A través de un tratamiento prolongado de una paciente psicosomática, me propongo recorrer aspectos de esta psicopatología en el campo analítico. El diálogo entre el cuerpo y la acción externa se une en un entramado de sentido, en donde el contacto emocional de la paciente con las señales que emanan de su cuerpo está alterado por la intolerancia edípica a la separación.
La descripción teórica sería disociada sin la experiencia que la referencia. Por ello propongo el tratamiento como eje para hablar de algunos problemas teóricos en relación con la zona en donde el cuerpo y la acción operan como resistencia frente a los problemas de los que se ocupa el psicoanálisis, básicamente la realidad psíquica y el complejo de Edipo.
Caso Claudia
Luego de alrededor de un año de tratamiento, Claudia concurrió a su sesión. Había sido enviada en su comienzo por el gastroenterólogo por problemas con una úlcera y, agregados a eso, problemas de presión alta y algunos accidentes caseros y en la calle, que el médico asoció con un cuadro que requería atención psicológica.
En la sesión que describo, me comunicó que su hijo Juan se iba a vivir a Madrid. Yo sabía que el hijo era lo único que la paciente tenía en el mundo y me llamó la atención el modo en que, como un dato al pasar, presentó la situación. Luego me habló de la cantidad de actividades que había realizado en el día y los dolores físicos que la aquejaban. Le pregunté cuánto hacía que sabía del viaje, y me respondió que desde hacía un año, el tiempo en el que había comenzado la relación conmigo.
En ese momento capté el auténtico motivo de consulta que la había traído hacía doce meses a intentar tratarse. Le sugerí que podía tener algún significado el hecho de que en un año no me hubiese comentado algo tan importante para ella. Me respondió que ella no hablaba de esas cosas, que la dejáramos ahí. Siguió hablando de problemas asociados al trabajo y, en medio de eso, como siguiendo la conversación previa, me dijo que se iba con la novia, de la que yo tampoco tenía noticia alguna, y que seguramente iban a casarse porque ella era española, y así podría vivir y trabajar allí. Pidió salir un segundo a un pequeño patio que tengo en mi consultorio, que es inaccesible sin pasar por la cocina. Pidió y lo ejecutó como si conociera la disposición de la puerta de acceso. Al instante estaba en el patio. Me decía desde el patio, y yo adentro, que se sentía ahogada. Me pidió que dejase de hablarle, que se ahogaba más. Del otro lado de la ventana, del bow window, se había producido una separación que parecía protegerla. Me quiso explicar algo no entendible en medio del ahogo. Tomé el intento de explicación como un pedido de disculpas por toda la acción dramática. Al minuto volvió más calmada. Le sugerí que tal vez su ahogo y sus dolores tenían alguna conexión con el dolor que le producía la partida de su hijo. Me miró desconcertada y siguió hablando del desorden de su casa. Le dije que la desordenaba mucho hablar de esos temas, tomar contacto con ellos. Me dijo que yo siempre le buscaba la quinta pata al gato. Se levantó, dio un portazo y se fue diciendo algo que parecía un insulto sobre mí.
Luego de esta sesión, la paciente, sin aviso, abandonó el tratamiento. A los seis meses, recibí una nueva llamada suya para pedirme un turno. Ingresó a su primer encuentro luego del silencio y me dijo que el médico volvió a enviarla a tratamiento porque había contraído una leucemia. No realizó comentarios ni sobre sus seis meses de ausencia ni sobre su hijo. Y se imaginan que yo tampoco…
Este nuevo comienzo estuvo cortado por un trasplante de médula y el periodo de recuperación, del que fui excluido radicalmente. Me dijo que ella me volvería a llamar. Así lo hizo sin sugerencia de ningún médico.
Mecanismos esquizoides y enfermedad orgánica
Lo primero que me llamó la atención durante el periodo de tratamiento fue el lazo débil que mantenían en la configuración comunicativa de la paciente, la percepción y los hechos. Ese lazo imposible o ese no lazo estaban directamente relacionados con su enfermedad orgánica y acciones o accidentes. A menudo yo había enlazado los hechos que traía, por ejemplo, el de sus dolores con su dolor por la partida de su hijo, pero sin resultado ni conmoción alguna por su parte. Los mecanismos disociativos eran realmente fuertes, y mi presencia era prácticamente la de un inútil –palabras de la paciente–. No sabía cómo la paciente sostenía el tratamiento. En varias ocasiones interpreté esa situación personal que se extendía a todo lo que estuviera cerca, bajo su dominio. En algún momento llegamos a bromear (porque Claudia tenía una picaresca del Siglo de Oro español que, por lo que pude deducir, provenía de su familia castellana) sobre mi lugar de inutilizado, con todas las resonancias que puede tener el concepto. Yo básicamente esquivé el contenido castrador obvio y preferí la imposibilidad de usar el espacio analítico en las interpretaciones. Diría que, en lo que se refería a este, había una zona paralela de emociones que no ingresaban al campo de la realidad psíquica, que eran expulsadas de ella, incluida la relación conmigo. El eje de esa separación, tanto de los sentidos y sus consecuencias perceptivas suspendidas como del control sobre mí y el ambiente, mostraba la base edípica de la que se estaba defendiendo. El nexo con el dolor físico y los accidentes se me reveló como evidente, pero ella y yo no veíamos lo mismo, inclusive, lo que yo veía para ella eran datos intrascendentes sobre los que ni siquiera se mostraba registro. Sin embargo, cierta confianza en la repetición analítica me permitía tener la premonición de que los lazos podían estarse tejiendo, y que yo tenía que seguir asociando los hechos. Creo que acerté, pero no tanto, dadas la explosión posterior y la suspensión del tratamiento por seis meses. No medí bien la capacidad receptiva de Claudia y pude haber generado esa acción posterior por mi insistencia. No lo sé. El tacto sobre el estado de la receptividad de la paciente era algo que quedaba insensibilizado en el vínculo por su aislamiento afectivo del material y actuaciones corporales y sobreadaptativas. A tientas y en un tiempo que retornaba al mismo punto sin divisiones, se había marcado todo el periodo previo a esta sesión. Estábamos atrapados frente a un superyó sin interioridad que eliminaba el significado de lo que se producía… aparentemente. Sostengo que el hecho de estar yo pensando todos estos elementos actuaba como barrera onírica en donde la paciente se inmiscuía en una terceridad creada en el vínculo. El lazo preverbal estaba a salvo del superyó en mi paciencia y receptividad, de esa manera se volvía invisible y menos posibilitado de ser desmantelado. Mi atención, selección, evaluación del significado iban creando una espacialidad profunda en donde la paciente, como un soñador, iba comenzando a soportar algo del significado. El hecho de que Claudia incluyera el tema del hijo, el viaje y la novia del hijo creo que confirma esto. En medio de lo mismo de siempre, síntomas y acciones, se incluyó la zona de significado. Mi unión del dolor corporal con el dolor psíquico desató algo que fue realmente insoportable para la paciente, aún no estaba madura para ello. Por eso debió salir del espacio hacia otro espacio ingresando por mi interioridad-cocina. Borró las barreras entre nosotros y, como una imagen alucinatoria, se colocó fuera, detrás de un vidrio, como un intento de establecer una represión, como si para respirar precisara tener un inconsciente que le permitiera sentir una sensación de ahogo sin ahogarse. “Siento que… estoy ahogada”. Sintió y se ahogó. Lo importante fue que sintió… Entró tan fuerte la unión significante, tan fuerte como una relación sexual, que probablemente la paciente se haya asustado de lo que ocurrió dentro de ella. Esta vez no había podido desmentir el significado como las otras veces, esta vez la paciente pudo recibirlo y, a mi entender, captó el sentido de profundidad. Pero la cercanía sexual del símbolo, la unión conmigo, la percepción de la función alfa fueron demasiado. Tanto que debió huir del espacio creado. Un hecho puede acabar con nuestra integración psíquica y hacer estallar el sentido recién formulado. La fragmentación del sentido fresco, recién estrenado, puede volver, cuando la función alfa no es soportada, como una pantalla-beta organizada en una enfermedad, brindando una unidad espuria a la fragmentación. En Envidia y gratitud Klein dice que, en algunos pacientes de tipo psicótico, nos enfrentamos con defensas que pueden parecer imposibles de analizar. Me vino a la memoria esa idea –como siempre exhaustiva– de Klein. Puedo decir, sin exageración, que en el análisis estaba luchando contra una fuerza capaz de destruirlo todo, no solo el significado y los nexos que lo articulan. Esa fuerza que la expulsó del tratamiento es la que insistía en desintegrar, la fragmentación como mecanismo esquizoide de alta agresividad tenía aún más armas, una especie de pulverización del sentido, un deseo profundo de volver a la nada.
Segundo periodo
En este segundo periodo, las descripciones centrales de la paciente se refirieron básicamente a su relación con la leucemia y su trasplante de médula. De su hijo Juan, ni noticias. Las sesiones transcurrían semanalmente en un lento sopor, en el que el trasplante de médula, que había resultado exitoso, marcaba los fugaces comentarios. A los veinte minutos, la sesión era un páramo un tanto abrumador para ambos, o al menos para mí, no lo sé.
Un grupo propuesto por el hospital donde realizó su intervención medular animó un poco el clima con chispazos comunicativos. Aquí refiero uno de ellos.
—Mi compañero Andrés, a quien intervinieron el mismo día que yo, me dijo que el trasplante es un renacimiento. Que festejan los cumpleaños desde el día en que una tiene una nueva médula. Mi cumpleaños sería el 20 de septiembre.
Me miró con gesto de sorpresa ante mi silencio. Nuestras sesiones habían adquirido un ritmo que me había llevado a esperar un poco para la configuración de una devolución. Estaba un poco más entrenado en el ritmo de sus disposiciones a recibir el alimento. Pero era evidente que me estaba comunicando algo. Como si yo tuviese que saberlo, me dijo que era la fecha en que Juan podía tener su hijo, que el joven padre tendría que elegir si estar o no en el cumpleaños de su médula, o de ella, que desde ahora eran lo mismo.
Como la primera vez, me encontré en una encrucijada. Recuerdan lo que ocurrió cuando articulé sus dolores físicos con la partida de su hijo a España. Pensé que era la misma situación. De nuevo me encontraba ante una noticia explosiva. La paciente me había enseñado cómo podía explotar ante una situación que era vivida como una intrusión excesiva. ¿Alguien puede pensar que yo iba a vincular su cumpleaños de médula con el nacimiento de su nieto? Ahora teníamos dos bebés en competencia y una paciente que me enseñó que no era fácil vincular hechos y atribuirles un significado. Que, sin embargo, me traía esta sorpresa que me despertó de golpe, y de la que esperaba, claramente esperaba, que yo dijera algo.
—Vamos a tener dos eventos importantes —le dije.
—¿Y él qué va a hacer? —inquirió.
—Veamos qué responde —le dije.
—Ah, usted siempre se lava las manos, mis compañeros de grupo me dijeron que los psicoanalistas cobran para que nosotros respondamos…
Miró la puerta como para ir al patio. Hizo el gesto de levantarse, pero, sin embargo, se quedó. Ahí me animé y le dije:
—Pero, Claudia, tal vez usted es la que lleva a una situación de elección algo que tal vez pueda solucionarse sin resoluciones dramáticas, como esta que usted propone del bebé o yo.
—Qué quiere, que me suban en antidepresivo, encima quiere que hable y ¿usted no lo podría llamar?
Ahora pensé que yo era un padre que tenía que recibir a mi nueva hija-médula e informar a los parientes la buena nueva.
—Yo pienso que usted tendría que conversar con Juan sobre la cercanía de los dos eventos —le dije.
—La última vez que hablé con él fue cuando me dijo que estaba embarazada… y después no volví a atenderlo. Llamó al grupo.
En esos días me enteré por la paciente que el hijo la asistió en la internación y contrató a una vecina-enfermera que la ayudara y con la que tenía conversaciones sobre el estado de su madre. La vecina actuaba como una especie de secretaria.
—Es un trabajo comunicarse con sus sentimientos —le dije.
—¿Conmigo o mis sentimientos? —preguntó.
—Con sus sentimientos, usted los expresa de manera indirecta. Por ejemplo, todo su rechazo a hablar con Juan le manifiesta muchos sentimientos.
—¿No es muy complicado lo que me dice?
—Si usted lo dice, puede que sea complicado de entender para usted en este momento.
—Nos estamos entendiendo más nosotros —dijo por primera vez desde que la conozco, con una sonrisa.
La sesión terminó con mi sensación de que estuve con una paciente desconocida para mí.
El clima de renacimiento y nacimiento tuvo una confluencia. La posición analítica –en resguardo– generó un sopor por el peligro de que cualquier comentario que hiciese podía ser interpretado como un atentado. Había una espera de que yo comprendiera el material sin que ella lo comunicara. La terceridad tenía que ser soportada por mí.
—¿Y usted qué va a hacer? —preguntó. A pesar de que la comunicación pudo ahondarse, la acción nunca se hallaba lejos. La necesidad del patio –que se había comenzado a configurar como una zona presimbólica de espera y socorro ante la invasión del sentido– era habitualmente inminente. En ese patio que comenzaba a ser un patio interno, se comenzaron a filtrar asociaciones en relación al hijo, previamente omitidas. Vemos cómo el silencio con respecto al periodo de internación del que fui excluido comenzó a presentarse espontáneamente. Creo que el patio ocupó un lugar central en esto. Operó como un espacio en el que la comunicación escindida se unió. El patio era una posibilidad de salir y entrar. La sesión era por momentos un patio de respiración en donde comunicar contenidos y no síntomas.
Tercer periodo. Tres meses después
—Marcelo, quiero decirle que, si usted sigue aumentando los honorarios, no va a haber trabajo que alcance para satisfacer sus demandas. Usted un día se levanta y me canta “Son trescientos”, y yo calladita hago las cuentas. Aumentaron las expensas, el cable, todos piden. En el grupo también tengo que hacerme cargo de todo. Mi hijo me envía fotos de su hijo, quiere que vaya a Castilla, que él me paga todo, pero no es así, a mí tienen que venir a verme. Yo atendía a mi mamá y a él sola, era la mujer orquesta, y ahora hay que ir para allá como si se pudiera dejar todo así nomás.
Estaba visiblemente ofuscada y preferí esperarla. En sesiones anteriores, ante una situación similar, había tenido un ahogo que la hizo salir al pasillo, no al patio, en busca de alguien, probablemente el portero, no sé. Después se volvió como si me hubiese reencontrado, pasó al baño, se mojó la cara, sollozó y volvió a sentarse. Yo solo la miré y acompañé la descarga, no hizo referencia al episodio hasta esta sesión:
—Tengo raptos de locura a veces, como el que ocurrió el otro día, no sé si lo recuerda.
—Sí, claro —le dije.
—El neurólogo dijo que eran crisis de angustia, una manera de expresar algo, usted por supuesto no dice nada…
—Claudia, creo que usted está sintiendo que yo solo estoy para sacarle cosas, que soy un hijo al que tiene que atender y por eso se va a ver con el neurólogo para librarse de mí. El episodio de hace tres sesiones es similar, usted salió a buscar a alguien porque sintió que yo la estaba ahogando —le dije.
—Realmente es así, ¿cómo sabe que buscaba al portero?
Se produjo un silencio acusatorio.
—Yo no dije que usted buscaba al portero —sostuve.
La situación era un tanto inquietante. Como sabemos por mi relato, yo había pensado en el portero, pero no se lo había dicho.
—Es un buen hombre, siempre lo veo con sus nietos, que deben vivir acá. Me abre la puerta, me dice si usted está o no libre. “Buenas tardes, buenos días” es la relación. Lo he visto con la esposa una vez por la calle Las Heras.
Yo le dije, en principio, que Claudia estaría buscando a un neurólogo, un portero que la asista. Pero a los hombres que la demandamos, su hijo, yo, que parezco ocupar un lugar similar a él, nos escapa, la asfixiamos.
—Yo acá nunca estoy tranquila. Con Juan tampoco. Antes de llamarme me manda un WhatsApp, y yo decido cuándo le hablo. “¿Estás solo?”, le pregunto las veces que sea hasta que me dice que sí. Ahí lo dejo llamar.
—Y muchas veces se va antes de la sesión —dije.
La sesión previa, a los quince minutos se fue por haberle señalado que la insistencia de su hijo indicaba que estaba preocupado porque durante dos días ella no había respondido los llamados. Además, le prohibió a la vecina-secretaria aceptar ningún tipo de mensaje, por lo cual Juan no tenía chance de saber de ella. También había cambiado el grupo de trasplantados al que antes iba y nadie sabía cuál era el nuevo.
—Se lo digo en la cara —me gritó—, usted me vuelve loca, es bastante insolente, no sé cómo lo aguanta su esposa, que no sé si tiene, o sus hijos… Discúlpeme…
—No tengo nada que disculparle. Usted está loca de celos conmigo y con el matrimonio de su hijo, eso es lo que la está ahogando y no sabe cómo manejarlo. Tal vez usted quiera un hombre para usted —dije de un tirón (y casi agarrándome la cabeza de lo que había soltado sin mediación entre el impulso y la acción). Lo venía aguantando, pero salió…
—Yo me quedo con usted por eso —me dijo como una niña reprendida—. Usted es un insolente —lo dijo todo despacio—. ¿De qué me voy a enfermar ahora, no? —dijo con cierta simpatía—. Ahora, al fin, dijo la verdad. Pero no sé si puedo soportar eso que dijo. Me voy a ir, se lo merece. Usted no me puede tratar así, me ofende.
—Yo solo trato de hablar con usted, no la critico, quiero pensar con usted —le expresé.
—Pero bien que se calentó… tiene que ver cómo me dijo lo que me dijo. Usted debe ser insoportable en su casa. Hay que domarlo a usted, taparle un poco la boca, ¿así quiere que me cure?
Ansiedades edípicas y posición depresiva
El ingreso de las ansiedades edípicas, con colores pasionales y personajes, en un lenguaje ampliado, habilitó el flujo de emociones complejas y agilizó la dinámica de las sesiones. Aceptar los sentimientos escindidos, desde mi hipótesis base de su enfermedad orgánica, habilitó el paso endoexogámico. Mi familia y la familia del portero inauguraron en su espacialidad psíquica la posibilidad de la terceridad. La intrusividad incestuosa con su hijo fue desplazada en nosotros, lo cual da lugar a una zona de duelo. La enfermedad orgánica es una melancolía que transcurre en el cuerpo. El duelo del objeto perdido, en su modalidad oral asesina, cerró los orificios de salida de la corporalidad. El cuerpo es la zona de combate de lo psíquico no ligado, que necesita, como señala Laplanche en su seminario La angustia, un trabajo de simbolización a representaciones que nunca se habían conformado.
Los mundos divididos son tan eróticos como hostiles, como se observa en el diálogo hijo, portero y yo. Esa tensión habilita el duelo en transferencia y la posibilidad de dirigirse hacia la posición depresiva. Por eso yo fui excluido por el neurólogo y el portero. Ella es excluida por su hijo y por mí, ella nos excluye de los llamados y de la autoridad. Lo mismo sucede con la puerta-portero. El portero inaugura un pasaje (don Héctor no conoce su papel protagónico en el drama). Es la puerta, la barrera de contacto consumada, el primer elemento alfa. Objeto desplazado y también lugar de percepción de qué es ser un buen abuelo. La complejidad del símbolo golpea con su fuerza depresiva.
Por último, en relación con mi actuación interpretativa, un tanto peligrosa, salió mejor que la primera vez. En aquella ocasión yo no tuve en cuenta que el espesor simbólico, ahora visible, no tenía espacio para ser recibido. Supongo que en esta ocasión tuve mayor confianza en la paciente y me permití una intrépida veracidad.
Cuarto periodo. 18 meses después
Faltó a la sesión anterior sin aviso. Siempre había avisado antes o después. Era un hecho diferente que no hubiese avisado.
La paciente en ese lapso se mudó a unas cuadras de la casa anterior. Compró un perro y tuvo varias recaídas por su enfermedad. Registré que ella no era la misma, ni su vida era la misma. Repitió esa idea varias veces en ese periodo.
—Soñé que iba a buscar a un perro, una perra al taller mecánico. Había un grupo de hombres de la clase mecánica, yo necesitaba a la perra para que me atrape una rata que había en mi casa. Me la prestaban, y yo la llevaba a lo que era mi casa. Era un lugar muy abierto, con espacio entre las casas como en un country, muy aislado, tipo como del campo. Brandsen. Yo tenía un perro, el que tengo, pero no servía, era un inútil, y precisaba a la perra.
La paciente había captado el valor de los sueños desde hacía unos meses cuando tuvo pesadillas que la tuvieron angustiada y pudimos sondear algo del contenido. Luego de relatar el sueño apenas entró, esperaba mis indagaciones para seguir, el pedido de asociaciones sobre algún punto.
—Usted puede decir lo que le parece el sueño —le dije.
—Los hombres del taller son los amigos de Luis, mi ex, era un lugar del conurbano. Usted sabe que tuve fiebre varios días, la infección, la neumonitis. Me enteré por Juan de que murió el tío de Luis. Eran todos del grupete. No sé… Es medio raro este sueño.
Esperaba que yo dijera algo. Asocio demasiado en relación con lo que asociaba habitualmente.
En principio se le metió algo infeccioso en su cuerpo que la hizo ausentarse de la sesión pasada por ese mismo hecho, parece.
—Estaba infectada, y mi vecino (que estaba infectado con HIV y había sido una inclusión en su vida junto con su perro) me golpeó la puerta varios días seguidos porque pensó que me había muerto. Dijo que sentía olor. Llamó al portero, a Juan, e insistieron hasta que abrí.
—¿Por qué no lo hacía? —pregunté.
—¿Qué les importa? Se meten sin que los llamen. ¿A usted le gustaría que vengan, le golpeen varias veces al día y una está con medicación, medio dormida y con fiebre? No tenía ganas de nada. Apagué el teléfono. Los ruidos me molestan, me irritan.
—Sin embargo, usted busca ayuda en el taller, que es como este, un lugar de reparaciones, y me indica que, si le presto la perra (que pareciera ser la parte de usted necesitada), la rata podría ser combatida.
—No sé qué me dice.
—Además, los que atrapan las ratas son los gatos, o las perras… Podrían tener otras direcciones los gatos y las perras…
Sí, eso es cierto. Yo valoraba al tío de Luis. Cáncer de próstata. Es el que ponía la plata para Juan, a mí no me la van a contar. Por eso Juan me avisó. Lo quería porque sabía. Después de eso me agarró esto. La señora que me ayuda cobró el alquiler y me hizo los trámites. Le dije que no viniera, que me hiciera depósitos. Y ni chistó porque el portero ni nadie me dijo nada, y ella sabía que yo estaba porque me comuniqué con ella.
—¿Por qué había olor en su casa?
—No saqué al perro, me encerré en el cuarto y el perro meó y cagó todo. Yo me bañé, por si pregunta… Después que casi me tiraron la puerta abajo, hablé con Juan. Que no haga tanto espamento, al fin y al cabo, se queda allá y listo, que no venga a hacerse el hijo presente.
—Y puede que le meta otra rata, usted habló de otro nieto el otro día…
—Yo no tengo nietos.
—Usted usó esa palabra.
—Yo acá muerta y florecen los niños… Qué tengo que ver yo con eso, dígame, ¿yo elegí eso?, yo no pedí nada de eso, ellos dale que va, no me quiero enterar de nada, si estoy sola, estoy tranquila. De usted ni hablar, no me lo iba a aguantar ni un segundo diciéndome lo del nieto… El defensor de las nuevas generaciones… Que los viejos se mueran… Que yo me muera, ya me está irritando estar acá hoy, ya veo para qué lado va…
—¿Qué lado?
—La gata, la gata, ¿usted qué insinúa…? Ya lo pesqué…
—Usted es la que busca a los hombres de la clase mecánica…
—¡Dice cualquier cosa! [se ruboriza y ríe], cualquier cosa… ¿Qué está diciendo? Usted parece de la clase mecánica, bestia como es, dónde aprendió modales, esos grasas de Paternal… [se ríe con picardía].
—Hinchas del Bicho, usted me dijo que José de joven jugaba en el Bicho…
—Ya se pasó de la raya, me está tomando el pelo, piensa que soy una regalada…
—La gata-perra, el Bicho. Usted señala que para no estar en ese barrio lindo pero aislado, el country, necesita aceptar su necesidad de los hombres. El portero, su amigo, Juan, yo, todos tenemos que estar en vilo por usted. Usted nos reclama. Usted no puede decirlo directamente porque se sentiría como un perro que no sirve para nada, una regalada. O recupera a la gata que pareciera estar representando sus sentimientos de necesidad o tiene miedo de enfermarse nuevamente.
—¡Ja!, usted ni llama ni llamará, no se haga el preocupado. En el grupo me dijeron que ustedes no llaman, viven en la Luna, no se los ve por ningún lado. Los psiquiatras son distintos. Ustedes van encapuchados, se visten así, ni formales ni informales. El antidepresivo hizo el trabajo por usted, no se haga problema. Además, la psiquiatra me entiende cosas que usted no va a entender jamás. Usted no tuvo un hijo, yo sí.
—Pero también lo trata de perro inútil.
—Deje de sanatear, el perro soy yo… Mejor no lo escucho. No sé si mi hijo me quiere. No va a lograr que vaya, jamás. Su vida y la mía ya son distintas. O soy vieja y una molestia. ¿Vio Gran Torino? Yo soy de esa época, de los Torinos. ¿Sabe qué es?
—Sí, sé. No sé qué es para usted.
—¡Aaaaah! Me hice la ilusión de que respondería como una persona y no como un astronauta, pero saca el estilete enseguida. Un Torino, ¿qué puede ser?, ¡un auto blanco! Mi papá tenía uno blanco… Se va a salir con la suya, ya veo… [se ríe]. La psiquiatra no es tan brava como usted, habla cosas de mujeres, me da consejos, no es una bestia como usted. Mi papá se parecía a Clint Eastwood también. No hablo más porque me canso. ¿Me puedo ir?
—Yo preferiría que se quede hasta el final de la sesión.
—No puedo, disculpe.
Se fue visiblemente angustiada. Cerró la puerta despacio. Más o menos dentro de su hora golpeó la puerta. Abrí y me dijo:
—La rata nació en Brandsen. Usted entiende que un hijo no se puede volver una rata.
Se volvió a ir.
La histerización del tratamiento: el pasaje del organismo al deseo
El drama edípico se hizo presente en muchos aspectos a través del sueño. Aparece el padre de su hijo, la referencia a personas del lado de su exesposo que contribuyeron a la crianza.
Conjuntamente el duelo presenta su versión más cruda y se une al de su juventud y su separación de José, el padre de su hijo. La dimensión psicosomática presenta la versión de una infección, pero a través de ella se evidencia el sesgo esquizoide del trastorno orgánico. Podemos decir, en este momento del tratamiento, más esquizoide que orgánico. La actuación del “aislamiento” social puso de relieve una defensa un poco más exitosa que el desborde físico sin ningún nivel de representación. El aislamiento implica un mínimo nivel comunicativo que expresa una demanda. En cambio, previamente, el aislamiento era compensado por una actuación sobreadaptativa sin contacto con las necesidades emanadas del cuerpo. La caca, el olor del pis, la falta de contacto con la realidad son expresiones de una demanda a los hombres que luego acudieron. Si bien la expresión edípica es pregenital, la genitalidad se observa en los objetos heterosexuales y totales que cada vez se presentan más nítidos a pesar de la preponderancia de las defensas maníacas.
Como ya lo señalara Laplanche en su seminario La angustia, la neurosis actual aparece como una acumulación producto de la falta de significación. El cuántum psicosomático no aparece tanto como energía desligada, sino como energía no procesada en representaciones, no enlazada a objetos. Aquí vemos que la angustia desde el cuerpo comienza a recorrer el significado en representaciones que allí estaban, pero no habían sido unidas a la situación edípica, que es el centro del ataque disociativo. La neurosis actual indica una falta de representación, en ese sentido, una falta de simbolización de contenidos que no han sido representados. La aparición de imágenes en los sueños expresa el primer pasaje simbólico del trastorno orgánico.
Dos meses después
—Cambió el sillón, el otro era duro. Me fui a Tilcara con el grupo, parecemos jubilados. Al menos salí de acá, como son viajes posibles económicamente, una los hace. ¡Qué vida que tiene la gente! Llegué a Iruya, había una fila en un lugar en donde la gente esperaba algo, ¿sabe qué era? Los planes sociales de la yegua. La gente espera como ganado. Yo trabajé toda mi vida y no necesité ningún plan social. Había un padre con un nenito chiquito esperando. Lleno de perros. Los patean, les hacen de todo, y los perros se van. Yo tuve uno una vez, recién ahora tengo otro, pero el que tuve era de raza, y un cuzco la agarró en celo y ya sabe…
—Usted marca el cambio de sillón, que está en relación con otros sentimientos difíciles que relaciona con los cambios.
—Yo no me voy a jubilar, por si se refiere a eso, ¿con qué va a salir? Me va a tratar de cusquita, soy rubia, por si no lo vio.
—Hay un padre con un nenito. Puede que lo sienta como a un perro de raza rubia como usted que lo agarró una cuzca y lo cambió.
—Y la re cagó. No usted, no hablo de usted, ¡el mundo no se refiere a usted!, por suerte hoy no hablo de usted, yo sé que no están de diez, lo sé, acá tienen todo, ¿qué hay en España? Ella lo sigue a él, él manda, si viene, yo haría un esfuerzo…
—Puede ser que se refiera a su soledad y desprotección, pero también manifiesta un deseo de proteger a su familia, hasta acepta negociar con la cusca.
—Ya la cagó usted ahora, ahora sí, con la presi, bue, esa… Están volviendo varios ahora, a ver si hace algo para mí… Voy a Argentina como ella quiere. A esta altura me gustaría que tengan agradecimiento, como yo lo tuve. Había un chico trepado a un árbol, todavía pasan cosas, usaban gomeras, ¿usted sabe qué es una gomera?
—Sí.
—Yo era varonera y vivía trepada a los árboles, era la insatisfecha, y los varones tenían más libertad, siempre me rompía algo, los varones me aceptaban en su banda. Jugaba luchas. Me decían “la momia”.
—¿Por?
—Era la única mujer de las luchadoras y peleaba la final con Karadagián. También me decían “El Ancho”, ¿sabe quién es?
—Rubén Peucelle.
—¡¡Ah!! ¡Habla y sabe! Hoy está bien, ¿a usted qué le pasa, se hizo de otra escuela? No se ofenda, pero a usted le podrían decir “la momia”. Yo los pecheaba y así me gané el respeto, ¿usted sabe que mi papá murió muy joven en un accidente de camión?
—No lo sabía, nunca me lo había referido.
—¿Usted no sabe preguntar?
—Parece que un varón me está pecheando y midiendo todo el tiempo. Me convoca a pelear. Puede ser un modo suyo de acercarse. Por una parte, se acerca, me pregunta, me hace bromas, y por otra sale a combatir conmigo, puede ser una manera suya de vincularse. Cuando no pelea, se siente en peligro.
—¡No es tan Anteojito como parece!
—¿Qué sería Anteojito?
—Durito, así, del más allá, como son ustedes. Pero parece que no le interesó tanto lo de la momia, pero era un personaje importante. Tengo una foto con ella en la Bristol, en Mar del Plata. La gente iba mucho a Mar del Plata en esa época. Comíamos bollos dulces enfrente, era una época en la que estábamos todos. Después de eso tuve una época en la que me hacía pis encima y no podía dormir, temía que la cama me tragara. Eso les decía a mis padres. Me meaba parejo. Después le hice frente y como siempre encaré. Fue una época, doce tendría, trece, de la que tengo recuerdos de felicidad y estos episodios. Era otra época. Las mujeres éramos muy sometidas a las madres, y la rusa que yo tenía era brava, muy brava. Cualquier cosa agarraba el cinto. Trabajaban todos duro. Yo hacía las capelladas de los zapatos. Un amigo de los pocos que me dejaban ver me decía que yo nací vieja. Usted sabe que yo tuve a mi hijo muy joven, ¿no?
—No.
—Tendría que saberlo, haga cuentas.
—Usted siempre supuso que como un padre o una madre tengo que saber todo de su historia, que usted no tiene que hacerme saber cómo eran su vida y usted en otro tiempo.
—Tendría, yo soy de poco hablar.
—Se tuvo que transformar en una momia para poder sobrevivir, por lo que manifiesta. Usted está intentando comprender su historia, cómo se transformó en lo que es.
—Esta vieja amargada. Le voy a contar algo que me da mucha vergüenza. Mis padres eran muy brutos, gente arruinada por la necesidad que terminó haciendo un poco de dinero que hoy disfruto. Yo me meaba mucho realmente. A tal punto que el colchón se volvió inservible. Mi papá un domingo se enojó tanto que lo sacó a la calle en el barrio donde vivíamos y empezó a gritar que yo lo meaba todas las noches. No sé quién estaba o no, pero me sentí tan humillada que empecé a pasar de largo por todo el barrio, dejé de saludar hasta el día en que me fui. De ser una chica simpática pasé a ser antipática… Tengo varias de esas.
—¿De qué se enfermó su mamá?
—¡Eso sí lo pregunta! ¡Usted es como los perros, huele, pone el hocico y huele lo que quiere oler! Ya sabe seguro. Y no me diga que le atribuyo poderes. ¡Sí, leucemia! No se haga el sorprendido porque no es cierto que lo está. Usted ya sabía y por eso preguntó.
—No, no lo sabía, pero evidentemente la sensación de que yo sé cosas que no sé es importante para usted.
—Las mujeres siempre necesitamos que alguien esté delante nuestro, ¿usted vio la película La mansión Howard?
—Sí.
—Anthony Hopkins se acerca a Emma Thompson para decirle algo, y ella, sin dejarlo hablar, le dice que sí, que acepta. Él no había pronunciado ni una palabra. ¡Aprenda cómo somos las mujeres!, acá debe tener bastantes, pero evidentemente no se dio cuenta de por qué peleamos. No nos subimos a cualquier carro, supongo que hablé demasiado hoy. No creo que me pueda dormir.
Las bases edípicas orales del trastorno orgánico
La relación firme con el pecho se hace evidente en “Cambió el sillón, el otro era duro”. La alusión genital, claro, también está presente. Queda en evidencia la sobreadaptación: “Yo no necesito ningún plan social”, y, paralelamente, la expresión de abandono y soledad en que la deja el splitting forzado en la identificación proyectiva “sobre los perros pateados”. En el splitting forzado, el nivel adaptativo está por encima del significado afectivo de la situación. Esta división genera la disposición psicosomática. La esquizoidia queda enlazada directamente al desarrollo del trastorno orgánico. En este avance del tratamiento, reaparecen esos mecanismos, lo que evidencia el funcionamiento de la necesidad. Ella ahora es como un perro que necesita, que es abandonado. Lo que quiero señalar es que al menos es una representación. De todas formas, la organización maníaca sigue vigente en su lucha de quienes esperan “los planes sociales de la yegua”. Mientras en la posición depresiva una parte del self lucha por reconocer la necesidad de “los perros”, en la otra, la lucha PS (esquizoparanoide) intenta restablecer la manía de la crueldad y desvalorización de las partes necesitadas.
Inmediatamente aparecen en escena los celos hacia el perro-hijo que se fue detrás de la cusquita “que lo agarró en celo”. La escena primaria queda invadida por la falla que saca a Juan de la aristocracia de las rubias únicas y que se arreglan “solas”. El pasaje exogámico queda en el centro del análisis junto al ataque esquizoide que recibe la pareja idealizada. “¿Qué tiene ella [España] que no tenga yo?”. La envidia del pene es el resultado de una feminidad desacreditada y que la lleva a ser la “varonera”. Tener sentimientos hacia los varones es un fracaso para la estructura defensiva. “La momia” enfrenta al pene-Karadagián que mata la feminidad. Se vuelve varón y reemplaza sus sentimientos de maternidad por los de una muerta-viva. Las burlas y bromas en el vínculo conmigo representan cierto ablandamiento con relación al pecho y al genital masculino. “Los bollos de dulce” de la Bristol son pruebas vitales de reconducción a la relación positiva con el pecho y los genitales masculinos. El reconocimiento extremo de experiencias de necesidad y vergüenza alejan a la paciente de la base psicosomática negada, en donde el desprecio maníaco a las vivencias de desamparo llevaron a la disgregación física fragmentadora, expresión de un superyó mortal. “La rusa que agarraba el cinto” representa el corte violento con cualquier experiencia de necesidad. De ese modo, la única forma de expresión pasó a ser el cuerpo que se apropió en la desligazón de la zona de significado. La desintegración invisible tenía como cara visible a un superyó ideológicamente centrado en la negación y expulsión de cualquier lazo humano consigo misma y el objeto. El cambio de carácter “de ser una chica simpática a una antipática” indica el cambio en la identidad producto del splitting. Finalmente le aparece la idea de que yo debería ser una madre que comprendiera sus necesidades sin que ella las manifieste. Los niveles pregenitales y genitales se presentan en la misma situación transferencial. Como dice Klein, la etapa genital y las pregenitales aparecen juntas. Mientras que en la dimensión genital las asociaciones de la paciente se observan como una demanda de amor genital (Anthony Hopkins), en la pregenital la demanda oral es la de ser oída intuitivamente. La genitalidad, su deformación oral en la envidia del pene, carácter narcisista y único, son otras de las expresiones de Claudia frente a una demanda temprana de ser oída por una madre sobreadaptada que solo oía el trabajo, con la que la paciente se identifica, y de la que en el análisis de la oralidad se comienza a desidentificar.
Sesión siguiente
—¿No le dije que viene Juan?
—No.
—Estuve toda la sesión pasada hablando de la familia y todo eso y usted siempre en Babia, tenga cuidado, que a usted se le pasan cosas importantes. La mansión Howard, los bollos de la Bristol, y usted en Marte, no se dio cuenta de que ocultaba algo. Las mujeres siempre ocultamos algo, le aviso, porque de mujeres le faltan millas. Siga mirando fútbol, vi que sabe de eso. A La mansión Howard la conocía.
—Lo que no oculta es que tiene mucho interés en qué hago o no hago y me quiere ocultar cosas para que yo esté intrigado y atento a usted.
—¡Picó el pescadito! Yo solo tengo interés porque usted se hace el recio. ¡Hable un poco más, por favor! Yo le pago peso a peso, y usted hace parcialmente su trabajo, yo pongo mucho acá.
—No lo dudo. Tal vez se fue con la sensación de haber puesto mucho en la última sesión y hubiese querido escucharme más.
—Pero se acabó la sesión, no dormí bien y no pude decirle que venía Juan. Llega mañana. No sé si viene a quedarse o a pasear. Él es como usted, mucho no dice. Avisa y viene. No va a preguntar usted, pero sí, viene con su familia. Nunca más la vi…
—Lo supuse, debe ser especial para usted este momento.
—La última vez que lo vi, después me enfermé.
—Sí, usted estuvo hablando de la leucemia la última vez.
—No sé qué hacer.
—Pensemos juntos.
—Tengo vergüenza de mí, ¿cómo me presento? Tuve diarrea, realmente estoy muy nerviosa. La psiquiatra me dio una pastilla para calmarme, creo que voy a pedir ayuda. Ya hablé con el portero para que les arregle un departamento, tengo varios y elegí el que está más lejos de mi casa. No sé qué hacer, no sé qué vienen a hacer, ahora estaba todo más tranquilo, no quiero vincularme porque después no quiero enfermarme.
—Estoy de acuerdo con usted.
—Con todo me pasa lo mismo, por eso nunca le acepté venir más sesiones.
—Teme que se arruine todo si se mete demasiado, nos manda lejos y de esa manera pasa lo más rápido, como hacía con los vecinos en su barrio de origen.
—¿Usted quiere que me haga la abuelita de Heidi? Soy un espanto, Marcelo, no sé dónde voy a meterme.
Le sonó el teléfono. La primera vez que le vi un teléfono. Visiblemente perturbada, me dijo que tenía que atender y salió de la habitación. Habló en un tono afectivo y adulto con el que supongo que era su hijo.
—Están en el aeropuerto, en San Pablo. Dijo que está bien el departamento que elegí, me preguntó si los iba a buscar. Le dije que sí, no sé qué hacer, le voy a decir al portero que saque el auto que no uso y que nos lleve él. Estoy un poco aturdida. Voy a pedir ayuda a mi vecino y a una amiga del grupo, una chica joven de la que estoy a cargo.
—Usted ha demostrado poder hacerse cargo de muchas cosas operativas en su vida. Creo que está hablando de cómo nos podemos hacer cargo de todo lo que siente con esta llegada, de cómo vamos a enfrentar tantos sentimientos juntos.
—No se haga el cooperativista, ¡juntos! Este cuerpito tiene que hacerse cargo, poner la caripela. Está por venir, y nunca me sentí tan sola. No sé si avisarle o no al padre, no sé si se habla con el padre, no sé nada del padre, no sé qué hacer con él. No sé para qué viene, estaba todo tan tranquilo…
—Estaba todo tan separado y quieto, y ahora tiene que juntar todo lo que tenía quieto y paralizado. Seguramente le llevará un poco de trabajo.
—No me da aliento, no lo logra. Todo es un stress, ahora tengo náuseas y no le quiero decir…
Pidió ir al baño y vomitó.
—Me siento realmente mal.
Se acostó en el diván y se durmió unos diez minutos. Había pasado un poco su hora.
—Me quedé totalmente dormida. Exploté. No podía hablar más, me tenía que sacar eso de encima.
—Usted va a tener que digerir todo esto de a poco, no va a poder resolverlo sola y de golpe, encerrándose y aislándose.
—¿Qué quiere que haga?
—Que acepte como veníamos pensando y podemos ir viendo lo que le pasa con el encuentro con su hijo.
—Creo que no me voy a poder escapar esta vez, me acorraló, ¿y es el mismo precio por las dos? ¿O baja?
—El mismo.
—Yo le pago los sillones, ¿no? No se aproveche de la gente que sufre —dijo sonriendo—. “¡Se pasó su hora!”. Usted, que es tan durito. ¡Qué van a decir los freudianos!
En este tramo final, se observan tres elementos importantes como desarrollos. El primero es la idea del ocultamiento. El segundo es la aparición del temor y, por último, la idea de separación y muerte del pecho como experiencia de identidad separada.
El ocultamiento histérico indica un aumento de la vivencia de intimidad y diferenciación sexual tolerada. La distancia del durito reemplaza su dureza y remarca su interés genital en el objeto. El temor como antesala del acto psicosomático revela la debilidad y angustia frente a la situación de recibir a su familia. Habla de ellos (otros sin ella) y de ella con sus déficits en una posición novedosa. Lo mismo la burla sobre la idea de juntos en relación con mi interpretación. La muerte del pecho implica la comprensión de que lo que está delante debe realizarse a solas, por más acompañamiento que se tenga. Sola, realmente sola, y no como mujer sola como defensa caracterológica frente a la soledad y la necesidad.






