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Tecnología política
neoliberal, psicopolítica y gubernamentalidad algorítmica

Carlos Arturo Plazas[1]

En su libro Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder, el filósofo Byung-Chul Han afirma que “El régimen disciplinario, según Deleuze, se organiza como un «cuerpo». Es un régimen biopolítico. El régimen neoliberal, por el contrario, se comporta como «alma». De ahí que la psicopolítica sea su forma de gobierno” (p. 18). De acuerdo con este pasaje, la psicopolítica sería la forma de gobierno del régimen neoliberal, a diferencia de la biopolítica, que se encontraría asociada más bien al régimen disciplinario. Que la psicopolítica, tal y como la entiende Han, está estrechamente vinculada al neoliberalismo se confirma con el hecho de que en dicho libro el término ‘psicopolítica’ es usado por él unas 26 veces, y en 18 de ellas (aproximadamente un 69%) la palabra es utilizada para hacer referencia a una ‘psicopolítica neoliberal’ o a una ‘psicopolítica del régimen neoliberal’, que es definida por Han como “la técnica de dominación que estabiliza y reproduce el sistema dominante por medio de una programación y control psicológicos” (p. 61). Por otra parte, el concepto de ‘biopolítica’ fue desarrollado por Foucault como una manera de referirse a una cierta tecnología del poder (Foucault, 2000, p. 220, p. 223), a una técnica (Foucault, 2006, p. 146, p. 415). Aunque estrictamente suele plantearse una clara diferencia entre ‘técnica’ y ‘tecnología’, hay que advertir que en la mayoría de las ocasiones Foucault utiliza ‘técnica’ y ‘tecnología’ como sinónimos (Castro, 2004, p. 335).

Para Foucault, una tecnología consiste en la aplicación de unos medios calculados con el fin de alcanzar unos determinados fines. En este sentido, una tecnología de gobierno sería entonces la aplicación de los medios para que las personas se comporten de una determinada manera según ciertos objetivos establecidos de antemano. Sin embargo, la racionalidad que opera en este tipo de tecnología está determinada por una estructura en la que prima tanto la consecución de los medios para obtener ciertos fines como la consideración ética de los valores que se persiguen. Al igual que en Kant, tenemos aquí una racionalidad práctica que no se limita a ser un saber puramente instrumental, sino que incluye consideraciones éticas respecto a los fines, de manera que las acciones que se realizan al interior de una tecnología son racionales tanto desde el punto de vista instrumental como desde el punto de vista moral.

En la conferencia titulada Tecnologías del yo, Foucault presenta cuatro tipos de tecnología: las tecnologías de producción, que permiten producir, transformar o manipular cosas; las tecnologías de sistemas de signos, que posibilitan el uso de ciertos sentidos o significaciones; las tecnologías de poder, que determinan la conducta de los individuos, sometiéndola por la fuerza a ciertos fines o a cierta dominación; y las tecnologías del yo, que permiten a los individuos efectuar ciertas operaciones sobre su cuerpo y su alma obteniendo una transformación de sí mismos para alcanzar felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad (Foucault, 1990, p. 48). Tiempo después Foucault añadió a esta lista las tecnologías de gobierno, que se ubicarían entre las tecnologías de dominación y las tecnologías del yo. Una de estas tecnologías de gobierno es, para Foucault, el liberalismo, el cual pretende dirigir la conducta de los gobernados hacia ciertos objetivos establecidos por el gobierno, pero que son elegidos libremente por los individuos; hacia metas establecidas previamente por los gobernantes, pero consentidas por los mismos ciudadanos.

El liberalismo no es una práctica disciplinaria que actúe en contra de la voluntad de los individuos, es decir, no promueve una intervención directa y violenta sobre otros, sino que más bien es un ejercicio gubernamental que busca guiar las acciones del sujeto, consiguiendo que los deseos y las aspiraciones que los gobernados han desarrollado de manera autónoma se realicen a través de sus conductas, que son consideradas por ellos mismos como racionales y provenientes de su propia libertad. El liberalismo crea entonces un ambiente propicio en el que los gobernados se puedan mover con libertad, evitando el disciplinamiento de los cuerpos, logrando así que sean los mismos individuos los encargados de regular su propia conducta. No es este un modelo disciplinario basado en el encierro y en el confinamiento, ya que no se requiere de una vigilancia estatal, de modo que el control queda por fuera de los aparatos del Estado y surge desde el interior de cada individuo.

A diferencia del liberalismo clásico, el neoliberalismo del siglo XX interviene a través de la creación de ciertas condiciones en las que los hombres puedan sentirse libres para competir. La intervención estatal se da mediante acciones reguladores sobre las condiciones de posibilidad de una economía de libre mercado; esto significa que se interviene con el fin de crear las condiciones para que el ciudadano viva con independencia del Estado y compita con otros invirtiendo sus recursos en todo tipo de capacitaciones y mecanismos que les permitan hacer marketing de sí mismos.

En La sociedad del cansancio, Han sostiene que la sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad definida por la prohibición y la obligación. En su opinión, “La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento” (p. 16), lo que representaría un cambio de paradigma que el análisis de Foucault no habría alcanzado a percibir: “El análisis de Foucault sobre el poder no es capaz de describir los cambios psíquicos y topológicos que han surgido con la transformación de la sociedad disciplinaria en la de rendimiento” (p. 16). Adicionalmente, Han cree que “Foucault no realiza el giro a la psicopolítica, lo que hubiera sido necesario (…) la muerte temprana privó a Foucault, si acaso, de la posibilidad de repensar su idea de biopolítica y de abandonarla en favor de la psicopolítica neoliberal” (p. 22).

Además de mostrar que con el liberalismo efectivamente hubo un desplazamiento en el Estado desde la forma disciplinaria de poder hacia los dispositivos de seguridad, desde una sociedad de la negatividad hacia una sociedad del rendimiento, uno de los propósitos de mi contribución será plantear la idea de que para Foucault en esta transición el concepto de psicopolítica ya se encontraba incluido de forma implícita, aunque no del todo elaborada, en el concepto de biopolítica, siguiendo en esta dirección a Alexandra Rau, que afirma lo siguiente: “quiero contemplar la psicopolítica como una forma de gobierno biopolítica”[2] (Han, 2014, p. 40).

Al principio de este escrito afirmé que en el libro Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder Han usa el término ‘psicopolítica’ en conexión con el neoliberalismo el 69% de las ocasiones. En la primera sección de este escrito me enfocaré en presentar la historia que Foucault ofrece de lo que puede ser considerado como una ‘gubernamentalidad neoliberal’, empezando en la segunda mitad del siglo XVIII, continuando con el auge del liberalismo, a comienzos del siglo XIX, hasta llegar al neoliberalismo, en el siglo XX. Ahora bien, el 31% restante de las veces en que aparece el concepto ‘psicopolítica’ en el texto de Han se hace referencia a una ‘psicopolítica digital’, a una ‘psicopolítica movida por los datos’. En la segunda sección intentaré definir los principales rasgos de lo que suele llamarse una ‘gubernamentalidad algorítmica’, lo que me permitirá verificar hasta qué punto puede sostenerse la opinión según la cual Foucault no realizó el giro a la psicopolítica, tal y como lo sostiene Han.

Hacia una genealogía de la tecnología política neoliberal

Foucault cree que a lo largo de la Edad Media en Europa surgieron técnicas de control de la conducta con el fin de gobernar a los hombres a la manera como un pastor gobierna su rebaño. Aquí la tecnología de gobierno se reducía al paradigma de la soberanía, en el que un individuo gobernaba principalmente sobre un territorio y, de forma indirecta, sobre los hombres que lo habitaban. La vida del individuo estaba en manos del soberano, quien podía usar las fuerzas vitales de aquel para sus propios propósitos, a través de la prohibición, la expedición de leyes y el castigo físico corporal, un proceso que culminó a finales del siglo XVI, cuando la estadística se convierte en un conocimiento necesario para generar un orden en el Estado por medio del análisis de medidas con las que se pretendía tener un poder sobre la vida cotidiana de las personas. Ahora se requiere saber cuánta gente hay en el territorio, dónde viven y qué hacen los gobernados con el fin de controlar sus ocupaciones y actividades, y, en últimas, incrementar las riquezas del Estado. También se debe garantizar la seguridad alimentaria y la salud de la población, para lo cual hace falta ejercer un control sobre la economía, la producción y el consumo de productos. Adicionalmente, el Estado debe reglamentar los oficios y profesiones para que todos los ciudadanos estén ocupados en actividades útiles y productivas, además de controlar la circulación de mercancías y personas; todo lo anterior con miras a un objetivo principal, que es el engrandecimiento del Estado y su victoria en la competencia con otros Estados.

Las tecnologías que fueron desarrolladas con este fin produjeron reglas disciplinarias que intervinieron en todos los aspectos de la vida cotidiana, llegando incluso a establecerse que la felicidad del individuo no depende de él mismo, de su autogobierno, sino más bien de un orden implementado por el Estado, conseguido por medio del disciplinamiento de los individuos. Se perseguía el bienestar de los individuos, pero de manera indirecta; de hecho, el bienestar de los pobladores era secundario, ya que el propósito último era procurar el fortalecimiento del Estado. La biopolítica surge en la segunda mitad del siglo XVIII, en el momento en que empieza a cobrar cada vez más importancia darle forma a la vida del individuo, hacerla más productiva, más eficiente; cuando empieza a ser más relevante la aplicación de ciertas técnicas que permitan a los hombres comportarse de tal manera que sus acciones incrementen las riquezas del Estado, lo que se consigue mediante el uso de dispositivos de seguridad.

El dispositivo es para Foucault un conjunto heterogéneo de elementos que funcionan según unos objetivos y que aparecen en un momento dado de la historia para responder a una urgencia o llenar un vacío (Castro-Gómez, 2015). Los dispositivos de seguridad, en particular, buscan gestionar los problemas apremiantes en un intervalo tolerable a través de una serie de técnicas y estimaciones probabilísticas que permitan administrar cierto riesgo, maximizando los efectos deseables y minimizando los indeseables, considerando la peligrosidad de un acontecimiento, pero buscando que se actúe dentro de cierto intervalo tenido como normal, coordinando una serie de variables dentro de ciertos límites. El énfasis no está en la prohibición, como en los dispositivos de soberanía, ni en la normalización de las rutinas, como en los dispositivos disciplinarios, sino en la administración con base en un cálculo de probabilidades, queriendo con ello favorecer cierto tipo de conducta en los gobernados, no a través de la expedición de leyes ni del castigo sino del cambio en las condiciones vitales que afectan a la población. Ya no se trata de imponer conductas por la fuerza ni de modificar las conductas a través de una norma que logre el adiestramiento del cuerpo individual sino de permitir la actividad dentro de ciertos límites aceptables por medio de la regulación conseguida con el funcionamiento de dispositivos de seguridad, que ayudan a controlar el riesgo de que el comportamiento individual se aleje demasiado de una media estadística.

Todo esto conlleva a que hacia comienzos del siglo XIX emerja una nueva tecnología de gobierno: el liberalismo, el cual aparece como una tentativa al interior de la misma práctica gubernamental que, curiosamente, busca limitar los poderes del Estado como un medio para alcanzar los objetivos del gobierno (Foucault, 2007, pp. 27-33). Fueron los economistas quienes se percataron de que los objetivos del gobierno se podían lograr de una forma más adecuada a través de un cambio en las estrategias gubernamentales, pero esta vez teniendo en cuenta a los individuos gobernados. Ahora el Estado, si quería cumplir sus objetivos, debía reconocer los límites de su práctica, más allá de los cuales no debía intervenir y, por el contrario, era recomendable para él ‘dejar actuar’ a los individuos. El Estado ya no debe ejercer un control sobre la producción de bienes y servicios ni regular los precios ni el comercio, restringiendo así las actividades mercantiles y castigando cualquier violación de sus decretos, sino que en su lugar debe comprender la dinámica del comportamiento de la compra y venta de productos; debe administrar, regular. Ya no es recomendable controlar el mercado ni reglamentar el precio de los productos ni fijar restricciones estatales sino más bien dejar que los productos circulen libremente en el mercado. A partir de este momento gobernar significa entonces evitar intervenir y dejar que los acontecimientos sigan su curso natural.

En particular, la conducta y la acción de los individuos se convierten en eso que no debe perturbarse, que debe ser dejado actuar por sí mismo. En este sentido, la tecnología política liberal no obliga a otros a que se comporten de cierto modo, sino que pretende que para los gobernados esa conducta sea vista como digna y proveniente de su libertad. La idea entonces consiste en que los hombres sean libres de perseguir su propio interés, de manera que se cumplan los objetivos estatales. Lo que garantiza que los intereses individuales coincidan con los intereses de los demás es que nadie conoce las consecuencias remotas de sus decisiones, en parte porque hay elementos azarosos que no se pueden prever, pero también porque resulta imposible calcular los beneficios para los demás de las propias acciones, dado que ni el Estado ni nadie puede tener un conocimiento de la realidad del todo. Es indispensable entonces y hasta necesaria esta incertidumbre acerca del resultado colectivo con el fin de alcanzar el bien para todos (Foucault, 2007, p. 322). Lo único cierto para cada uno son los resultados inmediatos de la búsqueda de sus intereses, lo que obliga a ocuparse del presente sin preocuparse por el bienestar común. De esta manera, al evitar la intervención y favorecer el libre desarrollo de los intereses económicos, el Estado conseguirá el beneficio de todos, de manera que el individuo ya no requiere de un gobierno externo, sino que logra gobernarse a sí mismo a partir de sus propias aspiraciones y del cálculo que le permita satisfacerlas de la mejor manera.

El liberalismo se convierte entonces en una tecnología de gobierno sobre el comportamiento de los hombres mediante un autogobierno que les permite a éstos diseñar estrategias para satisfacer sus intereses individuales. Sin embargo, dejar que el individuo actúe libremente no implica dejar de gobernar su conducta. Aunque ya no se interviene directamente en la libertad de los individuos, sí se reglamentan o gestionan aquellas condiciones que hacen posible la conducta libre de los sujetos, de modo que no sólo se consigue regular la acción del individuo por medio de un cálculo racional, sino que también se logra hacerlos moralmente responsables de sus conductas, y sólo de esta forma se pueden articular los intereses individuales con los del colectivo. Las estrategias del liberalismo permiten que los intereses individuales y los sociales sean conseguidos simultáneamente; de esta manera, al facilitar las condiciones para que cada individuo persiga su propio interés y actúe libremente de acuerdo con sus preferencias, se benefician todos los habitantes. El Estado no interviene directamente sobre el individuo con represión ni a través de la imposición, sino que guía su conducta, buscando generar las condiciones en las que el sujeto se vea a sí mismo como alguien libre.

El neoliberalismo surge cuando se advierte que para que el individuo pueda desplegar completamente su libertad tiene que disponer de ingresos lo suficientemente altos como para que él mismo asuma los costos en la cobertura de su salud, pensión, etc. El Estado deja entonces de proteger al individuo de ciertos riesgos a través de subsidios, y cede a los ciudadanos la obligación de protegerse a sí mismos. Para ello el Estado debe intervenir sobre el marco jurídico de la economía para ajustarlo a las necesidades del mercado, debe definir unas reglas de juego para que los individuos tomen sus propias decisiones y se aseguren para sí mismos una cobertura a través de la libre competencia. Los individuos consiguen entonces gobernarse a sí mismos de manera responsable con el fin de poder gestionar sus propios riesgos. Este tipo de ‘intervención indirecta’ le permite al Estado crear las condiciones que se requieren para que los individuos compitan entre sí. De esta manera, los sujetos se convierten en empresarios de sí mismos que invierten en ellos (salud, educación, bienestar, capacitaciones, belleza, etc.) buscando así aumentar su capital humano para que puedan competir con otros, sin esperar que el Estado cubra sus necesidades, ni que los proteja de las consecuencias de inversiones equivocadas realizadas. Esto tiene que ver con el gobierno de la vida íntima de las personas, en asuntos tales como decisiones cotidianas referentes al cuidado del cuerpo, a la sexualidad, con quién relacionarse, qué estudiar, qué tipos de intereses culturales cultivar, que se convierten en estrategias orientadas a la optimización de uno mismo. Todo ello le permite al sujeto aumentar sus posibilidades de movilidad social en una economía cambiante, así como asumir la responsabilidad por sus acciones. Se crea entonces un medio ambiente competitivo que potencia el emprendimiento individual a través de la privatización de lo público, configurando un ambiente de inseguridad generalizada en el que la innovación y el emprendimiento puedan desarrollarse más fácilmente para estimular así la competitividad y el autogobierno, y para que cada uno encuentre su espacio en esa economía de mercado (Castro-Gómez, 2015).

¿Una psicopolítica digital en Foucault?

En la cuarta clase del curso Seguridad, territorio y población Foucault propone hacer una historia de la llamada ‘gubernamentalidad’, un concepto que aparece allí por primera vez en toda su obra:

Con esta palabra, “gubernamentalidad” aludo a tres cosas. Entiendo el conjunto constituido por las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten ejercer esa forma bien específica, aunque muy compleja, de poder que tiene por blanco principal la población, por forma mayor de saber la economía política y por instrumento técnico esencial los dispositivos de seguridad. Segundo, por “gubernamentalidad” entiendo la tendencia, la línea de fuerza que, en todo Occidente, no dejó de conducir, y desde hace mucho, hacia la preeminencia del tipo de poder que podemos llamar “gobierno” sobre todos los demás: soberanía, disciplina, y que indujo, por un lado, el desarrollo de toda una serie de aparatos específicos de gobierno y, por otro, el desarrollo de toda una serie de saberes. Por último, creo que habría que entender la “gubernamentalidad” como el proceso o, mejor, el resultado del proceso en virtud del cual el Estado de justicia de la Edad Media, convertido en Estado administrativo durante los siglos XV y XVI, se “gubernamentalizó” poco a poco. (p. 136).

Se suelen distinguir en la literatura dos sentidos del término ‘gubernamentalidad’ en Foucault (Dean, 2010, p.16; Senellart, 2007, p. 387; Lemke, 2012, p. 88): uno particular, formulado por vez primera en 1978, que hace referencia al régimen de poder desplegado en el siglo XVIII y asociado al surgimiento del Estado moderno, de la figura de la ‘población’ y de la economía política, régimen que ha sido específico a la historia de Occidente; y uno amplio y general, propuesto en 1979 durante el curso Nacimiento de la biopolítica, que designa las técnicas y procedimientos a través de las cuales se busca dirigir la conducta humana, encontrar la manera de conducir el comportamiento de los hombres.

Rouvroy y Berns (2016) entienden ‘gubernamentalidad algorítmica’ como “un cierto tipo de racionalidad (a)normativa o (a)política que reposa sobre la recolección, la agrupación y el análisis automatizado de datos en cantidad masiva de modo de modelizar, anticipar y afectar por adelantado los comportamientos posibles” (p. 96). En la gubernamentalidad actual los algoritmos recopilan y almacenan información de usuarios para posteriormente generar, haciendo uso de correlaciones, patrones de comportamiento y perfiles que permitan realizar predicciones e inferencias, así como tomar decisiones. Si se tiene en cuenta que, tal y como fue descrito en la sección anterior, desde el siglo XVIII la gubernamentalidad presenta un carácter eminentemente estadístico, podría afirmarse entonces que los sistemas tecnológicos de procesamiento de información hacen parte de una nueva forma de gubernamentalidad distinta de la liberal, pero en continuidad con ella (Gómez-Barrera, 2021). La gubernamentalidad algorítmica, como la gubernamentalidad liberal descrita por Foucault, busca predecir conductas individuales, con la diferencia de que aquella acude a herramientas tecnológicas que hacen uso de algoritmos.

Adicionalmente, Rouvroy y Berns (2016) sostienen que:

Cada vez más, el sujeto de la gubernamentalidad algorítmica es capturado por el “poder”. No a través de su cuerpo físico, ni tampoco a través de su consciencia moral (…) sino a través de los múltiples “perfiles” que le son asignados, por lo general automáticamente, sobre la base de las huellas digitalizadas de su existencia y de sus trayectorias cotidianas. La gubernamentalidad algorítmica corresponde demasiado bien a lo que ya Foucault apuntaba con el concepto de dispositivo de seguridad:

La regulación de un medio en el que ya no se trata tanto de fijar los límites, las fronteras, en el que ya no se trata tanto de determinar las ubicaciones, sino sobre todo, esencialmente, de permitir, garantizar, asegurar las circulaciones: circulación de personas, de mercancías, circulación del aire, etc. (p. 98, la cursiva es mía).

Como se mencionó en la sección anterior, Foucault utilizó el concepto de dispositivo y, aunque no lo definió de manera explícita, en una entrevista lo caracterizó de la siguiente manera:

Aquello que busco individualizar con este nombre (dispositivo) es, principalmente, un conjunto heterogéneo que implica discursos, instituciones, estructuras arquitectónicas, decisiones reglamentares, leyes administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales o filantrópicas, en resumen: tanto lo dicho como lo no dicho, son los elementos del dispositivo. (Foucault, como se citó en Costa, 2012).

El ejemplo de la ley “No matarás” le sirve a Foucault para ilustrar las diferencias existentes entre tres tipos de dispositivo. Dicha ley puede ser implementada a través de dispositivos de soberanía basados en la fuerza brutal y en castigos físicos tales como ahorcamientos y descuartizamientos, pero también puede ser impuesta acudiendo no al miedo sino a dispositivos de disciplina basados en el entrenamiento y la vigilancia del comportamiento de los individuos. Finalmente, los dispositivos de seguridad no tienen por objeto el castigo de los súbditos por parte de un soberano ni la educación a través de la disciplina sino la anticipación de la ocurrencia de ciertos eventos. Lo verdaderamente importante aquí es prevenir con la ayuda de procedimientos estadísticos la ejecución de un delito o de un crimen. Los dispositivos de seguridad buscan de esta manera regular los acontecimientos, establecer el nivel de violencia aceptable para una sociedad determinada según las tendencias e inclinaciones de los sujetos que la conforman. A partir de las necesidades naturales de los individuos, los dispositivos de seguridad buscan gobernar a la población mediante la administración preventiva de fenómenos sociales relacionados con la educación, la agricultura, la salud pública, entre otros. Acudiendo a un análisis de costos se pretende regular los niveles permitidos y óptimos a los que los individuos deben ajustarse. Este tipo de dispositivos define lo que se considera como aceptable dentro del cálculo de una media estadística que sirve como norma y establece un patrón desde el cual se fijan ciertas conductas como prohibidas (Foucault, 2006).

La prensa, como medio masivo de comunicación, cumple, para Foucault, un papel destacado en esta planificación (Cerruti, 2017), ya que hace uso de la estrategia de mostrar a los delincuentes como omnipresentes, logrando con ello que la población acepte la vigilancia y el control disciplinario y policivo (Foucault, 1999: 465); ésta, como se sabe, fue una forma de gobierno sobre el cuerpo por parte de la sociedad capitalista de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. De ahí que Foucault use como sinónimos lo biopolítico, lo somático y lo corporal, entendiendo ‘biopolítica’ como aquello que “hace entrar la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos” (Foucault, 2003, p. 173). Y aunque resulta claro que para Foucault el objeto de la biopolítica es la población como un todo viviente, en el curso Seguridad, territorio y población define la noción de ‘público’ como la población, pero considerada “desde el punto de vista de sus opiniones, sus hábitos, sus temores, sus prejuicios, sus exigencias: el conjunto susceptible de sufrir la influencia de la educación, las campañas, las convicciones” (Foucault, 2006, p. 102). Si el Estado interviene en la conciencia de la gente y busca modificar la opinión y el comportamiento del público con el fin de instrumentalizarlo (Foucault, 2006, p. 325), es evidente entonces que el poder se ejerce ya no tanto sobre los cuerpos sino principalmente sobre la mente, al plantearse la posibilidad de modificar las opiniones por medio de una intervención del Estado en la conciencia, opiniones y conductas del público, esto es, de la población (que, como se mencionó, es el objeto de la biopolítica), pero tomada desde el punto de vista de sus prejuicios, exigencias, etc.

Al igual que Deleuze (1999), Foucault se percató de la caída de los mecanismos disciplinarios que habían prevalecido durante del siglo XIX y comienzos del siglo XX:

La disciplina, que ha sido eficaz para mantener el poder, ha perdido una parte de su eficacia (…) En estos últimos años la sociedad cambió y los individuos también; son más diversos, diferentes e independientes. Hay cada vez más grupos de personas que no se sujetan a la disciplina, de modo que nos vemos obligados a pensar una sociedad sin disciplinas. (…) es evidente que debemos separar de ahora en más la sociedad de disciplina de la sociedad de hoy. (Foucault, como se citó en Costa, 2012).

Adicionalmente, Foucault anticipa el desarrollo de un ‘sistema de información general’ extendida por toda la sociedad, “una especie de movilización permanente de los conocimientos del Estado sobre los individuos”, caracterizada por “una serie de controles, coerciones e incitaciones que se realizan a través de los mass media” (Foucault, 1991, pp. 165-166). Se tiene entonces que Foucault era consciente del surgimiento de lo que hoy en día podría llamarse una ‘biopolítica informacional’ (Costa, 2012), a través de la cual se consigue una regulación espontánea de un orden en el que el Estado interviene lo menos posible, dejando que los individuos compitan libremente por una posición social (Foucault, 1991, p. 166).

Podría decirse entonces, a modo de conclusión, que la gubernamentalidad algorítmica puede ser considerada como una forma de esta biopolítica informacional, en la que una gran cantidad de datos es recolectada con el fin de encontrar correlaciones que permitan incidir en el comportamiento de los individuos, gobernar su conducta, e influir en sus preferencias y decisiones. Todo lo anterior sugiere que en su período de madurez Foucault sí alcanzó a vislumbrar lo que puede denominarse como una ‘psicopolítica movida por los datos’ (usando la terminología de Han), entendiendo, claro está, ‘psicopolítica’ como una forma de gobierno propia del régimen neoliberal que se ejerce sobre la mente, las opiniones y convicciones de la gente, a través de, entre otros, los medios masivos de comunicación (función que en buena parte cumplen hoy en día las redes sociales) y la información de individuos recopilada por el Estado (o, como suele ser el caso en la actualidad, por parte de organizaciones privadas).

Bibliografía

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  1. Docente Departamento de Filosofía, Universidad de Pamplona. Miembro activo grupo de investigación CONQUIRO.
  2. Hay un error en la traducción al español del texto en alemán, cuando se dice “quiero contemplar la biopolítica como una forma de gobierno biopolítica” (p. 40). En la traducción al inglés aparece: “I would like to view “psychopolitics”, in contrast, as a biopolitical form of government”, lo que me parece más coherente.


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