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2 Lecturas etnohistóricas sobre la gran frontera sur indígena (siglos XVIII-XIX)

Marcela Tamagnini

Introducción

La historia humana está atravesada por fronteras de todo tipo. A las viejas fronteras geográficas, políticas, religiosas, lingüísticas, sociales, económicas, étnico-nacionales, de género y etarias hoy podemos agregar otras nuevas que vienen de la mano de la digitalización, la cibernética y la biopolítica. Como ningún conocimiento o, en este caso, abordaje, se puede desligar de su contexto acontecimental, la lectura aquí propuesta toma como punto de partida una frontera militar que fue pergeñada en Sudamérica en la temprana colonia para definir un ordenamiento territorial que se extendió desde el Océano Atlántico al Océano Pacífico y que fue el producto pero también la causa del enfrentamiento entre indígenas e hispano-criollos, euroamericanos o cristianos, designaciones o categorías que los investigadores emplean habitualmente para referirse al colectivo no indígena.

En el Cono Sur americano, este artefacto recibió diferentes nombres. Mientras en la Argentina se lo denominó Frontera Sur, en Chile fue la Frontera del Biobío o también de la Araucanía. En cambio, en Uruguay nunca se habría establecido una estructura o línea militar, aunque sí se habría configurado al norte del Río Negro una imprecisa y difusa área fronteriza. Este escrito tiene por propósito ofrecer una síntesis sobre la manera en que se configuró el campo de los estudios de frontera en la región, es decir, la forma en que fue encarada su investigación, definición y significado por diferentes disciplinas sociales entre las que incluiremos la Historia, la Antropología, la Arqueología y la Etnohistoria. Básicamente, nos centraremos en los aportes de esta última, porque es el lugar donde situamos nuestros estudios sobre el tramo mediterráneo conocido como Frontera Sur de Córdoba o Frontera del Río Cuarto, desde fines del siglo XVIII y hasta la llamada Conquista del Desierto en 1879.

Antes de ocuparnos de lo disciplinar, nos parece oportuno explicitar dos supuestos que orientan la indagación. El primero es que las reflexiones que presentamos forman parte de una agenda de trabajo más amplia que es el resultado de un conocimiento situado, producto de una trayectoria de investigación desarrollada en un contexto determinado, en este caso la Universidad Nacional de Río Cuarto, una casa de altos estudios creada en la década de 1970 en el sur cordobés. El segundo, que se deriva del primero, es que adherimos a la propuesta de Martha Philp de realizar una lectura de la historia argentina desde el interior (Philp et al., 2018), pero sin perder de vista la totalidad que la engloba. Este juego, en el que se articulan diferentes niveles de escala, presta atención a la reconstrucción de las macro-dimensiones (Literas y Barbuto, 2021). De esa manera, procuramos darle relieve a la tensión permanente entre la mirada local/regional y la preocupación por las estructuras, procesos y sistemas que abrevan o devienen de la sociología histórica.

En ese marco, es necesario que expliquemos mínimamente las circunstancias que dan cuenta del desarrollo de lo que hace quince años en nuestra tesis doctoral denominamos la gran frontera del Cono Sur (Tamagnini, 2006), un espacio social que tiene que ver con la conquista europea que, desde fines del siglo XV, modificó radicalmente la fisonomía de grandes conjuntos sociales que no eran europeos y que tenían sus propias formas de representar la realidad y de vincularse con otros pueblos con los que coexistían. Siguiendo a Tiapa (2011), se trataría de una más de las fronteras de la modernidad, limítrofe a las grandes geoculturas globales configuradas a lo largo de la expansión capitalista, ubicada en este caso en el continente americano.

Es conocido que la administración colonial incorporó muy tempranamente a los grupos más jerarquizados a través de la encomienda, la mita o las reducciones religiosas. Rápidamente, estos se convirtieron en indígenas sometidos o súbditos. En el otro extremo, los indígenas libres o soberanos opusieron una tenaz resistencia, impidiendo la ocupación de sus territorios por parte de los conquistadores europeos. Las fronteras con los chichimecas (México) y con los araucanos en el Biobio (Chile) fueron la expresión más acabada de este último proceso. A su vez, las poblaciones nativas que vivían en geografías impenetrables o poco productivas para los europeos (como las de la región amazónica) siguieron otro camino, adquiriendo en su transcurso cierta independencia política y territorial. Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, todos los grupos que no habían sido sometidos fueron derrotados en forma violenta y desalojados de sus tierras por las acciones llevadas a cabo por los Estados nacionales que pretendían delimitar sus territorios. Las regiones de la llamada frontera con el indio fueron desarticuladas con la consiguiente transformación de los vínculos interétnicos. Pese a ello, este sustrato histórico continúa en la memoria y explica la pervivencia de la etnicidad como problema socio-político, muchas veces ligado al prejuicio racial y a una estructura socio-económica desigual (Pérez Zavala et al., 2018).

La idea de una gran frontera o de un gran espacio fronterizo en el Cono Sur es una construcción teórica que abreva en la noción de totalidad propuesta por Martha Bechis (2008b), que nos pareció operativa para abordar los diferentes tramos de la misma. Por otra parte, dicho enfoque actúa en tándem con otros tres conceptos que son: conflicto interétnico, violencia y proceso de construcción de los Estados nacionales argentino, chileno y uruguayo. A lo largo del siglo XIX, los tres operaron sobre la frontera de manera paralela, desarrollando una acción que perdura, ya que dejó una huella profunda en nuestras sociedades. Sus primeras manifestaciones se remontarían al establecimiento y afianzamiento de la línea militar. Después, todo lo que siguió fue consecuencia de la acción inaugurada por esta línea y las instituciones que traería aparejado tener las milicias ubicadas en ella. Entonces, desde nuestra perspectiva, la gran frontera sería una estructura social que se caracteriza por conjugar la historia indígena que viene “del fondo de la tierra” (Tamagnini y Pérez Zavala, 2010), la de las fuerzas sociales criollas y subalternas que, o bien resistían, o bien no podían ser asimiladas por los Estados nacionales en su período organizacional y, finalmente, la consolidación de estos últimos.

Esta situación nos permite pensarla como una unidad de análisis a pesar de las simetrías y asimetrías de los tres casos. De hecho, mientras Argentina y Chile tuvieron una mayor continuidad geográfica, Uruguay vale como ejemplo de una diferenciación temprana ya que estuvo sujeta a procesos particulares derivados de su carácter de frontera entre España y Portugal durante la colonia, y, posteriormente, por la incidencia directa del Imperio británico desde las invasiones inglesas (Tamagnini, 2006).

Somos conscientes de que una perspectiva centrada en la simultaneidad del tratamiento, requiere necesariamente invocar o no dejar de lado acontecimientos y referencias puntuales muchas veces limitados y de desigual valor. La propia fragmentación administrativa y logística de la línea militar hizo que esta se correspondiera con muchas fronteras y no con una sola. Aun cuando estas tenían en común que los contemporáneos las consideraban como periféricas, no podemos desconocer la especificidad de las formas fronterizas del siglo XIX, ya que se habrían conformado en diversas coyunturas históricas, según los procesos de apropiación y ocupación del territorio. No obstante, más allá de estas advertencias, consideramos que vale la pena el esfuerzo de contextualizar los acontecimientos que allí tuvieron lugar pensando el vasto escenario de las fronteras meridionales como una unidad. La aplicación de una visión de conjunto, en cuanto estructuras, no requiere necesariamente atender a la continuidad espacial sino a las relaciones sociales que registran muchos puntos en común. En suma, la gran frontera permite verificar cómo operó sobre ella la modernización política y, de manera contrapuesta, su incidencia sobre los procesos locales. Las inconsistencias que surgen en el momento de su abordaje pueden ser circunscriptas y orientadas (Tamagnini y Pérez Zavala, 2011).

El tratamiento de la gran frontera posibilitó distinguir el devenir de varias disciplinas abocadas a la reconstrucción de los procesos fronterizos, así como los diálogos que entablaron. A continuación revisaremos las esferas del conocimiento y enfoques más significativos en su abordaje. Tanto en Argentina como en Chile, el retorno de la democracia en la década de 1980 constituyó un impulso para retomar el estudio desde ópticas disímiles de las hasta entonces denominadas fronteras con el indio. Un recorrido somero permite advertir el interés que varias disciplinas sociales pusieron en esa frontera interétnica, así como en las complejas relaciones que se generaron entre sociedades con desigual desarrollo y diferentes estructuras socio-culturales. Retomando e insistiendo en la noción de conocimiento situado, nos vamos a ocupar de los estudios desarrollados principalmente en Argentina y que vienen del campo de la Historia, la Antropología, la Arqueología y la Etnohistoria. Estas son las disciplinas con las que, por una cuestión de formación o por diferentes avatares académicos, hemos trabajado a lo largo de mucho tiempo, lo cual no excluye de ninguna manera que otras lecturas provenientes de otras áreas disciplinares sean posibles. De hecho, en la actualidad las lógicas disciplinares suelen ser relegadas y hay un consenso mayor sobre la necesidad de abordajes interdisciplinares con la consiguiente articulación de saberes de diferentes campos.

Aportes en clave histórica

Numerosos estudios sobre la frontera colonial y republicana con los indígenas del Cono Sur se reconocen deudores de este enfoque, en parte porque la Historia ocupó y sigue ocupando un lugar privilegiado en los procesos de construcción estatal. La producción historiográfica argentina ancla profundamente en la matriz ideológica del Estado nacional, siendo una de las herramientas culturales puestas en juego para la construcción de la homogeneidad nacional. Eso hizo que en los estudios tradicionales se tendiera a omitir la etnicidad, la historia y el accionar político de las poblaciones indígenas.

Para la Historia, la frontera como problema de investigación adquirió envergadura en el siglo XIX, sucediéndose a partir de entonces diferentes concepciones históricas (cfr. Navarro Floria, 2005). Algunos autores (Carbonari, 1999) consideran que en los estudios de frontera se pueden distinguir tres grandes etapas: la primera sería la político-militar y estaría vinculada a la ocupación territorial que acompañó a la historia política. En ese marco, podemos situar a la historiografía militar testimonial y la historiografía militar propiamente dicha (Olmedo, 2009). Ambas se caracterizaron por el ensalzamiento de la conquista, organización y desempeño de los militares en la frontera,[1] desde una mirada que, si bien contenía una perspectiva geopolítica,[2] no alcanzó a manifestarse totalmente como tal porque el conflicto con los indígenas era percibido como una cuestión interna que tenía lugar en las fronteras interiores.[3] No obstante, autores como Illobre (1980) han señalado el carácter geopolítico de la mirada de Julio Argentino Roca, ministro de Guerra y Marina del Gobierno de Avellaneda, quien reconocía que la avanzada militar destinada a someter a los grupos indígenas de la región pampeana y norpatagónica reconocía como verdadera frontera aquella que limitaba con Chile.

Posteriormente, se pasó a un enfoque económico-social que la entendía como un área de tierras libres en continuo receso, con un fuerte paralelismo entre la expansión ganadera y la ocupación de mayores superficies territoriales. En ese marco, a cada período de incremento de la ganadería le correspondería otro de avance de la frontera y de acciones militares consecuentes a aquella.[4] Luego, con las nuevas perspectivas historiográficas, el concepto se centró en una dimensión cultural preocupada por las relaciones interétnicas. Las miradas alternativas que comenzaron a esbozarse en la década de 1980 estuvieron relacionadas con el ámbito de la Historia Social, la Arqueología y la Etnohistoria, que trataron de revisar y cuestionar los antiguos estereotipos. Los trabajos pioneros de Raúl Mandrini (1984a; 1984b) y Miguel Ángel Palermo (1991, 1999) dan cuenta de una inquietud por comprender no solo la dinámica de la frontera sino la propia lógica de las sociedades indígenas de la región pampeana y norpatagónica, particularmente su economía. Este replanteo supuso un gran desafío desde y para el campo de la Historia, porque se avanzó en la superación de la mirada tradicional, fuertemente marcada por las fronteras políticas de los Estados nacionales. Las vertientes ligadas a la historia regional y los estudios de grupos subalternos, fueron las que más se acercaron al devenir de los indígenas en situación de frontera[5]. También, y en este caso desde la historia cultural, se ha explorado la dimensión sociocultural de fenómenos propios de la vida cotidiana de la frontera, frecuentemente desestructurados, olvidados o resignificados porque no eran convenientes para los sectores que gobernaban la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX (Torres, 2021).

En ese marco, nos parece que los principales aportes de la Historia que se aplicaron en los estudios de la frontera interétnica tienen que ver con: el énfasis en la historicidad de la misma; la articulación de diferentes niveles de escala que ponen en tensión lo individual y biográfico, o lo local y regional; la preocupación por las estructuras, los distintos ritmos y duraciones de estas últimas; la consideración de las múltiples dimensiones que atraviesan los acontecimientos y que se derivan de los procesos históricos en los que están inmersos; y, finalmente, las estrategias metodológicas y herramientas heurísticas que permiten examinar una enorme y disímil variedad documental en la que suele ser difícil encontrar puntos de comparación.

Aportes en clave antropológica

En el caso de la Antropología, son muchas las contribuciones realizadas que podemos mencionar, principalmente orientadas a explicar las diferencias y semejanzas culturales de los distintos pueblos indígenas.[6] Esta disciplina aportó categorías teóricas y metodológicas que dieron sustento a la mirada sobre los otros internos dentro de los Estados nacionales. También propuso una revisión del carácter etnocéntrico de los términos empleados y advirtió sobre la presencia de sesgos ideológicos del colonialismo en sus propias bases conceptuales (Tiapa, 2011:387). En la lógica de la frontera militar, favoreció la deconstrucción de concepciones acerca de salvaje, bárbaro, desierto, frontera, tierra adentro, conquista militar, rompiendo con el nostálgico discurso de la dominación de los cristianos o huincas y de la negación/despojo de los indios.

Con la vuelta de la democracia,[7] se adoptaron enfoques pluralistas que dejaron de lado las posturas esencialistas que definían a la cultura en forma ontológica y a la identidad como inmutable. Acorde con esa perspectiva, los antropólogos enfatizaron que la identidad étnica se construye en un campo social en el que hay más de una identidad de contacto y que cada una se define a partir de la presencia de otro. En ese marco, y en relación con los estudios de la frontera interétnica, se avanzó en el estudio de los pliegues de la identidad, los estrechos vínculos entre identidad y territorio, las identidades impuestas y la coexistencia de distintas formas identitarias.

A su vez, y de la mano de los estudios sobre el patrimonio cultural, se habilitaron nuevas lecturas de los relatos históricos y sobre los monumentos que el proceso histórico fue dejando en clave etnocéntrica y racista, así como la proyección de la perspectiva relacional del otro-nosotros en el tratamiento de los vínculos entre indígenas y cristianos. También proveyó categorías que permitieron interpretar el dinamismo, la constante transformación y reconfiguración que se produce en las fronteras, incluyendo la lectura entre líneas de documentos que posibilitan el rescate de sujetos invisibilizados por la Historia, con la introducción desde el relativismo de conceptos que habilitan la exhumación y análisis de fuentes, así como las explicaciones por las que el denominado archivo oficial siempre tiene una fuerte carga etnocéntrica (Nacuzzi, 2002, 2018; Pavez Ojeda, 2008; Zavala Cepeda, 2015). Sucintamente, podríamos decir que el principal aporte de la Antropología consistió en dotar de capacidad de agencia a los colectivos indígenas afectados por las políticas de sojuzgamiento estatal. También hizo aportes al estudio de la conformación del Estado-nación haciendo visibles los dispositivos de poder que operaron en la construcción de discursos e imaginarios tributarios de un discurso homogeneizador que solapa las diferencias y disputas sociales. De este modo, equilibró las lecturas e interpretaciones del pasado, mostrando cómo los indígenas fueron no solo uno de los grupos sociales derrotados en la frontera sino también en el campo del relato y de la memoria.

Aportes en clave arqueológica

En estrecha relación con el devenir de la Antropología, consideramos que la Arqueología ha hecho contribuciones significativas a los estudios de frontera a partir del registro material. Aunque estrictamente no se trataría de intervenciones en clave de frontera, en la Argentina los aportes iniciales de la Arqueología podrían remontarse a los finales del siglo XIX, ya que hubo una tradición vinculada al estudio de restos materiales de esas sociedades indígenas vinculadas con la frontera interétnica, hoy totalmente discutida porque se enlaza con la imposición y violencia colonialista. Los espacios emblemáticos de estas primeras investigaciones fueron el Museo de Ciencias Naturales de La Plata y el Instituto Nacional de Antropología de Buenos Aires. En el primero se depositaron, además de los artefactos culturales, restos óseos provenientes de las expediciones punitivas sobre el territorio pampeano, patagónico y chaqueño (Podgorny, 1998; Podgorny y Politis, 1990-1992). Por ejemplo, el cráneo del cacique ranquel Panghitruz Gnër (Mariano Rosas) permaneció en dicho Museo hasta junio de 2001. En esta fecha fue colocado en un mausoleo en Lebucó (provincia de La Pampa), bajo custodia de sus descendientes contemporáneos.

El caso mencionado se inscribe en un profundo debate, iniciado a finales del siglo XX, en torno de los hallazgos (especialmente los funerarios) y su destino, vinculado con la situación de saqueo ligada al colonialismo. Así, mientras algunos arqueólogos sostienen que los restos culturales y óseos deben estar alojados en lugares ligados al entorno científico (para potenciar su conocimiento), otros consideran que su posesión y estudio debe estar supeditado a normativas éticas y al interés de las comunidades involucradas. En tal sentido, para los representantes indígenas lo que corresponde es su restitución.[8] (Curtoni y Chaparro, 2007-2008; Curtoni, 2022).

Simultáneamente, y de la mano de la Arqueología Histórica, se desarrollaron en nuestro país un conjunto de estudios sobre los vestigios e incluso arquitecturas de emplazamientos militares de frontera. En términos generales, se caracterizan por propiciar enfoques de conjunto que proponen la correlación del registro documental con el arqueológico. Además de llamar la atención sobre las distintas dimensiones de la territorialidad, otra característica de estos estudios –que Ana María Rocchietti (2007) denominó Arqueología de Frontera– es que tienen en cuenta la vida social de aquellos que habitaron en o cerca de la línea, a través de tres tipos de evidencias: las instalaciones militares desde donde se controlaban los movimientos de los indios y se realizaban los ataques ofensivos (fuertes, fortines y postas), los poblados o ayuntamientos surgidos a la vera de los fuertes en los que se radicaba una población civil muy pobre que era llevada a la frontera o que se acercaba a ella para sobrevivir y, finalmente, los campamentos de la tierra adentro y las reducciones de indios infieles (Rocchietti, 2007).[9] Muchos están totalmente destruidos o apenas materializados en alguna distribución confusa de los que fueran sus materiales de construcción, mientras que existen algunas piezas arquitectónicas en mejor estado de conservación convertidas en museos.[10]

Aportes en clave etnohistórica

Los estudios de frontera fueron también abordados desde la Etnohistoria, un área del saber que, a principios del siglo XX, se constituyó en la periferia de la Historia y de la Antropología. En la Argentina, las primeras investigaciones de carácter etnohistórico coinciden con el retorno a la democracia en 1983, focalizándose tanto en poblaciones ligadas al sistema de encomiendas como a las fronteras militares con el territorio indígena. Sus planteos tienen en común la puesta en evidencia de la capacidad de acción política (y de resistencia) de las sociedades indígenas frente a los Estados coloniales, provinciales y nacional. Al mismo tiempo, dan cuenta de la pervivencia de estas poblaciones, siendo actualmente la conceptualización del genocidio indígena uno de los puntos de mayor discusión (Bayer, 2010; Lenton, 2011; Delrio, 2015).

En tanto disciplina fuertemente atravesada por la integración de saberes y metodologías, nos parece que el principal aporte de la Etnohistoria a los estudios sobre la Frontera Sur argentina tiene que ver con la relevancia que se le otorga al enfoque diacrónico. Ello supone abordar lo étnico como un devenir histórico ya que, como propone Martha Bechis (2008b), tanto esta como otras características culturales de cualquier sociedad, son un producto histórico.[11] La Etnohistoria pone también en el centro de sus preocupaciones la necesidad de enfocar los estudios históricos en la interacción, no de culturas o historias, sino de pueblos de diferentes culturas que definen recíprocamente su existencia. Este planteo vincular resulta innovador por cuanto postula que mientras más sepamos de la dinámica decisional de las sociedades indígenas que habitaban el territorio de la actual Argentina, más conoceremos nuestra historia nacional y viceversa.

Finalmente, y como resultado de sus orígenes como disciplina, la Etnohistoria se nutre de los aportes de otros campos del saber,[12] como la Literatura, la Lingüística, la Geografía, la Ciencia Política, el Arte, la Música, la Toponimia, así como la Sociología Histórica que revisa la Historia para reconocer a otros olvidados de la frontera, vale decir, los sectores subalternos de la sociedad hispano criolla (Torre, 2010; Báez, 2015; Giordano, 2015; Malves­titti, 2015; Perna, 2015; Mollo, 2017; Passetti, 2018; Torres, 2021).

Las investigaciones surgidas de la confluencia de estos campos de conocimiento están contribuyendo también a revertir la noción de agrafía asignada a las poblaciones indígenas. Los etnohistoriadores no solo reconocen indicios de la historicidad de estos pueblos en documentos de archivos, sino que también descubren escritos de su autoría. La localización, desclasificación, análisis y publicación de correspondencia indígena del área arauco-pampeana-norpatagónica (Bechis, 2008b) también ha enriquecido los estudios sobre los procesos fronterizos argentinos y chilenos. A ello debiéramos sumar también la memoria histórica recuperada a través de entrevistas.

Por cierto, la decisión de pensar la gran frontera como una construcción teórico-metodológica reclama la intervención simultánea de un conjunto de disciplinas que no solo permiten abordar problemas que están vinculados con procesos de larga duración y con la conexión de los contextos locales con espacios regionales y subcontinentales. La gran frontera también habilita la identificación de las dimensiones políticas y económicas que intervinieron en la estructuración y formación de los estados nacionales así como los recortes y fragmentaciones en la conformación de esos estados y mercados, que son los que en definitiva obturaron el reconocimiento de la continuidad territorial de los diferentes grupos étnicos con los que estaban en pugna.

Reflexiones finales

Como hemos visto, hay muchas disciplinas desde donde mirar las fronteras indígenas, razón por la cual se hace necesario mostrar o explicitar cuál es la perspectiva desde la que abordamos el caso de estudio. La articulación de todas esas miradas, posible a partir del rico juego interdisciplinario del que procuramos dar cuenta desde una lectura conceptual pero también acontecimental, nos ofrecerá un conocimiento más cercano o profundo de la gran Frontera Sur.

El problema de las escalas territoriales sigue siendo un desafío. En nuestro caso, el ejercicio de entender la particular historia de un tramo de la frontera indígena regional (la del sur de Córdoba y San Luis a lo largo del siglo XIX) desde una mirada que contemple sus vínculos con la gran frontera como totalidad, constituye una perspectiva que debe ser solidificada con nuevos estudios que apelen a otros marcos conceptuales y permitan establecer otras claves analíticas. También se debiera robustecer el diálogo entre la geopolítica y los estudios de las fronteras interétnicas, en este caso a partir de la recuperación de los nuevos enfoques de la geopolítica crítica y su pretensión de nuevos imaginarios para la región, de manera de dar cuenta de los reclamos territoriales de diferentes grupos indígenas.

Finalmente, la articulación entre las perspectivas de la historia investigada y la historia enseñada en todos los niveles del sistema educativo argentino constituye otro reto. En términos generales, cuando los contenidos curriculares, tanto escolares como de formación docente, se ocupan de los indígenas, lo hacen de manera tangencial poniendo más bien su foco en lo acontecido en los fuertes, fortines, misiones, etc. de la frontera interétnica. Aun cuando las actuales orientaciones curriculares propician abordajes que consideran la diversidad cultural e incorporan dentro de la historia nacional a sujetos y espacios tradicionalmente invisibilizados, las sociedades indígenas continúan siendo abordadas de manera fragmentada y estereotipada, sin lograr apropiarse de las nuevas producciones y enfoques (Ponzio y Tamagnini, 2020).

La conflictividad fronteriza, que tanta importancia tuvo en la historia del Cono Sur latinoamericano, debe así seguir atendiendo a las particularidades que presenta cada uno de los tramos de la frontera interétnica de fines del siglo XVIII y la mayor parte del siglo XIX, pero de manera necesariamente articulada con la historicidad de otras fronteras –pasadas y contemporáneas– a escala latinoamericana y, por qué no, mundial.

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  1. Entre sus representantes más destacados se encuentran Ramayón (1921), Walther (1964) y Raone (1969).
  2. Desde la Etnohistoria, Martha Bechis (2008a:38) hizo un planteo sobre la utilización de este concepto que podríamos considerar desafiante, ya que propuso su aplicación en el contexto de sociedades no estatales.
  3. El empleo de este término es de larga data. Si bien no fue adoptado durante la colonia, su uso se extendió a lo largo del siglo XIX, proyectándose hasta la actualidad. Ratto y Lagos (2011) consideran que ha sido poco discutido por la historiografía contemporánea.
  4. Los trabajos de Fernando Enrique Barba (1980; 1997) y Ricardo Cortés Conde (1980) se inscriben en esta línea. Hebe Clementi (1988) también consideró a la frontera como una estrategia de avance sobre los territorios ocupados por indígenas.
  5. Aunque la lista no es exhaustiva, los aportes significativos más recientes que se pueden mencionar son de: Mases (2002), Navarro Floria (2002), Quijada (2002), Villar (2003), Aguirre (2005), Delrio (2005), Ratto (2007), Nicoletti (2008), Vezub (2009), Salomón Tarquini (2010), Alioto (2011), Areces (2012), Néspolo (2012), Rustán (2013), Jiménez et al. (2015), de Jong (2016), Roulet (2016), Canciani (2017), Literas (2017), Cordero (2019), Manara (2021), entre otros.
  6. A título referencial, las producciones de corte antropológico vinculadas con las fronteras pampeana, norpatagónica y chaqueña en el siglo XVIII y XIX son de autoría de: Briones y Carrasco (2002), Gordillo (2005), Hidalgo y Tamagno (1992), Lazzari et al. (2015), Lenton (2011), Lucaioli y Nacuzzi (2010), Lucaioli (2011), Nacuzzi (1998), Nacuzzi et al. (2008), Nagy (2014), Pérez (2016), Radovich y Balazote (1992), Tamagno (2009), Trinchero (1999, 2000), Valverde et al. (2014), entre otros.
  7. Recién entonces se produjeron transformaciones significativas en la relación del Estado con los pueblos indígenas, tales como la sanción de la Ley 23302 de Política Indígena y Apoyo a las Comunidades Aborígenes y la Ley 24071 de aprobación del Convenio 169 de la Organización del Trabajo (Slavski, 1998).
  8. Esta discusión es de índole ética. Véase “Declaración de Río Cuarto, 2005” (Olmedo y Ribero, 2007).
  9. Entre los principales aportes se encuentran los de: Lagiglia (1983, 2006), Gómez Romero (1997), Langiano et al. (1997), Mugueta y Guerci (1997), Pedrotta y Gómez Romero (1997), Austral y Rocchietti (1998), Goñi y Madrid (1998), Gómez Romero (1997), Merlo (1999), Tapia (2002, 2008), Leoni et al. (2006), Pineau y Landa (2009), entre otros.
  10. Uno de ellos es el Museo del Desierto, que fue un asentamiento destinado a la defensa de la frontera en la actual localidad de Achiras, provincia de Córdoba. Se lo conoce también con el nombre de Casa de la Comandancia.
  11. En paralelo a esta área del saber y con muchos puntos en común, se desarrolló la Antropología Histórica, cuyo objetivo es conocer los sentidos que un grupo otorga a sus acciones y representaciones en contextos específicos (Lorandi y Wilde, 2000:58).
  12. En Corrientes, Argentina, la artista visual Lucía Sbardella trabaja en un proyecto de traducción cultural de las investigaciones del ámbito académico. En ese marco, utiliza como soporte las cartas de frontera, plasmando en vidrio tallado los espacios de disputa y la fractura del silencio etnográfico como lugar desde el cual pensar la historia de la frontera. Actualmente integra la muestra visual “A plena luz del día. Encrucijada de presentes”. Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (abril a junio de 2022).


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