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6. El pasaje pezón-pene y su relación con el umbral de la posición depresiva

El umbral de la posición depresiva ha sido un tema central tanto en las concepciones de pasaje al símbolo como en sus retrocesos desde Dick en adelante. Aquel caso de Klein marcó el rumbo de lo dificultoso que es la visión del objeto total y sus implicancias, que nos proponemos recorrer brevemente en este punto.

En primer término, el pasaje es el pasaje de la relación con el pecho a la genitalidad. Soltarse, perder la unidad e ingresar a la zona de identidad separada es una de las primeras operaciones tempranas que tiene implícitos dos problemas: el de la unidad del yo y la comprensión de la soledad; y el de la liberación de la fe en el objeto potencial representado por el pene.

El primer elemento, la separación del pezón, que es probablemente el pánico psicótico más evitado, tiene infinitas pruebas clínicas en el campo de la restitución a través de drogas, solo para nombrar un elemento fenomenológico. La sensación de perder la unidad frente a lo que se observa como un futuro sin pezón es la causante de lo que se evidencia como desintegración o pérdida de unidad. De manera menos dramática en las fobias neuróticas se realiza el mismo movimiento ante la realización genital. Pero, cuando el objeto bueno idealizado no está bien establecido, como sucede en el campo de la inestabilidad, la posibilidad de soltarlo se vuelve más dramática y todas las defensas primarias hasta llegar a la alucinación son puestas en juego por el superyó fragmentador que tanto ha estudiado Bion. Esa imposibilidad de pasar el umbral, inclusive clínicamente tratar de evitar el pasaje como elemento central del diálogo transferencial, es una experiencia que conocemos bien. Inclusive la certeza de que, si el paciente pasa, algo va a explotar, lo que nos deja en un impasse clínico difícil de enfrentar.

Cuando las cosas van mejor, el pasaje madurativamente visible, en los pacientes estables, se da naturalmente, analizando resistencias o, como decía Nietzsche, “Está yendo para atrás/es que va a dar el gran salto”. El duelo es posible, perder es posible, y la potencia genital vitaliza el análisis y la vida y las producciones del paciente. El mundo se llena de esperanza.

El segundo momento comienza cuando el pene es reconocido como restaurador del pecho y opera básicamente como una escena edípica cooperativa. La unión del pene y el pecho fue hermosamente descripta por Meltzer en el capítulo nueve de Estados sexuales de la mente. El pene es el pezón dentro del pecho materno, plenamente reconocido. La seguridad del pecho idealizado es comandada por la unidad parental que tiene en el pezón-pene la garantía de limpieza de las heces de los bebés internos, haciendo tolerables los dolores de los celos y las envidias producidos por las ansiedades edípicas. La presencia del pecho unido al pene garantiza la unidad del yo y la relación de objeto, experimentadas como objetos separados y unidos por el amor y la cooperación. La pareja idealizada opera como la sensación de que cada uno tendrá lo que necesita y será responsable por esa unión protegiendo a los miembros de la escena edípica de los asaltos pregenitales de los celos y las envidias propios y de los bebés excluidos.

Este pene-pezón agregado al pecho idealizado, este pasaje del pezón al pene, se recrea como conflicto en cada situación de cambio, y como modelo es claro que a veces puede resolverse durante el umbral en un sentido madurativo y a veces no. Sabemos que, cuando no es posible la resolución madurativa, se retrocede, el pecho se va fragmentando, la unidad del yo y el objeto se va perdiendo, y la voracidad aumenta las ansiedades persecutorias, lo cual genera la aparición de todos los pechos espurios que reemplazan con inmediatez y manía adictiva un yo que ha perdido el gobierno de un superyó que transforma a la personalidad en el mal mismo. Klein recuerda en Envidia y gratitud el cambio de carácter que sobreviene a la imposibilidad de cruzar el umbral, cuando la desintegración se vuelve ingobernable. Cuando la ansiedad persecutoria –dice– hace que ellos pierdan su objeto primario bueno, o los sustitutos, los valores, la desintegración, produce cambios en el carácter, entre los que subraya el deseo vehemente de poder y prestigio.



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