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9. Finito e infinito

Una larga historia tiene lo imposible. Para algunos es el límite, para otros, un lugar al que dirigirse. La dualidad finito/infinito está en el más allá del principio de placer, está más acá de lo inconsciente. Según qué inconsciente, porque, si es inconsciente, es porque es consciente, si no, no habría consciente. Sin inconsciente no hay conciencia. La operación es conjunta. Que un hecho sensorial devenga representado es una operación de la función alfa. Y desde allí se suman grados de conciencia que parten de la función alfa como preconcepción. La preconcepción es el producto del aprendizaje alfa, y este es básicamente un merodeador intuitivo del objeto infinito.

Bion dice en Cogitations que hay un buen infinito y un mal infinito. El buen infinito proviene de la función alfa suficientemente desplazada de lo sensorial. Depende de una parte sana de la personalidad. Es el contacto lo más alejado de la finitud posible. Un estado de sueño que parte de una sustancia, siempre de un apoyo sensorial. Eso le permite entrar en el infinito dentro del campo sensorial (paradójicamente). El sueño alfa está en el infinito. Su portador está siendo habitado por él, y no hay registro de su existencia hasta que aparece, intuitivamente, el elemento alfa. Lo finito se hace presente a través del hecho seleccionado, una imagen, una idea, algo que defina en sustancia un hecho estrictamente no nominable. Un contacto con O. Lo que implica que el ser es múltiple e infinito, e inconsistente. Y que las formas del ser, las máscaras del ser, toman el rol de visiones. Vemos allí reflejado el brillo de lo múltiple. Para algunos, el infinito está en el borde; para otros, es una cosa en sí misma inaccesible de la que emanan los significados.

El psicoanalista tiene dos visiones del infinito. El bueno, que implica soltar lo finito en pos de la confianza en una interioridad que, a pesar de que implique la pérdida de seguridades, es sostenida para la investigación. Y el malo, que es el infinito con el que convive, por ejemplo, el psicótico, que es un espacio del cual perpetuamente debe escapar. Un superyó inanimado que funciona como un infinito perpetuo que tacha el lazo con la realidad, la cual nace de una relación con el buen infinito. La realidad es un producto del buen infinito. El buen infinito permite ver los hechos. El mal infinito genera que todos los hechos sean iguales y sin la significación proveniente del buen infinito. El mal infinito aplana o intrusa la realidad con sus sentimientos malos, producto de haberse sacado de encima malas sensaciones producidas por hechos no elaborados o a medio elaborar. Elementos beta. Vuelven desde la acción, desde el cuerpo, desde visiones que no son las visiones de la intuición simbólica.

El infinito y lo finito de la práctica analítica tienen un espesor no teórico que los aleja, más allá de las semejanzas descriptivas, del infinito de prácticas que no tienen un materialismo directo con el que operar. El infinito malo del psicótico tiene consecuencias directas en la relación con el analista, ya que el paciente no se saca de sí mismo abstracciones. Puede querer tirarse por el balcón para sacarse ese mal infinito. Lo mismo sucede con el buen infinito. Un símbolo construido en el acceso al buen infinito del par analítico puede producir cambios duraderos en una persona y llevar a su maduración. Por eso, el infinito y lo finito en el análisis no remiten a producciones que no sean materiales en la actividad analítica.



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