Vicenta Ramírez[1]
Este es el segundo libro que leo de Marcelo Redonda, el primero fue Estudios I: Elementos de psicoanálisis de Wilfred Bion. En ambos nos confiesa su genuina admiración a un psicoanalista que siempre se atrevió a adentrarse, al igual que en la guerra, en las tierras indómitas de la mente. En esta ocasión, el autor profundiza en una serie de problemas de la técnica, haciendo suya una pregunta que tuvo su origen en el propio Bion: ¿qué pertenece al psicoanálisis y qué no? La respuesta de Marcelo a esta interrogación la encontramos en este conjunto de ensayos en los que apasionadamente nos pone en contacto desde una posición epistemológica en la que la relación sujeto, objeto y método es inseparable de una posición ética, a mi entender, cuando afirma que “el analista debe ser verdadero”. Esta convicción con la que nos recibe Marcelo en la parte inicial de su libro recorre este conjunto de especulaciones, como él las llama, de principio a fin. ¿Qué es un ser verdadero? ¿Y a qué se refiere cuando nos dice que el analista debe serlo? Me apropio de sus palabras para hacer el recorrido al que nos introduce.
Ser verdadero es una posición, no una apariencia, afirma. Se nota cuando alguien es psicoanalista, no podemos fingir que lo somos, psicoanalista se nace. Se nace, en primer lugar, en una dinámica edípica, que guía nuestro desarrollo y comportamiento. Se nace analista en cuanto experiencia humana en la que somos capaces de creer en el bien y sus fallas. En segundo lugar, se nace analista en el trabajo mental consigo mismo, en los errores, los tropiezos… Es desde esta experiencia desde la que se desarrolla la paciencia, la asociación con el sufrimiento y la tolerancia a la frustración. Agrega más adelante, en uno de sus ensayos:
Todos sabemos cuál es la verdad […] sabemos que somos un fraude, o que ponemos el corazón en lo que damos. […]. Todo se ve, todo se sabe. Hay quien puede soportarlo y quien no, pero la única verdad es la realidad. De la verdad, nadie escapa.
Uno se siente tocado por este lenguaje, cercano, vivo y sabio. Al leerlo nos transporta al lugar tanto del analista como del paciente.
Contundente en sus afirmaciones, encontramos a un psicoanalista genuino que nos invita a su hogar mental, en donde sus filias teóricas, sobre todo con Bion, no lo limitan en sus propuestas originales, al explorar una serie de disposiciones humanas indispensables en el ejercicio del método psicoanalítico. Y aquí es donde sujeto, objeto y método van de la mano. Nos presenta así una serie de problemáticas propias del ejercicio del psicoanálisis que desencadenan la necesidad de aprender herramientas psíquicas específicas, pues el ser verdadero las requiere: “… el psicoanálisis tiene su vértice, es algo que no se parece a otra cosa que no sea él mismo”.
Nos advierte que actualmente uno de los principales problemas del método tiene que ver con la sencillez y la generosidad, con la manera en que nos posicionamos con el paciente. Ser sencillos y generosos para identificar la suficiencia adecuada con el otro, ni excesivamente distantes como para vivirnos como impunes, ni excesivamente suficientes pues corremos el riesgo de infantilizar al paciente. Concluye que tenemos que ser generosos en la investigación y sencillos en nuestra posición. ¡Cuánto conocimiento de la propia envidia requiere el analista para no pasar por alto esta propuesta!
Particularmente importante para la experiencia del psicoanálisis es el desarrollo de la intuición, prepararnos para ver las cosas que no esperábamos, despojarnos de teorías para dirigirnos hacia un objeto invisible. Ver lo que se ve tras lo que parece, sin nada que diga qué se debe ver o buscar. Junto con Bion, sostiene que este modo de ver psicoanalítico se entrena en la transformación subjetiva de lo sensorial. Transformación que se produce en el pasaje del sueño alfa al elemento alfa, es decir, sostener con paciencia sin memoria, sin deseo y sin comprensión inmediata para hallar el hecho seleccionado. Es por esta razón que el hecho es onírico y efímero.
Para él, también es importante estar entrenado en la tragedia y el mito para posicionarse analíticamente. Todos llegamos a análisis con mitos personales que tuvieron su origen en mitos culturales, como el de Edipo, y que se convirtieron en marco conceptual y técnico para nuestra práctica. De Freud a Bion, el análisis es edípico. Marcelo insiste en la importancia, en este sentido, de pasar del mito personal al mito grupal. Él identifica tres fases del complejo de Edipo: la preconcepción, en donde el superyó primitivo personifica la pulsión de muerte; el mito privado, que muestra la historia personal del mito; y, por último, el mandato central, la prohibición del incesto y la amenaza de castración. El análisis lo concibe, por lo tanto, como un espacio en el que se despliega la amenaza de castración. Se pone, dice, el mito en acto. Una prueba difícil de tolerar tanto para el paciente como para el analista, del que se espera tenga ya un camino andado con respecto al incesto y a la castración. Y desde aquí, encontrarse cada quien en su soledad, esa que contiene al ser verdadero. Por esta razón, hacer psicoanálisis es algo distinto que hablar de psicoanálisis. Concuerdo con el autor, hacer psicoanálisis es una forma de existir de la manera más auténtica posible que nos enfrenta a lo desconocido propio.
La segunda parte de este libro es particularmente enriquecedora; en ella, Marcelo nos muestra su forma de hacer psicoanálisis. El método que es. Nos invita a la intimidad de algunos encuentros clínicos. Nos ofrece su funcionamiento mental. Alguna vez, en una jornada clínica, hizo de conocimiento público que en su consultorio tiene la tabla de Bion enmarcada como su obra más preciada, lo cual, he de confesar, generó mi sorpresa. ¿Acaso su hacer psicoanálisis está determinado por el dominio de dicha tabla? ¿La aplicación de un marco teórico-técnico en el consultorio? Si bien afirma que la fila C en la tabla es la fila del análisis porque desde allí podemos “escuchar” cómo se pone en juego el deseo del incesto y la amenaza que lo prohíbe, esto no sería posible sin la personalidad intuitiva que este apasionado analista despliega, paradójicamente, colocándose desde su ignorancia en su experiencia con el otro, porque también la fila C es el origen del sueño, la función alfa primitiva a la que debemos dirigirnos si queremos recobrar el sueño primario del que venimos. Advertimos que la tabla tiene un lugar en su función mental en cuanto teoría en suspenso, deja de ser el sujeto que sabe y se coloca en la apertura… hacia el sueño en la sesión. Función que no se despliega desde los conceptos, se despoja así incluso de Bion, para desplegar su intuición. Vemos a un analista disciplinado en el uso de su intuición, y con ello ofrece un método a sus pacientes para investigar, para errar juntos hacia las tierras indómitas de su mente y mirar en algún momento el objeto analítico.
Así hace con Claudia, una paciente psicosomática que manifiesta falta de contacto emocional por su intolerancia edípica a la separación. Es muy estimulante ser testigo de la generación de un encuentro transferencial en el que se va gestando desde el vínculo preverbal un tejido simbólico que lleva a la paciente, después de un largo proceso, a atravesar y soltar su deseo incestuoso hacia su hijo, deseo soterrado en sus síntomas somáticos.
Con Rainoldi, con quien explora la teoría de la identificación primaria en el fetichismo. Se detiene en la pregunta de por qué hay casos en los que la prohibición del incesto no opera. Nos propone pensar la construcción fetichista sexual como defensa psicótica. Nos muestra cómo el psiquismo de este paciente funciona desde la negación y la desmentida para mantener la cohesión yoica y evitar la castración. Es interesante atestiguar la fineza del hacer de Marcelo en la recuperación de los mismos mecanismos del paciente para no desmentir la castración.
Con Juan, en donde hace énfasis en la mirada del psicoanalista moviéndose, de verlo más allá de su adicción, porque la mirada del analista importa, y, para él, el grupo en el que se mueve el sujeto tiene una función muy importante en el mantenimiento de la enfermedad. Vemos la entrega de un analista que se arriesga a atacar el mal, en cuanto sistema de pensamiento que justifica la actividad destructiva. Recuerdo también que, la primera vez que escuché a Marcelo en una conferencia, hablaba justamente de que el analista que no esté dispuesto a enfrentar su propia maldad no tiene sentido que se forme en la fila. Así lo entendí.
En todos los casos, me parece que destaca la personalidad de cada uno de sus pacientes y cómo se coloca cada uno de ellos ante lo incestuoso, el fetiche o la droga. Nos muestra en estos encuentros la personalidad como mediadora, como una conciencia independiente que tiene participación en la “elección” de su enfermedad. Como en un haiku cuyo autor desconozco, Marcelo escucha en cada caso: “Si desaparezco, búscame en el agua que se mueve”.
Imperdible es la tercera parte de su libro, en donde explora la sexualidad y el trauma del nacimiento. Aborda, entre otras aristas, la sexualidad como psicopatología, desarrollo evolutivo, las ansiedades primitivas y la dinámica edípica, reflexionando también sobre el impacto del trauma de nacimiento y la diferencia en la configuración de la mente y las relaciones humanas. Interesantes reflexiones son las que nos ofrece a la pregunta de qué es la sexualidad para el psicoanálisis. Además de retomar las premisas de Freud, enfatiza la importancia de la preconcepción y la filogénesis, asumiendo la posición bioniana de que, en los seres humanos, existe una preconcepción de la sexualidad y el complejo de Edipo que guía nuestro desarrollo (como en el caso de su paciente Claudia).
Imposible no sentirnos tocadas como mujeres por su ensayo sobre sexualidad femenina y masculina –ensayo dedicado a la memoria de nuestra querida Laura Mejorada–, en el que aborda la diferencia sexual destacando las bases biológicas y psíquicas que subyacen a las relaciones entre los sexos. En cuanto a la sexualidad femenina, nos invita a pensar la potencia del aparato reproductor femenino, destacando su papel en la continuidad de la vida y en la experiencia del embarazo como un evento “colosal” que enfrenta a la mujer a la vida y a la muerte. Con respecto a la sexualidad masculina, destaca que la relación del hombre con la mujer está marcada por el reconocimiento de la interioridad y su capacidad de procreación, lo que puede generar tanto atracción como temor.
Insiste en que la pregenitalidad y la genitalidad reflejan la lucha por abandonar las relaciones narcisistas y pregenitales para establecer vínculos genitales responsables. Y también que el incesto y la exogamia conllevan renunciar al objeto incestuoso para alcanzar la estabilidad mental y establecer relaciones exogámicas y, finalmente, los duelos y las pérdidas implícitos en el pasaje a la genitalidad al aceptar la pérdida del objeto primario y enfrentar las ansiedades edípicas.
En esta misma línea, el autor presenta un caso supervisado por Bion –quien analiza el análisis de una paciente que se embaraza–, en donde Marcelo destaca cómo este hecho, además de reactivar intensas ansiedades primitivas en la paciente, también lo hace en la pareja y en el analista. Concluye: “… el análisis también está embarazado […] una pareja casada está naciendo y una pareja sexual está dejando de existir”. Remarca con esto que “la sesión analítica es sexual y edípica”.
Fascinantes son a su vez dos supervisiones que retoma de Bion en su ensayo sobre la sonrisa y la catástrofe (Seminarios de Brasilia), a partir de las cuales destaca la sutileza clínica y teórica de este psicoanalista. Marcelo subraya cómo, en la sesión analítica de una paciente supervisada, la sonrisa fue interpretada por Bion como una primera vivencia de comunicación y conexión íntima, vinculada a la cesura del nacimiento. Siguiendo los pasos de Bion, en la segunda supervisión, el autor retoma de aquel la insistencia en el análisis de la personalidad del paciente: la experiencia tiene que observarse hasta que de pronto aparezca la catástrofe, la sonrisa o la personalidad, como elementos auténticos de la experiencia psicoanalítica.
En sus exploraciones finales, Marcelo nos lleva a un interesante diálogo sobre filosofía psicoanalítica en donde refleja un análisis de las perspectivas filogenética, evolutiva y estructural a partir de la lectura de Laplanche, los historiales clínicos de Freud, así como la noción de “trauma de nacimiento” de Rank y de los principales postulados de M. Klein y… nuevamente Bion. Aborda la relación entre el trauma de nacimiento y las angustias ulteriores, incluyendo la de castración. Enfatiza en este análisis que la amenaza de castración actúa como un freno al incesto y permite el desarrollo hacia la exogamia y la estabilidad mental. Sigue, además, la línea freudiana de la segunda tópica que postula la pulsión de muerte como una fuerza inevitable que presiona hacia el incesto y la desintegración, pero también como una búsqueda de alivio al tormento de existir.
Por último, propongo leer este libro iniciando desde cualquier ensayo. Cada uno de ellos puede ser una puerta que nos va a llevar a encontrarnos con un psicoanalista genuino y verdadero que nos va a acoger amorosamente en su hogar mental.
- Directora del Instituto de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Guadalajara.↵






