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4 El abordaje de las fronteras desde perspectivas relacionales

Estudio de caso en los bordes pampeanos

María Eugenia Comerci

Introducción

Todo aquello que, por suceder en las orillas, en los bordes, aparece como no esencial para la reproducción del sistema […] oculta la clave de un orden contrahecho que se revela precisamente en su disformidad (Armando Bartra, 2008: 13).

Estamos atravesados por fronteras, sean estas internacionales, interprovinciales, productivas, urbanas, interétnicas, extractivistas o simbólicas. Algunas son claras y tangibles, otras más difusas y menos visibles. Ahora bien, ¿cuál es exactamente el objeto de investigación cuando decidimos estudiar la constitución y/o expansión de las fronteras?, ¿focalizamos en los procesos que las producen, en las instituciones que las legitiman o en los agentes que las generan y/o resisten? Si es así, ¿deberíamos enfocarnos en las dinámicas, prácticas, actividades y acciones o en las representaciones, identidades y simbolismos de los espacios de fronteras?, ¿tendríamos que estudiar los contextos institucionales y socioculturales más amplios en los cuales operan las fronteras o en las lógicas implícitas territoriales?, ¿qué tipos de fronteras se pueden abordar?, o ¿qué dimensiones debemos incluir y cuáles descartar? El estudio de las fronteras es, sin duda, complejo.

Las preguntas que formulemos dependen de la perspectiva de abordaje que tomemos, desde dónde miremos a las fronteras y qué entendamos por ellas. Los conceptos también son territorios de disputa. Como plantea Bernardo Mançano Fernandes (2010), el proceso de construcción de conocimiento es una disputa territorial que acontece en el desarrollo de paradigmas. Definir una interpretación u otra, es parte de la intencionalidad del autor. Como los conceptos que utilizan, o de los que se nutren las ciencias sociales, son construcciones históricas y tienen un contenido ideológico, es necesario “pulirlos” o tallarlos para librarse de las nociones del sentido común, desnaturalizarse y convertirse en abstracciones complejas (Ortiz, 2004).

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española (2021), la palabra frontera deriva de frente, pues supone dos grupos en contacto. La frontera no es una categoría exclusiva de una disciplina ni debería asociarse directamente con la formación de los Estados nacionales. Las fronteras son espacios de condensación de procesos socioculturales para Alejandro Grimson (2000). Esas interfaces tangibles unen y separan de modos diversos, tanto en términos materiales como simbólicos. “Hay fronteras que sólo figuran en mapas y otras que tienen muros de acero, fronteras donde la nacionalidad es una noción difusa y otras donde constituye la categoría central de identificación e interacción” (Grimson, 2000:3).

En Latinoamérica, el estudio de las fronteras, desde fines del siglo XIX y durante el siglo XX, se asoció directamente con el Estado nacional. Para Alejandro Benedetti (2018), esa vertiente tradicional se nutría de la geopolítica clásica y trazó fuertes vinculaciones con la geografía escolar y con las relaciones internacionales. Entre los principales procesos identificados por el autor, se destacan la naturalización de la asociación entre Estado nacional y frontera (mirada reduccionista del territorio), la frontera como fenómeno periférico (frontera como epidermis del Estado), y el análisis estadocentrado, que implica que estas lógicas propias de la auto-observación estatal permean las decisiones metodológicas, sin mediar suficiente reflexividad. Otro rasgo predominante en los estudios es la mirada monoescalar, que supone no articular varias escalas en la comprensión de la dinámica social. Finalmente, es recurrente en los abordajes latinoamericanos la exclusividad a las categorías frontera y límite, como conceptos centrales en el análisis. Para Benedetti (2018), la frontera es la categoría utilizada por excelencia para dar cuenta de dispositivos puntuales, lineales o zonales, localizados en la periferia del territorio nacional, en toda su extensión o que sirven como divisoria territorial. Consideramos que estas miradas tradicionales identificadas por el autor, dificultan la comprensión de las dinámicas territoriales, de las lógicas, subjetivaciones y construcción de sentido en los espacios de frontera, de allí la necesidad de una revisión y resignificación de estas categorías.

La técnica jugó y juega un rol central en esta construcción tradicional de las fronteras. Para Perla Zusman (2017), la técnica puede ser concebida como instrumento de dominación o de emancipación, como mediadora en la construcción de un entramado social y como constitutiva del medio. De este modo, a fines del siglo XIX en el territorio argentino, a través de la delimitación de espacios de frontera, los técnicos garantizaban la invisibilización de las decisiones de carácter subjetivo que el propio astrónomo, ingeniero o naturalista podría tomar en el terreno. Estas acciones llevaban a una “domesticación” de los elementos de la naturaleza. En la actualidad las nuevas prácticas de identificación visual, sensorial o biométrica los tornan un ámbito/sujetos de ejercicio de dominación.

Se les otorga una identidad fija: racial, de clase y también espacial, en la medida que el lugar de procedencia en el sistema mundo aparece como una cualidad que establece el grado de amenaza. Tal identidad es definida desde la política de seguridad, silenciando las historias, geografías, memorias y experiencias del sujeto que se desplaza. De este modo, el análisis del papel de la técnica en la configuración de las fronteras latinoamericanas nos permite comprender que ella ha tenido un papel más dominador que emancipador. Asociada a procedimientos astronómicos y topográficos en el marco de los procesos de formación de los Estados nacionales, ella ha participado en la domesticación de la naturaleza. En el marco de la globalización y de auge de las políticas de seguridad, la técnica se orienta a dominar cuerpos a partir de su codificación (Zusman, 2017).

Desde perspectivas renovadas, hoy se define a la frontera como un área más o menos permeable a través de la cual dos espacios que se suponen diferentes entran en contacto. Pueden ser fronteras políticas, económicas, interétnicas –entre otras– que se diferencian material y simbólicamente (Braticevic, 2017:210). Concebir a las fronteras como espacios relacionales, de cruce, de contacto, de intercambio y tensiones, con dinámicas complejas, requiere inevitablemente, además de estar en los bordes, de una reflexión crítica y profunda que problematice los espacios de frontera y sus múltiples dimensiones desde perspectivas interdisciplinarias. Al recuperar la dimensión de agencia de las propias poblaciones fronterizas –en lugar de universalizar su supuesta resistencia al Estado nacional– puede revelar que, en muchos casos, hay una dialéctica entre arriba y abajo. De ese modo, las regiones de frontera a menudo tienen un impacto crítico en la formación de las naciones y de los Estados (Grimson, 2000).

En este capítulo buscamos reflexionar sobre las formas de abordaje y construcción teórico-metodológica de las fronteras. En primer lugar, pretendemos discutir cómo mirar las fronteras, más específicamente las fronteras productivas, en contextos de avance del capital. En segundo lugar, buscamos abordar un caso en el centro de Argentina, en que las fronteras entran en tensión y se manifiestan distintas lógicas y sentidos. De este modo, interesa analizar, en el puesto rural Jahuel de Rosas, cómo se expresa la expansión de la frontera productiva-simbólica, su proceso de territorialización y las disputas por el acceso a los recursos en los últimos veinte años, cuando emergió y se desarrolló el conflicto.

Para concretar los propósitos de este trabajo creemos que es fundamental la mirada de las geografías disidentes, críticas y de contestación. Como señala Zusman (2002:25), hablar de “geografías disidentes, llevaría a plantear que la relación entre poder y conocimiento es subvertida a partir del establecimiento de un vínculo entre prácticas y saberes sobre el espacio que sirva a fines emancipatorios”.

El abordaje, además de contemplar la multidimensión de las fronteras (social, económica, política, jurídica) debe incluir la perspectiva material-simbólica y las distintas territorialidades en tensión. Ello posibilitará no solo recuperar lo visible sino también las fronteras invisibles que actúan y condicionan a las personas. La combinación de diferentes escalas de análisis espaciales y temporales, permitirá poner a la luz las distintas fronteras que atravesamos a diario.

En este marco, para el desarrollo del capítulo, además de una revisión bibliográfica sobre la temática de frontera, hemos puesto en acción observaciones participantes y entrevistas en profundidad realizadas en distintas oportunidades en el extremo oeste de La Pampa, el paraje Chos Malal (durante los años 2009, 2010, 2013 y 2016) a crianceros/ras, docentes y técnicos territoriales que trabajan en la zona de estudio donde se aborda el caso. Esos testimonios fueron triangulados con informes oficiales, cartografía histórica, mapas catastrales, mapas cognitivos realizados por crianceros, imágenes satelitales y datos estadísticos.

A continuación, en el primer apartado se definirán los tipos de fronteras, sus posibles y perspectivas dominantes. En el segundo apartado se abordará, a través de un estudio de caso, las emergencias de nuevas fronteras productivas y simbólicas ante la expansión capitalista en el centro de Argentina. En el tercer apartado se analizará el caso de un puesto rural que se encuentra en conflicto por el acceso a la tierra en un espacio fronterizo. Finalmente se plantean reflexiones finales.

Fronteras productivas, interétnicas y simbólicas: perspectivas y abordajes

Las ciencias sociales viven de conceptos. Tallarlos es un arte. […] No pueden ser producidos en serie, es necesario tomarlos uno a uno, en su idiosincrasia, en su integridad (Renato Ortiz, 2004: 11).

Desde perspectivas renovadas podemos identificar dos tipos de fronteras: la que funciona como límite internacional (border) y la que actúa en tanto espacio de articulación entre sistemas con dinámicas socioeconómicas heterogéneas (frontier), donde un frente con inversiones capitalistas y políticas públicas tiende a expandirse sobre una zona “marginal” poblada por indígenas y familias campesinas (Gordillo y Leguizamón, 2002).

Para Matías Ghilardi y Julieta Dalla Torre (2020), las fronteras simbólicas son entendidas como espacios de convergencia de imaginarios colectivos. En este sentido, la ciudad contemporánea es un ámbito para observar las diferentes prácticas materiales y simbólicas de la sociedad en el proceso de construcción social del espacio, a partir de las cuales emergen fronteras, de diversas características y extensión. Los sectores dominantes juegan un rol central en la construcción de los imaginarios urbanos. A través de los medios de comunicación, estos sectores favorecen la construcción de ciertas imágenes sobre las ciudades. De este modo, se producen fronteras simbólicas que a su vez contribuyen a la reproducción de la exclusión social y segregación espacial de ciertos grupos.

De acuerdo con Zulema Trejo (2015: 9), las fronteras simbólicas son un espacio intangible pero perceptible en el que convergen las significaciones-imaginarios sociales de las colectividades. Estas significaciones, al crearse o re-crearse, permiten a los grupos sociales identificarse ante sí y frente a los otros, asimismo posibilitan sus acuerdos, desacuerdos, pactos y conflictos; en suma, están subyacentes a las interrelaciones de los individuos socializados, así como de las instituciones que rigen y dan coherencia a la sociedad en su conjunto.

Por otro lado, concebimos a las fronteras productivas como espacios de condensación de procesos socioculturales (Grimson, 2000) que unen y separan de modos productivos diversos, tanto en términos materiales como simbólicos. Estas constituyen herramientas heurísticas para el análisis de los procesos de fragmentación y diferenciación (Ghilardi y Dalla Torre, 2020) entre espacios productivos con dinámicas socio-territoriales diversas. De este modo, definimos a las fronteras productivas como espacios relacionales, de intercambio y tensiones, entre producciones diversas con dinámicas complejas. Estos suponen el cruce entre sujetos y producciones diferentes que incluyen a la producción familiar, campesina e indígena y al agronegocio. A la vez, implican la expansión –a menudo conflictiva– de las actividades, dinámicas y lógicas agroindustriales, mineras, hidrocarburíferas, turísticas, cinegéticas e inmobiliarias sobre economías familiares campesino-indígenas (Comerci, 2022).

En ciertas ramas específicas del capital (agrario, comercial, hidrocarburífero) se persiguen tasas de ganancia extraordinarias en los espacios de frontera productiva. Mediante instrumentos específicos de regulación sobre el espacio de fronteras, las agencias estatales y los organismos de desarrollo promueven oportunidades de negocios para que el proceso de acumulación siga su marcha (Trinchero, 2017).

Ahora, cuando el proceso de expansión de la frontera productiva supone un despojo de tramas sociales y productivas, hablamos de fronteras del extractivismo, las cuales constituyen frentes de avance territorial con la modalidad de acumulación basada en la explotación a gran escala de bienes comunes orientados a la exportación, sin valor agregado y que afecta la sustentabilidad de los recursos y desarticula profundamente los tejidos sociales y las actividades preexistentes (Comerci, 2022).

Por las razones antes mencionadas las fronteras productivas expresan distintos conflictos y tensiones que incluyen de manera implícita modelos de desarrollo (Mançano Fernandez, 2010; Castro y Arzeno, 2018). Desde esta mirada, las fronteras interétnicas, productivas y simbólicas articulan, conectan y tensionan sujetos que poseen lógicas territoriales, significaciones, discursos y formas de relacionarse con el ambiente y de producir territorialidades distintas. En función de las intencionalidades e intereses, los sujetos y las instituciones, a través del Estado y del mercado, producen territorios, controlan movilidades y codifican cuerpos. Junto con el avance de los conflictos han crecido los movimientos de resistencia y procesos organizativos de base que suelen involucrar a poblaciones campesinas e indígenas directamente afectadas por tales procesos productivos (Castro y Arzeno, 2018).

En el análisis de las fronteras no pueden escindirse las relaciones de conflictividad que intervienen en los cruces e intercambios. Si se pretende abordar a las fronteras de manera heurística, es preciso ir a las fronteras con una perspectiva abierta que permita detectar y comprender no solo la multiplicidad y mixtura de identidades, sino también sus distinciones y conflictos (Grimson, 2000). Son necesarias, asimismo, miradas que iluminen el oculto sentido común que ha construido la perspectiva en los anclada a los Estados nación y a escalas rígidas y únicas (Benedetti, 2018), elaborando diseños de investigación flexibles que combinen técnicas, datos y contextualicen los procesos estudiados.

Consideramos que la metodología cualitativa y el constructivismo aportan herramientas importantes para desmenuzar estos procesos desde la complejidad que poseen. Para la mirada geográfica y constructivista, el espacio se constituye de un tejido más o menos denso de redes y ramificaciones, con aspectos objetivos y subjetivos. Las prácticas se generan en la vida cotidiana. Como explica Henri Lefebvre (1981:8, citado en Lindón, 2004), “lo cotidiano son los actos diarios, pero sobre todo el hecho de que se encadenan formando un todo”. Entonces lo cotidiano no se reduce a la suma o el agregado de acciones aisladas. Por lo tanto, estos encadenamientos y el todo que integran es una estructura profunda que puede abordarse a través de métodos cualitativos.

Asimismo, es necesario que recuperemos diferentes materiales empíricos guiados por la metodología cualitativa (Denzin y Lincoln, 1994). Esta incluye la recolección y el uso estudiado de una variedad de materiales empíricos que combinan estudios de casos, experiencia personal, historias de vida, entrevistas, textos de observación, de interacción, visuales, entre otros, que describen la rutina, los momentos emblemáticos y los significados de la vida de los sujetos (Denzin y Lincoln, 1994). Al respecto, coincidimos con Alejandro Grimson (2000) en la importancia del trabajo de campo en la frontera, en la periferia, para romper el etnocentrismo y generar categorías desde los bordes. Esto requiere de investigaciones con diseños abiertos y permeables, que puedan dar cuenta de las dinámicas y relaciones en los espacios de frontera. Además, es fundamental el análisis situado que recupere la vida cotidiana en estos espacios, pero también es clave la mirada estructural y contextualizada, que dé cuenta y reconstruya el entramado de relaciones en las que se desarrollan esas fronteras, con sus solidaridades y tensiones.

Para Trejo (2015), la acotación del contexto histórico al espacio (material y simbólico) definido por la frontera, permite que la investigación priorice el análisis en lugar de la descripción de los acontecimientos históricos. De este modo, debe reconstruirse el espacio fronterizo en el que se efectúan las interrelaciones al interior de las colectividades, que a su vez se encuentran y definen una frente a la otra. Para ello se requiere de la utilización de distintos elementos empíricos y la hermenéutica, a fin de desentrañar, analizar, encontrar explicaciones novedosas para procesos ya trabajados desde otros enfoques teórico-metodológicos, o proponer y encontrar respuesta a problemas de investigación que no se habían estudiado anteriormente.

El abordaje, además de contemplar la multidimensión (social, económica, política, jurídica) de las fronteras, debe incluir la perspectiva material y la simbólica y las distintas territorialidades en tensión. Ello posibilitará no solo recuperar lo visible sino también las fronteras invisibles que actúan y condicionan a las personas. A continuación, desarrollamos un estudio de caso de expansión de frontera interétnica-productiva- simbólica en el oeste de la provincia de La Pampa (Argentina).

Caso de estudio: fronteras productivas y simbólicas ante la expansión capitalista

Vivimos en un capitalismo en el que existe una renovada contradicción entre la vida y la acumulación infinita. Por ello es necesario repolitizar la vida humana, los modos de conocer, los modos de pensar, de socializar, de simbolizar. Esto permite generar otros mundos posibles y transversalizar las luchas (Cristina Liendo, 2003: 245).

El oeste de La Pampa se ha configurado como un espacio periférico, menos inserto en la dinámica capitalista que la región pampeana, en el que predomina población rural con perfil campesino pastoril. En ese espacio occidental se han sucedido distintos procesos de despojo a través del tiempo, asociados con procesos de avance de la frontera productiva. A la desposesión inicial de las tierras en manos de pueblos originarios que pasaron al Estado nacional argentino a fines del siglo XIX, se suman otros despojos relacionados con el control de los recursos naturales. Por ejemplo, en la cuenca del sistema hídrico Desaguadero-Salado, a mediados del siglo XX, los pobladores fueron desposeídos del río Atuel ante la construcción de las represas hidroeléctricas aguas arriba (Los Nihuiles), que imposibilitó el uso y manejo del agua, y con ello, de la vida. En los últimos treinta años, emergieron los conflictos por la apropiación de otros bienes comunes como la tierra y los recursos del monte entre campesinos y empresarios, el avance de la frontera productiva a través de actividad hidrocarburífera y las nuevas dinámicas territoriales (materiales y simbólicas) que dicha actividad conlleva (Comerci, 2018). En este marco se multiplicaron los conflictos por la apropiación de bienes comunes, por el control de espacio de vida y las disputas entre territorialidades. Es decir, lo que se pone de manifiesto en estas tensiones son formas de poder territorializadas e históricamente situadas que implican lógicas productivas, espaciales y simbólicas diversas.

El territorio de La Pampa pertenecía al espacio controlado por los pueblos originarios antes de las campañas militares de exterminio –de 1879– y fue incorporado al territorio nacional en el último tercio del siglo XIX. Una vez mensurado-dividido el espacio de la actual porción occidental de La Pampa, se generó la apertura de la frontera agropecuaria y la puesta en valor capitalista de los campos. En el llamado Oeste pampeano el negocio inmobiliario de tierras no supuso residencias efectivas ni inversiones productivas por parte de los titulares registrales. Ello posibilitó el asentamiento de más de quinientos puestos[1] que existen en la actualidad en valles, cercanía de manantiales y arroyos o lugares con buenas pasturas, mientras en el negocio inmobiliario se vendían las tierras consideradas marginales y de muy bajo valor de mercado. Así se fueron gestando distintas territorialidades que, en un contexto de avance de la frontera productiva e interétnica, se cruzaron y dieron origen a diversos conflictos.

En el extremo oeste de La Pampa, desde hace más de cien años, existen prácticas de movilidad y tramas sociales más articuladas con el este de Mendoza que con el oeste pampeano. De hecho, esta comunidad se encuentra en un espacio de frontera interprovincial. Algunos puestos, como Jahuel de Rosas, están ubicados al otro lado del límite de la provincia de La Pampa. A pesar de estar situada la vivienda en la provincia de Mendoza, en el límite interprovincial, la familia pastorea sus tierras de monte abierto en el territorio pampeano. Por consiguiente se han construido una territorialidad campesina que desconoce las fronteras políticas y los límites interprovinciales. Así fue que, en el año 2013, en plena expansión de la frontera productiva, se inició el conflicto por la titularidad de las tierras. De este modo, la territorialidad campesina se puso en tensión con la legal, abstracta y jurídica, y emergió el conflicto por la tierra. De manera que se puede diferenciar una territorialidad registral y legal y otra menos visible en los papeles, pero que tiene expresión material y simbólica en el lugar y que configura, sin dudas, una geografía disidente.

El pastoreo desarrollado en la espacialidad campesina se constituye como una forma de producción basada en la cría de animales a partir del aprovechamiento de recursos a través de la movilidad, siendo una estrategia que se presenta como viable y adecuada para ciertas regiones áridas y semiáridas (ver Figura 1). A su vez, se trata de una actividad que está asociada con determinadas formas de vida, relaciones entre las personas y los animales, percepciones y construcciones particulares de la naturaleza, y ciertas lógicas de comprensión del mundo, que necesitan ser pensadas más allá de lo exclusivamente productivo (Tomasi, 2013).

Del mismo modo, la vivienda o casa, no solo debe analizarse desde su morfología o estructura sino también desde su imbricación con aspectos de la realidad social de las personas que la habitan. Así, el espacio doméstico dice mucho de la cotidianidad de esas personas, pero también sobre el modo en que piensan y organizan su vida. En el mundo campesino la casa es, generalmente, una construcción múltiple y colectiva (Tomasi, 2011), conformada de diferentes espacios, algunos discontinuos y diferenciados, con límites flexibles. Estos espacios, cuando se dan procesos de valorización de diferentes agentes con distintas lógicas, pueden entrar en conflictividad por su uso, sentido y valoración. Son también generadores de resistencias a esos modelos impuestos y posibilitan gestar espacialidades alternativas. La relación entre vivienda y frontera puede establecerse desde la propia problematización de la condición de la vivienda como lugar cerrado y cubierto. La vivienda constituye un hito de diferenciación, de construcción de un exterior y un interior que es a su vez un nosotros y un otros. En tanto frontera, la vivienda implica, simultáneamente, la articulación con esos mismos otros (Barada y Daich Varela, 2020).

Figura 1. Espacio de pastoreo en el extremo oeste pampeano

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Fuente: fotografía capturada por la autora (2013).

En muchos espacios pastoriles de la Argentina extrapampeana, con tenencia precaria de la tierra, los campesinos consideran como propios los territorios que su grupo familiar ha venido utilizando durante generaciones. Como señalan Cabrol y Cáceres (2017), sin embargo, también han utilizado históricamente tierras de terceros sujetas a un uso que podría ser descripto como comunal o tierras comunes. Del mismo modo, y como consecuencia de arreglos locales y negociaciones con sus vecinos, también toleran el ingreso de animales de terceros a los campos que ellos consideran propios. El concepto de propiedad comunal no es, entonces, ajeno al tipo de uso con el que están familiarizados los campesinos. Por el contrario, forma parte de una estrategia que proporciona mayor resiliencia a sus sistemas productivos. En contraste, los productores capitalizados con un perfil empresarial sustentan su estrategia económico-productiva en una estructura legal de tenencia de la tierra basada en la propiedad privada, y casi siempre desarrollan sus actividades productivas en campos en los que pueden acreditar formalmente este tipo de propiedad. Debido a las particularidades de su lógica productiva, el tipo de rubros que producen y la magnitud de las inversiones que realizan, la propiedad privada es la categoría jurídica que mejor se adecua a sus intereses. Evidentemente, este tipo de enfoque productivo, no es compatible con el tipo de uso flexible y menos restrictivo propio de la lógica campesina (Cabrol y Cáceres, 2017).

En este contexto la conflictividad generada entre los campesinos y empresarios también se da por el proceso de territorialización, que por un lado destruye y recrea el campesinado, excluyéndolo, subordinándolo, concentrando tierra, aumentando las desigualdades; y al mismo tiempo, el campesinado, en su proceso de territorialización destruye y recrea el capital, disminuye las desigualdades, desconcentra la tierra (Mançano Fernandes, 2009). Así, el análisis de la conflictividad es una “puerta de acceso” a la compresión de las transformaciones estructurales que signan el capitalismo latinoamericano y las dinámicas sociales que se generan. El capital se territorializa a través de la imposición de un proyecto, sobre otros proyectos posibles, donde lo “nuevo” se impone como el único camino posible hacia el desarrollo. Se trata de un proyecto llevado a cabo por ciertos actores dominantes (privados y públicos) que genera una nueva estructura productiva asociada con los commodities.

Los espacios de margen –de interface, de cruce de actividades productivas, de tramas sociales intensas– se encuentran en profundo proceso de transformación y poseen elementos singulares que los diferencian del resto, pues son producto del cruce. Expresan conflictos y resistencias, lógicas diversas y espacialidades disidentes. Abordar estas temáticas de manera crítica implica posicionarnos dentro de la perspectiva geográfica disidente que, siguiendo a Perla Zusman (2002), supone una ruptura con las posturas políticas de las propuestas hegemónicas disciplinarias, para inclinarse por la construcción de un conocimiento comprometido con los sectores oprimidos, y una ruptura con las propuestas temáticas hegemónicas, a favor de producir conocimientos sustantivos que intenten sacar a la luz las relaciones de poder-conocimiento-espacio y elaborar conocimientos geográficos alternativos que sirvan a otros sectores sociales para pensar el espacio en sus diferentes escalas e intervenirlo. A continuación, avanzamos con el caso de estudio en el que se abordan los conflictos en un espacio fronterizo.

Espacialidades disidentes en el puesto Jahuel de Rosas

“Si mi compadre se va… se va a morir de a poquito… se mueren de pena… ellos se han criado como nosotros en el campo… si se van al pueblo… dios mío… ¿qué van hacer?” (Julio, campesino de Chos Malal, 21 de junio de 2013).

En la zona de estudio, el monte o espacio pastoril ha permitido sustentar a las familias con la producción caprina, la caza, la elaboración de artesanías y la recolección. El monte ha constituido a través del tiempo un bien común que actuó como un espacio vital fundamental para la supervivencia de las familias. Este espacio, provee diferentes recursos (frutos, raíces, maderas, ramas y hojas) para la realización de infusiones, remedios caseros, tinturas naturales y/o combustión, además de fauna (liebres, avestruces, zorros o piches, entre otros), que posibilita la realización de la caza de mamíferos silvestres y aves para el consumo doméstico o intercambio de pieles, cueros, plumas y/o huevos. Con muchos de los recursos que el monte ofrece, los crianceros elaboran también diversas artesanías en telar, bordado y soga, ya sea para el consumo como para la venta.

En la actualidad el espacio rural se configura con casi cuarenta puestos –habitados por grupos domésticos, familias ampliadas– distribuidos en forma dispersa, en los que habitan unas 180 personas que viven de la cría de animales (caprinos, equinos y minoritariamente vacunos) y de la producción de artesanías en telar y cuero. Del total de familias que residen en el lugar, el 80 % recibe asistencia social desde programas de Bienestar Social (Comerci, 2018).

En el paraje Chos Malal es una práctica habitual el uso de espacios comunes entre familias para el pastoreo del caprino y los equinos. Si bien los límites entre un espacio y otro carecen de delimitaciones materiales (cercado), a menudo, se suelen usar para ello huellas, lagunas, salitrales y formaciones rocosas. Los espacios presentan formas circulares, pues así representaban los crianceros la superficie ocupada a partir de los movimientos de los animales en forma radial sobre las aguadas y jahueles. Esta particular distribución de los campos y forma de apropiación de hecho (no jurídica, informal) y colectiva del espacio, desarrollada desde hace más de un siglo, gestó una territorialidad que se está desarticulando ante el avance de un alambrado y la emergencia de los conflictos por la tierra (Comerci, 2018).

En las comunidades rurales el eje del conflicto entre vecinos pasa por el acceso a los recursos, en especial, a la tierra y el agua. Discusiones por los límites del campo, “invasión” de los animales ajenos a tierras reclamadas como propias y diferencias en el acceso al agua son algunas de las problemáticas más comunes, especialmente en las comunidades en las que no existe una clara delimitación de las parcelas y donde la disputa por la tenencia de la tierra lleva varias generaciones (Cabrol y Cáceres, 2017).

En este contexto de conflictividad, el cercamiento del monte abierto está redefiniendo, incluso, los proyectos de intervención del Estado, puesto que se hace necesario incorporar arbustos forrajeros adaptados a la aridez y salinidad para alimentar el ganado.

Hay nuevos productores, eso, donde más se ve es en el límite con Mendoza… los mendocinos han entrado, han comprado campos, han alambrado. El caso concreto es Chos Malal, donde había campos totalmente abiertos y era comunidad y cada vez queda más cercada… Eso es un gran problema… Entonces en la reunión pasada se planteó… bueno hay que ver qué hacemos acá porque la familia no puede vivir del pastoreo… Es uno de los pocos lugares donde la juventud se ha quedado… pero van cerrando, son más habitantes y menos espacio… hay que pensar en otras actividades o producir forrajes para esos animales (Julio, técnico territorial, comunicación personal, 15 de marzo de 2016).

En este marco, una minoría de familias de Chos Malal se enfrentaron por el uso de los recursos y bienes comunes; en otros casos lentamente se están organizando, a partir de las redes de parentesco y vecinales, para generar acciones colectivas tendientes a garantizar el control efectivo de la tierra. De este modo, y ante la valorización de la tierra y la creciente conflictividad social en la región, se está redefiniendo el manejo de los recursos comunes, dando origen a diversas acciones individuales y colectivas, jurídicas y de facto para garantizar la permanencia en el lugar (Comerci, 2018).

Consideramos que estos espacios de pastoreo suponen la existencia de fronteras internas, relaciones de poder y marcas identitarias expresadas en los diferentes topónimos. Las familias de apellido Yantén, Maya y Hurtado se localizan en la zona limítrofe con Mendoza llamada localmente Los Rincones y comparten la superficie de pastoreo. Cabe mencionar que la misma denominación de esta micro-región expresa la frontera simbólica, al ubicarse en un rincón de La Pampa, o en el fondo del oeste, como señalan los pobladores. En cercanía de Los Rincones se encuentran puestos dispersos ubicados en el área del límite o dentro del territorio mendocino. Ese es el caso del puesto de estudio, Jahuel de Rosas, que ha tenido un proceso de conflicto por la titularidad de las tierras.

El pastoreo muestra una territorialidad basada en la movilidad y la residencia dispersa, más que en la delimitación de áreas discretas y continuas con bordes rígidos y asentamientos permanentes. En relación con esta particular territorialidad, estas prácticas se encuentran en una tensión permanente con las jurisdicciones rígidas de los Estados nacionales y provinciales, que constantemente han buscado limitar los desplazamientos y forzar la urbanización de las poblaciones pastoriles (Tomasi, 2013).

El mencionado puesto Jahuel de Rosas se localiza en un espacio fronterizo interprovincial, del lado mendocino. Cabe mencionar que esa área constituye una franja de tierra (200.000 has.) que La Pampa reclama a Mendoza por una supuesta estafa generada cuando se realizó la mensura del territorio entre 1881 y 1904. En esta diferencia de localización del meridiano, la provincia de Mendoza se beneficia con más de 197.600 hectáreas.[2]

Tal como planteó Bárbara Göbel (2002:56), la casa de campo “condensa todo un sistema de ocupación espacial, derechos de uso de recursos y de prácticas económicas”. Es habitual que una familia ubique puestos en lugares donde los abuelos los tuvieron previamente, aprovechando o no las construcciones existentes. Cada territorio familiar tiene sus propios lugares y la presencia de la familia allí, en algún momento dentro del ciclo anual de movilidad, no remite solo a ventajas productivas sino que implica una forma de apropiación material y simbólica de su territorio.

La familia de Delfor Hurtado y Mabel Yanten, del puesto Jahuel las Rosas, reside en el lugar desde hace más de cincuenta años. El puesto, con la misma denominación y locación, figura en la carta topográfica de 1969 de Agua Escondida. En ese sitio, específicamente en la casa, nació Delfor (75 años) y la mayoría de sus ocho hijos/as, cuyas edades varían entre los 30 y 54 años. A pesar de estar ubicado el espacio doméstico y peridoméstico de la vivienda en la provincia de Mendoza, la familia pastorea sus tierras de monte abierto muy salitroso en el territorio pampeano.

La casa, construida con piedra y adobe con forma de chorizo, existe desde hace al menos 75 años –según los testimonios recogidos en el lugar–, y ha tenido ampliaciones y modificaciones. Recientemente, la familia construyó un baño afuera con ladrillo industrial y cocido. Además, frente a la vivienda existe un histórico corral de pirca (con rocas basálticas de la zona) que es utilizado por el grupo doméstico para las cabras y una construcción de piedra semi-destruida que se usa de refugio (ver Figura 2).

Como sostiene Göbel (2002:70), las casas constituyen “almacenes materiales de prácticas culturales pasadas”. La construcción de la vivienda es un hecho social que expresa necesidades, expectativas y puntos de vista. La configuración de una casa campesina expresa material y simbólicamente muchos elementos de la vida social y relacional de los sujetos (Tomasi, 2011).

Figura 2. Instalaciones edilicias y del espacio peridoméstico

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Fuente: fotografías capturadas por la autora (2009, 2013, 2016).

A pesar de estar ubicada del lado mendocino, la familia ha tejido sus relaciones sociales y su espacio relacional en La Pampa, donde posee densos vínculos de parentesco, vecinales y comerciales. De hecho, figura en los relevamientos de puestos pampeanos y participa de las reuniones de productores, asistencia social, actividades de salud y educativas dentro del territorio pampeano. Por ejemplo, los nietos y bisnietos de Mabel y Delfor asisten a la escuela de Chos Malal y sus hijos residen en puestos de la zona. De este modo, han construido una territorialidad campesina que desconoce las fronteras políticas y los límites interprovinciales. Al igual que la gran mayoría de las familias de la zona de Chos Malal, esta familia ejerce una tenencia precaria de la tierra a través de la posesión.

En el año 2013, en plena expansión de la frontera productiva, se presentó un abogado entrerriano que tenía un poder de la propietaria del campo, una señora de Entre Ríos, de ochenta años. En ese marco, y luego de tres visitas en el puesto solicitando el pago del campo y ante falta de acuerdo, recibieron una orden de desalojo (agosto de 2013). El problema generado era que, al estar ubicado en la provincia de Mendoza, no se podía aplicar la legislación vigente para La Pampa (Ley 2222/2005) que suspende los desalojos en los departamentos del oeste provincial. De este modo, la territorialidad campesina se puso en tensión con la legal, abstracta y jurídica y emergió el conflicto por la tierra.

Ante el inminente desalojo, y luego del pedido de ayuda a quienes estábamos al tanto de los derechos de los habitantes del oeste, realizamos un recorrido en la zona. El conflicto se instaló en el paraje Chos Malal y se trató, incluso, como una problemática en la escuela. Los niños señalaron la ubicación del campo a través de un mapa cognitivo realizado por un joven, quien gentilmente ofreció su esquema de representación de la región. Como se puede observar en el dibujo, el puesto en disputa se encuentra unido a través de una huella irregular que articula la zona de los Rincones con un salitral (ver Figura 3) y se ubica fuera del límite pampeano. El mapa también permite observar el conocimiento de los recursos locales (salitrales, manantiales, afloramientos rocosos); los caminos e intervenciones antrópicas, como la división catastral representada en un damero, una escuela, un templo y carteles; la distribución de puestos con sus poseedores y el cercamiento de los campos en otro caso de disputa donde se representa un alambre y se realizó una cruz que señala “en conflicto”.

Figura 3. Chos Malal. Mapa de 2013, puesto Jahuel de las Rosas ubicado en el margen

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Fuente: mapa elaborado por un criancero de Chos Malal en 2012. Gentileza de Américo Corbalán.

De acuerdo con los testimonios de familiares y vecinos, la familia estaba muy atemorizada por el desalojo y no quiso compartir, en un principio, con sus vecinos (ubicados del lado pampeano), el problema legal con la titular registral. Desde la perspectiva de los familiares y vecinos la preocupación era a dónde iba a ir esa familia, pues emigrando a la ciudad “morirían de tristeza”.

A nosotros no nos han contado nada… no sabemos mucho, No sabemos qué les ha ocurrido… creo que el desalojo lo tienen para el 14 de agosto… yo no sé… Somos consuegros y no nos han contado nada, tienen que desocupar porque apareció el dueño… Mi compadre tiene 64 años y nació ahí… Hubieran llegado a algún arreglo o algo… ahí nacieron los ocho hijos, todos ahí. El hombre (apoderado) quedó de volver a los últimos días de febrero, iba a traer postes y ladrillos pero no vino… es de Entre Ríos… es una dueña de 84 años… (Familiar y vecina, puestera, comunicación personal, 13 de abril de 2013).

Vaya a saber, no sé dónde se van a vivir, esta pobre gente… a 25 de Mayo con los hijos capaz pero no sé… no nos han contado ni una cosa… somos consuegros… El señor este que vino y le dijo que era el dueño, sí… papeles dicen todos que tienen, él es el autorizado por la vieja [la titular], pero no sé. Ellos le daban pa’ pagar en nueve años pero no tienen plata y el campo es puro salitre. A Delfor le supieron venir cartas del dueño, él nunca contestó… Yo creo que si se van al pueblo, a 25 de Mayo, se van a morir… Dios no permita toda la vida acá en el campo, ¿qué van a hacer en el pueblo? Se van a enfermar y morir… Tienen que vender los animales… tiene 64 años… es flaco… lo hayo muy malo (Familiar y vecino, puestero, comunicación personal, 14 de abril de 2013).

Yo no sé… los veo muy tranquilos… el señor este que vino al campo le dijo que ponga un abogado y le dijo que no tenía… así fue… ya está todo hecho Yo fui la primera vez con él, lo trató muy bien el señor, le ofreció venderle… y le dijo que ponga el precio… Y le dijo que no es bueno el campo, que tiene animales en campo ajeno… 500 metros para allá y ya cambia… pero él le dijo que no podía pagar y quedó en volver (Familiar y vecino, puestero, comunicación personal, 14 de abril de 2013).

El docente del paraje consideraba que la actitud pasiva de la gente y la falta de movilización ante estos despojos era una de las causas de la falta de resolución de los conflictos.

En los Rincones y la zona de los salitrales donde vive Delfor, hace años que hay problemas, vienen avanzando los alambres, y hay también falta de organización en la gente, están un poco quedados, no sé si están entregados, si han perdido las esperanzas, pero noto que tendrían que moverse un poco más… yo los veo que están desorganizados… les falta organización (Docente, comunicación personal, 13 de abril de 2013).

Luego de distintas conversaciones con el representante de la titular y la familia, en el año 2015 se acordó el valor del campo y se pagó con la producción que tenía (cabras y caballos). Actualmente residen en el puesto (Figura 4) sin mayores conflictos.

Figura 4. El puesto Jahuel de Rosas

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Fuente: fotografía capturada por la autora en 2011.

Más allá de la resolución de ese problema, que suele ser poco común, a través de acuerdos entre las partes, el caso permite repensar los espacios de frontera, sus tensiones y sentidos y las geografías disidentes. Además de la frontera interprovincial, que está cuestionada por la provincia de La Pampa ante un supuesto error en la mensura de 1906, se suma la frontera productiva de comienzos del siglo XXI con la valorización de los campos para la ganadería y la frontera simbólica expresada en el mapa mental.

Reflexiones finales

Estar ahí dista mucho de ser una condición suficiente para comprender las lógicas y los sentidos de los confines. Pero decido correr ese riesgo para, simplemente, sostener que si pretendemos quebrar el etnocentrismo –y «centrismo» nunca fue una palabra tan apropiada como para hablar de los márgenes– “estar ahí” continúa siendo una condición necesaria (Alejandro Grimson, 2000: 5).

La frontera está en debate. Debemos continuar estudiando y problematizando los espacios de frontera para repensar los instrumentos teóricos y metodológicos que utilizamos en su abordaje. El de caso analizado en este capítulo puso a la luz la multidimensión de las fronteras (social, económica, política, jurídica) y su complejidad, tanto material como simbólica. A través de los relatos y un mapa mental emergieron las fronteras invisibles que actúan y condicionan a los sujetos y a sus prácticas productivas, relacionales, residenciales, laborales, etc. Más allá del conflicto, el caso permite repensar los espacios de frontera, sus tensiones y sentidos y las geografías disidentes. Además de la frontera interprovincial, se suma la expansión productiva de comienzos del siglo XXI con la valorización de los campos para la ganadería vacuna y la emergencia de una nueva frontera simbólica.

Las relaciones sociales de la familia analizada en el caso de estudio exceden el espacio del puesto y los límites políticos pues han construido una territorialidad campesina basada en el uso de los bienes comunes y con el aprovechamiento de las relaciones familiares, vecinales y comunitarias. De este modo, se puede diferenciar una territorialidad registral y legal y otra menos visible en los papeles, pero que tiene expresión material y simbólica en el lugar y que configura, sin dudas, una geografía disidente.

Consideramos que la acotación del contexto regional, local y familiar, así como la contemplación de la escala temporal permitió el análisis del caso estudiado. A través de los relatos y el mapa mental emergieron las fronteras invisibles que actúan y condicionan a los sujetos y a sus prácticas productivas, relacionales, laborales, etc. Para la concreción del estudio fue imprescindible alejarnos del ámbito de confort científico y tomar un posicionamiento activo con las problemáticas estudiadas, controladas con la vigilancia epistemológica planteada por Pierre Bourdieu (2014). En este sentido, la propuesta de las geografías disidentes posibilitó poner a la luz el cuestionamiento de cómo participamos los y las geógrafos/as, en tanto que intelectuales con y en las reivindicaciones de los sectores populares, haciendo de nuestro conocimiento un instrumento y, también, un medio para alimentar las prácticas políticas.

Agradecimientos

Se agradece a las familias productoras del paraje Chos Malal, maestros y técnicos/as territoriales que posibilitaron el acceso a datos y testimonios sobre el caso analizado.

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  1. Los puestos constituyen la unidad de residencia familiar de los puesteros, no siempre fija a un sitio, pues las pasturas pueden cambiar con el transcurso de los años o, taparse las aguadas y relocalizarse las viviendas rurales en otro sector del campo. La denominación de los puestos está asociada con la presencia de recursos en el lugar, situaciones vividas o deseadas por sus dueños o, incluso, historias generadas en esos sitios (Comerci, 2018).
  2. Este conflicto interprovincial recobró interés en la prensa local recientemente (julio de 2021) y abre una nueva disputa con la provincia de Mendoza, en plena tensión por el conflicto por el Río Atuel que está mediado por la Corte Suprema de la Nación.


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