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3 Arqueología de las fronteras interétnicas pampeano-patagónicas

Trayectos, problemas y perspectivas

Victoria Pedrotta

Introducción

Las fronteras han sido objeto de profundas revisiones en el campo de las Ciencias Humanas y Sociales durante las últimas décadas, a la vez que son un tópico central para comprender no solo la historia sino también la conformación actual de la sociedad argentina y los conflictos –étnicos, patrimoniales y territoriales– que la atraviesan. Las fronteras, junto a otros términos estrechamente vinculados, como regiones, límites, territorios, espacios, paisajes, entre otros, han sido pensadas, cuestionadas, estudiadas y redefinidas desde diferentes perspectivas teóricas en la Geografía (Benedetti, 2007; Reboratti, 2008; Souto, 2011), así como también se han debatido sus alcances teórico-conceptuales y se ha reflexionado sobre sus aplicaciones a casos concretos de estudio en el marco de otras disciplinas, especialmente la Historia, la Antropología y la Arqueología (Mandrini, 1992; Mayo y Latrubesse, 1998; Palermo, 2000; Ratto, 2001; Mandrini y Paz, 2003; Gómez Romero y Spota, 2006; Lucaioli y Nacuzzi, 2010; Doval, 2018).

En este contexto, es destacable el crecimiento que han tenido, durante las tres décadas pasadas, las investigaciones arqueológicas sobre las fronteras interétnicas que se desplegaron en la región pampeana, el norte de la Patagonia y sus adyacencias, desde el período Colonial hasta fines del siglo XIX. Con distintos perfiles, orientaciones teóricas y variados niveles de diálogo e interacción interdisciplinar, numerosos investigadores y equipos de trabajo se han abocado a la arqueología de fronteras, que actualmente constituye una especialidad consolidada y de notable crecimiento dentro de la Arqueología argentina (Pedrotta y Bagaloni, 2021). El objetivo de este trabajo es ofrecer una mirada sintética sobre esta especialidad, prestando especial atención a las investigaciones que se han llevado a cabo en las fronteras pampeanas y nordpatagónicas durante los últimos treinta años, así como al impacto de los debates teóricos antes referidos sobre las fronteras en el campo de la Arqueología y a las líneas de indagación más destacadas.

En un primer apartado se hace un recorrido histórico sobre el desarrollo de investigaciones en sitios arqueológicos localizados en espacios de frontera, considerando su distribución regional, su período de funcionamiento, el tipo de asentamiento y su adscripción cultural. Seguidamente, se comentan algunas cuestiones teóricas y conceptuales centrales que hacen al debate intra y extradisciplinar sobre las fronteras y sus formas de abordaje arqueológico. A continuación, se destacan las líneas de análisis principales que marcaron su agenda de trabajo y sus aportes en torno a cuatro ejes centrales: las estrategias de ocupación del espacio y sus recursos, la construcción del territorio, los circuitos de abastecimiento y los hábitos de consumo y las prácticas cotidianas en las fronteras. Por último, se plantean los desafíos y las perspectivas que se vislumbran para los próximos tiempos.

Los caminos de la arqueología de fronteras

A mediados de la década de 1990 comenzaron a llevarse a cabo proyectos de investigación a largo plazo en sitios arqueológicos que formaron parte de diferentes fronteras interétnicas en la región pampeana, los cuales pasaron a ser rápidamente uno de los pilares del enorme desarrollo de la Arqueología histórica que se produjo de forma contemporánea en Argentina (Gómez Romero y Spota, 2006; Pedrotta y Bagaloni, 2021). Dichos proyectos se enfocaron en un grupo de fuertes y fortines, emplazamientos militares emblemáticos cuyo estudio sentó las bases para la indagación arqueológica de los ciclos de avance de las líneas estatales oficiales de la frontera pampeana (Bagaloni y Pedrotta, 2018). Hasta ese momento, a excepción del trabajo pionero realizado en el fuerte San Rafael del Diamante, al sur de la provincia de Mendoza, con una extensa ocupación durante el siglo XIX (Lagiglia, 1983), los emplazamientos militares que concretaron la expansión de la población hispano-criolla, conformando sucesivamente las llamadas líneas de frontera, no habían sido objeto de estudios arqueológicos sistemáticos. Otra pesquisa importante, que no tuvo continuidad, fue el hallazgo de restos arqueológicos asociados a la reducción franciscana San José, que había sido fundada a principios del siglo XVII sobre el río Areco, unas 15 leguas al norte de Buenos Aires, para la tribu del cacique Bagual. Allí se recuperaron algunos entierros humanos con variados ajuares que incluían objetos de origen europeo (Conlazo, 1987).

Los pocos antecedentes arqueológicos sobre contextos de contacto interétnico y/o espacios fronterizos estaban asociados, en su mayor parte, a las poblaciones indígenas pampeano-patagónicas de la tierra adentro –como denominaba la sociedad hispano-criolla a los vastos territorios, por ellos desconocidos, que se extendían más allá de sus dominios– (Figura 1). Aunque carecían de una cronología ajustada, se consideró que estos contextos contenían evidencias que testimoniaban las últimas etapas de desarrollo cultural indígena dentro de las secuencias arqueológicas regionales, que predominantemente correspondían al período prehispánico. Entre dichos sitios se destaca un conjunto de 28 construcciones de piedra ubicadas en algunos valles cordilleranos neuquinos (Goñi, 1983/85; 1986/87), así como un grupo de represas de piedra localizadas en Cerro Los Viejos, provincia de La Pampa, vinculadas al traslado de grandes arreos de ganado a través del territorio indígena, desde la pampa húmeda con destino a los mercados trans-cordilleranos (Piana, 1979).

También son antecedentes relevantes los enterratorios humanos de la localidad neuquina de Caepe Malal, datados hacia el siglo XVIII (Varela y Biset, 1987; Hajduk y Biset, 1991) y los sitios a cielo abierto El Ceibo, en el litoral rioplatense (Austral, 1977), y Fortín Necochea, en la llanura interserrana bonaerense (Crivelli et al., 1987/88; Silveira, 1992). Si bien estos dos últimos asentamientos fueron datados de manera poco precisa, ambos se vincularon a grupos indígenas que ya habían incorporado a su modo de vida objetos de origen europeo –reemplazando parcialmente su instrumental tradicional– así como animales domésticos introducidos, en especial caballos y ganado vacuno. El sitio Caepe Malal I, por su parte, se vinculó a poblaciones pehuenches que habían incluido en sus rituales funerarios el sacrificio de ganado equino y ovino, que conformaba los ajuares junto a diversas piezas de cerámica, instrumentos de hierro y cuentas de vidrio de origen foráneo.

Figura 1. Sitios arqueológicos investigados durante la década de 1980 en las fronteras pampeano-patagónicas y sus adyacencias

Fuente: elaboración propia en base a Pedrotta y Bagaloni (2021).

Como se señaló, en la década de 1990 se produjo el gran despegue de la Arqueología de las fronteras interétnicas mediante el inicio de investigaciones sistemáticas y de largo alcance por parte de varios equipos de trabajo, sobre un grupo de once fortificaciones militares que integraron líneas oficiales de frontera y que estuvieron en funcionamiento en distintos momentos del siglo XIX. En el Cuadro 1 puede observarse que los sitios estudiados durante este decenio fueron siete fortines –Miñana, Otamendi, Fe, La Parva, El Perdido, Recompensa y La Perra–, tres fuertes –Blanca Grande, Lavalle y Achiras– y el Cantón Tapalqué Viejo, los cuales se concentraron principalmente en la frontera sur bonaerense. Los temas que entonces se indagaron refieren sobre todo a las condiciones de vida dentro de dichas fortificaciones, analizando el aprovechamiento de recursos locales para su construcción y para la alimentación de las guarniciones, las formas de abastecimiento de ganado, bienes de consumo, enseres domésticos, vestimenta y pertrechos, los patrones de distribución espacial de los materiales arqueológicos en el interior de las estructuras de vivienda y en sus inmediaciones, así como los dispositivos de poder estatal y la interacción entre militares, civiles e indígenas (un estudio detallado en Bagaloni y Pedrotta, 2018).

Cuadro 1. Fortificaciones que fueron objeto de investigaciones arqueológicas en el período 1990-2020

Inicio del estudio

Nombre del sitio

Provincia

Período de funcionamiento

1990

Fuerte Achiras

Fortín Miñana

Fortín Otamendi

Fuerte Blanca Grande

Fuerte Lavalle

Fortín Fe

Fortín La Parva

Fortín El Perdido

Cantón Tapalqué Viejo

Fortín Recompensa

Fortín La Perra

Córdoba

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

La Pampa

1832-1869

1860-1863

1858-1869

1828/1869-1879

1869-ca.1879

1876-¿?

1858-ca.1864

1863-1869

1831-1856

1876-1879

1883-1885

2000

Fortín Melincué

Fuerte General Paz

Fuerte Algarrobos

Fortín Chaján

Fuerte San Martín

Santa Fe

Buenos Aires

Buenos Aires

Córdoba

Buenos Aires

Tardo-colonial

1869-1877

1869-1877

Mediados siglo XIX

1871-1876

2010

Fortín Pescado

Fortín Machado

Fuerte San José

Fuerte Sancti Spiritus

Fuerte Cruz de Guerra

Fortín Rifles

Fortín India Muerta

Buenos Aires

Buenos Aires

Chubut

Santa Fe

Buenos Aires

Buenos Aires

Santa Fe

1858-1863

1858-ca.1864

Tardo-colonial

1527-1529

1828-1859

1869-1879

Tardo-colonial

Fuente: elaboración propia en base a Pedrotta y Bagaloni (2021).

En general, la unidad de análisis de los proyectos antedichos fue cada fortificación en sí y en relación a su espacio inmediato circundante, sin prestar mucha atención a la línea militar de la que formaron parte ni a las cambiantes geopolíticas estatales hacia los indígenas o a las estrategias de avance de las fronteras interétnicas y de ocupación de tierras a las que estas obedecieron. Al respecto, es interesante mencionar el proyecto liderado por Langiano, Merlo y Ormazabal, que desde sus inicios estuvo formulado a partir de un criterio geo-histórico, ya que definieron el área de investigación a partir de la traza del Camino de los Indios a Salinas o Camino de los Chilenos, una rastrillada que “unía las tierras ubicadas al sur del río Salado bonaerense con los pasos bajos de Chile, atravesando la pampa húmeda y la pampa seca” (Merlo y Langiano, 2015:169), mediante el cual se realizaba el tráfico de ganado hacia los mercados trasandinos. De este modo, dichos autores situaron las fortificaciones estudiadas dentro de una perspectiva amplia que contempla el control y uso de los recursos naturales cruciales para la economía indígena, tanto como la dinámica expansión de la frontera militar criolla en el período comprendido entre 1850 y 1880.

A su vez, en la década de 1990 se emprendieron proyectos orientados específicamente a la arqueología indígena del período posthispánico, los cuales se focalizaron inicialmente en un conjunto de construcciones de piedra hechas con la técnica de pirca seca, que se encuentran en los dos sistemas serranos bonaerenses: Tandilia (Slavsky y Ceresole, 1988; Mazzanti, 1993; 1997; Ramos, 1995) y Ventania (Madrid, 1991). En su mayoría, dichas edificaciones fueron interpretadas como infraestructura para la concentración, el engorde y el traslado de numerosos arreos de ganado vacuno y caballar hacia Chile, conformando circuitos comerciales que fueron la base de la economía indígena en las fronteras interétnicas y en los vastos territorios de la llamada tierra adentro, complementando las investigaciones que previamente se habían realizado en las represas de piedra de la pampa seca y en las construcciones de piedra de los valles cordilleranos. Si bien aún no se cuenta con una cantidad significativa de dataciones, la construcción de estas edificaciones se ha referido generalmente al periodo colonial y temprano independiente. Cabe señalar, además, el estudio de los enterratorios indígenas del sitio Gascón I, en Sierra de la Ventana (Barrientos y Oliva, 1997; Oliva et al., 2007) que, al igual que Caepe Malal, evidencia la incorporación de ganado doméstico y elementos materiales de origen europeo como parte de los ajuares mortuorios, en el contexto de rituales funerarios realizados por grupos indígenas pampeano-patagónicos dentro de sus propios territorios. También en esta década se abordaron tres reducciones que habían sido fundadas en espacios de fronteras interétnicas durante el período colonial: San Bartolomé de los Chaná, en la desembocadura del arroyo del Monje y el río Carcarañá (De Grandis y Rocchietti, 1996); Santiago de Baradero, en el litoral norte rioplatense (Tapia, 1999) y Nuestra Señora de la Concepción de los Pampas, en la desembocadura de río Salado bonaerense (Pedrotta, 2013). Dichas reducciones funcionaron en distintos momentos, tuvieron diversa duración e impacto y presentan diferentes grados de integridad y preservación arqueológica. No obstante, todas constituyeron dispositivos eclesiástico-estatales de avance y ocupación de tierras mediante estrategias de sedentarización, disciplinamiento y evangelización de los grupos indígenas locales, que –a excepción de la reducción de San José en el río Areco, antes citada– hasta entonces no habían sido objeto de estudio desde la Arqueología.

Por último, se inició el desarrollo de una línea de trabajo arqueológico centrada en las instalaciones rurales dedicadas a la producción agropecuaria, principalmente estancias criollas del siglo XIX situadas en la pampa bonaerense (Brittez, 1998; 2000), tal como puede observarse en el Cuadro 2. A estas cinco primeras estancias, se sumaron varias más durante las décadas siguientes, junto a instalaciones de menor envergadura, como los puestos de estancia (las referencias bibliográficas completas pueden consultarse en Pedrotta y Bagaloni, 2021). A partir de esta pujante línea de estudio, desde la Arqueología histórica comenzó a ponerse en relación la dinámica de la formación de las fronteras con los espacios rurales y los procesos de expansión agraria, incorporando cuestiones vinculadas a las relaciones sociales rurales, a la dimensión productivo-extractiva de dichas instalaciones y a las redes de comercio interétnico de las que formaron parte, considerando distintas escalas espaciales de análisis: locales, regionales y globales.

Cuadro 2. Estancias y/o puestos de producción agropecuaria que fueron objeto de investigaciones arqueológicas en el período 1990-2020

Inicio del estudio

Nombre del sitio

Provincia

Período de funcionamiento

1990

Campo Scodellaro

Infierno

Vizcacheras

Las Lagunas

Hudson (Piñero)

Córdoba

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Tardo-colonial

1860-1870

1875-1910

Fines siglo XIX

Mediados siglo XIX

2000

Chaján

La Libertad

La Colorada

San Pablo

Iraola

San Eduardo

Córdoba

Buenos Aires

Buenos Aires

Mendoza

Buenos Aires

La Pampa

                         

1875-1940

2da mitad siglo XIX

Siglos XVIII-XX

Fines siglo XIX

Fines siglo XIX

2010

La Concepción

Máximo Ortiz

Las Toscas 3

Ballenera Vieja

Puesto de la Fuente

Bertón

El Santuario I

S. Salvador del Valle

Santa Coloma

Santa Fe

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Chubut

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Buenos Aires

Colonial

Fines siglo XIX

Fines siglo XIX

              

Tardo-colonial

Siglo XIX

2da mitad siglo XIX

Fines siglo XIX

Siglo XVIII

Fuente: elaboración propia en base a Pedrotta y Bagaloni (2021).

Durante las dos primeras décadas del siglo XXI se produjo una expansión significativa de las investigaciones arqueológicas en espacios de fronteras, como se observa en la Figura 2. A las líneas de estudio ya afianzadas, que se mantuvieron, se sumaron otras que ampliaron su alcance temporal y/o espacial, así como se incorporaron nuevos tipos de sitios arqueológicos y surgieron campos de indagación novedosos, como las actividades comerciales, la inmigración europea y las vías de circulación regionales y extraregionales. En efecto, los estudios dedicados a las instalaciones productivas rurales sumaron nueve estancias y siete puestos de estancia (ver Cuadro 2), que abarcan desde el período tardo-colonial hasta inicios del siglo XX, situados en las actuales provincias de Mendoza, Córdoba, La Pampa, Buenos Aires y Chubut. De forma paralela y similar, la línea de indagación consolidada en torno a las fortificaciones militares se incrementó con el estudio de cuatro nuevos fuertes y seis fortines, expandiéndose espacialmente desde la frontera sur de Córdoba hasta la costa patagónica (ver Cuadro 1). A la vez que continuó aumentando el análisis de las construcciones de pirca de los sistemas serranos bonaerenses (Roa y Saghessi, 2004; Ferrer y Pedrotta, 2006; Mazzanti, 2007; Ramos et al., 2008; Pedrotta et al., 2011; Pedrotta y Duguine, 2013; Oliva y Sfeir, 2018), se ampliaron los trabajos en asentamientos indígenas por medio del estudio de los sitios a cielo abierto Don Isidoro (Tapia, 2005), La Raquel (Eugenio et al., 2007) y Arroyo Nievas (Pedrotta, 2011).

Figura 2. Sitios arqueológicos investigados durante el período 1980-2020 en las fronteras pampeano-patagónicas y sus adyacencias

Fuente: elaboración propia en base a Pedrotta y Bagaloni (2021).

Asimismo, en ese lapso de 20 años se sumaron nuevos tipos de sitios arqueológicos que hasta entonces no habían sido investigados, cuyo entramado fue configurando el paisaje rural originado en estrecha vinculación con la expansión fronteriza estatal. Vale remarcar, entre estos, las instalaciones comerciales rurales, como las pulperías Las Vizcacheras (Gómez Romero, 2003), Casa de Negocio (Brittez, 2009), Las Latas (De Grandis et al., 2009), Chapar (Bagaloni, 2014; 2017), Caldén (Montanari et al., 2013) y el boliche Lucanera (Tomassini y Weimann, 2020). Así también, se inició el estudio de las colonias agrícolas de poblamiento, como la colonia de origen ruso-alemán Olavarría, fundada en el centro bonaerense al calor de la Ley de Inmigración y Colonización –Ley Avellaneda– de 1876 (Duguine, 2010) o la británica Alexandra Colony, al norte de Santa Fe (Dosztal, 2016).

Entre las temáticas novedosas más recientes cabe mencionar, por último, la presencia africana en las fronteras bonaerenses por medio del estudio de la estancia Santa Coloma (Stadler, 2017), las primeras experiencias reduccionales jesuitas en la zona cordillerana de los siglos XVII y XVIII (Hajduk et al., 2013), las estructuras defensivas de zanjeado que acompañaron dos líneas fortificadas de frontera –la Zanja de Rosas y la Zanja de Alsina– ambas del siglo XIX (Landa et al., 2017; Tomassini, 2020), junto al estudio de los caminos y las rastrilladas a escala regional y extraregional (Bognanni, 2015), por donde circularon personas, ganado, productos, prácticas y saberes, vinculando las fronteras interiores con los territorios hispano-criollos tanto como con la tierra adentro.

Recapitulando entonces, las investigaciones arqueológicas en espacios que conformaron fronteras interétnicas experimentaron un crecimiento notable –comparar las Figuras 1 y 2– a lo largo de los últimos treinta años. Dicho crecimiento se refleja en los numerosos proyectos e investigadores, en la gran cantidad y diversidad de sitios que han sido o son objeto de pesquisas sistemáticas y de largo alcance, los cuales muestran una ampliación temática sostenida, una distribución espacial cada vez más extensa y un dilatado eje temporal que comprende desde el siglo XVI al XX. En menor medida se han desarrollado proyectos de investigación puntuales de corte interdisciplinar (Pedrotta et al., 2012).

De las fronteras turnerianas a los nodos de interacción

Las miradas sobre las fronteras interétnicas pampeano-patagónicas dentro de la disciplina arqueológica se vinculan fuertemente con la renovación historiográfica en el campo de la historia indígena que se produjo en Argentina a partir de fines de la década de 1980, y especialmente en los años 90, en el que confluyeron historiadores, antropólogos y etnohistoriadores. Los arqueólogos que contemporáneamente comenzaron a desarrollar investigaciones en sitios arqueológicos vinculados a las fronteras se apoyaron en esos debates teóricos, que permitieron no solo reconceptualizar los espacios fronterizos, sino también replantear sus formas de abordaje empírico y sus alcances interpretativos.

En primer lugar, se cuestionó la concepción anglo-céntrica de la frontera norteamericana, originada en la obra de F. Turner que, con frecuencia, había inspirado la producción historiográfica local (Ratto, 2001; Schmidt, 2008). Desde esta perspectiva, la frontera era concebida como el borde de la ola irrefrenable de la expansión blanca hacia el oeste y era entendida como una línea rígida de separación entre sociedades, en sintonía con la acepción del término border. Las principales críticas a la narrativa fronteriza turneriana que efectuaron los historiadores de la New Western History, desde la década de 1970, cuestionaban que presentara el avance de la sociedad blanca hacia el oeste de forma aislada y no conflictiva, que considerara a los pueblos indígenas como un elemento pasivo más de la naturaleza que debía dominarse, y que invisibilizara a diferentes minorías que habían tenido un rol en el proceso de expansión y asentamiento, atribuido únicamente a los pioneros norteamericanos. En contraste, Ratto (2001) propuso concebir a la frontera como un lugar con características propias, un espacio social particular en el que convergieron culturas heterogéneas y adonde la interacción que se produjo entre distintas sociedades conformó una nueva: la sociedad fronteriza.

Paralelamente, se discutió la visión dicotómica de la historiografía tradicional, de raigambre militar y liberal, sobre la frontera como límite que separaba en forma tajante la llamada civilización de la barbarie. Según esta mirada, la civilización refería a la sociedad criolla, autopercibida blanca y cristiana, se asociaba al poblamiento estable de las tierras, a su puesta en producción agrícola ganadera y al amparo de las instituciones que embanderaban al flamante Estado-nación argentino. En tanto la barbarie se vinculaba a los pueblos indígenas, infieles dedicados a la depredación y la rapiña, que carecían de asentamientos fijos y se caracterizaban por su vida anárquica y sin instituciones. Los estudios renovados sobre historia indígena permitieron construir una imagen radicalmente distinta a ese estereotipo de la barbarie (Schmidt, 2008), develando que las sociedades indígenas desarrollaban una economía compleja que articulaba la cría de ganado, la agricultura en algunos casos, la producción de diversas manufacturas y una intensa actividad comercial cuyos circuitos involucraban a los mercados hispano-criollos a uno y otro lado de la Cordillera de los Andes (Mandrini, 1987; Palermo, 1988). También se avanzó en la comprensión de las pautas de asentamiento y movilidad de dichos pueblos, en su organización social y política, así como en la dimensión ritual e idiosincrática de sus modos de vida (Bechis, 1989; Palermo, 1991; Mandrini, 1992; Mandrini y Paz, 2003; Villar, 1993). De forma complementaria, se ha abordado el estudio de la identidad y la etnicidad a partir de marcos flexibles y contingentes que posibilitan historizar los procesos de mestizaje, hibridación y etnogénesis (Nacuzzi, 1998; Boccara y Galindo, 2003; Farberman y Ratto, 2009; Lucaioli y Nacuzzi, 2010). Más recientemente, entre otros tópicos, se ha indagado la participación político-electoral, el accionar militar y la territorialidad indígena en interacción con otros agentes e instituciones (Lanteri y Pedrotta, 2012; de Jong, 2015; Literas, 2015).

Además de los debates comentados en los campos disciplinares de la Historia y la Antropología, debe tenerse en consideración el eco que tuvieron en Argentina algunos trabajos dentro de la Arqueología norteamericana que abordaron la temática fronteriza a partir del replanteo de su vinculación con los modelos tradicionales de aculturación que se habían aplicado a las situaciones de contacto interétnico para explicar el cambio cultural (Lightfoot y Martínez, 1995; Cusick, 1998; Rice, 1998). Estos trabajos pusieron en cuestión las concepciones esencialistas de las sociedades, tanto como las miradas unidireccionales sobre el cambio cultural; ambas teñidas por supuestos evolucionistas que replicaban, de cierto modo, la clasificación jerárquica de las sociedades humanas y la referida dicotomía entre civilización y barbarie. Por ejemplo, Rice (1998) resalta la multiplicidad de contextos físicos –espacial y temporalmente dinámicos– en los que pudieron haber ocurrido las situaciones de contacto interétnico en América desde el siglo XV, y propone una serie de conceptos flexibles para dar cuenta de esa variedad de lo que denomina regiones de contacto: frontiers, boundaries, borderlands y peripheries. Según la autora, frontera refiere entonces a un lugar y a un proceso, espacialmente dinámico y socialmente abierto, focalizado en las múltiples interacciones que se producen en una región geográfica y entre sus componentes naturales y culturales.

Gómez Romero y Spota (2006), y más recientemente Doval (2018), analizaron el empleo de distintas nociones de frontera en las investigaciones arqueológicas de la región pampeana y su vinculación con otros campos disciplinares. Todos ellos señalan que, en general, las propuestas que enfatizan el carácter relacional de las fronteras son las que han tenido mayor recepción en la Arqueología argentina, siendo mayoritariamente concebidas como espacios dinámicos, abiertos, activos y transformadores, donde se producen complejas y variadas relaciones sociales e interétnicas. No obstante, Doval marca el uso acrítico y superficial de este concepto que, en algunos casos, conduce a la reproducción de discursos esencialistas y, en otros, conlleva la noción de una entidad en avance constante desde una posición estado-céntrica que desconoce la existencia de territorialidades subalternas. Esta autora entiende a la frontera como proceso, en tanto “espacio flexible y permeable donde se produjeron una diversidad de relaciones interétnicas” y se concretaron intercambios materiales, sociales y simbólicos en múltiples direcciones (Doval, 2018:233). Gómez Romero y Spota (2006) proponen un acercamiento antropológico, definiendo a la frontera como una zona de encuentro de otredades donde se generan tensiones y conflictos, enfatizando su carácter de espacios marginales en los cuales los actores sociales fronterizos –segregados espacial, social y materialmente– generan sus propias representaciones y significados, alternativos al orden instaurado.

Desde la Arqueología, las fronteras también han sido pensadas como procesos históricos de larga duración en el contexto global del colonialismo, la expansión capitalista y la formación del mundo moderno (Ramos, 2004; Buscaglia, 2011; Tapia, 2011). Así, para contextualizar casos de estudio arqueológicos en espacios fronterizos, se ha tomado el modelo de centro y periferia derivado de la Teoría del Sistema Mundo de I. Wallerstein (1974), posicionando a las fronteras como los bordes exteriores de dichas periferias. Este modelo, que requiere perspectivas de análisis macro y trans-regionales, ha resultado de mucha utilidad en Arqueología histórica para estudiar la interacción humana en extensos espacios geográficos en virtud de sus cualidades jerárquicas y su capacidad para integrar los contextos locales en dinámicas globales (Stein, 1998). Si bien dicho modelo conlleva, entre otras limitaciones, el riesgo de sobredimensionar los factores económicos y presentar la relación entre centros y periferias en términos esencialistas y dicotómicos, tiene gran potencial para analizar el contacto y el cambio cultural en escenarios de frontera, sobre todo en relación con las redes de intercambio y el comercio interétnico que, frecuentemente, confluyeron en dichos espacios. Al respecto, es interesante articular el modelo de centro y periferia con la propuesta efectuada por Lightfoot y Martínez (1995) de concebir las fronteras como nodos de intersección de redes sociales, como espacios de interacción de poblaciones heterogéneas, multiculturales y con conflictos faccionales. De este modo, es posible balancear las interacciones entre los centros y las periferias desde una perspectiva no colonialista ni etnocéntrica y mediante la articulación de múltiples escalas de análisis temporales y espaciales.

Temas y problemas centrales para una arqueología de las fronteras

Uso del espacio y sus recursos

El estudio de la relación entre las sociedades humanas y los ambientes que habitan es una robusta línea de investigación de larga tradición en Arqueología prehispánica, que ha planteado los términos de dicha relación de formas muy diversas. Este amplio abanico abarca miradas restringidas a los aspectos adaptativos en sentido biológico, posturas economicistas que únicamente consideran el carácter utilitario de dicha relación expresado en términos de costos versus beneficios, y modelos más complejos que proponen interacciones múltiples y procesos de mutua construcción en los que intervienen variables sociales y culturales. En contraposición, para el período que se inició con la conquista de América, el tratamiento que se ha dado a la relación entre las sociedades, los espacios que habitan y sus recursos, mayoritariamente reconoce su complejidad, su carácter multidimensional y la necesidad insoslayable de llevar a cabo los análisis arqueológicos con un fuerte anclaje histórico y geográfico.

La introducción de flora y fauna exótica ocurrida a partir de la llegada de los conquistadores al Río de la Plata generó profundas transformaciones ecológicas en la región pampeana y el norte de la Patagonia que, a su vez, tuvieron un fuerte impacto en las sociedades indígenas, las cuales reorganizaron sus actividades productivas, su alimentación, sus formas de habitar y moverse en el espacio, sus interacciones sociales, sus rituales, entre otros aspectos de sus modos de vida (Mandrini, 1987; 1992; Palermo, 1988; 2000). Pero el ganado introducido no solo se integró a la economía indígena, también la sociedad colonial hispano-criolla estructuró sus actividades productivas en torno al ganado, ya sea mediante animales cazados en las vaquerías o por la cría de rodeos propios, que fueron ganando mayor peso en las actividades productivas a medida que avanzaba la ocupación de la campaña (Garavaglia, 1999). La presión sobre esos recursos fue uno de los factores que conllevó la instalación de fortificaciones próximas al curso del río Salado bonaerense a mediados del siglo XVIII. Desde entonces, la Corona española, y luego el Estado independiente, intentaron controlar y ocupar de forma efectiva espacios que, en los hechos, no integraban su territorio. Para ello desplegaron estrategias y dispositivos diversos, como las citadas fortificaciones, la traza de líneas militares de avance, el asentamiento de población, la creación de reducciones, la puesta en producción agropecuaria de porciones de tierras o la fundación de colonias agrícolas, que coexistieron con el poblamiento espontáneo.

La Arqueología ha aportado al conocimiento de este proceso mediante estudios que ponen el acento en el análisis del entorno de los emplazamientos en el contexto de los ciclos climáticos que atravesaron el período posthispánico, especialmente el episodio conocido como la Pequeña Edad de Hielo (Politis, 1984; Cioccale, 1999). Se ha indagado la distribución espacial de los sitios arqueológicos indígenas en relación con la disponibilidad de agua, la estructura de recursos vegetales y animales, la accesibilidad y las vías de circulación, entre muchas otras variables (Curtoni, 2004; Mazzanti, 2007; Mazzia, 2011; Pedrotta, 2013; 2015; Oliva y Sfeir, 2018). De este modo, lejos de constituir un fenómeno unidireccional, la concreción efectiva de la expansión hispano-criolla sobre las tierras indígenas y su configuración particular fue resultado de la articulación de las estrategias estatales con las condiciones locales de posibilidad que, a su vez, estuvieron determinadas por la geografía, el clima y la estructura de los recursos naturales, tanto como por la trama socio-económica intra e interétnica y las distintas coyunturas políticas. La expresión material de dichos procesos no fue, en consecuencia, espacialmente homogénea ni respondió de forma unidireccional a las iniciativas estatales, sino que muestra una configuración diversa que expresa las características –geográficas, económicas, étnicas, culturales– distintivas de cada sector fronterizo dentro de sus coordenadas históricas particulares.

Construcción del territorio

En estrecha relación con el eje anterior, esta línea de análisis se vincula con las aproximaciones arqueológicas al paisaje y su enfoque no determinista sobre el territorio que, además de definirlo a partir de las dimensiones económicas de la relación entre las poblaciones humanas y el ambiente, también apunta a comprender los procesos sociales de construcción, significación y representación del mismo. En ese sentido, Curtoni (2004: 91) advierte que “territorialidad y territorio son conceptos complejos que denotan más que nada relaciones sociales influenciadas por las dimensiones temporales y espaciales como también por las tradiciones culturales específicas”. Desde esta perspectiva, es necesario indagar los modos de concebir, demarcar, usar, explotar y vincularse con el ambiente y sus recursos, reconociendo la coexistencia, la superposición y la tensión entre territorialidades diferentes cultural e históricamente construidas.

Desde el siglo XVI, los territorios fueron espacios de confrontación y disputa entre la sociedad española, la criolla y la indígena, que los transitaron, habitaron, construyeron y simbolizaron a partir de sus propias tradiciones, concepciones e intereses. Como antes se señaló, la Corona española y luego el Estado independiente llevaron a cabo un complejo proceso de colonización, con avances y retrocesos, mediante el despliegue de distintos mecanismos materiales, institucionales y simbólicos, que se concretaron en la formación y la expansión de las fronteras interétnicas en la región pampeana y la Patagonia. Hasta las campañas militares lideradas por el Gral. Roca, las tribus indígenas mantuvieron el dominio de los territorios conocidos como la tierra adentro y cierto grado de control y autonomía sobre algunos sectores del espacio fronterizo más acotados donde se radicaron los denominados indios amigos. Esta dinámica se plasmó, por ejemplo, en la frontera de Azul-Tapalqué (Figura 3), donde coexistieron diversas unidades étnico-territoriales: las suertes de estancia otorgadas a pobladores criollos durante el Rosismo en la cuenca de arroyo Azul, las tierras de los indios amigos que fueron reconocidas oficialmente en 1856 y la retícula de chacras agrícolas de la aldea de inmigrantes ruso-alemanes Nievas fundada en 1877 (Pedrotta et al., 2012).

Figura 3. Formas de construir y representar el territorio en la frontera sur bonaerense en el siglo XIX: suertes de estancia, chacras y tierras de los indios amigos

Fuente: elaboración propia a partir de la Proyección del “Plano de las Suertes de Estancia del Azul” de J. Dillón (1872) sobre la imagen satelital de Google Earth (2011).

Circuitos de abastecimiento de bienes y redes comerciales

Este eje de indagación ha generado un sólido corpus de información desde el inicio de las investigaciones arqueológicas en las fronteras, mediante la identificación de los lugares de procedencia, el origen, el tipo, la función y la cronología de los restos materiales de una enorme variedad de productos y bienes de consumo que han sido recuperados en diversos contextos arqueológicos. De este modo, la Arqueología ha constatado el funcionamiento de extensas redes comerciales regionales y extraregionales, a través de las cuales dichos productos circulaban hasta ser adquiridos, consumidos, usados y/o descartados en fortines y fuertes (Gómez Romero y Spota, 2006; Merlo y Langiano, 2015; Bagaloni y Pedrotta, 2018), en asentamientos indígenas (Pedrotta, 2011; Pineau, 2012), en comercios rurales (Montanari et al., 2013; Bagaloni, 2017; Tomassini y Weimann, 2020) y en estancias y puestos (Brittez, 2000; Bagaloni, 2018), entre otros contextos fronterizos.

Los modelos de interacción trans-regionales antes comentados han posibilitado insertar los casos de estudio locales en escenarios de interacción económica, social y cultural más amplios, explorando el alcance de las redes de intercambio y comercio intra e interétnicas, en articulación con perspectivas de análisis a diferentes escalas. En este sentido, uno de los aspectos más trabajados en las fronteras pampeanas refiere a su integración –en tanto frentes de expansión del sistema capitalista a escala global– en circuitos comerciales que articularon crecientemente el actual territorio de Argentina con varios centros europeos de producción industrializada durante el siglo XIX. Ello determinó, a lo largo de esa centuria, la llegada de un volumen cada vez mayor y más accesible, a amplios sectores sociales y étnicos que habitaban en los espacios fronterizos, de bienes manufacturados (como vajilla de loza, bebidas alcohólicas y no alcohólicas, productos de farmacia y de perfumería, materiales constructivos, vestimenta y herramientas) de procedencia muy diversa (Ramos, 2004; Pedrotta, 2011; Montanari et al., 2013; Merlo y Langiano, 2015; Bagaloni, 2018).

Adicionalmente, varios casos de estudio arqueológico muestran que las tendencias de consumo, uso y descarte de artículos y bienes manufacturados de procedencia europea tuvieron una dinámica diferencial en los espacios de frontera con respecto a los centros urbanos y en relación directa a la distancia de los centros de producción americanos y ultramarinos, al menos para el período independiente. Esta dinámica diferencial se ve reflejada, a diferencia de los patrones de descarte observados en contextos urbanos, en la intensificación de las prácticas de reuso y reciclado de dichos bienes, extendiendo así su vida útil hasta el descarte definitivo (Pedrotta y Bagaloni, 2007; García et al., 2012; Pineau, 2012). Así también, dada la distancia mencionada, es esperable en los sitios arqueológicos fronterizos una mayor incorporación de objetos que integraban circuitos de intercambio locales intra e interétnicos con respecto a los circuitos regionales y extraregionales.

Arqueología de la vida cotidiana

Esta última línea de indagación se enmarca en escalas de análisis temporales y espaciales más reducidas en comparación con las anteriores y se centra en las actividades diarias, las prácticas, los saberes y los hábitos cotidianos del variado conjunto de habitantes de las fronteras interétnicas, en relación con la formación del mundo rural. Así, se indagan los modos de vida de la sociedad fronteriza (en el sentido de Ratto, 2001), atendiendo a las formas a través de las cuales se tensionaron y delinearon nuevas identidades, se produjeron combinaciones y procesos de mestizaje e hibridación biológicos y culturales y/o se reforzaron y legitimaron distintos sentidos de pertenencia. La Arqueología constituye una vía de acceso de enorme potencial al respecto, ya que las fronteras fueron habitadas en una proporción mayoritaria por sectores sociales y étnicos cuyas prácticas cotidianas suelen ser poco visibles en las fuentes documentales y, en el caso de las exiguas referencias existentes, generalmente han sido enunciadas por terceros.

Un pequeño ejemplo permite ilustrar este último punto. Los hallazgos arqueológicos que se recuperaron en Arroyo Nievas 2, un asentamiento de indios amigos de mediados del siglo XIX en la frontera sur bonaerense y en fortines contemporáneos, como los fortines Pescado y El Perdido, muestra que los hábitos de consumo, en este caso de bebidas alcohólicas, eran similares. Tal como puede observarse en la Figura 4, en esos tres sitios se identificaron botellas tronco-piramidales de vidrio de ginebra conocidas como limetas, botellas cilíndricas de vidrio de vino y botellas de gres cerámico de cerveza, entre otros contenedores de bebidas que fueron importadas desde diferentes países europeos, especialmente Gran Bretaña, Holanda y Francia (Pedrotta, 2011; Bagaloni y Pedrotta, 2018). Por un lado, en dichos contextos se materializa la ambigüedad y la porosidad características de las fronteras interétnicas. Pero, por otra parte, emerge el desafío de comprender cómo se construyeron entonces los vectores de diferenciación y las identidades en dichos espacios y de qué modo identificarlos arqueológicamente. En este aspecto, dado que las fronteras funcionaron como escenarios de contacto, mestizaje e hibridación donde se forjaron nuevos hábitos, saberes e identidades sociales, así como se reforzaron sentidos de pertenencia y prácticas previas, es esperable que el registro material asociado a la vida cotidiana en dichos espacios presente características mestizas y polisémicas producto de la interacción entre agentes y sectores socio-étnicos que se hallan escasamente identificados en el registro documental.

Figura 4. Botellas de vidrio y gres cerámico halladas en el sitio Arroyo Nievas 2 y los fortines El Perdido y Pescado

Fuente: elaboración propia sobre la “Carte Province de Buenos-Ayres et regions voisines” de M. de Moussy (1872) y selección de materiales arqueológicos de Arroyo Nievas 2 y los fortines El Perdido (fotos gentileza de los Dres. M. del C. Langiano y J. Merlo) y Pescado (fotos gentileza de la Dra. V. Bagaloni).

Reflexiones finales

El campo de estudios arqueológicos sobre las fronteras pampeano-patagónicas ha tenido un crecimiento sostenido en los últimos 30 años, durante los cuales se diversificaron los temas y problemas indagados, tanto como se extendió la escala temporal y espacial de las investigaciones, en consonancia con el crecimiento y la consolidación de muchos equipos de investigación. Los vínculos disciplinares más fuertes de los arqueólogos históricos se han tejido con la Antropología y la Historia, campos que experimentaron una interesante renovación desde la década de 1980 y que se tomaron como principales referentes en el debate teórico sobre las sociedades indígenas post-hispánicas y las fronteras interétnicas. Estas perspectivas novedosas, sumadas al acercamiento de algunos investigadores preocupados por el diálogo entre disciplinas, se ha comenzado a plasmar recientemente en la agenda arqueológica, en el perfil de los proyectos y la composición de los equipos de trabajo, en publicaciones conjuntas e instancias de encuentros académicos compartidos, que son cada vez mayores (Pedrotta y Bagaloni, 2021). En los últimos años se advierte, además, la formación de grupos de investigación que proponen abordajes interdisciplinarios para el estudio de las fronteras y un auspicioso acercamiento reciente a la producción en el campo de la Geografía.

Más allá de algunos matices y abrevando en diferentes campos disciplinares, las visiones renovadas sobre las fronteras fueron incorporadas en el debate dentro de la Arqueología histórica en Argentina. De este modo, se hizo posible investigar la distribución espacial, las características y la materialidad de los asentamientos fronterizos desde una perspectiva no condicionada a priori por la búsqueda de límites ni de contrastes entre tipos rígidamente establecidos, sino abierta a la porosidad y a la ambigüedad propia de los middle grounds –en palabras de White (1991)– y atendiendo a su complejidad étnica, social y cultural. Ciertamente, entender la frontera como un escenario de confrontación, superposición y articulación de distintos sectores socio-étnicos y como un espacio de construcción de territorialidades requiere aceptar no solo el desafío teórico-metodológico que conllevan los abordajes multiescalares sino, muy especialmente, la reconstrucción de las territorialidades subalternas (Doval, 2018).

El estudio arqueológico de las fronteras necesita enfoques teóricos capaces de dar cuenta de la interacción entre los procesos globales de expansión capitalista y conformación del mundo moderno que se desarrollaron desde el siglo XVI, con los procesos más específicos que tuvieron lugar en contextos locales histórica y geográficamente situados. A su vez, las fronteras interétnicas en tanto espacios complejos y dinámicos de interacción social, económica, política y multicultural, constituyeron también escenarios clave para la construcción decimonónica del territorio nacional y los conflictos que atraviesan la sociedad argentina contemporánea. En este último aspecto, es de especial relevancia mencionar aportes que se han hecho recientemente desde la Arqueología en apoyo de reclamos patrimoniales y territoriales efectuados por comunidades indígenas bonaerenses que, además de haber sido despojadas de sus tierras, también fueron objeto del saqueo de su patrimonio material y de los cuerpos de muchos de sus líderes durante el proceso de construcción del Estado-nación a fines del siglo XIX. De cara al futuro, la Arqueología de las fronteras interétnicas debería estar cada vez más comprometida con el presente y trascender el ámbito académico, involucrándose con las demandas de las comunidades locales y asumiendo la dimensión política de su práctica.

Agradecimientos

A la Comisión organizadora del V Seminario Bordes, Límites, Frentes e Interfaces “Aportes recientes para el estudio de las fronteras” por la invitación a participar del mismo y en este volumen. A la Fundación Félix de Azara y la Universidad Maimónides por el apoyo institucional, así como al CONICET (PIP 0304-2015/2017) y la ANPCyT (PICT 0219-2016) por el financiamiento. A la Dra. V. Bagaloni por su lectura crítica del manuscrito.

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