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1. “Notas sobre la memoria y el deseo”

Especulaciones

Siempre se trató de especular. El psicoanálisis nació contra la res extensa cartesiana, fuera de lo visible, hacia lo invisible. No para extendernos en formas sociales o médicas o artísticas. La suspensión de lo sensorial, la ceguera artificial y la atención flotante requieren entrenamiento y sostienen la posición no moral de nuestro quehacer. Suspender el juicio por el tiempo de la sesión para no juzgar, para acceder al vacío informe y sin concepto. Hundirse para regresar y ver. Tal vez el más importante entrenamiento, considero a esta altura, es el de la intuición.

El último Bion, que comienza en su trabajo Atención e interpretación, ha resignado su pasado de líder intelectual en un acto, considerado por muchos de los seguidores de Experiencias en grupos y Volviendo a pensar bastante insensato. Toda su carrera y su vida las dirigió a esa corazonada migratoria que sostuvo hasta el final. En diez años borró de un plumazo todas sus propiedades. Decidió lo que en realidad había estado haciendo siempre, como un nuevo Edipo o un Ulises: desenterrarse. Nada le importaba más que el impulso vital, esa potencia de la vida que arrasa nuestro exoesqueleto caracterológico. Soltó las armaduras y los trucos que acaban con el impulso a vivir. Tal vez fue por eso por lo que alguna vez se alistó en el ejército voluntariamente, y tal vez por eso comenzó a atender esquizofrénicos psicoanalíticamente. Pero todo lo soltó. Su principal posición técnica sería desde siempre soltar lo que se tiene. No es ninguna casualidad que conceptos como “fe”, “paciencia”, “indulgencia”, “Trinidad”, “Cristo”, “Nietzsche” se agrupen en Atención e interpretación como citas afirmativas del contacto con un cero trascendente. Siempre alude a una divinidad, absoluto, cero matemático; en síntesis, a la experiencia como zona del objeto vivo y desconocido.

A lo mejor eso es lo que afirma cuando sostiene que psicoanalista se nace. Hay una intuición primitiva como psicoanalistas que nos lleva a ese desprendimiento. La intención psicoanalítica tempranamente orienta una relación con el mundo diferente de la que podría tener alguien que nace médico. Una disposición por objetos no materiales que no implican un sacrificio ascético ni una tendencia a expresar el infinito informe en formas artísticas directas. Una tendencia que puede ser similar a la de un artista, pero que se dirige a investigar la personalidad en su íntima individuación, fuera del grupo.

Se nota cuando alguien es un psicoanalista, he tenido esa experiencia repetidas veces. También la contraria. No hay grado de psicoanalista. Es un gran alivio saberlo. Es una posición, no una apariencia o convención. Es una brújula difícil de aplicar y explicar, lo sabemos. Es por eso que nos queda mal el estado. Bion tuvo claros inconvenientes internos con el estado psicoanalítico, y en ese libro lo estudió bastante. Muy ambiguamente. Hay que leer las sombras de sus apreciaciones. Como soldado sabía lo que podía hacer el grupo con el místico. Conocía muy bien el estado antipsicoanalítico. Como un espía sabía en qué se metía, y, como el viajero de Nietzsche, evitó problemas y seguidores. Claro que los evitaba…

El campo del saber sensorial establece guardianes. Afuera y adentro de uno mismo. El entorno empuja a conocer, a saber, al imaginario de procedencia, ilusión de futuro e identidad. El analista está precavido de esas situaciones de las que es parte y trata de cubrir esas posesiones con el seguimiento de su técnica. El momento de la sesión es el momento de salir de esas ilusiones de unidad. De poder soltarlas depende la sesión analítica.

En las “Notas sobre la memoria y el deseo”, habla del deterioro neurológico de insistir en la memoria y la espera de algo, o de comprender algo. A la manera de una tabla de la ley, brinda en ese breve artículo sus máximas a la comunidad psicoanalítica. Pero, paralelamente, dejó ese libro errático, Atención e interpretación, como una desoída posición técnica para extender aquel breviario. Habla de tantos tópicos allí que solo nos queda especular sobre las semillas ofrecidas. Un libro que carece de unidad, la que iría perdiendo tanto en su vida como en su autobiografía, conferencias, supervisiones y el grandioso Memorias del futuro. Un anarco conceptual se presenta en esta época ante nosotros dejando misterios, palabra que utilizará decididamente, que invoca el pensamiento propio, la experiencia propia, como eje de la traducción de lo que se está leyendo. Solo especulando podemos acceder a lo que Bion alude. No especulando sobre Bion, sino sobre la experiencia a la que se dirige en su texto. Él cree que el psicoanálisis tiene un vértice o punto de vista, como lo puede tener la ciencia, la política o el arte. Hay un modo de ver psicoanalítico que se entrena en la insistencia del borramiento sensorial. Huyendo de la inteligencia artificial, es decir, del lado para el cual va el mundo, el psicoanálisis es una zona de respiración y de vitalización. El no acopio de hechos y lógicas, el amor por la nueva impresión, alfa, mueven al objeto psicoanalítico. No el borramiento de lo sensorial, porque de allí todo parte, sino la transformación subjetiva de lo sensorial. Para ver lo que es, tiene que dejar de verse lo que está. Lo que está tiende a reproducirse incesantemente. Lo que es también. Lo que está domina el espacio extenso. Lo que es rompe ese espacio bidimensional de la extensión en busca de la profundidad del símbolo. La paradoja es que el símbolo vive su vida, apoyado en lo que está. Eso lo diferencia de una ilusión, una mentira, una identidad o un delirio. La apoyatura y la dirección del símbolo se ordenan en que es compartido, en lo que está. La paradoja del símbolo es que es la ausencia de un hecho sensorial real que ha sido transformado en otra cosa desconocida, y que, sin embargo, nos une. El poeta halla el espíritu de la cosa compartida, y todos vemos en sus versos lo invisible. Paciente y analista entienden que están hablando de símbolos que surgen de la relación entre ambos, de ese objeto invisible que los une en presencia. Están hablando de lo mismo que no se ve, pero sabiendo que eso es, que eso está. La unión que ejerce lo invisible es indetectable en el robot material, en la apariencia, en la cosa muerta.

Hubo, como decía, mucha preocupación por el gesto de Bion y su cesura continental. A tal punto que las preguntas sobre su estado reverberan en diversos textos de quienes intentaron explicar aquel giro/gesto que nos conmovió a todos en aquellos primeros años noventa cuando su figura apenas se había ido. Lo que ocurrió como consecuencia inmediata fue la vuelta a los textos clásicos, los cuales, salvando Experiencias en grupos, fueron reducidos a conceptos débiles para acompañar teorías de autores leídos en esos años. Del cambio de su obra, de sus postulaciones técnicas, solo quedó la idea de un gurú regresivo que se fue de la gloria hacia sendas indómitas.

Establecer especulaciones sobre sus postulados implica un compromiso menos con la forma que con el contenido. Bion se dirige decididamente a quienes considera psicoanalistas, y esos están muy lejos de las formas en que Bion presenta, decidido, sus postulados. Por eso, es una tarea interpretativa acercarse e indagar a qué remiten. Sus modos de expresarse no son los habituales en las comunicaciones que establecen los psicoanalistas. En realidad, nunca lo fueron, pero, en este final de su obra, pone en juego la paciencia de sus seguidores.

Parthenope Bion Talamo[1], quien fue una de las que tomó la posta de intentar explicar a este Bion del final, solo dos o tres años después de su muerte, sostiene en su artículo “De la sin forma a la forma” una diferencia entre Milton y Shakespeare, ambos muy convocados por Bion en Memorias del futuro. Sostiene que Milton desciende al vacío e infinito informe de manera más cruda que Shakespeare, quien puede capturar en imágenes y escenas elementos alfa de ese fondo informe. Allí trabaja la división entre el sueño alfa y el elemento alfa como un pasaje importante. El sueño alfa es la tolerancia a ese descenso para contemplar y sostener con paciencia la posición esquizoparanoide sin memoria, sin deseo y sin comprensión inmediata. El elemento alfa permite hallar el hecho seleccionado que unifica la dispersión del vacío y, a su vez, la vuelta a la seguridad que implica el haberlo hallado. El hecho seleccionado es acompañado, también, por la depresión de tener que volver a soltarlo. El sueño alfa es el que nos permite intuir el hecho. El elemento alfa es haberlo encontrado, y eso implica, indefectiblemente, soportar el dolor de soltarlo para que la vida vuelva a discurrir.

Sin memoria, sin deseo ni comprensión, necesita de un acto de fe en el objeto desconocido. Bion sostiene que el analista debe volverse infinito, sabiendo del demonio espantoso que camina detrás cuando se busca la verdad. La remisión a un superyó primitivo de ese demonio espantoso indica lo que ya vino sosteniendo a lo largo de toda su obra: que el acceso al contacto con el poderoso objeto nuevo se hace a costa del superyó obstructor. El investigar no está permitido, por lo tanto, recordar, promover futuros, dar respuestas definidas es el centro de la resistencia a esa posición para no investigar. La soledad es el principal costo de ver. Sueltos del superyó y de direcciones, la soledad primitiva asoma, dejándonos en estado de desnudez primigenia, amenazados por lo incierto, con pocas fuerzas seguras, inseguros, pero con fe en el porvenir. La tendencia a introducir un dios es alta. Bion dice, siempre en Atención e interpretación, que, de todas las posibilidades odiosas, las que con más frecuencia se temen y detestan son las del crecimiento y la maduración.


  1. Parthenope Bion Talamo. PS-D Rivista di Psicoanalisi, Anno 27, número 3/4, Roma, 1981.


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