Queda claro que la posición psicoanalítica es haberse despojado. El mundo va para allá, el psicoanalista va hacia otro lado. Su práctica se funda, a diferencia de los organizadores de verdad establecidos, la ciencia, el arte, la religión, la música, ¡la política!, se funda, decía, en una nueva posición desconocida y privada, sobre todo desconocidamente privada. Nadie sabrá del todo cuál es esa posición, porque el analista no lo sabe ni lo sabrá. Pero sí sabe que supo retirarse de la farándula lingüística y cultural. Sabe que es inconveniente lo que exprese, que no está sujeto a las leyes de lo sensorial y medido, y además no es religioso, porque su doctrina es no tenerla. El objeto vivo no tiene doctrina, viene como viene. Ese es el objeto del psicoanálisis. No quiere exhibirlo en museos, ni publicarlo, ni hacer conferencias al respecto, ni agrupaciones políticas, aun dentro del mismo psicoanálisis. Los que quieran medir que compren un metro o vayan a ser prestigiosos o famosos. Nosotros, gracias, solo psicoanálisis. Luego, en las afueras del psicoanálisis y los lugares en donde se habla sobre psicoanálisis, empieza otra historia, la del psicoanálisis convertido en historia e institución. Esa dialéctica Bion la señaló con relación al continente que asfixia al contenido y lo vuelve parasitario. El borde entre practicar el psicoanálisis y hablar sobre él indica vértices paralelos que no parecen juntarse salvo en la práctica. Ella forma la textura del borde. Sin embargo, el desplazamiento hacia la dirección opuesta permite que el continente se apropie del contenido y la muerte de lo valioso esté cerca. Las formaciones grupales dependen de los miembros del grupo. Las tensiones del grupo y los juegos de apropiación y modos tribales de organización generan que los analistas participantes se refugien de la institución grupal, paradójicamente, en el psicoanálisis, en el psicoanálisis como absoluto. Protegiéndolo y protegiéndose de los dispositivos grupales y sociales que son capaces de expulsar a Freud. Quienes se protegen del grupo al no entrar en la puja partidaria sindicalizada, por fuera, y dentro, proveen aire y esperanza a los psicoanalistas que quieren dedicarse al psicoanálisis, y, por no ser anarquistas, precisan unos amigos para hablar sobre lo que nos sucede en la práctica psicoanalítica. La falta de importancia del individuo, dice Bion en Atención e interpretación, es el tema central de la búsqueda de la verdad científica. El pensamiento verdadero no requiere ni formulación ni pensador, indica. Esto significa que toda verdad psicoanalítica es absoluta y desconocida, sorprende −y aquí nos toca con su don poético− con la frialdad espontánea de lo genuino. Lo genuino nos sorprende, va a contramarcha de lo sabido, no lo esperábamos de esa forma, es fruto de una espontaneidad que el absoluto psicoanalítico aspira a recobrar como su objeto central. A diferencia del mentiroso, al que engloba en ese capítulo XI del libro que cité, la búsqueda científica se centra en la verdad, no en hacer pasar por verdad las variantes de la mentira con sus formulaciones y pensadores. Los argumentos del mentiroso sostienen el vértice O de evitar la verdad por ser portadora de frustraciones y limitaciones. El científico bioniano se ha despojado de sí mismo y se orienta más allá de cualquier escollo a aquella búsqueda central, no para declarar su autoría, sino para dirigirse al psicoanálisis como absoluto.
La supresión de la identidad es fundamental en la práctica psicoanalítica. No se puede soñar y estar despierto. Ser psicoanalista y ser experto. Ser quien ama lo invisible y querer ser visto. El analista descree de lo sensorial, o no cree en las apariencias. Cree en lo que ve fuera de lo que se ve. En ese sentido, es desinteresado. El analista no puede tener interés. Confía plenamente en el ideal. Cree que el hecho tiene una sustancia fértil. Cuando logra esa posición, sabe que lo otro, lo que habitualmente hace, no es lo que se siente como psicoanálisis. Dentro de un análisis, gran parte no lo es. El psicoanálisis es, como insiste Bion, erróneo. El psicoanálisis no tiene parangón. Los sacerdotes cuentan con la garantía de ser la voz de alguien. El escritor cuenta con la libertad de no tener que intervenir más que en un conflicto estético o político, si es que le interesa el arte comprometido. El filósofo discute ideas que pueden decidir el futuro de las cuestiones que trata. El psicoanalista, en cambio, trata con un hecho que desconoce, que no sabe cómo es y sobre el que tiene que decidir por el bien de una persona. El analista cree en el bien y en sus fallas, pero cree en el bien. Descubrir el mal en sí mismo, o en el paciente, es porque cree en el bien. Su trabajo tiene consecuencias sensoriales en el crecimiento de sí mismo y del paciente, o en el no crecimiento de ambos. La personalidad del paciente también puede tenerlas, en ambas situaciones, crecer o no. Es trabajo del psicoanalista pensar sobre la personalidad que analiza. Por eso, la incidencia de esa personalidad no determina el rumbo del análisis, porque ella es la investigada. Todo lo que se diga sobre ella es pertinente, sea cercano a los hechos o no. El paciente puede no venir a sesión, mentir, revertir la perspectiva, asociar, hacer lo que le plazca en la hora de sesión. La función del analista es dirigirse al O de lo que se observa de esa personalidad, investigarla, ver cómo se relaciona con aquello que no es ella. Por otro lado, la personalidad del analista y sus errores son parte del trabajo mental del analista consigo mismo. Sus caídas, sus tropiezos siempre tienen que volver a orientarse hacia el ideal. Nadie es dueño del ideal. El analista debe protegerlo de los kleinianos, lacanianos, freudianos. Cómo representen al psicoanálisis en su grupo es un problema que no le compete. El ideal analítico se muestra como un camino en la ruta que nos presentará fantásticas ciudades y valles, modos de vivir y de enfrentar el mundo que nunca habíamos visto. Un soltarse, despojarse, como quien sale de vacaciones y ha dejado todo lo que tenía detrás. Bion empujó hacia eso, estoy seguro. Lo ha dicho permanentemente. Pertenecemos a esa especie que cree en la ceguera artificial, en la suspensión del Yo y sus funciones. Las resonancias orientales de esas ideas en todo caso estaban también en Freud. Bion extendió el despojo de los sentidos en la misma línea técnica planteada por Freud. No hacia una zona esotérica, sino a una confianza en la inmanencia y estructura del hecho. La zona analítica se presenta sorprendiendo, en imágenes, en débiles percepciones que debemos seguir, que nos llaman. La identidad obstruye el sentido. La pertenencia y el deseo de insistir en consonancias son su O. Estamos preparados para eso, espontáneamente. ¡No vamos a creer que el psicoanálisis puede transmitirse por Instagram! Cada quien debe encontrar su manera. La doctrina es el peligro del habitual egocentrismo de los especialistas. Las identidades repetidas, las mímicas, los grupos que hablan en jerga y hay que estar adivinando a qué se refieren. Lo referido es el tema central de la alusión. No la forma de lo referido que debe llenarse, y que se termina llenando de las cosas más inverosímiles. ¡Tantos conceptos para hablar de los celos, la envidia, los problemas edípicos, de la desconocida personalidad! ¿No tenemos, más bien, que usar las orientaciones que surgen de la sesión para referirnos a esos Elementos de psicoanálisis? Bion inventó una guerra en Memorias del futuro para invertir el sentido de los términos, invirtió las identidades de los personajes, se dividió infinitamente a sí mismo, para mostrar la falta de unidad, junto a la ficción y la realidad. Inclusive usó sus Memorias como hechos potenciales de un futuro desconocido. Un futuro arrojado desde una preconcepción sin fin realizada y vuelta a comenzar. El objeto vivo del análisis conjura contra los demonios de los conceptos. El concepto es un pasaje a otra experiencia, no a otro concepto. La apoyatura mínima. El objeto vivo no es un resto. El resto es el concepto en psicoanálisis. Vemos a teóricos locos de conceptos. El psicoanálisis es una alusión. No un destino fijado. Esa alusión es hacia el objeto nuevo y vivo que la estructura identitaria no hace prevalecer. Haberse despojado es un entrenamiento de la generosidad. La avaricia y búsqueda de poder del analista hacen que no se centre en su objeto. Está asediado por el grupo al que se dirige para responder a tal o cual línea teórica o política de derechos sociales o la diferencia entre europeos y latinos, todas esas cosas habituales del racismo. Aprenderá cosas ajenas al análisis, perderá mucho tiempo. Si se hace análisis, no se quiere ser líder. Se busca a analistas y gente que acepte la cosa en sí que representa. Si busca entender la Vía Láctea, se enfocará en problemas de la Vía Láctea y en grupos interesados en esa cosa en sí misma. De las ideas puede decirse cualquier cosa, para un lado o para otro. De la cosa en sí solo pueden hacerse alusiones y modos de acercarse a ella. En las últimas cuatro décadas de psicoanálisis hemos asistido a discusiones de ideas sobre las cosas prevalentemente. La cosa psicoanalítica se cubrió de capas de problemas que no aluden al psicoanálisis, sino, básicamente, a problemas de la cultura.
Haberse despojado, entrenarse para la intuición, para el error, para evitar el premio, el agasajo. Hay una profunda creencia en un fondo renovado, en ver lo abierto. Lo que es e inconsiste. Que toma coherencia en una ficción errante plena de veracidad, potente de autenticidad, como el aire fresco que nos vitaliza luego de un largo encierro, como un nacimiento estruendoso, vitalizante y temeroso.






