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8. Bion y Beckett

Este comentario es un acompañamiento. Voy a acompañar a la autora tratando de brindar un contexto y realizando algunas reflexiones sobre sus ideas.

Cuando Francesca, la segunda esposa de Bion, introduce a modo de tercer volumen de su autobiografía Cartas de familia y encabeza el libro El otro lado del genio, lo hace porque ha quedado realmente preocupada por los escritos autobiográficos que dejan de Bion una imagen “de tristeza y de profundo desprecio por sí mismo”. Paradójica apreciación de Francesca. Fue un choque contra mi idea de la autobiografía. Lo que más me atrajo siempre de ella es la percepción de un autor que entiende que la verdad sin transferencias es aplicable a sí mismo. Que un autor que ha pasado al menos por tres análisis, y uno de ellos 8 años con Melanie Klein, sea al menos “lo que pudo ser”, que, por cierto, en nadie nunca es mucho.

Reconoce que le costó ser receptivo a las intervenciones de Klein en su análisis con ella. Y acepta que Klein tuvo suficiente “Bion”, y seguramente se alivió al no llevar más la carga de su personalidad. Sin dudas Bion, y Francesca intenta matizarlo, tenía inconvenientes con las mujeres, y las Cartas de familia que ella presenta avivan aún más el tema, lejos de matizarlo. Basta con seguir la dificultosa paternidad con Parthenope, cuyas dificultades, a través de las cartas, se delatan.

De lo que no quedan dudas es de que Bion cree en la personalidad y en la verdad, ambas ideas, que no vamos a discutir hoy, las sostiene hasta el último momento de su vida. Eso puede ser inquietante. Todo el tiempo teme que los honores y las medallas tapen su personalidad. Huyó de ellos desde sus primeros años y hasta el final. La verdad como ideal platónico guio como una invariante su vida y producción. Contra el interés (basta ver la cantidad de páginas que les dedica a los fanfarrones del ejército, Oxford y la Sociedad Psicoanalítica, ¡ni qué decir al establishment!), decía, “el ideal”. Contra el concepto, la experimentación que lo revitalice. El fluir de la vida y la experiencia contra el esqueleto de la vida que se encierra en cualquier nominación. Tal vez por eso lo han interpretado tantas veces como anarco o religioso por su idea de absoluto. Yo creo que nunca dejó de ser un kantiano y que llamó al sujeto trascendental “personalidad”. A la vez nunca dejó de ser un empirista, y llamó a sus pruebas “experiencia”. Sujeto y experiencia forman un dúo a priori que pone en marcha la dinámica de su metapsicología.

Pero esto ya es especulación del Bion tardío. El Bion que se encontró con Beckett, no me animaría a decir que analizó a Beckett, era un analista en formación en una Tavistock en donde el psicoanálisis era una práctica ajena al establecimiento. Ni siquiera había sido el psiquiatra del ejército que le daría notoriedad. Era uno que envió a Beckett a ver una conferencia de Jung y que conversaba con él sobre literatura. Beckett dijo que ese análisis “cojeaba”. Tenían en común el venir de familias hugonotas, Joyce y la rudeza de sus personalidades. Bion se transformó en Joyce en su obra máxima desde mi punto de vista, Memorias del futuro. Beckett tuvo una relación con la hija de Joyce para estar con Joyce. Podríamos decir que la psicosis estaba entre ellos. Bion la enfocaba con buen humor e ironía inglesa. Beckett, creo, un poco más complicado. Pero experimentaban sobre la misma “Cosa”. No cualquiera se anima a esa “Cosa” que tenían encima en su personalidad, que tanto preocupó a Francesca que se viese. Esa Cosa que Beckett indica en el personaje de Final de partida, Hamm, con una dirección mítica, ciego y paralítico. Para acceder a esa Cosa, hay que tener coraje y fe en la Verdad y hay que estar liviano de premios y presiones del Grupo. El vértice psicoanalítico necesita privacidad. Bion quería acceder a esa Cosa y dejó al analista Ciego y despojado de todo para poder Ver. Bion solo quería ser psicoanalista y sacudirse lo que querían ponerle encima para que sus sentidos no se distrajeran. Él quería librarse de ellos para “Ver la experiencia”. Los años de ese periodo en la Tavistock no figuran en su autobiografía, los del periodo en que se encontró durante algo más de un año con Beckett. Ni una mención. Del ejército a Klein sin nada en el medio. Beckett ausente. Beckett parece haberse librado de Beckett en sus obras, haber establecido una distancia de sí mismo para verse y no estar atormentado por sus síntomas. Para poder mostrar su mundo, tuvo que alejarse de sí mismo, poder ver su Cosa. Como señala la autora en una de las dos tesis centrales del trabajo, “Beckett hace un uso particular de la Tabla”. Y lo refiere, aclarando que no se trata de un ataque al vínculo. Creo que esta es una buena idea de la autora. Probablemente Beckett lo atacara en otro lado. Pero, con relación a las palabras, sostiene la autora, “hace un uso ‘regresivo de ellas’”. Quiero insistir sobre esta idea y llevarla más lejos; ¿no se habrá cansado el Beckett de Joyce, el de Finnegans Wake, de las palabras? ¿Las palabras no serán la muerte del significado, un medio para mostrarlo, un organizador, que ha quedado en el lugar del significado? Bion siempre estuvo harto de ellas porque no se cansó de decir que “la experiencia” era sepultada por el concepto. “Las llamaba como un personaje espectral; el lenguaje articulado”, nos insiste en avanzar sobre los demás sentidos para oler el sentido. La tabla es un concepto abierto, no saturado, para usar fuera de la sesión. La sesión para Bion es el psicoanálisis. ¿Las imágenes del último Beckett no estarán indicando la necesidad del mito como organizador del significado, por fuera de la palabra? Las imágenes serán una regresión o serán una exclamación que dice: “¡Por fin de una vez! Terminemos con esos extáticos soportes de la vida que las palabras representan”. El mito pregunta: “¿Usted cree en lo que se dice o en lo que se ve?”. Lo que se dice puede manipularse. Beckett y Bion sabían que el mundo está lleno de sofistas que manipulan el lenguaje al servicio de intereses. Las imágenes, fila C de la tabla, indican un orden, un orden mítico. La experiencia es un orden mítico para Bion y Beckett. Muestra. “Usted vea”, nos indican los dos. Dejen de hablar. ¡Miren! Conjeturen. Imaginen, ¡ordenen una línea de significado que perdure! Nietzsche decía que solo escribe el que escribe con sangre. La vida, la experiencia están más cerca de algo que fluye en un orden privado que se realiza en el mito.

Los esquizofrénicos de Bion rompían las palabras y sus sentidos para no unir, para separar la escena primaria, para no huir de la Cosa, para vivir en la Cosa, como un hogar, como un mundo. Ese mundo fuera del consenso es el sitio al que Bion entró, y para ver tuvo que desprenderse de los conceptos que conocía para experimentarlo. Experimentar el mundo que el alucinado propone es ser parte de él para observar e intuir. ¿No querrá el Beckett a lo Joyce separar las palabras para que se vea lo que hay detrás? Beckett, ¿cuánto sabía de lo que había detrás? ¿No es él quien estuvo en el detrás? Bion se silenció y se despojó de los sentidos junto a Freud para ver detrás. Ambos buscaban el detrás con un método, el silencio y la articulación. Bion en formulaciones, Beckett, cuando salió del detrás, en imágenes. Tal vez lo que los unía era que necesitaban despojarse para encontrar. Pero Beckett nos mostró el fondo, en potentes y originales imágenes. Vivió en “la cosa” y extrajo de ahí sus símbolos, accesibles ahora para nosotros, en su representación teatral. Bion hizo de eso su hilera G, también nos trajo sus símbolos y sus métodos de ingresar a mundos fuera del consenso. Beckett también, desde su método, la literatura, insisto, hizo lo mismo. Los dos se experimentaron y crearon sus mitos. La tabla, Bion. Los climas claustrofóbicos, Samuel. Los dos construyeron una comunicación social. Establecer la dimensión del mito implica un orden de verdad, un consenso. Por eso estamos hablando hoy de ellos y no de otros. Gracias a sus mundos, es mejor nuestro mundo. A su manera la autora también nos dice esto: “Hay algo que los une”. No sé si con la autora nos referimos de la misma manera a la tabla negativa. Yo creo que el paciente Beckett sin dudas funcionaba en función alfa revertida, en algún lugar de la tabla negativa. Creo que el Beckett de Murphy estaba como Bion en la Fila H. Creo que trajeron de su encuentro buenas noticias para la especie.

El psicoanálisis se trata de atravesar la columna 2, A2. La resistencia. Francesca estableció su resistencia, pero la personalidad de Bion se “ve”. La parte psicoanalítica de la personalidad de Bion está ofrecida en bandeja en sus dos memorias, las de su vida y las del futuro, que son lo mismo. Nos mostró el otro lado de la barrera de contacto. A Francesca le pasó lo que a muchos bionianos: ¿Por qué te gusta Memorias?”, me preguntaron. “No es que me guste, es que me recuerda a Bion”, contesté algunas veces. La convención literaria no puede librarnos de ver a Beckett en Beckett: ¿el paciente Bion o Beckett pueden tolerar por mucho tiempo ver su luminosidad o sus tinieblas? Trataron de armar un exoesqueleto para soportar una barrera de contacto fluida, difícil de sostener por Francesca. Los que no quieren a Bion soltaron la idea de su locura y senilidad. No estaba lejos del tema. Creo que a lo que más temió en su final fue a aquello en lo que nos estábamos transformando. Pidió que cooperáramos entre nosotros. Que sostuviésemos el vértice psicoanalítico. Como buen platónico, pensaba que la ciencia y el arte son procedimientos de la verdad, dos de los cinco medios que ella tiene para expresarse. Beckett encontró el literario, el vértice literario. Bion, el psicoanalítico. A Bion y a Beckett los une haber entrado y salido del terror, la guerra, la psicosis, la belleza, con dos personalidades, algo inmaduras, algo hipocondríacas, más o menos esquizoides. Desde esos escasos apoyos, sostuvieron el equilibrio, que hace que hoy estemos hablando de ellos en esta mesa. Gracias, Francesca, por tu preocupación necesaria, y gracias a la autora por rescatar estos temas para dialogar.



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