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5 Los desafíos de la intervención social en las trayectorias sostenidas de abandono (TSA) de los jóvenes en contextos de pobreza

Dra. Lourdes Farias

Introducción

Hoy los jóvenes no pueden decidir de ninguna manera cómo quieren vivir. Viven como pueden, zafando siempre (Referente barrial).

Para todos aquellos que trabajamos con jóvenes en situación de pobreza sabemos que las intervenciones para revertir esa situación son de mucha complejidad. Como bien expresa Castel (2012) la vulnerabilidad implica estar a disposición de cualquier riesgo que pudiera suceder en la vida, ya sea desde una enfermedad como también situaciones de pérdidas laborales o familiares y esto suele ser muy común en la trayectoria de vida de muchos habitantes. No existe una continuidad estable en los acontecimientos de la vida sino que sistemáticamente algo puede romper la existencia cotidiana. La dependencia del día a día es absoluta. La zona de vulnerabilidad es, por lo tanto, una zona movediza, que puede contraerse o dilatarse dependiendo si los recursos que provienen del trabajo disminuyen o aumentan. Se puede también salir de ella hacia abajo al desconectarse casi completamente de las relaciones de trabajo y sociabilidad. En este punto se encuentran muchos de  los jóvenes que actualmente viven por debajo de la línea de pobreza.

Esto supone desafíos ineludibles para los que intervenimos en lo social. Implica reconstruir los itinerarios de los jóvenes que están marcados por rupturas con respecto al eje de la sociabilidad y al eje del trabajo -en ese orden- y que los llevan a una situación de aislamiento. Es por eso que hablo de TSA porque considero que los jóvenes con los cuales intervengo han transitado su vida siendo sostenidamente abandonados por las instituciones que debían resguardar su integridad física, psíquica y moral (Farias, 2018).

Que las trayectorias de abandono sean sostenidas implica que no son azarosas. El derrotero que los jóvenes han experimentado en sus vidas, implica que perdura en el tiempo, y que hay otro, en este caso las instituciones que cumplen esta función de sostener y perpetuar el abandono.

Es posible hallar claramente este recorrido en la voz de los propios jóvenes y si bien parece que el mismo adquiere características aleatorias, lo que se encuentra sistemáticamente al analizar sus dichos no son más que los mecanismos ocultos de la desintegración social.

Yo no es que quería vivir acá, a mi como que no se…en una alta casa, con baño, con heladera, no sé…con todo…con tele…es como que no me quedó otra…mi vieja no me quería, no nos daban de comer, la escuela me aburría, a nadie le importaba que hacía yo…no sé, caí así.

No es que yo tenía problema con mi vieja o mis hermanas. El problema que yo tengo es con mi padrastro que nunca me quiso,… él siempre me echaba, me decía que me fuera a vivir con mis tías, me gritaba, y mi mamá lloraba… ese era el problema.

Yo vivía en ese momento en la terminal con otros vagos y pedíamos a la gente y me encontré con mi primo y me trajo acá. No lo vi mas pero fue el que también estaba con el paco.

¿Quién cuido a esos niños? ¿Quién ofreció amparo psíquico y físico en las situaciones de calle en las que vivían?

Pensar desde el enfoque de las trayectorias permite revisar los acontecimientos actuales a la luz de los condicionantes sociales, políticos y económicos y no desde meras individualidades. De este modo, se consideran para el análisis las experiencias de los sujetos y las restricciones de oportunidades a las que se vieron expuestos a lo largo de su vida, además los elementos estructurales que poseen y caracterizan a los jóvenes en su condición de tales. Allí están presentes los capitales culturales, económicos y simbólicos de aquellos sujetos o grupos (Litichever, 2009).

Siguiendo a Bourdieu (1996) las trayectorias se dan en el campo de posibilidades disponibles para quienes viven una misma condición y ocupan una misma posición en el espacio social. Estas posiciones las conforman grupos, personas o instituciones que se encuentran próximos en cuanto a propiedades en común, comparten un determinado capital cultural económico y simbólico.

Tratar de comprender una vida como una serie única y suficiente en sí de acontecimientos sucesivos, sin más vínculo que la asociación a un sujeto cuya constancia no es sin duda más que la de un nombre propio, es más o menos igual de absurdo que tratar de dar razón de un trayecto en el metro sin tener en cuenta la estructura de red, es decir la matriz de las relaciones objetivas entre las diferentes razones  (Bourdieu, 1977 p.82).

La tarea de intentar comprender cómo, desde las diversas trayectorias reconstruidas discursivamente, se van poniendo de manifiesto formas de actuar, sentidos, valores, expectativas, formas de concebir a la sociedad y a “sí mismo” dentro de ésta, también dan cuenta de un reflejo de la sociedad en tanto permiten mirar a los sujetos individuales analizando la sociedad a la que pertenecen y los campos en los que se desarrollan.

Así, se comprende a las trayectorias personales como espejo de la sociedad y a las narrativas sobre esas trayectorias, como las interpretaciones y significados sobre la propia vida en relación a la estructura social.

Es importante destacar además, el papel que juega el Estado en el desarrollo de las trayectorias de vida de estos jóvenes, pues incide en ellas -directa o indirectamente- a través de sus políticas y de su modo de hacer política. Las trayectorias de vida de los jóvenes consideradas en esta investigación se ubican en un período de fuertes cambios de las estructuras sociales, que han puesto en cuestión valores fuertemente cristalizados acerca de la forma de concebir la sociedad, la representación del trabajo, las causas y condiciones de la pobreza, las políticas sociales, etc.

Estos cambios están plasmados, fundamentalmente, en el retiro del Estado de Bienestar -o Estado Social, en términos de Castel (1997)- y en los profundos cambios producidos en el mercado de trabajo: precarización y flexibilización laboral, desempleo, informalidad, entre otros.

Frente a esas modificaciones estructurales, las trayectorias de los jóvenes dan cuenta de una sociedad en movimiento con una  dinámica capaz de sobredeterminar procesos singulares.

 Lo que los individuos son y han sido, o lo que hacen y han hecho, sólo se vuelve significativo en términos de trayectorias cuando esa historia y sus hitos se traducen en coordenadas de posición en el espacio social (Dávila, 2005 p. 64).

Características de las TSA

Saraví (2005) sostiene que las trayectorias de vida de los jóvenes en contextos de pobreza se caracterizan por estar inmersas en círculos perversos de desventajas acumulativas, que se plasman en sus trayectorias biográficas. Estos círculos se pueden desplegar porque los jóvenes están inmersos en contextos de desigualdades estructurales (Fitoussi y Rosanvallon, 1997) a los que se les suman las desigualdades dinámicas- aquellas transitorias y eventuales dadas por diversos eventos de la vida- que los llevan a tomar decisiones y elecciones en base a sus precarias posibilidades. En otras palabras, los jóvenes van incorporando nuevas desventajas en su trayectoria en contextos de profundas desventajas estructurales.

Los jóvenes entrevistados provienen de contextos de pobreza extrema y habitan nuevamente en ella, a merced de las situaciones que se le presentan, lo que encadena nuevas desigualdades, sus vidas han transcurrido sobre un trasfondo de profunda pobreza y desigualdad, que ha limitado también su ciudadanía.

En mi casa casi nunca había para comer, casi nunca… por eso estoy acostumbrado a comer poco…es que mi vieja no tenía laburo, a veces una changa en las quintas pero siempre estaba embarazada y no podía trabajar mucho… ni pedíamos comer ¿Para qué?. Había una vecina, que siempre le gritaba a mi mamá: -¡Para qué tenes más hijos, puta! ¡Mira cómo los tenes! Pero le dábamos lástima y nos daba pan, a veces fiambre, a veces lo que sobraba de un guiso… era re pobre también pero trabajaba de limpieza de un patrón por allá… ahora tampoco pido comida si me dan mejor.

 … y es que mi mamá no estaba nunca, ella trabajaba cama adentro bastante lejos y podía venir los sábados, ahí nos traía un montón de cosas que había que cuidar toda la semana…mi hermano que ya se daba bastante a veces cambiaba la comida por faso y no le podías decir nada porque te mataba…lo bueno que en la escuela te daban comida, entonces yo iba, pero la maestra siempre me gritaba porque estaba sucio, que no llevaba el guardapolvo…que se yo…me decía de todo…un poco la comida se me quedaba en la garganta. – Comes como un animal, ¡Pará! Yo a veces quería matarla… ¿Y qué queres que haga?, pensaba no comí nada todavía. Cuando la del gabinete (Asistente Social) me vino a charlar no fui más a la escuela… tuve miedo que le dijeran algo a mi mamá.

De este modo, se comprende a la desigualdad como resultado de la emergencia de nuevas y acumulación de viejas desventajas y en donde los jóvenes cuentan con recursos prácticamente nulos.  Tal como señala Murard:

Las estrategias sociales de los jóvenes requieren una interpretación específica porque para ellos el riesgo de la exclusión social significa no el riesgo de la desafiliación (exclusión), sino de no ser afiliado (incluido). Al analizar por ejemplo las trayectorias de los jóvenes de la calle, puede verse que estar en la calle, sin una familia, es el resultado de una falla en el proceso de inclusión. En otras palabras, esto es el proceso de hacerse adulto por medio de un trabajo estable y la formación de una nueva familia (Murad 2002 p. 51).

De chico tenía problemas con mi vieja, me cagaba a palos, una vez me corrieron mi hermano, mi vieja y mi padrastro, y me corrieron porque no les gustó algo que hice, ya ni me acuerdo que era porque nunca le gustaba lo que hacía. Mi hermano era hijo de mi padrastro entonces siempre me bardeaba… mi padrastro me corría con una cadena de bici, estaba loco… Y después me agarró mi hermano y mi vieja me cagó a palazos y el otro me daba con la cadena. Re zarpados… entonces mi otro hermano me dijo: – nos vamos y  bueno dale, le dije yo y caímos acá, caminando.

Siguiendo a Chamberlyne (2000), encontramos la diferencia entre los recursos formales que tienen que ver con la educación y el trabajo principalmente y los recursos informales que serían las relaciones familiares, amistades, entre otros. En función de estos, los sujetos elaboran herramientas para desarrollar estrategias frente a las contingencias. En este sentido, pueden pensarse las TSA en los diferentes espacios en los que participan los jóvenes, y los modos de inserción en las instituciones de la sociedad.

Los jóvenes, transitan por escuelas en las que no encuentran las condiciones de inclusión necesarias, barrios en los cuales hay una gran exposición a la violencia, con muy pocos recursos accesibles, institutos de encierro que omiten los determinantes sociales que los llevaron a esos lugares sobredimensionando los aspectos psicológicos o familiares particulares de cada uno de los jóvenes y como si todo esto fuera poco,  programas sociales que por más bien intencionados que sean no logran establecer estrategias de trabajo sólidas que mejoren las condiciones de vida de estas poblaciones juveniles:

No es que no quise ir a la escuela… primero fuí a una, pero cuando empecé nos mudamos de barrio y tuvimos que ir a otra… después mi mamá se peleó con mi abuela y nos volvimos a ir… estuve un tiempo sin ir y volví a empezar en otra escuela, pero no entendía nada, no quería ir más y como mi mamá no estaba nunca empecé a faltar y como recién entraba a esa escuela nadie se dio cuenta que no fui más.

…cuando se incendió la casilla, le echaron la culpa a mi mamá que no estaba, entonces nos mandaron a un hogar que no era tan feo pero no podías hacer nada… encima no dejaban que mi vieja nos visitara, no sé por qué… nunca más la ví. Un día se llevaron a mi hermano y a mi hermanita con otra familia y a mí me dejaron porque tenía 7. Me largué a llorar y me mandaron a la pieza.  Al otro día me escapé…a buscar a mis hermanos, pero no los encontré.

De este modo los jóvenes han desarrollado su vida y proyectan su futuro de acuerdo a todas estas intersecciones donde están presentes las condiciones sociales e históricas de los sujetos: el origen social y la pertenencia de clase, así como las condiciones de pobreza y vulnerabilidad,

Yo me había hecho amigo del panadero… Siempre estaba con él. Cocinábamos juntos, me cuidaba, me enseñaba cosas… Yo me levantaba y salía corriendo a la panadería, que estaba en su casa a dos casas de la mía… Sus hijos estaban lejos entonces yo decía que me iba a quedar con la panadería cuando él fuera viejo, pero un día le entraron a robar y lo mataron, unos pibes del barrio eran, querían para droga, no sé… Pero entonces yo me fuí del barrio, total ya no tenía a nadie… Por ahí mi vida era distinta si no se moría.

No me enseñaron a hacer nada, no sé hacer nada y no voy a hacer nada. Es así, ¿Qué puedo aprender ahora?

Las trayectorias sostenidas de abandono de las que son parte los jóvenes son el resultado de los factores que ya han sido mencionados: la pobreza extrema en los barrios, las estrategias de subsistencia precarias desarrolladas por las familias, los contactos establecidos en la calle, las relaciones en los barrios, los grupo de pares, el tránsito por la escuela, las experiencias en las instituciones por las cuales pasaron durante la situación de calle -como institutos cerrados, hogares convivenciales, centros de día, paradores etc.- y las características particulares que asumen estas instituciones (Farias, 2018).

Los resultados que emergen del análisis de la voz de todos los jóvenes permiten identificar con claridad y fuerza la manera en que la falta de cuidados, la imprevisibilidad, la contingencia y la incertidumbre se instalaron de fondo en un proceso de individualización social, en donde como dice Svampa (2003) hay una pérdida de resortes colectivos que permitirían que los sujetos de la investigación pudieran mejorar sus condiciones de vida o tener redes que los sostuvieran cuando pasaban situaciones de dificultad.

Ni la familia, ni la escuela, ni ninguna institución del estado ha sido capaz de alojar la vida de estos jóvenes cuando eran niños y menos aún ahora. De todos los espacios por los que han transitado han sido expulsados, de manera consciente o inconsciente, lo que ha tenido repercusiones en  la obturación de proyectos vitales o en el desarrollo de sus capacidades.

En las historias de vida, resulta llamativa la aparición de relatos en torno a  la precariedad de los sistemas de apoyo en todo su desarrollo vital. La inconstancia de los vínculos que se establecieron con ellos cuando eran  niños y después de jóvenes generó una cadena de repeticiones de abandono que van reapareciendo durante toda sus vidas.

Se pueden identificar algunas características propias de las TSA:

  1. Desarraigos sistemáticos: Los jóvenes  tienen vivencias, experiencias y circunstancias vinculadas tempranamente no solo a su proceso de migración interna -en general a lugares desconocidos sin referencias adultas disponibles, en edades pequeñas- sino también expresan situaciones de abandono en sus propios hogares, y por parte de aquellos que deberían garantizar su seguridad física y emocional. Quedan reflejadas también las concepciones y creencias que tienen los jóvenes acerca de los roles maternos, acerca de lo que se espera de un niño y de lo que significa e implica la protección y el cuidado. Identificar esta característica permite el conocimiento de los mecanismos que dejan a los jóvenes en situación de absoluta vulnerabilidad.
  2.  Violencia persistente: Esta dimensión está estrechamente relacionada con la anterior porque parte de la violencia ejercida hacia los jóvenes es producto de su situación de desarraigo, de estar a merced de otros y de ser sometidos a violaciones constantes de sus derechos fundamentales. Hay un cúmulo de situaciones de discriminación y maltrato que experimentan por parte de las diferentes instituciones por las que transcurren -familiar, educativa, de salud- y que voluntaria o involuntariamente han sido y son parte de sus vidas.
  3. Abandono corporal: Hay un dato sumamente llamativo en los jóvenes entrevistados que es la la situación de extrañamiento del propio cuerpo que vivencian los jóvenes. El cuerpo como expresión de malestares, daños y enfermedades no es registrado por ellos mismos: problemas respiratorios, gastrointestinales, infecciosos, heridas, fracturas mal curadas, laceraciones  que permiten comprender la relación y cercanía con la propia muerte pero de la cual no hay ningún reconocimiento. Las TSA además en este punto se caracterizan por las barreras de acceso en los diferentes servicios que existen cercanos a la villa para cuidar el cuerpo.
  4. Padecimientos biopsicosociales: Existe un sufrimiento por parte de los jóvenes vinculados a los modos de sobrevivir cotidianamente, teniendo en cuenta la ausencia de inserciones laborales y referencias familiares que les permitan autoabastecerse. Además hay una incapacidad evidente para  expresar y transmitir emociones, sentimientos, afectos entre ellos y con los otros.
  5. Aislamiento Social: Los jóvenes están solos esto los instala en espacios protegidos entre ellos (como la esquina) pero que contrariamente son solitarios. No hay un nosotros que nuclea la vida sino estrategias frente a amenazas internas y externas. Este aislamiento esta dado por las vivencias y experiencias de todas sus trayectorias de vida, sujetos amputados en sus raíces que vieron las formas de socialización que establecen en la medida que van desarrollando su vida.
  6. Fragilidad Vincular: Por último los jóvenes encuentran serias limitaciones para generar vínculos con otros no solo con personas sino también con instituciones que le aseguren resortes genuinos para el desarrollo de su ciclo vital. Es por eso que ven también obturadas sus posibilidades de  proyectar el futuro.

Acerca de los aportes para la intervención del TS

La intervención profesional con esta población es muy importante por lo que considero la necesidad de reflexionar sobre cómo pensar desde la disciplina los procesos de integración en las actuales coyunturas.

Las trayectorias personales o familiares de los sujetos con los cuales interviene el trabajador social constituyen un dispositivo importante a ser tenido en cuenta a la hora de diseñar intervenciones.

En la reconstrucción de las trayectorias se priorizan muchas veces, aspectos vinculados a las condiciones de vida materiales actuales de las personas descuidando los aspectos simbólicos y subjetivos que resultan significativos y adquieren fundamental importancia a la hora de intervenir. Una posible explicación de la tendencia a valorar y registrar sólo aspectos materiales, lo tangible, lo observable, deviene de la tradición tecnológica que impregnó la historia profesional.

Rosanvallon (1995) plantea que es necesario recurrir, cada vez más, a la historia individual de los sujetos -a sus familias, a sus trayectorias, a los procesos que los afectaron-, considerando que, en lugar de disponer de recetas generales aplicables a todos los casos, resulta indispensable desarrollar capacidades singulares ante situaciones que son singulares.

La actual cuestión social reclama otro tipo de conceptualizaciones. El conocimiento de la vida cotidiana de las personas es un componente inherente a la intervención profesional. Así es como, según Bourdieu (2011) la vida implica acontecimientos que están concebidos históricamente y suelen describirse, desde el sentido común, como un recorrido, como un trayecto o itinerario orientado con un comienzo y un fin, con un sentido lineal. Las entrevistas profesionales que indagan en la dimensión histórica generalmente se realizan trazando un recorrido en forma episódica o cronológica, es decir, se construye entre entrevistador y entrevistado un relato constituido por hechos ordenados en el tiempo.

En cada una de las historias relatadas convergen características y situaciones comunes, así como diferencias que le imprimen un carácter específico y particular a cada haz de trayectorias trazado por los agentes en el espacio social. Gutiérrez (1995) advierte

Pero, al considerar el sistema de relaciones sólo en su dimensión sincrónica, sin tener en cuenta la historia del sistema en términos de su estructuración y reestructuración de posiciones, y la historia incorporada al agente social en forma de habitus, pierde la posibilidad de explicar, por ejemplo, ¿Qué es lo que hace que dos agentes que ocupan iguales posiciones en el sistema de relaciones actúen, sin embargo, de manera diferente? (Gutiérrez, 1994 p. 55).

Frente a la complejidad de la realidad se despliegan, consecuentemente, una serie de posibilidades de indagación que potencian un abanico más rico de alternativas de acciones profesionales, intervenciones que puedan captar o apropiarse de los recursos acumulados por los sujetos y los potencie.

Finalmente, otra cuestión interesante es la potencia misma del acontecimiento que supone el relato de sus propias trayectorias por parte de los sujetos. En este volver a contar se revive la historia y de esa manera, la persona puede evaluar, revisar, criticar acontecimientos, prejuicios o mitos que posee. Por lo tanto, el sujeto re-hace su experiencia anterior. Apelar a estos relatos suele ser insumo fértil en la intervención profesional, con el horizonte puesto en prevenir, anticipar o afianzar procesos singulares inscriptos en tramas sociales.

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