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Notas de campo

Universos poéticos

Alejandro D´Orto

Cada viernes a eso de las nueve de la mañana entramos en el instituto. Queda en Abasto, La Plata y se llama Carlos Ibarra. El taller comienza con unos mates y charlamos un poco de la semana y otras cosas. Después leo un cuento. Por ahora llevamos varios.

Desde Febrero hasta la fecha leímos a Borges, Cortázar, Kafka, Wilde, Quiroga, Castillo, Piglia entre otros. Después de leer el cuento reparto unas hojas en blanco y lapiceras. Ahí se abre otro mundo. En ese instante los jóvenes que se encuentran en el instituto son escritores. Entonces comienzan a imaginar. Y sabemos que la imaginación derrumba todas las cadenas que estos chicos arrastran de pequeños. Quedan por el piso que algunos no tienen visita, no nos acordamos que un familiar acaba de morir y también perdonamos a los amigos que no vienen a vernos. Porque abrir un universo poético es preparar un ámbito donde la creación haga lazo. Por ejemplo como aquel día que un joven le escribió un cuento a una compañera mía de trabajo (sin conocerla). Y tuvo como recompensa unas lágrimas (por supuesto de emoción) y una rica pasta frola. O como ese otro día que uno de los jóvenes aprovechó para escribir una carta que no se animaba. Abrir un universo poético en estos tiempos de velocidad ilimitada es poder generar confianza.

Cada vez que terminan sus cuentos me lo traen y me preguntan  – ¿Está bien profe? Y después quieren que yo lea ese cuento o esa poesía. No sé por qué pero siempre y cada vez que terminamos de leer un cuento hay aplausos. Abrir un universo poético entonces requiere de confianza y valoración. Me entregan los escritos y yo les pregunto si los puedo maquillar. Sí, maquillar. Explico que es eso: es pasar los textos en la compu y poner comas y puntos y rayitas cuando un personaje habla. Entonces van a quedar los dos textos. El original y el maquillado. – Quedó re cheto profe. Me dicen, y ese maquillado a veces cuando tienen visita se lo regalan a la familia. Y la familia descubre que tienen un escritor entre ellos. A veces abrir un universo poético es hacer lazo con las palabras y empezar a creer que ahora somos escritores. Abrir un universo poético es poder tener confianza y valorar lo que producimos y creamos.

Con las palabras nos apropiamos del mundo. Con las palabras lo creamos. Y también con las palabras lo podemos hacer más bello. Entonces creo que queda claro qué es crear un universo poético.

Relatos de los chicos

Una ilusión hecha realidad

Acá en el taller con el profe estamos tomando unos mates con risas y llantos. Recordando ese compañero del taller, ese amigo, que siempre sacaba una sonrisa a la vida, y ayer pudo estar de nuevo con su familia. ¡Qué bueno, se lo va a extrañar! Pero yo sé que algún día lo voy a volver a ver y recordar estos tiempos en el taller con el profe. También quiero que sepan las personas que no lo vivieron, que siempre necesitamos alguien o algo que nos ayude o nos dé una esperanza. Como hoy acá, con el profe, nos da un libro y esperanza… Tengo la esperanza y la ilusión que algún día te voy a ver de vuelta hermano, con cariño para un amigo, para vos Juan Pablo M. No te olvides que en la vida nos defendemos con palabas no con fierros y puños. Gracias profe por mostrarnos eso.

David. F.

Hambre

Cerca de mi casa, en la parte del campo, se encontraba una choza muy vieja con muchos árboles. Ahí había un niño. Todos se preguntaban ¿Cómo se llama? ¿Quién es? La madre del niño le llevaba comida todos los días. Ella contaba que su hijo era mitad humano y mitad rata. Tenía los pies de una persona normal. Pero de la cintura para arriba tenía la forma de una rata. Él no quería andar por el pueblo porque pensaba que la gente se iba a burlar de él o iba a salir corriendo. Lo único que quería era comer. Comer, comer. La mamá no podía comprarle comida. Un día decidió salir de su casa. Fue al pueblo y enfrentó su miedo. La gente que lo vio no tenía miedo. Lo aceptó como era.  Todos le daban comida y vivió feliz. Lo querían por el niño rata que siempre tenía hambre.

David F.

La espera

Ando triste,

Porque no tengo visita.

Yo no me siento sólo porque tengo amigos tomando mate

Y la vida me tocó así.

Braian L.

Amor a primera vista

Una vez caminando por el barrio vi a una chica muy linda con los ojos azules y unos hermosos dientes. Yo me enamoré de esa chica, pero lo peor que pasó fue que esa chica tenía novio.

Unos días después me hice muy buen amigo de esa chica hermosa. Sucedió que una noche yo estaba acomodando mi ropa en el ropero y tocan el timbre de mi casa: Era la chica llorando desconsoladamente porque el novio estaba con otra chica. Yo la aconsejé, le dije “Él no se merece una chica linda, cariñosa e inteligente como vos”, pero como ella seguía triste la invité al cine: “Vamos a mirar una película romántica”.

Al final de la película volvimos en mi moto, la llevé hasta la casa y me abrazó muy fuerte y me besó. Yo estaba muy sorprendido porque estaba pasando lo que yo soñaba que pasara y al fin y al cabo días después le dije si quería ser mi novia y dijo que si…

Continuará…

Jose G.

El ropero del niño

Había una vez un gran ropero en la casa de una abuela con buzo azul. La abuela una vez me dijo:

– Nene, ¿No me ayudás a tirar un viejo ropero?

– Si doñita, ¡Cómo que no!

En la secuencia esa que entramos a la casa de la abuela veo colgada ropa de chicos con mucha sangre, no le di cabida, pensé que era de sus nietos.

– Llegamos, acá está, este es.

– Doña, ¿Por qué tiene candado?

– Por nada nene, ¡Sólo te ruego que no lo abras!

Al llevarlo al basurero vi un poco de sangre, lo cual me pareció raro. Me fui de ahí, dije cero cabida. Escuchando un Jon Z y dije ¡Mirá si la abuela dejó plata! Volví con un corta fierro y con ganas de tener cash. Al romper el candado abrí el ropero y vi esos dientes de chicos bañados en sangre. Salí corriendo de esa escena, asustado de ver ese ropero lleno de dientes y sangre.

Volví a la casa de esa abuela no tan buena, toqué su puerta fuerte con mucho miedo y desesperación. Al abrir era una chica que no conocía.

– Hola, ¿En qué te puedo ayudar?

– ¿No está la abuela?

– No, ni idea, yo me mudé recién. ¿La conocías?

– Sí, pero hasta hoy nomás, se su pasado oscuro.

– Ah, porque hay un ropero con candado y quería saber si tenías la llave.

Impresionado, miré ese ropero viejo con sangre. Lo que me pareció raro es que donde estaban las ropas con sangre ahora había esos dientes que vi en el ropero y además ¡Ojos humanos! Asustado fui hacia el ropero con el martillo y el cortafierro en la mano, abrí el ropero y me encontré con un chico sin dientes y sin ojos con la misma ropa que estaba colgada.

Desde hoy, nunca más volví a ver a esa señora con doble personalidad y entonces dije: La moraleja es: Las apariencias engañan.

Daniel S.



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