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1 La tierra adentro en las Pampas y la Patagonia (siglo XIX)

Ingrid de Jong

Introducción

En las últimas décadas, la Etnohistoria de las Pampas y la Patagonia en el siglo XIX ha dedicado mayor atención al concepto de frontera que al de territorio. Las investigaciones dedicadas a reconstruir las relaciones interétnicas iniciadas con la presencia hispana reflexionaron críticamente en torno al primero de estos conceptos. El reconocimiento de los indígenas como sujetos históricos permitió revertir la perspectiva estadocéntrica y expansionista de los planteos “turnerianos” que concebían las fronteras coloniales-nacionales como “límite del poblamiento civilizado”, poniendo en evidencia sus connotaciones coloniales y (Quijada, 2002; Boccara, 2003). Un amplio consenso gira actualmente en torno a las fronteras como construcciones sociales fundantes y retroalimentadoras de las relaciones y grupos que supuestamente separa. Ello ha llevado incluso a reconocer la dimensión sui géneris de los espacios de frontera, donde tuvieron lugar interacciones materiales y simbólicas, transiciones y mediaciones, y donde surgieron nuevos códigos e instituciones que en la larga duración permitieron articular lógicas y proyectos de sociedades políticamente independientes (White, 1991; Lucaioli y Nacuzzi, 2010; Soprano, 2010; Tamagnini y Pérez Zavala, 2010; Barbuto y de Jong, 2012).

En comparación, los términos territorio y territorialidad han sido utilizados con menor precisión. Aunque la dimensión territorial siempre se destacó como el eje de disputa entre las sociedades indígenas y los estados coloniales y republicanos, pocos trabajos se preocuparon por comprender los modos en que las poblaciones indígenas independientes de las Pampas y la Patagonia construyeron y practicaron la territorialidad. La tierra adentro, denominación aplicada desde tiempos coloniales al espacio en el que imperaba el orden indígena y que se extendía más allá de las fronteras hispano-criollas, fue representada desde modelos estereotipados de organización política y territorial. Asumidos como el área de influencia de los cacicazgos, los territorios indígenas fueron generalmente representados desde una concepción estatal que presupone la correspondencia entre unidad política y territorio (Benedetti, 2011). Los avances realizados en los últimos años, sin embargo, permiten replantear la forma en que pensamos la política y la territorialidad indígena, atendiendo además a las características específicas que asumió la agencia indígena en diferentes contextos históricos. Para contribuir con este objetivo, pretendemos en este artículo: a) recuperar los principales aportes de la Arqueología y la Etnohistoria al conocimiento de la territorialidad indígena en las Pampas y la Patagonia; b) destacar las contribuciones recientes sobre las prácticas territoriales indígenas, y c) a partir del análisis de fuentes de viajeros y de factura indígena, proponer la noción de territorios abiertos para caracterizar la construcción y gestión territorial indígena en las Pampas y Norpatagonia durante las décadas centrales del siglo XIX.

Arqueólogos y etnohistoriadores: paralelas que se cruzan

Desde la década de 1990, algunos trabajos arqueológicos comenzaron a dialogar con otras disciplinas, como la economía y la geografía, para discutir el concepto de territorio y su aplicación al comportamiento de las poblaciones de cazadores-recolectores prehispánicos en las Pampas y Norpatagonia. Estos préstamos teóricos fueron más allá de la asunción de los sentidos económicos del comportamiento territorial –entendido como la actividad de un grupo para su subsistencia– para introducir la dimensión simbólica y cultural (Curtoni, 2004; 2006). Se adoptó una noción de comportamiento territorial humano flexible, dirigido a optimizar el acceso individual y/o grupal a recursos estacionales o permanentes, y a satisfacer tanto las necesidades básicas y universales como las culturales y específicas. Las fronteras de los territorios se definían por el propio grupo que usaba y controlaba un espacio dado y por la existencia de otros grupos que manejaban espacios cercanos (Casimir, 1992, en Berón et al., 2002-2004). Una de las referencias principales fueron las propuestas de Robert Sack, para quien la noción de territorialidad implicaba todas aquellas acciones desplegadas por actores individuales o grupales para “afectar, influir o controlar personas, fenómenos y sus relaciones, a través de la delimitación y ejerciendo control sobre un área geográfica” (1986:17). El territorio pasó a concebirse entonces como resultado de las prácticas de territorialidad que lo constituyen (Curtoni, 2004; 2007).

Estos trabajos avanzaron sobre las formas de construcción del territorio en la región, caracterizando la movilidad y el uso del espacio desde el poblamiento humano temprano hasta momentos cercanos a la presencia hispana (14.500-500 años cal. AP) (Martínez, 2006; Mazzanti, 2006; Berón, 2007; Curtoni, 2007). Evidencias de circuitos de intercambio que vinculaban asentamientos situados al este y oeste de la Cordillera de los Andes permitieron postular la existencia de un corredor bioceánico norpatagónico, con una profundidad temporal de 2000 años, que involucraba a los grupos de la Pampa occidental con los de ambas vertientes de la región surandina (en lo que actualmente sería el sur de Cuyo, noroeste de Neuquén, norte de Río Negro, región de la Araucanía, región de los Lagos y Chile Central) (Berón et al., 2017).

En este contexto tomaron visibilidad espacios internodales (Berenguer y Pimentel, 2010) tales como caminos o rastrilladas, sitios de abastecimiento y pasos cordilleranos que conectaron a las sociedades y habilitaron la integración macro-regional en la larga duración (Curtoni, 2004, 2007; Salazar Siciliano y Berón, 2013). Estos espacios de contacto intersocietal fueron concebidos como “áreas en las cuales quedaban en suspenso prácticas culturales específicas para experimentar nuevas formas de comunicación con grupos diferentes, solucionar conflictos cotidianos, negociar los intercambios y acordar acciones en común” (Nacuzzi y Lucaioli, 2014, en Berón et al., 2017:262). Desde esta perspectiva, las áreas nodales o propias de los grupos presentaban mayor homogeneidad, mientras que en los espacios internodales tenían lugar las articulaciones a partir del conflicto o la negociación con otros grupos. Con un énfasis distinto, Messineo (2015) ha señalado el carácter abierto (Gamble, 1982) del sistema de comportamiento territorial de los cazadores-recolectores de las Pampas durante el Holoceno tardío (4.200-500 años cal. AP), vinculado al desarrollo de redes sociales de interacción supra-regionales y a las relaciones de reciprocidad y alianza entre las bandas de diferentes territorios. Las aproximaciones a la territorialidad parecen, de esta manera, bascular sutilmente entre la mayor o menor centralidad otorgada a los grupos o las redes para su comprensión.

Las representaciones mapuche sobre el Wallmapu –o territorio circundante, en mapuzungun– presentes en las fuentes de los siglos XVIII y XIX y en las referencias etnográficas actuales, también colaboran a reconocer la profundidad histórica de este corredor y forman parte de la estrategia actual de algunos arqueólogos.[1] No obstante, también se advierte la dificultad de asumir una continuidad histórica entre los pueblos prehispánicos y los actuales pueblos originarios, dado que la articulación de las redes de intercambio indígenas con las redes capitalistas supuso transformaciones en la movilidad y en las formas de ocupación y representación del espacio (Berón et al., 2017).

Con independencia de estas formulaciones, las investigaciones de historiadores y antropólogos de las décadas de 1980 y 1990 comenzaron a reconstruir una historia indígena imbricada con el desarrollo de los estados coloniales y nacionales en el sur sudamericano (Mandrini, 2007; Bechis, 2011). Así, empezaron a revisarse los esquemas mediante los que la etnología clásica de la primera mitad del siglo XX representaba a los grupos étnicos tehuelches, pampas o araucanos como unidades definidas por rasgos culturales discretos. Para aquella disciplina, la dimensión territorial se había reducido a discutir su distribución espacial en épocas previas y posteriores a la conquista estatal, pero sin contemplar su interacción con los enclaves hispano-criollos, prolongando de este modo el panorama etnológico presente en los informes de viajeros y científicos de fines del siglo XIX (Nacuzzi, 2002).[2]

Esta construcción ahistórica y culturalista fue cuestionada desde diversos ángulos. Por una parte, se puso en evidencia que los rótulos étnicos utilizados por el lenguaje científico remitían a identidades impuestas por funcionarios coloniales (Nacuzzi, 1998) y eran por lo tanto el producto de operaciones de clasificación ligadas a prácticas de dominación (Boccara, 2003).[3] Por otra, el foco en las interacciones indígenas con el Estado colonial llevó a considerar escalas explicativas de carácter regional. El espacio ocupado por la sociedad indígena relacionado con los centros coloniales del valle central chileno y el Río de la Plata devino así en la unidad de análisis necesaria para postular la articulación entre redes indígenas de intercambio y redes capitalistas a lo largo de un período iniciado con la presencia hispanocriolla y finalizado con las campañas de conquista de los Estados argentino y chileno a fines del siglo XIX (Bandieri, 1996; Pinto Rodríguez, 1996; Bechis, 2011). Las nociones englobantes que apuntaron a rescatar esa dinámica regional, tales como el territorio indio (León Solís, 1981), el espacio fronterizo arauco-pampeano (Pinto Rodríguez, 1996), la unidad social y cultural arauco-pampeano-patagónica (Bechis, 2008 [1989]) o el sistema poliétnico y policéntrico (Palermo, 1999), entre otras, mantienen aún un amplio consenso.

Aportes más recientes, no obstante, avanzan sobre esta imagen global para adentrarse en el conocimiento de los actores y tramas de relaciones que caracterizaron esta articulación regional en contextos específicos. Para los siglos XVIII y XIX, estas investigaciones permiten reconstruir las redes que vinculaban a los asentamientos pampeano-patagónicos, desdibujando la idea de unidades políticas territorialmente delimitadas y étnicamente diferenciadas (Alioto, 2011; Villar y Jiménez, 2011; Vezub, 2015; de Jong, 2016, 2018; Cordero, 2016, 2017).

Propuestas para interpretar la territorialidad indígena en las Pampas y la Patagonia

En este camino, algunos investigadores han planteado la necesidad de releer las fuentes decimonónicas desde nuevas claves teóricas acerca de la relación entre la identidad, la política y el territorio en la historia indígena (Rodríguez, 2010; de Jong, 2018). El uso de los rótulos étnicos como “vocabulario en espera” para identificar diferentes grupos y territorios (Nacuzzi, 1998) podría así ser reemplazado por un ejercicio de reconstrucción del tejido de alianzas que hilvanaban ocupaciones discontinuas. Por ejemplo, a partir de una nueva lectura del diario del viajero George Musters (1869-1870), Vezub (2015:22) pudo reconocer los alcances de macro identidades que, como la “tehuelche”, eslabonaban “agrupamientos demográficamente acotados pero que ejercían una territorialidad extensa y discontinua”. En estos casos, la praxis social se gestionaba en una escala micro, en itinerarios que conectaban tales agrupamientos discontinuos a través del parentesco, el comercio y también de confrontaciones. De este modo, Vezub propone reflexionar sobre las escalas y prácticas desde las cuales observar la construcción de las identidades étnicas. Según el autor, la reconstrucción desde debajo de estos eslabonamientos permite descubrir la escasa significación de las macro identificaciones étnicas en la política indígena, en tanto estas no parecen haber impreso una dirección a las relaciones, ni determinado las alianzas o las enemistades. Dentro de estos eslabonamientos activados por los itinerarios tehuelches, “tanto las alianzas, como el comercio y la guerra se daban inevitablemente entre parientes” (Vezub, 2015:32).[4]

Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez (2011:118-121) habían señalado ya el papel del parentesco en la modulación de alianzas políticas indígenas entre asentamientos dispersos, planteando para la primera mitad del siglo XIX la existencia de una estructura rizomática,[5] “inherente a un campo indígena complejo y multipolar desde el punto de vista político”, unida a una acentuada movilidad espacial y entre parcialidades –o pases–, reforzadoras de lazos de parentesco, compadrazgo, amistad u otro vínculo comprendido dentro de las reglas de reciprocidad imperantes en sociedades segmentales.[6] Así, en las poblaciones arauco-pampeanas de los siglos XVIII y XIX las instituciones de la política y la economía indígena se hallaban organizadas desde la lógica del parentesco[7]: el liderazgo era concebido como una relación recíproca y equivalente a la jerarquía entre padres e hijos, las relaciones políticas se estructuraban desde categorías parentales y el comercio creaba lazos de reciprocidad, que viabilizaban a su vez parentescos políticos y consanguíneos (Bechis, 2008 [1989]; Villar y Jiménez, 2011).

Enfocando en la conformación histórica de este sistema de relaciones, Martha Bechis (2010 [1985]) denominó geopolíticas indígenas a las estrategias mediante las que diversas parcialidades de la Araucanía intentaron asegurar el control de circuitos de intercambio transcordilleranos. Para esta autora, estas geopolíticas consistían en “la ocupación intencional o de hecho de un espacio con el propósito de apoyar los intereses del grupo madre que permanece en su territorio” (Bechis, 2010 [1985]:38). Ello aconteció entre la segunda mitad del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX, cuando algunos desprendimientos del norte y del sur de la Araucanía –pehuenches, huilliches y llaimaches– pasaron a instalarse en las Pampas, dando lugar a formas discontinuas de ocupación del espacio a través de un corredor por el cual fluían mensajes, regalos, animales y hombres.

Estas estrategias reflejaban la importancia creciente del espacio pampeano para la actividad comercial ganadera en la Araucanía, así como la competencia entre los líderes mapuche por el control de los circuitos que viabilizaban el comercio a escala regional (Bello, 2011). Pero adquirieron rasgos particulares en el contexto de las décadas independentistas, cuando fuerzas indígena-criollas se enfrentaron bajo los bandos realistas y patriotas durante la Guerra a Muerte (1819-1832). Estos corredores sostuvieron la afluencia de apoyo militar a las distintas facciones indígenas, guerrillas indígeno-criollas y expediciones punitivas estatales que se sucedieron en las décadas de 1820 y 1830 en el espacio pampeano y norpatagónico (Villar y Jiménez, 2011).

Es importante señalar, sin embargo, que pese a que intensificaron la competencia y el conflicto interindígena, estos procesos bélicos dieron continuidad a los mecanismos de articulación y formación de grupos que venían desarrollándose en la región desde los siglos previos. Tanto el comercio y la diplomacia interétnica como la competencia y los enfrentamientos por la ocupación de sitios estratégicos fueron productores de vínculos políticos y alianzas parentales que terminaban por ligar a miembros de un grupo con miembros de otros grupos distantes (Villar y Jiménez, 2011). En este sentido, los procesos de movilidad, fusión y fisión de grupos y rotaciones o pasajes de personal (Palermo, 1999) canalizaron los contactos, la formación de alianzas y la generación de nuevas identidades en el espacio pampeano.

La multiplicación de las alianzas parentales y políticas es una de las claves que permiten comprender el inicio, hacia la década de 1840, de una nueva configuración político-territorial que perdurará sin mayores cambios hasta el fin de la autonomía indígena. En contraste con etapas previas, esta configuración regional se caracterizó por la disminución de la competencia por la ocupación de espacios estratégicos en el este cordillerano y una notable estabilidad de los liderazgos políticos de territorialidad pampeana, unida a la expansión y estabilización de las redes parentales que los vinculaban entre sí y con las parcialidades transcordilleranas (de Jong, 2016; de Jong, Cordero y Alemano, 2022).

Esta inédita estabilización e integración política indígena del espacio bajo dominio indígena en el oriente cordillerano –al que en este trabajo aludimos metafóricamente como tierra adentro– se entrelazó estrechamente con la calidad que adquirieron las relaciones entre las parcialidades y el Gobierno bonaerense. En este sentido, a partir de la década de 1840, el gobernador Juan Manuel de Rosas sistematizó el Negocio Pacífico de Indios como política de fronteras. Este sistema se basaba en tratados de paz que amparaban el comercio fronterizo y estipulaban la provisión periódica de diferentes montos de raciones en ganado y otros productos a los cacicazgos pampeanos. Estos acuerdos distinguían a los indios amigos –que se asentaban en la frontera comprometiéndose a prestar servicios militares al mando de sus caciques– de los indios aliados –quienes sin perder la autonomía territorial se comprometían a no atacar las fronteras y evitar que otros grupos lo hicieran–.[8] La contraparte indígena de estos acuerdos en la tierra adentro fue protagonizada inicialmente por Calfucurá, uno de los líderes instalados recientemente en el centro pampeano. Este devino en el principal interlocutor diplomático de Rosas y utilizó hábilmente este flujo de recursos para cimentar nuevas alianzas comerciales y parentales a escala regional, que se extendieron también a diversos caciques de la Araucanía. De esta manera, los chaziches o salineros –denominación que surge en estas décadas y que refiere a su reciente ubicación en Salinas Grandes– extendieron su campo de alianzas fortaleciendo el entramado rizomático arauco-pampeano-norpatagónico (de Jong, 2016).

El panorama indígena del siglo XIX seguía un patrón de ocupación del espacio basado en asentamientos estratégicos –por sus características productivas, por su ubicación en rutas o rastrilladas que conectaban con otros territorios y/o por su acceso con fronteras comerciales interétnicas– conectados entre sí por una alta movilidad (Villar, 1993). Desde la década de 1840, y en paralelo a la estabilidad adquirida por los liderazgos, estos asentamientos de tierra adentro adquirieron mayor visibilidad como identidades territoriales (de Jong, Cordero y Alemano, 2022): en los valles cordilleranos del norte de Neuquén y sur de Mendoza se ubicaban los pehuenches; en la zona central de las Pampas, en Mamül Mapu, los ranqueles; muy cerca, y algo más hacia el este, en las Salinas Grandes, los salineros; y en las cuencas de los ríos Colorado, Negro y Limay, los tehuelches y huilliches o manzaneros.

Estas identidades territoriales, aunque organizadas en torno al liderazgo de caciques que legitimaban su autoridad en el linaje del que descendían (Vezub, 2006; Bello, 2011; Jiménez y Alioto, 2011), tomaban relieve desde una amplia red de obligaciones y solidaridades recíprocas que se extendían en el espacio y que se canalizaban por lazos de parentesco.

Prácticas de territorialidad discontinua: la afirmación de territorios abiertos

¿Qué tipo de construcción territorial produjeron los actores indígenas independientes en el contexto de las décadas centrales del siglo XIX? Las identidades territoriales de estas décadas centrales del siglo podían ampararse en un abanico de representaciones que otorgaban legitimidad política a partir de la ancestralidad del linaje de sus líderes y/o de la profundidad histórica de la ocupación de determinados asentamientos. Vezub y Mazzalay (2016:86) proponen, en este sentido, que aunque los linajes fueron el “contenedor formal” para representar las alianzas y vínculos de referencia, estos tuvieron un carácter más político que étnico o biológico. En otras palabras, los vínculos parentales creaban una retícula sobre la que se asentaban las construcciones étnicas o de linaje más ligadas a grados de interacción social. La reciente etnogénesis salinera impedía apelar a este tipo de argumentos. Probablemente por ello el discurso político de Calfucurá –proveniente de la zona de Llaima, al sur de la Araucanía– sostenía el dominio de las Salinas Grandes en base a sus acciones de generosidad hacia sus vecinos, amigos y parientes, así como su éxito en la negociación de la paz con el Gobierno nacional (de Jong, 2016).

Las relaciones de alianza y reciprocidad generadas por el parentesco, el intercambio y la solidaridad militar convertían en la práctica a los límites de los territorios de cada cacicazgo en porosos y dinámicos. Esta porosidad se extendía, en el período que abordamos, a los sectores de la frontera con el Estado más próximos a cada identidad territorial (de Jong, 2018). En esta dirección, algunas investigaciones registran la capacidad adquirida por algunas parcialidades indígenas en las décadas centrales del siglo XIX para extender sus lógicas políticas hacia los espacios fronterizos, definiendo las modalidades de articulación política y económica con las poblaciones criollas. De esta manera, los vínculos de parentesco canalizaban alianzas que favorecían el comercio y la reciprocidad política entre los cacicazgos huilliche-tehuelches de los valles cordilleranos al norte y al sur del río Limay y criollos de Carmen de Patagones (Vezub, 2005; Davies Lenoble, 2017). En forma similar, en el norte de la actual Neuquén y sur de Mendoza, los pehuenches habilitaban a estancieros chilenos el acceso a los valles de pastoreo de sus territorios, bajo acuerdos y supervisión de los caciques (Varela y Manara, 1999; Davies Lenoble, 2019).

En los segmentos centrales de la Frontera Sur, cercanos a la territorialidad ranquel y salinera –al sur de las provincias de San Luis y Córdoba, y a lo largo de la frontera bonaerense–, la competencia entre indígenas y criollos por el territorio y su uso productivo limitó bastante más la confluencia de intereses económicos. El impacto de las lógicas indígenas sobre estos espacios fronterizos, no obstante, se expresaba a través de la concertación de tratados de paz, mediante los cuales los caciques buscaban garantizar el comercio pacífico, cuyo incumplimiento podía suscitar acciones de fuerza destinada a reorientar la política estatal. Los indios amigos asentados en la frontera bonaerense conformaban parte de esta extensión de las lógicas indígenas hacia las localidades de frontera, en tanto sus relaciones parentales, comerciales y políticas con los cacicazgos independientes habilitaban la movilidad entre la línea de fronteras y la tierra adentro (de Jong, 2016).

Esta injerencia de los cacicazgos sobre determinados sectores de la frontera controlada por el Estado podría entenderse como una extensión de las geopolíticas indígenas propuestas inicialmente por Bechis (2008 [1989]) a los espacios criollos. Al mismo tiempo, coincidimos con Cordero (2017) en que la superposición de territorialidades indígenas y estatales en los espacios de frontera convertía a estos espacios en multiterritoriales (Haesbaert, 2008).

El estudio de estos eslabonamientos territoriales y de su gravitación en la política indígena enfrenta la dificultad de basarse en fuentes documentales en su mayor parte de factura estatal, que solo proporcionan indicios muy indirectos sobre la política interétnica en la tierra adentro. No obstante, en los últimos años la identificación de corpus de correspondencia diplomática de factura indígena han permitido analizar el discurso político y comprender las dinámicas de alianzas de los principales caciques de las décadas centrales del siglo XIX (Vezub y de Jong, 2019). En este sentido, Tamagnini (2019) pudo constatar, durante la primera mitad del siglo XIX, la presencia recurrente de indios pehuenches, chilenos, o nguluches[9] en Mamül Mapu, el territorio ranquel. Estas “visitas” provenían de diversos sectores de la Araucanía y permanecían durante el invierno en el territorio pampeano, integrándose a las redes sociales y políticas locales.

En estas instancias, el comercio se imbricaba con agasajos rituales y protocolos que cimentaban lazos parentales y políticos. Prácticas de este tipo se producían en el Caleufú, llamado en la época País de las Manzanas (Figura 1). En las décadas centrales del siglo XIX, el sur neuquino integraba un espacio regional que conectaba la producción ganadera indígena con los mercados en ambos lados de los Andes. Eran las redes de parentesco indígena e indígena-criollas las que canalizaban los circuitos comerciales con Carmen de Patagones (Vezub, 2005; Davies Lenoble, 2017), así como la venta de ganado a las curtiembres de Valdivia, en el mercado de Pitrufquén, sobre las orillas del río Toltén (Carreño Palma, 2011), o a los asentamientos salineros del centro pampeano (Bello, 2011).

Figura 1. Eslabonamientos territoriales indígenas en las décadas centrales del siglo XIX

DE JONG_Figura 1 curva modif junio 2022

Fuente: elaboración propia en base a de Jong, Cordero y Alemano (2022).

Los territorios salineros, a su vez, participaban de un eslabonamiento que conectaba a las localidades de Azul y Bahía Blanca con las cordilleras y la Araucanía, involucrando a los asentamientos liderados por Calfucurá en Salinas Grandes y su hermano Reuquecurá en los valles cordilleranos de Aluminé. La dinámica de este eslabonamiento imprimía calidades distintas a cada uno de los nodos que lo integraban. Así como los líderes de Salinas Grandes asumían el protagonismo en las relaciones diplomáticas con el Estado argentino, la ubicación de Reuquecurá y sus seguidores garantizaba el acceso al boquete de Llaima, uno de los pasos cordilleranos más directos hacia los territorios de las cuencas de los ríos Malleco, Cautín y Toltén (Bello, 2011; Salazar Siciliano y Berón, 2013). Este cacique se ubicaba así en el centro radial de un amplio conjunto de alianzas y circuitos de comercio que se extendían hacia distintos puntos en ambos lados de la cordillera. Compartía, junto a sus parientes salineros, el vínculo con los ranqueles, que se extendía también hacia los pehuenches situados en el norte de la cordillera neuquina. Hacia el sur, sus relaciones de parentesco lo vinculaban a los caciques mapuche-tehuelches ubicados en ambos lados del Limay, con quienes compartía el espacio de comercio y abastecimiento en Carmen de Patagones. Pero la alianza con Calfucurá hacía de Reuquecurá el intermediario central de los salineros con las agrupaciones ubicadas sobre el río Toltén y con los wenteches o arribanos del río Malleco. Esta ubicación convertía a Reuquecurá en una figura imprescindible para la organización de empresas maloneras o comerciales, ya que se hallaba en condiciones de invitar a su amplia red de vínculos parentales y políticos (de Jong, 2021).

Las cartas enviadas por Calfucurá a las autoridades de Azul permiten suponer que una parte de estas visitas anuales eran comitivas organizadas por su hermano Reuquecurá, a la cabeza de amplios contingentes que arribaban en el otoño y que podían llegar a permanecer varios meses en el centro de las Pampas. En una carta escrita en julio de 1864, Calfucurá anunciaba la llegada de Reuquecurá con indios “de toda la nación” […] “Pailacán y el cacique Quelahueque, chilenos; Chezuelcho, Piguncho, Boronagos”.[10] Se refería a Reuquecurá como “su gente” y aseguraba: “biene abisitarme, no bienen a malón porque esta es mi gente también y saben como bibo como me trato”.[11] En este sentido, la labor de Reuquecurá como intermediario suponía la concertación previa con aquellos que lo acompañarían en el viaje acerca del respeto a la política de los salineros en las fronteras. De hecho, la evolución del período mostrará que los segmentos de frontera con los que los cacicazgos locales mantenían relaciones diplomáticas no fueron objeto de grandes invasiones mientras estuvieron vigentes los tratados de paz con el gobierno nacional. Y al mismo tiempo, que cuando estos se interrumpieron, las incursiones indígenas dirigidas a renovar el diálogo político contaron con el apoyo militar de los aliados regionales (de Jong, 2011).

El arribo de visitantes implicaba para los líderes anfitriones regalar o vender las raciones periódicas obtenidas en las fronteras a partir de los tratados de paz. La prioridad de los visitantes en esta distribución podía significar la postergación de otros caciques locales, restándoles recursos para sus propios seguidores. Una carta dirigida por Cañumil –cuñado y segundo cacique de Calfucurá– al presidente Mitre en 1864 revela la tensión creada por la obligación de agasajar con raciones a las “comisiones de Chile”:

Señor Presidente Mitre: Usted sabe que yo nunca he pedido ración á V. E. Sólo me he estado sosteniendo con diez ó veinte yeguas que mi cuñado [Calfucurá] me daba, y no pudiendo más, porque no le alcanza ni para él, como tiene tantos capitanes y comisiones que vienen de chile, á todos éstos tiene que darles de sus raciones. Le diré también que, cuando le dieron ahora, mil doscientas yeguas, me regaló seiscientas de ellas por regalo no por ración, y qué hago yo con esto cuando tengo doscientos hombres que ni de á cuatro les alcanzan.[12]

Las relaciones de reciprocidad que regían la diplomacia interindígena obligaban no solo a la celebración de fiestas y agasajos a los visitantes de otros territorios, sino que se extendían al comercio. En las cartas de Calfucurá encontramos numerosas referencias a los productos traídos desde las cordilleras –piñones y hierba de pintar mantas, objetos de plata, tejidos, cañas, plumas– para ser intercambiados por ganado en Salinas Grandes. Estos intercambios solían dejar a los salineros sin rebaños para comerciar en las fronteras de Buenos Aires. En este sentido puede interpretarse la respuesta de Calfucurá al pedido del comandante Conesa: “Respecto a las mulas, me dispensará, porque ahora no tengo porque los chilenos como son muy amantes á las mulas me las piden y me las llevan todas”.[13]

Calfucurá también ponía a disposición de los visitantes sus contactos comerciales en las fronteras, garantizando bajo el amparo diplomático el viaje de estas comisiones a Azul y Bahía Blanca. Una carta enviada por el cacique al comandante de esta localidad oficiaba como pasaporte para los “capitanes que han venido de Chile, Epuñam, Agustín Montero y Aniamil […] con esta gente van unos cincuenta hombres con comercio que irán á parar en casa del comisario Dn Felipe Caronti”. El objetivo de cumplir los compromisos con estos visitantes podía llevar a que les fueran entregadas parte de las raciones destinadas a los salineros en las mismas fronteras. Así, Calfucurá pedía que:

[…] entreguen a estos capitanes 100 yeguas a cada uno a cuenta de las que me fueron prometidas como ración […] he sabido que el Gobierno tenía 3000 yeguas en invernada en Quequén Chico para regalármelas […] y si en caso no han venido las yeguas que me han dicho que las tenían en Quequén le suplico al vecindario que me hagan ese empréstito que después se habonarán de las mías.[14]

Mediante este tipo de gestión política, Salinas Grandes conformó en las décadas centrales del siglo XIX una plaza comercial multiétnica, un nodo de intercambios regionales con momentos de agregación y desagregación vinculados al comercio estacional y a la concertación de matrimonios o compadrazgos, pero también, en momentos de crisis de la diplomacia fronteriza, a eventuales convocatorias a malón.

La gestión de la territorialidad se expresaba en una trama disgregada de relaciones, implicando tanto el marco formal del trawn (reunión) convocado por el cacique principal para agasajar a las comitivas que arribaban a Salinas Grandes, como en una multiplicidad de instancias de intercambio comercial entre visitantes y anfitriones en las rukas (casas) de capitanejos y conas (lanceros). Por ello, el control sobre el territorio salinero era probablemente de carácter difuso. Si nos orientamos por las descripciones de Bello (2011) para la Araucanía, este control se ejercía en escalas menores, a través de caciques y capitanejos que mantenían relaciones de parentesco con los caciques principales. A su vez, los espacios de influencia política y territorial de los caciques más importantes de la agrupación tendían a distanciarse. Era posible entonces que caciques aliados entre sí, y que controlaban un número significativo de seguidores, se hallaran a varias leguas de distancia. De esta manera, en la década de 1860 Calfucurá remitía sus cartas desde el “Monte de Chilihue” al oeste de Salinas Grandes, mientras que su segundo, Cañumil, se ubicaba en Carhué, Quentrel sobre la laguna de Leufucó y Reuquecurá, uno de los lazos más estables de Calfucurá, tenía su asentamiento en las cordilleras. La distancia física, por lo tanto, no implicaba necesariamente distancia política (de Jong, 2016).

Este entramado se construía en diversos niveles y no se restringía a la gestión de los caciques principales. Aquellos líderes ubicados en jerarquías menores y/o más distantes en términos parentales respecto de los caciques principales, mantenían mayor autonomía frente a las obligaciones de la malla de reciprocidades de parentesco. Caciquillos y capitanejos podían trasladar su adhesión de un cacique a otro y concertar acciones por fuera de la consulta a los líderes. Ejemplo de ello son los pequeños y medianos malones organizados por las llamadas segundas líneas (Cordero, 2016), en los que se ponían en juego sus propios capitales parentales y que terminaban por delinear coyunturales unidades políticas que atravesaban los límites de lo que distinguimos como cacicazgos, parcialidades o identidades territoriales (de Jong, Cordero y Alemano, 2022). La dinámica política operaba desde una retícula flexible, donde algunos capitanejos podían actuar con autonomía, organizando malones de menor escala que tensionaban el cumplimiento del tratado de paz concertado por el líder principal, o bien sumarse a invasiones organizadas desde otros territorios. Durante las décadas centrales del siglo, este tipo de situaciones tendieron a desdibujar los límites políticos entre salineros y ranqueles.

Los puntos precedentes sugieren una alta tasa de movilidad y rotación del personal (Palermo, 1999) entre las principales identidades territoriales, desde una dinámica condicionada por las políticas de los líderes, pero habilitada simultáneamente por las redes interfamiliares. Esta movilidad suponía la permanencia en territorios distintos a los de la parcialidad de origen durante grandes períodos, posibilitando trayectorias individuales que hilvanaban asentamientos distantes a lo largo del ciclo vital. Estos rasgos generales de movilidad, articulación parental y apertura de territorios son consistentes con la notoria ausencia de conflictos y enfrentamientos por la ocupación de sitios estratégicos o por el uso de áreas de tránsito y caza durante el período que analizamos, panorama contrastante con la sucesión de enfrentamientos registrados en las primeras décadas del siglo XIX.

En base a este conjunto de aspectos observados para el caso salinero, proponemos denominar territorios abiertos al modo de gestión territorial que tuvo lugar en el marco de eslabonamientos regionales en las Pampas y Norpatagonia durante las décadas centrales del siglo XIX. El control territorial se expresaba en obligaciones y protocolos que participaban de una relación de reciprocidad parental entre el anfitrión y el visitante. El comercio, las fiestas y los agasajos, la concertación de matrimonios y el intercambio ritual de nombres que sellaban lazos de compadrazgo así como la invitación y aceptación a participar en un malón, eran instancias que involucraban el cumplimiento de obligaciones que contemplaban asimismo el respeto por la orientación política de los anfitriones. La afirmación territorial, de esta manera, se canalizaba en actos que a la vez que legitimaban el dominio local, resultaban en la apertura e incorporación de los otros.

Reflexiones finales

Hemos apuntado en este recorrido a rescatar los aportes que permiten abordar las prácticas de territorialidad indígena en las Pampas y Norpatagonia durante el siglo XIX de una manera novedosa. Ello se vincula con la posibilidad de cuestionar el modelo estatal aplicado tradicionalmente a la identificación de unidades políticas indígenas y a sus territorios para pensar en “cadenas de sociedades” (Amselle, 1998), en términos de redes y articulación de ocupaciones discontinuas. Supone al mismo tiempo el objetivo de integrar las lógicas económicas, políticas y sociales operantes en la sociedad indígena así como sus transformaciones en función de la relación mantenida con los Estados coloniales y nacionales.

Si esta perspectiva resulta válida para comprender las dinámicas sociales que fueron generándose en el espacio panaraucano a partir de la presencia hispana, es especialmente importante para enfocar la tierra adentro del este cordillerano en las décadas centrales del siglo XIX, cuando la estabilidad adquirida por los liderazgos aparenta mostrarnos un mapa compuesto por unidades con contornos étnico-políticos y territoriales delimitados. Sin embargo, la contextualización histórica y regional permite distinguir las representaciones con las que los liderazgos afirmaban su legitimidad de la trama de relaciones extendidas que hacía de cada parcialidad, cacicazgo –o etnia para los etnólogos– segmentos de eslabonamientos mayores, movilizados por intercambios comerciales y parentales.

En las décadas centrales del siglo XIX, las rutas de tránsito y espacios locales que articulaban el Wallmapu desde tiempos prehispánicos parecen adquirir una calidad diferente. Esta retícula de larga duración comenzó a canalizar tramas políticas más amplias e intensas, asignando a los espacios locales e intersticiales nuevas funciones que conducen a revisar algunos de los presupuestos de los que partimos. En contraste con etapas previas, caracterizadas por una gran competencia interindígena y una gran inestabilidad en la ocupación de territorios pampeano-norpatagónicos, entre las décadas de 1840 y 1870 se delinea un campo político indígena caracterizado por el ejercicio de liderazgos estables que afirman su territorialidad en espacios estratégicos en función de sus recursos, cercanía con las fronteras comerciales criollas o ubicación en rastrilladas vitales para la comunicación con otros territorios indígenas. Pero aunque representados y reconocidos bajo el dominio de un cacicazgo o linaje, estos territorios constituyen emergentes históricos de una red de intercambios y solidaridades que los posibilita y condiciona.

Ello lleva a comprender las prácticas de territorialidad como prácticas de articulación entre territorios más que de diferenciación de los mismos. En términos de Vezub y Mazzalay (2016:95), estamos ante “territorialidades localizadas pero no delimitadas”. Intentando contrastar esta interpretación con situaciones provistas por las fuentes, abordamos la correspondencia diplomática del cacique Calfucurá en busca de indicios que refirieran a la gestión territorial de los salineros. Nuestro recorrido sobre distintas dimensiones relacionadas con la realidad salinera converge con una lectura sobre la territorialidad indígena afirmada, paradójicamente, en base a aperturas hacia los “otros” que podían devenir habitantes estacionales o definitivos de estos espacios, o aliados cruciales en los que se depositaba una potencial estrategia defensiva. El mantenimiento de relaciones mantenidas con otras identidades territoriales fue, por lo tanto, la condición de posibilidad de la estrategia política fronteriza de cada segmento o nodo de esta red.

Nuestra propuesta de eslabonamientos de territorios abiertos apunta a distinguir aquellos procesos fundantes de una nueva calidad en el sistema: aquella por la cual la red precede a los nodos, las relaciones a los grupos y en donde las alianzas no son puestas a prueba por las identidades locales. Proponemos, en consecuencia, que las prácticas más significativas de afirmación territorial –así como sus cuestionamientos o contradicciones– se ejercitaban más al interior de las identidades territoriales que en la condición difusa de sus bordes. Ello se expresaba en la contradicción y concertación propias de las múltiples instancias de la vida social, tales como la tensión entre los liderazgos y segundas líneas, en las prácticas protocolares y exigencias materiales ligadas a la recepción de aliados, amigos y parientes, en la ausencia y/o disminución de disputas territoriales durante el período y en la extensión de las lógicas indígenas hacia los espacios de frontera. Ello supone una novedad respecto a la gestión política y al papel de los territorios en el primer tercio del siglo XIX, y subyace a las construcciones ideológicas acerca de la primacía del linaje y de identidad territorial que ofrecían una imagen de autonomía y consistencia homogénea de los asentamientos locales. En términos de Calavia Sáez (2004:131), “No hay una comunidad dentro de un territorio, sino, por así decirlo, un territorio dentro de un sistema de lazos y fronteras sociales”.

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  1. La estrategia metodológica basada en articular fuentes etnográficas, documentales y arqueológicas para el análisis de este ámbito regional reconoce antecedentes en los trabajos de Tom Dillehay (2002; 2011) centrados especialmente en la Araucanía.
  2. Julio Vezub (2015) señala los escritos de Francisco Moreno, Ramón Lista, Robert Lehmann-Nitsche y Félix Outes como antecedentes de los trabajos de Tomás Harrington, Federico Escalada, José Imbelloni y Rodolfo Casamiquela.
  3. Según Jean Loup Amselle (1998) esta ha sido la forma de operar de la “razón etnológica” del pensamiento colonial, a partir de la cual las etnias, sociedades y culturas se recortaron como representaciones evidentes de los objetos de la antropología, ocultando la trama, el encadenamiento o relaciones que las ligaban. La atención a las prácticas de etnificación estatal, sin embargo, ha demorado la indagación sobre la operatividad que tuvieron los rótulos para los mismos actores en diversos contextos históricos, un tema que continúa formando parte de la agenda de la etnohistoria (Vezub, 2015; Stella y Ramos, 2017).
  4. En la misma dirección, Delrio et al. (2018) identificaron en crónicas de viajeros winkas y mapuches la dimensión procesual de las construcciones de territorialidad indígena, ligándolas a los itinerarios de los actores, reconstruyendo cartografías subjetivas que dan cuenta de los hitos y circuitos que encadenaban escalas, casas y hospedajes.
  5. Los autores toman el concepto de rizoma de Deleuze y Guattari (1977).
  6. Basándose en Middleton y Tait (1958), Bechis (2008 [1989]) entiende por tal una configuración política formada por la repetición o fisión de unidades o segmentos autosuficientes más pequeños que la sociedad, sin que haya una estructura política superior que los contenga.
  7. En las sociedades sin Estado, la práctica del parentesco deviene el eje central de la articulación social, el idioma en el cual se expresan las otras prácticas que componen la trama social (Webster, 1975; en Campagno, 2018). De esta manera, las prácticas que el parentesco articula deben ser compatibles con los principios de reciprocidad, de generosidad y ayuda mutua que participan de un interminable juego de dones y contradones. Se opone a la lógica del Estado caracterizada por el monopolio legítimo de la coerción como criterio central de la operatoria social (Campagno, 2018).
  8. Los asentamientos de indios amigos en la frontera bonaerense se incrementaron y estabilizaron en las décadas centrales del siglo XIX, dando lugar a particulares procesos de relacionamiento con las autoridades provinciales, entre los que debe considerarse la negociación por el acceso a la tierra. Entre muchos trabajos sobre el tema, que queda fuera del objetivo de este artículo, remitimos a de Jong (2015), Literas (2015) y Lanteri et al. (2011).
  9. El uso de estos rótulos entre la población indígena y criolla en el siglo XIX era flexible, situacional y muchos de estos nombres podían superponerse. Mientras que el rótulo pehuenche era aplicado en general a quienes habitaban los valles cordilleranos en los que abundaba la araucaria o pehuén, el término nguluche aludía a quienes provenían del oeste de los Andes. Lo mismo sucedía con el apelativo chileno aplicado a pobladores indígenas que provenían de la Araucanía o “Chile” y de las faldas cordilleranas, sin que ello significara en esa época la pertenencia a la Nación o Estado chileno.
  10. Calfucurá muestra en esta carta su clasificación de sectores aliados, entre los que ubica a Paillacán, cacique del oriente cordillerano y Quilahueque, uno de los caciques wenteches o arribanos del oeste de los Andes. También nombra a tehuelches, picunches probablemente pehuenches del norte de las cordilleras– y boroganos, provenientes de la zona de Boroa, en la Araucanía. Fuente: Calfucurá al presidente Bartolomé Mitre, 6 de Julio de 1864. Archivo Mitre (AM), XXIV:92-95.
  11. Calfucurá al comandante José A. Llano, abril de 1863. Servicio Histórico del Ejército (SHE), Caja 11, doc. 414.
  12. Cañumil al presidente Bartolomé Mitre, septiembre de 1863. AM, XXIV:120-122.
  13. Calfucurá al comandante Emilio Conesa, 27 de abril de 1861. AM, XXII:18-22.
  14. Calfucurá al comandante José A. Llano, 18 de agosto de 1861. Archivo General de la Nación (AGN), X, 20-7-1.


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