE, 1884. Excepción hecha para la dirección de La Nación Española, extraída del propio periódico en el último número correspondiente al año 1883 (LNE, 22 de octubre de 1883: 1).

Observando el mapa 2, la proximidad entre las sociedades y el emplazamiento del mayor número de lectores, dentro del cuadrante rojo del mapa 1, nos sugiere que la información del periódico circulaba por allí. En este sentido, las iniciativas del periódico se esparcían por fuera de sus paredes y recorrían las calles, los comercios, las casas de inquilinato y las plazas en las áreas con fuerte presencia de españoles. Como lo creía el propio diario:

[…] hoy en día nuestros lectores, sirviendo al interés común, es nuestro propagandista acérrimo y se afana por extender la circulación del diario, comprendiendo que es el vínculo de unión entre los españoles que habitan los diferentes puntos de la república, a la vez más sólido y más sencillo, más eficaz y más apropiado para llevar la voz y la noticia de los unos a los otros y hacer efectiva la relación entre los miembros dispersos de nuestra colonia (“Nuestro décimo cuarto aniversario”, 1884: 1).

Otro ámbito en donde se pudo observar la influencia del diario fue en la presencia de los directores y redactores del periódico en las fiestas de las sociedades. Generalmente ofrecían discursos y leían poemas en eventos literarios. Algunos, además, eran miembros y socios de las instituciones, como fue el caso del propio Calzada, Méndez Calzada, Salvador Alfonso, Juan José García Velloso, por citar solo algunos[11]. Durante los sucesos de la guerra de Cuba, la Sociedad Centro Orfeón Asturiano resolvió en su sesión de CD:

Se acordó por unanimidad ofrecer un palco al señor Emilio E. De la Morena siendo solicitado la víspera de cualquier función que celebre nuestra asociación en vista de los muchos servicios prestados a la misma en El Correo Español (“Libro de Actas”, 1897)[12].

Es en este punto en donde el gran tema de la época dominó también las columnas de la prensa porteña y puntualmente las de ECE. ¿Había una opinión pública de los españoles en la ciudad? Si existía, ¿quiénes formaban parte de este fenómeno? ¿Cómo se influía sobre ella? Todas preguntas que deben ser respondidas desde el propio periódico. El gran proyecto del diario fue “representar la opinión” e “influir” sobre ella, para, de esta manera, dirimir cuestiones al interior de las instituciones españolas y lograr prestigio social y político entre sus miembros.

A modo de cierre

Concluiremos este capítulo intentando señalar dos miradas y criterios sobre lo que se entendía como “opinión pública de los españoles” en el mundo del periodismo ibérico en la Ciudad de Buenos Aires. Creemos que claramente se diferenciaron dos posturas: la primera era la pretendida por ECE, sobre todo por Romero Jiménez y su continuador López de Gomara, y la otra estuvo corporizada por los redactores de LNE, en la pluma de Ignacio Firmat, Felipe Solá y Manuel Barros.

Gonzalo Capellán de Miguel nos ilustra respecto de las nociones de “opinión pública” que existían hacia finales del siglo XIX. En la primera y más clásica, de mediados de siglo, se concebía como “verdadera” opinión pública a un sector muy exiguo, comprendido sobre todo por clases medias urbanas. El segundo concepto se basaba en criterios más amplios, y por este motivo incluía otras formas de participación, como las movilizaciones “espasmódicas y tumultuarias” con finalidades publicitarias o electorales (Capellán de Miguel, 2008: 30).

ECE prefirió la segunda modalidad, aquella más vinculada a la movilización de los individuos, en sintonía con las prácticas políticas y sociales de la época. Para Romero Jiménez y López de Gomara, la “opinión pública” abarcaba no solo a quienes leían el periódico, sino también a todos aquellos que se preocupaban por el futuro de las asociaciones españolas y sus problemáticas, así como por campañas de solidaridad o de defensa del “buen nombre español”. En este caso, ECE no buscó intermediarios en su relación con los peninsulares, sino que los interpeló directamente buscando su apoyo y lealtad como “defensores y favorecedores” del diario. Allí había un “capital político” que, una vez logrado, era menester defenderlo de posibles competidores. Estas posiciones se reforzaron constantemente desde las páginas del periódico, pero se ponían de relieve especialmente en ocasión de las notas aniversario de su fundación. Para ECE había una necesidad de un “representante” de los españoles en la prensa, alguien que defendiera el prestigio español y también a sus paisanos. Esta tarea fue asumida por el director en sus manos, movilizando clientelas y favoreciendo la creación de instituciones.

En su décimo cuarto aniversario, ya bajo la dirección de López de Gomara, una columna decía:

Sostenido por la colectividad, EL CORREO ESPAÑOL ha gozado siempre de popularidad verdadera; no representa los sacrificios de un individuo ni la ayuda de un partido, sino algo que vale mucho más y que da mayor y envidiable importancia a una publicación de este género: el apoyo sin reserva de la generalidad de los españoles que tanto valen y suponen (“Nuestro décimo cuarto aniversario”, 1884: 1. El énfasis es del diario).

Y es que, en los tiempos de la política de los “personalismos” y los “caudillos”, conseguir la adhesión de un buen número de lectores confirmaba la importancia e influencia del director, quien, al no ser un miembro de la elite, buscaba un lugar con base en su “popularidad” en el medio en donde interactuaba. De este modo, entendemos que a la escritura de un diario le agregaba además su presencia física en el medio geográfico, circulando y participando de las actividades políticas y comunitarias. Por ello mismo, se encargó de colocar límites a la influencia de las instituciones más destacadas de los españoles, como por ejemplo el Club Español. Si bien no negaba su importancia y trascendencia, quedaba claro también que no estaba dispuesto a subsumirse a ella, esto es, colocarse por debajo de los personajes de la elite española porteña; expresándolo de modo categórico: “No nos ciegan las personalidades al extremo de no dar al Cesar lo que es del César” (“El Club Español”, 1880: 1).

Esta opinión sobre el Club Español y su comisión estuvo basada en la contundente afirmación que Romero Jiménez emitió desde su diario. En estas líneas se encierra la distancia entre el periódico y la elite, y la puja por liderar a la masa de los españoles. Para cerrar la nota, Jiménez sostenía:

El Club Español no ha sido hasta hoy otra cosa que un centro recreativo para un centenar de compatriotas, muy dignos sin duda, pero de muy reducido espíritu para saber dar a esa notable institución toda la amplitud que debiera tener (“El Club Español”, 1880: 1).

Romero afirmaba que el Club no era una referencia política institucional para los españoles en su tarea de “unirlos”, ni tampoco en su representación ante las otras colectividades, el Estado nacional y sus elites.

En la vereda opuesta, La Nación Española, un periódico que nació de la oposición con Romero Jiménez y sus seguidores –como vimos–, fue impulsado y dirigido por miembros de la elite, entre ellos Ignacio Firmat y Felipe Solá. Para ellos la opinión pública española emanaba de los miembros más ilustrados de la colonia, y la representación de los peninsulares estaba, sin dudas, en sus instituciones, es decir, en manos de los miembros de las elites. En la columna “La representación de los españoles”, los redactores de LNE tuvieron conceptos durísimos contra ECE y sus redactores, así como con la trayectoria de Romero Jiménez. Allí LNE manifestaba:

La colectividad española, o la colonia española, como con gran impropiedad se dice, no puede ser representada por ningún diario a cuyo fundador, o fundadores, plazca darle un título español; porque nada es más fácil para un individuo, que caer en la ilusión de creer que la ambición propia, sus interesadas aspiraciones, sus pasiones mismas, son el reflejo de la ambición, de las aspiraciones y aun de las pasiones de la colectividad cuya representación usurpa (“La representación”, 1881: 1).

Este hilo argumental y conceptual conduce a profundizar los puntos de la oposición entre ECE y LNE. Estos últimos estaban vinculados sin duda con las prácticas de construcción política que uno y otro estilo perseguían. Firmat claramente le atribuía a Romero el estilo caudillesco de la política, y por ende, de las masas o vulgo, poco racional en opinión del notable. LNE afirmaba lo siguiente:

[…] el caciquismo electoral, sin duda el de vida más tenaz, hállase ya en el estertor de la agonía en nuestra patria, vencido y aplastado por los progresos de la ilustración, que da a cada ciudadano la conciencia de sus deberes y sus derechos, y con ella, el culto de su dignidad, hasta hace poco rebajada por la sumisión inconsciente a ajenas sugestiones: la suma de la razón individual, va formando el criterio y la norma de conducta para todos (“La representación”; 1881: 1).

La contraposición estaba clara: para Firmat y Solá, eran los sectores medios más ilustrados quienes, en cuanto individuos, ya no podían ser objeto de las maniobras de los liderazgos caudillistas, rémora de una época violenta e irracional. En esta dirección, si había alguna otra representación al margen de la oficial –esta última encarnada en la Delegación diplomática–, debía estar encarnada en “las sociedades españolas que con distintos objetos [han] fundado en esta nueva patria”. La legitimidad estaría dada, según Firmat, en el origen democrático de la elección de sus comisiones por los socios, y, en ese sentido, abarcaría al conjunto de los peninsulares. Observamos en estas opiniones, sin duda, algunas de las falacias del razonamiento. En primer lugar, debido al bajo nivel de asociados de las instituciones, y, en segundo, por la limitada participación de los socios en los procesos electivos, lo que dejaría abierto el espacio solamente para aquellos miembros de las elites, que acaudillasen mayor número de voluntades.

Sin embargo, para Firmat el esquema debía estar en consonancia con el orden social piramidal impulsado por las elites. La propuesta de organización política e institucional para los españoles residía entonces en “la representación genuina de la colectividad española sin participación ni división alguna con ninguna otra entidad absurda”:

Y el diario que se honre con un nombre español, debe reconocerlo así y secundarlas en cuanto se propongan que revista carácter general, sin aspirar a otro honor que el de reflejar sus sentimientos, que son y deben ser los de la colectividad en ellas condensadas. El diario ha de reflejar la opinión general, si quiere tener razón de ser, más cuando se pretende imponer desde sus columnas una opinión personal, o de otro modo, cuando se intenta modelar en el troquel de la propia la opinión de la colectividad (“La representación”, 1881: 1).

Como tratamos de demostrar, los periódicos españoles en la Ciudad de Buenos Aires no solo respondieron a diferencias ideológicas que pudieran existir en cuanto a la organización política y económica en la sociedad española, sino que también fueron empleados como medios privilegiados para disputar espacios de poder con la elite local porteña. De este modo, creemos que estudiar las prácticas y los discursos de los periódicos y sus redactores puede llevarnos también a comprender más cabalmente sus estrategias de incorporación en la sociedad local.

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Quesada, Ernesto (19 de agosto de 1877). Estadística de la Prensa periódica de la ciudad de Buenos Aires. La Nación, p. 3.

Quesada, Ernesto (31 de agosto de 1878). El Periodismo en la República Argentina. La Nación, p. 2.

Recuerdos de antaño. Periodismo español en la Argentina. Una página triste. Algo de autobiografía (22 de julio de 1922). ECE (Número 50.° aniversario), p. 2.

República Argentina (1898). Segundo Censo Nacional de 1895 (tomo II). Buenos Aires: Taller tipográfico de la Penitenciaría Nacional.

República Argentina (1872). Censo Nacional de 1869. Buenos Aires: Imprenta del Porvenir.

Sarlo, Beatriz (2004) [1988]. El imperio de los sentimientos. Buenos Aires: Editorial Norma.

Sociedad Anónima El Correo Español (17 de diciembre de 1902). ECE, p. 1.

Sociedad Anónima El Correo Español (16 de abril de 1903). ECE, p. 4.

Teijeiro Martínez, Benigno (1919). Orígenes del periodismo argentino y español en el Río de la Plata. Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, VI(4-5), pp. 49-65.

Verdevoye, Paul (1994). Costumbres y costumbrismo en la prensa argentina. Desde 1801 hasta 1834. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras.

Vieites Torreiro, Dolores (1989). La emigración gallega a través de la prensa gallega de Cuba y Argentina a finales del siglo XIX. Revista da Comisión Galega do Quinto Centenario, 6, pp. 125-133.


  1. Es interesante señalar que hay una serie de libros contemporáneos que tuvieron como objeto la prensa periódica. Se trata de las siguientes obras: Halperín Donghi (1985), Verdevoye (1994) y Sarlo (1988). Todos ellos conforman, cada uno con sus características, una unidad temática en torno al estudio de la prensa.
  2. Este listado no pretende ser completo. Se han citado aquellos periódicos existentes en los catálogos de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, más aquellas publicaciones que han sido mencionadas en ECE y cuya existencia se conoce a través de algún intercambio en el escenario del periodismo porteño.
  3. Para ver en detalle el desarrollo de la prensa gallega en Buenos Aires, ver: Molinos, 1995; Vieites Torreiro, 1989.
  4. Para una primera aproximación al estudio de la prensa española en general, en la Argentina, ver Teijeiro Martínez, 1919.
  5. Parte de la información fue complementada con la autobiografía de Rafael Calzada (1928: 183-186).
  6. El Censo Nacional de 1869 estimaba en 14 600 la cantidad de españoles, lo cual constituía el 7,8 % de la población total de la Ciudad de Buenos Aires, mientras que la nota publicada por ECE en el año 1872 afirmaba que residían alrededor de 34 070 españoles en todo el país y 28 500 en la ciudad, siempre sumando hombres y mujeres (“Importancia de los españoles en la Argentina”, 1872: 1).
  7. Esta es la primera verificación oficial que se posee de la tirada del periódico, y contribuye, a manera de parámetro, a corroborar las presunciones que vamos generando a partir de los datos que de forma asistemática obtenemos de sus propias páginas.
  8. Para un estudio detallado acerca de la prensa italiana en Buenos Aires, ver Cibotti (1995).
  9. Recordemos que para el año 1904, y según la obra de Bourdé (1978: 85), residían en la ciudad 105 206 españoles, y en el país la cifra era de 950 000.
  10. Se puede consultar en la Biblioteca Nacional de España, Sección Hemeroteca, pero no está disponible en formato digital.
  11. Rafael Calzada fue presidente del Club Español, entre otros cargos relevantes del asociacionismo español. Méndez Calzada también ocupó cargos en el Club Español. Salvador Alfonso fue un periodista que se desempeñó en la prensa española desde la época de Benito Hortelano en 1870. Cerró su trayectoria convirtiéndose en el último director de ECE, en 1905. Fue presidente del Círculo Valenciano. Juan José García Velloso fue redactor de ECE, hacia el año 1887 fundó su propio periódico llamado El Centinela Español, de corta vida. Ocupó la Secretaría de la Cámara Española de Comercio y también participó en el Club Español.
  12. Emilio de la Morena, así como Rosendo Ballesteros de la Torre, fueron redactores de ECE durante los sucesos de la guerra de Cuba.


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