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6 ¿Militante, amiga o policía?

Tensiones éticas, miedos y conflictos en el trabajo con situaciones ‘violentas’

Lic. Eliana Gubilei

Introducción

El artículo que aquí presento intenta esquematizar algunos emergentes del trabajo de campo que llevo adelante desde 2010 en Unión[1], un asentamiento ubicado en las afueras de la ciudad de La Plata. Como eje central de mi tesis doctoral, intento indagar allí diferentes modalidades disponibles y elegidas para la gestión de situaciones de violencia y esta tarea me ha puesto de cara a la necesidad (auto) esclarecer cuál es ciertamente mi rol en aquel contexto.

Durante estos años he podido reconocer y sistematizar al menos  dos grandes  ejes de análisis  sobre los que he decidido continuar ahondando y problematizando para visualizar las modalidades en que se anudan y entretejen. El primero de ellos está vinculado a la efectiva existencia de un vasto entramado institucional y organizacional que está presente y disponible en la dinámica cotidiana de los/as vecinos/as de Unión. Así, los comedores, el Centro de Salud, la Escuela, el Centro de Integración Barrial, el Servicio Local y el Centro de Prevención  de Adicciones  configuran un circuito dentro del cual transitan no solamente programas, recursos y actividades definidas funcional y programáticamente, sino también personas concretas que trabajan allí y definen -de una u otra manera- los ejes prioritarios de trabajo con la “comunidad barrial”. El segundo elemento nos  señala  que,  ante  la ocurrencia de algunos  episodios  cargados  de alta conflictividad  social, no siempre se acude a aquellos recursos institucionales. Si bien las madres que trabajan en los comedores a modo de contraprestación de algún plan de asistencia, envían a sus hijos/as a la escuela de la zona (por quienes también perciben una asignación) y concurren a los espacios de formación que se brindan desde el Centro de Salud, en los (regulares) casos en los que han ocurrido abusos sexuales, golpizas y/o asesinatos, estos episodios han sido dados a conocer, pero no se han relatado ni en la escuela, ni en la “salita”, ni mucho menos se denuncian en la comisaría (Gubilei; 2012).

Si bien estos dos ejes responden las líneas teórico-analíticas de mi tesis doctoral, la elección de la etnografía como estrategia metodológica no escinde estas cuestiones de aquellas que emergen del trabajo de campo. Así, desarrollaré este escrito siguiendo tres ejes. El primero está vinculado a la noción misma de violencia, pues su opacidad y polisemia requiere no solamente una aguda reflexión conceptual y teórica, sino también una deconstrucción de mis categorías de referencia. El trabajo con los propios miedos ha sido uno de los canales por los que transité este proceso. En segundo lugar, me interesa problematizar una serie de conflictos que emergieron con un grupo de trabajadores estatales que me acusaron de “robarles información” y de no tener “compromiso” para trabajar en su comunidad barrial. Por último, quisiera graficar cómo mi ser mujer (visto en un primer momento como problemático) posibilitó la creación de esferas de intimidad con algunas informantes y devino en fuente de confianza para la confesión de informaciones relevantes para nuestra investigación.

Puteadas, golpes y peleas. Los miedos ante situaciones violentas

Un día de julio de 2010 estaba recorriendo el barrio con un grupo de jóvenes alumnas del Colegio donde hice gran parte de mi trabajo de campo. Rochi y Sasi habían decidido ir a pasar la tarde a la casa de Luli. Cuando llegamos allí, nos atendieron las hermanas de esta última y prontamente nos pusimos a tomar mate y a conversar sobre diversas situaciones de sus vidas cotidianas. Ellas son unos años mayores que Luli y ambas han tenido experiencias de pareja y de maternidad sobre las que me estaban hablando, cuando nos interrumpió una discusión que oímos de la habitación contigua. Transcribo un fragmento de mis notas de campo:

[Voz masculina] ¿Por qué no hacés lo que te dicen que hagas con el nene? ¿Sos boluda vos?

[Voz femenina] Pero… [ruido a golpes]

[Voz masculina] Sí, ¡Sos boluda! Te gusta que trate mal, no? ¡Te gusta a vos! [ruido a golpes, y un quejido] Bueno, entonces, si te gusta, te voy a tratar mal [Nuevamente ruido a golpes y posterior silencio]

Me quedé como pasmada esperando que alguien me dijera que no estaba sucediendo lo que yo imaginaba del otro lado de la pared [imaginaba un episodio de violencia física]. Al instante, se abrió la puerta de la casilla y entró un chico de aproximadamente 22 años.

“Él es Aldo, nuestro hermano”, me dijo Cecilia, una de las hermanas de Luli. Él me saludó con un beso, se prendió un pucho [cigarrillo] y se apoyó contra el mueble de la cocina. “¿De nuevo tenés problemas con…?”, preguntó Cecilia. Aldo asintió con su cabeza antes de que ella terminara de hablar; “¿Me das un mate?”, dijo él. Y, pasándole uno, Cecilia retomó su disquisición sobre su vida familiar.

Sin saberlo, esta situación daba inicio a una primera inflexión en el desarrollo de mi trabajo de campo. Hasta ese momento solamente había registrado innumerables relatos de golpizas, enfrentamientos e insultos. De hecho, antes de ese acontecimiento, Cecilia me estaba contando cómo ella había sido detenida por la policía varias veces a causa de los golpes propinados a su ex pareja y a algunas compañeras de su anterior colegio. Sin embargo, ninguno de esos relatos me interpeló la sensibilidad como el ruido de esos golpes, el ímpetu de esas palabras y la elocuencia de esos silencios. Y tuve mucho miedo. Miedo por lo que le pudiera estar pasando a esa mujer del otro lado de la pared, miedo por estar sola en un barrio apenas conocido para mí, sin que nadie supiera dónde y cómo encontrarme, miedo por lo que para mí en ese momento implicaba una naturalización despiadada de una situación que se encontraba lejos de mis vivencias personales y cotidianas. Tanto miedo sentí que estuve varios meses sin ir a Unión luego de ese episodio.

Aquella situación hizo estallar frente a mí los diferentes y divergentes universos de sentido sobre los cuales luego tuve que comenzar a dar cuenta en cada reflexión y nota de campo. Es muy común que ante los casos que -desde mis  propias  categorías  de  referencia-  podría  rotular  como  “violencia  doméstica”  (abusos sexuales, violaciones, y golpes) y “violencia delictiva” (robos, incendios, cobro de peajes, enfrentamientos armados, asesinatos) que tenía como protagonistas a mis informantes, la palabra violencia no aparezca en sus discursos, prefiriendo usar otras referencias nominales, tales como problema, lío, locura. Este tipo de fenómenos-especialmente aquellos que acontecen en los espacios comúnmente identificados como familiares-domésticos- escapan al lenguaje, desbordan las propias categorías nativas y generan nuevas problemáticas que necesitan ser procesadas, ya sea de manera institucional, organizacional o “social”.

Establecer al fenómeno de las violencias como eje analítico principal supone asumir los desafíos que implica el trabajo con una categoría opaca y polivalente. Tanto desde sus múltiples (y móviles) utilizaciones nativas, así como desde su abordaje en tanto concepto, la  violencia  se  presenta  irreductiblemente  ambigua: como rasgo constitutivo de las experiencias sociales que también involucra dimensiones éticas, que implican modalidades de etiquetamiento, sanción y disputa entre las partes que componen la trama social, de las que es necesario dar cuenta de manera simultánea (Garriga Zucal y Noel; 2010). El uso y la definición del término “violencia” depende del contexto y siempre expresa nociones en torno a la legitimidad; el fenómeno de “las violencias” expone relaciones sociopolíticas significativas establecidas entre los actores sociales (Krohn-Hansen; 1994).

Fuegos cruzados: acusaciones y peleas inesperadas

Durante la primera mitad de mi trabajo de campo establecí un estrecho contacto con las instituciones del barrio: la escuela, el centro de salud, el servicio local y la comunidad terapéutica para la recuperación de adicciones, entre otros. Esos espacios constituyeron no sólo mi primer anclaje en el territorio, sino que fueron las primeras ventanas por las cuales accedí a los fenómenos de las violencias que me interesa estudiar, pues en todos los casos estas instituciones desarrollan actividades que ellos denominan “extramuros” para propiciar “una mayor y mejor vinculación con la comunidad barrial”. Paralelamente, estas entidades comenzaron a llevar adelante una “mesa intersectorial”. Esta “mesa” consistía en una reunión periódicamente variable en la que confluían los trabajadores/as de las diferentes instituciones para compartir problemáticas en común que atravesaran el desarrollo de sus tareas y establecían algún tipo de tarea conjunta, ya sea de denuncia y/o de intervención[2].

Algunos de los vínculos con los/as trabajadores/as  -especialmente de la escuela y del centro de salud- eran preexistentes a mi llegada al barrio. Mi etapa de formación de grado y mi anterior pertenencia a un colectivo de trabajo vinculado a la violencia de género me habían puesto en contacto con ellos/as. Si bien esta “confianza” inicial resultó de gran utilidad en los primeros meses, con el tiempo fue tornándose controversial, pues muchos/as de ellos/as esperaban de mí cierto “compromiso militante” con las tareas que llevaban adelante en el barrio. Al mismo tiempo, me requerían -implícitamente- una “toma de postura” respecto a los conflictos suscitados dentro de los equipos de trabajo. Un ejemplo que reconstruiré desde mis notas de campo sobre mis tareas en una de dichas instituciones contribuirá a graficar estas situaciones.

Mediando mi segundo año de trabajo, comencé a asistir a unos “talleres de formación” que Pablo (trabajador de una de las instituciones del barrio) y Paula (referente de un movimiento social que acompañaba la organización de un comedor) llevaban adelante quincenalmente en uno de los comedores ubicados en la zona de la “villa”[3].

[Ese día] llegué temprano a la “salita” y me quedé esperando a Pablo para ir juntos al comedor. Todo el equipo de salud estaba en su reunión semanal, junto con el director del hospital. Comencé a escuchar que Pablo gritaba: “¡me tienen podrido!”. La voz de una mujer pedía calma y luego escuché al director diciendo: “lo que pasa es que vos acá querés venir a traer cosas de afuera, venís a bajar línea, venís a que la gente se vaya para el movimiento del que vos venís”. Luego, [otra de las doctoras] se sumó a la discusión: “Hay cosas que no podemos abarcar, entendelo, porque parece que no te entra eso en la cabeza. ¡No podemos! ¡Y si no queremos, no queremos!”. Una de las médicas se asomó al pasillo y me vio sentada. Salió a saludarme y al volver a la reunión todos bajaron las voces. Sólo logré escuchar a Pablo decir: “Perfecto. Si lo quieren así…” Salió a encontrarse conmigo; me saludó como siempre. No quise preguntar nada y, como al salir nos encontramos con Paula, nos fuimos directamente al comedor para comenzar con el taller. […] Cuando nos volvíamos para el centro de salud, Pablo me dijo:

“Yo te cuento esto a vos, pero que quede acá. No están bien las cosas en el equipo. Quieren hacer cosas extramuro, pero ponen trabas. Están muy atados a la agenda feminista, que no me parece mal, pero se olvidan de algunas cosas que también son importantes, como las que vos venís a ver acá en el barrio: la violencia, la policía, los derechos. No te escuchan. ¿No viste que a vos también te ponen trabas? Con lo del ASIS, por ejemplo… no quieren incluir nada de lo que vos sugerís. Son así, y yo, me estoy cansando.”

El ASiS (Análisis de Situación de Salud) es un relevamiento a través del cual se realizan encuestas desde el centro de salud para evaluar la situación sanitaria de la población dentro de su área de influencia. Por aquellos meses me habían pedido asesoramiento metodológico para realizar un nuevo relevamiento. Luego de estudiar los modelos con los que habían trabajado años anteriores, llevé algunas propuestas y todas las rechazaron.

A la semana siguiente de estos episodios, recibí una llamada telefónica de una de las médicas residentes del centro de salud pidiéndome que por favor les devolviera el material de las encuestas. Ante mi respuesta de que se los llevaría al día siguiente me dijo:

¿Sabés lo que pasa? Vos no podés quedarte con ese material. No te lo podés robar, porque es parte de nuestro trabajo. Nosotros acá te abrimos las puertas y vos venís, y te llevás las cosas. Querés hacerlo a tu manera y a nosotros no nos interesa lo académico, porque nosotros trabajamos con la gente. Así que, vení y traenos las cosas.

Conmocionada, intenté explicarle que era un malentendido y que prefería hablarlo personalmente. Al día siguiente fui al centro de salud, pero me recibió la secretaria. No llamó a ningún integrante del plantel médico, recibió los papeles que llevé y me despidió. Unos días más tarde, Pablo envió un correo electrónico a los/as integrantes de la “mesa intersectorial” comunicando que había renunciado a su puesto en la “salita”. Los talleres de formación no volvieron a dictarse. Una sucesión de paros y el receso de verano interrumpieron mi trabajo de campo allí. Al volver, las médicas que quedaron a cargo de las tareas en el centro de salud no volvieron a saludarme. Si bien he tenido algunos encuentros fortuitos con algunas de ellas, no volví a realizar trabajo de campo allí.

Más allá de lo problemática que resultó esta experiencia en términos personales, una mirada retrospectiva me conduce a ver cómo quedé en medio de fuegos cruzados, de relaciones de poder dentro del equipo de trabajo. La conmoción que estos conflictos suscitaron en mí se debe -creo- a que no esperaba comportamientos como estos dentro de un círculo de “profesionales de la salud”. Si bien los conflictos, las peleas y los chusmeríos son moneda corriente en Unión, consideré -casi de modo automático- que el hecho de compartir un campo simbólico con aquellas/os trabajadoras/es, vendría de suyo con la ausencia de conflictos, o que neutralizaría mi presencia allí. Esta “ingenuidad” pudo haber surgido de mi auto-consideración como nativa, en un campo en el que no me era propio, sino también de investigación. La reflexividad es clave para desarmar estas instancias. 

Sin embargo, lejos de ser esta una particularidad o especificidad de este espacio, mi estadía en varias de las instituciones del barrio mostró que este tipo de conflictos constituyen rasgos comunes dentro de las experiencias estatales que intentan “bajar al territorio”, “salir de los muros” y “trabajar horizontalmente con la comunidad barrial”. Esas intenciones programáticas están mediadas fuertemente por los recursos disponibles para abordar las problemáticas con las que se encuentran en terreno, las voluntades personales de quienes compongan los equipos de trabajo y sus horizontes políticos y por las relaciones afectivas y de afinidad establecidas entre ellos/as y a la vez, con las personas a las que destinan sus intervenciones.

De manera concomitante, he podido recabar cómo en los fenómenos asociados a las violencias los/as trabajadores/as suelen ser parte informada de estos asuntos. Sin embargo, también es usual que no se opere en ellos a partir de las definiciones legales establecidas, sino que muchas veces estos episodios se gestionan de manera extra-institucional, pues algunos/as trabajadores/as son elegidos como “confidentes” de determinados hechos en su carácter de “buenas personas”, más allá de sus roles funcionales. De este modo, comienzan a formar parte de las relaciones de reciprocidad establecidas localmente. Esta clase de contacto interpersonal entre vecinos y trabajadores daba a la información un rasgo invaluable y atesorable. Mis intereses académicos, muchas veces, me dejaron de por fuera de este círculo de pureza de secretos, pues no les quedaba claro qué haría con los datos obtenidos.

Cosas de mujeres. Amistad y confidencia

En este apartado, quisiera detenerme en Analía, una vecina de Unión a quien conocí durante mi participación en un ciclo de talleres sobre violencia dictados en la comisión de estudios del FINES[4], dictado en el club barrial. Una vez finalizadas esas instancias de discusión, quedamos en que una tarde iría a visitarla, y esa primera visita dio inicio a un período de trabajo fuerte con ella y sus familiares. Analía es paraguaya, tiene hoy 33 años y tres hijos adolescentes. Vive en pareja con Dardo desde sus 17 años, aunque su primera hija es de otro padre. Durante los primeros meses, cada vez que la visitaba había más gente en su casa: algunos familiares, otras vecinas, compañeras de curso, amigos de su marido. Con el correr del tiempo y a través del sostenimiento asiduo de mi presencia allí, los espacios se fueron tornando más personales y los relatos que comenzaron a emerger tomaron otro cariz: Analía pasó de intentar retratarme lo difícil que le resultaba la vida en un barrio lleno de jóvenes adictos y armados, a narrarme los episodios de violencia encarnados en su propia biografía, en primera persona.

A: Dardo es paraguayo también, pero nos conocimos acá. Pasa que yo era muy chiquita, bueno él también. Yo tenía 17 y él uno menos. Y ya hace 17 años que estamos juntos… Nos separamos varias veces. Lo que pasa es que él es muy celoso y toma mucho… Siempre iba al pool… Ahora está un poco mejor, desde que tuvo el accidente que lo dejó 6 meses en cama y un año y medio sin poder trabajar. Pero a él no le gusta que yo me pinte, que me cambie, que salga, que haga cosas… Y yo, no quiero estar así. Yo digo que sigo [con la relación] porque le amo pero no voy a aguantar que me maltrate.

E: ¿Sucedió?

A: Sí. Por eso nos separamos. Un día me levantó la mano. Yo estaba embarazada del Mauro [su hijo menor]

E: ¿Y qué pasó?

A: Nada. Nos separamos. Después vino, que se arrepentía y qué se yo. Y yo le dije que si volvía a hacerme algo por el estilo, yo no iba a actuar de la misma forma que esa vez. Después volvió a intentar levantarme la mano… Y me fui y le puse una denuncia. Acá en la [comisaría] de Romero. Y a él le llegó una citación para que fuera a declarar. Después pasó el tiempo. A mí me dijeron que fuera para otro lado no entiendo muy bien para qué, allá a La Plata. Pero al final una chica después me trajo una carta que decía que como que todo eso quedaba en nada por falta de ¿Cómo es? Bueno, como que no había nada… Pero bueno, después no volvió a pasar más. Él sabe… Y al tiempo tuvo este accidente con la moto, que no le pasó más nada porque llevaba casco […] Y ahí se quedó acá y recién ahí Eli, me pidió perdón de verdad, ¿Entendés? Eso fue lo que más me dolió, lo que yo no entiendo. ¿Por qué esperó tanto? ¿Tuvo que sentir que se moría para darse cuenta? [silencio de ambas] Por eso profe, yo no tuve una vida sencilla. Y me hago mucho problema. Y siempre es por los demás.

Con el tiempo, Analía me confesó que “cuando tuvo ese problema con Dardo” él estaba borracho y su suegro “le pagó” al policía que había ido hasta su casa para que no se lo llevara detenido; y que el día después el policía la llamó por teléfono para invitarla a tomar un café “ya que su suegro le había tirado unos manguitos”.

 Como parte de la tarea etnográfica, aquí hemos tenido que realizar un doble esfuerzo: tomar distancia del lazo afectivo construido con Analía en todo este tiempo y dejar a un lado nuestras propias visiones en torno a la problemática que la atraviesa a ella, como a tantas otras mujeres, no sólo en Unión. Sin embargo, fue ese mismo vínculo de afecto y confianza construido desde nuestro ser mujer el que posibilitó que nos confesara estas cuestiones por ella ubicadas dentro de su esfera personal e íntima. Estos relatos aparecen cuando estamos en soledad y tal como lo destaqué en el fragmento de la nota de campo, su referencia hacia mí, su modo de interpelarme, cambia según el contenido de sus relatos. Eli es la confidente y a la profe se le dan explicaciones.

Sin embargo, más allá de que Analía acceda a brindar esta información, nuestra relación no es de paridad. Le empatía desde nuestra femineidad se choca con una doble limitación: mi no-ser-madre-y-esposa y mi pertenencia académica (aunque sea bajo el mote de “profe”) Desde la cercanía de género, Analía cree que puede confiarme ciertas sensaciones, angustias y también placeres, pero, en cierto punto, ambas sabemos que existe una alteridad que no podemos modificar. Nuestra cercanía en edad se licúa en las divergencias de nuestras experiencias de vida y mi “ser-profe” algunas veces funciona como elemento de “burla” cuando pretendo opinar sobre algún enser doméstico, y otras como marca de autoridad: me hace las mejores comidas, me compra bebidas de primeras marcas, me da las sillas sanas. Pero también, desde ese mismo lugar, muchas veces se me demanda algún tipo de respuesta concreta que posibilite “solucionar” los problemas concretos que la atraviesan. “¿Vos qué harías en mi lugar?”;  “Vos que sos de la facultad, ¿se puede hacer algo?” son expresiones recurrentes luego de que ella me exprese alguna situación conflictiva. Esto pone de relieve la zona gris en la que me encuentro, pues, a la vez que me confía informaciones valiosas, me exige, de algún modo, compromiso con eso que me está ofreciendo. De todos modos, ese compromiso es cualitativamente diferente al planteado por los/as trabajadores/as de las instituciones (tal como lo vimos en el apartado anterior). Aquí, Analía (y también otras familias con las que trabajo) espera, de algún modo, que respete el vínculo de afecto creado, que sostenga el compromiso de estar presente, de volver: “¿Cuándo termines tu trabajo, vas a venir a visitarme?”, suele preguntarme con asiduidad.

 Además de la relevancia que el sostenimiento de este vínculo ha tenido para el desarrollo de mi trabajo de campo, la importancia de poder acceder a estas esferas íntimas radica en que lo que Analía me cuenta otorga una nueva significación a todas las otras informaciones que me propicia: el vínculo con sus hermanos, el vínculo con sus hijos, con sus parientes políticos, el modo de concebir las prácticas de otras mujeres (Cf. Pozzio, 2011:66).

Reflexiones finales

He elegido trabajar en esta ponencia tres instancias de trabajo que constituyeron, a su modo, un parteaguas en mi extenso período de trabajo de campo.

En las dos primeras, decidí narrar situaciones conflictivas que, en un primer momento, resultaron un obstáculo para mí. Los temores y las sensaciones de estar entrampada dentro de un conflicto que no sabía cómo sortear, me hicieron interrumpir mis visitas al barrio por algunos meses. Nunca escribí sobre ellas hasta este momento. Una mirada retrospectiva y reflexiva me permite ver cómo esos episodios no respondían a una “anomalía” sino que eran parte misma de la construcción de mi autoridad o referencia dentro del espacio del trabajo de campo etnográfico. Las reflexiones en torno a mi vínculo con Analía, y la riqueza que significa para mí contar con ella como informante clave, me llevan a notar que esto es producto de haber transitado -no sin complicaciones- aquellos primeros años. Más allá del afecto que surca nuestro lazo, cada anécdota narrada y cada situación compartida adquiere otro valor desde la información que he podido recabar (a veces torpemente) durante mis dos primeros años de trabajo de campo.

Intentar comprender las categorías nativas que logren dar cuenta de la complejidad y la densidad de las dinámicas de sociabilidad locales no me resulta tarea sencilla. En medio de todo ese proceso, procuro rever reflexivamente mis propios prejuicios y temores que usualmente me conducen a encontrar múltiples violencias en todas partes. Así, es fuerte la tarea de cuestionamiento de mis supuestos, mis categorías de referencia y de los miedos que me provoca tener “el cuerpo en juego” (Míguez; 1998) en estos contextos de trabajo, especialmente siendo mujer. A esta cuestión se suman las angustias y ansiedades que surgen cuando soy vista como una “forastera” que no es parte de la comunidad, pero que busca inmiscuirse en todos los asuntos (Hermitte; 2002). Esta percepción genera situaciones que algunas veces se tornan escabrosas, pues cuando las conversaciones o los episodios que presencio rozan el límite de la legalidad, a mis informantes no suele quedarles claro cuál es mi rol allí y qué haré con la información obtenida. En muchos casos han creído que era policía y en el mejor de los casos, asistente social.

La frase con la que he decidido titular esta ponencia refleja los dilemas a los que me enfrento cuando protagonizo hechos  -desde mi punto de vista- moralmente cuestionables (Noel; 2011), pues me pregunto qué hacer: si tomar partido o no, si intervenir o no (y cómo) en el devenir de los hechos.

Quisiera finalizar reiterando que lo que atraviesa (y es condición de posibilidad para) estas reflexiones es la temporalidad. El trabajo de campo etnográfico tiene diferentes etapas y ritmos. Allí se entremezclan las dinámicas (quizás más “duras”) de recolección de datos al compás que se gestan, mantienen y entretejen relaciones humanas. Estas páginas intentan dar cuenta, a título quizás demasiado personal, de los peculiares movimientos que adquiere ese proceso en esta temática específica de trabajo.

Referencias bibliográficas

Burgois, Pihilippe (2010 [2003]) En busca de respeto. Vendiendo crack en Harlem. Buenos Aires. Siglo XXI.

Fonseca, Claudia (2000) Família, fofoca e honra. Etnografia de relações de gênero e violência em grupos populares. Porto Alegre, UFRGS Editora.

Garriga Zucal, José (2012) “Josecito… te van a cagar a piñas”. Miedo y sentido común en el trabajo de campo. En Estudios de Antropología Social. CAS- IDES. Vol. 2 N° 1. Buenos Aires.

———————————- y NOEL, Gabriel (2010) “Notas para una definición antropológica de la violencia: un debate en curso” En Revista Publicar en Antropología y Ciencias Sociales. Año VII N° IX. Buenos Aires.

Gubilei, Eliana (2011) “Vinculaciones socioespaciales, configuraciones identitarias y estigmas. Una reflexión sobre la experiencia en barrios periféricos de la Ciudad de La Plata con las fuerzas de seguridad”. Ponencia presentada en IX Jornadas de Sociología. Pre- Alas Recife 2011. FCS. UBA.

———————- (2012) Crímenes, peligros y policía en la sociabilidad barrial: un enfoque territorial” En Barreneche, O. y Oyhandy, A. (comp) Leyes, justicias e instituciones de seguridad en la provincia de Buenos Aires. Ensayos sobre su pasado y presente. En prensa.

Hermite, Esther (2002) “La observación por medio de la participación”. En Visacovsky, S. y Guber, R. (comps) Historia y estilos del trabajo de campo en Argentina. Buenos Aires. Antropofagia.

Huggins, Martha y Glebbeek, Marie-Louise (2003) “Women studying violent male institutions: cross-gendered dynamics in police research on secrecy and danger” En Theoretical Criminology Vol 7 (3) . Pp. 363 – 387. Sage Publications. London.

Krohn-Hansen, Christian (1994) “The anthropology of violent interaction” En Journal of Anthropological Research. Vol. 50. N°4 (Winter, 1994). University of Mexico. Pp. 367 – 381.

Míguez, Daniel (1998) “El cuerpo en juego: la práctica etnográfica en contextos de violencia” Ponencia presentada en II Jornadas de Etnografía y Métodos Cualitativos. Ides. Buenos Aires.

Moreira, María Verónica (2006) “Una mujer en campo masculino y la identificación de género en el proceso de producción del conocimiento antropológico”. Ponencia presentada en Seminario Internacional Fazendo Género 7. UNSC. Disponible en http://www.fazendogenero.ufsc.br/7/artigos/M/Maria_Veronica_Moreira_33.pdf [junio 2013]

Noel, David. (2011) “Algunos dilemas éticos del trabajo antropológico con actores implicados en actividades delictivas” En Ankulegi. Revista de Antropología Social, 15. Pp. 127 – 137.

Pozzio, María (2011) Madres, mujeres y amantes. Usos y sentidos de género en la gestión cotidiana de las políticas de salud. Buenos Aires. Antropofagia.


  1. Todos los nombres de lugares y personas han sido modificados para mantener el anonimato de mis informantes. Al mismo tiempo, las referencias temporales sólo aparecerán cuando estas sean de relevancia para dar cuenta del proceso del trabajo de campo.
  2. Esta mesa comenzó a funcionar en el año 2011 y fue un espacio analíticamente relevante para visualizar las relaciones de poder entre las instituciones y entre los/as trabajadores entre sí. A la vez, resultaba muy interesante poder indagar en el modo en que ellos/as concebían a la comunidad barrial y a sus propias prácticas de intervención. Estos ejes son también parte de nuestra investigación, pero su desarrollo sobrepasa los marcos de este trabajo.
  3. Para una mayor reflexión sobre las marcaciones socioespaciales dentro del barrio, ver Gubilei, Eliana (2011) “Vinculaciones socioespaciales, configuraciones identitarias y estigmas. Una reflexión sobre la experiencia en barrios periféricos de la Ciudad de La Plata con las fuerzas de seguridad”. Ponencia presentada en IX Jornadas de Sociología. Pre- Alas Recife 2011. FCS. UBA.
  4. El FINES es el Plan de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios. Como su nombre lo indica, es un programa de alcance nacional que ofrece planes de terminalidad de los diferentes niveles educativos a jóvenes mayores de 18 años y adultos mayores. Se dicta en escuelas, en diferentes organizaciones públicas en los distintos niveles jurisdiccionales, en sindicatos, fundaciones, etcétera. Llegué allí invitada por una de las docentes que sabía de mi trabajo sobre el barrio.


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