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10. La pantalla-idea
y el vértice psicoanalítico[1]

Las autoras nos invitan a ingresar a “una” pantalla de las pantallas en las que transcurren los tratamientos en estos tiempos especiales con niños. Esta pantalla de las pantallas que nos presentan es una idea que han podido extraer de las experiencias. Ya es bastante que tengan una pantalla-idea. Establecerla es un punto, un eje de significado: no siempre se puede tenerlo.

¿Qué veo allí, en esa pantalla-idea? La primera asociación que me surge frente al material presentado es que estamos frente a un hecho sensorial, demasiado sensorial. Habituado a trabajar con ideas, encuentro que, como material de trabajo, tengo en este modelo impuesto en la realidad actual imágenes, algunas asociaciones, pero básicamente imágenes. El trabajo analítico se desplazó del campo del lenguaje y se pobló del campo de la imagen. Por ejemplo, el niño Juan no habla tan solo de su perro Moncho, sino que la analista ve (a través de la pantalla-idea) a su perro Moncho. Una formación pictórica más que ideativa predomina sobre la palabra-idea. Sin embargo, es una imagen-idea, por cierto cargada de significado. Podríamos hablar bastante del pasaje de la imagen a la palabra, pero digamos solo que, sin dudas, se ha movido el modo de trabajar y el material con el que trabajamos, y eso produjo nuevas situaciones para nosotros y los pacientes.

Para el niño Juan también pasa lo mismo: el contorno del analista se vuelve no un hecho imaginativo, sino un espacio de observación sensorial: el analista está en su casa, con los ruidos de la casa, los niños de la casa y todo lo que hay en la casa. Digamos que cambia el espacio analítico, se ve más expuesto y, tal vez, habilitado a acciones que en otro contexto serían interpretadas.

Tomo dos direcciones frente a este problema, direcciones que las autoras también mencionan:

  1. ¿Qué del psicoanálisis queda perjudicado frente a este “hecho social” (pandemia) y la instalación de este encuadre sensorializado?
  2. ¿Qué consecuencias trajo el aislamiento en los pacientes? Y, un tema extendido que las colegas desarrollan: ¿qué mutaciones hubo de las “infancias” y, agreguemos, “adolescencias”? O, dicho de otra manera, ¿cómo la época influye en el psicoanálisis?

Para comenzar a desplegar el tema, realizo otra pregunta: ¿ustedes creen en el psicoanálisis? Yo creo que sí, y entonces digo: ¿qué mira espontáneamente un psicoanalista? “Mi” psicoanalista mira cómo el paciente vive consigo mismo (habitualmente se llama a este hecho “narcisismo” o “soledad”), y también cómo se vincula con los otros y tolera perder cosas (a estos, “complejo de Edipo” y “de castración”). Estos dos fundamentos me bastan para toda una vida como hecho simple analítico. Si un paciente puede o no duelar cada cosa que se va perdiendo, si puede entender que cada uno es como es y que no es único. Si puede aceptar o no que necesita a los otros. Que hacia ellos dirige su agresión además de hacia sí mismo. Que a veces puede amar y entender al objeto, y a veces aceptar los propios desarrollos lo mejor posible sin destruir a ese objeto o al propio desarrollo. Si la dirección de mi observación va hacia allí, hacia esos hechos simples, me siento a gusto con el método analítico. Cuando me desvío, cosa que ocurre frecuentemente, trato de volver a casa. A veces puedo, a veces no. De eso depende también “qué” psicoanálisis incorpora el paciente.

Luego “mi” psicoanalista mira también qué sucede con el superyó. Eso determinará cuán estable es un paciente frente a estas dos situaciones: estar solo y con otros. Sabemos lo difícil que es para los pacientes inestables lidiar con un superyó temible que erosiona cualquier objeto estable. Pero no es el caso que vemos en los hermosos y curiosos niños que traen en el material las colegas. La primera niña tiene un pecho ideal-lámpara girasol que le permitirá enfrentar sus celos fraternos e ir recorriendo sus problemas edípicos, el otro nos enseña lo difícil que es vivir con un superyó que, pictóricamente, “entre el sueño y la imagen”, amenaza con un alto nivel de acción. El que sigue, un tanto más curioso y ansioso, despliega abiertamente su curiosidad intrusiva y edípica, en la que la analista irá analizando los aspectos de ansiedad persecutoria frente a una necesidad alta pero pasible de contención. Luego, poéticamente, una niña nos muestra la fuerza de su feminidad y un objeto diferenciado y combinado “cesta con huevo” que fertiliza una sesión que augura desarrollo. Y por último, Juan y su Moncho-pecho y pene, que le permiten hacer frente a las ansiedades a las que el yo es sometido por la separación de sus padres y la ausencia de presencialidad con sus amigos. Bastante bien lo hace, solo se produjeron unos desbordes de pis que enfrenta con dependencias de sus buenos objetos internos.

Allí está el psicoanálisis, el vértice del psicoanálisis. El encuadre “es el lugar en donde el psicoanálisis es posible”. El vértice psicoanalítico es un modo de ver que ya lleva más de cien años. En el zoom, en Paraguay o Budapest, hay una forma de ver que es psicoanalítica: ¿alguien preguntaría si uno de estos niños que nos presentan las autoras es africano o europeo? ¿Si es queer u otra identidad sexual? En mi idea, el psicoanálisis recibe los productos sociales y sus vicisitudes y trabaja con ellos, ve sus movimientos y los asimila, cuando puede. De ese modo asimiló la pantalla y las consecuencias que ello acarrea, pero el psicoanálisis tiene invariantes que la pandemia o las neosexualidades no modifican. Yo no sé nada de esos niños relatados por las autoras. Solo sé que en su relato “vi” al psicoanálisis. En su propia presentación está definido, en el modo de enfocarlos. Allí he visto los problemas edípicos, la sexualidad infantil y las ansiedades frente a la separación en los momentos de pérdida y soledad. Allí vi al psicoanálisis. Yo mismo lo he encontrado alguna vez en un baño de un paciente que aceptaba como último resto de su estabilidad la bañadera. Allí lo atendí un semestre los mismos días y horas y trabajé esos dos problemas que mencioné hace un rato, el terror ante un superyó amenazante y su soledad frente a él sin posibilidad de establecer un pecho-girasol-lámpara como la niñita del caso. El psicoanálisis se encuentra donde se encuentra. Bion lo encontró en un grupo del ejército y formuló unas buenas hipótesis. Yo me he puesto los auriculares del Fortnite como único gesto de vínculo de un niño que hablaba en dos idiomas distintos con niños de otro “mundo” (porque a este mundo no lo soportaba) sobre un juego compartido ¡en el que me dejó ingresar! De ese modo, pude hallar los patterns para conversar sobre él y sus problemas de niño solo y aislado. Perdonen mi insistencia, pero he encontrado la soledad y los problemas parricidas edípicos en el Fortnite más que pensar que el Fortnite como hecho social haya venido a cambiar al psicoanálisis. Los nuevos modos de socialización, ¡que sin duda son diferentes!, encubren los mismos dos o tres problemas psicoanalíticos. Podemos aceptar que la sensorialidad es un efecto de época, como la disciplina y docilidad, como citan las autoras, de otra. Podemos aceptar que las fantasías sexuales en la pubertad en los años ochenta o noventa, incluso en la primera década del nuevo siglo, transcurrían preferentemente como problemas de identidad que los jóvenes atravesaban “en la fantasía” hasta lograr mayor grado de maduración, y que en el actual campo social este hecho se halla sensorializado, en acto, transformado en imágenes de jovencitos que cambian de nombre de mes en mes y ya no solo el color de su cabello. Y que un superyó like ha reemplazado a uno prevalentemente religioso de los sesenta, o hedonista de los ochenta, o suicida de los noventa, pero, en el fondo, creo que se sigue refiriendo al amor y búsqueda de reconocimiento.

Los hermosos niños que observamos en el material nos muestran, a mi entender, que el psicoanálisis tiene un modo de ver el mundo que las autoras revitalizan. La pantalla, los aumentos de ansiedad, las pérdidas, todas son situaciones que el yo deberá enfrentar siempre. La vida halla en los niños observados una expresión nueva de los temas de la especie: la soledad, los otros y la muerte, esta vez tan presente en todas sus formas. Hemos visto, y yo sé que las autoras lo vieron, casos en que la pandemia puso de relieve las dificultades de organización del yo por diversos motivos. También allí tratamos de mantener el punto de vista de nuestra tarea. Hemos trabajado en conjunto, hemos tratado de dar sentido a los sucesos como agentes sociales, pero, aun en los casos más extremos, mantuvimos la posición, el modo de ver.

Creo que la herramienta que tenemos genera muchas resistencias y es constantemente merodeada, el psicoanálisis es molesto, desidealizador. Creo que en el trabajo puede observarse que el movimiento dialéctico del método, entre lo social y lo psíquico, en otra época entre lo biológico y lo psíquico, es un inevitable contrapunto. Pero sobre todo se observa que el pecho-lámpara del psicoanálisis como ideal sigue brillando en la fuerza de nuestra práctica. Siempre pienso que, cuando las modas pasan, queda el psicoanálisis, y lo veo brillar como una idea platónica en la exposición.

Afinar la herramienta nos permite ver mejor los hechos que el psicoanálisis está preparado para ver. De los hechos pueden verse muchas cosas, pero el psicoanálisis, como yo lo entiendo, básicamente es una práctica, habla de situaciones simples y trata de que las personas vivan mejor con su realidad interna de cada momento, con lo que son y en el mundo al que pertenecen. Gracias por dejarme participar y expresarme.


  1. Ponencia en panel del 52 Congreso de IPA, Vancouver.


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