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5. Legitimidad o legalidad del psicoanálisis

Constitución del continente.
Interpretación de contenidos

El mundo es de parejas. La abeja busca la flor. La jarra de café, la taza. El silencio, el sonido. La voz, al oyente. La risa es provocada por alguien. La sustancia vital, el ánimo, se da en la unión de pares. Ni hablar de los sexos, en todos los tipos de uniones. La mirada a la mirada. Aun el psicótico tiene unas ideas fantásticas con las que reunirse. Incluso estar solo con uno mismo. El par es esencial. Luego sabemos que, para hallar elementos que no sean dualidades, tenemos que salir de lo concreto, del funcionamiento sensorial. Ahí nacerían los elementos triangulares. Los que encontramos en la unión y los bebés que salen de esa unión, los objetos nuevos, esos que surgen de haberse unido. O separado, o peleado, y pasar décadas peleando por esa unión fallida que dio por resultado ese horrendo suceso de haber compartido contigo algo que no merecías o no me merecía. Siempre seremos tres en esta pareja, y para siempre. Siempre será un recuerdo que nos siga como Alien, el octavo pasajero. O como un impulso a vivir renovado, como las imágenes poéticas de Trakl u otra expresión que potencia la vivencia.

Hasta que llega el día en que ya no somos tres, el día en que no hay nadie. Ni el par, ni el tercero amigable o molesto, el día en que ya nada importa, el día en que la vida fluye. El día punk en que ya no se escribe para nadie, en que ya nada conviene o no conviene, en que la decisión de existir sobrepasa la seguridad del par, la comprensión de la alteridad, el temor a la muerte. Ese es el día del psicoanálisis. El día del modo de ver psicoanalítico. Ver lo que se ve tras lo que parece, sin nada que diga qué se debe ver o buscar. Solo la creencia de que allí estará. Pero para eso tenemos que estar entrenados. Saber huir de la satisfacción de los pares y de los triángulos. Y estar preparados para ver las cosas que no esperábamos. No saber. Ver el detalle que indique cuál es la forma nueva. Romper la tradición de lo esperado y tomar posesión de los elementos psíquicos. Tal vez podría venir Juan L. Ortiz o Juan José Saer a entrenarnos. U Olga Orozco en los bordes de la razonabilidad, o todos aquellos que tuvieron visiones.

Hacer pareja con el infinito no es algo sencillo, es un entrenamiento diario. Realmente es dejar bastante de lado el mundo. No tanto como para ser un chiflado, pero sí para tener suficiente desinterés en objetos materiales, aunque se los necesite, claro. Nadie está tan loco para no querer comer una buena pasta o andar en un auto decente, o vivir en una casa cómoda y ver buenas series o películas. Nadie habla de eso. Hablamos de que en el centro de la conciencia esté ubicado el trasfondo de lo que sucede. Como una Gioconda señalando dónde hay que mirar. Tal vez debamos ir más a Italia (E. M. Forster nunca se recuperó de ella). Las visiones de ese espacio ni del dos ni del tres, sin ninguna idealización identitaria. La máxima sustracción del yo, que es abandonarlo, que es extenderlo. Bion habló de la extensión en el dominio del sentido.

Es un modo de vida, como es el modo de vida de un tenista profesional estar horas entrenando en su club, o del militante político, horas de discusiones y comprensiones de las lógicas sociales. Así, el psicoanalista entrena el desasirse de todo lo que implica desarrollo en el mundo externo. Debe vivir en él, pero su percepción debe estar en busca de qué se esconde detrás, de la sombra que va conformando el otro espacio.

Bion habló en Atención e interpretación de tres tipos de vinculaciones continente/contenido. La parasitaria, la simbiótica y la asociada. En la última las visiones del místico beneficiaban a la cultura y al grupo. El grupo entendía que debía contener al místico y beneficiarse de su contacto con la realidad última. Todos hablan de las revoluciones, pero nadie quiere pagar el costo de ellas. El místico las contiene, puede explotar con ellas por no soportarlas o puede sostenerlas y producir desarrollos sobre ese contacto con el fondo. Las ideas de los visionarios tienden a romper el continente, y el continente tiene que soportar y creer en esas visiones. No es casual que Bion –declarado cristiano– cite a la Trinidad. En el mito cristiano, Pilatos queda en medio de la ley de Jesús y de las leyes romanas. También soportaba la presión de los judíos para que crucificasen al inocente. Pilatos sabía que Jesús respondía a otra ley, que no era la de los romanos ni la del capital. Jesús se dirigía a la ley divina, legítima. Pilatos debía responder por la ley romana y la ley del sucio capital. Su lugar era incómodo, pero marca el problema que recorrería Occidente desde ese mito, el de la legalidad y la legitimidad. Su lugar, como dice Agamben en su libro Pilato y Jesús, es el de la indecisión. El lugar indecidible que ocupa el entrecruzamiento entre las dos leyes. El lugar –dice Agamben– entre la legalidad y la legitimidad es una escisión cultural que nos determina. Se puede tener la legalidad, pero no la legitimidad.

El continente se halla en una zona indecidible entre dos leyes que cortan la razón y el misterio. La posición psicoanalítica se encuentra frente a esa trinidad. Entre dos seres humanos, el misterio se presenta como el hecho que observar y en el que confiar. El psicoanálisis se presenta como un absoluto rechazado por la ley social. Es odiado, como dice Bion en el final de Atención e interpretación. Debe ver con lo que toma contacto. Se sustrae del fondo legal de lo dicho y jerarquizado y asoma en la zona de lo inexpresado. Se presenta como legitimidad y está en tensión el superyó del grupo para poder o no soportarlo.

El dominio mental –dice Bion en el capítulo siete de Atención e interpretación no puede ser contenido dentro del sistema de la teoría psicoanalítica. Los contenidos no pueden estar asociados a las teorías psicoanalíticas que los explican. Hay un interjuego entre el hecho y la teoría en el que Bion privilegia el hecho. El genio se dirige al infinito, las teorías y sus grupos representantes a lo finito. Esta situación puede entenderse vinculada al grupo y la posición del analista frente al objeto psicoanalítico. El analista, genio o místico, debe buscar el contacto con el absoluto de la sesión, suspender, en lo posible, cualquier otro lazo. Cuando ese lazo aparece, sea este moral o jerárquico, debe recordar que él se dirige a otra ley, la del vértice psicoanalítico. Hubiera sido penoso que se esperara de Leonardo otra cosa que no fuera la que él podía dar. Freud incluso le reprocha haberse dedicado a juegos pasajeros. Para el psicoanalista cualquier cosa que lo saque de la sesión y el contacto con O es una pérdida de tiempo. El mundo externo y sus lógicas no responden a la lógica del psicoanálisis.

El paciente se encuentra en una situación parecida. El superyó que nos gobierna como resistencia al análisis es el mismo que el paciente trae en su lógica interna edípica. Tiresias y la búsqueda de la verdad están tensados ambos por la sentencia del Oráculo. Investigar es la posibilidad edípica tanto del analista como del paciente. Pero, si el analista no propone en su posición esa zona de libertad, y a la vez de restricción, del sistema sensorial defensivo, la ley social o grupal predomina sobre la ley psicoanalítica que se dirige a otro espacio, sea este el poder, la cultura, la medicina o cualquier otro vértice. Superar el grupo supuesto básico de que se es omnipotentemente algo más que una persona sola y sin nadie es la base del análisis. Para el par analítico, la idea es olvidar que el analista representa a algún grupo en la hora de análisis. El pensamiento es una actividad primaria y necesita del espacio suspendido en una zona onírica para ser captado. La enigmática frase de Bion en el capítulo doce de Atención e interpretación nos brinda una pista sobre el problema: “Una aparente excepción, no real, la constituyen los elementos C3 en pensamientos que parecen incorporar la categoría A al reino del pensamiento, pero que solo son registros de acción de la categoría C., no hay conflicto”.

La posición mítica de la fila C se presenta como un elemento alfa no realizado y con la potencia de la preconcepción vacía. El mito nos precede y nos universaliza. Tiene la posibilidad de unir el destino, el mito que nos precede, como un elemento alfa que no se ha realizado, y que presenta al paciente como actor del drama. Por eso dice Bion que son registros de acción de la categoría C. Es el momento onírico en que están suspendidos el tiempo y la memoria, y el pensamiento primario capta el discurrir en acto de una acción (A) no enunciada, libre de concepto. El momento C3 A en donde se ve o se toma contacto con la visión psicoanalítica.

El analista debe ser en cada sesión capaz de ver en el material lo desconocido. Para lograr un estado mental análogo a la posición esquizoparanoide, debe resistirse cualquier intento de aferrarse a lo que sabe. Debe tener paciencia. “Mi intención”, dice Bion, “es que la paciencia conserve su asociación con el sufrimiento y con la tolerancia a la frustración”. Para que el objeto vivo conserve su cualidad de vitalidad, debe sostener ese arco PS a PD. Se requiere seguridad y ella es fruto de esa tensión de polos. Es fácil detectar la copia o la apariencia cuando predomina el polo sensorial. El acto analítico tiene veracidad, y eso se refleja en los analizados y en la capacidad del analista de tenerla. Paciencia y seguridad, propone Bion. Los sentimientos de persecución tienen que acompañar al analista tanto como al paciente. El vínculo en el análisis en C3 es un fruto de ambos. Continente/contenido es posible sin división sujeto/objeto. Los dos participantes y los hechos en la hora de análisis. A la sensación de logro le seguirá por lo general una sensación de depresión, dice Bion. Nada dura en la memoria psicoanalítica. Una cosa es hablar sobre psicoanálisis y otra es el psicoanálisis. Vivir sin conceptos podría llamarse la posición.

La idea de continente trajo una novedad al psicoanálisis. Un continente y su función tienen períodos y dinámicas particulares. El continente puede agotarse, corromperse, soltarse. Se puede hacer un continente de uno mismo a través del continente, y es lo esperable. A veces el continente es la falta de continente. Es el momento en que soltar al continente es el continente. Es el momento en que el continente fue contenido y ya uno es el contenido para un continente. El continente otras veces puede tener contenidos que hagan explotar al que contiene de tanta invasión. Decimos con esto que dentro del contenido hay una función de regulación de lo que se coloca en el continente. El contenido respeta la alteridad del continente y sabe que está siendo asistido en una función que por sí mismo el contenido no puede realizar. El contenido tiene una preconcepción del continente y de su propia posibilidad de contener. Por eso, cuando el contenido es desbordante, nunca hay continente, porque nada lo puede contener. Cuando el continente es contenido, pasa por un período de dispersión que el continente contiene. Cuando alcanza la seguridad, sabe que debe salirse del continente para no parasitarlo. La vida es lo que une continente y contenido, y ella lleva la posición de salida, de soltarse, de saber irse. Por eso, cuando el continente existe, existe el contenido. Nunca un continente es sin contenido, cuando no se encuentra el continente, es porque el contenido no sabe encontrarlo. El contenido, en cambio, sabe soltar el continente y sabe ser el contenido ahora un continente para dejar el continente. El continente nunca falla, es innato. Si algo falla o borra la unión con el continente, no es un problema del continente. Puede ser la omnipotencia de quien no quiere hallar el continente como prueba de necesidad. La unión lleva la prueba de necesidad encima. Por eso se une, el mundo es de parejas, si no se une es porque alguien borró el par, lo innato. El par es innato. El par es edípico. Si no se une es porque no lo dejan, una personalidad no lo deja, algo que separa las cosas, los hechos, las relaciones, que no acepta soltarse para que advenga lo inconsciente. Por eso es esencial la hipótesis de que hay interpretaciones de continente y de contenido. Cuando es de continente, rápidamente se ve todo lo que no une en el paciente. El paciente no ve el espacio, o lo ve y lo cierra, o lo niega, o lo destruye, o lo suplanta por algo que no es un continente, pero se le parece. O no puede usarlo por debilidad, y espera que el continente constituya su contenido. Cuando es de contenido, es porque no hay problemas de relación de objeto, entonces el contenido fluye y crea significados psíquicos. El analista ingresa al O que construye con el paciente para observar su realidad psíquica. El continente está a la espera del contenido. Si no lo está entonces no era continente. El contenido queda expulsado y lo sabe. Todos intuimos que en un espacio no hay lugar. Una madre o un padre pueden no tener lugar. Un analista puede ser un mal continente, no establecer correlaciones adecuadas, no entender los hechos. Eso va desgastando el lazo, y el contenido va en busca de otro continente. Es el caso en que el paciente no ataca el continente, sino que el continente no está apto para intuir el contenido. La pareja puede ser no hallada por falta de continente, no solo porque el contenido no halle al continente. Las hipótesis erróneas del analista generan una distorsión del trabajo, que de todas maneras puede seguir, pero con consecuencias desvitalizantes y alejadas del desarrollo. Las capas resistenciales de la mentalidad de grupo supuesto básico pueden durar todo el análisis. El deseo de seguir a alguien, ser una pareja especial con alguien o ver a ese alguien como grupo enemigo o unidos frente al enemigo son ejes morales que gobiernan el sistema defensivo primitivo. La moral es una función de la psicosis, se cansó de repetir Bion. La crítica es el mayor obstáculo del analista que no puede ser continente. Ese continente contenido negativo envejece y perturba sensiblemente el lazo. El aburrimiento, la repetición, los lugares comunes, la grandilocuencia, las teorizaciones o racionalizaciones teóricas, literarias, políticas, cinematográficas terminan suplantando la necesaria ansiedad PS que implica desconocer al objeto nuevo. Par se nace, pero puede no realizarse. El vínculo depende del desinterés del contenido por la posesión y del continente por la influencia. Cuando se encuentran, nadie espera del otro más que su presencia. El tiempo onírico de la unión suspende el lazo en una vitalidad no sensorial en donde vivir se experimenta como unidad separada. Ambos viven lo mismo separadamente, sabiendo que están participando juntos de una misteriosa forma que se les ha infiltrado en el encuentro.



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