Nos ocupamos de experiencias y de cómo un paciente se las arregla con ellas. Privilegiamos observar cómo responde esa personalidad a esa terceridad incansable que es vivir.
Nada hay más edípico que el análisis, la sesión analítica, que acaso sea todo el análisis posible. Elegimos ofrecernos como analistas que constituyen con el paciente la zona de observación y relación, y establecer hipótesis sobre cómo se relaciona el paciente con esa cosa que no es él. Esa reacción frente a la nueva situación le permite mostrar aspectos que desconoce de sí mismo. No es fácil sobrellevar esa experiencia. Todo un sistema defensivo se armó para evitar esa ocasión inesperada. El psicoanálisis no es bien recibido. No es tan sencillo tolerar esa prueba.
Hay dos cosas que no son el paciente, y que se revelan en ese espacio donde él se encuentra con lo que surge de él, y con quien está frente a él, el analista, pensando ideas sobre su modo de expresarse, sus comentarios, imágenes y acciones. Pero sobre todo tratando de ver lo que no se ve de lo que surge en esa espontaneidad que es la relación analítica.
Sobra la sesión para ver lo que necesitamos ver, que, por cierto, no son teorías.
Cuando derivaron a Lito, me alertaron sobre las diversas tragedias que vivió. Con 17 lo había perdido todo. Madre, padre. Supe que había heredado cosas que aún no estaba capacitado para manejar y que un familiar cercano cumplía ese rol. Evité la entrevista descriptiva y me quedé con el llamado mínimo esquivando la anamnesis. Cierta confianza con el derivador me dio la ventaja de evitar convenciones. Intenté deshacerme del clima de tragedia instalado en el pedido de consulta y, en el día y la hora convenidos, un jovencito con cabellera rubia se presentó en la entrada del consultorio con una espléndida sonrisa, casco y una hermosa bicicleta. Me habló de la bicisenda y lo agradable del barrio, que lo conocía, que solía venir a tomar café de especialidad a Ruda. Me habló del trágico accidente de sus padres. Y que a Ruda venía con ellos bastante seguido.
Pensé que me estaba ubicando como algo familiar para enfrentar la rudeza de la situación o buscar alivio con la Ruda, pero esperé el desarrollo de la sesión.
—Tardé unos meses en empezar a ubicarme. Me mudé con mi hermano a casa de mi tía. La verdad que aún no estoy ubicado, pero ya lo voy a hacer. Por suerte mi grupo de amigos sigue igual y muchas cosas siguen igual.
—¡Algo que esté en un lugar fijo! —le dije.
—¡Sí, ya mi cabeza era un kilombo antes, te imaginás ahora! No puedo concentrarme, creo que voy a perder materias.
—Parece que hay un problema con el lugar —le dije—, estás buscando el lugar en donde ponerte.
—Quedó todo muy descolocado —respondió.
Lito estaba en busca del lugar, tenía una preconcepción del lugar del análisis. Una clara noción de lo que enfrentaba en la turbulencia de la adolescencia, otra que se le había sumado para resolver. El lugar de hijo que había perdido estaba buscando un lugar. El espléndido joven, vital, soportando el futuro que se le avecinaba, precisaba un lugar donde discurrir y donde esperar el duelo y la maduración. Lo supo encontrar en la primera entrevista, gracias a su buena constitución y vitalidad. Supo hallar el lugar del análisis intuitivamente. Así fue en el primer encuentro, y así fueron los cuatro años posteriores. Siempre entendió de qué se trataba el lugar.
Una situación diferente le sucedió a María. Luego de ver a su novio con una pistola, abrumado de conflictos, no pudo pensar que esa pistola auguraba suicidios u homicidios. Ella solo quería que él estuviera allí, sin separarse de ella. En la sesión la analista relata que habló sin parar durante unos quince minutos, sin nombrar el hecho que había relatado en la sesión del día anterior hacia el final sobre la pistola. La analista oyó que no se oía algo en la sesión. Le dijo que en esos minutos interminables la paciente había no querido decir algo. Que quiso tapar lo que se podía oír de los hechos. La paciente prefirió seguir hablando y hacia el final de la sesión le dijo a la analista que no podría venir a la sesión que tenía dos días después. La analista le dijo que decidió postergar su visión de lo que se veía, y que deseaba y decidía no ver. Luego, en la supervisión, pensamos que la paciente prefería no separarse antes que tolerar su derrumbe por separarse. Sabíamos por los 24 meses de tratamiento que había estado en peligro por las actividades del novio, que las comentaba a sus amigas y en el análisis, pero que perdían consistencia en el momento en que debía tomar decisiones con respecto a su seguridad. Prefería no perderlo a vivir sin él. Odiaba al psicoanálisis en su concepción esencial de investigación. Corría de eje la búsqueda de la verdad por el sostenimiento de su posición. Lo que se interpusiera entre lo que ella quería y las evidencias no le importaba. Ella decidía una relación paralela a la realidad, con una afirmación taxativa de sus metas. 24 meses intentándolo con consecuencias negativas para su vida. Su constitución se imponía en la sesión como un factor que frenaba la evolución. La terceridad de lo ausente se imponía negativamente como un continente tapado por argumentaciones sofísticas contra la verdad. Ninguna ausencia permitía el espacio de la relación. La relación innata de la pareja analítica era suplantada por una tendencia innata a no unirse con un objeto externo. Unirse, como vimos en el caso anterior, implica la búsqueda de un lugar. El analista le insinuó sistemáticamente el lugar del análisis, el espacio de la investigación, pero María no podía frenar el destino trágico de su constitución. La función analítica se enfrenta a las decisiones que el paciente toma. No podemos obligarlo a relacionarse con el espacio edípico que tenemos como oferta. No podemos obligarlo a investigar su personalidad. Podemos mostrar las trabas, los malentendidos, las desviaciones del hecho, pero solo el paciente puede aceptar o no la constitución del lugar analítico.
Enzo me pedía cambios de hora habitualmente. Se desplazó de la tarde al mediodía en sus pedidos. Aunque esto le acarreaba dificultades laborales. No sabía adónde ponerse ni adónde ponerme. Tardé unos meses en darme cuenta, por un comentario al pasar, de que el problema eran los hijos del departamento D. A las 7.45 a. m. iban al colegio y a las 17 o 18 volvían. En el mediodía no estaban, y no estaban los ruidos que suele haber de escolares en el pasillo. Algún gol, algún reto de la madre. Eso para Enzo era insoportable. Luego, la madre de los chicos referidos le resultaba insufrible. También, luego, cruzarse con el portero. No hace falta que les diga cuáles eran las dificultades de su vida. Una constitución celosa gobernaba su relación con los espacios. El análisis fue una pantalla inmejorable para ver qué le impedía convivir con otros y lo difícil que era adaptarse a sus requerimientos.
De eso se ocupa el psicoanálisis. Este tiene una constitución que le permite ver su objeto de estudio. El objeto se organiza alrededor de lo que el paciente presenta de su personalidad y sus relaciones edípicas. El analista en su constitución está preparado para detectar esos problemas. Intuitivamente va hacia ese objeto invisible. Se ha despojado de sus teorías y confía en mirar como un pescador los movimientos del agua para ver dónde se halla el posible lugar de su posible pesca. A veces es solo el viento, a veces movimientos impredecibles. Pero, de mirar y mirar, en algún momento ve el objeto psicoanalítico. No sabe si su descubrimiento será compartido o aceptado por el paciente. Pero es parte de ser analista, el poder aceptar no ser aceptado. El analista está preparado para que no se produzcan los cambios y seguir viendo por qué ello sucede. El analista no espera que suceda nada, puede pasar o no. Sabe que no depende de él lo que suceda. Sabe que no sabe lo que pasará. Esa es la base de su constitución. Confía en esa firme tanza que lo une a su objeto. Su trabajo tendrá un mérito íntimo. La pareja analítica sabrá evaluar el decurso de lo que ha sucedido. Nada aquí afuera será grato para el acto analítico. Como señaló Bion, una cosa es hablar sobre psicoanálisis y otra el psicoanálisis. Prepararse para esa experiencia implica un entrenamiento fuera del dominio de la sensorialidad y una entrega desinteresada a las formas que aparecen a la observación gracias a la suspensión del self ambiental.






